Virtudes cívicas

Civismo. Valores cívicos. Educación cívica. Justicia. Tolerancia. Altruismo. Solidaridad

  • Enviado por: Miriam
  • Idioma: castellano
  • País: México México
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INSTITUTO POLITÉCNICO NACIONAL.

CECyT MIGUEL OTHÓN DE MENDIZABAL

ÉTICA CIUDADANA Y VIRTUDES CÍVICAS.

FILOSOFÍA

MÉXICO, DF A 22 DE ABRIL DE 2005.

ÉTICA CIUDADANA Y VIRTUDES CÍVICAS

ESENCIA DE LA VIRTUD

La virtud es otra propiedad de los actos honestos, en cuanto que se repiten y dejan en el sujeto una huella que facilita la buena conducta.

Sin embargo, no todos aprecian la virtud como un valor moral positivo. A pesar de que la misma palabra está significando fuerza, energía, virilidad, frecuentemente se han hecho caricaturas de las diferentes virtudes, considerándolas en el mismo nivel de la gazmoñería, de la mojigatería, de la timidez o hasta de la hipocresía.

Por eso es necesario definir con mayor precisión la esencia de la virtud, aclarar los malentendidos y describir las principales virtudes concretas que el hombre de hecho posee.

DEFINICIóN DE LA VIRTUD:

a) La virtud es una cualidad. En primer lugar, no deben confundirse la virtud y el acto honesto. Una persona puede realizar actos honestos sin tener virtud. Ésta es una cualidad que inclina y facilita la realización de dichos actos.

b) Cualidad adquirida. Este dato es de mucha importancia. No hay virtudes innatas. Todas deben adquirirse a base de esfuerzo y repetición. Cierto es que el hombre puede tener algunas predisposiciones favorables desde el nacimiento; pero, en todo caso, tales predisposiciones sólo están en potencia convierten en virtud hasta que se actualizan de un modo voluntario.

La virtud (como todo valor moral) depende de la actuación voluntaria y libre del sujeto. Otros valores pueden heredarse, mas no la virtud.

e) Es una cualidad estable. Las virtudes son hábitos buenos, según la definición aristotélica; se adquieren y poseen una cierta estabilidad en la persona, susceptible de incrementarse lentamente como una línea de conducta más o menos característica de tal individuo.

d) Facilita el acto humano. Aquí está el efecto de la virtud. Quien la posee tiene mayor facilidad para actuar bien; lo hace con agrado y, además puede realizar actos que, sin ella, seria imposible.

De todo lo cual surge la siguiente definición de la virtud: Es una cualidad estable y adquirida que facilita el acto honesto. Aristóteles definía la virtud como un hábito bueno.

LAS PRINCIPALES VIRTUDES.

Las virtudes pueden ser naturales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) o sobrenaturales (fe, esperanza y caridad), según que correspondan al nivel humano o estén por encima de las capacidades propias de la naturaleza del hombre. También se dividen en intelectuales (prudencia, ciencia, arte, sabiduría e intuición) y morales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), según que residan en los apetitos o en la inteligencia.

Pero, sobre todo, la virtudes morales hacen al hombre bueno. No es posible usarlas mal. En cambio, las virtudes intelectuales sólo hacen bueno al hombre en cierto aspecto, y, en algunos casos, podrían estar en contra del valor moral. Solamente la prudencia es al mismo tiempo intelectual y moral.

  • Prudencia. Es la virtud de la razón, por la que el hombre sabe lo que hay que hacer o evitar en el momento presente.

  • El hombre prudente tiene una aptitud especial para darse cuenta de las circunstancias concretas que lo afectan, y que pueden influir en sus decisiones libres El prudente se sabe aprovechar de las experiencias pasadas. Y, acerca del futuro, sabe prever y proveer. Sabe actuar con rapidez cuando las circunstancias lo ameritan; y, en otros casos, se tomará su tiempo para meditar y elegir concienzudamente.

  • Justicia. Consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. Una persona que, de un modo constante, respeta los derechos ajenos y le da a cada uno lo que le debe, tiene la virtud de la justicia.

  • Se puede considerar tres clases principales de justicia: conmutativa, distributiva y legal o social.

    Se llama justicia conmutativa la que rige las relaciones entre personas particulares. Por ejemplo: un comerciante cumple fielmente un contrato de compraventa. El robo, la mentira, la calumnia, la injuria, el homicidio, los malos tratos, van en contra de la justicia, en cuanto que violan los derechos ajenos.

