Tendencias laborales en España

Política laboral. Actividad laboral. Inmigración. Sindicatos. Integración de los minusválidos. Sector servicios. Desigualdades económicas

  • Enviado por: Antonio Orantos
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 96 páginas
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ESQUEMA

Título: Tendencias Laborales En España.

INTRODUCCIÓN.

Los grandes cambios sociales, económicos, culturales e ideológicos que tuvieron lugar a partir del derrumbe de las sociedades agrarias tradicionales, bajo el impacto de la Revolución Francesa y Revolución Industrial, abrieron paso a una nueva época histórica en cuya estela de influencias aún nos encontramos. El cielo que se abrió entonces puede caracterizar se como uno de los períodos mejor estudiados y analizados en toda la evolución de la humanidad.

La labor desarrollada por una considerable pléyade de analistas en diferentes ciencias sociales nos permite resaltar dos grandes rasgos en este ciclo de transición social. En primer lugar, la intensificación de todos los procesos de cambio, de forma que en pocos años tuvieron lugar un gran número de transformaciones sociales y económicas como nunca se habían conocido antes. En segundo lugar, los cambios fueron precedidos y acompañados por la difusión de un decidido gitimismo y fe en las posibilidades del progreso y avance social.

El Ilusionismo, el espíritu ilustrado y las nuevas ideologías y concepciones impulsoras del cambio económico y social influyeron decisivamente en la formación de un cuerpo de actitudes y valoraciones indebidas de un claro optimismo histórico. A partir de entonces, varias generaciones de seres humanos han contemplado el futuro como una perspectiva abierta a mejoras contínuas en lo que se refiere a oportunidades de trabajo, de nivel de vida, reconocimiento de derechos, etc.

El horizonte histórico de nuestra época, el liberalismo, primero, y el socialismo y comunismo, después, desempeñaron un papel fundamental de cara a alimentar durante bastantes años las esperanzas de un futuro mejor, en un marco general de importantes transformaciones en los sistemas sociales.

Las perspectivas de optimismo sobre el futuro, que se han mantenido prácticamente a lo largo de los dos últimos siglos, han formado parte de una trayectoria valorativa y el pensamiento que enfatizaba la idea de un destino superior que era posible alcanzar al final de un proceso por el que se transitaría temporalmente.

Aunque si bien es cierto que en determinados momentos históricos han tenido lugar inflexiones significativas en esta tendencia, por ejemplo, en la coyuntura de influencias marcadas por la Gran Depresión, en los años fronterizos a la 2ª Guerra Mundial en los que las condiciones y barbaries, después, supusieron un duro aldabonazo en la conciencia social de millones de seres humanos. Pero en estas cosas se trató más bien de breves paréntesis o inflexiones en una perspectiva actitudinal y valorativa de más largo alcance, que tenía lugar en sociedades con una enorme capacidad de dinamismo y cambio social.

Sin embargo, en nuestros días, la etapa de transformaciones tecnológicas, económicas y políticas en que nos encontramos no parece que esté siendo acompañada por una intensificación de las expectativas de mejora en el futuro. Por primera vez en mucho tiempo, la mayoría de los ciudadanos contemplan el futuro con un tono de preocupaciones que altera una acentuada tendencia de confianza en el progreso ininterrumpido.

A pesar de que la mayoría de las encuestas realizadas en los últimos años han venido reflejando unas valoraciones positivas generales sobre las posibilidades de las nuevas tecnologías, lo cierto es que las investigaciones más recientes permiten comprobar que, cuando se intenta profundizar y concretar en estas nuevas perspectivas, afloran serias preocupaciones e incertidumbres, no tanto sobre las posibilidades científico, tecnológicas en sí como sobre algunos de sus impactos y consecuencias sociales.

Algunas de las percepciones e interpretaciones negativas sobre el futuro implican un contraste con los enormes posibilidades que encierra el nuevo ciclo de innovaciones científico-tecnológicas en lo que se refiere a impactos en el terreno de la salud y la calidad de vida, la comodidad en el trabajo, el uso de nuevas fuentes de energía, las perspectivas de creación de riqueza, etc. Sin embargo, los datos nos sugieren que nos encontramos ante una inglexión significativa en las valoraciones colectivas sobre los procesos de cambio.

Esta inflexión valorativa puede tener consecuencias y efectos muy importantes en todos los procesos sociales, e incluso puede modificar algunas interpretaciones colectivas sobre el propio papel de la ciencia y la innovación tecnológica. De ahí la necesidad de profundizar en el estudio de sus causas, su posible evolución y sus eventuales efectos.

Sin embargo las nuevas perspectivas valorativas acerca del futuro está dando lugar a reacciones peculiares en determinados círculos sociológicos que, tenemos de los efectos de algunas reacciones populares de eventual rechazo a la dinámica científico-técnica, en ocasiones se niegan a reconocer el problema y a indagar sobre sus causas y perspectivas de evolución.

El análisis sociológico no puede limitarse a considerar esta cuestión analizando únicamente la eventual carencia de fundamentación objetiva en algunos temores y suspicacias o realizando una nueva interpretación superficial sobre ciertas series de estadísticas e indicadores macroeconómicos. No se puede hacer, porque desde hace bastante tiempo se sabe que las definiciones subjetivas de las actores sociales fueron parte de la propia situación objetiva.

Esto es, las propias percepciones subjetivas sobre las situaciones se acaban convirtiendo en elementos que influyen en la conformación y evolución objetiva de la realidad social. Debido a esto no puede desconocerse que la difución puede influir en diversas iniciativas sociales y comportamientos personales, que pueden acabar condicionando la propia dinámica práctica de la evolución social en la senda apuntada por los augurios pesimistas.

