Tonatio Castilán o un tal dios Sol; Denzil Romero

Literatura hispanoamericana contemporánea. Novela y narrativa venezolana. Mitología azteca. Pedro de Alvarado. Temática amorosa

  • Enviado por: Nini
  • Idioma: castellano
  • País: Venezuela Venezuela
  • 7 páginas
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PEDRO DE ALVARADO, TONATIUH O EL “HIJO DEL SOL”.

El título “Tonatio Castilán o un tal Dios Sol” llama la atención y pide, por no decir exige, una investigación, aunque sea somera, acerca del significado de la palabra Tonatio, que sería una castellanización del vocablo náhuatl Tonatiuh que significa “El sol”, similar a “Toantiuh” que en la mitología azteca era la deidad de las tempestades, el que protegía a los navegantes y era el Sol personificado, al que se rendía culto diariamente al aparecer en el cielo. En el capítulo 6 se descubre cómo y por qué se le da este nombre a Pedro de Alvarado, y todo porque la bailarina Gota de Rocío pidió una noche de amor con Tonatio, quien resultó ser el Pedrillo. Pero,

Pedro de Alvarado,... así llamado Tonatio, “Hijo del Dios Sol” por los mayas-quichés y por los aztecas y los tlaxcaltecas, por los lacandones y los nicaraos, dado su arrojo y valentía; sus rubias trenzas, su rubia barba, barba que colgaba rubia de la quijada áurea, como hecha de oro (valdría decir) cual corona ornante de una cabeza regia, áurea también; sus ojos oceánicamente azules y esa prestancia de príncipe, a pie o encabalgado” (p. 11-12),

era sólo un mortal con prestancia de dios, e ímpetu también. Así, el comienzo de la historia es de un hombre que se sabe a punto de morir, aplastado por una avalancha. Y en ese minuto antes de morir, su vida entera se revela para que el lector conozca su peripecia y sienta por él piedad, amor, desaprobación, rabia, lo que sea, porque Pedro, a pesar de sus ínfulas de macho universal, gran falo y centro del mundo, se sabía sólo un hombre, con más defectos que virtudes y, eso sí, una gran potencia sexual.

En algunos momentos se presenta a un hombre capaz de amar verdaderamente. Puede resultar enternecedor que su último pensamiento sea para su primera esposa: “Cuánto mejor habría sido, Señor, que la hora funesta le hubiese llegado siendo el esposo de doña Luisa y no el de la ambiciosa doña Beatriz, pensó” (p. 11), especialmente al descubrir con la lectura, que doña Luisa era una princesa tlaxcalteca, hija de Xicoténcatl, llamada Tecuiloatzin, ofrecida por su padre a Cortés como prueba de una verdadera alianza, y cedida por éste a Pedro, su lugarteniente. La descripción de doña Luisa, indica el gran respeto que llegó a sentir por ella el Tonatio: “con la misma decisión y la misma valentía, doña Luisa” (p. 105), a parte de estar ésta tan bien dotada para el amor como él: “no sólo su imponderable belleza física y esas destrezas en el tálamo hacen de doña Luisa una esposa admirable a los ojos encendidos del Tonatio” (p. 100)

Pedro era el segundo de Cortés, su “más destacado capitán” (p. 11), y su actuación en la Conquista de México ha sido recogida por los anales de la historia como una de las más cruentas. El mismo narrador cuenta:

“Para nada recuerda doña Luisa los denuestos y diatribas de la frailada; las inacabables denuncias del Padre Las Casas,... la desintegración de tribus completas a cañonazos limpios; la matanza de Nahualá, la de Ixtahuacán, la de Zunil, la de Chuarrancho. Para nada, las torturas que se complacía él mismo en aplicar a sus prisioneros, una de las cuales aún hoy es llamada la tortura de Alvarado (p. 196).

Y es precisamente porque en él se conjuga ternura y violencia, que se presenta un hombre cada vez más mortal, más humano y más real. ¡Qué lejos está el Tonatio de ser un dios! cuando él mismo llega a preguntarse el porqué de tanta sangre derramada, cuando para él el fin último de la vida era hacer el amor: “Esa paradoja del querer-que-mata no la alcanza a comprender Pedro de Alvarado” (p. 185), y más adelante: “Si pudiera darse una conquista pacífica, sin muerte ni exterminio. Si pudiera darse una conquista sin guerra y sólo a través de la copulación” (p. 185) Y se descubre un Pedro de Alvarado soñador de utopías y más aún, un Pedrillo capaz de admirar las bellezas culturales, y no sólo las beldades indígenas, con el mismo asombro, del que habla Alejo Carpentier, que dio origen a lo Real Maravilloso Americano, donde lo insólito es común y donde lo insólito es maravilloso:

