Alejandro Magno

Historia. Grecia antígua. Cultura clásica. Biografía. Imperio macedonio. Macedonia

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Vida de Alejandro Magno

Alejandro nació en Macedonia en la ciudad de Pella (actual Grecia), en el 356 a.C., hijo de Filipo II, rey de Macedonia y de Olimpia, hija del rey de Epiro Neoptolomeo. Recibió una esmerada educación a cargo en un primer momento de Leónidas y posteriormente del filósofo Aristóteles, en el 345, que ejerció una notable influencia sobre Alejandro.

Desde muy temprana edad mostró gran interés por el Imperio Persa y su funcionamiento, así como por la invasión de los persas sobre Macedonia. Del mismo modo, le interesaron las leyendas de Baco, que la mitología convierte en conquistador de la India. Ferviente lector de Homero, encontró en Aquiles su modelo que debía imitar. Se cuenta que era capaz de recitar de memoria la Ilíada y la Odisea. Según la leyenda, consiguió domar al caballo Bucéfalo, que nadie había podido montar con anterioridad, para lograr su intento, Alejandro lo puso siempre de cara al sol, porque el animal se espantaba de su propia sombra. Alejandro estuvo muy ligado a este caballo que lo acompañó durante gran parte de su expedición a Asia. A su muerte fundó varias ciudades a las que dio. el nombre de Bicefalia.

A partir de los 16 años desempeñó el gobierno de Macedonia, mientras su padre sitiaba Bizancio. Tomó parte por primera vez en una contienda en la victoriosa batalla de Queronea (338 a.C.) contra los medas. Poco después se enfrentó a su padre debido a que éste repudió a Olimpia para casarse con Cleopatra, sobrina de Atalo, noble macedonio. Alejandro se puso de parte de su madre y, tras protagonizar un enfrentamiento con Atalo en el banquete de bodas de su padre, se exilió a Epiro junto con Olimpia. No regresó hasta la muerte de su padre, asesinado por Pausanias.

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Al morir Filipo, se sospechó acerca de la responsabilidad de su hijo en el crimen, pese a lo cual le sucedió en el trono, aclamado por el ejército. Cuando se convirtió en rey en el 336 a.C., se encontró con un buen número de problemas, Plutarco los sintetiza así: "Los bárbaros de los confines no soportaban la esclavitud y deseaban organizarse formando reinos independientes ;por otra parte, una vez conquistada Grecia por sus huestes, Filipo no había tenido tiempo de someterla y avasallarla porque, después de haber cambiado y modificado profundamente el orden de las cosas, la dejó: a continuación y a raíz de la novedad de la situación, todos se sublevaban", por otro lado los nobles macedonios querían recuperar los privilegios que su padre les había quitado. Para ganarse su fidelidad, les eximió de tributos y les dio los más altos cargos de su ejército. Por otro, Átalo, que se encontraba al mando de un ejército en Asia, intentó deponer a Alejandro y dar la corona al recién nacido hijo

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de Cleopatra. Grecia se sublevó al saber de la muerte de Filipo, dirigidos por Demóstenes. También hubo sublevaciones en Ambracia y los tebanos atacaron Cadmea. Al mismo tiempo los tracios, tribalos, getas e ilirios preparaban la invasión de Macedonia, convencidos por los griegos. Para poner remedio a todo esto, mandó asesinar a Atalo, a continuación se puso al frente del ejército y se dirigió rápidamente a Grecia. Las ciudades griegas no esperaban una reacción tan fulminante y, por tanto, no estaban preparadas, por lo que tuvieron que rendirse a Alejandro. En su corte eliminó a todos aquellos que se le oponían.

Pacificados sus dominios, convocó la Asamblea de la Liga de Corinto en el 335, la cual aprobó la guerra contra los persas, tal como su padre la había proyectado, y eligió a Alejandro como estratego y comandante supremo de los helenos. Tras el nombramiento regresó a Macedonia para preparar la guerra y allí tuvo que hacer frente a los tracios, tribalos e ilirios. Llegó con sus armas victoriosas hasta el río Danubio, en tanto que en Grecia, especialmente en Tebas, se creyó que Alejandro había muerto en combate, por lo que el pueblo se levantó en armas; sin embargo, Alejandro regresó antes de que se desmintiera la noticia de su muerte. Tebas fue sitiada, saqueada y destruida en el 335 y sus habitantes fueron reducidos a la esclavitud; los demás estados griegos se sometieron y alcanzaron su indulgencia.

Después de asegurar las fronteras de su reino macedonio, dejándolo al cuidado de su amigo Antípatro, cruzó el Helesponto al mando de un ejército compuesto en su mayoría por macedonios, pero en el que había contingentes de todos los pueblos conquistados en ese momento por Alejandro, con él derrotó a los sátrapas persas de Asia Menor junto al río Gránico en el 334 (ver anexo 1). La batalla fue terrible para los persas que tuvieron importantes bajas, ya que su ejército se desmoronó ante el organizado ataque de Alejandro, al que sólo el general Memnon consiguió resistir, pero de nada sirvió pues todo el ejército fue destruido. Liberó Sarde y las ciudades griegas de Asia; tomó Mileto, donde falleció Memnon, y Halicarnaso. Después cruzó Licia, Panfilia y Frigia (donde cumplió la profecía del "Nudo Gordiano", partiéndolo en dos con su espada). En todos los territorios conquistados situaba a oficiales macedonios como gobernadores con el título de sátrapas.

En el verano del 333 las fuerzas macedonias sufrieron diversos reveses en los que perdieron Quíos y Mitilene. Estos reveses se debieron a la prematura disolución de la flota jónica, que regresó a Grecia, dejando al ejército sin posibilidad de retirarse.

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Se enfrentó al ejército persa comandado por el propio Darío III en la batalla de Iso en el año 333 a. C.. La victoria de Alejandro fue completa y el rey persa huyó hacia el

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este con todas sus fuerzas, dejando en manos de Alejandro el tesoro real, así como a su madre, Sisigambia, su esposa Estatira y sus hijos, a los que Alejandro respetó la vida. Darío ofreció grandes riquezas y títulos a Alejandro a cambio de que detuviese sus avances, pero éste los rechazó. La zona occidental del imperio persa (Fenicia, Palestina, Egipto), se le entregó sin ofrecer resistencia entre el 332 y el 331. En Egipto, fue designado hijo del dios Amón en el oasis de Siua; allí, fundó varias ciudades, entre ellas Alejandría, y estimuló la construcción de obras públicas como el Faro en el delta del Nilo, que construyó en el 285 uno de sus generales, Ptolomeo. Asegurado su dominio sobre estas regiones del Mediterráneo, estaba en condiciones de emprender la conquista de Oriente.

