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Vivir en profundidad

Educación en valores. Actitudes ante la vida. Actitud constructiva. Altruísmo. Fraternidad. Solidaridad. Espiritualidad. Religiosidad. New Age. Autoayuda psicológica



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APRENDER A VIVIR

CUATRO ACTITUDES Y UN CAMINO

En la vida, las cartas están echadas.

Pero cada uno puede hacer con ellas un juego diferente” (Goethe).

Tú me dirás que es difícil sonreír cuando se es desgraciada.

En efecto, pero eso se aprende.

Y una se da cuenta rápidamente que es todavía más difícil

ser desgraciada cuando se sonríe. ¡Eso es! (F. Garagnon).

ÍNDICE

Introducción

  • Vivir en presente

  • Alejados del presente

    La mente del mono

    Presente es atención

    La meditación, camino del Presente

    Para continuar

    Bibliografía

  • Vivir en profundidad / vivir en Dios

  • Alejados de la profundidad

    Vivir en profundidad

    Dios, la Profundidad de lo real

    Ante el horizonte transpersonal

    La meditación, camino sostenido hacia la Trascendencia

    En Ti

    Para continuar

    Bibliografía

  • Vivir en fraternidad y solidaridad

  • Encerrados en la cápsula del “yo”: narcisismo e individualismo

    Alejados unos de otros: desigualdad e injusticia

    La compulsión por la riqueza

    El pensamiento dualista que lleva a la crispación y al enfrentamiento

    Hacia una nueva conciencia

    Para continuar

    Bibliografía

  • Vivir constructivamente lo que nos hace sufrir: seis actitudes constructivas

  • Acogerse a sí mismo, frente al rechazo de sí y la autoculpabilización

  • Aceptar lo que nos hace sufrir sin reducirnos, frente a la negación del problema y al hundimiento

  • Dialogar con el niño o la niña interior, frente a la lejanía de sí

  • Desdramatizar, frente a la tendencia a la dramatización

  • Traducir el malestar en dolor, frente a la huida y el funcionamiento imaginario

  • Des-identificarse por medio de la observación, frente a la autoafirmación del yo

  • Bibliografía

  • El camino de la meditación

  • Pensamiento y atención

    Observar al pensador / observar al observador

    Abrirse a la Conciencia transpersonal

    La meditación en la acción

    Meditar a partir de la observación del cuerpo

    Oración personal y meditación teísta

    Bibliografía

    Guía para el tiempo de oración

    Conclusión

    Epílogo: Ayudar a vivir, facilitar la vida. Educar a los niños en valores y en espiritualidad

    Anexo: Niveles de conciencia y percepción de la realidad

    INTRODUCCIÓN

    La vida es como una fuente: siempre canta. Basta con saber escucharla” (F. Garagnon).

    Únicamente existe un heroísmo en el mundo: Ver cómo es realmente, y amarlo” (Montaigne).

    ¿No será toda nuestra vida un aprendizaje? ¿No será que todo lo que nos ocurre no es sino escuela y oportunidad de crecimiento? ¿No será que nos resistimos a verlo así porque nos cuesta cambiar y preferimos la pseudoseguridad controlada a la novedad arriesgada, la instalación a la búsqueda, “lo malo conocido a lo bueno por conocer”?

    Por otro lado, a medida que pasan los años, hay algo que se nos hace más y más evidente: lo realmente decisivo no es lo que nos sucede, sino aquello que hacemos con lo que nos sucede. Porque un mismo hecho puede construirnos o destruirnos, según sea nuestro modo de afrontarlo y vivirlo.

    Lo que ocurre es que lo que hacemos no siempre nos es consciente. No es raro que nos encontremos tan condicionados que el acontecimiento mismo nos arrastre por derroteros que terminarán siendo más nefastos que el hecho en sí. No es raro tampoco que nos sorprendamos a nosotros mismos en reacciones nada constructivas cuyo origen desconocemos. No es raro, por fin, que nos veamos interiormente divididos entre actitudes contrarias ante la misma situación.

    Y, sin embargo, a pesar de frustraciones y de fracasos, a pesar también de satisfacciones y de comodidades, a pesar incluso de que podamos equivocarnos en la lectura de lo que interiormente nos ocurre, a pesar todavía de que lo hayamos intentado sofocar con mil compensaciones, nada calma nuestro anhelo de vivir, nuestro dinamismo interior hacia un “más y mejor”: la pasión por crecer.

    Pues bien, si toda nuestra vida es aprendizaje; si lo realmente decisivo no es tanto lo que nos pasa, sino aquello que hacemos con lo que nos pasa; si no es extraño que nuestras reacciones sean las menos constructivas, porque estamos muy condicionados o muy alejados de nuestro mundo inconsciente; si, a pesar de todo, al menos en los mejores momentos, seguimos sintiendo un impulso interior a vivir con mayor plenitud…, necesitamos “bajar” de nuestro conformismo autosatisfecho, o “subir” de nuestro pesimismo autojustificado, o “salir” de nuestro vacío resignado, y aprender a vivir, en una tarea siempre inacabada y, por eso mismo, siempre fresca y novedosa, eternamente atrayente.

    Aprender a vivir…, en la certeza de que la vida misma va a ser nuestra primera maestra. Maestra sabia que, callada y misteriosamente, nos va a ir poniendo delante las circunstancias, personas, acontecimientos…, que necesitemos en un momento determinado para seguir aprendiendo. ¿No es cierto que, al volver nuestra vista hacia atrás, percibimos una fina coherencia en todo lo que nos ha ocurrido, como si una sabiduría misteriosa hubiera hecho posible armonizar los diferentes retazos de nuestra historia? ¿Qué nos hace suponer que no será del mismo modo en el futuro? ¿No nos hemos rendido, también, a la evidencia de que determinados hechos de nuestra vida, que nos resultaron particularmente incomprensibles o dolorosos, se han terminado revelando como los “maestros” precisos que, en ese momento, estábamos necesitando para seguir aprendiendo a vivir? No, no se trata de justificar el pasado, ni de propiciar una resignación barata, ni de juguetear con un providencialismo infantil. No. Se trata, mucho más sencillamente, de aprender a mirar, aprender a leer lo que nos ocurre y, detrás de ello, empezar a atisbar la sabia y hermosa promesa que la vida encierra.

    Aprender a vivir habla, en particular, de unificación y de armonía. La unificación es otro nombre del amor, como fuerza agregadora, aditiva, centrípeta. Vivir, como amar, es crecer y avanzar hacia una unidad creciente. El amor, por tanto, está al principio y al final, es origen y meta de la vida. Así pues, para que el proceso sea posible, tendrá que estar también en el medio, en el proceso mismo. No tiene nada de extraño que a Dios se le llame Amor, y que el amor cifre el núcleo más íntimo de toda la ética. Aprender a vivir es, ciertamente, aprender a amar.

    Aprender a vivir -tarea compleja, delicada y apasionante- requiere el cuidado de cada una de las relaciones que somos, si bien todas ellas terminarán convergiendo y unificándose: la relación consigo mismo, con los otros y la naturaleza, con Dios. Requiere, simultáneamente, aprender a asumir constructivamente aquello que más nos puede desestabilizar o confundir: el dolor. Con ello, quedan nombradas las cuatro actitudes básicas, cuatro aprendizajes, que abordo en el texto, como vías que posibilitan una vida más plena: vivir en presente, vivir en profundidad, vivir en fraternidad-solidaridad y vivir constructivamente el dolor.

    Insisto en que se trata de aprendizajes, porque estoy convencido de que es algo en lo que todos, poniendo determinados medios, podemos crecer y avanzar. Sin voluntarismos, perfeccionismos ni comparaciones. Muy al contrario, con motivación, lucidez, cariño, esfuerzo y medios ajustados.

    Porque aprendizaje remite a ejercicio, a práctica. Cada día somos más conscientes de que necesitamos ejercitarnos para aprender casi cualquier cosa. Nos preparamos, casi rutinariamente, para un deporte, para una profesión, para una habilidad. ¿Cómo no prepararnos, ejercitarnos y adiestrarnos en la práctica del aprendizaje más importante: vivir?

    Por ello, quiero llamar la atención sobre un medio de probada eficacia unificadora y transformadora: la meditación. Lo presento como camino que facilita y da consistencia a aquellos aprendizajes. La meditación posee la virtualidad de conducirnos a experimentar nuestra verdad, más allá de las apariencias; por eso, nos hace capaces de salir de la “ignorancia” en que solemos estar sumidos y despertar a lo Real. Y aquí no es necesario “creer” nada; quien lo experimenta, descubre que la meditación es camino de vida, de sabiduría y de autotrascendencia. Es el tiempo en el que nos encontramos con nosotros mismos en profundidad; el espacio en el que integramos y asimilamos las oportunidades que nos ofrece la escuela de la vida; la ventana que nos permite vislumbrar lo Infinito y nuestra unidad con él. En una palabra, la meditación, como veremos, es más que una técnica, más que un método, más incluso que un camino; es mucho más que el tiempo dedicado a ella. La meditación es una forma de vivir, una forma de ser.

    He querido incluir un Epílogo que busca únicamente dirigir la mirada hacia los niños, llamar la atención sobre la tarea educativa. No se puede mirar a un niño sin desear ayudarle a vivir. Por otro lado, quien aprende a vivir puede ayudar a vivir, porque el mejor maestro es aquel que fue buen aprendiz. Teniendo, pues, como trasfondo la hermosa tarea de ayudar a vivir, de facilitar la vida, ofrezco unos breves apuntes sobre lo que considero actitudes favorecedoras de la vida, valores y espiritualidad. Aspectos que no podemos soslayar si queremos hablar de vida en profundidad.

    Y termino el libro con un Anexo sobre Niveles de conciencia y percepción de la realidad. La idea me fue sugerida por alguna persona amiga que leyó el manuscrito y me hizo caer en la cuenta de la oportunidad e incluso necesidad de tal Anexo. En primer lugar, porque a lo largo del texto, es inevitable hacer referencia, tangencialmente, a toda esa cuestión. Pero, precisamente por ser tangencial, exigía una aclaración más amplia y detallada. Y, por otro lado, porque soy consciente de que se trata de una temática que resulta un tanto novedosa e incluso “extraña” para muchas personas. Pues bien, en ese Anexo, aunque sea brevemente, espero haber ofrecido al lector unas claves que puedan iluminar la lectura de la obra en su conjunto. Y le sugiero que acuda a él en aquellos tramos del texto en que, por el motivo indicado, le resulte más ardua la comprensión del mismo. Perdonadme que insista en ello, pero lo hago desde una triple certeza: 1) tanto a nivel de la ontogénesis como de la filogénesis, la conciencia evoluciona; no es ni ha sido una realidad estática; 2) hay indicios de que nos hallamos en un momento muy “peculiar” -¿crítico?- dentro de esa evolución; 3) necesitamos comprenderlo para favorecer su emergencia y desarrollo, con todas las consecuencias que implica (y que se detallarán en el propio Anexo).

    Deseo de corazón que estas páginas ayuden a aprender a vivir. En realidad, éste es nuestro único aprendizaje. Por eso, quiero terminar con un recuerdo agradecido hacia todas las personas con quienes hemos trabajado, originalmente, estos materiales. Aquel trabajo, que nos ayudó a vivir, ha hecho posible este texto. Gracias.

    1. VIVIR EN PRESENTE

    Si como eternidad no se entiende una duración temporal infinita sino atemporalidad, entonces puede decirse que vive eternamente quien vive en el presente... Sólo quien no vive en el tiempo, haciéndolo en el presente, es feliz. Para la vida en el presente no hay muerte” (L. Wittgenstein).

    Si pudiéramos atender con plenitud a la vida, nada nos sería rutinario y tedioso” (M. García-Baró).

    El momento presente contiene la clave de la liberación, pero no puedes encontrar el momento presente mientras seas tu mente” (E. Tolle).

    Quien no vive en presente, malvive en la ignorancia y, por tanto, en el sufrimiento.

    Alejados del presente

    ¿Cuánto tiempo permanezco presente a mí mismo a lo largo del día? Y, ¿dónde estoy cuando no estoy conmigo? La experiencia nos lleva a constatar algo que habremos de considerar como nuestro punto de partida: vivimos lejos del presente y, por ello, no nos habitamos a nosotros mismos, sino que nos encontramos divididos entre el pasado y su proyección al futuro. Vivimos entre la nostalgia de lo que ha sido y la ansiedad por lo que no es o por aquello otro que creemos que será, mientras dejamos escapar lo único que tenemos a nuestro alcance, el paso decisivo que posibilita cualquier construcción real: el presente. Tomar conciencia de ello será la clave para reconducir la lejanía de nosotros mismos desde la que rutinariamente vivimos.

    Lejanía que, en nuestro momento cultural, se ha acentuado. ¡Disponemos de tantas coartadas para vivir alejados de nosotros mismos! Siempre “caminamos” acelerados. La prisa aparece como una escapatoria fácil, por lo que la mantenemos e incluso la potenciamos; pero en realidad es suicida, porque nos impide vivir. Como dice José A. Marina, confundimos la excitación con la intensidad; pasamos sobre el presente con desdén, distraídos; nos falta concentración porque estamos apresurados o inquietos.

    En medio de nuestra agitación, se nos hace difícil entender la típica indiferencia oriental hacia la prisa…, si es que no termina sucumbiendo ante los embates de la globalización. Cuenta una leyenda que el Himalaya está hecho de granito macizo y que, cada mil años, un pájaro lo sobrevuela, rozando las cimas con un pañuelo de seda que cuelga de su pico. Pues bien, cuando el Himalaya haya sido desgastado, habrá transcurrido un día de un ciclo cósmico. ¿A dónde se supone que vamos con tanta prisa, si adelante también llueve?

    De entrada, aunque en nuestro medio esté potenciada por una competitividad ciega y absurda, la prisa encierra algún tipo de huida. Huida que expresa alguna resistencia a permanecer en el presente, que será bueno nombrar si queremos poner remedio. Ken Wilber lo expresa de este modo: "Hay un hecho exasperante, pero inconfundible: nadie quiere la consciencia de unidad [] Estamos siempre resistiéndonos a la presencia de Dios, que no es otra cosa que el presente total, en todas sus formas… La comprensión de esta resistencia secreta es la clave fundamental para la iluminación”.

    Importa mucho comprender las raíces de esa resistencia y afrontarlas. De otro modo, haremos de nuestra vida una huida constante, estaremos lejos de nosotros mismos por la incapacidad de permanecer en el presente y, en lugar de vivir, sobreviviremos pobremente.

    ¿Por qué no estamos en el presente? En primer lugar, por el hábito: hemos sido educados y hemos aprendido a vivir “distraídos”, metidos en la vorágine de la actividad y del pensamiento, hasta el punto de que hemos hecho de esa forma de vivir una segunda naturaleza. El hábito se ha convertido en una rutina que, si bien consigue “economizar” energías, nos aleja de la atención y, por tanto, del presente. En cierto modo, puede decirse que nos encontramos programados para vivir (funcionar) despistados; modificarlo requeriría lucidez, para percibir la trampa, y un profundo ejercicio de reeducación, para sustituir aquel hábito por otro saludable, que nos permitiera vivirnos más y más en presente.

    Lo que ocurre es que dicho hábito suele hundir sus raíces en otro motivo más oculto: el sufrimiento no elaborado. A partir de sus primeras experiencias dolorosas, sobre todo si tiene que vivirlas en soledad, el niño, en un movimiento instintivo, empieza a huir de sí mismo, como un modo de alejarse de su dolor. Esa huida le conduce a la cabeza y al exterior; en cualquier caso, lejos de su mundo interior y, simultáneamente, lejos del presente. Por eso encierra tanta sabiduría el principio psicoanalítico: “hacia el Este (la infancia) y hacia lo hondo”. En todo caso, a aquella huida hay que añadir el hecho de que el sufrimiento, que nace de un vacío afectivo, se traduce en ansiedad y se manifiesta en la prisa, con lo cual la huida se acelera, alimentándose a sí misma. Para cortarla, será necesario enfrentar los miedos que, como consecuencia de aquellas experiencias dolorosas, han quedado grabados y que hoy son los responsables de que nos mantengamos alejados de nosotros mismos.

    Sin embargo, la causa última que explica nuestra dificultad para vivir el presente es justamente algo que nos caracteriza como seres humanos: es nuestra capacidad de pensar o, más exactamente, el pensamiento.

    Parece ser que el sueño fue la forma más primitiva de pensamiento. Probablemente, la evolución de la corteza cerebral hizo que el sueño se prolongase durante la vigilia y, con el desarrollo del lenguaje, se convirtiera en pensamiento. Y, con el pensamiento, se desarrolló la lógica y la deducción, capaz de resolver problemas del entorno. Fue un paso gigantesco en la evolución. El pensamiento, que hizo posible un despliegue inimaginable, mostró y sigue mostrando su eficacia cuando funciona ajustadamente. Pero, con el pensamiento, llegó también la cavilación, generando un sufrimiento añadido, y la coartada para no vivir en el presente.

    La mente del mono

    Decir pensamiento es decir pasado; son equivalentes. La razón es que nuestra mente únicamente puede operar en el pasado (o proyectándolo hacia el futuro). Como señala Tolle, incluso cuando el ego cree estar en el presente, no ve el presente. El motivo es claro: el ego (la mente) sólo puede ver el presente con los ojos del pasado, porque no puede sino sobreimponer en el presente sus propios recuerdos. Por eso es exacto decir que el pensamiento es memoria y pasado, mientras que el presente es atención y observación. De hecho, pensamiento y observación se excluyen mutuamente: si piensas, no puedes observar; cuando observas, no puedes pensar. En conclusión, el mayor obstáculo para vivir en presente es el pensamiento.

    Esto significa que, si queremos vivir en el presente, necesitamos aprender a cortar el pensamiento, sobre todo en sus formas extremas de cavilación y obsesión, y ejercitarnos en la práctica del no-pensamiento, para abrirnos así a la dimensión atemporal del Presente.

    Dejado a su aire, el pensamiento es como un gusano que jamás deja su agujero hasta que no ve otro en el que introducirse. O como el mono inquieto que no deja de saltar de rama en rama, sin tregua y sin objeto. Por eso, podemos estar seguros de que casi todos nuestros males provienen de las vueltas que damos a la cabeza. O, por decirlo de un modo más ajustado, de una mente no observada. No es extraño, si tenemos cuenta el resultado de un estudio llevado a cabo por una universidad norteamericana: una persona tiene cada día unos 60.000 pensamientos… y el 95 % de ellos son los mismos que tuvo en el día anterior.

    Es obvio que la mente es un instrumento precioso cuando se usa correctamente. Pero no lo es menos que, cuando va a su aire, es fuente de sufrimiento. La mente no observada termina poseyéndome, hasta el punto de que ya no soy yo el que piensa, sino que el pensamiento mismo se ha vuelto independiente de mí. Y eso ocurre porque, al no tomar distancia de la mente, acabo inevitablemente identificado con ella: Soy lo que pienso. Tal identificación -que llegaría a adquirir status filosófico en el principio de Descartes: “pienso, luego existo”- es la que hace que el pensamiento se vuelva compulsivo…, hasta el punto de convertirse en una adicción. Por eso, ha podido escribir D. Loy, con toda razón, que “la preocupación constante es la naturaleza de una mente no despierta”.

    Y ése es precisamente el ego: la mente no observada que dirige mi vida, según pautas aprendidas y reiteradas una y mil veces, como una noria que repite ininterrumpidamente su mismo giro, aumentando la mentira y la insatisfacción.

    Sólo hay un medio de detener esa noria, un solo camino para salir de esa trampa compulsiva que nos posee: la observación. En cuanto empezamos a observar nuestros pensamientos, éstos empiezan a ralentizarse, hasta terminar diluyéndose. Apenas observamos nuestra mente, comienza la des-identificación: caemos en la cuenta de que somos más que nuestra mente, podemos observarla a distancia. En cuanto observo mi mente, dejo de identificarme con ella, porque el que observa es distinto de lo observado. Y una mente de la que nos hemos des-identificado deja de adueñarse de nuestra vida. La mente observada se vuelve dócil y ajustada, porque es absolutamente cierta la ley psicológica enunciada por la psicosíntesis de Roberto Assagioli: “Estamos dominados por aquello con lo que nos identificamos, pero dominamos aquello con lo que no nos identificamos”.

    Vivimos en presente cuando estamos, no en el pensamiento, sino en la observación. Al observar nuestros pensamientos, deseos, sentimientos y reacciones, nos vamos adiestrando en una mente observada o, lo que es lo mismo, tomamos distancia de nuestro yo, con lo cual ganamos en libertad e iniciamos un proceso de ampliación de conciencia. No seguimos identificándonos con el yo-mental -que había sido nuestra identidad más habitual-, sino que empieza a abrirse paso una nueva identidad, que trasciende e incluye al yo, el Testigo que observa. En efecto, en cuanto caigo en la cuenta de que el “yo” es observado, se desvanece mi identificación con él, para empezar a identificarme con quien observa. Este Testigo, no el pensamiento, es quien puede vivirse en presente.

    Presente es atención

    Decía antes que el pensamiento es lo opuesto a la observación. ¿Cuál es la diferencia entre un niño que se queda extasiado viendo cómo bota un pelota y un adulto que no se inmuta ante ese mismo hecho? Sencillamente, que el niño ve, mientras que el adulto mira y piensa-recuerda-sabe que ve. El pensamiento es necesariamente recuerdo, memoria del pasado y proyección hacia el futuro; en definitiva, no-presente. La observación, por el contrario, es presencia. Y en ella ocurre algo peculiar: cuando hay observación-atención, no hay pensamiento… y tampoco hay “yo”. Por eso, cuando un niño está atento en sus dibujos animados, no puede oír a quien lo llama, sencillamente porque “no está”. Cuando estamos concentrados en una lectura, una película, una acción, o contemplando un paisaje, ¿dónde está nuestro yo?

    Eso que llamamos “yo” es, por tanto, una “realidad” muy peculiar. Únicamente puede existir gracias al pensamiento; debe su existencia al hecho de ser pensado, al hecho de que la memoria le atribuye una condición de estabilidad. Sin pensamiento, sin memoria, cuando somos observación, no hay yo. Lo cual nos conduce a otra conclusión “extraña”, pero que nos pone igualmente en la buena pista: cuando estoy atento, “yo” no estoy; si “yo” estoy, es señal de que no estoy atento.

    ¿Qué es, pues, vivir en presente? A mi modo de ver, podemos distinguir dos etapas en el “estar presente”, ya que así damos razón de los dos modos posibles de percibir nuestra propia identidad. Veámoslo más despacio.

    En una primera etapa, vivir presente es habitarse, habitar la propia casa, sentirse a sí mismo. Esta etapa se corresponde a la identidad que podemos llamar de un “yo integrado”. La persona que ha avanzado en la integración progresiva de sí misma en todas sus dimensiones (cuerpo, sombra, mente) llega a reconocerse como un “yo” más o menos integrado y a vivir un estado de presencia a sí misma que he designado como “habitarse”. Se trata, en este caso, de un sentimiento de presencia consciente y cercanía amorosa a sí misma, que se va haciendo posible gracias al conocimiento de sí, la aceptación, la humildad, el diálogo interno, la reeducación de viejos hábitos y la eventual curación de bloqueos.

    Pero no todo termina aquí. De hecho, el objetivo no consiste en llegar a habitar la propia casa; una vez habitada, surge un movimiento a trascenderla. La persona se ve llevada a ir “más allá”. Porque la autorrealización, si no se aborta artificialmente, conduce a la autotrascendencia. Emerge una nueva identidad, nada fácil de describir, debido a que el pensamiento ha quedado ya trascendido. En ella, no hay un “yo” separado de todo lo demás; por eso, en esta nueva identidad, estar presente consiste justamente en “no-estar” (al igual que el niño cuando está concentrado en los dibujos animados): se da tal atención, tal calidad de observación, que no hay “yo” Todo es presencia; todo, sencillamente, ES, sin “alguien” que pueda decir “yo”. Hemos entrado en un ámbito transmental, transegoico, transindividual, en el ámbito de la no-dualidad.

    Veamos en un esquema esa doble modalidad de Presente:

    PRESENTE COMO “HABITARSE”,

    COMO PRESENCIA A SÍ MISMO

    PRESENTE COMO “PURA ATENCIÓN”,

    COMO NO-PENSAMIENTO

    Presente = habitarse Sentirse

    Estar en lo que se hace

    En el vientre (hara)

    Dios, percibido Presente

    en lo íntimo de sí

    Presente = “No-estar”: no hay yo

    Presente = Unidad

    Entregarse al vacío

    En “ningún lugar”

    Dios: Presente,

    Lo Que Es,

    Un Solo Sabor

    “Estoy atento”

    “Estoy en el presente”

    “Me siento en unidad”

    “La Atención ES”

    “El Presente ES”

    “La Unidad ES”

    Por eso, se dan dos modos de volver a la paz (desde todo aquello que puede hacernos sufrir):

  • Depositarlo en lo profundo (en el Silencio, en Dios)

  • Observarlo, hasta que nos desidentificamos de ello.

  • La psicología clásica, más específicamente la psicología profunda y la humanista, tiene como objetivo el logro de una personalidad equilibrada, un “yo integrado”. La psicología transpersonal pretende dar un paso más, a partir de la observación de estos nuevos datos: el “yo integrado” es sólo un estadio que conduce a otro, un momento del proceso que ha de ser trascendido. De ahí que la psicología transpersonal se aproxime necesariamente a la espiritualidad, en la acepción más amplia y original de este término.

    Por eso, también desde este ángulo, podemos apreciar la convergencia de fondo entre psicología y espiritualidad. Ésta sin aquélla queda coja, carece de instrumentos y de recursos para llegar a la meta que propone; pero aquélla sin ésta, la psicología sin la espiritualidad, queda ciega, no tiene más meta que el “yo integrado”, no tiene más luz para saber a dónde dirigirse.

    ¿Cuáles son las dificultades para vivir esas dos etapas o modos de presencia? La mayor dificultad para habitarse hay que buscarla por el lado de todo aquello que nos mantiene alejados de lo mejor de nosotros mismos. Podemos estar en la rutina, en el automatismo, en el pensamiento ininterrumpido y no observado… En su raíz, encontraríamos sufrimiento no resuelto y hábitos adquiridos, fruto del aprendizaje y del ambiente.

    Por otro lado, la presencia -entendida como no-pensamiento- va a encontrar su resistencia primera en el hecho de que un planteamiento así puede resultarnos, de entrada, insólito. Pero la resistencia mayor aparecerá enseguida en forma de un “yo” que se niega a desaparecer como tal, y que se empleará a fondo para seguir ejerciendo su papel de protagonista.

    Frente a ambas dificultades, encontraremos ayuda en la atención: atención al momento presente, a lo que estamos realizando, al propio cuerpo; atención que se vive en forma de entrega a lo que estamos haciendo; atención, como observación de los propios pensamientos, hasta que éstos se detengan y nos vayamos haciendo diestros en el paso de nuestra “identidad habitual” a una “nueva identidad” que va “más allá” de las fronteras de nuestra piel.

    La meditación, camino del Presente

    Una relación sana consigo mismo, base de cualquier otra relación, pasa necesariamente por vivirse en presente, en esas “dos etapas” a las que me refería: 1) vivir conscientemente el presente, sintiendo que estoy en lo que hago, y de ese modo, 2) poder dar el paso al puro Presente en el que “yo” ya no estoy. Y no estoy porque el “yo” deja paso a una nueva identidad, en la que el propio yo queda trascendido.

    El medio privilegiado para acceder a este Presente es la meditación. En sánscrito, meditar significa “aquietar el flujo de la mente”. De eso se trata, de ejercitarnos y adiestrarnos en una práctica que nos ayude a liberarnos de la tiranía de una mente no observada y nos permita acceder a esa nueva dimensión que está más allá del pensamiento.

    En el capítulo 5 me detendré en la explicación de esa práctica meditativa que facilita vivir el presente, y lo haré incluyendo expresamente esa doble etapa de la que vengo hablando. Por el momento, quiero únicamente apuntar que todo el secreto de la meditación consiste en aprender a observar. Observar la evolución de la propia mente hasta que el pensamiento observado empiece a aquietarse y dé lugar a la concentración. Observar lo que nos rodea, con capacidad de sorpresa, asombro y admiración. Observar nuestro propio cuerpo, como medio privilegiado de conectar con nosotros mismos y de “volver” al presente.

    El cuerpo va a ser nuestro gran aliado en esa tarea. Por una parte, porque, a diferencia de la mente, el cuerpo no puede escaparse al pasado ni al futuro. De ahí que baste sentirlo, escucharlo, para venir al presente. Pero hay más todavía: cuando mantenemos una escucha sostenida del propio cuerpo, empezamos a sentir su energía y accedemos así a lo que E. Tolle ha denominado nuestro “cuerpo interno”. Si permanecemos en la observación de ese “cuerpo interno”, podremos experimentar cómo las barreras corporales parecen diluirse, el cuerpo se hace omni-inclusivo y se va (nos vamos) fundiendo en la Conciencia de Lo Que Es. De ese modo, también por la observación del cuerpo, llegamos a la misma experiencia que por la observación del pensamiento, al puro Presente atemporal, al presente sostenido, a la vivencia de la no-dualidad.

    Es, pues, la observación -la práctica meditativa- la que franquea el camino de acceso al Presente y, en ese mismo movimiento, a la Trascendencia. Habíamos empezado habitando nuestra casa; gracias a la meditación, terminamos trascendiéndola. Habíamos trabajado para consolidar un yo integrado; gracias a la meditación, emerge una nueva identidad. En el primer momento, el yo aparece como una realidad consistente, que se atribuye a sí mismo estabilidad y continuidad, pero de hecho es tan sólo un concepto carente de identidad propia.

    Hagamos una primera prueba. Cierra los ojos por un momento e intenta encontrar al perceptor del yo. Aparecerán en primer lugar los pensamientos. Ve más atrás. Intenta observar detrás de tu hombro. Nota si existe un perceptor anterior a “ti mismo”, anterior al “yo”. Percibirás un océano de silencio, un ilimitado mar de conciencia viva asociada a no-algo. Notarás entonces que eres realmente partícipe de la continuidad y estabilidad eterna de una Vida sin separación, sin división, sin principio ni fin: ése es el estado de la no-dualidad. Advierte que quien percibe ahí no es el “yo”, sino el No-yo, el Testigo no-dual, el perceptor absoluto. Mientras seas capaz de mantener la atención sin volver al pensamiento, ese estado permanecerá. Ese estado no es otra cosa que el principio del Presente atemporal.

    Ahora bien, es importante señalar que, en principio, no parece posible trascender la propia casa sin previamente habitarla. Dicho de otro modo, no se puede puentear el yo. Como acertadamente escribiera Jack Engler, “tienes que ser alguien antes de poder ser nadie”. Puede ocurrir que haya personas que, sin haber resuelto la problemática del propio yo, busquen en la meditación un atajo hacia la trascendencia. Es un intento infructuoso e incluso peligroso: los problemas no resueltos harán su aparición antes o después, reclamando atención. El trabajo psicológico no se puede soslayar.

    Pero con una cautela. El trabajo psicológico sobre sí mismo, la formación o la terapia pueden ser herramientas preciosas e imprescindibles en un trabajo que tenga como meta trascender el yo. Sin embargo, pueden también convertirse en nuevas estratagemas a las que el yo se aferra para sobrevivir y perpetuarse, ahora incluso desde el orgullo sutil de un yo “realizado”. Se trata de un equilibrio delicado, que ha de sortear dos escollos igualmente peligrosos. Por un lado, si no se avanza en la integración del yo, por medio del trabajo psicológico, será imposible trascenderlo. Pero, por otro, si uno se queda en el yo integrado, abortará igualmente la posibilidad de trascendencia.

    La práctica de la meditación será la que favorezca la emergencia de motivaciones poderosas para emprender un trabajo personal, tanto de integración como de trascendencia del yo. De hecho, en cuanto se empieza a experimentar la riqueza que encierra el presente, ya no se puede renunciar a su búsqueda. En cuanto se vivencia el tesoro de la observación, se libera uno de la tiranía del pensamiento. En cuanto se empieza a atisbar la no-dualidad, se crece en libertad frente a la arrogancia del yo y a las exigencias de la propia imagen. La persona empieza a adentrarse en una nueva conciencia, en una tierra de libertad y de comunión.

    Para continuar

    Como podrá apreciarse por las mismas preguntas, en el trabajo propuesto se hace referencia únicamente a la “primera etapa” en la vivencia del presente. Recordemos que, en esa acepción, vivir en presente equivale a ser consciente de sí mismo o “habitar la propia casa”. Otra cosa es trascender el pensamiento, gracias a la observación: ése es el presente del no-pensamiento, es decir el presente sin “yo”. Espero que pueda quedar más claro al hablar de la meditación.

    • ¿Puedo decir que vivo “en presente”: presente a mí mismo/a y presente en lo que hago? ¿En qué lo noto?

    • Cuando no me vivo “en presente”, ¿qué vivo?

    • ¿Qué “ventajas” me aporta ese modo de vivirme? (o, de otro modo: ¿por qué me mantengo lejos del presente?)

    • ¿Cuáles son mis dificultades más importantes para vivirme en presente?

    • ¿Qué puede ayudarme para ejercitarme en vivirme así?

    Bibliografía

    • GIACOBBE, G.C., Cómo dejar de hacerse pajas mentales y disfrutar de la vida, Círculo de Lectores, Barcelona 2004.

    • MARTÍNEZ LOZANO, E., Donde están las raíces. Una pedagogía de la experiencia de oración, Narcea, Madrid 2004, pp. 85-97: “Experimentarse presente a sí mismo”.

    • SESHA, El eterno presente. La realización del Ser. Un camino hacia la meditación en la acción, Grial, Bogotá 1998.

    • TOLLE, E., El poder del ahora. Un camino hacia la realización espiritual, Gaia, Madrid 2001.

    2. VIVIR EN PROFUNDIDAD / VIVIR EN DIOS

    Dondequiera que nos detengamos un momento a escuchar con cuidado en silencio, oiremos el susurro de nuestra naturaleza más profunda y los misterios de la profundidad, la llamada del interior” (K. Wilber).

    Aun en medio de los placeres más mundanos, el ser humano está buscando a Dios” (E. Gilson).

    Dios es la esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no está en ningún lugar” (El Libro de los XXIV Filósofos).

    Lo que está más allá de todas las cosas, más allá de la más alta inteligencia, más allá de la verdad que hay en todas las cosas, no tiene nombre. Porque este nombre sería una cosa distinta de él” (Plotino)

    Tú, ante quien todas las palabras retroceden” (Shankara).

    La dimensión divina no es una superestructura superpuesta a los seres, ni un mero fundamento extrínseco a ellos, sino el principio constitutivo de tosas las cosas” (R. Panikkar).

    Dios no busca ser adorado, sino ser vivido.

    Alejados de la profundidad

    Alejados del presente, sobrevivimos en la superficie. En realidad, los mismos factores que nos mantienen lejos del presente son los que nos desconectan de la profundidad. Veámoslo más despacio.

    De un modo simplificado, podemos distinguir en la persona tres niveles, cada uno de ellos “localizado” en una zona del cuerpo: el mental (en la cabeza), el sensible (entre el cuello y el abdomen) y el profundo (en el bajo vientre o “hara”). Al nacer, el niño es pura sensibilidad y pura necesidad. Y a partir de ahí se irá gestando toda su peripecia vital.

    De la respuesta adecuada a sus necesidades fundamentales (necesidad de ser reconocido, visto, aceptado, amado…), dependerá que puedan emerger sus capacidades profundas. Por el contrario, la falta de respuesta a aquéllas instaurará en el niño una herida o un vacío que, en cierto sentido, lo atraparán y lo mantendrán en el nivel sensible, añorando la respuesta que no tuvo, defendiéndose del dolor que le produjo aquella frustración o compensando la carencia. En cualquier caso, quedará ocupado y estancado en el nivel sensible, sin tiempo y sin disponibilidad (libertad) para acceder a lo profundo de sí.

    Pero hay más. El hecho de que el niño sea pura necesidad implica que, de entrada, no estará dispuesto a reconocer ningún límite. Como canta el siempre ingenioso Sabina, “al deseo los frenos le sientan fatal”. La necesidad, por sí, es ávida, ansiosa, siempre quiere más. Si la frustración reiterada de las necesidades fundamentales produce en el niño una herida grave, la no frustración de estas otras “necesidades”, que solemos llamar “caprichos”, lo introducirá en una dinámica permisiva, de consecuencias no menos graves.

    Entre el autoritarismo que genera rigidez y el permisivismo que produce inconsistencia, cualquier pedagogo experimentado sabe que la educación del niño requiere, en dosis iguales, cariño y firmeza. Pues bien, la falta de firmeza, la ausencia de límites hará que el niño quede sin referencias y, por tanto, sufra inseguridad. Pero, sobre todo, provocará en él un movimiento que puede llevar a convertirlo en un “pequeño dictador”, con nula capacidad de tolerancia a la frustración y, por tanto, con reacciones de violencia desmedida o de hundimiento cuando aquélla se haga presente. Un niño que no fue frustrado con firmeza -y con cariño- queda inerme ante las inevitables frustraciones que la realidad muy pronto le pondrá delante.

    En síntesis, parece claro que todo lo que mantenga a la persona en la zona sensible, consciente o inconscientemente, la mantendrá alejada de su profundidad. Pero hay todavía otro lugar en el que podemos instalarnos: la zona mental. Una mente lúcida y ordenada es un tesoro. Sin embargo, cuando la mente ocupa todo el espacio, la persona se reduce a su cabeza y aparece la rigidez y desarmonía. Esto ocurre, bien porque, en un instintivo movimiento de defensa, la persona “huye” de su sufrimiento sensible y se refugia en su cabeza buscando comprender lo que le ocurre, o bien porque crece en un ambiente que privilegia todo lo cerebral. Por cualquiera de esas razones, la persona puede quedar estancada o incluso prácticamente reducida a su mente. Dado que ése es también un lugar inhóspito para vivir, se verá probablemente conducida a buscar compensaciones de distinto tipo.

