Transición del Feudalismo al Capitalismo

Historia de la Economía Universal. Agricultura. Economía familiar agraria medieval. Agricultura. Burgos. Burguesía. Edad Moderna. Economía urbana. Mercado de capitales

  • Enviado por: Patxi
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 31 páginas
publicidad
cursos destacados
Tablas financieras de uso permanente para no financieros
Tablas financieras de uso permanente para no financieros
Cómo realizar por uno mismo cálculos financieros: valor final de rentas financieras, capitalización, actualización,...
Ver más información

Fundamentos de Microeconomía
Fundamentos de Microeconomía
Fundamentos de Microeconomía es un curso que te permitirá comprender los conceptos...
Ver más información

publicidad

1.- Introducción

En el siglo XIII aparecen nuevas técnicas en el campo: molinos de vientos, sustitución del arado romano por arados con ruedas, etc. Ello permite un aumento de las cosechas y, por tanto, un crecimiento de los recursos alimenticios.

Como consecuencia, hay un gran aumento de población en toda Europa, y se necesitan más y más tierra para cultivarlas.

Surgen nuevos pueblos en el campo que se llamarán “ villas nuevas ” y aparecen, por primera vez en la Edad Media, excedentes agrarios.

Como ya sabemos, los excedentes permiten la venta. Comienza así a desarrollarse el comercio de productos del campo y, en consecuencia, aumenta la “ renta agraria “, es decir, las posibilidades económicas de los campesinos, que pueden invertir su dinero en comprar instrumentos para el campo, objetos, ropas, etc.

Por toda Europa aparecen también multitud de ciudades, que se llamarán “burgos”. Nacen con distintas finalidades: unas con un fin militar, otras con función religiosa, otras con papel cultural, otras como parada de viajeros, como los que surgen del Camino de Santiago... .

Pero la mayoría tienen un carácter comercial y artesanal. En casi todas surgen talleres que fabrican multitud de objetos para su venta: son el centro de una comarca a la que los campesinos se dirigen para realizar sus transacciones comerciales.

Aparece la “vida urbana”, con funciones o actividades contrapuestas a las de la vida campesina.

Con el trabajo en talleres aparecen los “gremios”. Los miembros de un gremio pueden ser maestros, oficiales o aprendices. El gremio tiene unos reglamentos que todos obedecen. Incluso se agrupan en una misma calle.

Las ciudades son gobernadas por el “común”, es decir, la comunidad de todos los vecinos, que delegan la autoridad en un “consejo” o “concejo”, que está presidido por un “alcalde”, máxima autoridad de la ciudad.

El concejo cobra impuestos, se encarga de la vigilancia, de que por la noche se cierren las puertas de la muralla, del mercado, del agua... .

Los excedentes agrarios ocasionan la creación de los mercados, que se llaman ferias. Además para realizar el intercambio de productos se necesitaba un instrumento que facilite el comercio. Así es como aparece la moneda. Las monedas más difundidas fueron el florín (moneda de Florencia) y el ducado (moneda de Venecia). En España, la moneda básica era el “maravedí”.

Los mercaderes ya se atrevían a viajar, porque los caminos eran más seguros, porque estaban vigilados. Se construían puentes. Surgían posadas para los caminantes. Se mejoran los medios de transporte: la carreta por tierra, y la galera y la coca por el mar, cuya función se vio facilitada por la brújula.

En las ciudades también aparecieron banqueros, que prestaban dinero para invertir en negocios comerciales.

Bajo la protección de los reyes o d los obispos, en muchas ciudades se establecen ferias cada cierto tiempo. Algunas atraían mercaderes de toda Europa. Las más famosas fueron las de Champagne, en Francia. En España, serían muy importantes las de Medina del Campo.

Habrá zonas de una gran importancia mercantil: en Flandes (actual Bélgica) Brujas y Gante; en Italia Génova, Venecia y Florencia y en Oriente, Constantinopla. En el mar Báltico, surgieron ciudades mercantiles que se agruparon en una organización llamada la Hansa.

Del Norte salían pieles, madera y pescado. Del Mediterráneo lanas, telas, sal y vino. De Oriente esclavos, especias, perfumes, sedas, alfombras y productos de lujo.

El gran mercado español era el de la lana, que se vendía a Flandes. Los ganaderos de ovejas merinas se agrupaban en una poderosa organización llamada la Mesta.

Los habitantes de las ciudades, burgos, se llamaban burgueses. Constituyeron una nueva clase social: la burguesía. La burguesía adquirió muy pronto una gran fuerza.

En las ciudades surge una alta burguesía, formada por los burgueses más ricos que se enriquecieron con el comercio y los negocios. Esta alta burguesía, dominará la ciudad y ocupará los cargos del concejo.

Como están fuera de la organización feudal, los burgueses son hombres libres. Muchos campesinos abandonarán por ello su situación en el campo e irán a vivir a las ciudades.

2.- Los aspectos económicos

Después de la caída de Constantinopla en 1453, los turcos se hacen los dueños del Mediterráneo. Los barcos genoveses y venecianos tienen cada vez mayores dificultades para comerciar con los puertos de Oriente hasta que en 1504, por primera vez en su historia, las galeras venecianas regresan vacías de Alejandría. Como las rutas del Mediterráneo por las que llegaban los productos de Oriente- sobre todo las especias- son cada vez más peligrosas y, por tanto más caras, hay que buscar un nuevo camino, para llegar a las Indias, a las “ Islas de las Especias”. Por eso desde mediados del XV, los portugueses irán descendiendo por las costas de África, buscando dar la vuelta al continente para llegar a Asia. Pero para realizar esta expansión comercial se necesita dinero, es decir, capital. Por ello, en 1484, llega a Castilla en busca de apoyo económico para sus ideas Cristóbal Colón.

Hasta este momento se pensaba que la Tierra era aplana. Pero todos los científicos de la época estaban de acuerdo que la Tierra era redonda. Colón entonces ofrece a los Reyes Católicos su proyecto de llegar a las Indias por una nueva ruta: atravesando el Atlántico. Pero en un primer momento su propuesta no recibirá el apoyo de los monarcas.

Durante años vivirá en el monasterio de La Rábida, cerca de Huelva. Frailes como el P. Marchena y Fray Juan Pérez, le presentan a marineros de Huelva y a nobles de la Corte. Por fin, en el campamento de Santa Fe, los Reyes firman Las Capitulaciones de Santa Fe, por las que dan su apoyo y aprobación de la empresa.

El 3 de agosto de 1492, con tres carabelas, la Pinta, la Niña y la Santa María parte la expedición del puerto de Palos de Moguer. La travesía fue dura e incluso hubo momentos en que los marineros quieren regresar.

Por fin el 12 de octubre de 1942 los españoles desembarcaron en la isla de Guanahaní, que llamaron San Salvador.

Muy pronto, otros muchos marineros españoles y de toda Europa, vinieron a ponerse al servicio de los Reyes de España para explorar las costas de Centroamérica y las islas del Caribe. Todos se dieron cuenta de que se trataba de un continente desconocido, era un “Nuevo Mundo”.

Hubo otros grandes conquistadores o descubridores. Así encontramos a Núñez de Balboa, que en 1913, llega al Pacífico atravesando las montañas de Panamá; a Juan Sebastián Elcano que logra culminar lo iniciado por Magallanes y da por primera vez la vuelta al mundo; a Hernán Cortés que conquista Méjico o a Francisco Pizarro que conquista el Imperio Inca de Perú.

El descubrimiento del “Nuevo Mundo” tuvo un gran impacto en España y en Europa a todos los niveles como se verá a continuación:

A nivel político, España firma con Portugal en 1494 el Tratado de Tordesillas por el cual prácticamente se dividía el mundo en dos mitades a repartir entre estos dos países.

A nivel militar, porque como llegaban a Sevilla barcos cargados de plata y oro, junto con productos comerciales hace que se potencien los barcos de guerra par proteger a los convoyes de los piratas franceses, holandeses y sobre todo del inglés Drake.

A nivel económico, porque de América llegaban productos desconocidos hasta entonces para los europeos como azúcar, patatas, tomates, maíz, tabaco, quina, coca.... En América los españoles organizaron industrias de hierro y algodón y plantaciones como las de caña de azúcar. Pero la gran riqueza de aquel continente fue el oro y la plata que se extraían de las minas donde trabajaban los indios.

La avalancha de metales preciosos inundó Europa y produjo, año tras año, una subida de precios en todos los productos europeos, pero ayudó a desarrollar sus industrias. Sin embargo, en España, donde estaba comenzando a extenderse la industria y el comercio, se frena el desarrollo económico a la vista de la gran facilidad con que llegan las riquezas, al comprar en el extranjero casi todo lo que se necesita y encima cada vez más caro. Así pues, esa riqueza fácil que se obtenía de América no se quedó en España si no que sirvió para que los reyes españoles para pagar a los banqueros italianos y alemanes, que financiaban sus costosas guerras por toda Europa. Poco a poco todo esto conduce a una decadencia progresiva de España.

3.- La sociedad: sus desigualdades

Una de las características del tránsito de un modo de producción a otro es el aumento de la conflictividad entre los grupos y clases sociales existentes en cada época. Para entender dicha conflictividad analizaremos brevemente las distintas clases sociales.

La antigua nobleza feudal, en la época de Renacimiento, deja de vivir en el campo y va a la corte, agrupándose en torno a los reyes autoritarios de esta época. Así es como se convierte en una nobleza cortesana sometida a la voluntad del monarca. Seguirá, no obstante, disponiendo de grandes rentas proporcionadas por sus posesiones en el

campo. Por su parte la pequeña nobleza, poseedora de pocas tierras, que disponía de poder gracias a la organización feudal, lo pierde cuando ésta desaparece y queda sin la protección de los grandes señores. Como no trabaja sus tierras, obtiene pocas rentas. Como no tiene riqueza ni grandes títulos nobiliarios no puede ir a la ciudad ni a la Corte. Se pondrán al servicio de los reyes, forman parte de sus ejércitos o se irán a América en busca de gloria y fortuna.

Con el tiempo las familias nobles acapararán todos los cargos públicos y dispondrán de enormes riquezas. Pese a ser la principal poseedora del capital no lo invierte en el comercio o en la industria, porque lo consideraban indigno de un noble. Lo empleaban en mantener una corte de servidores, criados y clientes o en celebrar fiestas y cacerías.