En el año 331 a.C. se dirigió hacia Mesopotamia, donde Darío III había reunido un gran ejército. En la titánica batalla de Gaugamela o Arbela nuevamente Alejandro derrotó al rey persa, utilizando la táctica de la línea oblicua que ya había empleado en Gránico e Isos; Darío huyó a Ecbatana; Babilonia y Susa se entregaron. Alejandro le persiguió y después de cruzar las Puertas Cáspicas conquistó Persépolis, antigua capital del Imperio Persa, donde encontró un sustancioso botín e incendió el palacio real en compensación por la destrucción que los persas habían causado en Grecia en el 480. Se adentró en Persia conquistando Media y Partia. El asesinato del rey persa por Bessos (330 a.C.) permitió a Alejandro considerarse sucesor de dicho monarca; como tal, sometió a las satrapías orientales disidentes y, al mismo tiempo, capturó a los asesinos de Darío, con el fin de evitar que constituyesen reinos independientes. En el 329 conquistó el Irán oriental, donde capturó y ejecutó a Bessos. Durante tres años continuó sus conquistas por el territorio persa, lo que le llevó de Hircania hasta Drangiana, Bactriana y Sogdiana, donde se casó con Roxana, hija de un príncipe local, en el 328; durante estos años Alejandro sufrió un proceso de orientalización que provocó el disgusto y el abandono de algunos de sus compañeros macedonios.

La progresiva identificación de Alejandro con los elementos persas se manifestó no sólo en el origen oriental de las tropas reclutadas y en el nombramiento de sátrapas para el gobierno de las regiones conquistadas, sino también en su propia vida personal: su matrimonio según el rito iranio, el uso de los atributos (sello, tiara y ceremonial) reales persas y, lo que fue más grave, el exigir a los macedonios que le saludaran postrándose ante él según el gesto de adoración que los persas realizaban ante sus reyes. Esta "crisis asiática" radicalizó la represión de Alejandro entre los miembros de su séquito que criticaban las nuevas costumbres adquiridas. Mandó ejecutar a Filotas, a Parmenio, y a Calístenes, sobrino de Aristóteles, tras la conjura de los pajes del 327; así mismo ejecutó al mismo Clito, su hermano de leche, que le había salvado la vida en la batalla de Gránico; se dice que a éste lo ejecutó con sus propias manos.

En el año 327 a.C. inició su expedición contra la India, con el fin de alcanzar los supuestos confines meridional y oriental de las tierras habitadas y satisfacer su proyecto de dominio universal, así como para aplacar los ánimos de su descontento ejército, el cual veía cómo los orientales tenían más peso dentro de sus filas. En su progresión hacia Oriente derrotó al rey indio Poros en Hidaspes; su sumisión hizo que Alejandro le devolviera el reino y lo considerara como un vasallo. Se abrió camino hasta la desembocadura del río Indo, pero allí tuvo que preparar el regreso debido a un motín de las tropas que se negaban a seguirle hasta el Ganges; era el

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otoño del año 326. En poco más de ocho años las conquistas de Alejandro ocupaban un inmenso territorio que unía el Mediterráneo con la India y Egipto con Grecia. Para el regreso desde la India tuvo que construir una flota fuertemente armada, mandada por Niarcos, mientras Alejandro y Crátero, al frente de sus ejércitos, se desplazaron por tierra en dirección a Persépolis. En el trayecto Alejandro fundó varias ciudades (Nicea y Bucéfala -esta última en honor de su caballo Bucéfalo-). En Susa, en el año 324 a.C., se casó con Estatira, hija de Darío, y con Parysatis, hija de Oco, sin repudiar a su primera esposa Roxana, hecho que incitó a los generales y soldados macedonios a contraer matrimonio con mujeres asiáticas.

Sin embargo, Alejandro comprobó que el desorden y la corrupción se habían generalizado durante su ausencia en los primeros territorios conquistados, por lo que se vio obligado a aplicar medidas correctoras, que a su vez provocaron motines entre los veteranos griegos que le habían seguido desde el inicio de las campañas. La sublevación de los veteranos licenciados en la ciudad de Opis en el año 324 desencadenó una serie de medidas destinadas a crear una nueva estructuración del imperio en Babilonia mediante la unión de persas y macedonios: a los persas se les admitió en el ejército en igualdad de derechos con los griegos; en las satrapías creadas se llevó a cabo una estricta separación de los poderes civiles y militares; se centralizaron las finanzas y se creó una moneda única, acuñada en plata.

La muerte en Ecbatana de Hefestión, su gran amigo, en el 324 impresionó terriblemente a Alejandro, que lo enterró con fastos nunca vistos anteriormente, crucificó al médico que le atendió, acusándole de dejarle morir y de no conocer su oficio, derribó el templo de Esculapio y los muros de Ecbatana, mandó apagar los fuegos sagrados de toda Asia e inmoló sobre su tumba a los coseos, que se habían sublevado por aquellos momentos. Después de aquello, redobló sus intentos por unir Oriente y Occidente, para lo que intentó implantar la cultura griega por todo su imperio; fomentó el comercio basado en las rutas marítimas, con tal fin fundó numerosas ciudades portuarias y llevó a cabo el dragado de ríos y puertos para permitir el tránsito de los barcos mercantes. Proyectó facilitar las comunicaciones con la lejana India, conquistar las costas mediterráneas y levantar edificios y monumentos a lo largo de todo el imperio.

Todas esta medidas fueron la base para hacer del imperio de Alejandro una extensa área de intercambio económico y cultural, en la que la lengua y la cultura griega aportarían a las peculiaridades regionales la sabiduría del mundo clásico. Paralelamente, Alejandro seguía alimentando otros grandes proyectos, ahora hacia el mar Caspio y Arabia. Pero pronto, el 13 de junio del año 323 a.C., toda su gloria y proyectos de dominio universal se vieron cercenados al morir en Babilonia, víctima del paludismo, a los 33 años de edad y tras trece de reinado.

A la muerte de Alejandro acaecida en el año 323 a.C., se presentó repentinamente el grave o casi insoluble problema de la sucesión: aspiraban al trono Filipo Arrideo, hijo ilegítimo de Filipo II (de hecho hermanastro de Alejandro por la línea paterna), y el hijo póstumo de Alejandro Magno, que, Roxana dio a luz tras la muerte del conductor, al que dieron el nombre de Alejandro IV.Poco antes de morir, Alejandro

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había nombrado regente a Pérdicas, que a su muerte asumió el poder en representación del hermanastro de Alejandro y su hijo póstumo, hasta que quedase establecido a quien correspondía el trono.

También llevó a cabo el reparto de las funciones administrativas entre los incondicionales de Alejandro: a Antípatro le correspondió Macedonia y Grecia; a Antígono, Frigia y Lidia; a Ptolomeo, Egipto y a Lisímaco, Tracia.

