Totalitarismo nazi y fascista

Política. Historia. Administración. Fascismos. Dictaduras. Totalitarismo

  • Enviado por: Jm
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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LOS TOTALITARISMOS NAZI Y FASCISTA

Índice analítico

1.- Introducción: los antecedentes del fascismo.

2.- Crisis del liberalismo y fascismo: 2.1.- Dificultades de definición. 2.2.- Fascismo y Capitalismo. 2.3.- Fascismo y clases sociales: las clases medias y la burguesía. 2.4.- La variedad de elementos en la génesis del fascismo.

3.- Los caractéres generales del fascismo: 3.1.- La oposición al liberalismo. 3.2.- Disciplinamiento, jerarquización y liderazgo. 3.3.- Propaganda, violencia y rito. 3.4.- La economía capitalista bajo el fascismo. 3.5.- Partido y Estado: algunas diferencias entre los modelos alemán e italiano. 3.6.- El Totalitarismo.

4.- El Régimen Autoritario: características principales del modelo tipológico de J.J. Linz.

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1.- INTRODUCCIÓN: LOS ANTECEDENTES DEL FASCISMO

Los primeros antecedentes históricos de los movimientos fascistas hay que buscarlos en las reacciones legitimistas y contrarrevolucionarias que se producen en Europa tras la Revolución Francesa y el triunfo del liberalismo político. El elemento definidor más simple de esos movimientos decimonónicos acaso sea su firme oposición a la idea ilustrada de construcción del Estado y de la sociedad a partir de criterios racionales. Así, Bonald en su Teoría del poder (1796) se opone a la idea de contrato social que se encuentra en los escritos de pensadores liberales como Locke o Rousseau y afirma que la constitución civil de los pueblos nunca es el resultado de una deliberación y mucho menos de la voluntad racional de los hombres, sino que el dominio y el poder surgen de un carisma, concedido por Dios a la persona dominante, que irradia éste a todo el orden político. Hay, pues, aquí un intento de fundamentar la justificación del poder político en una vía teológico-personalista. Lo que, ciertamente, está en contradicción con la idea ilustrada al respecto. Muy posiblemente este concepto del poder lleva aparejada una hipótesis irracional de la autoridad, esto es, la aceptación del poder y la dominación como si fueran algo impuesto por la naturaleza de las cosas, algo justo e intransformable.

Paralelamente, reaparece la convicción acerca de la necesidad de la desigualdad. Así, Burke en su obra Reflexiones sobre la Revolución Francesa (1790) señala que en toda sociedad existen de hecho diversas clases y de ésto deriva la idea de que algunas de ellas, colocadas necesariamente arriba, deben gobernar a las otras. De ahí que afirme que los apóstoles de la igualdad cambian y alteran el orden natural de las cosas.

En el legitimismo y el tradicionalismo decimonónicos hay una fuerte tendencia a convertir a la fe en el fundamento del orden político. Así, F.J. Stahl uno de los principales teóricos de la restauración alemana, llega a afirmar en su Filosofía del Derecho (1854) que el primer medio de todo conocimiento es la palabra recibida con fe y sin exámen y el primer medio de instrucción es la autoridad. Nada más lejos que tal planteamiento de las ideas de la Ilustración -el sapere aude kantiano-, que el liberalismo heredó de los teóricos del siglo XVIII, o del concepto de oposición al poder y a la legitimidad de la tradición que la Revolución francesa llevó aparejado. Aquí la autoridad no es considerada como posible fuente de despotismo y de tiranía, sino como el “germen de la civilización”. Los ejemplos podrían multiplicarse, pero en los tres ya expuestos se aprecian tres ideas, las de carisma, desigualdad y fe, que posteriormente se ganarán un lugar destacado en la ideología fascista.

No obstante, los movimientos reaccionarios de principios del XIX son, en general, muy diferentes del fascismo como movimiento político. Aquellos tendían a ser simple y llanamente tradicionalistas, esto es, pretendían evitar el desarrollo de la sociedad moderna, industrial y urbana y volver a esa Arcadia feliz que localizaban en el Antiguo Régimen, mientras que los grupos políticos fascistas de principios del siglo XX se habían hecho mucho más complejos en su ideología y trataban a su manera de adaptarse a los problemas económicos, sociales y políticos de la Modernidad. La aparición de las nuevas formas de autoritarismo y fascismo en los años veinte fue la consecuencia de un proceso largo y estrechamente vinculado a toda una serie de crisis.

Normalmente se dice que el fascismo surge en abierta oposición a los ideales ilustrados; de ahí que resulte tentador localizar sus orígenes en el legitimismo, el tradicionalismo y la restauración, pero también, de algún modo, cabría decir que ciertos aspecto de su ideología se derivan directamente de determinados aspectos seculares y prometéicos que pueden encontrarse en el período ilustrado. Así, por ejemplo, el concepto de “nación”, como fuerza histórica superior, el culto a la voluntad, la idea de creación de un “hombre nuevo”, la concepción del Estado como encarnación de lo general frente a los particularismos (Hegel), etc. Por tanto, la oposición del fascismo a la Ilustración es de un tipo especial, ya que de hecho provoca una relectura de conceptos clave del pensamiento liberal y una aplicación de esa relectura a la lucha contra el liberalismo, el socialismo y la democracia.

En este contexto tuvo particular importancia el influjo de teorías vitalistas, como las de Nietzsche o Bergson, que reemplazaron y se opusieron al racionalismo, al pragmatismo o al utilitarismo de pensadores como John Stuart Mill o Jeremy Bentham. Los defensores de la “filosofía de la vida” (Lebenphilosophie) insistían en la futilidad de la ética y la moral convencionales y en la importancia de la fuerza, la acción directa y la experiencia subjetiva. Tales ideas fueron puestas en un contexto de análisis político por pensadores elitistas como Pareto o Mosca, para los cuales la desigualdad esencial de los seres humanos permite hablar de una jerarquía de dominación no sólo adecuada, sino imposible de evitar. Igualmente la manipulación de las masas y el poder para imponerle una serie de prejuicios que aseguren su obediencia se convierten en elementos esenciales de la lucha por la preeminencia. Esto tuvo su paralelo en la nueva psicología de masas (Gustave Le Bon) y de la propaganda y movilización revolucionaria (George Sorel), que se fundamentaban en la manipulación de las emociones, lo irracional y lo subconsciente, haciendo hincapié en la función primordial del mito entre las masas. Este nuevo “cientificismo” puso de moda el darwinismo social y alentó las doctrinas raciales, el elitismo, la jerarquía y la violencia, junto con nuevas teorías políticas sobre el caudillaje. Poco a poco, el ambiente cultural de finales del XIX y principios del XX fue poniendo las bases para un giro importante en las ideologías de la dominación, lo que hizo posible a su vez el paulatino abandono de las teorías conservadoras tradicionales y su transformación en formas y posiciones políticas mucho más radicales.

Es, sin embargo, muy importante apreciar las diferencias entre los tres tipos de derecha que a principios de siglo existían en Europa. Siguiendo a Stanley Paine, podemos denominarlas conservadurismo autoritario, derecha radical y fascismo. Es cierto que estos tres grupos autoritarios de la derecha combatían en gran medida por las mismas cosas y se oponían a lo mismo (liberalismo, socialismo), así como que entraron en alianzas tácticas en muchas ocasiones, pero parece conveniente distinguirlos para dotar a nuestro análisis de una mayor claridad. La siguiente tabla nos dará el referente histórico en el que estas diferencias se plasmaron y con posterioridad esquematizaremos algunas diferencias importantes.

PAÍS PARTIDOS FASCISTAS DER.RADICAL DER. CONSERVADORA

Alemania NSDAP Papen, Hugenburg Hindenburg, Brüning

Italia PNF ANI Salandra, Sonnino

España Falange Carlistas, Renovación Esp. CEDA

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  • La derecha radical y la conservadora basaban ciertos aspectos de su ideología más en la religión que en una nueva mística cultural, como el vitalismo o el irracionalismo, característico de los fascismos. Hay, no obstante, excepciones como Falange Española, para la que el aspecto religioso fue mucho más importante que para otros movimientos fascistas. Algo similar a lo ocurrido también en Portugal con el Estado Novo de Oliveira Salazar.

  • La derecha conservadora era opuesta al conservadurismo tradicional sólo en la medida en que había roto con las formas parlamentarias del conservadurismo moderado y parlamentario. La derecha radical deseaba destruir todo el sistema político del liberalismo, pero incluso ella titubeaba en hacer suyas formas totalmente radicales y nuevas de autoritarismo totalitario, cosa que los fascismos abordaban con absoluta naturalidad.

  • Tanto la derecha radical como la conservadora equilibraban sus peticiones de elitismo y de una jefatura fuerte con la invocación a legitimidades tradicionales. Aunque en distinta medida, ambas preferían evitar novedades en este aspecto, mientras que el fascismo estaba dispuesto a la formación de nuevas élites y a la implantación de una dictadura de carácter totalmente nuevo.

  • Por lo general, la derecha conservadora buscaba distinguirse de alguna manera del fascismo, mientras que la derecha radical procuraba difuminar las diferencias. Sin embargo, puede decirse que todo el nacionalismo europeo se vio en esos años influido por el fascismo y adoptó, como mínimo, ciertas apariencias y aspectos externos del mismo, aunque mantuviera diferencias con él.

  • Los fascistas eran los más débiles a la hora de generar apoyos dentro del ámbito militar, mientras que la derecha conservadora podía aspirar en momentos de crisis a una asistencia mucho mayor y la derecha radical ocupaba aquí una posición intermedia. El legalismo, tradicionalismo y populismo de los conservadores les permitía invocar más fácilmente el respaldo de las fuerzas armadas, por lo que sus esfuerzos por organizar milicias propias no solían entrar en contradicción ni en competencia con los militares. Los fascistas, por su parte, no aspiraban en muchos casos más que a la neutralidad o a un apoyo parcial de aquéllos, ya que su militarización generaba una especie de competencia con el ejército. Y, a la inversa, allí donde el nuevo régimen estaba encabezado por un militar (Franco, Petain), los movimientos fascistas quedaban paulatinamente relegados a un papel subordinado.

  • Aunque los tres sectores propugnaban la unidad social y la armonía económica, tanto para los radicales como para los conservadores, eso sólo significaba la congelación del status quo, mientras que los fascistas aspiraban a cambios en las relaciones sociales y a la utilización de un autoritarismo más radical para alcanzar sus objetivos. La creación o no de nuevas élites era aquí, una vez más, el elemento diferenciador de los tres movimientos.

  • El imperialismo era menos probable en la derecha conservadora al implicar en algunos casos unas políticas internas más drásticas. Por el contrario, radicales y fascistas eran mucho más proclives al imperialismo agresivo.

  • En definitiva, existen diferencias entre estos tres sectores de la derecha política, aunque también existen semejanzas y elementos paralelos. En todo caso, es importante apreciar las diferencias, porque el fascismo debe considerarse como un movimiento político específico de nuevo cuño y, por tanto, con características y dinámica propias.

