Historia


Elites, burguesía y clases medias


Lectura 7. Elites, burguesía y clases medias.

1. Las grandes transformaciones sociales del siglo XIX.

La sociedad occidental del siglo XIX (especialmente en Europa) experimentó fuertes transformaciones, paralelas al proceso de industrialización, urbanización y cambios en las relaciones sociales. Las líneas maestras de la evolución social son varias. La primera es la rápida sustitución de la división estamental por la de clases, que permite lograr una mayor movilidad social, aspiración central de la burguesía revolucionaria de la primera mitad del siglo. La segunda es la progresiva sustitución de la hegemonía social y cultural de las aristocracias terratenientes a favor de las burguesías o de los grupos entonces definidos como “clases medias”. Este proceso fue lento y, de hecho, no se concluyó hasta la 1ª G.M., cuando son derrotados definitivamente los rentistas agrarios europeos. Un tercer aspecto es el ascenso al primer plano de las clases trabajadoras, industriales y artesanas, pero también agrarias.

A. La movilidad social: de estamentos a clases.

Lo que define el universo social de la Europa del siglo XIX es su constante mutación, su capacidad para modificar grupos y clases, su permanente diversificación interna. Las diferencias de riqueza entre las clases eran muy grandes, pero su percepción social era todavía mayor debido a los hábitos culturales heredados del Antiguo Régimen, que privilegiaban la distinción aristocrática y la separación social. Alexis de Tocqueville, en su descripción de la democracia americana, ya había observado cuán distinto era el comportamiento de los ricos en América respecto de Europa, pues allí “incluso los ciudadanos más ricos prestan mucha atención a no diferenciarse del pueblo”, hablan con él e incluso comparten mesa y mantel en oficinas y fábricas. Pero en Europa, la distancia entre las clases sociales tardó en desaparecer.

Esta divergencia de comportamiento social se mantuvo durante todo el siglo XIX. Se podría sintetizar, según Harmut Kaelbe, de esta forma: la sociedad europea es más igualitaria en la distribución de la riqueza, pero en cambio es mucho mayor su discriminación social, debido a su configuración menos democrática y, sobre todo, al peso que ejerce una tradición aristocrática forjadora de una cultura de la distinción. Por ello, conviene decir que la primera mutación de la sociedad europea del XIX es la superación de su organización estamental.

La organización social del Antiguo Régimen se caracterizaba por la existencia de estamentos. Los miembros de cada estamento se definían en razón de su origen familiar, su riqueza o su pertenencia a una institución determinada. Así estaban los tres estamentos clásicos de la nobleza, el clero y el estado llano, cuyas diferencias radicaban, entre otras razones, en la desigualdad jurídica de las personas, lo que suponía de hecho una desigualdad económica. En el siglo XVIII, esta división comenzó a fracturarse, con la emergencia de la burguesía en el seno del tercer estado. A partir de la industrialización y la revolución liberal se proclama la igualdad jurídica de las personas (Declaración de los derechos del hombre) y las relaciones entre personas y grupos se establecen cada vez más en torno al concepto de clase social, aunque esto no supone la igualdad económica. La quiebra del modelo estamental vino favorecida, además, por la creación del Estado nacional y todo su aparato administrativo, que ejerció una gran movilización de la población y una fuerte integración cultural de la misma, a través de mecanismos como la escuela, el ejército o el sistema tributario.

La definición de clase social admite varias alternativas. Por una parte, los individuos pertenecientes a una clase se definen por su relación con los medios de producción, lo que determina una posición económica común. Esto permite diferenciar a los propietarios de bienes (capitalistas) y los que sólo poseen su fuerza de trabajo (proletarios). Pero también se deben tener en cuenta otros factores: las experiencias comunes, los lugares de sociabilidad y su capacidad de actuación de forma colectiva. La pertenencia a una clase será, pues, el fruto de un proceso histórico y no de la atribución estática a la misma. No se “nace” en una clase, sino que se “deviene” miembro de la misma. Como ha observado E. P. Thompson, “no veo la clase como una estructura y menos aún como una categoría, sino como algo que acontece de hecho en las relaciones humanas”. Algunas denominaciones sociológicas, como nobleza, son herencia del pasado, mientras que otras, como proletariado o burguesía, se forjan durante el XIX, aunque su contenido y su amplitud experimenten notables cambios durante la centuria.

Esta situación ha dado lugar a muchos debates sobre la estructura social de Europa en el siglo XIX. Para unos, como Arno Mayer, la hegemonía de los grupos sociales procedentes del periodo feudal, en especial de la nobleza, aconsejaría definir el siglo XIX como de “persistencia del Antiguo Régimen”, dado que no sólo en la atribución de la riqueza, sino en los gustos culturales y en el control de la vida política, la permanencia de las aristocracias habría sido más determinante que el ascenso de la burguesía y de las clases trabajadoras. En cambio, para autores de tradición socialista (empezando por Marx y Engels), la división social fundamental en la Europa del siglo XIX se establece entre burgueses y proletarios.

Cabe decir que la sociedad del siglo XIX se caracteriza por una serie de cambios, pero también de pervivencias, cuando no de resistencias a estas transformaciones. Se desmantelan los corsés heredados del Antiguo Régimen hasta llegar a la propia abolición de la servidumbre en Europa oriental y Rusia, pero también permanecen muchos obstáculos para hacer efectiva una movilidad social basada en la capacidad, el trabajo y el talento. La sociedad del siglo XIX se halla, pues, en proceso de transición desde las estructuras feudales hasta las propiamente burguesas y capitalistas, en una dinámica que se consolida definitivamente durante la 1ª G.M.

Pero más allá de las definiciones cabría preguntarse por la distribución de la riqueza y si su atribución social evolucionó durante el siglo XIX hacia una mayor convergencia social o una mayor disparidad. Los efectos del crecimiento económico propiciado por el proceso industrializador no supusieron una amortiguación de las desigualdades económicas. El reparto de la riqueza en la Inglaterra de 1885-1889 revela que un 87% de personas se podía catalogar como pobres. En Francia, en vísperas de la Gran Guerra, el 53,2% de la población no dispone de más que un 2,5% de la riqueza total. Estas constataciones han planteado un largo debate sobre los niveles de vida de la población, como consecuencia de la industrialización. Las interpretaciones han sido contrapuestas, dividiéndose entre “optimistas” y “pesimistas”, a la hora de valorar si mejoraron o no las condiciones de trabajo y la remuneración salarial de los trabajadores. Tanto informes coetáneos, como los de Engels sobre Inglaterra o Villermé sobre Francia, o los de muchos historiadores recientes (Thompson, Hobsbawm), han insistido en los efectos negativos de la industrialización sobre las clases trabajadoras. Pero también está admitido que a partir de mediados de siglo mejoraron notablemente las condiciones de vida y la capacidad adquisitiva de los obreros europeos. La cuestión sigue abierta, aunque resulte claro que no fue hasta el siglo XX, en especial en su segunda mitad, cuando tuvo lugar una significativa convergencia social en la distribución de la riqueza.

B. Las elites dominantes: de la aristocracia a la burguesía.

La hegemonía social en la Europa del siglo XIX la detentaban dos grandes grupos sociales. Por una parte, la nobleza titulada procedente del Antiguo Régimen y que tiene en la propiedad de la tierra su principal fuente de riqueza. Por otra parte, la burguesía ascendente, que combina su preeminencia en el mundo de los negocios y la industria con su participación en la tenencia de la tierra. Entre la vieja nobleza terrateniente y las grandes fortunas burguesas tuvo lugar, con frecuencia, un proceso de simbiosis, de tal modo que la nobleza acabó penetrando en el ámbito de los negocios y la burguesía luchó por su ennoblecimiento. De hecho, multitud de títulos nobiliarios fueron concedidos por los monarcas europeos durante todo el siglo XIX: unos nueve mil en el Imperio austro-húngaro y más de mil en el alemán guillermino desde 1871. Entre nobleza y alta burguesía ocuparon los principales cargos políticos, administrativos o parlamentarios de casi todos los países europeos. Además de esta confluencia, ambos grupos sociales presentan otras características comunes. La más evidente es, sin duda, la de su heterogeneidad, tanto social como territorial.

a. La aristocracia y su pervivencia.

