Apego y sexualidad: deficiente mental

Ciencias sociales. Síndrome de Down. Indefensión. Afectividad. Igualdad. Responsabilidad

  • Enviado por: Melorah
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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publicidad

1. - INTRODUCCIÓN

En el presente trabajo vamos a tratar el apego y la sexualidad en la persona

con deficiencia mental, por parecernos éste un tema de mucha importancia en la vida y desarrollo de estas personas, ya que aunque la sociedad parezca avanzada, cuestiones tan naturales como éstas siguen conservando la misma falta de consideración que hace cincuenta años.

Así, tratamos de dar una visión sobre qué sienten estas personas, cómo actúa la sociedad con ellas y qué es lo mejor para su desarrollo; centrándonos sobre todo en la falta de información, muchas veces provocada por el propio desinterés de las personas ajenas al problema.

Nos parece, a su vez, interesante acercarnos a la familia del deficiente mental, tratando de hacer hincapié en aspectos como la sobreprotección de los padres y la falta de ayuda que reciben tanto éstos como las distintas instituciones especializadas por parte del Estado y de los miembros de la sociedad.

Como ya hemos dicho, nos hemos centrado en dos temas fundamentales:

  • El apego

  • Afectividad y educación sexual

Hemos pensado en estos dos temas porque nos parece que:

  • El apego es un factor muy importante en el futuro desarrollo del niño, que le

ayudará a establecer una buena relación con su entorno, sin embargo, hay mucha desinformación dentro del entorno familiar sobre la manera de establecer el apego que presentan los niños deficientes mentales.

  • La afectividad, a su vez, también juega un papel importante ya que estas personas

necesitan un refuerzo mayor que las personas sin deficiencia, porque sabemos que tienden a buscar su personalidad en el entorno y eso puede llegar a poner en peligro su estabilidad emocional.

  • La educación sexual, lo mismo que las dos cuestiones anteriores, es fundamental en

su desarrollo como personas humanas íntegras; y es un tema que lamentablemente se suele considerar tabú.

BLOQUE I.

EL APEGO

2. - EL APEGO EN EL NIÑO DEFICIENTE MENTAL O CON SÍNDROME DE DOWN

Las diferencias en la calidad del apego son, en gran parte, un resultado de la actuación materna. Sin embargo, es importante matizar que esa calidad depende también de las especiales condiciones de los niños. Es decir, el neonato tal vez presente dificultades constitucionales que pueden deteriorar o limitar las interacciones de calidad entre él y la madre. Esto es lo que sucede en el niño deficiente mental o con síndrome Down.

Se ha intentado comprobar si las características y déficits que presentan los niños afectados de trisomía dificultan o no la configuración de un apego seguro. Numerosos autores han llegado a las siguientes conclusiones:

  • El desarrollo del apego, en este tipo de población, parece proceder a través de los

mismos estadios que los demás niños, pero a un ritmo más lento.

  • La lentitud viene explicada por un evidente retraso en la adquisición del concepto

de permanencia de objeto (retraso cognitivo) y del desarrollo afectivo.

  • La permanencia de objeto es una condición necesaria para la configuración del

apego, puesto que a partir de ella el niño puede representarse mentalmente a su madre.

  • El retraso en esa adquisición es, a su vez, consecuencia del general retraso cognitivo

que se manifiesta en este tipo de niños.

  • Los niños con síndrome de Down muestran conductas de apego menos complejas y

diferenciadas que las observadas en los niños no retrasados. Estos niños muestran, generalmente, una débil expresión emocional, lo que afecta de forma negativa al apego que se establece entre ellos y sus padres. En consecuencia, es difícil registrar estas conductas por medio del sistema A-B-C-D. A través de este procedimiento se ha encontrado que los patrones de actuación de los niños con síndrome de Down son muy similares a los de los demás niños.

  • Los niños trisómicos son conscientes de las situaciones que implican salidas y

entradas de su madre y de una persona extraña en la habitación. Sin embargo, aunque muestran el mismo tipo de reacciones emocionales que los otros niños respecto del miedo a los extraños, sus reacciones, son de menor intensidad.

  • En contraposición a lo que se informa en la literatura disponible respecto del niño

con trisomía, los resultados encontrados en los niños deficientes mentales muestran, en general, la presencia no sólo de retrasos, sino también de disrupciones en el desarrollo del apego. Estas disrupciones pudieran estar condicionadas por actitudes menos favorables de sus padres, ya que, como se ha demostrado, la aceptación de un niño retrasado o con síndrome de Down depende en buena parte de su aspecto físico. En efecto, los niños con notables defectos físicos reciben menos atención y cariño por parte de sus padres. Parke observó que los padres tratan de modo distinto a los bebés atractivos y a los que lo no lo son, incluso durante el período neonatal. El padre estimula más a los primeros: los acaricia, besa y coge en brazos con mayor frecuencia. En muchos casos, los niños deficientes mentales son menos atractivos que los niños afectados de mongolismo (suelen tener un aspecto agradable e incluso atractivo), lo que tal vez puede influir en la dedicación con que sus padres se ocupan de ellos. Esa menor dedicación por parte de los padres(originada por un cierto rechazo encubierto)podría ser la causa de las disrupciones observadas en los apegos de los niños deficientes mentales.

Estos resultados implican, por consiguiente, la necesidad de ser especialmente sensibles a las leves señalizaciones emitidas por el niño deficiente mental y/o con síndrome de Down. Si tal sensibilidad resulta una tarea difícil para los expertos que intentan evaluar el apego, empleando la clasificación de Ainsworth mucho más será para sus madres y padres que ignoran casi todo. De aquí que los padres deban potenciar al máximo las interacciones con sus hijos, ya que desempeñan un papel primordial e irrenunciable, dadas las condiciones especiales de estos últimos. Esta tarea es ardua y requiere la colaboración de expertos profesionales. Ahora bien, los padres no debieran olvidar jamás el protagonismo que naturalmente les corresponde en la lucha diaria por desarrollar las potencialidades de su hijo deficiente.

Por eso, siempre que se trate de establecer un apego seguro entre el niño deficiente mental y su madre para lograr así su óptimo desarrollo, es conveniente trabajar conjuntamente con la madre y el niño. El trabajo conjunto favorecerá más las interacciones de calidad, puesto que se tendrá en cuenta las características y actuaciones, tanto de la madre como del niño que, por otra parte, son interdependientes.

3. - LA INTERACCIÓN ENTRE EL PADRE Y EL NIÑO DEFICIENTE MENTAL: LA COMPETENCIA PATERNA

Si los padres de los niños deficientes mentales se decidieran a comprobar su natural predisposición a interactuar con ellos desde el nacimiento, es muy probable que su implicación en la educación de sus hijos fuese mayor y, como consecuencia de ello, promovieran más también su adecuado desarrollo.

No obstante, un menor grado de implicación paterna no significa que los padres sean menos competentes que las madres, en lo referente al cuidado del hijo recién nacido. Como escribe Parke no sólo las mujeres están innatamente predispuestas a responder a las señales emitidas por el lactante, sino que también los hombres lo hacen. El padre es capaz de reconocer e interpretar correctamente las señales emitidas por el bebé, lo que significa que son iguales de sensibles que las madres.

Los padres responden, al igual que las madres, a señales del hijo lactante como sonidos y movimientos de la boca. Por consiguiente, en las interacciones diádicas con sus hijos, hemos de afirmar que los padres son igual de competentes que las madres.

La baja participación de los padres en la educación de sus hijos se debe, en general, a su sentimiento de falta de competencia, por lo que prefieren dejar la responsabilidad de la educación a las madres. De ordinario, el padre de un niño deficiente mental se limita sólo a apoyar los esfuerzos educativos realizados por su mujer, ya que él se siente incompetente en dicha tarea. Es evidente que el apoyo a la madre es una importante contribución del padre, pero no es suficiente. No cabe duda de que el padre puede y debe desempeñar una importante función en el desarrollo de sus hijos. El padre ha de jugar con ellos, acariciarles y hablarles; estas actitudes constituyen diversos modos de influir en el bebé y en el niño mayorcito.

El niño deficiente mental necesita interactuar con su padre, dado que el papel del padre es complementario al de la madre, y no secundario.

Sin embargo, el padre asume el papel de cuidador secundario porque, tanto él como la madre, no están seguros que tengan tal capacidad. La mayoría de los padres creen que su misión comienza después del período de lactancia y que su papel es más importante en etapas posteriores de la vida y, en especial, durante la adolescencia. Con frecuencia en compañía de la madre el padre asume el papel de mero observador, una actitud mucho más pasiva que la que adopta cuando está solo con su hijo.

La madre, por su parte, continúa estando implicada con su hijo y desempeñando su función de maestra, aunque disminuya su dedicación en las situaciones triádicas.

La errónea creencia de la falta de competencia inicial del padre para educar inhibe su actuación e impide el desarrollo de dicha competencia o disponibilidad. Por otra parte, las madres conocedoras de lo que socialmente se espera de ellas, ejercitan y perfeccionan sus estrategias, al tiempo que actualizan sus potencialidades. Como consecuencia de una mayor dedicación por parte de las madres, surgen así diferencias inextinguibles en los estilos de interacción padres-madres. Es decir, aunque en principio ambos progenitores presenten la misma sensibilidad y competencia en el cuidado de sus hijos, el hecho de que las madres dedique más tiempo a estos últimos origina diferencias cualitativas en las interacciones madre-hijos y padre-hijos.

Greenberg y Morris examinaron la implicación del padre respecto a su hijo recién nacido. Los padres que estuvieron presentes en el parto se sentían más cómodos al coger al bebé que los padres cuyo primer contacto con el recién nacido ocurrió después del nacimiento. Del mismo modo, los padres que asistieron al parto se juzgaban más capaces de distinguir por su propio aspecto a su propio hijo de otros bebés.

Es cierto, sin embargo, que aun dedicando el mismo tiempo al niño, ambos progenitores presentan diferentes conductas interactivas. Por ejemplo, es mucho más probable que observemos al padre jugando con el bebé que dándole el biberón.

En definitiva, tanto los padres como las madres muestran el mismo grado de competencia en la crianza y educación de sus hijos, aunque difieran sus respuestas específicas a las señales emitidas por ellos. Tales diferencias son probablemente de origen biológico, aunque algunas son culturales como el tiempo dedicado.