    2.- CRISIS DEL LIBERALISMO Y FASCISMO

    2.1.- Dificultades de definición

    Respecto al término fascismo hay dos tendencias claramente diferenciadas e igualmente unilaterales. La primera corresponde a la abusiva generalización del concepto. Debido al desprestigio en que ha caído el fascismo después de la Segunda Guerra Mundial, todo fenómeno político al que se quiera descalificar o difamar se encuentra más tarde o más temprano con la etiqueta de fascista. Ya se trate de la China de Mao, de la presidencia norteamericana de Richard Nixon o del gobierno conservador de Margaret Thatcher en Gran Bretaña, podríamos encontrar sin demasiada dificultad, entre la acusaciones dirigidas a ellos el calificativo de “fascista”. Incorporado de ese modo al lenguaje corriente, fascismo es hoy un término que no significa casi nada, como no sea autoritarismo, tiranía y, a veces, ni siquiera eso.

    La segunda tendencia es justamente la contraria y consiste en llevar las diferencias históricas hasta tal extremo que fascismo sería un concepto únicamente aplicable al movimiento político de ese nombre que se produce en la Italia de entreguerras, mientras que no lo sería a la Alemania nazi o a otros movimientos similares que se producen en Europa en esas fechas. La atipicidad de cada uno de ellos sería la regla, el que tuvieran puntos de confluencia, la excepción. Aquí la concreción del concepto se lleva a tal extremo que queda igualmente vacío de contenido.

    En nuestra opinión, es necesario huir de ambas tendencias e intentar definir el fascismo acudiendo, en primer lugar, al entramado económico, político, social e histórico que le dio origen, buscando en él determinantes o condicionantes de su génesis y, en segundo lugar, a un conjunto de rasgos generales de su ideología y su práctica políticas, que nos permita señalar un núcleo común de actitudes y concepciones, al que pudiéramos denominar fascismo. Al hacerlo, veremos que no siempre hay acuerdo entre los investigadores sobre qué significó, de dónde procedía, a qué intereses respondía, o cuáles eran sus principales características. No obstante, al igual que ocurre con otras ideologías contemporáneas, no habrá más remedio que esquematizar ciertos elementos básicos para ofrecer una adecuada imagen del fenómeno del fascismo.

    2.2.- Fascismo y capitalismo

    La interpretación clásica del fascismo parte de la idea de que éste es una respuesta clasista a una crisis múltiple del capitalismo de principios del siglo XX. Una crisis en la cultura y la ideología (militarismo nacional, darwinismo social, degradación de la concepción individualista, etc.); una crisis sin precedentes en el desarrollo histórico del capitalismo (crisis económica mundial a partir de 1929, desempleo masivo y crónico en todo el mundo capitalista, expansión de sectores aún no ajustados al marco industrial moderno, etc.), una crisis en lo político (del Estado liberal de Derecho, el impacto de las derrotas militares o diplomáticas tras la Primera Guerra Mundial, la frustración nacional y la privación de su peso político internacional a potencias como Alemania, etc.); una crisis en lo social (auge de los movimientos revolucionarios, afianzamiento de la revolución comunista en la URSS, aumento de las tensiones sociales, etc.).

    Es en este contexto de crisis múltiples donde, según esta interpretación, hay que ver incardinada la relación fascismo-capitalismo-liberalismo. Este último parte, como se recordará, de la idea de que existe una armonía esencial entre las partes que componen el todo político y social (clases sociales, partidos políticos, grupos de interés, etc.), en virtud de la cual, una vez removidos los obstáculos para lograr una igualdad formal y ciertas libertades públicas, el buen funcionamiento del sistema queda garantizado, en la medida en que la “mano invisible” será capaz de ordenar tanto el mercado económico como la lucha política. Ahora bien, en momentos de crisis agudas, esta interpretación de la sociedad se torna inviable y aparece como una justificación engañosa de lo que, en sí mismo, es un orden contradictorio. Así, el auge de todo tipo de conflictos sociales y políticos cuestiona seriamente la validez de la welstanchauung liberal. Entonces, se quiebra la confianza en el ajuste “natural” de las partes en conflicto del sistema y parece que, si se quiere asegurar la armonía del todo social, haya que acudir a un nuevo orden político capaz de garantizar esa armonía y, sobre todo, la supervivencia del sistema capitalista. La identificación entre liberalismo y propiedad privada de los medios de producción hace que sea necesario elegir entre el liberalismo como régimen político y la propiedad privada como base del capitalismo, cuando parece evidente que el liberalismo es incapaz de asegurar el buen funcionamiento del capitalismo. Es en este contexto en el que se ha señalado que el sistema liberal es la precondición del fascismo (Nolte), que para hablar de fascismo hay que hablar de capitalismo (Horkheimer), o que el fascismo es tan sólo una alternativa del capitalismo en épocas de crisis especialmente agudas (Trostky).

    El núcleo de esta interpretación marxista del fascismo es esquematizado así por Harold Lasky: el sistema económico capitalista que se ve amenazado en sus cimientos, se arma para impedir su destrucción. Ahora bien, cuando las ideas recurren a las armas, ya no queda sitio para la doctrina liberal, no queda tiempo ni lugar para las maneras corteses y respetuosas de una sociedad deliberante. La pasión por el conflicto, que elimina la racionalidad de aquellos que están dispuestos a utilizar la fuerza y no reparan en medios para conseguir el fin que se proponen, acaba por dominar el escenario político. En semejantes épocas, la tolerancia apenas puede existir.

    Esta tesis, no obstante, es en parte problemática. Se ha dicho, con razón, que el auge de la gran crisis económica de 1929 y de las diversas crisis a ella asociadas, ya había pasado o no se había producido aún, cuando se produce el ascenso al poder de los fascismos electoralmente triunfantes: Alemania en 1933 e Italia en 1923. En ambas ocasiones el movimiento obrero había sido ya derrotado con anterioridad y el peligro de un colapso global del sistema parecía haber pasado. Sin embargo, la índole del peligro para el status quo no era sólo directa (revolución), sino también indirecta (agotamiento del paradigma liberal). En efecto, como señala Külhn, el capitalismo no está amenazado en esos momentos tanto por la fuerza del adversario como por las debilidades y contradicciones del propio sistema. Se trata de su incapacidad para asegurar el funcionamiento adecuado del sistema económico mediante la pretendida autorregulación “natural” de los antagonismos y la democracia parlamentaria. Es de esa amenaza “indirecta” de donde realmente proviene la ascensión fascista y es ese contexto en el que hay que entender el fascismo como movimiento político.

    También se ha señalado, desde la perspectiva crítica frankfurtiana, que el fascismo sería la adecuación del capitalismo a una nueva etapa de su desarrollo: el paso de un capitalismo individualista a uno de corte monopolista. Esta tesis, defendida inicialmente por Pollock y posteriormente asumida por el marxista-estructuralista francés Nicos Poulantzas, se imbricó con la del imperialismo y su problemática, un rasgo típico, como veremos, del fascismo. El fascismo, por tanto, sería un movimiento fundamentalmente imperialista, porque así lo requeriría el sistema económico al que representa en lo político. De este modo, la relación entre liberalismo y capitalismo es sustituida por una nueva; la que vincula al fascismo con el capitalismo monopolista y el imperialismo.

    Pese a ello, hay quien opina que esta interpretación no acierta a identificar la función social y los intereses a que responde el fascismo. Según el historiador liberal inglés Alan Milward, los nuevos gobiernos fascistas, en realidad, no preservaron el sistema capitalista, sino que cambiaron las reglas de juego del sistema económico hasta tal punto que comenzó a surgir un nuevo sistema, aunque éste nunca llegó a completarse por lo efímero de la experiencia fascista. Es cierto que se mantuvieron la propiedad privada, los grandes monopolios y el lucro empresarial, pero, en su opinión, lo hicieron sujetos a cada vez mayores restricciones por parte del Estado que reguló su uso y su distribución. De modo que la política económica fascista, al igual que sus otras políticas sectoriales, estuvieron más determinadas por la ideología que por consideraciones de intereses económicos. Aunque a esta tesis liberal cabría oponer, como efectivamente se hizo desde la perspectiva marxista (Gramsci, Poulantzas), que precisamente los cambios político-institucionales a que se refiere Milward, tienen lugar precisamente por la misma inviabilidad práctica del capitalismo liberal clásico, tal como efectivamente había venido funcionando y que la ideología fascista desempeña en ese contexto un papel instrumental: el hacer posible “que todo cambie para que todo siga igual”, por decirlo con la paradójica fórmulación del conde de Lampedusa.

    2.3.- Fascismo y clases sociales: las clases medias y la burguesía

    La relación del fascismo con las clases medias, a las que tradicionalmente se ha considerado como base principal de aquellos movimientos, se ha abordado desde muy diversas perspectivas. Una que merece la pena resaltar es la de los análisis psicosociológicos de autores de la Escuela de Frankfurt como T.W. Adorno, E. Fromm o W. Reich, que, desde un enfoque freudo-marxista, intentan determinar aquella estructura psicológica de la personalidad que, como consecuencias de determinadas influencias familiares y de la represión sexual política y culturalmente inducida, resultaba más fácilmente influenciable por la propaganda fascista y más en consonancia con sus exigencias ideológicas profundas. Así, intentan reseñar los atributos de una personalidad autoritaria proclive a identificarse con el mensaje fascista o delimitar la psicología de masas que el fascismo utilizó profusamente como arma propagandística. No obstante, estos autores señalan repetidamente que sus análisis no constituyen una explicación completa del fenómeno del fascismo que, por su complejidad, va más allá de las tendencias psicosociológicas de sus líderes o sus seguidores.

    De nuevo la principal variante explicativa la encontramos de la mano de teóricos marxistas, como L. Trostky, A. Gramsci y E. Mandel. Según los cuales, el apoyo que amplios sectores de las clases medias, e incluso del proletariado, dieron al fascismo debe explicarse en relación con la situación en que se encontraba la lucha de clases por aquellos años. La pequeña burguesía de comerciantes y asalariados privilegiados jugó un papel decisivo en el ascenso fascista, en la medida en que la crisis económica y social les colocaba en una situación muy delicada. Emparedada entre las dos grandes clases en conflicto, sus anhelos de armonía social y de orden fueron más hábilmente recogidos por el fascismo que por una izquierda escindida en comunistas, socialistas y anarquistas en contínuas luchas intestinas. Paradójicamente, esta clase, a la que el marxismo denominaba como “sin historia” (esto es, sin un papel histórico específico que jugar en la lucha de clases en general), fue la que decidió el rumbo que ese período habría de tomar finalmente al apoyar a los movimientos fascistas. Esto hizo reflexionar a los marxistas, especialmente a Gramsci, sobre la importancia de las alianzas entre clases sociales en la consecución del socialismo. En todo caso, el apoyo de masas al fascismo por parte fundamentalmente de la pequeña burguesía fue, en frase de Trostky, el resultado de la creación de una masa contrarrevolucionaria que se opuso al ascenso de los movimientos populares de raíz proletaria e impidió a éstos con sus mismas armas, es decir con la lucha de clases, la consecución de sus objetivos revolucionarios. En la creación de esa contrarrevolución, el liberalismo era un obstáculo y sólo el fascismo tenía alguna posibilidad de éxito.