    Hablaba del ambiente que puede llevar al niño a quedar instalado en lo cerebral. Ese mismo entorno será decisivo, al menos en un principio, para favorecer o dificultar que el niño pueda ir accediendo a su dimensión profunda. Un entorno -familiar, educativo, social- superficial promoverá personas que se vivan en la superficialidad; por el contrario, un entorno que priorice todo aquello que, en la vida y en la persona, tienen “sabor” de profundidad facilitará el acceso a esta dimensión.

    Vivir en profundidad

    Ni la sensibilidad ni la mente, siendo riquezas de primer orden, son buenos lugares para vivir. Y no sólo debido a su propia inestabilidad, sino porque son incapaces de dar satisfacción al más profundo anhelo humano. Al contrario, mantienen a la persona alejada de lo que es su fuente y su misma identidad.

    Porque por ahí, precisamente, empieza el camino que conduce a nuestro “buen lugar”: por el anhelo de “más”. El anhelo es el guía que nos va a ir conduciendo en la búsqueda de la vida y de la propia identidad. La vida intuida, presentida y luego saboreada irá ampliando nuestro espacio interior y más profundo; nos llevará a reconocer nuestro verdadero rostro, nuestra identidad; nos mostrará que, como ocurre en la naturaleza, se vive desde dentro hacia fuera.

    En ese mismo lugar, la vida nos pondrá en contacto con toda forma de vida, llevándonos a ahondar en la comunión que somos con todos y con todo, descubriéndonos habitados por todo lo que es. Así es como, desde la profundidad, sentimos expandirnos hasta las dimensiones de todo lo real, abrazando toda vida. Con lo que descubrimos que también la comunión se realiza desde dentro.

    No será un camino fácil. Seguramente necesitaremos curar bloqueos y reeducar movimientos sensibles y cerebrales que tirarán en direcciones contrarias. A veces, será el mismo dolor quien, como “portero” que custodia las llaves de ciertos espacios donde, de entrada, nos resistimos a entrar, nos invite o nos empuje a avanzar un poco más hacia adentro. Pero, en cualquier caso, habrá valido la pena; estaremos más cerca del lugar de la Vida.

    Y, sin embargo, todavía habremos de dar otro paso más: el que supone pasar de una conciencia egoica a la conciencia transpersonal. Son conocidos los estadios o niveles de conciencia que los fenomenólogos y estudiosos de la cultura reconocen en la historia evolutiva de la humanidad. Hablan ellos de conciencia arcaica, mágica, mítica y racional. Lo curioso es que esos mismos niveles, por los que ha atravesado la historia colectiva, se reconocen también en la evolución psicológica del individuo. Pues bien, cada vez son más los signos que parecen apuntar al hecho de que nos encontramos en el umbral de un nuevo estado de conciencia: el que va más allá de lo racional, lo mental, lo individual, lo egoico. Llegado a su apogeo el “yo” y la “razón individual”, empieza su declive o, por decirlo con mayor propiedad, su integración o asunción en un estado de conciencia superior.

    Si en el nivel anterior, el centro lo ocupaba el yo racional y autónomo, en el transpersonal, el centro es ocupado por la Unidad y la Conciencia no-asociada a un yo. Supone, ciertamente, un paso gigantesco. Es a la vez un golpe muy duro para el narcisismo y la arrogancia del yo. Habrá, por ello, muchas resistencias por parte del “yo” que se negará a dejar su rol de protagonista. Pero sólo esa “nueva conciencia” hará posible la vida del planeta y el futuro de nuestra evolución.

    Es claro que la mente crea una pantalla opaca entre tú y tú, entre tú y los otros, entre tú y Dios: es la separación. Para superar ese engaño, necesitamos desidentificarnos de ella, observándola. De ese modo, gracias a la desidentificación, aprendemos a ver Lo Que Es, venimos al Presente y experimentamos la Unidad, la Conciencia unitaria que somos/es.

    Desde esta perspectiva, vivir en profundidad significa expandir la propia conciencia más allá de las fronteras de la propia piel y de los límites del propio yo. Significa, de un modo similar a lo que decía sobre el Presente, ir más allá del pensamiento, para abrirnos a esa otra dimensión no-mental, donde somos atención. Y ello gracias a la práctica meditativa.

    Dios, la Profundidad de lo real

    Es cierto que a Dios se le puede usar como compensación de vacíos o como tapaagujeros de nuestra ignorancia; como consuelo barato o como rutina acostumbrada; como estratagema psicológica para no renunciar a los sueños infantiles de omnipotencia o como coartada política para mantener un determinado status quo; como justificación de la propia arrogancia o como pretexto para juzgar y descalificar a los otros. Como ha escrito Carlos Domínguez Morano, “Dios puede ser el arma con la que aplastamos al otro, el disfraz con el que lo seducimos, la moneda con la que lo sobornamos, el pedestal sobre el que nos levantamos para que nos adore”.

    Es cierto también que, al referirnos a Dios, se hace inevitable la proyección: en primer lugar, porque no puede existir un conocimiento “puro”, sino que todo conocimiento es necesariamente “situado” y, por tanto, relativo; por otro lado, porque “Dios” escapa a todo aquello que podamos conocer. Pues bien, desde la proyección, podemos comprender perfectamente que, en un estadio de conciencia mágico, los humanos hayan pensado en un Dios-mago, y desde otro estadio mítico, la religión haya sido mitología. En nuestro estadio mental-egoico, Dios ha sido visto, fundamentalmente, como un Ser separado, garante sobre todo del propio ser que, en dicho estadio, equivalía a decir garante del “yo”. Una vez más, proyectábamos en Dios nuestra experiencia cotidiana y nos referíamos a Él como garantía de la “verdad” que éramos capaces de percibir. Por eso, no es extraño que el “Dios” de Máximo, en una de sus habituales viñetas en El País, se exprese de este modo: “Los filósofos me elucubran, los científicos me bordean, los artistas me intuyen, los teólogos me abruman, los ateos me interpelan”.

    Es cierto que las personas religiosas podemos llegar a perder toda capacidad de asombro, admiración o sorpresa ante Dios. Pero si Dios no nos sorprende, es señal de que lo hemos “domesticado”, lo hemos encerrado en nuestros cánones y esquemas, lo hemos “objetivado” y, aun sin reconocerlo, lo tenemos “bajo control”. Ese es el Dios del que ya “sabemos demasiado”.

    Es cierto, finalmente, que los místicos de todos los tiempos han vivido a Dios como la Profundidad de lo real, el Inefable, El que es, Lo que es, incluso aunque se hayan relacionado con Él de un modo “personalista” y hayan hablado de Él como Amor, como Madre o como Padre.

    De lo que no cabe duda es de que, en cualquier tradición auténticamente espiritual, se habla de Dios como Fundamento de la realidad o Trascendencia que nos desborda. En una imagen también espacial, se ha hablado de Él como Profundidad sin límite, que nos “ahonda” hacia un “Más” que no es sino Él mismo. De ahí que vivir en profundidad, en la experiencia creyente, sea equivalente a vivir en Dios… y que no puede haber “vida en Dios” si no hay vida humana en profundidad.

    En el estadio de conciencia mental-egoico, en el que nos encontramos, podemos abrirnos a Dios como la Fuente que nos hace ser en permanencia, el Amor que nos constituye, el Impulso que nos mueve a ser coherentes con lo mejor de nosotros mismos, el Padre que nos crea a su imagen…

    En ese estadio, que nos es el habitual, nuestra conciencia es eminentemente relacional. Desde ahí, por tanto, la oración reviste también una forma relacional. El creyente se dirige a Dios con toda su persona, desde el pensamiento y el afecto, buscando ahondar en una experiencia “personal” cada vez más profunda. La razón es obvia: mientras haya un “yo”, Dios será percibido como un “Tú”. Como decía Ramana Maharshi, “la adoración sin forma sólo son capaces de hacerla las personas que carecen de la forma del ego”. Aunque añadía: “que sepas que toda la adoración que hace la gente que tiene forma del ego, no es más que una adoración de la forma”.

    Ante el horizonte transpersonal

    Como siempre ocurre, mientras estamos identificados con algo, somos absolutamente incapaces de cuestionarlo. A nivel psicológico, lo expresa el ya citado principio de Assagioli: “Estamos dominados por aquello con lo que nos identificamos, pero dominamos aquello con lo que no nos identificamos”. Mientras una persona permanece en el estadio mítico, no puede ponerlo en cuestión; será únicamente cuando se vaya abriendo camino la conciencia racional, cuando podrá tomar distancia y, desde ella, integrar su conocimiento anterior en un nuevo marco.

    Subrayo la palabra “integrar” para dar a entender que, en el proceso evolutivo, no se trata de negar ni desdeñar nada. Todo queda integrado, incluido, a la vez que trascendido, en el nivel superior.

    Eso mismo vale para entender el modo como planteamos la cuestión de “Dios”. De la misma manera que, en un nivel de conciencia mágico, es absolutamente imposible no pensar en un Dios-mago, y parece una blasfemia hablar de la autonomía de lo real, así también, en nuestro nivel de conciencia racional y “relacional”, puede sonar a herético referirse a Dios sin nombrarlo como un “Tú”.

    Y, sin embargo, del mismo modo que todo el andamiaje mítico comienza a desmoronarse en cuanto empieza a hacer su aparición la conciencia racional, del mismo modo, y una vez más, todo el andamiaje “racional” empieza a mostrar sus grietas, a la luz del horizonte transpersonal que se insinúa. Y una vez que empiezan las grietas, ya nada será igual; una vez perdida la ingenuidad, es inútil intentar recuperarla.

    Esto, de entrada, no es agradable. Nuestras “seguridades” adquiridas parecen tambalearse. Empezamos a ver las grietas de nuestro viejo edificio, pero todavía no alcanzamos a percibir los cimientos del nuevo. Nos sentimos tan mal como aquel estudiante al que, cuando creía conocer las respuestas, le cambiaron las preguntas. La tentación inmovilista o de atrincheramiento, con sus secuelas de dogmatismo, fundamentalismo e intransigencia, llega a ser muy fuerte. Aparecen los “salvadores” de la verdad “pura” (que no es, evidentemente, sino la lectura que se había hecho desde el nivel de conciencia anterior).

    Ya, a partir de la Modernidad, se había modificado nuestro “marco de comprensión”, y ello nos estaba exigiendo “re-traducir” la fe en esta nueva cultura. Como es obvio, esto es imposible desde un planteamiento dogmático y absolutista que se aferra a las “formas”, como realidades incuestionables. Necesitamos despojarnos de cualquier arrogancia para confesar que nuestro acercamiento a la verdad siempre es situado, es decir, relacional y, por tanto, relativo.

    Pero, todavía enfrascados en los debates que surgen con la Modernidad ilustrada, y sin haber vivido un diálogo en profundidad con ella (al menos desde las instancias jerárquicas de la institución religiosa), empieza a abrirse camino la post-modernidad y, con ella, el declive del “yo racional” o incluso la “deconstrucción” del yo y, con todas las ambigüedades que se quiera, el umbral de lo transpersonal.

    Por lo que se refiere a nuestro tema, el Dios intervencionista, alejado en su cielo, propio del pensamiento mítico, había dado paso al Dios “personalista” del pensamiento racional-egoico. Desde el nuevo horizonte, esas imágenes caen, en cuanto empezamos a ser conscientes de que los conceptos, las ideas, las imágenes de Dios… no son Dios, sino justamente nuestros conceptos, ideas o imágenes de Dios. Por tanto, Dios, estando siempre más allá de cualquier categoría, se halla también “más allá” (más acá) de las categorías de lo “personal” y de lo “impersonal”. Como era de esperar, en esta nueva conciencia, empezamos a hablar de Dios en clave… transpersonal.

    Sin embargo, todavía se mantiene en el imaginario colectivo la idea o imagen de un dios separado, que choca contra la más mínima razonabilidad. Hace años, Karl Rahner lo expresaba de este modo: “Dios no es “algo” al lado de otras cosas, algo que pudiera integrarse en un mismo sistema homogéneo con esas otras cosas. Cuando decimos “Dios” nos referimos a la Totalidad, pero no como una suma posterior de unos fenómenos que nosotros vamos investigando, sino como aquella Totalidad que no podemos captar, aferrar ni decir, porque se encuentra detrás, delante y encima de todo, aquella Totalidad a la que pertenecemos nosotros mismos, lo mismo que nuestro conocimiento experimental... Dios significa el Misterio silencioso, absoluto, incondicionado, incomprensible”.

    Y por aquí es por donde empiezan a apreciarse las “grietas” a las que me refería más arriba. Nuestra mente, nuestros conceptos, nuestro lenguaje, no pueden nombrar a Dios ajustadamente. Porque el pensamiento únicamente puede funcionar diferenciando. Y, al diferenciar, fracciona la realidad y, simultáneamente, la objetiva y la delimita. Es decir, lo nombrado, por el hecho mismo de ser nombrado, queda objetivado, es reducido a objeto.

    Al definir algo -incluso en el simple hecho de pensarlo-, lo que es la negación de la definición queda apartado. En concreto, por lo que se refiere ahora a nuestro tema, al nombrar “Dios”, dejamos fuera todo lo que no es Dios. Pero, ¿cómo podría haber algo fuera de Dios? ¿O qué Dios sería aquel que no “incluyera” todo lo que es? El pensamiento, nuestro yo, no encuentra mayores dificultades en pensar lo Infinito como una realidad separada de “lo finito”, pero ¿qué Infinito sería aquel que no incluyera absolutamente todo lo que es, también lo finito? En un esquema elemental:

    Ahí queda representada la trampa en la que puede incurrir nuestra mente: ¿cómo podría estar lo finito fuera de lo In-finito? Pero en ella ha incurrido habitualmente el pensamiento religioso, al pensar a Dios como una realidad separada, con las graves consecuencias que se derivan de ello. En efecto, en cuanto se “objetiva” a Dios nombrándolo como un Ser separado, se hacen inevitables una serie de reacciones que amenazan o incluso imposibilitan la vivencia limpia de la auténtica dimensión espiritual. Me refiero al dualismo, con el consiguiente conflicto de “intereses”, y sentimientos -generalmente inconscientes- de rivalidad, alienación, resentimiento…

    Todo ello nace de la “objetivación” de Dios por parte de nuestra mente, absolutamente incapaz de pensar en Él sin objetivarlo. Porque, si bien esa forma de pensarlo es característica de un estado de conciencia mítico, se mantendrá mientras sigamos identificados con el pensamiento, ya que éste únicamente puede operar fraccionando, separando la realidad. Y sin embargo, apenas nos detenemos, caemos en la cuenta de que el Infinito debe incluir necesariamente lo finito, identificándose con Lo Que Es. Infinito es I-limitado, sin-fronteras, sin-costuras, omni-inclusivo, omni-abarcante.

    ¿Qué es lo que ocurre? Algo muy simple. El pensamiento sólo puede pensar en “uno” o en “dos”, pero es incapaz de percibir el “no-dos”. Y, sin embargo, la No-dualidad, que el pensamiento es absolutamente incapaz de atrapar, resulta el modo menos inadecuado para dar razón de lo real. Referido a la cuestión religiosa, esto explica que, desde el pensamiento, únicamente existan dos opciones: una creencia dualista, cada vez más puesta en cuestión desde una reflexión crítica, o un ateísmo monista, encerrado en sí mismo. Se repite la inevitable aporía del pensamiento: “o dos o uno”. En realidad, ambas posturas permanecen cautivas de la inevitable estrechez mental.

    Veámoslo todavía desde otro ángulo. Toda definición limita…, porque delimita. Lo que nombro, por tanto, no es más que un objeto de mi mente. Por eso no sabemos hablar de lo I-limitado, del No-límite. Porque el lenguaje en sí mismo ya es un límite. ¿Cómo hablar con estructuras definidas para referirnos a “algo-alguien” que no es una estructura definida? No queda otro camino que hablar y contradecirlo, para que la mente no logre crear una forma que será asociada a la propia historia. Al hablar y contradecirlo, la mente queda en sorpresa, incapaz de “apresar” lo nombrado y, por tanto, incapaz de objetivarlo y reducirlo.

    De ahí que siempre se haya enseñado que, cuando hacemos una afirmación sobre Dios, debe ir acompañada de una negación. Todo lo que digamos de Él no puede ser Él. Y ahí nos toca saltar a la paradoja, porque Él, a la vez, es y no-es lo que podemos decir sobre Él. Un lenguaje no paradójico nos obliga a permanecer en un modelo sujeto-objeto, como diferentes; en un modelo objetivador y, por tanto, diferenciado. Pero Dios no es ni eso, ni eso otro, neti, neti, aunque está en todo ello. Estando en todo, no es algo. Porque si fuese algo, habría necesariamente algo que lo delimitaría como tal. Por tanto, como no puede nombrarse como algo, es innombrable. Y, sin embargo, es la base para que la palabra exista.

    Los místicos de toda tradición lo han expresado con rotundidad: “El Tao que se puede conocer no es el verdadero Tao”, “el Tao del que se puede hablar no es el verdadero Tao”, el que conoce el Tao, no conoce el verdadero Tao” (Tao te Ching). “Tú, ante quien todas las palabras retroceden” (Shankara). Y en la propia tradición cristiana, encontramos afirmaciones similares: “Entonces sólo hay verdad en lo que sabemos respecto a Dios cuando llegamos a sentir que no podemos saber nada respecto de Él” (san Gregorio); “si crees comprender a Dios, eso no es Dios”; o “Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna (san Agustín); “nescio, nescio” (“no sé, no sé”) (san Bernardo); “de Dios no sabemos lo que es, sino lo que no es” (santo Tomás); “Dios debe ser amado no como Dios, ni como espíritu, ni como persona, ni como imagen, sino sólo ser amado como Él es, un simple y puro Único absoluto, apartado de todo dualismo, y en quien debemos sumirnos eternamente pasando de la nada a la nada”; por eso, “le ruego a Dios que me libre (vacíe) de Dios” (Eckhart); “allí donde todas las cosas son uno, no puede haber ningún nombre apropiado” (Nicolás de Cusa); “¡no esto, ni esto! Yo blasfemo” (santa Ángela de Foligno); “un caso de contradicciones, ambas verdaderas. Dios existe. Dios no existe. ¿Dónde está el problema? Estoy segura de que Dios existe en el sentido de que estoy segura de que mi amor no es una ilusión. Estoy segura de que Dios no existe en el sentido de que estoy segura de que no hay nada que se parezca a lo que yo concibo cuando digo esa palabra” (S. Weil).

    ¿Qué nos muestran todas estas “grietas”? Que el tipo de percepción habitual -toda percepción que nace del pensamiento- es inevitablemente una percepción diferenciada. Porque el pensamiento no puede operar sino separando, diferenciando, fraccionando la realidad. Y ello es así, porque el pensamiento funciona a partir de la dualidad entre el observador y lo observado. Desde ahí, lo que se percibe siempre es parte, parte de otra cosa; siempre se perciben fracciones, necesariamente delimitadas.

    Sin embargo, hay otro modelo de percepción, basado en la simultaneidad de la parte y el todo. Es lo que ocurre en los hologramas: la información del todo está en las partes (como ocurre en el cuerpo). En una fotografía holográfica, cualquier parte de un objeto contiene la información de todo él, porque, en ella, cualquier parte contiene el todo. Ese otro modelo no diferenciado es aquél en el que el observador y lo observado se perciben como no-diferentes. Es un modelo que va más allá del pensamiento. Y al que únicamente podemos acceder en el presente. Porque en el presente no hay un “yo” que se apropie de la experiencia ni que fraccione la realidad. Y cuando el yo se diluye, cuando no pensamos la realidad -cuando no le sobreimponemos nuestros recuerdos-, ella se nos muestra como no diferenciada. Sigue habiendo observador y observado, pero se perciben como no diferentes, formando parte de un Todo.

    ¿A qué conclusión nos lleva todo esto? A algo que, desde la nueva perspectiva, nos aparece como sumamente evidente, hasta el punto de preguntarnos cómo no lo habíamos visto antes. La conclusión es ésta: fuera del presente, no hay Dios; sólo conceptos de Dios. Por eso, puede decirse que el que busca a Dios, nunca lo encontrará, porque parte de la base errónea de que Dios está en “otro lugar” o en “otro tiempo”: encontramos a Dios sencillamente cuando “caemos en la cuenta” de que estamos en Él y que nunca podremos no-estar en Él; algo parecido a lo que ocurre en el espacio: no se ve, pero lo ocupa todo; no nos damos cuenta, pero no podemos no-estar en él. O con el vacío. Porque el Vacío, tal como han sabido siempre los místicos, y ahora empieza a afirmar la misma astrofísica, no es “nada”, sino justamente el origen de todo. El Vacío es lo eterno, y fue la explosión de una pequeña parte del mismo la que dio origen al universo.

    Por tanto, ¿quieres “encontrar” a Dios? Ve más allá de tus conceptos y de tus ideas “religiosas” o “agnósticas”, busca, en todo momento, el Presente y permanece en Él. Presente es otro nombre de Dios. Y así podemos empezar a abrirnos a Dios como el Silencio que está detrás de todo lo que vemos, la Presencia en la que somos, el Amor que nos hace ser, y fuera del cual nunca estamos ni podemos estar.

    Si Dios es Profundidad y Presente, las dificultades que encontramos para vivirnos en Dios no son otras que las que encontramos para vivirnos en esas dos dimensiones. Es una dificultad la visión chata, cerrada, de la realidad, que hace reducir lo real a lo mensurable y la vida a la banalidad del consumo de sensaciones; de este modo, se pierden las dimensiones más enriquecedoras, encerrándonos en los dos estados de conciencia más elementales, el sueño y el pensamiento. ¡Estamos, en realidad, “dormidos”! Otra dificultad es la de un “yo religioso” fuerte, que necesita controlar todo, incluso, de un modo inconsciente, a “Dios”, del que hará, también inconscientemente, un ídolo personalizado. Ese yo religioso se resistirá a desaparecer. Y, sin embargo, mientras haya “yo”, no hay “Dios”: “Dios” y “yo” no pueden estar juntos. Es cierto que en el estado de conciencia de pensamiento, Dios siempre será percibido como un Tú, pero habrá de ser una percepción sin apego. Lo explicaré más delante.

    La gran dificultad, con todo, es la resistencia a vivir el presente. En último término, no se trata únicamente de una falta de hábito o de habilidades, sino de la negativa, inconsciente, del propio “yo” a desaparecer. Esto explica también la resistencia a entrar en la práctica de lo que hace posible trascender el pensamiento: la meditación.

    La meditación, camino sostenido hacia la Trascendencia

    Vuelvo a remitir, de nuevo, al último capítulo, en el que abordaré más extensamente lo relacionado con la meditación. En este momento, pretendo sólo llamar la atención sobre el lugar central que ocupa la práctica meditativa para quien quiere vivirse en profundidad, en Dios. Y, por otra parte, plantear una cuestión que se ha insinuado más arriba: ¿Qué decir de la experiencia creyente que afirma que se puede mantener una relación personal con Dios?

    En muchas tradiciones religiosas, ese tipo de oración ha sido y sigue siendo el más habitual. Y, en ella, hombres y mujeres han alcanzado las más altas cotas místicas: es el camino devocional-bhakti (tal como se entiende más en Oriente y es sublimemente practicado por los místicos sufíes) o afectivo (entendido en la línea de Bernardo o Teresa de Jesús).

    Indudablemente, este modo de orar tiene una gran “ventaja”: conecta bien con nuestro actual estado de conciencia, que es, sobre todo, relacional. Sin embargo, no es menos cierto que conlleva un gran riesgo: la “objetivación” de Dios y el dualismo consecuente, en menor o mayor intensidad. En efecto, la objetivación hace de Dios un ídolo, generalmente al propio servicio; y el dualismo genera una religiosidad enferma y peligrosa.

    Si conjugamos ventajas y riesgos, quizás el modo menos inadecuado de vivir ese tipo de oración sería vivirla “sin apego”. ¿Qué significa? En primer lugar, ser conscientes de que se trata de una forma “provisional”; la realidad va “más allá” de lo relacional. Por otro lado, ser conscientes de que lo vivimos de ese modo, debido a nuestro estado actual de conciencia, es decir, a la conciencia que tenemos de nosotros mismos como “yo” separado. Eso significa, que en esa “relación”, lo “no-real” no es Dios, sino nuestro “yo” en cuanto sensación de identidad separada.

    En esa forma de orar, es ese “yo” el que “entra en relación”, “descansa” en el Absoluto que anhela, en Dios. Un entrar en relación que hay que entenderlo fundamentalmente como “entregarse” (“con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, con todo el ser”). Y una entrega de tal calidad que, al final, sólo hay entrega, todo es entrega: el mismo “yo” desaparece en ella.

    Progresivamente, el creyente se va entregando a Dios -la entrega constituye precisamente la característica más importante de la relación religiosa-, hasta que Él es el Centro en la experiencia del creyente, mientras que el “yo” se va diluyendo. Y así es como se entiende la insistencia de los grandes místicos, empezando por el propio Jesús, en “negar el yo”. Y que, de modo magistral, expresa san Juan de la Cruz: “Y cuando viniere a quedar resuelto en nada, que será la suma humildad, quedará hecha la unión espiritual entre el alma y Dios, que es el mayor y más alto estado a que en esta vida se puede llegar. No consiste, pues, en recreaciones y gustos, y sentimientos espirituales, sino en una viva muerte de cruz sensitiva y espiritual, esto es, interior y exterior” (2S 7,11). A mi modo de ver, no puede expresarse mejor lo que significa vivir una relación con Dios “sin apego”. En ella, no se niega el yo por ningún tipo de dolorismo, sino por la sencilla razón de que no tiene consistencia propia. Por eso, el místico insiste en negarlo, porque ha experimentado una identidad nueva. Como puede apreciarse, no es sino otro camino para llegar a la misma verdad, a la misma meta, la no-dualidad.

    Ram Dass lo ha expresado de este modo: “Hay dos caminos, uno de ellos consiste en expandir tu ego hasta el infinito y el segundo en reducirlo a la nada; el primero es una vía de conocimiento mientras que el segundo, por el contrario, es una vía devocional. Un Jnani (sabio) dice: “Yo soy Dios, la Verdad universal”. Un Devoto, por su parte, dice: “Yo no soy nada ¡Oh Dios! Tú lo eres todo”. En ambos casos desaparece la sensación de identidad separada”.

    Y el Maestro Eckhart lo expresaba de un modo que podría haber inspirado al propio san Juan de la Cruz: “Nadie conoce mejor a Dios que aquellos que están completamente muertos”. Se está refiriendo, obviamente, a la ausencia de sensación de identidad separada. Para concluir con la sabiduría de quien ha experimentado: “Le pido a Dios que me vacíe de Dios”.

    De un modo más amplio, ¿puede afirmarse de Dios ambas cosas a la vez?, ¿que sea una Realidad personal y transpersonal simultáneamente? Es en el mismo interrogante donde radica el problema, porque una tal pregunta olvida la distancia a la que se hallan nuestras mentes de Dios; por lo que, esa disyuntiva no habla tanto de Dios cuanto de la limitación de nuestra mente. Ésta podrá ayudarnos a desenmascarar la engañosa e infundada pretensión absolutista de una determinada afirmación, pero será constitutivamente incapaz de llegar a expresar ajustadamente lo que, para ella, es absolutamente In-expresable.

    ¿Qué nos queda? La humildad de nuestro esfuerzo compartido y dialogado, siempre dispuesto a dejarse cuestionar. Y la búsqueda de una experiencia y certidumbre que vaya más allá de lo mental.

    Desde esas actitudes, podremos compartir el dicho sufí: “La verdad es una, los sabios la llaman de distintas maneras”. Y comprender “internamente” el testimonio de Ramakrishna, uno de los mayores santos del hinduismo, en el siglo XIX, que buscó a Dios a través de las prácticas de varias religiones: “Se me reveló el mismo Dios, ya encarnado en Cristo, ya hablando a través del profeta Mahoma, ya como Visnú el Conservador o Siva el Consumador… En realidad uno puede llegar a Dios si sigue cualquiera de los caminos con total devoción… Haz una reverencia y venera donde otros se arrodillan, porque donde tantos han pagado tributo de veneración, el buen Señor debe manifestarse, dado que es todo misericordia… Cada cual debería seguir su propia religión. Los pueblos dividen sus territorios por medio de fronteras, pero nadie puede dividir el vasto cielo que tenemos por encima. El cielo indivisible lo rodea todo y lo incluye todo. Y la gente que lo ignora dice: “Mi religión es la única, mi religión es la mejor”. Pero cuando un corazón es iluminado por el verdadero conocimiento, sabe que por encima de todas estas guerras de sectas y sectarios, preside el ser indivisible, eterno, conocedor de todas las dichas”.

    Todos los místicos coinciden en una afirmación elemental: Siempre somos-en-El y no podemos ser ni estar fuera-de-Él…, pero nuestra mente no lo sabe ni puede saberlo. Porque, para nuestra mente, existe el “uno” o el “dos”, pero no puede saber lo que es el No-dos. Ésta es nuestra tragedia: Somos Unidad, pero, como no lo sabemos, buscamos sustitutos -gratificaciones y compensaciones sustitutorias-. De hecho, podríamos leer toda nuestra vida como una historia de la búsqueda, por los caminos más insólitos, de la Unidad que somos, pero que ignoramos. Historia que, con frecuencia, y debido precisamente a esa ignorancia, suele desembocar en compensaciones estériles y dolorosas. Porque ésa es la gran contradicción que recorre toda la aventura humana. El yo anhela siempre la Unidad, pero la busca de forma que ciertamente se lo impide. Mientras no esté dispuesto a morir como sensación de identidad separada-independiente, lo que hará es buscar y conformarse con sustitutos de la Unidad perdida. Pues bien, orar-meditar implica la disposición a morir a nuestra sensación de identidad separada -a nuestro yo- para poder caer en la cuenta de que somos-en-El, para poder experimentar y vivir la Unidad Que Somos/Es.

    En-Ti

    El creyente se debate entre la intensidad del Anhelo y la pobreza de la palabra a la hora de expresarlo. Entre el atisbo de Lo que es, pleno y gozoso, y la “distancia” inevitable de la mente. Con todas las limitaciones de nuestra mente y de nuestro lenguaje, la búsqueda no cesa. De pronto, se nos regala…, se hace presente el sobrecogimiento, pero nos faltan palabras. Y, sin embargo, no podemos dejar de balbucearlo. ¿Cómo nombrarte?

    Te llamo “Tú”,

    aunque eres más Yo que yo mismo.

    Estoy en Ti,

    pero cuando estoy en Ti, ya no soy yo.

    Porque mientras soy yo

    no puedo estar en Ti.

    Mi yo te busca con pasión,

    porque necesita un Tú que lo complete;

    porque, en su conocimiento tan limitado,

    busca a tientas la Verdad que se le escapa;

    porque, aun en la oscuridad de su estado,

    intuye la Luz que se le niega.

    Y está bien:

    así te busca como Tú, como Verdad y como Luz.

    Pero queda insatisfecho

    porque, en su agudeza,

    se pregunta si no estará proyectando;

    y porque, en su separación,

    ve la Unidad imposible.

    Lo que no imagina, pequeño yo,

    es que él mismo no es sino una construcción mental,

    una “forma” de ver, de conocer, de relacionarse.

    Y en cuanto forma relacional -relativa-

    tiene necesidad de relación,

    necesidad de un Tú, necesidad de Ti,

    el Sin-Forma, el Más-allá de toda forma,

    lo I-limitado y Absoluto,

    que todo lo llenas y en todo te manifiestas;

    la Fuente original y el Movimiento de la vida.

    Y ha sido esa necesidad, esa intuición,

    la que ha llevado a mi pequeño yo

    a buscarte desde siempre,

    sin cejar en el empeño;

    a hablarte desde la alabanza y la gratitud,

    desde la necesidad y el sufrimiento.

    Ha sido mi pequeño yo el que,

    a partir de su lectura del mensaje de Jesús,

    te ha llamado Padre

    y te ha vivido como Amigo,

    “Dios, Amigo de la Vida”.

    Y no andaba desencaminado,

    pequeño yo, buscador infatigable:

    el Fondo de la Vida es Amistad

    porque es Comunión y Unidad.

    Pero algo ocurrió un día:

    el pequeño yo descubrió su desnudez;

    lo que él había considerado como su identidad

    no era sino una “forma” de verse;

    el “yo” tomado como realidad consistente

    mostró su inconsistencia.

    Tal descubrimiento supuso una sacudida,

    un maremoto que amenazaba

    todas las certezas anteriores.

    Y algo de eso ocurrió,

    porque hizo inevitable una re-lectura

    de todo lo previamente “adquirido”.

    Sin embargo, con la nueva experiencia,

    nada valioso se perdió.

    Muy al contrario,

    se abría camino, ¡ahora sí!,

    la Unidad que es.

    Y, en el mismo proceso,

    el pequeño yo era “negado”,

    creando un espacio inédito de libertad,

    de amplitud y comunión.

    Se me había dado descubrir algo elemental,

    que ya dijo el mismo Jesús:

    la negación del pequeño yo

    -“negarse a sí mismo”-

    es condición ineludible para abrirse a la verdadera identidad,

    la Verdad no-dual,

    la Identidad que es comunión.

    Es verdad que el pequeño yo

    sigue añorando sus antiguas formas,

    incluida su forma de orar:

    necesita de la relación,

    necesita dirigirse a Ti como su Tú,
    y llamarte “Padre” y “Amigo”,

    y eso le hace bien.

    Pero, poco a poco,

    está aprendiendo a hacerlo sin apego,

    como el que sabe que se trata únicamente

    de una forma transitoria,

    como quien vive en un nivel de conciencia diferente.

    Más allá de la palabra,

    más allá de la imagen,

    más allá del concepto,

    más allá de la mente…,

    ¿cómo llamarte?,

    ¿cómo nombrarte?,

    ¿cómo agradecerte?,

    ¿cómo alabarte?,

    ¿cómo amarte?...

    Me quedo en-Ti

    en el Silencio,

    en la Atención,

    en el Presente.

    En Ti,

    que eres más Yo que yo mismo.

    Me quedo en Ti,

    porque ya no hay un “yo” enfrente,

    porque no soy “yo”.

    En el momento en que abandono los conceptos,

    se me abren los ojos:

    “Tú” y “yo” somos, en realidad, no-dos.

    Por eso, no eres un “Tú” para “mí”.

    Sencillamente, ES.

    Todo es

    lo Informe en la forma,

    lo Absoluto en lo relativo,

    lo Infinito en lo finito,

    Unidad…,

    Amor,

    DIOS.

    Para continuar

    • ¿Qué significa para mí “vivirme en profundidad”?

    • ¿Qué siento, hoy, como lo más profundo en mí?

    • ¿Puedo decir que vivo en profundidad? (si no, ¿qué vivo?)

    • ¿Qué dificultades encuentro para vivirme así?

    • ¿Qué es lo que más me ayuda?

    • Para mí, ¿existe alguna correspondencia entre “vivirme en profundidad” y “vivirme en Dios”? Si fuera así, me digo cuál es esa correspondencia.

    • ¿Tengo experiencia personal de Dios? ¿Cuál es el sabor de Dios?

    Bibliografía

    • CHWEN JIUAN A.L. - HAND, Th.A., El sabor del agua, San Pablo, Madrid 2000.

    • DOMÍNGUEZ MORANO, C., Experiencia cristiana y psicoanálisis, Sal Terrae, Santander 2006.

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    • JÄGER, W., En busca de la verdad. Caminos, esperanzas, soluciones, Desclée de Brouwer, Bilbao 1999.

    • JÄGER, W., La ola es el mar. Espiritualidad mística, Desclée de Brouwer, Bilbao 2002.

    • MARTÍNEZ LOZANO, E., ¿Dios hoy? Creyentes y no creyentes ante un nuevo paradigma, Narcea, Madrid 2005.

    • WILBER, K., Los tres ojos del conocimiento. La búsqueda de un nuevo paradigma, Kairós, Barcelona 1991.

    3. VIVIR EN FRATERNIDAD Y SOLIDARIDAD

    Todos somos órganos de un mismo cuerpo” (Pseudo-Basilio, monje del s. IV).

    Estamos inventando una nueva forma de vida: un macroorganismo planetario que engloba el mundo viviente y los productos humanos, que también evoluciona y cuyas células seríamos nosotros” (H. Reeves).

    Encerrados en la cápsula del “yo”: narcisismo e individualismo

    Nuestra cultura se caracteriza por una exacerbación del “yo”: el estadio racional-mental-egoico, que hizo su aparición hace unos 2500 años, parece haber llegado a su apogeo y, por ello mismo, a su agotamiento; no da más de sí. Su gran aportación o contribución al desarrollo humano tendrá que ser integrada en un nuevo nivel de conciencia.

    En la que podemos designar como cultura del yo, la realidad se percibe, ante todo, como fraccionada en múltiples objetos: las partes predominan sobre el todo. La conciencia egoica es, necesariamente, una conciencia fragmentada. Porque la mente únicamente puede operar a partir de la diferencia entre el observador y lo observado. Y, desde esa diferencia y distancia inicial, lo observado no es sino una multiplicidad indefinida de objetos, es decir, de partes, que predominan sobre el todo. Coherente con ello, en todos los niveles de este estadio mental, lo individual predominará sobre lo común. El propio sistema económico, característico de esa cultura, lo revela bien: el capitalismo no es sino egoísmo económico institucionalizado.

    Por otro lado, en un sistema cultural global, todo resulta “coherente”. Si a nivel amplio, se llega a una exacerbación del yo, a nivel individual ocurre exactamente lo mismo: psicológicamente, la persona se identifica de tal modo con su yo individual, que termina reduciéndose a él.