Los burgueses ricos, por su parte, se llamarán ahora alta burguesía. Serán los que dirijan la vida de la ciudad e inviertan su dinero en financiar empresas o en crear negocios. No son nobles, pero serán los dueños del capital e irán teniendo, poco a poco, más poder. Cuando llegan a prestar dinero a los reyes, lo que ocurre cada vez con más frecuencia, para financiar las guerras y las actividades del Estado, adquieren, además del poder económico un poder político que irá creciendo. Por su parte en las ciudades también habrá una baja burguesía.

La llegada de los metales preciosos de América con el consiguiente descenso de la industria y el comercio hará que en España la burguesía vaya perdiendo poder como clase social, circunstancia completamente contraria a lo que ocurre en Europa en que cada vez es mayor su influencia, hasta el punto de ser la gran impulsora de la Revolución Francesa, en su lucha por lograr no sólo el poder económico sino también el político.

En cuanto al campesinado, una vez que se vio libre de la obligaciones feudales, adquiere una mayor libertad, pero sigue sin ser dueño de las tierras y ha de pagar fuertes alquileres a los nobles, propietarios de ellas. No obstante, sigue existiendo un gran número de siervos como en el régimen feudal. Poco a poco el campo se va quedando abandonado y sin gente que lo cultive, acercándose a épocas de gran decadencia y miseria como las sufridas en España en el siglo XVII.

La novela picaresca será la que mejor sabe reflejar las miserias y desigualdades de esta época. Así, nos mostrará las masas de mendigos, criados, soldados enfermos o mutilados, estudiantes pobres, que pueblan las ciudades españolas a finales del siglo XVI y como muchas personas se meten a frailes o monjas para tener al menos asegurada la comida de los conventos.

4.- Hacia una nueva organización política

La forma de gobierno absolutista domina toda Europa continental a mediados del siglo XVII. El absolutismo como forma de gobernar, fue primeramente desarrollada como teoría por Jean Bodin (1530- 1596), quien en su obra De republica afirma que el rey ejerce el máximo poder, y que está por encima de las leyes y del pueblo. Afirma también que ello no conllevaría el despotismo o la tiranía, ya que el soberano debería respetar de todos modos el derecho divino y natural. Las teorías de Bodin fueron pronto acogidas por la monarquía francesa de Luis XIV, quien veía en ello la fórmula para evitar la descomposición del reino, controlar a la nobleza, someter al pueblo y edificar un estado fuerte. Para impulsar ese sistema de gobierno, Luis XIV inició su tarea formando un fuerte ejército, capaz de mantener su autoridad, y un cuerpo de funcionarios leales, para transmitir sus órdenes y cumplir sus mandatos. Asímismo, implantó una religión oficial para todo el Estado, y todo ello lo centralizó en su corte, para conocer en cualquier momento los acontecimientos del reino. El absolutismo llevó así aparejado el centralismo, pero fue también el origen de los distintos estados nacionales.

Los éxitos conseguidos por Luis XIV con esta forma de gobierno, provocaron una extensión por toda Europa, tomando aspectos peculiares en cada país. Así, en España, derivó pronto hacia el despotismo; en Rusia, hacia la tiranía y en Austria y Prusia hacia el centralismo. En el transfondo de la implantación del absolutismo se halla la lucha de la monarquía contra la nobleza por el poder, así como la unión de la primera con la burguesía, a la cual un estado unido y absoluto, que garantizase la paz a través de una eficaz labor de policía, proporcionaba un indudable aliciente para sus negocios.

El absolutismo vino favorecido por el período de guerras que sufrió el continente a lo largo del siglo, que dieron una indudable importancia y desarrollo a los ejércitos, y con ello un gran poder a su máximo mandatario, el rey.

Pero el régimen absolutista ni iba a ser eterno. Una serie de revoluciones acabarán con la sociedad estamental, basada en la existencia de grupos privilegiados por el nacimiento. La sustituirá una sociedad de clases, en la que fortuna del individuo determina su lugar en la sociedad. La idea que inspira estas revoluciones es la de la que todos los ciudadanos son iguales ante la Ley. Pero como el Estado no interviene para nada en la vida social, las masas de ciudadanos pobres o débiles están a merced de los más ricos o más fuertes.

A la cabeza de esta nueva sociedad figurará la burguesía, que era el grupo poseedor y explotador del capital. Dentro de ella pueden distinguirse varios niveles que van desde una “alta burguesía” de industriales y financieros, a una “pequeña burguesía” de comerciantes y pequeños empresarios, junto con unas “clases medias” de profesionales liberales, de bajo nivel económico.

Con la aparición de las fábricas, aparecerá el proletariado, formado por multitud de trabajadores, artesanos arruinados por la aparición de la industria y las nuevas máquinas, y campesino emigrados a la ciudad. Sus duras condiciones de vida y de trabajo harán que tome conciencia de clase.

Así, la aristocracia irá perdiendo su puesto privilegio por la desaparición de las monarquías absolutas y porque la tierra dejó de ser la principal fuente de riqueza ante el empuje de la industria.

Los campesinos son el grupo más numeroso, pero pierden importancia ante la primacía industrial.

Al siglo XVIII se le llama el siglo de la razón o de las luces, porque toda la ideología de la época tuvo como pretensión iluminar la vida humana con la luz de la razón disipando las tinieblas de la fe y la autoridad. Tal movimiento ideológico recibe el nombre de Ilustración e influye en los movimientos liberales iniciados con la independencia de los Estados Unidos, preludio de la Revolución Francesa y de las agitaciones políticas del siglo XIX.

Este racionalismo tuvo eco en la política. La sociedad era fuerte y capaz de oponerse al poder real, pues contaba con la burguesía enriquecida y culta.

Tales ideas, contrarias al poder absoluto de los reyes, llevaron a los monarcas a adoptar la forma de absolutismo filosófico o despotismo ilustrado, doctrina que aspiraba a mejorar la condición del pueblo, pero sin contar en modo alguno con su intervención en el gobierno. La fórmula política que condensa este sistema político era: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Como monarcas que actuaron al dictado de esta nueva forma de gobierno “según la razón” fueron los Borbones de Francia y España, Federico II de Prusia o José I de Portugal.

Los filósofos ilustrados adquieren gran prestigio e influencia. Sus ideas se caracterizan por la exaltación racionalista, por su materialismo y espíritu antirreligioso. Los famosos e influyentes fueron el inglés Locke y los franceses Voltaire, Montesquieu y Rousseau, acérrimo defensor de la soberanía del pueblo frente a la teoría del origen divino de la autoridad.

5.- Las contradicciones ideológicas de una época

La Iglesia necesitaba una reforma porque había una gran relajación en la disciplina. Era necesario adaptar muchas de las ideas de la Iglesia a la nueva cultura del Renacimiento.

La reforma comenzará porque a principios del siglo XVI, el Papa León X concedía indulgencias a cambio de limosnas para construir la gran Basílica de San Pedro.

Martín Lutero, un fraile agustino un profesor de la Universidad de Wittenberg , en Alemania , considera que esto es “vender” las indulgencias.También piensa que el dinero es para pagar los lujos de la Corte papal en Roma. Lutero llega a afirmar que la indulgencias obtenidas no son válidas. Esto ocurría en el año 1517 y poco después el Papa le excomulga.

Entonces Lutero, que quema públicamente la bula de excomunión, predica una reforma de la Iglesia, que constituye una nueva interpretación del cristianismo, buscando una mayor pureza y sinceridad de las relaciones del hombre con Dios. Sus principios básicos podrían definirse así: niega la eficacia de los sacramentos. Autoriza que los sacerdotes se casen. Afirma que es la fe y no el hacer buenas obras sin fe, lo que salva al hombre. Rechaza que la Iglesia sea intermediaria entre el hombre y Dios. Niega la obediencia al Papa, y sostiene que cada persona puede interpretar libremente lo que dice la Biblia. También mantiene que la Iglesia debe de ser pobre y por tanto renunciar a sus bienes. Para apoderarse de ellos, muchos principes de los Estados aceptan entusiasmados la reforma.

Al mismo tiempo el emperador Carlos I, fiel a su idea de imperio católico, intente que los luteranos vuelvan al seno de la Iglesia. Pero los principes protestantes se oponen, dirigidos por el duque de Sajonia.

El enfrentamiento fue largo y duro. El Emperador convoca reuniones de la Dieta Imperial de Woms, Spira y Augsburgo , pero no consigue nada. Entonces estalla la guerra abierta y el Emperador vence a los protestantes en Mühlberg en 1547. Pero, pese a todo, se ve obligado a conceder la libertad al protestantismo.

A la vez, el Norte de Europa se había hecho protestante. El teólogo Calvino atrae al protestantismo a Suiza, Holanda y parte de Francia. Por su parte en Inglaterra el rey Enrique VIII, para divorciarse de Catalina de Aragón, se separa también de la obediencia del Papa.

Ante esta situación, el papa Paulo III convoca el Concilio de Trento en 1554 y que durará hasta 1563. En él se reforma la disciplina eclesiástica, se crean los Seminarios para formación de los sacerdotes, se fijan los siete Sacramentos y se publica una versión oficial y única de la Biblia. Una nueva orden religiosa, los jesuitas, fundada por el español Ignacio de Loyola, frenará la expansión protestante y difundirá las doctrinas de Trento por toda Europa.