“Sabe que está pisando un territorio sagrado. De aquí partieron los primeros mayas cuando decidieron alojarse en la planicie, no sin dejar ciudades de asombro como las llamadas ruinas de Zaculeo que, con ánimo de arqueólogo experimentado, revisa minuciosamente” (p. 188),

y, más adelante: “Bien valía haber afrontado a los mexicas o aztecas de Soconusco, haberse fracturado una pierna, haberse quedado cojo de por vida, para ver estas maravillas, se dicen enternecidos los esposos” (p. 188). Pero, especialmente, éste es un personaje capaz de granjearse la antipatía de varios de sus contemporáneos y congéneres, especialmente en cuanto a religión y a política se refiere: “¿Mal gobernador porque traté de ayudar la labor evangelizadora, procurando la consolidación del monoteísmo y proponiendo la identidad del Sol con el Dios cristiano?” (p. 193) Y lo más importante, en determinado momento Pedro de Alvarado se dio cuenta de “que él no será un conquistador como Cortés, destructor de Tenochtitlán. (...) quiere ser (...) un conquistador distinto” (pág. 190), quería pasar a la historia de otra manera, pero al igual que Cortés se sabía parte de la historia, y quizá algunas de sus acciones fueron pensadas para pasar a la misma:

“Por doquier fomentó la siembra y el cultivo extensivo del maíz, los frijoles y las calabazas, alimentos básicos de la población. Hizo traer semillas de Europa para aprovechar <el aparejo que en esta tierra hay de todo género de agricultura>. De la isla Española, Cuba, Jamaica y Puerto rico, inició la importación de yeguas y padrotes para fomentar la cría caballar. Inició, igual, la cría vacuna y la ovina y la porcina. Organizó la explotación de las minas e hizo explorar no pocas nuevas, de las cuales halló muchas y buenas de plata y oro fino y otras de zinc y cobre y plomo. Abrió caminos de recuas hasta las regiones más apartadas del territorio y creó medidas de vigilancia y policía para que los lugareños los mantuviesen aplanados por azadones, desmontados y libres de charcas y sartenejas...

(...)

También trajo la imprenta - recuerda - y fundó las escuelas de primera enseñanza, sin que sea suya la culpa de la reticencia de los indios por aprender a leer y a escribir en lengua de Castilla. Hizo acuñar monedas para eliminar el trueque y el acostumbrado tráfico de los granos de sal como instrumento de cambio. (...)” (págs. 194 - 195)

Toda la historia nos es narrada por una voz, un contador de historias, que asume una posición a veces omnisciente, conocedor de cada detalle de la vida de Pedro de Alvarado, de Cortés, de Moctezuma y de cada personaje que interviene en el relato: “Sólo dos sucesos ocurridos en esas primeras semanas, diríase que perturbaron la paz virgiliana, bucólica y paradisíaca, dentro de la cual Cortés meditaba sobre sus inminentes funciones de gran gobernante en trance de asumir el poder, (...)” (pág. 138); otras veces toma una posición aún más alejada y seria, como si fuese un cronista destinado únicamente a contar los hechos cronológicamente: “Finalmente, el 1° de noviembre de 1519, Cortés y los suyos salen de Cholalan.” (pág. 122), y pareciera, por el estilo, ser tan barroco como Góngora usando neologismos como su “ardearder”, su “folgafolgar” (pág. 13) o su “cachicorneteó” (pág. 14); jugando con las palabras y las ironías cual Quevedo: “(...) ¡Vaya gusto el del cojo! (...)” (pág. 14); usando arcaísmos que eran típicos de la época como en “(...) dijo della (...)” o en “Cuéntase que ...” (pág. 14); y/o creando constelaciones de atributos cual Sor Juana Inés de la Cruz: “(...) Y Alvarado, por el contrario, una lindura de hombre. Rubio. Alto. Fornido. Que lo digan, mejor, las indias de Aguas Calientes, las de Totonicapán, las de Chiquimula. Que lo digan (...)” (pág. 15) Y entonces exagera, da una larguísima enumeración y juega con las adiciones, con oraciones largas y enrevesadas, propias de la época y del estilo en el que fue narrado el Quijote : “(...) ¿Qué, María de Mendoza, hija mayor de los condes de Rivadavia y esposa del secretario del emperador, Francisco de los Cobos, quien no sólo hízole de Madre Celestina con cuantas jóvenes y menos jóvenes damas de palacio se le propiciaron cuando viajó a España para arreglar sus problemas con la Corte, lograr su ratificación como Gobernador y más tarde su nombramiento como Capitán General (inmediato al rey) de Guatemala y sus provincias, amén de adular su encumbramiento como Comendador del hábito de Santiago, Comendador de veras y no de pura nombradía,...” (págs. 16 - 17)