Por consiguiente en ausencia de un sucesor, los generales de Alejandro Magno decidieron adoptar una solución aceptable: los dos más influyentes, Pérdicas, hipparco (o sea, jefe supremo de la caballería), que se encontraba en Babilonia, y Antípatro, a quien Alejandro había confiado Macedonia, asumieron las funciones de regentes de los dos aspirantes al trono ( que por otra parte terminaron siendo asesinados al cabo de pocos años) y se propusieron mantener unido al imperio, resistiendo las tendencias separatistas de los otros generales o de los diversos sátrapas.Entre éstos figuraban, en primer lugar: Meleagro, antiguo jefe de la Falange; Poro y Táxiles, sátrapas de las regiones orientales; Leonatos, Seleuco y Ptolomeo, que en esos momentos conducían las tropas macedonias en los alrededores de babilonia; Lisímaco, que se encontraba en Tracia; Eumenes de Cardia, que gobernaba Capadocia; Crátero, gobernador de Cilicia; Peitón, sátrapa de Media, Antígono Monoftalmo, sátrapa de Frigia, y otros. Pero pronto se demostró que la situación era incontrolable, por cuanto entre todos esos generales y sátrapas se tramaban coaliciones que, con un complicado juego de alianzas en cambio continuo, llevaron a una serie de guerras que terminaron desmoronando el imperio.

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Con la muerte de los regentes Pérdicas (en el 321 a.C.) y Antípatro (en el 319 a.C., aunque su hijo Casandro ocupó su lugar y continuó su política con menos prestigio), y la desaparición de Leonatos y Eumenes de Cardia, entró en escena alrededor del año 315, un grupo más restringido de pretendientes a la sucesión de Alejandro: Antígono Monoftalmo (que controlaba Frigia, Persia y Media, ayudado por su hijo Demetrio Polorcetes), Ptolomeo (que se estaba creando un reino autónomo en Egipto), Casandro (que dominaba en Macedonia y tesalia), Seleuco (sátrapa de Babilonia) y Lisímaco (que gobernaba Tracia, territorio relativamente pequeño, pero importante porque controlaba el paso del Bósforo).

La situación política aún seguía siendo complicada y se caracterizó por rápidas variaciones e imprevistos cambios de alianza durante los quince años posteriores, en cuyo transcurso se registró en los enfrentamientos entre los rivales un cierto predominio de Antígono Monoftalmo.

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Antígono se proponía dividir a sus adversarios para derrotarlos por separado y anexionar sus dominios, hasta reconstiruir la unidad del imperio de Alejandro, cuya mayor parte ya controlaba; pero esta política no dió resultado, pues sus enemigos, aunque desunidos por ásperas rivalidades, se apoyaron recíprocamente con oportunas alianzas, con el propósito de salvar los dominios donde cada uno de ellos estaba construyendo su propio reino particular.

Desde 315 a.C. hasta el 301 a.C. tiene lugar la guerra de los diacodos que se disputan el trono de Alejandro hasta que en 306 se lleva a cabo a disolución del imperio y se forman cuatro reinos.

En el año 301 a.C., Antígono fue vencido y muerto por los rivales coligados en la batalla de Ipso, y de hecho esta fecha marcó el fin del sueño imperial de Alejandro y sus sucesores. Así, puede afirmarse que desde este año, se inició la historia de tres grandes reinos:

  • REINO DE MACEDONIA ( 277 - 168 A.C.)

  • IMPERIO SELEÚCIDA ( 305 - 64 a. C.)

  • EGIPTO PTOLEMAICO ( 305 - 30 a.C.)

Alejandro Magno es considerado la máxima figura política de la Antigüedad, gran estratega militar (el primero de todos, en opinión de Aníbal, según se recoge en la leyenda de este último personaje) y creador de una obra de gran trascendencia cultural: la aparición de un mundo nuevo, el helenístico, donde la cultura clásica se vio enriquecida con las aportaciones orientales. Sin embargo, la helenización de Asia nunca llegó a ser tan profunda como se pretendió, debido a la rápida disolución de la obra de Alejandro, ya que a su muerte sus generales entraron en guerra unos con otros para dirigir el imperio, con lo que se llegó a la división del mismo.

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La leyenda de Alejandro Magno

  • La base de la leyenda.

Alejandro murió poco antes de cumplir los 33 años, como Cristo, con quien se asoció de algún modo al responder ambos al tópico del puer-senex (Alejandro era tan sabio como fuerte desde la más tierna infancia). Legendario es también su famoso caballo, Bucéfalo, resultado del cruce de dromedario y elefante, según el Libro de Alexandre español. La figura de Alejandro está a la cabeza del ciclo de la materia de Roma (como lo está Carlomagno para la materia de Francia y Arturo para la materia de Bretaña). Escritores de su séquito, como Calístenes de Olinto y Onesícrito de Astipalea hubieron de dar a su relato laudatorio una temprana pátina constituida por la superposición de elementos maravillosos y fantásticos; esta dosis hubo de intensificarse por medio de sus continuadores, de los que poseemos una larga nómina en época clásica (de seguro, la voluntad de Ptolomeo y sus sucesores de enaltecer su dinastía hubo de estar en la base de algunos.

  • La personalidad de Alejandro.

Hay acuerdo en los historiadores en lo que respecta a la apariencia física del joven soberano, quienes lo consideran bastante parecido a las estatuas de Lisipo, de las cuales todavía existen vestigio y copias. En ellas Alejandro se nos presenta más bien alto, bien proporcionado, atlético, de cabellos lacios, mirada dulce dirigida hacia lo alto,cabeza algo inclinada a la izquierda, piel blanca y lisa.

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Plutarco por ejemplo escribe "Desde que era mozo se manifestó su sobriedad en cuanto a los placeres del cuerpo: se mostraba ardiente e impetuoso en todas las cosas, pero se dedicaba con moderación a los placeres del cuerpo; en sus sentimiento dominó siempre el deseo del honor, y estos fueron elevados y magnánimos, más de lo que podía esperarse de su edad. "También fué por cierto, generoso y leal con los amigos, muy audaz, valeroso hasta la temeridad, de una inteligancia extraordinaria, una incansabñle vitalidad y una curiosidad insaciable. Su padre fué su primermodelo, sus maestros; Leónidas, Lisímaco y finalmente Aristóteles.

Pero en los hechos se manifestó autoritario, ambicioso hasta la exageración, obstinado, poco propenso a admitir sus errores, presa frecuente de los vapores del alcohol y de la cólera violenta, sobre todo cuando se le contradecía.

Las causas de su muerte aún permanecen sin aclararse, según algunos historiadores murió tras un baño en las frías aguas del río Cicno.

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  • La larga marcha de Alejandro

La expedición de Alejandro en Asia constituye una empresa extraordinaria desde todo punto de vista. En todas las épocas, el aspecto más celebrado (incluso porque para los historiadores griegos representó la gloriosa culminación de las alternativas no siempre felices de las guerras Médicas) es sin duda el de la victoria obtenida sobre el imperio Arqueménida y la conquista del predominio en un territorio de ilimitada extensión, pero merecen destacarse otras facetas interesantes de la expedición: la distancia recorrida, que los estudiosos calculan que cubrió más de 27.000 kilómetros de territorio, a menudo montañoso o desértico; el descubrimiento de civilizaciones casi desconocidas hasta entonces en Occidente, por ejemplo la que se desarrolló en el valle del Indo; la excepcional duración de la expedición, desde la primavera del año 334 a.C. hasta febrero del 324 a.C.; los aspectos estratégicos de la empresa (batallas casi siempre victoriosas, sitios, solución de los enormes problemas ligados al aprovisionamiento y acuartelamiento en los meses invernales); la fundación de numerosas ciudades; la notable contribución efectuada a los conocimientos científicos del mundo griego, puesto que Alejandro, sensible a los problemas de la investigación científica, merced a su maestro Aristóteles, fue seguido por geógrafos, astrónomos, botánicos, geólogos y estudiosos de toda clase.