4. - EL NIÑO DEFICIENTE MENTAL

En numerosas ocasiones, los niños retrasados mentales no son aceptados por sus padres. El mero hecho de no asumir la minusvalía del propio hijo produce cierto rechazo y evitación del niño especial. Los niños que son rechazados por sus padres son frecuentemente rechazados por sus compañeros, por lo que deducimos que los niños retrasados mentales pueden tener un mayor riesgo de presentar problemas con sus compañeros de clase.

En efecto, los niños con retraso mental leve ocupan una posición inferior en el contexto de clase y de la escuela normal. Estos niños tienden a ser significativamente menos aceptados y más rechazados que sus iguales no retrasados.

Estos datos nos hacen reflexionar sobre el polémico tema de la integración del niño deficiente mental. Si el rechazo por parte de los compañeros se debe, en cierto modo, al inicial rechazo de sus padres, lo más apropiado sería comenzar por promover un cambio de actitudes en ellos, en lugar de empeñarse en integrarlo en la escuela. Por consiguiente, debemos explicar a los padres que su labor en la integración del niño deficiente es primordial e insustituible.

En principio, la hipótesis que afirma que el niño rechazado por padres también lo será por sus compañeros, parece insostenible o, al menos, poco probable. Sin embargo, la explicación es muy coherente. El rechazo de los padres hacia el hijo, impide que le atiendan consistentemente y que tiendan a prestarle atención sólo cuando presenta problemas. Esa actitud de los padres priva al niño de la información que precisa sobre los efectos que su conducta ejerce en los demás, así como de otras posibles experiencias de dominio sobre el medio. La ausencia de experiencias de dominio hace que el niño sea sumamente dependiente en el ámbito social.

De aquí que cuando el niño deficiente llega al colegio, no sepa captar lo que se espera de él, por lo que utiliza los mismos procedimientos empleados para llamar la atención (mal comportamiento, rabieta) de sus padres. Esas estrategias sociales son de carácter bastante negativo, por lo que reciben de sus compañeros una ausencia de respuestas, que les impide obtener la necesaria información acerca de los efectos de su conducta genera en los demás.

Los profesores y también los alumnos consideran que ese niño presenta graves trastornos de la conducta a causa de su molesto comportamiento y comienzan a rechazarle.

5. - EL NIÑO DEFICIENTE MENTAL Y LA INDEFENSIÓN APRENDIDA

Los sujetos de educación especial que desarrollan un patrón de indefensión aprendida han estado sometidos a circunstancias negativas en las que no han podido ejercer ningún control y, como consecuencia de ello, cuando se encuentran en circunstancias negativas en las que sí pueden ejercerlo no lo intentan.

Cuando hay éxito, el sujeto considera que las causas son externas a él, por lo que no supone un estímulo. Cuando hay fracaso, suele considerar que las causas son internas y que tienen que ver con su forma de ser.

Los niños retrasados, a pesar de que el nivel de dificultad esté adaptado a su retraso, piden ayuda antes de tiempo. La falta de confianza en sí mismos está relacionada con el aprendizaje, pudiendo haber desarrollado estas características debido a los mensajes que reciben de los adultos.

Por eso es necesario promover atribuciones adaptativas en este tipo de niños, para lograr un mejor estado afectivo. Una estrategia es atribuir el éxito a su habilidad y esfuerzo, y el fracaso a su falta de esfuerzo y no de capacidad.

Las percepciones del niño respecto de su actuación personal pueden hacerse más estables a lo largo del tiempo, en la medida en que construya un grupo más fuerte y estable de creencias acerca del propio yo.

Las conductas paternas que facilitan el desarrollo del sentido de competencia son el apoyo emocional, la estimulación de la independencia, el refuerzo del éxito y la realización de tareas con el niño.

BLOQUE II.

AFECTIVIDAD Y EDUCACIÓN SEXUAL

6. - CÓMO VALORAMOS A LA PERSONA CON DEFICIENCIA MENTAL

En este apartado vamos a ver la sexualidad de la persona con retraso mental, reconociendo como orientación de base que es una dimensión humana nuclear y un valor moral a defender y potenciar también en su caso. Queremos determinar cómo deben encarnarse las exigencias de esta concepción de la vida afectivo-sexual en el deficiente mental.

• Deberes y derechos de la persona con deficiencia mental

Debemos partir de la afirmación del carácter personal de los deficientes mentales. El retrasado mental sigue siendo discutido en su propia humanidad. El respeto y la promoción de la dignidad humana deben ser el presupuesto básico sobre el que construir una ética de la deficiencia mental. El minusválido psíquico es una persona, un ser humano total, un ciudadano, un miembro de la comunidad con pleno derecho.

Cuando no se toman en consideración sus deseos y opiniones, cuando a priori se renuncia a educarlo para que tome sus propias decisiones, cuando se le dispensa un trato infantilizante, cuando los términos que se acuñan para designarlos en cuanto grupo acaban entrando a formar parte de los insultos, etc., todo esto deja patente que no se le está reconociendo como un sujeto, sino que, por el contrario, es tratado como un objeto que a lo sumo inspira compasión.

La apelación al valor absoluto de la persona con retraso mental conduce a su comprensión desde la originalidad de un ser único e insustituible. Sólo tiene sentido la afirmación de la dimensión ética del ser humano si está sustentada sobre la afirmación de la dimensión de éste como ser personal. Mientras se le siga considerando un ser humano marginal, descentrado con relación a los que se hallan dentro de los patrones sociales, que no tiene nada que aportar al resto de la comunidad, habría que decir que cualitativa y cuantitativamente no sería un hombre en el sentido pleno del término.

En la sociedad actual existe una gran mayoría de ciudadanos que todavía no ha desarrollado la sensibilidad ética suficiente para comprender y aceptar el modo de ser de aquellas personas que tienen limitada y obstaculizada su inteligencia. No comprenden que no es lo mismo ser valioso que ser útil. En la actualidad se valora a las personas por lo que son capaces de hacer y por lo que poseen, no por el mero hecho de ser personas. Dentro de este planteamiento, la dignidad de la persona aparece disminuida.

En nuestra sociedad subsisten formas de pensar y actuar que tienden a marginar a las personas diferentes, a pesar de que paralelamente se proclama con toda solemnidad la dignidad de todos los seres humanos. Es cierto que en un plano material hay grandes diferencias entre los individuos: hay personas más lista que otras, o más guapas. Pero la cuestión consiste en saber si tales diferencias propician a su vez una dignidad humana diferenciada, si existen dos grupos humanos bien definidos, el de los normales y el de los deficientes. Tal frontera no puede existir, porque la dignidad humana no deriva de esos factores, sino que acompaña al individuo con independencia de las limitaciones físicas o psíquicas que padezca.

La afirmación universal de la dignidad de la persona significa que todo ser humano posee esa dignidad en cuanto tal, pura y simplemente por el hecho de existir.

Los retrasados mentales poseen un lenguaje rudimentario y limitado, lo cual ha llevado a muchos a la devaluación de su calidad como sujetos. Esta situación lleva a poner a estas personas en un nivel inferior, casi análogo al de los animales, con el resultado práctico de la utilización de conceptos y modos también semejantes. Al actuar de este modo, se olvida que el ser humano se expresa no sólo a través de palabras sino también por medio de los gestos y que la dignidad humana no radica exclusivamente en el lenguaje, sino que es mucho más densa y significativa. En tal caso, será mayor el papel que habrán de desempeñar los demás en la vida de estas personas, empezando por la familia, pero bajo ningún pretexto esto supone que su vida sea menos valiosa: la educación se justifica por la naturaleza indigente y por la necesidad de perfeccionamiento comunes a todos los seres humanos.

Otro elemento que contribuye a dificultar la afirmación del carácter personal del retrasado mental es que todo el mundo cree saber un poco de moral y se pronuncia sobre lo que en realidad desconocen por completo. Habría que fomentar el respeto por estas cuestiones y formar mínimamente las conciencias de los ciudadanos para lograr más rigor y espíritu crítico.

El deficiente mental es, ante todo y sobre todo, una persona y debe ser tratada y respetada como tal en todo momento y circunstancia. El retrasado tiene derecho a su autorrealización y a su felicidad y los no deficientes tienen la obligación de ayudarle en esa tarea. Las actitudes positivas ante las posibilidades del deficiente mental son la clave del éxito en su camino hacia su desarrollo personal como hombre o como mujer. Esa postura favorecerá una saludable interacción con el discapacitado e incrementará su autoestima.

No se aceptará a la persona con deficiencia mental mientras no se acepte su plena subjetividad.

El valor intrínseco de la persona con deficiencia mental y su consideración como portadora de derechos inalienables es un presupuesto básico. La sociedad, y sus múltiples mediaciones, al proclamar y poner en práctica los derechos del minusválido psíquico, no está concediendo nada, sólo reconoce una realidad que es anterior a su misma existencia e indispensable para su propia configuración. Por consiguiente, todas esas mediaciones y esfuerzos sociales deben estar al servicio de la dignidad del retrasado.

  • La persona con deficiencia mental es un ser para el encuentro

- La identidad propia, todo un reto

El deficiente mental presenta una dificultad mayor para salir de sí y abrirse al tú, Para reconocerse y construirse como una identidad propia y plena, por lo que el reconocimiento de los otros juega un papel importante. La biografía de cada individuo narra su permanente lucha con el problema de su soledad, sus intentos por obtener el reconocimiento y la acogida de los demás, su anhelo de pertenencia a la comunidad y sus intentos por encontrarse a sí mismo en todo ello. La identidad del deficiente mental pasa necesariamente por respetar y promover su constitutiva apertura a los demás, su búsqueda de encuentro, comunicación y relación. Si ni se le ofrecen estas posibilidades, difícilmente podrá buscarlas por sí solo, con el resultado final de que la realización práctica de sus potencialidades innatas se verá truncada de raíz. Con excesiva frecuencia se achaca la situación actual del discapacitado a una carencia de elementos naturales, sin caer en la cuenta de que éstos existían en él, en estado latente o germinal, pero no han podido desarrollarse y alcanzar su madurez por falta de estímulos y oportunidades.