Según investigaciones sociológicas, los más pesimistas son los que se identifican como clase obrera y trabajadora, los que han causado menos estudios, los que no tienen ideas religiosas, así como los parados y los que tienen orientaciones políticas de izquierdas. Y por el contrario los más optimistas son los pertenecientes a las clases altas y media-alta, los empresarios y con esto podemos concluir la introducción, hay que decir que dentro del grupo de personas que ven el futuro con cierto pesimismo, este va aparecer en determinadaos problemas siendo los más importantes:

El paro.

Las guerras.

La escasez de alimentos.

El medio ambiente.

El incremento social, sobre todo de los jóvenes, en el mundo de las drogas.

DESARROLLO DEL TEMA.

Enfoque sobre los desequibrios existentes del poder primario y secundario.

Las crisis económicas se definen por la circunstancia de que producen paro y subempleo como fenómenos masivos. Los gobiernos y sindicatos de todos los países capitalistas desarrollados coinciden en considerar que la superación de ese fenómeno de desempleo de masas ha de constituir un objetivo preferente de la política estatal.

Esto posición de primera fila de pleno empleo como una meta política es tanto más marcada, por la parte de los gobiernos, cuanto más se trata de gobiernos de “estados de bienestar”, es decir, cuanto más se encuentran sujetos a una obligación legal de pasar a los grupos de población afectados por el paro algún tipo de prestaciones sustitutorias, como por ejemplo el subsidio de paro, y garantizar la capacidad de respuesta de los presupuestos del sistema de seguridad social.

Un motivo adicional, que actúa de modo directo sobre la política estatal, es el que representa el dato de que el desempleo y las pérdidas que comparta de parte de las empresas producidas por la actitud económica de la población repercuten directamente en el capítulo de empresas de los presupuestos públicos, afectando así al estado en su condición de “Estado Fiscal”. El interes de los sindicatos por el pleno empleo resulta de su condición de con aligaciones de ofertantes de trabajo. En esta condición persiguen por principio tres grandes categorías de intereses: El interés por el mantenimiento y aumento de los ingresos derivados del trabajo en términos reales, el interés en unas condiciones de trabajo favorables, y el interés en un elevado índice de empleo. Estas coaligaciones sólo en medida muy limitada disponen de medios estadísticos con los que poder fomentar el objetivo de un aumento del empleo, esto es así siempre que se tenga presente la compatibilidad de los medios con el mantenimiento de la propia organización sindical.

Al objetivo político que constituye el pleno empleo, sin ambargo, no corresponde ningún medio para alcanzar ese objetivo que resulte consensuado política y teóricamente desde todos los puntos de vista y que a la vez resulte en la práctica aplicable. Aun en el supuesto de que se llegara a un acuerdo sobre el punto de partida de que la regeneración del pleno empleo no será posible sin crecimiento conómico y éste no sin el aumento de la inclinación inversora de los empresarios, a la hora de seguir con la aplicación de este enfoque teórico se producen dos complicaciones importantes:

a). Aunque se lograra fortalecer la intención inversora de los empresarios, el efecto ocupacional de ahí resultante podría ser bien insignificante, ya que, a causa de los inversores en racionalización, en muchos casos la repercusión sería negativa.

b). Aunque se consiguiera producir un efecto ocupacional positivo, continuaría siendo incierto si efecto alcanzaría también a los llamados “grupos problemáticos del mercado de trabajo”.

En las economías capitalistas desarrolladas de Europa Occidental y Norteamérica nos enfrentamos en la actualidad no sólo con un desempleo elevado, sino también marcadamente estructurado, es decir, que afecta a grupos diversos en una medida altamente diferenciada. A la vista de esto se plantea el problema de la política de mercado no sólo con el de incremente global de la demanda de fuerza de trabajo, sino que además con el problema de una distribución equilibrada y adecuada de esa demanda entre las categorías de la población activa que se ven afectadas, de manera sumamente distinta, por las crisis del mercado de trabajo. En este segundo problema de la desigual distribución, en cuanto a grupos, de los riesgos del mercado de trabajo a cuya clarificación nos queremos dedicar en el plano teórico a lo que sigue.

El problema necesitado de una explicación resulta de la contemplación conjunta de 3 supuestos de hecho:

1º. Nos encontramos con una “conglomeración” característica a la distribución social de las crisis del mercado de trabajo.

2º. Se perfila el hecho de que estas características no sólo se encuentran entre sí en una situación de estrecha dependencia recíproca, sino que además lo están en relación a otros atributos sociales que no son adquiridos en el mismo en que lo son la educación, la rente, etc; sino que vienen asignados socialmente y conectan con cualidades que en la práctica no se pueda modificar individualmente. Tales características “adscriptivas” de los individuos revisten un interés tanto mayor para la sociología desde el momento en que se admite en amplia medida que en el proceso de modernización de las sociedades occidentales su significado para la distribución de las oportunidades vitales ha retrocedido y habría que retrodeder aún más.

3º. Desde los años 60 se puede consignar una marcada desagregación, específica en relación con determinados grupos, de la política pública de mercado de trabajo.

Tomados en conjunto, estos 3 elementos fácticos arrojan la siguiente imagen: nos enfrentamos con una distribución sumamente desigual e intensamente estructurada de los riesgos del mercado de trabajo. Y estos 3 elementos fácticos los hemos de encontrar porque la sociedad laboral, apoyada sobre la institución basal del libre contrato de trabajo o del libre mercado de trabajo, en opinión de muchos sociólogos ha de tener las siguientes características: en el marco de una igualdad de oportunidades y de una libertad de contratación universales las especialidades particularizantes de la situación social experimentan un proceso de difuminación, además tiene lugar una emancipación frente a la determinación de los presupuestos de la vida de los individuos.

Es de esta manera como se genera el tipo del trabajador normal “abstracto”, cuya situación social ya no viene determinada por estatus grupales heredados, sino exclusivamente por una situación colectiva de clase y por procesos anónimos, por una parte; y solo en el mercado de sus premisas y limitaciones, por los atributos estrictamente individuales del rendimientos y del éxito en el mercado, por otra parte.

