Aspectos de la expansión imperialista

Imperialismo europeo. Economía. Política. Cultura. Beneficios

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Lectura 10. Aspectos de la expansión imperialista

1. El imperialismo europeo, un fenómeno relativamente nuevo.

A. Cambios en el dominio colonial europeo.

La posición privilegiada de Europa en el contexto planetario es un hecho que arranca de fines del siglo XV, con el descubrimiento por Cristóbal Colón del continente americano y con la llegada a India de la expedición de Vasco de Gama. Desde entonces, el dominio ejercido sobre amplios territorios ultramarinos por parte de potencias europeas fue una constante hasta el siglo XX, primero por los imperios ibéricos y, desde el siglo XVII, por otras potencias como Holanda, Francia y, en especial, el Reino Unido. El declive de los imperios ibéricos se produce a principios del siglo XIX: en las primeras décadas del siglo, dos tercios de los territorios sometidos a dominio colonial europeo adquieren su independencia (el Brasil portugués y casi toda la América española). A partir de 1830, una nueva etapa histórica se abre en las relaciones entre Europa y el resto del mundo, al concentrarse la presencia colonial europea sobre Asia y África.

La difusión de la práctica del colonialismo en la Europa del siglo XIX no era, pues, un hecho nuevo. Pero lo que acontece en este siglo es que se produce una progresiva sustitución de unas potencias coloniales por otras. Además, se pueden distinguir claramente dos fases en la historia de la expansión colonial europea contemporánea. La primera, que se extiende hasta 1880, se caracteriza por la práctica de un tipo de explotación colonial de carácter “informal”, esto es, en la que había relaciones económicas desiguales que no comportaban la obligación de un control político del territorio colonial por parte de la metrópoli. La tendencia predominante era la de establecer relaciones comerciales, pero no ocupar territorios, salvo en el caso de desplazamiento de las fronteras interiores, como sucede en América del Norte o en la Siberia rusa.

La novedad de los años posteriores a 1880 consiste en que el principio de territorialidad se convierte en una pauta obligada para los Estados industrializados. Por esta razón, las principales potencias coloniales occidentales se ven en la obligación de establecer un dominio “formal” de inmensos territorios, organizar una administración específica de los mismos y afrontar costosas guerras y otros gastos que permitan asegurar sus posesiones. Se constituyen de este modo grandes imperios coloniales que, con diversas variantes, se mantienen en vigor hasta después de 1945, cuando se abre el gran proceso de descolonización y emergencia política del Tercer Mundo.

Este colonialismo difería, económica y políticamente, del anterior. Los antiguos imperios habían sido marítimos y mercantiles. Los comerciantes europeos compraban en la India, Java o Cantón los artículos producidos con métodos nativos que les ofrecían los mercaderes nativos. Los gobiernos europeos no habían tenido ambiciones territoriales, más allá de la protección de los centros comerciales y puertos. América fue una excepción: allí los europeos desplegaron títulos territoriales, invirtieron capital e introdujeron sus métodos de producción y de administración, especialmente en las entonces prósperas islas del azúcar de las Indias Occidentales.

Con el nuevo imperialismo los europeos no se contentaron con comprar lo que los mercaderes nativos les ofrecían; querían artículos de un tipo o en una cantidad que los métodos preindustriales no podían aportar. Penetraron más profundamente en los países “atrasados”. Invirtieron capital en ellos, organizaron minas, plantaciones, muelles, depósitos, fábricas, refinerías, ferrocarri­les, vías de navegación fluvial y bancos. Construyeron oficinas, casas, hoteles, clubes y refugios adecuados para los hombres blancos en los trópicos. Al apoderarse de la vida productiva del país, transformaron grandes capas de la población local en asalariados de los propietarios extranjeros, introduciendo así los problemas de la lu­cha de clases, acentuados por las diferencias raciales. Prestaron dinero a los gobernantes nativos (el jedive de Egipto, el sha de Persia, el emperador de China) para permitirles mantener sus vacilantes tronos o, simplemen­te, vivir con más lujo y magnificencia de los que ellos podían pagar con sus habituales ingresos.


Hacia 1875 se puso de manifiesto la gran diferencia de poder entre los estados europeos y los no europeos. La revolución industrial había dado a Europa barcos de hierro y de acero, cañones navales más pesados y rifles de mayor precisión. Los movimientos liberales y nacionalistas habían producido grandes y sólidos pueblos europeos, unidos al servicio de sus gobiernos como ningún pueblo “atrasado” lo estuvo nunca. Una riqueza aparentemente ilimitada, con la administración moderna, permitía a los gobiernos cobrar impuestos, emitir empréstitos y gastar casi sin medida. Los Estados “civilizados” parecían enormes complejos de poder, sin precedente en la historia. Al mismo tiempo, la decadencia de los principales imperios no europeos (Turquía, Zanzíbar, Persia, China) facilitaba la intervención europea. Tan grande era la diferencia de poder que, por lo general, bastaba a los blancos una simple exhibición de fuerza (un bombardeo, por ejemplo) para imponer su voluntad. El gobernante local no tenía más remedio que firmar un tratado, reorganizar su gobierno o aceptar un consejero europeo.

En la primera mitad del siglo XIX los mayores esfuerzos se realizaron en el conocimiento y exploración de las tierras y mares que todavía no eran bien conocidos. A partir del último tercio de siglo, la carrera de las principales potencias europeas, a las que se unen EEUU y Japón, desemboca en un reparto casi total del espacio colonial y en el ejercicio de un dominio cada vez más “formal” sobre estos territorios. La consolidación de la presencia inglesa en India y el sureste asiático, la formación de un imperio colonial francés en Indochina, el reparto de Oceanía y del Pacífico, así como la división de África son los grandes hitos de esta expansión imperialista.

Desde 1830 hasta 1914, la evolución de la historia mundial está presidida, más que en ninguna otra etapa anterior o posterior, por el continente europeo. El “1argo siglo XIX” iniciado con la “doble revolución” de fines del XVIII y cerrado con el estallido de la guerra en 1914 es una etapa eurocéntrica, no sólo por la concentración de acontecimientos históricos en territorio europeo, sino por la colonización y el control ejercido sobre el resto del mundo. El dominio que las potencias europeas consiguieron ejercer sobre el conjunto del planeta fue casi total. Hacia 1914, cerca del 85% de la tierra se hallaba bajo su control. Este dominio del mundo por parte de los países europeos se logró de forma gradual a lo largo del siglo. Pero es entre 1880 y 1914 cuando tiene lugar la expansión más importante, que coincide con una época histórica que ya era denominada por los coetáneos como era del imperialismo. El imperialismo fue, pues, un proceso de larga gestación, pero de rápida ejecución. Fue obra de una generación, la que se podría llamar del fin de siècle, como de una generación será la tarea de la descolonización, en la inmediata segunda posguerra. Los imperios coloniales constituyen una fase breve de la historia mundial.

Por primera vez en la historia, en 1900 se podía hablar de una civilización mundial. Todos los países se incorporaban a una economía y un mercado mundial. Los rasgos de la “modernidad” eran muy semejantes en todas partes: ciencia, industria mecanizada, comunicaciones rápidas, organización industrial, nuevas armas, sistema impositivo eficaz, higiene y sanidad públicas. Pero no todos los pueblos participaban de igual forma en aquella evolución global. Eran los europeos (u “occidentales”, si incluimos a EEUU; sin olvidar, de todas maneras, a Japón) los que obtenían los mayores beneficios. Bajo el impacto de la “modernidad”, las sociedades tribales y las antiguas civilizaciones asiáticas y africanas empezaron a quedarse atrás, dominadas. En India, China o África las industrias nativas sufrieron a menudo daños; a muchos pueblos les resultó más difícil que nunca subsistir, incluso a un nivel bajo. La construcción de ferrocarriles en China, por ejemplo, dejó sin trabajo a barqueros, carreteros y posaderos. En India los hilanderos y tejedores de algodón no podían competir en su propio territorio con los productos manufacturados del Lancashire. En algunas zonas de África las tribus nativas nómadas encontraban a los granjeros blancos o a los propietarios de plantaciones o de minas ocupando su territorio y con frecuencia se veían obligados por la ley del hombre blanco a abandonar sus costumbres. Pueblos de todas las razas empezaron a producir para exportar (caucho, algodón, yute, petróleo estaño, oro) y, en consecuencia, se hallaban sometidos a los efectos de los altibajos de los precios mundiales. El imperialismo de finales del siglo XIX puede definirse como la dominación de un pueblo por otro. Fue una fase de la expansión mundial de la civilización industrial y científica que se había originado en la “zona interior” de Europa.

