Antología de Poesía española y universal

Literatura. Humanismo. Cantar de Mio Cid. Las bodas de las hijas del Cid. La afrenta de Corpes. Celestina. Juan Boscan. Dante Alighieri. Garcilaso de la Vega. Gutierre de Cetina. Miguel de Cervantes. Lope de Vega. William Shakespeare. Luis Gongora

  • Enviado por: Polla Beoki
  • Idioma: castellano
  • País: México México
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ANTOLOGIA

Antología (del griego, anthos, 'flor', y légo, 'escoger'), colección de textos literarios seleccionados de un autor o de varios. La antología parte del principio de la lectura como selección.

El antólogo es un lector que, ateniéndose a principios más o menos racionales, combina textos insertándolos en un nuevo conjunto. El eje combinatorio puede ser histórico o temático, eligiendo como ejemplos los diferentes géneros literarios: poemas, cuentos, fragmentos novelescos, escenas teatrales, humor, citas y pensamientos. Está ligada a los cambios del gusto y de las modas literarias y muchas veces puede convertirse en el manifiesto poético o bibliografía (los poetas del poeta) de un escritor determinado, como ocurre con las Flores de poetas ilustres de Pedro de Espinosa o la Antología de Gerardo Diego. La antología más antigua es una de epigramas y poesías ligeras realizada en el año 90 a.C. por el poeta Meleagro. También debe citarse la Antología griega o Palatina, compilación del siglo X. Las literaturas árabe, persa y turca son ricas en antologías.

Las colecciones o compilaciones, como formas próximas a la antología, tuvieron gran importancia en la edad media y, concretamente, en España, en la difusión de los cuentos de origen oriental: Calila e Dimna, Barlam y Josaphat, el mismo Pero Alfonso con la Disciplina Clericalis, hasta su inserción en obras como el Libro de Buen Amor del arcipreste de Hita o el Conde Lucanor de don Juan Manuel. Mención aparte merecen los cancioneros de romances (el de Baena, en el siglo XV, o el General, del XVI), que permitieron la conservación y el disfrute de tan extensa producción poética. Ejemplos contemporáneos imprescindibles son la Antología de poetas líricos castellanos de Marcelino Menéndez y Pelayo, la Flor nueva de romances viejos de Ramón Menéndez Pidal, la antología de la poesía española de Blecua y Dámaso Alonso, la Antología de la literatura fantástica de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Bioy Casares o, entre muchas otras, Noche insular. Antología de la poesía cubana de Mihály Des. Alfonso Reyes, en su Teoría de la antología, sugiere humorísticamente "denunciar cierta poesía diabética" y componer un "Panal de América o Antología de la gota de miel".

LITERATURA

Literatura, término que designa un acto peculiar de la comunicación humana y que podría definirse, según la palabra latina que le da origen, como arte de escribir, escritura, alfabeto, gramática, conjunto de obras literarias.

Pero litteratura deriva a su vez del latín litterae, `letras, caracteres, escrito, obra literaria'. El término no apareció en todas las lenguas al mismo tiempo: francés littérature (1120), italiano letteratura (siglo XIII), inglés literature (1375), alemán Literatur, portugués y español literatura (siglo XV). Lo que no se puede olvidar nunca es que es un arte cuyas manifestaciones son las obras literarias, es decir, “creaciones artísticas expresadas con palabras, aun cuando no se hayan escrito, sino propagado boca a boca”, según la definición de Rafael Lapesa. Esta importante aclaración permite considerar como literatura todas las obras anteriores a la invención de la imprenta y, sobre todo, las que no se han transmitido por escrito sino oralmente, es decir, el amplio cuerpo del folclore, los cuentos tradicionales, los chistes y hasta los proverbios que corren en boca del pueblo.

PREHISTORIA

Prehistoria, término empleado para definir el periodo de la historia transcurrido desde el inicio del proceso de la evolución humana hasta la aparición de los testimonios escritos, así como la disciplina que se ocupa de su estudio.

La prehistoria es un periodo de la historia de la humanidad. El primero y el que más tiempo duró: desde que comenzó el proceso de evolución humana hasta que aparecieron textos escritos. Podríamos decir, por tanto, que un pueblo vive en la prehistoria hasta que escribe.

La arqueología se ocupa del estudio de la prehistoria. Los arqueólogos buscan y analizan los restos materiales que dejaron los primeros seres humanos. Gracias a la arqueología sabemos algo de la vida de nuestros antepasados: quiénes eran, dónde vivían, cuáles fueron los primeros instrumentos que fabricaron y sus primeras obras de arte...

Como fue un periodo muy largo, la prehistoria suele dividirse en dos grandes etapas o edades: la edad de piedra y la edad de los metales.

LA EDAD DE PIEDRA

La edad de piedra se llama así porque en aquel remoto tiempo los antepasados del ser humano comenzaron a fabricar, sobre todo con piedra, sus primeros instrumentos o útiles. También usaron otros materiales, como la madera; y los huesos, cuernos y tendones de los animales que cazaban.

Durante la edad de piedra se produjo el largo proceso de la evolución humana. Cuando la edad de piedra finalizó, ya existía el ser humano actual: ¡los científicos nos llaman Homo sapiens sapiens! Por el camino quedaron muchas especies parecidas al hombre, que se extinguieron o evolucionaron.

La edad de piedra se divide en tres periodos.

El paleolítico. Durante el paleolítico, que comenzó hace 2,5 millones de años, el hombre aprendió a tallar la piedra. Los seres humanos del paleolítico eran cazadores-recolectores. ¿Qué quiere decir esto? Sencillamente, que vivían de la caza y de la pesca, y de lo que recogían de las plantas (raíces, frutos).

El mesolítico. Se prolongó desde el final del paleolítico hasta el inicio del neolítico. El ser humano seguía cazando y recolectando para subsistir.

El neolítico. El hombre pulimentaba ya la piedra (es decir, la trabajaba con mayor precisión y podía construir útiles más sofisticados). Pero el gran cambio que se produjo durante el neolítico (puede que escuches la expresión revolución neolítica) es que nació la agricultura (aproximadamente hace 11.000 años, en el 9000 antes de Cristo). Debido a ello, el ser humano dejó de ser nómada (hasta ese momento, no tenía un hogar fijo) y se hizo sedentario (aparecieron así los primeros poblados). También comenzó a ser habitual la fabricación de piezas de cerámica.

LA EDAD DE LOS METALES

Llegó un momento de la prehistoria en que los pueblos dejaron de hacer sus instrumentos con piedra y pasaron a fabricarlos con metales (porque aprendieron las técnicas necesarias para ello). La edad de los metales se divide en tres periodos.

La edad del cobre. El cobre fue el primer metal utilizado por los seres humanos.

La edad del bronce. Se llama así porque el hombre empezó a utilizar el bronce, después de aprender a alear (mezclar) el cobre con otro metal: el estaño. Las antiguas culturas de Mesopotamia nacieron y se desarrollaron durante la edad del bronce. Al final de ese periodo surgieron también las primeras civilizaciones de Grecia.

La edad del hierro. Los utensilios pasaron a fabricarse con hierro. Comenzó en Oriente Próximo hace aproximadamente 3.200 años (aunque en la mayor parte de Europa no se inició hasta hace unos 1.300 años, y en América no se trabajó el hierro hasta la llegada de los europeos a finales del siglo XV de nuestra era). Los europeos de la edad del hierro pertenecieron, en su mayor parte, a la cultura celta. La edad del hierro acabó en casi toda Europa a medida que se producía en cada zona la conquista romana.

EDAD MEDIA

La edad media fue el periodo de la historia de Europa que transcurrió, aproximadamente, entre el siglo V y el siglo XV; desde el final del Imperio romano, hacia el año 476, hasta el descubrimiento europeo de América, en 1492. Lo que es lo mismo, la etapa que se desarrolló entre la edad antigua y la edad moderna.

Durante mucho tiempo, se ha considerado que la edad media fue un periodo de estancamiento cultural que tuvo lugar entre dos momentos más brillantes: la antigüedad clásica y el renacimiento. Hoy se tiende a valorar todo en su justa medida, por lo que se prefiere afirmar que la edad media fue una etapa más en la evolución histórica de Europa.

LOS COMIENZOS DE LA EDAD MEDIA (SIGLO V-SIGLO X)

Es difícil decir en qué año terminó la edad antigua y comenzó la edad media. Se suelen tomar como referencia dos acontecimientos muy importantes: el saqueo de Roma por los godos de Alarico I (410) y el derrocamiento del último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo (476). En cualquier caso, debes saber que son fechas aproximadas; sólo nos sirven como referencia.

Hubo un fenómeno que sí marcó de forma definitiva el inicio de la nueva era. Sucedió a finales del siglo V, cuando diversos pueblos germanos invadieron los territorios del Imperio romano y se asentaron en ellos. La cultura del Imperio romano no se perdió, pero el aspecto político de Europa cambio por completo durante los siguientes 300 años.

El comercio regular desapareció casi por completo, aunque la economía monetaria (basada en la venta a cambio de dinero) nunca dejó de existir de forma absoluta. Los campesinos quedaron vinculados a la tierra y pasaron a depender de los grandes propietarios para obtener su protección.

La principal figura de la época fue el emperador Carlomagno, rey de los francos y primer emperador del Sacro Imperio. En este periodo sólo hubo una institución con verdadero poder en toda Europa: la Iglesia.

Esta etapa acabó en el siglo X, cuando se produjeron las segundas invasiones germánicas; nuevos pueblos, como los vikingos o los magiares, entraron en la historia europea.

LA ALTA EDAD MEDIA (SIGLO X-SIGLO XIII)

Este periodo está ligado a un concepto fundamental. Recuérdalo, es muy importante: el feudalismo. ¿Sabes qué fue? Un sistema que establecía una serie de relaciones políticas y militares entre los miembros de la nobleza de Europa occidental. Se caracterizó por la concesión de feudos (casi siempre en forma de tierras y trabajo) por parte de un señor, a cambio de una prestación política y militar del vasallo. Ambos, señor y vasallo, eran hombres libres.

A mediados del siglo XI, renacieron la vida urbana y el comercio regular a gran escala, y se desarrollaron una sociedad y una cultura más complejas e innovadoras. La Iglesia católica seguía siendo la principal institución de Europa occidental. También se fundaron las primeras universidades.

El siglo XII supuso una nueva época dorada de la filosofía en Occidente. La escritura dejó de ser una actividad exclusiva del clero, y el resultado fue el florecimiento de una nueva literatura, escrita, por primera vez, en lenguas nacionales o vernáculas (aunque se siguió utilizando el latín). En la arquitectura, el románico alcanzó su perfección con la edificación de incontables edificios a lo largo de rutas de peregrinación en el sur de Francia y en España, especialmente, en el Camino de Santiago.

Durante esta etapa de la edad media, tuvo lugar otro fenómeno fundamental: las Cruzadas. Fueron una serie de expediciones guerreras (la primera tuvo lugar a finales del siglo XI) que iniciaron los reinos cristianos europeos, a petición del Papado, para liberar los Santos Lugares de Oriente Próximo que estaban en manos de los musulmanes.

Las principales creaciones artísticas del último siglo de la alta edad media fueron las catedrales de estilo gótico, los escritos filosóficos de santo Tomás de Aquino y la Divina Comedia, del escritor italiano Dante Alighieri.

LA BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS XIV Y XV)

En este periodo comenzaron a surgir los principales estados europeos; es decir, los países tal y como hoy los conoces. La lucha por el poder entre la Iglesia y esos estados se convertiría en un rasgo permanente de la historia de Europa. A mediados del siglo XV, los musulmanes conquistaron la capital del Imperio bizantino, Constantinopla. El Imperio bizantino había sido el heredero del Imperio romano en Oriente.

CANTAR DE MIO CID

El destierro del Cid.

1. -mención de los principales caballeros cristianos.

¡Qué bien que estaba luchando sobre su dorado arzón,

Don Ricardo de Vivar, ese buen Campeador!

Están con él Álvar Fáñez, el que Zurita mandó,

El buen Martín Antolinez, ese burgalés de pro,

Muño Gustioz que en la misma casa del Cid se crió,

Álvar Savadórez y el buen Álvar Alvaroz,

Ese Galindo Garcíaz, buen guerrero de Aragón,

Y el sobrino de Rodrigo, por nombre Félez Muñoz.

Con ellos la tropa entera del Cid en la lucha entró

A socorrer la bandera y su Cid al Campeador.

2.-Minaya, en peligro.-El Cid hiere a Fáriz.

Al buen Minaya Álvar Fañez le mataron el caballo

Pero a socorrerle fueron las mesnadas de cristianos.

La lanza tiene quebrada, a la espada metió mano,

Aunque luchaba de pie buenos tajos iba dando.

Ya le ha visto Mío Cid Ruy Díaz el Castellano,

Se va para un jefe moro que tenía buen caballo

Y con la mano derecha descárgale fuerte tajo,

Por la cintura le corta y le echa en medio del campo.

Al buen Minaya Alvar Fañez le fue a ofrecer el caballo.

“Cabalgad en él, Minaya, que vos sois mi diestro brazo.

Hoy todo vuestro apoyo me veo necesitado;

Muy firmes están los moros, no ceden aún el campo:

Es menester que otra vez fuertes les arremetemos”.

Montó a caballo Minaya y con su espada en la mano

Por entre las fuerzas moras muy bravo siguió luchando;

Enemigos que él alcanza la vida les va quitando.

Mientras tanto Mío Cid de Vivar el bienhadado

Al emir Fáriz tres tajos con la espada le ha tirado,

Le fallan los dos primeros, el tercero le ha acertado;

Ya por la loriga abajo va la sangre destilando,

Vuelve grupas el emir para escaparse del campo.

Por aquel golpe del Cid la batalla se ha ganado

3.-Gálve, herido y los moros, derrotados.

El buen Martín Antolinez un buen tajo a Galve da,

Los rubíes de su yelmo los parte por la mitad,

La lanza atraviesa el yelmo, a la carne fue a llegar;

El rey moro el otro golpe ya no lo quiso esperar.

Los reyes Fáriz y Galve derrotados están ya.

¡Qué buen día fue aquél, Dios, para la cristiandad!

Por una y por otra parte los moros huyendo van.

