Tusculanas; Marco Tulio Cicerón

Literatura clásica antigua. Narrativa romana o latina. Prosa didáctica. Oratoria y Retórica. Biografía. Vida. Obra ciceroniana

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El autor

Marco Tulio Cicerón nace en el año 106 a.C. en el seno de una familia ecuestre de la ciudad latina de Arpino. Su padre, de salud enfermiza, se dedicó con poco éxito a la literatura pero, y quizá por eso mismo, se preocupó de llevar desde bien temprano a sus dos hijos, Marco y Quinto, a Roma para mejorar su educación. En Roma, Cicerón siguió las enseñanzas de dos grandes maestros del momento: Marco Antonio y Lucio Craso, a los que posteriormente y en agradecimiento hizo protagonistas del tratado De Oratore. Entre el 86 y el 84 asistió a las lecciones del poeta griego Arquias, al tiempo que se relacionaba con el poeta trágico Accio. En torno a los veinte años escribió la que sería su primera obra, el tratado retórico De Inventione. En el año 81, a los veinticinco años de edad por tanto, pronuncia el Pro Quinctio, su primer discurso público, y al año siguiente ya se atreve a acometer un caso de la mayor relevancia política cuando pronuncia su pro Sexto Roscio Amerino enfrentándose a un protegido del dictador Sila. Tras ganar el proceso, en parte para eludir algún tipo de venganza, en parte para pulir algunos defectos "asiáticos" de su oratoria, demasiada ampulosa, decide retirarse a Grecia y permanecer allí desde el 79 al 77 entre Atenas y Rodas, ciudad esta última donde recibirá las enseñanzas de Molón. Tras regresar a Roma inició su carrera política ejerciendo en el 75 el cargo de cuestor en Sicilia. La buena imagen que dejó en la isla le permitiría luego reunir con facilidad pruebas contra Verres, que había ejercido el consulado allí mismo entre el 73 y el 71 explotando y humillando a los sicilianos hasta límites insospechados. Así en el 70, al tiempo que desempeñaba su cargo de edil, denunció y logró la condena de Verres, pese a tener enfrente a Hortensio Ortalo como defensor, que era el más célebre orador del momento. Su éxito y las circunstancias en las que fue logrado aumentaron sobremanera su popularidad en Roma y lanzaron definitivamente su carrera política: edil curul en el 69, pretor en el 66, cónsul en el 63. Precisamente en el desempeño de su consulado descubrió y abortó la conjuración de Catilina, lo que le valió la cima de la gloria política, pero le atrajo el odio de un sector importante de la sociedad romana. así, en el 58 se ve abocado al exilio a consecuencia de una ley propuesta por el tribuno de la plebe Clodio, en virtud de la cual se condenaba a todo el que hubiera condenado a muerte a ciudadanos romanos sin juicio previo. Tras año y medio, ya en el 57, pudo el arpinate regresar a Roma gracias a la intercesión de Milón, otro tribuno de la plebe. Con todo, las circunstancias políticas en Roma habían cambiado y distaban mucho de las del 63, cuando él como cónsul y el senado controlaban la situación; era el momento del primer triunvirato (César, Pompeyo y Craso) y las libertades de la República se resentían ante esta situación de dictadura compartida. Aun así, en el 51 se hace cargo del gobierno de Cilicia, de donde regresa en plena guerra entre César y Pompeyo. Tras muchas dudas acaba por inclinarse a favor de este último poco antes de que César lo derrote en la batalla de Farsalia (48). Durante la dictadura de César (48-44) se avino a intentar algún acercamiento al nuevo poder, pero sin participar activamente en la política, lo que le permitió dedicarse de lleno a su obra filosófica y retórica. También en estos últimos años sufre diferentes desgracias familiares: divorcio de Terencia (46) y muerte de su hija Tulia (45). Tras el asesinato de César en el 44 intenta recuperar la libertad de la república y el poder del senado. Enfrentado a Marco Antonio, lugarteniente de César, logrará en un primer momento resistirle el envite con la colaboración de Octavio, sobrino e hijo adoptivo del dictador; pero la posterior alianza de Marco Antonio, Octavio y Lépido (antiguo jefe de la caballería cesariana) en lo que sería el segundo triunvirato, le resultará mortal y pagará con su vida a manos de unos sicarios los ataques dirigidos contra Marco Antonio en sus Filípicas.

Tusculanas

Dejando a un lado la faceta del arpinate como orador en la medida de lo posible, sus tratados de filosofía destacan, más que por constituir una aportación original al pensamiento filosófico de la antigüedad, por verter al caudal latino el importante y abundante léxico filosófico griego con la creación de toda una larga serie de neologismos, calcos lingüístico, etc., que sirvieron para enriquecer una lengua como la latina, con importantes carencias en aquella época a la hora de expresar el pensamiento filosófico. Es en este sentido y no en otro que cabe interpretar las Tusculanas : reelaboración, adaptación, "traducción" de un pensamiento previo griego.

