Amor en los diálogos de Platón

Filosofía griega. Pensamiento platónico. Lisis. Fedro

  • Enviado por: Murphy
  • Idioma: castellano
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EL AMOR EN EL DIÁLOGO LISIS

El primer intento de definición del amor en las obras platónicas se encuentra en el Lisis. En este texto, en términos generales el amor es "desear que la persona amada sea lo más feliz posible", nos dice el personaje Sócrates, dirigiéndose al joven Lisis, a quien estimula a reflexionar en su situación social en el marco de los límites de su casa. Y Sócrates prosigue su explicación señalando que los padres del joven le aman, por consiguiente desean su felicidad, sin embargo, no le entregan una libertad absoluta -ya que debe obedecer al esclavo de la casa y al maestro en la escuela- pues no posee aún un conocimiento suficiente de las cosas. Esto significa que se le permite hacer todo aquello de lo cual tiene un conocimiento adecuado. Y así se desprende que es el conocimiento y no la edad lo importante. Otra consecuencia es que todos confiarán en nosotros si es que se dan cuenta que poseemos el conocimiento para saber hacer. La gente nos estimará en la medida en que seamos útiles. Sócrates señala, al final, que si queremos ser amados, tenemos que adquirir la sabiduría, la que no debe entenderse como un conocimiento teórico, sino práctico. El punto de vista utilitarista de Sócrates es innegable aquí. El diálogo prosigue con la búsqueda -al estilo de Sócrates- de la definición del término "amigo". Pero el vocablo es equívoco, pues puede ser utilizado tanto para designar a la persona que quiere como para designar a la persona querida. Para clarificar esto, Sócrates pregunta: ¿quién es el amigo, el que ama o el que es amado? El interlocutor de Sócrates responde que aquí no hay diferencia, sin embargo, es claro que la hay, pues el amor no siempre es correspondido y puede suceder que alguien ame a quien le odia. En todo caso, no hay claridad al respecto y, por tanto, Sócrates plantea las cosas de otra manera. Se analiza, a continuación, el adagio que dice que "lo semejante es amigo de lo semejante". Según esto los buenos serán amigos de los buenos, y los malos, de los malos. Sin embargo, si aceptamos el concepto platónico de que la maldad significa ignorancia y discordia, los malos no pueden ser amigos de nadie, pues nunca mantienen una semejanza con nada, ni siquiera consigo mismos. Es decir, el adagio sólo es válido para los buenos o armoniosos. Pero a partir de esto llegamos a una conclusión inesperada: alguien completamente bueno y autosuficiente no necesita de nadie que le ayude a serlo. Asimismo, si la amistad se fundamenta en la necesidad, una persona absolutamente buena no la podría sentir. Tampoco, tendría sentido la amistad entre dos personas completamente buenas, pues no necesitan de nadie.

Desde otra perspectiva, si se acepta que la amistad o el amor tienen su origen en la necesidad, es natural que los débiles sean amigos y amantes de los fuertes, los pobres de los ricos, los ignorantes de los sabios, etc. Así, vemos que el amor se da aquí entre contrarios, pero este punto de vista, si lo vemos bien, nos conduce a algunos absurdos: porque en este caso serán amigos buenos y malos, valientes y cobardes, justos e injustos, castos y lujuriosos.

Así, llegamos a una tercera perspectiva en que lo que no es ni bueno ni malo será el amigo o amante de lo bueno o de lo bello que en este contexto son idénticos. Más explícitamente, aquello que no es ni bueno ni malo ama lo bueno, porque el mal está latente en él. Por ejemplo, el cuerpo ama la salud en razón de la presencia de la enfermedad. Asimismo, el amante de la sabiduría ama a ésta, porque no es absolutamente sabio ni tampoco tan ignorante como para no darse cuenta de su propia ignorancia. Con esto concluye en el Lisis la búsqueda, en sentido estricto, de un concepto del amor que, evidentemente, en este diálogo no se logra.