    Esta teoría de la relación del fascismo con las clases medias verifica y apoya la ya mencionada relación entre fascismo y capitalismo y, quizás por eso mismo, está sujeta a críticas de peso. En efecto, siguiendo a Ernst Nolte, podría afirmarse que el fascismo se encuentra con respecto a la burguesía en una relación de identidad no idéntica. Por un lado, quiso ser el campeón de la principal intención burguesa, la lucha contra el socialismo, pero emprendió esa lucha con métodos y fuerzas que eran extraños a la tradición burguesa y liberal conservadora, tanto intelectual como vitalmente. Por otra parte, el fascismo supuso el sacrificio de importantes capas de los representantes políticos habituales de la burguesía (los liberales) y su sustitución por nuevas élites que desde entonces controlaron los aparatos del Estado, Además, sus métodos ilegales y violentos nunca encontraron la aprobación de principio de la prensa burguesa o, al menos, no en su totalidad. Los cuadros de las tropas paramilitares, aunque compuestos en su mayoría por personas procedentes de las clases medias, se nutrieron también de la clase obrera y de sectores limítrofes entre ambas. Así, por ejemplo, aunque la propia composición del partido nazi era desproporcionadamente de clase media, fue haciéndose cada vez más proletaria a medida que el partido fue extendiéndose, llegando los obreros (incluidos los cualificados) a representar cerca de un tercio del total de los afiliados. Las tropas de asalto (SA) llegaron, en su fase de máxima expansión, a contar con hasta dos tercios de afiliados procedentes de la clase trabajadora. Quizás esta sería la explicación de que en la llamada noche de los cuchillos largos numerosos mandos de la SA fueran asesinados por las SS, cuerpo de élite dentro del partido nazi, que desde entonces ganó poder y llegó a dominar el aparato del partido y del Estado. Por su parte, el Partido Nacional Fascista italiano no logró nunca un apoyo tan generalizado de sectores de trabajadores industriales -aunque los datos disponibles no son del todo fiables, parece que nunca sobrepasó el 15%-, pero en cambio consiguió una afiliación campesina importante (en torno al 24%).

    Por último, aunque sea cierto que los grandes industriales y banqueros alemanes, así como los terratenientes italianos, apoyaron y financiaron con fuertes sumas a los partidos fascistas, colaborando decisivamente a su triunfo, también lo es que que estos grupos nunca llegaron a hacer de ellos “meros monigotes” que pudieran manejar a su antojo. Las élites políticas de los partidos fascistas, una vez copados los puestos clave del aparato del Estado, mantuvieron estrechas relaciones, aunque conservaron ciertos márgenes de autonomía, con respecto a las élites económicas.

    Todos estos datos llevan a la convicción de que la relación entre fascismo y burguesía, al igual que la que une a fascismo y capitalismo, es compleja y no mecánica. Esto ha hecho que algunos teóricos se refieran al fascismo no como un movimiento político de la propia burguesía, sino como una forma de “bonapartismo”. Como ya hemos visto, Marx definía al bonapartismo como aquel régimen político en el cual la clase dominante debía renunciar a la gestión directa del aparato del Estado para salvar su régimen productivo. Esto es, que debía “renunciar a la corona para salvar la bolsa”, como decía el propio Marx, surgiendo de ese modo una forma casi autónoma de gobierno autoritario o totalitario y relativamente indenpendiente de la dominación específica de una clase social. Conforme a esta interpretación, el fascismo fue el producto de una crisis política y social, en la cual ya no eran eficaces las formas tradicionales de dominación de clase y en la que el equilibrio entre distintas élites y clases producía un nuevo tipo de dictadura que, no obstante, seguía favoreciendo al status quo con ciertas reformas de detalle conducentes a dar mayor peso a nuevas élites.

    Así, ya se trate de un movimiento político burgués destinado a afrontar una época de aguda crisis, o de un movimiento bonapartista en el sentido indicado, lo cierto es que el fascismo debe ser considerado dentro de la estela del capitalismo. Y ello porque lo esencial en este punto es comprobar si el fascismo niega o afirma, transforma o legitima la estructura de dominación de clase existente bajo el capitalismo, las reglas de juego básica de ese sistema productivo y sus elementos diferenciadores. En definitiva, parece muy difícil, pese a la mencionada posición de Milward, negar que el fascismo apoyó y desarrolló estructuras económicas y sociales capitalistas, realizando su defensa del capitalismo a través de métodos de una dureza desconocida en las tradiciones burguesas y dando entrada en la élite dominante a ciertos sectores hasta entonces excluidos de ella.

    2.4.- La variedad de elementos en la génesis del fascismo

    Todo lo dicho hasta aquí no significa, desde luego, que el fascismo fuera un movimiento creado “conspirativamente” por la burguesía para la defensa directa o indirecta de sus intereses, como han pretendido algunas interpretaciones ingenuas. Es obvio que no nos hallamos ante una relación lineal del estilo indicado, aún cuando el fascismo, en último término, sirviera a los intereses de la burguesía y del sistema económico capitalista, así como a la superación de los riesgos y conflictos políticos que tan seriamente amenazaban su continuidad. En otras palabras, el fascismo nunca nace de un simple golpe de Estado, sencillamente porque el fascismo nunca nace “de golpe”. En efecto, además de los ya reseñados motivos como factores coadyuvantes al ascenso del fascismo (los culturales e ideológicos, los sociales y económicos, etc.), todavía hay otros de índole histórica, que pueden servir para explicar por qué el fascismo sólo triunfa plenamente en dos países (Alemania e Italia) y a qué se deben las diferencias que existían entre el Partido Nacional-Socialista de los Trabajadores Alemanes y el Partido Nacional Fascista.

    En Alemania, tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, las tensiones sociales estaban a la orden del día. Las ocupaciones de fábricas, las luchas obreras y los movimientos revolucionarios (espartaquistas, socialistas, etc.) se mostraban en auge durante bastante tiempo, e incluso cuando declinaban, dejaban a los partidos socialistas y comunistas con enorme peso social y político. La crisis económica vino acompañada de la desmovilización del ejército y de un paro alarmante y sin posibilidades de solución a corto plazo. A esto se añadía un gran resentimiento nacionalista, provocado por el hecho de que el Tratado de Versalles obligaba a Alemania a efectuar importantes pagos hasta 1984 a las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial, problema que muchos consideraban como la verdadera causa de la crisis económica. Esta crisis, por lo demás, afectaba sobre todo a la clase media urbana y a un gran número de universitarios parados y sin futuro. Por si eso fuera poco, la tradición autoritaria alemana tenía unas raíces profundas que la Constitución de Weimar había sido incapaz de remover. El autoritarismo había llegado a penetrar, más allá de los valores, actitudes y comportamientos políticos y sociales, en la estructura misma de la familia y había logrado permear la personalidad de base de grandes sectores de la población. En el mismo sentido, el deterioro de la situación política venía impulsado por un estamento judicial muy conservador, que interpretaba la Constitución de manera claramente favorecedora de decisiones autoritarias, un sistema político que otorgaba amplios poderes al Presidente de la República, una iniciativa parlamentaria coartada y dividida y una estructura de partidos políticos enormemente numerosos, polarizados y con tendencias centrífugas. A la derecha se alineaban partidos conservadores o de derecha radical, que representaban a sectores sociales no dispuestos a perder sus privilegios en los más mínimo, aún cuando ello fuera a costa de poner en peligro una tradición parlamentaria que, después de todo, tampoco era la suya. La izquierda estaba dividida, entre otras razones, debido a las tesis de la III Internacional Comunista de Stalin que igualaba a los socialdemócratas con los fascistas, en cuanto enemigos de “los verdaderos intereses de la clase obrera”. Por lo demás, la socialdemocracia arrastraba todavía las consecuencias de la derrota de sus consignas pacifistas en la Primera Guerra Mundial. No parece necesario subrayar que este conjunto de factores de todo tipo contribuyó sobremanera al triunfo de las fuerzas fascistas, al provocar un deterioro sin precedentes de las instituciones políticas que regulaban la vida social.

    Una imagen similar se obtiene del repaso de algunos rasgos sociológico-políticos de la historia de la Italia de la época. En Italia, pese a ser una de las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial, existía el mismo sentimiento de fracaso, derivado de lo que se consideraba una traición o una derrota diplomática en las negociaciones posteriores. También había la misma desmovilización del ejército y los mismos universitarios sin futuro. El mismo paro masivo y la misma crisis económica, aunque, debido al menor desarrollo económico de la península, tal crisis azotaba al campesinado pobre y al proletariado rural con mayor virulencia que en el caso alemán. La crisis de la agricultura había sido especialmente aguda, pero no era la única. Tras la guerra y hasta los años veinte, las ocupaciones de fábricas y los movimientos revolucionarios habían afectado profundamente al norte industrializado. La izquierda, por su parte, estaba igualmente dividida y sometida a idénticos problemas que la alemana, como consecuencia de los planteamientos políticos de la III Internacional. La derecha, protagonista en muchas ocasiones del resentimiento nacionalista, se hallaba igualmente desorientada y dividida. Todo ello explica y contextualiza el surgimiento del fascismo, aunque en este caso se tratata de una toma del poder que requirió de bastantes más años que en el caso alemán para hacerse con el control completo de los resortes del poder, pese a que Mussolini consigue la jefatura del gobierno casi diez años antes que Hitler.

    3.- LOS CARACTÉRES GENERALES DEL FASCISMO

    3.1.- La oposición al liberalismo

    Quizás el perfil más adecuado de la ideología fascista se consiga contrastándola con los rasgos básicos del liberalismo. La propia teoría fascista gustaba de autodefinirse de esa manera y quizás por ello este elemento sea el más común y el menos polémico para los analistas. Seguidamente esquematizaremos algunos de los puntos más sobresalientes de esa oposición.

  • Al individualismo abstracto del liberalismo -que suponía que la sociedad surge con la exclusiva finalidad de dar felicidad, seguridad y justicia a los distintos individuos, y que los derechos individuales debían respetarse, en la medida en que eran “naturales”, esto es, anteriores y superiores a los del Estado-, el fascismo opone la organicidad del todo, que afirma la esencial superioridad del Estado, de la comunidad, del pueblo, de la raza o de la nación sobre los deseos e intereses de los individuos, que quedan de esta forma subordinados a la “totalidad”.

  • Frente a la idea liberal de que el fin, el bien común y el interés general de la comunidad sólo pueden establecerse mediante la discusión, el diálogo y la exposición de todos los puntos de vista de los individuos y grupos implicados, el fascismo mantiene que el fin, el bien común o el interés general de la sociedad, deben ser impuestos a todos como un valor superior a obedecer y que su logro depende de la superior intuición del jefe o caudillo para encontrar la esencia última de los destinos de la raza, la comunidad, el Estado, etc...