    Tal estadio de la evolución humana encierra, indudablemente, una dimensión totalmente valiosa: la conciencia personal, emergida y afianzada tras etapas pre-personales.

    Pero, paralelamente, implica riesgos graves: el individualismo engañoso y asfixiante y el narcisismo estéril y agotador. En efecto, la persona que se ha identificado con su yo tiene muy difícil superar la fase narcisista. Puede hacer de su propio bienestar el objetivo último de su vida, con lo que hará que todo gire en torno a sí misma. Los mismos recursos y bienes materiales los vivirá en función de su yo. Si a ello añadimos que la posesión -y, en concreto, el dinero, como expresión de la misma- se percibe como sinónimo de seguridad, puede explicarse que la persona, centrada en un yo absolutamente necesitado de seguridad afectiva, experimente la pulsión de acaparar y la resistencia a compartir.

    Porque de eso se trata, a fin de cuentas: ¿para qué vive el yo? Un yo exacerbado y al mismo tiempo inseguro se aferrará compulsivamente a todo aquello que perciba como fuente de seguridad. No resulta extraño, por ello, que, según una encuesta reciente, los principales valores en USA sean los siguientes: ser atractivo, tener éxito y ser rico. Como puede apreciarse, los tres apuntan en una misma dirección: el sostenimiento del pequeño yo, que busca afirmarse por todos los medios.

    La nuestra es una sociedad consumista: se consumen objetos innecesarios a través de la excitación del deseo. Y es una “sociedad de sensaciones”, que no pospone la gratificación y que busca la satisfacción inmediata. Este consumo “distrae”, entretiene y no deja espacio para otra cosa; se vive vertido hacia la superficialidad frívola, en un reduccionismo de lo humano que puede considerarse como la mayor lacra actual. Se crea un clima materialista que encierra a las personas dentro de un consumo de sensaciones y promete la novedad inacabable: por primera vez se ha creado un cuasi paraíso consumista que emula al Edén celestial (J.M. Mardones). Después de todo, quizás no sea todo ello sino un intento desesperado por no enfrentarse a la miseria de una vida superficial presuntamente feliz (G. Durand).

    Alejados unos de otros: desigualdad e injusticia

    Empecemos con algunos datos sobre nuestro mundo. Según una estimación realizada por el doctor Phillip Harter, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford, si consideramos a toda la población de la tierra como una aldea de sólo cien personas, ésta se asemejaría a lo siguiente: 57 de ellos serían asiáticos; 21 europeos; 14 americanos; 8 africanos; 30 blancos; 70 no blancos; 6 poseerían el 59 % de la riqueza del mundo (y los 6 serían estadounidenses); 80 vivirían en condiciones infrahumanas; 70 serían analfabetos; 50 sufrirían desnutrición; 1 tendría educación universitaria; 1 poseería ordenador.

    Contamos también con datos recientes del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD): De los seis mil millones de personas que habitan hoy el planeta, 1.300 millones viven con menos de un dólar diario, y más de 2.000 millones con tan sólo un dólar diario. El 20 % de la población mundial consume el 93 % de todos los productos y servicios, mientras que el 20 % más pobre consume tan sólo el 1,4 %. Y el abismo entre unos y otros sigue creciendo, en lugar de reducirse: la diferencia entre el 20 % más rico y el 20 % más pobre del mundo pasó, del 30/1 en 1960, al 61/1 en 1991, y al 78/1 en 1999. Los 225 individuos más ricos del mundo, 60 de los cuales son norteamericanos, poseen entre todos una fortuna valorada en más de 1.000 billones de dólares, equivalente a la renta anual del 47 % de la población más pobre del mundo (unos 2.500 millones de personas). El costo para lograr y mantener el acceso de todos los humanos a la enseñanza básica, a la atención de salud, a una alimentación suficiente, agua limpia y saneamiento... se cifra aproximadamente en unos 44.000 millones de dólares/año, cantidad inferior al 4% de la riqueza combinada de esas 225 personas. 850 millones de personas pasan hambre sistemáticamente y un tercio de dichas personas mueren antes de cumplir los 40 años. 1/3 de la población carece de agua potable; dentro de 20 años, serán ya 2/3. El flujo de dinero del Norte hacia el Sur alcanzó, en 1990, la cifra de 54.000 millones de dólares, en forma de inversiones, préstamos y ayudas; en el mismo año, las transferencias del Sur al Norte fueron del orden de los 500.000 millones de dólares. Y sin embargo... el mundo gasta 850.000 millones de dólares en armamento. El 50 % de esa suma, lo gasta USA: su presupuesto militar para 2004 era de 440.000 millones de dólares. Según la ONU, el 10 % de ese presupuesto bastaría para asegurar lo esencial de la vida de todos los habitantes del mundo.

    El Plan de Naciones Unidas para la erradicación de la pobreza, de enero de 2005, ofrece los siguientes datos aterradores: más de mil millones de personas intentan sobrevivir con menos de 1 dólar al día; 2.700 millones, con 2 dólares (¡casi la mitad de la población mundial!); 1.000 millones no tienen acceso al agua potable; 11 millones de niños mueren al año por malaria, diarrea o neumonía; 6 millones de niños mueren anualmente por malnutrición.

    Por otro lado, según un estudio de la Scientific American, para que los otros cinco mil millones de personas vivieran del modo que lo hacen los mil millones más ricos del mundo, se necesitarían los recursos de cuatro planetas más. Y, de acuerdo con las conclusiones del Worldwatch Institute, en los 40 años que van de 1950 a 1990 se consumieron más bienes y más servicios que los consumidos por todas las generaciones anteriores en la historia de la humanidad.

    Es decididamente obsceno que 497 personas monopolicen más recursos naturales que la mitad de la humanidad. ¿Por qué soportamos un sistema económico que permite que esto suceda? En el “Nuevo Desorden Mundial”, la mitad de los recursos mundiales se concentran en 225 grandes fortunas, se da una exclusión social de un 40 % en los países del Sur, y de un 15 % en los países llamados ricos. Y es obvio que las diferencias, en lugar de menguar, se agudizan. En USA, en 1970, el 1 % de la población acaparaba el 21 % de la riqueza; en 1990, el 1 % acapara el 40 % de la misma. Otro tanto ocurre a nivel mundial.

    La compulsión por la riqueza

    El problema del hambre en el mundo no es un problema económico, sino ético. Si se perpetúa, se debe únicamente al hecho de que no hay voluntad política de terminar con él…, a pesar de que existen los medios. La ley del mercado es la ley de la selva, en la que se enfrentan, no del todo conscientemente, pequeños yoes más asustados y vacíos de lo que creen.

    Toda compulsión nos habla de adicción, y toda adicción, de vacío afectivo. El vacío instalado en el psiquismo por la falta de respuesta a las necesidades fundamentales del niño exige, ansiosa y compulsivamente, algo que lo colme. Pero, como no puede ser colmado, en cuanto se trata de un vacío que no tiene fondo, la frustración va en aumento y, con ella, la ansiedad y la propia compulsión.

    Aquel vacío, reconocido o no, se transforma en una “boca” voraz e insaciable, que nos lleva a ir por la vida en clave de voracidad, viendo la realidad como mero objeto susceptible de ser “devorado”. La ansiedad que nos delata no es sino hambre afectiva, derivada del vacío previamente instalado. En este sentido, me resulta curioso el comportamiento de una de las más elementales formas de vida, una ameba, que vive todavía hoy, conocida como el dyctostelium, Se alimenta de bacterias. Si se la priva de alimento y agua, emite una hormona de ansiedad.

    Puesto que todo vacío afectivo conlleva una secuela de inseguridad -no olvidemos que la seguridad es consecuencia del apego o afecto-, el sujeto puede proyectar en el tener, como en un espejismo, el hambre de seguridad que no puede esquivar. El dinero se convierte así en un “sustituto de la religión, un intento de encontrar a Dios en las cosas” (N. Brown), “nuevo símbolo de la inmortalidad” (E. Becker); aumentar nuestro estándar de vida ha llegado a ser algo tan compulsivo para nosotros porque funciona como sustituto de los valores religiosos tradicionales: es una especie de nueva religión secular. Pero, como ocurre en toda adicción, nunca encontrará un techo; la propia adicción le exigirá dosis cada vez mayores.

    Un vacío de este tipo requerirá un trabajo psicológico que pueda ir a la raíz de la carencia. Pero no es éste el único vacío que genera ansiedad. Si éste era producto de nuestra historia psicológica, existe aún otro vacío, mucho más radical, un vacío que podemos llamar “esencial”, porque afecta precisamente a la constitución misma de nuestra propia identidad como “yo”.

    Terapia psicológica

    Psicología transpersonal

    Espiritualidad

    En un trabajo sumamente interesante, cuyo título recojo al final de este capítulo, David Loy, profesor de filosofía y maestro zen, nos ofrece unas pistas valiosas para identificar y describir este otro tipo de vacío, que he llamado “esencial”. Según él, el deseo sin fondo, que percibimos como carencia en nuestra vida, se debe al hecho de que nuestro sentido del yo es un constructo que no puede hallar fundamento.

    Trataré de decirlo con palabras sencillas. Hay un vacío afectivo que nace de una soledad reiterada o, más ampliamente, de una carencia de amor en los primeros momentos de nuestra existencia. Si éste llega a curarse, la persona podrá experimentarse a sí misma como más “integrada”, más autónoma y más feliz. La antigua sensación de vacío psicológico habrá dado paso a otra de más vitalidad y plenitud. Pero, mientras la persona se perciba a sí misma como “yo”, es decir, como “identidad separada”, no podrá resolver el vacío más radical.

    La razón es clara: dado que el yo no existe, su contenido real es vacío. De ahí que, cada vez que quiera referirme a él, identificarme con y como él, lo único que encontraré será vacío. Y un vacío sin solución… hasta que no descubra la falsedad de tal identificación y me abra a la identidad verdadera. Todo ello explica que, a mayor intento para asegurar y fortalecer el yo, más frustración e insatisfacción. Ésta es nuestra tragedia: un yo inexistente se empeña en ser protagonista.

    La clave radica en el hecho de que el yo, careciendo de consistencia propia, se niega a reconocerlo. Por eso, en realidad, el problema no consiste en que el yo sea irreal, sino en que se empeña en hacerse real de distintos modos, aunque ninguno de ellos funcione. En tanto pretenda afirmarme a mí mismo como “yo”, sufriré y crearé sufrimiento, porque estoy embarcado en un imposible: me aferro a algo que no existe. Todos los intentos quedarán irremediablemente frustrados. Y como es imposible afirmar el propio “yo” en sí mismo, recurriré a afirmarlo a través de objetos sustitutorios. Tarea inútil: mientras nos empeñemos en compensar la falta de fundamento del yo, habrá sufrimiento.

    Podemos comprobarlo de un modo palpable en el consumismo. El problema fundamental del consumismo es la ilusión de que consumir es la manera de llegar a ser feliz; y aquí vemos la ironía final de nuestra adicción al consumo: según un informe reciente, el porcentaje de norteamericanos que se consideraban felices tocó techo en 1957, a pesar del hecho de que el consumo por persona se ha más que duplicado desde entonces; no obstante, la cantidad de dinero que la gente cree que necesita para ser feliz, se ha doblado. Es decir, una vez nos definimos como consumidores, nunca podemos tener suficiente, pues el consumismo nunca puede darnos realmente lo que queremos de él. Le estoy pidiendo, ¡nada menos!, que me haga sentir como un “yo” consistente por sí mismo. La frustración está servida. Por eso, siempre es lo próximo que compraremos lo que nos hará felices; y así damos por supuesto que nunca se puede tener demasiado dinero.

    Si frente al vacío afectivo, podemos recurrir al trabajo psicológico-terapéutico, frente a este “vacío esencial”, necesitamos los recursos que nos ofrece la psicología transpersonal y la espiritualidad.

    En la tradición cristiana, nos aparecen las palabras sabias de Jesús, que hablan de “negarse a sí mismo”, como condición para vivir. Tantas veces mal interpretadas desde una clave sacrificial y dolorista, constituyen, sin embargo, una lúcida llamada a despertar, cayendo en la cuenta de que ese “yo” que nos tiraniza no tiene en realidad fundamento. Y que intentar fundamentarlo es, por tanto, una tarea inútil y vacía. Sólo descubriendo su falsedad, en cuanto inconsistencia, podremos abrirnos a otra nueva identidad; sólo muriendo a él, podremos empezar a vivir.

    El budismo, por su parte, nos dice que la felicidad no puede obtenerse satisfaciendo el deseo, pues nuestra sed no tiene fin. La felicidad sólo puede alcanzarse transformando el deseo. La sed básica se manifiesta organizada en torno a lo que se conoce como las tres raíces del mal o los tres venenos: codicia, odio e ilusión (que habría que transformar en sus contrapartes positivas: generosidad, compasión y sabiduría).

    Por otro lado, el sentido de dualidad entre nosotros y el mundo alimenta nuestra inseguridad y, por tanto, nuestra preocupación por la riqueza y el poder. Frente a esa ilusión del yo, se trata de darse cuenta de nuestra no-dualidad con el mundo -lo cual es sabiduría- y actualizarla en el modo de vivir, -lo cual es amor-.

    La iluminación consistirá en caer en la cuenta de que no necesito fundamentarme a mí mismo porque siempre he estado fundamentado; no como un ego separado, encapsulado en la piel en algún lugar detrás de mis ojos o entre mis oídos y mirando al mundo, pues nunca ha existido tal yo. Mi verdadera naturaleza es sin-forma, y no hay nada que lograrse porque nada ha faltado nunca. Cuando esto se experimenta, empieza el reino de la libertad y de la comunión, aquello que Jesús denominaba “Reino de Dios”.

    Si nuestra tragedia consiste en el protagonismo que se arroga un yo inexistente (¡y cuánto sufrimiento puede llegar a generar esa arrogancia!), nuestra liberación vendrá de la mano de experimentar nuestra verdadera identidad de no-diferencia con lo Real, de no-dualidad con Lo Que Es. Al establecernos en ella, desaparece el yo y desaparece el vacío, dejamos de aferrarnos a lo que ni existe y ganamos libertad y comunión.

    El pensamiento dualista que lleva a la crispación y al enfrentamiento

    Ese mismo “yo” que carece de fundamento en sí mismo ve al otro como un ser separado. Y dado que la mente no puede operar si no es fraccionando la realidad, el pensamiento dualista es inevitable y, con él, la dicotomía del “o yo o tú”, “o nosotros o ellos”; dicotomía insuperable mientras permanezcamos en el pensamiento, porque, como decía en el capítulo anterior, la mente crea necesariamente una pantalla opaca entre tú y tú y entre tú y los otros; dicotomía, además, que encierra un potencial sumamente peligroso.

    En la política contemporánea, “corren buenos tiempos” -como canta Serrat- para el pensamiento dicotómico, en el que toda la realidad se contempla en clave de “blanco o negro”: lo propio es siempre bueno; lo del otro, es absolutamente malo. No es extraño que con este tipo de pensamiento se acabe en la crispación o en el enfrentamiento militar.

    La psicología profunda nos enseña que toda dicotomía simplista entre el bien y el mal no es sino un reflejo del mecanismo psicológico de la sombra (colectiva). Y, tal como ejemplifica el propio D. Loy, Al Qaeda y la Administración Bush no son sino dos versiones diferentes la misma guerra santa entre el bien y el mal: ambos comparten la misma interpretación del bien y del mal, un modo de pensar en blanco-y-negro que no hace sino aumentar el sufrimiento y el mal en el mundo. No deberíamos olvidar que una de las causas principales del mal en este mundo ha sido el intento humano de erradicar el mal.

    Al actuar de ese modo, olvidamos que, en realidad, la lucha tiene lugar en el interior de cada uno de nosotros. Por eso, sólo el reconocimiento de “el otro” como un igual y el desarrollo de una relación de mutuo enriquecimiento podrá ser la solución. Todos los sabios han transmitido esta lección: “En este mundo jamás el odio ha disipado el odio; sólo el amor puede disipar el odio: ésta es la antigua ley”, enseñaba el Buda. “No devolváis mal por mal”, recomendaba Jesús.

    Y D. Loy termina con una anécdota entrañable: Un anciano americano estaba hablando con su nieto tras la tragedia del 11 de septiembre y le decía: “Siento como si tuviese dos lobos combatiendo en mi corazón. Un lobo es vengativo, iracundo y violento. El otro lobo es amoroso, capaz de perdón y compasivo”. El nieto preguntó: “¿Qué lobo ganará la batalla en tu corazón?”. El abuelo respondió: “Aquel a quien yo alimente”… Pero el primer paso requerirá -como decía J. Vanier, el fundador de El Arca- “descubrir el lobo que todos llevamos dentro”.

    Hacia una nueva conciencia

    Ante un mundo injusto y fracturado, ante realidades cotidianas que afectan a millones de seres humanos, víctimas de la avaricia y la prepotencia de otros, podríamos empezar por una primera toma de conciencia: ¿cuál es nuestra “sensibilidad humana” frente a la injusticia y al sufrimiento? Ante los hechos recientes de la avalancha de inmigrantes subsaharianos a la valla de Ceuta y Melilla, escuchaba dos respuestas diametralmente opuestas. Una de ellas argüía: “Nos van a invadir; ¿por qué no acaban con eso?”; la otra: “Cuánto dolor habrá dejado atrás esta gente para poner toda su esperanza en una valla en la que pueden dejarse la vida”.

    Pero no es suficiente con despertar la propia sensibilidad; necesitamos desarrollar un espíritu crítico frente a nuestro propio sistema, desde una comprensión lúcida del ser humano. Sin la sabiduría de la autolimitación, no quedaremos satisfechos ni siquiera cuando todos los recursos de la biosfera se hayan agotado. Debemos reconocer que el capitalismo (el neoliberalismo) no es ni natural ni inevitable. La comprensión económica neoliberal de lo que es la felicidad y cómo lograrla no es más que una visión entre muchas. ¿No es una forma de imperialismo cultural presuponer que el mundo “desarrollado”, que asume la cultura del dinero, sabe más acerca del bienestar humano que las sociedades “no-desarrolladas”? ¿Quién tiene necesidad de convertirse en “consumidor compulsivo” antes de que nadie le despierte esa “necesidad” por imperativos del mercado y con los engaños de la publicidad, que sabe “enganchar” con la sed sin fondo que todo ser humano es? Si las sociedades tradicionales tienen sus propios criterios de carencia y bien-estar, imponer criterios ajenos es una forma de imperialismo intelectual.

    No hace mucho, un amigo chileno me contaba que, cuando fue a visitar a algunos parientes aymaras, de los pocos indios que quedan en el norte de Chile, se apresuraron a decirle: “Por favor, no nos impongas tu idea europea de felicidad”.

    Frente a una sociedad tan desigual, fruto y origen de injusticia; frente a una sociedad consumista, que genera toda una mentalidad de “usar y tirar”, y que tiende a reducir a las personas a meros consumidores, vemos la urgencia de avanzar hacia una nueva conciencia. No es suficiente, aunque sea necesaria, la insistencia ética en vivir una austeridad solidaria.

    Tampoco es suficiente, aunque sea también igualmente necesaria, la toma de conciencia del engaño psicológico que supone la identificación de la posesión con la seguridad afectiva o el intento de compensar el vacío afectivo con la acumulación de bienes materiales. Sin esa lucidez, convertimos nuestro vacío en voracidad, pulsión de apropiación, y quedamos estancados en la fase oral, como una inmensa boca que percibe toda la realidad como objeto de succión. Pero, como digo, no es suficiente. Necesitamos pasar de vivir -en el mejor de los casos- la solidaridad, discreta y momentánea, a vivir en solidaridad.

    Necesitamos ir más allá, favorecer el paso hacia una nueva conciencia (transpersonal, transegoica, integral), gracias a la cual nos aproximemos a nuestra verdad radical, aquella verdad que siempre han percibido los que se han adentrado en aquel estado de conciencia. En él se descubre, como escribía en el siglo IV, el monje pseudo Basilio, que “todos somos órganos de un mismo cuerpo”.

    Incluso desde el ángulo de la ciencia, se afirma que “estamos inventando una nueva forma de vida: un macroorganismo planetario que engloba el mundo viviente y los productos humanos, que también evoluciona y cuyas células seríamos nosotros”.

    En ese nuevo estado de conciencia, al que accedemos por la meditación, el Todo predomina sobre las partes y el otro, cualquier otro, es percibido como lo que es en realidad: no-diferente de mí. Sólo esta nueva conciencia hará posible una nueva ética. Nuestro problema básico no es técnico ni económico, sino espiritual.

    Porque la solidaridad no es, en primer lugar, un imperativo moral que haya de conseguirse a golpe de puños. Requiere, ciertamente, voluntad, esfuerzo y capacidad de renuncia. Pero requiere, sobre todo, crecer en una nueva conciencia, la conciencia de la Unidad, en la que la fraternidad se experimenta espontáneamente. Ni el niño, ni el adolescente, ni el adulto que permanece anclado en una conciencia mágica, mítica o racional, pueden vivir la solidaridad. Como mucho, reducirán el amor y a la fraternidad a un “mandamiento” que cumplir, en lugar de descubrirlo como la realidad que es. Pues, tal como ha escrito Ana Mª González Garza, el amor no es un sentimiento, sino un atributo en sí de la conciencia, que solamente puede ser experimentado con madurez y esencia cuando se ha despertado a la unidad. Volvamos a la imagen del organismo: los dedos pueden verse a sí mismos como dedos o pueden verse como cuerpo. Del mismo modo, la persona puede percibirse como un ser separado -con las secuelas de egocentrismo, soledad, miedo, ansiedad- o como Conciencia unitaria, en una percepción no-dual de Lo Que Es.

    Tiene toda la razón Jesús cuando dice que cualquier cosa que hagamos a los demás se la hacemos a él (Mt 25, 40). Y se la hacemos a Dios y nos la hacemos a nosotros mismos. Jesús hablaba desde esa nueva conciencia donde “El Padre y yo somos uno” (Jn 10, 30). Porque cuando no hay “yo”, se es la realidad entera. Sin duda, Jesús vio a todas las personas como a sí mismo, a todos los seres humanos como parte de él. Y de este mismo modo lo han vivido y lo han visto los místicos de todos los tiempos.

    Es esta nueva conciencia la que nos desvela la fraternidad fundamental, la que no tenemos que construir, sino la que ya es. Nos queda poner los medios para avanzar en esa nueva conciencia, en nuestra “otra” Identidad y, desde ella, consentir a vivir, de un modo sostenido, en la fraternidad que somos.

    Para continuar

    • ¿Me considero a mí mismo/a una persona solidaria? Sí/No, ¿por qué?

    • ¿En qué consiste, en concreto, mi solidaridad?

    • ¿Qué dificultades encuentro para vivir la solidaridad efectiva?

    • ¿Qué puede ayudarme?, ¿en qué puedo apoyarme para vivirla y qué pasos puedo dar ya en esa dirección?

    Bibliografía:

    • CASTILLO, J.M., La ética de Cristo, Desclée de Brouwer, Bilbao 2005.

    • LOIS, J., Jesús de Nazaret, el Cristo liberador, HOAC, Madrid 1995.

    • LOIS, J., El reto de la injusticia, en INSTITUTO SUPERIOR DE PASTORAL, Retos a la Iglesia al comienzo del nuevo milenio, Verbo Divino, Estella 2001, pp. 69-123.

    • LOY, D., El gran despertar. Una teoría social budista, Kairós, Barcelona 2004.

    • MARDONES, J.M., Fe y política. El compromiso político de los cristianos en tiempos de desencanto, Sal Terrae, Santander 1993.

    • WILBER, K., Sexo, ecología, espiritualidad. El alma de la evolución, Gaia, Madrid 22005.

    4. VIVIR CONSTRUCTIVAMENTE LO QUE NOS HACE SUFRIR: SEIS ACTITUDES CONSTRUCTIVAS

    Sufriremos inútilmente mientras sigamos empeñados en aferrarnos a una (transitoria) identidad egoica, que deberá ser finalmente trascendida. Por eso, el camino es la desapropiación y la renuncia, la des-identificación del yo, para poder trascenderlo.

    Mientras la vida sea placentera, no deseamos complicarnos la existencia. Sólo cuando las cosas van mal asumimos la necesidad de cambiar. Quizá sería deseable entrar en crisis cuanto antes; lo suficiente para que eso nos haga tomar conciencia” (P. Russell).

    Comenzaba estas páginas apuntando que lo realmente decisivo no es lo que nos ocurre, sino el modo como vivimos lo que nos ocurre. Esto vale particularmente en lo que se refiere a todo aquello que nos hace sufrir. Un mismo sufrimiento puede hundir o puede hacer crecer. Es clave, por tanto, aprender a vivir actitudes constructivas ante todo aquello que nos hace sufrir.

    Es evidente que el hecho de estar instalados en un “bienestar” superficial conlleva el riesgo de caer en actitudes no constructivas de diverso tipo: superficialidad, individualismo, egocentrismo, narcisismo… Pero es en el sufrimiento, con todo lo que remueve en nosotros, donde podemos deslizarnos con facilidad hacia mecanismos desajustados, cuando no claramente destructivos: dramatización, cavilación, obsesión, autoculpabilización, victimismo, autocompasión, justificación, culpabilización de otros… Porque, aun reconociéndolos como objetivamente destructivos, seguiremos repitiéndolos porque nos aportan un “beneficio”: nos mantienen en una “capa de protección”, lejos del sufrimiento real. Lo cual indica que únicamente podremos liberarnos de ellos, en la medida en que aceptemos y afrontemos el dolor original, porque en ese momento ya no nos aportarán ningún “beneficio”.

    En este trabajo, voy a centrarme en seis actitudes constructivas ante el sufrimiento. Ejercitarnos en ellas nos irá haciendo diestros, no sólo para cortar con eficacia aquellos otros funcionamientos destructivos que se les oponen, sino también para seguir creciendo desde dentro, desde lo mejor de nosotros mismos y, bien situados ahí, vivir las dificultades y circunstancias dolorosas como oportunidades que tienen algo que enseñarnos y regalarnos.

    Con todo ello, intentamos avanzar hacia un yo integrado, armonioso, equilibrado. Aunque seamos conscientes de que ésa no es la meta última, sabemos ya que sólo un yo integrado podrá ser trascendido. Como dije más arriba, todo intento de puentear el yo para llegar a la no-dualidad es tan inútil como intentar sortear la adolescencia para llegar a la adultez. O, en términos más técnicos: no se salta directamente de lo prepersonal a lo transpersonal, sino pasando por lo personal.

  • Acogerse a sí mismo, frente al rechazo de sí y la autoculpabilización

  • Por las consecuencias que tiene para la persona, la autoacogida es fundamental. Sabemos bien que la relación consigo mismo es básica, porque condiciona cualquier otro tipo de relación, así como la percepción de la realidad y la misma actividad. Todo va a depender del tipo de relación que la persona mantenga consigo misma. Pues bien, la primera actitud constructiva hacia sí ha de ser la acogida.

    En realidad, es lo primero que necesita un niño cuando viene a la vida: unas manos que lo reciban. No hace mucho, una comadrona que acababa de jubilarse tras muchos años de asistir a innumerables partos, me contaba emocionada cómo recibía al niño que nacía y cómo, para sorpresa e incluso bromas de quienes estaban delante, le hablaba con todo cariño y alegría; pues bien, al escucharla, el niño empezaba a distenderse y terminaba extendiendo sus puñitos para mostrar sus manos abiertas.

    El niño que llega a este mundo necesita sentirse acogido, recibido con gozo, de un modo incondicional. A partir de aquí, podrá “sentir la vida”, “sentirse vivo” y desplegarse en quien es. Y, a lo largo de toda la vida, el trabajo en esta actitud puede transformar positivamente nuestro modo de vivirnos, nuestro modo de relacionarnos, nuestra actividad, nuestros compromisos...

    Cuando no se da la autoacogida, pueden producirse dos actitudes insanas: 1) el rechazo o desprecio de sí, en mayor o menor intensidad, debajo de los cuales se esconde un -encubierto y reprimido- sentimiento de culpabilidad, que alguien ha llamado “vergüenza tóxica”; o 2) la permanencia en un narcisismo más o menos manifiesto, caracterizado por una imagen distorsionada (idealizada) de sí mismo, con la que la persona llega a identificarse, desarrollando un “orgullo neurótico”, al no poder asumir serenamente toda su realidad.

    Para comprender el proceso, tenemos que acercarnos al comienzo de la vida, allí donde nadie recuerda. Y allí, todo arranca de la necesidad -el niño es pura necesidad- de ser reconocido; cuando esta necesidad no obtiene respuesta ajustada, sino que es frustrada reiteradamente, se desencadenan acontecimientos sumamente dolorosos que marcarán el desarrollo posterior. Se hace presente el dolor de la frustración que, reprimido en un instinto defensivo de vida, dejará una herida y/o un vacío; simultáneamente, se genera un sentimiento de indignidad, acompañado de culpabilidad y de vergüenza, que se manifestará como apocamiento, retraimiento, timidez, aislamiento, inferioridad…: ante aquel dolor inicial, el niño se culpabiliza y se desprecia, creyéndose responsable del mismo, hasta pensar que “algo irremediablemente malo” hay en él, que le impide ser amado; con ello, se acaba de instalar en su mente una imagen de sí profundamente negativa, hasta el punto de que se verá obligado a negarla, construyendo sobre ella, en un esfuerzo titánico, otra imagen idealizada, que mantendrá a fuerza de exigencia y perfeccionismo: ha terminado creando un “yo falso”, al tiempo que se ha alejado dramáticamente de su verdadera identidad.

    El trabajo de autoacogida tendrá que suponer, por tanto, un “regreso a casa”, a través de la aceptación de lo que se vivió en todo ese proceso de alejamiento. Ahora bien, hablar de aceptación es hablar de humildad. Sólo desde ella, la acogida podrá ser auténtica, es decir, incondicional e inclusiva, sin dejar nada fuera.

    Y ahí se topa con las dificultades. La persona que encuentra dificultad para acogerse lleva tras de sí una historia de no haberse sentido acogida en quien es. Pero es casi inevitable que el niño que no se sintió acogido, no se sintiera, a la vez, culpable. Debido a ello, la no acogida de sí lleva implícito un sentimiento de culpabilidad, aunque en muchos casos ignorado y profundamente reprimido. Debido a ese sentimiento, la persona se percibe, en mayor o menor grado, indigna, y es esa supuesta indignidad la que le impide sentirse a gusto con ella misma.

    ¿Qué es lo que puede ayudar a superar las dificultades y poder caminar hacia una autoacogida serena y vitalizadora? Todo deberá empezar por una puesta en verdad con uno mismo, tomando en serio todos aquellos “síntomas” molestos que pueden esconder un problema de acogida de sí.

    Será necesario aprender y sostener un “diálogo interno” consigo mismo, desde actitudes de comprensión, aceptación y valoración de sí; diálogo en el que la persona pueda nombrarse interiormente a sí misma y decirse: “Te quiero tal como estás, te quiero tal como eres”. Es obvio que, al principio, tales palabras pueden sonarle huecas y que, frente a ellas, se levanten las resistencias acumuladas. Sin embargo, la práctica aun en medio de los altibajos hará que algo empiece a cambiar y que las resistencias se vayan ablandando.

    Progresivamente, deberá abrirse a la realidad (incondicional) del propio valor y de la propia bondad. Y, simultáneamente, aprender a amar, desde la humildad, lo considerado como “despreciable”, para crecer en la aceptación y reconciliación con toda la realidad personal.

    Y de ese modo, en la medida en que va emergiendo nuestro ser, la acogida de sí es un poder al que podemos recurrir siempre: siempre podemos acogernos, tal como estemos..., desde la humildad, precisamente porque la acogida es incondicional.

    La aceptación y acogida de sí se siente como: vitalidad, a nivel profundo; apacibilidad, a nivel sensible; descanso, a nivel del cuerpo; lucidez, a nivel mental.Y las consecuencias van en la misma dirección: alegría de vivir, paz, mayor gusto por la fidelidad a sí mismo, libertad interior, disponibilidad, apertura a los otros, capacidad de amar

    Ahora bien, en la aceptación de sí, no hay atajos: para vivir la cercanía a mí mismo, he de acercarme también a mi dolor. De hecho, así fue también como se produjo el “alejamiento de sí” en el niño: al querer apartarse de su dolor, se tuvo que distanciar de sus sentimientos..., alejándose en realidad de su vida y de sí mismo. Se trata ahora de hacer el camino inverso. En contra de la engañosa actitud de “miedo al dolor”, propiciada por nuestra cultura, como si el dolor fuera algo a evitar a toda costa, la lucidez nos dice, no sólo que va a haber siempre un dolor inevitable, sino que el dolor en sí mismo no hace daño; lo que hace daño es “dar vueltas” en torno al dolor. Más aún: sentir el dolor es algo absolutamente sano, ya que es el único camino para que no quede enquistado. Sólo se cura el dolor que se siente.

    La aceptación de sí requiere, por tanto, nombrar el dolor y permitirse sentirlo. Es normal que la aceptación incluya renuncia, y renuncias también del tipo: “renuncio a que todos me quieran, a que todos hablen bien de mí...”, “renuncio a ser perfecto”, etc. Ello significa tener que hacer un duelo, puesto que es éste -el duelo- la única actitud psicológica sana ante hechos o circunstancias que son irreversibles.

    Al mismo tiempo que va avanzando en la aceptación de sí, la persona va viviendo una presencia consciente y una cercanía amorosa a sí misma, es decir, va habitándose a sí misma, al habitar todo lo que hace y vive. Esto produce espontáneamente un profundo sabor de vida, porque se trata de una “vida habitada”. La autoacogida la ha conducido al presente.

    • Me digo cómo vivo cada una de estas actitudes hacia mí mismo:

    • acogida,

    • cariño,

    • distancia,

    • reproche,

    • enfado,

    • desprecio,

    • culpabilidad.

    ¿Cuál tiene más peso en mi vida?

    • ¿Cuándo me resulta más fácil y cuándo más difícil vivir la acogida de mí?

    • ¿Tengo experiencias de haberme acogido incondicionalmente? ¿Cómo lo viví? ¿Qué siento al recordarlo?

    • ¿Con qué dificultades me encuentro al querer vivir la acogida hacia mí?

    • ¿Qué es, en concreto, lo que más me ayuda a vivir esa autoacogida en lo cotidiano?

  • Aceptar lo que nos hace sufrir sin reducirnos, frente a la negación del problema y al hundimiento

  • Podemos pasarnos la vida, a veces sin ser conscientes de ello, a distancia de nosotros mismos, ignorándonos, reprochándonos, culpabilizándonos... Estas actitudes esconden una no aceptación de sí y producen una consecuencia evidente: la persona vive interiormente dividida y a distancia de los demás.

    Si eso vale para la aceptación global de sí mismo, vale más todavía para aceptar aquello que nos hace sufrir o nos crea problema. ¿Cómo aceptar aquello que querría negar o rechazar? Porque la no aceptación conduce necesariamente a la negación del problema o al hundimiento. La sabiduría del aceptar radica en el hecho de que no escamoteamos la verdad, sino que la contemplamos en su globalidad: verdad es lo que nos duele, pero verdad es también que siempre somos más que eso que nos duele. Aceptar sin reducirse, ésa es la actitud sabia y constructiva.

    Si ante un sufrimiento evitable, propio o ajeno, lo ajustado es luchar contra él, frente al sufrimiento inevitable, la única actitud sabia es la aceptación. Aceptación que no es resignación, sino reconocimiento humilde de la verdad tal como es. De ahí que la aceptación no paraliza, como la resignación, sino que moviliza en la única dirección ajustada. Ni niega el problema ni nos reduce a él, ni nos ciega ni nos hunde. Es la actitud sabia que, por ajustarse a la verdad de lo que es, nos mantiene en pie y nos hace crecer como personas.

    Indudablemente, el ser humano está hecho para ser feliz. Es comprensible, por tanto, que experimente un rechazo “natural” hacia la frustración. De ahí, que todo aquello que le llegue como displacer, como frustración de cualquiera de sus necesidades, lo perciba negativamente, y tienda a rechazarlo o negarlo. Y en la medida en que se sienta carente de recursos para asumir tal displacer, se incrementará la tendencia a defenderse del mismo. Sin embargo, esas defensas no sirven de mucho: el problema y el sufrimiento no desaparecen porque se nieguen.

    Pero a veces seguimos haciéndolo, porque, a la hora de aceptar lo que nos hace sufrir, encontramos dificultades. En ocasiones, pueden provenir de hábitos contrarios a la aceptación, como son la cavilación, el “dar vueltas”… Tras ellos, suele esconderse un miedo al sufrimiento y una necesidad (correspondiente) de “controlar” todo, en el pensamiento mágico de que aquello que controlo no puede hacerme daño: la cavilación interminable está servida. Otra dificultad viene de la baja tolerancia a la frustración, incluso por falta de “educación” en esa misma tolerancia, como ocurre en el caso de haber vivido una vida “fácil”, de la que se alejaba toda dificultad; o de un permisivismo que no conocía los límites. Finalmente, la dificultad para aceptar puede hundir sus raíces en heridas antiguas, despertadas por el problema o el desencadenante del sufrimiento actual. En este caso la aceptación puede exigir una curación de lo más doloroso de aquella herida, si bien es cierto que la misma curación requerirá, a su vez, de la aceptación previa de lo ocurrido.

    Aceptar el dolor incluye trabajar la aceptación del miedo, porque ambos van unidos. El niño que ha sufrido es un niño dolido y asustado. Y ese mismo susto ha deformado su percepción de la vida y de lo real, porque, como escribiera Heidegger, “hemos olvidado cómo aparecería el mundo a los ojos de una persona que no hubiera conocido el miedo”.

