Aztecas

Historia de América. Culturas americanas precolombinas. Los mexicas. Imperio Azteca o mexica. Arte, cultura, sistema político, religión

  • Enviado por: Diablo
  • Idioma: castellano
  • País: México México
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Los Mexicas

Pueblo del grupo náhuatl que llegó a formar el Estado más importante en el México prehispánico. Conocidos también por el nombre de mexicas o tenochas, por tener su centro en México-Tenochtitlan.

Aspecto Geográfico

Los Aztecas eran originarios de un lugar llamado Aztlán (lugar de garzas) en la región de Chicomotzoc (las siete cueva). Pertenecían a la familia nahuatl y fueron los últimos en viajar al sur. El grupo emprendió su viaje hacia el año de 1111, atravesando el norte de Jalisco, bordeando el lago de Chápala, siguiendo después por la orilla del río Lerma y por Guanajuato; luego pasaron por los estados de Michoacán, donde caminaron por Cuitzeo y la orilla del lago Patscuaro; su marcha fue lenta, llegando al Cerro de Culiacán en Guanajuato y ahí se quedaron a vivir varios años. Después viajaron a Tula donde se quedaron a vivir varios años, y después emprendieron su viaje pasando por Atlitalaquia, y Apasco. Los mexicas siguieron su viaje y entraron en territorio de los tepanecas, en donde Acolnahucatzin los dejo vivir con la condición de pagarles tributo. Pero cuando tomo el poder Huitzilhuitl, emprendieron su camino al sudoeste bordeando el lago de Texcoco y se establecieron en el bosque de Chapultepec, pero fueron atacados por Culhuacan derrotados, sometidos y obligados a trabajar en el Pedregal de Tizapán. En ese tiempo los culhuas sostenían una guerra contra los xochimilcas y enviaron a los guerreros mexicas a pelear contra ellos, los aztecas obtuvieron su libertad a cambio de entregarle a Cocoxtli, señor de Culchuacan, 8000 prisioneros de guerra pero al no poderlos llevar les cortaron las orejas y las llevaron en costales, logrando esa amistad Cocoxtli les permitió vivir en Mexicaltzingo.

Los mexicas construyeron balsas de carrizos y viajaron por el lago de Texcoco, pasaron por Mixihuacan (hoy Magdalena Mixiuca) y finalmente en 1325 llegaron a un islote localizado a orillas del lago Texcoco, donde los sacerdotes encontraron la señal que Huitzilopochtli les había dicho “una águila posada sobre un nopal y desgarrando una serpiente”. Los mexicas construyeron en ése lugar un templo para Huitzilopochtli, alrededor hicieron los primeros jacales donde vivieron y nombraron a este lugar Tenochtitlan en honor a Tencho, quien los había guiado hasta ahí y que siguió teniendo la autoridad sobre el pueblo mexica hasta que murió en el año de 1376.

Tenochtitlan significa en nahuatl “el tunal divino donde está Mexitli”, en el año de 1345 los mexicas empezaron a construir la ciudad de Tenochtitlan y en 1357 llegaron a un islote cercano los tlatelolcas donde fundaron la ciudad de Tlatelolco.

Aspecto Histórico

La historia de los Aztecas es una epopeya relativamente breve, pero asombrosa en el marco de la historia universal y tiene pocos paralelos. Siendo al principio una tribu insignificante y apenas tolerada por sus vecinos, llegó a construir no sólo la potencia más vigorosa de Mesoamérica, sino también fue portadora de las grandes culturas del continente americano.

Lo que se sabe de ellos es relativamente poco, pese a la enorme cantidad de escritos que se les ha dedicado. Hay gran número de escritos resto insignificante de una producción importantísima, que permiten una apreciación de sus realizaciones. Los aztecas eran amantes de la historia de los mitos, de la poesía y de los libros.

Según sus propias tradiciones y leyendas los aztecas provienen de Aztlán Aztatatlán, “tierra de garzas” o “de la blancura” que se ha querido localizar por investigadores modernos en varias regiones del país (al noroeste de los dominios toltecas, en Nayarit, en el norte de México, en la región de Estados Unidos como Oregon, Wyoming, Seattle, Washington, Nuevo México y aún más al norte hasta el estrecho de Anián o sea en el Asia) pero no se han hallado bases para fijar Aztlán geográficamente. El enfoque crítico, iniciado por el gran mexicanista alemán Seler opinaba que Aztlán sólo existió en la fantasía de los mexicanos y que es el mítico lugar de los muertos que según sus creencias se encontraba en el noroeste. Desechando las tradiciones como simple mitología veía en las historias de Aztlán “una proyección del lugar de residencia histórico… a una región lejana y a un pasado nebuloso”. Por “necesidades de prestigio” habrían establecido un contraste entre sus orígenes nómadas y salvajes y su magnificencia posterior.

Otros investigadores, que se han enfrentado a las dificultades de conciliar la historia y la geografía con la tradición azteca, adoptaron el camino más fácil: desechar el mito totalmente. Vaillant opina que en cuanto al origen de los mexicas, los “conocimientos pueden considerarse como mitos, después formalizados, sin significación histórica”.

Los Aztecas primitivos llevaban una vida nómada, semisalvaje. “La descripción en este nivel cultural nos recuerda a los nómadas del Norte de Mesoamérica” (Bernal). El carácter nómada de los aztecas primitivos queda corroborado por sus propias tradiciones, aún después de la falsificación de su historia, ordenada por Iztacóatl.

Seler desechó el mito, en vista de que todo el territorio entre la supuesta Aztlán y Tenochtitlan estaba lleno de vestigios arqueológicos, testigos de una cultura milenaria. Además era difícil comprender la metamorfosis de una tribu nómada y semisalvaje en una nación de indudable hegemonía cultural. Por lo tanto se llegó a la conclusión de que “lo que cuentan las leyendas sobre Aztlán corresponde exactamente a la situación en que se hallaban los aztecas cuando habitaban Tenochtitlan.

Sin embargo, hay elementos para identificar Aztlán con un lugar que todavía conserva el nombre antiguo: San Felipe de Astatlán, en el municipio de Tecuala, Nayarit, casi en los linderos de Sinaloa.