  • Es por eso por lo que la idea de tolerancia, que el liberalismo y el conservadurismo tradicionales del siglo XIX habían definido como la existencia del libre juego de diversos puntos de vista contrapuestos, la libertad de expresión, de opinión, de publicidad mediática, etc., será reemplazada en el fascismo por la intolerancia respecto a la disensión, la anulación de libertades y derechos, que ahora van a considerarse válidos únicamente si logran articularse como idénticos a las órdenes y las ideas del líder y su partido.

  • Frente al laissez faire del liberalismo, que fiaba el orden del mercado económico a la libre competencia, y suponía, como resultado, una armonía conseguida por la “mano invisible” (Adam Smith), el fascismo opone la necesidad de intervención política de la economía, o mejor, la supeditación de los intereses económicos a los intereses “nacionales”, según resultan de la interpretación del líder. Sin embargo, las tendencias monopolísticas y la planificación estatal de la economía -muy respetuosa siempre de los intereses de los monopolios- hacen pensar en una simple sustitución del laissez faire por la lucha de monopolios dentro de un entramado estatal totalitario, más que en ningún tipo de subordinación de sus intereses al interés nacional.

  • Si bien el nacionalismo constituye una de las más claras herencias liberales del fascismo y el imperialismo y el colonialismo son igualmente productos liberales o, si se quiere, de las primeras etapas de la expansión capitalista, en el caso del fascismo, todos estos conceptos son llevados a su exacerbación. En efecto, el papel que juega el nacionalismo es mucho más extremo en el caso del fascismo que en ningún régimen liberal. Lo mismo podría decirse del imperialismo expansionista que, por lo demás, cumple una importante función simbólica dentro de la ideología fascista, que está ausente, al menos buena parte, de la ideología liberal. Nos referimos al imperialismo como mecanismo de unificación interna de la nación y el Estado. Según señalaba Ernesto Giménez Caballero, teórico del fascismo español, la mejor forma de pacificar la lucha de clases “interna” es ofrecer una empresa imperialista que tendrá la virtualidad de unificar “el todo” (la nación), al enfrentar a todos los miembros de una colectividad en una guerra contra otra comunidad. El enemigo común “unifica a los de dentro” y les hace perseguir los mismos intereses: los intereses de la rapiña. Así, en el fascismo el imperialismo no sólo responde a intereses económicos concretos, sino que también cumple una función consciente de unificación interna, una función ideológica de aglutinamiento en torno a una empresa común y, por último, una función justificativa del darwinismo social, la lucha de razas y el expansionismo. Por lo demás, la idea fascista de la violencia y la guerra como partes inevitables y saludables del progreso y la historia, cuadra perfectamente con sus concepciones imperialistas.

  • Según la idea liberal clásica, el poder político era algo “malo”, pero necesario para la vida en sociedad. De ahí el interés de esta ideología por limitarlo y frenarlo, de modo que fuera posible dotar al individuo de unos ámbitos en los que el poder no tuviera capacidad para inmiscuirse. Este es el origen de instituciones como los derechos fundamentales, la división de poderes, el Estado de derecho, etc. Para el fascismo, por el contrario, el poder es un elemento imprescindible de la vida humana y no sólo en política, sino que es necesario en todos los órdenes de la vida, por lo que hay que revitalizarlo constantemente y llevarlo a sus máximas cotas. Esta idea de autoexpansión contínua del poder es de nuevo coherente con otros rasgos de su ideología: el imperialismo, la jerarquía, el Estado totalitario, el principio de liderazgo, etc.

  • Frente a la idea liberal del Estado, basada en el equilibrio “natural” de distintas fuerzas y opciones, el fascismo reivindica un concepto de Estado totalitario que sea capaz de imponer a la sociedad un orden que ella, dejada a su propia dinámica, es incapaz de lograr. Consecuentemente, el Estado no sólo debe ser fuerte, sino capaz de controlar toda la variedad y pluralidad de lo social y reducirla a unidad y uniformidad.

  • En resumen, frente a la ideas liberales, en las que se subrayan la importancia del individuo, la tolerancia, la discusión, el libre mercado, el nacionalismo y el imperialismo atemperados, el poder autorregulado y el Estado como equilibrio, el fascismo recalca la superioridad de la comunidad, de la raza o de la nación, la intolerancia, la obediencia, el monopolismo, el imperialismo expansionista, el poder creciente y el Estado totalitario. Hay que tener en cuenta, en todo caso, que la oposición al régimen liberal se hizo efectiva también en cuanto oposición a sus rasgos democráticos y, en este sentido, en cuanto a su igualitarismo. Nada tiene de extraño que tal oposición se hiciera aún más dura en el caso del socialismo, al que se reprochaba su búsqueda de la igualdad social y política, su democratismo, su “debilidad”, expresada en conceptos como los de solidaridad, ayuda a los más desfavorecidos, etc. A esa imagen igualitaria, el fascismo opuso una concepción específica de la jerarquía y el liderazgo.

    3.2.- Disciplinamiento, jerarquización y liderazgo

    Posiblemente los aspectos más relevantes y llamativos del fascismo sean los de jerarquía y desigualdad, unidos a los de caudillaje y disciplina. Todos ellos, en su interrelación, han de examinarse con cuidado, en la medida en que, además, están íntimamente vinculados a conceptos extremadamente importantes para la comprensión del fascismo, tales como la manipulación psicológica, la irracionalidad, los movimientos de masas, etc.

    Una de las aspiraciones más sobresalientes del fascismo fue la de conseguir un orden social y político absolutamente armónico en el que no existieran los conflictos de clase, de interés, de opinión, etc. Un orden en que la unidad y la uniformidad reemplazaran a la pluralidad y las diferencias, permitiendo de ese modo la superación de los antagonismos, que, como vimos, desgarraban a la sazón a las sociedades europeas. Sin embargo, esa búsqueda de la armonía no adoptaba la forma liberal del libre juego de individuos y grupos que, al perseguir su interés egoista particular, generaban una sociedad ordenada y justa, y tampoco la forma socialista, que aconsejaba la remoción de las desigualdades sociales y políticas, como única vía hacia una sociedad reconciliada consigo misma.

    Por el contrario, para el fascismo era posible el logro de una sociedad sin conflictos ni antagonismos mediante la apelación a una unidad de orden superior (la nación, la raza, la patria como unidad destino en lo universal, etc.), que se suponía capaz por sí sola de anular las contradicciones. Y ello sin necesidad de promover cambios en la estructura social tendentes a establecer o bien una mayor igualdad que garantizara la confluencia de intereses entre los individuos, o bien una mayor libertad que permitiera el “ajuste” de diferencias y la consecución de un consenso social y político. Dicho de otro modo, la utopía fascista presentaba una sociedad con una sola voz, pero desigualitaria, con una sola voluntad, pero no basada en el consenso racional en torno a fines, con un solo interés, pero sin por eso eliminar las distinciones de clases sociales que dan origen a las diferencias de intereses. En definitiva, el fascismo reivindica la bondad de la desigualdad social o política, pero rechaza sus consecuencias: el conflicto o el antagonismo. Se encuentra realmente cómodo en las viejas estructuras de la sociedad capitalista, en las que eventualmente introduce nuevas élites, por no está dispuesto a tolerar los antagonismos a que dicha estructura pudiera dar lugar.

    De aquí es de donde surge la necesidad de ese disciplinamiento social y político que, controlando la multiplicidad de intereses y posiciones, los reduzca formalmente a una unidad: la del Estado, el partido, el líder. Disciplinamiento significa así el establecimiento de una jerarquía férrea, una congelación de las funciones desempeñadas por cada grupo y cada clase, una petición constante de sacrificio de intereses individuales o de grupo en aras de un fin “más alto”. La idea del Estado nacional corporativo o de Estado totalitario en los que, en frase de Mussolini, la autoridad se ejerce verticalmente hacia abajo y la responsabilidad política hacia arriba, es, entonces, coherente con esa petición de sacrificios, a la vez que plasma la jerarquización en un entramado político que garantiza la obediencia. Desde luego, parece particularmente importante el mantenimento de la jerarquía y el orden, cuando nada o muy poco se ha hecho para eliminar las causas sociales y/o políticas de los antagonismos y, por otro lado, poco se puede hacer para eliminar la pluralidad de opiniones y opciones, aspecto esencial de toda comunidad. En estas condiciones, la construcción del Estado o la configuración de la sociedad adopta una estructura vertical y piramidal, en cuya cúspide el líder gobierna, determina y decide sobre los intereses sociales y políticos que deben salvaguardarse e igualmente sobre aquellos que deben eliminarse, sacrificarse o dejarse de lado. De ahí que el papel del caudillo en la concepción del mundo fascista sea tan importante.

    La aparición del caudillo no es desde luego nueva, ni hubo que esperar al fascismo para que el caudillismo fuera un hecho relevante en la historia política. Pero lo que sí es específicamente nuevo en el caso fascista es la aplicación de todos los medios ideológicos, de manipulación y propaganda para crear y fortalecer un carisma en el líder que hiciera incontrovertible su autoridad ante las masas. El carisma, un concepto que proviene de la sociología política weberiana y que hace referencia a la arcaica legitimación teológico-metafísica del poder político, supone el reconocimiento por parte de los ciudadanos de unas extraordinarias capacidades cuasidemiúrgicas en el líder político, que le hacen merecedor de obediencia. En el fascismo, ese reconocimiento intersubjetivo estuvo desde el principio sujeto a niveles de manipulación realmente considerables. En otras palabras, el carisma fue impulsado, complementado y creado por un proceso preparatorio muy refinado de manipulación tanto de los ciudadanos como de los oponentes políticos. Unos y otros fueron aterrorizados o silenciados, engañados o llevados al asentimiento por una combinación de terror, intriga, propaganda y teatralidad, de la que el líder surgía gradualmente como un demiurgo infalible e invencible, como el único capaz de un juicio político justo, mientras que sus adversarios eran presentados como agresores o traidores o débiles o incapaces.

    Sin embargo, por mucho que la manipulación y la propaganda funcionaran casi “científicamente”, por mucho que los esfuerzos de los partidos fascistas en relación con el perfeccionamiento de estos métodos fueran incomparablemente mayores que en ningún otro caso, tales recursos difícilmente habrían tenido éxito, de no haber sido capaces de conseguir que individuos y masas dejaran de lado el análisis racional de las propuestas políticas y se embarcaran en una ciega aceptación de las mismas. En efecto, en la relación con el líder que la ideología fascista pone en marcha, la exigencia de fe sin límites en sus decisiones es el supuesto previo. En política, se nos dice, la racionalidad de nada sirve, sólo la confianza y la fe, una especie de “amor” al jefe y la obediencia, garantizan la elección de la propuesta justa y con ella, el engrandecimiento de la comunidad y del propio individuo. Así, las masas de seguidores deben convertirse en sumisas oyentes de la “verdad revelada” por el caudillo que, gracias a sus extraordinarias cualidades personales y a su casi divina intuición, es siempre capaz de dar con la solución justa e identificar el interés común de todos. A lo que contribuyó, por otra parte, la deliberada destrucción de las todas las instancias intermedias -la familia, el grupo de iguales, los sindicatos, los partidos, etc. -entre el individuo y el Estado fascista.

