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Las vírgenes suicidas; Sofía Coppola


 

Las vírgenes suicidas. Un cuento de hadas posmoderno

Por Ana Gontad

 

Las Vírgenes suicidas (Virgin Suicides, 1999) es la primera película realizada por Sofia Coppola. Como hija de Francis Ford Coppola su vida transcurrió tan naturalmente ligada al cine que decidió dedicarse a él. Tocó distintos palos con éxito más bien dudoso hasta que decidió probar con la dirección.

La película que nos ocupa es el recuerdo de un grupo de adultos que intentan resolver el misterio que para ellos supuso en su adolescencia el suicidio de cinco rubias y guapas hermanas del barrio. A través de documentos que guardaron como tesoros, objetos de aquellas chicas a las que adoraban desde la distancia y entrevistas a personas que estuvieron en contacto con ellas, se va desarrollando la historia que uno de ellos nos narra. La fotografía brillante, la música envolvente de Air y Richard Beggs y el ritmo pausado de la película son herramientas que crean la atmósfera ensoñadora e hipnótica que acompaña al recuerdo.

Sofia Coppola, a partir de su elegía con mucha sensibilidad y poco dramatismo, teje una sutil crítica, no sólo al papel que ejercen los padres en la educación de sus hijos, sino al de toda una sociedad que, en busca de su propio placer, se aísla del dolor de sus vecinos pero no se priva de observar sus miserias desde la distancia.

El barrio en el que viven las chicas Lisbon es el típico barrio suburbano acomodado de una ciudad norteamericana. Los vecinos juegan al tenis vistiendo esa ropa blanca de estilo Fred Perry. Las mujeres se ocupan de la casa y llevan limonada a sus hijos que intentan encestar en esas típicas canastas que hay sobre el garaje, mientras esperan a que sus padres dejen el tenis para preparar una barbacoa.

Las rubias hermanas son hijas del profesor de matemáticas del instituto. James Woods interpreta al señor Lisbon, amable y bonachón cuya personalidad aparece aniquilada por el agrio carácter de su mujer, una beata y dominante Kathleen Turner en las antípodas de sus papeles de sex symbol de los 80. La señora Lisbon encierra a sus hijas en su casa de muñecas particular. Una cárcel psicológica en tonos pastel y llena de juguetes que simbolizan su sentencia, la imposibilidad de madurar libremente.

El suicidio parece ser la única escapatoria a un estilo de vida impuesto por una sociedad hipócrita y ultraconservadora. Por un lado, su madre las quiere conservar como esas muñecas que las rodean. Por otro, la sociedad espera de ellas unas futuras amas de casa, madres perfectas y abnegadas esposas (seguramente su destino sería similar al de la Betty Draper de Mad Men), y constantemente felices, por supuesto, protagonistas de ese sueño americano que así lo exige aunque sea un imposible. Por último, los chicos que las admiran quisieron ser sus príncipes de cuento cuando en realidad lo que necesitaban era ayuda real. Ciegos en su propio deseo, no se percataron de la desesperación de unas chicas a las que, en realidad, nunca conocieron.

La parodia de la sociedad del bienestar y el humor irónico de trasfondo crítico quitan dramatismo a lo trágico. A lo largo de la película, la ironía y el lenguaje cinematográfico nos distancian de los acontecimientos. La historia es trágica pero no así su tratamiento, que la convierte en un postmoderno cuento de hadas con princesas atrapadas en torres, brujas, príncipes encantados, caballeros andantes y ningún final feliz.

El filósofo francés Jean-François Lyotard nos comenta en La Condición Postmoderna que, a partir de los últimos años de la década de 1950, se “disuelve el lazo social”, es decir, se efectúa el “paso de las colectividades sociales al estado de una masa compuesta de átomos individuales, lanzados a un absurdo movimiento browniano”. Robert Musil, en la misma obra, describe algo similar: “es un mundo en el cual los acontecimientos vividos se han vuelto independientes del hombre, el mundo de lo que sucede sin que eso suceda a nadie, y sin que nadie sea responsable”. Ese desapego postmoderno es objeto de crítica tanto en la película como en la novela homónima en la que se basa la película. Los vecinos de las chicas no tienen la mínima intención de acercarse a la familia que sufre, prefieren enterarse por la televisión y canibalizar la desgracia ajena cómodamente sentados en su sofá.

Los narradores de la película se identifican con esa nostalgia postmoderna. Añoran la especial comunicación que llegaron a sentir con las hermanas Lisbon, siempre presentes en sus conversaciones de adultos. Pero detrás de la fascinación por unas hermosas niñas convertidas en mitos, se esconden la frustración y desilusión con sus vidas actuales.

La búsqueda de lo estético ayuda a configurar esa atmósfera evocadora que convierte la película en una elegía. Con ese fin, Sofia Coppola construye planos muy estudiados que conforman verdaderas composiciones artísticas de todos los estilos, desde renacentistas hasta contemporáneos.

Por último, cabe decir que Las Vírgenes Suicidas no es sólo una sucesión de esteticistas secuencias. A través de un ensoñador poema, Sofia Coppola nos muestra una sociedad disfuncional en que una persona a duras penas alcanzará la madurez emocional. Y sospechosamente, esa sociedad se nos hace inquietantemente cercana.

 

 




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Enviado por:Ana Gontad
Idioma: castellano
País: España

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