Los Aztecas fueron pues, uno de los grupos nahuas de la extrema periferia noroccidental del imperio de Tula, impregnados de cultura tolteca como otros pueblos mesoaméricanos. Según la significativa tradición local, fue en Mexcaltitan, (lugar del templo de la luna) donde se posó por vez primera el águila sobre el nopal, por cuya razón debería ser la capital de México.

En efecto, los aztecas originarios eran adictos al culto lunar, y al emprender su peregrinación llevaban, con su nuevo dios solar y guerrero, Huitzilopochtli, el arca de la hermana de numen, la diosa lunar Malínal Xochitl. Durante la peregrinación a principios del siglo XIII, el grupo de los adictos al culto solar se separó, en Michoacán, Pátzcuaro o en Malinalco, de los aztecas fieles a Huitzilopotchli. Los de Malinalco, capital de los Aztecas lunares, trataron de destruir a los aztecas solares cuando estos estaban acampados en Chapultepec, pero fueron derrotados.

Cuatro decenios más tarde, ocurrió la fundación de México-Tenochtitlan. El Códice Azcatitlán pinta el comienzo del establecimiento azteca en el lago de Tenchtitlan, mostrando un grupo de indios que pescan desde sus lanchas, mientras que otro grupo se empeña en asustar peces y llevarlos a las redes. A su alrededor hay carrizales y aves acuáticas. Para sus vecinos de Texcoco, Azcapotzalco, Culhuacán y otras ciudades de la ribera los aztecas no eran más que una pobre tribu de atlaca chichimeca, semisalvajes que vivían, tolerados, en un islote deshabitado. Les vendían madera y las piedras para construcción de sus primeros edificios.

Los oráculos aztecas habían indicado como lugar preciso de su establecimiento, un sitio donde un águila devoraría una serpiente. El sacerdote principal Cuauhcóatl (Aguila-Serpiente) vio la escena en medio de los carrizales, según la revelación que le hizo su dios la noche anterior. Cuahcóatl reunió al pueblo y se internó con él en la espesura de la laguna. “Andando a unas partes y a otras, entre los carrizales y las espadañas, hallaron un ojo de agua hermosísimo donde vieron cosas maravillosas, las cuales habían antes pronosticado a sus sacerdotes…” Estas cosas eran el ahuehuete blanco, una rana blanca, un pez blanco, todo lo cual les recordaba la blancura de Aztlán, y el águila posada en un tunal.

El símbolo del águila y la serpiente es un concepto cosmológico en que el águila representa el sol y el cielo diurno, mientras que la serpiente es símbolo de la noche y del cielo nocturno. El mismo nopal era el árbol del sacrificio de los corazones humanos. Tales elementos míticos, como muchos otros de su cultura, los adoptaron los aztecas de sus vecinos y de los toltecas. Consideraron a sus reyes como herederos del legendario rey tolteca Ceáctl cuyo titulo era Quetzalcóatl.

Una pictografía del rey tepenaca Tezozómoc parece indicar que los aztecas obtuvieron permiso para atravesar su territorio y establecerse en lo que es hoy el cerro de Chapultepec. Allí vivieron tranquilos durante unos cuantos años. Pero cuando sus jóvenes se dedicaron a raptar mujeres, remontándose hasta Tenayuca, sus vecinos los sometieron, y su rey tuvo que ir, junto con la mayor parte de su tribu, a Culhuacán, en calidad de siervo o esclavo. Sólo una pequeña parte de los tenochas logró refugiarse en los islotes del lago. Sin embargo, los aztecas pronto se distinguieron por su bravura en las batallas, y de vasallos se convirtieron en aliados del señor de Culhuacán.

Todavía bajo Acamapichtli, cacique originario de Culhuacán, que fundo la dinastía azteca, los tenochas fueron a la vez aliados y tributarios de los tepanecas, dueños de Azcapotzalco, que habían extendido su dominio a Texcoco. No está muy clara la historia azteca bajo Huitzihuitl y Chimalpopoca, sucesores de aquel señor. El cuarto señor Itzcóatl, que reinó de 1428 a 1440 o de 1425 a 1473, era hijo de una concubina de Acamapichtli. Mandó a quemar los códices históricos, porque “contenían muchas mentiras”. Aliandose con los texcocanos derrumbó el pequeño imperio de los tepanecas, creando una nobleza guerrera, al obsequiar a sus jefes parte de las tierras conquistadas. Siguió abriéndose parte de las tierras conquistadas. Siguió abriéndose paso hasta Cuernavaca. Su reforma marca una época en la historia azteca.

El hijo de Itzcóatl, Moctezuma I, llamado también Ilhuicamina “flechador del cielo”, organizó la alianza militar con Texcoco y Tlacopan (hoy Tacuba), sometió a Chalco y abrió vías de comunicación hacia el Golfo, con el gran centro comercial de Cholula, Orizaba y otras regiones del país. Para eso habían arraigado las reformas implantadas por Itzcóatl. Este reglamentó el culto y las jerarquías religiosas e inició la construcción de los templos y de la ciudad misma, Moctezuma prosiguió esta labor con nuevos templos, con un acueducto desde los manantiales de Chapultepec, para asegurar el suministro de agua en abundancia, y con un dique contra las inundaciones.

Moctezuma I fue un notable jefe guerrero. La costumbre azteca de sacrificar prisioneros a sus deidades, produjo terror entre los demás pueblos mexicanos y motivó constantes guerras. También las épocas de hambre obligaban a los aztecas a emprender expediciones guerreras e imponer tributos a pueblos vencidos. Por tales causas fueron sometidas partes de las regiones de Puebla y Veracruz.

Axayácatl sucedió a Moctezuma I (1469-1483). Bajo este rey florecieron las artes religiosas, a la vez que se extendió el dominio azteca, que acabó con la independencia de los vecinos tlatelocas, dueños de un importante centro urbano y de un gran mercado. El auge de la cultura azteca bajo Moctezuma I, Axayácatl y sus sucesores, fue realmente asombroso por la rapidez con que floreció por los muchos terrenos que abarcó. Sin embargo bajo Axayácatl los aztecas sufrieron su mayor derrota. Este rey llevó sus huestes a los Altos de Toluca, para someter a los pueblos michoacanos. Un guerrero matlazinca le hirió gravemente en la pierna. Los tarascos vencieron y pudieron mantener su independencia hasta la época de la conquista española.