    Y, en su relación con las masas, ni el líder ni la ideología fascista en su conjunto adoptan una actitud condescendiente. Un texto de Benito Mussolini aclarará este punto:

    “La capacidad del hombre moderno para la fe es ilimitada. Cuando las masas son como cera entre mis manos... me siento como parte de ellas. Sin embargo, persiste en mí cierto sentimiento de aversión, como el que siente el escultor por la arcilla que está moldeando.”

    La metáfora es ilustrativa tanto de un cierto desprecio como de la idea de que las masas son un objeto inerte que están ahí para ser adecuadamente manipuladas por el líder, único sujeto y agente de la actividad política. Pero ¿cuál sería la justificación última de la jefatura? ¿qué garantiza que el jefe tiene realmente la razón? En el fascismo a estas preguntas no hay más contestación que una tautología que refleja la política de hechos consumados y la aceptación acrítica e irracional de lo existente. Como escribe José Antonio Primo de Rivera:

    “Hay que suponer en los jefes cualidades que los hagan dignos de la jefatura. Si no las tuvieran, no estarían en su puesto... Aunque los jefes se pueden equivocar, también pueden equivocarse los llamados a obedecer cuando juzgan que los jefes se equivocan, con la diferencia de que, en este caso, al error personal, tan posible como en el jefe y mucho más probable, se añade el desorden que representa la negativa o la resistencia a obedecer.”

    En definitiva, la relación del jefe con las masas se situa en un contexto de argumentación cuasi-religiosa, por la cual la mística de la sangre o de la patria termina reemplazando a las capacidades racionales de los oyentes, a los que no se exige otra cosa que la glorificación o divinización del líder. En esta afirmación no hay exageración alguna: en algunas esquelas mortuorias, anteriores a 1933, el nombre de Adolf Hitler reemplazaba al de Dios.

    Hay razones para preguntarse qué fue lo que hizo a las masas tan débiles como para entregarse a unos líderes que, a cambio de ciertas promesas y halagos, les ofrecían una absoluta eliminación de su capacidad crítica y su libertad. La respuesta más coherente podría estar en la tesis de Hanna Arendt sobre la atomización que genera la política totalitaria. La atomización social, esto es, el aislamiento paulatino de los individuos y la ruptura de los canales de comunicación y relación mutua, se logró en las experiencias totalitarias a través de la eliminación de los grupos intermedios de la sociedad civil, situados entre el individuo y el Estado. Como ya se ha señalado, los intereses de los individuos y grupos eran difamados y se suponía que debían sacrificarse a los de la comunidad, según se interpretaban por el líder y su partido. Pues bien, la familia, el grupo de iguales, los compañeros de trabajo o de estudios, las asociaciones profesionales o recreativas, etc., eran precisamente el reducto de los intereses particulares, egoistas e inconfesables y, por tanto, debían dejarse de lado. En sustitución de estos “canales informales”, las organizaciones del partido fascista ofrecían la posibilidad de entrar en una relación regulada y ordenada previamente y que sí “servía” a los intereses generales. Esta sustitución convertía los individuos en seres atomizados, cuyos únicos vínculos de unión eran los del partido y, más generalmente, el líder que, “como un padre”, velaba por todos ellos. El alejamiento de la realidad y su sustitución por ciertas fantasías e ilusiones imaginarias, de las que hablaremos más adelante, ayudaron a crear una masas sociales acríticas, sin resistencia a la manipulación e incapaces de cualquier asociación libre y no regulada con sus semejantes.

    Es cierto que esa tendencia supone la anulación del individuo en tanto que tal. En este sentido, lo que se exige de él es que se anule a sí mismo en aras de un principio “más alto”. De aquí proviene la preocupación del fascismo por el sacrificio y el servicio. De algún modo, esto supone un nuevo estado de espíritu: debe convertir lo que desea (sus intereses) en objeto de su odio; debe perseguir lo que le anula; debe, en definitiva, disolverse en una comunidad organizada según los principios de jerarquía, autoridad y orden. Es en este sentido en el que se ha escrito que el fascismo es posiblemente uno de los pocos ejemplos de ideología que, en vez de ilusionar a los individuos con la promesa de una vida mejor, les propone un futuro desilusionante en lo que a su individualidad se refiere. Lo cual, naturalmente, no obsta para que se les ilusione con el sueño de una vida de poder, liderazgo y prestigio, que demostraría su esencial superioridad sobre otros. Y siempre hay “otros”, aunque en la parte baja de la escala social sean estos “razas inferiores” (judios, gitanos, etc.), “razas esclavas” (polacos, eslavos, etc), la “hez de la sociedad” (comunistas, homosexuales, etc.), y esto, entre otras cosas, permitiría integrar en en la férrea jerarquización incluso a personas procedentes de sectores sociales desfavorecidos que aún podrían imaginarse superiores a alguien, al tiempo que vertían sobre estos grupos estigmatizados su desesperanza, al culparles de los males que les afligían.

    3.3.- Violencia, propaganda y rito

    Se ha dicho, con razón, que la utilización de la violencia en el período de entreguerras no fue ni mucho menos monopolio del fascismo. Y, en efecto, tanto grupos de la derecha radical, como de la izquierda revolucionaria, usaban la violencia de una forma mucho más habitual de lo que hoy solemos pensar. Sin embargo, el uso de la violencia por el fascismo fue, en más de un sentido, superior al de otros grupos. Existen pocos casos en la historia en que la violencia fuera utilizada de manera tan sistemática, “racionalizada”, organizada y precisa. Es claro que la idea de poder expansivo, la afirmación de la superioridad de una raza o de una nación sobre otras, la exaltación de la virilidad, la exigencia de fe, la artificiosa creación de grupos sociales responsables de todos los males (como los judios, los comunistas, los gitanos, los homosexuales, etc.). todo ello va encaminado a preparar la glorificación de la violencia. Entre otras cosas, ésta se consideraba como un elemento indispensable del progreso humano, y así quienes estaban dispuesto a utilizarla sin contemplaciones adquirían, gracias a ella, la prueba de su superioridad racial o personal. Pero las funciones desempeñadas por la violencia en el fascismo no se quedaban ahí. Pueden dividirse en tres grupos. La primera, la más obvia, era ser el instrumento para acabar con aquellos que no estaban dispuestos a aceptar la idelogía fascista. En este aspecto, funcionaba no sólo persiguiendo la eliminación física de los adversarios, sino también intentando paralizarlos por el terror. En segundo lugar, servía para reforzar la organización de los ya sumisos al fascismo en grupos paramilitares, lo que además de dar gran eficacia a su utilización, servía para proporcionar un importante escape psicológico a los afiliados, a los que dotaba de un grupo de referencia preciso y de un objetivo “lleno de sentido”: acabar con el adversario. Aunque más que de “adversario”, habría que hablar aquí de “enemigo”. Para el fascismo, en efecto, no cabe disentimiento político alguno con el líder o el partido, por lo que cualquier muestra de disenso transmuta inmediatamente al adversario en “enemigo”. De hecho, como teorizara uno de los máximos ideólogos del fascismo, el alemán Carl Schmitt

    “La distinción propiamente política es la distinción entre el amigo y el enemigo. Ella da a los actos y a los motivos humanos sentido político; a ella se refieren en último término todas las acciones y motivos políticos, y ella, en fin, hace posible una definición conceptual, una diferencia específica, un criterio.”

    Por lo demás, estas organizaciones proporcionaban a sus miembros un sentimiento de “seguridad” y de orden y los disolvían en la acción por la acción misma, logrando así formas de socialización autoritaria extremadamente eficaces. En tercer lugar, la violencia cumple otra importancia función a la que se refería Goebbels: simbolizar. Lo que la violencia simboliza es la idea de que el poder llega a todas partes, de que la arbitrariedad con que se conduce puede alcanzar a cualquier opositor, a cualquier disidente, e incluso a cualquiera que no supiera ajustar adecuadamente su conducta, sus actos y hasta sus pensamientos a la voluntad de la nación, representada por el líder y su partido. En esta medida, la violencia genera mecanismos que la convierten en un eficaz instrumento de propaganda.

    Y si la violencia se transforma en propaganda, la propaganda fascista contiene rasgos extremadamente acusados de violencia. La psicología de manipulación de masas fue profusa y cínicamente utilizada por el fascismo, ya que sus recursos fueron utilizados al máximo. De hecho, aunque las páginas de Mein Kampf (Mi lucha) de Adolf Hitler no encierran nada nuevo ni original, su principal aportación al movimiento fascista fue la aplicación de técnicas simples y eficaces de organización, propaganda y manipulación de masas. La contínua apelación al derecho del más fuerte, el uso de todos los medios para movilizar a las masas frente a un enemigo elevado a la categoría de absoluto, son los aspectos de la ideología y la propaganda tratados en ese libro. La importancia que el fascismo concedió siempre a estos temas queda clara en la frase del propio Hitler, según la cual la primera función de la propaganda es el reclutamiento de personas para la organización y la primera función de la organización es el reclutamiento de personas para la propaganda.

    El lenguaje utilizado por esa propaganda propone una visión del mundo basada en la violencia y la uniformidad. Como han señalado algunos analistas del fascismo, tal lenguaje no se estructura como un vehículo de comunicación, de diálogo, sino como un instrumento de transmisión de decisiones y concepciones ya formuladas, cuya aspiración última es el silencio y la aceptación por parte del oyente. En este sentido, podría afirmarse que el lenguaje no comunica significados, sino que ordena, no persigue lo racional, sino que apela a lo irracional. En general, y especialmente en los temas políticos más complejos, el fascismo mantuvo unas considerables dosis de ambigüedad en sus posiciones, como lo demuestran sus contradictorias propuestas en economía. El lenguaje fascista utilizó esa ambivalencia para forzar al interlocutor a la obediencia en la medida en que la interpretación correcta de lo expresado acabaría siendo, en definitiva, un nuevo monopolio del líder.

    Asimismo, ese lenguaje cerrado y autoritario sirvió como mecanismo de aglutinamiento de los seguidores, dado que la contínua repeticion de fórmulas tan grandilocuentes como vacías de significado, tan ambiguas como agresivas, tan maniqueas como tranquilizadoras, porque ordenaban la complejidad de manera simple, producía entre los fieles la sensación de “estar en el secreto” y de pertenecer al grupo de “los elegidos”. Y, además, la identificación así lograda servía muy bien a la exclusión de aquellos que, al no entender o no identificarse con ese lenguaje, podían ser estigmatizados desde un principio como enemigos a batir.