El AMOR EN EL DIÁLOGO EL FEDRO

La otra exposición importante acerca del amor, Platón la realiza en el diálogo el Fedro. Si bien se trata de una exposición de otro carácter sobre el amor, los planteamientos fundamentales de ambos diálogos coinciden, aunque sus líneas de desenvolvimiento varían bastante. Todo comienza con una discusión basada en un discurso de Lisias sobre el tema de si es mejor para un joven otorgar sus favores a una persona que no le ama antes que a una persona que sí le ame. Lisias señala que los amantes actúan bajo impulsos que están encadenados por la pasión que les produce remordimientos y que se presenta en ellos como enfermedad. Además, éstos se jactan de sus conquistas y luego las abandonan, son celosos de cualquier compañía y sólo orientan su amor a la flor fugaz de la juventud. En cambio, los que no están impulsados por el amor, entregan una amistad duradera e independiente de lo sexual, porque buscan la compañía sin poner la mirada en el placer inmediato y efímero. Su afecto no surge de una pasión, sino de la búsqueda de un propósito común.

Este discurso si bien tiene el mérito del equilibrio, de la prudencia es desorientador en la medida en que confunde realidades muy distintas al no haber definido su autor los términos que emplea. El amor (eros), sin duda, no es la amistad (filía),pero el uno no niega el otro, puesto que son dos manifestaciones válidas de la naturaleza.

El discurso siguiente de Sócrates intentará justamente aportar precisión conceptual al debate. Sócrates comienza haciendo una diligente definición del amor que nos dice que éste es deseo, pero incluso aquellos que no tienen Eros -según el sentido atribuido antes por Lisias- anhelan lo bello. ¿Sobre la base de qué podremos diferenciarlos? Sobre la base de dos principios rectores que Platón afirma que existen en nosotros. El primero es un deseo innato de placer y el segundo una capacidad de juicio desarrollada tendiente a lo óptimo. Sucede que a veces tales principios coinciden y otras veces discrepan, en una lucha permanente por la supremacía. Cuando prevalece el juicio, hay en nosotros autodominio, moderación; cuando, prevalece el deseo éste nos arrastra al exceso (hybris) y actuamos en contra de nuestro juicio. Ahora bien, en relación con el placer que proporcionan los cuerpos bellos, para Sócrates el exceso es el Eros. Tal Eros es, según el filósofo, una pasión física desenfrenada, algo brutal y contrario a la razón. Esta forma de amor es mala para el alma del amado, porque el amante fijándose sólo en su placer propio perjudica el alma del amado al mantener a éste en un estado de dependencia, de inferioridad y al impedirle, además, salir de la ignorancia.

Se trata de un Eros que tiene por objetivo el placer antes que el bien, el cual no sólo es malo para el alma del amado sino también para su cuerpo en la medida en que el amante, poseído por el Eros egoísta, hace de su amado una persona físicamente débil al obligarlo a vivir encerrado en casa, privándolo con ello de dar salud a su cuerpo. Todo esto hace que sea inmensamente más sensato que el amado favorezca al no poseído por el Eros, de lo contrario se expone a un afecto que es como el del lobo por la oveja. Tal es la acusación de Sócrates contra el Eros.

Sin embargo, tal Eros no es el verdadero. Más aún, Sócrates considera que él ha blasfemado contra el dios del amor y debe pagar con una retractación -denominada palinodia en el mundo griego-, porque no debía haber dado el nombre de Eros a una locura erótica, totalmente corporal, absurdamente posesiva y egoísta. ¿En qué consiste esta palinodia? Se trata del mito platónico del viaje del alma que arrojará luz no sólo sobre la verdadera naturaleza del Eros, sino también sobre el alma y las ideas eternas, principios indispensables para comprender la naturaleza del Amor. Según enseña Sócrates el amor es primordialmente una especie de locura -manía- que proviene de los dioses, vale decir, divina. Es una manía porque es una emoción irracional, aunque alcanza su más alta expresión sólo cuando se une a las claridades de la razón, por ejemplo, en el amor filosófico de la verdad y de la belleza. Más aún, el Eros es el origen psicológico de la búsqueda del filósofo, puesto que el punto de partida del movimiento y la fuente principal de la acción residen en el alma.