Axayácatl murió a la edad de los 30 años. Lo sucedió su hermano Tízoc, que también había sido jefe guerrero (1483-1486). Su reinado duró solamente 3 años; probablemente fue envenenado, en castigo de sus pocos éxitos en las campañas militares. No hubo expansión del poderío azteca bajo ese monarca. En cambio se inició la renovación del gran templo de Tenochtitlan. El monumento más conocido del reinado es la Piedra del Calendario Azteca, que pesa más de 20 toneladas y simboliza el universo. Tízoc mandó a labrar la piedra que lleva su nombre, en memoria de sus hazañas militares, que parecen haber sido únicamente reconquistas o expediciones punitivas. Es un enorme recipiente destinado a contener corazones humanos, adornado con relieves.

Lo sucedió Ahuízotl, su hermano (1486-1502). Para inaugurar el gran templo, inició una campaña de dos años en el norte de Oaxaca, llevando como aliado a Nezahualpilli, rey de Texcoco. Entre los dos reunieron 20 mil prisioneros, que habían de sacrificarse en el culto a Huitzilopochtli. Las campañas de Ahuízotl eran constantes y llevaron el dominio azteca hasta la Huasteca, por el norte, y por el sur hasta la frontera de Guatemala. Además había frecuentes guerras contra los tlaxcaltecas y los cholultecas, que se resistían al dominio azteca. La capital azteca siguió creciendo, por lo cual Ahuízotl mandó construir un nuevo acueducto. Ahuízotl murió joven, al parecer de una herida en la cabeza, que recibió mientras vigilaba la restauración de los diques.

Moctezuma II, hijo de Axayáctl y apodado Xocoyotzin (el joven), sucedió a su tío Ahuízotl (1502-1520) y reino hasta la llegada de Cortés. Nació en 1468 y se había distinguido como guerrero, pero luego tuvo mayor interés por las cosas del sacerdocio; ayunaba y obedecía a los augurios. Bajo su gobierno se celebró la última ceremonia del Fuego Nuevo (1507), que marcaba cada uno de los períodos de 52 años del calendario azteca con una nueva amenaza del fin del mundo. Un año antes, los aztecas, encabezados por Cuitláhuac, hermano del rey, habían sometido a los miztecos, cuya región era rica en tributos de todas clases. Moctezuma II logro destruir el poderío de Texcoco, que hasta entonces había sido aliado de los aztecas, e imponer un rey que le era adicto. Emprendió también con éxito una guerra contra Tlaxcala. Con Moctezuma II acabó el poderío azteca. Cortés llegó a Tenochtitlan y se apoderó del infortunado monarca que le había recibido con grandes honores. Al pretender apaciguar un gran levantamiento contra los españoles in la capital azteca, fue apedreado por su propia gente y luego muerto por los españoles, antes de la retirada de la Noche Triste (30 de Junio de 1520).

De ahí en adelante, la historia azteca es la de una heroica agonía. Cuitláhuac reorganizó la defensa de Tenochtitlan, pero murió víctima de la viruela importada por los soldados españoles. Cuauhtémoc resistió al asedio de los españoles, tlaxcaltecas y aliados de menor cuantía, y defendió la ciudad palmo a palmo, pero cayó prisionero (13 de agosto de 1521) y fue ahorcado por orden de Cortés el 28 de febrero de 1525, durante la expedición a las Hibueras (Honduras). Bajo el dominio español, el país quedo totalmente pacificado y sometido. Posiblemente hubiera sucumbido a la larga, como los toltecas y otras naciones antes de ellos, en vista de sus prácticas sanguinarias y de los pesados tributos que imponían a los pueblos sometidos; pero su influencia en las tierras de México fue duradera.

Hernán Cortés y un puñado de soldados desembarcaron en la costa de Veracruz. Al cabo de dos años de luchas e intrigas el 13 de Agosto de 1521 el imperio azteca estaba deshecho yacía postrado en medio de sangre, ruinas y cenizas. El aniquilamiento fue total, y hasta la fecha se especula sobre el misterio de está caída. Samuel Ramos compara a los aztecas en su libro “El pensamiento de América”, con los antiguos romanos. Ambas naciones se distinguieron por su belicosidad, por su genio político, por su habilidad y energía en crear en poco tiempo un poderoso imperio, por su talento e ingeniosidad, no sólo para las obras de ingeniería sino también para compenetrarse en culturas ajenas y absorberlas a la perfección: la cultura helénica en el caso de los romanos la tolteca en el de los aztecas.

El derrumbe del poderío azteca sé a explicado, en parte como consecuencia de su imperialismo, de la imposición del depotismo y de costumbres crueles. Cierto que el imperio azteca, que abarcaba 38 provincias tributarias, alcanzó los dos océanos, pero los aztecas intervenían muy poco en la administración interna y dejaban a los pueblos sojuzgados a amplia autonomía. La diferencia en cultura y costumbres no podía dejar de producir conflictos: “El imperio englobaba una gran cantidad de poblaciones de origen extranjero, caracterizadas por lenguas muy diferentes: sin duda las provincias del centro estaban formadas por pueblos esencialmente nahuas, pero los otomis constituían la base de la población en Cuahuacán, Xilotepec, Hueypochtla, Actopan. Al noroeste y al oriente estaban los Huastecos en Oxitipan, los totonacos en Tochpan (Tuxpan) y Tlapacoyan. Los Mazatecos en tochtepec (tuxtepec). Al sudoeste, los mixtecos en Yoalteps y Tlachquiauco (Tlaxiaco); los Zapotecas en Coyolapan; al sur, los mayas, en el camino de Xoconochco (Soconusco); Al sudoeste, los tlapanecos de Quiauhteopan, los cuitlatecos y los coixas de Cihuatlán y de Tepecuacuilco; y por fin al oeste los mazahuas y los matlatzincas de Xocotitlán, de Tolocan, de Ocuilam y de Tlachco”

Es posible y aún probable que el imperio azteca no se hubiera podido sostener a la larga contra el armamento superior y la técnica militar europea. Pero podían haber pasado siglos sin que se lograra una dominación absoluta, sino fuera por el fatalismo religioso del pueblo. El propio Moctezuma consulta el oráculo y se convenció de que era inútil oponerse a su destino.

