Literatura


Expresión y Reunión; Blas de Otero


Introducción

Expresión y reunión es una antología ordenada por el propio autor en el año 1969, recién llegado de Cuba, isla en la que vivió alrededor de tres años. Desde 1964, fecha de edición de Que trata de España, no había publicado libro alguno, aunque sí muchos poemas en diversas revistas y periódicos del extranjero. Antonio Núñez, que le entrevista en junio de 1968, nada más arribar a España, recoge de sus labios la niticia de que trae dos libros inéditos, producto de su visión del mundo después de viajar por tres países del campo socialista. Posteriormente, durante un año de intensa producción (1968-69), surge Hojas de Madrid, muestras muy representativas del cual aparecen por primera vez en Expresión y reunión.

Esta antología tenía, a mi entender, una gran importancia por dos razones principales: ser una selección hecha por el propio poeta en el momento de su plenitud vital y creadora, y por recoger numerosos poemas de obra inédita o no publicada en España. Hay que tener en cuenta la referencia a la censura en las siguientes palabras de Blas de Otero: «Conviene recordar que desde el año 1955 no he podido publicar un libro en España, ya que Ancia, que es del año 1958, no es más que una reedición de libros anteriores, y la edición española de Que trata de España ya he indicado que está gravemente mutilada». Intentando remediar para el lector español esta mutilación (más de 100 poemas), este libro es el más representado en la antología. Muy interesantes son también las prosas que incluye de Historias fingidas y verdaderas (Inédito por aquel entonces) por la expectación que despierta siempre la incursión de un poeta en la prosa.

Además, la selección abarca varios poemas del primer libro, Cántico Espiritual, prácticamente desconocido, y un poema inédito de su prehistoria poética.

Esta segunda edición de Expresión y reunión, que presenta Alianza Editorial, está enriquecida con muchos poemas posteriores a 1969, que Blas de otero fue publicando (en el libro Mientras (1979) en revistas o incorporados a otras antologías), quedando así constituida una selección de la poesía oteriana, realmente representativa y actualizada. A través de ella, volvemos a encontrar a un escritor tremendamente lúcido ante su obra, cuyo «contenido ha sido siempre el hombre». Hombre con el que el poeta se comunica «a través del poema, y el poema es un ente estético, con todas las de la ley. En una palabra, la calidad estética es insoslayable». es el mismo Blas de Otero quien así habla en la entrevista que venimos mencionando.

Un solo poema, «A la música», se recoge en el primer apartado. Sin embargo, es significativo si tenemos en cuenta las declaraciones del poeta acerca de los cientos de poemas que destruyó antes de la edición de Angel fieramente humano (1950), al que considerará como su primer libro. En 1951 escribe el poema «A la inmensa mayoría», donde aparece la noticia poética de la real destrucción de la obra primeriza: «rompió todos sus versos». Porque es inexplicable (como notaba el profesor y poeta Rafael Ballesteros, en un trabajo sobre Cántico Espiritual, que ignoro si llegó a publicarse) que de este libro (donde hay bastantes poemas vacilantes, con claras y no bien asimiladas, a veces, influencias poéticas de San Juan de la Cruz) haya surgido la plena madurez del Angel. Naturalmente. La explicación de lo inexplicable, es, a menudo, tan sencilla como aquí. No hay nada que explicar: el eslabón existe. Son cientos de poemas quemados, destruidos, que sirvieron de ejercicio a la imaginería y al ritmo, hasta llegar a la obra conseguida. La planilla se rompe. La obra queda, impecable: los sonetos de Angel fieramente humano. Incluso ya en el Cántico Espiritual es fácil separar las liras sanjuanianas y los villancicos, del bello soneto «Amiga de la luz», o los endecasílabos tan cercanos ya, y precursores, del Angel:

Nada soy si no soy el que yo soy,

el que ha salido de tus manos grandes,

capaces de dar forma al Universo.

(P. 57).