Los hombres de Mío Cid los querían alcanzar,

El rey Fáriz en Terrera se ha llegado a refugiar,

Pero a Galve no quisieron abrirle la puerta allá;

A Calatayud entonces a toda prisa se va.

Pero el Cid Campeador le persigue sin para

Y va detrás del rey moro hasta la misma ciudad.

4.-Minaya ve cumplido su voto.- Botín de la batalla.-El Cid pone un presente para el rey

Al buen Minaya Álvar Fáñez bueno le salió el caballo,

De esos moros enemigos ha matado a treinta y cuatro;

De tajos que dio su espada muy sangriento lleva el brazo:

Por más abajo del codo va la sangre chorreando.

Dijo Álvar Fañez: “Ahora ya contento me he quedado,

A Castilla las noticias en seguida irán llegando

De que en batalla campal victoria el Cid ha ganado”.

Muchos moros yacen muertos; pocos con vida dejaron,

Que al perseguirlos sin tregua alcance les fueron dando.

Van volviendo los guerreros de Mío Cid bienhadado;

Andaba el Campeador montado en su buen caballo,

La cofia lleva fruncida, su hermosa barba mostrando,

Echada atrás la capucha y con la espada en la mano.

A sus guerreros miraba, que ya se van acercando.

“Gracias al Dios de los cielos, Aquél que está allí en alto,

El campamento morisco los del Cid le saquearon,

Armas, escudos, riquezas muy grandes se han encontrado.

Los hombres de Mío Cid que en el campamento entraron

Se encuentran, de los moriscos, con quinientos diez caballos.

¡Gran alegría que andaba por entre aquellos cristianos!

Al ir a contar sus bajas tan sólo quince faltaron.

Tanto oro y tanta plata no saben dónde guardarlo;

Enriquecidos están todos aquellos cristianos

Con aquel botín tan grande que se habían encontrado.

Los moros que los servían al castillo se tornaron

Y aún mando el Campeador que les regalaran algo.

Gran gozo tiene Ruy Díaz, con él y todos sus vasallos

Repartir manda el dinero y aquellos bienes ganados,

En su quinta parte al Cid tocárosle cien caballos.

¡Dios, y que bien pagó Mío Cid a sus vasallos

a los que lucha a pie y a los que luchan a montados!

Muy bien que lo arregla todo Mío Cid el bienhadado,

Los hombres que van con él satisfechos se quedaron.

“Oídme, Álvar Fáñez Minaya, vos que sois mi diestro brazo:

de todas estas riquezas que el Creador nos ha dado

cuanto para vos queráis cogedlo con vuestra mano.

Para que se sepa allí, quiero a Castilla mandaros

Con nuevas de esta batalla que a moros hemos ganado.

Al rey Don Alfonso, al rey que de Castilla me ha echado

Cada uno con su silla, todos muy bien enfrenados,

Todos con sendas espadas de los arzones colgando”.

Dijo Minaya Álvar Fáñez: “Yo lo haré de muy buen grado”

Las bodas de las hijas del Cid.

Todos esa noche fueron a sus aposentos,

El Cid Campeador entró en el Alcázar;

Recibiéronlo doña Jimena y sus dos hijas:

-¿Llegasteis ya, campeador, que en buena hora ceñisteis espada?

¡Que os contemplemos largos años con nuestro propios ojos!

-¡Gracias a Dios, ya he llegado, mujer honrada!

Y os traído unos yernos que nos darán mucha honra;

¡Agradecédmelo, hijas mías, pues os he casado bien!

Doña Jimena y las hijas se muestran satisfechas

Mujer e hijas le besaron las manos

E hicieron lo mismo las damas que las servían;

-¡Gracias sean dadas a Dios y a vos, Cid, hermosa barba!

Todo lo que vos hacéis está bien hecho.

¡Nada les faltará mientras vos viváis!

-Bien ricas hemos de ser cuando nos caséis.

El Cid recela del casamiento

-Mi mujer, doña Jimena, sea lo que quiera Dios.

A vos os digo, hijas mías, doña Elvira y doña Sol,

Que con este casamiento ganaremos en honor,

Pero sabed que estas bodas no las he areglado yo:

Os ha pedido y rogado don Alfonso, mi señor.

Lo hizo con tanta firmeza, tan de todo corazón

Que a aquello que me pedía no supe decir que no.

Así en sus manos os puse, hijas mías, a las dos.

Pero en verdad os digo, é l os casa, que no yo.

A Jimena y a Rodrigo

Prendió el rey palabra y mano

De juntarlos para en uno

En presencia de Laín Calvo.

Las enemistades viejas

Con amor las olvidaron,

Que donde preside

Amor

Se olvidan quejas y agravios.

El rey dio al Cid a Valduerna,

A Saldaña y Belforado

Y a San Pedro de Cárdena,

Que en su hacienda vincularon.

Entrose a vestir de boda

Rodrigo con sus hermanos;

Quitose gola y arnés

Resplandeciente y grabado.

Púsose un medio botarga

Con unos vivos morados,

Calzas, valona tudesca,

De aquellos siglos dorados:

Eran de grana de polvo

Y de vaca los zapatos,

Con dos hebillas por cintas

Que le apretaban los lados;

Camisón redondo y justo,

Sin filetes ni recamos,

Que entonces el almidón

Era pan para muchachos;

Un jabón raso negro,

Ancho de manga, estofado,

Que en tres o cuatro batallas

Su padre lo había sudado;

Una acuchillada cuera

Se puso encima del raso,

En remembranza y memoria

De las muchas que había dado;

Una gorra de contray

Con una pluma de gallo;

Llevaba puesto un tudesco

En felpa todo aforrado;

La Tizona rabitiesa,

Del mundo temor y espanto,

En tiros nuevos traía

Que costaron cuatro cuartos.

Más galán que Gerineldos

Baja el Cid famoso al patio

Donde rey, obispo y grandes

En pie estaban aguardando.

Tras esto bajó Jimena,

Tocada en toca de papos,

Y no con estas quimeras

Que ahora llaman hurracos.

De paño de Londres fino

Era el vestido bordado;

Unas garnachas muy justas

Con un chapín colorado;

Un collar de ocho patenas

Con un San Miguel colgado,

Que aparecieron una villa

Solamente de las manos.

La afrenta de Corpes

Los Infantes de Carrión no son bien vistos entre los hombres del Cid por su cobardía.

Esto se hace más notable en dos acontecimientos que pertenecen a ese cantar el día en que un león se sale de la jaula mientras duerme el Cid y durante la batalla que los cristianos sostienen con las tropas del rey Buscar de Marruecos.

Una vez que la batalla sido ganada y que se a recogido un botín nunca soñado, los hombres del Cid regresan a Valencia.

El Cid felicita a sus yernos por su comportamiento lleno de valentía durante la lucha; pero ellos han tenido que soportar los comentarios de varios caballeros y creen que han tenido las alabanzas del Cid que son sino una burla llena de ironía.

Cansados los Infantes de esta situación deciden regresar a su tierra. Piden al Cid permiso para llevar a Carrión a sus mujeres para que conozcan a las nuevas heredaras.

Pero en realidad piensan vengar en ellas todos los desprecios recibidos.

El Cid esta muy lejos de imaginar la maldad que esta pretensión encierra, y los colma de regalos y los hace acompañar de escolta numerosa.

Al llegar al dobledal de Corpes los Infantes piden quedarse solos con sus esposas y allí las azotan cruelmente y las ultrajan.

Enterado el Campeador Ruy Díaz de Vivar, demanda justicia al rey en vez de tomar justicia por sus propias manos.

Se dirige al rey por ser el responsable de las bodas y debe de ser el encargado de aplicar el castigo a los Infantes de Carrión y de volver de esta manera su honor: “El rey fue quien caso a mis hijas toda mi deshonra de mi señor” Muñoz Gustios busca a el rey Con Alfonso en nombre del Cid.

Lo encuentra en Sahagun: allí entera al monarca de la afrenta del Cid retándole con detalle las ofensas que fueron victimadas Doña Sol y Doña Elvira.

El rey convoca a Cortes en Toledo para escuchar las dos partes y hacer justicia.

Pero asegura a Muñoz Gustios: “Aún de tamaña afrenta saldarán ellos maldecidos”, tanto es el amor de Don Alfonso por su vasallo.

Al cabo de siete semanas todos los vasallos del rey castellanos. Quizá la parte más dramática del poema se encuentra en las escenas de las Cortes de Toledo. Aquí el juglar se complace en pintarnos con caracteres de superioridad al Cid y a sus hombres encontraste, en miseria moral de sus enemigos.

A Ruy Díaz de Vivar el monarca da muestras constantes del afecto que profesa al Campeador lo sienta a su lado y no se cansa de mirarle la barba.

Don Alfonso consciente en todas las peticiones que el Cid pide la devolución de su dinero y de los regalos, pero sobre todo, la reparación de su honor mediante una lid. En ese momento se presentan los nuevos casamientos para las hijas del Cid, dos emisarios de Navarra y Aragón las solicitan para los Infantes herederos.

El desafío llevaba a cabo en la vaga de Carrión y don Fernando y Don Diego son vencidos por Pedro Bermúdez y Martín Antolinez que presenta al de Vivar.

Se efectúan las siguientes bodas de las hijas del Cid y así el Campeador emparienta con los reyes de España.

DANTE ALIGHIERI

Dante nació en Florencia, en los últimos días de mayo o los primeros de junio del año 1265, en el seno de una familia que pertenecía a la pequeña nobleza. Su madre murió cuando todavía era pequeño, y su padre al cumplir los 18 años. El acontecimiento más importante de la juventud de Dante Alighieri, según su propio testimonio, fue conocer, en el año 1274, a Beatriz, la mujer a quien amó y a la que exaltó como símbolo supremo de la gracia divina, primero en la Vida nueva y, más tarde, en su obra maestra, la Divina Comedia.

Los especialistas han identificado a Bice di Folco como la noble florentina Bice di Folco Portinari, que murió en 1290, con apenas 20 años. Dante sólo la vio en tres ocasiones y nunca habló con ella, pero eso fue suficiente para que se convirtiera en la musa inspiradora de casi toda su obra.

Se sabe muy poco acerca de la educación de Dante, aunque sus libros reflejan una amplia erudición que comprendía casi todo el conocimiento de la época. En sus comienzos recibió una gran influencia de las obras del filósofo y retórico Brunetto Latini, que aparece, por otro lado, como personaje destacado en la Divina Comedia. Hacia 1285 se encontraba en Bolonia, y se supone que estudió en la universidad de esa ciudad.

Durante las luchas políticas que tuvieron lugar en la Italia de aquellos años, se unió en un principio al bando de los güelfos, opuestos a los gibelinos (véase güelfos y gibelinos). En 1289 formaba parte del Ejército güelfo de la ciudad de Florencia que combatió en la batalla de Campaldino, en la que los güelfos vencieron a los gibelinos de Pisa y Arezzo. Por esa misma época se casó con Gemma di Manetto Donati, perteneciente a una destacada familia güelfa florentina.

Canto I.

A mitad del camino de la vida,

en una selva oscura me encontraba

porque mi ruta había extraviado.

¡Cuán dura cosa es decir cuál era

esta salvaje selva, áspera y fuerte

que me vuelve el temor al pensamiento!

Es tan amarga casi cual la muerte;

mas por tratar del bien que allí encontré,

de otras cosas diré que me ocurrieron.

Yo no sé repetir cómo entré en ella

pues tan dormido me hallaba en el punto

que abandoné la senda verdadera.

Mas cuando hube llegado al pie de un monte,

allí donde aquel valle terminaba

que el corazón habíame aterrado,

hacia lo alto miré, y vi que su cima

ya vestían los rayos del planeta

que lleva recto por cualquier camino.

Entonces se calmó aquel miedo un poco,

que en el lago del alma había entrado

la noche que pasé con tanta angustia.

Y como quien con aliento anhelante,

ya salido del piélago a la orilla,

se vuelve y mira al agua peligrosa,

tal mi ánimo, huyendo todavía,

se volvió por mirar de nuevo el sitio

que a los que viven traspasar no deja.

Repuesto un poco el cuerpo fatigado,

seguí el camino por la yerma loma,

siempre afirmando el pie de más abajo.

Y vi, casi al principio de la cuesta,

una onza ligera y muy veloz,

que de una piel con pintas se cubría;

y de delante no se me apartaba,

mas de tal modo me cortaba el paso,

que muchas veces quise dar la vuelta.

Entonces comenzaba un nuevo día,

y el sol se alzaba al par que las estrellas

que junto a él el gran amor divino

sus bellezas movió por vez primera;

así es que no auguraba nada malo

de aquella fiera de la piel manchada

la hora del día y la dulce estación;

mas no tal que terror no produjese

la imagen de un león que luego vi.

Me pareció que contra mí venía,

con la cabeza erguida y hambre fiera,

y hasta temerle parecía el aire.

Y una loba que todo el apetito

parecía cargar en su flaqueza,

que ha hecho vivir a muchos en desgracia.

Tantos pesares ésta me produjo,

con el pavor que verla me causaba

que perdí la esperanza de la cumbre.

Y como aquel que alegre se hace rico

y llega luego un tiempo en que se arruina,

y en todo pensamiento sufre y llora:

tal la bestia me hacía sin dar tregua,

pues, viniendo hacia mí muy lentamente,

me empujaba hacia allí donde el sol calla.

Mientras que yo bajaba por la cuesta,

se me mostró delante de los ojos

alguien que, en su silencio, creí mudo.

Cuando vi a aquel en ese gran desierto

«Apiádate de mí —yo le grité—,

seas quien seas, sombra u hombre vivo.»

Me dijo: «Hombre no soy, mas hombre fui,

y a mis padres dio cuna Lombardia

pues Mantua fue la patria de los dos.

Nací sub Julio César, aunque tarde,

y viví en Roma bajo el buen Augusto:

tiempos de falsos dioses mentirosos.

Poeta fui, y canté de aquel justo

hijo de Anquises que vino de Troya,

cuando Ilión la soberbia fue abrasada.

¿Por qué retornas a tan grande pena,

y no subes al monte deleitoso

que es principio y razón de toda dicha?»

«¿Eres Virgilio, pues, y aquella fuente

de quien mana tal río de elocuencia?