Es esta imagen de una “clase trabajadora” abstracta y ampliamente homogénea, en la que los principios estructurados internos cuasicorporativos y otros de corte igualmente especificamente grupal, están llamados a desempeñar un papel subordinado y cada vez menor, donde surge al menos una cierta necesidad de revisión. Ello sucede especialmente cuando se puede demostrar que las inhomogeneidades en el seno de la supuesta normalidad de la situación del trabajador no tiene el carácter de supervivencia y de antiguallas de estructuras sociales premodernas, sino que se han generado en el propio proceso de modernización y han sido provocadas por sus crisis.

DESIGUALDADES ECONÓMICAS

Podemos establecer un consenso general acerca de que las desigualdades económicas han estado disminuyendo, al menos entre los paises europeos occidentales, a lo largo del siglo XX, y concretemente a partir de la 2ª Guerra Mundial. El crecimiento económico alto y sostenido y el pleno empleo han estado detrás de esta tendencia. Aunque también hay que destacar la importancia decisiva de la intervención del Estado, que con políticas directas e indirectas ha contribuido a suavizar o reequilibrar las diferencias extremas que de otra forma se hubieran producido.

Con el desarrollo del Estado de Bienestar se potencian servicios como son la educación o la sanidad con carácter igual y gratuito para todos los ciudadanos se establece el sistema de seguridad social con prestaciones económicos como las de jubilación, invalidez, subsidios de paro, salarios de integración, becas y otros tipos de ayudas y protección, dirigidas de forma generalizada a toda la población, pero beneficiando de modo particular a las capas más déviles.

Además el Estado está presente en lo que ha venido en llamarse el modelo de relaciones industriales”, intervinienen junto a sindicatos y empresarios en la concertación social y regulando el mercado laboral; salarios mínimos, convenios colectivos, reglamentacion de las condiciones de despido, higiene y sanidad, vacaciones, etc...

La contrapartida de estas tendencias ha sido la obligada participación creciente del sector público en la economía, complementada por el despliegue de un sistema tributario que ha aumentado en paralelo al Estado de Bienestar y que al gravitaven los impuestos directos sobre la renta, el patrimonio, sucisiones, sociedades y otros, ha contribuido a reducir también las desigualdades económicas por el carácter progresivo que lo ha caracterizado.

Este modelo culmina, concretamente en el caso de España en los años ochenta, decisivos en el camino de construir una sociedad más igualitaria y solidaria. Sim embargo, a partir de los noventa esta tendencia parece quebrarse de forma generalizada en el mundo occidental y concretamente en nuestro país.

En efecto, durante la decada de los ochenta surgen las primerar expresiones del denominado neoliberalismo económico y las primeras políticas económicas y sociales subsecuentes que tiene como consecuencia un cambio de tendencia en la distribución de la renta que se forma más desigualitaria, tal y como sucedió en Inglaterra y EEUU. En aquellos años.

En nuestro país todo parece indicar, al igual que en otras sociedades, que ese cambio de tendencia ha comenzado en los noventa. El comun denominador es en tales los casos el rechazo de la intervención económica estatal, la desregulación y la confianza en el mercado y la competitividad . El resultado más inmediato está siendo una limitación del Estado de Bienestar, el recorte de las rentas salariales y el deterioro del mercado de trabajo, en términos de paro y precariedad, todo ello con efectos directos sobre la desigualdad y el incremento de la pobreza, que colocará a los excluidos en una situación de dependencia, de una solidaridad familiar cada vez más invariable.

ANALISIS DE LAS TENDENCIAS EN LOS VALORES DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA. EL SECTOR SERVICIO:

La Dimensión Educativa

Empezaremos dando un enfoque acerca de la proporción de personas que acceden a los estudios de segundo grado, es decir, el Bachillerato o equivalente.

En 1981 sólo 78 personas de cada 1000 de edades comprendidas entre los 45 a 54 años habián conseguido el grado de Bachiller Superior. Diez años mas tarde la tasa es de 198 para las personas de esa misma edad, es decir, que en diez años se ha más que duplicado, aunque hay que aclarar que laspersonas de 45-54 años en 1991 acabaron el Bachiller por los años 50, y en estos años ya se notaba un cambio notable en el nivel secundario, posibilitando años más tarde la formidable expansión universitaria.

Pero principalmente sobresale lo que se conoce como el gradiente generacional, esto es, la diferente oportunidad educativa que tienen los padres y los hijos. Por ejemplo en 1991 un 70% de los chicos con edades comprendidas entre 20 y 24 años cuentan un bachillerato frente al 20% de sus padres generalmente hablando. Pero esta relación generacional no lo es tanto cuando comparamos varones y mujeres de la misma edad. Tradicionalmente ha funcionado el principio de discriminación. Una familia con recursos escasos, en caso de duda, elegía al chico sobre la chica para cursar estudios secundarios. Las chicas maduraban antes, ayudaban en casa y se casaban más pronto. El principio de discriminación funciona para todas las edades y para las distintas fechas consideradas. Ahora bien, el índice de discriminación por sexo va siendo cada vez menor a medida que nos acercamos a fechas más cercanas al presente. El cambio es tan decisivo que para el grupo de jóvenes de 1991 se puede decir que la discriminación ha desaparecido.

En cuanto a la proporción de las personas que llegan a cursar estudios medios, hay que decir que la expansión decenal no se aprecia nada durante los años 50 pero se va incrementando a medida que vamos avanzando enlos años, hasta llegado los años 70, durante dichos años se aminora la discriminación por el sexo produciéndose una relación opuesta llegando a aumentar el número de jovenes varones. Debido a esto se desarrollaron muchas carreras medias de servicios que atraen las vocaciones femeninas como fueron las diferentes carreras de Magisterio, Enfermería, Asistencia Social, etc.

