Transformación y cambio de Don Quijote

Literatura española del Siglo de Oro. Renacimiento literario. Narrativa. Novela renacentista

  • Enviado por: Pacopajaro
  • Idioma: castellano
  • País: Estados Unidos Estados Unidos
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TRANSFORMACION Y CAMBIO DE DON QUIJOTE

El caballero andante de la parte primera de la obra de Cervantes, lleno de idealismo; el caballero impaciente por deshacer agravios, enderezar entuertos, enmendar sinrazones, mejorar abusos y satisfacer deudas, el caballero que recorrerá los caminos de la vida, que se enredará en innumerables aventuras, que triunfará unas veces y será vencido en las más; es en la parte segunda un caballero distinto. Debilitado en sus fuerzas físicas y en su espíritu es un caballero “algo lacio y desanimado... falto de aquella su imaginación de antaño para transformar todo evento en aventura” Salvador de Madariaga, Guía del lector del “Quijote” (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, S.A., 1961), p.143. Este Quijote sale al campo obligado por el Quijote de la primera parte. Para ver esta diferencia entre los dos Don Quijotes voy a comparar dos aventuras, la de los molinos de viento y la del barco encantado.

En el capítulo VIII de la primera parte, Don Quijote, lleno de energía y entusiasmo no presta atención a lo que le rodea, el mundo externo es la proyección de su mundo interno: los molinos de viento son para él gigantes y lo expresa de inmediato: “En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento...” La realidad real es inferior a su realidad. Donde él tiene que luchar contra el mal y Don Quijote, sin perder un minuto y mediante la palabra, recrea la realidad “porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes”. Y, sin pensarlo más, Don Quijote, puro entusiasmo, embiste a los gigantes”. No reflexiona, como veremos que luego sí que hace en la segunda parte, pasa directamente a la acción “ellos son gigantes, y si tienes miedo, quítate de ahí y ponte en oración...”

En el capítulo XXIX de la parte segunda, Don Quijote, que ya ha sufrido numerosos choques entre su mundo y el mundo real, actúa con mucha más cautela antes de expresar su realidad interior “miró Don Quijote a todas partes, y no vio a persona alguna...”

El mismo Cervantes se detiene mucho más en describirnos y en detallarnos la realidad circundante, lo que es reflejo del cambio que ha experimentado Don Quijote, el cual es ahora más consciente de lo que le rodea. En la aventura de los molinos la descripción era mínima “ en esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo”, pero en la segunda “llegaron Don Quijote y Sancho al río Ebro, y el verle fue de gran gusto a Don Quijote, porque lo contempló y miró en el la amenidad de las riberas, la claridad de sus aguas, el sosiego de su curso...”

En este capítulo, Don Quijote ya no sigue el impulso de actuar sin medir las consecuencias, sino que en forma pausada se apea del caballo y lo manda atar en lugar seguro junto con Rucio, y luego se embarcan Don Quijote y Sancho. Antes de embarcarse, Don Quijote, ya más palabras que acción, suelta un extenso y desarrollado discurso. Y no acaba ahí, sino que el diálogo continúa entre Don Quijote y Sancho aquel dándole garantías que los animales estarán seguros. Más tarde explica el significado de la palabra “longíncuos”, y luego entra en detalle sobre lo que es necesario hacer para embarcarse.

En la aventura de los molinos, Don Quijote se lanza sólo a la batalla, no necesita acompañante, y cuando Sancho le expresa su temor, Don Quijote no le da explicaciones, sólo le pide que se aparte. Si aceptamos que Sancho simboliza la parte práctica, la sensatez en el hombre, el hecho de que Don Quijote se lance a la batalla de los molinos sin Sancho, puede interpretarse en que Don Quijote se enfrenta a los gigantes sin detenerse a pensar en los pros y los contras de la situación. Don Quijote es en esta aventura puro entusiasmo heroico.

Pero en la aventura del barco encantado, Don Quijote, ya más cauteloso, se embarca en la aventura con Sancho, con la realidad.