Aspecto Económico y Social

A diferencia de otros pueblos invasores del norte los Aztecas no aparecen como bárbaros cazadores-recolectores, sino como soldados y campesinos que sabían cultivar la tierra y sembrar maíz; permanecían en un lugar cuando menos durante un año pero aveces hasta 28. Se ignora si tenían su propia cerámica o industrias, pero no se cubrían con pieles, como hacían los chichimecas, sino con mantas tejidas de algodón. Posiblemente se componían de 4 clanes o tribus que dieron origen a las 4 parcialidades y luego barrios en los que se dividió Tenochtitlan y que luego aumentaron a 7 y hasta 15 y 20 calpullis.

Los nobles o soldados de rango superior tenían tierras propias que heredaban a sus hijos. A menos que las parcelas no se vendieran, o se perdieran a causa de un castigo real, quedaba como propiedad del soberano al morir su dueño sin heredero. Los barrios poseían tierras comunales, pero también había superficies cuyos productos servían para sufragar los gastos de temples e instituciones públicas y los de guerra. El señor tenía, además, tierras propias en las comarcas conquistadas (tlacotalli o itonal intlácatl), como también otras, llamadas yaotlalli (tierras de enemigos), para sufragar los gastos de los embajadores.

El poderío económico azteca provenía, más que de sus propias tierras, de los tributos que pagaban los pueblos sojuzgados y que hacían afluir a Tenochtitlan los productos de las costas y de las sierras. La ciudad era importante centro industrial y comercial, lugar de partida y de reunión de las caravanas de pochtecas que llegaban a todos los confines de Mesoamérica. Los pochtecas gozaban de la protección real y eran tan poderosos que a veces hacían la guerra por su propia cuenta.

No sólo se dedicaban al comercio, sino también al espionaje y a la trata de esclavos. Los esclavos formaban el peldaño más bajo de la escala social. Sin embargo, no eran tratados como objetos, como en el derecho romano. Podían tener bienes, y sus hijos nacían libres. Se daba incluso el caso de que a su vez tuvieran esclavos. En rigor, estaban sujetos a un contrato de servicio forzoso, que sin embargo podía rescindirse mediante pago o sustitución. Existía una forma de contrato por el medio del cual una familia se comprometía a que uno de sus miembros estaría siempre de servicio como esclavo. Tales esclavos no eran los mismos a los prisioneros de guerra. Estos eran propiamente cautivos del dios y no del militar que se adueñaba de ellos. El cautivo no podía librarse sino mediante su victoria en el “sacrificio gladiatorio” o bien huyendo de su cárcel, si era plebeyo.

Gran parte de la nobleza descendía de los soberanos. El imperio Azteca era en realidad una confederación de las ciudades de Tenochtitlan, Texcoco y Tacuba, en la cual los aztecas obtuvieron poco a poco el predominio sobre los acolhuas y los tepanecas. Las ciudades conquistadas por esta alianza procuraban que una de sus princesas casara con alguno de los conquistadores. De está manera hubo una numerosa descendencia noble, que llego a desempeñar casi todos los puestos públicos y funciones en la corte.

Cuando se produjo la conquista, gran parte de los pueblos indígenas de México estaban sometidos a los aztecas. Eran la excepción Michoacán, Tlaxcala Huejotzingo y Metztitlan. Los aztecas no destruian las organizaciones políticas y sociales de las comarcas conquistadas, y dejaban en el poder a los caciques locales, siempre que éstos se avinieran a pagar los tributos y plegarse al dominio azteca. Por tal motivo los caciques originales mantuvieron su podes, sólo disminuido por el recaudador de tributos (calplixque) delegado por los aztecas.

En ocasiones imponían sus conceptos religiosos e introducían sus conceptos religiosos e introducían sus ritos. La concentración de bienes y alimentos en Tenochtitlan servía en años de hambre para alimentar al pueblo. Con el tiempo, la diferenciación por castas, a la vez que el poder político y económico vino a imponer una división radical entre los macehuales (plebeyos) y los popiltin (nobles).

También la educación y la religión contribuían a marcar diferencias sociales. Había escuelas diferentes para el macehual y el pilli. Las había especiales para mujeres, con objeto de darles entrenamiento sacerdotal antes que se casaran y de adiestrarlas en los trabajos propios de su sexo. A pesar de todo eso la organización social se distinguía profundamente de la europea. El soberano era un autócrata, venerado casi como una divinidad, pero no lo era por la “gracia de Dios”, sino por elección.

Los pipiltin no gozaban automáticamente de los privilegios esenciales. Para conquistar posiciones de prestigio y de poder, en la administración o él ejercito, tenían que mostrar méritos o distinguirse en los combates, igual que un macehual. Gracias a la educación en el calmécac y a la necesidad creciente de gobernadores y administradores, una incipiente nobleza hereditaria se estaba formando en la época de la conquista española.

Había una infinidad de funcionarios y oficiales de todas clases. Había mandoncillos, como los llama Dúran, para todo, incluso para el cuerpo de los barrenderos. Había también un servicio de policía que mantenía el orden interior y que podía arrestar hasta a las personas de más alto rango; sus miembros viajaban con extraordinaria velocidad, tanto de día como de noche, aún en las peores condiciones climáticas.

Un aspecto importante del cuerpo de las leyes de los aztecas dice Vaillant comprendía la pérdida de los derechos civiles, como resultado de actos abiertamente antisociales. En general la costumbre dictaba y regulaba la conducta humana. El pertenecer a una comunidad traía consigo seguridad y subsistencia; el separarse de ella o el ser expulsado, significaba la muerte a manos de los enemigos o el aislamiento como un vagabundo solitario, presa de las fieras. La competencia por el rango social y por el renombre se daba en el campo de los servicios públicos, más bien que en la adquisición de riqueza; de ahí que casi no existiera la conducta antisocial de hoy para obtener posiciones elevadas.

Aspecto Político

El gobierno correspondía a 4 sacerdotes (uno de ellos era sacerdotista Chimalma) durante la época de la peregrinación. El ejercito estaba encabezado por un jefe militar, también de gran prestigio. Por medio de una hábil política de alianzas, los aztecas lograron emparentarse con las casas gobernantes establecidas en la calle de México y crear en esta forma una especie de aristocracia militar. Las victorias guerreras les dieron el dominio sobre las tierras conquistadas y creó una casta de siervos que recibieron el nombre de mayeques.

