Un viaje por la Economía de nuestro tiempo; John Kenneth Galbraith

Teorías Económicas. Economistas siglo XX. Dominio económico estadounidense. Política monetaria. Control de precios. Acontecimientos mundiales. Repercusiones económicas

  • Enviado por: Gabriel Foix
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 16 páginas
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UN VIAJE POR LA ECONOMÍA DE NUESTRO TIEMPO

John Kenneth Galbraith

El autor

John Kenneth Galbraith, nació en Canadá en 1909. Estudió en las Universidades de Toronto, California y Harvard, fue profesor de las Harvard (desde 1949), California y Princenton. Su colaboración profesional con el gobierno Estadounidense le proporcionó una experiencia práctica que influyó en su posterior enfoque económico, y que se refleja en el libro de forma notable. Fue jefe de las operaciones de control de precios durante la Segunda Guerra Mundial. Más tarde director de la revista “Fortune”, embajador en la India (1961 - 1963) mientras colaboraba con el gobierno de Kennedy, y asesor de los gobiernos de la India, Pakistán y Sri Lanka. Sus obras más destacadas son: A Theory of Price Control (1952), Economics and the Art of Controversy (1955), La Sociedad Opulenta (1958), El crak del 29 (1955), Economic development in prespective (1962), El nuevo estado Industrial (1967), Desarrollo económico (1964), Economía y Subversión (1971), La economía y el objetivo público (1973), Dinero: de donde viene, a dónde va (1975).

Introducción

“Un Viaje por la economía de nuestro tiempo”, es así como se titula este recorrido por las diversas etapas, guerras y paces, recesiones y euforias, del siglo XX en cuanto a su contenido económico. El autor, Galbraith se centra principalmente en la evolución de EEUU, que durante este periodo toma la primera posición y el mando de todas las economías occidentales. Al otro lado del “Telón de Acero” se encuentran las economías comunista capitaneadas por la hoy extinguida URSS, que van a verse envueltas en un tira y afloja que conducirá a la guerra fría y más tarde la caída del sistema socialista.

Pero antes, la Primera guerra mundial que supone un cambio radical en la esfera económica anterior, una penosa paz, una depresión y una segunda guerra que irán gestando un sistema que teóricamente tiene como objetivo el mantenimiento de la paz y el desarrollo de los pueblos. Y en medio de todo esto, la aparición de un economista, John Maynard Keynes, que dará un vuelco importante y fundamental a todo la ciencia económica conocida.

La I Guerra Mundial

Estoy convencido de que el gran punto de inflexión de la historia económica moderna, el que ha marcado más que cualquier otro la era económica moderna, fue la Gran Guerra de 1914 - 1918.” Galbraith deja bien clara su posición con respecto a este hecho tan transcendental en la historia. La I Guerra mundial marca un antes y un después en el desarrollo y en la visión global de la economía.

La I Guerra Mundial fue una guerra de viejas potencias enfrentadas por viejos rencores y objetivos. EEUU había sido la gran beneficiada y la que mejor supo aprovechar las innovaciones de la Segunda revolución industrial, que había significado un cambio en la forma de producir y vender el producto. Es decir, EEUU fue la que mejor supo adaptar los cambios tecnológicos a los cambios que experimentaba la sociedad y la demanda; y lo que la llevó en 1913 a superar en renta per capita a Inglaterra. La gran depresión de finales del siglo XIX había dejado tocados a los grandes y anquilosados imperios (léase Gran Bretaña) , aquellos que habían iniciado su proceso de expansión con la Primera revolución industrial y que ahora se encontraban con un sistema y unos valores atrasados e incapaces de superar los antiguos mecanismos que les habían llevado a la grandeza. Ante los cambios y la depresión su reaccionó de la forma más clásica posible, protegiendo los mercados con fuertes aranceles y con la acentuación del colonialismo, donde se pretendía crear un nuevo mercado para vender los stocks de producción. La crispación creció por momentos entre las grandes potencias hasta que estalla la guerra.

Galbraith pone especial interés en como se desarrolló la guerra desde el plano económico; es decir, como se financiaron los diversos estados para pagar todos los gastos de guerra. Se centra en EEUU, que es el país que más conoce y en que el que posteriormente trabajó y aportó sus conocimientos como economista.

El primer punto recaudatorio fue la elevación de impuestos. Todos los países beligerantes elevaron los impuesto para hacer frente a los crecientes gastos de guerra. El propósito de los impuestos fue restringir el consumo privado y domestico a fin de trasladar el ahorro y la fuerza a la guerra. En EEUU se incrementó el reciente impuesto sobre la renta, que pasó de un 1 por ciento en 1913 hasta un 6 por ciento en 1918 para los tramos más bajos. El impuesto sobre ingresos empresariales (algo semejante al actual “impuesto de sociedades”) pasó de un 1 a un 12 por ciento de 1913 a 1918. Cifras, todas ellas, que hoy en día, desde la perspectiva de un estado social de bienestar nos parecen cuanto menos, mínimas; pero importantes si tenemos en cuenta que se acaba de crear el impuesto, y que por ejemplo, en España, todavía ni existía.

Así, según este ensayo “aproximadamente un tercio del desembolso directo de 26000 millones de dólares se cubrió mediante impuestos.” El resto del desembolso se cubrió mediante préstamos; es decir, la expresión más directa de la inflación, que tendrá su carácter más devastador en el largo plazo. Aunque el procedimiento fue un poco más complejo, en última instancia, lo que se hizo fue imprimir dinero. Se vendieron bonos al público con la esperanza de que el dinero recaudado ocuparía el lugar del gasto privado. Del mismo modo, se vendieron bonos a los bancos, pero esto también más tarde o más temprano se tuvieron que convertir en papel impreso. Unido a esto, se produjo una entrada masiva de oro para pagar las compras de los países en guerra, lo que llenó las despensas de la Reserva Federal por años y años.