El peso de la nobleza era diferente en Inglaterra y en el continente y, dentro de éste, muy distinto en los países occidentales y los orientales. Cuanto más se desplaza hacia el este, mayor fortaleza tiene la nobleza, tanto económica como políticamente. Diversidad territorial que también es patente en el caso de la burguesía, cuya hegemonía es evidente en Francia, pero menos en Alemania y en los países mediterráneos. Por eso resulta más adecuado hablar de “noblezas” y “bur­guesías”. Sin embargo, conviene advertir que la permanencia de la nobleza no es sinónimo de atraso económico. Al contrario, en las dos eco­nomías más evolucionadas en el siglo XIX (el Reino Unido y Alemania) la nobleza logró mantener una gran influencia económica, social y política.

A pesar de las reformas agrarias realizadas en la primera mitad del siglo XIX, las capas nobiliarias consiguieron retener gran parte de sus ingresos y rentas de origen territorial a cambio de perder sus privilegios sobre las personas (señoríos y jurisdicciones). Además, fue la nobleza el principal vivero para el reclutamiento de los cuadros dirigentes de la administración pública civil (especialmente, la diplomacia) y la oficialidad del ejército y, sobre todo, la marina. Su prestigio les facilitó asimismo la participación activa en el control de la vida política, a través de las cámaras altas, generalmente no electivas, que registra la mayoría de los sistemas constitucionales europeos.

La heterogeneidad de las noblezas europeas es muy fuerte. En Inglaterra, los lores eran propietarios de los dos tercios del territorio, del que obtenían no sólo elevadas rentas agrarias, sino beneficios derivados de la explotación de minas o del ensanche de las ciudades. Unas trescientas de estas familias aristócratas inglesas tenían, cada una, posesiones de más de 4.000 hectáreas. En Francia, en cambio, la nobleza había sido fuertemente afectada por las medidas revolucionarias, de modo que su posición como terrateniente era menos sólida que en Inglaterra. Junto con sectores burgueses, formaba el grupo de los notables rurales, que dominó la vida económica y política de la Francia rural hasta, al menos, la III República.

En la Europa oriental, el peso de la nobleza es enorme, tanto en la Prusia de los grandes terratenientes (junkers) como en el Imperio austrohúngaro o en el ruso. Algunas familias nobles centroeuropeas, como los Esterhazy húngaros, disponían de posesiones dc más de 400.000 hectáreas. Algo parecido sucede en la Europa donde la alta nobleza latifundista del Mezzogiorno italiano o del sur ibé­rico había logrado mantener sus posiciones heredadas del Antiguo Régimen, aunque para ello tuviera que acabar endeudándose o haciendo algunos pactos con las nuevas clases emergentes, como tan bien refleja la novela de Lampedusa El Gatopardo, a través de su pro­tagonista el príncipe Salina y su familia.

Esta heterogeneidad de la nobleza no es sólo territo­rial, sino también interna. Además de la alta nobleza, había otros sectores no­biliarios, poblados a menudo por los nuevos títulos concedidos en el siglo XIX por las monarquías europeas. Pertenecen a estos peldaños más bajos de la aristocracia la gentry inglesa o una extensa nobleza local muy arraigada en el Imperio de los Habsburgo, en los países mediterráneos y entre los propios notables rurales franceses (los coqs de village). Unos y otros tenían en común la condi­ción de terratenientes, y también una cierta homogeneidad cul­tural. Pues era en sus gustos refinados, propios de una “sociedad de corte” en sus comportamientos sociales y en su educación donde la nobleza europea presentaba una cierta uniformidad. Era este substra­to cultural, más que sus diferencias internas, lo que mejor la definía y lo que más perduró en el tiempo.

b. La burguesía ascendente.

La heterogeneidad de la burguesía es aún mayor. Su condición de grupo en ascenso dentro de las socieda­des industrializadas le confería una gran capacidad de adaptación a situaciones distintas; pero la diversidad de campos en los que actuó impide una definición tan homogénea como la que tenía la nobleza en virtud de sus títulos, su prestigio social y los honores que se le atribuían. De la burguesía forman parte los empresarios, comerciantes y banqueros, y también los profesionales liberales o los altos cargos de la incipiente burocracia estatal. Bajo el ­nombre de burguesía se esconden, pues, realidades bien distintas.

Por otra parte, para el siglo XIX tampoco es ya útil la remisión del concepto de burgués a su sentido etimológico (habitante de la ciudad o burgo). La burguesía decimonónica se halla muy aleja­da del patriciado urbano forjado en la Europa medieval y moderna, donde la unión entre ciudad y su entorno territorial era muy fuerte, de modo que este patriciado ocupaba en la ciudad una posición análoga a la de la nobleza. La modernización económica y los cambios políticos que trajo la “doble revolución” de fines del siglo XVIII propiciaron una transformación del papel de la burguesía y, sobre todo, la configuración de diferentes grupos sociales, que pueden englobarse bajo la denominación de burguesía, pero que presentan características internas bastante diferentes. Como sucede con otros grupos o clases sociales, también la burguesía se define mejor por los rasgos que la separan de la nobleza, del campesinado o de los artesanos urbanos que por sus elementos comunes. Sin embargo, éstos son claramente per­ceptibles. Pues actitudes comunes de la burguesía fueron tanto su tendencia a fusionarse con las elites nobiliarias como su obsesión por distinguirse de las clases trabajadoras, rurales o urbanas. Además, a través de círculos específicos de sociabilidad y de la elaboración de una cul­tura basada en el papel de la familia y en la fuerza de la vida privada, la burguesía logró forjar una cierta identidad, análoga a la nobiliar, pero más urbana.

En suma, lo que mejor define la burguesía europea del siglo XIX es su pluralidad interna, una cierta cultura común y la existencia de antagonismos sociales precisos tanto hacia arriba como hacia abajo. Las burguesías europeas del siglo XIX, su época histórica de mayor esplendor y hegemonía, forman, más que una clase social precisa, una suerte de pequeño universo social, en el que podemos distinguir varios gru­pos o categorías.

En primer lugar, la alta burguesía de los negocios industriales, financieros o comerciales. Las principales familias de la ban­ca, la industria pesada o las comunicaciones forman parte de este núcleo. Algunos nombres, como los Krupp, Thyssen, Rothschild, Pereire o Lafitte, son indicativos de esta alta burguesía de dimensión europea. A ella se debe agregar la burguesía agraria que, desde principios del siglo XIX, se asienta con fuerza en la sociedad rural europea. La difusión de la propiedad agraria en manos de la burguesía fue importante incluso en Prusia, donde a finales del siglo XIX poseía una porción de tierras se­mejante al de la nobleza (48% de las explotaciones superiores a 100 hectáreas, frente al 44% de la nobleza).

En segundo lugar, la clase media (classe moyenne o middle class), lugar de encuentro de comerciantes, artesanos y notables ru­rales. La expresión se empleó durante la primera mitad de siglo con un sentido político para designar a quienes estaban en el “jus­to medio”, entre el despotismo aristocrático y el li­bertinaje del pueblo “menudo” (era la interpretación preferida de los liberales doctrinarios franceses, como Guizot). Las clases medias, que se confunden también con la pequeña burguesía, constituyen así la columna vertebral del sistema político liberal censitario. En cambio, en Inglaterra la middle class designaba a la burguesía in­dustrial que se hallaba desplazada del ámbito aristocrático de los lo­res y de la gentry.