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El mapa indica el desarrollo global de la empresa de Alejandro que abarca un vastísimo territorio de una extensión superior a cinco millones de kilómetros cuadrados y con una variedad de situaciones climáticas y ambientales (desde el calor tórrido de Egipto hasta el frío de los altos pasos de Afganistán) que jamás ejercito alguno había afrontado ni superado

Las motivaciones que impulsaron al joven Alejandro a intentar una empresa que parecía superior a sus fuerzas son oscuras, en gran parte y motivo de discusión entre los historiadores. Algunos, siguiendo las opiniones de los hagiógrafos griegos de este conductor, sostiene que fue un hecho natural, inevitable, atacar a los bárbaros a los que se consideraba como una raza inferior, cada vez que fuese posible. Otros afirman, en cambio, que Alejandro partió en realidad con la idea de restringir su empresa a Asia Menor y que esta prosiguió al penetrar en el corazón del Imperio Arqueménida, en tierras que hasta entonces habían sido totalmente desconocidas para el mundo griego, sólo con el objeto de destruir definitivamente a un enemigo que, de lo contrario, pronto habría reaparecido en escena. Unida a estas razones, más o menos lógicas, se destaca la necesidad fundamental de satisfacer su anhelo de experimentación y conocimiento, vinculada con la sicología de Alejandro y la

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educación recibida de Aristóteles. No se explicarían de otro modo los largos meses pasados en las exploraciones delas ásperas tierras de Bactriana, su incursión en los territorios. más allá del río Indo, la decisión de dividir en dos la expedición, haciendo que Crátero volviera por una ruta, y guiado personalmente a otro contingente de guerreros por un itinerario distinto, y la organización de una expedición naval confiada al mando de Nearco para explorar las costas del océano Índico y del golfo Pérsico.

Batalla del Granico

Tras asegurar el dominio macedónico sobre Tracios e Ilirios, Alejandro sofoca la rebelión de Tebas, Atenas y el Peloponeso, destruyendo Tebas y reduciendo a sus habitantes a la esclavitud.

En el año 334 a.C. comienza la campaña de Persia y cruza el Helesponte. Desembarcando en Asia Menor, Alejandro tomó la decisión de reanudar inmediatamente el combate, y se dirigió después a Frígia para cercar las fuerzas persas que estaban al mando de Memnón.

La primera de las legendarias batallas que libró la expedición de Alejandro se desarrolló junto al río Gránico (últimos días de Mayo, primeros de Junio de 334 a.C.). La pesada caballería persa, fuerte por su gran superioridad numérica, trató de romper las filas macedonias centrales y se produjo de pronto un duelo directo entre un jefe persa y Alejandro, que fue herido.Con la intrepidez que lo caracterizaba, Alejandro se lanzó nuevamente a la contienda y se salvó gracias a la intervención de su amigo Clito El Negro, quien se interpuso librándolo del ataque de un persa. La tentativa persa de quebrar el centro aún no se había logrado y la caballería de Alejandro, constituida por Macedonios y Tesalios agrupados en las dos alas, cargó a su vez, y convergió hacia el centro, cercando a los persas.Memnon, sabiendo que la caballería tesalia y macedonia eran muy poderosas, había intentado vencerla en su propio campo, confiando en su superioridad numérica.Pero la caballería persa se hallaba integrada por un conjunto heterogéneo de escuadrones, poco unidos entre sí, ya que pertenecían a diversos pueblos que no constituían una fuerza coherente. El historiador Diodoro Sículo habla al respecto de jinetes Tracios, Armenios, Libios, Escitas, Sogdianos, Capadocios, Sirios, Bactrianos, Iranios y Paflagonios.

De ahí que la batalla del Gránico puso súbitamente de relieve algunas características técnicas de esa extraordinaria máquina de guerra que fue el ejército de Alejandro, así como su habilidad de comandante valiente e impetuoso que explotó todos los recursos potenciales para la maniobra. La batalla concluyó en realidad en las murallas de Mileto, donde en su huída se había refugiado Memnon. Y allí el bien pertrechado y versátil ejército de Alejandro organizó un brillante asedio combinado por tierra y por mar apoderándose de la ciudad.

Después de la batalla del Gránico, Alejandro estuvo en condiciones de moverse sin contratiempos en el Asia Menor occidental, apoderándose, una vez más, mediante

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campañas hábiles y que destacaron por su estrategia militar, de las ciudades más importantes para destacar el carácter de su empresa, que conducía en nombre de toda la civilización helénica, envió como ofrenda a Atenas, el templo de la diosa Atenea, una parte considerable del botín obtenido en la batalla.

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Batalla de Isos

Fue inmortalizada en uno de los mosaicos más espléndidos de la antigüedad, la batalla de Isos es conocida incluso por aquellos que sólo tienen nociones mediocres acerca de la historia antigua.

El primer día los dos ejércitos, que marchaban respectivamente, el macedonio hacia el Este y el persa hacia el Oeste, se habían pasado casualmente el uno al otro, sin encontrarse.Sólo las retaguardias entraron en contacto, al azar, cerca de Isos, donde se levanta actualmente la ciudad de Alejandría, y tocó a los macedonios la peor suerte. De manera tal que, para disponerse las tropas unas frente a otras, los dos ejércitos debieron ejecutar una complicada maniobra de atrás hacia delante. Con todos los riesgos que esto podía implicar, sobre todo para una formación lenta y embarazosa como la persa, constituida esencialmente por griegos.

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el gran choque entre "civilización y barbarie" enfrentaría a griegos por un lado, con griegos por otro. Pero mediaba una diferencia considerable: guiaba a los griegos invasores un joven genial, dinámico, valeroso hasta la temeridad; los griegos mercenarios se hallaban agrupados al mando de un soberano mediocre, vacilante, miedoso hasta lindar en la cobardía. No obstante la estrategia superior de Alejandro no resultó decisiva para la victoria macedonia.Antes, tras algunas horas de furiosas refriegas, los mercenarios griegos que estaban al servicio de los persas lograron introducirse en el centro de las filas macedonias, y Alejandro, que se encontraba a la

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izquierda, a la cabeza de la caballería, debió acudir velozmente para taponar la brecha. Pero al hacerlo dejó desguarnecido el flanco izquierdo, que corrcorrió el riesgo de ser arrollado por los persas.

Fue en este momento cuando, inesperadamente se produjo el vuelco decisivo, presa del pánico, el Rey Darío, que estaba venciendo y no esperaba este cambio de suerte, decidió salvarse dándose a la fuga de una manera tan precipitada que olvidó en el campamento a su familia entera, inclusive a su esposa e hijos.