Jean Cauvin o Calvino (Noyon, 1509-1564) forma parte de la segunda generación de reformadores y es su principal representante. Estudió en el Collége de la Marche y después en el Montaigu de tradición antiluterana y escasamente afín al erasmismo. En 1528 se graduó en artes y posteriormente en derecho en Orléans y Bourges, obteniendo la licenciatura en 1532. A su vuelta a París cultiva estudios humanísticos y comenta el "De Clementia" de Séneca. Sus contactos con ambientes reformistas datan de esos años. Precisamente hubo de huir de París (1533) a raíz de un discurso académico de su amigo Nicolás Cop, rector de la universidad de París, en el cual se defendía la justificación por la fe y cuya inspiración se debía al parecer a Calvino. Al año siguiente tuvo que abandonar Francia e instalarse en Basilea por sospechoso de la difusión de carteles subversivos contra la misa y otros dogmas católicos. En el verano de 1535 tenía concluida en latín su "Institución de la religión cristiana", tratado teológico que nació como catecismo y como tratado de defensa de los protestantes franceses perseguidos. La "Institutio", que conoció muchas revisiones y cuya influencia en la Reforma fue decisiva, fue fruto del estudio y de su sosegada estancia en Basilea. La lectura de la Biblia, de los escritos de Lutero y de la teología de Zwinglio ocuparon también gran parte de su tiempo. El texto apareció, además, en un momento en el que la expansión de las ideas evangélicas y del luteranismo sufría un importante retroceso o había perdido dinamismo, mientras sus adeptos procedían a escindirse, como sucedió con los sacramentarios. Calvino ofrecía a los creyentes, confusos o desconcertados por una religión reformada pero demasiado intelectualizada, una doctrina clara, lógica y accesible, por simplificada, a todos.

En esa difícil coyuntura llegó Calvino a Ginebra (1536), llamado por Guillaume Farel, también reformador, para constituir en la ciudad una Iglesia nueva. El proyecto fracasó y Calvino tuvo que salir hacia Estrasburgo (1538) invitado por Bucer. Allí actuó como pastor de los inmigrados franceses y como profesor de Biblia. Escribió sus "Comentarios a la carta a los romanos" y maduró su sistema teológico y su fuerte organización eclesial, tan distinta de las imprevisiones de Lutero. Los ginebrinos le vuelven a llamar en 1541, aceptando las condiciones que Calvino en las "Ordenanzas eclesiásticas de la iglesia de Ginebra" imponía para el establecimiento de la Iglesia: la ordenación del culto y la estructura de cuatro oficios (predicadores, maestros, presbíteros y diáconos). Ginebra, la ciudad-iglesia, se convierte de ese modo en la nueva Roma, en el ideal de la nueva Jerusalén. A los pastores les correspondería predicar la palabra y administrar los sacramentos. Los doctores darían lecciones sobre Sagrada Escritura y prepararían a los nuevos párrocos. Los presbíteros o ancianos vigilarían la conducta de los miembros de la comunidad. Y, por último, los diáconos se ocuparían de la asistencia social de pobres y enfermos. Sobre los ministerios estaba Calvino, que poseía el carisma personal del profeta, del reformador.

Un instrumento regulador de la vida de los ginebrinos integrado por pastores y delegados del gobierno a modo de Inquisición católica, el Consistorio, aseguraría finalmente la disciplina en el seno de la iglesia. Se impuso el rigor y el fundamentalismo, se censuraron y prohibieron las lecturas profanas y se controlaron las sagradas, se vigiló la conducta y el estudio de los jóvenes, a los que se les negaba la diversión, el baile, las fiestas o los cantos que no fuesen religiosos. Todo estaba monopolizado por catequesis, por servicios religiosos, por la palabra de Dios, y además no cabían las dudas o las desobediencias que pudieran quebrar la solidez dogmática ni la disciplina. Miguel Servet lo experimentó dramáticamente, pues fue encarcelado y condenado por los ginebrinos a morir en la hoguera como hereje notorio el 27 de octubre de 1553.

El castigo ejemplar ayudó a la consolidación de la obra de Calvino antes de su muerte, ocurrida en mayo de 1564, aunque es bien cierto que las bases de su éxito fueron su doctrina y su teología, cuyos rasgos y principios fundamentales son: primacía de la Sagrada Escritura, a través de la cual Dios nos habla. Toda tradición humana es, por ello, rechazable. Dios nos justifica por su gracia; la fe es un don de Dios y la salvación sigue siendo gratuita, pues la naturaleza humana está inclinada al pecado de manera irremediable y sólo merece la condenación eterna. Sin embargo, Dios predestina a la salvación o a la condenación eterna. La fe del creyente es testimonio suficiente de la predestinación a la salvación, que es un misterio impenetrable sobre el que no debemos especular. Contra la creencia renacentista en el hado o fortuna, Calvino sostiene con fuerza su creencia en la Providencia divina. El curso de las cosas no lo determina el hado sino Dios, señor del mundo, que lo dirige todo a un fin, aunque la providencia de Dios no libera al hombre de su responsabilidad. Sus ideas eclesiales, algunas de las cuales ya han sido expuestas en párrafos anteriores, son contundentes: Dios ha escogido la Iglesia por morada. Dios quiere la Iglesia, los sacramentos (sólo admite el bautismo y la comunión), el culto y las oraciones para ayudar al hombre a vivir mejor su fe, para consolarlo y para darle la confianza en su elección.

La teología elaborada por Calvino no estaba pensada exclusivamente para los ginebrinos. El señorío de Dios debe extenderse a toda la Humanidad. Ginebra era sólo una primera piedra. Tanto Calvino como sus discípulos pusieron en marcha un activo, planificado y militante proselitismo. En Francia y los Países Bajos la propagación del calvinismo fue rápida y triunfante a pesar de las persecuciones. En Europa central y oriental el calvinismo se estableció, en cambio, gracias a la conversión de algunos de sus soberanos, como fue el caso del elector palatino Federico III en 1559.

La aspiración a una reforma de la iglesia en Inglaterra era tan sentida como en el Continente. Los factores que la propiciaron eran similares: la misma piedad popular llena de supersticiones y de mediaciones, los mismos abusos del clero (excesos morales, absentismo pastoral) y las mismas críticas y exigencias de los medios intelectuales humanistas representados por Linacre, Colet y Moro. Incluso en Inglaterra, como en el centro de Europa, existían precedentes recientes de convulsiones religiosas o espirituales no olvidadas, como la que abanderó John Wycliff (1328-1384) a fines del siglo XIV. Por otra parte, ese ambiente facilita la acogida de las ideas de Lutero, que tienen en la universidad de Cambridge partidarios influyentes (T. Cranmer, Tyndale, Latimer), aunque Enrique VIII sea un convencido antiluterano. No obstante, fue un episodio ajeno a toda propuesta reformadora de la Iglesia, una petición de anulación matrimonial y un divorcio por razones de Estado, lo que produjo la ruptura con Roma. El papa Clemente VII negó la anulación matrimonial, necesaria a ojos de Enrique VIII para la consolidación de la dinastía Tudor, pues con un nuevo matrimonio se conseguiría el heredero masculino tan deseado.

Para desenredar la situación, Enrique VIII consiguió que la Cámara de los Lores aprobara el nombramiento del rey como jefe supremo de la iglesia de Inglaterra "en cuanto lo permita la ley de Cristo". Fue el primer paso para constituir una Iglesia nacional sin romper definitivamente con Roma. La independencia judicial y fiscal vendrían a corroborar ese proceso y a forzar también las negociaciones con el Papado para conseguir la nulidad. En mayo de 1533 el arzobispo de Canterbury invalida el matrimonio regio y legaliza la nueva unión del monarca con Ana Bolena. El Papa excomulga a Enrique VIII. La respuesta real es votar y aprobar en el Parlamento, en noviembre de 1534, el "Acta de Supremacía", que, sin la cláusula que la condicionaba a la ley de Cristo, otorga al rey amplios poderes religiosos y eclesiales: gobierno de la Iglesia de Inglaterra, derecho de excomunión y de persecución y castigo de las herejías. La ruptura se había consumado políticamente. Se admitía sin más la superioridad real sobre el Papa. En adelante, según el "Acta", aquella Iglesia se llamaría "Anglicana Ecclesia". John Fisher, obispo de Rochester, y el que fuera canciller sir Thomas Moro, fueron procesados, condenados y decapitados en 1535 por no plegarse a la voluntad regia.

Para organizar la nueva Iglesia Enrique VIII nombra a Thomas Cranmer y a Thomas Cromell, luteranos ambos, que llevan a cabo la confiscación y venta de las tierras del clero, la exclaustración de los monasterios y la supresión de las órdenes religiosas. Desde el punto de vista meramente doctrinal los obispos fieles al rey redactan una confesión de fe, los "Diez artículos" (1536), según los cuales se reducen a tres los sacramentos (bautismo, penitencia y comunión), se admite que las obras inspiradas por la caridad ayudan a la justificación del creyente y se rechazan las mediaciones de los santos aunque no su devoción. Así pues, la ruptura no es tan tajante como exigían los evangelistas y luteranos. Enrique VIII, además, a partir de 1538 frena toda novedad, destituye a sus consejeros luteranos y restablece la ortodoxia. A la muerte del soberano en 1547 el anglicanismo inglés es un catolicismo independiente de Roma, pero doctrinalmente idéntico. No existe herejía, sino cisma. Sólo después de la muerte de la reina María Tudor, durante el reinado de Isabel I (1558-1603), se formula y se afianza el anglicanismo con aportaciones protestantes.

Isabel I recupera la supremacía sobre la Iglesia con la "Ley de supremacía" de abril de 1559. La confesión de fe fue redactada por los obispos adeptos a la reina: los "Treinta y nueve artículos" (1563) constituirían en adelante el signo de identidad de la Iglesia oficial anglicana y combinan elementos doctrinales protestantes y católicos. De los primeros conservaban la afirmación de que la Sagrada Escritura es norma suprema, la justificación por la fe, los dos sacramentos (bautismo y eucaristía), el rechazo de mediaciones y sufragios y el uso de la lengua inglesa en la liturgia. De los elementos católicos, se habla del valor de las obras, no se rechazan los otros sacramentos, se mantendría la estructura eclesiástica sobre la base de los episcopados, aunque la jefatura correspondería al monarca. Los descontentos fueron muchos, pero el anglicanismo terminaría imponiéndose y se convertiría en elemento sustancial de la identidad nacional inglesa.