Platón representa aquí míticamente el alma como un auriga que dirige un carro alado, formado por dos caballos, uno dócil y el otro obstinado. Cuando acaece la muerte, el alma se eleva hasta el borde del firmamento y contempla las Ideas eternas que están por encima. Sin embargo, el hacinamiento de las almas le hace perder sus alas precipitándose otra vez a la tierra. Esta alma que ha visto las Ideas con máxima claridad se convierte en filósofa o en amante de la belleza, en un ser inspirado, pero no con la inspiración del artista -que está en un nivel más bajo-, sino con la inspiración del hombre culto, del sapiente en el arte de la vida.

Desde la perspectiva platónica, cuando en la vida captamos visualmente el brillante esplendor de la belleza, rememoramos la Idea de la Belleza que vimos con los ojos de alma en el mundo celeste; sin embargo, no podemos hacer la misma percepción de la sabiduría ni de otras realidades dignas de nuestro amor. Sólo la belleza se muestra refulgente en la medida en que es captada por la vista que, según Platón, es el más agudo de nuestros sentidos y por esto mismo es la más amada por todos.

Ahora bien, aquel que no está recién iniciado o bien ha sido corrompido no puede dirigirse desde la belleza sensible a la inteligible. Su mirada queda atrapada por aquella forma imperfecta de belleza, entregándose al placer. Pero el recién iniciado que ha contemplado ampliamente las cosas del mundo superior, al ver un rostro divino, una bella imitación de la Belleza o un cuerpo de hermoso aspecto trata de venerarlo como un dios. Luego de esto vuelven a salirle alas en todo el territorio de su alma, retornando a ese estado anterior en que poseía alas en su totalidad. Entonces, el alma halla descanso en la contemplación del amado, recogiendo el dulce placer de ese momento de unión. El iniciado ya no querrá separarse de su amado porque para él éste es su tesoro más precioso, una maravilla que le hace olvidar todo hasta el punto de estar dispuesto a convertirse en esclavo con tal que se le deje junto a su amado. Y este es el estado que los hombres llaman amor, nos dice Platón .

Seguidamente, Sócrates nos describe el efecto de Eros sobre el alma en otro aspecto, haciendo uso nuevamente de la parábola del alma como cochero y de los dos caballos. Ocurre ahora que el caballo negro brinca hacia el amado obstinadamente y no obedece a las órdenes del cochero, saltando hacia el amado. Sin embargo, al final es amansado. Entonces, el alma del amante, puede acercarse con seguridad al amado y éste puede dejarse venerar por un amante sincero, al cual, finalmente acepta entregándole su amistad. Transcurrido el tiempo las cosas cambian, Platón nos precisa: " Y una vez que lo ha recibido en su trato , la benevolencia del amante , que ahora ve de cerca, llena de admiración al amado que comprende que, ni aun todos los demás juntos, amigos y parientes, le ofrecen una pequeña parte de la amistad que encuentra en este amigo poseído de un dios. Y cuando pasa el tiempo en este trato e intimidad, a más de los contactos en los gimnasios y en otros lugares de reunión, el manantial de aquella corriente que Zeus cuando amaba a Ganímedes llamó 'ola de deseo', corriendo a raudales hacia el enamorado, en parte desciende a él y, en parte, cuando éste está completamente lleno, desborda hacia fuera, y como el aliento o el eco que de los objetos lisos y resistentes saltan de nuevo al punto de donde partieron, así la corriente de la hermosura, pasando a través de los ojos, vuelve de nuevo al hermoso; y cuando, por ese camino, que es el que naturalmente la conduce al alma, ha llegado a ella y la ha llenado, reanima los orificios de las plumas, da impulso al nacimiento de éstas y llena de amor a su vez el alma del amado".

