Psicología


Psicología social


Ananké Eros

Frustración

Exigencias CULTURA

Restricciones

FELICIDAD

Hemos podido comprobar que Sigmund Freud es, ante todo, uno de los mejores observadores —en el sentido más estricto del término— que haya dejado testimonio escrito.

Mas su exposición se ve en ocasiones interrumpida por observaciones, en su mayoría, críticas a la religión, las cuales serán abordadas más adelante, en la conclusión. Prescindiremos por el momento de ellas para lograr una exposición clara de El malestar en la cultura.

Antes de entrar a fondo en la posición del individuo ante la cultura nosotros, al igual que el psicólogo vienés, queremos sentar ciertos conocimientos previos, a saber:

  • Que no existe un yo independiente, unitario y bien demarcado; al contrario, se continúa hacia dentro (Ello) y hacia fuera.

  • Que el actual sentido yoico no es más que un residuo atrofiado de un sentimiento más amplio que englobaba al yo y al mundo exterior íntimamente.

  • Que muchos sufrimientos son de procedencia interna

  • Que se produce en el individuo “una conservación en lo psíquico”, y por consiguiente:

  • Que hay una “supervivencia de lo primitivo junto a lo ulterior que de él se ha desarrollado”.

  • Muy al principio nos adelanta Freud: “La vida nos es demasiado pesada” —no se queda ahí y plantea— “¿Qué fines y propósitos de vida expresan los hombres en su propia conducta; qué esperan de la vida, qué pretenden alcanzar en ella?”

    Veamos el esquema en la siguiente página:

    Si no fuera suficiente con la carencia de nuestros métodos para regular las relaciones humanas, Freud señala otras dos fuentes de sufrimiento:

    • La supremacía de la Naturaleza.

    • La caducidad de nuestro propio

    cuerpo.

    Hasta aquí el psicólogo alemán tiene la impresión “de estar describiendo cosas por todos conocidas”. No es así, reconoce, al plantear la existencia de “una pulsión agresiva, particular e independiente”. En consonancia absoluta con Thomas Hobbes, Freud desmantela la débil fachada cristiana que pretendía atribuir una conducta basada en la bondad y en las buenas intenciones, ratificando la opinión de pensadores como Hobbes, Inmanuel Kant, Friedrich Nietzsche7, e incluso se encuentran semejanzas con autores literarios como Robert Louis Stevenson o Arthur Conan Doyle8, que dejaron bien impresa en sus obras este “lado oscuro”, esta maldad (agresividad) latente en el ser humano.

    Estas tendencias agresivas9 perturban nuestras relaciones sociales imponiendo a la cultura tal despliegue de preceptos, de restricciones —como veíamos en el esquema anterior— dirigidas a obstaculizar dichas tendencias. Para ello se sirve de Eros, estableciendo vínculos amorosos, aunque coartados en su fin. Aquí ya introduce Freud una valoración cuando menos alarmante, a saber: “Debido a esta primordial hostilidad contra los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración”. Sigue: “El hombre civilizado ha trocado una parte de su posible felicidad por una parte de seguridad”. Alarmante, pero al mismo tiempo deja Freud una pequeña y poco alentadora salida, y es que prevé que sería posible la modificación, aunque pequeña, de ciertos aspectos de la cultura.

    Por otro lado hasta ahora teníamos una oposición clara:

    Pulsión del yo Pulsión amorosa (libido)

    Después rectifica para afirmar que el yo está impregnado de libido, “fue su lugar de origen y reside todavía allí”.

    Tenemos, pues, la siguiente relación interactiva y, sin embargo, antagónica:

    EROS TANATHOS

    Una parte se orienta hacia el mundo exterior El mayor obstáculo de la cultura

    Menos agresión al exterior Más autodestrucción

    - Con propósitos sexuales: relacionándose con Eros.

    Tanathos

    - Sin propósitos sexuales: acompañado de extraordinario placer narcisista.

    El sentido de la evolución cultural se basará en la lucha entre Eros y Tanathos (es la lucha del ser humano por la vida).