    Todo esto adquirió especial significación en los actos de masas y el estilo oratorio en ellos desarrollado. El método característico de los oradores fascistas consistía en la reducción del argumento a unas pocas ideas simples pero agresivas y llenas de sentimientos que buscaban una amplia difusión y un aumento del potencial integrador del discurso. Se han llegado a establecer cuatro fases principales en el discurso: 1) Fase meláncolica, esto es, de autocompasión por la grave situación existente, catálogo de injusticias y penurias que afectan al “pueblo”, etc.; 2) Identificación de los responsables de la situación y elaboración del mito negativo de que se trate: judíos, comunistas, liberales, etc., como culpables directos o indirectos; 3) Fase megalómana, o sea, establecimiento del mito positivo que se identifica con el grupo fascista y sus seguidores como representantes de “la parte sana de la sociedad”, como única esperanza de victoria sobre el enemigo diseñado en la fase anterior; 4) Invitación a la lucha y a la integración en el partido capaz de garantizar el logro de los fines perseguidos.

    En el desarrollo de estas técnicas de manipulación tuvo una considerable importancia lo que llamaremos el rito de las concentraciones de masas. La utilización de uniformes y de marchas militares, de banderas y símbolos grandilocuentes (como los haces de líctores, las águilas imperiales, etc.). producen una sensación de comunidad extremadamente importante para una ideología que exige a los individuos que se sacrifiquen por ella. Esta sensación de “comunidad”, de “grupo nosotros”, enfrentado al “grupo ellos”, es vivida además en el fascismo a través de la jerarquización militar y de otros tipos, que de manera característica acompañan a estos actos. Los desfiles, cánticos, banderas y demás elementos del ritual fascista provocan la requerida exaltación anímica y ponen al auditorio en la situación emocional necesaria para la exaltación del jefe como figura central del espectáculo. De ese modo, las grandes concentraciones de masas unen a los individuos dentro de un orden y una jerarquía presidida por el caudillo, constituyendo un ejemplo en pequeña escala de lo que la ideolgía fascista pretende hacer con la sociedad y el Estado. En ellas, en muchas ocasiones, lo que resulta más relevante es la forma en que las cosas se desarrollan, el espectáculo en tanto que espectáculo, y no el contenido de los discursos o lo que se pretende lograr con la reunión multitudinaria.

    La violencia, la propaganda y el rito constituyen técnicas al servicio de una finalidad política que nunca se ocultó, aún cuando en todos los casos se subestimara: la conquista del poder. Con razón dice K.D. Bracher que la historia del nacionalsocialismo es de cabo a rabo la historia de su subestimación. Lo mismo podría decirse de los movimientos fascistas en su conjunto. Pero el éxito de las técnicas de manipulación en una contexto social de desesperanza agobiante fue indudable y muy profundo. Si los grupos que apoyaron el ascenso fascista creyeron que podrían manejar fácilmente a estos partidos y excluirlos del poder una vez utilizados a su conveniencia, se equivocaron por completo. Nunca tomaron suficientemente en serio la siguiente afirmación de Goebbels:

    “Ansiamos el poder y lo tomaremos allí donde podamos conseguirlo... Si aparece en cualquier lugar la posibilidad de deslizarnos adentro... entonces, adelante... Quien alguna vez nos deja agarrarnos a sus faldones, no podrá ya deshacerse de nosotros.”

    3.4.- La economía capitalista bajo el fascismo

    Después de la toma del poder por los nacional-socialistas, también se puso del lado de Hitler aquel sector del gran capital alemán que hasta entonces se había mostrado indeciso. Uno de los ejemplos más significativos es el del magnate del acero Krupp von Bohlen und Halbach, quien el 20 de Febrero de 1933 se reunió con Hitler, para transmitirle el agradecimiento de la gran industria por el programa nazi.

    La anunciada “eliminación del marxismo” resultó ser un violento desmantelamiento de todas las organizaciones obreras, con lo que quedaba suprimida la única posibilidad para la formación democrática de la voluntad del sector mayoritario del pueblo en el moderno Estado industrial alemán. De esta forma, mediante un golpe inesperado, el 2 de Mayo de 1933 quedaron desmantelados todos los sindicatos alemanes, cuyos cuadros, por lo demás, habían ofrecido escasa resistencia.

    Los nazis sustituyeron la organización sindical democrática de los trabajadores alemanes por el llamado Deutsche Arbeitsfront (“Frente Obrero Alemán”), organización vertical en la que quedaban obligatoriamente englobados todos los funcionarios, empresarios, técnicos y obreros alemanes, estructurados en 16 secciones profesionales (Metal, Textil, Alimentación, etc.). La jefatura del Deutsche Arbeitsfront se encontraba en manos del NSDAP, el partido nazi. Dado que esta organización monstruo (con unos 25 millones de afiliados), que teóricamente armonizaba todos los antagonismos ecónomicos y sociales, no quería ni era capaz de desarrollar una vida política propia, únicamente servía de instrumento para el control fascista del sector del trabajo, en el que los obreros -desprovistos de toda posibilidad de agrupación o coalición- se veían individualmente expuestos a la propaganda y el terror del régimen. A pesar de las diferencias de tipo organizativo entre el régimen nazi alemán y el sistema corporativo italiano, la finalidad última de la reorganización fascista de la vida económica era idéntica en ambos. Como señalara Herman Heller,

    “Mediante las corporaciones, se persigue que los obreros y empleados dependan económicamente del dictador, y, en consecuencia, sean políticamente sumisos”

    En Alemania, las cuestiones salariales y las condiciones laborales las decidía de forma autoritaria el “jefe” del grupo de empresa, quien, a su vez, estaba dirigido y dependía parcialmente de los “contratos colectivos”. El contrato de trabajo ya no era considerado como una compra-venta de trabajo, sino que se presentaba como una relación de fidelidad entre contratado y contratante.

    Es evidente que todos los nuevos organismos e instituciones económicos del fascismo no fueron más que medidas cosméticas para ocultar la antagónica estructura de base de la economía capitalista. Se trataba de medidas que, en definitiva, negaban todos los derechos a los trabajadores, cumpliendo así los tan ansiados derechos de los empresarios. La total inhabilitación política y económica del mundo obrero se llevó a cabo con energía y brutalidad. En cambio, con el capital, pese a algunas medidas iniciales de carácter nacionalizador, el fascismo se mostró bastante menos decidido.

    En Italia se introdujo en 1934 el sistema corporativo, en el que los patronos y los obreros de una misma rama laboral quedaban englobados en la misma organización, para ser dirigidos de forma centralizada. Por el contrario, los nacional-socialistas alemanes abandonaron poco después de la toma del poder sus primitivos ideales corporativos, limitándose a actuar en este terreno de manera puramente oportunista.

    La principal tarea a que se enfrentaba el nacional-socialismo era el restablecimiento de un sistema económico eficaz. En la política económica desarrollada a este efecto por los nazis desempeñó un papel importantísimo la monopolización obligatoria, para la cual el ministro de economía obtuvo plenos poderes mediante la ley de 15 de Julio de 1933. En plena contradicción con la antigua exigencia programática de un “estamento medio sano” (punto nº 16 del Programa del NSDAP de 1920), fueron precisamente las pequeñas y medianas empresas las que quedaron absorbidas automáticamente por los grandes cárteles, una vez comprobada su deficiente rentabilidad económica. Con ello se aceleró todavía más la tendencia de la fase monopolista del capitalismo hacia una creciente concentración de capital. Otras medidas favorecedoras de la concentración fueron la “arización” del capital judío y la posterior incorporación de las empresas ubicadas en los territorios conquistados por los ejércitos del III Reich. Así, pues, la economía estuvo inicialmente dirigida mediante cartelizaciones obligatorias y otra serie de reglamentaciones, pero no se alteraron un ápice las bases esenciales del sistema capitalista (propiedad privada de los medios de producción, trabajo asalariado, aliciente de la ganancia, etc.). Esta especie de convenio entre el gran capital y el fascismo se vió todavía más consolidado por el común interés en la expansión imperialista. A este fin, el nacional-socialismo, como señala Franz Neumann, hizo uso del

    “atrevimiento, los conocimientos y la agresividad de los magnates de la industria, a la vez que éstos sacaron provecho de la actitud anti-democrática, anti-liberal y anti-sindicalista de los nacional-socialistas.”

    Sin embargo, en esta fase posterior (1933-1936), ya no fue la totalidad del empresariado la que colaboró al pleno establecimiento del fascismo. Como afirma al respecto Otto Bauer,

    “Fueron los elementos belicistas de la clase capitalista, ante todo la industria de armamentos, así como la aristocracia terrateniente, emparentada con la alta oficialidad de los ejércitos, quienes lograron hacerse dueños de la situación.”

    Con el plan cuatrienal iniciado el 18 de Octubre de 1936, el fascismo alemán entró en la fase de inmediata preparación bélica. En 1933, el principal problema económico consistía en la limitada capacidad de absorción del mercado interior, dado que la capacidad de consumo de los alemanes, que dependía de sus ingresos, era menor que la capacidad de producción. Pero, a partir de 1933, las grandes empresas monopolistas consiguieron evitar este fenómeno de sobreproducción mediante una aprovechamiento sólo parcial del aparato de producción de bienes de consumo, gracias a la reglamentación fascista de la economía. Al mismo tiempo, se intensificó el mercado de bienes de producción. Sin embargo, la situación de crisis económica sólo pudo superarse realmente mediante la aplicación de todas las fuerzas productivas a la economía de armamentos. De esta forma, el rearme y la inmediata preparación bélica resultaron ser una necesidad económica derivada de la profunda crisis del capitalismo.

    3.5.- Partido y Estado: Algunas diferencias entre los modelos alemán e italiano

    El asentamiento del fascismo en Italia y en Alemania siguió vías paralelas, pero no idénticas. En Italia, debido acaso a que desde su unificación nacional nunca había existido una fuerte autoridad estatal, Mussolini no tenía en principio que temer ninguna oposición básica a la política fascista dentro de las burocracias estatales establecidas. Por lo demás, parecía necesario reforzar al Estado italiano, si quería lograrse la consolidación de Italia como nación industrial en el mercado mundial. Como afirmó Franz Neumann, si el fascismo italiano alabó al Estado de forma delirante fue porque éste había sido siempre débil en la historia de Italia.

    Desde 1922 Mussolini buscó conscientemente la facistización del Estado ya existente. Es decir, intentó la identificación entre al Partido Nacional Fascista y los aparatos del Estado italiano. De entrada, insertó al Gran Consejo del Fascio entre los órganos constitucionales del Estado y en 1928 confirió a este nuevo órgano la función de designar una lista única de 400 candidatos a la Cámara de los Diputados, que en 1939 sería transformada en Cámara de los Fascios y las Corporaciones. El Partido se transformó en persona jurídica de carácter constitucional, definida como “milicia civil voluntaria a las órdenes del Duce y al servicio del Estado fascista”. Las escuadras de combate son igualmente transformadas en milicias de Seguridad Nacional y, en general, todos y cada uno de los órganos del Partido van adquiriendo una posición estatal que produce una verdadera fusión entre Partido y Estado. Como afirmara el propio Mussolini, el Partido Fascista no conserva de tal más que el nombre, ya que forma parte de las fuerzas organizadas del Estado. Y añade que en un Estado Fascista ni siquiera el propio partido puede escapar a la inexorable necesidad de que todo se integre en el Estado.