Se impone, por tanto, un primer deber moral, que sería el de la percepción de la situación de los deficientes mentales. Lo primero es aprender a ver y, sobre todo, aprender a escuchar lo que las propias personas tienen que decirnos acerca de sí mismas. Y esa es precisamente, una de nuestras mayores dificultades en presencia de los discapacitados, tanto si se consideran en su individualidad como si se hace en cuanto grupo social. Este deber moral de escucha y percepción de las demandas del deficiente mental comienza obviamente por la atención a sus carencias más elementales, pero tan importante -o más- es acertar a descubrir y atender sus necesidades afectivas.

Al plantearse la significación que tiene la plenitud de vida, habría que preguntarse cuáles son los componentes que permiten a la persona con retraso mental sentirse satisfecha, liberarse de una existencia puramente pasiva. Como primer requisito habría que mencionar la necesidad de sentirse en esta sociedad como en su propia casa. Se encierra aquí el sentimiento de ser aceptado y querido, que en último término se basa en la relación estrecha, amistosa, comprensiva con su entorno.

Sin esta experiencia de significar algo para alguien concreto, la persona con deficiencia mental se sentirá vacía, devaluada, desechada. La cercanía a las personas con deficiencia mental constituye en la actualidad uno de los ejes por los que deben pasar las demandas éticas de la justicia, la igualdad y la solidaridad.

En las personas con retraso mental, la capacidad para la vida no nace espontáneamente, sino que es fruto de una orientación incansable, aunque en su caso con una evolución más lenta. Si se quiere que esa capacidad alcance todo el desarrollo que las potencialidades del sujeto permitan, habrá que esforzarse por crear las condiciones necesarias para vivir el enriquecedor compartir con los demás, para que pueda establecer relaciones personales significativas, para que su existencia tenga un sentido. La calidad de vida de estas personas depende en grado sumo de la conciencia responsable de su entorno, que debe abrirse al deficiente mental y posibilitar así un desarrollo lo más armónico posible.

Hoy se tiene una mayor conciencia sobre la sexualidad como uno de los caminos más fecundos para expresar, vivir y realizar esa apertura al otro. En este sentido, debe afirmarse que los retrasados mentales tienen que disponer de las posibilidades precisas para poder establecer esos vínculos personales, con un exquisito respeto a sus ritmos propios de crecimiento y maduración. Se hace urgente facilitarles recintos para poder desarrollar su vida privada e íntima, requisito imprescindible para que esa apertura y entrega al otro pueda realizarse. Esto se refiere tanto a espacios como a tiempos para el encuentro con uno mismo y con el otro en soledad e intimidad. Del hecho de que una familia o institución no pueda asumir sin ciertas dificultades el cuidado de este derecho fundamental del discapacitado, no se puede deducir nunca que tenga que desentenderse por completo del mismo o de la calidad con la que es ejercido.

Es en el terreno de las relaciones sociales y del derecho a la intimidad y a una vida propia en donde inciden con mayor frecuencia e intensidad la segregación y la marginación. La pertenencia a la comunidad social, inicialmente fuera de toda duda, es subvalorada o negada en la praxis cotidiana en cuanto se descubre que el sujeto está afectado con retraso mental. Los propios familiares de la persona, consciente o inconscientemente, pueden colaborar en ese proceso de distanciamiento social. Las relaciones interpersonales se atrofian o se convierten en su contrario; y no en pocas ocasiones, las personas tienden a evitar el contacto y las relación personal con los deficientes mentales.

El resultado final es que la persona con deficiencia mental queda totalmente al margen del sistema sociocultural al que pertenece por derecho propio. La marginación, como cualquier conducta impuesta, es vivida pasivamente por el individuo y suele generar comportamientos patológicos de autodefensa, que a menudo conducen a la anulación de la identidad de la persona marginada.

- El entorno y su responsabilidad

Existe una dificultad real para integrar en la vida social, familiar e individual, la existencia de la persona con deficiencia mental. En primer lugar, por las mismas condiciones materiales en las que se desarrolla su vida en las ciudades: viviendas pequeñas; trabajo fuera de casa de ambos progenitores, etc. Una segunda razón apunta a una concepción hedonista, individualista y utilitarista de la existencia, que tiende a impedir a toda costa la presencia dentro de ella de personas con deficiencias graves.

Aparte de las incomodidades y dificultades que puedan presentar en la realización de los planes personales de vida, está el hecho de que con su simple presencia, las personas con deficiencia mental están recordando que el hombre es un ser finito y limitado, que la vida humana también tiene una cara de dolor y de sufrimiento; y esto es algo que el hombre moderno no desea asumir, por lo que intenta evitar en la medida de lo posible cualquier contacto con esas realidades.

Sea cual sea el modo de ir resolviendo estas cuestiones, hay que prestar mucha atención al posible riesgo de hipotecar la equidad. Si se reconoce la dignidad del retrasado mental, deberá concluirse que el conjunto social estará incompleto mientras no integre en él a los deficientes mentales y no les permita una participación significativa a todos los niveles, ya que forman parte insoslayable de dicho conjunto y cooperan a enriquecerlo. La integración social significa generar y potenciar en el individuo la capacidad para superar una situación existencial de radical dependencia, que se traduce en proporcionarle razones para la esperanza y habilidades y recursos para llevar a cabo un encuentro interpersonal de la mayor calidad posible. Podría hablarse de la necesidad de una discriminación positiva a favor de estas personas, en el sentido de que es la sociedad la que ha de realizar el esfuerzo por acoger dentro de sí al miembro que padece una minusvalía psíquica, haciendo adaptaciones que sean oportunas y nunca al revés.

La alteridad exige el encuentro de seres libres que la van construyendo. La integración implica: su presencia habitual en las actividades sociales, desarrollar en el deficiente mental un poder adquisitivo propio mediante un trabajo productivo, habilitar al individuo para saber discriminar las solicitaciones que le vienen del exterior y, en definitiva, llegar a desarrollar una función social positiva, reconocida como tal por el propio sujeto y por la sociedad.

Este planteamiento requiere la creación de estructuras sociales adecuadas, de manera que los retrasados lleven una vida tan normal como les permitan sus propias posibilidades. Hay que subrayar que éste no es un problema al que esté obligada a responder en solitario la familia del deficiente mental. Los padres realizan una ardua labor a favor de la inserción social de los retrasados mentales, a los que tan escasa atención ha prestado la sociedad y el Estado. Debe dedicarse ayuda social y pedagógica a las familias afectadas, convertidas a causa de la presencia en ellas de un hijo insuficiente mental en familias aparte. Lo que estos padres necesitan es una actitud de cooperación, consejos y guía facultativa para la mejor educación posible del niño. No se pude permitir que el retrasado mental sea exclusivamente un objeto pasivo de esfuerzos educativos y rehabilitadores, un cliente de servicios sociales, sino que resulta imprescindible concederle un papel activo en esos esfuerzos. No es suficiente la mera convivencia con ellos, hay que integrar su realidad existencial en la vida social. Sólo así será verdad el ideal de integración y normalización del disminuido.

Recuérdese que si cualquier tipo de clasificación ya resulta por sí misma problemática, los resultados son todavía más negativos en el caso de los deficientes mentales. En ellos, la sociedad ha ahondado las limitaciones que provienen de la naturaleza hasta niveles insospechados. La materialidad misma de la limitación natural no determina nunca por sí sola el estatuto social de deficiente, sino que es necesario el aporte social, es decir, ser considerado por los demás como una persona deficiente.

Muchas definiciones de deficiencia mental son en sí mismas fuente de desigualdad y discriminación, porque dan más relieve a los aspectos diferenciales que a los comunes. Una definición apropiada es la propuesta por Thalhammer, porque se trata de una definición positiva y dinámica, en la que resalta el carácter primario y básico de todo ser humano: “ La insuficiencia mental es un modo de ser y una forma de ordenación de la vida humana que está condicionada por un modo de ser cognitivamente diferente e impone la necesidad de una permanente ayuda humana para la realización de sí mismo en las dimensiones humanas y los procesos comunicativos”.

Hay que recordar que el derecho a la dignidad personal, a una vida propia, a la integridad física y psicológica, a la igualdad y participación sociales, incluyen el derecho a no ser etiquetados de manera degradante o sesgada.

  • La igualdad de oportunidades

La justicia, la solidaridad y la libertad se realizan mediante el ejercicio de la igualdad y de la participación social. La apelación a la igualdad entre los seres humanos significa denunciar cualquier posible desigualdad presente en medio de la sociedad.

La igualdad significa el reconocimiento de igual valía de cada ser humano, no “a pesar de” sino “dentro de” y “con respeto de” la originalidad propia de cada ser humano. Esta afirmación implica tratar a la persona con deficiencia mental como un sujeto llamado a desarrollar sus potencialidades y sus derechos en medio de sus iguales.

El sujeto que padece una minusvalía precisa mucho más apoyo social para poder mantener un ritmo existencial en pie de igualdad con sus congéneres. Todo el discurso sobre la igualdad alcanza su mayor desarrollo en estas personas, hasta el punto de convertirse en una profunda apelación a la conciencia social e individual.

Esto supondrá poner a disposición de la persona con deficiencia mental, desde el mismo momento de su nacimiento, todos aquellos recursos adecuados para su rehabilitación y formación al nivel máximo de sus posibilidades. Las personas con retraso mental no sólo tienen las mismas necesidades que las demás ciudadanas, sino que también tienen necesidades especiales que deben ser atendidas.

Hay que evitar las grandes instituciones especializadas, que sólo vienen a contribuir a mantener el estado de segregación y discriminación del deficiente mental, al tiempo que mantiene a la sociedad ajena al problema. Cuando se requieran atenciones muy especializadas, como es el caso de los deficientes mentales profundos, éstas deberán organizarse de tal modo que garanticen una integración social lo más pronta, eficaz y duradera que sea posible.

Además la ayuda que se preste debe ser lo más individualizada posible, debido al hecho de que la deficiencia mental es una gama enormemente amplia y variada, al tiempo que las circunstancias de cada caso concreto influyen poderosamente, tanto en el diagnóstico como en el proceso educacional y rehabilitador. Conviene recordar que la ayuda precoz es mucho más efectiva que la que se presta en etapas posteriores de la vida del individuo, por lo que habría que cuidar con esmero los primeros estudios del desarrollo de la persona, antes de que se hayan acumulado las necesidades y los déficits, el psiquismo deje de ser maleable y los padres pierdan gran parte de la ilusión y sus energías.