El poder estuvo asimismo vinculado a la genealogía. Solo los descendientes de la casa gobernante tolteca podían ser a su vez soberanos. Antes de Itzcóatl el poder se transmitía de padres a hijos. Su propio nombramiento rompió la regla, y en adelante los soberanos fueron electos por los mismos aztecas y sus aliados, pero siempre entre los miembros de la familia, siendo electores parientes y gobernantes de poblaciones aliadas.

Los plebeyos (macehuales o macehualtin) no tomaban parte en las elecciones. La clase baja era gobernada por los nobles (pilli, plural pipiltin). Entre ambos había una clase intermedia, formada por comerciantes (pochtecas) y artesanos de clase superior (trabajadores de plumas, orfebres y otros). De agricultores, pescadores del lago y cazadores, los aztecas se transformaron en un pueblo dominante, que sin embargo no despreciaba la agricultura. Muchos fueron soldados, artesanos, comerciantes y sacerdotes.

El sacerdocio era otro núcleo privilegiado, quizá desde la época más primitiva, ya que era portador de la divinidad nacional. La religión azteca fue el dínamo generador de la enorme energía desplegada por la nación y también causa, sin duda, de su desmoronamiento al quedar vencida y aniquilada por las fuerzas llegadas del exterior. Pero igual que en él ejercito, el clero se reclutaba del grueso del pueblo y no a base de los gobernadores designados por la autoridad real.

Tal como los barrios de Tenochtitlan tenían su calpullec, jefe vitalicio elegido de preferencia de la misma familia pero con autoridad confirmada por el soberano, así los gobernadores de las tenían su tecuhtli, jefe civil encargado del catastro y de los tributos, pero que al propio tiempo estaba obligado a proteger y defender a su pueblo. En materia administrativa estaba asesorado por un consejo de ancianos (Huehuetque), sin cuya aprobación no tomaba ninguna decisión.

Debido al complicado sistema religioso azteca había dos sacerdotes principales de Huitzilopochtli (dios del sol y de la guerra) y de Tláloc (dios de la lluvia, la agricultura y la fertilidad), respectivamente. En él ejercito había 4 jefes, siendo dos los principales: el tlacatecuhtli (señor de los hombres), o general en jefe y el tlacochacálcatl (jefe de la casa de las lanzas, o del arsenal), de rango apenas inferior u por regla general, pertenecientes a la dinastía.

Entre los altos funcionarios de la nación había un tercer grupo importante: el de los jueces. Los de primera instancia eran a menudo, especialmente en las provincias, los jefes o ancianos locales; pero los había superiores en México y Texcoco, siendo el de la última instancia el propio soberano o bien su segundo, el chiuacóatl. En Texcoco funcionaba un tribunal supremo compuesto de doce jueces, bajo la presidencia del señor local. No se conoce bien la base del sistema judicial azteca. Sin duda se apoyaba en las tradiciones de la tribu. Pero debió existir una legislación en un organismo estatal tan complicado, donde la propiedad, el rango social, la adaptación social o la insubordinación y muchos otros problemas tenían importancia máxima. La conducta social de los aztecas se debía sin embargo más a la cohesión interna y a las ideas religiosas imperantes, que la coerción o las leyes de los aztecas “dice Vaillant” comprendía la pérdida de los derechos civiles, como resultado de actos abiertamente antisociales. En general la costumbre dictaba y regulaba la conducta humana.

La solidaridad incondicional del individuo era condición indispensable para la supervivencia de la tribu. De modo similar, la sociedad mexicana actuaba en beneficio de la comunidad más que del individuo. Mientras más alto el rango social, mayores eran las obligaciones y responsabilidades. Un hombre ebrio hallado en público era castigado con una reprimenda y la vergüenza de tener la cabeza afeitada, cuando era un macehual; el castigo para un noble era la muerte. Si un macehual robaba a su padre, se le imponía el castigo de la esclavitud; pero el de la muerte cuando el culpable era un pilli. También a los sacerdotes se les castigaba durante por él más leve incumplimiento de sus votos.

El estado azteca imponía pues una disciplina casi militar a toda la población, a la vez que un espíritu comunal forjado al calor de sus ideas religiosas. Sin embargo, intervenía poco en el gobierno interno de las poblaciones sometidas y se contentaba con imponer y reclamar crecidos tributos. Los funcionarios eran de una honradez escrupulosa, ya que el cohecho o la conducta impropia acarreaban castigos brutales y aun la muerte.

El noble azteca tenía indudablemente grandes privilegios y un rango social envidiable, pero no por ello podía llevar una vida ociosa. Cuando no se hallaba en campaña, sus obligaciones sociales, religiosas y administrativas ocupaban todo su tiempo. Había una sucesión constante de festividades, generalmente solemnes en las que participaban no sólo el clero sino también alguna parte de la población, ya sea los jóvenes guerreros o las muchachas, los miembros de ciertos grupos de artesanos o dignatarios, cuando no era una festividad para la nación entera.

Aspecto Religioso

La vida cotidiana de aquel pueblo guerrero, era regida por un profundo sentido religioso hacia la vida y la muerte, así como con los elementos de la naturaleza que propiciaban la existencia de la vida humana. Por ello, la visión del pueblo mexica en su relación con la naturaleza, fue desarrollar su técnica y su cultura, sin deteriorar al medio ambiente que los rodeaba.

Como muchos otros elementos de su cultura, los aztecas adoptaron las creencias religiosas de las naciones en cuyo medio vivían. Hasta el fin de la independencia azteca su estado se distinguió por una notable tolerancia en cuanto a divinidades extrañas y conceptos religiosos ajenos. Su religión era un sincretismo que adoptaba con la mayor facilidad incluso a las deidades de las naciones vencidas. Mientras fueron una tribu nómada, los aztecas se guiaron en materia religiosa por los oráculos de Huitzilopochtli, divinidad personificada en un colibrí momificado que cargaban los sacerdotes y que se convirtió en el dios solar y de la guerra.

Según la leyenda azteca, fue este dios el que indujo a la tribu, el año del pedernal (año de su nacimiento) a abandonar su tierra nativa de Aztlán y emprender una peregrinación que había de durar siglos, antes de su establecimiento definitivo en la laguna de Tenochtitlan. El culto de Huitzilopochtli mantenía a los aztecas aislados de sus vecinos y en un estado permanente de guerra. Cuando sus relaciones con los pueblos vecinos se volvieron amistosas, los sacerdotes llegaron al extremo de sacrificar la novia extranjera de su jefe la divinidad tribal, provocando de este modo una guerra sin cuartel. Huitzilopochtli tenía, desde un principio, ciertas relaciones con las divinidades estelares de los nómadas del norte, al contacto con las naciones más civilizadas del valle de México, adquirió atributos nuevos. Por boca de sus sacerdotes proclamó que gracias a él sol y finalmente se le identificó con la deidad solar.