La respuesta católica a todas estas variantes del cristianismo fue además del Concilio y la Compañía de Jesús. Su fundador, Íñigo López de Loyola (1491-1556), era un noble vasco educado en los valores de la vida caballeresca. Habiendo sido herido gravemente en el sitio de Pamplona por los franceses (1521), decidió durante su recuperación, y tras leer la "Vida de Cristo", de Ludolfo de Sajonia, y la "Flos sanctorum", de Jacobo de Vorágine, hacer grandes cosas en servicio y gloria de Dios. En el monasterio de Montserrat, ante la imagen de la Virgen, cambió su espada y su indumentaria militar por el hábito de peregrino. Antes de marchar a Jerusalén (1523) sufrió una transformación mística y comenzó a escribir los "Ejercicios", sin estar convencido aún del camino que tenía que tomar para servir a la Iglesia. A su vuelta de Tierra Santa estudió en Alcalá y Salamanca (1526-1527) y siendo objeto de sospecha por la Inquisición se trasladó a París en 1528, en cuya etapa se graduó en artes y formó un círculo reducido de amigos y compañeros (Laínez, Salmerón, Bobadilla, Francisco Javier, Rodríguez y Fabro) a quienes daba ejercicios espirituales. En 1534, reunido con aquellos compañeros en Montmartre, hizo voto de pobreza y castidad, de peregrinar a Jerusalén, de servir al Papa y de hacer apostolado por la salvación de todas las almas. La peregrinación no fue posible, pero Ignacio se dirigió a Roma con algunos de sus compañeros en 1538 (nov.). Allí fue procesado bajo sospecha de herejía. Absuelto, y en un clima favorable, decidió la fundación de la Compañía, para lo cual dirigió al papa Paulo III la "Formula Instituti" (1539), que contenía las ideas fundamentales del instituto, entre las cuales se incluía la importantísima novedad del cuarto voto, el de obediencia, sin excusa ni tergiversación, al Pontífice. La "Compañía de Jesús" fue confirmada el 27 de septiembre de 1540. Su fin es "militar para Dios bajo la bandera de la. Cruz y servir sólo al Señor y al Papa, su vicario sobre la Tierra", con rigurosa obediencia a la voluntad de Dios, por la predicación, la enseñanza y la caridad. Las constituciones de la Compañía fueron redactadas en 1541 y sufrieron algunas modificaciones posteriores hasta 1558. Regulaban la selección, admisión (los novicios eran sometidos a varios años de prueba antes de tomar los votos y de ser ordenados) y estudios (filosofía y teología) de los miembros y el gobierno de la Compañía. La constitución de la orden es monárquica. El prepósito general es elegido de por vida por la congregación general (órgano legislativo supremo) y posee poderes casi ilimitados de gobierno.

Desde su fundación, la Compañía se propagó rápidamente por España, Portugal e Italia e intentó fortalecer el catolicismo en la misma Alemania, donde se fundaron colegios (Viena, Ingolstadt, Munich y Tréveris) e incluso se organizó una universidad (Dillingen, 1563). Desde 1549 había jesuitas trabajando en la India con el apoyo de la Monarquía portuguesa, y con la misma confianza pasaron a Brasil (1553), China (1555) y Macao (1562). En cambio, los progresos fueron menores en Francia y en los Países Bajos. Los primeros decenios se caracterizaron por la acción personal de sus miembros mediante el apostolado y la predicación. Después, maduró la organización prevista en las constituciones y se fundaron casas profesas, colegios y residencias en todo Occidente. Justamente, la fundación de colegios, primero para formación de aspirantes a ingresar en la orden, y a partir de 1550 también para alumnos externos con el derecho a conferir grados académicos, consagró a la Compañía de Jesús como la primera gran institución educadora de la Iglesia en los tiempos modernos. El combate de la Iglesia contra los protestantes y el proselitismo y la recuperación del catolicismo en los territorios centroeuropeos se hicieron gracias a la militancia activa y directa de la Compañía de Jesús, el gran instrumento, junto con las decisiones tomadas en el Concilio de Trento, para reformar la Iglesia católica.

La reforma de la Iglesia se inició durante el siglo XV y afectó, en primer lugar, a sus miembros. Era necesario extenderla a todo el cuerpo, incluida la cabeza. La fundación de la Inquisición romana para evitar la difusión por Italia del luteranismo; la reforma de la Curia, con la inclusión en su nómina de cardenales de estricto sentido eclesiástico, aliados con la renovación y enemigos del espíritu mundano que la había caracterizado; y los intentos por imponer la residencia a los obispos, constituyeron los primeros elementos represores y reformadores del programa de Paulo III (1534-1549). Pero, sin duda alguna, su mayor servicio a la Reforma católica fue la convocatoria, también deseada por el emperador Carlos V, del Concilio de Trento.

Aunque se suspendieron las dos primeras convocatorias papales que ordenaban celebrarlo en Mantua y en Vicenza, la propuesta que hizo Carlos V de que tuviera lugar en Trento, como territorio del Imperio, fue aprobada por el Papa, quien lo convocó en mayo de 1542. Sin embargo, las guerras entre Carlos V y Francisco I produjeron, de nuevo, la suspensión del Concilio en septiembre de 1543. Únicamente la paz de Crépy (1544), en cuyo protocolo se declaraba que Francia enviaría al Concilio obispos y legados, pudo impulsar una nueva y definitiva convocatoria en noviembre de 1544. La apertura, que sufrió una excesiva y desesperanzadora demora, tuvo lugar en diciembre de 1545. Dos años más tarde el Concilio trasladó su sede a Bolonia, fue suspendido en 1549, reanudado en 1551, suspendido en 1552, abierto en 1562, interrumpido por la firma de la paz de Cateau-Cambrésis, y clausurado en enero de 1564.

El Concilio de Trento afrontó problemas dogmáticos como la precisión de la fe católica contra los errores del protestantismo, aunque las cuestiones de la primacía papal y del concepto eclesial no se modificaron. Reafirmando la doctrina tradicional, el Concilio fijó el contenido de la fe católica. En primer lugar, se estableció que Dios ha creado al hombre bueno y éste, a pesar del pecado original que corrompió su naturaleza, conserva su libre albedrío y su aspiración al bien. En segundo lugar, la fe se funda sobre la Sagrada Escritura, explicada y completada por los padres de la Iglesia, los cánones de los concilios y el magisterio de la Iglesia. Con relación a la cuestión de la justificación por la fe, la doctrina que establece el Concilio de Trento difiere notablemente de la mantenida por Lutero. Según éste, Dios nos justifica atribuyéndonos los méritos de su Hijo. Para la Iglesia reunida en Trento, Dios nos hace justos transformándonos por la acción de la gracia. Por otra parte, el Concilio estableció que la misa es un sacrificio que renueva el de la cruz, y afirmó, con relación a la Eucaristía, la presencia real, la conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo de Cristo, y de toda la sustancia del vino en la sangre, no permaneciendo más que las apariencias del pan y del vino. Sobre el concepto de Iglesia, el Concilio mantuvo que Dios quiere la Iglesia y que ésta es una, santa, universal y apostólica, está inspirada por el Espíritu Santo y es infalible en materia de fe.

Por otra parte, el Concilio abordó plenamente la reforma del clero al desterrar los abusos denunciados desde la Baja Edad Media. Por lo que se refiere a la obra pastoral y disciplinaria de Trento, sus decisiones fueron, con el tiempo, trascendentales. La reforma del episcopado fue objeto de abundantes discusiones y decretos: se reguló el deber de residencia, de visita pastoral diocesana, de predicación y de convocatoria frecuente de sínodos. Parecidas recomendaciones de residencia, predicación, cura de almas, vida austera, uso del traje talar, etc., se hicieron a los párrocos. La novedad que el Concilio presentó en esta materia se refería al celo que en adelante habría de ponerse en la selección, formación moral, teológica y doctrinal de los curas, para lo cual se pedía a los obispos que se establecieran seminarios diocesanos, de tal manera que se evitaran los abusos denunciados y se llevase a cabo la reforma real de los ministros seculares de la iglesia.

Las decisiones del Concilio no agotaron la crisis de la Iglesia. Territorialmente, el catolicismo era monolítico en España, Portugal e Italia y presentaba dificultades en Polonia, pero estaban perdidas distintas regiones de Francia y el norte de Alemania, se había consumado el cisma inglés, aunque Irlanda permanecía católica, estaba en peligro el corazón del Imperio, Austria, Bohemia y Hungría, se presentaba dividida Suiza y los Países Bajos y estaba escasamente fortalecido en el sur y en el oeste alemán, mientras que en los países escandinavos el avance del protestantismo era definitivo. Sin embargo, antes de que finalizara el siglo XVI, la vida de la Iglesia se renovó gracias a la ejecución de los decretos y del espíritu reformador conciliar, cuya responsabilidad correspondió a los Pontífices que ocuparon la sede romana desde 1565 hasta 1585 (Pío V, Gregorio XIII y Sixto V). A sus nombres van unidos obras trascendentales, como la conclusión del Catecismo cuya elaboración comenzó durante el Concilio de Trento (Pío V), la restauración del culto, la reforma de la administración eclesiástica, la fundación y organización de colegios romanos para sacerdotes (Gregorio XIII), la reorganización profunda de la Curia y de la distribución de los asuntos de gobierno, la implantación de las visitas obligatorias de los obispos a Roma para informar del estado de sus diócesis, la revisión de la "Vulgata", etc. (Sixto V).

El espíritu crítico dentro de la Iglesia Católica está representado en Erasmo de Rotterdam.Uno de los temas más recurrentes de la obra erasmiana es la crítica moral de las crueldades y de los abusos cometidos por los gobernantes sobre los hombres. Irónica y elocuente, la crítica se encuentra sobre todo en los "Adagios" (1500) y en el "Elogio de la locura" (1511).