—respondí yo con frente avergonzada—.

Oh luz y honor de todos los poetas,

válgame el gran amor y el gran trabajo

que me han hecho estudiar tu gran volumen.

Eres tú mi modelo y mi maestro;

el único eres tú de quien tomé

el bello estilo que me ha dado honra.

Mira la bestia por la cual me he vuelto:

sabio famoso, de ella ponme a salvo,

pues hace que me tiemblen pulso y venas.»

«Es menester que sigas otra ruta

—me repuso después que vio mi llanto—,

si quieres irte del lugar salvaje;

pues esta bestia, que gritar te hace,

no deja a nadie andar por su camino,

mas tanto se lo impide que los mata;

y es su instinto tan cruel y tan malvado,

que nunca sacia su ansia codiciosa

y después de comer más hambre aún tiene.

Con muchos animales se amanceba,

y serán muchos más hasta que venga

el Lebrel que la hará morir con duelo.

Este no comerá tierra ni peltre,

sino virtud, amor, sabiduría,

y su cuna estará entre Fieltro y Fieltro.

Ha de salvar a aquella humilde Italia

por quien murió Camila, la doncella,

Turno, Euríalo y Niso con heridas.

Este la arrojará de pueblo en pueblo,

hasta que dé con ella en el abismo,

del que la hizo salir el Envidioso.

Por lo que, por tu bien, pienso y decido

que vengas tras de mí, y seré tu guía,

y he de llevarte por lugar eterno,

donde oirás el aullar desesperado,

verás, dolientes, las antiguas sombras,

gritando todas la segunda muerte;

y podrás ver a aquellas que contenta

el fuego, pues confían en llegar

a bienaventuras cualquier día;

y si ascender deseas junto a éstas,

más digna que la mía allí hay un alma:

te dejaré con ella cuando marche;

que aquel Emperador que arriba reina,

puesto que yo a sus leyes fui rebelde,

no quiere que por mí a su reino subas.

En toda parte impera y allí rige;

allí está su ciudad y su alto trono.

¡Cuán feliz es quien él allí destina!»

EL PARAÍSO CANTO III

                Aquel Sol que antes de amor me escaldó el pecho,

                de bella verdad me había descubierto

3               probando y reprobando, el dulce aspecto;

                y yo, por confesarme corregido y cierto

                yo mismo, tanto cuanto convenía

6               alcé la testa a proferirlo más en abierto;

                pero una visión advino que me retuvo

                a ella tan estrecho, al mostrarse,

9               que de mi confesión perdí el recuerdo.

                Cual de transparentes vidrios y tersos,

                o al mirar aguas nítidas y quietas,

12             no tan profundas que el fondo se pierda,

                vienen de nuestro rostro los trazos

                tan débiles, como perla en blanca frente

15             no llega menos clara a nuestras pupilas;

                tal vi yo muchas caras a conversar prontas;

                por donde yo caí en el error contrario

18             al que encendió amor entre un varón y una fuente.

                Súbito ya cuando me apercibí de ellas,

                creyéndolas espejados semblantes,

21             por ver de quiénes fueran, volví la vista;

                y no vi a ninguna, y me revolví adelante

                recto a la luz de la dulce guía,

24             que sonriendo ardía en sus ojos santos.

                No te maraville que me sonría,

                me dijo, de tu pueril pensamiento,

27             pues en la verdad tu pie aún no se afirma,

                mas te revuelves, como sueles, en vacío:

                sustancias veras son las que miras,

30             relegadas aquí por faltar a sus votos.

                Mas habla con ellas y oye y cree;

                que la veraz luz que los regala

33             de sí no deja que los pies aparten.

                Y yo a la sombra que más dispuesta parecía

                a razonar, me acerqué, y comencé

36             casi como a quien el mucho desear turba:

                ¡Oh bien creado espíritu, que de los rayos

                de vida eterna la dulzura sientes,

39             que, no gustada, nunca se entiende,

                de gracia me dejes tan contento

                de tu nombre y de tu suerte.

42             Por donde ella pronta y con ojos rientes:

                Nuestra caridad no cierra puertas

                a un justo querer, si bien no como aquella

45             que quiere semejante a sí toda su corte.

                Yo fui en el mundo virgen profesa:

                y si tu mente bien me contempla,

48             no te seré extraña por ser más bella,

                mas reconocerás que soy Piccarda,

                que, puesta aquí con estos otros beatos,

51             beata soy en la más tarda esfera.

                Nuestros afectos que sólo inflamados

                están del placer del Espíritu Santo,

54             se alegran en su orden conformados.

                Y esta suerte que parece baja tanto,

                empero nos fue dada, por descuidar

57             nuestros votos, faltos en algún flanco.

                Entonces yo: En vuestro aspecto

                admirable esplende un no se qué divino

60             que os trasmuta de vuestro primer diseño:

                razón porque no fui en recordaros presto;

                mas ahora me ayuda lo que tú me dices,

63             y tanto que figurarte me es ya más latino.

                Mas dime: vosotros que sois aquí felices,

                ¿deseáis encontraros en más alto sitio

66             para más ver y más haceros de amigos?

                Con las otras sombras sonrió primero un poco:

                a partir de ello mes respondió tan placentera

69             que arder parecía de amor del primer fuego;

                Hermano, nuestra voluntad aquieta

                la virtud de caridad, que nos hace querer

72             sólo lo que tenemos, y de otra cosa no nos saeta.

                Se deseáramos ser más supernas

                serían discordes nuestros deseos

75             del querer de aquel que aquí nos disgrega;

                pues verás que no cabe en estos giros,

                pues estar en caridad es aquí necesse,

78             y si su naturaleza bien consideras.

                Así es formal a este beato esse

                estar conforme a la divina voluntad

81             por la que se unifican las nuestras;

                así que, estar de umbral a umbral

                por este reino, a todo el reino place

84             y al rey que a su querer cada uno pone.

                Y en su voluntad está nuestra paz:

                ella es aquel mar al cual todo fluye,

87             lo que ella crea y lo que natura hace.

E

NEZAHUALCOYOTL

Nezahualcóyotl (1402-1472), soberano chichimeca (1418-1472) de Texcoco (Tezcoco). Era hijo del señor de Texcoco, Ixtlilxóchitl, y de Matlalcihuatzin, hija del señor de Tenochtitlán, Huitzilíhuitl. Su padre fue muerto por orden de Tezozómoc, señor de Azcapotzalco, escena presenciada por el joven Nezahualcóyotl. Declaró la guerra a Maxtla, descendiente de Tezozómoc. Tras varios combates, los tezcocanos y los aztecas lograron vencer al ejército tecpaneca. Maxtla fue muerto por el mismo Nezahualcóyotl. Consumado el dominio del valle de México, Texcoco, Tenochtitlán y Tacuba formaron la Triple Alianza, en 1431.

Reorganizó el gobierno y dictó leyes que fortalecieron al Estado. Se encargó de la construcción del acueducto de agua potable para México. Compuso numerosos cantos y poemas, de los que se conservan unos 30, donde planteaba profundos problemas filosóficos. En su honor, un municipio y una ciudad en el estado de México llevan su nombre.

Formación de la Triple Alianza Itzcóatl unió a los mexica de Tenochtitlán en una coalición junto con su sobrino, Nezahualcóyotl de Texcoco, y la ciudad-estado de Tlacopan. Tenochtitlán llegó a ser en el principal centro de poder, dirigiendo un imperio de unos seis millones de habitantes que se extendía en su mayor parte por el oeste de Mesoamérica.

Durante la primera mitad del siglo XV surgió en el valle de Anáhuac (valle de México) una confederación entre las ciudades de Tenochtitlán y Tlacopan y el reino de Acolhuacan, que se constituyó con el objeto de derrotar a los tepanecas y, tras ser absorbida por el esplendor azteca, desapareció a la llegada de los conquistadores españoles a principios del siglo siguiente.

RENACIMIETNO

Renacimiento, periodo de la historia europea caracterizado por un renovado interés por el pasado grecorromano clásico y especialmente por su arte. El renacimiento comenzó en Italia en el siglo XIV y se difundió por el resto de Europa durante los siglos XV y XVI. En este periodo, la fragmentaria sociedad feudal de la edad media, caracterizada por una economía básicamente agrícola y una vida cultural e intelectual dominada por la Iglesia, se transformó en una sociedad dominada progresivamente por instituciones políticas centralizadas, con una economía urbana y mercantil, en la que se desarrolló el mecenazgo de la educación, de las artes y de la música.

El término `renacimiento' lo utilizó por vez primera en 1855 el historiador francés Jules Michelet para referirse al “descubrimiento del mundo y del hombre” en el siglo XVI. El historiador suizo Jakob Burckhardt amplió este concepto en su obra La civilización del renacimiento italiano (1860), en la que delimitó el renacimiento al situarlo en el periodo comprendido entre el respectivo desarrollo artístico de los pintores Giotto y Miguel Ángel, y definió a esta época como el nacimiento de la humanidad y de la conciencia modernas tras un largo periodo de decadencia.

La más reciente investigación ha puesto fin al concepto de la edad media como época oscura e inactiva y ha mostrado cómo el siglo previo al renacimiento estuvo lleno de logros. Gracias a los scriptoria (aulas dedicadas al estudio) de los monasterios medievales se conservaron copias de obras de autores latinos como Virgilio, Ovidio, Cicerón y Séneca. El sistema legal de la Europa moderna tuvo su origen en el desarrollo del Derecho civil y del Derecho canónico durante los siglos XII y XIII, y los pensadores renacentistas continuaron la tradición medieval de los estudios de gramática y retórica. En el campo de la teología, durante el renacimiento se continuaron las tradiciones medievales del escolasticismo y las establecidas por las obras de santo Tomás de Aquino, Juan Escoto y Guillermo de Ockham. El platonismo y el aristotelismo fueron cruciales para el pensamiento filosófico renacentista. Los avances en las disciplinas matemáticas (también en la astronomía) estaban en deuda con los precedentes medievales. Las escuelas de Salerno y Montpellier fueron destacados centros de estudios de medicina durante la edad media.

El renacimiento italiano fue sobre todo un fenómeno urbano, un producto de las ciudades que florecieron en el centro y norte de Italia, como Florencia, Ferrara, Milán y Venecia, cuya riqueza financió los logros culturales renacentistas. Estas mismas ciudades no eran producto del renacimiento, sino del periodo de gran expansión económica y demográfica de los siglos XII y XIII. Los comerciantes medievales italianos desarrollaron técnicas mercantiles y financieras como la contabilidad o las letras de cambio. La creación de la deuda pública (concepto desconocido en épocas pasadas) permitió a esas ciudades financiar su expansión territorial mediante la conquista militar. Sus mercaderes controlaron el comercio y las finanzas europeas; esta fluida sociedad mercantil contrastaba claramente con la sociedad rural de la Europa medieval. Era una sociedad menos jerárquica y más preocupada por sus objetivos seculares.

HUMANISMO

Humanismo, en filosofía, actitud que hace hincapié en la dignidad y el valor de la persona. Uno de sus principios básicos es que las personas son seres racionales que poseen en sí mismas capacidad para hallar la verdad y practicar el bien. El término humanismo se usa con gran frecuencia para describir el movimiento literario y cultural que se extendió por Europa durante los siglos XIV y XV. Este renacimiento de los estudios griegos y romanos subrayaba el valor que tiene lo clásico por sí mismo, más que por su importancia en el marco del cristianismo.

El movimiento humanista comenzó en Italia, donde los escritores de finales de la edad media Dante, Giovanni Boccaccio y Francesco de Petrarca contribuyeron en gran medida al descubrimiento y a la conservación de las obras clásicas. Los ideales humanistas fueron expresados con fuerza por otro estudioso italiano, Giovanni Pico della Mirandola, en su Oración, obra que trata sobre la dignidad del ser humano. El movimiento avanzó aún más por la influencia de los estudiosos bizantinos llegados a Roma después de la caída de Constantinopla a manos de los turcos en 1453, y por la creación de la Academia platónica en Florencia. La Academia, cuyo principal pensador fue Marsilio Ficino, fue fundada por el hombre de Estado y mecenas florentino Cosme I de Medici. Deseaba revivir el platonismo y tuvo gran influencia en la literatura, la pintura y la arquitectura de la época.

La recopilación y traducción de manuscritos clásicos se generalizó, de modo muy significativo entre el alto clero y la nobleza. La invención de la imprenta de tipos móviles, a mediados del siglo XV, otorgó un nuevo impulso al humanismo mediante la difusión de ediciones de los clásicos. Aunque en Italia el humanismo se desarrolló sobre todo en campos como la literatura y el arte, en Europa central, donde fue introducido por los estudiosos alemanes Johannes Reuchlin y Philip Melanchthon, el movimiento penetró en ámbitos como la teología y la educación, con lo que se convirtió en una de las principales causas subyacentes de la Reforma.

Uno de los estudiosos más importantes en la introducción del humanismo en Francia fue Erasmo de Rotterdam, que también desempeñó un papel principal en su difusión por Inglaterra. Allí, el humanismo fue divulgado en la Universidad de Oxford por los estudiosos William Grocyn y Thomas Linacre, y en la Universidad de Cambridge por Erasmo y san Juan Fisher. Desde las universidades se extendió por toda la sociedad inglesa y allanó el camino para la edad de oro de la literatura y la cultura que llegaría con el periodo isabelino.

SIGLO DE ORO ESPAÑOL

sta época es comúnmente conocida como Siglo de Oro. Aunque no hay coincidencia unánime de opciones acerca de su principio y de su término, la ubicaremos, respetando el criterio más generalizado, en los siglos XVI- casi completo- y buena parte del siglo XVII.

En las manos de los reyes se fue concentrando el poder hasta que devino el absolutismo.

La literatura acompaña a la nación española en sus momentos de ascensión, de plenitud y de decadencia.

e afirmo definitivamente la conciencia renacentista y se agregó a ella la reacción de rasgos feudales de valor duradero.

Se formó, así, una amalgama de caracteres que recibe el nombre de barroco.

Sus signos distintivos son el adorno profuso, que llegaba a veces hasta el retorcimiento, y la hondura humana, que busca siempre hacer suyos todos los caminos, agotar todos los recursos, aprovechar todas las posibilidades.