B. Geógrafos, misioneros y avances técnicos.

Hasta 1880, la conquista de territorios denominados colonias por parte de las metrópolis europeas no fue una tarea sistemática y concebida como un reparto de continentes enteros entre potencias. Supuso, más bien, la continuación de la política de factorías, basada en el dominio de zonas costeras y el control de puertos de acceso a los territorios del interior, aunque en Asia (Indochina) y zonas del Pacífico sur (Australia y Nueva Zelanda) se ocuparon ya regiones muy valiosas. Además, en este periodo se sentaron las bases de la gran expansión imperialista de fines de siglo, mediante el mejor conocimiento de mares y continentes y la difusión de valores occidentales, a través de misioneros y agentes comerciales. Las líneas maestras de la posterior expansión imperialista quedan fijadas durante esta primera fase colonial. Las razones o causas que explican la expansión colonial son de muy diverso tipo, como veremos. Pero hay que tener en cuenta también algunos instrumentos o medios por los que fue posible esta ampliación de territorios que pasaron a ser controlados por las potencias occidentales. Destacaremos, sobre todo, tres de estos factores: las sociedades geográficas, las misiones y los progresos técnicos.

a. Geógrafos y exploradores.

Los avances en la investigación geográfica permitieron conocer mejor la superficie del planeta y facilitar, así, una exploración efectiva de océanos, continentes y polos. Los progresos de la cartografía, así como del cronómetro de precisión, permiten afrontar estos retos. Para ello se forman “expediciones” que pretenden descubrir estados y civilizaciones del interior de África, Australia o Nueva Zelanda. Surgen pioneros y exploradores que, de forma individual o con el apoyo de grupos económicos y sociedades geográficas, emprenden largos viajes, siguiendo el curso de los ríos o hacia los polos. En África, los dos grandes misterios de los ríos Nilo y Níger son objeto de diversas expediciones. Entre los muchos viajes destacan el del francés René Callié que llega a Tombuctú en 1828 desde Mauritania, o los de los británicos David Livingstone, que recorre el río Zambeze y alcanza las cataratas del lago Victoria, y Henry Stanley, que descubre las fuentes del río Congo. Un apasionado de las exploraciones es el rey Leopoldo II de Bélgica, impulsor de la colonización de la margen izquierda del río Congo, para lo que contrató a Stanley, mientra la margen derecha la explora el francés Savorgnan de Brazza. Éste es el origen de las futuras colonias francesa y belga del Congo, conocidas por sus dos capitales: Brazzaville (Congo francés) y Leopoldville (Congo belga). La popularidad de estos exploradores fue inmensa. El príncipe Alberto, consorte de la reina Victoria, en una carta al rey de Portugal, ensalzaba en 1857 la obra de Livingstone, que consideraba imprescindible para fortalecer la hegemo­nía británica en el mundo, gracias al descubrimiento de yacimientos y materias primas en el África austral.

Por su parte, la exploración de los mares debe mucho a las flotas de balleneros, que recorrieron tanto la costa norte del Pacífico como amplias regiones de Oceanía. Pero el conocimiento de los círculos polares, que no se culminará hasta principios del siglo XX con la llega­da de Peary (1909) al polo norte y Amundsen (1911) al polo sur, enla­za de nuevo con el carácter individual de buena parte de la explora­ción del planeta.

b. Misioneros y escritores.

El conocimiento de las sociedades “primitivas” y la difusión en ellas de los valores del hombre blanco fue también tarea de las misiones religiosas. Desde principios del siglo XIX, se crean organiza­ciones para la propaganda religiosa, primero entre los protestantes y luego por los católicos. Ejemplos son la Sociedad Misionera de Londres (1795) o la Sociedad Misionera Metodista (1818) en la Iglesia protestante, cuya actuación principal se desarrollaría en el Pacífico. Por su parte, los papas Gregorio XVI y Pío X impulsan la Congregación para la Propaganda de la Fe, así como la aparición de nuevas congregaciones religiosas, como los Padres Blan­cos (1868), de gran repercusión en África. El papel del misionero no es asimilable al del colonizador, pero su acción de evange­lización y de difusión de valores culturales occidentales acaba por ser­vir de soporte para la colonización. Livingstone aúna las figuras del misionero (cristiano), explorador (penetración comercial) y propagandista de la colonización (afán civilizador).

Tarea complementaria de la propaganda realizada por misioneros, exploradores y aventureros fue la desempeñada por escritores y perio­distas que difundieron entre las sociedades burguesas occidentales los valores superiores del hombre blanco, forjaron una épica de la frontera o lograron familiarizar a sus lectores con las andanzas de viajeros y pira­tas. Entre los muchos nombres que podrían mencionarse, baste señalar a Herman Melville (Moby Dick, 1851),Julio Verne (La vuelta al mundo en ochenta días, 1873) o Rudyard Kipling (Kim, 1901), uno de los mejores divulgadores de la “responsabilidad del hombre blanco”, al considerar como una misión “iluminar la mente de Asia y África con las ideas de Europa”. Esta posición expresa una convicción muy arraigada en Occi­dente, según la cual habría que impedir que las sociedades “primitivas” o indígenas continuaran su evolución natural. Todo ello acrecentó la curiosidad por las culturas no europeas que, en el fondo, no hacía sino reafirmar la superioridad occidental.

c. Los instrumentos tecnológicos.

Un arma decisiva para la penetración europea en continentes relativamente poblados (África y Asia) y con difi­cultades, incluso biológicas, para la vida del hombre blanco, fue el uso de una tecnología superior. Esta superioridad se puso de manifiesto en aspectos relativos a la navegación marítima, con la aplicación del vapor, la mayor rapidez en los viajes (el canal de Suez es el mejor ejem­plo) y en la construcción de una red de comunicación e información (telégrafo, cable submarino). Pero además, hay dos innovaciones de­cisivas. Por una parte, la utilización de buques-cañonera para la explo­ración de los ríos y, sobre todo, para lograr la apertura de puertos al comercio occidental. Es lo que sucede en Asía, tanto en Japón como en China, donde se ejerce sistemáticamente la “diplomacia de la cañonera”. El buque Némesis, durante la guerra del opio, demostró la superioridad occidental destruyendo con facilidad los “juncos” chinos en Cantón.

La segunda innovación de relieve se refiere a algunos adelantos médicos, como el uso de la quinina, utilizada desde mediados de siglo como producto profiláctico que, tomado de forma preventiva, podía evitar contraer enfermedades como las fiebres tifoideas o la malaria, que eran el gran impedimento para entrar en África. De hecho, como señala Alfred Crosby, “1a defensa más efectiva con que contaba el África occidental contra los europeos eran las enfermedades”. Las primeras expediciones que se adentraron por el continente africano regresaban diezmadas; a partir del uso generalizado de la quinina, antes y durante los viajes, la mayoría de los europeos tenía posibilidades de volver con vida. El propio Livingstone pudo sobrevivir durante tantos años gracias a la quinina. El interior de África ya no era inabordable, dado que la protec­ción natural del continente fue cada vez menos eficaz frente a las expe­diciones occidentales.

Dicho en otras palabras: dejó de ser peligroso para el hombre europeo entrar en liza con los pueblos coloniales y, además, su sometimiento pudo hacerse a bajo coste. El flujo de nuevas tecnologías, concluye el historiador D. R. Headrick (Los instrumentos del imperio), “hizo el imperialismo tan barato que alcanzó el umbral de aceptación entre los pueblos y gobiernos de Europa y llevó a las naciones a convertirse en imperios”.