"Está, pues, enamorado, pero no comprende de qué; y ni sabe lo que le ocurre ni puede explicarlo, sino que, como el que coge de otro una oftalmía, no puede alegar ninguna razón, y no se da cuenta de que, como en un espejo, se ve a sí mismo en su amante; siempre que aquel está presente, deja, como él, de sufrir, y cuando está ausente, del mismo modo también, lo echa de menos y es echado de menos, teniendo así un contra-amor que es la imagen del amor. Él lo llama y lo cree, no amor, sino amistad, y desea, de un modo semejante que aquel, pero más débilmente, ver, tocar, besar al otro y acostarse con él. Y ,ciertamente, es muy probable que en estas condiciones, se siga pronto lo demás; porque, cuando están acostados juntos, el caballo indisciplinado del amante tiene algo que decir al auriga y considera que, a cambio de sus muchas fatigas, ha sacado poco provecho; y por su parte, el del amado no tiene nada que decir, pero hinchado de deseo y no entendiendo su situación, abraza al amante y lo besa, como quien demuestra su afecto a uno que lo quiere bien, y siempre que están acostados es capaz de no rehusar, por la parte que le toca, sus favores al amante, si éste le pidiera obtenerlos; su compañero de yugo y el auriga se resisten a esto con su razón y pudor."

"Así, pues, si es una vida ordenada y a la filosofía a lo que los conduce la victoria de lo mejor que hay en el alma, pasan esta vida en la dicha y en la armonía, puesto que, gracias a su dominio de sí mismos y su moderación, han sometido a lo que producía su virtud. Y así, cuando han llegado al fin de sus vidas, sostenidos ya por alas y ligeros, de las tres luchas atléticas de esta justa verdaderamente olímpica, han vencido en la primera, y ni la sabiduría humana ni la locura divina pueden conceder al hombre mayor bien. Si por el contrario, llevan una vida más grosera, sin amor a la filosofía, sino a los honores de este mundo, es fácil que en la embriaguez o en cualquier otro momento de descuido los caballos indisciplinados de ambos, cogiendo a las almas desprevenidas y coaligándose para el mismo fin, opten por el partido que para el vulgo ofrece más felicidad y consumen la cosa. Una vez consumada, vuelven a lo mismo en lo sucesivo, pero rara vez, porque cuando obran así no lo hacen con la aprobación de toda su mente. Amigos, sin duda, también lo son éstos, pero menos que aquéllos; viven el uno para el otro, tanto mientras dura el amor como cuando han salido de él, considerando que se han dado mutuamente y recibido el uno del otro las mayores fianzas, a las que no es lícito faltar convirtiéndose una vez en enemigos. Y al fin, sin alas, pero no sin haberse esforzado por adquirirlas, abandonan sus cuerpos. En consecuencia, no es pequeño el premio que obtienen de su locura amorosa; porque no es a las tinieblas ni al viaje subterráneo adonde la ley ordena que vayan los que ya han comenzado el viaje infraceleste, sino que llevando una vida resplandeciente, viajen felices en mutua compañía, y llegado el momento, lleguen ellas a tener alas en virtud de su amor. Tan grandes son , niño, y tan divinos los dones que te ofrecerá la amistad de un enamorado. En cambio, el trato de uno que no ame, trato mezclado de prudencia mortal y que se entrega a una economía mortal, produciendo en el alma amiga una ruindad que las masas alaban como un mérito, la hará rodar nueve mil años alrededor de la tierra y debajo de la tierra, en un estado irracional." (255a)

Sócrates ha intentado aquí explicar la verdadera naturaleza de Eros que en este texto comienza y termina con la relación amorosa entre individuos. El Eros, en definitiva, se sostiene en la captación de la Ideas eternas y se despierta por la visión de la belleza masculina, teniendo como objetivo como meta conducir también al amado hasta la intelección de la belleza y la verdad.

En síntesis, tanto en el Fedro como en el Banquete -a pesar de sus desarrollos diferentes- hallamos los tres mismos tipos de amantes. El más bajo de ellos corresponde a quienes están poseídos por la pasión meramente física y egoísta. Un poco más arriba está el amante moderado que al no ser un filósofo verdadero termina complaciendo su impulso sexual, aún cuando racionalmente. Y ello debido a que su autocontrol es defectuoso. Se trata, en verdad, de un estado intermedio y que es positivo en la medida que prepara para la vida filosófica.