    Pregunta Freud ahora: “¿A qué recursos apela la cultura para coartar la agresión que le es antagónica, para hacerla inofensiva y quizá para eliminarla?”10

    Agresión introyectada se incorpora Super-yo11

    Antes de la llegada de la cultura:

    Individuo dura agresividad Prójimo

    Después:

    Super-yo dura agresividad Yo

    Deduce Freud que el sentimiento de culpabilidad constaría de la “tensión creada entre el severo super-yo y el yo subordinado al mismo; se manifiesta bajo la forma de necesidad de castigo”.

    Es, pues, esta instancia psíquica desprendida de nosotros mismos, el super-yo, la que atormenta al yo, lo castiga por el mundo exterior, y la conciencia —una función asumida por el super-yo— es el guardián tenaz que domina nuestra mente, juzgando y censurando no sólo los actos sino también las intenciones —aunque no se tornen a actos.

    De este super-yo y de la autoridad, del temor a ambos, surge el sentimiento de culpabilidad.

    Lo destaca Freud como el problema más importante de la evolución cultural, y tiene, sin duda, una importancia superior para él. Es la severidad del super-yo, es la vigilancia constante que sufre el yo, por tanto es también la apreciación de la lucha entre las propias tendencias y las exigencias del super-yo —promovidas por el mundo exterior— ; surge asimismo de la agresión12 interiorizada por las “influencias ambientales” en la experiencia amorosa; es, pues, la expresión de la eterna lucha entre Eros y Tanathos. Por consiguiente, “la cultura está ligada indisolublemente con una exaltación del sentimiento de culpabilidad”. Añade: “Toda forma de privación, toda satisfacción instintual defraudada, tiene o podría tener por consecuencia un aumento del sentimiento de culpabilidad.

    Freud parece dar con una tesis paradójica:

    Renuncia instintual Conciencia moral Nuevas renuncias instintuales

    Parece, pues, que la felicidad individual y la cultura toman direcciones distintas, es más, va una contra la otra y viceversa. Surge la inevitable lucha. Pero ¿hablamos de una o múltiples pugnas?

    Creemos que se trata de varios conflictos, sin embargo, la mayoría de ellos están relacionados por similitud o por la influencia que tienen unos sobre otros. Así la lucha entre Eros y Tanathos debe influir en el combate que libran la felicidad individual y la unión humana. Comparable asimismo a “la disputa por el reparto de la libido entre el yo y los objetos”.

    Nos queda poco más que reconocer nuestra necedad por haber creado algo que tiende a hacernos más infelices cuanto más nos acercamos a esa creación, y nuestra incapacidad para ponerle remedio. Es más, quizá sea tan insondable la interiorización de la cultura en el individuo, que éste no sólo sea incapaz de observarlo, sino que —y aquí el triunfal logro y verdadero peligro para el ser humano— además se niega en rotundo a admitirlo.

    COMENTARIO CRÍTICO

    Ya nos advertía Kant: “En cuanto se deja oír la voz del deber, se acallan los cantos de sirena de la felicidad”13. Sin embargo, parece ser igual o peor “retornar a otras condiciones de vida” donde la cultura no existiera, pues estaríamos sujetos a otra clase de restricciones y frustraciones. De aquí que Freud señale que “el hombre civilizado ha trocado una parte de su posible felicidad por una parte de su seguridad”, pues la cultura ya ha impuesto sacrificios a la sexualidad y a las tendencias agresivas.

    No debemos olvidar que la libido ejerce una influencia esencial en la teoría freudiana. Una libido que es manipulada, reorientada, cohibida, o reprimida por la cultura y por el propio individuo a través de aquella interiorización de la agresión. Nuestro super-yo, a través de la conciencia, es nuestro mayor censor.

    En cuanto a la religión, indicando —junto con la especulaciones filosóficas y las “construcciones ideales”— con su presencia y hegemonía un elevado nivel cultural, se derivaría del “desamparo infantil” y de la “nostalgia por el padre”, reafirmando la angustia que siente el individuo religioso ante la omnipotencia del destino. La religión “reduce el valor de la vida y deforma delirantemente la imagen del mundo real”. Lo cual ocasiona un “infantilismo psíquico” y un “delirio colectivo”.

    Analiza también el precepto “Amarás al prójimo como a ti mismo”14. En efecto, coincidimos con Freud al pensar que si cumpliéramos con tal precepto, estaríamos traicionando a nuestra razón y sabríamos que estaríamos persiguiendo un precepto del todo imposible de cumplir.