En cuanto a los estudios superiores también se observa una prodigiosa expansión ya que siguiendo el ejemplo anterior del año 1991 los licenciados universitarios son un 8% de las personas con edades comprendidas entre 25-34 años, frente a un sólo 2% de sus padres. De nuevo lo más sorprendente es el declinar del índice de discriminación según se desciende por la escala de las edades hacia los jóvenes. En 1981 todavía eran casi el doble los varones de 25-34 años que contaban con un título de licenciado en relación a las mujeres. Diéz años más tarde la relación se ha invertido. Esta transformación ha sido prácticamente expontánea ya que no lo había previsto ningún plan oficial, no la incluía ningún partido político, ni siquiera era un objetivo sobre el que podían actuar positivamente organizaciones como el Instituto de la Mujer. Es un caso que los sociólogos denominan como “consecuencias no anticipadas de la acción social”.

A pesar de los avances educativos de los últimos años del franquismo, el hecho es que en 1976 las mujeres estaban en minoria en todos los diferentes grados de la enseñanza. Esta situación se ha venido corrigiendo sistemáticamente hasta que en 1990 las mujeres son mayoría en el Bachillerato y en la Facultades o Colegios Universitarios. Sólo se puede decir que continúa una leve discriminación por el sexo en las Escuelas Técnicas superiores, aunque el ritmo de cambio es ahí relativamente más notable, las mujeres han pasado a representar el alumnado en dichas Escuelas Técnicas en un 20% del alumnado frente al escaso 4% que representaba en los años 70.

No sólo estudiaba una mayor proporción de mujeres, sino que la impresión de los profesores es que las chicas rinden más que los chicos. Un reportaje periodístico da cuenta de este fenomeno a escala universitaria: “ellas son más listas aplicadas, responsables y empollonas, Participan menos en clase, les falta la iniciativa masculina, pero son al final las que triunfan en los exámenes, las que más aprueban y las que obtienen mejores calificaciones en general, presentado en consecuencia, una tasa de conflictos escolares y de abandono mucho más baja que la de sus compañeros”.

Una de las claves para entender la formidable expansión educativa es que el coste se ha repartido entre los contribuyentea través de una ampliación sistemática de la enseñanza publica, e incluso de la subvención a la privada y las transferencias al estudiantado a través de una política generosa de becas.

Ahora bien en contra de lo que se podría pensar, la ampliación de la enseñanza publica no es un hecho reciente, tuvo lugar sobre todo durante el primer periodo de la transición de 1976 a 1982, gobernando la UCD y en medio de la más honda crisis económica. A partir de 1982 continúa la progresión del peso de la enseñanza pública pero ya a menor ritmo. En la actualidad se puede decir que la enseñanza es hoy una actividad económica prácticamente nacionalizada, es decir, que la pagan los contribuyentes más que los usuarios.

Pero no todo es positivo en esa tendencia hacia la dilatación del sector público de la enseñanza. Seguramente se ha hecho a costa de un notable descenso de la calidad. Desde el punto de vista de la clientela, una mayor apetencia educativa significa una solución alternativa para llenar un tiempo muerto de los jóvenes, que de otra forma no tiene más opción que la vagancia parasitaria. Dicho en términos más benévolos, el deseo de proseguir los estudios de muchos adolescentes es una respuesta a las dificultades de empleo que supone la temida reconversión industrial. Esta opción funciona mejor para las mujeres porque para ellas es más difícil el papel de continuar en el negocio familiar o se les presentan más trabas para aceptar empleos de completa dedicación. Pero la evolución social escribe derecho con renglones torcidos porque esa decisión de muchas mujeres de estudiar más alla del grado obligatorio, que se inicie como remedio, acaba siendo una excelente estrategia para encontrar trabajo.

El hecho es que la población estudiantil no sólo se expande de manera inusitada sino de forma incontrolada, inesperada. La prueba la tenemos en el contraste entre las perspectivas de aumento de esa población y la realidad. Para el curso 89-90 las cifras reales de alumnos de 1ð de BUP y de alumnos universitarios superan en un 31 % y en 33% repectivamente a las previstas sólo media docena de años antes. No se tata de un simple deseo de los políticos, sino de anticipaciones con todas las garantias estadísticas y del buen discutir sociológico, hechos, además, desde la proximidad a las fuentes oficiales. Hay que decir, que la explicación de este margén de error tan abultado obedece a que los datos censados de los que se parte infraestiman claramente la realidad. He aquí una consecuencia práctica.

Sobre la incapacidad del censo de población para reflejar adecuadamente la realidad. El efecto del error es que seguramente no se habían puesto los medios necesarios y por consiguiente, disminuirá la calidad.

Los estudiantes tienen que viajar cada vez menos hasta el centro univesitario más próximo. Cuentan con ellos todas las capitales de provincias y muchas ciudades que no lo son.

La consecuencia de éste es que las universidades son cada vez más provincianas. Si definimos uan provincia universitaria con dos umbrales modestos, que la matrícula universitaria supere las 5000 alumnos y que más de un 15% de las mismas provengan de fuera de la región, el hecho es que sólo 4 provincias alcanzarían esa definicion y los cuales son Navarra, Zaragoza, Salamanca y Madrid. El resto desponen de instalaciones para servir a los estudiantes de la provincia pero eso no es más que una segunda enseñanza ampliada o una reunión de escuelas profesionales. La universidad, como su nombre sugiere, significa atracción del mayor número de profesores y estudiantes reunidos de fuera, allende de fronteras incluso para ofrecer una abanico muy amplio de carreras.