En la cima de esta escala de amantes se halla el auténtico filósofo, quien está más allá de toda servidumbre a lo sexual. Aquí los amantes pertenecen al mismo sexo y su meta no es otra que la inspiración recíproca en la investigación de la verdad y del bien. Y aunque este amor tiene un fundamento en el instinto sexual, los amantes han tenido la fuerza y la sabiduría para sublimarlo en una pasión por el estudio en común. Éste es, también, el verdadero significado del "amor platónico" del que tan imprecisamente se habla.

Desde la perspectiva de la evolución espiritual la sabiduría de Platón acerca del amor tiene méritos indiscutibles que es innecesario recalcar, porque están a la vista. Sin embargo, su sabiduría también adolece de errores demasiado importantes como para no considerarlos en esta síntesis. Por ejemplo, su concepto del amor está claramente fundado en una atracción de tipo homosexual, aunque esto tenga como atenuante que el amor platónico es en esencia una unión mental. Recordemos, además, que para este filósofo las más altas manifestaciones del amor y del afecto se dan sólo entre hombres. Con esto Platón simplemente expresaba el sentir normal de sus contemporáneos, para quienes la mujer era un mero ser físico, sin cualidades psíquicas que la hicieran dignas del amor del hombre. Por esto mismo en la Grecia de Platón, el matrimonio no podía ser más que una unión orientada a la satisfacción de las necesidades físicas y a la procreación de los hijos.

Platón, en verdad, no va más allá de la cultura de su tiempo al no darle ningún lugar al amor, a la amistad, al compañerismo entre hombres y mujeres. En definitiva, Platón vio en el amor una fuerza irracional y en esa medida un valor que está por debajo de la esfera de la razón. No conoció, por tanto, este filósofo,el verdadero Amor que está más allá de lo irracional y de lo racional.

La presente titulación del párrafo pretende analizar de forma más concreta la posición de Sócrates en este segmento de su discurso, el cual empieza a ser más definido luego de haber conseguido una distinción sobre lo que quiere investigar y la forma en la que hasta el momento, ha desarrollado su investigación. En este fragmento del discurso encontramos el análisis, en forma de mito, de la inmortalidad del alma, sin perder de vista el carácter poético que debe tener el discurso. Luego de esta breve introducción la tesis que proponemos es la siguiente: “El mito, es necesario para mantener el carácter poético y a la vez, para hacer más comprensible el comportamiento del alma a la hora de conocer”. Esta tesis tiene su base en lo siguiente:

`Sócrates hace en principio una distinción con respecto a lo que quiere investigar, es decir, primero con respecto a la naturaleza del alma y de dónde proviene su ser, su esencia. Hace una breve pausa y empieza a explicar que la investigación sobre la verdadera esencia del alma sólo es cuestión relativa a lo que es estrictamente divino y por eso prefiere hacer una omisión discursiva con relación a ese tema y afirmar que prefiere hablar del alma humana que es semejante al alma de los dioses, introduciendo el mito y presentando a la vez una teoría sobre las partes del alma y cómo son acompañadas en su viaje por la bóveda celeste'[1].

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A. La necesidad de un mito para explicar la naturaleza del alma <O:P</O:P

Al exponer la esencia del alma dentro de un mito, se cree que Platón lo hace buscando la mejor vía para comparar su visión sobre las partes del alma y a la vez buscando explicar cómo es acompañada por los dioses en el conocimiento de la verdad; se cree esto en virtud de la necesidad de conservar Sócrates, un sentido poético profundo que no vaya en contra de sus convicciones religiosas y de lo prometido al iniciar el discurso. Posiblemente -comenta Szlezák[2]-, Platón pretendía de los lectores una disposición natural para poder captar y diferenciar el mito del logos, solo que para eso es necesario que se tenga una preparación previa que eduque al alma para que logre distinguir tales formas y lo haga sin mayor esfuerzo. Por eso también esta parte del discurso no es tomada por algunos traductores como el mito del carro alado, sino como la analogía del carro alado. Creemos pues, que así es como hace más contundente Sócrates el discurso, que sea hecho a manera de «prueba» de la tesis de que Eros es una donación de los dioses al amado y al amante para su felicidad y que ésta a la vez es competente para la demostración de la inmortalidad del alma, claro que esta prueba, «será increíble para los habilidosos, pero creíble para los sabios» (245c). Es más, parece que en éste punto del diálogo, Fedro se encuentra más interesado en la elocuencia que en la verdad de las palabras de Sócrates, solo que él mismo descubre que Lisias no es capaz de hacer que sus palabras tengan un poder efectivo de elocuencia y que además logren oponerse a la exposición de un «filólogo» como Sócrates.<O:P</O:P