    El caso alemán es, como ya se ha indicado, diferente. El nazismo se vio enfrentado desde el primer momento a un aparato estatal consolidado desde hacía varias décadas y que, aunque era claramente conservador en muchos aspectos, en otros estaba lejos de simpatizar con el nacional-socialismo. Por eso pronto se produjeron las primeras discusiones sobre competencias entre las viejas burocracias y las nuevas. La teoría del Estado Total de C. Schmitt y E. Forsthoff, influida por las visiones italianas sobre el tema, fue siendo poco a poco desplazada por la idea, también de C. Schmitt, de una distinción entre el Estado como elemento político estático y el Partido como elemento político dinámico. Sin embargo, esta vaga definición nunca llegó a precisarse. Ni siquiera en la ley de 1933, promulgada “para asegurar la unidad del Partido y el Estado”. En ella, el Partido es definido, como en Italia, como una corporación de derecho público, pero al mismo tiempo el Partido y las fuerzas de asalto (SA) eran sometidos a una jurisdicción autónoma con respecto a la estatal. En 1936, el puesto de Himmler como cabeza de las SS se amalgamó con el recién creado puesto gubernamental de jefe de la policía estatal, con lo que ésta vendría a depender directamente del Partido y del Führer. En 1938, tras la anexión de Austria, se autoriza a Himmler a tomar las medidas necesarias para la seguridad, “aunque se traspasen los límites legales establecidos”. La autoridad que se generaba era cada vez más arbitraria, incontrolada y legalmente ilimitada. El Führer y las SS pasaban por encima de las leyes por ellos mismos dictadas, de las autoridades civiles y militares y de la Admón Pública. Podría preguntarse el por qué de esa actuación, habida cuenta de que Hitler tenía a su disposición los instrumentos que le habrían permitido cambiar las leyes o disponer de las burocracias en la dirección que hubiese deseado. Lo que ocurre es que, aunque las leyes concretas no supusieran un obstáculo efectivo a su voluntad, el orden legal en su conjunto podía llegar a convertirse en un problema. En otras palabras, la persistencia de un sistema establecido de reglas, hábitos o instituciones puede llegar a constituir una barrera para la acción no restringida del líder, siquiera sea porque implica una demora en la actualización de su voluntad. Fue precisamente para dejar de lado el orden legal, destruyendo así cualquier principio de seguridad jurídica -además de otros principios liberales, como el de igualdad ante la ley-, por lo que los movimientos fascistas, en general, y concretamente el nacional-socialismo, recurrieron con tanta frecuencia a expresioens justificatorias como “el interés supremo del partido”, “la ley superior” o “los intereses incontestables de la nación”. De resultas de todo ello, el nacional-socialismo en el poder dio lugar a una completa inseguridad legal y a un absoluto confusionismo institucional, derivado de la fusión Estado-Partido. Tal situación fue la base para la técnica del poder decisionista del caudillo: en todos los casos su voluntad era ley. Así se estableció un dualismo en el Estado nazi, que no se da en el caso italiano, y que da origen a una realidad constitucional caracterizada por la convivencia de un Estado normativo y un Estado prerrogativo.

    Consecuentemente, puede decirse que Hitler logró una posición como árbitro supremo entre las distintas autoridades en conflicto (Estado, Partido, SS, Ejército, industria, etc.) mucho más poderosa que la de Mussolini. De hecho, a Hitler le gustaba subrayar la superioridad del Estado Líder (Führerstaat) sobre todos los demás, queriendo decir con ello el Líder, tras ser designado por aclamación, adquiría una clase de autoridad suprema que no podía ser desafiada por razones legales o de otra clase, bajo ninguna circunstancia. El problema de Mussolini, según Hitler, consistía en que no había podido erigir un Estado Líder en el que él ostentara una autoridad absoluta. Y, en efecto, esta parece ser una importante diferencia entre ambos regímenes, ya que los esfuerzos mussolinianos por eliminar a los distintos grupos de poder dentro de Estado, o dentro del Partido, no tuvieron demasiado éxito, viéndose por ello obligado a desempeñar una función de arbitraje en la que no era sólo su voluntad la que contaba.

    3.6.- El Totalitarismo

    Mussolini utilizó por primera vez en 1925 el término “totalitario” para referirse a la necesidad de acabar con los vestigios de oposición interna, dada la nostra feroce volontá totalitaria (es decir, “nuestra feroz voluntad totalitaria”). El vocablo procedía del teórico italiano del fascismo Giovanni Gentile, quien hablaba del fascismo como “una concepción total de la vida”, al tiempo que los liberales comenzaban a utilizarlo para designar las prácticas políticas dictatoriales. Poco después Mussolini empezó a referirse al Estado que estaba creándose en Italia bajo su gobierno como un Estado totalitario. En Alemania, donde el uso del término no tuvo mucho éxito debido a que Hitler no quería que se le recordara ninguna deuda ideológica que pudiera tener con los italianos, fue el escritor Ernest Jünger en 1930 el que primero lo usó con el significado de movilización total, esto es, de integración de toda la población en masas que actuan jerarquizadamente en busca de objetivos nacionales. Dicho de otro modo, usando el término en un sentido similar al descrito antes como disciplinamieno y política de movimientos de masas. Y también Carl Schmitt, el gran teórico del nacional-socialismo alemán, empleó el calificativo totalitario para referirse al Estado nazi.

    En todo caso, ¿qué entendemos modernamente por totalitarismo? ¿qué rasgos específicos debería tener un Estado para ser considerado como totalitario? Según la tesis de C.J. Friedrich de 1945, el totalitarismo es una forma nueva y única de dominio político que aparece en la Europa de entreguerras y que tiene características comunes a los tipos fascista y comunista (particularmente, el stalinismo) de régimen político. Cuatro son, según Friedrich, los rasgos típicos de los regímenes totalitarios:

  • La existencia de una ideología oficial, a la que se suponía que debía adherirse toda la población.

  • Un único partido de masas, dirigido por un solo hombre y organizado de forma jerárquica, que es superior a la burocracia estatal o está confundido con ella.

  • Monopolio de todas las armas de combate y de todos los medios de comunicación de masas en manos del partido o de burocracias subordinadas. En general, es visible una tendencia al monopolio de todas las organizaciones sociales, políticas e incluso económicas.

  • Un sistema de control polícíaco basado en el terror físico y psicológico.

  • Franz Neumann señala, por su parte, cinco características típicas de la dictadura totalitaria:

  • Transición desde un Estado basado en el autoridad del derecho a un Estado policial, en el que se invierte la presunción a favor del derecho del ciudadano y en contra del poder coercitivo del Estado. Como consecuencia, aparece la tendencia del Estado totalitario a inmiscuirse en la vida y la moral de los ciudadanos y a ejercer un control total sobre ellas en todos sus aspectos, incluidos los relativos a la vida privada.

  • Transición desde una situación de poder difuso entre distintos centros a una concentración del mismo en manos del partido o de una élite. Aunque pueden encontrarse diferencias de grado, esta tendencia es general en los totalitarismos.

  • Existencia de un partido monopolizador, que es un instrumento de control tanto del Estado como de la sociedad.

  • Transición de controles sociales pluralistas a totalitarios, lo que se consigue mediante una penetración de la sociedad por el Estado a través de las siguientes técnicas; a) El principio de liderazgo, que centraliza el poder en la cumbre; b) “Sincronización” de todas las organizaciones, puestas ahora al servicio del Estado; c) Creación de élites jerarquizadas, que ayudan al control de la sociedad y de las masas; d) Atomización y aislamiento de los individuos y destrucción o debilitamiento de las unidades sociales basadas en la tradición, la cooperación, el trabajo, etc.; e) Transformación de la cultura en propaganda política.

  • Confianza en el terror y en el uso de la violencia como amenaza permanente contra el individuo.

  • Como podrá comprobarse, esta clasificacion, algo más compleja que la anterior, recoge asimismo rasgos mencionados con anterioridad. Sin embargo, hay una excepción, de la que nos ocuparemos para terminar: la referencia al control de la vida y la moral privadas de esta clasificación. De hecho, la esfera de la moral privada está estrechamente ligada al orden legal y por tanto su destrucción conlleva que aquella se vea en mayor o menor medida intervenida. En Occidente, el propósito del orden legal es la protección de una esfera íntima-privada, en cuyo interior se protege la libertad del individuo. La anulación del Estado de derecho, o la de la idea de individuo y su sustitución por ideas como servicio, sacrificio o anulación de los propios intereses y deseos, tiene como consecuencia el abandono de la protección de la esfera privada y la “intervención” del Estado o el Partido en ella. Giovanni Gentile explicaba que nada hay privado en el régimen totalitario y que nada debe escapar a la acción estatal. El Estado debe “tragarse al individuo” y absorber en su autoridad la libertad de cualquiera que intente limitarlo. No se precisan ejemplos de lo que con ello se quiere decir. En último término, si el Estado o la élite dirigente o el máximo líder son los que deben decidir y deben hacerlo en forma “total”, nada hay de extraño en que ello englobe a esa esfera de la privacidad que tanto se preocupó el liberalismo de mantener indemne ante los eventuales excesos de poder del Estado.

    4.- El Régimen Autoritario: características principales del modelo tipológico de J.J. Linz

    Cuando el eminente sociólogo y politólogo norteamericano de origen español, Juan José Linz, reciente Premio Principe de Asturias de Ciencias Sociales, publicó su debatida tésis sobre la naturaleza "autoritaria" del régimen político franquista en su última etapa se inició una polémica teórico-metodológica que todavía hoy no se puede dar por resuelta. Los sistemas autoritarios -una categoría tipológica que ha logrado imponerse en la ciencia política contemporánea como un modelo intermedio entre el totalitarismo y la democracia- son definidos por Linz como sistemas políticos con pluralismo político limitado, no responsable, carentes de una ideología elaborada y directora, pero con mentalidades características, carentes de movilización política intensa y extensa, excepto en algunos momentos de su desarrollo, y en las que un líder, o a veces un pequeño grupo, ejerce el poder dentro de límites formalmente mal definidos, pero en realidad predecibles.

    La tesis de Linz ha sido muy debatida y, en general, sólo ha sido aceptada por aquellos autores que, como Fraga Iribarne, unen a sus conocidas dimensiones ideológicas conservadoras, un cierto protagonismo político personal durante los años de la Dictadura, como ministro de diversos gobiernos de Franco. Raúl Morodo, por ejemplo, ha señalado al respecto que

    "Es significativo, como ejemplo de evolución, que Fraga en los años cincuenta ironize sobre el `Estado de Derecho' y, en los comienzos de los setenta, con Linz, asuma la posición doctrinal de la distinción autoritarismo vs. totalitarismo. Aunque, como he dicho anteriormente, en esta distinción teórica hay una pretensión capciosa de legitimación (el Estado franquista se viene a decir que no es un Estado totalitario, sino un régimen autoritario-paternalista, perfectible por medio de una evolución gradual reformista, desde dentro", pero él mismo subraya que "también es cierto que implicaba objetivamente un cambio político dentro del totalitarismo radical" de tal manera que "el Estado totalitario radical, de sus comienzos, se fue transformando en un Estado totalitario flexible."