A la vez, se elevaron los precios para restringir el consumo, lo que hizo que la gente comenzara a almacenar sus ingresos en las cuentas corrientes para épocas más prósperas. La inflación había subido en la época de guerra, pero amenazaba con dispararse cuando saliera todo ese dinero guardado.

Las consecuencias de la guerra fueron muchas y muy diversas. En primer lugar “Estados Unidos pasó de ser un anexo en las discusiones económicas a ser la pieza central” y en segundo lugar que “la Guerra hizo añicos una estructura política que había sido dominante en Europa durante siglos”. Es decir, EEUU pasó a ser la primera potencia mundial. Todos los estados europeos, de una manera o de otra, estaban endeudados con EEUU, que había financiado la guerra europea; mientras que dentro de Europa, se acabó con las últimas secuelas de la política dirigida por minorías todavía terratenientes herederas de aquel viejo sistema político de oligarquías.

Pero de todos los errores que pudieron cometerse, no hubo ninguno como la paz. La conclusión la Gran Guerra fue la más cruel y vengativa expresión de los vencedores sobre los vencidos. Se culpó a Alemania de todos los males de la guerra. En opinión del autor, la firma del Tratado de Versalles en 1919 fue “la poderosa expresión del antiguo interés por la posesión y por la desposesión actual del área territorial y de sus comunidades étnicas asociadas.” Alemania fue duramente castigada. Se le impusieron unas indemnizaciones monetarias muy elevadas; además se la humilló arrebatándole Alsacia y Lorena y desmantelando su ejército. Pero lo que realmente la castigó fue el pago de todas las deudas. Recordemos que Europa entera había quedado deudora, de una manera o de otra, con EEUU; como Alemania había sido la causante de todo el proceso, pensaron que debía ser Alemania quien corriera con todos los gastos. Se le obligaba a pagar unos 40000 millones de dólares de la época, el montante de todas las demandas presentadas por los aliados; suma, por otra parte, muy superior a la de su Producto Interior bruto, que era incapaz de afrontar la Alemania derrotada.

A este respecto apareció un brillante economista que clamó el grito al cielo. John Maynard Keynes fue el primero en advertir de lo terrible y las consecuencias que podría tener para Alemania y el resto del mundo, la firma del tratado. En su libro “Consecuencias Económicas de la Paz” critica todo esto y advierte de los peligros que se corrían al llevar adelante un proceso como este. Keynes pasó a ser conocido mundialmente y a partir de entonces el economistas más influyen en lo resta de siglo. Keynes predijo lo que sucedió. Alemania se sumió en una verdadera crisis de inflación que acabó con la sustitución de la antigua moneda por el rentenmark, de la que se hizo cargo el nuevo Banco Central.

Cabe hacer especial mención a lo que se estaba gestando en la ya antigua Rusia de los Zares. Rusia abandonó la Primera Guerra Mundial en 1917 para hacer allí su propia revolución comunista, que con el paso del tiempo fue evolucionando y creciendo hasta formar la URSS potente de la Guerra fría que todos conocemos.

Los desequilibrios de los años 20

La década de los años 20 fue una década de aparente prosperidad para la economía de EEUU. El ritmo económico era bueno, lo que hizo crecer la euforia entre los ciudadanos, que veían la posibilidad de inversiones y dinero fácil. La Casa Blanca estaba en calma, se redujeron los impuesto y el país se movía “según los parámetros convencionales. La vida económica era buena.” Sin embargo, existían una serie de desequilibrios que pasaron absolutamente desapercibidos.

Desequilibrios monetarios que se reflejaban en el endeudamiento de las potencias Europeas con EEUU a resultas de la Guerra; y de la debilidad del patrón oro, que la guerra había alterado, pues cada país había acuñado moneda de la forma que le parecido. Si a esto añadimos la devaluación del marco alemán nos encontramos con una Europa inestable y dependiente de EEUU, que para intentar contener la recesión, concedía nuevos préstamos.

Desequilibrios en la economía agraria que deriva de la aplicación de las nuevas tecnologías (segunda revolución industrial) al campo, que había hecho incrementar la productividad, reducir costes para acabar hundiendo el precio. Las rentas campesinas caen y los trabajadores se ven obligados a trabajar largas jornadas para mantener su nivel de vida. “La agricultura , (...) era un área en la que existía especial descontento. Compitiendo con productos indiferenciados en mercados puramente competitivos con costes y precios que nadie controlaba, los granjeros representaban el enfoque más próximo al ideal clásico del sistema económico.”

Y por último la diferencia de crecimiento entre EEUU y Europa. Mientras Europa se reponía de la guerra lentamente y con una suave represión, EEUU, salió del conflicto a pleno rendimiento, lo que hizo que tuviera que vender toda su producción a Europa. Con la aplicación de las nuevas tecnologías, EEUU se distancia de Europa con los consiguientes efectos negativos: por un lado la abundancia de dinero fácil y por toro el aumento de los beneficios industriales por encima de los salarios, por lo que al final, se acaba en una crisis de superproducción.

Todo esto llevó a EEUU a una gran fiebre especulativa sin precedentes en la historia económica. “La especulación comienza cuando un precio sube y los presuntamente avisados esperan una subida mayor. Esto atrae más y más compras, y cada una de las subidas del precio...” Es decir, una confianza en que todo va bien y en que todo inversión que se haga se hará rentable a los pocos días. Un medidor de este entusiasmo era la bolsa, que durante la década de los años 20 había crecido de forma espectacular. Gran cantidad de Estadounidenses invertían sus ahorros en bolsa, los beneficios estaban casi asegurados y cualquier ahorrador medio, llamado por el dinero fácil podía rentabilizar una inversión a los pocos días. Todo iba bien hasta que el jueves, 24 de octubre de 1929, la burbuja especulativa explota. Entramos en la Gran Depresión.