A pesar de compartir muchas ideas, las cuestiones de teoría política ocupan un lugar secundario en la inmensa obra de Erasmo de Rotterdam (1467-1536). Aunque expuso sistemáticamente sus ideas políticas en la "Institutio principis christiani" (1516) escrita para el príncipe Carlos, futuro emperador, sus juicios sobre política derivan siempre de otras reflexiones (religiosas, teológicas, morales, sociales, etc.) contenidas en el resto de su inmensa obra. Uno de los temas más recurrentes de la obra erasmista es la crítica moral de las crueldades y de los abusos cometidos por los gobernantes sobre los hombres. Irónica y elocuente, la crítica se encuentra sobre todo en los "Adagios" (1500) y en el "Elogio de la locura" (1511). En nombre de la caridad cristiana y del Evangelio, Erasmo reprueba en sus obras la guerra, la brutalidad, la mentira de los príncipes laicos y eclesiásticos, de tal manera que la aplicación de los preceptos evangélicos se deben imponer tanto en la vida pública como en la privada, y no sólo por razones religiosas, sino como condición del orden y de la prosperidad social. Para hacer reinar el orden evangélico Erasmo cuenta con la virtud del príncipe cristiano. El fin de su "Institutio" es precisamente la formación cristiana de ese príncipe para que, además de gobernar, cumpla a su vez una función pedagógica al constituirse en ejemplo vivo y eficaz para sus súbditos. Su consejo de que es preferible abandonar el cetro antes que cometer una injusticia (fiat iustitia, ruat coelum) es buena prueba de ello y se opone a la idea renacentista de la soberanía sin límites y de la idea utilitarista de la necesidad de un cálculo prudente de las consecuencias probables. Su posición moral es idéntica cuando aborda los problemas de la guerra y la paz. Sus argumentos y sus reprobaciones contra la guerra como negación del ideal apostólico tienen su origen en la patrística. Erasmo se indigna ante la actitud bélica de algunos príncipes de la Iglesia de su tiempo, hace resaltar el carácter absurdo de los motivos habitualmente aducidos para justificarla y ridiculiza los métodos diplomáticos. Sus propuestas para acabar con las guerras consisten en la fijación de fronteras y del orden de las sucesiones (como causas que originaban la mayoría de ellas), en la utilización de la capacidad de arbitraje de las autoridades morales y religiosas y en un llamamiento a la caridad cristiana, pues "no existe paz por injusta que sea que no resulte preferible a la más justa de las guerras". Erasmo no es, sin embargo, un teórico del Estado o de los regímenes políticos. Su pensamiento está más ligado a la moral y, en ese sentido, es un reformador.

Ahora pasaremos a analizar la ciencia en el siglo XVII. Tras el rico período del Renacimiento, durante el cual Europa entró en contacto con la ciencia de la Antigüedad, la primera mitad del siglo XVII es de una importancia capital en la historia del pensamiento científico pues ve nacer una nueva ciencia, moderna, experimental y cuantitativa, que se desarrollará en los siglos siguientes. Los progresos realizados en las matemáticas son importantísimos: nacen o se renuevan el álgebra, la teoría de los números, el cálculo de probabilidades, la geometría proyectiva y el cálculo infinitesimal. Las matemáticas se aplicarán a las diversas ramas de las ciencias físicas: a la dinámica, constituida en ciencia autónoma desde Galileo a Newton; a la mecánica celeste, cuyos principios fundamentales formularon Kepler y Newton con los precedentes copernicanos, y a la óptica. En el campo experimental se produjeron también enormes progresos gracias a la invención de las lentes y del microscopio, al descubrimiento de las leyes de la óptica geométrica y al estudio de fenómenos magnéticos y eléctricos. En medicina se descubre la circulación mayor de la sangre y se desarrolla la anatomía microscópica. Durante el siglo XVII se sustituyó la física de las cualidades por la física cuantitativa, el cosmos jerarquizado y cerrado por un Universo indefinido y el mundo sentido de la percepción inmediata por el mundo pensado del matemático. Todo eso era nuevo entonces y para descubrirlo era necesario que se produjera una verdadera revolución, mirar el mundo con ojos nuevos. En efecto, estos progresos no se entenderían sin la profunda transformación de las mentalidades y los métodos científicos y sin la participación de investigadores audaces, todos ellos creadores de la ciencia moderna: Kepler, Galileo, Malebranche, Fermat, Leibniz, Newton, Bacon, Harvey, Napier, Pascal, Descartes, Gassendi, Torricelli y otros.

El gran mérito de esos científicos fue que descubrieron y establecieron los principios y las bases de la ciencia moderna. En el terreno de los descubrimientos su aportación fue impresionante: las leyes de Kepler, la mecánica de Galileo, el sistema circulatorio de Harvey, la geometría de Descartes, la geología de Stenon, la óptica astronómica de Newton, etc. ¿Cómo se lograron esos resultados? La solución consistía en derrocar la idea de investigación y de ciencia que reinaba desde Aristóteles, atacar directamente su doctrina, sustituir el milagro griego por una nueva forma de contemplar la Naturaleza.

La nueva ciencia fue instaurada al margen de la enseñanza oficial. Esto puede apreciarse, en primer lugar, en la diversidad de ocupaciones y en el origen social de los científicos y, en segundo lugar, en las condiciones en que llevaron a cabo su labor científica. Los críticos de la situación en que se encontraba la enseñanza científica a principios del siglo XVII coinciden en gran medida en el diagnóstico de sus dolencias. El crítico más sistemático fue Francis Bacon. En su obra "Advancement of learning" (1605) y más tarde en su "Novum organum" (1620), así como en el prefacio de la "Instauratio magna" (1620), ofrecía un diagnóstico mediante la interpretación de la historia del movimiento científico. En su opinión, sólo habían existido tres sociedades en las cuales, durante un corto espacio de tiempo, las ciencias progresasen: Grecia, Roma y la Europa de su tiempo. Pero aún en esos períodos favorables los avances habían sido vacilantes. Propugnaba como método de investigación una indagación de la naturaleza de tipo experimental. El fracaso de las ciencias teóricas para acrecentar sus conocimientos mediante la investigación lo comparaba Bacon al fracaso del sistema universitario de su época.

Científicos como Descartes y Torricelli urgían, por su parte, a que se procediese a una mayor extensión de los estudios científicos en las universidades y a una mayor dotación económica a los investigadores. Sin embargo, y pese a los críticos del sistema educativo universitario, los grandes hombres de ciencia fueron, sin excepción, graduados universitarios. Fueron las instituciones educativas tradicionales las que formaban a los hombres. De los estudios obligatorios de la lógica de Aristóteles y su física aprendieron los elementos de un sistema teórico científico, adquirieron una experiencia técnica y desembocaron en una nueva filosofía. Si es verdad que los graduados universitarios adquirieron una formación técnica fuera de la universidad, fue la formación universitaria recibida la que les hizo comprender la importancia de crear no sólo una tecnología científica, sino una nueva filosofía experimental.

La ciencia teórica mantenía aún su estructura tradicional en el "quadrivium" (aritmética, música, geometría y astronomía) para formar a la juventud en la virtud por medio de las humanidades, que se enriquecían con algo de óptica. Se estudiaba también medicina y física. La enseñanza tradicional de estos contenidos se reducía a la lectura y comentario de las obras de Euclides, Tolomeo, Aristóteles, Galeno y, cuando las circunstancias eran propicias, de autores más recientes. En 1650 ninguna universidad se había reorganizado conforme a los deseos de los innovadores. Las aportaciones oficiales se redujeron a la creación de nuevas cátedras y de algún material (físico, astronómico o botánico).

Al analizar la ciencia del siglo XVIII observamos que entre las ideas ilustradas que acabamos de ver y el pensamiento científico y técnico del período van a existir estrechas relaciones e influencias recíprocas. Si la creencia en el progreso indefinido del hombre se encuentra, sin lugar a dudas, favorecida por los avances de la ciencia, no es menos cierto que éstos, a su vez, se veían espoleados por aquélla. Además, muchos filósofos se adentraron en este tipo de estudios: Voltaire introdujo a Newton en Francia e hizo un informe sobre el fuego para la Academia de Ciencias de París; Montesquieu escribió dos para la de Burdeos sobre el eco y la utilización de las glándulas renales; Holbach, estudió química y La Mettrie era médico. Mas, ¿qué lugar se le concede a las disciplinas científicas durante el siglo XVIII?, ¿cómo evolucionan?, ¿cuál fue su relación con la técnica?

Hacia 1690 la revolución científica veía culminada su obra consiguiendo dotar a la ciencia de un edificio estable y de un prestigio sin precedentes, reflejado en el interés que se suscita hacia ella dentro de los más variados círculos y en la difusión de sus métodos de análisis a otras disciplinas. Esa ciencia, como señala Bernal, presentaba una unidad de triple base: personal -los científicos abarcaban todos los campos-, de ideas -el método y la idea central nacen de la matemática- y de aplicación -le preocupan los problemas técnicos.-. Sus avances habían sido importantes en sí mismos, pero también, y sobre todo, por la conciencia generada de que "sólo se trataba de un comienzo, de que el avance por la misma línea no tenía límites". El siglo XVIII tratará de continuarlo, si bien en sus primeras décadas le va a interesar más el carácter recreativo e instructivo de la ciencia que el utilitario de la centuria precedente, al que se volverá a partir de los años sesenta. Los centros del pensamiento científico del período los encontramos en Francia, en torno a La Enciclopedia, y Gran Bretaña, donde sobresalen Leeds, Glasgow, Edimburgo, Manchester y, de manera especial, Birmingham. Si los científicos del Seiscientos habían centrado su labor en resolver problemas tradicionales, en estudiar la Naturaleza con métodos experimentales y matemáticos, sus sucesores ampliaron la esfera de intereses, trataron de actuar sobre aquélla transformándola y de integrar a la ciencia en el mecanismo productivo, pese a que las relaciones con la técnica, hasta la revolución industrial de fin de siglo, hayan sido débiles. En una palabra, ponen en marcha el proceso, culminado por la centuria siguiente, de convertir a la ciencia en característica indispensable del nuevo mundo industrializado que acaba de nacer. El camino no iba a ser fácil y en un terreno más nos vamos a encontrar con los claroscuros del dieciocho.

La idea del período que nos ocupa como una época en que el pensamiento científico consigue terminar con todos los errores del pasado y obtiene una aceptación social generalizada es al menos tan inexacta como la que lo hace encarnar sólo el triunfo de lo racional y lo irreligioso. Junto a una serie abundante de factores favorables a su desarrollo encontraremos otros que limitan su avance o difusión. Tal es el papel que juegan: el peso de la tradición cartesiana y la pervivencia de falsas creencias, de equivocadas teorías tradicionales. La primera afecta sobre todo a Francia, dificultando la implantación de los principios newtonianos en astronomía, matemáticas y física. En cuanto a las segundas, las hallamos fundamentalmente entre el pueblo que en su mayoría ignora la nueva ciencia y rechaza la moderna cosmología. Para él, los zodíacos siguen siendo la mejor explicación del carácter y la guía para el futuro; los almanaques, en los que pervive el geocentrismo de Ptolomeo, un excepcional aprendizaje sobre la salud de las personas y los animales, el cuidado de los cultivos y la previsión del tiempo, todo lo cual se cree aún bajo la influencia de fuerzas extraterrestres. A nivel de práctica cotidiana puede decirse que todavía ningún avance científico, salvo quizá la inoculación, cuestionó las costumbres heredadas.