Esta comprensión enfatiza la relatividad del retraso mental en función de los medios y ayudas que se ofrezcan desde el entorno del sujeto para fomentar su crecimiento y su participación en la comunidad.

Hay que subrayar nuevamente que la ayuda que la sociedad debe prestar a la persona con deficiencia mental y a su familia no es una generosa y comprensiva concesión o caridad, sino un verdadero y propio deber, expresión de la justicia-solidaridad que constituyen su razón de ser y, por tanto, existe un verdadero deber de asistencia y colaboración. Debe evitarse que el retrasado mental, lo mismo que su familia y las asociaciones o grupos en los que éste se agrupe, vivan con la sensación de ser unos mendigos de la caridad ajena. Porque cualquier otro comportamiento estaría transmitiendo al deficiente mental la sensación de que la suya es una existencia socialmente devaluada, contribuyendo a debilitar su identidad, ya de por sí afectada.

La familia del deficiente mental y aquellas personas que le ayudan en sus actividades diarias deben recibir el necesario apoyo que les permita gozar de periodos de descanso y de ocio, así como de oportunidades para desarrollar sus propias actividades y obligaciones. Si se presta atención a las familias en las que existe un miembro discapacitado, se caerá en la cuenta de que pesa sobre ellas una carga mucho más gravosa que sobre el resto de familias.

En ocasiones se exige que la familia mucho más de lo que ésta puede ofrecer y se pretende una actuación por encima de sus fuerzas, con el peligro de crear o reforzar un sentimiento de culpa en sus miembros, especialmente en la madre que viene a deteriorar el proceso de normalización. La familia también reclama el apoyo de la comunidad y ésta tiene la obligación de prestarlo.

Esta dinámica hará del deficiente mental un sujeto capaz de asumir y poner en práctica todos sus derechos de manera progresiva, asegurándole una calidad de vida conforme a su dignidad. La integración del deficiente mental en el seno de la sociedad abre camino a la normalización de su vida, en todas las dimensiones que la componen. Hacer que se desarrollen y florezcan sus potencialidades naturales, su personalidad, su deseo de comunión y de diálogo interpersonal, es uno de los retos y de las responsabilidades más serias que hay que encarar en este momento con relación a estas personas. Es decir, hace falta que además tome parte activa en el diseño de los programas, en la organización, en la toma de decisiones, para que sea consciente de su situación, se responsabilice y la controle. En resumen, hay que decir que todas las oportunidades de la sociedad deben estar a su alcance. Por su singular importancia para el retrasado, vamos a destacar dos aspectos concretos de esa desigualdad de oportunidades: el acceso al mundo del trabajo y al ocio.

- Incorporación del deficiente mental al mundo laboral

La igualdad de oportunidades, la integración y la normalización de la persona con deficiencia mental entrañan varias condiciones fundamentales, algunas de las cuales ya han sido expuestas. Especialmente importante es su incorporación al mundo laboral, es decir, la posibilidad de trabajar según sus capacidades reales. El trabajo eleva el nivel de autoestima del sujeto y las relaciones creadas en el centro laboral son básicas en orden a su integración general (Juan Pablo II). Las personas necesitan verse a sí mismas como capaces, productivas e integradas en la sociedad, teniendo algo que aportar a los demás, de tal manera que el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre. La actividad laboral no sólo es un bien útil o para disfrutar, tiene todo un conjunto de connotaciones psicológicas y sociales que inciden en la reafirmación personal, contribuyendo a conformar y expresar la personalidad del sujeto y su estatuto social. El trabajo es fuente de satisfacciones, expresión de los propios gustos y capacidades, rol social y prestigio, soporte emocional y preparación frente a las exigencias de la vida, cauce de participación en la construcción de la propia sociedad, medio de independencia, contribución a un empeño común y compartido. El trabajo condiciona al ser humano, realizándolo en un modo concreto; por consiguiente, distintos tipos de persona y de sociedad: mediante el trabajo, el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las necesidades propias, sino que se realiza a sí mismo como hombre; es más, en un cierto sentido, se hace más hombre.

El problema de la integración laboral de las personas con deficiencia mental tiene repercusiones en los campos terapéutico, económico y social. De todos los factores que limitan a la persona minusválida para lograr su adaptación al medio y su integración social, uno de los que con mayor intensidad incide es su marginación del mundo del trabajo.

La integración laboral es mucho más profunda que la mera incorporación a una actividad productiva. No es suficiente con poner a la persona a realizar cualquier tipo de trabajo, porque esto puede ser aún más contraproducente y alienante, si no se respetan una serie de condicionamientos básicos. Entre otros elementos importantes, presupone no sólo la preparación del individuo para realizar la actividad que se le va a encargar, de acuerdo con la propia vocación del mismo, sino también la selección del trabajo que se le va a encomendar y la organización de los centros de trabajo de acuerdo con las características y necesidades del trabajador; implica permanencia y estabilidad en la actividad laboral; y trae consigo, a través de la justa retribución, la independencia económica y la autonomía personal.

Este último factor, independencia económica, importante en todo trabajador, se convierte en trascendental en el caso de una persona con deficiencia mental. En primer lugar, porque disponer de unos ingresos económicos significa automáticamente cambiar su imagen social y, consiguientemente, elevar el propio nivel de autoestima y mejorar sus relaciones con los demás. Además, la independencia económica es un requisito básico para empezar a considerar la posibilidad de iniciar una relación amorosa con vistas a contraer matrimonio. El trabajo es, de este modo, una condición para hacer posible la fundación de una familia, ya que ésta exige los medios de subsistencia, que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo.

- El ocio y el tiempo libre

Al igual que su incorporación al mundo del trabajo, también es obligado examinar cómo vive el deficiente mental su tiempo libre.

Este ha sido uno de los ámbitos socializadores donde la igualdad de oportunidades ha estado más difuminada, porque el deficiente mental ha dispuesto generalmente sólo de formas pasivas para ocupar su ocio y ha sido más dependiente de los adultos a la hora de realizar cualquier actividad. En el fondo parece que, a nivel general, se asume que el tiempo de que disponen los retrasados mentales fuera de sus obligaciones es un tiempo que hay que ocupar de alguna manera, pero no se experimenta como una magnífica oportunidad para el desarrollo psicosocial del sujeto.

El acercamiento a esta realidad revela una profunda incoherencia porque, precisamente, estas personas disponen de más tiempo para dedicar al ocio que las demás y, por sus dificultades de abstracción, pueden encontrar en el juego y en el deporte una magnífica ocasión para desarrollar su autoestima y sus habilidades sociales.

Por otra parte, se observa a menudo que el tiempo que los retrasados pueden regular por sí mismos es cada vez más reducido (se les llena de actividades): tienen pocos espacios para practicar la autonomía, enfrentándose normalmente con la imposición de los adultos, no sólo en el tipo de tarea, sino también del momento de comienzo y finalización de la misma. Esto es de capital importancia, porque se impide que los deficientes practiquen un aprendizaje esencial en sus vidas: aprender a regular y organizar su propia existencia.

El ocio supone sobre todo en los años de crecimiento, una magnífica oportunidad para descubrir a los demás, para manifestar la propia personalidad en una libertad creadora. Por consiguiente, supone una educación social, afectiva, e intelectual, cauce para un dominio alegre de sí mismo, permitiendo al sujeto asumir su propia persona e integrarse en su comunidad social. A lo largo de los últimos años se ha ido poniendo de manifiesto que es en el juego de niño, en aquellas horas de concentración en que parece simplemente entregado a gratas distracciones, cuando realiza la labor más difícil: aprender nuevas formas de vida.

Las posibilidades que les brinda una buena vivencia del tiempo libre no han sido suficientemente valoradas y apenas se concede importancia al modo de ocupar su ocio, siendo la televisión y el paseo con los progenitores casi la única forma de entretenimiento de que pueden disfrutar. La utilización del tiempo libre debe tener para la persona con deficiencia mental el mismo valor subjetivo que para el no deficiente. Por tanto, el sujeto debe tener oportunidades para realizar la propia vida en el tiempo libre de forma creativa y regeneradora, como una manera de ampliar su horizonte existencial y de realizar las aspiraciones y decisiones más íntimas de su personalidad. En un mundo en el que el individuo puede ver afirmada su identidad y su integración en el seno de la comunidad y en el que tiene ocasiones diversas para crecer en las múltiples dimensiones de su personalidad, atraído y fortalecido por renovadas perspectivas e impulsos.

Para lograr esos objetivos, es necesario prestar una atención especial a que la ocupación de este tiempo se lleve a cabo en relación con personas y ámbitos normalizados.

Desde un proyecto integral y normalizador de la deficiencia mental, sería aconsejable fomentar la vivencia creativa de esta dimensión de la vida humana, un espacio de autonomía y libertad donde practiquen y vayan aprendiendo a organizar su tiempo, a compartirlo con los demás solidariamente, a tener y desarrollar iniciativas propias. En todo proceso de crecimiento, lo primero es la libertad de elegir. Sean cuales sean las dificultades que pueda ocasionar, es fundamental plantearse que si un deficiente mental convive sólo con deficientes, con educadores y con las personas adultas de la familia, jamás tendrá la oportunidad de evolucionar hacia una vida más integrada socialmente. Los padres tienden a olvidar este hecho y el deficiente permanece en un mundo cerrado, donde la pobreza y debilidad de los estímulos va empobreciendo más su personalidad. Los amigos son personajes esenciales en la vida de todos nosotros, también en la vida de los deficientes mentales.

6.1. - EL RETRASADO MENTAL NO ES UN SER ASEXUADO NI UN EXACERBADO SEXUAL

Dentro de una tónica general de minusvaloración de la sexualidad que ha arrastrado la sociedad occidental, la situación de la persona con retraso mental ha sido especialmente dramática. La actitud vigente con respecto a esta dimensión sigue siendo muy negativa. La imagen que predomina es la del deficiente mental como un eterno niño, al que no se pueden permitir determinadas libertades, propias de los adultos. No existe ningún presupuesto que haga pensar que el sujeto retrasado mental no tenga una sexualidad bien suya. A esta conclusión hemos llegado durante la elaboración de este trabajo. Por ello, hay que afirmar que la persona con deficiencia mental tiene una vida afectivo-sexual, que se debe respetar y potenciar.