Otras veces abandona su distanciamiento y entra en la historia para opinar e introducir elementos que nos indican que su relato no está basado en su carácter de testigo, si no que él es un investigador, un recopilador, y en varias oportunidades, por obra de la intertextualidad, agrega párrafos enteros de esos cronistas que le sirvieron para su documentación: “ (...) Según la descripción de Cervantes de Salazar o de López de Gómara (no acierto con precisión, pues cito de memoria y sobre la base de una lectura hecha años atrás), (...)” (pág. 19) Además estas pistas, estos “guiños” del narrador, nos indican que no pertenece al tiempo de los personajes ni al de aquellos antiguos cronistas, si no al siglo XX: “(...) Y María Zambrano, la filósofo-poeta española, Premio <Príncipe de Asturias>, Premio <Cervantes>,...” (pág. 14) E incluso, deja él de contar la historia, ya sea en tercera o en primera persona y presta su voz a los personajes, como lo hace en el capítulo 10 en el que habla Moctezuma: “ (...) En serio me creí lo de que usted podía ser Quetzalcóatl. Por eso le recibí con tantos agasajos y no con la guerra que debí declararle desde el primer momento...” (pág. 129) Le da la posibilidad al lector de conocer otro punto de vista, la historia de los caídos desde su mente, desde su dolor, o desde su frustración. Dos elementos más usa este narrador para mantenernos atentos a sus juegos, a sus pistas, a sus guiñadas de ojo; uno es el uso del recitativo, que lo convierte en juglar, en cuenta cuentos, que nos mete en la historia brevemente: “(...) Pero..., tal como le gustaba advertir al viejo Macedonio Fernández: <no sea tan ligero, mi lector, que no alcanzo con mi escritura adonde está Ud. leyendo>.” (pág. 54); el otro es ese humor que nos hace carcajearnos cuando estamos solos o acompañados, y entonces somos tildados de locos: “(...) de orquídeo, de María Bonita, de María la O, de Juanga, de Juan Gabriel, de coliflor, de lilo, de charro con sartén o con delantal, (...) por el no me lo niegues, por el mande usted o las mil otras maneras que tienen los mexicas de llamar al maricón.” (págs. 139 - 140)

Para finalizar quisiera comentar que esta historia comienza con la muerte y termina con la muerte. Ni el amor puede salvarnos de esa fría señora, que nos atrapa inesperadamente. Pedro encuentra la muerte al inicio de la novela, mientras cabalga y por obra de una avalancha. Como ya indiqué su último pensamiento va a doña Luisa, preferible a doña Beatriz, su esposa para ese momento. Doña Luisa al final de la novela, muere de melancolía o de fiebres intermitentes, quizás por las constantes noticias de “(...) cualquier fechoría sexual (...)” (pág. 198) que se le atribuía al Tonatio, o quizás por una enfermedad de tantas que pulularon en la época. Ella muere antes en el tiempo, después en la estructura narrativa. La muerte de él desencadena la historia del hombre enamorador, el don Pedro Adelantado-Gobernador que es recibido como un dios, como el Tonatio, o Hijo del Sol, y que fija su vista sobre una pastorcita quiché que ya no le deja saber, oír ni ver otra cosa... Entonces se nos olvida que la primera secuencia ha sido su inminente muerte, el accidente entre las rocas y la montaña... Al lector le corresponde ordenar los hechos.

Bibliografía

Directa:

Medina, J. (1980). Ochenta años de literatura venezolana. (Colección Estudios). Caracas: Monte Ávila.

Menton, S. (1993). La nueva novela histórica de la América Latina 1979-1992. México: Fondo de Cultura Económica.

ROMERO, Denzil. Tonatio Castilán o un tal Dios SOL. Monte Avila Editores Latinoamericana. Colec. Continentes. Caracas, 1993.

Indirecta:

LEÓN - PORTILLA, Miguel. Literaturas de Mesoamérica. Secretaría de Educación Pública. México, D. F. , 1984.

LLEBOT CAZALIS, Amaya. Literatura Hispanoamericana y Venezolana. Ediciones Dolvia. Caracas, 1991.

VARIOS. Diccionario de la Mitología Mundial. EDAF. Madrid, 1984.

UPEL

PRIMER SEMESTRE. COHORTE 97 - 1

CÁTEDRA CULTURA LATINOAMERICANA

PROFESOR DENZIL ROMERO

CARACAS, JULIO 1997

ANÁLISIS Y SÍNTESIS DE LA NOVELA “TONATIO CASTILÁN O UN TAL DIOS SOL” DE DENZIL ROMERO

POR: HERMINIA GUTIÉRREZ GARCÍA