En los últimos años, la historiografía, sobre todo alemana (Kocka), ha insistido mucho en el papel central que juega, den­tro de las burguesías europeas del siglo XIX, la denominada burguesía cul­ta o de los profesionales, con especial arraigo en la Europa central, pero también mediterránea. En esta categoría social se inte­gran altos funcionarios, intelectuales y miembros de las profesiones li­berales. La burguesía culta es una expresión aplicable plenamente al caso de la Alemania guillermina, donde una de las vías más sólidas para alcanzar la movilidad social fue lograr una formación especializada en universidades o centros de investigación para luego incorporarse al ámbito de la administración o la actividad empresarial. También en el mundo anglosajón, especialmente en EEUU, floreció con fuerza esta modalidad de ascenso social. Una parte de este grupo social acabaría confundido con los trabajadores white collar surgidos de la aristocracia obrera desde fines del siglo XIX.

2. El mundo burgués en las décadas centrales del siglo XIX.

A. Rasgos generales de la burguesía como clase.

¿Qué es lo que define a la “burguesía” como clase a mediados del siglo XIX? En el plano económico, el burgués era, sobre todo, el capitalista, es decir, el propietario del capital, el perceptor de ingresos derivados del mismo, el empresario productor de beneficios o todo ello junto. En 1848, por ejemplo, las 150 familias principales de Burdeos incluían 90 hombres de negocios (comerciantes, banqueros, industriales, propietarios de tiendas, etc), 45 propietarios agrarios y rentistas y 15 profesionales liberales. Socialmente, la definición no era tan clara. Las clases medias incluían, sin duda, a los hombres de negocios, propietarios, profesionales liberales y altos funcionarios; en conjunto, un grupo bastante reducido. Pero no era fácil definir sus límites superior e inferior dentro de la jerarquía social, sin olvidar la notable heterogeneidad de sus miembros dentro de tales límites.

Uno de sus principales rasgos era que se trataba de un grupo de personas con poder e influencia al margen del nacimiento y del estatus tradicional. Para pertenecer a ella había que ser “alguien”, es decir, una persona que contase como individuo gracias a su fortuna, su capacidad para mandar a otros o, al menos, influirles. El recurso clásico del burgués en apuros o con motivos de queja era el “tráfico de influencias”: con el alcalde, el diputado, el ministro, el antiguo compañero de colegio, el pariente, o el colega de negocios. El burgués que escribía una carta al periódico dando su opinión sobre los asuntos públicos sabía que se publicaría (dada la fuerza de su reputación como individuo), y que llegaría a quienes tenían poder de decisión. La burguesía como clase no organizaba movimientos de masas (como el cartismo), sino grupos de presión (como la Liga contra la Ley Cerealista en Inglaterra).

La burguesía era básicamente “liberal”, no tanto en un sentido partidista (aunque los partidos liberales fueron los dominantes), sino ideológico. Creían en el capitalismo, la empresa privada, la tecnología, la ciencia y la razón. Creían en el progreso, un cierto grado de gobierno representativo, de derechos y de libertades, siempre que fueran compatibles con el imperio de la ley y con un tipo de orden que mantuviera a los pobres en su sitio. Creían más en la cultura que en la religión (podían sustituir la asistencia a la iglesia por la asistencia a la ópera, al teatro o al concierto). Creían en las profesiones abiertas a los emprendedores y al talento y que su propia vida acreditaba sus méritos. Este sentido de lucha por la vida, una verdadera selección natural en la que la victoria e incluso la supervivencia demostraban tanto la aptitud como las cualidades morales necesarias para alcanzarla, reflejaba la adaptación de la antigua ética burguesa de la abstinencia y moderación a la nueva situación. El darwinismo no era simplemente una ciencia, sino una ideología. Ser burgués no sólo era ser superior, sino también demostrar cualidades morales equivalentes a las viejas cualidades puritanas.

El burgués era independiente, alguien a quien nadie daba órdenes (excepto él mismo, el Estado y Dios). No era sólo un empresario o un capitalista, sino un amo, un señor, un patrón, un jefe. El monopolio del mando (en su casa, su oficina, su fábrica) era esencial para definirse a sí mismo y frente a los subordinados. Incluso entre los profesionales liberales o los artistas e intelectuales que no tenían subordinados, el “principio de autoridad” estaba presente, como se podía apreciar en el comportamiento del profesor universitario tradicional, del médico autócrata, del director de orquesta (Wagner, por ejemplo) o del pintor caprichoso.

Como el éxito era consecuencia del mérito personal, el fracaso se debía a la falta de méritos. La ética burguesa tradicional lo achacaba a la debilidad moral o espiritual de las clases bajas más que a la falta de talento (era obvio que no se necesitaba mucha cabeza para triunfar en los negocios y, a la inversa, que la sola inteligen­cia no garantizaba la fortuna). Pero, conforme las antiguas virtudes de moderación y esfuerzo dejaban de poderse aplicar claramente a la adinerada burguesía, surgieron teorías alternativas sobre la superioridad “biológica” de clase, resultado de la selección natural, transmitida genéticamente. El burgués era, si no una especie diferente, miembro al menos de una raza superior, un estadio superior de la evolución humana, distinto de los órdenes inferiores, que histórica o culturalmente permanecían en la infancia o, como mucho, en la adolescencia.

La incuestionable superioridad del burgués implicaba una inferioridad aceptada y deseada, como la de las mujeres. Como éstas, los obreros estaban “obligados” a ser leales y a estar satisfechos. Si no era así, se debía a esa figura clave del lenguaje de la burguesía: “el agitador del exterior”. El mito del agitador que explotaba a los necios y atontaba a los obreros era persistente. El militante activo o el líder obrero, como no se adaptaba al estereotipo de obediencia, inercia y estupidez, era, por definición, un “agitador”. Dicha actitud reflejaba la determinación de decapitar a las clases inferiores, si fallaba el mecanismo de la integración de sus líderes. Pero también reflejaba un grado notable de confianza. Cuando los dueños de las fábricas hablaban del peligro “comunista” que estaba detrás de cualquier cortapisa a los derechos absolutos de los empresarios, no se referían a la revolución social, sino simplemente a que el derecho de propiedad y el de dominio eran idénticos y a que la sociedad burguesa quedaba arruinada si se permitía cualquier interferencia en los derechos de la propiedad.

La burguesía no era una clase gobernante en el sentido en que lo había sido el terrateniente tradicional, cuya posición le confería, de iure o de facto, el poder sobre la gente de su territorio. Pero, si los puestos superiores del poder los detentaban aún las viejas elites tradicionales, la burguesía, a partir de 1830 en Francia y de 1848 en Alemania, ocupó los niveles inferiores, como alcaldías, consejos municipales o de distrito, etc. y los mantuvo bajo su control hasta la irrupción de las masas en la política a finales del siglo. También en Gran Bretaña las ciudades grandes estaban en manos de la oligarquía empresarial. En la mayoría de los países, por tanto, la burguesía no controlaba ni ejercía directamente el poder político, pero sí ejercía su hegemonía y determinaba cada vez más la política.

Incluso para los socialistas el triunfo pasaba por el desarrollo del capitalismo. Tanto Marx (que vio bien la conquista de la India por los británicos y la de México por EEUU) como los progresistas de países europeos con gobiernos conservado­res (Alemania, Austria-Hungría, Rusia) reconocían que, de no producirse un desarrollo capitalista, sólo habría atraso económico y debilidad progresista; su problema consistía en cómo alentar el capitalismo (y con él a la burguesía), sin aceptar los regímenes políticos liberal-burgueses. El mero rechazo de la sociedad burguesa y de sus ideas ya no era viable. La única organización que lo hizo, la Iglesia católica (mediante el Syllabus de los errores de 1864 y el Concilio Vaticano I de 1869-1870, bajo el largo papado de Pío IX), demostraba estar a la defensiva y se aisló sin más.