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«La función dialéctica de la “bóveda celeste”, en el transcurso del discurso, es vista como la continuación del mundo metafísico, al mundo físico. Este punto de referencia es importante, sobre todo si tenemos en cuenta que dentro del sistema platónico encontramos que el paso del mundo de las ideas al mundo físico por parte del alma, se hace tendiendo siempre hacia la idea del Bien, que es la máxima prioridad que debe tener cualquiera que quiera ser amante de la sabiduría».

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B. El cuidado del alma <O:P</O:P

Por otro lado, encontramos que este mito es puesto posiblemente, como recurso retórico de Sócrates, por no existir indicio alguno que afirme que los griegos hablaran dentro de su teología, sobre un lugar supraceleste en donde Zeus paseara con las almas alrededor de la verdad.

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En este punto del discurso, es preciso comprender aún más la posición de Sócrates, ya que por un lado él quiere hacer una distinción que sea más precisa con respecto al conocimiento del alma y su forma de conocer la Verdad, la cual aquí es presentada como la «ambrosía» que alimenta los caballos y que nos lleva a nosotros a tener un conocimiento previo de “lo que es” en realidad. Por otro lado, existe una intención clara de no desagradar los dioses y de no alejarse de la Verdad, para poder atacar con fuerza la “opinión” y hacer que el discurso de Lisias sea considerado como una simple forma retórica. Haciendo caso al orden de lo que se explica aquí, Sócrates pretende con esto demostrarle a Fedro que el alma del filósofo está más cerca de la Verdad, por ser conducida anteriormente por un auriga en la bóveda celeste y participar de alguna forma en la observación de la Verdad (Realidad o Bien), y por eso es impulsado a tener contacto con lo bueno y lo bello, es más eso demuestra que los dioses han sido benévolos con el alma y que le han permitido participar de la idea Suprema, antes de hacerse material y tomar la forma humana.

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Es preciso pensar, que el alma humana a esta altura del diálogo -sobre todo la parte del alma que conoce[3]- es individual, supraterrena, indivisible, y por tanto inmortal. Solamente cuando es entregada a los “instrumentos del tiempo” se une con el cuerpo y comienza a tener percepciones sensibles que le hacen seguir conociendo o acercarse a la idea del Bien a través de la ciencia (episteme) o alejarse de ella a través de la opinión (doxa). Es decir que debe haber un tratamiento del alma para que esta no se deforme en su esencia y debe ser alimentada de forma correcta para que alcance más prontamente las virtudes que se le han presentado anteriormente.

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Platón pretende resolver el problema del conocimiento en el mundo, afirmando que las esencias existen y se refirió a ellas con la palabra griega «idea», que significa patrón, arquetipo, modelo; más aún, afirma que ellas son la verdadera realidad; los seres que nos informan los sentidos no son una simple ilusión como decía Parménides, pero tampoco tienen una realidad propia; son como proyecciones pobres y limitadas de las ideas, pero ciertamente “participan” de ellas y eso les da una apariencia de ser. Este mundo físico está en el espacio y en el tiempo, por eso es cambiante, múltiple, divisible; en cambio, las «ideas» no están en el espacio ni en el tiempo, son espíritu puro, no cambian, son eternas[4].