Mas no sólo entre la masa popular incapaz de alcanzar la edad de la razón se mantienen los errores. También entre los intelectuales y eruditos los encontramos. Así, los alquimistas y la alquimia continúan gozando de gran prestigio, al igual que la idea de que las faltas personales o las intenciones malevolentes de otros son causas de desgracias personales. A veces se va más allá de la mera creencia y se utiliza el método experimental para dar valor científico a tradiciones como la de que el color de la piel depende de las bilis. Su formulación teórica corresponde al italiano Bernardo Albinus (1737), siendo el francés Pierre Barrère quien publica en 1742 varios trabajos en los que la considera probada por sus experimentos. Le Journal des Savants se encarga de difundirla, mientras que de ella surge la idea de que los negros son otra especie carente de los órganos humanos de tejidos, corazón y alma. No pasaría mucho tiempo, 1765, antes de que otro francés, Claude Le Cat, médico, demostrase lo contrario, pero sus planteamientos fueron ignorados frente a los reiteradamente citados de Barrère. Esta utilización de los mismos métodos científicos para probar lo verdadero y lo erróneo no es otra cosa, en el fondo, que el reflejo de la época de transición que se vive. Existe un armazón ideológico establecido para distinguir entre lo que es ciencia y lo que no, pero la imprecisión del proceso permitía varias aproximaciones a un mismo problema que alumbraban distintas soluciones. Soluciones entre las que resulta difícil a veces distinguir las correctas de las que no lo eran dado el escaso rigor aún de la comprobación científica y la ausencia de facilidades experimentales. Incluso la refutación de las tesis equivocadas resulta muy laboriosa al usar creadores y críticos hipótesis similares, experimentos parecidos. De todos los campos científicos, la Medicina es el que se presenta más propicio a las equivocaciones por el desconocimiento que aún se tiene del cuerpo humano.

Cuanto llevamos dicho no es óbice para reconocer que la ciencia vive durante el siglo XVIII momentos importantes y que sus saberes inician un proceso de divulgación que les hará merecedores de patronazgo y atención crecientes. Interesan a los gobernantes, aunque su apoyo se orientara más a unos temas que a otros y se centrara con preferencia en las capitales de los Estados. Todos los reyes y sus colaboradores se preocuparon de proteger la actividad científica, llegando algunos a tener su propio planetario -Pedro I- o laboratorio -duque de Orleans-. Tal actitud crea ejemplo, seguido por aristócratas, burgueses y escritores que se dotan, para estar a la moda, de colecciones, gabinetes y laboratorios donde realizar unos experimentos que si bien no pasan de ser puro diletantismo por la dificultad que la matemización aporta a la comprensión de la ciencia, son fiel reflejo del interés social por ella.

Más específico y de mayor nivel intelectual van a ser los impulsos recibidos desde las Academias de Ciencias y las Sociedades Científicas que se multiplican a lo largo del período. Aquéllas, ya vimos al hablar del movimiento académico con motivo de la Ilustración, cómo todos los gobiernos europeos impulsan su creación siguiendo el modelo de su homónima francesa o de la Royal Society de Londres, cuyo prestigio era universal. Junto a las academias de carácter general y ámbito nacional, surgirán otras en las ciudades más importantes o dedicadas a un ámbito concreto, las de Medicina. Incluso aparecerán algunas academias disidentes, como las inglesas de Warrington y Daventry. Respecto a las sociedades científicas, su incremento más notorio corresponde a la segunda mitad de siglo, momento en el que también crece el número de personas con que cuentan. Citaremos como ejemplo de ellas: la Sociedad Lunar, de Birmingham, a la que pertenecen, entre otros, el fabricante de hierro Wilkinson, el alfarero Wedwood, Priestley y Watt; la Real Sociedad de Edimburgo (1789); la Sociedad Filosófica Americana (1743), de Franklin; la Sociedad Linneana (1788), de Londres, que adquirió el herbolario, biblioteca y manuscritos de Linneo a su muerte, y la sociedad Literaria y Filosófica de Manchester (1785).

Academias y sociedades tienen una de sus formas más señalada de colaborar al desarrollo científico en el mantenimiento de publicaciones periódicas que sirven para difundir los trabajos realizados por sus miembros. Cuando los originales se multiplicaron y la aparición de este tipo de ediciones empezaba a demorarse, surgieron un gran número de revistas para acogerlos, iniciándose, al unísono, un movimiento de especialización en su temática. De nuevo los años más fructíferos serán los de la segunda mitad de la centuria. Con anterioridad sólo existían cuatro grandes publicaciones: las de la Royal Society (Londres) y la Academia de Ciencias de París; las Nouvelles de la République des Lettres, de Bayle, y el Acta Eruditorum (Leipzig). Para 1800 eran 75, de las que casi dos tercios habían nacido a partir de los ochenta. Tres de ellas continúan apareciendo hoy: el Botanical Magazine (1787), los Annales de Chimie (París, 1789) y el Philosophical Magazine (Londres, 1798).

Además de las publicaciones periódicas, el mercado del libro científico vive asimismo un momento expansivo reflejo de la conciencia pública de la ciencia existente. Ella favorece y es favorecida por la aparición de obras de divulgación que intentan expresar las complicadas ideas de las ciencias de la forma más sencilla. El camino lo inician las Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos (1686) donde Bernard Fontenelle trata de explicar el sistema copernicano. Durante el siglo XVIII este tipo de obras aumenta, llegando a aparecer algunas especialmente dedicadas a las mujeres y los niños: Il newtonianismo per le dame (1737), de Francesco Algarotti. El trabajo más completo será el de Buffon: Historia Natural (1749-1804).

No podemos terminar esta brevísima síntesis de los factores que impulsan el desarrollo de la ciencia en el Setecientos sin mencionar: su recepción en ciertas universidades, sobre todo las escocesas; la creación de museos sobre aparatos científicos o de Historia Natural, y el perfeccionamiento de los instrumentos de análisis o experimentación. A la mejora de su diseño y fabricación dedicaron gran esfuerzo los artesanos, quienes alcanzan gran calidad en sus trabajos y consiguen ser admitidos como miembros de las instituciones científicas oficiales.

Como dijimos al comienzo, las primeras décadas del siglo XVIII son momentos de ralentización del esfuerzo científico. Parecía como si la publicación de los Principia de Newton (1687), hubiese agostado las mentes por un tiempo. Sin embargo, existían razones socio-económicas para ello. Los comerciantes que habían subvencionado los avances hasta el momento prefieren ahora invertir en ámbitos más seguros; los manufactureros son aún débiles y no encuentran las ventajas de tales gastos. Pese a todo, se mantiene una cierta actividad en Francia, bajo la protección de aristócratas y burgueses que ven en la ciencia otro medio para expresar su descontento. Inglaterra prosigue los cambios técnicos que permiten a Escocia el auge de su industria y el intelectual de sus universidades. En el ecuador de la centuria, la figura y la obra de Benjamín Franklin (1706-1790) preludian ya una nueva etapa de aceleración en los progresos científicos.

Desde los años sesenta hasta el final: el newtonianismo pasa de los ámbitos estrictamente científicos a los del pensamiento en general, gracias a las obras del inglés Pemberton y los franceses Voltaire y madame Châtelet; se establecen los cimientos de la nueva química, los estudios cuantitativos, el calor, la electricidad y el magnetismo; se producen grandes avances en geología y magnetismo, astronomía y mecánica. El hombre consigue dominar la Naturaleza, sustituir la mano humana por la máquina y las antiguas fuentes de energía por una nueva, el vapor, que abre horizontes de progreso insospechados. En suma, se pone en marcha otra revolución científica.

El desarrollo concreto de los distintos saberes podemos agruparlos, siguiendo a Cepeda Adán, en torno a las tres grandes cuestiones que se plantean los hombres del dieciocho: "Primero, qué es, cómo es y qué lugar ocupa el Planeta donde habita (en el espectáculo del Universo); segundo, qué fuerzas guarda en su seno... capaces de ser dominadas y utilizadas, y tercero, quiénes son y cómo se comportan los diversos seres que (lo) pueblan..."

A la hora de analizar el arte de esta época tenemos que hablar obligatoriamente del Humanismo, porque el Renacimiento no consistió sólo en un mero resurgir erudito de la literatura o de la filosofía grecorromana o en una vulgar imitación de las formas artísticas de la Antigüedad. Asociado historiográficamente a ese concepto aparece aquel otro, el Humanismo, que completa la idea inicial de que nos hallamos en una época nueva y, en consecuencia, distinta de aquélla, la antigua, que se tomaba como modelo. Justamente, fue la renovación de la cultura el aspecto más notoriamente destacado por sus propios protagonistas, aquellos que hablaron por primera vez de Renacimiento. ¿Cuándo se produjo y en qué consistió realmente ese renacimiento cultural?

A pesar de que entre los siglos VII y XIV se conocieron en los ambientes cortesanos de Europa occidental determinados intentos por recuperar textos y autores clásicos, como lo prueba el hecho de la creciente utilización del Derecho Romano y del recurso constante a Aristóteles, cronológicamente sólo cabe hablar, por sus resultados, de un vigoroso y fecundo Renacimiento: aquel que tuvo lugar, en el pensamiento y en la estética, entre los siglos XIV y XVI. Igualmente, aunque el término Humanismo ha sido, empleado para denominar toda doctrina que defienda como principio fundamental el respeto a la persona humana, la palabra tiene una significación histórica indudable.

Humanismo fue uno de los conceptos creados por los historiadores del siglo XIX para referirse a la revalorización, la investigación y la interpretación que de los clásicos de la Antigüedad hicieron algunos escritores desde finales del siglo XIV hasta el primer tercio del siglo XVI. En realidad, fue la voz latina "humanista", empleada por primera vez en Italia a fines del siglo XV para designar a un profesor de lenguas clásicas, la que dio origen al nombre de un movimiento que no sólo fue pedagógico, literario, estético, filosófico y religioso, sino que se convirtió en un modo de pensar y de vivir vertebrado en torno a una idea principal: en el centro del Universo está el hombre, imagen de Dios, criatura privilegiada, digna sobre todas las cosas de la Tierra.