B. El hogar y la familia burguesa.

Algunos fenómenos aparentemente superficiales permiten, a veces, analizar con más profundidad la sociedad burguesa, que alcanzó su apogeo a lo largo del siglo XIX.

El hogar era la quintaesencia del mundo burgués, pues en él podían olvidarse los problemas y contradicciones de la sociedad burguesa. Sólo aquí la burguesía podía mantener la ilusión de una felicidad armoniosa y jerárquica, rodeada por los objetos que demostraban y posibilitaban tal ilusión, la vida soñada que encontraba una típica expresión en el ritual de la celebración navideña, desarrollado sistemáticamente con este fin. La cena (descrita por Dickens), el árbol (inventado en Alemania, pero aclimatado pronto en Inglaterra gracias al patronazgo real) y los villancicos (como el Noche de paz alemán) simbolizaban al mismo tiempo el contraste entre la frialdad del mundo exterior y el calor del círculo familiar interno.

La impresión más inmediata que produce el interior burgués es la de apiñamiento y ocultación: una masa de objetos cubiertos por colgaduras, manteles, cojines o empapelados, y siempre manufacturados. Ninguna pintura sin su marco dorado, calado, e incluso cubierto de terciopelo, ninguna silla sin tapizar, ninguna pieza de tela sin borlas, ninguna madera sin toque de torno, ninguna superficie sin cubrir por algún mantel o sin algún adorno encima. Los objetos expresaban su precio y éste también significaba bienestar. Los objetos eran algo más que simples útiles, eran los símbolos del status y de los logros obtenidos. Poseían valor en sí mismos como expresión de la personalidad, como programa y realidad de la vida burguesa. En el hogar se concentraban todos ellos, de ahí su hacinamiento interior.

Sus objetos, como las casas que los albergaban, eran sólidos, el mayor elogio que se podía hacer de la empresa que los fabricaba. Estaban hechos para perdurar y así fue. Al mismo tiempo, debían expresar, a través de su belleza, aspiraciones más espirituales. La belleza debía reflejarse en la decoración, ya que la mera construcción de las casas burguesas o de los objetos que las adornaban era pocas veces lo suficientemente grandiosa como para ofrecer sustento espiritual por sí misma, como ocurría con los grandes ferrocarriles y barcos de vapor. Sus exteriores siguieron siendo funcionales y sólo debían decorarse sus interiores, en la medida en que pertenecían al mundo de la burguesía, como los nuevos coches-cama Pullman (1865) o los salones y camarotes de primera clase de los barcos de vapor. La belleza era, así pues, sinónimo de decoración aplicada a la superficie de los objetos.

La dualidad entre solidez y belleza expresaba la clara división existente entre lo material y lo ideal, lo corporal y lo espiritual, muy típica del mundo burgués. Ahora bien, el espíritu y el ideal dependían de la materia y sólo podían expresarse a través de ella y, en última instancia, a través del dinero que podía comprarla. Nada era más espiritual que la música, por ejemplo, pero la forma típica en que entró en los hogares burgueses fue el piano, un aparato excesivamente grande y caro, si bien se redujo a las dimensiones más manejables del piano vertical en beneficio de un estrato más modesto que aspiraba a alcanzar los valores de la burguesía. Ningún interior burgués estaba completo sin él; como tampoco lo estaban las hijas burguesas, que debían saber tocarlo para ser bien consideradas.

Reforzada por sus ropas, su hogar y sus objetos, la familia burguesa parece una institución misteriosa, dado su aparente conflicto con la sociedad burguesa. ¿Cómo es posible que esa sociedad que afirmaba dedicarse a una economía de empresa competitiva y lucrativa, y que propugnaba el esfuerzo individual, la igualdad de derechos y oportunidades y la libertad, se basara en una institución que negaba tan absolutamente esos valores?

Su unidad básica, el hogar unifamiliar, era una autocracia patriarcal caracterizada por una jerarquía de dependencia personal, es decir, un tipo de sociedad que los portavoces de la burguesía denunciaban y pretendían destruir. El filósofo Martin Tupper hablaba así, en 1876, del hogar burgués: “allí con firme juicio gobierna con acierto el padre, marido y señor, colmándolo de prosperidad como guardián, guía o juez” y tras él revolotea “el ángel bueno del hogar, la madre, esposa y señora”, cuya tarea, según el escritor John Ruskin, consistía en “complacer a su gente, alimentarla con ricos manjares, vestirla, mantenerla en orden y enseñarla”. Para desempeñar esta tarea no necesitaba tener inteligencia ni conocimientos (como decía Charles Kingsley, “Sé buena, dulce sierva, y deja que él sea inteligente”). Esto no se debía sólo a que la nueva función de la esposa burguesa era demostrar la capacidad de su esposo ocultando la suya en el ocio y el lujo, cosa que chocaba con las viejas funciones de dirigir una casa, sino también a que su inferioridad respecto al hombre debía ser demostrable: “¿Tiene acaso juicio? Éste es un gran valor, pero hay que cuidar que no exceda al tuyo. Pues la mujer debe estar sometida, y el verdadero dominio es el de la inteligencia” (Tupper).

A esta preciosa e ignorante esclava que era la esposa también se le pedía que mandara, no tanto sobre los hijos, cuyo señor era el paterfami­lias, como sobre los criados, cuya presencia distinguía a la burguesía de las clases inferiores (éstas eran precisamente la cantera de criados­. Éstos eran cada vez más y, sobre todo, mujeres (en Gran Bretaña la proporción de hombres respecto al total de criados domésticos o personales bajó del 20 al 12% entre 1841 y 1881). El criado o criada, aunque percibía un salario, se diferenciaba radicalmente del obrero, ya que su principal nexo con el patrón no era monetario, sino personal y, en la práctica, de total dependencia. Cada acto de su vida estaba estrictamente fijado y, como vivía en la casa de sus señores, estaba muy controlado. Desde el uniforme que llevaba, hasta las referencias sobre su comportamiento, sin las que no podía encontrar empleo, todo simbolizaba una relación de poder y sumisión. Ello no excluía la existencia de estrechas, aunque desiguales, relaciones personales. Por cada niñera o jardinero que dedicaba toda su vida al servicio de una sola familia, había cientos de muchachas campesinas que duraban poco en la casa y salían de ella embarazadas, casadas o para buscar otro trabajo, hechos considerados simplemente como “problemas del servicio” en las conversaciones de sus señoras.

La estructura de la familia burguesa contradecía de plano la de la sociedad burguesa, al no contar en ella la libertad, la oportunidad, el nexo monetario ni la búsqueda del beneficio individual. Esto se debía quizá a que el anarquismo hobbesiano que impregnaba la teoría económica burguesa no podía servir de base a ningún tipo de organización social, incluida la familia. De ahí la búsqueda de un deliberado contraste con el mundo exterior, un oasis de paz en un mundo de guerra: “el reposo del guerrero”. Metáforas bélicas surgían de los varones que participaban en la “lucha por la vida” o la “supervivencia del más apto”, al tiempo que metáforas de la paz eran utilizadas al describir el hogar: la “morada de la alegría”, el lugar donde “se regocijan las satisfechas ambiciones del corazón”.

Es posible también que la desigualdad en la que se basa el capitalismo encontrase una expresión adecuada en la familia. Como la dependencia no se basaba en una desigualdad institucionali­zada y tradicional, como en el antiguo régimen, debía basarse en una relación individual. Dado que la superioridad burguesa era discutible y dudosa para el individuo, debía haber alguna forma de que fuese permanente y segura. Como su principal expresión era el dinero y éste mostraba sólo las relaciones de intercambio, debía completarse con algo que demostrase el dominio de unas personas sobre otras. La estructura familiar patriarcal basada en la subordinación de las mujeres y los niños no era nueva, por supuesto, pero en vez de destruirla o modificarla, resultó que en esta época la sociedad burguesa la reforzó y exageró.