Así pues, grupos católicos y protestantes enviaban cada vez más misioneros a regiones remotas de todo el mundo. Éstos, a veces, entraban en conflicto con los nativos, que incluso daban muerte a algunos. La opinión pública de la metrópoli, informada rápidamente de los hechos por el cable oceánico, podía exigir una acción política para suprimir aquellos vestigios de barbarie. Al mismo tiempo, la ciencia requería expediciones científicas de exploración geográfica, botánica, zoológica o mineral, o de observaciones astronómicas o meteorológicas. Los ricos, ahora que viajar era tan fácil, viajaban más: iban a cazar tigres o elefantes o simplemente a ver paisajes. Parecía razonable que todas las personas civilizadas pudiesen disfrutar, en cualquier punto al que decidiesen ir, de la seguridad de vida y de la protección y el orden que sólo la supervisión europea podía proporcionar.

El imperialismo surgió, en resumen, de los impulsos comerciales, industriales, financieros, científicos, políticos, periodísticos, intelectuales, religiosos y humanitarios de Europa en conjunto. Fue un impulso de toda la civilización del hombre blanco, que iba a iluminar la vida de quienes todavía se en­contraban en tinieblas. La fe en la “civilización moderna” se convirtió en una especie de sucedáneo de la religión. El im­perialismo era su cruzada. Los ingleses hablaban de la “carga del hombre blanco” (White Man's Burden), los franceses de su mission civilisatrice, los alemanes de la difusión de la Kultur, los norteamericanos de los “beneficios de la protección anglosajona”. El darwinismo social y la antropología popular enseñaban que las razas blancas eran “más aptas” o estaban mejor dotadas que las de color. Otros argüían que el atraso de los no europeos era debido a causas históricas y, por tanto, temporales, pero que, durante un largo periodo, los blancos civilizados debían tutelarlos. Esta misión civilizadora se acompañaba, con demasiada evidencia, de egoísmo y se expresaba con una insoporta­ble complacencia y una tosca condescendencia hacia la mayor parte de la especie humana.

El dominio europeo del mundo es, por tanto, la expresión de varias fuerzas profundas. Por un lado, el empuje industrializador que había comenzado un siglo antes y que ahora se hallaba en fase de consolidación, a través de una segunda oleada. Por otro, la revolución tecnológica, visible en el sector de los transportes, pero también en los cuidados médicos y en la profilaxis de enfermedades endémicas. Además, la sociedad burguesa europea tenía una gran confianza en su futuro. En vísperas de la 1ª G.M., la conciencia de superiori­dad de Europa se expresaba no sólo en la “misión civilizadora” del hombre blanco, sino en la convicción de que el mundo se dividía entre las razas (o naciones) fuertes y viriles y las que se mostraban débiles o “moribundas”. Idea expresada por lord Salisbury en Londres en mayo de 1898 a los pocos días de la derrota de la escuadra española a manos de la norteamericana, que resume una idea muy en boga en esos años, según la cual se podía establecer una jerarquía de razas, es decir, entre naciones. La expansión imperialista fue concebida, además, como una manifestación de la política de rivalidad entre las grandes potencias. Todo ello contribuye a explicar esta hegemonía europea.

2. Diversos aspectos del fenómeno imperialista.

A. El imperialismo como hecho económico.


Cuando los observadores del panorama mundial a finales de la década de 1890 empezaron a analizar lo que parecía ser una nueva fase en el modelo general del desarrollo, bien distinta del mundo de mediados del siglo, basado en el libre comerc­io y la libre competencia, consideraron que la creación de imperios coloniales era uno de sus aspectos, quizás el más llamativo. El término “imperialismo” se incorporó al vocabulario político y periodístico en la década de 1890 en el curso de los debates que se desarrollaron sobre la conquista colonial, y fue entonces cuando adquirió la dimensión económica que nunca ha perdido desde entonces. Era una expresión de la que, en opinión registrada por el inglés Hobson en 1902, “tanto se oye [hablar] hoy en día”, y que “alude al movimiento más poderoso de la actual vida política occidental”. Los emperadores y los imperios eran instituciones antiguas, pero el imperialismo era un fenómeno totalmente nuevo.

Entre 1880 y 1914, de forma coetánea a la constitución de los imperios coloniales, surgen las primeras interpretaciones del fenómeno. Y muchas se han elaborado desde enton­ces para explicar este proceso de conquistas coloniales por parte de las potencias occidentales. Entre ellas, la más precoz y la más sostenida por los propios coetáneos fue la explicación económica.

El primer análisis sistemático en esta dirección fue precisamente la obra de Hobson Imperialism (1902), a la que siguieron otras, de orientación marxista, como las del austriaco Hilferding, El capital financiero (1910), o el conocido opúsculo de Lenin, El imperialis­mo, fase superior del capitalismo (1915). Además de haber contribuido notablemente a la difusión, con matices peyorativos, del término “imperialismo”, estos autores insistieron de forma general en vincularlo a una explicación de carácter económico. El imperialismo sería una consecuencia del desarrollo del capitalis­mo financiero o monopolista y de su necesidad intrínseca de buscar nuevos espacios a los que exportar sus mercancías y en los que colocar sus excedentes de capital.

Esta explicación tiene en su favor dos argumentos. La propia conciencia de los políticos coetáneos de la necesidad de propiciar la expansión colonial como una con­dición necesaria para abrir nuevos mercados y asegurar el predominio industrial de Europa. Es la conocida posición expresada por el políti­co francés Jules Ferry, quien consideraba la política colonial como “hija de la industrialización”. Y en segundo lugar, el análisis más objeti­vo, establecido por Hobson, Hilferding y Lenin, de que existe un nexo entre expansión ultramarina e inversión de capitales, de modo que “el imperialismo como fenómeno político sería el producto de las necesi­dades económicas del capitalismo financiero”, en palabras del marxis­ta austriaco Rudolf Hilferding.

El hecho más importante en el siglo XIX fue, sin duda, la creación de una economía global que penetró de forma progresiva en los rincones más remotos del mundo: una red cada vez más tupida de intercambios económicos, comunicaciones y movimientos de productos, dinero y personas que unía a los países desarrollados entre sí y con el mundo subdesarrollado. De no haber sido por estos condicionamientos, no habría existido una razón especial por la que los países europeos hubieran demostrado el menor interés, por ejemplo, por la cuenca del Congo o se hubieran enzarzado en disputas por un atolón del Pacífico. Esta globalización de la economía no era nueva, aunque se había acelerado notablemente en los decenios centrales del siglo y continuó incrementándose, más en términos absolutos que relativos, entre 1875 y 1914. Las exportaciones europeas se cuadruplicaron entre 1848 y 1875 y desde esta fecha hasta 1914 se duplicaron.

La flota mercante, que sólo se había incrementado de 10 a 16 millones de toneladas entre 1840 y 1870, se duplicó entre 1870 y 1910, de igual forma que la red mundial de ferrocarriles se amplió de poco más de 200.000 kilómetros en 1870 hasta más de un millón en 1914. Esta red de transportes mucho más tupida posibilitó que incluso las zonas más atrasadas y hasta entonces marginales se incorporaran a la economía mundial y los núcleos tradicionales de riqueza y desarrollo experimentaran un nuevo interés por esas zonas remotas.

El valor de las mercancías intercambiadas, desde 1870 hasta 1914, casi se cuadriplica. Europa mantie­ne su primacía, oscilando su participación en el valor del comercio mundial entre el 67% en 1876-1880 y el 62% en 1914. Este pequeño descen­so se compensa por el incremento porcentual de los países del continente americano. No obstante, hacia 1913-1914, la principal cuota del tráfico de mercan­cías se realizaba entre los países más adelantados, de modo que cada una de las potencias industriales era el mejor cliente de su competidora.

La estructura de este comercio es muy ilustrativa de la relación desigual que se establece entre Europa y el resto del mundo. El 60% del comercio lo constituyen materias primas (hulla, pe­tróleo, caucho, alimentos), cuyo destino preferente son los países industrializados. Por su parte, los productos manufacturados proceden exclusivamente de Europa y EEUU. Esta hege­monía europea era, sobre todo, británica. Porque la flota de la Gran Bretaña suponía el 45% de la flota mundial y era superior a toda la del continente europeo. Por otra parte, en la City londinense se centralizaban todas las operaciones bursátiles, de seguros y de pagos.

a. La importación de materias primas y productos alimenticios.