O la metáfora del puente, y el río que lo traspasa:

¡Ah, Señor, si mis ojos se te abrieran

como un puente, Tú, río traspasando

( P. 57).

que en Redoble de Conciencia, como ampliándose y afianzándose, expresarán la unión de los amantes.

Puente de dos columnas, y yo río.

Tú, río derrumbado, y yo su pente

abrazando, cercando su corriente

de luz, de amor, de sangre en desvarío.

En estas largas series de endecasílabos blancos del Cántico Espiritual (endecasílabos reales casi todos, alternando con algún sáfico), donde aparecen irregularmente algunos versos asonantados, están las huellas del eslabón perdido entre la primera obra publicada de Blas de Otero y Angel fieramente humano. Y son huellas visibles o muy claramente detectables, como ya señalaba Emilio Alarcos Llorach en 1955. Porque Cántico Espiritual no es más que una selección temática, no estética, que se publicó con motivo del IV Centenario del nacimiento de San Juan de la Cruz, y que se salvó de la quema únicamente por esta razón. Libro donde hay que prestar atención especial, no a los poemas referidos al tema (liras), sino a aquéllos en que la relación hombre-Dios se establece a través de una meditación arrebatada. Al fondo de ellos está el gran maestro de Blas de Otero: Fray Luis de León y los comentarios en prosa de San Juan de la Cruz.

Angel fieramente humano (1950), Redoble de concincia (1951) y Ancia (1958).

Con Angel fieramente humano y Redoble de conciencia se incorpora Blas de Otero plenamente a la «poesía desarraigada» que encabezó Dámaso alonso con Hijos de la ira en la postguerra española. Poco antes, en 1948, se habían publicado sus «Poemas para el hombre» en la revista donostiarra Egan, alertando ya a las minorías poéticas que se movían en los ambientes de las revsitas literarias de la década de los cuarenta. Así, cuando Blas de Otero concurre con el Angel al premio Adonais de 1949, puede llevar al frente de los poemas la dedicatoria «a la inmensa mayoría», que se convertirá en lema de una poesía testimonial frente al elitista «a la inmensa minoría» de Juan Ramón Jiménez. No presume esto que Blas de Otero renuncie al cuidado de la forma, sino todo lo contrario. Es el destinatario, el receptor, el que se sale de las cerradas salas y de las torres de marfil. Porque, frente a cierta poesía preciosista, se ha alzado ya otra «humanizada» que llama «desesperadamente» desde el sufrimiento del hombre de dos guerras:

De golpe, han muerto veintitrés millones

de cuerpos. Sobre Dios saltan de golpe

-sorda, sola trinchera de la muerte-

con el alma en la mano, entre los dientes

el ansia. Sin saber por qué, mataban;

muerte son, sólo muerte.

(«Canto Primero», p. 72.)

Pero Angel fieramente humano es, ante todo, la expresión del vacío y la soledad, inherentes a la condición humana:

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.

Ser -y no ser- eternos, fugitivos.

¡Angel con grandes alas de cadenas!

(«Hombre», p. 62.)

Que este desamparo, esta «desolación y vértigo» vienen del existencialismo de Kierkegaard es evidente. Opino a través de Unamno (cuya influencia negó reiteradamente Blas de Otero, y no hay por qué dudar de la sinceridad de un escritor que con tanto entusiasmo declaraba sus adhesiones literarias e ideológicas), sino del pensamiento filosófico europeo que llenaba las conversaciones y lecturas del pequeño grupo de jóvenes vascos vinculados a la revista Egan, del que formó parte el poeta durante los años cuarenta. Y, desde luego, de la Biblia. ¿Cómo no recordar el peso de la mano de Dios sobre la miseria de Job hasta llevarle a desear: «Quia non conclusit ostia ventris?» La mano de Dios, «de suyo tan blanda y suave» y a la que el alma siente «tan grave y contraria». Ambas citas, del libro de Job y de los comentarios en prosa de San Juan de la Cruz, ncabezan los sonetos «Tierra» y «Déjame» (p. 78) de Redoble de conciencia.