Los artículos de consumo duradero sufrieron un fuerte retroceso durante los meses siguiente a la caída. El índice de producción industrial, por citar un ejemplo, cayó de 111 que estaba en octubre a 106 en noviembre y a 101 en diciembre. Y así todos los indicadores económicos, que dibujan las consecuencias de la crisis más brusca y espectacular de todos los tiempos.

Pero donde centra su análisis el autor es en las distintas medias que desde el gobierno y en la Reserva Federal se tomaron para salir de la recesión. Galbraith afirma, que como era de esperar, los gobernantes actuaron de la forma más clásica posible, fieles a sus aprendizajes en el mundo clásico donde habían crecido. Y la respuesta de la economía no fue la que esperaban. Se tomaron medias como la de reducir los impuestos sobre la renta para animar el consumo, pero no funcionó, se dieron facilidades para la concesión de créditos a la inversión y se hizo un programa para agilizar el gasto en el trabajo de los operarios públicos. Nada de esto funcionó, la economía seguía estancada en la recesión. Además debemos añadir la crisis del sistema bancario. Habían quebrado gran cantidad de entidades financieras y la gente había perdido la confianza. La economía y los propios economistas clásicos estaban inmersos en una crisis interna de la que no se sabía muy bien como escapar, el resultado fue el cambio drástico de la política económica y la aparición de una nueva corriente intervencionista que tuvo su reflejo en la Nueva Política económica del presidente Roosevelt. “La triste e inevitable lección de la década de 1930 fue que podía haber un desempleo constante y una depresión general continuada. La razón no es en modo alguno sutil: la ley de Say no es inmutable. Los ingresos no tienen necesariamente que gastarse o que invertirse”. Es decir, la conclusión de la década y de la crisis es que el modelo clásico había fracasado.

Con la Nueva política cuando Galbraith entra en la vida económica de EEUU. Como dice, muchos jóvenes fueron hacia Washington para ser los encargados de estaba nueva política, jóvenes con ideas jóvenes capaces de romper el teórico “dejar hacer” de la economía. La clave era volver a la situación inicial mediante la intervención del gobierno y la puesta en marcha de un gasto público al servicio de la economía. Se creó la NRA (National Recovery Act) “Se trataba de permitir que las empresas de cada industria se reunieran para limitar las reducciones de precios; y con ello, la reducción de salarios y el desempleo consiguiente.” A eso, y a la utilización de elementos más o menos en favor de elevar la moral pública como colocar el águila azul en la puerta de cada empresa ejemplar, hicieron que la moral de la comunidad empresarial y comercial se recuperara. La NRA fue duramente critica por los economistas clásicos bajo el supuesto de que intervenía el libre mercado y dejaba la puerta abierta a monopolios y competencias imperfectas.

La política agraria también fue criticada. Un sector tan próximo a la competencia perfecta no podía ser intervenido de tal modo; sin embargo, “no hubo una política para la reducción y el control de los productos agrícolas. Se trataba de restringir la producción, y los precios se estabilizarían o aumentarían.” No obstante, el Tribunal Supremo, de corte profundamente ortodoxo declaró ilegal un parte de la política agrícola; aunque pronto se hizo una política substitutiva encaminada al mismo fin.

La política monetaria hizo que bajaran los tipo de interés para estimular la inversión, pero la medida no función porque los inversores no acudieron a la llamada, o si lo hicieron, los bancos les negaban el préstamos por considerar la inversión de mucho riesgo. La política monetaria, resultó un fracaso, ya que se consiguieron los objetivos que se pretendían. A la vez, se llevó un programa de compra de oro con lo se pretendía hacer subir el precio del metal, y por analogía el resto de precios. La medida, también fue un fracaso, ya que los precios aún bajaron un poco. El sistema antiguo del patrón oro había quedado desarticulado y el oro se estabilizó en 35 dólares la onza.

También se organizó una especie de sistema de seguridad social. “La Social Segurity Act, proporcionaba, aunque en un nivel claramente modesto e incluso primitivo, pensiones para los ancianos y compensaciones con desempleo.” Con esto se pretendía dar respuesta a una serie de necesidades que habían ido surgiendo con la sociedad industrializada, donde en un ambiente urbano los ancianos se quedaban sin apoyo y los desempleados sin ningún tipo de ingresos. Se pretendió seguir los pasos de las potencias europeas como Alemania, pero ciertamente, en EEUU nunca ha existido un estado social similar al que gozamos hoy en día.

Pero de todas las medidas, la más influyente y decisiva fue la nueva política de empleo. El gobierno de Roosevelt tiró del gasto público para crear grandes programas de infraestructuras que a la vez servirían para crear empleo directo. Se crearon una serie de instituciones que no tenían como fundamento principal el trabajo que desempeñaban, sino los empleos que creaban. Esto, como era de esperar, fue también criticado por los ortodoxos. El problema central y en donde más chocaban ambas doctrinas era en como pagar todo ese gasto. La doctrina ortodoxa era radicalmente defensora de un déficit cero; es decir, de cuadrar los presupuestos. Aumentar los impuesto en una época de recesión tampoco hubiera sido la forma más adecuada para financiarse, ya que esto restaría poder adquisitivo. Así que la solución estaba más o menos clara, el estado se financiaría con la deuda, una postura directamente contraria a la postura clásica.