Mal que bien la universidad española sirve a los propósitos de preparar profesionalmente a los incesantes hornadas de nuevos “barbaros” que cada año demandan un título de garantía para poder acceder a un trabajo comodo. Más la operación de hacer ciencia queda muy desasistida. Hace años se escribía la siguiente conclusión: “Solo hay un país en el mundo que cuenta con una veintena de universidades - algunas de ellas centenarias- y que no aloje en sus claustros a algún Premio Nobel. Ese país es España, cuyo desarrollo es más cantidad que calidad, más riqueza que cultura y dentro de la cultura, más importación que creacción. (Martín Moreno 79:31). Ha transcurrido más de un decenio desde esa conclusión y lo único que se podría decir en la actualidad para corregir dicha conclusión es que España cuenta con una veintena de universidades pero sigue sin disponer de un simbólico Premio Nobel que imparta algún curso en sus aulas.

El factor explicativo del provincianismo universitario está en el efecto del biliguismo. A igualdad de circunstancias, las regiones biligues no logran atraer a muchos estudiantes de fuera de la región y hay que suponer que tampoco a muchos profesores. He aquí un coste insospechado del bilinguismo o por lo menos un coste del que púdicamente apenas se habla. Es pradójico que la existencia de dos lenguas signifique un empobrecimiento de la vida cultural, una norma de la calidad de la enseñanza, un enfriamiento de la movilidad geográfica.

Es difícil adentrarse por las variantes de la estimación de la calidad de la enseñanza universitaria. Se trata de un concepto dinámico, que tiene una doble vertiente: la productividad del trabajo de los profesores y el aprovechamiento del estudio por parte de los alumnos.

La producción intelectual de los profesores universitarios españoles resulta harto modesta. Por término mudio un profesor universitario, a lo largo de un año, concluye un solo libro o monografía, algo más de un capítulo de algún libro colectivo y seis o siete artículos; dirige una tesis doctoral y presenta un par de comunicaciones en congreso. El dato más sorprendente es que la productividad se eleva a medida que los profesores van teniendo más edad hasta hacerse máxima en el estrato de 60 -65 años. La paradoja se riza sobre sí misma porque la administración ha decidido jubilar a los profesores en el momento más productivo se su carrera. La escasa productividad de los profesores universitarios se dobe principalmente a que el criterio de las investigaciones tiene poco que ver con la promoción y el sueldo.

La época de la transición democrática ha visto en España un desusado ritmo de dilatación de la población universitaria, sobre todo femenina, pero no se puede concluir que estemos a la cabeza de Europa. Lo que si sobresale extrañamente en España es la pauta que podriamos llamar escandinava por lo que estudían en mayor proporción las mujeres que los varones.

La explicación de este desusado ritmo de matriculación escolar no está solo en el hecho de que sea una actividad subvencionada, sino que se apoya sobre la paradoja del paro..

La opción pública sobre esta relación entre los estudios y el desempleo repite una frase hecha: “la universidad, fabrica de parados”. La frase procede de un libro con ese mismo título (Martín Moreno 79) que, a su vez, la tomó nada menos que de Joaquín Costa. Naturalmente se trata de expresión retórica, en donde lo que se quiere indicar es que muchos jóvenes éstan en paro a pesar de contar con un grado universitario “ De hecho, todos los datos muestran que las personas con formación universitaria tienen una probabilidad más alta de conseguir un empleo que aquellas que cuentan tan sólo con estudios primarios” (interpretación de Alonso Zaldivar 92:129).

En casi todas las combinaciones sucede que las personas sin estudios o las que no han pasado de la primaria son las que muestran tasas más altas de paro.Por este lado, está claro que la verdadera “fábrica de parados” es la falta de años de escuela. Ahora bien, los universitarios no son los que muestran las mínimas tasas de paro más que a partir de los 45 años. Los jóvenes recién licenciados revelan una tasa de paro bastante más alta que los que cuentan sólo con estudios medios. Es decir, si nos valemos de ésta comparación más realista, no es ningún desatino decir que “ la universidad es una fábrica de parados”. Lo es en el sentido de que, con el grado universitario, no se colocan más, de modo inmediato, que los que han dejado antes los estudios, este produce una sensación muy frustantes para muchos recién licenciados.

El parado es una calificación que afecta sobre todo al grupo de los 20-24 años, a partir de esa edad va descendiendo la tasa de desempleo, tanto si la calculamos del total de activos como del total de personas en cada grupo de sexo y edad.

Todavía está más claro que lo que sobresale en la edad juvenil es la proporción de estudiantes. Las mujeres de menos de 45 años de edad muestran por lo general tasas de paro y de estudios más visibles que los varones. La excepción es el grupo de 25-29 años porque los varones prosiguen con más constancia los niveles de postgrado o las carreras largas. Las mujeres se dedican más al estudio en edades relativamente tardías y a las carreras prácticas de tipo medio. La explicación de esas “vocaciones tardías” por parte de las mujeres está precisamente en las altas tasas de paro. Estas se hacen máximas, además, para las mujeres en el nivel intermedio de estudios cuando los calculamos del total de población. En cambio, los varones vuelven a registrar las máximas cuando presentan el nivel educativo más bajo. Si comparamos varones y mujeres con el grado universitario, el desempleo es mucho más alto entre las mujeres con el grado universitario, el desempleo es mucho más alto entre las mujeres de cualquier edad.

En definitiva más que “ la universidad fábrica de parados”, se podría decir que “EL INEM es la fábrica de estudiantes”, sobre todo de mujeres. Tanto el desempleo como el estudio sin “actividades” ampliamente subvencionados, lo que para muchas mujeres jóvenes constituye un aliciente, si se comparan con la alternativa de “quedarse en casa sin hacer nada”, que es otra forma de paro encubierto.

Sean cuales sean las causas de la extraordinaria ampliación de la matrícula universitaria, lo decisivo es que ese hecho tiene interesantes consecuencias:

1. La alta movilidad intergeneracional. La distribución del nivel educativo de los padres de los actuales alumnos universitarios se ve escorado a partir de Bachillerato. Persiste así una “selección” social del alumnado universitario a pesar de su aparente universalización.