Las creencias imperantes en el territorio mexicano eran en el fondo pesimistas y fatalistas. Tanto los aztecas como sus vecinos creían que varios mundos o “soles” se habían sucedido unos a otros, para caer en la ruina en medio de terribles catástrofes. La última fase de tales ciclos, y en la que vivían los propios aztecas era la quinta.

El calendario se relacionaba íntimamente con los acontecimientos divinos y estelares, y cada fin de siglo (de 52 años) acarreaba el peligro del fin del mundo. Cuando los aztecas llegaron al valle de México, encontraron allí sistemas religiosos milenarios. Los mayas poseían un calendario religioso complicadísimo y preciso, mucho tiempo antes de que existieran los aztecas. Los toltecas, totocanos, y otras naciones les habían precedido en la formación de conceptos y símbolos religiosos. Los aztecas no tuvieron dificultad sin embargo en aculturarse religiosamente.

Huitzilopochtli y otras deidades asociadas en él se transforman hasta figurar entre los creadores del mundo. Tal sistema llevó a un politeísmo exacerbado, en el que los sacerdotes procuraban establecer cierto orden, atribuyendo características o poderes de la enorme variedad de dioses a las divinidades fundamentales.

Privaban también ciertas ideas abstractas, heredadas de las nociones que les transmitieron sus conceptos religiosos. En el origen del mundo veían dos fuerzas que incorporaban la dualidad del mundo y que eran creadores de los dioses mismos.

Eran estas Ometechtli (señor de dualidad o segundo señor) y Omecíhuatl (señora de la dualidad o segunda señora), ambos símbolos de fertilidad, a los que se adoraba con ofrendas de mazorcas de maíz. Dice Alfonso Caso (la religión de los aztecas): “una escuela filosófica muy antigua sostenía que el origen de todas las cosas es un solo principio dual, masculino y femenino, que había engendrado a los dioses, al mundo y a los hombres; y superando todavía esta actitud, en ciertos hombres excepcionales, como el rey de Texcoco, Nezahualcóyotl, aparece ya la idea de la adoración, preferente a un dios invisible que no se puede representar, llamado Tloque Nahuaque o Ipalnemohuani (el dios de la inmediata vecindad, Aquél por quien todos viven), que está sobre los cielos y colocado en el punto más alto, y del que dependen todas las cosas. Si ésta no es una actitud francamente monoteísta, porque se admite todavía la existencia y el culto de otros dioses, sí indica que en las mentalidades excepcionales del pueblo azteca, había ya nacido el afán filosófico de la unidad, y que buscaba una causa única de la que estuviera por encima de los dioses, como éstos están por encima del hombre”.

De mayor importancia práctica que las especulaciones de hombres como Nezahualcóyotl, eran los mitos oficiales y las doctrinas que enseñaba el sacerdocio azteca. Según tales mitos, los dioses se habían reunido al anochecer en Teotihuacan, y uno de ellos se había arrojado en calidad de ofrenda sacrificial en un gran fuego. De este fuego resurgió transformado en un sol que brillo esplendoroso, pero inmóvil. No tuvo fuerza para moverse. Necesitaba sangre para iniciar su carrera triunfal. Entonces los demás dioses se inmolaron y el sol, fortalecido por su sacrificio, emprendió su curso por el firmamento.

Este drama cósmico se repetía entre los aztecas constantemente. Era preciso nutrir al sol con agua preciosa (chalchíhuatl), que no era otra cosa sino sangre humana. De no haber sacrificios, el mundo se sumiría en la oscuridad y perecería. El peligro de un desastre universal se evitaba cada vez que el sacerdote alzaba un palpitante corazón humano para depositarlo en el cuauhxicalli. El hombre tenía él deber de ofrecer alimento “a nuestra madre y a nuestro padre, la tierra y el sol”. Por regla general, los prisioneros de guerra constituían ese alimento. Pero no eran los únicos sacrificados. Había sacrificios de mujeres a las que se decapitaba, mientras ejecutaban una danza ritual y pretendían ignorar la suerte que les esperaba, y de niños para aplacar a Tlaloc y a la diosa terrestre.

Tal parece que los sacrificios humanos se acostumbraban aún antes de la llegada de los aztecas al valle de México. Pero éstos hicieron de la costumbre ritual imprescindible, fundamento mismo de su religión. Su expansión política y su misma grandeza se debieron en parte a la necesidad de proporcionar víctimas humanas a Huitzilopochtli. Muchos militares rechazaban honores, fortuna y nuevas posiciones que los enemigos les ofrecían, prefiriendo estar muertos en sacrificio o suicidarse al caer prisioneros.

Según dice el códice florentina a la llegada de los conquistadores españoles, Moctezuma mandó dos cautivos para que fueran sacrificados ante los que creían dioses blancos. Los españoles por cierto acostumbrados a verter sangre y a matar, quedaron asqueados al ver el sacrificio. Algunos escupieron otros cerraron sus ojos y menearon sus cabezas en señal de aborrecimiento.

La principal divinidad azteca Quetzalcóatl fue heredada de los toltecas, este no requería sacrificios humanos y prefería las ofrendas de serpientes, pájaros y mariposas. Los mitos aztecas son interpretaciones de las fuerzas de la naturaleza. Huitzilopochtli, divinidad protectora aparece en una leyenda como espíritu puro, pero en otra concebido por Coatlicue sin contacto masculino. Su templo era uno de los más grandes y ninguna empresa importante se iniciaba sin consultar a su oráculo. Era el propio tiempo del dios de la guerra, pero también el sol en su plenitud y la reencarnación del guerrero caído en batalla.

Para los habitantes agrícolas eran de mayor importancia las divinidades agrias. La principal de ellas Tláloc, ingreso en el panteón azteca como dios de la lluvia. Igual que las demás, era de carácter ambivalente: beneficioso en su calidad de dispensador de vida y fertilidad, de dueño del maíz, también podía ser destructor, que lanzaba tempestades o provocaba sequías al abstenerse de conceder la lluvia. Tlaloc era dios principal de los campesinos. Su templo igualaba Tenochtitlan al de Huitzilopochtli, y su sumo sacerdote tenía rango igual al de aquél.