Y es aquí donde aparece la figura tan alabada de John Maynard Keynes y con su nuevo sistema de hacer política económica. En una carta publicada al New York Times, aconsejaba al gobierno de EEUU poner “el mayor énfasis en elevar el poder adquisitivo nacional resultante de los gastos del gobierno, financiados estos mediante préstamos”. De ahí que el autor titule “La Revolución de John Maynard Keynes” a uno de los capítulos del libro. Y es que realmente su aportación a la ciencia económica fue decisiva en aquel momento y en adelante, pues a partir de entonces se tuvo en cuenta en todas las políticas capitalistas. Las línea básica del pensamiento keynesiano es que puede existir una economía con subempleo, y esta situación puede ser permanente; es decir, un equilibrio con paro y subexplotación de los recursos. Para solucionar este error del sistema se debe poner el gasto público al servicio de la demanda agregada, incurriendo en deuda pública si era menester. ¿Y cómo se financia esta deuda? La única solución es que el estado gaste el ahorro de los particulares, operación que se canaliza vía préstamos de deuda pública.

De este modo, en EEUU se vendió deuda pública que compraron los mismos industriales que se beneficiaron del programa de inversiones, con lo que todo se quedó en casa. La recuperación estaba servida, en 1936, la producción nacional volvía a estar en los niveles de 1929 y los precios agrícolas se recuperaban poco a poco.

Pero lo cierto es que el programa Roosevelt no fue un programa keynesiano. Cuando el presidente presentó la nueva política, y cuando de verdad empezó a desarrollarse, la influencia de Keynes en el mundo económico no era tan decisiva. Se hizo una política pragmática, al igual que en Suecia ya estaban haciendo la suya, para tratar la problemática real y práctica que se les presentaba. La aparición de su “The general theory of Employment Interest and Money “ no fue hasta el año 1936, y las primeras políticas intervencionistas son anteriores. No obstante, sí es verdad que su talante fue reconocido antes en EEUU que en Europa.

Por otra parte, el resto del mundo, léase Europa, estaban haciendo sus propias políticas para salvar la depresión, que desde una orilla del Atlántico se había trasladado a la otra. Se reunieron los jefes de gobierno de los principales países afectados en Londres y se sacó la conclusión de cada uno iría la suya; es decir, que lo que había sido una crisis global se intentaría solucionar por vías internas y nacionalistas, rozando prácticamente la autarquía. “El capitalismo industrial moderno es esencialmente un sistema internacional; pero la década de 1930 tenía que ser testigo de un retorno al nacionalismo más antiguo, más violento.”

Gran Bretaña redujo los tipos de interés hasta un 2 por ciento para estimular la inversión interna y poco a poco se fue recuperando, hasta que en 1932, el empleo y la producción estaba ya casi a los niveles de 1929. En Francia, tras varios cambios de gobierno, se devaluó el franco y se hicieron varios decretos en favor de mantener los salarios y el poder adquisitivo y al final, el gobierno apoyó a la industria con el rearme. Suecia, según el autor, fue el ejemplo de recuperación: “fue una de las experiencias más constructivas y civilizadas que podía tener un economista.” Se proponía un moderado endeudamiento del gobierno y una devaluación de la moneda que consiguieron salvar la depresión sin inversiones en armamento ni guerra como el resto de potencias. En Japón se volvió a alcanzar el pleno empleo en 1936 gracias a la devaluación del yen que echó una mano a las exportaciones y unas vez más la inversión en la industria armamentística. En España, por su parte y aunque no esté comentada en la obra, la depresión no afectó mucho, puesto que ya de por sí estaba alejada de los círculos internacionales. Sin embargo, también se producirían revoluciones populares y cambios de gobierno como la Segunda república y posteriormente la Guerra Civil.

Alemania merece un punto y aparte. Alemania fue el ejemplo más penoso y perverso de cuantos se pueden encontrar en una recuperación nacionalista y autárquica. La llegada al poder de Hitler pocas semanas antes de Roosevelt supuso la puesta en marcha de un sistema fascista, completamente autárquico, de fuerte intervención estatal, que encaminada hacia la industria bélica. Se cerraron las fronteras y se controló estrictamente la salida de marcos. Se puso a trabajar a todos los hombres en perjuicio de las mujeres y se hizo un plan de gasto público. Cuando Roosevelt fue reelegido en 1936, la crisis se había superado por completo y Alemania caminaba con marcha triunfal hacía la guerra, que por desgracia, no tardaría en llegar.

La Segunda Guerra Mundial

La Segunda Guerra debe enterderse como la transición de una época a otra. La Guerra significó el inicio de la etapa de prosperidad y crecimiento como nunca ha conocido la economía; y a la vez significó el final de las consecuencias de la Gran Depresión. De alguna manera u otra los países desarrollados todavía arrastraban algunos de los desequilibrios de la crisis, aún quedaban desempleados y los recursos no estaban plenamente utilizados. Hemos visto como para Alemania la guerra y toda la industria que comporta acabó con los desequilibrios creados, la llegada de Hitler para remedio de todos los males económicos terminó con un sistema diseñado para matar e invadir pueblos, que a corto plazo era la guerra. Pero no sólo Alemania se valió de la guerra para solucionar problemas internos.

El autor señala como tres los factores decisivos de la vida económica de EEUU durante la Segunda Guerra Mundial. En primer lugar, “la decisiva ventaja económica debida a las enormes reservas de recursos industriales y laborales creados por la depresión y que podían utilizarse para propósitos militares y para el apoyo de la economía de guerra.” En segundo lugar debía evitarse por todos los medios que la inflación se disparara; había mucho miedo y malos recuerdos de la inflación de los años veinte y del escándalo de los precios en Alemania y Austria. De este modo, el control de los precios se fijó como la primera premisa de la política económica de la guerra. Y por último, el traspaso de recursos de la economía civil a la economía militar.