Viven su momento las odas que exaltan lo heroico y lo grandioso, las empresas colosales; los cantos grandilocuentes, sonoros y extensos; las elegías profundas y dolientes; las descripciones lijas.

La verdad se esconde tras el velo del soslayo.

Se usa el retruécano, la paradoja, la contradicción, el doble sentido; se remarca lo grotesco; se emplea la sátira como filo cortante; se elevan a asunto central los hechos inmediatos, comunes y corrientes, de la vida diaria; el pueblo aparece como personaje principal en obras y representaciones; se plantea, como objetivo vital, el derecho de todos los hombres a la justicia natural.

LAS ESCUELAS SALMANTINA Y SEVILLANA

El apego a una u otra manera fue produciendo paulatinamente una diferenciación en la poesía. Por un lado se usaba un lenguaje sencillo y llano, mientras por el otro, se cultivaba en extremo el adorno de la forma.

Surgieron entonces las escuelas salmantina y sevillana. Sus principales sostentadores fueron Fray Luis de León y Fernando de Herrera.

CULTERANISMO Y CONCEPTISMO

Llevadas a su máxima expresión tales tendencias desembocan en el culteranismo y en el conceptismo. Estos movimientos fueron representados por Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. Con ellos, la poética arriba a su esplendor óptimo y se inicia la decadencia.

LA NOVELA PICARESCA

Alrededor de la riqueza pulula siempre gante que busca aprovecharse de ella, poniendo en juego el menor esfuerzo posible y recurriendo a todos los ardides, lícitos o no. Nace así el pícaro. No es un ladrón declarado, mas tampoco una persona netamente honesta. El pícaro huye, más bien, del trabajo físico, del esfuerzo sostenido, de la obligación sistemática. Por lo general, se trata de individuos del pueblo que buscan compensar los desniveles que la desigualdad social les impone, empleando, para ello, una incipiente desvergüenza y una buena dosis de astucia.

La sociedad hispana del siglo de oro produjo pícaros al por mayor, inclusive entre las clases encumbradas. La literatura los retrató mediante la novela picaresca. Es ésta una variedad novelística típicamente española. Se manifiesta con caracteres populares, realistas de lenguaje y directo, satíricos.

Aparecieron novelas picarescas en profusión. La iniciadora del ímpetu, que se conserva como la fundamental, es El Lazarillo de Torres de autor anónimo. Le siguen El Buscón, de Francisco de Quevedo; Guzmán de Alfarache, escrita por Mateo Alemán; Marcos de Obregón, salida de la pluma de Vicente Espinel; el Diablo Cojuelo, de Luis Velez de Guevara; Estebanillo Gonz{alez, cuya historia cuenta él mismo; La pícara Justina, de Francisco López de Ubeda, y otras muchas.

CELESTINA

ACTO SEGUNDO

Partida Celestina de Calixto para su casa, queda Calixto hablando con Sempronio, criado suyo; al cual, como quien en alguna esperanza puesto está, todo aguijar le parece tardanza. Envía de sí, a Sempronio, a solicitar a Celestina para el consabido negocio. Quedan entre tanto Calixto y Pármeno juntos rezongando.

(SEMPRONIO, CALIXTO Y PARMENO)

CALIXTO.

Hermanos míos: cien monedas di a la madre. ¿Hice bien?

SEMPRONIO.

¡Ay si hiciste bien! Allende de remediar tu vida, ganaste muy gran honra. ¿Y para qué es la fortuna favorable y próspera sino para servir la honra, que es el mayor de los mundanos bienes? Que ésta es premio y galardón de la virtud. Y por eso la damos a Dios, porque no tenemos mayor cosa que le dar; la mayor parte de la cual consiste en la libertad y franqueza. A ésta los duros tesoros comunicables la oscurecen y pierden, y la magnificencia y liberalidad la ganan y subliman. ¿Qué aprovecha tener lo que se niega aprovechar? Sin duda te digo que mejor es el uso de las riquezas que la posesión de ellas. ¡Oh qué glorioso es el dar! ¡Oh qué miserable es el recebir! Cuanto es mejor el acto que la posesión, tanto es más ser más activo, es más noble, y en las esferas, puesto en más noble lugar. Y dicen algunos que la nobleza es una alabanza que proviene de los merecimientos y antigüedad de los padres; yo digo que la ajena luz nunca te hará claro si la propia no tienes. Y por tanto, no te estimes en la claridad de tu padre, que tan magnífico fue, sino en la tuya. Y así se gana la honra, que es el mayor bien de los que son fuera de hombre. De lo cual, no el malo, mas el bueno, como tú es digno que tenga perfecta virtud. Y aun te digo que la virtud perfecta no pone que sea hecha con digno honor. Por ende, goza de haber sido así magnífico y liberal. Y de mi consejo, tórnale a la cámara y reposa, pues que tu negocio en tales manos está depositado. De donde ten por cierto, pues el comienzo lleva bueno, el fin será muy mejor. Y vamos luego, porque sobre negocio quiero hablar contigo más largo.

CALIXTO.

Sempronio: no me parece buen consejo quedar yo acompañado y que vaya sola aquella que busca el remedio de mi mal; mejor será que vayas con ella y la aquejes, pues sabes que de su diligencia pende mi salud; de su tardanza, mni pena; de su olvido, mi desesperanza. Sabido eres, fiel te siento, por buen criado te tengo. Haz de manera que en sólo verte ella a ti, juzgue la pena que a mi queda

Y fuego que me atormenta. Cuyo ardor me causó no poder mostrarle la tercia parte desta mi secreta enfermedad, según tiene mi lengua y sentido ocupados y consumidos. Tú, como hombre libre de tal pasión, hablarla has a rienda suelta.

SEMPRONIO.

Señor: querría ir por cumplir tu mandado, querría cuidar por aliviar tu cuidado. Tu temor me aqueja, tu soledad me detiene. Quiero tomar consejo con la obediencia, que es ir y dar a la vieja. ¿Mas cómo iré? Que en viéndote solo dices desvaríos de hombre sin seso, suspirando, gimiendo, mal trovando, holgando con lo oscuro, deseando soledad, buscando nuevos modos de pensativo tormento. Donde, si perseveras, o de muerto o loco mo podrás escapar, si siempre no te acompaña quien te allegue placeres, diga donaires, tenga canciones alegres, cante romances, cuente historias, que sepa buscar todo género de dulce pasatiempo para no dejar trasponer tu pensamiento en aquellos crueles desvíos que recebiste de aquella señora en el primer trance de tus amores.

CALIXTO.

¿Cómo, simple? ¿No sabes que alivia la pena llorar la causa? ¿Cuánto es dulce a los tristes quejar su pasión? ¿Cuánto relievan y disminuyan los lacrimosos gemidos el dolor?Cuantos escribieron consuelos no dicen otra cosa.

SEMPRONIO.

Lee más adelante, vuelve la hoja: hallarás que dicen que fiar en lo temporal y buscar materia de tristeza que es igual género de locura. Y aquel Macías ídolo de los amantes, del olvido porque le olvidaba, se quejaba. En el contemplar está la pena de amor, en el olvidar el descanso. Huye de tirar coces al aguijón. Finge alegría y consuelo, y serlo ha. Que muchas veces la opinión trae las cosas donde quiere, no para que mude la verdad, pero para moderar nuestro sentido y regir nuestro juicio.

CALIXTO

Sempronio amigo, pues tanto sientes mi soledad, llama a Parmeno y quedará conmigo, y de aquí adelante sé, como sueles, leal, que en el servicio del criado está el galardón del señor. Pármeno.

PARMENO.

Aquí estoy, señor.

CALIXTO.

Tú, Pármeno, ¿qué te parece de lo que hoy ha pasado? Mi pena es grande, Melibea alta, Celestina sabia y buena maestra destos negocios. No podemos errar. Tú me la has aprobado, con toda tu enemistad. Yo te creo. Que tanta es la fuerza de la verdad, que la lenguas de los enemigos trae a su mandar. Así que, pues ella es tal, más quiero dar a ésta cien monedas que a otra cinco.

PARMENO.

¿Ya lloras? (¡Duelos tenemos! ¡En casa se habrán de ayunar estas franquezas!)

CALIXTO.

Pues pido tu parecer, seme agradable, Pármeno. No abajes la cabeza al responder. Más, como la envidia es triste, la tristeza sin lengua, puede más contigo su voluntad que mi temor. ¿Qué dijiste, enojoso?

PARMENO.

Digo, señor, que irán mejor empleadas tus franquezas en presentes y servicios a Melibea, que no dar dineros aquella que yo me conozco, y lo que peor es, hacerte su cautivo.

CALIXTO.

Porque a quien dices al secreto das tu libertad.

JUAN BOSCAN

Poeta español. Se asegura que nació por el año de 1493 y que murió{o en 1542 en Barcelona.

Fue ayo del Duque de Alba; viajó varias veces a Italia, contrajo matrimonio con doña Ana Girón de Rebolledo, dama culta, quien, después de muerto Boscán, se dio a la tarea de publicar su producción poética.

Gracilazo de la Vega fue amigo entrañable de este poeta y tiene el mérito de haber perfeccionado los metros italianos que Boscán ensayo por primera vez en España.

Tradujo en prosa El cortesano, de Castiglione. A Boscán lo inmortaliza el hecho de haber contribuido a la renovación literaria, con la implantación de las formas italianas que Gracilazo perfecciona.

SONETO

Dulce soñar y dulce congojarme,

Cuando estaba soñando que soñaba;

Dulce gozar con lo que me engañaba,

Si un poco más durara el engañarme.

Dulce no estar en mí, que figurarme

Podía cuanto bien yo deseaba;

Dulce placer, aunque me importunaba,

Que alguna vez llegara a despertarme.

¡oh, sueño, cuanto mas leve y sabroso

me fueras, si vinieras tan pesado,

que asentaras en mí con más reposo!

Durmiendo en fín, fui bienaventurado:

Y es justo en la mentira ser dichoso,

Quien siempre en la verdad fue desdichado.

SONETO

Si en mitad del dolor tener memoria

Del pasado placer es gran tormento,

Así también en el contentamiento

Acordarse del mal pasado es gloria.

Por do, según el curso desta historia,

No hay cosa que me venga al pensamiento

Que toda no se vuelva en un momento

En lustre y a favor de mi victoria.

Como en la mar, GRACILA de la tiniebla,

Pone alborozo, el asomar el día,

Y entonces fue placer la noche escura.

Así en mi GRACILA (ida la niebla)

Levanta en mayor punto la alegría

El pasado dolor de la tristura.

GRACILASO DE LA VEGA.

Escritor e historia peruano. Nació en Cuzco en 1540 y murió en Córdoba, España, en 1615.

Tenía parentesco con el poeta español Gracilazo de la Vega y por la línea materna, con el rey de los incas, Atahualpa.

Vivió muchos años en España; su obra literaria le señala como un buen prosista.

Tradujo los Diálogos de amor, de León Hebreo. Inspirado en la tradición peruana, narra muchos episodios históricos de su pueblo, en los Comentarios reales, Historia general del Perú y la Florida del Inca.

SONETO.

Escrito está en mi alma vuestro gesto,

Y cuando yo escribir de vos deseo;

Vos sola lo escribistes, yo lo leo

Tan sólo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;

Que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,

De tanto bien lo que no entiendo creo,

Tomando ya la fe por propuesto.

Yo no nací sino para quereros;

Mi alma os ha cortado a su medida;

Por hábito del alma misma os quiero.

Cuanto tengo confieso yo deberos;

Por vos nací, por vos tengo la vida,

Por vos he de morir y pos vos muero.

SONETO.

En tanto que de rosa y azucena

Se muestra la color en vuestro gesto,

Y que vuestro mirar ardiente, honesto,

Enciende el corazón y lo refrena,

Y en tanto que el cabello, que en la vena

Del oro se escogió, con vuelo presto,

Por el hermoso cuello blanco, enhiesto,

El viento mueve, esparce y desordena;

Coged de vuestra alegre primavera

El dulce fruto, antes que el viento airado

Cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,

Todo lo mudará la edad ligera,

Por no hacer mudanza en su costumbre.

SONETO

¡Oh, dulces prendas, por mi mal halladas,

dulces y alegres cuando Dios quería!

Juntas estáis en la memoria mía,

Y con ella en mi muerte conjuradas.

¿Quién me dijera, cuando en las pasadas

horas en que tanto bien por vos me vía,

que me habíades de ser en algún día

con tan grave dolor representadas?

Pues en una hora junto me llevastes

Todo el bien que por término me distes,

llevadme junto al mal que me dejastes.

Si no, sospecharé que me pusistes

En tantos bienes, porque deseastes

Verme morir entre memorias tristes.

GUTIERRE DE CETINA

Poeta y soldado español, nacido en Sevilla, uno de los primeros petrarquistas castellanos; sirvió a Carlos V en Italia y Alemania.

Marcho a México, donde murió en circunstancias un tanto confusas. Adopto como nombre poético Vandalio .

Sus madrigales alcanzaron una extraordinaria difusión.

Escribió también muchos sonetos, canciones, estancias y epístolas, y en prosa, Paradoja en defensa de los cuernos y Dialogo entre la cabeza y la gorra.

Escribió también ciento cuarenta y cuatro sonetos; once canciones, nueve estancias y diecisiete epístolas. Canto al amor en exquisitos madrigales.

MADRIGAL.

Ojos claros, serenos,

Si de dulce mirar sois alabados,

¿Por qué, si me miráis, miráis airados?

Sí cuando más piadosos,

Más bellos parecéis a aquel que os mira,

No me miréis con ira,

Porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay tormentos rabiosos!

Ojos claros serenos,

Ya que así me miráis, miradme al menos.

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

El más ilustre de los escritores españoles. Nace en Alcalá de Henares el 29 de septiembre de 1547.

La condición económica de sus padres, precaria e insuficiente para sostener una numerosa familia, los obliga a trasladarse a Sevilla, posteriormente van a Madrid, lugar en que Cervantes continúa sus estudios con el maestro Juan López de Hoyos.

Posteriormente presta servicios como camarero del cardenal Julio Acquaviva y le acompaña a Roma.

Se alista en la milicia y participa en la gloriosa batalla de Lepanto en la que recibe dos arcabuzazos que le inutilizan el brazo izquierdo para el resto de su vida.