La inmensa mayoría de los padres y no pocos profesionales del sector no acaban de asumir el hecho cierto de que la persona con deficiencia mental no sólo tiene unas estructuras sexuales (biológicas, psicológicas, socioculturales), sino que es un ser sexuado, como cualquier otro ser humano, puesto que, el elemento sexual se instala en lo más íntimo y nuclear del ser humano, entra dentro de su existencia en cuanto tal y, por eso mismo, es una estructura configuradora del individuo.

La negación de esta realidad constituye un error antropológico y pedagógico muy serio. Esta situación se explica porque sigue operativo un profundo escepticismo en relación a las posibilidades de integración y maduración del deficiente mental. El sexo ha sido considerado tradicionalmente como una materia reservada a los adultos y dirigida a la procreación, características que no encajan con el estereotipo del retrasado mental como <un niño en cuerpo de hombre> y cuya reproducción debe evitarse a toda costa. La consecuencia es la tendencia a considerar la sexualidad como una dimensión que debe permanecer impenetrable para estas personas y a la que se aplica un horizonte axiológico distinto del que existe entre las personas que no están afectadas por retraso mental.

Todo ello, en última instancia, viene a significar que no se acepta realmente al deficiente mental como un igual, pues no se pueden disociar aspectos del ser humano, ni elegir unos y negar otros. En función de los presupuestos éticos enunciados, no son admisibles posturas que sigan intentando justificar una actitud de recelo con respecto a la afectividad y sexualidad de los deficientes mentales, puesto que dicha actitud significa desconocer las posibilidades reales de la normalización que estos pueden alcanzar. El resultado al que se llega es una depreciación muy seria de la dignidad humana que la persona con deficiencia mental porta desde el mismo momento de su nacimiento y que también en esta faceta debe ser respetada en grado sumo. Por consiguiente, debe reafirmarse el carácter sexuado y sexual de los deficientes mentales y reivindicarse para ellos la plenitud de significación de esta dimensión.

Los especialistas insisten en los resultados positivos que se observan cuando estas personas viven en un ambiente sexual normalizado, ya que en él los deficientes mentales pueden convivir y mantener contactos humanos con personas de distinto sexo.

En toda esta problemática debe subrayarse que la vida del deficiente mental está muy marcada por la limitación de sus posibilidades de comunicación verbal, por lo que su corporalidad desempeña en ella un papel mucho mayor que en el resto de las personas, que pueden exteriorizar muchos de sus sentimientos e ideas de forma verbalizada. Los deficientes mentales utilizan este recurso que la naturaleza les ofrece y establecen así su propia y original comunicación, tan plena y válida como la que más.

6.2. - LA SOBREPROTECCIÓN DIFICULTA EL DESARROLLO DEL DEFICIENTE MENTAL

Una correcta maduración de la persona significa una progresión gradual desde un estado de dependencia, fusión e indiferenciación, a otro de autonomía y diferenciación. En el desarrollo humano tiene que darse el paso de una situación en la que el entorno vive pendiente de sus necesidades a otra en la que el individuo se relaciona con los demás en un contexto de igualdad. Este proceso está determinado primariamente por el conjunto de relaciones que tienen lugar en la familia, que es el sistema de referencia significativo más amplio. Las carencias afectivas y las inseguridades a lo largo del proceso de desarrollo producen vacíos que pasan posteriormente una factura muy elevada al sujeto.

La integración familiar es el presupuesto fundamental para alcanzar la normalización del retrasado mental. La maduración de cualquier persona requiere un ambiente familiar equilibrado, que contribuya a compensar las propias limitaciones, animando en todo momento al individuo a “salir de sí mismo”. Sin embargo, con frecuencia el ambiente familiar que rodea al retrasado mental no es ni madurativo ni compensador, no por una carencia de cuidados y efecto, sino por un exceso de buena voluntad que lleva a dispensar al deficiente mental una atención tan esmerada y absorbente que ahoga la dinámica natural de esfuerzo y de conquista que caracteriza todo proceso de aprendizaje y maduración personal.

La consecuencia es que se priva al sujeto de las oportunidades necesarias para alcanzar su madurez y se agrava su natural deficiencia. La maduración de la persona, sea o no retrasado mental, es el resultado de la vivencia equilibrada de los éxitos y fracasos en los distintos retos que la vida le va planteando. Ese freno al desarrollo armónico e integral del individuo que implica una actitud de sobreprotección es constatable con singular relieve en el terreno afectivo-sexual. Dentro del espacio vital que conforma su familia, el deficiente mental muchas veces se encuentra protegido al máximo de los estímulos y experiencias sexuales, en los que los padres únicamente atisban un peligro inmediato (abuso sexual, conducta inadecuada, embarazo). Esa actitud huidiza y prohibitiva ante la sexualidad del deficiente mental está guiada por una excesiva ansia de protegerle de cualquier posible peligro y porque se considera que no es capaz de protegerse por sí mismo al tiempo que se sobrevalora la obligación paterna de proteger al hijo. En estas circunstancias, se opta por la solución más sencilla y rápida, pero también la más perjudicial para el sujeto -negar su sexualidad-, en vez de capacitarle para hacer frente por sí mismo a esas situaciones, que es lo que normalmente acontece con cualquier otra persona y que resulta ser la única manera efectiva de posibilitar su maduración.

Suele suceder que esa actitud excesivamente paternalista de la familia traspasa ese ámbito e influye decisivamente en el centro al que la persona asiste para educarse o trabajar, de manera que también en éste se produce a menudo una actitud huidiza ante la afectividad y sexualidad de los alumnos. En estos centros la educación sexual no está presente en sus diseños curriculares y la información no formal que se ofrece es bastante escasa.

Junto a sus padres la persona suele llevar una vida tranquila y rutinaria, ajena a la corriente experiencial de los sujetos de su misma edad en la que los impulsos y las necesidades sexuales parecieran ahogarse, hasta llegar a la conclusión práctica de que no existe. De este modo, la persona con deficiencia mental se encuentra sólidamente anclada en su incapacidad y en su inferioridad social, cuando éstas no son más que relativas y perfectamente superables. Ni padres ni educadores parecen darse cuenta de que pretender vivir como un ángel cuando se tiene un cuerpo, aboca muy pronto a un desequilibrio de la persona, porque el dinamismo sexual aparece siempre y exige su desarrollo.

La sobreprotección es infantilizante: enseña a la persona a comportarse y manifestar su sexualidad de un modo infantil e inmaduro que resultará inadecuada desde el punto de vista social y llevará a su reprobación. En cualquier caso, lo único que se habrá alcanzado es una posible continencia biológica, que durará tanto como el individuo pueda mantenerla, pero el precio de dejar escapar una magnífica posibilidad de crecimiento y, sobre todo, su capacidad para amar y su propio psiquismo quedarán dañados, y antes o después, surgirán síntomas de conflictividad interior. El control y la represión no hacen sino deformar su natural y deseable expresividad.

Son comprensibles los miedos y las dudas de los padres ante este tipo de dificultades, acrecientan los problemas que deben afrontar cotidianamente.

Sin embargo, la solución no pasa por esquivar los problemas que pueda plantear el desarrollo integral del deficiente mental.

Si la relación afectiva del hijo con sus padres no le proporciona seguridad, el individuo se inhibirá y tendrá serias dificultades para adentrarse en otro universo relacional cuyos parámetros no puede controlar en su totalidad. Si nos dirigimos al deficiente mental como a un niño, siempre responderá de manera infantil; en cambio, si se le otorga la consideración de adulto y las relaciones con él son de ese talante, el sujeto responderá como un adulto. Si no se actúa de esa manera, la pulsión sexual no podrá ser trabajada y enriquecida y permanecerá excesivamente sometida a las diversas vicisitudes de las emociones efímeras y contradictorias de sus impulsos biológicos.

No deja de ser verdad que si ya resulta desconcertante y doloroso normalmente para los padres aceptar en hecho de que sus hijos están creciendo, necesitan cada vez menos de sus progenitores y reclaman cada vez más autonomía e independencia, esta sensación resulta más compleja y difícil de conducir en el caso de un hijo con deficiencia mental. Entre otras razones, porque los padres están acostumbrados a dispensarles cuidados mayores y durante un tiempo más prolongado de lo habitual en el resto de los hijos. Pero no por ello la dinámica es distinta; tan solo se retrasa y adquiere ciertas tonalidades específicas, pero en lo sustancial es la misma: la persona debe conquistar su autonomía, su propio espacio vital.

Por eso mismo, es muy necesario que ya desde el comienzo los padres se mentalicen y se acostumbren a ver a su hijo con un destino propio, que él habrá de asumir y al que ellos tienen el deber de colaborar, por lo que, en la medida en la que el hijo empieza a llevar una vida personal propia, ellos simultáneamente deberán desaparecer en igual grado.

En relación a esta amplia problemática, podría afirmarse que el llamado “complejo de castración” enunciado por Freud manifiesta una presencia más activa y prolongada en la situación existencial del deficiente mental. La figura de la madre desempeña un papel importantísimo en su vida, apegado mucho más que el sujeto normal al cariño y protección materna, y con mayor motivo cuando aparecen las exigencias sexuales. El deficiente mental puede percibir como una amenaza la presencia de una madre cariñosa en exceso, de un padre autoritario en demasía, de una estructura social rígida, de tal forma que permanece anclado en la angustia del complejo de castración.

Los psicólogos llaman la atención sobre la necesidad de desidealizar el amor maternal, mostrando como, en más de un caso, lo que hay tras este exceso de entrega al hijo es un sentimiento de cierto odio, apatía o neurosis, provocado por un sentimiento básico de culpabilidad no asumida ante la presencia de un hijo con deficiencia mental, que ella vive internamente como un fracaso propio.

Conductas familiares como estas producen comportamientos asociales que no son tanto producto de un organismo deficitario, cuanto fruto de una reacción ante una situación familiar patógena. Este carácter patógeno pasa a menudo inadvertido; por eso el estudio del deficiente mental no se debe limitar al sujeto y tiene que comprender a la familia. Al centrar la atención en este aspecto patológico de las relaciones familiares, se pretende contribuir a esclarecer la situación real en que se mueven y facilitar una reorientación que mejore el desarrollo de esas relaciones.