A fin de controlar los precios, se puso un tope máximo que cada producto no debía superar. Así, el único sistema posible para incrementar los beneficios, sino es posible vía precios, se hace vía cantidades; es decir, las empresas se dedicaron a aumentar la producción. El sistema funcionó con éxito, pese al gasto en la economía militar, los precios no se dispararon y la economía civil apenas se resistió. También se dejaron los tipos de interés muy bajos con lo que el coste de los préstamos para la guerra pudieron armortizarse con mayor facilidad. Y al mismo tiempo se vendieron bonos para recoger los ingresos que no había sido gastados. Además, se elevaron los impuestos hasta un 91 por ciento en su escala superior, con lo que también se pretendía recuperar los ingresos indebidos por culpa de la guerra. A pesar de ello, el ahorro también aumentó, con lo que los años siguientes al final de la guerra, todo el dinero ahorrado salió y fue invertido con el consiguiente beneficio para la economía posterior.

Esta política fue todo un éxito, y si a esto le sumamos la venta de armas a sus aliados, nos da como resultado que EEUU salió de la segunda guerra mundial, además de como triunfadora exterior, con una inmejorable situación interior. El PIB (dato estadístico inventado por aquella época), se duplicó prácticamente entre 1939 y 1944, el desempleo pasó del 17.2 al 1.2 por ciento y el índice de precios al consumo sólo aumentó un 29.5 por ciento entre 1939 y 1945. Todo un éxito que hizo que la distancia entre EEUU y los países europeos todavía fuera mayor.

Pero también en Gran Bretaña, como en Francia, había recursos infrautilizados por la depresión. En Gran Bretaña, “los impuestos subieron hasta un nivel que suponía la confiscación casi total, mientras que se aplicó el control de precios, y en especial, el racionamiento.” En el otro bando, Alemania se encontró con el pleno empleo, con lo que había escasez de mano de obra para la guerra y con el uso civil de sus industrias. La solución que adoptaron fue importar trabajadores en régimen de trabajos forzosos y sacrificar los bienes civiles en favor de los militares; de ahí viene la frase de Goering: “Este país necesita más cañones y menos mantequilla”.

La guerra, como por todos es sabido, acabó con la victoria de los aliados, y en especial, EEUU. “Ningún país de los tiempos modernos surgió de una guerra en unas circunstancias tan felices como EEUU en 1945.” Como se ha advertido con anterioridad, EEUU salió de la guerra en pleno rendimiento. Las secuelas de la Gran depresión había desaparecido por completo, y el mundo en general se preparaba para los “años buenos”. Se tuvo especial cuidado en los acuerdos de paz, el desastre de Versalles no debía volverse a repetir. Las reparaciones se harían en especies en lugar de en efectivo, lo cual era menos doloroso; aunque realmente no era así, pronto se desecharon estas ideas por ser “perores y más desmoralizadoras en sus efectos sociales”. EEUU puso en marcha un plan, el llamado “Plan Marshall” que consistía en la concesión de préstamos a los países devastados por la guerra para que pudieran recuperarse lo antes posible y volver a los niveles de industrialización anteriores. El plan fue un éxito y en poco años el resto de países que habían luchado en la guerra estaban también preparado para los “años buenos”.

Los años buenos

Así es como llama Galbraith a los años posteriores a la Segunda Guerra mundial. Las causas y el desarrollo de la guerra había dejado unas secuelas morales ten enormes en todos los países que la tónica general de todas las futuras políticas, debían ser evitar por todos los medios que una situación similar volviera a repetirse. Las políticas de corte keynesiano iban a imponerse poco a poco en casi todos los países occidentales, y la utilización del déficit para corregir los desequilibrios pasará a ser práctica corriente en las distintas políticas económicas. Se dice, que los años transcurridos desde el final de la segunda guerra hasta la crisis de los años setenta ha sido la época realmente keynesiana, cuando realmente la nueva doctrina funcionó y llevó a tasas de crecimiento elevadas.

En EEUU todo el dinero invertido con el Plan Marshall regresó en forma de compras de artículos de consumo y bienes de capital que Europa necesitaba para su recuperación. Los precios lograron controlarse después de que se levantaran los topes de la guerra y la estabilidad se conseguía a través de las crecientes exportaciones y la fuerte demanda después de los años de ahorro y control. En Europa se comenzaron los primeros pasos para la reconstrucción con un objetivo básico: el estado de bienestar. Los acuerdos de la CECA y la Unión económica del Benelux empezaron un camino que en la actualidad sigue abierto, el de la definitiva unión europea basada en la presunta colaboración solidaria de los estados en favor del bien común. En 1957 con los tratados de Roma se inició la marcha de la Europa común a la que pertenecemos desde 1986, y que poco a poco ha ido creciendo. La URSS también inició su recuperación después de la guerra. Los distintos países comunistas se especializaban en las industrias pesadas como el acero y la energía eléctrica, descuidando al mismo tiempo la fabricación de los imprescindibles artículos de consumo. La economía planificada se asentaba sobre una base frágil que con el tiempo iría debilitándose hasta derrumbarse todo el edificio.

Por último, la progresiva desaparición de los nacionalismos económicos y la creación de lo que se ha llamado la “globalización” son las consecuencias más importantes de todo este progreso y de los intentos civilizadores en aras a un comercio libre internacional que nos iguale a todos y haga más fructífero el intercambio entre culturas y economías. Dice Galbraith: “Quienes todavía responden a las llamadas nacionales y étnicas son los pobres y los menos privilegiados.”