    Y es que en la sabia historia tenemos las pruebas de aquello que el individuo religioso se niega a aceptar. Lo que Freud llama “la innata inclinación del hombre a la agresión, a la destrucción” —algo que el conductismo sería incapaz de reconocer— ha sido un factor dominante en la historia humana más veces de lo que quisiéramos.

    Veamos ahora una afirmación que casi se pasa por alto en la lectura de El malestar en la cultura: “Tiempos futuros traerán nuevos y quizá inconcebibles progresos en este terreno de la cultura, exaltando aún más la deificación del hombre”. Seguramente esta afirmación no tuviera mucho sentido a principios del siglo XX —aunque Freud empezara a ver ya en su tiempo importantes progresos tecnológicos. Observaremos que desde la época actual dicha afirmación parece quedarse incluso inexacta por defecto. Avances médicos como la clonación dan buena fe de ello. No nos quedemos ahí y reparemos en ese gran progreso de la cultura15, la “red de redes”. La cultura, a través de este nuevo y potente medio, ha conseguido unir aún más a los individuos libidinalmente, logrando incluso que los individuos mantengan relaciones sexuales a través de dicho medio. No conformándose con todo ello, permite asimismo al individuo un cambio de rol tan fácil y radical como su propia imaginación desee16. Indudablemente el intelectual de Freiberg no hubiera imaginado nunca tales confirmaciones de su teoría.

    Si no podemos desvincularnos totalmente de la cultura, si no podemos ir contra ella pues sería ella la victoriosa, si únicamente podemos someterla a pequeñas modificaciones y si el aislamiento voluntario tampoco nos sirve para alcanzar la felicidad, pocas opciones nos deja Freud para lograr la felicidad. Sin embargo parece aceptar17 que se pudiera llegar a un equilibrio definitivo, un cese concluyente de la lucha constante desatada en el individuo.

    No obstante, será otro gran científico quien recurra a Freud para conseguir más respuestas. Albert Einstein escribe a Freud una misiva el 30 de julio de 1932, en ella el físico de Ulm pretende que Freud pueda dar respuesta —dada su experiencia en el campo psicológico— a la cuestión que inevitablemente se le presenta: “¿Hay una manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra?”18.

    En la respuesta de Freud —desde Viena en septiembre del mismo año— podemos ver cómo éste desmenuza punto por punto las inquietudes de Einstein y explica de forma muy clara todas las conclusiones que hemos visto anteriormente. Especial hincapié hace en Eros y Thanatos, en su lucha, y especialmente el papel que juega éste último, la pulsión de destrucción. Muestra de la claridad de Freud es la siguiente afirmación: “De lo que antecede derivamos para nuestros fines inmediatos la conclusión de que los intentos para eliminar las tendencias agresivas del ser humano serán inútiles”. Una de las opciones sería intentar desviar las tendencias agresivas. Otra la constituiría apelar al Eros, como pulsión antagónica a la de muerte. Pero algo apunta ahora Freud que nos asombra quizá más que a él mismo por encontrarnos setenta años después en la misma situación: “...uno se asombra al observar que las guerras aún no han sido condenadas por el consejo general de todos los seres humanos”.

    Para terminar, considerarnos que ¿Por qué la guerra?, esta correspondencia entre dos grandes intelectuales —“pacifistas”, como Freud considera a ambos—, es el testimonio escrito donde Albert Einstein —“amigo de la Humanidad”— y, en especial, Sigmund Freud, nos ofrecen las respuestas que nos suscitó la lectura de Malestar en la cultura, a saber: Que el proceso de la evolución cultural “quizá lleve a la desaparición de la especie humana”; que las modificaciones psíquicas que acompañan a la evolución cultural “consisten en un progresivo desplazamiento de los fines pulsionales y una creciente limitación de las tendencias pulsionales”; que el fortalecimiento del intelecto y la interiorización de las tendencias agresivas son dos importantes características psicológicas de la cultura; pero ante la guerra, ha de matizar Freud, que ésta atenta contra las actitudes psíquicas impuestas por el proceso cultural, dice “simplemente, ya no la soportamos”. Los pacifistas —como Freud y Einstein— se oponen a la guerra. Pero hay que tener en cuenta el uso que Freud atribuye al término pacifistas, para él son individuos que han superado esa ambivalencia de sentimientos que se manifestaron en ellos alguna vez, apuestan por el universalismo, se sacrificarían incluso por ese todo. Gandhi, evidentemente, estaría muy en la línea de este tipo de pacifismo. El reto es, pues, que los demás —el resto de la humanidad— se tornen pacifistas. Cuándo ha de ocurrir tan magnífico acontecimiento es algo que se nos escapa.