Que la realidad de las familias burguesas respondiera a este “ideal” patriarcal es otra cuestión. El gran número de obras que en todos los idiomas aparecieron para educar a las mujeres y explicarles lo que suponía ser esposa, madre y el cuidado del hogar, parece más bien poner en duda que la vida familiar y doméstica se considerara “el ámbito natural” de las mujeres. Aun así, es significativo que en este período se reforzara ese tipo ideal de familia. Esto basta para explicar los comienzos de un movimiento feminista sistemático entre las mujeres de la clase media de estas décadas en los países anglosajones y protestantes.

En teoría nada impedía el ascenso social, pero en la práctica esta ascensión alcanzó cotas poco importantes El 89% de los empresarios británicos del acero en 1865 provenían de familias de clase media y sólo un 4% de la clase obrera. En esos mismos años la mayoría de los fabricantes textiles del norte de Francia eran hijos de familias que pertenecían ya a las clases medias. Los “padres fundadores” de las empresas del sudoeste alemán no siempre fueron ricos, pero muchos tenían una larga experiencia familiar en los negocios y, a menudo, en las industrias que iban a desarrollar. Las carreras del mundo burgués estaban abiertas al talento, pero la familia de clase media que contase con una cierta educación, con propiedades y con relaciones sociales, empezaba con una gran ventaja, no siendo menos importante la posibilidad de casarse con otras personas del mismo estatus, que se moviesen en el mismo tipo de negocios o contasen con recursos combinables con los propios.

El hogar burgués era, en todo caso, el núcleo de una relación familiar más amplia. Los Rotschild, los Krupp, los Forsytes, convirtieron la historia social y económica del siglo XIX en un asunto básicamente dinástico. Las ventajas que suponía una familia extensa o una unión de familias eran notables. En los negocios aportaba garantías al capital, útiles contactos empresariales y, sobre todo, administradores dignos de confianza. La historia empresarial del siglo XIX está llena de alianzas e interconexiones familiares. Ello requería un gran número de hijos e hijas, de ahí que no existiera ningún incentivo fuerte para el control de la natalidad.

3. La burguesía en el periodo 1875-1914.

A. La difícil delimitación de la “burguesía”.

No era fácil en 1875-1914 definir la “burguesía” ni establecer quién pertenecía a uno u otro estrato de las “clases medias”. Esta tarea se vio aún más dificultada cuando la democracia y la aparición del movimiento obrero condujeron a los miembros de la burguesía (término que adquirió connotacio­nes cada vez más negativas) a negar en público su existencia como clase. Además, con la movilidad social y el declive de las jerarquías tradicionales, los límites de la “clase media” se hicieron borrosos. La sociología, que como disciplina académica nació en esos años, se ve inmersa todavía en interminables debates sobre la clase y el status social, y sobre las categorías, cambiantes e indecisas, de la burguesía y las clases medias.

El perfil de la vieja nobleza terrateniente era ahora menos claro que antes. Perdía fuerza incluso en Gran Bretaña, donde a mediados de siglo había tenido una presencia política destacada y detentado la máxima riqueza. De los millonarios británicos muertos en 1858-79, un 80% eran terratenientes, en 1880-99 eran el 35% y en 1900-1914 aún menos. La nobleza perdió en 1895 la mayoría que habían tenido hasta entonces en todos los gobiernos británicos. No obstante, los títulos de nobleza no eran desdeñados, ni siquiera en países donde no tenían cabida oficial: los millonarios de EEUU, que no podían adquirirlos para sí, los compraban en Europa para sus hijas mediante el matrimonio (la de Singer, de las máquinas de coser, se convirtió en la princesa de Polignac). De todos modos, incluso las monarquías antiguas y bien arraigadas admitían ahora que el dinero era un criterio de nobleza tan útil como la sangre. De los 159 títulos de par creados en el Reino Unido entre 1901 y 1920 (excluidos los concedidos a militares), 66 se dieron a hombres de negocios (la mitad, industriales), 34 a profesionales liberales (en su mayoría, abogados) y sólo 20 a miembros de familias terratenien­tes.

No estaban más claras las fronteras entre la burguesía y las clases que quedaban por debajo. Sí lo estaban en el caso de las “viejas” clases medias-bajas o pequeña burguesía de artesanos independien­tes, pequeños tenderos y similares. El tamaño de sus actividades les situaba claramente en un nivel inferior y, de hecho, les enfrentaba a la burguesía. Su reflejo político era, por ejemplo, el Partido Radical francés, cuyo programa apoyaba a los “pequeños” contra los “grandes”: el gran capital, la gran industria, las grandes finanzas, los grandes comerciantes. La misma actitud, aunque con un sesgo nacionalista de derechas y antisemita en lugar de una tendencia republicana y de izquierdas, se observa en sus equivalentes alemanes, más presionados por una industrialización irresistible y rápida a partir de 1870. Sus propias actividades económicas, y no sólo su “pequeñez”, les excluía­ de los estratos superiores, a no ser que la magnitud de su riqueza permitiera borrar el recuerdo de su origen. Así, por ejemplo, sir Thomas Lipton (que se enriqueció vendiendo paquetes de té), lord Leverhulme (que la consiguió con el jabón) o lord Vestey (que la amasó con la carne congelada) obtuvieron en la Inglaterra de esta época títulos nobiliarios.

Otra dificultad la produjo la gran expansión del sector terciario: los empleados en las oficinas de la administración pública o de las empresas privadas, un trabajo claramente subalterno y asalariado, pero que al mismo tiempo no era manual, exigía cierta cualificación educativa, aunque fuera modesta, y, sobre todo, era realizado por hombres (incluso algunas mujeres) que en su mayoría se negaban a considerar­se parte de la clase obrera y aspiraban, a menudo a costa de un gran sacrificio material, al estilo de vida y a la respetabilidad de la clase media. La línea de separación entre esta nueva “clase media baja” de “empleados” y el nivel más elevado de las profesiones liberales o incluso de los ejecutivos y administradores asalariados de las grandes empresas, planteó también nuevos problemas.

Los criterios de mediados del siglo XIX eran aún bastante explícitos: los miembros de la burguesía debían poseer capital o unas rentas procedentes de inversiones, o actuar como empresarios independientes generadores de beneficios y con mano de obra a su servicio o como miembros de una profesión “libre”. Pero a finales de siglo esos criterios habían perdido gran parte de su utilidad para diferenciar a la “auténtica” burguesía de las crecientes “clases medias” y no digamos de la masa todavía mayor de quienes aspiraban a alcanzar ese status. No todos poseían capital, pero tampoco lo tenían, al menos inicialmente, mucha gente de claro status burgués, como los médicos o arquitectos, cuyo capital inicial era la educación superior, y cuyo número crecía notablemente. En Francia, por ejemplo, el número de médicos pasó de 12.000 en 1866-1886 a 20.000 en 1911; en el Reino Unido, se incrementó de 15.000 a 22.000 entre 1881 y 1901, y el de arquitectos de 7.000 a 11.000; no todos eran empresarios o patronos (excepto de criados). Por su parte, ¿quién podía negar el status burgués a los cargos directivos asalariados de alto nivel, cada vez más importantes en las grandes empresas?

A la burguesía de hombres de negocios y profesionales “libres” el capitalismo de la gran empresa añadió la nueva clase media de directivos, ejecutivos y técnicos: la burocracia pública y privada, cuya aparición señaló Max Weber. Al lado de la pequeña burguesía de artesanos independientes y pequeños tenderos surgió la nueva clase pequeño-burguesa de las oficinas, comercios y escalones inferiores de la administración. Era un sector muy amplio y en continuo crecimiento por el trasvase gradual de las actividades económicas primarias y secundarias a las terciarias (en 1900 en EEUU eran ya más numerosos que los obreros).