Además, los años posteriores a la segunda guerra supusieron el final de la más grande expresión de dominio y sometimiento ostentada por los países más ricos, el colonialismo. La mayoría de colonias que quedaban de EEUU y Europa obtuvieron la independencia durante este periodo, fue uno “de los avances políticos más espectaculares del siglo XX.” Filipinas, muchos países africanos, la India y Pakistán, Indonesia, Vietnam, Corea, etc. Pero lo que nos revela el autor son las causas de su independencia y los problemas con que se han encontrado estos estados creados prácticamente de la nada.

La verdad y lo decisivo es que las colonias ya no ofrecían ninguna ventaja para los países. El crecimiento era principalmente interno y las antiguas ventajas en cuanto a materias primas y un mercado estable, podían conseguirme más y mejor con el comercio internacional. Hubo un punto, en que mantener un imperio colonial no tenía ninguna ventaja económica. Los motivos de progreso y bienestar debían encontrarse en el interior, simplemente en una mejora de la productividad con las nuevas tecnologías, se hacía más camino que con nuevas posesiones coloniales. Lo que ha quedado después ha sido unos países en su mayoría subdesarrollados, y un remordimiento de conciencia de los países ricos respecto a la situación de sus antiguas colonias. Quedaba en la memoria los años de dominio y las potencias se veían con el sentido de la responsabilidad de tener que ayudarles. Para ello se crearon el Banco Internacional para la Reconstrucción y el desarrollo y el FMI (Fondo Monetario Internacional). El objetivo era y sigue siendo que lo países pobres, los antiguas colonias, alcanzasen un nivel económico y de bienestar semejante al de sus colonizadores. Como todos sabemos, teóricamente, todavía hoy este es el principal y casi utópico objetivo de las relaciones internacionales, al que le queda mucho trecho y por recorrer y muchos sacrificios comunes si se quiere sacar adelante.

Existen muchos problemas a la hora de industrializar a estos países. La educación es fundamental para el desarrollo, una gente preparada que sepa absorber las innovaciones y los cambios, competente, que esté convencida de las distintas alternativas que se le plantean y del trabajo en y para la sociedad. Pues bien, esto no ocurre, los índices de alfabetización son precarios y muchas veces esta carencia de educación llega hasta el gobierno, donde se multiplica la corrupción y de deshonestidad. También existen gran cantidad de guerras internas entre tribus, étnicas o religiones que hacen que gran parte del presupuesto esté controlado y se destine para usos militares, lo dificulta y niega el progreso en el ámbito civil. Por otra parte, desde los países desarrollados se hacía hincapié en la adopción del sistema capitalista o comunista, cuando realmente, a un país subdesarrollado no le hacen falta todas estás discusiones teóricas y políticas ya que no se dispone de un pueblo capaz de adoptarlas y ponerlas en práctica. Finalmente, la existencia de una oligarquía privilegiada, casi feudal, dificulta mucho las mediadas en el campo económico, ya que haría falta desposeer a estos terratenientes de sus posesiones para dar al campesino llano e instaurar la verdadera propiedad privada. Según Galbraith, lo que debe hacerse principalmente en favor de estas economías es ayudarles a desarrollar su agricultura, como elemento principal para abastecer a la población, y partir de ahí, crear una base de infraestructuras, tanto físicas como humanas, para desarrollar una población. Sin embargo, este es uno de los problemas que encabezan la lista del tercer milenio y al que le queda mucho por superar.

Con Kennedy como presidente de los EEUU se volvió a la discusión sobre los papeles de la macroeconomía y la microeconomía en las decisiones políticas y el control de la inflación. Tras un breve inciso donde se antepusieron las doctrinas “micro”, controlar la espiral salarios/precio, el autor nos dice que la era Kennedy fue la más keynesiana; es decir, donde las nuevas políticas macroeconómicos de demanda agregada tuvieron más peso y fueron más utilizadas. “Se produjo un flujo de demanda global suficiente para mantener un enfoque lo más cercano posible al pleno empleo.” La Reserva federal mantuvo los tipos de interés bajos y sólo quedaba la duda de como empujar el crecimiento. La iniciativa de gobierno fue una reducción de los impuestos para liberar renta hacia el consumo y la inversión privadas, y así estimular la economía. Este tema fue ampliamente debatido con la oposición del propio Galbraith, más partidario de tirar del gasto público y mantener el nivel impositivo; aunque finalmente, la balanza se decantó hacia la parte del gobierno, que sentó precedente y en los años próximos las políticas de demanda se centrarían en la reducción de impuestos. Será a partir de est iniciativa, errónea para el autor, cuando “Los economistas de Kennedy serían considerados los primeros y, ciertamente, los más prestigiosos de los economistas de la oferta”.

La iniciativa Kennedy también llegó al campo de los derechos civiles, con un amplio reconocimiento y una campaña a favor de la igualdad entre razas y oportunidades educativas, que favorecieron, junto con la mecanización del campo, la economía de los estados del sur, tradicionalmente más rurales y pobres que los del norte. Con Kennedy con su sucesor Johnson, se hizo también una declaración de intenciones en favor de los más desfavorecidos, los pobres, que seguían siendo la lacra y la consecuencia del sistema capitalista de EEUU. Se hizo un plan de ayudas para erradicar la pobreza, lo que se llamó un programa piloto, que hizo que se invirtiera mucho dinero en hacer un esfuerzo, desde el área educativa y las ayudas en temas profesionales, etc. También en la era Kennedy y en la de su sucesor, se tomaron las principales decisiones sobre la guerra de Vietnam, una guerra contra el comunismo donde los EEUU fracasaron estrepitosamente. También es este tema Galbraith hizo pública su oposición, sobre todo, porque desviaba la atención desde los temas civiles y de bienestar como la pobreza, hacia los temas militares, donde se debían destinar recursos y donde se fijaba la mayoría de la opinión pública. La guerra acabó con la aceptada derrota de EEUU, no sin dejar sus consecuencias en el futuro: “La herencia duradera de toda esta propaganda serían los déficits presupuestarios que limitarían los gastos sociales en el futuro.”