En el caso concreto que aquí me ocupa la fuente directa de la que parece haber surgido esta obra no sería otro que el Sobre el Alma de Dicearco, aunque hay también toda una serie de fuentes menos claras, cuya pista no es tan fácilmente rastreable pero igualmente constatable (Filón de Larisa y Eudoxo de Alejandría y su visión del topos patológico de la filosofía helenística, Posidonio...). Como quiera que fuera hay que advertir que el carácter ecléctico de la obra, así como su estructura oratoria, excluyen una única fuente. Así las cosas lo único manifiesto es que es que el plan y la concepción de la obra son plenamente ciceronianas.

En definitiva el hecho de que Cicerón use compendios y epítomes de sus colaboradores al mismo tiempo que elude hacer citas concretas hace imposible el rastreo de las fuentes concretas.

A diferencia de la mayoría de los tratados filosóficos ciceronianos, que en el título aluden al tema tratado o a la persona a la que está dedicada la obra (Hortensio, De Natura Deorum...) en este caso aparece un título que nada tiene que ver ni con el tema ni con los contenidos, sino simplemente el nombre de la finca que el arpinate poseía en Túsculo. Parece probado que en el año en que escribió esta obra, asistieron numerosos jóvenes romanos (v.g. Dolabela) a dicha finca para aprender de sus dotes como orador. Una razón más que podría justificar la falta de concreción del título es lo heterogéneo de los temas tratados; y es que a diferencia de la unidad temática de otros tratado filosóficos suyos aquí cada libro plantea y trata de resolver de modo monográfico un tema distinto. No obstante, sí que existe un tratamiento común de fondo: la sabiduría como único camino para alcanzar la felicidad.

La fecha de su composición es posterior al De Finibus Bonorum et Malorum pero anterior al De Natura Deorum , i.e., la compuso entre finales de Mayo y principios de Agosto del 45 a.C. en jornadas que iban de sol a sol y con la ayuda de una pléyade de ayudantes que resumían las obras que el habría de leer.

En cuanto al contenido cabe decir que se trata de una obra escrita en cinco libros, cada uno de los cuales recoge un monográfico distinto. Así, en el primer libro, se centra en el análisis del tema de la muerte, en un intento por alejar los temores, llegando incluso a elogiarla. Para ello debe analizar el problema del la existencia del alma, repasado las distintas teorías filosóficas (tanto las antiguas cuanto las coetáneas) para llegar a la conclusión de que el alma es inmortal, le espera una vida feliz tras la muerte del cuerpo, al menos en lo referente al sabio, pues no está tratado el tema con relación a los necios.

En el segundo habla del dolor y de la actitud del sabio ante éste; tanto el dolor físico como moral son tratados aquí con la conclusión de que el sabio no ha de ser insensible a él pero sí que no ha de perturbar su juicio.

En el libro III habla de la tristeza; sus causas, clases, remedios, etc. Simultáneamente arremete contra las mujeres y las opiniones del vulgo.

El cuarto está dedicado al análisis de las enfermedades y los achaques del alma, las pasiones y sus remedios, llegando a la conclusión de que el alma del sabio es inmune a las pasiones. Todo su razonamiento se basa en un paralelo: la filosofía es al alma lo que la medicina al cuerpo.

La apoteosis llega con el quinto libro, donde se deja ver nítidamente la solidez de Cicerón como orador, ya que se trata de una peroratio en su casi totalidad (la última parte sería la confirmatio de lo que venía sosteniendo a lo largo de la obra: sabiduría = felicidad). Esta planificación retórica atraviesa estructuralmente toda la obra, si bien no incidiré más en ella, baste lo hasta ahora expuesto.

Así pues, siguiendo el paralelo antes expresado las Tusculanae vienen a ser algo así como un botiquín de emergencias para el alma contra los contratiempos y avatares de la vida. En este sentido cabe recordar que hace poco que se ha divorciado de su esposa y que ha perdido a su hija, lo que sin duda lo lanzó a buscar algún tipo de consuelo: su obra filosófica. Es por tanto y a mi juicio una obra de catarsis que le sirve en un momento puntual para salir de una situación de desasosiego y que se viene a confirmar en la falta de consecuencia de Cicerón entre lo que dice y lo que realmente hace después.

En cuanto a nuestro texto se trata del proemio (de nuevo queda patente la labor retórica de Cicerón a la hora de estructurar sus Tusculanae) del libro cuarto, con el que se reitera lo mismo que en los restantes libros si exceptuamos el tercero: exaltación del nacionalismo romano, justificación personal de Cicerón a la hora de acometer la obra y un análisis cultural de Grecia y Roma. Variará la realización, la puesta en práctica de estas tres ideas, como variará también su orden de presentación, pero el fondo será siempre el mismo.