El humanista comenzó siendo, en efecto, un profesor de humanidades, es decir, de aquellas disciplinas académicas que constituían el programa educativo formulado idealmente por Leonardo Bruni. Su propósito consistía en formar a los alumnos para una vida de servicio activo a la comunidad civil, proporcionándoles una base amplia y sólida de conocimientos, principios éticos y capacidad de expresión escrita y hablada. El medio de expresión y de instrucción sería el latín, recuperado y limpio de barbarismos medievales. La lectura y el comentario de autores antiguos, griegos y latinos, especialmente Cicerón y Virgilio, y la enseñanza de la gramática, la retórica, la literatura, la filosofía moral y la historia constituían las humanidades impartidas por el humanista. Sin embargo, el humanista, como ya se ha indicado, era algo más que un maestro. Su preocupación por los problemas morales y políticos le obligó a adoptar también posiciones humanistas, en el sentido de que nada de lo humano le sería ajeno.

El Humanismo no apareció de una forma brusca. Sus orígenes son complejos. La cronología de su nacimiento parece imprecisa. En el norte de Italia, durante la segunda mitad del siglo XIII ya se advierten señales anunciadoras. Por ello su herencia es medieval: el interés de los abogados por el valor práctico de la retórica latina, el uso cada vez más apreciado del Derecho Romano, de la filosofía y de la ciencia aristotélica por teólogos y profesores, y el encuentro literario con los clásicos de la Antigüedad, son pruebas suficientes de los cambios que se estaban produciendo en los círculos intelectuales prehumanistas por aquellas fechas. En verdad, todas esas novedades, con el tiempo consagradas, no formaban parte más que de una única realidad: la del redescubrimiento de la Antigüedad, fuente viva del Humanismo.

Francesco Petrarca (1304-1374) y Giovanni Boccaccio (1313-1375) constituyen ejemplos muy representativos de esa etapa. Como erudito, bibliófilo y crítico de textos, Petrarca se convirtió en un auténtico maestro al estudiar, corregir y liberar de corrupciones las obras de Virgilio, Tito Livio, Cicerón y san Agustín. Su propia obra literaria estaba impregnada de esa erudición y era deudora de aquella edad de oro. Boccaccio, por su parte, quien reunía las virtudes de Petrarca, al que consideraba su maestro, aprendió el griego en Florencia con Leoncio Pilato y junto a éste impulsó su enseñanza pública en la ciudad, al mismo tiempo que traducían a Homero y Eurípides. Petrarca y Boccaccio tuvieron continuadores fervorosos. Coluccio Salutati (1331-1406), bibliófilo y latinista, ejerció una influencia decisiva sobre los humanistas florentinos, coleccionando textos clásicos y apoyando la creación de una cátedra de griego en Florencia, gracias a cuya labor se tradujeron y se trataron las obras de Tucídides, Ptolomeo, Platón y Homero. Esta restauración de los clásicos griegos debe mucho también a Leonardo Bruni (1374-1444): además de escribir en griego, sus traducciones de Aristóteles y de Platón obtuvieron, por su elegancia, el reconocimiento de generaciones posteriores.

La recuperación de autores griegos llevó aparejada la de muchas obras clásicas latinas. Cicerón, Plinio el Joven, Tácito, Propercio y Tibulo ya eran muy conocidos en los ambientes humanistas desde el siglo XIV, pero durante la primera mitad del siglo XV se descubrieron y se realizaron ediciones comentadas o copias enmendadas de los discursos de Cicerón, de poemas de Lucrecio, obras menores de Tácito, manuales de gramática de Suetonio, etcétera. Las repercusiones de los comentarios y las enmiendas eruditas de los textos clásicos latinos fueron el origen de la nueva filología, cuyo más destacado representante fue Lorenzo Valla (1407-1457). No contento con la pureza del latín moderno, propuso en sus "Elegantiae" una reforma de la gramática y un modelo de buen lenguaje lo más cercano posible a la pureza clásica. Valla aportó igualmente una nueva crítica de textos y contribuyó con sus notas al Nuevo Testamento latino (una comparación filológica entre la "Vulgata" y el original griego), admiradas después por Erasmo, a la construcción de la crítica bíblica moderna.

La primera mitad del siglo XV contempló también un redescubrimiento de la Historia. Leonardo Bruni y, sobre todo, Flavio Biondo iniciaron la historiografía moderna. Hasta ellos primaban en las obras de historia las descripciones y las anécdotas. En cambio, Bruni estaba convencido de que sólo una interpretación del pasado de la Roma republicana resultaba valiosa para defender la libertad contra la tiranía en la Florencia de su tiempo: la Historia como servidora del presente. Biondo, por su parte, tenía historiográficamente una cosmovisión más amplia que Bruni. A pesar de que su estilo literario carece de elegancia, en sus "Décadas" sorprende tanto por su actitud crítica frente a los historiadores célebres como por su uso de fuentes abundantes y diversas, desde crónicas medievales a monumentos e inscripciones clásicas. Aún presenta mayor originalidad su Italia ilustrada, una pieza que combina la geografía y la historia, las fuentes del pasado con las noticias del presente. Sus aportaciones se extendieron al campo de la arqueología. En su "Roma instaurata" Biondo no sólo describe por primera vez y metódicamente cómo era la antigua ciudad; lo novedoso en su obra es la consideración que le merecen la conservación y restauración de las ruinas como testimonios vivos de una civilización y, en ese caso, de la romana.

El redescubrimiento de la Antigüedad no sólo afectó a las lenguas clásicas, a la filología, a la edición crítica de textos literarios, a la historia o a la arqueología, sino también a la filosofía. Hasta esos siglos existía una interpretación cristiana de Aristóteles. A comienzos del siglo XV, en cambio, se enseñaba en Padua, gracias a Pietro Pomponazzi (1462-1525), el aristotelismo heterodoxo de Averroes, determinista y ateo. En efecto, en su "De inmortalitatae animae" (1516) y en su "De Fato" (1520) Pomponazzi demuestra que el alma intelectual muere con el cuerpo, que no existe el más allá, que nuestra voluntad y nuestra libertad son incompatibles con la providencia divina y que sólo cabe conformarse con la naturaleza. Estas doctrinas tuvieron durante las décadas posteriores una difusión y un éxito sin precedentes. En cualquier caso, la auténticos fundamentos filosóficos del Humanismo proceden de la lectura, la difusión y la enseñanza de Platón. A finales del siglo XV, Marsilio Ficino (1433-1499) expone magistralmente las ideas platónicas en su obra "Theologia platónica": Dios es el ser del que emanan todos los seres. En el centro del Cosmos el hombre es a su vez alma inmortal, imagen de Dios, criatura privilegiada y también materia y peso. El destino del hombre, su más intimo fin, consistirá en pasar, gracias al conocimiento, desde el mundo de las apariencias sensibles a las ideas. Ese trayecto que conduce al hombre a su identificación total con el ser puede ser rechazado, de tal manera que permanecerá en el plano que ocupan los animales, o bien aceptado, y en ese caso, será elevado a la perfección, su verdadera vocación, tal como lo describiría Pico della Mirandola (1463-1494) en su "Oratio de hominis dignitate". La filosofía neoplatónica de Ficino y de Giovanni Pico se consolidó en Florencia y desde allí se extendió rápidamente a todos los círculos intelectuales y cultos de Europa occidental junto a las nuevas ideas filológicas, historiográficas, artísticas y literarias. Pero el viaje que recorrió el primer Humanismo, el italiano, por el Continente no habría ocupado tan rápidamente el mapa europeo sin la intervención de determinados y decisivos vehículos de expansión: la imprenta, la relación entre los hombres de letras y la enseñanza universitaria.

Al Renacimiento como estilo artístico le sucede crológicamente el Barroco.

El término barroco ha sido utilizado en dos sentidos. En sentido restringido para hacer referencia al arte nacido en Italia a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, y que durante todo este siglo se propagaría a toda Europa; y en sentido amplio, para designar y caracterizar todos los aspectos pertenecientes a la civilización y a la cultura europea de la primera mitad del siglo XVII (la ciencia, la política, la sensibilidad, la religiosidad, etc.). Nos interesa ahora desarrollar el sentido más preciso del término, aquel que se refiere al arte.

La primera característica del arte barroco es que se trata de un arte creado por la renovación católica frente al protestantismo. El Concilio de Trento justificó y alentó el culto a las imágenes y la representación de los misterios sagrados, para responder y hacer frente a las ideas iconoclastas y a la sobria estética protestante. En ese sentido, el Barroco sería el arte de la Contrarreforma. Pero, al mismo tiempo, la renovación tridentina impuso unos cánones estrictos en materia de arte religioso, de tal manera que con ello se pretendía reaccionar contra los gustos paganos propios del arte del Renacimiento. Esto condujo a la obligatoria separación de lo religioso y de lo profano en el arte del mundo católico: de ese modo, no se podían introducir en las representaciones de escenas religiosas o sagradas personajes que no lo fueran o, a lo sumo, que no fueran episódicos; igualmente, el vestuario de los personajes sagrados no correspondería con el de la época del artista, sino que serían convencionales, con túnicas y pliegues a la antigua. De la misma manera, el Concilio de Trento ordenó vigilar que de las obras no se dedujesen opiniones falsas, supersticiosas o contrarias a la doctrina y prohibió también la representación de la desnudez o de escenas impúdicas y escandalosas.

El resultado de ese espíritu rígido e intervencionista, unido a la renovación pastoral y piadosa en el seno de la Iglesia, en vez de restringir el espíritu creativo, permitió un crecimiento de las actividades artísticas. Las construcciones de iglesias, que debían adecuarse a determinadas exigencias litúrgicas y pastorales, se multiplicaron por todas partes, ya por la expansión de las órdenes religiosas, ya por el restablecimiento del culto en algunos países. La iglesia de los jesuitas en Roma constituyó, en ese sentido, el prototipo a imitar: una iglesia grande y clara, con una única nave desde la cual se pudiera seguir la misa del altar mayor y con capillas laterales para las misas privadas.