Al quedar sin jefe, el orden de batalla persa se deshizo literalmente y los macedonios hicieron estragos en él. Sólo los mercenarios griegos conservaron la sangre fría y se replegaron ordenadamente, poniéndose a salvo.

La batalla de Isos facilitó el camino a la conquista de Alejandro, demostrando que era el más fuerte y también el más afortunado por haber encontrado un enemigo de tan poco mérito y que tan fácilmente le había resultado vencer.

Batalla de Arbela o de Gaumela

Batalla librada el 1 de octubre del año 331 a.C. en la llanura de Gaugamela, cercana a las ruinas de Nínive y distante unos 100 kilómetros de Arbela (actualmente Irbil, Irak), a orillas del río Bumodos, entre las tropas de Alejandro Magno y un impresionante ejército persa (entre 400.000 y un millón de hombres, dependiendo de las fuentes) al mando de Darío III Codomano. Pese a la aplastante superioridad numérica de las tropas persas, el brillante general macedonio infringió una decisiva derrota a Darío III, el cual huyó en pleno fragor de la batalla, dejando atrás prácticamente todas sus pertenencias y posesiones más valiosas. Tras la batalla, Alejandro Magno conquistó con suma facilidad las ciudades principales del Imperio persa, liquidando de una forma efectiva dicho imperio, consiguiendo además abrir las puertas hacia los inmensos territorios del este.

  • Antecedentes

Al poco tiempo de la batalla de Granico, en mayo del año 334 a.C., murió el mejor general persa, el general Memnón, lo cual supuso un golpe irreparable para el ejército de Darío III. En la primavera del año 333 Alejandro levantó sus cuarteles de invierno y continuó con el objetivo que se había propuesto cuando salió de tierras griegas: la conquista total de Asia, para lo que antes se propuso y consiguió hacerse con el control de todo el levante mediterráneo, para dificultar cualquier punto de apoyo al rey persa, a lo que también se sumaba el total aislamiento de Egipto con Persia.

Decidido Alejandro a aplastar a su enemigo, se puso al frente de su ejército de hoplitas, al igual que hizo su enemigo Darío III, pero con la diferencia de que éste último logró reunir un enorme número de contingentes, reclutados desde todas las partes de su inmenso Imperio con la única misión de frenar la expansión del joven rey macedonio.

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La primera batalla campal entre ambos ejércitos se desarrolló en noviembre del año 333 en la localidad de Issos, importante puerto meridional del Asia Menor cercano a Cilicia. Este lugar fue elegido por el propio Darío III, en contra de la opinión unánime de sus generales que preferían hacer frente al macedonio por mar, para así evitar el desembarco tranquilo de las tropas macedonias en el continente. Además, la elección no podía ser más desafortunada, pues el ejército y la caballería persa no tenían la menor posibilidad de desplegarse con soltura en una llanura tan estrecha, limitada por el mar y por la montaña. A pesar del ardor y del coraje de la caballería (orgullo y élite de las tropas de Darío III), la superioridad táctica y de maniobra del ejército macedonio fue total e incuestionable, como anteriormente ya había demostrado en la batalla de Granico. La batalla en sí apenas resultó ser un encuentro o escaramuza, ya que cuando Alejandro Magno se disponía a realizar el primer ataque, Darío III emprendió la huida, abandonando a sus soldados en plena refriega cuando se percató del desastre evidente y general de sus tropas, muy numerosas pero totalmente maniatadas. El pánico se apoderó de toda la caballería persa la cual, en su retirada, y preocupada por salvar su vida, aplastó a su propia infantería. Darío III aprovechó tal circunstancia para huir lo más rápidamente posible de aquella ratonera. Alejandro Magno salió en su persecución sin resultado alguno.

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El rey macedonio logró en Issos su más brillante victoria hasta el momento. Había derrotado al altivo rey persa en su propio territorio, humillándolo con su acto de retirada en la que dejó, aparte de los atributos reales y las insignias de su poder real, un cuantioso botín en el que se incluía a todos sus servidores, su esposa Estateira, su madre Sisigambis, a dos de sus hijas y a su hijo pequeño, prisioneros que el macedonio trató con el mayor de los respetos. Darío III escribió varias veces a Alejandro Magno pidiéndole la devolución de sus familiares, al tiempo que le ofrecía tratados de paz, a lo que Alejandro Magno se negó altivamente, sabedor de sus fuerzas y de la propia debilidad interna del Imperio persa. Darío III llegó a ofrecerle la suma de 10.000 talentos de oro, el Asia Anterior hasta el río Éufrates y la mano de una de sus dos hijas. Alejandro Magno respondió a Darío III que mal podía ofrecer unos territorios a un hombre que había conquistado todos. En cuanto al matrimonio, parece ser que Alejandro Magno profirió las siguientes palabras: "¡si quiero casarme con tu hija, lo haré, quieras o no!".

Ningún rey de Persia fue humillado tanto hasta entonces como lo fue Darío III,

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quien juzgó que dada su situación, la cual no podía ser ya peor, su única salida era la de reanudar la guerra con el insolente macedonio, con la que podía sacar alguna ventaja. Gracias a que todavía poseía inmensas reservas de oro depositadas en Damasco y algunos generales de los que lograron escapar a Issos, Darío III comenzó a reclutar nuevas tropas al este del Éufrates entre los millones de súbditos que aún obedecían al menor de sus mandatos.

  • La conqusita de Fenicia y Sagunto

Alejandro Magno se enteró rápidamente de las maniobras de levas que el rey persa estaba realizando, pero le dejó hacer. A primera vista, tal decisión parecía un error táctico de primera magnitud, toda vez que el macedonio tenía la oportunidad de conquistar todo el Imperio persa sin necesidad de luchar. Sin embargo, Alejandro Magno no se apartó un ápice de su plan primitivo de apoderarse de toda la cuenca oriental del Mediterráneo, máxime cuando le llegaron noticias de una posible rebelión griega alentada por la flota persa, la cual se estaba aprovechando de la larga ausencia del rey macedonio. Por todo ello, antes de ir directamente contra Darío III, Alejandro Magno decidió someter la región de Fenicia, principal base naval aqueménida. La primera ciudad en caer fue Sidón, a la que siguieron otras ciudades importantes, como Biblos y Arados. Alejandro Magno consiguió poner las flotas de Rodas y Chipre a sus órdenes. En cambio, Tiro le opuso una feroz resistencia, aprovechándose de su situación insular, lo que la hacía inexpugnable. Alejandro Magno llevó a cabo un sitio feroz de la ciudad que duró siete meses, desde febrero a agosto del año 332, en el que las tropas macedonias sufrieron un importante número de bajas y un desgaste excesivo.

La caída de Tiro fue muy importante para Alejandro Magno por varias razones: primero, por lo que dicha ciudad representaba para los persas, pues con su destrucción dejaba prácticamente sin bases a la Armada aqueménida de la zona; segundo, porque Alejandro pretendía atraer a su causa a la flota fenicia, que constituía la mayor parte de la Armada persa, y así, de esa forma, los que esperaban una rebelión griega tenían que descartar cualquier tipo de ayuda proveniente de Oriente; tercero, con la caída de Tiro Alejandro completaba su supremacía obtenida en tierra firme; y cuarto, porque el derrumbe de Tiro significaba la escena final de la lucha secular que venían sosteniendo fenicios y helenos por el dominio de la cuenca mediterránea. La destrucción de la gran ciudad mercantil abrió el camino al triunfo de la cultura helenística sobre el mundo semítico.