2. Herencia Educativa. Es algo mayor respecto a los padres cuando se trata de los que tienen una “carrera”. Las personas cuentan con un mayor nivel educativo cuanto más jóvenes son o cuanto más alta es su posición social.

3. Conocimientos de idiomas. El idioma extranjero dominante es el inglés. No hay diferencias significativas entre varones y mujeres respecto al conocimiento de estos idiomas foráneos. Entre los jóvenes que dicen hablar inglés y los que lo estudian tenemos el 61% de los varones y el 67% de la mujeres.

Está última consecuencia provoca una ruptura de notables consecuencias respecto a una larga tradición española de aislamiento y localismo, que se ha traducido en un contumaz dejamiento del aprendizaje de los idiomas extranjeros.

Ahora bien, hay todavía regiones o comunidades bilingües que se resisten al aprendizaje del inglés como son el País Vasco, Galicia o Cataluña.

Hablamos de regiones bilingües, pero es muy distinta la extensión del idioma propio o privativo de cada una de ellas. Así, por ejemplo, un 90% de los entrevistados de Galicia hablan Gallego, un80% de los de Cataluña hablan catalán y un 26% de los del País Vasco hablan vascuence. Todo hace suponer que los idiomas regionales cobran cada vez más auge, visto el fenómeno del enfriamiento de las corrientes migratorias y el decidido empuje hacia la protección oficial de esas lenguas privativas de algunas regiones.

LA ESTRUCTURA DE LA ACTIVIDAD LABORAL:

Una sociedad es compleja o desarrollada porque aprovecha de manera cada vez más efectiva sus recursos naturales, de capital y humanos.

Primeramente hay que advertir que la distribución más o menos productiva de los recursos humanos de que dispone una sociedad no depende sólo de la buena disposición de sus efectivos y de la acertada política de sus gobernantes. Hay un factor bastante aleatorio o por lo menos incontrolable, que es la coyuntura internacional. Tal y como vaya la economía de los países centrales, así se dibujará la raza de los países periféricos. España es uno de ellos. Aunque pertenezca al “primer “ cinturón periférico que rodea a las economías centrales.

Desde 1973 la economía mundial padece un estado de crisis intermitente. Hay ciclos más o menos largos de bonanza o de infortunio. Los que nos importa es el estado de la coyuntura durante los últimos años. Pues bien, la llegada de los socialistas al poder en España en 1982 supone un momento de ascenso en los niveles generales de productividad, que a su vez, empiezan a languidecer a partir de 1987.

En ese año se gozaba de una inusitada tasa de incremento anual del producto superior al 5%, proporción que va descendiendo año tras año, hasta un 1% en 1992, que es poco más de lo que crece la población.

La coyuntura económica puede medirse de dos maneras:

- Con un criterio subjetivo (Cómo percibe la gente la situación económica, si le va bien o no).

- Criterio objetivo (Las oscilaciones del producto real per cápita).

Respecto al primer criterio hay que tener en cuenta la constante cultural española del pesimismo.

Es notable la correspondencia entre los dos criterios, el subjetivo y el objetivo. Esto indica que la opinión pública no anda muy descaminada respecto a la marcha de la economía.

Este pesimismo en la cultura española se incrementa a partir de los años 90 debido a un cierto cansancio político, derivado de las frecuentes noticias sobre la corrupción y del sentimiento del mal funcionamiento de las instituciones.

La riqueza es el valor del producto, PIB a precio de mercado, por habitante en pts. constantes. Es una medida que lleva una tendencia creciente desde 1970 hasta la fecha.

Sin embargo esta trayectoria no es rectilínea sino más bien ondular, ya que hay tres momentos críticos en los que el incremento es menor que el de los años anteriores: 1975,1980 y 1992. De entre estos años el verdaderamente crítico, es sin duda, el de 1975 a 1981 coincidente con unos elevados precios de la energía que durante el último decenio vuelven a bajar.

La ocupación es la proporción existente entre en número de personas ocupadas y el de habitantes. La tendencia es aquí el descenso desde 1970 en que comienza esta serie, hasta 1985, nada menos que desde un 37% a un 28% de la población. A partir de esta última fecha la proporción se recupera un poco, pero sin llegar al nivel inicial. Esto no quiere decir que aumente solamente el número de parados sino que también se produce un aumento en el número de inactivos( jubilados, estudiantes, etc.).

El período de fuerte pérdida del nivel de ocupación fue el verdaderamente crítico, el que va desde 1975 a 1985, que correspondió con los gobiernos de UCD y el primer gobierno socialista. Es el momento en el que la fuente principal de productividad ya no puede ser el éxodo rural, ni la emigración hacia los países centrales de Europa. No queda otro recurso para mejorar la productividad que propiciar la “reconversión industrial” que significa un aumento del desempleo y de la población que se convierte en prematuramente inactiva, este es, bajas incentivadas o jubilaciones anticipadas. Todo eso hay que pagarlo con los impuestos porque estamos en la fase del Estado de bienestar.

Esta crisis de la tasa de ocupación se recupera con la mejora de la coyuntura en 1986, coincidente con la incorporación de España a la Comunidad Europea. Pero esta mejora empieza a descender en el año 1991 y al año siguiente vuelve a ser negativa.

La relación existente entre riqueza y ocupación que es lo que llamamos productividad. Las tasas de productividad que se consiguen durante los años 60 y primeros de los 70, es decir, durante la época desarrollista del franquismo, no han vuelto a alcanzarse después. Durante todo el régimen democrático se ha mantenido una moderada tasa de incremento anual de la productividad en torno al 3% con ligeras oscilaciones.

Ahora bien desde 1986 se ha venido hinchando artificialmente la nómina de ocupados, para contentar la presión sindical y sostener un Gobierno Socialista que, poco a poco, va perdiendo su crédito inicial.