    BIBLIOGRAFÍA

  • FREUD, S. Psicopatología de la vida cotidiana. Alianza Editorial. Madrid. 2001.

  • KANT, I. Crítica de la razón pura práctica. Alianza Editorial. Madrid. 2000.

  • NIETZSCHE, F. La genealogía de la moral. Editorial Edaf. Madrid. 2000.

  • EINSTEIN, A y FREUD, S. ¿Por qué la guerra? Introducción de Eligio Resta. Editorial

  • Minúscula. Barcelona. 2001.

  • HARRÉ, R y LAMB, R. Diccionario de Psicología social y de la personalidad. Barcelona. Edición Paidós. 1992.

  • No podía haber elegido Freud a diosa más apropiada para “encarnar” —junto con Eros— a los padres de la Cultura, pues Ananké es la diosa griega del destino, pero también significa compulsión, la manía por detalles nimios que llega a convertir al compulsivo en un obseso que nunca acaba nada, que nunca está satisfecho con lo que le rodea.

    Si bien esta relación padre-hija entre Eros y Cultura se deteriorará enormemente en el curso de la evolución.

    Cumpliendo doble función, por un lado es causa de la hostilidad opuesta a toda cultura; por el otro, rige el vasto dominio de las relaciones sociales. El hombre sería incapaz de soportar la frustración recibida y caería en la neurosis. “Agrégase a esto el influjo de cierta decepción”.

    La cultura exige al individuo muchos sacrificios, bien de índole sexual, o bien relacionados con las tendencias agresivas —con éstas volveremos más adelante.

    Belleza, limpieza y orden son restricciones impuestas al individuo. Después será la justicia (primer requisito cultural) la que se encargue de que nadie escape a las restricciones.

    Volveremos sobre ella en varias ocasiones. Por ahora baste señalar que el hombre aspira a la felicidad, ya sea por su fin positivo (obtención del placer), ya por su fin negativo (evitar el dolor y el displacer). Vemos asimismo en el esquema cómo la cultura incide enérgicamente en el camino del individuo hacia la felicidad, haciéndolo cuando menos incierto.

    7 “Nada tiene de particular, por tanto, que las pasiones de la venganza y del odio, retiradas a un segundo plano, pero que siguen ardiendo escondidas...”. NIETZSCHE, F. La genealogía de la moral. Editorial Edaf. Madrid. 2000.

    8 Si bien Stevenson y Doyle tenían una semejanza menos digerible con Freud, su experimentación con la cocaína. Droga que le permitiría escribir el ensayo Über Coca, reportándole fama y dinero para casarse con Martha.

    9 Éstas integrarían la “pulsión de muerte” o “pulsión de destrucción” (Tanathos) que detalla a continuación.

    10 En este punto introduce dos elementos esenciales para su teoría, el super-yo y el sentimiento de culpabilidad.

    11 Asumiendo la función de “conciencia”.

    12 Desencadenada por la defraudación instintual.

    13 KANT, I. Crítica de la razón pura práctica. Alianza Editorial. Madrid. 2000.

    14 “Más antiguo que el cristianismo”, advierte Freud.

    15 Si bien fuera Bill Gates quien lo materializara a la realidad.

    16 Vimos no hace mucho un anuncio televisivo de una compañía de telecomunicaciones, vendiendo su nuevo servicio de chat, el cual tenía como eslogan: “Sé quien quieras ser”.

    17 O al menos no descarta la posibilidad.

    18 EINSTEIN, A y FREUD, S. ¿Porqué la guerra? Editorial Minúscula, S. L. Barcelona. 2001.




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    Enviado por:Daniel Solana
    Idioma: castellano
    País: España

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