En esta aventura, al encontrar las aceñas en medio del río, Don Quijote transforma la realidad como lo ha hecho con los molinos de viento: “¿Ves? Allí ¡oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe estar algún caballero oprimido o alguna reina, infanta o princesa malparada” Vemos que ya no está tan seguro de su transformación de la realidad. No dice exactamente “es un castillo encantado donde debe de estar alguna princesa malparada”, sino que recrea una realidad vacilante que puede ser ciudad, castillo, fortaleza o lo que más convenga al observador, y con un cautivo que puede ser caballero oprimido, reina, infanta o princesa malparada. Aparece su realidad como un juego entre esa realidad y sus testigos, parece como si con su vacilación pidiera permiso para dar rienda suelta a su imaginación, la realidad puede ser cualquier cosa que se desee. Ya no hay como en la primera época de Don Quijote una transición abrupta: de molinos a gigantes, de putas a doncellas, de ventas a castillos. Aquí Don Quijote no se esfuerza por explicar su juego o por lograr que los demás entren en su realidad. En la aventura de los molinos la realidad interna es tan fuerte que provoca una acción inmediata, esta fuerza es la que hace pensar a la gente que Don Quijote es un loco. Pero en la aventura del barco encantado, Don Quijote se acerca a la realidad de una manera que el lector es más indulgente, nos sentimos mas inclinados a dejar actuar a un hombre descabellado que a un loco. La locura es peligrosa porque puede resultar contagiosa y provocar grandes cambios; pero un desatino es un entretenimiento, algo superficial.

Cuando Don Quijote transforma la realidad en la aventura del barco encantado, Sancho nuevamente trata de hacer ver a Don Quijote la realidad real, pero Don Quijote como con los molinos, no le hace caso. Pero hay una novedad, ahora tenemos una extensa explicación: “Calla, Sancho, dijo Don Quijote, que aunque parecen aceñas, no lo son; y ya te he dicho que todas las cosas trastuecan y mudan su ser natural...”

Al salir los hombres de las aceñas con los rostros enharinados, Don Quijote los transforma en follones. El salto de molinos a gigantes es mayor que el de aceña a castillo, o de hombres enharinados a follones, lo que demuestra que en la aventura de los molinos Don Quijote deja volar más su imaginación.

Si en la aventura de los molinos recurre a la acción de inmediato, en la del barco antes de actuar amenaza extensamente: “Y puesto de pie en el barco, con grandes voces comenzó a amenazar a los molineros...”. Y es sólo entonces que saca su espada: “Y diciendo esto, echó mano a su espada y comenzó a esgrimirla en el aire contra los molineros...”

La intervención de los molineros es propicia porque les evita caer en el raudal. La aventura no ha tenido lugar. Con los molinos de viento, Don Quijote sale malparado y con la lanza rota como consecuencia de haber entrado en la aventura; aunque acaba maltrecho y dolorido no podemos dejar de apreciar su esfuerzo “embistió con el primer molino que estaba delante...”. Vemos que Don Quijote sale físicamente maltrecho, pero no espiritualmente derrotado “aquel sabio Frestón, que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento...”

En la aventura del barco, al salir del agua y ser asediado por los pescadores, Don Quijote quiere pagar los daños, pero como todavía no ha abandonado su realidad, pide a los pescadores que a cambio de su dinero, dejen en libertad a los cautivos “con gran sosiego, como sino hubiera pasado nada por él, dijo a los molineros y pescadores que él pagaría el barco de bonísima gana, con condición que le diesen libre y sin cautela a la persona o personas que en aquel su castillo estaban oprimidas”. Y apenas los molineros le ridiculizan y niegan su realidad “¿Qué personas o castillos dices, hombre sin juicio?”, Don Quijote a diferencia de la primera parte donde dice: “mas al cabo poco han de poder sus malas artes contra la bondad de mi espada”, ahora cede rápidamente: “Basta. Aquí será predicar en desierto querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna”.

Vemos que en la última aventura Don Quijote quiere pagar los destrozos del barco, algo que no habría hecho en la primera parte. Cuando sale del agua, enseguida abandona su realidad para aceptar la realidad verdadera.

En la aventura de los molinos, la lanza rota se repara con elementos proporcionados por la imaginación: mediante la magia de la palabra, del tronco surge una lanza. En el barco encantado se recurre al medio prosaico del dinero. Y esta aventura termina con un reconocimiento expreso de su impotencia, actitud que lleva consigo una nota de tristeza y de melancolía: “yo no puedo más... Amigos cualesquiera que seáis, que en esta prisión quedáis encerrados, perdonadme; que, por mi desgracia y por la vuestra, yo no os puedo sacar de vuestra cuita”

Pero la aventura termina con una nota de esperanza: “Para otro caballero debe estar guardada y reservada esta aventura”.

BIBLIOGRAFIA

Cervantes Saavedra, Miguel de. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. 1965.

Ed. Aguilar, S.A., de Ediciones. Madrid.

Cannon, Carlota B. Transformación y cambio de Don Quijote. University of California.

Davis, California.