Hay un gran malentendido que es que “el Gobierno crea puestos de trabajo”. En todo caso, una determinada política económica puede ayudar a que cristalicen las condiciones para que la sociedad amplíe más o menos su nómina laboral. Pero lo interesante es que esa extensión tiene que hacerse al compás del incremento de la productividad. Dicho de otra forma lo que se obtiene es una artificial ampliación de la fuerza de trabajo, que puede llegar incluso a ser parasitaria. Cuando el Gobierno decide subvencionar actividades poco rentables, está propinando la erosión de la productividad, con lo cual, está destruyendo empleo. Esto lo hace porque el Gobierno no mira sólo por el bienestar social, sino por la consecución del poder para su partido.

En definitiva se puede decir que lo que produce trabajo es al avance de la productividad; lo que hace aumentar el paro a la larga es la estabilidad de los trabajadores en puestos poco productivos. Los extraños sucesores funcionales de Jose Luis de Arrese han sido durante los últimos años los líderes sindicales y los gobernantes socialistas. A través de la política laboral al uso lo que han hecho es forzar a que mucha gente se ocupe en tares poco productivas. Hay que sospechar incluso que los sindicatos reclutan su militancia de las empresas y vamos en los que la productividad es particularmente baja. De ahí su actitud defensiva, la cual, sin pretenderlo, propicia la destrucción de empleo. Los sindicatos, en realidad, solo agrupan una reducidísima parte de la población activa.

Muchos empresarios pocos imaginativos tratan de adaptarse a este nuevo clima laboral y, en lugar de alentar actividades con mayor productividad, se acomodan a la política de subvenciones. Esta es una manera de seguir manteniendo actividades poco rentables y que favorecen el aumento del paro.

Una de las claves de todo este asunto es el extraño papel de los sindicatos. Como ya he dicho se distinguen por un bajísimo nivel de afilicación, solo el 14% de la población asalariada en 1991, frente a un 46% de afiliados en Inglaterra. Aunque en esta diferencia de afiliados sindicales entre España e Inglaterra hay que comprender que se trata de dos modelos de relaciones laborales diferentes. Pues, mientras que el porcentaje para España lo superan solo los trabajadores de servicios de nivel alto (funciones cualificadas), en Inglaterra, la mayor afiliación se da entre obreros cualificados.

Se han venido ensayando en el mundo un modelo en el que toda la fuerza de trabajo tenía su plaza asegurada, rindiera poco o mucho. No había parados, aunque tampoco había muchos incentivos para la innovación. Por lo menos de esta forma se repartía la escasez. Este modelo era el de la Unión Soviética. Por desgracia, se vino abajo. Al final ya se ha visto que generaba más escaseces y en general infortunio.

Se podrían aportar numerosos ejemplos de decisiones de política económica o laboral en España que confluyen en el resultado de forzar el mantenimiento de puestos de trabajo improductivos: subvenciones a determinados empresas para que mantengan abiertas sus instalaciones, a pesar de que no sean rentables, sostenimiento de los precios para que numerosas explotaciones agrícolas marginales puedan seguir funcionando, restricciones a que los grandes almacenes puedan abrir los domingos, mayores facilidades para la libertad de huelga y no para la libertad de despido.

Todas esta decisiones se han producido por una activa presión sindical, a la cual, el Gobierno socialista no ha tenido más remedio que aceptarla porque no deseaba perder el apoyo electoral de los sindicatos, siempre condicionado al éxito de esas presiones. Aunque todavía son peores para el empleo las decisiones políticas que elevan considerablemente los costes de las obras públicas para mantener la cuota de comisiones fraudulentas y tráfico de influencias. Este sentido patrimonialista de la administración pública desplaza acciones más productivas y provoca el enriquecimiento de una casta empresarial parasitaria, que es la que ha venido en simbiosis con el Estado. La impresión popular y periodística que domina es el número de parados, cifras absolutas.

La estructura laboral es muy diferente para varones y mujeres, como corresponde a la división de tareas que tradicionalmente han correspondido a uno y otro exo en la organización de la vida familiar. Asimismo, es una convención que los papeles de criar a los hijos, cuidar de los viejos y enfermos de la familia o llevar la casa no compartan contraprestación económica. Debido a esto, cuando se habla de ocupación, trabajo o empleo para las mujeres, hay que referirse a la minoría que lo hace dentro del mercado laboral.

Entre los años 1981 a 1991, los varones de edades comprendidas entre 16 a 44 años han visto descender las tasas de ocupados y de búsqueda del primer empleo mientras que aumentan las situaciones del estudio, desempleo y “retiro”. Por lo tanto, el incremento del paro queda bastante compensado con la paralela comprensión de la tasa de estudiantes.

Una situación tan confusa como la del “retiro” alcanza valores mínimos y experimentan pocas oscilaciones . Sin embargo es un valor que se empieza a apreciar a partir de los 55 años y mucho más en 1991 que diez años antes. Es decir, se vislumbra aquí el fenómeno de las jubilaciones anticipadas.

En cuanto a las mujeres presentan un cuadro algo distinto, nada menos que el 67% de este conjunto de edades comprendidas entre 16 y 64 años se encontraban “retiradas” en 1981 (fundamentalmente dedicadas a las tareas domésticas), pero su proporción se reduce decisivamente al 45% e 1991. Esta centena de mujeres que dejan las tareas domésticas permiten que se expandan todas las demás dedicaciones.

El incremento del paro femenino no quiere decir que se estanque el empleo; éste crece también, como el número de estudiantes a de mujeres que buscan el primer empleo. Aumenta el paro femenino precisamente porque se generalizan las ofertas laborales y porque aumenta la centena de mujeres que dejan las tareas domésticas para incorporarse al mercado laboral.