    El miedo es un asunto esencial, omnipresente. Necesitamos conocerlo y trabajar en su autoaceptación, hacernos amigos de él. Cuanto más nos obligamos a superarlo, más nos alejamos de nosotros mismos, nos separamos de nuestra parte sensible y vulnerable y, al mismo tiempo, de nuestra profundidad. Trabajar los miedos requiere trabajar la vergüenza interna, que hace sentirse a uno mismo como un fracasado, portador de algo inherentemente equivocado. El miedo que no ha sido reconocido contamina nuestras relaciones. No es raro que nuestros temores más profundos tengan que ver con el miedo a ser abandonados y a encontrarnos solos. Necesitamos penetrar en el miedo, pero con conciencia (“observando”), compasión y comprensión. Y, al hacerme más presente a mis miedos, me adentro en el aprendizaje del amor.

    ¿Qué nos puede ayudar, pues, a aceptar lo que nos hace sufrir? En primer lugar, la actitud sana de no-reducirse al sufrimiento o problema. Mientras esté reducido al problema o al sufrimiento, estaré absolutamente impedido para aceptarlo, porque, en tal caso, no soy yo quien tiene un problema, sino que el problema o sufrimiento me está “teniendo” a mí. Por eso, la actitud de no-reducción será mucho más eficaz siempre que la persona tenga acceso a otra dimensión profunda en ella misma, en la que apoyarse. La no reducción hace posible afirmar: “Aunque ahora estoy sufriendo, yo no soy ese sufrimiento”.

    A partir de la no-reducción, es posible vivir la des-identificación: se trata de observar el sufrimiento, incluso sin ponerle nombre, sino percibiendo simplemente las sensaciones dolorosas, sin ningún tipo de cavilación, hasta experimentar que se va diluyendo. La des-identificación nos hace posible afirmar: “Ahora hay dolor, pero no hay un «yo» que sufre”. Desde la observación y la práctica meditativa, se abre la puerta a este tipo de vivencia.

    La actitud creyente sabe orar desde el sufrimiento. Cuando la persona ha vivido la experiencia de la Presencia de Dios en lo íntimo de sí, encuentra también el modo de vivir constructivamente lo que la hace sufrir. Consiste en abrirse a Dios en lo profundo de sí y “depositar” ahí el dolor, sin dar vueltas, descansando sencillamente en Él; puesta la atención, no tanto en el dolor, sino en la Presencia en la que somos.

    Al hacer así, podemos experimentar, aunque sea a posteriori, que el dolor ha sido nuestro maestro: tenía que enseñarnos algo que necesitábamos para poder continuar el camino de nuestro crecimiento personal. Y es precisamente a partir de estas experiencias cuando empezamos a aprender a ver el dolor o los problemas desde la otra perspectiva, como oportunidad de crecimiento.

    Al final, tiene razón el yogui Amrit Desal cuando escribe:

    El dolor sólo existe en la resistencia.

    La alegría sólo existe en la aceptación.

    Las situaciones dolorosas que se aceptan

    se convierten en gozo para el corazón.

    Las situaciones gozosas que no se aceptan

    se convierten en dolorosas.

    No existe nada llamado mala experiencia.

    Las malas experiencias son sencillamente

    la creación de tu resistencia a lo que es”.

    Y el poeta que proclama:

    Si para recobrar lo recobrado

    tuve que perder primero lo perdido,

    si para conseguir lo conseguido

    tuve que soportar lo soportado,

    si para estar ahora enamorado

    tuve que estar primero herido,

    tengo por bien llorado lo llorado,

    tengo por bien sufrido lo sufrido.

    Porque después de todo he comprobado

    que no se goza bien de lo gozado

    sino después de haberlo padecido,

    porque después de todo he comprendido

    que lo que el árbol tiene de florido

    vive de lo que tiene sepultado”.

    • Cuando algo me hace sufrir, ¿cuál suele ser mi respuesta más “espontánea”, la más habitual?

    • negar el problema: “no pasa nada”;

    • minimizarlo: “no tiene importancia”;

    • endurecerme;

    • huir, no querer enterarme;

    • evadirme;

    • paralizarme;

    • dramatizar;

    • hundirme: “no puedo más”;

    • aceptarlo;

    • … ¿qué más? Me digo, con mis propias palabras, la que suele ser mi respuesta más habitual.

    • ¿Cuáles son mis dificultades para aceptar, sin más, lo que me duele?

    • ¿Qué es lo que más me ayuda para aceptar lo doloroso y problemático en mi vida?

    • Tomo algo que, en este tiempo, me esté haciendo sufrir:

    • lo nombro (no el hecho objetivo, sino mi sufrimiento);

    • lo observo, como si fuera un espectador, esperando que se diluya;

    • ¿en qué estoy haciendo pie?"

    " Según el nivel de conciencia donde nos encontremos, podemos “hacer pie”:

    • en un rasgo positivo de nuestra persona (vitalidad, humildad, confianza, amor, fe…);

    • en la vivencia de la no-diferencia o unidad, en la Realidad que trasciende al “yo”.

  • Dialogar con el niño o la niña interior, frente a la lejanía de sí

  • Vivimos siempre en “diálogo” con nosotros mismos; incluso el mundo de los sueños no es sino otro modo de prolongar ese diálogo. El problema empieza cuando no somos conscientes de él. Los riesgos del diálogo inconsciente, que nos pasa desapercibido, son grandes, porque no se da en la luz. Por eso mismo, sin ni siquiera darnos cuenta, puede interferir en nuestro camino de crecimiento personal.

    De hecho, cuando es inconsciente, suele estar cargado de autorreproches y culpabilidad…, o de justificaciones y narcisismo. Suele repetir el diálogo que otros han mantenido con nosotros (seguimos tratándonos a nosotros mismos como en su momento nos sentimos tratados por ellos). Suele mantenernos en niveles superficiales, alejados de lo mejor de nosotros y alejados del presente.

    En cualquier caso, de algo podemos estar seguros: debajo de todo malestar que se repite, y cualquiera que sea la forma en la que se presente, hay un niño asustado, enfadado y dolido, que reclama nuestra atención. Y mientras no lo atendamos adecuadamente, el malestar no se resolverá.

    Para pasar de la inconsciencia a la luz, así como para pasar de la lejanía de sí a la presencia, necesitamos mantener un diálogo interno que revista algunas condiciones. Habrá de ser un diálogo hecho desde la verdad de lo que estamos viviendo y de lo que somos de fondo; desde la humildad; desde la lucidez y desde el amor profundo. Son las características de todo diálogo auténtico.

    Primera fase: diálogo adulto-adulto. Necesitamos partir del presente. Eso significa que el diálogo habrá de comenzar por lo que hoy vivimos, y no confundirlo con aquello que aspiramos o quisiéramos vivir. Un tal diálogo se requiere para vivir la cercanía a sí mismo en el momento; para ponerse en la verdad del hoy; para comprenderse y “acompañarse” a sí mismo en el presente.

    ¿Cómo vivirlo? En un encuentro consciente consigo mismo, desde las actitudes antes indicadas, la parte “sana” escucha, acoge y “responde” a la parte “herida”; o lo que es lo mismo, la identidad profunda a la parte sensible (herida) o mental (desajustada). En este sentido, se trata de un auténtico acompañamiento terapéutico. El diálogo ha dado pie a actitudes de comprensión, aceptación, autoacogida y puesta en verdad, con respecto a sí mismo y, si era el caso, con respecto a los otros.

    En otra modalidad, que resulta también eficaz, se trata de observar los pensamientos (y sentimientos, problemas, malestares…). En lo concreto, se trata de situarme como espectador de mi propia vida interna, manteniendo la “distancia”, sin entrar a formar parte de la “película” a la que estoy asistiendo. De ese modo se favorece la des-identificación…, hasta que vaya emergiendo la “plataforma” sólida en la que hacer pie. Una plataforma que tiene que ver con la vida, la verdad, el amor…, o más exactamente, con el Fondo amoroso de la vida que nos sostiene. De nuevo, la práctica meditativa nos capacita para conectar con lo Profundo donde todo se recoloca.

    Segunda fase: diálogo adulto-niño. J. Abrams ha escrito algo que debería hacernos pensar: “El niño sobrevive en nuestro interior y permanece con nosotros durante toda la vida: siempre niño, completamente vivo, una posibilidad íntima que aguarda nuestro reconocimiento total y consciente... Abrazar al niño y acogerlo de manera consciente, como una expresión saludable de nuestra plenitud psíquica, equivale a recibir sus dones. El proceso debe iniciarse en alguna parte, probablemente la más obvia. Un simple acto de reconocimiento, una mirada lúdica o una sonrisa, ¡y de ahí puede arrancar todo!... La experiencia del niño interior nos hace ingresar en el mundo.

    Necesitamos recuperar al niño interior original para volver al restablecimiento de lo natural. Mientras no se arregle aquella herida, el niño buscará cubrir las necesidades como niño, que es de la única forma que sabe hacerlo: esto equivale a dejar que un niño inmaduro y emocionalmente hambriento dirija tu vida (¡Imagina cómo sería tu vida con un niño de tres años al frente de ella! Pues eso es lo que ocurre con más frecuencia de lo que nos parece).

    Necesitamos reconocer la herida y sentir el dolor y la pena. Necesito abrazar la soledad y el dolor no resuelto de mi niño descorazonado. Sabemos bien que el dolor es el sentimiento que cura. No se puede curar lo que no se puede sentir. Este trabajo de duelo es el sufrimiento legítimo que hemos estado evitando con nuestras neurosis: “La neurosis, escribió Jung, es siempre un sustituto del sufrimiento legítimo”. “¿Quién llorará por el niño que llora dentro de mí?”, decía el protagonista de una película, que había sido abandonado de niño y sometido luego a malos tratos.

    El diálogo con el niño interior podemos vivirlo como método de reeducación. Porque lo cierto es que si no recuperamos al niño interior, no hay salida. Debajo del niño herido, vive el niño original, que está esperando ser “rescatado”. Debajo del falso yo, vive el yo auténtico, lleno de vida, creatividad y amor. ¿Quién soy yo en mi rostro original? ¿Quién sería si hubiera recibido respuesta ajustada a mis necesidades de niño?

    Las reacciones desproporcionadas y repetitivas son del niño: por tanto, necesitamos dialogar con él sobre las mismas, reconociendo su “legitimidad. Eso requiere, a su vez, haberse ejercitado en el diálogo. Y haber crecido en consistencia, para que el adulto pueda acoger, ser hoy como el “padre” y la “madre” de ese niño herido, que puede seguir sintiéndose asustado, avergonzado, insignificante..., aspectos que corresponderán a los diversos “yoes” que viven ocultos en la sombra y actuando desde ella, en forma de programas emocionales que contaminan el presente.

    Únicamente una cosa habremos de tener en cuenta para que este diálogo sea realmente constructivo: no ceder a las “exigencias” del niño interior, alejándonos del adulto que somos. Porque, en ese caso, el diálogo podría no ser sino otra estratagema para la autojustificación y el narcisismo.

    ¿Cómo vivir el diálogo con nuestro niño interior (o adolescente), en concreto? En una doble dirección. En un primer momento, el adulto que soy empieza visualizando al niño que fui (y que sigue vivo en mí hoy), ayudándose de sus recuerdos o incluso de alguna fotografía de la infancia o adolescencia. Al visualizarlo, se hace consciente de los sentimientos primeros que le despierta y, poco a poco, dedicándole tiempo, favorece que vaya creciendo en él una mirada acogedora, hecha de bondad y de gozo por su vida, a la vez que un sentimiento de cariño vivo y sostenido. Permanece en esa actitud todo el tiempo que sea necesario, dejándose impregnar de aquellos sentimientos positivos.

    En un segundo momento, el adulto de hoy se “mete” en la piel del niño y, desde ahí, se deja alcanzar por la mirada y los sentimientos que hoy le llegan. Notará que, poco a poco, empieza a despertarse su vitalidad, alegría y bondad.

    Aparte de estos momentos de diálogo más extensos, será bueno acostumbrarnos a dialogar con nuestro niño interior en lo cotidiano: preguntarle cómo está, si está haciendo las cosas a gusto, si está contento con lo que hace, por qué sufre, cómo hacer las cosas “juntos”... Lo que esto requiere es conectar realmente con el niño, escucharle y darle tiempo.

    No tenerlo en cuenta hace que me sienta mal sin saber por qué; que contamine hoy mi vida de adulto; que sea un tirano en mi vida y se adueñe de mi funcionamiento cotidiano (con sus reacciones desproporcionadas); que me estanque en mi crecimiento…

    Por el contrario, cuando dialogo con él, aparece, bajo el niño herido, el “niño original”, bueno, creativo, espontáneo, alegre, y me permite ser interiormente libre Ambos, el niño herido y el niño original, pueden de ese modo salir del inconsciente donde se hallaban recluidos: la vida puede empezar.

    El diálogo facilita vivir el presente, porque el niño, al ser tenido positivamente en cuenta, no necesita huir. Justo lo contrario que el niño herido, a quien la ansiedad le lleva siempre a estar lejos de donde físicamente está. Cuando no estamos en el presente, eso significa que nos hemos quedado en algún pliegue triste o alegre de nuestra historia.

    También para la vivencia de este diálogo, la práctica meditativa resulta sumamente eficaz. Para sanar al niño herido tenemos que aprender a hacerle de padres. Y esto se consigue cultivando el estado meditativo de conciencia, es decir, observando y sintiendo.

    Con frecuencia, nuestra reacción inmediata es la de cambiar la situación. Pero de lo que se trata es de aprender a no huir, sino a observar, sentir y permitir lo que sea que suceda. Eso requiere que tengamos espacio interior para acoger lo que sea. Al observar, nos des-identificamos, tomamos distancia del drama emocional, pero al mismo tiempo no lo negamos ni lo evitamos. La práctica meditativa nos ha hecho crecer en fortaleza interior, así como en capacidad de verdad y de acogida.

    • ¿Tengo costumbre de dialogar con el niño, la niña interior que hay en mí?

    • Si sí:

    • ¿cómo lo hago?

    • ¿qué pasos doy?

    • ¿qué resultado obtengo?

    • ¿en qué podría mejorar?

    • Si no:

    • ¿qué resistencias o dificultades encuentro?

    • ¿cómo intuyo que podría hacerlo?

    • ¿qué podría ayudarme a ello?

  • Desdramatizar, frente a la tendencia a la dramatización

  • Con el dolor, si no somos lúcidos y humildes, aparece la tentación de dramatizar. El mecanismo de la dramatización se pone en marcha a partir de un sufrimiento de la sensibilidad, en el que se “engancha” nuestra mente, que empieza a cavilar, con el riesgo de quedar reducidos al problema o sufrimiento y, en esa medida, impotentes frente a él.

    La dramatización aparece, por tanto, vinculada a la cavilación, la obsesión, la reducción, la paralización, la autocompasión y, finalmente, la depresión. Como cualquier otro, este mecanismo pudo aprenderse de diferentes modos: por imitación (en un medio en el que era frecuente), como un modo de reclamar atención al propio sufrimiento, como un sucedáneo de compasión o autocompasión, como justificación de la propia apatía (al dramatizar, llego a creerme incapaz de modificar la situación y, por tanto, no hago nada)…

    La dramatización parece tener una conexión estrecha con la vergüenza inicial. La vergüenza es el estado en el que sentimos en nuestro interior que, básicamente, estamos equivocados. Conlleva, por eso mismo, un sentimiento interno de humillación, no por algo específico, sino por toda la persona. Debido a ella, perdemos la conexión con nuestra propia energía vital y con los sentimientos.

    Sobra decir que la vergüenza no tiene nada que ver con quienes somos realmente; es simplemente un estado de autohipnosis negativa en el que hemos entrado, como consecuencia del reflejo primero que percibimos de nosotros mismos en los demás, particularmente en las personas que nos eran afectivamente significativas. (La anorexia es otro caso de autohipnosis negativa, en la que la propia percepción no se corresponde con la realidad).

    Fue entonces cuando, al mirarnos en los espejos de los adultos, nos sentimos rechazados. No necesariamente en un rechazo explicito o violento; pudo bastar con que tuviéramos la sensación de que no les gustábamos lo suficiente. Ahí hizo acto de presencia la vergüenza por ser como éramos, el sentimiento más o menos acusado de indignidad. Y, como consecuencia, empezamos a adaptarnos a lo que pensábamos que era lo “aceptable” para los otros, convirtiéndonos así en seres falsos, en primer lugar, con nosotros mismos.

    Para el niño no hay mayor fuente de sufrimiento e impotencia que verse básicamente “mal hecho”, porque para él es una realidad irreparable y definitiva. Ante un sufrimiento de tal intensidad, no es nada extraño que se genere una tendencia a dramatizar ante todo aquello que le haga sufrir. Sin ser consciente, además, de que la dramatización va a empeorar siempre las cosas, porque recortará el horizonte y, tras mucho gasto de tiempo y de energía, el niño terminará reduciéndose a su dolor.

    ¿Qué podemos hacer frente a esa tendencia? Ante todo, ser conscientes de que se está dramatizando: se da vueltas sobre la misma cuestión, una y otra vez; se está situado a nivel mental, de la cabeza; aparece una sensación de impotencia o incapacidad que conduce a la resignación fatalista o al hundimiento.

    Si somos lúcidos, descubriremos -para nuestra sorpresa- que si mantenemos este mecanismo, lo hacemos porque nos reporta algún “beneficio”. No sólo éste, cualquier mal mecanismo o funcionamiento lo mantenemos en tanto en cuanto lo percibimos “bueno” para nosotros.

    Pero, ¿cuál puede ser el beneficio de la dramatización? No tener que ver el dolor ni el miedo de frente; es decir, no vernos vulnerables. Mientras estoy dramatizando -o simplemente cavilando-, estoy lejos de lo que me duele. Así, en lugar de sentir limpiamente el dolor y afrontarlo, lo que hago es “actuar”, representar un papel, es decir, en el sentido etimológico del término, dramatizar.

    Todo mecanismo de defensa nos aporta un “beneficio”, y ése es el motivo por el que lo seguimos manteniendo, a pesar de que en realidad nos perjudique. El beneficio consiste en que tales mecanismos nos mantienen en nuestra “capa de protección”, lejos de la zona donde nos sentimos vulnerables. Porque nos parece menos duro enredarnos en dar vueltas que afrontar la realidad dolorosa.

    El resultado, sin embargo, es bien otro. Al alejarnos del dolor, nos alejamos de nuestra verdad de ese momento; y al alejarnos de nuestra vulnerabilidad, nos alejamos también de nosotros mismos, para terminar confundidos y atrapados en una red de cavilaciones y de dramas, que resultan mucho más graves que el dolor que trataban de encubrir.

    ¿Cuál es el antídoto? Aceptar justamente aquello que, a través de esos mecanismos, tratamos de ocultarnos: nuestra vulnerabilidad. En el diálogo interior, deberemos ir aprendiendo a vernos vulnerables, desde una mirada cariñosa, hasta que lleguemos a reconciliarnos íntimamente con todo aquello de lo que, en algún momento, habíamos huido.

    Paralelamente, habremos de tomarnos en serio el trabajo de reeducación, teniendo en cuenta los tres niveles de la persona: 1) Situarse, consciente y voluntariamente, a nivel profundo, para conectar con cualquier realidad de sí que esté emergida: calma, fuerza, confianza, vida, aceptación, amor, silencio, Trascendencia…, y dejarse impregnar de ella; 2) a nivel mental, optar por cortar la dramatización, remitiéndose, una y otra vez, al nivel profundo: aceptando el malestar, acogiéndose con él, sin reducirse a él, viéndolo como un “maestro” que debe enseñarme algo para mi proceso de crecimiento personal (una oportunidad de crecimiento), en la actitud propia del aprendizaje: la paciencia, “depositándolo” en mi zona profunda; 3) a nivel sensible, permitiendo que duela y sintiendo el dolor.

    Puede que necesitemos también buscar ayuda y poner medios para verbalizar lo que vivimos, para tomar una distancia saludable en algunos momentos, para relajar la mente y la sensibilidad…

    Y, siempre, tendremos que optar decididamente por remitirnos al presente, teniendo en cuenta que el mecanismo de la dramatización tiende a oscurecer todo el horizonte, generando una angustia difusa ante el futuro. Frente a ello, conviene repetirse tantas veces cuantas sea necesario: “sólo por hoy…”, porque, como enseñaba Jesús, “a cada día le basta su propio afán”.

    Y una vez más, contamos con dos grandes aliados: la humildad y la práctica meditativa. La humildad es el antídoto del orgullo neurótico con el que se protege y alimenta nuestro ego. La humildad desenmascara al ego, redimensionando sus “problemas” en el conjunto del universo: “no soy tan importante, puedo reírme de mí mismo”. Gracias a ella, por otra parte, puedo ejercitarme en el aprendizaje desde esta clave: “cuando el corazón llora por lo que ha perdido, el espíritu ríe por lo que ha encontrado”. No importa tanto que muera mi ego; más aún, quizá sea ése el camino para que pueda aprender a des-identificarme de él. Si la dramatización -detrás de la cual se esconde siempre orgullo- es fuente de ansiedad y miedo, la humildad lo es de descanso y de libertad interior.

    La práctica meditativa, por su parte, gracias a la observación, nos conduce al silencio y a nuestra verdad, dotándonos de fortaleza para mirar y acoger lo que nos hace sufrir sin necesidad de deformarlo ni exagerarlo, sin necesidad de dramatizar.

    • Recuerdo situaciones en las que reconozco que dramaticé, y las anoto.

    • ¿Qué conseguí con ello?

    • ¿Cuál es la actitud constructiva?

    • ¿Qué he de tener en cuenta para poder llegar a vivirla?

  • Traducir el malestar en dolor, frente a la huida y el funcionamiento imaginario

  • Parece que la herida de abandono es la causa principal de nuestro sufrimiento. El sentimiento de abandono da lugar a un síndrome específico (“personalidad abandónica”), que hace imposible la experiencia del “apego”, generando a la vez un vacío interior, que se convierte en fuente de inseguridad afectiva y de comportamientos evitativos.

    Desde el campo de la etología se han llevado a cabo experimentos, cuyos resultados son bien significativos. Harry y Margaret Harlow, en los años 60, realizaron diversos experimentos con monos. En uno de ellos, tomaron unas crías de monos separados de sus madres a quienes se sustituía por dos maniquíes: uno hecho de malla metálica, otro cubierto de tela de felpa. A la primera se la equipaba con una tetilla para la alimentación y a la otra no. Las crías reaccionaban aferrándose al maniquí de felpa, acurrucándose y abrazándose a él, corriendo hacia él cuando se les asustaba. Al maniquí de alambre se dirigían únicamente cuando tenían hambre. Pero, saciado éste, el contacto cálido parecía, con mucho, más importante.

    Según aquellos mismos estudios, los pequeños monos criados por sus madres verdaderas desarrollan un sentimiento de seguridad fuerte y útil socialmente. En presencia de la madre, el mono muestra una capacidad creciente de alejarse y explorar el entorno, volviendo una y otra vez al cuerpo de la madre para buscar consuelo y ser reasegurado. El sentimiento de seguridad sólo parece estar presente cuando existe un apego seguro con la figura materna. Y a medida que el monito con apego seguro crece, se hace más autónomo e independiente de la madre, mientras que va desarrollando relaciones con sus pares.

    Por el contrario, la privación de los cuidados maternos produce efectos dramáticos. Los monitos sin madre criados en grupo tienden a buscar el contacto físico entre ellos y muestran poca actividad, salvo aferrarse. Un mono colocado en una situación de aislamiento, aunque esté alimentado, reaccionará quedándose en cuclillas y abrazándose a sí mismo. La respuesta es similar a la de los niños: tras una etapa inicial de protesta, sigue la fase de desolación, sentándose en una postura encorvada y abatida.

    El mismo Harlow demostró que los monos que no habían tenido la experiencia de una madre real no podían funcionar sexualmente en la adolescencia y la adultez. Los machos eran incapaces de mantener relaciones sexuales; las hembras podían permitir que un macho las penetrara, pero sin ninguna respuesta activa por su parte. Estas mismas hembras tampoco podían tener conductas maternales.

    Tanto un bebé de mono rhesus como de chimpancé, si son criados lejos de sus madres, muestran una desmedida actividad autoerótica (succionando las hembras su propio pezón, o los machos su propio pene). Los investigadores sostienen que el incremento de los síntomas orales y autoeróticos se debía a la privación de afecto de una figura materna.

    Otros estudios más recientes (Weiner, 1984) han confirmado que las relaciones estables con las madres llevan a funciones corporales sanas. La no relación puede incluso llegar a producir alteraciones neuroquímicas en el sistema nervioso central. Existe evidencia experimental de que la separación y la inseguridad del apego en pequeños animales tienen efectos fisiológicos y los ponen en situación de riesgo.

    Lo que parece inobjetable es que una experiencia de abandono genera vacío e inseguridad afectiva y da lugar a comportamiento de tipo evitativo, en un malestar difuso difícil de asumir y de gestionar por parte del sujeto, que puede quedar fácilmente atrapado en las mallas nunca bien definidas de dicho malestar.

    El vacío es experimentado como soledad, provocada a su vez por la ausencia de “presencias protectoras” internalizadas, ausencia que es fuente de inseguridad afectiva, con sintomatologías diversas. Cuando el niño no ha experimentado que tenía un lugar seguro y único en el corazón de sus padres, tampoco ha podido internalizar aquellas presencias: se instala así, con mayor o menor intensidad según los casos, la soledad íntima, el vacío afectivo.

    A partir de ahí, aparece la necesidad, a veces compulsiva, de compensar el vacío. Las compensaciones son una forma de control. Encubren nuestros miedos. Son formas de esconder nuestro miedo y nuestra vergüenza de nosotros mismos y de los demás. En su momento nos protegieron, pero también nos hicieron perder el contacto con nosotros mismos. Al compensar, no somos auténticos, adoptamos un papel, pero no lo sabemos. Sólo cuando nos ocurre algo que hace pedazos ese montaje, podemos despertar.

    Un papel similar es el que desempeñan nuestras adicciones. Todas ellas (desde comer golosinas hasta juzgar a los demás), conscientes o no, son formas de evitar mirar hacia adentro. La adicción es una elección que yo hago, consciente o inconscientemente, para no darme cuenta, para no estar presente en ese preciso momento. Nos distrae del miedo a sentir el vacío y, en ese sentido, es como nos “protege”.

    De ahí que casi todo lo que hacemos pueda convertirse en una forma más de evitar nuestros miedos y nuestro dolor, es decir, puede ser una adicción: desde cuidar nuestra propia imagen hasta meditar, desde la búsqueda del aislamiento hasta la “vida social”. Nuestras adicciones están hechas a medida de nuestro temperamento. Estructurar obsesivamente nuestro tiempo (de manera que no tengamos tiempo para sentir), controlar, cavilar, tener poder, cuidar nuestra imagen, la velocidad... Lo que identifica a un comportamiento como adictivo no es lo que hacemos sino cómo lo hacemos. El común denominador de toda adicción es que busca evitar que nos sintamos vulnerables. Por eso, en la adicción lo que realmente hacemos es huir del presente. Por lo cual, la reeducación pasa por vivir el presente y sentir el momento. Para avanzar en esa reeducación necesitamos aprender y ejercitarnos en observar nuestra adicción, así como el dolor que surge cuando la evitamos. Hasta que se haga más gratificante para mí mantenerme en mis sentimientos que evitarlos: sólo así las adicciones empezarán a desaparecer.

    Indudablemente, la huida ante el dolor es instintiva, un mecanismo de defensa para proteger la vida. El niño huye del dolor: tanto de las situaciones y personas que le provocan malestar, como incluso del propio “lugar” en su cuerpo donde lo percibe, alejándose así inconscientemente de su zona profunda y enganchándose en la cavilación o en cualquier funcionamiento imaginario.

    Sin embargo, la huida no resuelve el malestar. El avestruz que esconde la cabeza bajo el ala no sólo no aleja el peligro, sino que queda inerme ante él. Con respecto a nuestros problemas interiores, la huida parece darnos un respiro, pero no consigue sino aplazar y, probablemente, agravar el problema.

    No sólo no lo resuelve, sino que lo complica, porque la huida no es indiferente: al huir, evitamos sentir lo que nos ocurre y nos alejamos de nosotros mismos. Más aún, al alejarnos, fácilmente nos perdemos en la superficialidad o en la cavilación, con lo que al malestar inicial se le ha sumado otro problema añadido, incluso de peores consecuencias, por lo que tiene de mecanismo desajustado.

    Frente a la huida de cualquier malestar interior, es preciso afirmar que el camino del crecimiento y de la salida del malestar únicamente pasa por la verdad y por sentir el dolor que encierra. El único modo de curar el dolor es sentirlo con limpieza, es decir, sin desfigurarlo desde la cabeza. Dolor sentido, dolor curado. Todo dolor no sentido se enquista y será fuente de problemas en el futuro. Sentir el dolor, lógicamente, duele, pero no hace daño, no perjudica a la persona; lo perjudicial es justamente no querer sentirlo, porque, para ello, se hace inevitable la huida y la puesta en marcha de funcionamientos y mecanismos desajustados; son desajustados, precisamente, porque se alejan de la verdad del sujeto. De ahí que lo dañino no sea tanto el dolor sino lo que hacemos con él.

    Afrontar el dolor significa aceptarlo y sentirlo, pero sin reducirse a él, lo cual implica una buena actitud mental y la posibilidad de hacer pie en alguna realidad profunda. Al no reducirme, puedo acogerlo desde mi buen lugar y “dejarlo vivir” hasta que lo libere. Vivir así el dolor, desde una actitud de querer aprender, resulta también enriquecedor, ya que se percibe como “maestro” que puede conducirme a espacios interiores antes ocultos o a dimensiones de la propia persona a las que no se prestaba atención.

    Aparece así, casi de un modo paradójico, una verdad que cada vez me parece más sabia y más pedagógica, cuando somos capaces de empezar a vivirla: el dolor es el portero que nos conduce a estancias ocultas, a las que no entraríamos de ningún otro modo, pero que en realidad contienen tesoros muy valiosos. Lo que ocurre es que, para poder entrar en ellas, o mejor, para poder vivir el dolor de ese modo (sin que nos rompa), hay que empezar por situarse en el no-pensamiento, es decir, en la observación del mismo, hasta que se vaya abriendo camino nuestra verdadera identidad, el no-yo que somos, la Conciencia amplia que está libre de miedos, necesidades y dolor. Y entonces, sí, el sufrimiento es fuente de lucidez y de consistencia interior. Habremos crecido en verdad y en libertad.

    Todo dolor, sin caer en ningún tipo de dolorismo, tiene así algo que enseñar, es una oportunidad de crecer, y, probablemente, de crecer no aleatoriamente, sino en aquello de lo que se tiene necesidad en un momento determinado.

    Es necesario traducir el malestar en dolor. Mientras no lo hacemos, permanecemos enredados en un malestar difuso que va contaminando toda nuestra persona y toda nuestra vida. El malestar puede describirse como un estado de ánimo bajo, no vital, cuya manifestación más aguda quizás sea la apatía, la falta de gusto por todo, pero ante el que no sé cómo actuar. Traducirlo en dolor significa nombrar las diferentes sensaciones concretas que lo componen: ¿de qué está hecho ese malestar?, ¿qué sentimientos contiene?, ¿qué me está doliendo exactamente?... Al nombrarlo ajustadamente, hemos traducido el malestar difuso que nos envuelve en dolor concreto que, una vez identificado y nombrado, podremos afrontar, para desdramatizarlo, “depositarlo” en el Silencio o afrontar su curación por medio de la terapia.

    Para identificar y nombrar el dolor, resulta eficaz buscar por el lado de las necesidades. Si la secuencia es necesidad - frustración - malestar, todo dolor remite a una necesidad frustrada. En la presencia de síntomas molestos o dolorosos, la pregunta “¿qué me está doliendo?” puede plantearse como “¿qué estoy necesitando?” (o “¿qué me quitaría este malestar o dolor?”). Si se nombra con exactitud, el malestar tiende a remitir, la mente queda más serena, a la vez que se “localiza” el dolor concreto. El hecho de nombrarlo provoca descanso, porque nos hemos empezado a situar en nuestra verdad, y la verdad siempre descansa.

    En esquema, podría representarse de este modo:

    Necesidad Frustración Malestar

    Dolor

    Agresividad

    Vacío Compensación

    Adicción

    Si tal es la secuencia que va de la necesidad inicial -no olvidemos que el niño es pura necesidad- al malestar difuso o generalizado, para lograr la reconstrucción, habrá que desandar ese mismo camino: salir del malestar hasta identificar la frustración que está en su origen y experimentarla como dolor neto, que requiere ser afrontado.

    Una vez nombrado el dolor, queda afrontarlo y sentirlo, distinguiendo cuidadosamente entre mi dolor y la persona o situación que lo ha podido “despertar”. Quedarme en el “despertador” es sólo otra forma de huida, tan estéril como con frecuencia injusta. Es tomar la peligrosa senda del victimismo, que conducirá al hundimiento. En todo problema relacional reiterado, deberíamos plantearnos la pregunta que le hizo Freud a una paciente que señalaba a todos los demás como fuente de su problema: “¿Qué parte de responsabilidad tiene usted en esto de lo que se queja?”. Carmen Maganto “traduce” con humor esa misma pregunta; a una persona que se quejaba reiteradamente de que todos la “pisaban”, le espetó: “Y tú, ¿por qué sigues haciendo de felpudo?; ¿sabes que no se aplaude sólo con una mano?”.

    Y es que el victimismo conduce a un estado de queja permanente -de la que también se busca obtener alguna “ventaja”, aunque sólo sea reclamo de atención-, al que el sujeto puede quedar enganchado, dando la razón a aquellos versos de Calderón: “Que tal placer había en quejarse, un filósofo decía, que a trueque de quejarse habían las desdichas de buscarse”.

    En la práctica meditativa, en la medida en que crece mi capacidad de verdad, puedo ejercitarme en acoger el dolor con limpieza, sin reducirme a él, Acogerlo para “depositarlo” en el buen lugar o bien “observarlo”, tomando distancia, hasta que se vaya “disolviendo” como cualquier pensamiento observado.

    • Ante un sufrimiento o malestar, ¿soy capaz de decirme lo que me duele en mí?

    • Una vez reconocido, ¿qué hago con ello?

    • Por el contrario, cuando no lo reconozco ni lo nombro, ¿qué suele ocurrir?

    • ¿Por qué me resulta difícil traducir cualquier malestar en dolor?

    • ¿Qué puede ayudarme a hacerlo?

  • Des-identificarse por medio de la observación, frente a la autoafirmación del yo

  • Según la ley psicológica, ya citada, descubierta implícitamente por la sabiduría oriental y enunciada expresamente por R. Assagioli, “estamos dominados por aquello con lo que nos identificamos, pero dominamos aquello con lo que no nos identificamos”… Se trata, por tanto, de aprender a vivirnos como observadores: no es casual que las culturas antiguas utilizasen la contemplación como antídoto contra las frustraciones diarias. Eso equivale a vivir despiertos, conscientes.

    Pero la des-identificación es un proceso posterior al de identificación con el propio yo. Por paradójico que parezca, nos identificamos para llegar a ser capaces de des-identificarnos. Como vengo diciendo, desde el comienzo de su existencia, y a partir del estado de fusión inicial, el niño se ve abocado a la construcción de un “yo social”, en cuya tarea va a ocupar un lugar de primer orden su necesidad de ser reconocido. Hasta el punto de que ese “yo” construido lo que busca es garantizar la respuesta a aquella necesidad, razón por la cual, ese “yo” tendrá mucho de “imagen aceptable”, de “máscara”, que exigirá la creación de la correspondiente sombra, acarreando la consiguiente escisión.

    Todo este proceso en el que la persona va buscando respuesta a sus necesidades culmina en una, mejor o peor lograda, autoafirmación del yo, que le hace identificarse con ese “yo separado”. Identificación favorecida por el hecho de crecer en una cultura marcadamente dualista y fragmentada, donde las partes priman sobre el todo. La identificación hace que la persona fácilmente se reduzca a su ego y a sus “intereses”, por más sublimes que éstos lleguen a ser.

    La conclusión es evidente: la percepción de la realidad, en cualquiera de sus niveles -económico, relacional, social, cultural, religioso, espiritual-, se hace a partir del yo diferenciado y separado. En lo económico, conduce al capitalismo, que no es sino la institucionalización del egoísmo; en lo religioso, a una concepción mercantilista de la religión, en la que cuenta, por encima de todo, la “salvación del alma” (“alma” como espiritualización del propio ego).

    Pero, ¿y si no fuéramos nuestro ego? La pregunta puede inicialmente perturbar nuestras seguridades adquiridas, pero nos pone en la buena dirección. En efecto, la constatación del carácter construido del propio “yo” suscita un interrogante de hondo calado: ¿y si nuestra verdadera identidad no se encontrara ahí? Hay un dato histórico nada desdeñable: los considerados como maestros espirituales han insistido, de diferentes maneras y con acentos diversos, en la necesidad de negar o trascender ese yo, si se quería acceder a la plenitud de vida. En las tradiciones de Oriente, esa insistencia ha sido constante y no deja lugar a dudas. Pero también dentro de la tradición cristiana, la “corriente mística” ha preconizado algo similar. Por empezar, el propio Jesús llamó la atención sobre la necesidad de “negarse a sí mismo” para “salvar la vida”, si bien ambas afirmaciones serían lamentablemente malentendidas en el cristianismo posterior.

    El interrogante, una vez planteado, se hace insidioso y obliga a un cuestionamiento radical. No se trata, obviamente, de negar la necesidad de la construcción de un “yo”, en esta fase “personal” de la existencia humana. Lo que se cuestiona de raíz es que nuestra identidad se equipare a ese “yo”, y en consecuencia, el modo como, social, cultural y religiosamente, se potencia la construcción del mismo.