La crisis de los años setenta y los Años oscuros

Los años setenta fueron años de crisis para EEUU. La palabra clave fue la de “estanflación”; es decir, una economía estancada con desempleo y prácticamente sin aumento de los precios. Varias son la causas de la crisis. La primera, y la que se estudia como principal y general, el incremento de los precios del petróleo. Durante la década de los setenta los precios prácticamente se triplicaron, con la consiguiente inflación que arrastra a los países compradores. Según el autor, esta no se la explicación principal, lo que simplemente se ha aceptado por buena porque echa balones fuera y da la culpa a los árabes de la OPEP. En segundo lugar “la presión constante de los salarios sobre los precios y de los precios sobre los salarios, la actualmente tediosa espiral salarios/precios.” Esta espiral inflacionista no se supo corregir a tiempo con una intervención de los precios y de los salarios, con lo que se dio otro motivo para que la inflación se disparara. Otra característica es la falta de confianza de la gente en el gobierno, propiciada por el escándalo del Watergate con Nixon. Y si a todo esto le unimos la fuerza de los nuevos economistas monetarias, que basaron la recuperación en la política monetaria, en la subida de los tipos de interés, que llegaron al 12, 13 o 15 por ciento en algunos casos, y que hacían imposible la inversión privada, tenemos el dibujo de la crisis de los años setenta. La crisis fue una crisis de hiperinflación. En 1979, los precios al consumo subieron hasta un 13.3 por ciento y un 12.4 el año siguiente. Los años anteriores de Keynesianismo no se habían llevado bien y la subida de los precios que tanto se temía con el incremento de la demanda global, hizo su aparición en la década de los setenta.

EEUU giró la cabeza en su década de recesión y se encontró que las antiguas potencias derrotadas de la Segunda Guerra Mundial, Japón y Alemania, habían crecido con fuerza y ahora estaban en condiciones de competir. Tanto en Alemania como en Japón las claves del éxito deben buscarse en el papel fundamental del estado, que supo intervenir correctamente en los mercados, apoyando los precios y las industrias nacientes en cada caso. Allí donde llegaba la inversión privada por la magnitud de la cuantía y por la lentitud de su aromatización, el estado intervenía creando la base para una posterior industrialización eficiente. Así, los grandes tramos ferroviarios, la red de carreteras, las grandes redes eléctricas, etc. Tanto en Alemania como en Japón el alcance del sector público es amplísimo. En Alemania, después y asustados de un régimen como el Nacionalsocialista, el reconocimiento de los derechos y libertades sociales con su estado de bienestar, ha tenido una gran repercusión en el desarrollo de la actividad económica. Además, ambos países han tenido el agravante de que estaban convencidos u obligados a reducir el gasto militar en favor de la economía civil. La preparación de la fuerza laboral es también uno de los factores que más han contribuido al desarrollo de estas potencias, sobre todo en Japón, país conocido por el entusiasmo y la preparación de sus trabajadores; y Alemania, por la absorción de mano de obra extranjera en constante renovación.

También debemos destacar la recuperación de otros países, como Italia, que con los años fueron labrándose su futuro y en los años setenta se habían colocado como una gran potencia a nivel mundial. Cabe destacar la progresiva creación de la Unión Europea, que con el tiempo irá acrecentando su poder, y también el inicio de la recuperación de España, que en los años 60 comenzó a abrirse al resto del mundo.

Reagan fue otro de los presidentes que contribuyen ha hacer más oscuro el panorama social y económico. La política de la administración Reagan se caracterizó por contentar a sus propios votantes; es decir, a la clase alta, a los ricos de EEUU. Siguiendo la iniciativa Kennedy de bajar los impuesto, Reagan hizo lo propio, beneficiando a las clases más acaudaladas y perjudicando seriamente a los pobres. El mito de erradicar la pobreza desapareció del mapa por completo. Nunca antes se había puesto tanto énfasis en olvidar de la conciencia colectiva las bolsas de pobreza que todavía hoy existen en EEUU. “Hasta donde fuera posible, los pobres debían ser eliminados de la conciencia pública.” Además, se tiró del gasto público para crear endeudamiento como nunca antes se había hecho, pero en este caso, destinándose la mayor parte del presupuesto al ejército y a defensa. El miedo al comunismo y a su potencia armamentista, hicieron que EEUU destinará gran parte de su dinero a crear un ejército más potente que el de sus rivales de la URSS. Fueron los años más agudos de la Guerra Fría, cuando se pensaba en una eventual guerra por parte de las dos potencias para controlar el planeta. El miedo exterior se resolvió con el gasto militar y el miedo interior a la famosa espiral salario/precio inflacionaria, se acabó con la práctica desaparición de los sindicatos, principal fuente de presión al alza de los salarios. Los tipos de interés se mantuvieron elevados y la economía durante los ocho años de su presidencia, hasta finales de la década, la economía se comportó del modo esperado, creciendo y a un nivel más o menos estable. La herencia de la acumulación de deudas y el coste monetario y económico de sus políticas las recibiría su sucesor George Bush padre, que viviría los cuatro años de crisis que marcaron el inicio de la década de los noventa.