Estas nuevas clases media y media baja eran numerosas y su ambiente social era a menudo demasiado desestructurado y anónimo (sobre todo en las grandes ciudades); además, resultaba muy difícil que, individual o familiarmente, pudieran influir en la economía y en la política de la misma forma que podían hacerlo la “clase media alta” o la “alta burguesía”. Por eso, cada vez más, las clases medias se podían identificar, no tanto por “contar” como personas cuanto por signos de reconoci­miento colectivo: la educación recibida, los lugares donde vivían, su estilo de vida y sus prácticas sociales. Estos signos implicaban normalmente una combinación de ingresos y educación, así como un ostensible distancia­mien­to de sus orígenes “populares” (reflejado, por ejemplo, en el uso habitual de la lengua nacional y el acento que indicaba la clase en la relación social con los miembros de las clases superiores). Lo que caracterizaba a la burguesía era, por tanto, la “distinción”.

B. Los criterios de distinción.

En el período 1875-1914 fueron cobrando cada vez mayor importancia tres criterios fundamentales para determinar la pertenencia a la burguesía, al menos en aquellos países donde había dudas sobre “quién es quién”. Estos criterios tenían que cumplir dos condiciones: por un lado, distinguir claramente los miembros de las clases medias de los de las clases obreras, campesinos u otros trabajadores manuales, y, por otro, proporcionar una jerarquía de exclusividad, sin cerrar la posibilidad de ascender los peldaños de esa escala social. Uno de esos criterios fue una determinada forma de vida y una cierta cultura burguesa; otro, la actividad del tiempo de ocio y, especialmente, la nueva práctica del deporte; y el tercero, que empezó a convertirse en el principal indicador de pertenencia social, la educación formal.

a. El estilo de vida burgués.


La triunfante burguesía se sentía segura de su civiliza­ción, confiada y sin dificultades económicas, aunque sólo muy al final del siglo consiguió las comodidades suficientes. Hasta entonces había vivido bien, rodeada de una profusión de objetos sólidos decorados, vestidos con gran cantidad de telas, capacitada para conseguir lo que consideraba adecuado para personas de su condición e inadecuado para los de posición inferior, y consumiendo abundante comida y bebida. La comida y la bebida eran excelentes en algunos países (la cuisine bourgeoise en Francia) y abundantes en los demás. Un amplio conjunto de criados compensaba la incomodidad de sus casas. Pese a que el número de estos se estancó e incluso disminuyó a partir de 1880 y, por tanto, no mantuvo el ritmo del crecimiento de las clases medias, era casi inconcebible, excepto en EEUU, aspirar a ingresar en la clase media sin poseer servicio doméstico. Desde ese punto de vista, la clase media era todavía una clase de señores o, más bien, de señoras que tenían a su cargo a alguna muchacha trabajadora.

A finales de siglo la sociedad burguesa desarrolló un estilo de vida y consiguió el equipamien­to adecuado, dirigido a satisfacer, en especial, las necesidades de los hombres de negocios, las profesiones liberales y los niveles más altos del funcionariado, que no aspiraban necesariamente a conseguir el status aristocrático ni las recompensas materiales de los más ricos, pero cuya posición les situaba muy por encima de aquellos para quienes comprar una cosa significaba tener que olvidarse de otras.

Ese nuevo estilo de vida se centraba en la casa y el jardín en un barrio residencial, siguiendo un modelo originalmente británico. La casa ideal de la burguesía no se situaba ya en las calles de la ciudad, sino que era una “villa”, una casa de campo urbanizada en un parque o jardín en miniatura y rodeada de espacio verde. La “villa” difería de su modelo original, la casa de campo de la nobleza, en un aspecto importante, aparte de su escala y costo más modestos: estaba diseñada para la vida privada más que para el brillo social y la lucha por el status. El hecho de que esos barrios fueran comunidades formadas por miembros de una misma clase, aisladas espacialmente del resto de la sociedad, hacía más fácil concentrarse en las comodidades de la vida. La tradicional casa de campo o el castillo aristocrático, e incluso su rival o imitador burgués, la gran mansión capitalista, habían sido diseñados, por el contrario, para poner de relieve los recursos y el prestigio de su propietario ante los demás miembros de la elite dirigente y ante las clases inferiores, así como para organizar sus operaciones de influencia y dirección en los asuntos públicos.

A finales de siglo, se generalizó un estilo de vida menos formal y más privado entre la burguesía. En parte, se debió a un cierto debilitamiento de los lazos entre la burguesía y los valores puritanos que tan útiles habían sido para acumular capital en el pasado y con los que se había identificado tan a menudo, diferenciándose así del aristócrata holgazán y disoluto y del trabajador perezoso y borracho. De hecho, la burguesía de finales de siglo era, en gran medida, una “clase ociosa” (T. Veblen), para la que gastar el dinero (que procedía en muchos casos de herencias o rentas) se convirtió en una actividad tan importante al menos como ganarlo, e incluso los que eran relativamente menos ricos aprendieron a gastar para conseguir comodidades y diversión. También se debió quizás al debilitamiento de las estructuras de la familia burguesa, que se reflejó en cierta emancipación de la mujer y en la aparición de los “jóvenes” como una categoría diferenciada y más independiente. Estos dos hechos no sólo afectaron al turismo y las vacaciones (con el predominio de las mujeres en los hoteles, por ejemplo), sino que intensificaron la importancia del hogar burgués para sus mujeres.


b. El papel del sistema educativo.

La principal función de la educación no era su utilidad, a pesar de los beneficios que podían derivarse de una inteligencia entrenada y de un conocimiento especializado en una época basada cada vez más en la tecnología científica, y a pesar de las perspectivas que se abrían para la gente con estudios, especialmente en el propio sector de la educación. Lo importante era que demostraba que los adolescentes podían retrasar el momento de ganar su sustento. El contenido de la educación era secundario: los estudiantes no elegían por vocación el griego y el latín (que llenaban gran parte de su tiempo en los colegios privados británi­cos), ni la filosofía, las letras, la historia o la geografía (¾ del horario en los institutos franceses en 1890). Incluso en Prusia, con una mentalidad más pragmática, los institutos “clásicos” tenían en 1885 casi tres veces más alumnos que los “modernos”, más técnicos. El coste de esta educación era un indicador social (un oficial prusiano, que lo calculó con exactitud alemana, gastó el 31% de sus ingresos en la educación de sus tres hijos en un período de 31 años).

El sistema educativo servía, sobre todo, para franquear la entrada en las zonas media y alta de la sociedad y era el medio de preparar a los que ingresaban en ellas en las costumbres que les habían de distinguir de los estratos inferiores. La educación secundaria se generalizó entre las clases medias, seguida normalmente por una enseñanza universitaria o una preparación profesional elevada. La cifra de estudiantes siguió siendo pequeña, pero se incrementó bastante en la enseñanza secundaria y mucho más aún en la superior. Entre 1875 y 1912 el número de estudiantes alemanes aumentó más del triple y el de franceses más del cuádruplo. Sin embargo, en Francia menos del 3% de los jóvenes entre 13 y 19 años acudían al instituto (77.500 en total) y sólo el 2% continuaba hasta el examen final, que aprobaban la mitad. Alemania, con 65 millones de habitantes, inició la 1ª G.M. con un cuerpo de 120.000 oficiales de reserva, lo que suponía el 1% de los hombres entre 20 y 45 años. Aunque se trataba de cifras modestas, eran muy superiores a las de las clases dirigentes anteriores.

Institutos y universidades realizaban un papel socializa­dor para quienes ascendían por la escala social. Se cubría así la demanda de numerosas personas que habían logrado riqueza, pero no status, de aquellos cuyo estatus burgués dependía de la educación (las profesiones liberales) y de muchos padres menos “respetables” con ambiciones para sus hijos. El número de alumnos de enseñanza secundaria se multiplicó entre dos (Bélgica, Francia, Noruega y Holanda) y cinco veces (Italia). La enseñanza universitaria, que garantizaba el ingreso en la clase media, triplicó sus estudiantes en la mayoría de los países europeos entre 1880 y 1913.