Antes de adentrarse definitivamente en Asia, a Alejandro Magno solamente le quedaba ocupar la costa egipcia. Con la posesión de Egipto, el rey macedonio colocaba la piedra clave de su poderío y dominio absoluto sobre el Mediterráneo oriental.

Tras conquistar la ciudad fortificada de Gaza, la cual le opuso una seria resistencia (aunque prontamente vencida), Alejandro Magno entró en Menfis en el otoño del año 332. La toma de la ciudad supuso una auténtica alegría para el pueblo llano, ya que consideraba a Alejandro más como un libertador del yugo persa que como un mero conquistador. El rey de Macedonia supo ganarse el aprecio del pueblo egipcio al respetar su religión, hasta el punto de que llegó a hacer sacrificios al toro sagrado Apis, encarnación viviente del dios Path. Un hecho notable de esta campaña fue su

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visita al oráculo de Amón en el oasis de Siwah, en pleno desierto, en el que los sacerdotes le otorgaron el título de hijo de Amón, dignidad sólo reservada a los faraones, a lo que se añadieron una serie de manifestaciones divinas: Zeus hizo caer lluvia benéfica y unos cuervos hicieron de guías a la pequeña tropa extraviada por el desierto. Para completar la conquista, Alejandro fundó una ciudad nueva en el delta del Nilo: Alejandría, futura capital de Egipto.

Después de la partida de Alejandro Magno, el país fue confiado en teoría a un gobernador egipcio, pero en realidad el poder militar y económico fue confiado a griegos y macedonios.

  • Preliminares de la batalla

Tras su derrota en Issos, Darío III consiguió ponerse al mando de un formidable ejército. Así, congregó cerca de 500.000 hombres de a pie y 45.000 de caballería, entre los que se incluían los famosos soldados de la caballería bactriana y los jinetes acorazados escitas, procedentes de las estepas del Asia Central. Para darle aspecto más terrorífico, Darío III dispuso una vanguardia de 15 elefantes traídos expresamente de la India y 200 carros de combate, tirados por cuatro o dos caballos y conducido por un solo auriga, con ambas ruedas guarnecidas de haces preparadas para segar líneas enteras de la formación enemiga. El impresionante ejército persa lo completaba un grupo selecto de infantería persa, constituida por leales y espléndidamente pagados mercenarios griegos, y la propia guardia real de Darío III, de brillante trayectoria y fama militar.

Con este ejército tan voluminoso, Darío III se dirigió hacia el norte, partiendo de Babilonia, tras lo cual pasó a la orilla izquierda del río Tigris para proseguir su camino hacia la ciudad de Arbela (ciudad de los cuatro dioses), donde estableció sus almacenes y su harén. Desde allí continuó en dirección a Gaugamela, en la ribera del Bumodos. Darío III, aprovechando la lección de Issos, eligió una vasta llanura de la zona para que facilitase los movimientos de su caballería y, sobre todo, el uso de sus carros con hoces, lo cual acabó siendo fatal para sus planes de batalla, ya que sus movimientos se vieron muy limitados y supeditados al terreno, lo que permitió a Alejandro Magno variar sus ataques en plena batalla y desbaratar la estrategia persa.

Alejandro, procedente de Tiro, llegó a las inmediaciones del Éufrates, en Tampsaco, a comienzos del mes de julio, tras de lo cual, sin resistencia alguna, se dispuso a cruzarlo, al igual que hizo después con el Tigris, con un ejército de 40.000 hombres de infantería y 7.000 de caballería. Darío III, como ya hemos referido anteriormente, decidió jugarse la suerte del envite en un terreno liso elegido por él mismo, con un ejército en el que puso todas sus esperanzas por el gran número que lo componían.

El 20 de septiembre Alejandro Magno se hallaba con su ejército descansando en la orilla oriental del Tigris. Unos días más tarde el macedonio se dispuso para la batalla, no sin antes hacer que sus exploradores le informaran de los movimientos de las tropas de Darío III, por lo que organizó una fuerza de caballería veloz con la que se adelantó rápidamente hacia la posición del enemigo, tras haber ordenado al resto de su ejército que lo siguiera en marcha ordinaria. Gracias a la captura de unos prisioneros persas, Alejandro Magno supo que Darío III se hallaba en Gaugamela y que estaba nivelando el terreno de la batalla. Entonces, Alejandro Magno mandó

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descansar a su ejército durante cuatro días al tiempo que fortificaba un campamento con fosos y estacadas alrededor. A la cuarta noche, en el transcurso de la segunda guardia, Alejandro Magno levantó el campamento y cruzó el Tigris en dirección a su oponente para poder enfrentarse a él al amanecer. Al llegar a unos 5 kilómetros de distancia de las tropas enemigas, Alejandro detuvo la marcha para celebrar un consejo con sus generales. Por consejo de su segundo, Parmenio, Alejandro mandó acampar allí mismo y reconocer el terreno y al enemigo, mientras que también se fortificaba el campamento. El joven general macedonio, acompañado de un reducido grupo de caballería y de sus compañeros (los famosos homoi), observó in situ el terreno en el que iba a celebrarse tan decisiva batalla. A su regreso, volvió a convocar una nueva reunión en la que descubrió las tácticas a adoptar en la batalla, recalcando la necesidad de una concienzuda ejecución de las mismas para vencer a un ejército diez veces más numeroso.

El 30 de septiembre, la noche antes de la batalla, y cuando Darío III estaba celebrando una especie de fiesta militar, los soldados de Alejandro descasaron. Parmenio intentó aprovechar la situación, por lo que propuso a Alejandro Magno un ataque nocturno, pero éste rechazó de plano la idea. Sus planes eran descargar un golpe decisivo durante la batalla, el cual no podía llevarse a cabo durante la noche cerrada.

  • La batalla de Gaugamela

Darío III utilizó la llanura de Gaugamela como si se tratase de un inmenso terreno de maniobras, en el cual colocó a su ejército en el siguiente orden de batalla: el ala izquierda formada por la caballería bactriana y, junto a ella, la tribu de los dahaus (tribu escita) y los de Aracosia, seguidos a continuación por los persas (infantería y caballería mezcladas), los susianos y los cadusianos; el ala derecha lo formaban las tropas de la Siria baja y de Mesopotamia, con los medos, partos, etc.; en el centro, donde se hallaba el propio Darío III con su carro, estaban formados los persas propiamente dichos, los arqueros y una vanguardia de 50 carros con guadañas y los elefantes, conformando la línea de choque más profunda del ejército persa; y por último, y a la vanguardia del ala izquierda, figuraba la caballería escita y unos mil jefes bactrianos y un centenar de carros con guadañas, mientras que en el ala derecha estaba la caballería de Armenia y de la Capadocia, más cincuenta carros.