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Encontramos además, que el alma antes de llegar al cuerpo de los hombres, ha tenido muchas vidas terrenas[5]. Antes de ellas y entre unas y otras, conoció las formas (eidos) eternas o tuvo vislumbres partes de ellas. El Alma las ha olvidado porque el cuerpo la esclaviza, pero ciertas cosas que los sentidos le permiten percibir en torno de ella la hacen recordar lo que antes había conocido. En cierta manera, podemos calificar de “justas” a ciertas actuaciones de los hombres, de valientes otras, de prudentes otras. La gracia de todo esto es encontrar de forma precisa durante nuestra vida la esencia de esas ideas a través de los sentidos. Por eso recordar bien lo que conocimos antes, es identificar claramente esas virtudes o esencias que fueron puestas ante nuestra alma en el viaje por la “bóveda celeste”.

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El estado óptimo del alma humana es la buena combinación de sus partes, es decir, su areté o dikaiosyne es la colaboración armoniosa de las tres partes (el auriga y los caballos) bajo la dirección de la razón (los dioses). El bien del hombre estará entonces, en hacer que el alma se fije aún más en las «ideas», en lo que “es”, para que su alma eche alas y pueda recordar de mejor forma lo que conoció en compañía de la divinidad.

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C. El que ama las cosas bellas (249d-252c) <O:P</O:P

La percepción de los sentidos, que solo es posible a través del cuerpo, despierta el recuerdo de las formas eternas que son lo real y verdadero (Teoría de la Reminiscencia). Abierto ese camino, el filósofo debe seguir por él, dominando los deseos del cuerpo para liberar al alma y permitirle dedicarse al conocimiento de las formas perfectas, de lo divino, lo hermoso, lo sabio y lo bueno, y cuando persevera en su intento, ésta se acostumbra a alimentarse bien y se puede dominar con facilidad, siendo guiada hacia los cielos más prontamente[6]. La percepción por los sentidos, también nos impulsa a reconocer de alguna manera lo que hemos conocido en nuestro viaje anterior a nuestra llegada a la tierra, por tener la capacidad de hacernos reconocer la belleza en el mismo instante en que la vemos, a diferencia de otras cosas preciosas como la sabiduría y la templanza, entre otras virtudes, por no tener una representación cercana en el mundo físico a lo conocido en nuestro viaje en compañía de los dioses. De ahí que la belleza, sea la más afortunada en recibir por parte nuestra los primeros objetos de nuestro amor.

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Sócrates había dicho que los hombres escogían el mal por ignorancia; si lograban conocer el bien, escogían el ir siempre hacia el Bien como tal y por esa razón se convertirían en sabios. Ahora vemos que, si el alma humana no está bien ordenada con respecto a sus hábitos, esto le conllevará a que el deseo no pueda ser rebasado por la razón y por consiguiente conozca cosas inferiores a lo que es la Verdad. Sócrates ha dado aquí un gran paso en la forma de enseñarnos que la virtud es conocimiento, pero Platón lo supera con otro paso genial al reconocer que podemos tener conflictos dentro del alma y que necesitamos una voluntad obediente a la razón para resolverlos bien, que debemos hacer que nuestra alma ame la Verdad, la cual se alcanza por el amor (Eros), por la atracción hacia el Bien. Conocer es amar el Bien y tender hacia él.

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Recordemos que tal vez, sin las tres partes del alma, Platón no hubiese podido agrupar a los habitantes de la ciudad en las tres clases en que los agrupó[7]. Las inclinaciones e intereses de los hombres varían con el influjo de una u otra parte del alma. En el alma de los que se inclinan por los asuntos económicos influye más el deseo; en los guardianes y guerreros, el «thymos»; en los filósofos, la razón o el «logos». Por eso, solamente el filósofo tiene la capacidad de hacer que su alma, su inteligencia contemple la Verdad, que su alma vuelva a tener alas por no apartarse de la Verdad y de lo divino, por basarse en los recuerdos de lo que conoció antes y mantenerse cerca de estos misterios. Por dedicarse a esto el filósofo y todo aquel que se dedique a conocer la Verdad y las ideas eternas, será criticado y considerado loco -eso es lo que cree Sócrates que pasará con los vulgares que no entienden los misterios del mundo supraceleste y su relación con nosotros. Al loco, al poseído de la locura divina, Sócrates lo considera amante de la sabiduría, como aquel que está poseído por un dios que le impulsa a conocer lo que verdaderamente es.