    Por decirlo brevemente, las cuestiones serían las siguientes: ¿es equiparable (reducible) la identidad humana a lo personal, individual o egoico?; ¿es coherente colocar el “yo” en el centro y en el horizonte último de toda preocupación e interés?; ¿qué base tiene un mundo egocentrado y una visión egocentrada de la realidad?; ¿no ha llegado el momento de abrirnos a una visión transpersonal, transindividual, transmental y transegoica de la existencia? ¿Cuáles serían sus implicaciones y sus consecuencias?

    La conciencia es más que la mente: los estados de conciencia. Los estudios de la fenomenología cultural vienen a aportar datos de interés. En el Anexo final me referiré al hecho de que, con anterioridad al estadio personal, la historia de la humanidad ha conocido otros estadios pre-personales, en los que la percepción del propio yo era radicalmente diferente. Antes de llegar al mental, se han dado los estadios arcaico, mágico y mítico.

    Por otro lado, si observamos el desarrollo psicológico del niño, llegamos a una conclusión similar, como si a nivel individual se reprodujera, en cierto sentido, la evolución global de la humanidad. El niño conoce también la fase pre-personal, así como el estado fusional (de ausencia de yo diferenciado), el pensamiento mágico y mítico, hasta llegar a la personalización y autoafirmación del yo, en un progresivo desarrollo mental.

    Con ello, no se niega el avance que ha supuesto la “personalización” y el salto cualitativo que ha significado en el proceso evolutivo de la humanidad. Lo único que se pretende es aprender de la realidad, para extraer las consecuencias que nos permitan favorecer la vida en todos sus niveles, en lugar de quedar atrapados en una visión parcial de lo real, en la que, llevados de una arrogancia intelectual, se absolutizara lo relativo.

    Para no absolutizar estados que son siempre relativos, contamos también con lo que nos aporta el estudio de los estados de conciencia. Venimos de una tradición cultural que parecía reducir todo al pensamiento y, llevando las cosas todavía más al extremo, al pensamiento científico, hasta el punto de atreverse a negar todo lo que no fuera experimentalmente comprobable. El empobrecimiento que tal reduccionismo arrogante ha supuesto lo constatamos y lo sufrimos a diario.

    Pues bien, el pensamiento no es sino uno entre otros posibles estados de conciencia, por los que accedemos a la realidad. Junto a él, se hallan el sueño, la observación, la concentración y la meditación. Es triste comprobar que la mayoría de las personas se conforman con reducirse únicamente a los dos primeros, el sueño y el pensamiento, sobre todo si tenemos en cuenta de que son los más pobres e inestables.

    Esos cinco estados de conciencia se establecen a partir de la relación que se constituya entre sujeto y objeto. Entendiendo por “objeto” todo aquello que se percibe a través de los sentidos; y por “sujeto” a lo que no puede percibirse por ellos. Según sea la relación resultante, hablaremos de uno u otro estado.

    El hecho simple de trascender el pensamiento nos pone frente a un dato incuestionable: la conciencia no se reduce a la mente, del mismo modo que no se reduce al sueño. El único modo de “saber” no es gracias a la mente -o al pensamiento, o al “yo”-: hay un saber sin “yo”.

    Con todo ello, son cada vez más los estudiosos que afirman que nos encontramos en el umbral de un nuevo estado de conciencia, al que califican como transpersonal, transmental, transindividual, transegoico o, en otra perspectiva que pretende ser más ajustada, integral -en el sentido de integrador, sin descalificar lo propio de cada uno de los otros y siendo respetuoso con el proceso evolutivo y con la situación en que cada persona o colectivo se encuentran-.

    Pero la cuestión planteada para nosotros es simple: ¿cómo favorecer la apertura a este nuevo estado de conciencia?, ¿cómo aprender a trascender el “yo”? La respuesta adecuada a estos interrogantes habrá de llevarnos a un nivel más profundo de nuestra verdad (como seres no-separados, no-diferentes) y a una relación sana con los otros y con la naturaleza, así como a nuevos modos de interactuar. Sólo una nueva conciencia puede detener la marcha hacia la autodestrucción.

    Para ejemplificar esto, podemos utilizar metáforas, como ésta que cuenta Toni Bennássar:

    Una gaviota volaba inmersa en una hermosa bruma de otoño, cuando a lo lejos vio encenderse el arco iris. Asombrada por lo que creyó la entrada del cielo, se lanzó en su persecución. Pero cuanto mayores eran sus esfuerzos para alcanzarlo, tanto más escurridizo se tornaba el insólito fenómeno, hasta que por fin cayó al suelo exhausta. En aquellas circunstancias límites, oyó una misteriosa voz que le dijo:

    - De la misma manera que el arco iris es una condición del que observa y no una realidad, también lo es vuestro mundo con los colores y las formas. Todo depende de las condiciones del observador, y de ellas surge lo que llamáis realidad.

    Entonces supo la gaviota que había alcanzado, por fin, el arco iris”.

    El aprendizaje de la des-identificación, camino a la No-dualidad. ¿Cómo iniciarnos en este aprendizaje? El camino pasa necesariamente por ir “más allá” del pensamiento, es decir, vivir y desarrollar el estado de observación, a través de la práctica. Es precisamente esta práctica la que nos permitirá acceder a un nuevo estado de conciencia, trascendiendo el “yo”. Un estado en el que el todo prima sobre las partes, la realidad aparece como no-fragmentada, no-diferenciada, no-separada: es la conciencia no-dual.

    Para llegar ahí, necesitamos ejercitarnos en la des-identificación del “yo” con el que previamente nos habíamos identificado de un modo casi absoluto. Una y otra vez habré de experimentar que mi identidad no es mi “yo”; más aún, que ese “yo” en realidad no existe sino como fruto únicamente de mi pensamiento. La realidad ES, la conciencia ES, sin un “yo” individual separado. La identificación habitual de la conciencia con el contenido mental nos empobrece radicalmente y nos mantiene en la ignorancia. Si nuestra experiencia habitual nos remite a la conciencia asociada a un yo -eso es la mente-, deberemos abrirnos a la experimentar la Conciencia no-asociada a un yo. Y ello requerirá superar el vértigo del “salto”: el salto que va desde nuestro yo habitual, delimitado por nuestro cuerpo y nuestra mente, a una nueva identidad que trasciende ese yo, en la que “soy”, sin ser “yo”.

    La sensación de vértigo es inevitable. Nos encontramos en una situación en la que estamos identificados con nuestro “yo”, un “yo” que -así lo creemos- se localiza en algún lugar entre nuestra frente y nuestra nuca, entre un oído y el otro, dentro siempre de las fronteras de nuestro cuerpo. ¿Cómo no sentir vértigo ante un salto que implica desprendernos de él -nuestro “yo” conocido, habitual, familiar-, para abrirnos a una “nueva identidad” que todavía no “conocemos” qué es?

    Pongámonos, por un momento, en la piel de aquellos antepasados nuestros que “dieron el salto” de la etapa pre-personal, de fusión con todo, a la etapa personal, a la conciencia del “yo”. ¿Qué vértigo no experimentarían? Porque, al aparecer el yo personal, aparecía también la conciencia de un “yo separado” y, con él, los sentimientos de soledad, angustia, miedo a la muerte, culpabilidad… No es extraño que ellos lo percibieran como una “pérdida” o incluso como una “caída”, y que así lo recojan los relatos de los orígenes: la pérdida de la inocencia, la caída del paraíso. Sin embargo, aquello considerado como una caída, fue en realidad un impresionante salto hacia arriba y hacia delante: el ser humano, dejando atrás la fusión inicial, había accedido a la etapa personal. Se había perdido la “inocencia” pre-personal, y se había vivido de un modo tan impactante que se llegó a experimentar incluso como el “pecado original”: el ser humano había osado afirmarse en cuanto “yo”, se había “atrevido” a comer del “árbol de la ciencia del bien y del mal”: había querido “ser como Dios”. Era “lógico” que fuera castigado con la separación y el sufrimiento. El vértigo ante lo ocurrido deformó su percepción primera; el vértigo, y el miedo a verse y vivirse como seres “separados”.

    Hoy vuelve a aparecer un vértigo similar en cuanto nos disponemos a trascender nuestra identidad como “yo”. Sin forzar nada, necesitaremos ejercitarnos pacientemente en la práctica meditativa, que nos irá aportando confianza, a la vez que nos abrirá a esa nueva etapa.

    Una tal experiencia no es algo de lo que pueda hablarse porque va más allá del pensamiento, y por tanto del lenguaje. Pero justamente cuando aprendemos el no-pensamiento, cuando somos capaces de permanecer en la observación y la pura atención, entonces acontece. Y a ello nos conduce el camino de la práctica meditativa.

    ¿Qué puede ayudarnos en este camino? Por un lado, podemos ejercitarnos en preguntarnos: “¿Quién soy yo? Yo no soy mi cuerpo, yo no soy mis emociones, yo no soy mis deseos, yo no soy mis pensamientos...Yo no soy un yo que vive entre mi frente y mi nuca, dentro de las fronteras de mi cuerpo”. Y, progresivamente, abrirnos a una dimensión transpersonal en nosotros. Yo soy mucho más que mi “yo”. De otro modo: puedo ir abriéndome a una Conciencia que va “más allá” de mi individualidad separada.

    Podemos también ejercitarnos en la práctica de la observación externa, observando, no pensando, y poniendo nuestra atención en el objeto, hasta hacernos “uno” con él; o entregándonos a lo que estamos haciendo, sin sentido de apropiación y hasta llegar a observar que se hace incluso sin que haya un “yo” separado que lo hace. No es una experiencia tan extraña ni desconocida, aunque nos lo pueda parecer. Los niños la viven de un modo habitual: con frecuencia “se pierden” en lo que observan. Pero también los adultos la vivimos cuando quedamos “atrapados” en una película, en una lectura, en la contemplación de un paisaje, en el encuentro amoroso…

    En su Diario, cuyo atinado título original es One Taste, Ken Wilber lo expresa de este modo:

    Comencemos cobrando simplemente conciencia del mundo que nos rodea. Contemplad el cielo, relajad vuestra mente y permitid que se funda con el cielo. Observad las nubes que flotan en el cielo y daos cuenta de que eso no os exige el menor esfuerzo. Advertid simplemente que existe una conciencia sin esfuerzo de las nubes. Y lo mismo podemos decir con respecto a los árboles, los pajarillos, las piedras… Podéis observarlos sencillamente sin realizar esfuerzo alguno… Dad un paso atrás hacia la fuente de vuestra conciencia, dad un paso hacia el Testigo y descansad en él. Y aquí es donde se suele cometer un gran error porque se cree que, cuando descansan en el Testigo, se va a ver o sentir algo muy especial. Pero no se ve nada; más aún, si se viera algo no sería sino otro objeto más…, que tampoco sois vosotros. No, cuando uno descansa en el Testigo, lo único que percibe es una sensación de libertad, una sensación de Liberación de la identificación con los pequeños objetos finitos. Tú eres esa Libertad, esa Apertura, esa Vacuidad, y no cualquier cosa que emerja en ella… Descansando en ese Testigo vacío y libre, advertid ahora que las nubes están apareciendo en el inmenso espacio de vuestra conciencia. Las nubes emergen dentro de vosotros, podéis degustar las nubes, vosotros sois uno con las nubes, que se hallan tan próximas que es como si estuvieran de este lado de vuestra piel… El observador y lo observado se hacen Un Solo Sabor”.

    Podemos, finalmente, ejercitarnos en la práctica de la observación interna, poniendo la atención en el propio sujeto. Para ello, empiezo por desconectar los sentidos y me centro en la observación del sujeto. Poco a poco, emerge una “masa informe” de atención. Me entrego a ella y dejo que sea el mismo proceso el que lleve la iniciativa. Es decir, consiento a des-identificarme de mi “yo personal” habitual, mi “yo pensante”, abriéndome a la “nueva identidad” que pueda surgir; una identidad que es Conciencia no-asociada a un yo.

    Ahora bien, para poder trascender el yo se requiere que previamente exista un yo integrado. No pueden saltarse las etapas. No se puede acceder a lo transpersonal desde lo pre-personal. Sólo podremos ir “más allá” de nuestra casa si primero la habitamos. De ahí se deduce que necesitaremos trabajar paralelamente lo referido al “yo”, para crecer precisamente en la conciencia de habitar más y más nuestra casa…, bien conscientes, sin embargo, de que el objetivo no termina ahí, sino que se trata sólo de un paso que nos ha de llevar más allá de ella, a la experiencia de la Casa común…, “para serlo simplemente Todo y fundirse en la Totalidad de esa conciencia incesante que mantiene el Cosmos entero en la palma de su mano” (K. Wilber).

    No somos lo que pensamos que somos. En la desidentificación tenemos una clave fundamental para avanzar en el despliegue de la conciencia. Por eso me parece importante enseñar a experimentarla como fuente de liberación y de autotrascendencia.

    Al vivir habitualmente identificados con nuestro pequeño yo, no podemos sino reaccionar desde él. Ese yo, como cualquier entidad viva, busca sobrevivir por todos los medios. Y sobrevive gracias al pensamiento. Eso significa que se alimenta repitiendo las mismas pautas que lo caracterizan, prolongando de ese modo -aunque a veces sea doloroso- su propia existencia o, mejor, sensación de existencia. Por ejemplo -y personificando los propios sentimientos-, si hay en mí un “yo airado”, para seguir sobreviviendo generará pensamientos y sentimientos de ira, ya que dejar de hacerlo significaría su extinción. Y lo mismo vale para cualquier otro yo: un yo resentido, asustado, angustiado… se mantendrá produciendo pensamientos y sentimientos de su propio color.

    ¿Qué se consigue con ello? Reforzar y solidificar la identificación con el yo que es fuente de sufrimiento y de distorsión. Por esa retroalimentación, se fortalece y hace muy difícil la salida; los pensamientos que el propio yo genera lo autovalidan. ¿Qué solución queda para esta pescadilla que se muerde la cola?

    Sólo una: trascender el pensamiento, es decir, des-identificarse con firmeza de aquel yo que es creado y sostenido por el pensamiento. Y esto se consigue por medio de la observación, la única capaz de introducirnos en el no-pensamiento. Con ella, se abre camino la conciencia de una “identidad distinta” a la habitual, identidad caracterizada, de entrada, por la des-identificación con respecto al yo y, sobre todo, por la presencia. Tras la des-identificación, se descubre con gozo que la “nueva identidad” es libre, vital, alegre, amorosa, agradecida, compasiva, espiritual… Dios mismo fluye en ella. Es gozo y plenitud.

    Por eso, decía antes que la des-identificación es fuente de liberación y de autotrascendencia. Hace falta experimentarlo. En el próximo capítulo, me detendré en la exposición de lo que es la práctica meditativa, como camino para avanzar en aquélla.

    Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo. Puedo ver y sentir mi cuerpo, y lo que se puede ver y sentir no es el auténtico Ser que ve. Mi cuerpo puede estar cansado o excitado, enfermo o sano, sentirse ligero o pesado, pero eso no tiene nada que ver con mi yo interior. Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo.

    Tengo deseos, pero no soy mis deseos. Puedo conocer mis deseos, y lo que se puede conocer no es el auténtico Conocedor. Los deseos van y vienen, flotan en mi conciencia, pero no afectan a mi yo interior. Tengo deseos, pero no soy deseos.

    Tengo emociones, pero no soy mis emociones. Puedo percibir y sentir mis emociones, y lo que se puede percibir y sentir no es el auténtico Perceptor. Las emociones pasan a través de mí, pero no afectan a mi yo interior. Tengo emociones, pero no soy emociones.

    Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos. Puedo conocer e intuir mis pensamientos, y lo que puede ser conocido no es el auténtico Conocedor. Los pensamientos vienen a mí y luego me abandonan, pero no afectan a mi yo interior. Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos”.

    Soy lo que queda, un puro centro de percepción consciente, un testigo inmóvil de todos estos pensamientos, emociones, sentimientos y deseos.

    Cuando uno se da cuenta, por ejemplo, de que no es su angustia, ésta dejará de ser una amenaza. Progresivamente, a través de la práctica meditativa, nos vamos des-identificando de todo aquello con lo que nos creíamos identificados. Por el contrario, sin ese camino de des-identificación, todo intento de escapar de nuestras aflicciones no hace más que perpetuarlas: nos identificamos con lo que nos aflige.

    Gracias a la des-identificación, se diluye el pequeño yo y emerge nuestra verdadera identidad. Empezamos a tratar todos los objetos del entorno como si fuesen nuestro propio ser: el mundo es nuestro cuerpo. Amamos a los demás porque ellos son nosotros. Se abre paso la intuición de que no hay más que un Ser que asume esas formas externas diferentes. Intuición que lleva aparejada la de la inmortalidad. “Si mueres antes de morir, entonces, cuando mueras, no morirás”. Morirá lo compuesto, no ese “algo” que notamos en nosotros que permanece siempre.

    • ¿Qué evoca en mí este texto? Me digo todo lo que me despierta.

    • ¿Me parece accesible para mí lo que propone? Sí/No, ¿por qué?

    • Más en general, ¿cómo suelo “relacionarme” habitualmente con lo que me hace sufrir?

    • ¿Percibo si he de hacer algún cambio en ello?

    • ¿Hago meditación de un modo habitual? ¿Con qué frecuencia?

    • Si sí, ¿me deja satisfecho? Si tengo alguna insatisfacción, ¿cuál es?

    • Si no, ¿a qué se debe?

    • ¿Cuál es el tipo de meditación que se me ajusta?

    • ¿Cuáles son mis motivaciones para perseverar en ella?

    Para aprender a gestionar constructivamente lo que nos hace sufrir

  • El primer paso es reconocer y nombrar lo que me duele, sabiendo que la otra persona no ha sido sino un “despertador”, pero que la herida está en mí. Para nombrar con precisión lo que me duele, puedo preguntarme por el lado de mis necesidades. Por ejemplo: si me duele el trato que alguien ha tenido conmigo, o un gesto, etc., puedo preguntarme: ¿cómo me gustaría, o me hubiera gustado, que me tratara?, es decir, ¿qué estoy necesitando?

  • Tras nombrarlo, necesito aceptar del modo más humilde posible lo que me está ocurriendo.

  • Aceptar el dolor o malestar, pero sin reducirme a él: Siempre soy más que el problema o dolor en cuestión.

  • Precisamente porque soy más, puedo acogerme a mí mismo, como acogería a un amigo que viniera a mí con ese problema. Acoger no significa autocompadecerse ni “hacerse la víctima”; mucho menos, cavilar mentalmente en torno a lo que me duele o lo que ha ocurrido (la cavilación es siempre mala). Acogerse es aceptarse con cariño hacia sí y con confianza: “saldré adelante”.

  • En la práctica meditativa, puedo dejar “reposar” el dolor en el Silencio profundo..., hasta que el Silencio mismo lo vaya “disolviendo”. No estoy pensando en el dolor, sino viviendo la pura atención, el no-pensamiento.

  • Desde la experiencia creyente, puedo “presentarme” con el dolor ante Dios, sencillamente para dejarme sentir acogido-amado por Él con mi realidad.

  • Y, sobre todo, puedo entrenarme en vivirlo como OPORTUNIDAD DE CRECIMIENTO, desde la certeza de que todo lo que me ocurre tiene algo que enseñarme, algo en lo que puedo crecer si lo aprovecho de un modo constructivo. Para vivir así lo que me hace sufrir, necesito distinguir en mí:

    • Mi ego, más superficial, pero con el que seguramente he vivido más identificado a lo largo de toda mi vida, creyendo que ese ego era mi verdadera identidad. Es el ego el que me hace ser egocéntrico y vivir pendiente de mis necesidades y heridas. Deberé trabajarlo psicológicamente para que no me tiranice. Pero sabiendo que vivir para él equivale, como decía Jesús, a “perder la vida”: estoy perdiendo la vida, porque ese ego no soy “yo”.

    • El Yo profundo, mi verdadera identidad, donde estoy habitado por Dios, unido a Él y unido a todos y a todo. En ese lugar, SOY uno con todo. Por eso, desde ahí, puedo relativizar absolutamente los “dramas” que hace mi ego, porque me situaré de modo radicalmente diferente.

    Quien tiene que crecer, por tanto, no es mi ego carenciado y exigente, sino el Yo profundo, mi verdadera identidad. En ella reside también mi capacidad de amar y, por tanto, también desde ella podré acogerme a mí mismo con mi herida y mi dolor, pero no para dar vueltas en torno a ellos, sino para poder vivirlos constructivamente.

    Bibliografía

    • BRADSHAW, J., Volver a casa. Recuperación y reivindicación del niño interior, Los Libros del Comienzo, Madrid 1994.

    • MARTÍNEZ LOZANO, E., Nuestra cara oculta. Integración de la sombra y unificación personal, Nancea, Madrid 2005.

    • MONBOURQUETTE, J., De la autoestima a la estima del Yo profundo. De la psicología a la espiritualidad, Sal Terrae, Santander 2004.

    • PRH-INTERNACIONAL, La persona y su crecimiento, PRH, Madrid 1997.

    • TROBE, Th.O., De la codependencia a la libertad. Cara a cara con el miedo, Gulaab, Madrid 2004.

    • WILBER, K., Más allá del Edén. Una visión transpersonal del desarrollo humano, Kairós, Barcelona 22001 (orig. 1981).

    5. EL CAMINO DE LA MEDITACIÓN

    El silencio no surge cuando se acalla la mente; surge cuando la mente está callada porque ha comprendido” (Consuelo Martín).

    Hasta que no se trasciende la dualidad y se realiza el estado de Un Solo Sabor, es imposible alcanzar la iluminación. El ignorante sólo ve la dualidad externamente transitoria” (Padmasambhava).

    Todo está en todo” (Nicolás de Cusa).

    Hemos llegado al final, al camino que puede hacer operativa y eficaz la vivencia de aquellas actitudes que considero básicas para que nuestra vida florezca en una plenitud siempre creciente. Se trata del camino de la meditación. Decía Pascal que todas las desgracias humanas proceden de una sola cosa: que no sabemos quedarnos tranquilos en un cuarto, y procuramos estar siempre agitados. Si ése es el origen de las desgracias, el remedio se llama meditación, siempre que entendamos adecuadamente lo que quiere significar. Porque, en realidad, la meta a la que la meditación conduce es ambiciosa: vivir la Unidad que somos.

    Si bien la etimología del término latino med-itari nos habla de ser conducidos (itari) al medio o al centro, es el significado de esa palabra en sánscrito el que nos va a poner más adecuadamente en la verdadera pista. En efecto, meditar significa “aquietar el movimiento mental”, detener el flujo de la mente. Y de eso es de lo que se trata.

    La mente, la capacidad de pensamiento, constituye una riqueza de primer orden, siempre que se sitúe al servicio de la persona. Pero si, por el contrario, la mente se hace autárquica, como suele ocurrir con exagerada frecuencia, ahí empiezan nuestros problemas. Porque si estoy en el pensamiento, sobre todo si es un pensamiento no observado; si no soy yo el que va guiando conscientemente el pensamiento, sino que es el pensamiento el que me “posee” a mí, en una serie de circunvoluciones interminables y agotadoras, es imposible que esté en el presente -no olvidemos que el pensamiento es siempre pasado- y, en consecuencia, no estaré en mí, no podré vivirme en profundidad y no estaré disponible para los demás. Así, nuestra herramienta más preciosa -el pensamiento- termina convirtiéndose en nuestro peor enemigo.

    Con otras palabras: desde el pensamiento no observado, resulta absolutamente imposible vivir las cuatro actitudes básicas, a las que me he referido antes, y que configuran lo que es una existencia armoniosa y eficaz. Y, sin embargo, nos hallamos con tanta frecuencia en ese tipo de pensamiento, que supone una tarea ímproba reeducarnos para poder “tomar distancia” del mismo y capacitarnos, de ese modo, para poder ser dueños de nuestra propia vida.

    Una mente no observada, un pensamiento que “anda por libre”, es la fuente de todo sufrimiento emocional. Mientras que, por el contrario, una mente observada es el mayor logro para todo proceso de crecimiento personal y espiritual. Observación, como ya hemos visto en parte y veremos luego más detenidamente, es justamente lo opuesto a pensamiento, entendiendo en este campo por “pensamiento” no sólo lo que habitualmente comprende ese término, sino todo “objeto” interno: miedos, necesidades, malestares…, cualquier tipo de sentimiento. Y ése es, por tanto, el desafío para quien quiera embarcarse en una tarea de crecimiento: ejercitar la observación o, más exactamente, llegar a vivir del modo más habitual posible desde una mente observada; o, lo que es lo mismo, desde una atención consciente, que consiste en estar atentos de una forma voluntaria al aquí y al ahora.

    En este sentido, afirmo que la meditación es el camino. Por la meditación como aquietamiento del movimiento mental, aprendizaje del no-pensamiento, hábito de una mente observada, accedemos a otro nivel de conciencia, o mejor, a la experiencia de que nuestra conciencia habitual queda expandida, ampliada. De ahí que, en este sentido, la meditación no sea única ni prioritariamente un método, sino una forma de vivir, una forma de ser.

    Que la meditación sea una forma de vivir o una forma de ser, implica dos cosas. La primera, que la práctica meditativa no se reduce a un tiempo “destinado” al silencio y a la observación, sino que está llamada a vivirse en toda circunstancia: en concreto, es ir pasando, en la vida cotidiana, de la primacía del pensamiento al hábito de la observación (y, por tanto, de la presencia). La segunda, que el criterio decisivo para validar la práctica meditativa será nuestra vida, hasta el punto de que si ésta no se transforma, habría que dudar del modo como hacemos aquélla; podría ser un refugio. La práctica meditativa, bien vivida, habrá de generar consecuencias perceptibles: mayor unificación y armonía personal, vivencia creciente de amor y de unidad con todo, capacidad y facilidad para resituarnos cuando nos vemos embarcados en cualquier funcionamiento mental o sensible, capacidad para vivir des-identificados de nuestro pequeño “yo” prepotente, acceso a un estado expandido de conciencia…

    Los estudiosos de los dominios superiores de la conciencia señalan, como características de los mismos, la atemporalidad transtemporal, el amor, la no evitación o desapego, la aceptación total, la unidad sujeto-objeto. Características que, coherentemente, coinciden con las exigencias que implica la meditación.

    Mientras estemos en el reino del pensamiento, el rey será nuestro yo, un yo mejor o peor “integrado”, más o menos “realizado”, pero sólo el yo como sensación de identidad separada. En tal estado, no es extraño que, espontáneamente, ese rey use cualquier recurso para fortalecerse, seguir autoafirmándose e imponerse a los demás. En tal estado, por fin, será imposible vivir el no-juicio, ya que pensar implica juzgar; la actitud acogedora del no-juicio únicamente puede vivirse cuando se trasciende el pensamiento. Es, por tanto, el aprendizaje y la práctica del no-pensamiento los que nos van a capacitar para vivirnos como observadores desapropiados, des-identificados del propio yo y, en consecuencia, de los intereses que nos hacen vivir de un modo egocentrado.

    Pues bien, para facilitar la vivencia práctica de este camino, trataré de señalar, en este último capítulo, algunas puertas de acceso al mismo, de modo que, si bien todas ellas al final resultan convergentes, cada cual pueda practicar aquélla que más se adapte a su peculiaridad psicológica o espiritual, así como a la etapa en la que se encuentra en su propio camino personal.

    A mi modo de ver, ésta habría de ser la tarea prioritaria de las religiones: no aumentar el número de fieles, ni proponer la aceptación de unas “verdades” o creencias absolutas, ni ser custodias de una ética…, sino ayudar a despertar, a experimentar la Realidad No-dual que Somos/Es. Ése es el camino de la paz, del gozo y de la vida. Ése es también el camino para descubrir y vivir la Unidad que somos. Todo lo demás vendrá solo. Lo que ocurre es que únicamente puede ayudar a despertar quien ha despertado. Los habitantes de la “caverna”, de Platón, tachaban de loco al que les hablaba de la realidad distinta y luminosa que había visto. Lo que ocurre es que quien está dormido teme que le hablen de despertar. De ahí, que una señal inequívoca de estar dormido es precisamente la resistencia a esa propuesta.

    Una última observación preliminar. El modo más seguro de no alcanzar nunca el estado de meditación es querer llegar a él. Es decir, la expectativa de ese “querer llegar” no es sino ansiedad del mismo yo. Pero es precisamente el yo el que nunca podrá llegar a la meditación, ya que ésta significa justamente su “muerte”, su disolución. De ahí que no haya lugar para ninguna expectativa ni tensión.

    Tal como escribiera Chögyam Trungpa, la meditación no es un intento por alcanzar el éxtasis, la felicidad espiritual o la tranquilidad; tampoco es una lucha por mejorarse. Se trata simplemente de crear un espacio en el que podamos dejar al descubierto y desarmar nuestros juegos neuróticos y autoengaños, nuestras esperanzas y temores ocultos… Uno quisiera presenciar su propia realización. Pero eso no sucede nunca. Desde el punto de vista del ego, lograr la realización supone la muerte absoluta: la muerte del ego, la muerte del yo y lo mío, la muerte del observador. Es la máxima decepción, el chasco total. Es una decepción darnos cuenta de que debemos abandonar nuestras expectativas, pero debemos permitir que se produzca esa decepción, porque decepcionarse significa renunciar al ego, al logro personal. Andar por el camino espiritual resulta doloroso: siempre hay que ir desenmascarándose. Y, por ello mismo, tratamos de evitarlo con tanto autoengaño.

    Pero también por esa misma razón, y aunque suene paradójico, el camino que conduce al estado de meditación pasa por un permanecer sin esfuerzo. El esfuerzo no sólo indicaría la ansiedad característica del yo, sino que revelaría también la ignorancia con respecto a lo que es. No hay nada que conseguir, nada que alcanzar. Todo, sencillamente, ES. No hay sino que caer en la cuenta. Así de simple. Nos abrimos de ese modo a todo un horizonte de liberación, de paz, de vida. Todo ES, pero ¿quién lo ve? La observación, el silencio, el no-pensamiento, ése es el camino para ir saliendo de nuestra ignorancia y despertar a lo que es.

    Por lo demás, algo parecido se ha dicho siempre a propósito de la oración. La búsqueda de Dios no sólo es el mejor modo de no encontrarlo (por aquello que decía más arriba, de que una tal búsqueda presupone que Dios estaría en “otro” lugar o en “otro” momento), sino porque cualquier ansiedad en la misma denotaría la necesidad, generalmente inadvertida, de “apropiarse” de Dios, aunque fuera con formulaciones muy “espirituales”. Con frecuencia, lo que el creyente busca es su propia seguridad, la seguridad del yo, a la que pone el nombre de “Dios”. Y, sin embargo, el encuentro únicamente se dará en la desapropiación, es decir, en la actitud de quien no espera nada para sí. De ahí que el encuentro nunca lo vivirá el “yo religioso”; justo al contrario, únicamente será posible cuando no haya un “yo”. De nuevo, otra paradoja: el encuentro con Dios sólo podrá darse cuando haya muerto el “yo religioso”.

    Desde este ángulo, puede comprenderse mejor el modo tan sutil como el yo busca apropiarse incluso de Dios, para fortalecerse él mismo, en sus necesidades de seguridad y de autoafirmación (lo que en la práctica se traduce como prepotencia). Ello explica también la peligrosidad latente en todo “yo religioso”, peligrosidad que sólo se puede conjurar desde una actitud de desapropiación o, lo que es lo mismo, de gratuidad. Puede observarse que toda esta cuestión ocupa un lugar central en el evangelio: por un lado, Jesús vive y proclama constantemente la gratuidad; paralelamente, denuncia las apetencias y los comportamientos inhumanos del “yo religioso”, paradigmáticamente representado en los fariseos; finalmente, sufre en su propia carne la peligrosidad del mismo, que no duda en matar con tal de mantener su propia supervivencia y autolegitimación.

    Por eso, también en este punto se hace necesario insistir: todo es gracia. Lo cual significa: todo se nos ha dado ya, todo es. Ya estamos en Dios, ya estamos salvados, no hay nada que “conseguir” a fuerza de puños. Basta despertar, caer en la cuenta y vivir lo que ya somos. Todo lo demás viene solo, como consecuencia más que como condición.

    Pero volvamos ahora a nuestro tema: cómo practicar el camino que conduce a la meditación.

    Pensamiento y atención

    No hay mayor obstáculo para la meditación, para la percepción y la vivencia de la Unidad Que Somos/Es, que la mente no observada, por la que nos identificamos absolutamente con nuestro yo, como realidad separada y definitiva. Un yo que busca pervivir aferrándose al deseo y, en último término, al pensamiento.

    A través del deseo, el yo cree tener una sensación de consistencia y de solidez en sí mismo. Cuanta más fuerza adquieren nuestros deseos, más se afirma nuestra sensación de identidad separada. Y cuanto más se afirma esa sensación, más poder consigue nuestro yo y más urgencia sus deseos. En eso consiste justamente la trampa: el deseo, al fortalecer la sensación de identidad del “yo”, impide trascender al estadio siguiente, a la “nueva identidad” transpersonal y transegoica. Y por eso el Buda lo denunciaba como origen del sufrimiento y como obstáculo para la trascendencia. De ahí que no se debe entender la afirmación del Buda -como habitualmente se ha hecho en occidente- en el sentido de que negara todo deseo (y, con ello, una estructura básica del ser humano), sino en aquél otro de negar el deseo que es expresión de un yo que no existe.

    Pero, más globalmente aún, el yo se autoafirma a través del pensamiento. Hasta el punto de que pueden considerarse como equivalentes. El yo únicamente puede mantenerse a través del pensamiento (y de la memoria); pero, a su vez, el pensamiento no puede concebirme sino como un yo separado.

    Y esto es así porque el pensamiento únicamente puede operar gracias a la distinción (separación) sujeto/objeto, observador/observado. En el reino del pensamiento, la dualidad es absolutamente inevitable. Sin embargo, cualquier persona ha experimentado, aunque no lo haya hecho consciente, que, al trascender el pensamiento, se acaba la dualidad. Siempre que hemos estado realmente atentos o concentrados en algo -una lectura, una película, una relación…-, nuestro yo había “desaparecido”; quedaba únicamente atención. ¿A qué se había debido? Al hecho simple y “mágico” de la atención: al poner toda ella en el objeto, el pensamiento se detiene y emerge la no-dualidad. La conclusión es evidente: si el pensamiento únicamente puede operar a partir de la distinción sujeto/objeto, el modo de trascenderlo pasa precisamente por centrar la atención sólo en el sujeto o sólo en el objeto.

    Centrar la atención significa observar, que es justamente lo opuesto a pensar, hasta el punto de ser mutuamente excluyentes: cuando piensas, no puedes observas; cuando observas, no puedes pensar. En la observación se ha fracturado la dualidad. No hay sujeto y objeto; sólo hay atención que se atiende a sí misma.

    Con todo esto, podemos adentrarnos en los caminos de la práctica meditativa.

    Observar al pensador / observar al observador

    Todo empieza por ejercitarse y desarrollar la capacidad de observación, como el antídoto más eficaz para contrarrestar y reeducar cualquier tipo de funcionamiento cerebral, que nos ha mantenido alejados del presente, de nosotros mismos y de los demás. Observar, como he repetido con insistencia, es no-pensar. En la observación, el pensamiento se detiene, del mismo modo que se detiene cuando nuestra mirada queda espontáneamente extasiada ante algo que despierta nuestra admiración o que nos sorprende por su novedad. Porque en la observación, no sobreimponemos ninguna idea, ninguna forma, ningún recuerdo a lo que observamos: por eso, la observación es limpia y es presente. En esas ocasiones, somos bien conscientes de que no pensamos; el pensamiento ha quedado aparcado, detenido, ante otra capacidad distinta: la atención.

    Ejercitarse en desarrollar la propia capacidad de observación resulta sumamente beneficioso. Aprendemos a des-identificarnos de nuestra mente, nos hacemos progresivamente diestros en lograr una mente observada y ganamos en libertad. Hay que volver a recordar que la mente no observada termina tiranizándonos. Todo lo que ella nos presenta podemos tomarlo como real y, en consecuencia, nuestra reacción y nuestro comportamiento serán deudores de aquel engaño mental.

    Veámoslo con la imagen del cine. Una cosa es la película proyectada en la pantalla y otra el espectador que la observa desde su butaca. La butaca le da una distancia que se traduce en libertad. Pero si la abandona y se introduce en la película, el espectador se vería arrastrado por lo que en ella se desarrolla; dejaría de ser él para convertirse en un personaje, que toma como real lo que únicamente es una proyección. Eso es exactamente lo que nos ocurre cuando perdemos la distancia, cuando nos identificamos con nuestra mente: tomamos como real lo que únicamente es una idea mental ni siquiera contrastada.

    Espectador Película

    Butaca Pantalla

    ¿De qué se trata? De no abandonar la butaca. Si te ayuda, puedes “situarte” en la nuca y, desde ahí, dirigir la atención hacia la frente, para observar los pensamientos que por ella van discurriendo. Ha de ser una observación sin-esfuerzo, mantenida con paciencia, como si se tratara de un juego, sin tensión, sin expectativas, sin querer conseguir nada. Todo ello no serían sino pensamientos añadidos. Es decir, tanto la lucha para no pensar como el esfuerzo para cortarlos, no son sino otros tantos pensamientos que alimentan el funcionamiento compulsivo de la mente. Lo único que hay que hacer es no abandonar la butaca; nada más. Situado como un espectador ante la película, te importa igual que la película vaya de un tema que de otro; incluso que sea una sola película o que sean varias simultáneas. Mientras tú únicamente las observes, no hay problema. Lo que ocurre es que, sobre todo al principio, saltarás de la butaca a la pantalla, dejarás de ser espectador para convertirte en actor protagonista. Porque ¿a qué “yo” no le apasiona ser siempre protagonista? Pedirle que sea espectador supone para él frustración y miedo; frustración, porque implica renunciar a su prepotencia; miedo, porque teme que si no controla, aparezca el sufrimiento que tanto teme.