Varias divinidades como Chalchiuhtlicue (diosa de los lagos y de los ríos) y Uixtocíhuatl (de los mares) estaban asociadas al culto de Tlaloc. De origen probablemente tolteca es Quetzalcóatl, dios del viento, de la agricultura y del planeta Venus. Tenía sus templos más importantes en Tula y Cholula, pero era reverenciado incluso entre los mayas como Kukulcán. Lo veneraban como creador de la civilización y le atribuyeron el invento del calendario, de las artes y las industrias, el descubrimiento del cacao y otros logros culturales. Era la deidad propia de los sacerdotes, simbolizada como serpiente emplumada.

Tezcatlipoca, dios de la noche, representado a veces con piel de ocelote (noche estrellada) y relacionado con la constelación de la Osa Mayor. Es el dios de la providencia, que está en todas partes u lo sabe todo; el inventor del fuego, hermano y a la vez enemigo de Quetzalcóatl. Se representa sobre las cuatro direcciones, pero con color diferente en cada caso. Los poderes y atavíos de este gran dios pasaron a las divinidades tribales, con la difusión de la religión mixteca, y el culto de Tezcatlipoca se extendió al valle de México. El Tezcatlipoca rojo del occidente tomo el nombre de Xipe o Camaxtli el dios tutelar de Tlaxcala, Huitzilopochtli asumió las funciones del Tezcatlipoca azul del sur y fue igualmente un dios solar, pero su adversario y deidad opuesta de la noche, retuvo el nombre de Tezcatlipoca y se le representaba como Tezcatlipoca negro del norte. Quetzalcóatl era representado como Tezcatlipoca blanco, asociado con el oriente como una estrella de la tarde.

El maíz y la agricultura se manifiestan como otras divinidades menos feroces, a veces en forma de mujeres jóvenes y hermosas: Chicomecóatl (serpiente), diosa de las cosechas y de la subsistencia; Xilonen (madre del maíz tierno) y Xochipilli (príncipe flor) y Maxcuilxóchitl (flor). La diosa Mayáhuel lo era del maguey y del pulque. Entre las divinidades femeninas sobresalía Coatlicue (la de la falda de serpientes), madre de los dioses y especialmente de Huitzilopochtli.

La mayoría de las divinidades femeninas se relacionaban con la tierra, vegetación y la fertilidad. Chihuacóatl (mujer serpiente) o Tonatzin (nuestra madrecita), reina su santuario en el Tepeyac. Era la divinidad del parto, y se la representaba a menudo con un niño en brazos. Según el mito azteca, ella amasó los huesos de Quetzalcóatl y formó de ellos la humanidad podía provocar infortunios y pobreza. Se aparecía a los hombres de forma de bella mujer, y en la noche vagaba y emitía llantos y voces plañideras. Tlazoltécotl (comedora de inmundicia) también madre de los dioses y del amor carnal, “comía” los pecados de la humanidad. En su culto era importante la confesión y la absolución. Igualmente relacionados con la tierra estaban los dioses de la muerte Miclantecuhtli (señor de la muerte) Mictllansíhuatl (señora de la muerte), cuyas estatuas llevan máscaras de cráneos humanos y que se concebían dominando los infiernos y el norte. Tepeyólotl (corazón de las montañas) era otra divinidad terrestre, lo mismo que Tlaltecuhtli (señor de la tierra) en constrante este último con Tonatiouh (dios del sol), divinidad solar relacionada con Huitzilopochtli y Tezcatlipoca.

Había una enorme variedad de dioses en el panteón azteca. No sólo las fuerzas de la naturaleza, sino también las actividades humanas, las regiones del país, las ciudades y los pueblos, las estratificaciones sociales y los oficios tenían sus deidades propias. El gran numero de divinidades requería una poderosa casta sacerdotal y un ritual complicado.

Desde el nacimiento hasta la muerte, la vida del azteca se desenvolvería dentro de la religión, no había actividad que no estuviera supeditada a ella: la guerra, las festividades, la educación, el arte, las ciencias y hasta los bailes y diversiones. Los aztecas no se conformaban con someter a un pueblo y exigirle tributo: llevaban cautivas a sus divinidades y luego las incorporaban a su propio panteón.

Los astros y sus divinidades intervenían en todos los actos humanos. La muerte del hombre no era definitiva pues podía convertirse en cuahtéocatl (compañero del sol) o ingresar en el paraíso del Tláloc (Tlalocan), donde abundaban flores e imperaba la felicidad. Aún los que no tenían la suerte de encontrar la dicha en esa forma, cruzaban el río del inframundo en compañía de un perro incinerado con el cadáver de un hombre.

Aspecto Artístico

De sus propias obras, relativamente abundantes no ha quedado mucho. En México no se conserva ninguno de sus espléndidos edificios, que se dice que nada se le pueda comparar con las ruinas de la civilización Maya, de la Zapoteca y de otras. De sus obras de arte se han logrado conservar algunas, gracias a varias circunstancias.

La lengua de los aztecas, el náhuatl, es un idioma bien desarrollado, con gran riqueza de expresión y de conceptos abstractos. Es además, junto la maya y al quechua, una de las pocas lenguas literarias indígenas. Su filosofía sirvió en base a la creación literaria.

Su pintura, escultura, y poesía eran factores en los que los mexicas destacaban al igual que en la oratoria y el canto. Las obras de arte, hechas para expresar el sentimiento religioso, eran anónimas y colectivas. El artista azteca no buscaba como objetivo esencial la expresión de un sentimiento estético, buscaba dar la impresión de la terrible potencia de la deidad. El carácter religioso del arte tuvo por consecuencia el profundo respeto a la tradición y la poca inclinación a las innovaciones. Durante siglos se utilizaron los mismos elementos decorativos y arquitectónicos, sin buscar ninguna superación de los conceptos formales. La mayoría de los templos y otros monumentos arquitectónicos de los aztecas fueron arrasados por los conquistadores y sus obras de arte destruidas. En cambio se conservó cierto número de sus escritos. En estos se tenía la finalidad de tener todo lo acumulado por generaciones precedentes: ideas religiosas, mitos, ritual, adivinación, medicina, historia, derecho y además poesía épica y de poesía lírica.