Estuvo cinco años prisionero en Argel; rescatado gracias a la intervención de los padres trinitarios y por colectas publicas que se hicieron, vuelve a Sevilla y su mala suerte le complica en líos judiciales, por lo que se le encarcela.

Entre esas dificultades y privaciones escribe su obra maestra, con la cual se inmortaliza: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, monumento de la literatura española.

Además de esa obra genial, Cervantes escribe obras teatrales: El cerco de Numancia y El trato de Argel. En sus Novelas ejemplares se manifiesta también como el mejor, prosista de su tiempo, La ilustre fregona, Rinconete y Cortadillo, La española inglesa, Las dos doncellas, El casamiento engañoso, El coloquio de los perros, El Licenciado Vidriera, son algunas de ellas.

En verso escribió: El viaje al Parnaso, poema escrito en tercetos y un buen número de poemas líricos breves.

Este genio de la literatura, conocido también como el Príncipe de las Letras Españolas, El príncipe de los Ingenios y El Manco de Lepanto, murió en Madrid, el 23 de abril de 1616.

EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA

En un lugar de la Manche de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza de astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, y algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflas de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años: era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben), aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba Quijana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.

Es, pues de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta aflicción y gusto, que olvidó casi todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intrincadas razones suyas le parecían de perlas y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura”. Y también cuando leía: “los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza”.

Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelabase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo. Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís deba y recibía. Porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales.

Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y darle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.

Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto, graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas ámese Micolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de valentía no le iba en zaga.

En resolución, el se enfrasco tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio. Llénasele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero duque no tenía que ver con el caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncestria de Hércules cuando ahogó a Ateneo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, el solo era afable y bien criado, pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldo de Montalbán, y más cuando lo veía salir de su ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coses al traidor de Galalón, al ama que tenía y aun a su sobrina de añadidura.

En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el ,más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginabas el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio prisa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que tomadas de orín y llenas de moho. Luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderézalas lo mejor que pudo; pero vio que tenían una gran falta y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacía una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada sacó su espada y le dio dos golpes y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y por asegurarse de este peligro, la tornó a hacer de nuevo poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza y sin querer hacer una nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.

Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fiut, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid, con el se igualaban.

Cuatro días se le pasaron en imaginar que nombre le pondría porque (según se decía él a sí mismo) no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido antes de que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que mundano su señor estado, mudase él también el nombre, y lo cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos lo rocines del mundo.

Puesto nombre y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérselo a si mismo y en este pensamiento duró otros ocho días y al cabo se vino a llamar Don Quijote, de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores de esta tan verdadera historia, que sin duda se debía llamar Quijada y no Quesada, como otros quisieron decir.

Pero acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse don Quijote de la Mancha con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre de ella.

Limpias pues sus armas echo del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma.

Decíase él: “Si yo por males de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y lo derribo de un encuentro, o lo parto por mitad del cuerpo, o finalmente lo venzo y lo rindo, ¿no será bien tener a quién enviarlo presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: “Yo señora, soy el gigante Caraculiambro señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mando que me presentase ante la vuestra merced para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante?” ¡Oh, como se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que de muy buen parecer, de quién él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dio cata de ello.

Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le aprecio bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso: nombre a su parecer músico y peregrino, y significativo como todos los demás que a él y sus cosas había puesto.

En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo; y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

-La aventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla y quitarles a todas las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que está es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

-¿Qué gigantes?-dijo Sancho Panza

-Aquellos que allí ves- respondió su amo-, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

-Mire vuestra merced-respondió Sancho-, que aquellos que allí se parecen, no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacer andar la piedra del molino.

-Bien parece.- respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo, quítate de ahí y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento y no gigantes aquellos que iba a acometer.

Pero él iba tan puesto en que eran gigantes que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo eran, antes iba diciendo en voces altas:

-No huyáis cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.

Levantose en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:

-pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y e diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance lo socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante, y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo.

Acudió su escudero Sancho Panza a socorrerlo a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.

-¡válgame Dios!- dijo Sancho,- ¿no le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

-Calla, amigo Sancho.-respondió don Quijote que las cosas de la guerra, más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más que yo pienso, y así es verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; más al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espalda.

LOPE DE VEGA

Gloria de la literatura española. Sus contemporáneos lo admiraban por su fecundidad literaria.

Fue apodado El Fénix de los ingenios y Monstruo de la naturaleza. Su nombre completo era Lope Fénix de Vega Carpio. Nació en Madrid en el año de 1562 y murió en 1635.

Tenia gran facilidad para escribir; de su pluma brotaron más de 1,500 obras dramáticas y 400 autos. Es difícil evaluar tan extensa producción; para muchos críticos la obra lopesca pierde calidad y carece de pulimiento, pues escribía de prisa. De cualquier forma, a Lope se le considera exponente máximo del teatro español.

En sus obras dramáticas encontramos temas religiosos, políticos, históricos, relativos al sentimiento del honor y a problemas palpitantes del pueblo español. Se esmeraba en que obedecieran la secuencia de exposición, nudo y desenlace.

Cultivó la novela y no menos importante es su producción lírica y epístolar. Llevó una vida tumultuosa, llena de aventuras y de caprichos que se refleja en algunas de sus obras.

n poesía escribió: Rimas sacras, Rimas humanas, Mira Zaide que te aviso, La hermosura de Angélica, La Jerusalén conquistada, La Dragontea, El Isidro, La gatomaquia y romances, sonetos, letrilas, etc.

Entre sus obras dramáticas más importantes, se citan: Fuente Ovejuna; El mejor alcalde, el rey; La Estrella de Sevilla; La dama boba; El castigo sin venganza; El perro del hortelano, Peribañez y el comendador de Ocaña, etc.

SHAKESPEARE, WILLIAM

Poco se sabe sobre su vida, de la que no se conservan cartas ni escritos de carácter personal: tan sólo documentos legales y su creación literaria. En el s. XIX prosperó la tesis del supuesto carácter apócrifo de su obra. Así, se atribuyó su autoría, entre otros, a Francis Bacon, al sexto conde de Derby, al dramaturgo Ch. Marlowe; incluso se ha creído en la existencia de un «Shakespeare» colectivo, en la redacción de cuyas obras habrían intervenido autores como Marlowe, Jonson, Beaumont, Kyd, Greene y Chapman.

De su niñez y adolescencia no se sabe prácticamente nada con certeza. Hacia 1582 casó con Ann Hathaway y entre 1583 y 1585 tuvieron tres hijos. Se ignora cuándo y por qué abandonó Stratford y a partir de qué año se instaló en Londres, ciudad a la que pudo haber marchado unos años antes de 1590. Es indudable que, por estas fechas, trabajaba como actor e iniciaba su aprendizaje literario. De 1592 data la primera referencia a sus actividades londinenses, consignadas por R. Greene, quien le acusó de plagio.

Fue actor, autor y accionista de la compañía de los Lord Chamberlain's Men (1594), que pasaría a ser la de los King's Men (1603). Esta compañía, la más prestigiosa del momento, actuaba en el Globo (1599), teatro al aire libre de su propiedad que fue destruido por un incendio en 1613, en el teatro de los Blackfriars (1608) y en la corte y efectuaba giras por provincias. Cuando hubo alcanzado fama y obtenido riqueza. Shakespeare adquirió en su ciudad natal la residencia llamada New Place (1597). Los escasos datos que nos han llegado de esta etapa de su carrera se refieren al ennoblecimiento de la familia (1596), a la muerte de su padre (1601) y de su madre (1608) y a las bodas de sus hijas Susanna (1607) y Judith (1616).

A partir de 1613, retirado en Stratford, llevó una vida desahogada. Las primeras obras suyas de que se tienen noticias son dos poemas extensos: Venus y Adonis (1593) y La violación de Lucrecia (1594), ambos dedicados a Henry Wriothesley, identificado por la crítica como el «joven rubio» inspirador de los 126 primeros Sonetos (1609).

En su variada producción dramática suelen distinguirse tres períodos, aunque hay que tener en cuenta que la cronología de sus obras es muy incierta. El primero de estos períodos abarca de 1590 a 1601 y comprende las comedias ligeras y los grandes frescos históricos; anteriores a 1594 parecen ser las tres partes de Enrique VI, La comedia de las equivocaciones, La fierecilla domada, Los dos hidalgos de Verona, Ricardo III, El rey Juan, Tito Andrónico y Trabajos de amor perdidos; entre 1594 y 1601 pueden situarse Romeo y Julieta, Ricardo II, las dos partes de Enrique IV, Enrique V, El sueño de una noche de verano, El mercader de Venecia, Las alegres comadres de Windsor, Mucho ruido para nada, Como gustéis, Julio César y Noche de reyes. De 1601 a 1608 es la época de las comedias amargas (Troilo y Cresida, Bien está lo que bien acaba y Medida por medida) y de las grandes tragedias (Hamlet, Otelo, Macbeth, El rey Lear, Antonio y Cleopatra, Coriolano y Timón de Atenas).

Pocos años después de su muerte (1623), sus amigos J. Heminge y H. Condell publicaron un volumen de sus obras, muy imperfecto, que se reimprimió, con algunas correcciones, en 1632 y en 1663.

BARROCO

El siglo XVII y el auge de las premisas barrocas coinciden en España con un brillante y fecundo período literario que le dio en llamarse Siglo de Oro.

Estéticamente el barroco se caracterizó, en líneas generales, por la complicación de las formas y el predominio del ingenio y el arte sobre la armonía de la naturaleza, que constituía el ideal renacentista

Entre los rasgos más significativos del barroco literario español resulta relevante la contraposición entre dos tendencias denominadas conceptismo y culteranismo y sus máximos representantes fueron, Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, respectivamente.

En esta época se distinguió además una línea clasicista diferenciada en dos corrientes básicas: la escuela Sevillana, en la que destacó Rodrigo Caro, y la escuela argonesca, cuyos representantes de mayor entidad fueron los hermanos Bartolomé Leonardo y Lupercio Leonardo de Argen sola, cultivadores de una lírica doctrinal y moralizante.

En el ámbito de la prosa narrativa del periodo barroco halló su marco la figura de Miguel de Cervantes Saavedra, autor también de poemas y comedias, que ha sido considerado unánimemente como la gran figura a lo largo de la gestación y la evolución de las letras españolas.

En el Quijote, Cervantes creó el prototipo a partir del cual nacería la novela moderna. Concebida en principio para satirizar las novelas de caballerías, los dos protagonistas de la obra, don Quijote y Sancho, han perdurado como símbolos de dos visiones enfrentadas del mundo: la idealista y la realista.

LUIS DE GÓNGORA Y ARGOTE.

Eminente poeta, gloria de la literatura española. Nació en Córdoba en 1561, y murió en 1627.

Poseedor de una vasta cultura, señala nuevas formas poéticas. En algunos poemas, su estilo erudito y rebuscado a veces, necesita del lector esfuerzo especial para entenderlo.

Crea una escuela literaria, el culteranismo o gongorismo.

Sus principales poemas de tipo culterano, son: La Fábula de Polifemo; y Galatea; y Las Soledades.

Además escribió un gran número de composiciones de corte popular.

SOLEDAD SEGUNDA (MANERA CULTERANA)

Entrase el mar por un arroyo breve

Que a recibille con sediento paso

De su roca natal se precipita,

Y mucha sal, no sólo en poco vaso,

Mas su ruina bebe,

Y su fin, cristalina mariposa

-no alada, sino undosa-,

en el farol de Tetis solicita.

Muros desmantelando, pues, de arena,

Centauro ya espumoso el monte en vano,

De quien es dulce vena

El tarde ya torrente

Arrepentido, y aun retrocedente.

Eral lozano así novillo tierno,

De bien nacido cuerno

Mal lunada la frente,

Retrogado cedió en desigual lucha

A duro toro, aun contra el viento armado;

No, pues, de otra manera

A la violencia mucha

Del padre de las aguas, coronado

De blancas olas y de espuma verde,

Resiste obedeciendo, y tierra pierde.

En la inciera ribera

-guarnición desigual a tanto espejo-

descubrió al alba a nuestro peregrino

con todo el villanaje ultramarino,

que a la fiesta nupcial, de verde tejo

toldado ya capaz tradujo pino.

Los escollos el sol rayaba, cuando,

Con remos gemidores,

Dos pobres se aparecen, pescadores,

Nudos al mar, de cañamo, finado.

Ruiseñor en los bosques no más blando,

El verde robre que es barquillo ahora,

Saludar vio la Aurora,

Que al uno en dulces quejas- y no pocas-

Ondas endurecer, liquidar rocas.

ROMANCILLO

La más bella niña

De nuestro lugar,

Hoy viuda y sola

Y ayer por casar

Viendo que sus ojos

A la guerra van,

A su madre dice

Que escucha su mal

Dejadme llorar

Orillas del mar.

Pues me distes, madre,

En tan tierna edad

Tan corto el placer,

Tan largo el pesar,

Y me cautivastes

De quien hoy se va

De mi libertad,

Dajadme llorar

Orillas del mar.

En llorar conviertan

Mis ojos, de hoy más.

El sabroso oficio

Del dulce mirar,

Pues que no se pueden

Mejor ocupar,

Yéndose a la guerra

Quién era mi paz,

Dejadme llorar

Orillas del mar.

No me pongáis freno

Ni queráis culpar;

Que lo uno es justo,

Lo otro por demás.

Si me queréis bien

No me hagáis mal;

Harto peor fuera

Morir y callar.

Dejadme llorar

Orillas del mar.

Dulce madre mía.

LETRILLA (Manera popular)

Ande yo caliente

Y ráse la gente.

Traten otros del gobierno

Del mundo y sus monarquías,

Mientras gobiernan mis días

Mantequillas y pan tierno,

Y las mañanas de invierno

Naranja y aguardiente,

Y ríase la gente.

Croma en dorada vajilla

El príncipe mil cuidados,

Como píldoras dorados;

Que yo en mi pobre mesilla

Quiero más una morcilla

Que en el asador reviente,

Cuando cubra las montañas

De blanca nieve el enero,

Tenga yo lleno el brasero

De bellotas y castañas,

Y quien las dulces patrañas

Del Rey que rabió me cuente

Y ríase la gente.