Por su parte, Alejandro Magno desplegó su ejército de un modo muy distinto, no sólo por la gran diferencia numérica, sino también por su propia concepción militar y estratégica. El ala derecha estaba formada por los compañeros, los hipaspistas y, probablemente, tres taxeis de la falange. Hacia la derecha se hallaba el escuadrón real de Clito; un poco a su izquierda, los escuadrones de Glamias, Sópolis, Heráclides, Demetrio, Meleagro y Hageloco. El total de la caballería se hallaba bajo el mando de Filotón, hijo de Parmenio. A continuación, venían la Agema y los hipaspistas, bajo el mando de Nicanor. La falange iba ordenada como sigue: la brigada de Como, a la derecha; luego las de Pérdicas, Meleagro, Polisperchón, Simmias y Crátero. Como de costumbre, Crátero mandaba la infantería del ala izquierda. También en dicha ala se encontraba la caballería griega, bajo Eriginio, y la de Tesalia, bajo las órdenes de Filipo. Toda el ala izquierda iba mandada por Parmenio, a cuyo alrededor se alienaban los jinetes de Farsalia. La novedad de Alejandro se basó en aplicar una segunda línea de refuerzos detrás de la línea frontal para duplicar a su falange,

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dejando así un espacio vacío entre ambas. Esta segunda línea de reserva consistía en dos columnas volantes, una tras de cada ala, colocadas formando ángulo con el frente, a las que Alejandro cursó orden de que en caso de ataque lateral, realizaran un movimiento oblicuo para parar al enemigo. Si tal cosa no sucediese, su misión era la de replegarse al centro para reforzar el frente. Esta segunda línea estaba compuesta de ilirios, mercenarios griegos y tracios.

Antes de entrar en batalla, Alejandro dio otra orden más: Menidas, al frente de la unidad de flanqueo de la derecha, tenía que derivar hacia la derecha y cargar contra cualquier unidad de caballería enemiga que pudiera intentar rodear el ala derecha. El resto de las órdenes por parte del macedonio fueron de tipo general, pero imprescindibles a la hora de llevarlas a rajatabla: que cada hombre mantuviese su posición, permaneciese en absoluto silencio durante el avance y que diesen un grito conjunto sólo en el preciso momento de atacar; que cada mando intermedio recibiese, transmitiese y ejecutase cada una de las órdenes recibidas; y, finalmente y más importante, que cada hombre cumpliese con su deber.

Conocedor del dispositivo de Darío III, Alejandro Magno dejó la impedimenta en el campamento que había utilizado la noche previa bajo la custodia de parte de la infantería tracia, tras lo cual desplegó a sus hombres en formación de combate en las laderas descendentes de las colinas, algunas horas después de que lo hubiesen hecho las tropas de Darío III, aumentando así el tiempo en que sus enemigos permanecieron armados y formados. Cuando llegó lo suficientemente cerca como para distinguir a Darío III y la disposición de las unidades enemigas, Alejandro Magno cambió repentinamente la dirección de su marcha, haciendo que toda su fuerza se desplazara hacia el ala izquierda del enemigo. Conforme el ejército macedonio se aproximaba al persa, con su parte derecha avanzada y su izquierda rezagada, a modo de cuña, tal como inventó el general estratega griego Epaminondas, la respuesta lógica de Darío III fue la de extender su línea de vanguardia en dirección al ala derecha enemiga; pero, al disponer de menor capacidad de maniobra debido a lo profundo de su formación, se movió con una gran lentitud, excepto el frente de la caballería escita, que se apresuró a entablar combate. Alejandro Magno siguió su avance oblicuo hasta que logró situarse más allá del terreno nivelado previamente por los persas para los carros. Deseoso de mantener a Alejandro Magno dentro del alcance de éstos, Darío III ordenó que la caballería de su ala izquierda avanzase para rodear el ala derecha de Alejandro, quien reaccionó con prontitud mandando a Menidas que cargase contra las primeras tropas que iban a rodearlo. El contraataque macedonio fue rechazado por los Escitas y bactrianos, pero Alejandro volvió a demostrar una gran rapidez de reflejos y de visión del combate, ordenando a los peonios de Aristón y a los viejos mercenarios griegos de Cleandro un ataque con el objeto de extender su ala derecha, tal y como había previsto que sucedería. El general persa Besso mandó hacía ese lugar fuerzas de refresco compuestas por el resto de los jinetes bactrianos y escitas, los cuales rompieron las filas de los compañeros de Alejandro, causando graves pérdidas, puesto que los caballos escitas estaban mejor protegidos por una armadura defensiva. A pesar de ello, la disciplina y el orden demostrado por los macedonios en su repliegue posibilitó que éstos se volviesen a reagrupar en perfectos escuadrones que acabaron por romper las líneas enemigas. A su vez, Alejandro Magno siguió inexorable en su avance hacia la derecha, provocando que cada vez más tramos de su línea quedasen fuera del alcance

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del terreno preparado y, por lo tanto, de los peligrosos carros con guadañas.

Darío III, cada vez más alarmado por el desarrollo del combate, decidió lanzar sus tres grupos de carros para sembrar el desorden en la falange macedonia, pero al aproximarse éstos fueron recibidos con una nube de jabalinas y de flechas de los agrianos y de los de Bacro, situados ahora delante de la caballería de los compañeros, que acabaron por desmontar a la mayoría de los aurigas y mataron a un gran número de caballos; otros carros no causaron daño alguno porque los macedonios abrieron filas y los caballos fueron detenidos por detrás por oleadas de la caballería de los compañeros y por algunos hipaspistas de la guardia real que había llegado al lugar para reforzar el ataque macedonio. El ruido de los gritos y de los golpes que Alejandro Magno había ordenado previamente hizo que muchos caballos persas se asustasen y volviesen sus grupas hacia sus propias filas.

Junto con la carga de los 200 carros, Darío III había ordenado un avance general de todas sus líneas. Su línea se movió hacia delante, con la caballería avanzada y con la intención de rodear al ala izquierda macedonia, muy rezagada, por lo que tuvo que echar mano de nuevos contingentes de caballería, de nacionalidad persa. Alejandro ordenó que los lanceros, al mando de Aretes, cargaran contra ellos en el punto de inflexión con su línea principal, mientras que él proseguía su avance por la derecha. Cuando los lanceros de Aretes lograron desbaratar la línea principal y abrieron una gran brecha, Alejandro Magno se puso a la cabeza de sus compañeros y les hizo dar media vuelta, formándoles en cuña junto con las cuatro taxeis de la derecha de la falange, con los que cargó a toda velocidad contra la brecha, al tiempo que todos los hombres entonaban el grito de guerra. Rota la parte izquierda de la línea de Darío III, Alejandro Magno galopó en dirección a éste, es decir, hacia el punto más importante del frente enemigo. La carga, debidamente apoyada a la izquierda por las espesas lanzas de la falange, hizo retroceder en desorden a la caballería persa. Darío III, desde lo alto de su carro, vio a su izquierda y a su centro-izquierda como se desmoronaban todas sus fuerzas, dándose cuenta que Alejandro se dirigía directamente hacia él, para matarlo o apresarlo. Entonces, giró su carro y se dio rápidamente a la fuga, como hiciera en Issos. Entre tanto, la caballería persa, en un principio situada a la derecha de Alejandro, viendo su retaguardia amenazada por Aretes, emprendió la huida seguida por los macedonios, quienes les causaron un gran número de bajas.