Nos movemos aquí en el terreno de la mística. Es el abandono de Dios, cuyo

..................... silencio retumbando,

ahoga mi voz en el vacío inerte.

(«Hombre», p. 62.)

Pero este vacío, aunque sentido subjetivamente, es el eco de una catástrofe colectiva: el abusurdo de las muertes masivas, el derrumbamiento de los valores religiosos tradicionales en una circunstancia histórica de guerra y destrucción. El «eco de la sangre» aún sonaba en España, y ahora llega desde Europa.

El Dios que Otero presenta en su poesía no responde a la imagen del dulce Jesús característica de la educación infantil bilbaína. Es Yavé, padre y enemigo, al mismo tiempo. Por eso, puede rebelarse:

........... Si eres Dios, yo soy tan mío

como tú. Y a soberbio, yo te gano.

(«Déjame», p. 78.)

Porque contra lo que se rebela el poeta es contra algo peor que la muerte: es contra el vacío, el dolor, la angustia, la inautenticidad:

He preguntado a mis hermanas si sabes quién es este hombre que viene, entre mi hombro y mi hombro, a donde yo vengo, y vuelve,

el rostro si yo lo torno...

(«El claustro de las sombras», RC, p. 32.)

La vida en aquellos años cuarenta podía llegar a convertirse en algo intolerable. Tenemos demasiadas pruebas históricas para dudarlo:

¿Hasta cuándo este cáliz en las manos crispadas

y este denso silencio que se arrolla a los codos;

hasta cuándo esta sima y su silbo de víboras

que rubrican el vértigo de ser hombre hasta el fondo?

(«Hombre en desgracia», AFH, p. 43.)

Otro tema presente en los libros que comentamos es el del amor. En tres dimensiones: la mujer, lejana ya, y delicadamente recobrada en el recuerdo (inolvidable «Mademoiselle Isabel», «Jarroncito de porcelana», «La Monse», «Láminas»):

Porque recuerdo que tenías diecisiete años,

y todos de oro,

y los pechitos te temblaban

como las hojas del chopo.

(«Láminas», Ancia, p. 104.)

Estas imágenes recobradas por la memoria están impregnadas de la nostalgia de las cosas perdidas, a veces de tirsteza. Siempre de ternura. No así los terribles sonetos del deseo («Es inútil», por ejemplo, de RC) en que la mujer es buscada y abrazada como un arma de eternidad. Este ansia totalizadora termina, inevitablemente, en el fracaso y la insatisfacción:

Hambre mortal de Dios, hambriento hasta

la saciedad, bebiendo sed, y, luego,

sintiendo, ¡por qué, oh Dios!, que eso no basta.

(P. 69.)

En fin, en otros momentos, la mujer queda como difuminada por el estremedimiento de una futura posesión que se vive atrayéndola hacia el presente. La imaginería, en estos poemas se llena de sonidos, colores, luces («Brisa sumida», «Música tuya», Ancia, pp. 92 y 93).

En cuanto a la forma métrica, prevalece el soneto, estrofa en la que Blas de Otero es un verdadero maestro. Ya en 1952 decía Dámaso Alonso de «Hombre» (p. 62): «No, este soneto no desmerece al lado de los buenos de don Francisco» (Quevedo, por supuesto). Pero no sólo en lossonetos desgarrados, sino en el juego gongorino de «Mira» y «Venus» (ambos de Ancia). Este último, donde se describe la Venus dormida de Giorgione, termina en este bellísimo terceto, de atrevida hipérbaton:

Y, al fondo, en un fingido paraíso,

si mudas frondas, cielo y luz canoros

que con los ojos, suavemente, aliso.

Un modelo de sonoridad es el soneto «Mademoiselle Isabel» (p. 68), conseguida por aliteraciones de e, s y l en posición implosiva, que dan al poema una suavidad alada, muy adecuada al clima de evocación ensoñadora de este personaje femenino de la infancia del poeta.