En el caso que nos ocupa el proemio comienza con el elogio del pueblo romano (Cum multis locis nostrorum hominum ingenia virtutesque, Brute, soleo mirari) seguido de una rápido repaso histórico de diversas instituciones romanas (cum a primo urbis ortu

regiis institutis, partim etiam legibus auspicia, caerimoniae, comitia, provocationes, patrum consilium,

equitum peditumque discriptio, tota res militaris divinitus esset constituta, tum progressio admirabilis incredibilisque cursus ad omnem excellentiam factus est dominatu regio re p. liberata.) donde se remite al De Republica para seguir por este camino. A continuación se pasa a elogiar su relación la figura de Pitágoras haciendo un pequeño excurso para reírse de la atribución por parte de los antiguos de una relación profesor-discípulo entre Numa y Pitágoras.

En cuanto a Pitágoras, (c. 582-c. 500 a.C.), filósofo y matemático griego, cuyas doctrinas influyeron mucho en Platón, nació en la isla de Samos y fue instruido en las enseñanzas de los primeros filósofos jonios Tales de Mileto, Anaximandro y Anaxímenes. Se dice que Pitágoras había sido condenado a exiliarse de Samos por su aversión a la tiranía de Polícrates. Hacia el 530 a.C. se instaló en Crotona, una colonia griega al sur de Italia (la Magna Grecia a la que alude Cicerón), donde fundó un movimiento con propósitos religiosos, políticos y filosóficos, conocido como pitagorismo. La filosofía de Pitágoras se conoce sólo a través de la obra de sus discípulos.

Los pitagóricos asumieron ciertos misterios, similares en muchos puntos a los enigmas del orfismo. Aconsejaban la obediencia y el silencio, la abstinencia de consumir alimentos, la sencillez en el vestir y en las posesiones, y el hábito del autoanálisis. Los pitagóricos creían en la inmortalidad y en la transmigración del alma. Se dice que el propio Pitágoras proclamaba que él había sido Euphorbus, y combatido durante la guerra de Troya, y que le había sido permitido traer a su vida terrenal la memoria de todas sus existencias previas.

Entre las amplias investigaciones matemáticas realizadas por los pitagóricos se encuentran sus estudios de los números pares e impares y de los números primos y de los cuadrados, esenciales en la teoría de los números. Desde este punto de vista aritmético, cultivaron el concepto de número, que llegó a ser para ellos el principio crucial de toda proporción, orden y armonía en el universo. A través de estos estudios, establecieron una base científica para las matemáticas. En geometría el gran descubrimiento de la escuela fue el teorema de la hipotenusa, conocido como teorema de Pitágoras, que establece que el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados de los otros dos lados.

La astronomía de los pitagóricos marcó, también, un importante avance en el pensamiento científico clásico, ya que fueron los primeros en considerar la tierra como un globo que gira junto a otros planetas alrededor de un fuego central. Explicaron el orden armonioso de todas las cosas como cuerpos moviéndose de acuerdo a un esquema numérico, en una esfera de la realidad sencilla y omnicomprensiva. Como los pitagóricos pensaban que los cuerpos celestes estaban separados unos de otros por intervalos correspondientes a longitudes de cuerdas armónicas, mantenían que el movimiento de las esferas da origen a un sonido musical, la llamada armonía de las esferas.

La función que pueda tener para el arpinate mencionar a Cicerón sea quizá la de subrayar la continuidad que a modo de puente , tanto físico (vivió en la península itálica) como filosófico existente entre el pensamiento griego (especialmente el de la Magna Grecia) y de Roma. Es por eso que seguidamente cita a autores romanos ( a los que, por cierto, vuelve a elogiar retomando la idea antes expresada de la virtud de los romanos [...quam brevi tempore quot et quanti poetae, qui autem oratores extiterunt! facile ut appareat nostros omnia consequi potuisse, simul ut velle coepissent]) más antiguos que él. Cierra el cuadro con una justificación no explícita de su obra filosófica (Qui cum cetera litteris mandarent, alii ius civile, alii orationes suas, alii monumenta maiorum, hanc amplissimam omnium artium, bene vivendi disciplinam, vita magis quam litteris persecuti sunt. Itaque illius verae elegantisque philosophiae,[...] nulla fere sunt aut pauca admodum Latina monumenta).

Bibliografía:

  • Cicerón. Tusculanas. Coloquio. Madrid, 1986.

  • Ferrater Mora J. Diccionario de Filosofía. Ariel. Barcelona, 1994.