Mientras tanto, al otro lado del telón de Acero, la estaba gestando la segunda revolución rusa, esta vez menos sangrienta y en contra de la primera. Dice el autor: “Una de las características de esta revolución, y no la menos notable, es que nadie fue capaz de preveerla.” La revolución, que ha marcado un hito en la historia de la modernidad, significó en 1989, además de la caída del muro de Berlín, la ruptura de un sistema comunista basado en el control férreo de los medios de producción por parte del estado y la confirmación, de que el sistema capitalista con democracia, donde se asumen las libertades de los individuos, es el mejor, o el menos malo, de los sistemas conocidos. El fracaso del comunismo, según Galbraith, se asentaba sobre dos pilares. En primer lugar, el descuido de los artículos de consumo. La URSS basaba su potencial económico en la industria pesada, donde eran sino la primera, la segunda potencia mundial, la industria que se podía controlar desde el estado. Pero este control y esta planificación fallaba en los artículos de consumo y en la agricultura, donde se había instaurado un sistema relajado de trabajo que disminuyó mucho la producción. El país comenzaba a encontrarse con síntomas de escasez debido a la ineficacia de la agricultura y de las empresas de ropa, muebles, ocio, etc. Si a esto le añadimos el régimen dictatorial que dejaba de lado la libertad de los ciudadanos, tenemos el caldo de cultivo de la revolución que enterraría el símbolo y la referencia del comunismo.

El mundo después de la URSS ha sido diferente. La nueva Rusia esta hoy en día arruinada, se intenta levantar el espíritu nacional con antiguos himnos y banderas, pero los submarinos tan temidos durante la guerra fría se les hunden con la tripulación dentro y los equipos de rescate no llegan a tiempo por falta de medios. Sin duda está sufriendo la teóricamente feliz reconversión al capitalismo.

Opinión Personal

Un Viaje por la Economía de nuestro tiempo nos cuenta la historia de este siglo que ya ha acabado desde una nueva perspectiva económica. Abre nuevas puertas y nuevas interpretaciones a la ya tan repetida historia de nuestro conflictivo siglo veinte. El autor, desde una punto de vista privilegiado opina sobre los diversos temas y conflictos que han marcado la historia del capitalismo. Desde la Primera Guerra Mundial, a la que considera la ruptura con la economía anterior, pasando por la dolorosa paz de Versalles, la Segunda Guerra Mundial y la caída del comunismo como antesala a una nueva era. Galbraith nos da su particular opinión sobre todos y cada uno de los sucesos del siglo. Así, por ejemplo, considera a la I Guerra mundial como “La Gran Divisoria”, que marca un antes y un después en la historia económica; la entrada de EEUU en la segunda como una consecuencia necesaria para salvar la recesión en la que estaba inmersa y la paz de Versalles como las raíces del desorden de las décadas posteriores.

También tienen especial interés sus opiniones sobre los distintos ocupantes de la Casa Blanca durante su etapa como influyente en la vida política. Elogia a Roosevelt, se opone a una de las principales decisiones de Kennedy, critica el gobierno de Reagan y culpa a Nixon de la pérdida de confianza de los ciudadanos en la política.

Especial curiosidad me ha causado su idea de la crisis de los años setenta. En contra de lo que yo siempre había creído, que es lo que dicen los libros de historia, el autor ve como una excusa la subida de los precios del petróleo, y culpa de la crisis a la mala gestión de todos los años anteriores y la inflación presionada al alza por la políticas de demanda sin control. Es su visión particular, a la que no tengo conocimientos suficientes para oponerme.

También me ha gustado especialmente, que al autor diera siempre su opinión política, comprometida con un socialismo de corte liberal que considera que la intervención del Estado en la vida política se torna necesaria porque el mundo capitalista de la opulencia privada deja de lado cosas tan importantes como el cuidado del estado del bienestar y bolsas de pobreza donde no llegan los servicios públicos. El autor se compromete con sus ideas socialistas y recurre muchas veces a los modelos europeos de estado social inexistentes en EEUU. A la vez, es un keynesiano convencido, viaja a Inglaterra para conocerle personalmente y sigue la evolución de todos los países donde se desarrollan sus políticas. No duda en criticar las nuevas corrientes económicas como las políticas monetarias de Milton Friedman y se opone a todas las medidas que vayan en contra de incrementar el gasto del estado para fines sociales.

En cuanto su visión del comunismo, no se cansa de repetir que no entiende el miedo que desde el gobierno de los EEUU se le tenía. Pone el grito en el cielo con el rearme de Reagan en la guerra fría y critica el esfuerzo que se hace en alinear los países en uno o en otro de los bandos. Se preocupa por la caída del comunismo en los últimos capítulos y ve como “un milagro incierto” la economía de la década de los 90.

En un reciente artículo publicado en la prensa con el del fin de siglo, Gabriel Tortella se preguntaba a cerca del siglo, al que titulaba “Maravilloso y terrible”, si las cosas pudieron haber ocurrido de otra manera. Galbraith seguro que habría contestado que no. Las historia del siglo veinte se ha escrito con la dinámica del capitalismo moderno, los nacionalismos, el comunismo en la ortodoxia clásica. Escribe Tortella: “ El XX es un siglo de revoluciones, de crisis debidas al crecimiento”. Y en verdad es así, en ningún siglo se ha avanzado tanto como en el XX, así lo demuestra los vuelcos y la complejidad de su historia económica, y a la vez, la grandeza de los hombres que han sabido leerla e intrepetarla.

El mundo hoy, recién inaugurado el siglo XXI, todavía es una incógnita. El comunismo esta desapareciendo, sólo le quedan dos reductos, Cuba Y Corea del Norte, China ya se está abriendo al capitalismo y la antigua URSS pasó su propia crisis de reconversión. Los países pobres, el tercer mundo sigue tan pobre y con las mismas dificultades que nos contaba Galbraith; EEUU se debate sobre si ampliar los derechos sociales y en Europa la integración se consolida cada día más. Con todo, el siglo XX termina como empezó, con un proceso de globalización, pero que ahora abarca la era de Internet y las telecomunicaciones.

¿Dónde iremos a parar?

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