El problema de la gran burguesía era que la expansión de la enseñanza no aportaba distintivos de estatus lo bastante exclusivos. Dado que el sistema de ingreso era abierto, había que crear círculos informales, pero definidos, de exclusividad. Esto fue fácil en un país como el Reino Unido, donde la enseñanza pública primaria no se implantó hasta 1870 (y se hizo obligatoria en 1890), la secundaria hasta 1902 y apenas había enseñanza universita­ria fuera de las dos viejas universidades de Oxford y Cambridge. A partir de 1840 se crearon para las clases medias muchas escuelas privadas (mal llamadas public schools), llegando a ser, a principios del siglo XX, entre 64 y 100 centros, que educaban a sus alumnos como miembros de la clase dirigente. En EEUU, otras escuelas similares, sobre todo en el nordeste, también preparaban a los hijos de las familias ricas para recibir el lustre definitivo de las universida­des privadas de élite. En estas se reclutaban grupos aún más exclusivos por parte de asociaciones privadas, como los Korps alemanes o las fraternidades norteameri­canas (que adoptaron nombres del alfabeto griego), y cuyo lugar en las viejas universidades inglesas lo ocuparon los colleges residenciales. Desde el punto de vista educativo, la burguesía de finales del siglo XIX era, por tanto, un grupo a la vez abierto y cerrado: abierto, porque se podía ingresar mediante el dinero o, incluso, los méritos (gracias a las becas para estudiantes pobres), pero cerrado porque se entendía claramente que no todos los círculos burgueses eran iguales.

La institución de los “antiguos alumnos”, desarrollada con gran rapidez a partir de 1870, puso de manifiesto que el sistema educativo formaba una red que podía ser nacional y aun internacio­nal y que vinculaba a las generaciones jóvenes con las anteriores. En resumen, daba cohesión social a unos elementos de procedencia heterogénea. A través de este sistema, una public school, un college, un Korps o una fraternidad constituían una especie de posible mafia para la ayuda mutua, sobre todo, en el mundo de los negocios, y a su vez la red de esas “familias extensas” de personas con un status económico y social equivalente aportaba la posibilidad de contactos más allá del ámbito de relaciones y negocios locales o regionales. Un ejemplo del potencial de esas redes en el mundo de los negocios es el hecho de que una de esas fraternidades de EEUU, la Delta Kappa Epsilon, pudiera jactarse en 1889 de contar con 6 senadores, 40 congresistas, Cabot Lodge, Th. Roosevelt, y en 1912 incluía también a 18 banqueros de Nueva York (entre ellos, J. P. Morgan), 9 personajes importantes de Boston, 3 directores de la Standard Oil y personas de importancia similar en el oeste medio.

Si el sistema educativo formal e informal resultaba útil para la elite económica y social ya establecida, era fundamental para quienes pretendían integrarse en ella o conseguir que se sancionara su “llegada” mediante la asimilación de sus hijos. La enseñanza era la escalera que permitía seguir ascendiendo a los hijos de los miembros más modestos de las clases medias. Por el contrario, muy pocos hijos de campesinos, y menos todavía de trabajadores, pudieron rebasar los peldaños más bajos, incluso en los sistemas educativos más meritocráticos.


c. El deporte y su carácter de clase.

La segregación residencial era una forma de estructurar a las clases medias en un grupo social. La educación era otro procedimiento. Ambos aspectos estaban vinculados por una práctica que se institucionalizó en el último cuarto del siglo XIX: el deporte.

Formalizado en esos años en Gran Bretaña, que aportó el modelo y el léxico, se extendió como la pólvora a otros países. Inicialmente se asoció con la clase media y no necesariamente con la clase alta. En el Reino Unido los jóvenes aristócratas podían intentar a veces algún tipo de hazaña física, pero su especialidad era el ejercicio relacionado con la monta, la muerte o, al menos, el ataque de animales y personas: caza, pesca, tiro al blanco, carreras de caballos, esgrima, etc. De hecho, la palabra “deporte” (sport) se reservaba para este tipo de actividades, mientras que los juegos y pruebas físicas que ahora llamamos deporte eran calificados como “pasatiempos” (pastimes). Como de costumbre, la burguesía adoptó y transformó formas de vida aristocráticas. Los aristócratas también se dedicaron a actividades muy costosas, como el recién inventado automóvil (descrito en la Europa de 1905 como “el juguete de los millonarios y el medio de transporte de la clase adinerada”).

Los nuevos deportes llegaron también a la clase obrera y ya antes de 1914 algunos eran practicados con entusiasmo por los trabajadores y contemplados y seguidos con pasión por grandes multitudes (en el Reino Unido unos 500.000 jugaban al fútbol y las grandes finales de ese deporte concentraban hasta 120.000 espectadores). Este hecho otorgó al deporte un criterio de clase, el amateurismo, o más bien la prohibición estricta del profesionalismo. Ningún amateur podía sobresalir realmente en el deporte a menos que pudiera dedicarle mucho más tiempo del que disponían los trabajadores a no ser que recibieran un salario por practicarlo. Los deportes que llegaron a ser más característicos de la clase media, como el tenis, el rugby, el fútbol norteamericano o los aún poco desarrollados deportes de invierno, rechazaban tenazmente el profesionalismo. El ideal amateur, que tenía la ventaja adicional de unir a la clase media y a la nobleza, se encarnó en la nueva institución de los Juegos Olímpicos (1896), creación del marqués de Coubertin, un admirador francés del sistema británico de las public schools surgido en torno a sus campos de deporte. Es indudable también que el deporte tenía una vena patriótica e incluso militarista. Pero también sirvió para crear nuevos modelos de vida y cohesión en la clase media.

El tenis, que comenzó a practicarse en 1873, no tardó en convertirse en el juego por excelencia de las zonas residenciales de clase media, en gran parte porque podían practicarlo ambos sexos y, por tanto, constituía un medio para que los hijos e hijas de la clase media hicieran amigos que fueran con toda seguridad de la misma posición social. En resumen, ampliaba el reducido círculo familiar y social de la clase media y, a través de la red de clubes de tenis, fue posible crear un universo social al margen de los núcleos familiares autónomos. El triunfo del tenis resulta inconcebible sin la creación de zonas residenciales típicas de clase media y de la creciente emancipación de la mujer de dicha clase social. El alpinismo, el nuevo deporte del ciclismo (que se convirtió en el primer deporte de masas entre las clases trabajadoras europeas) y los más tardíos deportes de invierno, precedidos por el patinaje, también se beneficiaron de forma importante de la atracción de los sexos y por ello desempeñaron un papel importante en la emancipación de la mujer.


También los clubes de golf desempeñaron un papel importante en el mundo masculino anglosajón entre las profesiones liberales y los hombres de negocios. El potencial de este deporte, practicado en amplios campos al aire libre, caros de construir y de mantener, y dirigido a excluir social y económica­mente a todo tipo de extraños considerados inaceptables, fue una súbita revelación para la nueva clase media: si antes de 1889, por ejemplo, sólo había dos campos de golf en todo Yorkshire, entre 1890 y 1895 se inauguraron 29 más.

De hecho, la extraordinaria rapidez con que todas las formas de deporte organizado conquistaron la sociedad burguesa entre 1870 y los inicios del siglo XX parece indicar que el deporte venía a satisfacer una necesidad mucho más amplia que la del simple ejercicio al aire libre. El deporte, creación de la clase media y transformado pronto en dos vertientes (amateur y profesional) claramente identificadas por la clase social, fue una de las formas más importantes de conseguir una definición de la nueva burguesía o clase media y del proletariado industrial, conscientes ambos de su identidad frente a la otra clase social.