El desarrollo tecnológico de la civilización “avanzada” dependía de materias primas que por razones climáticas o por azares geológicos se encontraban exclusiva o muy abundantemente en lugares remotos. El motor de combustión interna, producto típico de este período, necesitaba petróleo y caucho. El petróleo procedía casi en su totalidad de EEUU y de Europa (Rusia y, en menor medida, Rumania), pero los pozos petrolíferos del Oriente Medio eran objeto ya de un intenso enfrentamiento y negociación diplomáticos. El caucho era un producto exclusivamen­te tropical, que se extraía mediante la terrible explotación de los nativos en las selvas del Congo y del Amazonas, blanco de las primeras y justificadas protestas antiimperialistas. Más adelante se cultivaría intensamente en Malaya. El estaño procedía de Asia y Suramérica. Una serie de metales no férricos que antes carecían de importancia, comenzaron a ser fundamentales para las aleaciones de acero que exigía la nueva tecnología. Algunos de esos minerales se encontraban en el mundo desarrollado, ante todo en EEUU, pero no ocurría lo mismo con algunos otros. Las nuevas industrias del automóvil y la electricidad necesitaban imperiosamente uno de los metales más antiguos, el cobre. Sus principales reservas se hallaban en Chile, Perú, Congo y Zambia. Además, existía una constante y nunca satisfecha demanda de metales preciosos que en este período convirtió a Sudáfrica en el mayor productor de oro del mundo, por no mencionar su riqueza en diamantes. Las minas fueron las grandes pioneras que abrieron el mundo al imperialismo y fueron muy eficaces porque sus sustanciales beneficios justificaron también la construcción de líneas de ferrocarril desde ellas hasta el mar.

Tras la guerra civil de EEUU Europa dependía cada vez más de África y Oriente para obtener algodón. El humilde yute, que sólo crecía en la India, se utilizaba para hacer cañamazo, bramante, alfombras y millones de sacos empleados en el comercio. El árbol del coco tenía innumerables usos, lo que impulsó su cultivo intensivo en las Indias holandesa: servía para comer o para hacer sacos, cepillos, cables, sogas, felpudos, para convertirse en copra o en aceite de coco, que a su vez se usaban para la confección de velas, jabón, margarina y muchos otros productos.


Por su parte, el auge del consumo de masas en los países “avanzados” supuso la rápida expansión del mercado de productos alimenticios. En éste predominaban los productos básicos de la zona templada: cereales y carne que se producían a muy bajo coste y en grandes cantidades en diferentes zonas de asentamiento europeo en América, Rusia y Oceanía. Pero también transformó el mercado de los llamados “productos coloniales” que se vendían en las tiendas del mundo desarrollado: azúcar, té, café, cacao y sus derivados. Y fue la afluencia de frutas tropicales y subtropicales (gracias a la rapidez del transporte y a las nuevas técnicas de conservación) la que posibilitó la aparición de las “repúblicas bananeras” (Nicaragua, Guatemala...).

Los británicos, que en la década de 1860 consumían casi 1,5 kilos de té per cápita, habían incrementado ese consumo a más de 2,5 kilos en la de 1890, lo que suponía una importación media anual de 100 millones de kilos frente a menos de 45 en la década de 1860. Mientras los británicos llenaban sus teteras con el té de la India y Ceilán (Sri Lanka), los norteamericanos y alemanes importaban café en cantidades cada vez más espectaculares, sobre todo de Latinoaméri­ca (hacia 1900 las familias neoyorquinas consumían casi medio kilo de café a la semana). Los productores británicos (cuáqueros) de refrescos y de chocolate obtenían la materia prima del África occidental y de Suramérica. Los astutos hombres de negocios de Boston que fundaron la United Fruit en 1885 crearon imperios privados en el Caribe para abastecer a EEUU con los hasta entonces ignorados plátanos. Los productores de jabón, que explotaron el mercado aprovechando en toda su plenitud las posibilidades de la nueva industria de la publicidad, buscaban aceites vegetales en África. Las plantaciones, explotaciones y granjas eran el segundo pilar de las economías imperiales. Los comerciantes y financieros metropolitanos eran el tercero.

b. Inversiones y exportaciones de capital.

Otro argumento apuntado para explicar el ansia de los principales países industriales por dividir el mundo en colonias y zonas de influencia, a saber, la presión del capital para encontrar inversiones más favorables que las que se podían realizar en su propio país, inversio­nes seguras que no sufrieran la competencia del capital extranjero, es poco convincente. Desde luego, la colocación de capitales europeos en el seno de otras economías fue uno de los instrumentos más decisivos en la conse­cución de la hegemonía del mundo por parte de Europa. Esta exporta­ción de capitales forma parte del proceso más general de integración de la economía mundial, pero también de establecimiento de relacio­nes de dependencia de unos países respecto de otros. En todo caso, son la condición necesaria para la expansión de una economía internacional organizada y especializada, con un centro productor de bienes industriales y consumidor de materias primas y una periferia que actúa justamente al revés. Gracias a estas inversiones exteriores tuvo lugar el gran impulso industrializador de EEUU y de bue­na parte de la periferia europea, tanto mediterránea (Italia, España) como oriental (Imperios ruso, otomano y austro-húngaro).

Es cierto que las exportaciones británicas de capital se incrementa­ron vertiginosamente en el último tercio del siglo (y que sus beneficios eran esenciales para la balanza de pagos británica), pero sólo una muy pequeña parte de ese flujo acudía a los nuevos imperios coloniales; la mayoría se dirigía a las colonias blancas, en rápida expansión y que pronto serían reconocidas como dominios casi independientes (Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica) y a lo que se podrían llamar “dominios honoríficos” como Argentina y Uruguay, por no mencionar a EEUU.

Además, una parte importante de esas inversiones (el 76% en 1913) era en forma de empréstitos estatales a compañías de ferrocarril y servicios públicos, que reportaban rentas más altas que la deuda pública británica (un promedio del 5% frente al 3%), pero menores que los beneficios del capital industrial en el Reino Unido, excepto, naturalmente, para los banqueros que organizaban esas inversiones. Eso no significa que no se adquirieran colonias porque un grupo de inversores no esperara obtener un gran éxito financiero o en defensa de inversiones ya realizadas (la causa real de la guerra de los bóers en 1899, por ejemplo, fue el oro). Por otra parte, la preferencia por los préstamos a los gobiernos explica la tendencia a que los países prestamistas ejercieran cierta tutela sobre los deudores, lo que impulsaba la política imperialista.

En estudios realizados sobre el imperialismo francés se ha destacado, igualmente, que no existe conexión directa entre inversiones exteriores y expansión colonial. La principal colocación de los capitales franceses se hace en los Imperios ruso y otomano, países con los que es poco importante el intercambio comercial. Sólo en el caso de Alemania y EEUU, países de potente economía pero de escasa implantación colonial, podría aceptarse esa conexión directa. En todo caso, es inevitable pensar en una dimensión económica del imperialis­mo. Después de todo, en la principal potencia imperialista de la época, Gran Bretaña, la relación de su estructura comercial y financiera con su propio Imperio o con países de nueva colonización era muy elevada.

Un argumento de más peso para la expansión colonial fue la búsqueda de mercados. Muchos compartían la convicción de que el problema de la superproducción podía solucionarse a través de un gran impulso exportador. Los hombres de negocios, inclinados siempre a llenar los espacios vacíos del mapa del comercio mundial con grandes números de clientes potenciales, dirigían su mirada, naturalmen­te, a las zonas sin explotar: China era una de esas zonas que captaban la imaginación de los vendedores, y África, el continente desconoci­do, era otra.


