Literatura


La muerte de Ivan Ilich; Leon Tolstoi


Esta novela nos habla sobre la vida y muerte de un personaje, inspirado en una historia real, llamado Iván Illich.

El libro comienza por la muerte de Iván Illich. Éste ha muerto, y todos sus compañeros de trabajo están tristes, pero a la vez contentos, de saber que es otro el que ha muerto, y no ellos. Todo comienza con la visita de Piotr Ivánovich a la casa del difunto, y desde aquí, la novela comienza un viaje al pasado, donde el autor nos contará la vida completa de Iván Illich.

El padre de Iván Illich fue Illiá Efímovich Golovín, que hizo su carrera de estudios en San Petersburgo y su oficio fue de consejero privado. Iván fue el segundo de sus tres hijos. El mayor se dedicó al empleo de su padre (era un chico frío y ordenado) y el pequeño fracasó (era un chico muy alocado). Iván era el término medio entre los dos, y era llamado “El Fénix de la familia”.

Iván Illich se educó en la Escuela de Jurisprudencia, y después de diez años de estudios, se compró un traje y se fue para ejercer como funcionario para misiones especiales a las órdenes del gobernador (gracias a una carta de recomendación de su padre). En esta etapa de su vida, Iván Illich era un muchacho serio y disciplinado.

Así pasó cinco años, hasta que se crearon nuevos organismos y ocupó una plaza como juez de instrucción. Esto le obligó a trasladarse y despedirse de sus amigos y relaciones.

Con esta nueva plaza, más personas estaban en manos de Iván, y con unas palabras selladas en un papel, podía hacer lo que quisiese con ellas. Esto le hacía muy feliz, aunque nunca abusaba de su poder. Iván Illich trabó nuevas amistades, se dejó barba y comenzó a jugar al whist.

Iván Illich conoció a Praskovia Fiódorovna. Mijel, a la que solía sacar a bailar cuando podía, y la mujer con la que finalmente se casó. Era una mujer de alta sociedad y, sin duda, Iván sentía verdadero amor por ella.

La mujer de Iván Illich se embarazó, comenzó a exigir a su marido que le cuidara y empezó a decirle palabras soeces. Entonces, Iván Illich comenzó a buscar una vida independiente de su esposa, e hizo así del trabajo el centro de su vida.

Tres años después, a Iván le nombraron sustituto del fiscal, lo que le unió más al trabajo y le separó de su familia. Nacieron más hijos y la esposa se volvió cada vez más gruñona.

Siete años después, le nombraron fiscal en otra provincia. Allí, su esposa no estaba cómoda y, aunque ganaba más, la vida estaba más cara. Además, murieron dos hijos. Esposo y esposa se aislaron uno del otro, hasta llegar a no hablarse. Para Iván, lo más importante era su cargo, el poder y sus compañeros, pasando así para él todo de forma agradable.

Siguieron otros siete años de esta forma, se les murió otro hijo, la hija mayor cumplía dieciséis años y el otro chico, que estudiaba Bachillerato, tenía su futuro incierto. El padre quería que estudiara en la Escuela de Jurisprudencia y la madre quería que ingresara en un gimnasio.

Iván esperaba un puesto mejor y rechazó varios traslados. Un señor le quitó una plaza buena e Iván riñó con él y con sus superiores, por lo que comenzaron a tratarle con frialdad.

A Iván Illich le empezaron a venir deudas y perdió mucho dinero, por lo que en verano se fue a una aldea con su familia y después decidió trasladarse a San Petersburgo para pedir un cargo en otro ministerio, y así ganar 5000 rublos en lugar de 3500 que ganaba ahora, dando además una lección a sus superiores.

Justo entonces, la administración hizo un cambio, poniendo a un amigo de Iván en un puesto importante, por lo que el amigo le ascendió, quedando dos grados más alto y con un sueldo de 5000 rublos más 3500 para el traslado. Su esposa también se alegró, y a él le gustó ver cómo se rebajaron sus superiores.

Iván partió solo hacia San Petersburgo y encontró una casa perfecta, comenzando a empapelar la casa y a comprar muebles. Estaba tan contento, que no cesaba de imaginar cómo quedarían todas las salas. Pensaba que le habían quitado quince años de encima, y se sentía un joven lleno de vitalidad y energía.

Finalmente, fueron a vivir todos a la nueva casa, e Iván se preocupaba por todo: por una mancha en el mantel, el cordón roto de una cortina,...

Iván Illich vivía bien, y se lo pasaba bien en su trabajo, su vida transcurría con normalidad y todos los días cumplía con un horario riguroso.

En una ocasión, dieron una fiesta. La mujer tenía ya un plan, e Iván quería encargar tartas y bombones a la pastelería. Al final se encargaron, pero sobraron muchos y la cuenta de la pastelería fue muy alta, por lo que hubo una fuerte discusión.