    Pero lo cierto es que si tu yo se empeña en ser protagonista, la película te atrapará: habrás perdido distancia y libertad. Aun así, no pasa nada irreparable. Basta con que seas consciente de lo que ha ocurrido y, sin enfado y con paciencia, vuelvas de nuevo a la butaca…, una y mil veces, si fuera necesario. Todo ese ejercicio de “vuelta” forma parte del aprendizaje de la observación. Y de eso se trata: de aprender para llegar a ser diestros en el arte de observar. Hasta el punto de que la observación se nos haga más atrayente y más habitual que el pensamiento descontrolado. Eso se consigue experimentado el gusto profundo que acompaña a la observación sin esfuerzo y gracias a la inercia que genera la misma práctica. Todo aquello que repetimos empieza a generar una cierta dinámica “en espiral”, que irá ampliando su “diámetro” en la medida en que lo convirtamos en algo habitual. Esto mismo explica que, frecuentemente, en cuanto nos descuidamos, caemos en un funcionamiento cerebral: significa que la inercia del pensamiento es en nosotros todavía muy grande. Y, metidos ya en ese funcionamiento cerebral, nos engancharemos fácilmente en la cavilación o en la dramatización. Entonces, a partir de ese momento, el mayor problema no será ya lo que ocurrió, sino el “drama” que hemos hecho sobre la base de lo que ocurrió. Poco a poco, en la medida en que nos vamos ejercitando en la observación, ésta irá produciendo su propia inercia, que facilitará nuestra permanencia en ese nuevo estado. Es una cuestión de práctica -la inercia es generada por la práctica-, hasta que nos vaya resultando cada vez más espontáneo situarnos como espectadores-observadores de lo ocurrido. Al hacer así, empezamos a vivir la des-identificación, tomamos distancia y deja de dominarnos lo sucedido: la distancia salvaguarda nuestra libertad.

    Pero volvamos a la butaca. En la medida en que permanecemos en la observación sin esfuerzo, empezaremos a notar que los pensamientos se ralentizan y se van diluyendo. Ocurre como en el juego entre el ratón y el gato. Cuando aparece el gato, desaparece el ratón. Pero si el gato se va, el ratón campa a sus anchas. El gato es la observación; el ratón, el pensamiento. Como decía más arriba, observación y pensamiento son mutuamente excluyentes: no pueden darse a la vez. Por eso, mientras la observación se mantiene, no surge ningún pensamiento. Sólo cuando aquélla decae, vuelven estos. Se puede hacer la prueba de un modo elemental. Pregúntate: “¿cuál será mi próximo pensamiento?”. Mientras te lo estés preguntando no habrá ningún “próximo” pensamiento, porque estás atento. En cuanto la calidad de atención disminuya, el pensamiento volverá.

    Porque, en último término, para que los pensamientos sobrevivan necesitan que los tomemos en serio. Nuestra misma preocupación es el alimento que los nutre. En cuanto aprendemos a retirarles nuestro interés, desaparecen por inanición.

    Con ello, podemos completar un poco más nuestro esquema anterior. Obsérvese que, para adiestrarnos en tener una mente observada, o lo que es lo mismo, para vivir en presente, es necesario vivir las actitudes que aparecen en la columna de la izquierda. Tales actitudes, equivalentes entre sí, son exactamente lo opuesto a las que se especifican en la derecha, hasta el punto de que unas y otras son mutuamente excluyentes. No puede vivirse, a la vez, la observación y el pensamiento, del mismo modo que no se puede estar, a la vez, en la butaca y en la pantalla. Cuando pensamos, no observamos; cuando observamos, no pensamos. Esto explica la aparente paradoja de la atención: hay película mientras no hay espectador; pero cuando aparece el espectador, la película desaparece.

    Observación Pensamiento

    Atención Cavilación

    Espectador Película

    Butaca Pantalla

    Gato Ratón

    En eso consiste exactamente la observación, en ser conscientes, en estar despiertos. Por eso, en cuanto uno se pregunta: ¿en qué estoy pensando?, ya ha empezado a romper la inercia y el automatismo de la mente; ha empezado a recuperar su libertad. Desde el pensamiento, es fácil caer en la cavilación y en la dramatización; desde la observación, cortamos la cavilación, des-dramatizamos y volvemos a la realidad. Es mucho lo que nos jugamos ejercitándonos en la observación, aprendiendo a observar.

    Pues bien, cuando, al ser observados, los pensamientos se ralentizan y se van diluyendo, dirigimos la observación sin esfuerzo al propio observador (o sujeto): observamos al observador. Toda la atención está puesta en el sujeto -el sujeto se observa a sí mismo-, hasta que el observador y lo observado es una sola cosa. Sin proponérselo, el sujeto no se percibirá entonces en la nuca, sino en el entrecejo. Al ganar en intensidad, aparecerá una “masa informe de atención”, una masa “sin forma” -si tuviera forma, sería otro pensamiento-. Y aparecerá por sí misma; si alguien quisiera buscarla o provocarla, eso sería de nuevo otro pensamiento.

    Cuando esa masa informe de atención aparece, de pronto es lo único que hay en todo el campo de conciencia. No hay un “yo” que se entera de ella; por eso mismo, el sujeto no se percibe “en ningún lugar” (ni en la nuca ni en el entrecejo), porque no hay un “yo” que perciba o a quien percibir. Todo es observación que se observa a sí misma, atención que se atiende a sí misma. En ese momento, sólo cabe una cosa: permanecer en esa atención a no-algo, “entregarse” y permitir que sea ella la que guíe todo el proceso. Estamos a punto de trascender el propio “yo”, como sensación de identidad separada, dando lugar a un nuevo estado de conciencia.

    Pero aquí es donde vamos a encontrar la mayor resistencia, porque se trata de “pasar” de nuestra identidad habitual y familiar, el “yo” (mente), a otra identidad que nos lleva “más allá” del yo. Se comprende que el propio yo se resista y busque cualquier estratagema para impedirlo, porque él sabe bien que tal paso supone su propia “muerte”. Y eso es demasiado para un “yo” que siempre ha buscado afianzarse, protagonizar y controlar la situación.

    Pero ése justamente es el camino, la “puerta estrecha” de que hablaba Jesús; el “para venir a donde no sabes, has de ir por donde no sabes”, de san Juan de la Cruz. Hay que afrontar el vértigo que supone ese paso y correr el riesgo, soltar ese “yo” que situábamos en algún lugar entre la frente y la nuca y dentro de las fronteras corporales, para que pueda abrirse camino esa nueva identidad que no conoce fronteras. Ante el vértigo, de entrada, nos echaremos atrás. No importa; si seguimos practicando, veremos crecer la confianza, y cada pequeño paso nos confirmará en la verdad de lo vivido.

    Pienso

    Observo Masa de atención

    sin forma

    PASO

    “Yo personal” “Nueva identidad”

    (mente) (transpersonal): Testigo

    Conciencia asociada Conciencia no-asociada

    a un yo a un yo

    Puesto que la sensación de vértigo puede ser grande, se requiere paciencia y perseverancia (como en cualquier aprendizaje, ¡la práctica lo es todo!); no extrañarse ni asustarse aunque parezca difícil o incluso imposible. Se trata de permanecer sencillamente en la observación sin esfuerzo.

    Los primeros “resultados” de la práctica nos sorprenderán: dejaremos de identificarnos con el “pensador” (yo), para empezar a identificarnos como “Testigo” presente en todo o, simplemente, como Presencia. A partir de ahí, notaremos que somos más capaces de permanecer en el presente, en la misma medida en que disminuye nuestra tendencia a huir al pasado o al futuro. No es extraño: el pensamiento siempre es pasado (o proyección al futuro); la observación no puede ser sino presente.

    Esta práctica de observación requiere una condición ineludible: hay que hacerla sin ninguna prisa. Se puede pensar, hablar, comer, caminar, trabajar… con prisa, pero no se puede observar con prisa; la observación exige pararse, detenerse.

    Pero es justamente gracias a esta práctica meditativa como podremos despertar, salir de la identificación con el pequeño yo, con su egocentrismo inevitable, con su miedo y su dolor, para reconocernos como Unidad, en la Conciencia absoluta e ilimitada, en el Absoluto no-dual. Y es así como ocurre que, olvidándonos de nosotros mismos, perdemos el sentido de la separación y nos damos cuenta de que somos la red.

    Con todo ello, podemos “ampliar” el esquema anterior. En cuanto el espectador se sitúa en la butaca, toma distancia de la pantalla y de la película. Exactamente eso es lo que ocurre cuando observamos nuestros pensamientos: nos des-identificamos de ellos, emerge el Testigo y nos abrimos a la experiencia de la No-dualidad en el presente. Sin embargo, no todo acaba ahí. Detrás del espectador, está la luz que hace posible la proyección de la película. Detrás del observador, se encuentra la Conciencia (Testigo transpersonal, No-dualidad) como Fuente de todo el proceso.

    LUZ ! ! ESPECTADOR PELÍCULA

    Detrás de la Butaca Pantalla

    Butaca

    CONCIENCIA ! ! OBSERVADOR PENSAMIENTOS

    (atemporal) (presente) (pasado)

    (eternidad) (impermanencia)

    TESTIGO ! !TESTIGO-OBSERVACIÓN “YO”-MENTE

    TRANSPERS.

    NO-DUALIDAD!! DUALIDAD EN PRESENTE DUALIDAD/PASADO

    (no-diferencia) (sujeto-objeto presente) (suj-obj. pensam.)

    Como decía más arriba, lo que corta el pensamiento es ser consciente de que pienso. Por eso, observar el pensamiento es ser consciente de que estoy pensando. Y eso es lo que lo detiene. Decía también que, cuando la observación se mantiene, no hay pensamiento y cuando no hay pensamiento, el “yo” desaparece. Ya no hay, por tanto, un yo que observa. ¿Quién observa? “Eso”, una Conciencia que no es “yo”, la Conciencia no-asociada a un yo. Por decirlo con una metáfora, la Conciencia es como el espacio: no hay nada donde no esté, y nada puede ser fuera de ella. Nuestro engaño y nuestro problema es que hemos llegado a convencernos de que la conciencia sólo existe asociada a nuestro yo. De ahí, la importancia de abrirse a la Conciencia-no-asociada-a-un-yo. ¿Cuál es la diferencia que existe entre el espacio exterior y el que existe dentro de una vasija? Ninguna, sino la frontera que supone la propia pared de la vasija. Algo similar ocurre con la conciencia. Lo cual no significa negar la vasija; pero sí reconocer su verdadera identidad.

    Se da, también, algo parecido en la Conciencia atemporal, la “Luz” que está “detrás” de la película y detrás del propio espectador, el Testigo transpersonal No-dual, “Eso” que no podemos pensar y no podemos nombrar y al que las religiones designan como “Dios”, “El que es”, “Lo que es”. Y no podemos pensarlo, porque en ese caso volveríamos al pensamiento, habríamos regresado al estado mental, y lo nombrado no sería sino una objetivación. No podemos pensarlo; podemos simplemente abrirnos, experimentarlo; reconocernos, identificarnos en Ello, ilimitado, omniabarcante, no-dual.

    Cuando eso ocurre, emerge la condición de no-dualidad. No desaparece nada, pero la percepción cambia. Ya no hay una “fracción” de la realidad que se hace consciente de ella, sino que es la misma Realidad percibiéndose a sí misma. A esa nueva identidad consciente, que no es el “yo”, se la llama de diversos nombres: Presente, Conciencia, Testigo… El mismo “yo” se percibe como una parte más de todo el conjunto, pero no es él quien percibe, sino el Testigo Transpersonal.

    ¿De dónde nace nuestra sorpresa inicial o incluso nuestra resistencia a ultranza? Del hecho simple de haber vivido identificados absolutamente con nuestro yo individual, como realidad “absoluta”. O, con otras palabras, porque nos hemos identificado con el pensamiento y, a partir de ahí, únicamente podemos percibirnos como realidades separadas. Ahora bien, no olvidemos que el pensamiento es sólo uno de varios estados de conciencia posibles.

    Por lo demás, si no estuviéramos tan aferrados a nuestra sensación de identidad separada, seríamos conscientes de que eso que llamamos “yo” varía. Y ésa es una experiencia que tenemos todos: cuando quedamos concentrados en algo…, o incluso cuando estamos bajo los efectos del alcohol. Por expresarlo de otro modo, hay diferentes maneras de percibir la realidad: ¿Cómo la ven los animales? ¿Cómo la percibiríamos nosotros mismos, si tuviéramos unos ojos capaces de ver lo que ve un microscopio o si fuéramos capaces de ver la realidad subatómica? ¿Cómo condicionaría eso todo nuestro modo de percibir? ¿Qué es la realidad, qué es la vida, qué es el ser humano, qué es Dios…? ¿Desde qué modalidad de percepción respondemos?, ¿desde el pensamiento o desde el presente? Porque, según cuál sea la modalidad, la respuesta a una misma cuestión será bien diferente. Como señalo en el Anexo final, es importante ser lúcidos para no aferrarnos al “yo-mental” como si se tratase de nuestra definitiva identidad. No; del mismo modo que trascendimos (e integramos) otras identidades previas, tanto a nivel de nuestra biografía individual como a nivel de nuestra evolución colectiva, el yo también quedará trascendido (e integrado) en una nueva identidad. Al observar al yo (y todo lo asociado a él: cuerpo, emociones, pensamientos), emerge el Testigo interior que progresivamente se revelará a sí mismo como no-dual. Habremos dado otro paso gigantesco en la percepción de nuestra identidad verdadera.

    En efecto, gracias a la observación, emerge una identidad “nueva”, que no es la de mi “yo habitual”. Y digo que es nueva porque es más amplia e inclusiva; no está referida a “mí”; es fundamentalmente observación, Testigo ecuánime; tiene sabor de Unidad absoluta, incluso aunque, en las primeras percepciones, no sea todavía experiencia de Unidad; me deja un poso sereno, profundo, gustoso y tremendamente vivo de lo que se nombra como “Dios”; en ella, por momentos, se experimenta sencillamente que Todo ES, que Dios ES… y basta.

    Al ir viviendo, gracias a la práctica, la experiencia de Lo Que Es, uno empieza a tomar conciencia de un movimiento alterno de entrada y salida en esa nueva identidad. Y percibe que la salida ocurre, inevitablemente, cada vez que intenta ponerle nombre. Es lógico: poner nombre es retroceder al pensamiento dualista y, simultáneamente, al yo que busca controlar el proceso, resistiéndose a desaparecer.

    Pero mientras Eso Es, algo radicalmente nuevo se abre. Y, después, se perciben dos cosas: 1) Eso -Lo Que Es- es absolutamente amoroso, ama a todo lo que es; 2) Las necesidades y gustos del yo decaen hasta desaparecer. Porque no hay ningún yo. (Y esto también nos permite comprender que las necesidades tiránicas del yo -sobre todo, afectivas- son el gran obstáculo para trascenderlo).

    Abrirse a la Conciencia transpersonal

    ¿Quién es el perceptor del yo? ¿Quién hay detrás de la butaca, detrás del espectador? ¿Quién hay “detrás de mi nuca” que me está percibiendo? ¿Quién es Aquél que percibe y que no puede ser percibido por nadie, pero al que se percibe en todo lo percibido? Para la persona religiosa, la respuesta saltaría inmediata: Dios. Y es una respuesta en la línea correcta, una respuesta bien intuida. Sólo que ese Dios no permite ser pensado; cuando la persona religiosa lo piensa o lo nombra, “desaparece” y, en su lugar, aparece un “ídolo”, una proyección. Eso es lo que significa que Dios puede ser vivido, pero no puede ser pensado.

    El “yo pensador” está localizado en la cabeza, pero ¿quién lo percibe? Trata de dirigir tu atención hacia detrás de tu cabeza, hacia el perceptor del “yo”. Lo que percibes ahí es un “Vacío”, un mar ilimitado de Conciencia, asociada a no-algo. Entrégate a ella, hasta que sólo sea “Ella” (“Ello”). Reconócete en esa identidad y permanece ahí, en el no-pensamiento: eres esa Conciencia absoluta e ilimitada. Eso, y no tu pequeño “yo”, es la verdadera Identidad. Con lo cual, ni se niega el yo, ni se cae en el panteísmo, pero todo se percibe de otra manera.

    A partir de aquí, podemos abrirnos a conectar con Ella en todo lo que nos rodea, en un proceso progresivo de “identificación” con la Conciencia (Dios): durante el tiempo de meditación y en la vida cotidiana. Y así, poco a poco, vas pasando de pensarte a ti mismo como una conciencia separada asociada a un “yo”, a “abrirte” y percibirte como Conciencia ilimitada, omniabarcante, como si todo estuviera “de este lado de tu piel” (K. Wilber).

    Podemos, pues, aprender a descansar en Lo Que Es, que, para el creyente, equivale a descansar en Dios y entregarse “afectivamente” a Él, aun sin palabras, sin imágenes y sin pensamientos…, conscientes de que si hay pensamientos, ya no es Él, sino mi pensamiento. Ello requiere trascender el yo, en un proceso de des-identificación del mismo, que se produce cuando lo observamos “desde fuera”, para abrirnos a una Identidad que es más que el yo habitual. Empezamos a liberarnos de las cadenas del yo, de sus intereses, miedos y necesidades egoicas, para empezar a percibirnos como el Testigo-que-observa. Caemos en la cuenta, entonces, de que la frontera de la conciencia individual era únicamente una frontera ilusoria.

    A veces ocurre que, cuando damos un paso atrás, abriéndonos a esa Conciencia ilimitada que es, solemos cometer un gran error al creer que vamos a ver o sentir algo muy especial. Pero no se ve nada; más aún, si se viera algo no sería sino otro objeto más. No, ahí lo único que se percibe es una sensación de libertad, una sensación de Liberación de la identificación con los pequeños objetos finitos. Tú eres esa Libertad, esa Apertura, esa Vacuidad, y no cualquier cosa que emerja en ella. Descansa en Lo Que Es y notarás que la sensación de Ello y la sensación del mundo son una y la misma (No-dualidad).

    “¿Quién soy yo?”. El sabio y místico hindú Ramana Maharshi enseñaba el método conocido como de la “autoindagación” o “indagación del yo”. Empieza preguntándote “¿quién soy yo?”… Y ve desoyendo todas las respuestas que aparezcan, porque ninguna de ellas es ajustada. No soy mi cuerpo, no soy mis sentidos, no soy mis órganos…, no soy ni siquiera esa mente que piensa. Si nada de eso soy, entonces, ¿quién soy?

    Llegará un momento en que la respuesta aparecerá como Vacío, en el sentido de negación del “yo” habitual, y como Conciencia absoluta no-dual. “Tras haber negado todo lo arriba mencionado diciendo “eso no”, “eso no”, esa Conciencia que es lo único que permanece, eso soy… La naturaleza de la Conciencia es Sat-Chit-Ananda, existencia-conciencia-felicidad”.

    En la autoindagación, uno nota que el “yo” es indagado por otro agente previo del cual poco sabemos, un agente silencioso, que reside más allá de cualquier comprensión mental. El yo no es algo que resida en la mente ni fuera de ella. Como alguien ha dicho, el yo es una verdad en la que todos creen, pero que nadie puede probar. No sólo eso, es la fuente de la dualidad, de la impermanencia y del sufrimiento.

    Cuando trascendemos el pensamiento, trascendemos el yo y entonces, como escribe Wilber en su Diario, “el observador y lo observado se hacen Un Solo Sabor”. “Hasta que no se trasciende la dualidad y se realiza el estado de Un Solo Sabor -había escrito el maestro Padmasambhava-, es imposible alcanzar la iluminación. El ignorante sólo ve la dualidad externamente transitoria”. Pero, cuando se experimenta, puede exclamarse con Alfred Tennyson: “Mi individualidad parece disolverse y desvanecerse en el ser ilimitado… Es un estado en el que la muerte es una imposibilidad irrisoria y la pérdida de identidad -si es que puede hablarse de tal cosa- no se asemeja en nada a la extinción sino, por el contrario, a la única vida verdadera”. O con el anónimo poeta indio americano:

    No vayas a mi tumba y llores

    pues no estoy ahí.

    Yo no duermo.

    Soy un millar de vientos que soplan,

    el brillo de un diamante en la nieve,

    la luz del sol sobre el grano maduro,

    la suave lluvia del verano.

    En el silencio delicado del amanecer

    soy un ave rápida en vuelo.

    No vayas a mi tumba y llores,

    no estoy ahí,

    yo no morí.

    Y puede comprenderse lo que, siglos atrás, expresara el místico Maestro Eckhart: “Nadie conoce mejor a Dios que aquellos que están completamente muertos”, donde el término “muerte” hay que entenderlo como ausencia de la sensación de identidad separada o identidad del “yo”.

    Ahora bien, llegados a este punto, es inevitable escuchar una objeción que proviene del lado del psicoanálisis. ¿No se esconde detrás de todos estos planteamientos una búsqueda narcisista de la fusión primera? ¿No esconde esa disolución en el Todo la añoranza nunca superada de la vida intrauterina? Ese riesgo, evidentemente, existe. Y todo lo que hayamos reprimido en el inconsciente permanece activo y al acecho. No nos queda sino la lucidez para saber lo que vivimos, así como la verificación a través de lo que eso produce en nuestra vida.

    Pero el hecho de que exista la posibilidad de una tal regresión narcisista no niega la realidad y validez de la experiencia transpersonal, que no puede ser desechada de antemano. Tanto en el psicótico como en el místico se da un no-yo, pero la diferencia es “absoluta”. Cuando esa diferencia no se tiene en cuenta, es que se ha confundido la dimensión trans-personal con la pre-personal, o viceversa. Pero no tienen nada que ver la una con la otra, excepto que ambas son, por motivos distintos, diferentes de la personal. Como en cualquier otro campo del conocimiento, para poder hablar con rigor, no es suficiente recurrir a nuestras “teorías” previas, sean psicológicas, filosóficas o religiosas; se requiere haber hecho la experiencia.

    La meditación en la acción

    La práctica meditativa permite acceder, a través del presente, a la percepción simultánea (no secuencial) de todo lo que es. La mayor dificultad para vivir esa simultaneidad, la misma que para vivir el presente, es el yo. Porque la percepción de un “yo” fractura automáticamente la realidad en partes. Hasta tal punto es así, que el ser humano no puede decir con verdad: “yo quiero estar en el presente”. Porque quererlo “yo” impide que lo que no es él se perciba simultáneamente. Al definirse, lo que es la negación de la definición queda apartado. “Yo” limita, crea una frontera entre lo que es él y lo que no es él. La apreciación del sentido del “yo” es la mayor dificultad para vivir la simultaneidad, porque diferencia necesariamente entre lo que soy y lo que no soy yo. De ahí que la percepción del yo constituya el principal obstáculo para permanecer en el presente.

    El tipo de percepción habitual, la percepción basada en el “yo” (en el pensamiento) es una percepción diferenciada. Desde ahí, lo que se experimenta siempre es parte, parte de otra cosa; siempre se perciben fracciones, necesariamente delimitadas. Eso hace que todo se perciba como inestable, impermanente. Y la impermanencia es la gran fuente de sufrimiento.

    Una percepción diferenciada o secuencial ve la realidad como una suma de partes. Pero no hay ninguna parte que sea estable (ni ningún todo), porque lo que es estable es cualquier parte o cualquier todo que es percibido como no-diferente del resto. Eso sí es eterno. Y entonces todo cambia, porque ha cambiado la percepción de la realidad.

    Empezamos a salir de la percepción diferenciada aprendiendo a vivir en presente. Y a eso quiere conducirnos la práctica meditativa. Hemos hablado ya de un modo de vivirla, el que empieza por observar al pensador, una práctica en la que el sujeto se va observando a sí mismo, hasta que aparece una masa informe de atención, donde la atención se observa a sí misma: se ha trascendido la dualidad y, por tanto, la secuencialidad.

    Pero la práctica meditativa, como decía al principio, no se limita a momentos puntuales de silencio. Puesto que no es sólo un método, sino una forma de vivir e incluso una forma de ser, la meditación ha de ir ganando espacio y transformando la vida de la persona que la practica. Por eso se habla de “meditación en la acción”.

    Quizás resulte más fácil de entender si empezamos hablando de la observación externa u observación de los objetos. Aquí, el sujeto se “vuelca” en el objeto, del mismo modo como el niño “se pierde” en los dibujitos que está viendo. Al hacer así, incluso sin ser conscientes de ello, es el objeto el que termina percibiéndose a sí mismo; el sujeto “no está”. Y todo ha sido posible gracias a la atención.

    Desmenucemos un poco más el proceso. Al observar el objeto, me “vuelco” en él, de modo que, progresivamente, “estoy en él” -no desde la distancia de mi yo separado-… hasta “ser” él. En este tipo de observación, hay que escuchar, no desde el oído, sino desde el ruido exterior; hay que ver, no desde el ojo, sino desde el objeto visto, etc. Ello requiere no catalogar el objeto, o lo que es lo mismo, despojarlo de nombre y forma, que no son sino una etiqueta que, nacida del pensamiento, nos lleva al pensamiento; nos saca del objeto -y, por tanto, de la observación- para llevarnos al “yo catalogador”.

    Si mantenemos con limpieza la observación, percibiremos cómo el yo se disuelve en ella, para dar paso a la Conciencia absoluta e ilimitada, a la conciencia no-asociada a un yo. Se habrá producido el “salto”: a este lado de la “barrera”, el protagonista es el yo (el pensamiento); al otro, es la Atención, que se manifiesta como Ecuanimidad.

    La meditación en la acción requiere vivir ese tipo de observación que nos hace estar “volcados” en lo que hacemos; centrados en lo que se hace, y no en quien lo hace -nosotros-. Y ello con una calidad de atención tal que nos permite estar “entregados” al presente, a la vez que experimentamos que no es necesario que el yo “controle” lo que está haciendo; existe una conciencia sabia que dirige todo el proceso. No es que desaparezca el “yo funcional”, pero se produce una ausencia de identificación exclusiva con él, como realidad separada.

    Ahora bien, para poder vivir la meditación en la acción, se requieren dos condiciones, que ya hace siglos señalara el Bhagavad Gita: actuar “sin apetencia de fruto” y “sin sentido de apropiación egoica”. “Sólo tienes derecho al acto, no al fruto… Abandona el apego” (II,47-48). “Sólo aquél cuya mente está ofuscada por el egoísmo piensa: «Yo soy el que actúo»” (III,27). En la medida en que, en cualquier acción, me considero protagonista de la misma o voy buscando fruto, no hago sino fortalecer la sensación de mi propio “yo”, es decir, aumento mi mentira y mi ignorancia. Por el contrario, únicamente en la medida en que puedo tomar distancia de ese doble engaño, me abro a la verdad de lo que es, despierto del sueño, empiezo otro modo de ver y de vivir. Eso es meditar en la acción.

    En síntesis, para favorecer el desarrollo de la conciencia en la vida cotidiana, puedo vivir dos actitudes complementarias: 1) Situarme como espectador de lo que hago, sin perder mi condición de Testigo-observador que, en todo momento, observándolo a una “cierta distancia”, trasciende al yo que actúa, y 2) Entregarme a lo que estoy haciendo, de tal modo que soy no-diferente de la acción misma. En ambos casos, lo que ocurre es que el yo desaparece como entidad propia, para quedar trascendido e integrado en la nueva identidad. En efecto, cuando lo observo actuar, el yo desaparece a la luz del Testigo-observador; cuando me entrego a la acción, desaparece igualmente en la no-dualidad vivida.

    Obsérvese que este modo nuevo de situarnos afecta también a las relaciones interpersonales, a nuestra manera de percibir y tratar a los otros. En efecto, también ante el otro puedo situarme en el pensamiento o en la observación. Desde el pensamiento, me será imposible no juzgar, porque pensamiento es sinónimo de catalogación, análisis y juicio. Y, sin embargo, la actitud positiva en la relación con las personas es la del no-juicio (referido a la persona, no a los hechos, que podrán siempre ser juzgados y criticados). Pues bien, el único modo de vivir efectivamente el no-juicio es permanecer en el no-pensamiento. Ello requiere también un aprendizaje y una práctica, pero el resultado es impagable. Para empezar, es necesario hacer una opción por vivir en el no-juicio y un adiestramiento para vivir en el no-pensamiento. De ahí que la misma práctica meditativa, bien vivida, sea un factor eficaz para mejorar las relaciones interpersonales.

    Ejercitarnos en observar nuestra mente

    Hay algo más, de suma importancia, que podemos hacer en la vida cotidiana: ejercitarnos en observar nuestros propios pensamientos. Si lo practicamos con asiduidad, nos haremos diestros en tomar distancia de ellos, con lo que ganaremos en libertad interior y en autonomía, frente a los condicionamientos, con frecuencia tiránicos, que provienen de todo el mundo de nuestros pensamientos y sentimientos. Al principio, nos haremos agudamente conscientes, tanto de nuestra hiperactividad mental como de la insidiosa insistencia con la que nuestra mente se empecina en mantener su protagonismo. Sin embargo, a poco que mantengamos la observación-sin-esfuerzo sobre ella, percibiremos que, con facilidad, el yo se diluye al tiempo que emerge el Testigo ecuánime, la “nueva identidad” que franquea el acceso a la Conciencia unitaria. Una vez más, lo único que se requiere es perseverancia en la práctica, hasta que nos resulte habitual. Insistir en mantener la observación, aunque inesperadamente nos veamos de nuevo sometidos al pensamiento; una y otra vez, tantas cuantas seamos arrastrados al dominio del pensamiento, habremos de “ir hacia atrás”, con firmeza y determinación, para sencillamente observar sin esfuerzo lo que está pasando por nuestra mente. El descanso, la libertad y la sensación de autodominio que empezaremos a experimentar serán nuestras mejores motivaciones para continuar con la práctica.

    Meditar a partir de la observación del cuerpo

    La forma más práctica que conozco para vivir la observación del cuerpo como puerta a la meditación es la que propone E. Tolle, en el libro citado al final de este mismo capítulo. La observación del cuerpo hace posible que emerja el Presente. Tomo de él los datos que me parecen más relevantes para ejercitarse en este tipo de práctica.

    Empieza diciendo que el cuerpo que podemos ver y tocar no puede llevarnos al Ser. Pero lo que ocurre es que ese cuerpo es sólo un caparazón, o mejor, una percepción limitada y distorsionada de una realidad más profunda…, que podemos sentir a cada momento como el “cuerpo interno invisible”. Es este “cuerpo interno”, en cuanto entramos en contacto con él, el que nos va a conducir a lo Real, al Ser. Y esto no es ninguna “creencia”; cualquiera puede experimentarlo.

    ¿Cómo hacer? Se trata, también aquí, de observar sin juzgar, situándose como espectador. Por eso, siempre que te sorprendas pensando, vuelve al lugar del observador, una y otra vez, con paciencia. Y sin ninguna prisa: todo lo que tengas que vivir se te dará, con tal de que permanezcas en la observación. Empieza con alguna respiración profunda, “entrando en contacto” con tu cuerpo, sintiéndolo como si fuera la única realidad. Y permanece observándolo. Toma conciencia de todo el campo energético interno de tu cuerpo; siente tu “cuerpo interno”. No pienses en él, siéntelo. Se hará presente una sensación omniincluyente de Presencia o de Ser, y sentirás que tu cuerpo interno no tiene límites. Ahonda tu atención en esa sensación, hasta hacerte uno con ella. Fúndete con ese cuerpo interno, de modo que desaparezca la percepción de dualidad entre el observador y lo observado, entre tú y tu cuerpo. Se irá disolviendo la distinción entre lo interno y lo externo; entrando en el cuerpo, lo has trascendido. Llegas a sentir el Ser, como un campo energético invisible que da vida a lo que percibimos como nuestro cuerpo físico. Mantente ahí, en el reino del puro Ser, el reino de lo Sin-forma, lo No-Manifestado, la Fuente invisible de todas las cosas, el Ser dentro de todos los seres: es un reino de profunda quietud y paz, y también de alegría, intensa vitalidad y libertad.

    ¿Qué es lo que ocurre en todo este proceso? Gracias a la observación global y atenta, va tomando relieve la “energía” del cuerpo, o “cuerpo interno”. En ese momento, empiezan a diluirse las “fronteras” corporales (aparece una sensación de no-fronteras o de “cuerpo adimensional” y omniabarcante) y, con ella, la sensación de no-separación (o conciencia no-diferenciada). Lo que emerge, desde el comienzo mismo, es Presencia, presencia como única realidad consciente (Presencia que es idéntica a Conciencia).

    Se trata, pues de sentir sencillamente tu “cuerpo interno” y permanecer ahí: es el pasadizo hacia el Ser, hacia Dios. (En efecto, para el creyente, es el camino para vivir a Dios, más allá de conceptos e imágenes).

    Una vez aprendido el principio básico de mantenerte presente como observador de lo que ocurre dentro de ti, tienes a tu disposición la más poderosa herramienta de transformación. Tendrás que seguir ejercitándola, en el día a día, aprendiendo a mantener esa atención o presencia en todo lo que haces. El propio Tolle concluye de este modo:

    La clave está en mantenerse permanentemente en un estado de conexión con tu cuerpo interno, sentirlo en todo momento… Si mantienes la atención en el cuerpo siempre que te sea posible, estarás anclado en el ahora. No te perderás en el mundo externo ni en la mente. Los pensamientos y las emociones, los miedos y los deseos, pueden seguir presentes en alguna medida, pero ya no se adueñarán de ti… Mantén siempre parte de la atención dentro de ti… Siente tu cuerpo desde dentro como un campo energético unificado. Es casi como si estuvieras escuchando o viendo o hablando con todo tu cuerpo… No entregues toda tu atención a la mente y al mundo externo… Siente tu cuerpo interno siempre que puedas. Mantente arraigado en tu interior. Y observa cómo eso cambia tu estado de conciencia y la cualidad de tus acciones”.

    Como ha escrito Deepak Chopra, si pudiéramos ver lo que ocurre en el ámbito cuántico, veríamos que formamos parte de un gran caldo de energía y que todas las cosas, nosotros incluidos, son sólo un conglomerado de energía que flota en ese caldo de energía. No hay límites entre nuestro ser y el Universo. En el ámbito cuántico la solidez no existe: todo entra y sale de un vacío infinito a la velocidad de la luz. La solidez existe sólo en la imaginación alimentada por los sentidos. Pero todo es Conciencia e información.

    Oración personal y meditación teísta

    Terminaba el capítulo 2 con una oración personal dirigida a Quien llamamos “Dios”, y que titulaba precisamente “En Ti”. Las palabras, como los conceptos, nos fallan y quedamos desprovistos, porque lo Absoluto, Incondicionado, No-dual, resulta imposible de encajar en los esquemas del pensamiento, que es siempre dual y relativo. El creyente y el orante, si son coherentes en su camino, se ven llevados al terreno de lo inefable, pero no por falta de fe sino por “exceso” de experiencia. Todo, absolutamente todo, se queda pequeño, pero lo que más pequeño se queda es el propio “yo”. Y, sin embargo, es ese yo el que necesita seguir expresándose. Ésta es la paradoja con la que el orante se encuentra, a la que nombrará como “noche”, “nada”, “vacío”…, pero que, sin embargo, él “sabe” bien que es “Día”, “Todo”, “Plenitud”. Para la mente, es vacío y nada todo aquello que no puede atrapar, pero se debe únicamente al hecho de que la mente es una herramienta absolutamente inapropiada para ello.

    Las discusiones teológicas adolecerán siempre de esta condición “inestable” del pensamiento, que no sólo no puede dar razón de aquello que busca definir, sino que se muestra absolutamente desprovisto e incapaz para moverse en otro terreno que no sea lo dual y relativo. Nunca el pensamiento podrá superar la dualidad; nunca, por tanto, podrá hablar adecuadamente de lo No-dual, de Lo Que Es, de lo Real.

    Mientras estás en el pensamiento, crees ver a Dios como un Ser separado; cuando empiezas a observar el pensamiento, te sitúas en otro lugar (en la butaca del espectador imparcial, que observa la película como si de un sueño se tratara); pero si vas “más atrás” (detrás de la butaca), ¿qué hay?: la Luz que hace posible la proyección, es decir, la Conciencia no-dual. Esa Conciencia se equipara a Lo Que Es, el Vacío en el que somos y fuera del cual no podemos ser. Un Vacío que es Plenitud. Hasta el punto de que, hablar de Vacío, es -en hermosa y elocuente expresión de K. Wilber- hablar de una realidad “sin-costuras” (“el tejido inconsútil del universo”, de A. Whitehead), la Diversidad en la Unidad sin separación, sin distancia. No es, por tanto, algo separado o enfrente.

    La Conciencia, así entendida, es nombrada en la religión como “Dios”. Pero Dios, no en cuanto un Ser separado, ya que, en cuanto nombras un dios separado, lo estás objetivando y limitando: en el primer caso, sin quererlo, lo has convertido en un objeto, es decir, en un ídolo; en el segundo, del mismo modo, lo estás reduciendo a un no-Ilimitado y, por tanto, no-Dios. Es decir, tanto al objetivar como al limitar, “dios” sólo existe como concepto o idea. Pero, como he escrito más arriba, Dios es el Silencio que está detrás de todo lo que vemos, la Presencia en la que somos, el Amor que nos hace ser, y fuera del cual nunca estamos ni podemos estar. Tiene razón D. Chopra: “Hay un Dios que solamente puede percibirse yendo más allá de toda percepción”.

    La misma oración “teísta” (en personas que provienen de una tradición teísta o de una vivencia oracional afectiva o devocional), si no se la frena desde el yo, acaba conduciendo, por su propia dinámica interna, al “silencio místico”, en el que nos percibimos ser en Él, El que es…, hasta que experimentemos sencilla y directamente Lo Que Es.