Busque muy en hora buena

El mercader nuevos soles;

Yo conchas y caracoles

Entre la menuda arena,

Escuchando a Filomena

Sobre el chopo de la fuente,

Pase a media noche el mar,

Y arda en amorosa llama

Leonardo por ver a su Dama

Que yo m{as quiero pasar

Del golfo de mi lugar

La blanca o roja corriente

Y ríase la gente

Pues Amor es tan cruel,

Que de Píramo y su amada

Hace tálamo una espada,

Do se junten ella y él,

Sea mi Tisbe un pastel,

Y la espada se mi diente,

Y ríase la gente.

FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS

Polígrafo, poeta y dramaturgo español del Siglo de Oro.

Nació en Madrid en 1580 y murió en 1645. Creador del Conceptismo.

Escribió en prosa y verso. Su estilo fue predominantemente festivo y burlesco.

También produjo obras de gran profundidad filosófica. Entre sus obras escritas en verso se citan: El Parnaso español; Las tres musas castellanas, además de : sátiras, canciones, letrillas, romances y sonetos.

En prosa: Política de Dios; Los sueños; La casa de locos de amor; Libro de todas las cosas, etc. Y su novela picaresca, La vida del Buscón.

PODEROSO CABALLERO ES DON DIENRO (Letrilla Satírica)

Madre, yo al oro me humillo;

Él es mi amante y mi amado,

Pues de puro enamorado

De continuo anda amarillo;

Que, pues, doblón o sencillo,

Hace todo cuanto quiero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

Es galán y es como un oro;

Tiene quebrado el color,

Persona de gran valor,

Tan cristiano como moro.

Pues que da y quita el decoro

Y quebranta cualquier fuero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

Son sus padres principales

Y es de nobles descendiente,

Todas las sangres son reales,

Y pues es quien hace iguales

Al rico y al pordiosero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

Sus escudos de armas nobles

Son siempre tan principales.

Que sin sus escudos reales

No hay escudos de armas dobles;

Y pues le guardan de gatos.

Y pues él rompe recatos

Y ablanda al juez más severo,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

Por imporatar en los tratos

Y dar tan buenos consejos,

En las casas de los viejos

Gatos le guardan de gatos.

Poderoso caballero

Es don Dinero.

LA POBREZA, EL DINERO (letrilla)

Pues amarga la verdad,

Quiero echarla de la boca;

Y si al alma su hiel toca,

Esconderla es necesidad.

Sépase, pues libertad

Ha engendrado en mi pereza;

La pobreza.

¿Quién hace al tuerto galán

y prudente al sin consejo?

¿Quién al avariento viejo

le sirve de río Jordán?

¿Quién hace de piedras pan,

sin ser el Dios verdadero?

El dinero.

¿Quién con su fiereza espanta

el cetro y corona al rey?

¿Quién careciendo de ley

merece el nombre de santa?

¿Quién la montaña derriba

al valle, la hermosa al feo?

¿Quién podrá cuanto el deseo,

aunque imposible, conciba?

¿Quién con la humildad levanta

a los cielos la cabeza?

La pobreza

¿Quién los jueces con pasión

sin ser ungüento, hace humanos,

pues untándoles las manos

les ablanda el corazón?

El dinero

¿Quién procura que se aleje

del suelo la gloria vana?

¿Quién siendo toda cristiana

tiene la cara de hereje?

¿Quién hace que al hombre

aqueje

el desprecio y la tristeza?

La pobreza.

A UNA NARIZ (SONETO)

Érase un hombre a una nariz pegado,

Érase una nariz superlativa,

Érase una nariz sayón y escriba,

Érase en pez espada muy barbado,

Era un reloj de sol mal encarado,

Érase una alquitara pensativa,

Érase un elefante boca arriba,

Era Ovidio Nasón más narizado,

Érase el espolón de una galera,

Las doce de tribus de narices era,

Érase un naricísimo infinito

Muchísimo nariz, nariz tan fiera,

Que en la cara de Anás fuera delito.

SOR JUANA INES DE LA CRUZ

(JUANA INES DE ASBAJE)

Poetisa mexicana. Conocida en el mundo literario como Sor Juana In{es de la Cruz o la Décima Musa.

Nació en San Miguel Nepantla, el 12 de noviembre de 1651 y muere en la ciudad de México el 17 de abril de 1695.

Bella mujer, de grandes atributos, desde muy tierna edad manifestó su precocidad artística. A los tres años aprendió a leer, a los ocho compuso su primera obra

Poética y a los quince sorprendió con su erudición a las sabios de la corte de los virreyes de la Nueva España.

Su figura debe servir de ejemplo a la juventud porque logró alcanzar la gloria literaria, sobreponiéndose a las condiciones más adversas y hostiles de esa época.

Su obra tiene influencia de las escuelas culterana y conceptista, por lo que su formación barroca se manifiesta en ella constantemente.

Cultivó el género lírico en sus diversas manifestaciones: poesía popular, religiosa, amorosa y culterana; comprende sonetos, romances, redondillas, silvas y liras.

Escribió también para el teatro: El divino Narciso, El mártir del Sacramento, Los empeños de una casa, Amor es más laberinto y El cetro de José.

No menos importante fue su aportación literaria en prosa: Carta atenagórica y Respuesta a sor Filotea de la Cruz.

SONETO EN QUE DETERMINA QUE PREVALEZCA LA RAZON CONTRA EL GUSTO

Al que ingrato me deja, busco amante;

Al que amante me sigue, dejo ingrata;

Constante adoro a quien mi amor maltrata;

Maltrato a quien mi amor busca constante.

Al que trato de amor, hallo diamante

Y soy diamante al que de amor me trata;

Triunfante quiero ver al que me mata

Y mato a quien me quiere ver triunfante.

Si a éste pago, padece mi deseo;

Si ruego a aquél, mi pundonor enojo:

De entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo, por mejor partido escojo,

De quien no quiero, ser violento empleo,

De quien no me quiere, vil despojo.

SONETO QUE CONTIENE UNA FANTASIA CONTENTA CON AMOR DECENTE.

Detente, sombra de mi buen esquivo,

Imagen del hechizo que más quiero,

Bella ilusión por quien alegre muero,

Dulce ficción por quién penosa vivo.

Si al imán de tus gracias atractivo

Sirve mi pecho de obediente acero,

¿para qué me enamoras lisonjero

si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes satisfecho

De que triunfa de mí tu tiranía;

Que aunque dejas burlado el lazo estrecho

Que tu forma fantástica ceñía,

Poco importa burlar brazos y pecho

Si te labra prisión mi fantasía.

SONETO EN QUE DA MORAL CENSURA A UNA ROSA, EN ELLA A SUS SEMEJANTES

Rosa divina, que en gentil cultura

Eres con tu fragante sutileza,

Magisterio purpúreo en la belleza,

Enseñanza nevada a la hermosura.

Amago de la humana arquitectura,

Ejemplo de la vana gentileza,

En cuyo ser unió naturaleza

La cuna alegre y triste sepultura.

¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,

soberbia, el riesgo de morir desdeñas,

y luego desmayada y encogida

De tu caduco ser das mustias señas!

Con que, con docta muerte y necia vida,

Viviendo engañas y muriendo enseñas.

SONETO EN QUE SATISFACE UN RECELO CON LA RETORCIDA DEL LLANTO

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,

Como en tu rostro y tus acciones vía

Que con palabras no te persuadía,

Que el corazón me vieses deseaba.

Y amor, que mis intentos ayudaba,

Venció lo que imposible parecía,

Pues entre el llanto que el dolor vertía

El corazón deshecho destilab.

Baste ya de rigores, mi bien, baste;

No te atormenten más celos tiranos,

Ni el vil recelo tu quietud contraste

Con sombras necias, con indicios vanos,

Pues ya en líquido humor viste y tocaste

Mi corazón deshecho entre tus manos.

SONETO EN QUE PROCURA DESMENTIR LOS ELOGIOS QUE A UN RETRATO DE LA POETISA INSCRIBIO LA VERDAD, QUE LLAMA PASIÓN

Este que ves, engaño colorido,

Que del arte ostentando los primores,

Con falsos silogismos de colores

Es cauteloso engaño del sentido;

Este en quien la lisonja ha pretendido

Excusar de los años los horrores

Y venciendo del tiempo los rigores

Triunfar de la vejez y del olvido:

Es un vano artificio del cuidado;

Es una flor al viento delicada;

Es un resguardo inútil para el hado;

Es una necia diligencia errada;

Es un afán caduco; y bien mirado,

Es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

ASEGURA LA CONFIANZA DE QUE OCULTARA DEL TODO UN SECRETO

El paje os dirá, discreto,

Como luego que leí,

Vuestro secreto rompí

Por no romper el secreto

Y aun hice más, os prometo:

Los fragmentos, sin desdén,

Del papel, tragué también;

Que secretos que venero,

Aun en pedazos no quiero

que fuera del pecho estén.

SOR JUANA

CON EL DOLOR DE LA MORTAL HERIDA

Con el dolor de la mortal herida,

de un agravio de amor me lamentaba;

y por ver si la muerte se llegaba,

procuraba que fuese más crecida.

Toda en el mal el alma divertida,

pena por pena su dolor sumaba,

y en cada circunstancia ponderaba

que sobraban mil muertes a una vida.

Y cuando, al golpe de uno y otro tiro,

rendido el corazón daba penoso

señas de dar el último suspiro,

no sé con qué destino prodigioso

volví en mi acuerdo y dije:--¿Qué me admiro?

¿Quién en amor ha sido más dichoso?

CUANDO MI ERROR Y TU VILEZA VEO

Cuando mi error y tu vileza veo,

contemplo, Silvio, de mi amor errado,

cuán grave es la malicia del pecado,

cuán violenta la fuerza de un deseo.

A mi mesma memoria apenas creo

que pudiese caber en mi cuidado

la última línea de lo despreciado,

el término final de un mal empleo.

Yo bien quisiera, cuando llego a verte,

viendo mi infame amor, poder negarlo;

mas luego la razón justa me advierte

que sólo se remedia en publicarlo:

porque del gran delito de quererte,

sólo es bastante pena, confesarlo.

DÉTENTE SOMBRA DE MI BIEN

Detente, sombra de mi bien esquivo,

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias, atractivo,

sirve mi pecho de obediente acero,

¿para qué me enamoras lisonjero,

si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes, satisfecho,

de que triunfa en mí tu tiranía:

que aunque dejas burlado el lazo estrecho,

que tu forma fantástica ceñía,

poco importa burlar brazos y pecho

si te labra prisión mi fantasía

Copia divina, en quien veo

Copia divina, en quien veo

desvanecido al pincel,

de ver que ha llegado él

donde no pudo el deseo;

alto, soberano empleo

de más que humano talento;

exenta de atrevimiento,

pues tu beldad increíble,

como excede a lo posible,

no la alcanza el pensamiento.

¿Qué pincel tan soberano

fue a copiarte suficiente?

¿Qué numen movió la mente?

¿Qué virtud rigió la mano?

No se alabe el Arte, vano,

que te formó peregrino:

pues en tu beldad convino,

para formar un portento,

fuese humano el instrumento,

pero el impulso, divino.

Tan espíritu te admiro,

que cuando deidad te creo,

hallo el alma que no veo,

y dudo el cuerpo que miro.

Todo el discurso retiro,

admirada en tu beldad:

que muestra con realidad,

dejando el sentido en calma,

que puede copiarse el alma,

que es visible la deidad.

Mirando perfección tal

cual la que en ti llego a ver,

apenas puedo creer

que puedes tener igual;

y a no haber Original

de cuya perfección rara

la que hay en ti se copiara,

perdida por tu afición,

segundo Pigmalïón,

la animación te impetrara.

Toco, por ver si escondido

lo viviente en ti parece:

¿posible es, que de él carece

quien roba todo el sentido?

¿Posible es, que no has sentido

esta mano que te toca,

y a que atiendas te provoca

a mis rendidos despojos?

¿Que no hay luz en esos ojos?

¿Que no hay voz en esa boca?

Bien puedo formar querella,

cuando me dejas en calma,

de que me robas el alma

y no te animas con ella;

y cuando altivo atropella

tu rigor, mi rendimiento,

apurando el sufrimiento,

tanto tu piedad se aleja,

que se me pierde la queja

y se me logra el tormento.

Tal vez, pienso que piadoso

respondes a mi afición;

y otras, teme el corazón

que te esquivas desdeñoso.

Ya alienta el pecho, dichoso,

ya infeliz al rigor muere;

pero, como quiera, adquiere

la dicha de poseer,

porque al fin, en mi poder

serás lo que yo quisiere.

Y aunque ostentes el rigor

de tu Original, fiel,

a mí me ha dado el pincel

lo que no puede el amor.

Dichosa vivo al favor

que me ofrece un bronce frío:

pues aunque muestres desvío,

podrás, cuando más terrible,

decir que eres impasible,

pero no que no eres mío.

Díme, vencedor rapaz

Dime, vencedor rapaz,

vencido de mi constancia,

¿qué ha sacado tu arrogancia

de alterar mi firme paz?

que aunque de vencer capaz

es la punta de tu arpón

el más duro corazón,

¿qué importa el tiro violento

si a pesar del vencimiento

queda viva la razón?

Tienes grande señorío;

pero tu jurisdicción

domina la inclinación,

mas no pasa al albedrío.

Y así librarme confío

de tu loco atrevimiento,

pues aunque rendida siento

y presa la libertad,

se rinde la voluntad,

pero no el consentimiento.

En dos partes dividida

tengo el alma en confusión:

una, esclava a la pasión,

y otra, a la razón medida.

Guerra civil, encendida,

aflige el pecho importuna;

quiere vencer cada una,

y entre fortunas tan varias,

morirán ambas contrarias,

pero vencerá ninguna.

Cuando fuera, amor, te vía,

no merecí de ti, palma;

y hoy que estás dentro del alma

es resistir valentía.

Córrase, pues, tu porfía,

de los triunfos que te gano:

pues cuando ocupas, tirano,

el alma sin resistillo,

tienes vencido el Castillo

e invencible el Castellano.

Invicta razón alienta

armas contra tu vil saña,

y el pecho es corta campaña

a batalla tan sangrienta.