Mientras se libraba esta batalla en el lado derecho de Alejandro, tenía lugar otra igual de cruenta en el ala izquierda. A causa de la marcha acelerada de Alejandro en sentido oblicuo, aquélla se encontraba retrasada respecto de la vanguardia de ataque, creándose una importante brecha entre ambas, lo que fue aprovechado por la caballería india y persa que irrumpió galopando hacia el tres de bagajes macedonio para rescatar a la familia de Darío III, la cual había quedado atrapada en medio. Según la narración de Arriano (la fuente más verídica), el combate adquirió allí caracteres épicos. Los comandantes de la segunda línea de la falange, ejecutando órdenes preestablecidas por Alejandro Magno, hicieron dar media vuelta a sus tropas, apareciendo en la retaguardia persa, tras lo cual acabaron con la mayor parte de la caballería. Mientras tanto, la parte izquierda de la línea macedonia empezó a ser atacada por el frente y la izquierda, expuesta por la retaguardia y por la derecha.

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Ante tal coyuntura, la unidad de flanqueo retrocedió, la segunda línea dio media vuelta y el batallón de Simmias cerró el flanco derecho, de modo que el enemigo halló oposición en todos los lados. No obstante, Parmenio se encontró totalmente rodeado y en una posición francamente delicada, por lo que envió varios mensajeros al galope hasta llegar a Alejandro Magno, el cual se hallaba a punto de iniciar un definitivo ataque al ala izquierda persa. Rápidamente giró con la caballería de los compañeros, a la que lanzó contra la derecha persa, para acabar chocando con algunas formaciones persas intactas, formadas por excelentes jinetes y, en particular, de lo más granado y selecto de las tropas de Darío III. La caballería de Darío III, que se estaba retirando, luchó denodadamente al ver su movimiento amenazado. Tras una serie de ataques sin cuartel por uno y otro bando, por fin los persas fueron derrotados.

Una vez libre Parmenio, Alejandro Magno y su caballería de compañeros iniciaron la persecución de las tropas persas, prolongándose hasta la entrada de la noche. Cuando Alejandro llegó a las inmediaciones del río Lico (19 kilómetros de distancia de la batalla), se detuvo para que bebieran los caballos y descansasen sus hombres hasta media noche. Parmenio fue enviado al campamento persa, en Arbela, para capturarlo y a ser posible apresar a Darío III, el cual consiguió zafarse de la persecución macedonia, dirigiéndose hacia el este, hacia Media, acompañado por la selecta caballería bactriana, los familiares y unos cuantos portadores. Posteriormente, unos 2.000 mercenarios griegos que también lograron escapar se reunieron con Darío III. Por lo demás, el mayor ejército que Darío III había conseguido reunir había sido totalmente aniquilado por uno de los mayores genios militares de todos los tiempos.

La batalla de Gaugamela vino a confirmar, una vez más, que el más poderoso ejército, el mejor armamento y el lugar más favorable para el desarrollo de una contienda de poco sirven cuando el mando se manifiesta totalmente inoperante e incompetente, como fue el caso del ejército persa, formado por una amalgama de individuos reclutados a la fuerza y sin verdadera cohesión. En cambio, la seguridad y precisión de que dio pruebas el ejército macedonio durante toda la campaña fueron admirables, amén de tener un mando previsor de todas las contingencias posibles, liderado por Alejandro Magno, vigoroso, valiente, poseedor de unas cualidades excepcionales y con una gran confianza en sí mismo y en sus triunfos; cualidades sin las que no habría podido, bajo ningún concepto, llevar a cabo una empresa tan ingente por inverosímil: la conquista de un imperio inmenso con tan sólo un puñado de helenos.

El número de bajas de la batalla es imposible de calcular, al igual que pasa con el número de participantes en la misma. Según el historiador Arriano, murieron por parte persa en torno a los 300.000), y cayeron un gran número de ellos prisioneros, a lo que se sumó la pérdida del tesoro real de Darío III, valorado en unos 4.000 talentos de oro, de su arco, sus flechas y su carro laminado en oro. Por parte griega, las pérdidas fueron casi testimoniales: unos 100 hombres y 1.000 caballos

La importancia de la última victoria de Alejandro sobre su enemigo tradicional, Darío III, y sus consecuencia no se hicieron esperar. Las dos ciudades más importantes de Persia, Babilonia y Susa, abrieron las puertas al vencedor. El sátrapa de Babilonia, Mazeo, salió al encuentro de Alejandro Magno para ofrecerle las llaves de la ciudad, tras de lo cual, el joven rey macedonio entró en la antigua capital de los soberanos babilónicos y persas por un camino adornado con flores y fuegos sagrados.

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En el propio palacio real de Babilonia, Alejandro Magno encontró enormes sumas de dinero con las que pudo gratificar espléndidamente a cada uno de sus soldados. Alejandro Magno también realizó sacrificios al dios persa Marduk, al igual que hiciera antes en Egipto. Antes de partir hacia Susa, Alejandro, dando muestras de una gran sutileza política, nombró por primera vez a un persa para gobernar una ciudad conquistada, en un claro intento por atraerse a la nobleza enemiga, tratando por igual a los persas adictos que a los oficiales macedonios.

Alejandro Magno dejó Babilonia para encaminarse hacia Susa, la cual guardaba tesoros aún mayores, concretamente la fabulosa suma de 50.000 talentos de oro, cifra exorbitante pero aún menor que la hallada más tarde en la tercera capital persa importante, Pasagarda, donde posiblemente recogiera unos 120.000 talentos. En Persépolis, auténtico corazón de Persia, Alejandro Magno mandó incendiar los antiguos palacios reales del rey Jerjes. Fue en ésta última ciudad donde Alejandro supo por Antípater que en una gran batalla librada frente a Megalópolis aquél había derrotado y muerto a Agis, rey de Esparta, disolviéndose de una vez por todas la temida Liga del Peloponeso.

Alejandro no empezó a perseguir a Darío III hasta haber entrado en la residencia de verano de éste, la tranquila ciudad de Ecbatana. Sin embargo, el desesperado rey persa volvió a escapársele de las manos. Finalmente, cuando más desesperada era la situación para Darío III, perseguido muy de cerca por las tropas de Parmenio, fue asesinado en el invierno del año 330 por el sátrapa Besso, que se proclamó sucesor del rey difunto con el nombre de Artajerjes

Con la muerte de Darío III, Alejandro Magno pudo conseguir su objetivo político más imperioso: la eliminación total del Imperio aqueménida. La fuerza de su espada y de su determinación lo habían convertido en Rey de Reyes, y ante sí tenía abiertas las puertas de la sugerente India, la cual sería su siguiente objetivo.

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