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Sócrates continua con un vívido cuento sobre el crecimiento de las alas del alma, las cuales son alcanzadas a través de la percepción de la belleza física y la consecuente recolección de la belleza misma, la forma vista en una visión supracelestial. Los dolores de un amor insatisfecho son seguidos por un profundo gozo y satisfacción, porque el amor es el que sana el sufrimiento. El estado del amante es de reverente devoción y profunda absorción en el amado. Lo que los hombres llama Eros, los dioses lo llaman de otra forma, Pteros, el alado, por tener el poder de renovar el plumaje del alma[8]. Es decir, aquí encontramos que entre más cerca esté el alma de las formas que debe amar, más probabilidades tendrá de acercarse a lo que Platón llama lo verdadero y digno de admiración, de ese logos que sólo es otorgado y dado a conocer por los dioses. El alma que está más cerca de este ideal platónico es el alma del filósofo, por eso debe proponerse llegar hasta la más grande realidad y quedarse lo más cerca de ella.

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Y hasta aquí dejo mi análisis, dejo que otros que puedan hacer una mayor profundización sobre lo que nos atañe y me sigan mostrando las profundas bellezas en las que nos podemos sumergir al hablar de Platón, su obra y su amigo: Sócrates.

[1] Szlezák, Thomas A. Leer a Platón. Versión española de José Luis García Rúa. Madrid, Alianza, 1997.<O:P</O:P

[2] Szlezák, Ibid.<O:P</O:P

[3] Recordemos que el alma es la que anima al cuerpo y en ella hay tres partes: la parte racional (logos), que se aloja en la cabeza, la irascible (andreia o valor), que la encontramos en el pecho; y la concupiscible (el deseo), en el abdomen. El intelecto o la parte racional del Alma, debe servirse del valor para dominar los deseos y conducir al alma hacia su verdadero mundo: el de las ideas. Cf. La República, IV y VII.<O:P</O:P

[4] La Verdad o la Realidad es, según Platón: sin color, impalpable y sólo puede ser contemplada por la inteligencia, la cual es a su vez, el piloto del alma. Por otro lado, el alma que se deja guiar correctamente, es conducida a través de la bóveda celeste y en ella hace un viaje circular. Este viaje sólo puede ser hecho por las almas que han sido justas, es decir, que han permitido un viaje por la bóveda del cielo y han contemplado la Verdad y la Belleza.<O:P</O:P

[5] Según la Ley de Adrastea, las almas cuando son conminadas a descender al cuerpo de los hombres, éstas al llegar son repartidas de acuerdo a su capacidad de ser fieles a la Idea de la Verdad y a los dioses, logrando que en el momento que rompen tal compromiso, sean arrastradas a la tierra en una escala que será relativa a la capacidad de cada una: las primeras llegarán a los cuerpos de quienes son destinados a reconocer la sabiduría y lo bello (filósofos); las segundas a los guerreros o los hombres de leyes; las terceras a los políticos; al cuarto escalón llegarán los gimnastas o los médicos; al quinto las almas de los que serán adivinos; al sexto los imitadores; al séptimo los artesanos; al octavo los sofistas o demagogos y al noveno los tiranos (Fedro 248c-e).<O:P</O:P

[6] Platón hace decir a Sócrates que la filosofía es una preparación para la muerte porque prepara al alma a quedarse permanentemente en el mundo de las ideas, al hacerle decir que el filósofo se debe dedicar a conocer la Idea de Verdad y no alejarse de ella, alimentando bien el alma<O:P</O:P

[7] Cf. La República, IV.<O:P</O:P

[8] Tomado de R. Hackforth. Plato's Phaedrus. Cambridge, Cambridge University Press, 1972. 172. pp. Versión de Mauricio Cubaque.