El hecho clave era que las economías desarrolladas experimentaban simultáneamente la misma necesidad de encontrar nuevos mercados. Si un país subdesarrollado era suficiente­mente fuerte (como China), el sueño del país desarrollado era lograr una política de "puertas abiertas"; pero si aquél carecía de la fuerza necesaria, el ideal era anexionarse territorios para dar a sus propias empresas una posición de monopolio o, al menos, una ventaja sustancial. La consecuen­cia lógica fue el reparto de las zonas no ocupadas del tercer mundo. Desde esta perspectiva, el imperialismo era la consecuencia natural de una economía internacional basada en la rivalidad de varias economías industriales competidoras, hecho al que se sumaban las presiones económicas de la década de 1880. Ello no quiere decir que se esperara que una colonia concreta se convirtiera en El Dorado (cosa que sí ocurrió en Sudáfrica): las colonias podían constituir simplemente bases adecuadas o puntos avanzados para la penetración económica regional.

c. El impacto económico en los países coloniales.

Estos acontecimientos no cambiaron la forma y las características de los países industrializados o en proceso de industrialización, si bien crearon nuevos sectores de actividad empresarial, como las grandes compañías petrolíferas, cuya suerte quedó estrechamente vinculada a la de determinadas zonas del planeta. Pero transformaron el resto del mundo, en la medida en que hicieron de él un conjunto de territorios coloniales y semicoloniales que progresivamente se convirtieron en productores especializados de uno o dos productos básicos para exportarlos al mercado mundial, de cuyos caprichos dependían por completo. El nombre de Malaya se identificó cada vez más con el caucho y el estaño; el de Brasil, con el café: el de Chile, con los nitratos; el de Uruguay, con la carne; y el de Cuba, con el azúcar y los cigarros puros.

Excepto EEUU, tampoco las colonias blancas se industrializaron en esta época, ya que quedaron cogidas también en la trampa de la especialización internacional. Lograron una gran­ prosperidad, incluso según los parámetros europeos, especialmente las habitadas por emigrantes europeos libres y con fuerza política en parlamentos elegidos (de los que se solía excluir a la población aborigen). Pero estos países (Australia, Nueva Zelanda, Argentina, Uruguay) eran un apéndice­ de la economía industrial europea (sobre todo, de la británica) y, por tanto, no les convenía (al menos, a los intereses relacionados con la exportación de productos primarios) sufrir un proceso de industrialización. Tampoco las metrópolis habrían visto bien ese proceso. Sea cual fuere la retórica oficial, la función de las colonias y de los países dependientes era complementar y no competir con las economías de las metrópolis. Los territorios dependientes que no eran colonias de población blanca no tuvieron tanto éxito. Su interés económico residía en que contaban con abundantes recursos y con una mano de obra barata, formada por "nativos".

No obstante, las oligarquías de terratenientes y comerciantes (autóctonos u originarios de Europa) y sus gobiernos (si los tenían) se beneficia­ron del largo período de expansión secular de los productos de exportación de su zona, interrumpido sólo por algunas crisis de corta duración, aunque a veces dramáticas (como la de Argentina en 1890). De todos modos, se hicieron cada vez más vulnerables, en cuanto que su suerte dependía cada vez más del precio del café (en 1914 constituía ya el 58% del valor de las exportaciones de Brasil o el 53% de las de Colombia), del caucho, del estaño, del cacao, del buey o de la lana. Pero hasta la caída en picado de los precios de las materias primas durante el crash de 1929, esa vulnerabilidad no parecía ser muy importante, dada la expansión aparentemente ilimitada de las exportaciones y los créditos.

Por ultimo, cabe señalar que con los colonos y comerciantes que se establecieron en las costas de África, en Australia y en Nueva Zelanda viajaron “malas hierbas”, animales domésticos que sustituyeron a los autóctonos y, sobre todo, enfermedades que mudaron las formas de vida, animal y vegetal, de amplios territorios de las “nuevas Europas”. Es lo que Alfred Crosby ha denominado, y analizado, como “imperialismo ecológico”.

B. El imperialismo como hecho político.

Para algunos autores, las interpretaciones de carácter político e ideológico son tal vez más poderosas que las propia­mente comerciales y financieras para explicar el proceso imperialista.

a. Rivalidad entre las potencias y factores estratégicos.

La carrera por la conquista de terri­torios nuevos formó parte del contexto de rivalidad entre las prin­cipales potencias, que desplegaron su política imperialista como un mecanismo de poder y de prevención para evitar el crecimien­to de los países rivales. A partir de 1890, con la llegada al poder del em­perador Guillermo II en Alemania, la integración de la expansión co­lonial en la Weltpolitk de inspiración alemana es un hecho cada vez más frecuente. Los ejemplos de esta actuación de los países imperialistas corno respuesta a la acción de sus rivales son muy abundantes. La expansión rusa por la Siberia central, en los confines de Persia y del Pun­jab, aceleró el dominio británico de las tierras norteñas de la península del Indostán. El control de la cuenca del Nilo por Gran Bretaña im­pulsó el expansionismo francés a partir de las costas de Senegal hacia África central. El miedo a que el Imperio portugués en el África meri­dional pudiera caer en manos de Alemania reforzó la tutela inglesa so­bre Portugal, a pesar de la dureza del ultimátum de 1890. Las colonias influyeron notablemente en la política interna de los Estados.


Una vez que las potencias rivales comenzaron a repartirse el mapa de África u Oceanía, cada una intentó evitar que una porción excesiva o atractiva pudiera ir a manos de las otras. Una vez que el status de gran potencia se asoció con el hecho de hacer ondear la bandera sobre una zona cualquiera, la adquisición de colonias se convirtió en símbolo de status con independencia de su valor real. Hacia 1900 incluso EEUU, cuyo imperialismo nunca se había asociado con la posesión de colonias, se sintió obligado a seguir la moda (haciéndose con Filipinas, Puerto Rico y la zona del canal de Panamá). Alemania, por su parte, con unas colonias de poco valor económico y de un interés estratégico aún menor, se sintió muy ofendida por el hecho de que, siendo una nación poderosa y dinámica, poseyera muchas menos colonias que el Reino Unido y Francia.

Resulta difícil, a veces, separar los motivos económicos para adquirir territorios coloniales de la acción política necesaria para conseguirlo. La motivación estratégica era especialmente activa en el Reino Unido, con colonias muy antiguas perfectamente situadas para controlar el acceso a diferentes regiones terrestres y marítimas que se consideraban vitales para los intereses comerciales y marítimos británicos en el mundo (Gibraltar, Malta), o que, con el desarrollo del barco de vapor, podían convertirse en puertos de aprovisionamiento de carbón (islas Bermuda, Adén). Algunos historiadores han intentado explicar, por ejemplo, la expansión británica en África como consecuencia de la necesidad de defender de posibles amenazas las rutas hacia la India y sus glacis marítimos y terrestres. Es cierto que, desde un punto de vista global, la India era el núcleo central de la estrategia británica y que ésta exigía un control no sólo sobre las rutas marítimas cortas hacia el subcontinente indio (Egipto, Oriente Medio, mar Rojo, golfo Pérsico, sur de Arabia) y las largas (cabo de Buena Esperanza, Singapur), sino también sobre el conjunto del océano Indico, incluyendo sectores de la costa oriental africana. También es cierto que la desintegración del poder local en algunas zonas esenciales para conseguir esos objetivos, como Egipto y Sudán, impulsó a los británicos a protagonizar una presencia política directa mayor de la prevista. Pero estos argumentos no eximen de un análisis económico del imperialismo.

En primer lugar, subestiman el incentivo económico presente en la ocupación de algunos territorios, como Sudáfrica, y en cualquier caso, los enfrentamientos por el África occidental y el Congo tuvieron causas sobre todo económicas. En segundo lugar, ignoran el hecho de que la India era la “joya de la corona” y la pieza esencial de la estrategia global británica precisamente por su gran importancia económica: casi el 50% de las exportaciones británicas de algodón iban a la India y el equilibrio de la balanza de pagos del Reino Unido dependía del superávit que aportaba la India. En tercer lugar, la desintegración de gobiernos indígenas locales, que a veces llevó a los europeos al control directo sobre zonas no administradas por ellos antes, se debió al hecho de que las estructuras locales se habían visto socavadas por la penetración económica.

b. El imperialismo de masas.