    La justicia distributiva rige las relaciones entre la sociedad y el súbdito. Queda a cargo de los gobernantes, quienes deben distribuir los beneficios y las cargas de la sociedad, entre los diferentes súbditos, por ejemplo: los impuestos.

    La justicia legal o social rige las relaciones del individuo con respecto a la sociedad. Es la voluntad de actuar en atención al bien común. Tiene importantes aplicaciones en el terreno económico, tal como se estudiará en un capítulo posterior.

  • Fortaleza. Es la firmeza del alma, capaz de vencer las dificultades propias de la vida.

  • El hombre con fortaleza tiene facilidad para sobreponerse a los obstáculos y penalidades que se encuentran a lo largo de la vida; es perseverante y paciente; tiene grandeza de alma (magnanimidad).

    Se opone a la temeridad y a la cobardía. Es contraria a la timidez, a la desesperación y a la ambición exagerada.

  • Templanza. Es la virtud cuyo objeto consiste en moderar los placeres sensibles.

  • Puede tomar la forma de sobriedad, en lo que se refiere al gusto por los alimentos y la bebida; o bien, se llama castidad, cuando modera el instinto sexual.

    La humildad es también una forma de templanza, puesto que modera el gusto excesivo por la propia fama y gloria.

    En fin, quien avanza en la posesión de estas virtudes esta realizando en sí mismo el valor moral, tal como ha quedado definido: la trascendentalidad de la persona. Efectivamente: con la prudencia adquiere su inteligencia el conocimiento práctico y concreto del camino que debe seguir: trasciende el orden de los hechos. Con la justicia realiza el orden moral (de derecho) en sus relaciones con los demás. Con la fortaleza sortea las dificultades. Y con la templanza se aparta del camino fácil sugerido por los apetitos sensibles. En una palabra, las virtudes elevan al hombre más allá de lo común, le dan al sujeto una auténtica personalidad, digna de admiración y de elogio, la única que puede llamarse buena, de un modo pleno y adecuado. La moralización del individuo sólo se puede lograr a base de las virtudes personales:

    • Veracidad.

    Es la cualidad propia de aquellas personas que saben expresarse con la firme convicción de que lo que dicen no puede ser fuente de engaños, pues lo han investigado y reflexionado con sumo cuidado. Si comete error, éste no se debe al dolo o la mala fe, sino simplemente a las limitaciones naturales del conocimiento humano, y que por tanto estarán siempre dispuestas a corregir.

    Sostener la verdad aún en medio de las situaciones más comprometidas, en las que va de por medio la propia seguridad personal, es muestra de gran valor y entereza morales.

    La veracidad moral es distinta a la verdad en sentido gnoseológico, pero las personas veraces hacen un gran uso de la verdad, le profesan un sincero culto.

    • Tolerancia.

    Es el respeto y consideración que nos merecen las ideas o actuaciones de los demás, a pesar del rechazo que sintamos por ser contrarias a nuestra forma de ser y de pensar. Está fincada en el respeto a la persona y en la comprensión de nuestras limitaciones. Al reconocer que no somos poseedores de la verdad absoluta debemos permitir la manifestación de ideas distintas, por ser también distintos los puntos de vista, de la formación cultural y las costumbres entre los hombres.

    Todo esto dentro de los límites posibles del respeto mutuo, pues si éstos se rompen la tolerancia no tiene entonces por qué sostenerse, sobre todo cuando es demostrable el error de la parte contraria.

    • Bondad.

    Es la virtud moral por excelencia, el valor más alto de la conducta, que se confunde incluso con el mismo concepto de virtud. Se define casi igual que ésta como la determinación de la voluntad para hacer el bien a los demás. Si el bien es el fin esencial de la moral, entonces la bondad es la virtud suprema del acto moral, la meta ideal de la moralización del individuo.

    Debemos distinguir un matiz de diferencia muy importante entre la benevolencia o benignidad, que son derivaciones de la bondad, y la bondad en sentido estricto, capaz de convertir el cumplimiento del bien en una obligación autoimpuesta por la propia voluntad. Los conceptos derivados implican una actitud más bien pasiva, muy tolerante, de soportar con gran resignación el daño que otros puedan causamos.

    Todas las virtudes mantienen entre sí íntimos enlaces, pero la bondad es tan amplia que corno ninguna envuelve a las restantes en un todo unitario.