El calendario azteca o la piedra del sol es basada en principios astrológicos y que el año civil azteca estaba compuesto de 18 meses de 20 días cada uno a los cuales se añadía 5 días intercalados, sumaba 365 días.

Tenían una escritura pictográfica que también incorporaba glifos fonéticos y producían enorme cantidad de documentos oficiales, relaciones de tributos, a la vez que de materias ritual, histórica, geográfica y literaria. Aunque a mayor parte de estos escritos quedaron destruidos a raíz de la conquista, los mismos indios recopilaron ciertas materias importantes, ya sea en su propio idioma, pero usando el alfabeto español, o bien directamente en castellano, ayudados por los misioneros.

Los autores eran alumnos de los frailes que a la vez trataban de mostrarse como tales. Los mismos españoles legaron un acopio de información. No se preocuparon por aprender el idioma ni de comprender sus ideas sin embargo quedaron deslumbrados por lo que sus ojos veían y procuraban relatarlo.

Las relaciones de Hernán Cortes, las crónicas de Bernal Díaz del Castillo y sobre todo los numerosos escritos de frailes y misioneros, siguen siendo la fuente principal de los conocimientos acerca de los aztecas.

Otros Aspectos Culturales

Agricultura

La actividad agrícola se concentraba, principalmente, en las champas donde cultivaban maíz, frijoles, calabazas, ají, chía y otros vegetales. Una red de canales, hábilmente trazada, permitía el cotidiano traslado de los campesinos.

En Teotihuacán la agricultura no fue sólo la principal fuentes de alimentos, sino una de las bases quizá la principal de su desarrollo, al convertirse el lugar en el centro ceremonial que polarizó el culto a las divinidades relacionadas con esta actividad y su principal condicionante: el agua.

Juego de Pelota

Llamado Tlachtli en náhuatl, era el más popular de los deportes preshispánicos, los campos de juego contaban con anillos por donde había que hacer pasar la pelota y que servían también para dividir el campo, este diseño se usó en Tula, en Xochicalco y entre los mayas del período clásico. Otro modelo de campo de juego no contaba con el anillo y en su lugar había altares de planta circular que servían como marcadores. Los jugadores portaban sobre el taparrabo un cinturón de cuero de venado con prolongaciones para protegerse las caderas, así como musleras, rodilleras y un guante en la mano izquierda. La pelota era de hule extraído del látex de varias especies vegetales. Este juego representaba la base de la cuenta calendárica.

Comercio

La actividad mercantil era el elemento unificador en la cultura mesoaméricana. Los mercados operaban a dos niveles: el local y a grandes distancias.

El foco del comercio local eran mercados, especialmente construidos para este efecto y en cada ciudad importante había uno.

El comercio a grandes distancias englobaba, en general, artículos de lujo. Normalmente el comercio a grandes distancias se centralizaba en puertos de intercambio; éstos eran asientos políticamente neutrales que se utilizaban para efectos de transacción y almacenaje de productos llevados desde todas las regiones mesoaméricanas.

Las Guerras Fiordas

Durante el reinado de Moctezuma ocurrieron a los Aztecas tantos desastres y calamidades que creyeron que los dioses estaban disgustados con ellos y para desagraviarlos, les ofrecieron numerosas víctimas, emprendieron contra los Chalca, Tlaxcaltecas y Cholultecas en las llamadas guerras fiordas, tomándose en cuenta que estas contiendas no significaban conquistas territoriales ni comprometían la soberanía de los vencidos y que el único fin de tales guerras era el de hacer prisioneros para sacrificarlos a los dioses como lo aconsejaban los sacerdotes. Es necesario comprender la fuerza de las supersticiones, para llegar a entender tan bárbaros procedimientos

Astronomía

Estudiaron los movimientos del sol, de la luna y de algunos planetas. Tenían un calendario solar de 365 días, el cual está agrupado en 18 meses de 20 días cada uno, a los cuales se adicionaban 5 días para completar la cuenta. A estos días se les consideraban nefastos o peligrosos. El calendario religioso constituía de un ciclo de 260 días que dividían en 20 períodos de 13 días cada uno.

Educación

La educación era rígida se iniciaba en el hogar con la práctica de quehaceres domésticos. Los niños eran acostumbrados al baño diario y a permanecer limpios, a alimentarse sanamente y a dormir poco para tener mayor resistencia física. Se inculcaba el respeto a los mayores, especialmente a los ancianos, a los nobles se les instruía en el Calmecac, donde se preparaba a los futuros gobernantes, sacerdotes y jefes guerreros, ahí aprendían a astronomía, religión, astrología, derecho, historia entre otras disciplinas.

Conclusión

Los mexicas fueron una civilización sorprendentemente increíble, a base de que se tiene una breve información acerca de ellos, no han dejado de sorprender al ser humano moderno. En parte son como la oveja negra que se venga, al principio nadie hubiera supuesto de las civilizaciones alrededor que los aztecas fueran a ser lo que se llegaron a convertir.

Aportan un gran conocimiento al mundo actual y día con día todos quieren averiguar mas de sus misterios. Las pirámides que construyeron son asombrosas. Sus adoraciones por las fuerzas naturales marcaban mucho sus formas de hacer las cosas y hasta pensarlas. Eran muy religiosos de una manera en que tendrías que entenderlos antes de poder convivir con ellos. Sus sacrificios me parecían una tontería pero hasta la actualidad se siguen realizando.

Los mexicas eran un pueblo guerrero, eran ganadores, lograron conquistar todos sus alrededores. El imperio azteca fue el más importante en todo centro América y Norte América. Sin embargo siento que siempre tuvieron lo que necesitaban nunca exageraban y por esa razón siento que los españoles los conquistan.

Siento que el error más grave que se hizo fue someter a los aztecas, si los españoles hubieran llegado a socializar y a intercambiar conocimientos ambos se hubieran tenido grandes beneficios. Pero fue un abuso el que hubo ahí, a mí me alegra que los españoles hayan llegado sin embargo me desagrada que hallan llegado de tal manera.

Bibliografía

Enciclopedia de México Tomo I

Enciclopedia Encarta 98

The Great Temple of the Aztecs editorial T&H

Eduardo Matos Moctezuma

Monografías

Cultura Azteca (Sunshine)

Cultura Azteca No. 2 (Sunshine)

Cultura Azteca y su fundación ( Sun Rise)

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