Al promover sentimientos fuertes de dependencia entre sus miembros, se convierte en una familia castradora que inutiliza al sujeto culpabilizándole ante cualquier intento de cortar el cordón umbilical que le une a la familia. En el fondo, los progenitores no pueden aceptar una autonomía del hijo, es decir, que éste pueda ser feliz fuera del núcleo familiar.

Sólo el amor que ha dejado de ser narcisista puede contribuir a generar autonomía en el hijo, servir de ayuda en el proceso de apertura y expansión del horizonte de su libertad.

Hay que reiterar que no se trata de culpabilizar a los padres, forzados a desempeñar una atípica función como progenitores y ya suficientemente estigmatizados, sino de señalar uno de los peligros reales a que se ve sometida la persona con deficiencia mental.

A la impotencia, a la amargura, al cansancio, que invaden el alma humana cuando se debe hacer frente a una situación difícil en un ser amado, se unen la falta de apoyo de la sociedad, las incomprensiones, la marginación y la soledad. Ni toda la responsabilidad reside en los padres, ni tampoco en la sociedad; ambas partes son las que tienen que actuar para conseguir la mutua comprensión y el mutuo enriquecimiento.

Se trata de compartir y de anticipar las soluciones a las posibles crisis que puedan sobrevenir, porque es el ámbito más privilegiado para la conformación personalizadora para el ser humano y para promoción de la comunión y la participación, puesto que se define fundamentalmente por la relación y el encuentro interpersonal basados en el amor y en el respeto y promoción de la singularidad de cada miembro.

La sobreprotección no sólo significa renunciar a la misión específica de la institución familiar, sino que supone violentar sus raíces mismas. Es cierto que ningún padre está preparado para recibir a un hijo deficiente mental; sin embargo, no es razón suficiente para abandonar la propia vocación y el compromiso contraído.

Hay que ayudarles a librarse de las posibles presiones interiores, para que se abran a una visión optimista de las posibilidades que tiene su hijo. Sólo de esta manera se conseguirá abrir para el deficiente mental todas las oportunidades y metas que la vida tiene reservadas para él.

Los padres no pueden esconder sus miedos e incertidumbres bajo razones que están viciadas de raíz: han de saber conquistar la libertad de su hijo con deficiencia mental, con fundamentos sólidos de su propia autoestima.

6.3. - EL RETRASADO MENTAL NECESITA EL AMOR COMO BASE PARA SU MADURACIÓN

Esa sobreprotección se acrecienta si únicamente se contemplan los aspectos genitales de la sexualidad humana, olvidándose elementos tan importantes como los sentimientos y el amor. En las personas con retraso mental, la sexualidad sigue siendo una temática asociada casi exclusivamente a la función reproductora.

El afecto y el amor que expresa el gesto sexual resultan aún más vitales para estas personas porque se les ha negado tradicionalmente su condición plena de personas, es decir, se les ha negado su condición de ser capaces de amar y ser amados, capaces de entablar una comunicación significativa con otra persona en libertad y autenticidad. El amor, que es afecto, emoción y entrega, vital para todo ser humano, se convierte en un imperativo para la persona que padece una deficiencia mental, porque ha experimentado con demasiada frecuencia, unas veces insensiblemente pero otras muchas directamente, que su vida no es causa de alegría para casi nadie.

Los aspectos no verbales de la comunicación son por lo menos tan importantes como las palabras que se dicen, y cuando se le niega al retrasado mental la posibilidad de establecer unas relaciones de intimidad basadas en el afecto y el amor, lo que se está transmitiendo de manera clara, que él percibe sin ninguna duda es que no la consideramos realmente como un interlocutor válido, y, en definitiva, la integración social y la normalización habrían fracasado o no serían más que un simple enunciado de buenas intenciones, pero sin relevancia práctica. De nada serviría derribar las paredes de las instituciones si no hubiera una tolerancia para la expresión emocional, al máximo nivel que permitiese la capacidad de la persona disminuida.

Las personas que trabajan en el mundo de la deficiencia mental comprenden, mejor que nadie, la importancia de la normalización sexual. Un entorno que no sepa integrar y valorar equilibradamente la sexualidad como un aspecto nuclear de la persona con deficiencia mental está apartando de ésta una dimensión que está presente en cada individuo y que significa una enorme fuerza personalizadora; al mismo tiempo aparecen muchos problemas sobreañadidos, sociales y personales, que vienen a dificultar la consecución de su calidad de vida.

La mejor terapia rehabilitadora y educativa de que dispone el retrasado mental es, sin lugar a dudas, el encuentro interpersonal en el amor. Nadie puede crecer en su vida, quererla y hacerla madurar, si no descubre su valor como persona en la mirada ajena.

Cualquier actitud que entorpezca el cultivo de esta dimensión en el minusválido psíquico no es éticamente aceptable.

La persona con deficiencia mental experimenta, como pocos, la desazón y el equilibrio interior que causa la soledad y se va abocada a buscar compensaciones para hacerle frente.

La persona sigue así la presión externa de tener que desear como propio aquello que le es impuesto, lo que constituye un simple sometimiento a las presiones sociales que conduce a anular la voluntad autónoma del sujeto. Podríamos decir que le deseo se ve reemplazado por un pseudodeseo y la propia identidad por una pseudoidentidad, quedando prácticamente anulados el deseo y el yo originales.

La persona se convierte en objeto, deja de ser un agente moral autónomo y permite que los demás guíen su existencia. Se produce un fenómeno de retroalimentación, que aumenta y agrava la inicial incapacidad del individuo, llevándolo a unos extremos que no son de suyo inherentes a su limitación.

En el terreno de su crecimiento afectivo-sexual, parece mucho más necesaria, hoy por hoy, la habilitación que la rehabilitación del individuo. Se entiende por habilitación el conjunto de iniciativas que conducen a remover las barreras sociales en orden a una mejor calidad de vida de la persona con deficiencia mental.

El deficiente mental ha de conocer sus propias limitaciones y amarse en ellas, para ser realista y no crearse falsas expectativas, que acostumbran a frustrar todavía más al sujeto, y experimentarse acogido, respetado y amado en ellas. En resumen, el afecto, la amistad y el amor son factores esenciales para el equilibrio y la maduración integral de la persona, también de aquella afectada con deficiencia menta. La acogida positiva que merece esta perspectiva no impide reconocer sus limitaciones y las dificultades que lleva aparejadas.

7. - EDUCACIÓN SEXUAL

Hay quien sigue discutiendo si es o no conveniente ofrecer esta clase de servicios a los alumnos y existe un cierto recelo a iniciar una acción educativa sistemática en este terreno. Esta situación se agrava en los centro de educación especial. Existe un clima de desorientación sobre qué conviene hacer en esta materia, que conlleva el peligro no leve del conformismo y la pasividad. En concreto, siguen existiendo personas que consideran que los deficientes mentales son incapaces de beneficiarse de una adecuada educación sexual y que lejos de contribuir a mejorar su calidad de vida, toda intervención educativa en este sentido lo único que consigue es perturbar aún más la vida del individuo y de sus padres y profesores, siendo así que los datos manifiestan lo contrario.

La realización de toda persona pasa por la integración de su sexualidad y su autorrealización como hombre o mujer. Frente a unos hechos que niegan en la práctica (y a veces también en la teoría) esta verdad, una oportuna educación sexual es imprescindible para mejorar la calidad de vida del discapacitado y respetar su dignidad humana.

Aunque es evidente esta necesidad de educación sexual, no se traduce así a la práctica. Tanto padres como educadores reconocen no estar suficientemente preparados para afrontar una educación sexual de calidad y critican el escaso material pedagógico existente que facilite dicha tarea.

7.1. - ¿ES CONVENIENTE DAR EDUCACIÓN SEXUAL A LAS PERSONAS CON DEFICIENCIA MENTAL?

El objetivo fundamental de la educación es proporcionar a los sujetos las habilidades necesarias para su mera supervivencia y para su inserción social, desarrollando al máximo sus potencialidades físicas y psíquicas. Es ayudar a la persona a conseguir su autoafirmación, hacerla cada vez más dueña de sí misma y más autónoma e independiente: si algo necesita el retrasado mental es precisamente esta colaboración.

Para su desarrollo normal, que le llevará a una existencia normal, es necesario que el discapacitado psíquico goce de libertad, que pueda convivir cómodamente con los demás, que le sean permitidas iniciativas personales.

Todos los humanos tenemos derecho a la educación, así se recoge en Constituciones y Declaraciones de los derechos humanos. La educación del retrasado mental se plantea los mismos objetivos que la educación en general: ofrecer el máximo de oportunidades a cada individuo para que alcance el mayor desarrollo posible de sus capacidades.

Se habla muy poco de las aspiraciones del deficiente mental, de sus necesidades, de sus gustos y preferencias. Sin embargo, de habla en exceso de su infantilismo, de su incapacidad para comprender y asumir responsabilidades. Pero la realidad es que desde siempre se les ha educado así, como si fueran niños eternos. Hay que pensar en el deficiente mental en términos de proyecto de vida y en una educación de cara a un objetivo de vida adulta, lo más autónoma y plena que permitan las capacidades del sujeto.

La extensión en calidad y cantidad del derecho a la educación de las personas con retraso mental es en sí misma el mejor instrumento para luchar contra la marginación a la que tradicionalmente han sido condenados.

La persona con deficiencia mental, por una parte, tiene derecho a vivir y manifestar su sexualidad y, por otra, tiene un derecho igualmente fundamental a una educación adaptada a su estado, que le lleve a alcanzar el mayor grado posible de autonomía, como ya se ha dicho. La unión de ambos derechos lleva a afirmar que el derecho a la educación engloba la enseñanza de los aspectos que conciernen a la afectividad y a la sexualidad, que no pueden ser negados sin graves perjuicios para el individuo.

Si consideramos que la sexualidad es una dimensión nuclear de la persona, un factor importante en el logro de su equilibrio psicosomático se ha de concluir que la educación sexual es un elemento principal del proceso educativo.