Y así, Amor, en vano intenta

tu esfuerzo loco ofenderme:

pues podré decir, al verme

expirar sin entregarme,

que conseguiste matarme

mas no pudiste vencerme.

Liras

Ya que para despedirme

Ya que para despedirme,

dulce idolatrado dueño,

ni me da licencia el llanto

ni me da lugar el tiempo,

háblente los tristes rasgos,

entre lastimosos ecos,

de mi triste pluma, nunca

con más justa causa negros.

Y aun ésta te hablará torpe

con las lágrimas que vierto,

porque va borrando el agua

lo que va dictando el fuego.

Hablar me impiden mis ojos;

y es que se anticipan ellos,

viendo lo que he de decirte,

a decírtelo primero.

Oye la elocuencia muda

que hay en mi dolor, sirviendo

los suspiros, de palabras,

las lágrimas, de conceptos.

Mira la fiera borrasca

que pasa en el mar del pecho,

donde zozobran, turbados,

mis confusos pensamientos.

Mira cómo ya el vivir

me sirve de afán grosero;

que se avergüenza la vida

de durarme tanto tiempo.

Mira la muerte, que esquiva

huye porque la deseo;

que aun la muerte, si es buscada,

se quiere subir de precio.

Mira cómo el cuerpo amante,

rendido a tanto tormento,

siendo en lo demás cadáver,

sólo en el sentir es cuerpo.

Mira cómo el alma misma

aun teme, en su ser exento,

que quiera el dolor violar

la inmunidad de lo eterno.

En lágrimas y suspiros

alma y corazón a un tiempo,

aquél se convierte en agua,

y ésta se resuelve en viento.

Ya no me sirve de vida

esta vida que poseo,

sino de condición sola

necesaria al sentimiento.

Mas, ¿por qué gasto razones

en contar mi pena y dejo

de decir lo que es preciso,

por decir lo que estás viendo?

En fin, te vas, ¡ay de mi!

Dudosamente lo pienso:

pues si es verdad, no estoy viva,

y si viva, no lo creo.

¿Posible es que ha de haber día

tan infausto, funesto,

en que sin ver yo las tuyas

esparza sus luces Febo?

¿Posible es que ha de llegar

el rigor a tan severo,

que no ha de darle tu vista

a mis pesares aliento?

¡Ay, mi bien, ay prenda mía,

dulce fin de mis deseos!

¿Por qué me llevas el alma,

dejándome el sentimiento?

Mira que es contradicción

que no cabe en un sujeto,

tanta muerte en una vida,

tanto dolor en un muerto.

Mas ya que es preciso, ¡ay triste!,

en mi infelice suceso,

ni vivir con la esperanza,

ni morir con el tormento,

dame algún consuelo tú

en el dolor que padezco;

y quien en el suyo muere,

viva siquiera en tu pecho.

No te olvides que te adoro,

y sírvante de recuerdo

las finezas que me debes,

si no las prendas que tengo.

Acuérdate que mi amor,

haciendo gala de riesgo,

sólo por atropellarlo

se alegraba de tenerlo.

Y si mi amor no es bastante,

el tuyo mismo te acuerdo,

que no es poco empeño haber

empezado ya en empeño.

Acuérdate, señor mío,

de tus nobles juramentos;

y lo que juró la boca

no lo desmientan tus hechos.

Y perdona si en temer

mi agravio, mi bien, te ofendo,

que no es dolor, el dolor

que se contiene atento.

Y adiós; que con el ahogo

que me embarga los alientos,

ni sé ya lo que te digo

ni lo que te escribo leo.

Sonetos

A la incompresión mundana

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas;

y así, siempre me causa más contento

poner riquezas en mi pensamiento

que no mi pensamiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que, vencida,

es despojo civil de las edades,

ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor, en mis verdades,

consumir vanidades de la vida

que consumir la vida en vanidades.

JUAN RUIZ DE ALARCÓN

Dramaturgo mexicano. Relator del Consejo de Indias. Nació en la Nueva España, algunos biógrafos que en Taxco, Gro. por el año de 1851 y murió en Madrid en 1634.

Durante su permanencia en España sufrió burlas de sus adversarios por su condición física, pues era jorobado.

Su personalidad literaria fulgura al igual que las de Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca.

Es considerado uno de los cuatro principales autores dramáticos del siglo de oro.

Su obra se caracteriza por su buen gusto, expresión natural, elegante y castizo, tendencia moralizadora, y definición precisa de caracteres.

Sus obras teatrales más conocidas, son: Las paredes oyen, La verdad sospechosa, La cueva de Salamanca, Los pechos privilegiados, No hay mal que por bien no venga, El examen de maridos, El tejedor de Segovia, Ganar amigos, etc.

LOS PECHOS PRIVILEGIADOS

Personas que hablan en ella:

* El REY don Alfonso de León, galán

* Don RODRIGO de Villagómez, galán

* El rey don SANCHO, galán

* Don RAMIRO, galán

* El CONDE Melendo, viejo grave

* Don BERMUDO, su hijo

* NUÑO, criado del Conde

* CUARESMA, gracioso

* Doña LEONOR, dama

* Doña ELVIRA, dama

* JIMENA, villana

* Un PAJE

* Don MENDO, cortesano

* Otro CORTESANO

* FORTÚN, criado del rey don Sancho

* Dos VILLANOS

ACTO PRIMERO

Salen el CONDE y RODRIGO

RODRIGO: Famoso Melendo, conde

de Galicia, no penséis

que la pretensión que veis

sólo al amor corresponde

de mi adorada Leonor;

que vuestra firme amistad

tiene más autoridad

en mi pecho que su amor.

Por esto me resolví

a lo que el alma desea,

porque parentesco sea

lo que amistad hasta aquí.

CONDE: Bien pienso, noble Rodrigo

de Villagómez, que estáis

seguro de que gozáis

el primer lugar conmigo

de amistad; bien lo he mostrado

con una y otra fineza,

pues yo he sido de su alteza

ayo, tutor y privado;

y aunque el amor he entendido

que os tiene su majestad,

estimo vuestra amistad

tanto, que no me han movido

a que de él quiera apartaros

los celos de su privanza;

que ésta es la mayor probanza

que de mi fe puedo daros;

que es alta razón de estado,

si bien no conforme a ley,

no subir cerca del rey

competidor el privado;

porque la ambición inquieta

es de tan vil calidad,

que ni atiende a la amistad,

ni el parentesco respeta.

Mas aunque es tan verdadera

mi amistad, no por amigo

me obligáis; que por Rodrigo

de Villagómez os diera

también de Leonor la mano,

alegre y desvanecido

de lo que con tal marido

gana mi hija, y yo gano.

RODRIGO: Las plantas, Melendo, os beso

por la merced que me hacéis.

CONDE: Alzad, alzad; que ofendéis

vuestra estimación con eso,

pues ni el reino de León

ni España toda averigua

o calidad más antigua,

o más ilustre blasón

que vuestra prosapia ostenta;

a quien, para eternizallos,

dan fuerza tantos vasallos,

y tantos lugares rentardiana

JOSE HERNANDEZ

El poeta argentino José Hernández (1834-1886) fue un autodidacta que luchó por la autonomía de los gauchos. Curiosamente lo que no consiguió en su actividad política lo obtuvo por medio de la literatura. Su poema épico conocido como Martín Fierro, formado por dos partes El gaucho Martín Fierro y La vuelta de Martín Fierro, se convirtió en la obra capital de la literatura argentina y reflejo de la paz, sencillez e independencia de la gente de la Pampa: los gauchos.

Los primeros versos de este poema es lo que aquí recita un actor.

No se tienen muchos datos sobre la infancia de Hernández, aunque parece ser que una enfermedad de la adolescencia le obligó a vivir en las pampas. Allí fue donde entró en contacto con el estilo de vida, la lengua y el código del honor de los gauchos.

Autodidacta, adquirió una sólida ideología política a través de sus numerosas lecturas. Su postura federal y reformista le llevó a enfrentarse con Sarmiento. Entre 1852 y 1872, durante una época de gran agitación política, defendió la idea de que las provincias no debían permanecer ligadas a las autoridades centrales, establecidas en Buenos Aires. Participó en la última rebelión gaucha, la del general Ricardo López Jordán, un desdichado movimiento que finalizó en 1871 con la derrota de los gauchos y el exilio de Hernández a Brasil.

Con la victoria de Nicolás Avellaneda, pudo regresar a Argentina en 1874. Vivió en Buenos Aires y continuó su lucha por otros medios: fundó el periódico Revista del Río de la Plata, en el que defendió posturas federalistas, y desempeñó los cargos de diputado y senador de la provincia de Buenos Aires.

Fragmento de Martín Fierro.

De José Hernández.

“La vuelta de Martín Fierro”, I.

Aquí me pongo a cantar

Al compás de la vigüela,

Que el hombre que lo desvela

Una pena extraordinaria,

Como la ave solitaria

Con el cantar se consuela.

Pido a los santos del Cielo

Que ayuden mi pensamiento,

Les pido en este momento

Que voy a cantar mi historia

Me refresquen la memoria

Y aclaren mi entendimiento.

Vengan santos milagrosos,

Vengan todos en mi ayuda,

Que la lengua se me añuda,

Y se me traba la vista;

Pido a mi Dios que me asista

En esta ocasión tan ruda.

Yo he visto muchos cantores,

Con famas bien obtenidas,

Y que después de adquiridas

No las quieren sustentar:—

Parece que sin largar

Se cansaron en partidas.

Más ande otro criollo pasa

Martín Fierro ha de pasar,

Nada lo hace recular

Ni los fantasmas lo espantan;

Y dende que todos cantan

Yo también quiero cantar.

Cantando me he de morir,

Cantando me han de enterrar

Y cantando he de llegar

Al pie del Eterno Padre—

Dende el vientre de mi madre

Vine a este mundo a cantar.

Que no se trabe mi lengua

Ni me falte la palabra—

El cantar mi gloria labra

Y poniéndome a cantar,

Cantando me han de encontrar

Aunque la tierra se abra.

Me siento en el plan de un bajo

A cantar un argumento—

Como si soplara el viento

Hago tiritar los pastos—

Con oros, copas y bastos

Juega allí mi pensamiento.

Yo no soy cantor letrao,

Mas si me pongo a cantar

No tengo cuándo acabar

Y me envejezco, cantando

Las coplas me van brotando

Como agua de manantial.

Con la guitarra en la mano

Ni las moscas se me arriman,

Naide me pone el pie encima,

Y cuando el pecho se entona,

Hago gemir a la prima

Y llorar a la bordona.

Yo soy toro en mi rodeo

Y toraso en rodeo ajeno,

Siempre me tuve por güeno

Y si me quieren probar,

Salgan otros a cantar

Y veremos quién es menos.

No me hago al lao de la güeya

Aunque vengan degollando,

Con los blandos yo soy blando

Y soy duro con los duros,

Y ninguno, en un apuro

Me ha visto andar titubeando.

En el peligro ¡qué Cristos!

El corazón se me ensancha,

Pues toda la tierra es cancha

Y de esto naide se asombre,

El que se tiene por hombre,

Ande quiera hace pata ancha.

Soy gaucho, y entiendaló

Como mi lengua lo explica,

para mí la tierra es chica

Y pudiera ser mayor,

Ni la víbora me pica

Ni quema mi frente el sol.

Nací eomo nace el peje

En el fondo de la mar,

Naides me puede quitar

Aquello que Dios me dió,

Lo que al mundo truje yo

Del mundo lo he de llevar.

Mi gloria es vivir tan libre

Como el pájaro del cielo,

No hago nido en este suelo

Ande hay tanto que sufrir

Y naides me ha de seguir

Cuando yo remonto el vuelo.

ESTEBAN ECHEVERRIA

Esteban Echeverría (1805-1851), escritor argentino, perteneciente a la generación del 37, que introdujo el romanticismo en Argentina. De familia acomodada, vivió en París de 1825 a 1829, estudiando la filosofía y la literatura románticas. En 1838 contribuyó a la fundación de la Joven Argentina, sociedad secreta de pensamiento avanzado y contraria al dictador Juan Manuel de Rosas. Debió exiliarse en Montevideo, en 1840, y allí murió años más tarde.

Su obra poética comprende poesías líricas como Los consuelos (1834) y Rimas (1837), narraciones en verso como Elvira o la novia del Plata (1832) y La cautiva (incluida en el segundo título), con evocaciones de la vida de los indios nómadas y la dilatada llanura pampeana (véase Pampa). Se conoció póstumo un largo poema épico, El ángel caído, que registra influencias del escritor inglés lord Byron y del español José de Espronceda.

Sólo dejó un relato, El matadero (hacia 1838), que se considera el fundamento del realismo sudamericano. En el plano doctrinario redactó el texto guía de su generación, que tiene propuestas políticas y una breve historia de la cultura rioplatense: Dogma socialista de la Asociación de Mayo (1846), en el que acusa las lecturas de Saint-Simon.

JOSE MARMOL

Nació en Santo Domingo, Republica Dominicana, en 1960. Estudio filosofía y lingüística aplicada. Profesor y coordinador de la cátedra de filosofía en prestigiosas universidades dominicanas. Fundador y director de la Colección Egro de Poesía Dominicana Contemporánea.

Ha publicado los siguientes poemarios: El ojo del arúspice (1984), La invención del día (Premio nacional de Poesía 1987) , Encuentro con las mismas otredades II (1989).

En prosa ha publicado Monografía sobre Rufino de Mingo ( en colaboración con José David Miranda, Madrid 1991), Etica del poeta, escritos sobre literatura y arte (1997) yPremisas para morir, aformismos y fragmentos (1999).

José Mármol fue un vehemente poeta romántico argentino. Luchó contra Juan Manuel de Rosas y le costó la cárcel. Su visión de la futura sociedad argentina no hundía sus raíces en la propia patria, sino que su modelo era Europa. Por eso su poesía, como este fragmento de "Crepúsculo", es equiparable en formas y contenidos a cualquier otro poema romántico europeo.

GERTRUDIS GOMEZ DE AVELLANEDA

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), escritora nacida en Cuba y que vivió en España desde los 22 años, considerada como una de las voces más auténticas del romanticismo hispano.