A esta influencia de los factores estratégicos hay que añadir los fac­tores de carácter “chovinista” o “jingoísta”, que desembocaron en mu­chas ocasiones en una suerte de imperialismo popular o imperialismo de masas, propio de un periodo histórico en el que la opinión pública comenzaba a influir en las políticas de los gobiernos. La difusión de un nacionalismo de carácter popular, acompañado de una ideología racista derivada de la aceptación del darwinismo social, facilitó las de­cisiones de los gobiernos europeos y legitimó la acción imperialista de someter pueblos y culturas a pautas europeas, consideradas las mejores, por ser superiores. “El deber de las razas superiores”, advirtió Jules Ferry en 1885, es “civilizar las razas inferiores”. Aunque ésta no sea una razón fundamental, ni la hayan admitido unánimemente los políticos europeos de la época, este patriotismo benefició, sin duda, el desarrollo posterior de la administración colonial.

De hecho, la aparición de los movimientos obreros o, más en general, de la política democrática tuvo una clara influencia sobre el desarrollo del “nuevo imperialismo”. Desde que el gran imperialista Cecil Rhodes afirmara en 1895 que si se quería evitar la guerra civil había que hacerse imperialis­ta, muchos observadores han tenido en cuenta este intento de utilizar la expansión imperial para amortiguar el descontento interno a través de mejoras económicas, reformas sociales u otras vías. No obstante, los beneficios económicos que la política imperialis­ta supuso, directa o indirectamen­te, para las masas descontentas parecen poco relevantes. No hay pruebas de que la conquista colonial tuviera una gran influencia sobre el empleo o sobre los salarios reales de la mayor parte de los trabajadores en las metrópolis, y la idea de que la emigración a las colonias podía ser una válvula de seguridad en los países superpoblados era poco más que una fantasía demagógica (de hecho, sólo una pequeña minoría de los numerosos emigrantes del período 1880-1914 acudió a las colonias).


Mucho más relevante fue la práctica habitual de ofrecer a los votantes gloria en lugar de reformas costosas. ¿Qué podía ser más glorioso que las conquistas de territorios exóticos y razas de color, cuando además se lograban a tan bajo coste? En efecto, el imperialismo estimuló a las masas y, en especial, a los elementos potencial­men­te desconten­tos a identificarse con el Estado y la nación imperial, dando así, conscientemente, justificación y legitimidad al sistema social y político representado por ese Estado. En una era de política de masas incluso los viejos sistemas exigían una nueva legitimidad y el imperialismo aportó un buen cemento ideológico.

Es difícil precisar hasta qué punto fue efectiva esta variante de exaltación patriótica. Sin duda, en algunos países el imperialismo alcanzó una gran popularidad entre las nuevas clases medias y de trabajadores administrativos, cuya identidad social descansaba sobre su pretensión de ser los vehículos elegidos del patriotismo. Es mucho menos evidente que los trabajadores sintieran algún tipo de entusiasmo espontáneo por las conquistas y por las guerras coloniales, o de interés por las colonias (excepto las de colonización blanca). De todas formas, no se puede negar que la idea de superioridad y de dominio sobre un mundo poblado por gentes de piel oscura en remotos lugares tenía arraigo popular y que, por tanto, benefició a la política imperialista.

En sus grandes exposiciones internacionales, la civilización burguesa había glorificado siempre los tres triunfos de la ciencia, la tecnología y las manufacturas. En la era del imperio también glorificó sus colonias, multiplicándo­se los “pabellones coloniales”, hasta entonces práctica­mente inexistentes. Sin duda todo eso era publicidad planificada, pero como toda propaganda, ya sea comercial o política, que tiene éxito, conseguía ese éxito porque de alguna forma tocaba la fibra de la gente. En Gran Bretaña, los aniversarios, los funerales y las coronaciones reales resultaban tanto más impresionantes cuanto que, al igual que en los antiguos “triunfos” romanos, exhibían a sumisos maharajás adornados con joyas, no cautivos, sino libres y leales. Los desfiles militares resultaban extraordinariamente animados gracias a la presencia de sijs tocados con turbantes, rajputs adornados con bigotes, sonrientes e implaca­bles gurkas y altos y negros senegale­ses: el mundo considerado bárbaro, al servicio de la civilización.

c. Aspectos periféricos y subimperialismo colonial.

Otras interpretaciones subrayan el aspecto periférico de la expansión colonial frente a la visión eurocéntrica de los análisis económicos y políticos. Segun Robinson y Gallagher (Africa and the Victorians, 1961), los cambios cruciales que desencadenaron todo el proceso imperialista tuvieron lugar dentro de los territorios luego colonizados más que en el interior de las metrópolis europeas. En este sentido, el sometimiento oficial de amplios espacios extraeuropeos al dominio de las potencias occidentales habría sido una res­puesta a problemas situados más allá del control efectivo de las me­trópolis y no creados directamente por ellas, sino por los colonos de origen europeo instalados en las colonias de poblamien­to de las zonas templadas del planeta. Dada la enor­me expansión europea sobre el resto del mundo, a través de las emigraciones, el establecimiento de colonias de comerciantes y el propio poblamiento de zonas templadas en África, Asia y, sobre todo, Ocea­nía, cada vez resultó más difícil para los colonos mantener su posi­ción frente a las poblaciones y estados indígenas. La consecuencia de esta debilidad periférica sería la demanda de protección metropolita­na y la conversión de las colonias “informales” en imperios “formales”. Tanto si los territorios de penetración europea eran resistentes a la presencia del hombre blanco como si sus estructuras políticas se habían hundido por razón de esta misma presencia, la anexión oficial de los mismos fue la alternativa más frecuente.

A estas razones habría que añadir el papel del subimperialismo colonial, esto es, la presión de los propios colonos europeos para ampliar los territorios dominados y garantizar mejor la seguridad de las fronteras y su relación más estrecha con los gobiernos metropolitanos. Ejemplos de este subimperialismo se pueden rastrear en la expansión francesa sobre el Magreb para proteger a Argelia, en la expansión británica por ambas márgenes de India (Pakistán y Birmania) o la propia actuación británica en Oceanía, en especial en Australia. En la ocupación de las Grandes Llanuras del medio oeste americano, los tratados del gobierno con los indios fueron a menudo violados por los pioneros blancos, que primero invadían territorios controlados por las tribus indias y luego demandaban protección del gobierno federal. Los problemas en la periferia, de carácter político pero que entorpecían el desarrollo de las actividades económicas y comerciales, debían ser resueltos por métodos políticos, lo que obliga a los gobiernos de las metrópolis a tomar la decisión de constituir formalmente los imperios coloniales.

C. El imperialismo como hecho cultural.

a. El proceso de occidentalización.


El imperialismo no fue sólo un fenómeno económico y político, sino también cultural. La conquista del mundo por la minoría “desarrollada” transformó imágenes, ideas y aspiraciones, mediante la fuerza, las institu­ciones, el ejemplo o la transformación social. En los países dependientes esto afectó a pocos más que a las elites indígenas, si bien en algunas zonas, como el África subsahariana, el imperialismo, o el fenómeno asociado de las misiones cristianas, posibilitó la aparición de nuevas elites sociales sobre la base de una educación occidental. Excepto en África y Oceanía, donde las misiones lograron a veces conversiones masivas a la religión occidental, la gran masa de la población colonial, si podía evitarlo, apenas modificó su forma de vida. Y con gran disgusto de los misioneros más inflexibles, lo que adoptaron los indígenas no fue tanto la fe importada de Occidente como los elementos de esa fe que tenían sentido para ellos en el contexto de su propio sistema de creencias e instituciones o exigencias.

Lo que el imperialismo llevó a las elites potenciales del mundo dependiente fue fundamental­mente la “occidentalización”. Todos los gobiernos y elites de los países que se enfrentaron con el problema de la dependencia o de la conquista vieron claramente que tenían que occidentalizarse si no querían quedarse atrás. Y las elites que se resistían a Occidente también se occidentalizaron, aun cuando se oponían a la occidentalización total, por razones de religión, moralidad, ideología o pragmatismo político. En ese sentido, el imperialismo creó las condiciones que determinaron la aparición de líderes antiimperialis­tas (como Mahatma Gandhi) y que contribuyeron a que sus voces empezaran a tener resonancia.