El endecasílabo pertenece a «las diversas variedades del ritmo trocaico, con apoyo en 6ª. (enfáticos, melódicos y heroicos), y sáficos (cuarta-octava, y el italiano sin acento en la octava)». Alterna el endecasílabo con el verso libre e incluso con el versículo («Mundo», «Encuesta», «Plañid así», «A punto de caer», pp. 83, 91, 82 y 79), donde el poeta usa sus técnicas del surrealismo, con insólitas asociaciones imaginarias:

No sé cómo decirlo, con qué cara

cambiarme por un ángel de los de antes de la tierra,

se me han roto los brazos de tanto darles cuerda.

(«A punto de caer», p. 79.)

donde vemos esa peculiaridad tan oteriana de la «ruptura de un sistema formado por una frase hecha», utilizando la expresión de Carlos Bousoño . Aquí tenemos ese ángel de los de antes de la tierra, donde en el sistema de los de antes de la guerra queda sustituido el segundo elemento que esperábamos por de la tierra, vinculando así dos asociaciones: la guerra, como destrucción de un mundo más feliz, y la caída de los ángeles, primera «hecatombe» bíblica antes de la creación del hombre. La síntesis producida por la ruptura del sistema aproxima las dos catástrofes, al compararlas.

La unidad temática y formal de Ángel fieramente humano y Redobie de conciencia se refuerza en 1958 al publicarse Ancia, nombre que encierra la primera sílaba de Ángel y la última de conciencia. Se añaden 48 poemas nuevos, de diversa factura y contenido: algunos pertenecen a la misma época del Ángel y el Redoble, aun cuando no fueron incluidos en estos libros (por ejemplo, «Epítasis»). «Dije» (p. 96) y «Tu reino es de este mundo» continúan con el tema existencial y amoroso, aunque se ha producido un cambio de perspectivas en este segundo campo: el amor se desprende de la divinidad para convertirse en algo terreno: «Mi reino es de este mundo» («Dije»).

«Encuentro con Blas de Otero », en Insula, núm. 259, junio de 1968, pp. 1-4.

Publicada en 1.ª edición en Madrid, Ediciones Alfaguara, 1969, colección «La Palma de la Mano».

Entrevista mencionada más arriba, en Insula, p. 3.

Primera edición en Madrid, Ediciones Alfaguara, 1970. Segunda edición en Madrid, Alianza Editorial, 1980.

Cuadernos del grupo alea, núm. 2, 1.ª serie, San Sebastián, Gráfica Editora, S. L., 1942.

Insula, entrevista citiada, p. 4.

Madrid, Insula, 1950.

PPP, p. 101.

Barcelona, Instituto de Estudios Hispánicos, 1951, o. 37.

Véase La poesía de Blas de Otero, Salamanca, Ediciones Anaya, 1966, pp. 31-35.

Egan. Suplemento de Literatura del Boletín de la Real Sociedad Vascongada de amigos del País, núm 1, enero, febrero, marzo de 1948, pp. 3-9.

RC, p. 33.

Dámaso Alonso, Poetas españoles contemporáneos, en la parte dedicada a Bals de Otero que sirvió de prólogo a Ancia, Barcelona, A. P. Editor, 1958.

Op. cit., p. 13.

Ancia, pp. 88 y 89.

Sabina de la Cruz, «Los sonetos de Blas de Otero», estudio introductorio a Todos mis sonetos, de Blas de Otero, Madrid, Turner, 1977, pp. XI-XXIII.

«Un ensayo de estilística explicativa. (Ruptura de un sistema formado por una frase hecha)». Homenaje universitario a Dámaso Alonso, Madrid, Gredos, 1970, pp. 69-84. Sobre el mismo tema. E. Alarcos Llorach, op. cit., pp. 88-96.

Ancia, p. 110.




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Enviado por:Montse Sánchez
Idioma: castellano
País: España

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