    Ante el problema muy discutido de si el hombre es bueno o malo por naturaleza, nos avocamos a creer en su bondad, y que su maldad es más bien el producto de las frustraciones e injusticias que ha sufrido a lo largo de su existencia. El hombre bueno ha de ser libre, responsable, dueño de sus palabras y acciones, con pensamientos elevados y dispuestos a construir su vida con altruismo, generosidad, tolerancia, solidaridad, y demás virtudes.

    • Justicia.

    Es la virtud moral que hace referencia al orden, igualdad y armonía que deben prevalecer en el hombre, en su doble dimensión social e individual.

    En cuanto al individuo, la justicia expresa (según Platón) el adecuado equilibrio y armonía entre las facultades del alma; quedando subordinadas a la razón la voluntad y la sensibilidad. En cuanto al ser social, la justicia procura integrar en un orden estable, armónico e igualitario las relaciones interhumanas con el fin de obtener el bien común.

    La justicia es la aspiración máxima del derecho, la idea que debe inspirarlo constantemente. Aunque tiene un fundamento ético de gran trascendencia, el lugar donde mejor se asienta es en el de las relaciones sociales reguladas por el derecho. Esto se debe a la propia naturaleza de la justicia, que posee en nuestro tiempo una connotación más social que individual, más positiva que metafísica.

    La justicia natural tiene a la equidad (lo mesurado) como uno de sus principios básicos.

    La justicia, derivada del derecho positivo, se encuentra plasmada en los distintos ordenamientos legales promulgados por el poder público. Esta es la justicia social o legal, que para muchos es la justicia propiamente dicha.

    La justicia legal se divide en general o particular, "según que considere los actos humanos en relación con lo que exige la conservación de la unidad social y el bien común, o en relación con lo que corresponde a los particulares entre sí o frente a la comunidad. La primera regula los derechos de la sociedad y la segunda los derechos de los particulares".

    Esta última se subdivide en distributiva y en conmutativa.

    La justicia distributiva, según la célebre definición de Ulpiano como: "la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo suyo", estima, aprecia, o distingue según la ley o los principios de la equidad, lo que a cada uno le corresponde.

    La justicia conmutativa es la que debe impartirse en las relaciones bilaterales de trueque o cambio; consistente en la igualdad o proporción de tipo aritmético entre lo que se da y lo que se recibe.

    • Magnanimidad.

    Consistente en la grandeza espiritual de ver la vida desde perspectivas muy elevadas, colocando siempre por encima de las nimiedades o asperezas de la existencia, la fuerza del ánimo emprendedor, el altruismo por el prójimo. Nadie como Aristóteles nos ha ofrecido hasta ahora un concepto tan claro y profundo de esta virtud; vale demasiado la pena para no transcribirla, nos dice: "La magnanimidad, como su mismo nombre lo da a entender, parece aplicarse a las grandes cosas... El que es digno de cosas pequeñas, y de ellas se juzga digno, es discreto, pero no magnánimo, porque la magnanimidad está en la grandeza, como la hermosura en un cuerpo grande; los pequeños son graciosos y bien proporcionados, pero no hermosos.

    La magnanimidad muéstrase así como cierto orden bello de las virtudes, pues las hace mayores y no se da sin ellas. Por lo cual es difícil ser con verdad magnánimo, pues no es posible serlo sin nobleza moral.

    El magnánimo es, pues, tal sobre todo en los honores y deshonores. Pero aún en los grandes honores, y por más que provengan de los hombres de bien, el magnánimo gozará de ellos moderadamente, como quien obtiene lo que le pertenece. Pero despreciará en absoluto los honores que vengan de gentes cualesquiera o por cosas menudas, por ser inferiores a su merecimiento. Igual conducta observará en las afrentas, que no podrían aplicarse justamente a él.

    Es propio del magnánimo no haber menester de nadie o apenas, sino ser pronto en dar ayuda; así como ser altivo con los que están en dignidad y prosperidad, y afable con los de mediana condición. Sobrepujar a los unos es cosa difícil y excelsa, pero fácil con respecto a los otros. Darse aires de superioridad con los primeros no cuadra mal a un hombre bien nacido; pero hacerlo con los humildes es una vulgar insolencia, tal como hacer alarde de su fuerza con los débiles.

    Es también propio del magnánimo no frecuentar lugares de moda, ni aquellos otros donde otros tienen el primer rango. El magnánimo es indolente y tardo, a menos que no haya de por medio algún grande honor o empresa. Es hacedor de pocas cosas, pero éstas grandes y renombradas. Es también una necesidad para él ser abierto en sus odios y en sus amistades, porque esconder sus sentimientos es propio del que tiene miedo.