    Eso explica que muchas preguntas, aparentemente trascendentales, resulten en realidad capciosas, por irresolubles desde ese nivel en el que se generan. Preguntar, por ejemplo, sobre si Dios es “personal” no es sino una pura especulación mental. No tiene ningún sentido, por cuanto “personal” es únicamente una categoría, y Dios está más allá de cualquier posible categorización. Por la misma razón, tampoco tiene sentido decir que es “impersonal”. Quizás, no se pueda decir más que lo que respondió una religiosa benedictina a un monje tibetano, que se interesaba por esa cuestión. La religiosa le preguntó si creía que la realidad Última le amaba. Cuando contestó afirmativamente, la hermana dijo: “Eso es a lo que nos referimos con el Dios personal”. Y, casi en la misma línea, desde el budismo zen, D. Loy escribe: “Quizás lo que entendemos por amor sea el aspecto afectivo de la Realidad ontológica no-dual: la experiencia de que yo no-soy-otro-que el amado”.

    La Realidad es, en su raíz, “Vacío”, Misterio y -a la vez- Diversidad. Igualdad y Diferencia en Unidad. Si no se ve la igualdad en todo, se cae en el dualismo; si no se ve la diferencia, en el monismo. Todos los místicos se han visto confrontados con esa inefabilidad, que el pensamiento es incapaz de desvelar. San Agustín escribía: “Percibo algo en mí que brilla y resplandece en mi alma; si llegara a su plenitud y a ser constante, sería la vida eterna”. Y el Maestro Eckhart: “Percibo algo en mí que brilla en mí espíritu; me doy cuenta de que es algo, pero qué es no lo puedo entender; pero me parece que si pudiera captarlo, comprendería toda la verdad”.

    Para el místico, aquellas cuestiones “filosófico-teológicas”, en cuanto elucubraciones mentales, carecen de sustancia. Porque él lo ha experimentado. De hecho, ¿quién es el que añora una relación “personal” con Dios? El que se siente lejos, separado de Él. ¿Cuándo necesitamos llamarlo “persona” o “Tú”? Cuando estamos instalados en nuestro “yo”. A mi modo de ver, ésta es toda la cuestión: ¿dónde estoy en la percepción de mi identidad? La ola puede percibirse como ola o como océano; la rama, como rama separada como árbol; el dedo, como dedo separado o como cuerpo…

    En tanto en cuanto nos hallamos, de modo habitual, en una identidad egoica, Dios será para nosotros el Tú al que nos dirigimos. Y eso es legítimo. Pero, conscientes de los riesgos que una tal relación puede entrañar, señalaría algunas condiciones. La oración personal tendrá que ser:

    • lúcida: consciente del insalvable desajuste entre la realidad de Dios y nuestro pensamiento sobre Él;

    • humilde y, por tanto, respetuosa de otras formas, así como dispuesta a modificarse;

    • ajustada a la etapa en la que se encuentra la persona;

    • “sin apego” a las formas concretas que pueda adoptar ni a las representaciones de lo divino;

    • orientada hacia la Unidad, como horizonte y meta;

    • verificada por la unificación y la compasión que se manifiestan en la vida.

    De hecho, cualquier método de oración cristiana ha tendido siempre hacia la contemplación, como objetivo. La misma lectio divina buscaba culminar las etapas de la lectio, meditatio, oratio, en la contemplatio.

    Una última precisión. Si se entiende bien, puede afirmarse que la oración lo es todo. Porque no “hacemos” oración; somos oración. Orar es, simplemente, caer en la cuenta y vivir la Unidad que somos. Orar, por tanto, no es un método; es una forma de vivir, una forma ser.

    Por eso mismo, orar es algo absolutamente sencillo y gustoso. Como le decía aquella catecúmena japonesa al P. Arrupe, orar es “estar”; consiste en algo tan sencillo, según la respuesta del campesino al cura de Ars, como que “yo lo miro y él me mira”. Lo complicado es el funcionamiento de nuestra mente.

    Pero la práctica de la oración conoce trampas. Está la trampa del fariseísmo, tan duramente denunciada por el propio Jesús (Lc 18,9-14): es la oración del “yo”, que no nos transforma ni nos hace más compasivos; lo único que consigue, irónicamente, es engordar el “yo religioso”. Un yo que llegará a estar satisfecho y orgulloso de sí porque hace oración. Puede ocurrir, incluso, que “hacer” oración sea el mejor modo de olvidar que somos oración.

    Una segunda trampa siempre al acecho es la del narcisismo. Porque la oración constituye un ámbito privilegiado, puesto que ahí nadie nos cuestiona ni incomoda, para construirnos un paraíso a nuestra medida, el paraíso narcisista. Cuando buscamos el bienestar, la paz, la satisfacción personal, la complacencia de haberla hecho bien, el protagonismo…; o cuando nos desanimamos porque “no nos sale bien”, o porque no avanzamos, o porque no conseguimos resultados…, sería bueno que nos interrogáramos por nuestras verdaderas motivaciones. No sería extraño que, tras esos síntomas, se esconda nuestro narcisismo. Y, con él, un dios hecho a nuestra medida, nuestro “doble” en el espejo.

    No sólo trampas, con frecuencia sutiles. A la persona orante lo que más le suele preocupar son las dificultades que dice experimentar a diario: rutina, aburrimiento, pensamientos y cavilaciones, distracciones incesantes, no saber qué hacer… Todas ellas provienen de dos fuentes: un funcionamiento cerebral y una visión dualista de la realidad. Mientras pretendamos “hacer” la oración desde la cabeza, esas dificultades no tendrán solución. Nuestra cabeza no puede salir de los pensamientos ni del dualismo.

    Eso es así porque, como he señalado más arriba, la mente únicamente puede operar separando, fraccionando la realidad; si no lo hiciera, se colapsaría o bloquearía. Pensar es sinónimo de separar; quita la separación y habrás bloqueado absolutamente el pensamiento. Por eso mismo, el simple hecho de pensar a Dios lo convierte, irremisiblemente, en un objeto separado; es decir, crea un ídolo. Y no puede ser de otro modo.

    Finalmente, todo encaja. Dios no puede ser pensado, sin transformarlo en un ídolo. Y Dios tampoco es un ser separado, como tiende a hacernos creer nuestra mente, desde su absoluta incapacidad para percibirlo de otro modo. Así, hemos de concluir, una vez más, que la mente es una herramienta radicalmente inadecuada para “atrapar” a Dios (si bien puede ayudarnos para desenmascarar falsas imágenes de Dios). El camino que habremos de tomar pasa por trascender el pensamiento y, con él, la idea de separación. Sólo así podremos abrirnos a experimentar la Unidad de Lo Que Es.

    Pues bien, con estas precisiones, me gustaría señalar un proceso de oración personal, desde un yo que busca avanzar hacia un yo integrado para poder llegar a ser un yo trascendido en la Unidad trans-personal.

    Por motivos pedagógicos, descompongo ese proceso en sus elementos más simples, que conforman diez pasos, cada uno de los cuales puede nombrarse con una palabra.

  • Anhelo. Todo el proceso se desencadena a partir del anhelo que somos: anhelo de vida, anhelo de ser, anhelo de plenitud, anhelo de Dios. Al conectar con él, caemos en la cuenta de que no tenemos que hacer oración, sino que somos oración. Por eso, en la oración no hay expectativas, no hay tensión, no hay esfuerzo: para el místico, orar es como para el niño jugar. Porque somos siempre en-Él, aunque -y ésa es nuestra tragedia- nuestra mente no lo sepa. Pues bien, al sentir el Anhelo, sentimos estar en Él. Y al hacerlo, el anhelo mismo se convierte en el motor y el guía que conducirá todo el proceso de oración. Por eso, necesitamos darnos tiempo para sentirlo y dejarnos impregnar por él.

  • Cuerpo. Al sentir nuestro propio cuerpo, nos vemos más unificados y disponibles para que sea toda nuestra persona la que viva la oración. Sentir el cuerpo es escucharlo y, al escucharlo, va quedando relajado.

  • Respiración. Si nos centramos varias veces en la respiración profunda o diafragmática, favorecemos el sentimiento de unificación, crece la sensación de relajación y nos ayuda a encontrarnos con nuestro “centro vital”, ese lugar del que nace la respiración profunda.

  • Centro vital. Gracias a la respiración, nos acercamos -en la zona del vientre- a nuestro “buen lugar”, a nuestro “centro de gravedad” (hara), al lugar donde habita lo mejor de nosotros. Empezamos sintiendo esa zona corporal, que nos sostiene y nos constituye.

  • Calma-silencio. Ése es un lugar de calma. Incluso aun cuando estamos alterados, en nuestro interior tenemos siempre un “lugar de calma”, la paz de fondo. Al abrirnos a él, es bueno que nos dejemos tomar por la calma y el silencio que lo habitan, para familiarizarnos con ellos y favorecer su expansión en nosotros.

  • Vida. En ese lugar, bulle nuestra vida, como realidad primera. Al acercarnos a ella, notaremos sensaciones de calidez, ensanchamiento, densidad, fuerza… Es la vida que nos empuja y nos hace salir adelante.

  • Identidad. En ese lugar, acogemos también nuestra propia identidad; ahí se encuentra nuestro “verdadero rostro”. Puedes pronunciar interiormente tu propio nombre, reconociéndote ahí.

  • Cariño hacia sí. Y mientras pronunciamos interiormente nuestro nombre, favorecemos conscientemente que crezca un sentimiento de aprecio y cariño hacia nosotros, un sentimiento vivo y sostenido que nos alcance en todo nuestro cuerpo y nos envuelva. Sin ese aprecio no puede crecer un “yo integrado” ni puede emerger un amor genuino hacia los otros. En este momento, también, dejamos que ese cariño alcance e incluya a todo ser.

  • Presencia. En ese lugar, nos abrimos a la Presencia del Misterio que nos habita, al Dios que nos crea y que es más nuestro centro que nosotros mismos. Al acogerlo, renunciamos a ideas, conceptos o imágenes de Él. Nos abrimos, sencillamente, al Misterio-en-el-que-somos y fuera del cual no podemos ser.

  • Entrega. En esa Presencia, nos entregamos. Esto es lo más característico de la oración: entrega a Quien es y por Quien soy. Entrega que podemos vivir de tres modos distintos, fiándonos de nuestra propia intuición, abiertos al camino por donde el Espíritu nos conduzca. Lo cierto es que, llegados al final, en este proceso de oración teísta profunda-afectiva, se abren tres caminos. En principio, no parece oportuno mezclarlos o querer vivirlos simultáneamente. Será la práctica la que vaya afinando también la intuición del orante.

    • El camino de la sensación. Es el camino característico de todo este proceso que vengo describiendo: hemos empezado sintiendo el anhelo, luego el cuerpo, la respiración, el centro vital, la calma, la vida, la identidad, el cariño, la Presencia… Parece, por tanto, que el final “lógico” haya de ser ése: permanecer en la misma sensación de entrega, que percibimos en nuestro centro vital, en lo profundo de nuestro cuerpo. Frente a los pensamientos y distracciones que aparezcan, volvemos suavemente, una y otra vez, a ella, usando alguno de estos recursos:

    • centrarnos en la misma sensación de entrega;

    • centrarnos en la sensación de ser amados, dejándonos amar y permaneciendo en esa sensación;

    • usar una “palabra de oración” a la que recurrimos cuando nos descubrimos distraídos, para “volver” a la sensación profunda, tal como recomendaba en autor de “La Nube del no-saber”.

    Este modo de orar es profundamente transformante, por cuanto la misma permanencia es fuente de transformación.

    Pero podemos tomar también otros dos caminos, que van “más allá” de la sensación, porque van más allá del pensamiento, en la línea de lo que ha quedado dicho más arriba al hablar de la meditación. Son el camino del afecto y el camino del conocimiento, que en Oriente se conocen respectivamente como “bhakti yoga” y “jñana yoga”.

    El pensamiento es una fuerza “disgregadora”, en el sentido de que forzosamente tiene de “separar” y fraccionar la realidad para poder pensarla. También, porque el pensamiento es el reino del “yo”, y donde hay yo hay egoísmo, a todos los niveles (individual, económico, político…). Por el contrario, el amor y el conocimiento son las dos fuerzas agregadoras del universo. Por uno u otro camino, accederemos a percibir la Unidad que es.

    • El camino del afecto (amor). Llegados al final del proceso, nos dejamos identificar con la entrega como Amor, hasta perdernos en ella. No se trata de “pensar” en la entrega ni en el amor. No se trata, tampoco, de “sentir” el amor en nuestro interior -como hacíamos en el camino anterior-. Se trata, más bien, de centrarnos en la entrega-amor, de modo que llegue un momento en que sólo haya Amor. “Tú” ya no estarás; habrá sólo Amor, que conducirá todo el proceso. Entrégate a él. Para ello, habrás tenido que dejar de sentirte en el lugar donde previamente estabas situado, en el vientre, para centrarte en el entrecejo, donde eres pura atención. Desde esa atención, posibilitarás que, fundiéndote con la entrega, dejando que el Amor sea, poco a poco tu “yo” se vaya diluyendo, como sensación de identidad separada, y puedas abrirte a la novedad, en la que, en ausencia de pensamientos y ausencia de “yo”, sencillamente Ello ES: Dios se revela como Amor. Entregándonos al amor, se ha posibilitado la emergencia de la Unidad.

    • El camino del conocimiento. Decir “conocimiento” es decir atención. De un modo similar a lo señalado en el punto anterior, se trata de identificarse con la entrega como pura atención, hasta que sólo haya atención y sea ella misma la que conduzca todo el proceso. De hecho, entrega es sinónimo de atención, sinónimo también de silencio místico. Y todo es desasimiento. Entregándonos a la pura atención, en ausencia de pensamientos y ausencia de “yo”, sencillamente Ello Es: Dios se revela como Luz. Entregándonos a la atención, se ha posibilitado igualmente la emergencia de la Unidad.

    De este modo, se completa el proceso y venimos a descubrir que el Anhelo inicial era, en realidad, anhelo de Unidad. Tenía razón el místico medieval A. Silesius al decir que “la oración más noble es cuando el orante se convierte íntimamente en aquello delante de lo que se arrodilla”.

    A fin de cuentas, la verdad de un camino de meditación o de oración, el test que lo validará, son los efectos que vaya produciendo en la vida de la persona. También aquí “por los frutos los conoceréis”. Frutos de paz y ecuanimidad, de unificación y armonía, de verdad y humildad, de compasión universal, comunión y entrega. En lenguaje cristiano, esto significa que la oración cristiana, que se reconoce en Jesús y en su evangelio, está llamada a vivir a Cristo, hasta poder decir con Pablo: “Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.

    Guía para el tiempo de oración

    Relajado, sin ninguna expectativa, sin ningún esfuerzo, sin ninguna prisa, sin ninguna tensión, por tanto, vas a vivir este tiempo de oración como descanso, como aprendizaje de dejarte descansar, dejarte ser en Aquel que eres, en Aquel que somos.

    Para eso, comienza tomando conciencia del anhelo que hay en lo profundo de ti. No pienses en él, siéntelo. Entra en tu interior y acércate, no sólo al anhelo que hay, sino al anhelo que eres: anhelo de vida, anhelo de ser, anhelo de plenitud, anhelo de Dios. Déjate sentir ese anhelo, de modo que sea él quien conduzca todo tu momento y todo tu proceso de oración. Siente sólo tu anhelo.

    Acércate ahora a tu cuerpo. Toma conciencia de él, escuchándolo, sintiéndolo. Puedes recorrerlo de los pies a la cabeza, sintiendo cómo está. Y, al tiempo que lo escuchas, permite que se vaya aflojando, relajando.

    Toma conciencia ahora de tu respiración. Respira dos o tres veces profundamente. Puedes empezar comprimiendo suavemente la pared abdominal para, de ese modo, expulsar el aire desde lo hondo de tu cuerpo, suavemente, por la boca. A continuación, también con suavidad, inspiras por la nariz, acompañando todo el recorrido del aire hasta lo profundo de tu cuerpo. Ahí, lo mantienes un momento, sintiendo esa parte de tu cuerpo. Seguidamente, vuelves a expirar suavemente por la boca. Haz este ejercicio dos o tres veces.

    Acércate ahora a ese lugar en lo profundo de tu cuerpo de donde nace la respiración profunda, a tu centro vital, en la zona del vientre. Siente ese lugar. Y, a medida que lo acoges y lo sientes, percibe la calma que te habita ahí. Ése es tu lugar de paz, tu lugar de serenidad. Ahí todo está en calma. Siéntela.

    También en ese mismo lugar, ábrete a sentir la vida que te habita, la vida que eres. Puedes sentirla, en lo profundo de tu cuerpo, como ensanchamiento, como calor, como fuerza, como densidad. Ábrete a sentir la vida que te sostiene. En ese lugar eres siempre vitalidad.

    En ese mismo lugar, ábrete a acoger tu propia identidad, a sentirte a ti mismo. Si te ayuda, puedes pronunciar interiormente tu nombre y, a medida que lo pronuncias, puedes reconocerte y sentirte a ti mismo en lo profundo y lo íntimo de ti. En ese lugar.

    También, al pronunciar interiormente tu nombre, favorece que emerja un sentimiento cálido de cariño, de aprecio hacia ti. Un sentimiento vivo y sostenido. Un sentimiento de cariño que pueda ir creciendo y te pueda ir envolviendo. A la vez que pronuncias interiormente tu nombre, puedes añadir: “Te quiero tal como estás, te quiero tal como eres”. No necesitas ser diferente para poder quererte; puedes amarte tal como estás, tal como eres.

    Y, desde ese sentimiento vivo de aprecio hacia ti, ábrete a la Presencia con mayúscula, a la Presencia que te habita, al Misterio, a Dios. No quieras tener ninguna idea, ningún concepto, ninguna imagen. Ábrete, sencillamente, a ese Misterio que es más tú que tú mismo, el Misterio que te habita en el centro íntimo de ti y que te hace Ser.

    Al abrirte así a esa Presencia, consiente en dejarte amar, en sentirte amado por el Fondo amoroso que llamamos Dios. No tienes que hacer nada, sino consentir a la realidad de que estás siendo amado, y descansar en ella.

    Al mismo tiempo que vas descansando en esa realidad, déjate permanecer. No hay nada más que hacer. Sólo permanecer en Él. Sin esfuerzo, sin expectativas, sin tensión. Permanecer…

    Al tiempo que permaneces, déjate sentir, en lo profundo de ti, la entrega que eres. Es la entrega de ti mismo. Esa actitud de entrega se convertirá en desapropiación, libertad interior y disponibilidad.

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    Si te sientes llamado a un silencio mayor, hazte consciente de la entrega amorosa y céntrate en ella, hasta que sólo sea ella. Para ello, no sigas “localizándote” en la zona del vientre, sino en el entrecejo, donde eres pura atención. Céntrate en el amor, fúndete con él y deja, sencillamente, que el Amor sea. Y consiente, con paciencia y perseverancia, que sea el Amor, y no tu pensamiento, el que conduzca todo el proceso… y lo Real se revelará como Amor.

    O bien, de un modo similar, en el silencio al que has accedido, céntrate en la pura atención y permanece en ella. Que sea la atención, y no tu pensamiento, la que conduzca el proceso. En la misma medida en que permanezcas en ella, notarás que la atención se intensifica y que tu “yo” se va diluyendo. Entrégate a la Atención y atrévete a correr el riesgo de dar el paso de tu pequeña identidad -habitual y familiar, la identidad de tu “yo”- a una identidad nueva que no conoces: a la Unidad Que Es en la Diversidad, al Vacío-Plenitud, a la realidad absolutamente luminosa, toda Luz.

    Bibliografía

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    • MARTÍNEZ LOZANO, E., Donde están las raíces. Una pedagogía de la experiencia de oración, Narcea, Madrid 2004.

    • RAMANA MAHARSHI, Enseñanzas espirituales, Kairós, Barcelona 41999.

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    • WILBER, K., Diario, Kairós, Barcelona 22001, pp. 94; 287-289; 339; 382; 314-316.

    CONCLUSIÓN

    Ahora no me cabe prácticamente duda alguna de que nuestra actual interpretación del universo, de la naturaleza de la realidad y en particular de los seres humanos, es superficial, incorrecta e incompleta” (S. Grof).

    El pensamiento divide y separa. Sólo existe una Conciencia y todos somos expresión de ella.

    He querido subrayar algunas actitudes que considero básicas para aprender a vivir humanamente. Y un camino, el de la meditación, que nos ayuda a salir de la ignorancia y del sueño; nos despabila y nos ayuda a caminar despiertos, tomando conciencia y realizando lo que somos.

    De la mano de la psicología transpersonal, en una consonancia llamativa con todas las mejores tradiciones espirituales, hemos reafirmado el carácter “pasajero” e inestable del “yo”, al que sin embargo debemos “integrar”, para que pueda ser trascendido. Trascenderlo no es otra cosa sino acceder a un nuevo estado de conciencia, más allá de los límites individuales, mentales, egoicos en definitiva; permitir que nuestra conciencia se amplíe hasta su verdadera dimensión.

    Es éste un “salto” que produce vértigo, por las implicaciones que contiene en todos los niveles de nuestra vida. Pero, de un modo particular, para nuestra identidad habitual centrada en el “yo” individual, identidad que se ve amenazada de “muerte” y que, por ello mismo, busca todos los medios a su alcance para resistirse al cambio.

    Pero no es la primera vez que la humanidad se enfrenta a un “salto” de estas características. Como ha quedado indicado más arriba, los estudiosos de la cultura nos hablan de un largo proceso evolutivo, a lo largo del cual, los humanos han pasado por diferentes estados de conciencia: arcaico (hasta el año 200.000 a.C.), mágico (del 200.000 al 10.000 a.C.), mítico (del 10.000 al 1.500 a.C.) y racional (a partir del 1.500 a.C, alcanzando su predominancia en torno al siglo V a.C., y su pleno apogeo con la Modernidad). En cada uno de esos saltos, “se conmovieron los cimientos” de la humanidad, pero se trataba, en realidad, de un proceso creciente de personalización.

    De una etapa pre-personal a otra personal, el yo individual, racional y autónomo, llegó a la cima con la Ilustración y la Modernidad. Y en ello seguimos. No en vano, estos han sido los siglos del individualismo creciente. Incluso la misma Declaración de los Derechos Humanos es, ante todo, un canto al individuo, como fuente y centro de toda la realidad, hasta el punto de que ya se han levantado voces que llaman la atención sobre el riesgo de un individualismo tan marcado en esa misma Carta: el riesgo de hacernos olvidar la fundamental dimensión comunitaria y social.

    En nuestra post-modernidad, inasible por otra parte y tan denostada por muchos, parecen darse cada vez más señales que apuntan al declive de aquella conciencia identificada con el “yo”. Señales que indicarían el umbral de un nuevo “salto” de conciencia, el salto a lo transpersonal.

    Una vez más, un salto de estas características nos conmueve y revoluciona todo aquello que nos resultaba familiar y acostumbrado. No hay que extrañarse de que nos encontremos embarcados en una crisis de envergadura. Porque no cambian algunas cosas; cambia el marco de referencia, se modifica el “ojo” que mira. Y cuando lo que cambia es el “sujeto”, todo empieza a verse de un modo diferente.

    Apuntaré únicamente, a modo de ejemplo, las repercusiones para la religión. Porque un cambio de tal magnitud en nuestro modo de ver la realidad tiene que repercutir y conmover intensamente nuestras ideas religiosas. No puede sobrevivir una religión arcaica en una cultura moderna; no puede mantenerse una religión dualista en una conciencia unitaria de lo real. Ésta es la gran cuestión de las religiones en la actualidad. No es si desciende la práctica religiosa, las vocaciones o la autoridad que se reconocía a las iglesias; la cuestión es cómo expresar, en esta nueva cultura, en un paradigma transpersonal, la experiencia que han canalizado desde siempre las religiones. Pero, desgraciadamente, éstas parecen preferir conservar lo adquirido antes que abrirse a lo nuevo, sin ser conscientes de que, al actuar así, caminan hacia el suicidio colectivo.

    Como ha escrito el teólogo latinoamericano José Mª Vigil,

    lo que está en crisis no es el cristianismo, sino la forma de ser religiosa la humanidad, que ha prevalecido desde el comienzo de la sociedad agraria... Las religiones se han mantenido en estos diez mil años como la forma religiosa propia de la sociedad agraria. En el cambio socio-cultural actual, la sociedad comienza a dejar de ser agraria, y tiene que dejar, inevitablemente, la «figura agraria de la religión»... Si se nos entiende, las «religiones», como la forma antropológico-socio-cultural que la espiritualidad humana asumió durante estos diez milenios pasados, van a desaparecer. La espiritualidad humana va a continuar, pero transformándose, sufriendo una mutación o una metamorfosis de la cual emergerá tal vez irreconocible”.

    Quedará atrás la mera creencia mental, sea ésta mágica o propia del estadio egocéntrico, mítica o propia del estadio etnocéntrico, racional o propia del estadio mental. El camino habrá de pasar por la experiencia, la única capaz de dar respuesta a nuestra búsqueda y de posibilitar el avance evolutivo.

    Quedará atrás la religión dualista, que concebía a Dios como un Ser separado y exterior al mundo, para emerger la experiencia no-dual de la Realidad en evolución, donde nada está separado de nada.

    La espiritualidad no remitirá ya a “otro mundo”, desde el que se interviene en éste, sino a la dimensión de Hondura de quienes somos; a la Unidad que se expresa en la Diversidad.

    Y desde ahí aprenderemos un nuevo modo de vivir, caracterizado por la des-identificación del yo, que será trascendido para acceder a un nuevo estado de conciencia, transegoica y transpersonal. Estado que ya es posible experimentar en la medida en que somos capaces de trascender el pensamiento.

    Como ocurre siempre que se está ante un cambio importante, necesitaremos tiempo y paciencia para ir asumiéndolo. Respeto y apertura a la vez. En todo ello, la práctica meditativa es la herramienta preciosa que favorecerá esta nueva comprensión y hará de partera en el nacimiento de la nueva conciencia colectiva. Una nueva conciencia que será a su vez la salvaguarda del planeta y de la humanidad. Una conciencia transindividual que nos abra a nuevas perspectivas en nuestro modo de vivir y de relacionarnos. Porque, o cambia la conciencia, o no parece haber salida.

    Centrados todavía en nuestro pequeño yo, nos encontramos, sin embargo, ante el umbral del Ser; ante una Realidad apenas intuida pero ardientemente anhelada, aunque sea de modo inconsciente; ante Quien somos. Ojalá tengamos la lucidez y el coraje del Espíritu para favorecer su eclosión.

    EPÍLOGO

    AYUDAR A VIVIR, FACILITAR LA VIDA

    EDUCAR A LOS NIÑOS EN VALORES Y EN ESPIRITUALIDAD

    Todas las criaturas buscan la unidad, toda la multiplicidad lucha por alcanzarla; la meta universal de toda forma de vida es siempre esta unidad” (Taulero).

    La gran compasión que surge de la experiencia de unidad se experimentará como la fuerza motriz del universo” (W. Jäger).

    En la medida en que una persona aprende a vivir, se capacita para ayudar a vivir; se va transformando en cauce que facilita a otros vivir. En la medida en que una persona despierta, se ve movida, desde la compasión, a un compromiso liberador.

    Aprender a vivir es toda una tarea que nos va conduciendo a establecer una relación serena con nosotros mismos, con los otros y con la Profundidad de lo real, así como a mantener actitudes constructivas ante lo que nos hace sufrir. Y todo ello, en un camino que nos llevará a ampliar nuestro estado actual de conciencia en una nueva dimensión que todavía hoy apenas barruntamos.

    ¿Cómo ayudar a los niños en esa misma tarea? ¿Cómo acompañarles en su aprendizaje vital? ¿Cómo ayudarles a vivir? ¿Cómo facilitar la vida? No sin un cierto pudor, me gustaría depositar aquí algunas reflexiones que puedan contribuir a ofrecer pistas para ese trabajo, en el que nos jugamos la felicidad de los adultos del mañana y un futuro más pleno para la humanidad en camino. Aun sin seguir el mismo orden de los capítulos anteriores, me referiré a cada una de aquellas dimensiones: ése es el sentido de hablar de “valores” y de “espiritualidad”. Para mayor claridad, dividiré la exposición en tres apartados, a cada uno de los cuales caracterizo por una palabra: educar, valores hoy, espiritualidad.

    Pero, antes de entrar en materia, permitidme señalar algo elemental. Los niños saben mucho más de lo que imaginamos, pero como los escuchamos poco y son rápidamente absorbidos por nuestros “saberes”, pronto se olvidan de que ellos también saben. A modo de homenaje a esa descuidada sabiduría “primera”, me gustaría empezar estas líneas transcribiendo dos anécdotas que me resultan significativas.

    Philip es un niño de cuatro años. Un día le dijo a su niñera:

    " Todos estamos soñando y nos despertaremos cuando estemos muertos.

    La niñera se lo contó a la mamá del niño. Ésta quiso asegurarse y le preguntó a solas:

    " ¿Qué le has dicho hoy a Karen? ¿Le has hablado de un sueño?

    " ¡Ah, sí! -respondió Philip-. Le he dicho a Karen que todos estamos soñando y que nos despertaremos cuando estemos muertos.

    La madre le preguntó:

    " ¿Quién te ha dicho eso?

    El niño la miró como si estuviera loca. ¡El niño no entendía la pregunta! Cuando la madre siguió mirándole, evidentemente a la espera de una respuesta, su hijo la consoló diciéndole:

    " ¿Quién me lo ha dicho? Me lo ha dicho Dios.

    John no había cumplido aún los cuatro años, cuando nació su hermanita. Y no había pasado aún una semana de este nacimiento, cuando los padres de John lo sorprendieron literalmente echado en la cunita de su hermana, mientras le decía:

    " Cuéntame cómo es Dios, que me parece que lo estoy empezando a olvidar.

    El “valor” del niño y la tarea de educar

    Hoy somos conscientes de que educar a un niño no consiste en llenar su mente con informaciones más o menos útiles. Ni tampoco en tratar de modelarlo desde el exterior, a partir de expectativas ajenas a él. Educar -lo dice la etimología de la palabra- significa poner los medios adecuados y favorables para que pueda salir a la luz lo mejor que ese niño porta ya en sí mismo. Es el niño quien tiene que dar a luz al ser que lleva en su interior. El educador, la educadora, el padre y la madre, habrán de ser, pues, comadronas.

    Ello significa que, antes de hablar de “educación en valores”, es imprescindible ver al niño en su valor único e incondicionado. Él es el valor primero que, bien atendido, de la mano de una “comadrona” amorosa y sabia, habrá de desplegarse en un abanico de valores que su propio corazón encierra.

    De entrada, esos valores son sólo semillas que, si bien contienen ya las plantas que pueden llegar a ser, necesitan, sin embargo, de un “ambiente” favorable que permita su despliegue: tierra fértil, luz, agua, calor, cuidados… En el caso de los seres humanos, un ambiente o entorno vitalizante, que despierte la propia vida del niño y acompañe su crecimiento.

    Ese ambiente humano y humanizador incluye varios elementos, entre los que destacaría los siguientes:

    • Un contacto que transmite y despierta vida. Al comienzo de su existencia, el niño es, más que nunca, cuerpo. El cuerpo es también su canal primero e inmediato con el exterior; a través de él y en él, se grabarán los primeros mensajes que, en cierta manera, moldearán la imagen de sí mismo y su propia autoestima. El contacto corporal (abrazo, caricia, masaje…) confirma al niño en la seguridad de que es recibido con amor. Y es éste un mensaje que quedará grabado para siempre en sus músculos y que le aportará una plataforma de seguridad -la “urdimbre afectiva”, de que hablaba el doctor Rof Carballo- en la que apoyarse en el futuro. La ausencia de ese contacto se grabará también en el niño, en su memoria corporal, como vacío.

    Recordemos los experimentos llevados a cabo por Harry y Margaret Harlow, a los que hacía alusión en el capítulo 4. Para un bebé, contacto físico es sinónimo de calor, vida, reconocimiento, seguridad…, mientras que la ausencia del mismo puede llegar a resultar insoportable. Una de las conclusiones del citado estudio señala que el sentimiento de seguridad sólo parece estar presente cuando existe un apego seguro con la figura materna.

    • Una mirada que sabe ver el corazón. Muy pronto, a la vez que cuerpo, el niño es mirada. Y una mirada que busca reasegurarse en los ojos de la madre y de las personas afectivamente significativas para él. También aquí, la mirada, o no mirada, que el niño reciba marcará su desarrollo. Sabemos que los niños funcionan con silogismos de este tipo: “mi mamá (mi papá) es muy importante; mi mamá (mi papá) me mira con gusto; yo soy muy importante”. Contundente, claro y automático. Pero, ¿qué ocurre cuando el niño no recibe una mirada gozosa y serena, sino indiferente, enfadada o culpabilizadora?, ¿o cuando no es mirado detenidamente con aprecio?

    Un crecimiento armonioso del niño requiere una mirada que sepa verlo en su “corazón”, es decir, en lo mejor de él mismo, en su misterio único, en su originalidad; verlo y recrearse en él. Es una mirada de ese tipo la que facilita que el niño aprenda a verse de ese mismo modo, en lo mejor de sí.

    No olvidemos que el niño no tiene referencias propias para saber cómo mirarse a sí mismo. Aprenderá a hacerlo según lo que vea reflejado en el espejo que, para él, son sus padres y las personas más cercanas. Si ese espejo es positivo, al niño le resultará más fácil conocer su propio valor, creer en él y vivir desde él.

    • Un tiempo de calidad. Los terapeutas infantiles están llamando la atención sobre la que parece ser una queja cada vez más frecuente en los niños: sus padres no están con ellos. Me hace recordar la exclamación vehemente de un niño al que su madre dejaba a diario con la abuela: “No quiero ir más con la abuela porque no me quiere”. Cuando su madre le preguntó cómo decía aquello, el niño siguió diciendo: “No me quiere porque, cuando voy a su casa, no está conmigo; barre, lava, hace las camas…, pero conmigo no está”. Es obvio que la abuela debe hacer todas esas faenas, pero no es menor el “deber” de atender la necesidad del niño por parte del adulto.

    Algún terapeuta ha dicho que, en nuestra época, el abuso infantil más sencillo se caracteriza por la omisión y, en concreto, por la falta del padre, de una autoridad paterna. Lógicamente, un tiempo de calidad no se lleva bien con un ritmo laboral o económicamente estresante (y esto nos dice algo de cómo funciona nuestra sociedad). Pero el niño cree en el amor en proporción a la calidad del tiempo que se le dedica. Lo contrario, también para él, son palabras y buenos deseos, sobre los que no puede construir su seguridad afectiva.

    • Una palabra que verbaliza la mirada y los sentimientos. Hemos visto que el primer lenguaje que llega al niño es el no verbal. Pero necesita igualmente la palabra que lo confirma. Necesita ser escuchado con interés y necesita recibir mensajes verbales inequívocos. Aún recuerdo los ojos iluminados de aquella chica cuando me contaba: “Ha venido mi padre corriendo muy contento hacia mí y me ha dicho: «Lo mejor que me ha ocurrido en la vida ha sido haberte conocido»”.

    • Una doble e inseparable actitud: cariño y firmeza. Todo lo humano es, a la vez, sencillo y complejo. También la educación, como tarea delicada que requiere vivir, simultáneamente, esas dos actitudes. La firmeza, sin cariño, degenera en autoritarismo y sobreexigencia y desencadena fácilmente en el niño sentimientos de miedo o rigidez. Pero el cariño, sin firmeza, se convierte en el permisivismo del “todo vale”, privando al niño de referencias seguras. Si en el primer caso, el niño corre el riesgo de volverse rígido (o asustado), en el segundo crece inseguro -sin referencias claras- y puede hacerse “gelatinoso”. Sin una “columna vertebral psicológica” que se fortalece en la medida en que es ayudado y aprende a lidiar con los límites y la frustración, el niño se queda sin recursos ante la dificultad, y puede que no encuentre otras salidas que la superficialidad, la depresión o la violencia gratuita.

    • El lugar de la frustración y el riesgo de una educación permisiva. Cuando no se viven simultáneamente las actitudes que acabo de citar, no es raro que vayamos dando bandazos. La ley del péndulo ha regido también en el campo educativo: de una educación marcadamente autoritaria se pasó, hace unos años, a otra permisiva, con la idea de fondo de que cualquier frustración generaba traumas irreparables. Si esta teoría prende en padres que provienen de aquel otro tipo o bien en padres que temen que sus hijos dejen de quererles si les ponen límites, no resulta difícil imaginar las consecuencias desastrosas a las que puede conducir.

    Tan desastrosas, que no es extraño que se alcen voces enérgicas reclamando atención sobre los riesgos de tal modelo educativo. Cito únicamente dos libros que, escritos desde perspectivas diferentes, pueden servir de botón de muestra. Se trata de El secreto del niño feliz, del pedagogo y padre de familia Steve Biddulph, y el recién publicado por Javier Urra, que fuera Defensor del menor de la Comunidad de Madrid, titulado El pequeño dictador. Debido a su importancia, quiero añadir una palabra sobre este tema de la frustración.

    Indudablemente, la frustración reiterada de necesidades básicas y fundamentales del niño (necesidad de ser amado, reconocido, aceptado, visto, respetado…) puede llegar a producir una herida psicológica de consecuencias muy dolorosas y, en algunos casos, hasta irreparables. O puede generar un vacío afectivo que impida al niño hacer pie en sí mismo y que le ponga en el disparadero de cualquier adicción con la que buscará compensarlo.