El objetivo es favorecer una conducta sexual positiva, ajustada, libre y responsable; en consecuencia, no se puede negar a los deficientes mentales el derecho que tienen a recibir una educación sexual de calidad que les permita ir conociendo, asumiendo y desplegando esa potencialidad que llevan dentro. La actitud correcta será aquella que permita el que estas personas lleven una existencia humana digna de este nombre, lo cual pasa por educar la dimensión afectivo-sexual del sujeto, cualquiera que sean sus limitaciones o incapacidades. Por tanto, la educación sexual de dichas personas es un derecho básico y el juicio contrario supone infravalorar la condición personal del deficiente mental.

7.2. - BIENESTAR DE LA PERSONA

El objetivo último es alcanzar el bienestar integral del retrasado mental, lo cual es un reto para el sistema de valores que usamos cuando juzgamos a los demás.

Una vez hemos reconocido el derecho de los deficientes mentales a una educación sexual de calidad, es tarea de los diversos agentes sociales hacerlo efectivo, preparándose adecuadamente.

En la educación de los retrasados mentales, tanto padres como profesores tienden a adoptar en este tema actitudes más conservadoras de las que ellos mismos viven, lo que dificulta alcanzar un consenso que favorezca un tratamiento natural de estas cuestiones.

La educación sexual debe hacer justicia a la riqueza significativa de la sexualidad humana y enmarcarse dentro de todo el proceso formativo de la persona. No puede reducirse a una simple información biológica o de los aspectos higiénicos y sanitarios inherentes al tema, como tampoco puede limitarse a ser una acción puntual, pues todo ello conduce a una comprensión escindida de la personalidad global del individuo.

La sexualidad adulta está al servicio de la capacidad de amar de la persona e integra en sí mismo tres dinamismos: genitalidad (amor físico) + eros (psicología y sensualidad) + gratuidad (amor, ágape). Todos estos aspectos deben ser tenidos en cuenta a la hora de proponer una educación sexual valida en el horizonte de la salud y el bienestar integral de la persona.

Las dificultades no pueden suponer una excusa para dimitir de la responsabilidad de afrontar con realismo y seriedad el tema de la necesaria educación sexual de los deficientes mentales. El hecho de que sea una cuestión compleja no es excusa tampoco para obviarse: será más necesario que nunca el diálogo franco de las diferentes partes involucradas y la formación permanente de todos ellos.

Los deficientes mentales son sexualmente activos; por ello y por su propia incapacidad, necesitan información y asesoramiento continuado en un lenguaje ajustado a su capacidad acerca de lo que implica la sexualidad. El hecho de negar que esa situación entraña un peligro (embarazo, enfermedades de transmisión sexual) si no se orienta sería negar la realidad. La ignorancia en estos casos es potencialmente peligrosa. Cuanto más se desenvuelven con los demás en el seno de la comunidad social, más riesgo existe de que, sin una educación sexual, esas personas sufran abusos y sean explotadas.

De manera especial, es fundamental la adecuada preparación del educador sexual y, en particular, es necesario que haya asumido su propia sexualidad de forma positiva y con madurez.

La educación social busca facilitar al niño y al joven el adecuado desarrollo de su sexualidad y afectividad para que vaya abandonando el narcisismo y el egoísmo iniciales y vaya aprendiendo a compartir con los demás, como medio privilegiado de encuentro interpersonal.

El proceso de socialización que vive el ser humano nada más nacer ejerce una influencia primordial en su desarrollo. En este orden de cosas, debe insistirse en la premura del proceso educativo: el modo en el que el individuo experimente la vida afectivo-sexual en los primeros estadios de su desarrollo será determinante para el futuro.

Cuando una persona llega a la vida adulta sin muchas perspectivas de futuro, cuando no se ha suscitado y formado un adecuado sentido de reserva y pudor, cuando las relaciones que se establecen son sólo con cuidadores pagados u otros individuos con discapacidad, no debe extrañar que se manifieste una gran fragilidad y que la interacción social esté gobernada en gran medida todavía por motivaciones inmaduras. Tener un amigo y establecer un vínculo estable con una persona del otro sexo es algo cualitativamente distinto y que va a posibilitar la maduración del sujeto y establecer nuevos vínculos cada vez mejores.

7.3. - PEDAGOGÍA Y NORMAS MORALES

Sobre el papel de las normas morales en la educación sexual de las personas con deficiencia mental, se debe ser consciente de que no hay un modelo único de entender y vivir la sexualidad.

El problema es la concreción histórica del significado de la vida afectivo-sexual a través del modelo moral, es decir, la relación entre el valor ético proclamado y el juicio moral concreto, entendiendo por valor aquello que construye a la persona y al grupo. Las normas morales han de formularse y entenderse:

  • No como expresiones de una moralidad absoluta; sí con validez general, es decir, en la mayoría de los casos.

  • Con una función dinámica y pedagógica, es decir, como expresiones generalizadoras del modelo moral, que ha de ser apropiado por cada persona en la realización concreta de su vocación.

A partir de estos criterios se puede hablar de normas sexuales. Hablamos no de una

moral relativa ni una moral de principios deontológico, sino una moral de la persona en situación. Sólo así las normas morales serán un instrumento para la libertad y la felicidad del individuo.

7. 4. - RESPONSABLES DE LA EDUCACIÓN SEXUAL

La institución familiar es el ámbito adecuado para la conformación del sujeto humano. Ella educa más por el ambiente que logra crear y el sistema de valores que adopta, aun de forma inconsciente, que por cualquier otro método. De la calidad de su familia dependerá el conseguir, o no, personalidades equilibradas, felices, responsables, en cada uno de sus miembros, tenga o no deficiencia. Esta función personalizadora se realiza en la familia a través de los siguientes dinamismos:

  • Propiciando la integración de todas las dimensiones del ser humano.

  • Abriendo cauces para el desarrollo de una genuina relación interpersonal.

  • Iniciando a los sujetos en la sabiduría humana, que son contenidos y valores, y que conduce al humanismo, concretándose en un proyecto de vida.

  • Educando para la convivencia con los demás en medio de la sociedad, capacitando a sus miembros para esa convivencia y abriéndolos a ella.

Por estas razones, cabe afirmar que es a los padres a quienes incumbe no sólo el

derecho, sino el deber fundamental de proporcionar la adecuada educación sexual a los hijos. Los agentes socializadores tienen la tarea de colaborar con los padres en su función, no sustituirla.

Para las familias con hijos disminuidos, el paso de un estadio evolutivo a otro puede ser muy estresante, particularmente si no se ha preparado y sorprende a los padres. Muchos padres están confusos ante esta amplia problemática y pueden sentir que la responsabilidad a la que deben hacer frente es aplastante.

Es importante comprender con sensibilidad y cariño las preocupaciones de estas familias e incorporarlas al trabajo de los profesionales, porque son el pilar básico del retrasado mental hacia la edad adulta. No sólo hay que comprender los problemas, sino que hay que organizar la prevención e implementar eficazmente los servicios terapéuticos y de apoyo.

La educación compete sobre todo a los padres. Sin embargo, si están solos ni esa tarea es absoluta, sino que tienen necesidad de la escuela, aunque sólo fuese para estar asistidos y apoyados en su difícil tarea y, si fuera necesario, para recibir ayuda a favor de los hijos.

La represión sexual es algo muy corriente todavía en muchas familias, particularmente en aquellas en las que existe un miembro con deficiencia mental. La actuación represiva sigue siendo posible, pero ya se comprobó que no resulta positiva ni para el individuo ni para el grupo social.

Familia y escuela son los dos ámbitos naturales para educar la sexualidad del ser humano en crecimiento, cada uno con una función concreta, propia y específica, siempre complementarias.

Los padres que ponen barreras a la acción educativa en este terreno no son conscientes de que si el profesional suprime toda actividad al respecto, el alumno obtendrá la información por otras vías, mucho más inadecuadas, que marcan el desarrollo psicosexual de individuo.

La escuela debe asumir su propia y específica competencia en esta materia, reconociendo y advirtiendo la importancia decisiva de este tema en la progresiva maduración y afianzamiento de la personalidad del retrasado mental. Los profesionales no pueden aceptar una delegación en blanco acerca de este cometido por parte de los padres, sino que deben colaborar con ellos y, si es necesario, suscitar la preocupación por estos temas y asumir en gran medida el peso de la tarea.

  • La relación entre padres y profesionales en torno a la educación sexual

El niño crece dentro y fuera de la familia, por tanto su educación sexual debe realizarse en los dos ámbitos, con diálogo y compromiso por parte de todos.

La educación sexual en la familia y en la escuela son distintas, pero complementarias entre sí y las dos son irrenunciables y necesarias. No es conveniente enfrentar las dos instancias educativas; es necesario promover la mutua colaboración en este campo tan importante, integradas en la unidad de un proyecto común.

Para lograr este compromiso es necesario que los padres estén preparados y animados. Sería muy positivo para ellos que asistieran a una “escuela de padres”. Hay que subrayar que se trata de un proyecto común, en el que deben colaborar y avanzar unidos, corrigiendo también juntos las posibles disfuncionalidades que se vayan observando.

7.5. - CONTENIDOS

El enfoque didáctico que debe estar presente en la educación sexual del deficiente mental no va dirigido directamente al logro de una gran cantidad de información que luego no pueda o no sepa utilizar el individuo, sino a desarrollar una interacción con su medio físico, cultural y social que le permita la construcción de esquemas de acción que repercutan en un desarrollo lo más completo posible de su personalidad, y, de este modo, le prepare para enfrentarse con la realización concreta y dinámica de su vida.

Cualquier acción educativa, para ser satisfactoria y merecer tal calificativo, tiene que pretender alcanzar dos objetivos básicos:

  • La adaptación del sujeto a su entorno

  • Proporcionar al sujeto las habilidades necesarias para mejorar su autonomía personal y su calidad de vida

      • Delimitación de los bloques temáticos

    Se trata de señalar, con un sentido más práctico y concreto, los principales objetivos específicos que debieran guiar la acción educativa en este ámbito.

    Habría que hablar de los siguientes objetivos concretos de la educación sexual:

    • Bienestar orgánico

    • Bienestar mental

    • Bienestar relacional

    Los resultados educativos dependerán de la correlación e integración de esos tres

    niveles, así como de la coordinación que tengan los diferentes educadores que están en contacto habitual con el educando.