El legado cultural más importante del imperialismo fue una educación de tipo occidental para minorías: esos pocos afortunados que llegaron a ser cultos y, por tanto, descubrieron, con o sin ayuda de la conversión al cristianismo, el ambicioso camino que conducía hasta el sacerdote, el profesor, el burócrata o el empleado. En algunas zonas cabe incluir también a quienes entraban al servicio de los nuevos gobernantes como soldados o policías, se vestían como ellos y adoptaban sus ideas sobre el tiempo, el lugar y las costumbres cotidianas. Naturalmente, se trataba de minorías de agitadores y movilizadores, razón por la cual la era del imperialismo ha tenido consecuencias tan duraderas a pesar de su breve duración (en casi toda África, la experiencia colonial, desde la ocupación inicial hasta la obtención de la independencia, tuvo sólo la duración de una vida humana, como, por ejemplo, la de Winston Churchill, 1874-1965).

b. El impacto cultural en los países colonizadores.

Cada vez más, durante el siglo XIX se consideró a los pueblos no europeos y a sus sociedades como inferiores, indeseables, débiles y atrasados, incluso infantiles. Eran pueblos adecuados para la conquista o, al menos, para la conversión a los valores de la única civilización real, la representada por los comerciantes, los misioneros y los soldados, que se presentaban cargados de armas de fuego y bebidas alcohólicas. En cierto sentido, los valores de las sociedades tradicionales no occidentales fueron perdiendo importancia para su supervivencia dado que lo único importante eran la fuerza y la tecnología militar. ¿Acaso la sofisticación del Pekín imperial pudo impedir que los bárbaros occidentales quemaran y saquearan el Palacio de Verano más de una vez? Para el europeo medio, esos pueblos pasaron a ser objeto de su desdén. Los únicos pueblos no europeos que le interesaban eran los soldados, en especial los que podían reclutarse para sus ejércitos coloniales: sijs, gurkas, bereberes de las montañas, afganos, beduinos.

Sin embargo, la tupida red de comunicaciones, que facilitó el acceso a esos países, intensificó la confrontación y mezcla de los mundos occidental y exótico. Eran pocos los que conocían ambos mundos (y trataban de ser sus intermediarios): escritores (Pierre Loti, Joseph Conrad), soldados y administrado­res (Louis Massignon), o periodistas (Rudyard Kipling). Pero lo exótico se integró cada vez más en la vida cotidiana: novelas juveniles de aventuras de Karl May, novelas de misterio como las de Sax Rohmer (Fu Manchú), espectáculos como el de Búfalo Bill sobre el salvaje oeste, “aldeas coloniales” en las Exposiciones internaciona­les. Fuese cual fuese su intención, esas muestras de mundos extraños no tenían un carácter documental, sino ideológico y, por lo general, reforzaban el sentido de superioridad de lo “civilizado” sobre lo “primitivo”.


Hubo un aspecto más positivo de ese exotismo. Administradores y militares con aficiones intelectuales (los hombres de negocios se interesaban menos por esas cuestiones) meditaron a fondo sobre las diferencias existentes entre sus sociedades y las que gobernaban. Realizaron notables estudios sobre esas sociedades, sobre todo en el imperio indio, y reflexiones teóricas que transforma­ron las ciencias sociales. Ese trabajo era fruto, en gran medida, del gobierno colonial o intentaba contribuir a él y se basaba en un firme sentimiento de superioridad del conocimiento occidental (sólo en el terreno de la religión, quizá, la superioridad del metodismo sobre el budismo, por ejemplo, no era obvia para observadores imparciales). Algunos de estos estudios analizaban con seriedad esas culturas como algo que debía respetarse y podía aportar enseñanzas.

En el terreno artístico, en especial las artes visuales, las vanguar­dias occidentales trataban de igual a igual a las culturas no occidentales. De hecho, en muchas ocasiones se inspiraron en ellas durante este período. Esto es cierto no sólo de aquellas creaciones artísticas que se pensaba que representaban a civilizaciones sofisticadas, aunque fueran exóticas (como el arte japonés, cuya influencia en los pintores franceses fue notable), sino de las consideradas como “primitivas” y, muy en especial, las de África y Oceanía (Gauguin, Picasso). Sin duda, su “primitivismo” era su principal atracción, pero no puede negarse que las vanguardias de los inicios del siglo XX enseñaron a los europeos a ver esas obras como arte (con frecuencia como un arte de gran categoría) por derecho propio, con independencia de sus orígenes.

c. El triunfo imperial y sus incertidumbres.

Por último, cabe señalar que, en cierto sentido, el imperialismo simbolizó el triunfo de las clases dirigentes y medias de los países metropolitanos y de sus respectivas sociedades como ninguna otra cosa podría haberlo hecho. Un conjunto reducido de países, situados casi todos ellos en el noroeste de Europa, dominaban el globo. Algunos imperialistas, con gran disgusto de los latinos y de los eslavos, resaltaban los peculiares méritos conquistadores de los países anglosajones que, según decían y al margen de sus rivalidades, tenían una gran afinidad entre sí. Un puñado de hombres de las clases media y alta de esos países (funcionarios, administra-dores, hombres de negocios, ingenieros) ejercían ese dominio de forma efectiva. Hacia 1890, por ejemplo, poco más de 6.000 funcionarios británicos gobernaban a casi 300 millones de indios con la ayuda de algo más de 70.000 soldados europeos, la mayoría de los cuales eran mercenarios, al igual que las mucho más numerosas tropas indígenas.

Pero el triunfo imperial planteó problemas e incertidumbres. Se hizo cada vez más irresoluble la contradicción entre la forma en que las clases dirigentes de la metrópoli gobernaban el imperio y sus propios pueblos: en las metrópolis parecía inevitable que se impondría el electoralismo democrático; en las colonias prevalecía la autocracia, basada en una mezcla de coacción física y sumisión pasiva a una superioridad tan grande que parecía imposible de desafiar y, por tanto, legítima. Las incertidumbres se pueden resumir en esta pregunta: ¿podían durar esos imperios ganados tan fácilmente, con una base tan estrecha y gobernados sin problemas gracias a la devoción de unos pocos y la pasividad de los más?

3. Algunas consideraciones sobre los efectos del imperialismo.


¿Ha sido el imperialismo beneficioso o perjudicial para los pueblos colonizados? ¿Y para las metrópolis? La opinión de que la pobreza de los países del llamado Tercer Mundo está causada por la explotación a que se han visto sometidos por los países industrializados está extendidísima, junto a la idea de que los hoy desaparecidos imperios coloniales beneficiaron a las metrópolis y perjudicaron a las colonias. Hay que reconocer que un primer examen parece dar la razón a la opinión popular. Pero un examen más cuidadoso de la historia arroja serias dudas sobre esa opinión y, cuando menos, muestra que no es posible hacer generalizaciones válidas para todas las realidades coloniales. D. S. Landes (La riqueza de las naciones) nos ofrece al respecto algunas consideraciones de interés:

1. Uno de los objetivos del imperialismo ha sido el de obtener riquezas y mano de obra barata, pero los resultados no han estado a la altura de las expectativas. Por otra parte, en casi todos los casos, un estamento reducido ha prosperado -comerciantes, intermediarios, elites locales- tanto en la metrópoli como en las colonias.