    Más le preocupa al magnánimo la verdad que la opinión, y hablar y obrar a plena luz. y porque todo lo tiene en poco, habla con franqueza y veracidad, salvo lo que dice por ironía, pues en su trato con el vulgo es irónico.

    El magnánimo no es propenso a la admiración, porque nada es grande para él. Ni tampoco recuerda el mal que se le ha hecho, porque no es propio de un alma grande conservar el recuerdo de todo, y menos si son ofensas, sino más bien desdeñarlas. No es amigo de hablar de nadie: ni de sí mismo hablará, ni de otro, ni de que él sea alabado, ni de que otros sean vituperados. Y así como no prodiga elogios, tampoco habla mal de los demás, ni siquiera de sus enemigos como no sea para mostrar su desprecio. De las cosas necesarias o menudas jamás se lamenta o las solicita, pues cualquiera de estas actitudes sería indicio de un ánimo afanoso. Es inclinado a procurarse cosas bellas e infructuosas más bien que las fructuosas y útiles, por ser aquello más propio del que se basta a sí mismo.

    • Humildad.

    Es la virtud que se asienta en el reconocimiento profundo de nuestras finitudes e imperfecciones; de que somos por naturaleza seres débiles y corruptibles.

    La humildad es una virtud esencialmente cristiana, que se opone a la soberbia de los que no aceptan el hecho de nuestra condición pecaminosa y son incapaces de acatar dócilmente los dictados de la autoridad, de la verdad, de la ley.

    Fácilmente se la confunde con la humillación o la abyección (bajeza, envilecimiento), pero es lo más contraria a esos sentimientos. La humildad debe enlazarse con la sencillez de sabemos limitados, pero al mismo tiempo capaz de abrimos a la trascendencia e invocar el perdón de nuestros pecados. Perdón que debe hacerse de algún modo extensivo a las personas a quienes ofendemos.

    También entraña el peligro de rebajamos en extremo con tal de obtener el favor de otras personas, o de Dios mismo. En estos casos, no actuamos con la humildad que impone el servicio o deber al prójimo, sino con la oculta hipocresía de obtener una ventaja o justificación de nuestras desmedidas ambiciones.

    • Altruismo.

    En oposición al egoísmo, es la virtud que nos lleva a sentir una honda complacencia al proporcionar bien a los demás, aún a costa de sacrificar el bienestar propio. El término fue creado por A. Comte, con el fin de integrarlo como valor supremo de su moral positivista, que sintetizó en la fórmula: "vivir para el prójimo".

    Se distingue de la caridad, en cuanto que el altruismo se origina en la naturaleza (los animales de muchas especies también dan muestras de él, en el sentido de un sentimiento instintivo que los une y protege) y tiene como finalidad exclusiva el bien positivo de la sociedad, mientras que la caridad se funda en el amor a Dios y tiene un fin sobrenatural.

    El altruismo es el producto del amor al prójimo, unido simultáneamente a la abnegación del yo individual. Es el amor desinteresado que puede desprenderse del egoísmo, de la envidia, del placer por la desgracia ajena.

    El altruismo no debe, sin embargo, subestimar el valor propio de nuestra individualidad, al extremo de olvidar su importancia y abstraerla de su dimensión real de la sociedad. Somos individuos, y como tales debemos afirmamos en el ámbito de las relaciones interpersonales, siempre desde la perspectiva de un mutuo respeto que propicie la eficaz ayuda que podamos proporcionamos.

    • Solidaridad.

    Es la virtud que nos mueve a estrechar las relaciones sociales en el plano de la reciprocidad. Es el altruismo compartido que nace del sentimiento de pertenecer a grupos con igualdad de origen, destino, aspiraciones comunes y demás aspectos que fundamentan su identidad, o simplemente por el hecho de pertenecer a la especie humana.

    La solidaridad implica interdependencia y ayuda mutua entre los miembros de un mismo grupo, o entre grupos heterogéneos, por razones históricas, sociales, políticas o culturales.

    También debe procurar, una vida social más justa e igualitaria, que evite el conflicto entre las clases, la desproporcionada repartición de la riqueza, el hambre, la ignorancia, y demás tareas que le son propias. Seria muy larga la enumeración de acciones solidarias del Estado, pero no debemos olvidar que la solidaridad es esencialmente recíproca y, por tanto, en todos estos asuntos queda implícita a su vez la respuesta y participación que moralmente estamos obligados a dar.