Todos tenían buena salud, aunque Iván Illich se quejaba en ocasiones de un dolor en el costado izquierdo. Iván seguía con su mal humor hacia su esposa, y su relación era casi imposible.

A Iván le dolía la parte izquierda del vientre cada vez más, y su mujer le aconsejó ir al médico. Iván no quería, pero al final aceptó y el médico le hizo una visita. El doctor dedujo que era un riñón flotante o el intestino ciego, y cuando Iván le preguntó sobre si su estado era peligroso, el médico no quiso contestar. Por esto, Iván dedujo que estaba mal.

Al principio seguía la medicación y las recomendaciones del doctor, pero el dolor no disminuía y dejó de seguirlos.

Varios expertos en medicina le visitaron, ofreciéndole diferentes remedios. Iván los fue probando todos y, al ver que ninguno remediaba su dolor, decidió elegir un médico y atenerse a sus prescripciones. Iván lo intentó, pero no fue capaz de hacerlo.

El mal sabor de boca que tenía Iván fue en aumento, y esto le ponía triste, cosa que enfadaba a su familia.

El tiempo fue pasando y, en muchas ocasiones, Iván comía alimentos prohibidos por el médico y se acostaba tarde (cosa también prohibida).

En una ocasión, vino su cuñado y le dijo que estaba muy cambiado, y que parecía un hombre muerto. Entonces, Iván fue a ver a un amigo de un amigo, que era médico. Este le dijo que se trataba de algo que había en el intestino ciego, y le dio una medicina. Esa noche tomó el medicamento y le dio la impresión de que el dolor pasaba, pero volvió otra vez. Entonces se puso a meditar sobre si ese dolor podría significar la muerte y tal horror le entró, al pensar en lo desconocido, que tiró la mesilla de noche. Su mujer entró asustada, preguntando qué le pasaba y si se encontraba mejor. Iván le contestó que no pasaba nada y que estaba peor, pero que no llamase al doctor.

Iván Illich veía muy de cerca la muerte, y se desesperaba, no podía admitirlo. Se intentaba escabullir del pensamiento desagradable mediante el trabajo, pero no lo conseguía.

Iván tenía un criado llamado Guerásim, un joven apuesto que le ayudaba siempre diligentemente, y ésto le alegraba bastante.

Lo que a él le torturaba es que los demás supieran lo terrible de su estado y lo ocultaran, excepto Guerásim, que decía que no le importaba ayudarle, porque: “Todos moriremos, ¿por qué no, pues, dar una mano?”. A Iván le encantaba esta actitud.

Iván Illich se seguía lamentando que el dolor no pasase, y todo siguiera igual, pero prefería estoa a la muerte. Otra vez vino el doctor, sin remediar nada; su mujer lloró y se marchó, dejándolo solo, hasta que vino la mujer con la hija y el novio de la hija para despedirse, ya que iban al teatro.

La mujer llegó tarde del teatro, dio opio a Iván y éste se quedó solo. Entonces, se puso a meditar. Pensó que quería vivir, vivir como antes lo hacía, pero cuando veía cómo vivía antes, lo veía todo como algo repugnante. Todos los momentos que buscaba desde la Escuela de Jurisprudencia no le eran agradables, excepto los momentos de amor hacia su mujer. Iván comenzó a plantearse la duda de si había o no vivido correctamente.

Siguió luchando entre el pensamiento que a veces tenía de la muerte inmediata y el sentimiento de que su cuerpo se recuperaba. No podía pensar en la muerte, no lo podía admitir, se preguntaba por qué el dolor, por qué la tortura, por qué la muerte, ¿para qué?

Así pasaron dos semanas, durante las cuales Petríschev (el novio de su hija) pidió formalmente la mano de su hija.

Esa noche, la mujer le habló de las medicinas, e Iván le respondió que le dejase morir en paz. Vino el médico, e Iván le reprochó: “Ya sabe que todo es inútil, déjeme”.

Iván Illich seguía meditando sobre su vida, preguntándose si quizá no hubiera sido lo que debiera. Vino un sacerdote para comulgarle, y después Iván pidió a todos que le dejaran solo.

Entonces, Iván no cesó de gritar: “¡Oh!, ¡Oh!, ¡No quiero!” No podía negarlo, su vida no fue lo que debería haber sido. Su familia le estaba mirando. Pidió a su esposa que se llevara a los hijos, y le quiso pedir perdón por la vida que llevó, pero no tuvo fuerzas suficientes.

En este momento, Iván Illich perdió el miedo a la muerte que tanto le agobiaba, en vez de muerte vio luz. Alguien en la sala dijo: “¡Se ha terminado!”. Sí, pensó Iván Illich, se ha terminado la muerte. Para él, ya no existía la muerte

Y entonces, Iván Illich falleció.

RIP




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Enviado por:Juan Marcos Fustero
Idioma: castellano
País: España

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