    Es evidente que cabe destacar diversas fases en la evolución política del régimen franquista, lo que Linz no hace. Así, cabría hablar de una primera etapa que va desde 1936 a 1945, en la cual el régimen adopta una forma totalitario-fascista, aún cuando mantenga una estructura atípica (militares en el poder, aglutinamiento político de fuerzas no fascistas, como los tradicionalistas o los monárquicos, etc.). Es probablemente ese carácter atípico lo que permite analizarlo como una forma de bonapartismo y, de igual forma, dicho carácter hizo considerablemente más fácil al propio régimen su posterior evolución hacia formas autoritarias. Porque, en efecto, a partir de la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, en los años cincuenta se observan toda una serie de tendencias dirigidas a una transformación de las estructuras de poder y de los canales sociales de presión, lo que finalmente se traducirá en un régimen político más autoritario que totalitario. Y, en este sentido, sí que cabría adscribirle las características atribuidas por Linz a este tipo de regímenes políticos. Que serían las siguientes:

  • Pluralismo limitado. Este es quizás uno de los puntos más polémicos del análisis de Linz. Según él, la diferencia entre el pluralismo limitado autoritario y el pluralismo democrático es que el segundo es, en principio, casi ilimitado; no es sólo tolerado, sino legítimo y la participación en él a través de partidos políticos institucionalizados da opción a entrar en el juego de la competencia por el poder. En los regímenes autoritarios, no obstante existir un cierto pluralismo de tendencias, éstas nunca llegan a ser ni tan “plurales” ni tan importantes como en la democracia, pero al menos existen, cosa que resulta impensable en el fascismo totalitario. El problema reside en calificar a este hecho de pluralismo político, dado que la existencia misma de tendencias internas en el seno del gobierno o de los aparatos del Estado pasan por la previa autorización del líder, lo que, a su vez, depende de la confianza que éste tenga en esos grupos. Esto es, que depende, entre otras cosas, del grado en que esos grupos hayan sido capaces de demostrar su asentimiento al régimen, es decir, su aceptación del líder, su aceptación de la exclusión de otros grupos y tendencias políticas, y, en definitiva, de su reconocimiento del régimen autoritario como tal. Con tan estrecho margen de posibilidades de disensión, hablar de pluralismo para referirse a la existencia de distintos grupos en el gobierno o el Estado, parece exagerado. En todo caso, y llámesele como se le llame, indudablemente este hecho apunta a importantes diferencias con el fascismo y los regímenes políticos totalitarios.

  • Ausencia de una ideología oficial fuerte y consistente: Parece, en efecto, que uno de los rasgos típicos de los regímenes autoritarios sería el que la ideología oficial es más bien ambigua y débilmente formulada. Esto no quiere decir que no trate de imponerse una visión del mundo sobre otras, sino más bien que la visión de mundo dominante no tiene mucha coherencia interna y acaso no la necesite, dado que tiende a apoyarse en una “mentalidad” autoritaria de la población, entendida como un modo de pensamiento más emocional que racional, que provee de códigos de conducta más flexibles que los del fascismo y el totalitarismo.

  • Apatía: Mientras que la movilización total y el disciplinamiento son caracteres básicos del fascismo, en los regímenes autoritarios el súbdito corriente proporciona poco apoyo entusiasta en manifestaciones, referenda, etc.; lo que el régimen espera de él es una aceptación pasiva y apática de las reglas de juego autoritarias y que se abstenga de actividades antigubernamentales. En otros términos, se espera que los súbditos pierdan interés por los asuntos públicos, no intervengan en política o lo hagan lo menos posible, y, en general, se despoliticen una vez que el régimen esté asentado. En este punto, sin embargo, los movimientos populistas y autoritarios (como es el caso del peronismo, por ejemplo) son un poco una excepción, dado que, aún sin alcanzar la intensidad del modelo totalitario, se esfuerzan por lograr un cierto grado de movilización.

  • El partido autoritario: En contraste de nuevo con fascismo y totalitarismo, el partido autoritario no es en el autoritarismo una entidad ideológica bien organizada que monopolice el acceso al poder. De hecho, una parte importante de la élite autoritaria no tiene relación directa con el partido y no se identifica con él. Por otro lado, la indoctrinación ideológica que realiza es con frecuencia mínima y la conformidad y lealtad que hacia él se exigen son muy limitadas. Posiblemente este hecho tiene una relación estrecha con la ausencia de una ideología fuerte y con el hecho de que en muchos casos (y el de la España de Franco es paradigmático en este sentido), el propio partido -el llamado Movimiento Nacional- es una amalgama no siempre consistente de corrientes ideológicas distintas (Falange, Tradicionalistas, Monárquicos, Propagandistas de Acción Católica, Opus Dei, etc.,).

  • Formas de control social: Tanto los fascismos como los autoritarismos tienden a ejercer un control absoluto de los medios de comunicación social y los instrumentos de propaganda. Sin embargo, el control social y político en su conjunto es menos extenso y profundo en el caso del autoritarismo. Ello se relaciona con la ya mencionada existencia de varias corrientes y tendencias en el seno del poder. En todo caso, puede observarse que mientras que en la fase inicial de un régimen totalitario aumentan los mecanismos de control social, en el caso del régimen autoritario, la creación de una nueva legalidad, aunque no elimine la represión contra los enemigos del sistema, sí comporta cierta sujeción a reglas y procedimientos que mitigan la dureza y la arbitrariedad del control totalitario.

  • La élite autoritaria y la legitimidad: La existencia de una élite autoritaria menos homogénea, menos dominada por el partido y más “plural” en su composición, hace que las formas de legitimidad a las que apela el régimen autoritario sean también menos monolíticas que en los fascismos y totalitarismos. Casi inevitablemente en el régimen autoritario coexisten fórmulas diversas de legitimidad. Así, en el caso del último franquismo, la monarquía tradicional que deseaban los carlistas, cierto tipo de corporativismo católico, la restauración de la monarquía anterior a 1931, la perspectiva política más totalitaria y fascista de Falange, coexistían, más o menos pacíficamente, con la apelación al desarrollo económico y a la paz social, por parte de todos ellos.

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    Como ha señalado al respecto Rafael del Äguila,

    “Si Mussolini afirmaba representar la antítesis del mundo de `los principios de 1789', José Antonio Primo de Rivera consideraba a Rousseau responsable de la degeneración y relativización burguesa de la política, uno de los hermanos Strasser aseguraba que la intención de su movimiento era `destruir la ideología inmoral de la Revolución Francesa', y Goebbels prometía y/o amenazaba con que `el año 1789 desaparecería de la historia'.” (DEL ÁGUILA, R., “Los fascismos” en VALLESPÍN, F. (ed.), Historia de la Teoría Política, Vol. 5, Alianza, Madrid, 1993, P. 194).

    Recientemente ha recordado Hirschmann, basándose en las investigaciones de Jacob Viner (The Role of Providence in the social order, American Philosophical Society, 1972), que la metáfora de la “mano invisible” de Adam Smith es un mero camuflaje secularizado de la Divina Providencia. (Cfr. HIRSCHMANN, A.O., Retóricas de la intransigencia, FCE, México, 1991, p. 26).

    Cfr. KÜLHN, R., Liberalismo y fascismo, Fontanella, Bercelona, 1978.

    POULANTZAS, N., Fascismo y dictadura, Siglo XXI, México, 1972.

    Sobre las importantes aportaciones psico-sociológicas de estos autores, vid. el excelente estudio de JAY, M, La imaginación dialéctica. Una historia de la Escuela de Frankfurt, Taurus, Madrid, 1974, Pp, 151 y ss.

    Cfr. NOLTE, E., La crisis del sistema liberal y los movimientos fascistas, Península, Barcelona, 1973.

    Cit.por SCHAPIRO, L., El Totaltarismo, FCE, México, 1981.

    Cit.por DEL AGUILA, R., Ideología y fascismo, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1982.

    “Todo para el jefe” será en la España republicana la consigna, típicamente falangista, que la propia CEDA de Gil Robles adoptará en las elecciones de 1934, y que el republicanismo político de muchos españoles antifascistas difundirá irónicamente como grafittis, acompañados de un flecha señalizadora, en las paredes de los wáteres públicos...

    Cfr. ARENDT, H., Los orígenes del totalitarismo, Taurus, Madrid, 1971.

    SCHMITT, C., El concepto de la política, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1975. Sobre este importante autor, vid. GÓMEZ ORFANEL, G., “Carl Schmitt y el decisionismo político” en VALLESPÍN, F. (ed.), Historia de la Teoría Política, Vol. 5, Alianza, Madrid, 1993, Pp. 243-272.

    La utilización de metáforas de tipo médico, como “la parte podrida que hay que cortar”, “el cáncer que corroe a nuestra sociedad”, etc., son típicamente fascistas, aunque a menudo fueran también utilizadas por el pensamiento conservador de inspiración religiosa, ya que originariamente proceden de la Biblia.

    Cit.por BRACHER, K.D., La Dictadura alemana, Alianza, 2 vols., Madrid, 1973.

    HELLER, H., Rechtstaat oder Diktatur, Tübingen, 1930, p. 22.

    “Si se presentaban problemas en torno a los salarios, como los hubo efectivamente en ciertos sectores de la construcción, lo primero que se hacía era llamar a la Gestapo. `La razón principal de la estabilidad de nuestra moneda -dijo Hitler al banquero Hjalmar Schacht- es el campo de concentración´ ” (BULLOCK, A., Hitler y Stalin. Vidas paralelas, Círculo de Lectores, Barcelona, 1994, vol. I, Pp. 734-736).

    NEUMANN, F., Behemoth. The Structure and Practice of National Socialism, London, 1942, p. 295.

    BAUER, O., en ANBENDROTH. W. (ed.), Kapitalismus und Faschismus, Frankfurt, 1967, p. 162.

    Cfr. SCHAPIRO, L., El Totalitarismo, FCE, México, 1981.

    NEUMANN, F., El Estado democrático y el Estado totalitario, Paidós, Buenos Aires, 1968.

    La benevolente diferenciación de Linz aparece en 1964 en LINZ, J.J., “An Authoritarian Regime: Spain” en ALLARDT, E. y LITTUNEN, Y. (eds.), Cleavages, Ideologies and Party Systems: Contributions to Comparative Political Sociology, Transactions of the Westermack Society, Helsinki, 1964. Su primera versión castellana es LINZ, J.J., “Una teoría del régimen autoritario: el caso de España” en FRAGA IRIBARNE et alii, La España de los años 70, Tomo 1, Vol. III, Instituto de Moneda y Crédito, Madrid, 1974.

    MORODO, R., La transición política, Tecnos. Madrid, 1984.

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