El deporte es una práctica y un espectáculo, y su combinación explica su rápida expansión. El ciclismo conoce sus primeros grandes éxitos con el lanzamiento del Tour de Francia en 1903. La era del ciclismo invadirá Europa, mezclará practicantes y espectadores y será el primer deporte de masas, mientras que las carreras de automóviles quedan reservadas a los ricos. El deporte se convierte en un fenómeno en vías de rápida democratización, tanto para los que lo practican como para los espectadores. Y, como la Europa de entonces, es competición, participación y consumo, aristocrático y liberal.

C. La época dorada de las clases medias y sus incertidumbres.

En resumen, tres fenómenos importantes caracterizaron el desarrollo de las clases medias en las décadas previas a 1914. En su extremo inferior aumentó el número de quienes aspiraban a pertenecer a la clase media. Eran los trabajadores no manuales, que se distinguían de los obreros, cuyo salario podía ser tan elevado como el suyo, por la supuesta formalidad de su vestimenta de trabajo (el “cuello duro” o la “americana negra”) y por un estilo de vida que se pretendía de clase media. En su extremo superior se hizo más borrosa la separación entre empresarios, profesionales de alto rango, ejecutivos asalariados y funcionarios superiores. Al mismo tiempo, se incrementó el número de burgueses ociosos, hombres y mujeres que vivían de rentas obtenidas por herencia; los burgueses generadores de riqueza eran relativamente menos, pero la acumulación de beneficios para distribuir entre sus parientes era mucho mayor. En el lugar más alto de la escala se hallaban los plutócratas (a comienzos de la década de 1890 había ya en EEUU más de 4.000 millonarios en dólares).

Para la mayoría de los miembros de esos grupos sociales esas décadas fueron positivas y para los más favorecidos resultaron extraordinariamente generosas. La nueva clase media baja no alcanzó grandes ventajas materiales, pues sus ingresos no eran muy superiores a los de los obreros especializados y, además, tenían que gastar más que los obreros para “guardar las apariencias”. Con todo, su status les situaba, sin duda alguna, por encima de las clases trabajadoras. La mayoría consideraba haber tenido mejor fortuna que sus padres y veían perspectivas aún mejores para sus hijos, si bien ello no era suficiente para aplacar su resentimiento, típico de esta clase, contra las clases superiores e inferiores.

Los miembros de la auténtica clase media o burguesía tenían pocas quejas, ya que una vida muy agradable estaba al alcance de quien dispusiera de unos cientos de libras al año. Un ejemplo: el padre del economista J. M. Keynes, profesor de universidad, conseguía ahorrar 400 libras al año de unos ingresos de 1.000 libras (sueldo + capital heredado), lo que le permitía mantener una casa con tres criados y una institutriz, disfrutar de dos períodos de vacación al año (un mes en Suiza le costaba al matrimonio 68 libras en 1891) y satisfacer sus aficiones de coleccionar sellos, cazar mariposas, estudiar lógica y jugar al golf.


No es sorprendente que los años que precedieron a 1914 hayan perdurado en la imaginación de la burguesía como una época dorada. Marchantes de arte convencían a los millonarios de que sólo una colección de cuadros de los antiguos maestros podían sancionar su status, ningún comerciante de éxito podía considerar­se satisfecho sin poseer un gran yate, ningún especulador minero podía carecer de unos cuantos caballos de carrera y un palacio de campo y un coto de caza, la misma cantidad y variedad de comida que se despilfarraba (incluso la que se comía) durante un fin de semana desbordaba por completo la imaginación.

Tal vez las actividades de ocio más importantes financiadas por la burguesía eran las que realizaban las esposas, hijos e hijas y, a veces, otros parientes, de las familias ricas. Toda clase de “buenas” causas, desde las campañas en pro de la paz y la abstinencia alcohólica, la lucha contra la prostitución y el servicio social en favor de los pobres, hasta el apoyo de las actividades artísticas, se beneficiaron de subsidios económicos. La historia de las letras a los primeros años del siglo XX ofrece numerosos ejemplos: los poetas Rilke o Stefan George, el crítico social Karl Kraus, el filósofo György Lukács, el novelista Thomas Mann. Como dijo el novelista E. M. Forster, que también se benefició de generosas donaciones familiares: “Mientras entraban los dividendos, podían elevarse los pensamientos sublimes”.

Pero ¿podía florecer la época de la burguesía conquistadora en un momento en que amplios sectores de la burguesía apenas participaban en la generación de riqueza y se alejaban con gran rapidez de la ética puritana, de los valores del trabajo, la acumulación mediante la sobriedad, el sentido del deber y la seriedad moral que le habían dado su identidad, orgullo y extraordinaria energía? El temor o, mejor, la vergüenza ante un futuro de parásitos les obsesionaba. Nada podía decirse en contra del ocio, la cultura y el confort. Pero la clase que había hecho a su medida el siglo XIX ¿no estaba apartándose de su destino histórico? ¿Cómo podían conjugarse, después de todo, los valores de su pasado con los de su presente?

Lo que hizo especialmente agudo el problema, al menos en Europa, fue la crisis de lo que había sido su ideología identificadora. La burguesía no sólo había expresado su fe en el individualismo, la respetabili­dad y la propiedad, sino también en el progreso, la reforma y un liberalismo moderado. En la constante lucha política dentro de las clases superiores entre los partidos del “movimiento” y los del “orden”, las clases medias, en su gran mayoría, habían apoyado el “movimiento”, aunque ciertamente no se habían mostrado insensibles al “orden”. Pero ahora todos esos valores estaban en crisis. El progreso científico y técnico, por supuesto, no era cuestionado por nadie. El progreso económico parecía todavía una apuesta segura, en todo caso después de las dudas y vacilaciones de la depresión económica, aun cuando generaba movimientos obreros organizados dirigidos por peligrosos elementos subversivos. Por su parte, el progreso político, a la luz de la democracia, era un concepto mucho más problemático. Y la situación de la cultura y la moralidad parecía cada vez más confusa.

Además, la política burguesa se hizo más complicada y, tras el hundimiento de los partidos liberales, se dividió. Hacia 1900 había muchos países en los que los miembros típicos de la clase empresarial o profesional se situaban claramente a la derecha política. Y por debajo de ellos estaban los abundantes miembros de las nuevas clases media y media-baja con su resentimiento y su intrínseca afinidad con una derecha francamente antiliberal.

Dos elementos subrayaban esa erosión de la vieja identidad colectiva: el nacionalismo e imperialismo y la guerra. La burguesía liberal no veía con mucho entusiasmo la conquista colonial pues no era fácil conciliar la expansión imperialista con el liberalismo. Por otra parte, no se oponía en principio ni al nacionalismo ni a la guerra. No obstante, consideraba la nación como una fase en la evolución hacia una sociedad y una civilización globales y era escéptica respecto a las aspiraciones de independencia nacional de pueblos que veían como inviables o pequeños. En cuanto a la guerra creían que, aunque necesaria a veces, era algo que debía evitarse y que sólo despertaba el entusiasmo de la nobleza militarista y de los salvajes. Es evidente que en la era del imperialismo, de la expansión del nacionalismo y de la proximidad de la guerra, esos sentimientos ya no sintonizaban con la realidad política del mundo.

Conforme la Europa burguesa avanzaba hacia su catástrofe en medio de una situación material cada vez más confortable, se observa el curioso fenómeno de una burguesía o, al menos, de una parte de su juventud y de sus intelectua­les que se lanzaba hacia el abismo con entusiasmo. Muchos jóvenes saludaron el estallido de la guerra como quien se siente enamorado, y también muchos intelectuales de más edad la acogieron con expresiones de placer y orgullo que algunos lamentarían. En esos años se puede apreciar una tendencia a rechazar un ideal de paz, razón y progreso, por otro de violencia, instinto y explosión. Las clases medias europeas habían perdido su misión histórica. Los intelectuales, los jóvenes, los políticos de la burguesía no estaban convencidos en absoluto de que el futuro sería mejor.

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Hª Contemporánea Universal (hasta 1945) - Lectura 7

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