2. Prácticamente todos los imperialismos han impuesto sufrimientos materiales y psicológicos a los pueblos sometidos, pero también han aportado beneficios materiales, directos e indirectos, voluntarios e involuntarios. Los colonos construyeron por lo general cosas útiles, como carreteras, ferrocarriles, puertos, edificios, redes de distribución de agua, etc. Es cierto que los nativos sufragaron estas mejoras a través de los impuestos y el trabajo, pero los europeos podrían haberse limitado a guardarse el dinero. Ese beneficio era accidental para los nativos, pues estaba pensado fundamentalmente para la clase dominante y sus intereses comerciales: a fin de cuentas había que hacer habitables y rentables esos territorios, defender las fronteras, mantener el orden. Sea como fuera, fue beneficioso. Lo mismo puede decirse de las instalaciones sanitarias, que en un principio sirvieron a los amos (adviértase, sin embargo, que las carreteras y los desmontes podían propiciar la difusión de las enfermedades). Pero la motivación es menos importante que los resultados. No pueden olvidarse los beneficios que reportaron esos esfuerzos.

¿Se habrían construido más infraestructuras e instalaciones semejantes si esos países hubieran sido libres? Bajo los regímenes precoloniales es poco probable. Incluso hoy, en que el desarrollo se ha convertido en religión universal, las obras públicas en las antiguas colonias son a menudo deficientes. Peor aún, los regímenes que les han sucedido han dejado deteriorarse el legado colonial. Algunas excepciones han sido países como Corea del Sur, Taiwán o Singapur.

3. El mapa del mundo colonial lo dibujaron los europeos. Las fronteras no respondían a la situación real de los pueblos. Eso es particularmente cierto en el caso de África (y también de la India) donde las tribus quedaron divididas o unidas arbitrariamente propiciando el irredentismo y los disturbios futuros. La independencia, cuando llegaba, recaía sobre pueblos poco preparados para convivir. Pero, aun así, los gobiernos de las nuevas naciones independien­tes consideraron sagradas esas lindes artificiales, por miedo a lo que pudiera venir en su lugar.

4. La energía, los recursos y la buena voluntad potencial de los Estados que sucedieron a las metrópolis se han agotado en el proceso de definición de la identidad propia. Muy pocos países (como el caso de Corea) contaban ya con elementos importantes de una identidad nacional o étnica en el momento de ser ocupados por los extranjeros y pudieron resistir merced a dicha identidad o rescatarla tras la independencia. La mayoría han padecido las inestabilidades y la violencias anejas a la falta de identidad y legitimidad, yendo de golpe de estado en golpe de estado, de una explosión de violencia a otra. Mientras tanto las naciones industriales avanzadas han pronunciado palabras de compasión, socorrido víctimas, apuntalado tiranías, propiciando nuevas víctimas y frecuentemente se han equivocado con sus intervenciones.


5. Defendamos ahora una tesis imaginaria; la de que las naciones atrasadas habrían progresado (en lo que se refiere a técnica y productividad) más deprisa de no haber sufrido el colonialismo. El argumento a favor se basa en la hipótesis de que los pueblos sometidos habrían escapado a la explotación externa e interna y habrían sido capaces de aprender y prosperar. Es indemostrable, pero sí se puede afirmar que el imperialismo no ha impedido que unas pocas colonias se hayan desarrollado e inventado técnicas para una economía industrial. Cabe citar el caso de las colonias británicas en Norteamérica, de Finlandia cuando formaba parte del imperio ruso, de Noruega bajo dominio sueco o del Hong Kong británico. La historia sugiere que el tutelaje puede ser una buena escuela cuyos resultados dependen en gran parte del profesor. Algunas metrópolis gobernaron mejor que otras y sus colonias fueron más prósperas tras la independencia. En 1900 la India británica tenía una red ferroviaria treinta y cinco veces más extensa que China, teóricamente independiente. Se podría aducir que el objetivo primordial de estos ferrocarriles era transportar algodón y otras materias primas a los puertos y llevar a los soldados a los puntos de conflicto, pero ello no resta valor al hecho de que el ferrocarril agilizó la distribución de alimentos en un país proclive a las hambrunas. Según este criterio, el mejor amo colonial habría sido Japón, pues ninguna excolonia ha tenido tanto éxito como Corea del Sur y Taiwán, cuyas tasas de crecimiento han superado las de las naciones occidentales. Este éxito evidencia la riqueza del legado colonial, la racionalidad económica de la administración japonesa que emprendió en sus colonias el mismo esfuerzo de modernización que había aplicado en su propio territorio. Corea y Taiwán dirán que han tenido éxito “pese” a Japón, que los encauzó hacia la agricultura, los subordinó política y socialmente y, en el caso de Corea, la obligó a cambiar de nombre, a asumir una identidad japonesa de segunda clase y le asignó los trabajos más duros. Cuando llegó la liberación, los coreanos no olvidaron, pero tampoco dejaron que el odio interfiriera en el desarrollo material. Estos son dos casos excepcionales pues la mayoría de las naciones surgidas de la posguerra rechazaron adoptar el régimen económico de sus opresores.

La idea de que las colonias eran los pilares de un capitalismo agonizante, de que sin ellas el dominio burgués se habría derrumbado, de que el imperio vampirizaba a las colonias y de que bastaba que los pueblos sometidos recobraran la libertad para alcanzar la prosperidad, se ha mostrado demasiado esquemática. Para frustración de algunos anticolonialistas doctrinarios, los antiguos imperios no sufrieron ni un ápice por la pérdida de los territorios, sino todo lo contrario. Basándose en estudios recientes, Tortella sostiene que, en la mayoría de los casos, el mantenimiento del imperio costó dinero a la metrópoli en su conjunto, aunque ciertas elites de la metrópoli se beneficiaron, sin duda, del mismo. Fueron precisamente aquellas metrópolis que sujetaron de forma más estrecha a las economías coloniales las que, a la larga, se vieron más perjudicadas por ese nexo. El caso francés es un buen ejemplo. La seguridad de unos mercados coloniales cautivos desincentivó la innovación y la competitividad en la economía de la metrópoli. En el siglo XIX y hasta la 20 G.M., la industria francesa ahorraba divisas comprando materias primas en las colonias; pero las compraba a precios mucho más altos que los de el mercado internacional. Según los estudios de F. Crouzet y J.-P. Dormois, al margen de los efectos que el imperialismo francés tuviera para sus colonias, para la metrópoli resultó perjudicial.


Es curioso, sin embargo, constatar cómo pervivió el espejismo de las colonias hasta hace poco: Italia y Alemania lucharon con denuedo tras la Conferencia de Berlín en 1885 por adquirir también imperios coloniales. Económicamente fue un esfuerzo ruinoso. El ejemplo de Italia es elocuente: Tras cuantiosas inversiones para desarrollar plantaciones bananeras en Somalia, la Italia fascista logró abastecerse de plátanos a precios que doblaban los que hubieran podido obtener en el mercado internacional. Lo mismo ocurrió con sus esperanzas de que las colonias se convirtieran en válvula de escape para aliviar la presión demográfica. Un emigrante italiano ganaba mucho más como obrero industrial en EEUU que como agricultor en Eritrea o Somalia; cada granjero en África le costaba al Estado italiano cuantiosas primas y detraía ingresos de las remesas de los emigrantes en EEUU, que eran el gran sostén de su balanza de pagos. Nada tiene de extraño, en vista de todo esto, que los “milagros” alemán, italiano y japonés tuvieran lugar precisamente cuando sus imperios habían desaparecido. François Crouzet atribuye el relativo atraso francés tras la 20 G.M. a la pervivencia del imperio (Indochina, Argelia): “En conjunto y en la larga duración el balance del imperio es desastroso. La expansión colonial es uno de los factores que han hecho de Francia un país atrasado, miserable, pobre y desdichado”. Por otra parte, ha habido, en medios anticoloniales, infinidad de predicciones románticas idealistas según las cuales las colonias liberadas alcanzarían cotas de prosperidad que superarían en pocos años la renta per cápita de las antiguas metrópolis. No tenían ninguna base real.

Sin duda la codicia jugó un papel importante en el delirio imperialista que se apoderó de los gobiernos europeos a finales del siglo XIX, pero en muchos casos la perspectiva económica valía menos que la gloria de tener un imperio, es decir, de ser uno de los grandes en el concierto internacional. Es curioso que, a la postre, tantas energías, tantas esperanzas y tantos esfuerzos, por parte de las naciones europeas se hayan mostrado inútiles.

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Hª Contemporánea Universal (hasta 1945) - Lectura 10