    Por otra parte el mero hecho de que el deficiente mental sepa qué es lo más recto no

    asegura que lo vaya a escoger siempre, sino que a menudo sucederá lo contrario: no se trata de facilitar recetas o crear falsas e ingenuas seguridades, sino de ayudar al discapacitado a comprenderse a sí mismo como ser sexuado, asumiendo su capacidad de amor y entrega, cada vez con una mejor preparación, libertad y responsabilidad.

    • Relación de temas

    Proponemos ahora los temas que son más relevantes y que deberían formar parte de

    un programa de educación sexual dirigido a las personas con deficiencia mental. La relación no es cerrada, únicamente se proponen unos contenidos mínimos:

    • Corporeidad: signo de la verdad del ser humano. Esta parte del programa

    contendría los elementos médicos y biológicos de la sexualidad humana, lo que genéricamente se denomina la información sexual. Hay que poner en relación el desarrollo físico general y el desarrollo físico sexual. Hay que enseñar los nombres y las funciones de todas las partes del cuerpo. Tiene especial importancia el tratamiento de los aspectos reproductivos (concepción, embarazo y parto), en donde hay que abordar también la preparación para la maternidad / paternidad, la planificación familiar y la contracepción. Finalmente, hay que abordar todo lo que se refiere a la higiene sexual y a las enfermedades de transmisión sexual.

    • Conciencia de la propia intimidad y pudor. Serían los elementos psicológicos de

    la sexualidad humana. En este bloque hay que atender a todos los aspectos ligados a la madurez psicosocial de la sexualidad. Hay que abordar el temas de los sentimientos, la sensualidad o el erotismo, las relaciones sexuales y su significado como entrega y compromiso, la castidad. Mención aparte merecen el pudor y la intimidad personal. Se trata, sobre todo, de instruir al educando sobre los contactos malos e inconvenientes que debe evitar.

    Hay tres aspectos básicos que se deben enseñar:

      • Nadie tiene derecho a tocar tus partes íntimas.

      • Nadie tiene derecho a obligarte a tocar las partes íntimas de otro.

      • Si te piden que toques las partes íntimas de otro o si alguien toca las tuyas, no debes guardarlo como un secreto. Debes decírselo a tus padres, incluso si prometiste no hacerlo o te amenazan con que te ocurrirá algo horrible si lo cuentas.

    • El ejercicio de la sexualidad: felicidad, placer, amor y responsabilidad. Hay

    que hacer comprender al educando la importancia del afecto, de la estima personal y de la valoración del otro en las relaciones interpersonales, insistiendo en la necesidad de no utilizar a la otra persona para la consecución de la propia satisfacción sexual y en la idea de compromiso y estabilidad. La persona debe comprender que a mayor autonomía, mayor responsabilidad, y debe asumir que el ejercicio de su sexualidad tiene que estar presidido por criterios de respeto y responsabilidad, no por caprichos o impulsos egoístas y narcisistas.

    7.6. - METODOLOGÍA

    Uno de los criterios es la necesidad de no tratar nunca a un deficiente mental como a un niño normal más joven y del mismo nivel mental.

    El segundo criterio a tener en cuenta son las características evolutivas de los alumnos. Cada edad tiene unas características que habrá que observar también en el ámbito de la sexualidad. Se nace sexuado, pero el individuo se va haciendo sexualmente maduro

    El papel del educador es fundamental en el proceso educativo. Este debe saber interpretar la situación concreta en que se encuentran las personas a las que su acción va dirigida, y en particular, su intervención debe disminuir progresivamente a medida que el sujeto avanza, para potenciar las actitudes y posibilidades de ese adulto en gestación: la autonomía marca el final de su intervención y califica el nivel regulador de la conducta adulta.

    La psicología evolutiva debe guiar su actuación, pues le va a permitir contextualizar su intervención y proponer los contenidos más adecuados a cada edad y circunstancia. Todo educador debe conocer la especificidad de la sexualidad en cada etapa de desarrollo y los contenidos que no pueden obviarse.

    La educación en el amor presupone la individualidad y comunica el valor de ser alguien concreto y de no diluirse en un colectivo. Esto exige del educador establecer una relación personalizada con cada uno de los individuos que componen el grupo, asumiendo que el ser humano es una persona única e irrepetible.

    La educación debe estar personalizada en el sentido de adaptada al carácter, situación y manera de ser de cada educando, algo que siempre es importante y que se convierte en esencial cuando de la educación afectivo-sexual de los deficientes mentales se habla.

    • Medio ambiente adecuado

    Se trata de señalar la necesidad de que los ambientes formativos sean mixtos. La coeducación es una exigencia general de los actuales proyectos educativos y más si se trata de ofrecer una educación ajustada a lo que realmente es el ser humano. Este contexto coeducativo significa integrar los dos sexos en el ámbito educativo y convivencial. La educación mixta exige del educador: reconocimiento de la dignidad de cada género; conocer los rasgos originales de cada uno y las formas de manifestarse en cada etapa. Los objetivos específicos serían:

    • Facilitar las relaciones interpersonales de todo tipo

    • Enseñar a aceptar al otro tal y como es

    • Facilitar experiencias de integración y de afirmación personal

    • Ayudar al descubrimiento natural y espontáneo del otro sexo

    • Conseguir un clima de comunicación y confianza entre ambos sexos

    • Ofrecer canales de encuentro que faciliten ese acercamiento mutuo en la convivencia de cada día.

    La aceptación de la propia identidad sexual, la adquisición de rol de género, la

    actitud positiva o negativa hacia los estímulos sexuales, la seguridad o inseguridad emocional, la capacidad para expresar ternura en las relaciones, los modos de comunicación íntima, son elementos que no se aprenden tanto a través de una educación sexual formal como por la experiencia relacional con las personas de su entorno y por medio de los modelos que se observan en él.

    Los elementos del ambiente, en mayor o menor grado, contienen numerosos mensajes explícitos e implícitos de naturaleza sexual que ejercen una gran influencia educativa no sólo en los niños y adolescentes.

    No debe olvidarse que el retrasado mental tiende a amoldarse a su entorno con facilidad y que gran parte de su aprendizaje se realiza por imitación, tanto de modelos reales, como de modelos ejemplares.

    Se hace necesario crear un ambiente escolar y familiar que haga posible y facilite la educación afectiva y sexual. Este clima comprende las condiciones materiales del lugar de trabajo, pero sobre todo el clima humano que se establece. Se ha de asegurar un ambiente de confianza que permita hablar abiertamente y con naturalidad de la sexualidad y plantear las preguntas que consideren oportuno.

    Hay que ayudar a los educandos a establecer los valores apropiados, alentándolos mejor que censurándolos, proporcionando informaciones y respuestas ajustadas a sus preguntas, ofreciendo razones y motivos para las opciones que se hacen y que se pide que se hagan al alumno. Todo ello en un ambiente de cercanía, de camaradería, natural, positivo, sin tensiones, con paciencia y tranquilidad.

    Contradice esta norma, por ejemplo, la intervención brusca para bloquear hábitos inadecuados, como puede ser la manipulación de los genitales, bien sea en privado o en público. Esa represión debería realizarse siempre, por el contrario, con mucho tacto y finura, respetando las exigencias de los distintos estadios del desarrollo humano, evitando cualquier recurso a la intimidación y al miedo, fomentando una actitud positiva y de máximo respeto por la libertad y la intimidad de la persona. Se debe educar con y para el diálogo, en una escucha franca y abierta, que el alumno debe sentir.

    También hay que prestar atención al lenguaje que se utiliza, que deberá ser lo más objetivo posible. Hay que emplear las expresiones más adecuadas, lo cual significa que el lenguaje no ha de ser vulgar y que el educando debe entenderlo realmente. La claridad y la delicadeza deben conjugarse con un lenguaje técnico pero asequible al alumno.

    Para que la persona con deficiencia mental pueda encontrar un papel normalizado e integrado en la sociedad, es necesario que esté inserto en una solidaridad que, superando intereses de grupo, le preste un constante apoyo en todo el curso de su existencia sin que ello pueda suponer una menor valoración de su dignidad personal.

    Los deficientes mentales no necesitan estar siempre guiados por adultos que “buscan su bienestar” y quieren por ello someterlos a una tutela permanente, sino que requieren el derecho y la oportunidad de tomar sus propias decisiones, equivocándose, corrigiendo y volviendo a hacer.

    8. - CONCLUSIONES

    Lo más importante a la hora de tratar personas con deficiencia mental es tratarlos como personas, con más o menos limitaciones, pero personas por encima de todo. Por tanto, una labor fundamental es su integración en la sociedad así como que la sociedad tome conciencia de su responsabilidad hacia ellos.

    A veces se les trata como si no tuvieran sentimientos o se les infravalora, por eso la labor de integración debe empezar por su propio entorno, adaptándose a sus necesidades en la medida de lo posible e intentando que ellos se vean a sí mismos como uno más.

    Esta falta de integración es consecuencia de la poca información y desinterés que la mayoría de los miembros de la sociedad muestran hacia este colectivo. La falta de empatía, de solidaridad y de comprensión son sólo algunas de las reacciones que mayoritariamente observamos en nuestro entorno. Por ello, se hace necesaria una acción educativa inmediata encaminada a la concienciación y a la participación activa de todos los individuos que se mueven a su alrededor.

    Otro de los problemas más comunes que encontramos, ya dentro del contexto familiar, es la sobreprotección de los familiares, que lejos de ayudarles en su desarrollo dificultan su aprendizaje para desenvolverse por sí mismos y los alejan de la integración y de una vida digna.

    Las ayudas estatales que reciben ellos y sus familiares son insuficientes para cubrir las necesidades que presentan y se hace necesario el perfeccionamiento de programas de atención al deficiente.

    La educación sexual que reciben (o mejor dicho, que no reciben) estas personas resulta arcaica y antinatural, puesto que temas tan comunes como concepción, embarazo, etc. se tratan con un pudor exagerado y esto dificulta el aprendizaje. Reciben una educación para niños, sea cual sea su edad, por culpa de ese tópico tan extendido de que “son como niños grandes”, cuando esto es totalmente falso.

    Nuestra intención al realizar este trabajo ha sido ofrecer otra visión acerca de la realidad de estas personas, intentar demostrar que ante todo y sobre todo, son personas con las mismas necesidades afectivas, sociales y sexuales que tiene cualquiera de nosotros.

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