    Pero hay otro tipo de frustraciones que no son sólo inevitables, sino profundamente educativas. Me refiero a los límites que, teniendo en cuenta el momento del niño, se imponen desde el cariño y la firmeza. Parece claro que, desde su narcisismo egocéntrico, la necesidad del niño pueda convertirse en capricho caracterizado por la insaciabilidad o, lo que es lo mismo, la ausencia de límites. Si el educador, simplemente, “deja hacer”, está infligiendo un grave daño al niño. Éste, desde el no reconocimiento reiterado de límites, se va a ir adueñando de la situación, convirtiéndose en “el pequeño dictador” del que habla Urra, quien está denunciando el aumento de algo que, de entrada, nos cuesta creer: los casos de niños maltratadores (incluso de su propia madre o abuelos).

    El horizonte de una educación hasta ese punto permisiva, sin el reconocimiento de límites claramente establecidos, no puede ser más peligroso: una muy baja capacidad de tolerancia a la frustración (y todos somos testigos de la reacción de adolescentes y jóvenes ante ella) y una violencia desmedida y absolutamente gratuita (escenificada, dramáticamente, en las palizas dadas a indigentes, que son filmadas ¡con el único objeto de divertirse!).

    Trataré de esquematizarlo, retomando lo ya señalado en el capítulo 4, al hablar de las dificultades para poder vivir la autoacogida. Todo empieza a partir del dato primero: el niño es pura necesidad. Y todo va a depender, en gran medida, del modo como se responda a ella.

    Fundamentales (ser reconocido, amado, visto…)

    Frustración reiterada:

    Herida

    Vacío ! Adicción

    Imagen negativa (por el sentimiento de indignidad, vergüenza,

    NECESIDADES culpabilidad)

    Construcción de una imagen idealizada o “falso yo”

    Perfeccionismo.

    “Desproporcionadas” (“caprichos”, no-límite)

    No frustración (permisivismo):

    Falta de referencias Inseguridad

    Baja tolerancia a la frustración

    “Pequeño dictador”

    Violencia desmedida o depresión

    • Un requisito clave: que el educador viva una relación positiva con su propio “niño interior”. “Nadie da lo que no tiene”, decía el viejo adagio latino. En cada uno de nosotros, padres y educadores, sigue vivo el niño o la niña que fuimos. Si nuestra relación con él no está saneada, es probable que estemos conviviendo con un niño dolido, asustado y enfadado. Pero un niño que se encuentra así, ¿cómo podría mirar gozosa y amorosamente a otros niños? O, ¿cómo vamos a pedirle a un niño que sea firme y cariñoso al mismo tiempo? Lo más probable es que el niño que hay en nosotros, si no se ha sentido (se siente) adecuadamente atendido, entre en rivalidad con los otros niños, con todo lo que eso puede llegar a desencadenar. Porque hay algo que parece claro: todo “niño interior” no adecuadamente atendido tiende a ser el dueño de la escena, generando en el adulto reacciones “infantiles” que le sorprenderán a él mismo antes que a nadie.

    Dicho de otro modo: además de los niños y niñas con quienes convivimos y a quienes tratamos, tenemos que ser conscientes de la existencia de ese otro, nuestro niño o niña interior, que quizás siga reclamando aún nuestra atención y con el que tendremos que aprender a vivir una relación de calidad si queremos que sea así también nuestra relación con los otros niños, que son nuestros hijos, nietos, sobrinos, alumnos, pacientes o simplemente conocidos.

    Educar en valores hoy

    Al plantearnos el tema de la educación en valores, se hace inevitable dirigir la atención, no sólo al “corazón” del niño, sino también a la sociedad en la que vivimos y en la que ese niño va a crecer. Sólo así la educación será lúcida y podrá ser “eficaz”.

    Hablar de “hoy”, implica preguntarnos por las urgencias de este momento sociocultural que están reclamando nuestra atención. Urgencias que nos remiten a prioridades y que podemos percibir también detectando las sombras o puntos débiles en nuestra vida social. Tras un análisis elaborado a partir de esas perspectivas, me atrevo a sugerir algunas prioridades educativas en el campo de los valores. De otro modo, desde mi punto de vista, ¿qué actitudes promover?

    • La vida como ofrenda. Alguien ha escrito que cada periodo histórico parece caracterizarse por un tipo específico de trastorno. Si en tiempos de Freud era la histeria, en el nuestro parece ser la depresión y el narcisismo.

    El narcisismo infantil es un dato del que partimos. Pero si ese narcisismo primario no se resuelve ajustadamente, la infancia puede convertirse en un infantilismo permanente. A mi modo de ver, el niño puede estancarse en él, por dos motivos. En primer lugar, cuando sus tempranas y saludables necesidades narcisistas (reconocimiento, afecto, atención, respeto…) no son satisfechas, desarrollará con mucha dificultad su autoestima y seguridad. Deberá aprender a vivir para agradar, en un intento por conseguir respuesta a sus necesidades, generando un “falso yo” y quedando cautivo, como Narciso, de su propio reflejo. Su verdadero yo, al no haber sido “visto”, quedará sepultado en el inconsciente, mientras él intentará vivir únicamente para su imagen idealizada, mantenida por medio del perfeccionismo, y para su necesidad sensible: buscando sólo lo agradable y resistiéndose a todo lo que pueda percibir como perturbador o simplemente molesto.

    Si a esto añadimos el influjo de un ambiente sociocultural que, por diferentes y complejos motivos, exacerba la búsqueda del bienestar sensible por encima de cualquier otro valor, tenemos todos los ingredientes para que florezca un Narciso caracterizado por la apropiación y la voracidad; el que va por el mundo como una gran “boca”, pronta a tragar todo lo que encuentre a su paso. Un Narciso, y ésta es la parte “oscura” de la historia, no sólo “narcotizado”, sino condenado a ahogarse en su propia burbuja.

    Pues bien, frente a este riesgo agudizado en nuestra sociedad, se requiere vivir una actitud contracultural y educar en ella, si queremos caminar hacia un mundo más humanizado y favorecer el crecimiento de hombres y mujeres más “vivos”: la actitud de ofrenda, caracterizada por el amor y la gratuidad.

    • La dimensión comunitaria y social. No es extraño que el narcisismo haya encontrado un favorable caldo de cultivo en una sociedad caracterizada por la exacerbación del yo. Sin duda, la emergencia del “yo”, con la correspondiente actitud de individualismo, ha supuesto un progreso notable en la historia evolutiva de la humanidad. Sin embargo, hay signos que empiezan a apuntar que ese predominio del yo o, como la llaman otros, esa etapa mental-egoica, tras haber llegado a su apogeo, inicia su decadencia.

    Lo cierto es que, en nuestra cultura, todo gira en torno al “yo”…, y ese yo no existe sino como ficción mental. No existe, pero se aferra desesperadamente a la existencia, objetivándose en cosas y, sobre todo, en los bienes materiales y el dinero; porque ése es el único modo que tiene de mantener la engañosa ilusión de su pretendida existencia.

    La educación, hoy, tiene que cuidar especialmente la dimensión comunitaria y social. Y, a la vez que trabaja en la integración del yo, tiene que estar particularmente abierta al hecho de que se trata de un yo que habrá de ser trascendido. En su propia medida, la educación tendrá que favorecer el paso a un nuevo estado de conciencia, caracterizado no por la yoidad, sino por la interrelación y la no-diferencia, por la Unidad en la diversidad.

    • Una austeridad solidaria. El profesor José María Mardones insiste con frecuencia en el hecho evidente de que la cultura actual ha creado la religión secular del consumo de sensaciones. El gran engaño que subyace es que se piensa que “el nivel de vida” y el disfrute del “consumo de sensaciones” es lo que constituye el “sentido de la vida”. La gran injusticia es que ese modo de vivir perpetúa y agrava la hiriente desigualdad de nuestro planeta.

    Frente a ese engaño y esa injusticia, necesitamos “educar el deseo”, desde la certeza de que el niño no va a crecer mejor por poseer más cosas. La sobresaturación no los hace más libres sino más dependientes de lo superfluo. Educar el deseo, para que sea posible el crecimiento personal. Educarnos en la austeridad, desde una motivación ética: la lucha contra la injusta distribución de los bienes de nuestro mundo, a la vez que la búsqueda sana de señorío y libertad interior.

    • La profundidad, ¿dimensión perdida? La superficialidad, aun mantenida con el señuelo del consumo y del disfrute de sensaciones inmediatas, termina ahogando. No hay más que mirar realidades que apuntan a un mayor índice de depresión y de suicidio precisamente en los países con mayor “desarrollo” económico -como es el caso de Estados Unidos-. Sin raíces, la vida se agosta. Y lo que queda es banalidad estéril. Habremos construido un mundo absolutamente chato. Sin embargo, escuchada o no, la vida sigue clamando desde lo profundo.

    El educador sabe que la vida se encuentra justamente en las raíces y busca el modo de vivirse y de ayudar a vivirse desde ellas. Porque sabe que desde ese lugar es desde donde se desencadena el crecimiento y la unificación de la persona. Desde ahí puede ir creciendo un yo integrado, que vive armoniosamente la relación consigo mismo, con los otros, con la naturaleza y con el Misterio que nos sobrepasa.

    Espiritualidad: la dimensión de profundidad

    A pesar de que la espiritualidad sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad occidental -en la que, para desgracia y empobrecimiento nuestros, sufrió una represión similar a la que había sufrido anteriormente la sexualidad-, parece, sin embargo, que han pasado los tiempos en que la palabra “espiritualidad” provocaba sarpullidos. Pero parece que han pasado igualmente aquellos en los que la espiritualidad parecía propiedad exclusiva de las iglesias. Según todos los análisis sociológicos, nos encontramos en tiempos favorables para lo que se ha llamado una “espiritualidad no institucionalizada”, incluso en claro rechazo de la institución religiosa. Con esta precisión, cabe decir que la espiritualidad, perdida, incluso reprimida, pero siempre añorada, irrumpe de nuevo. Hasta el punto de que se convierte en tema central de revistas que pueden verse en cualquier kiosco. De hecho, en su número del mes de diciembre de 2005, la revista “Psychologies” titulaba así su dossier central, al que dedicaba 34 páginas a todo color: “Espiritualidad, ¿una nueva necesidad?”.

    Más aún. Nos encontramos en un momento particularmente interesante para la integración de las aportaciones que nos vienen de la psicología y de la espiritualidad; ambas se están reclamando mutuamente. Como he dicho más arriba, la espiritualidad sin la psicología está coja; aun teniendo clara la meta adonde llegar, carece de recursos operativos que permitan caminar eficazmente hacia ella. Pero, a su vez, la psicología sin la espiritualidad está ciega; ofrece recursos y estrategias, pero, aun queriendo trabajar a favor de un “yo” integrado, en realidad desconoce la meta última: un yo integrado…, ¿para qué?

    Hablar de espiritualidad es hablar de la dimensión de profundidad, del Misterio que nos envuelve y en el que somos. Misterio, al que las religiones han nombrado como “Dios”, pero que, sin embargo, no se deja nombrar fácilmente, porque, en cuanto lo nombramos, lo delimitamos y, en su lugar, aparecen caricaturas.

    Como ha quedado expuesto en el capítulo 2, en cuanto nombramos a Dios, corremos el riesgo de pensarlo como un Ser separado, dejando “fuera” de Él (eso significa crear una frontera) todo lo que “no es” Él y proyectando en Él todo un conjunto de rasgos antropomórficos. Pero, por definición, un Ser separado no es sino un concepto o imagen mental. Mientras estamos situados en un nivel de conciencia mítico, no advertimos aquella contradicción, del mismo modo que un niño no encuentra incongruente la actividad de los Reyes Magos; pero en cuanto nos abrimos a la racionalidad, percibimos la incongruencia. Y si, por medio de la meditación y del no-pensamiento, accedemos a un nuevo nivel de conciencia, caeremos en la cuenta de la no-diferencia de todo lo real y podremos intuir el Misterio sencillamente como Lo Que Es. Nombre que, como he señalado más arriba, se halla íntimamente cercano al Yahvéh bíblico.

    Y ahí se nos acaban las imágenes y las palabras. No se puede pensar en Él como un Ser, no hay que intentar verlo como un Objeto; se trata, más bien, de descansar sencillamente en Él, como Lo Que Es y en quien somos: una vez más, el Silencio que está detrás de todo lo que vemos, la Presencia en la que somos, el Amor que nos hace ser, y fuera del cual nunca estamos ni podemos estar.

    Despertar en los niños su dimensión espiritual -la que he llamado “dimensión de profundidad”- es el mejor regalo que podemos hacerles. Encontrarán en ella el mejor recurso para acceder a su verdadera identidad, el antídoto más eficaz contra el vacío y el sinsentido y el camino para crecer en la Conciencia unitaria que somos. Será, pues, no sólo el mejor regalo para ellos, sino un gran servicio para toda la humanidad, que clama por avanzar en esa nueva conciencia.

    Pues bien, ¿cómo educar en espiritualidad a los niños? Tendríamos que empezar por ayudarles a descubrir y vivir el Misterio, antes incluso que hablar de Dios. Sobre todo en nuestra cultura, no existe lo que no se experimenta. Por eso, no sé si sirve de algo seguir enseñando catecismo, mientras no ayudemos a percibir y valorar el Misterio. Pero esto no se va a conseguir por el camino de la información, sino por el de la experiencia.

    Con todas las cautelas y consciente de mis limitaciones, quiero apuntar únicamente algunas pistas en esta tarea.

    • Desde la propia experiencia. Como no se trata tanto de dar informaciones, cuanto de abrir un horizonte, pueden educar en la dimensión espiritual personas que la hayan experimentado y vivido. El educador es aquí, más que nunca, guía y acompañante, porque previamente ha recorrido el camino.

    • Dimensión de Misterio: la realidad es más de lo que vemos. Esto es precisamente lo que el educador ha experimentado y ésta es la propuesta que quiere invitar a descubrir. Ni lo real se reduce a lo mensurable ni la realidad se limita a lo que nuestra mente puede conocer. Hay un nivel de Realidad que transciende nuestro ojo y nuestra mente, y justo en ese nivel se halla la clave de nuestra vida.

    • Educar en la presencialidad. Antes de “refugiarse” en el mundo de los pensamientos, los niños viven espontáneamente la observación: volcados hacia el exterior, la capacidad de contemplar les resulta natural. Ahora bien, mientras estamos en el pensamiento, nos hallamos en el pasado; alejados de nosotros, nos privamos de vivir. Hemos adquirido muchos conocimientos, sabemos cualquier cosa, pero no sabemos estar aquí y ahora. Y ésta es la gran fuente del sufrimiento. Por el contrario, la observación es la que nos trae al presente. Y en el Presente, todo es.

    Educar a los niños en la presencialidad significa ayudarles a que sigan desarrollando su capacidad de vivir en presente, presentes a ellos mismos, gracias al cuidado de su propio don de observación y de contemplación. Habría que potenciar mucho más el contacto vivo de los niños con la naturaleza, favoreciendo una mirada de respeto que nace de la comunión de fondo.

    • Educar en el silencio. La nuestra es una cultura del ruido, exterior e interior. No es extraño que tanto ruido ahogue cualquier búsqueda. Sin embargo, el niño tiene también una capacidad natural para el silencio. Y el silencio es una puerta privilegiada que nos abre, a través de la observación y la contemplación, al reino del Presente y al reino del Misterio. El silencio puede también despertar el gusto por la meditación. Y cada vez somos más conscientes de que hay problemas y sufrimientos que únicamente pueden “disolverse” en esa práctica meditativa.

    En la práctica, conozco algún caso de colegios donde, cada mañana, los niños empiezan su clase viviendo juntos un tiempo de silencio. No sólo no dicen que les resulte pesado o aburrido; al contrario, no permiten que ningún día se pase por alto ese tiempo inicial.

    • Educar en la comunión. He hablado más arriba de la dimensión comunitaria y social, así como de la importancia de educar en la austeridad solidaria. Al centrarnos en la espiritualidad, tocamos justamente la raíz misma de aquellas actitudes. Porque pertenece al núcleo mismo de la espiritualidad la experiencia y la vivencia de la comunión. Al descubrirnos en el Misterio, “en quien somos, nos movemos y existimos”, nos percibimos simultáneamente unidos en el Uno. Educar en la comunión no obedece a un imperativo moral; se trata sencillamente de vivir lo que somos. Y es, precisamente, la progresiva toma de conciencia de esta comunión original y fundante, la que hará emerger el respeto, la solidaridad, el amor gratuito, la compasión. Así es como la vivencia de una espiritualidad auténtica nos hace crecer como seres bondadosos y compasivos, más felices y mejores personas.

    • Ponerlos en contacto con personas que han vivido esta dimensión y nos han abierto caminos. Dentro de la tradición cristiana, me refiero concretamente a la persona de Jesús, de quien nos dice el testimonio de sus primeros seguidores que “pasó haciendo el bien porque Dios estaba con él”. Acercarlos a su persona y a sus valores es un modo de despertar en ellos su propia bondad y abrirles al Origen de la misma.

    Conclusión. Educarnos para educar

    Educar a los niños en valores y en espiritualidad nos exige implicarnos en nuestra propia educación en ese ámbito, porque no podremos acompañarlos más lejos de donde nosotros mismos hayamos llegado. Porque los valores y la espiritualidad no son, en primer lugar, algo que se enseña o información que se transmite, sino experiencia que se contagia.

    Plantearnos esta tarea nos remite, en mi opinión, a vivir con esmero un doble cuidado: el cuidado de nuestro “niño interior”, a través del diálogo interno, para crecer en unificación serena y en disponibilidad; y el cuidado del silencio y de la meditación, para vivir en presente y enraizarnos más y más en la Unidad que somos. Y, como decía el mismo Jesús, “todo lo demás se os dará por añadidura”.

    ANEXO

    NIVELES DE CONCIENCIA Y PERCEPCIÓN DE LA REALIDAD

    El verdadero desarrollo espiritual no es una tarea sencilla, segura ni cómoda. Ningún ego sale con vida de este camino, gracias a Dios” (Bo Lozoff).

    Lo sepamos o no, lo que más anhelamos es llegar a ser uno con el universo, uno con Dios” (F. Kunkel).

    Estamos hechos de cielo” (Juan XXIII).

    Frente a una doble arrogancia -la del materialismo rancio, que reducía todo a lo que podía medir, y la de del ego humano, que reducía la conciencia a su forma mental-, está emergiendo una nueva percepción más humilde y más holística. Por ello, seguramente, mucho más ajustada a lo real.

    Percepción en la que convergen, de un modo sorprendente, las intuiciones de la espiritualidad oriental y de la sabiduría mística de cualquier tradición religiosa, los atisbos de la nueva física cuántica, y los estudios de la psicología transpersonal.

    Nadie bien informado osa ya afirmar que todo proviene de la materia. Por el contrario, la materia no es sino energía condensada, la cual es información y, en último término, conciencia. “La mente inmaterial mueve el cerebro”, escribió el Premio Nobel John Eccles. Todo lo real participa, por tanto, de una misma Conciencia que lo penetra y lo envuelve todo.

    Dentro de ella, la mente es sólo una forma de conciencia, un modo en el que ésta se expresa: conciencia asociada a un yo. Se trata de un logro importantísimo, por el que la conciencia se hace consciente de sí en el ser humano. Pero no agota todo lo que ella es. Aparte y antes que ella existe la Conciencia no-asociada a un yo, omni-presente y omni-abarcante.

    Más aún, la “conciencia humana” o conciencia mental tampoco es estática. También ella, como todo lo que podemos percibir, se ve sometida a un proceso evolutivo, que podemos detectar y, en grandes líneas, clasificar. Desde la prácticamente no-conciencia inicial hasta la conciencia no-dual (del no-yo transpersonal), la humanidad se mueve en un continuum progresivamente autoconsciente. Esto nos permite hablar de estadios o niveles de conciencia.

    En el ámbito psicológico, el pionero en los estudios sobre el desarrollo de la conciencia individual en los niños fue Jean Piaget (1896-1980). Desde el ámbito cultural, Jean Gebser (1905-1973) vino a descubrir que, en cierto sentido, los niveles que recorría el niño en su evolución se correspondían con los niveles que venía recorriendo la humanidad en su conjunto. A partir de estos estudios, Ken Wilber ha venido desarrollando una obra admirable, densa y extensa, sobre la conciencia humana. Posteriormente, son muchos los que continúan aplicando aquellas investigaciones a distintos ámbitos del hacer humano. Por lo que se refiere a la espiritualidad cristiana, habría que citar los nombres de H.M. Enomiya Lassalle, W. Jäger, Th. Keating, Chwen Jiuan, Th. Hand, J. Marion, A.M. González Garza…

    Sin entrar en la complejidad de los nueve niveles descritos por Wilber, creo que, a fin de facilitar la comprensión del texto, es suficiente hacer una alusión a los más básicos, que han sido (son) vividos colectivamente, aunque siempre haya habido hombres y mujeres que, individualmente, los hayan trascendido y hayan alcanzado estadios de conciencia superiores a los de la propia colectividad a la que pertenecían.

    Los niveles básicos de conciencia que la humanidad ha recorrido podrían agruparse en estas categorías: arcaico, mágico, mítico y racional. Cada vez se hace más presente el estadio integral y podríamos estar ante el umbral, apenas incipiente, de los niveles transpersonales. Diré una palabra sobre cada uno de ellos, con el objeto de que se comprenda mejor la reflexión sobre la cuestión de Dios.

    • Nivel arcaico (hasta 200.000 a.C.): El hombre primordial vivía en un estado de conciencia más animal que humano, sin conciencia de un “yo” separado, preocupado únicamente por la lucha, la supervivencia y la búsqueda de alimento. Sin haber desarrollado la capacidad mental de “ver”, su conexión con la naturaleza era parte de la experiencia sensorial/emocional inmediata. Su mundo eran las sensaciones e instinto.

    • Nivel mágico (200.000 - 10.000 a.C.): El concepto de tiempo se expande más allá del presente inmediato, pero no mucho más, en una especie de “presente expandido”. Su estado de conciencia se halla inmerso en lo físico-emocional, se dedica a la caza, y recurre a la magia en busca de apoyo; al mismo tiempo, se torna súbitamente consciente de su mortalidad. Es el nivel propio de las culturas tribales, con una organización social de parentesco. En religión, predomina el animismo. El cielo, el trueno y otros fenómenos están “vivos”, y se pueden controlar en beneficio propio a través de palabras y ceremonias mágicas, a partir de la creencia de que el nombre da poder sobre lo nombrado.

    • Nivel mítico (10.000 - 1.500 a.C.): Surgió en el Neolítico y supuso un paso gigantesco: se produce una cierta organización social, empieza a desarrollarse la agricultura, aparece la escritura, se enriquece el lenguaje, la religión asume una forma diferente; lo más decisivo es que las personas empiezan a vivir en grupos y las historias a transmitirse de una generación a otra en forma de mitos. Con su desarrollo, aparecerán las grandes religiones y los grandes imperios. Caracterizados por un fuerte sentimiento de pertenencia y, en consecuencia, por un rígido etnocentrismo, son incapaces de pensar “globalmente”. La tolerancia, en este nivel de conciencia, lo mismo que la aceptación de la diversidad, es imposible: sería sinónimo de traición a su Dios y a su pueblo; sería, en última instancia, una amenaza para su sentido del yo, un yo que está asentado justamente en su percepción mítica de pertenencia. Las grandes religiones todavía hoy se expresan mayoritariamente en este nivel. El creyente mítico excluye de la salvación a los que no se adhieren a su fe, de donde nace la imperiosa misión de convertir a todos a la “religión verdadera”, por el propio bien de ellos.

    • Nivel racional-mental (que Wilber llama también egoico): Aparece entre el segundo y el primer milenio a.C., aunque se irá desarrollando en fases sucesivas, y se caracteriza por la aparición en escena del ego y del pensamiento abstracto. Liberado de la magia y del mito, emergido un concepto lineal del tiempo y una sensación de historia, el ego llega a verse como la única y suprema realidad. Entraña la capacidad de pensar de manera abstracta, comprender principios y afirmaciones generales. Agudizado a partir de la Ilustración (s. XVIII), es el nivel que caracteriza al adulto medio de la sociedad actual, en las diferentes instituciones, con excepción, en gran medida, de las iglesias, que siguen ancladas en el nivel mítico anterior. Esto explica las “disonancias” y el rechazo instintivo que suelen provocar por parte de los sectores situados en él: una persona que se mueve en un nivel de conciencia racional no puede sintonizar, en absoluto, con una imagen de Dios propia del nivel mágico o del nivel mítico. Del mismo modo que un adulto no puede ver el mundo como lo ve y lo expresa el niño. Y esto no es cuestión de buena o mala fe -como alguien situado en el nivel mítico estaría tentado de pensar-, sino, sencillamente de nivel o grado de desarrollo de la conciencia.

    • Nivel integral: Es el más elevado de los niveles mentales. El yo es capaz de identificarse con la mente abstracta. De ahí, brota la capacidad para pensar desde diferentes perspectivas, o mejor, desde una perspectiva global, superando las ideologías rígidas. Con ello, surgen también el interés y la preocupación por otras personas. Aparecen así, en primer plano, todas las cuestiones globales: ecología, pacifismo, apertura universalista, espiritualidad planetaria, sistemas alternativos, defensa de los débiles…

    • Niveles transpersonales (o transmentales y transegoicos): Aunque a lo largo de la historia de la humanidad han existido hombres y mujeres que han experimentado estos niveles de conciencia, da la impresión de que, de un modo más amplio, colectivamente, nos encontraríamos hoy ante este umbral.

    No me entretengo en especificar los distintos niveles transpersonales de que habla Wilber (psíquico, sutil, causal, no-dual), sino que me limito a resumir lo más característico de modo general.

    Ya al final del nivel anterior (integral), comenzamos a superar a la propia mente: nos hacemos conscientes de nuestra consciencia, de nuestra racionalidad y eso permite que podamos ver la mente y el pensamiento como objetos. Al hacer así, nos situamos “más allá” de la mente. Dejamos de identificar al yo con la mente racional y lo comenzamos a identificar con algo que trasciende al cuerpo, a las emociones, a la mente: el testigo interior que las observa, al que podemos llamar “yo permanente”. De ese modo, nos vamos despegando más de la personalidad espaciotemporal. Se empiezan a superar las barreras de lo mental y de lo individual, en un estado de conciencia expandido, caracterizado por la intuición más que por el pensamiento reflexivo, por la unidad más que por el individualismo. La realidad se nos revela -de un modo sorprendentemente diferente a la percepción habitual-, como no-dual, dinámica, vacía, interconectada, acausal, paradójica...

    En cualquier caso, deberíamos ser lúcidos para no aferrarnos al yo-racional como si él fuera nuestra verdadera identidad. Antes de él, el niño (y nuestros antepasados) se identificaron con el yo-corporal/emocional, el yo-mágico, el yo-mítico; al expandirse la conciencia, emerge siempre una “nueva identidad”. Lo que antes era “sujeto”, en cuanto empieza a ser observado, deviene “objeto”. Del mismo modo que, al poder observar el cuerpo desde la mente, el yo-corporal quedó trascendido (e integrado) en el yo-mental, al poder observar la mente, el yo-mental queda trascendido (e integrado) en “aquél” que observa, el testigo interior. ¿Quién ve cuando “yo” miro?, ¿quién comprende cuando “yo” leo?, ¿quién percibe que “yo” pienso?, ¿quién está percibiendo al “yo”?... La persona no se identifica como “yo”, sino como el Testigo. Y, a medida que permanezca en esa nueva identidad, su conciencia se ampliará y se manifestará el Testigo no-dual, la Conciencia Unitaria. ¿Y cómo verá el Testigo a nuestro yo anterior? De un modo similar a como ve el yo a nuestro cuerpo.

    ¿Qué tiene que ver todo esto con la cuestión acerca de Dios? Algo tan decisivo que permite comprender la marginación que actualmente está experimentado la Iglesia en el ámbito noroccidental. Cuando la mayoría de las personas e instituciones se mueven con soltura en un nivel de conciencia racional, e incluso en el integral, la iglesia permanece anclada, mayoritariamente, en el nivel mítico, en lo que se refiere a organización y lenguaje, contenidos y expresiones, imágenes de Dios y formulaciones doctrinales. En esas condiciones, pertenecer a la Iglesia implica -en muchos casos- “retroceder” a un nivel de conciencia mítico. No se trata, por tanto, de creer o no creer, sino de formas de vivir, de sentir, de percibir la realidad y de expresarla.

    Quizás se comprenda mejor con un ejemplo, relacionado con una cuestión delicada para los creyentes: la oración de petición. Para el hombre que se encuentra en un nivel de conciencia mágico, la ceremonia bien hecha logrará provocar la lluvia (algo que, en nuestra cultura, nadie creerá, ni siquiera los más fervientes religiosos). En el nivel mítico, el creyente piensa que la oración por la lluvia puede mover el corazón de Dios que, al final, puede concedérnosla. Del mismo modo que el niño, entre 7 y 12 años, puede pensar en Dios como un Ser bueno que hará milagros a su favor, siempre que se porte bien. Pero eso no es un dogma de fe; es sólo una formulación típica de ese estado de conciencia. Lo único que ocurre es que las formulaciones de las grandes religiones se produjeron en el nivel mítico, lo cual explica que las personas religiosas se hayan identificado tanto con ellas, hasta el punto de considerarlas “definitivas”. Con ello, no hacen sino permanecer en la ignorancia y autoexcluirse de la historia de la evolución de la conciencia. Pero sigamos con nuestro ejemplo. En un nivel racional, el creyente “racionalizará” su petición y dirá someterse a la voluntad de Dios, porque Él sabe mejor “lo que nos conviene”. Y, al mismo tiempo, inventará sistemas de regadío, porque empieza a intuir que la realidad se maneja por leyes autónomas, al margen de intervencionismos extramundanos. En niveles transpersonales de conciencia, el creyente sigue “pidiendo” -anhelando- todo lo que necesita, pero no se dirige al dios exterior de la conciencia mágica o mítica, ni al dios “racionalizado”, sino, más allá de todo dualismo (típico del nivel mítico e incluso racional), a la dimensión divina que experimenta no-separada, a Lo Que Es. Y esa oración será “eficaz”, porque nada nos haría estar más en unidad con Dios y con las personas por las que oramos.

    Con ello, no se ha perdido nada, no se ha perdido la fe -como suelen gritar los creyentes míticos, cuando escuchan formulaciones diversas a las suyas-, sino que se ha dado otro paso decisivo en la marcha evolutiva de la humanidad, en la que la Conciencia va desvelando su Rostro.

    Todos los místicos han experimentado esa Unidad en Dios, aunque tuvieran que expresarla en categorías propias de su propio paradigma cultural. Incluso santa Teresa de Jesús, ejemplo de oración relacional y afectiva, en su obra de madurez, se ve llevada por su propia experiencia a reconocer la Unidad, echando mano de imágenes atrevidas:

    Digamos que sea la unión como si dos velas de cera se juntasen tan en extremo, que toda la luz fuese una... Acá es como si cayendo agua del cielo en un río o fuente, adonde queda hecho todo agua, que no podrán ya dividir ni apartar cuál es el agua del río, o lo que cayó del cielo; o como si un arroyico pequeño entra en la mar, no habrá remedio de apartarse; O como si en una pieza estuviesen dos ventanas por donde entrase gran luz; aunque entra dividida, se hace todo una luz” (7 Moradas 2,4,).

    Queríamos responder a la pregunta ¿cómo orar? Imaginemos algo: ¿de qué modo tan diferente le “hablaría” una gota al océano, estando todavía separada o una vez que hubiera caído en él? ¿Cuál de los dos modos sería más pleno? Pues bien, en la tradición mística, hablar de oración implica favorecer el paso de la separación (pensada) a la Unidad que Es, Unidad-en-la-Diversidad o No-dualidad. Lo que ocurre es que ese paso únicamente puede darse cuando se trasciende el pensamiento.

    He dicho más arriba que la mente humana no puede acceder a la No-dualidad; más aún, le parecerá un dislate, porque la misma mente es dualista: sabe lo que es uno y lo que son dos, pero no puede saber lo que es el no-dos. Si no pudiera separar los objetos, se colapsaría, terminaría bloqueada. La mente puede funcionar en tanto en cuanto separa y fracciona la realidad. Por eso, mientras permanezcamos en el pensamiento, no podremos “ver” la realidad sino de un modo dualista. Del mismo modo que el niño, mientras permanece en su identidad “corporal”, es incapaz de acceder al pensamiento abstracto. Pero detén la mente y el dualismo desaparecerá. Y, al trascender el pensamiento, despertarás al reconocimiento de Lo Que Es.

    Ése es el servicio que las religiones y las iglesias deberían ofrecer. Apartándose del discurso mitológico y de la interminable palabrería mental, de la moralización y del protagonismo, favorecer el desarrollo de la conciencia y posibilitar la genuina experiencia espiritual.

    Y ¿por qué ayudar a las personas para que alcancen ese otro nivel de conciencia?

    • Porque es el siguiente peldaño en la evolución de la humanidad.

    • Porque ahí es donde residen las auténticas fuerzas transformadoras.

    • Porque es el camino de la autorrealización y autotrascendencia.

    • Porque es fuente de libertad y de comunión (¿quién me quita la libertad sino mi “yo”?, ¿quién impide la unidad, sino el mismo “yo”?).

    • Porque la ampliación de la conciencia hará posible el cambio del corazón humano y, así, la transformación de nuestra sociedad y de nuestro mundo.

    • Porque el horizonte es la Unidad: todo proceso espiritual conduce hacia ella.

    • Porque es en el ámbito transpersonal donde encontramos el sentido de nuestra vida: experimentamos quiénes somos, inmortales y uno con todo.

    Sólo esa nueva conciencia dará respuesta al anhelo humano, nos liberará de la agotada prisión egoica -de los callejones sin salida donde se encuentra el yo-, permitirá avanzar en humanización y establecerá las condiciones que posibiliten la emergencia y manifestación creciente de la Belleza amorosa y radiante del Espíritu, la Unidad Que Somos/Es.

    La ontogénesis hace referencia a la evolución biológica del individuo, mientras que la filogénesis (del griego “fylon”: raza, tribu) se refiere al nacimiento y desarrollo (también biológico) de la especie.

    Véase el Anexo final, con un breve esquema explicativo de esos niveles, pp.

    Remito, de nuevo, al Anexo, pp.

    H. REEVES - J. DE ROSNAY - Y. COPPENS - D. SIMONNET, La historia más bella del mundo. Los secretos de nuestros orígenes, Anagrama, Barcelona 92005, p. 160.

    La conciencia sin fronteras. Aproximaciones de Oriente y Occidente al crecimiento personal, Kairós, Barcelona 41991, pp. 167-168.

    Esto coincide exactamente con lo que enseñaba, en el siglo XIV, el anónimo autor de La nube del no-saber: “No trates de replegarte dentro de ti mismo, pues, para decirlo de un modo simple, no quiero que estés en ninguna parte; no, ni fuera, ni arriba, ni detrás o al lado de ti mismo. Pero a esto dices: «¿dónde he de estar entonces? Según dices, ¡no he de estar en ninguna parte!». Exacto... Quisiera que no estuvieras en ninguna parte. Porque no estar en ninguna parte físicamente, equivale a estar en todas partes espiritualmente... No te inquietes si tus facultades no pueden captarla [la ciega nada y la falta de lugar]. En realidad, así debe ser, ya que esta nada es tan sutil que los sentidos no pueden alcanzarla. No puede explicarse, tan sólo experimentarse”: La nube del no-saber y el libro de la orientación particular, Paulinas, Madrid 1973, p. 191.

    Es muy importante vivirlo sin prisas. Dios está en todo el proceso, en el inicio mismo, y no sólo al final. Dios es ya Anhelo, Hambre, Búsqueda… Por otro lado, ¿quién tiene prisa? El mismo que quiere hacer todo perfecto: el yo. Decir “yo” es lo mismo que decir “imagen idealizada”, “máscara”, “orgullo neurótico”, “ego”… El ego equivale al orgullo, se mueve desde y por él. Lo que busca el yo, en la oración, consciente o inconscientemente, es “atrapar” a Dios y experimentar la satisfacción de haberlo hecho bien. Sin embargo, de lo que se trata en la oración no es de “hacer” nada ni de “conseguir” algo, sino sencillamente de poner las condiciones para permitir que Dios sea, o mejor todavía, para poder caer en la cuenta de que Es.

    Una cosa es pensar que me quiero -o darlo por supuesto- y otra bien diferente sentir amor hacia mí. Para esto, requeriré tiempo, paciencia y humildad compasiva. Este amor no tiene nada de egoísta; quien dice que amarse así es narcisista, nunca ha experimentado lo que es amarse; habla de memoria o, peor todavía, justificando inconscientemente su incapacidad para hacerlo. Lo cierto es que cuando siento ese amor hacia mí, siento también, de un modo natural y espontáneo, amor hacia todos (y no sólo “pienso” que los quiero o que debo quererlos, sino que siento que los quiero): el amor se descubre absolutamente inclusivo. Progresivamente, se va mostrando el Amor Que Es, y uno mismo se descubre ser-en-él, ser él. Por otra parte, al vivir bien ese paso -el amor a sí mismo-, mi yo queda integrado y eso permite trascenderlo; queda “pacificado” y eso permite ir “más allá”, sin rigidez ni tensión. Pero cuando no siento el amor hacia mí, mi yo sigue reclamándolo, y se me cuela constantemente, en los pasos siguientes, en forma de exigencia e intranquilidad, de prisas y ansiedad, de despistes y pensamientos, de cansancio y aburrimiento… En definitiva, es su forma de reclamar lo no recibido. No podrá ser trascendido porque no ha sido previamente integrado.

    De un modo sorprendente, pero absolutamente coherente y convergente, el niño pasa también por esas fases, con lo que el desarrollo evolutivo individual es “reflejo” del proceso evolutivo global de la especie. También el niño recorre las fases de fusión pre-personal, mágica, mítica y racional.

    Pag.11.

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    INFINITO

    finito

    VACÍO “ESENCIAL”

    “YO”

    Vacío afectivo



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