Pintores y escultores también recibieron de la Iglesia una normativa precisa con el fin de proclamar e ilustrar las grandes verdades de la fe y, con ello, adoctrinar y enseñar al pueblo los grandes temas de la doctrina (la exaltación de la Eucaristía, la glorificación de la Virgen y de los santos, la iluminación del hombre por la gracia). Con estas directrices se perseguía también tanto inculcar la piedad en los fieles como responder a los movimientos protestantes. Nada tiene de extraño que la Iglesia católica, que desempeñó un papel sobresaliente en el nacimiento y difusión del arte barroco, le dictara reglamentos y le inculcara su propio espíritu. A las artes plásticas se sumó la música sacra, para lo cual se introdujo en la liturgia el uso del órgano y del canto coral, con la finalidad, también didáctica y pastoral, de emocionar a los fieles para conducirlos a la devoción. Se trataba, en definitiva, de conquistar a las masas mediante determinados estímulos psicológicos.

Sin embargo, este arte austero y funcional, de combate y disciplina, pensado y reglamentado por Trento derivó en poco tiempo hacia la suntuosidad, la riqueza y el recargamiento. En efecto, las iglesias, donde se representaba la misa como si se tratase de un escenario teatral, acabaron decorándose con gran suntuosidad y profusión, desde la fachada hasta los retablos, con motivos relativos a la exaltación de Cristo y de la Virgen, de los santos y de los mártires, como expresión de una fe triunfante.

Pero el arte barroco no es sólo un arte religioso. También constituye la expresión de la sensibilidad de un siglo duro, dramático, intenso y atormentado, en el que la vida tiene escaso valor debido a la muerte temprana, a la muerte violenta, a la muerte multitudinaria. Por eso la vida se ama y se vive con intensidad y con pasión, se intenta gustar de toda clase de sensaciones y placeres, se goza de la naturaleza y del movimiento, del color y de la luz, de los materiales suntuosos, del oro y del mármol veteado. Rubens expresó todo eso en sus obras, en la sensualidad de sus personajes y en la elección de colores y formas.

Por otra parte, los hombres del siglo sometidos a sentimientos contradictorios de amor y violencia, de alegría y temor, dominaban mal las emociones y las pasiones. Y entre éstas, la superior, por encima del amor, es la pasión por la gloria, que los hombres del Barroco sintieron de manera especial, hasta el punto de ser objeto de estudio y de explicación racional por los mecanicistas. Como las pasiones no se sacian satisfactoriamente, los hombres terminan sublimándolas, y el arte es un instrumento capital en esa evolución. Así, artistas como Bernini o Zurbarán pretendieron traducir plásticamente esa forma de vida superior.

En las artes plásticas el Barroco era también un arte que intentaba imitar al teatro por lo que tenía de fugaz, de efímero, de ilusorio; era un arte de espectáculo y ostentación. Arquitectos y escultores trataban de recomponer en la piedra, el mármol o el estuco, los decorados y los movimientos escénicos propios del arte dramático. Igualmente, los pintores barrocos producían efectos que tendían a restituir en los lienzos la ilusión escénica del relieve y de la profundidad. De ese modo, la preocupación por la decoración es superior a la de la construcción. Precisamente por ello, los artistas barrocos vuelcan toda su imaginación en los decorados teatrales, en los arcos de triunfo festivos, en la arquitectura efímera fúnebre. Su correspondencia en la literatura confirma el gusto de la época por los efectos espectaculares, por la plasmación de los movimientos más fugaces, como el vuelo de las vestiduras, por los momentos de extrema tensión mística, como los éxtasis.

El Barroco era un arte religioso y teatral. Y también constituía el reflejo de una sociedad determinada: la sociedad monárquica, señorial y rural. En aquella sociedad el poder de los soberanos absolutos se manifiesta en la suntuosidad, en el lujo, en la decoración y en la pompa de la vida cortesana, aristocrática y palaciega. Pero también se refleja en el mundo rural, pues el Barroco es un arte popular: la profusión de riqueza estimulaba la imaginación del pueblo que, además, busca a través del arte, y sobre todo del religioso, consuelo, intercesiones celestiales y esperanza.

6.- El pensamiento económico: sus comienzos

Mercantilismo, doctrina de pensamiento económico que prevaleció en Europa durante los siglos XVI, XVII y XVIII y que promulgaba que el Estado debe ejercer un férreo control sobre la industria y el comercio para aumentar el poder de la nación al lograr que las exportaciones superen en valor a las importaciones. El mercantilismo no era en realidad una doctrina formal y consistente, sino un conjunto de firmes creencias, entre las que cabe destacar la idea de que era preferible exportar a terceros que importar bienes o comerciar dentro del propio país; la convicción de que la riqueza de una nación depende sobre todo de la acumulación de oro y plata; y el supuesto de que la intervención pública de la economía es justificada si está dirigida a lograr los objetivos anteriores. Los planteamientos mercantilistas sobre política económica se fueron desarrollando con la aparición de las modernas naciones Estado; se había intentado suprimir las barreras internas al comercio establecidas en la edad media, que permitían cobrar tributo a los bienes con la imposición de aranceles o tarifas en cada ciudad o cada río que atravesaban. Se fomentó el crecimiento de las industrias porque permitían a los gobiernos obtener ingresos mediante el cobro de impuestos que a su vez les permitían costear los gastos militares. Así mismo la explotación de las colonias era un método considerado legítimo para obtener metales preciosos y materias primas para sus industrias.

El mercantilismo tuvo gran éxito al estimular el crecimiento de la industria, pero también provocó fuertes reacciones en contra de sus postulados. La utilización de las colonias como proveedoras de recursos y su exclusión de los circuitos comerciales dieron lugar, entre otras razones, a acontecimientos como la guerra de la Independencia estadounidense, porque los colonos pretendían obtener con libertad su propio bienestar económico. Al mismo tiempo, las industrias europeas que se habían desarrollado con el sistema mercantilista crecieron lo suficiente como para poder funcionar sin la protección del Estado. Poco a poco se fue desarrollando la doctrina del librecambio. Los economistas afirmaban que la reglamentación gubernamental sólo se podía justificar si estaba encaminada a asegurar el libre mercado, ya que la riqueza nacional era la suma de todas las riquezas individuales y el bienestar de todos se podía alcanzar con más facilidad si los individuos podían buscar su propio beneficio sin limitaciones. Este nuevo planteamiento se reflejaba sobre todo en el libro La riqueza de las naciones (1776) del economista escocés Adam Smith.

El sistema de librecambio, que prevaleció durante todo el siglo XIX, empezó a perder fuerza a principios del siglo XX, al replantearse los elementos filosóficos del mercantilismo que originaron el neomercantilismo.

Fisiocracia, escuela de pensamiento económico surgida en Francia en el siglo XVIII y la primera que aplicó el método científico a la economía. El principal exponente de la fisiocracia fue François Quesnay, cuyo Tableau économique (Cuadro económico, 1758) supuso el punto de partida de esta doctrina económica. Los fisiócratas se oponían a la doctrina económica imperante hasta entonces, el mercantilismo, que postulaba que la riqueza y poder de un país dependían de la cantidad de metales preciosos que hubiera acumulado, por lo que regularon el comercio internacional para evitar la salida del país de las reservas de oro y plata. Los fisiócratas, que creían en la existencia de una ley natural, defendían una política económica de laissez-faire (o de no intervención pública en la economía) que según ellos produciría de forma natural una sociedad próspera y virtuosa, y que por tanto era favorable al librecambio. También defendían que la agricultura era el único sector productivo capaz de crear riqueza, mientras que el comercio y la industria tan sólo permitían la distribución de esta riqueza; los fisiócratas estaban en contra de las políticas de comercio internacional mercantilistas, favorecedoras del proteccionismo.

Considerar la tierra como la única fuente verdadera de riqueza, lleva a la fisiocracia extrema a afirmar que la industria es estéril. Es una justificación ideológica de los terratenientes franceses, pero poner en circulación la idea de que existen clases sociales productivas y clases estériles, esbozando así las causas de los conflictos sociales como fruto de las diferencias de clases, a las que el despotismo está llamado a poner freno. La sociedad tiene una clase fundamental, la de los propietarios desde el rey a los campesinos poseedores de la tierra; hay una clase productiva, que cultiva la tierra y paga las rentas al propietario; y, por fin, una clase estéril, el resto de la sociedad.

También creían que existía un precio natural justo, que sería el que establecería el mercado, y que los terratenientes, y no los agricultores, eran los que tenían que recibir los beneficios de la explotación de la tierra. Por ello, son considerados como los sintetizadores de las ideas económicas moralistas medievales, y no como los creadores de la moderna ciencia económica.

Quesnay tiene una gran importancia porque sus ideas suponen la aparición de una nueva disciplina, la economía, que estudia la producción, la distribución y el consumo de los bienes de la tierra, así como el trabajo que la tierra recibe.

Smith, Adam (1723-1790), economista y filósofo británico, cuyo famoso tratado Investigaciones sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, más conocida por su nombre abreviado de La riqueza de las naciones (1776), constituyó el primer intento de analizar los determinantes del capital y el desarrollo histórico de la industria y el comercio entre los países europeos, lo que permitió crear la base de la moderna ciencia de la economía.

En dicha obra, Smith realizó un profundo análisis de los procesos de creación y distribución de la riqueza y demostró que la fuente fundamental de todos los ingresos, y la forma en que se distribuye la riqueza, estriban en la diferenciación entre la renta, los salarios y los beneficios o ganancias. La tesis central de este escrito es que la mejor forma de emplear el capital en la producción y distribución de la riqueza es aquella en la que no interviene el gobierno, es decir, en condiciones de laissez-faire y de librecambio. Según Smith, la producción y el intercambio de bienes aumenta, y por lo tanto también se eleva el nivel de vida de la población, si el empresario privado, tanto industrial como comercial, puede actuar en libertad mediante una regulación y un control gubernamental mínimos. Para defender este concepto de un gobierno no intervencionista, Smith estableció el principio de la `mano invisible': todos los individuos, al buscar satisfacer sus propios intereses son conducidos por una `mano invisible' para alcanzar el mejor objetivo social posible. Por ello, cualquier interferencia en la competencia entre los individuos por parte del gobierno será perjudicial.

Naturalmente fue el primer gran defensor de la ley de la oferta y la demanda como principio de organización armoniosa de la realidad.