Su vida fue un cúmulo de desgracias comparables a las de sus personajes. La muerte de su padre y un casamiento apresurado de su madre la hicieron salir de Cuba hacia Europa, donde entró en contacto con la literatura romántica del momento, Victor Hugo, Chateaubriand y Lord Byron. La muerte de sus dos maridos y el abandono de su amante cuando ella se encontraba embarazada de una niña que nació muerta inclinaron su temperamento depresivo y apasionado hacia el espiritismo y periodos de retiro religioso, aunque siempre contó con el apoyo de escritores como José Zorrilla, Fernán Caballero, José de Espronceda, o Alberto Lista; sin embargo, su espíritu independiente y sus escándalos amorosos también le valieron las críticas de personajes como Marcelino Menéndez Pelayo, que impidió que entrara en la Real Academia Española.

Escribió poesía, novela y teatro y destacó en los tres géneros, al incorporar a las letras españolas el ambiente caribeño, sentido en Europa como exótico, en un tono melancólico y nostálgico. Son ejemplo de ello sus novelas Guatimozín, último emperador de México (1846) o El cacique de Turmequé (1860). Su compromiso social se hace patente en Sab, la primera novela antiesclavista de las letras españolas.

Su poesía se centra en el tema del amor desdichado y pesimista como puede verse en algunos de sus sonetos más conocidos: A partir, A él, A la poesía, publicados antes de 1841 y recogidos en un libro de poemas en 1851.

En el teatro, intentó fundir la tragedia clásica con el drama romántico pero sin caer en los excesos de éste, como en los dramas operísticos Saúl (1849) o Baltasar (1858), considerada la mejor de sus obras por el retrato psicológico de sus personajes.

Gertrudis Gómez de Avellaneda, a pesar de haber sido una autora muy valorada en su época, pasó después por un periodo de olvido pero la crítica actual la considera una precursora del feminismo moderno tanto por su actitud vital como por la fuerza que imprime a sus personajes femeninos literarios.

JORGE ISAACS

Jorge Isaacs (1837-1895), escritor colombiano cuya fama se debe a un pequeño volumen de poemas, Poesías (1864), y a una sola novela, María (1867), que obtuvo un éxito inmediato y se convirtió en la novela más popular, imitada y leída de Latinoamérica sólo superada, según la crítica, por Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Isaacs descendía de una rica familia judía británica que se mudó desde Jamaica a una propiedad en el Valle del Cauca, cerca de Cali donde nació. Estudió en Bogotá y, en lugar de seguir la carrera de medicina, como había planeado, se enroló en el Ejército para combatir en la guerra del Cauca (1860-1863), un enfrentamiento civil que destruyó las propiedades de su familia y le privó de sus riquezas.

Reducido a la pobreza, Isaacs se trasladó a Bogotá con el fin de dedicarse a la literatura. Su primera colección de poemas obtuvo un gran éxito, al igual que María, novela lírico sentimental y su mejor obra, que cosechó un éxito espectacular. Antes de finalizar el siglo XIX, llevaba 50 ediciones. La novela, un romance elegíaco, describe una idílica existencia en el valle del Cauca, y contiene pasajes ambientados en África en los que el autor idealiza el noble salvajismo y condena la esclavitud. La historia de los amores de María y su primo Efraín, a la que añade las de otras parejas de jóvenes, que pertenecen a clases sociales y etnias diferentes, se complementan entre sí. Al desarrollo amoroso de los protagonistas corre paralelo un ahondamiento progresivo de la realidad social. Se la puede considerar como novela realista romántica americana por antonomasia, aunque algunos la sitúan dentro del folletín. Además es la obra precursora de la novela regionalista de las décadas de 1920 y 1930.

Isaacs fue incapaz de repetir el éxito de esta su primera novela, a pesar de que continuó intentándolo. Alternó la escritura con varios cargos dentro del funcionariado, y fue cónsul de su país en Chile. Sin embargo, se le denegó repetidamente la posibilidad de recuperar su fortuna familiar y en 1895 murió, en Ibagué, Tolima, en la pobreza.

Fragmento de María.

De Jorge Isaacs.

Capítulo LXII.

En la mañana que siguió a la tarde en que María me escribió su última carta, Emma después de haberla buscado inútilmente en su alcoba, la halló sentada en el banco de piedra del jardín: dejábase ver lo que había llorado: sus ojos fijos en la corriente y agrandados por la sombra que los circundaba, humedecían aún con algunas lágrimas despaciosas aquellas mejillas pálidas y enflaquecidas, antes tan llenas de gracia y lozanía: exhalaba sollozos ya débiles, ecos de otros en que su dolor se había desahogado.

—¿Por qué has venido sola hoy? —le preguntó Emma abrazándola—: yo quería acompañarté como ayer.

—Sí —le respondió—; lo sabía; pero deseaba venir sola: creí que tendría fuerzas. Ayúdame a andar.

Se apoyó en el brazo de Emma y se dirigió al rosal de enfrente a mi ventana. Luego que estuvieron cerca de él, María lo contempló casi sonriente, y quitándole las dos rosas más frescas, dijo:

—Tal vez serán las últimas. Mira cuántos botones tiene: tú le pondrás a la Virgen los más hermosos que vayan abriendo.

Acercando a su mejilla la rama más florecida, añadió:

—¡Adiós, rosal mío, emblema querido de su constancia! Tú le dirás que lo cuidé mientras pude —dijo volviéndose a Emma, que lloraba con ella.

Mi hermana quiso sacarla del jardín diciéndole:

—¿Por qué te entristeces así? ¿No ha convenido papá en demorar nuestro viaje? Volveremos todos los días. ¿No es verdad que te sientes mejor?

—Estémonos todavía aquí —le respondió acercándose lentamente a la ventana de mi cuarto—: la estuvo mirando olvidada de Emma, y se inclinó después a desprender todas las azucenas de su mata predilecta, diciendo a mi hermana—: Dile que nunca dejó de florecer.

Ahora sí vámonos.

Volvió a detenerse en la orilla del arroyo, y mirando en torno suyo apoyó la frente en el seno de Emma murmurando:

—¡Yo no quiero morirme sin volver a verlo aquí!

Durante el día se la vio más triste y silenciosa que de costumbre. Por la tarde estuvo en mi cuarto y dejó en el florero, unidas con algunas hebras de sus cabellos, las azucenas que había cogido por la mañana; y allí fue Emma a buscarla cuando ya había oscurecido. Estaba de codos en la ventana, y los bucles desordenados de la cabellera casi le ocultaban el rostro.

—María —le dijo Emma después de haberla mirado en silencio unos momentos—, ¿no te hará mal este viento de la noche?

Ella, sorprendida al principio, le respondió tomándole una mano, atrayéndola a sí y haciendo que se sentase a su lado en el sofá:

—Ya nada puede hacerme mal.

—¿No quieres que vayamos al oratorio?

—Ahora no: deseo estarme aquí todavía; tengo que decirte tantas cosas...

—¿No hay tiempo para que me las digas en otra parte? Tú, tan obediente a las prescripciones del doctor, vas así a hacer infructuosos todos sus cuidados y los nuestros: hace dos días que no eres ya dócil como antes.

—Es que no saben que voy a morirme —respondió abrazando a Emma y sollozando contra su pecho.

—¿Morirte? ¿morirte cuando Efraín va a llegar?...

—Sin verlo otra vez, sin decirle... moriré sin poderlo esperar. Esto es espantoso —agregó estremeciéndose después de una pausa—; pero es cierto: nunca los síntomas del acceso han sido como los que hoy estoy sintiendo. Yo necesito que lo sepas todo antes que me sea imposible decírtelo. Oye: quiero dejarle cuanto yo poseo y le ha sido amable. Pondrás en el cofrecito en que tengo sus cartas y las flores secas, este guardapelo donde están sus cabellos y los de mi madre; esta sortija que me puso en vísperas de su viaje; y en mi delantal azul envolverás mis trenzas... No te aflijas así —continuó acercando su mejilla fría a la de mi hermana—: yo no podría ya ser su esposa... Dios quiere librarlo del dolor de hallarme como estoy, del trance de verme espirar. ¡Ay! yo podría morirme conforme dándole mi último adiós. Estréchalo por mí en tus brazos y dile que en vano luché por no abandonarlo... que me espantaba más su soledad que la muerte misma, y... María dejó de hablar y temblaba en los brazos de Emma; cubrióla ésta de besos y sus labios la hallaron yerta; llamóla y no respondió; dio voces y ocurrieron en su auxilio.

Todos los esfuerzos del médico fueron infructuosos para volverla del acceso, y en la mañana del siguiente día se declaró impotente para salvarla.

El anciano cura de la parroquia ocurrió a las doce al llamamiento que se le hizo.

Frente al lecho de María se colocó en una mesa adornada con las más bellas flores del jardín, el crucifijo del oratorio, y lo alumbraban dos cirios benditos. De rodillas ante aquel altar humilde y perfumado oró el sacerdote durante una hora, y al levantarse, le entregó uno de los cirios a mi padre y otro a Mayn para acercarse con ellos al lecho de la moribunda. Mi madre y mis hermanas, Luisa, sus hijas y algunas esclavas se arrodillaron para presenciar la ceremonia. El ministro pronunció estas palabras al oído de María:

—Hija mía, Dios viene a visitarte: ¿quieres recibirlo?

Ella continuó muda e inmóvil como si durmiese profundamente. El sacerdote miró a Mayn, quien, comprendiendo al instante esa mirada, tomó el pulso a María, diciendo en seguida en voz baja:

—Cuatro horas lo menos.

El sacerdote la bendijo y la ungió. Los sollozos de mi madre, mis hermanas y las hijas del montañés acompañaron la oración.

Una hora después de la ceremonia, Juan se había acercado al lecho y se empinaba para alcanzar a ver a María, llorando porque no lo subían. Tomólo mi madre en sus brazos y lo sentó en el lecho.

—¿Está dormida, no? —preguntó el inocente reclinando la cabeza en el mismo almohadón en que descansaba la de María y tomándole en sus manitas una de las trenzas como lo acostumbraba para dormirse.

Mí padre interrumpió esa escena que agotaba las fuerzas de mi madre y los asistentes presenciaban contristados.

A las cinco de la tarde, Mayn, que permanecía a la cabecera pulsando constantemente a María, se puso en pie, y sus ojos humedecidos dejaron comprender a mi padre que había terminado la agonía. Sus sollozos hicieron que Emma y mi madre se precipitasen sobre el lecho. Estaba como dormida; pero dormida para siempre... ¡muerta! ¡sin que mis labios hubiesen aspirado su postrer aliento, sin que mis oídos hubiesen escuchado su último adiós, sin que algunas de tantas lágrimas vertidas por mí después sobre su sepulcro, hubiesen caído sobre su frente!

Cuando mi madre se convenció de que Maria había muerto, ante su cadáver, bañado de la luz de los arreboles de la tarde que penetraba en la estancia por una ventana que acababan de abrir, exclamó con voz enronquecida por el llanto besando una de esas manos ya fría e insensible:

—¡María!... ¡hija de mi corazón!... ¿por qué nos dejas así?... ¡Ay! ya nunca más podrás oírme... ¿Qué responderé a mi hijo cuando me pregunte por ti? ¿Qué hará, Dios mío?... ¡Muerta! ¡muerta sin haber exhalado una queja!

Ya en el oratorio, sobre una mesa enlutada, vestida de gro blanco y recostada en el ataúd, mostraba en su rostro algo de sublime resignación. La luz de los cirios brillando en su frente tersa y sobre sus anchos párpados, proyectaba la sombra de las pestañas sobre las mejillas: aquellos labios pálidos parecían haberse helado cuando intentaban sonreír; podía creerse que alentaba aún. Sombreábanle la garganta las trenzas medio envueltas en una toca de gasa blanca, y entre las manos, descansándole sobre el pecho, sostenía un crucifijo.

RICARDO PALMA

Nacido en Lima, se inició muy temprano en la vida periodística y literaria, con poemas, piezas teatrales y sátiras políticas. Fue uno de los jóvenes “bohemios” (así los bautizó él mismo) que introdujeron el romanticismo en el Perú, pero hacia 1860 empezó a notarse que su talento lo llevaba en otra dirección —al mismo tiempo más liviana y menos artificiosa—, guiado por su innata ironía, su aguda observación de la realidad social y el gusto por una prosa pintoresca y con sabor popular.

Sus dos años de destierro en Chile (1861-1863) contribuyeron a su maduración literaria; a su vuelta al Perú llevó como fruto los Anales de la Inquisición de Lima (1863), su primer trabajo histórico importante. A lo largo de su larga y fecunda vida, Palma publicó una variedad de obras (libros de recuerdos y de viaje, estudios lexicográficos y literarios), pero nada supera el significado de sus Tradiciones, cuya primera serie aparece en 1872, iniciando así un ciclo que sólo se cierra en 1910; nuevas tradiciones siguieron apareciendo hasta pocos años antes de su muerte.

Ricardo Palma (1833-1918), escritor peruano que fue la mayor figura del tardío romanticismo (véase Romanticismo hispanoamericano) y que entroncó con el naciente realismo, el viejo costumbrismo español y la sátira criolla, para producir la exitosa fórmula de sus Tradiciones peruanas. A través de numerosas series, que se extienden hasta el siglo XX, se convirtió en uno de los prosistas clásicos más amenos de América.

Leyenda “UN TESORO Y UNA SUPERSTICIÓN”, en Tradiciones peruanas.

De Ricardo Palma.

Cura de Locumba, a principios del siglo actual, era el venerable doctor Galdo, quien fue llamado un día para confesar a un moribundo. Era éste un indio cargado de años, más que centenario, y conocido con el nombre de Mariano Choquemamani.

Después de recibir los últimos sacramentos, le dijo al cura:

—Taita, voy a confiarte un secreto, ya que no tengo hijo a quien transmitirlo. Yo desciendo de Titu-Atauchi, cacique de Moquegua en los tiempos de Atahualpa. Cuando los españoles se apoderaron del Inca, éste envió un emisario a Titu-Atauchi con la orden de que juntase oro para pagar su rescate. El noble cacique reunió gran cantidad de tejos de oro, y en los momentos en que se alistaba para conducir este tesoro a Cajamarca recibió la noticia del suplicio de Atahualpa. Titu-Atauchi escondió el oro en la gruta que existía en lo alto de Locumba,