Una mujer parada hoy no participa en el mercado laboral, como no lo hacía una mujer dedicada antaño a “sus labores”. Lo diferente está en que la mujer apuntada al paro pretende cobrar un subsidio de desempleo, puede que opte por estudiar o pretenda un trabajo remunerado. La situación actual puede que sea más incómoda para muchas mujeres, pero es más productiva para el conjunto de la sociedad.

Lo interesante es la relación relativa entre la cuota de producto que corresponde a cada sector de actividad y la población que ocupa, ésta es otra medida de la productividad. Tenemos así un sector con escasa productividad relativa, como es el agrario, si bien se observa que con el transcurso del tiempo va mejorando relativamente su posición.

Es lógico que a medida que emigran o se jubilan muchos agricultores, los que quedan van teniendo explotaciones cada vez más rentables. El sector industrial mantiene la productividad relativa más elevada, que además presenta una tendencia expansiva, como consecuencia de la política de “reconversión”.

La construcción presenta una productividad relativa más bien baja a partir de 1976, que no mejora, mientras que los servicios muestran un interesante cambio de signo. Hasta 1982 mantienen una productividad relativamente alta, pero cada vez decrece más. Quiere esto decir que la imponente ampliación laboral del sector de servicios se ha venido inflando cada vez más con empleos poco productivos y en ocasiones hasta parasitarios. Es el resultado de la mayor presión sindical sobre este sector, la duplicación de muchos servicios públicos por la organización del Estado de las Autonomías y el hecho de que la “reconversión” es técnicamente más difícil cuando se trata de actividades serviciales.

Todos los países ven descender el empleo agrario, mientras que España se distingue por ser uno de los países que con más decisión han entrado por la pendiente de la “reconversión industrial” al ver como descienden los efectivos ocupados en ese sector.

Todos los países muestran una vitalidad extraordinaria en los ramos de los servicios. Si acaso destacan los países ibéricos, más Grecia e Italia, por un mayor dinamismo del comercio y de la hostelería, como economías turísticos que son.

En resumen se puede decir que la transformación sectorial del empleo que ha experimentado España se corresponde bastante bien con la que ha afectado a los países próximos.

La variación decenal en valores absolutos acusa un agudo descenso de las actividades del sector primario, compensado con un significativo auge del sector de la industria y de los servicios, en cuanto se refiere a la estructura laboral de España.

EL TRABAJO DE LOS JOVENES:

Hay que empezar ante todo hablando acerca de la estructura laboral, en cuanto a la adecuada renovación de la fuerza de trabajo empieza por preparar lo mejor posible a los jóvenes. Es aquí donde comienzan las inadecuaciones. Da la impresión de que el impulso que se ha dado al sistema educativo no ha servido para reducir el desempleo juvenil, sino para ampliarlo todavía más. Un joven parado por algún tiempo es un candidato a su ingreso en actividades próximas a la marginación o a la delincuencia. Es paradójico que los jóvenes aprendan antes a consumir que a producir.

La noción de que el paro es una enfermedad juvenil es una expresión más del principio de clasificación por edad que se aplica a la actual sociedad. consiste en que la fecha de nacimiento determina por sí sola la posición social de los individuos. Una consecuencia de esas ideas es que, para dar trabajo a los jóvenes, lo mejor es adelantar la edad de jubilación. Esta es una creencia bastante extendida por toda Europa. La suscriben el 47% de los consultados en una encuesta dirigida a los países de la CE en 1990. La nuestra española muestra un porcentaje más elevado, un 52% que a su vez, asciende todavía más cuando aislamos las respuestas de los vascos: un 59%.

Por un lado, se adelanta la edad de jubilación real, pero por otro lado, se retrasa todo lo posible el acceso al mercado de trabajo. Muchas veces, los años de estudios, artificialmente prolongados, y el tiempo de espera para conseguir el primer empleo funcionan como una especie de “ritmo de paso” flexible, que propicia la cultura juvenil entre ociosa y desesperada.

La distinción de población activa o inactiva no es tan categórica como parece. Por ejemplo, una notable proporción de estudiantes universitarios desarrollan al mismo tiempo una actividad laboral, aunque casi siempre, se ocupan de manera precaria. En concreto, una tercera parte de los obreros del primer curso de la Universidad Autónoma de Madrid mantienen al tiempo algún tipo de relación laboral. Un 12% están buscando un trabajo fijo y casi todos ellos dejarían los estudios si lo encuentran.

Una gran paradoja es que el hecho de “colgar” los estudios puede significar no tanto un fracaso escolar como un éxito laboral, porque índice que se ha accedido a un buen trabajo. Téngase en cuenta que de un tiempo a esta parte contamos con unas hornadas de estudiantes universitarias que tienen que seguir una carrera que no ha sido de su elección. Ante esta perspectiva, puede suceder que un empleo mediano sea más satisfactorio que seguir una carrera sin interés. Sobre todo porque el abanico de empleos está mucho más abierto que las limitadas opciones de los estudios. Muchos jóvenes que empiezan a trabajar comprueban que existe muy poca relación entre los conocimientos de la carrera y las exigencias del puesto de trabajo.

La dificultad para que el tiempo de estudio se acomode al de trabajo no está solo en el gran número de jóvenes parados, sino en que las condiciones de empleo de las que empiezan a trabajar son bastantes precarias.

Un empleo aceptable para los jóvenes sería aquel que fuera fijo, que estuviera bien pagado y que permitiera el aprendizaje de un oficio o una profesión. Las proporciones que consiguen esos tres deseos son bastantes modestas: un 40% de los jóvenes trabajadores se encuentran ante un empleo fijo, un 31% se consideran bien pagados y un 68% entienden que aprenden algo en el puesto de trabajo que les puede facilitar una carrera profesional. Podemos entender como satisfacción laboral la respuesta positiva a esos tres puntos.

Se prueba, una vez más, lo que los sociólogos han detectado multitud de veces, tanto que es ya un lugar común; que la satisfacción laboral es un producto de la clase social. Es claro que un buen ambiente familiar y un alto nivel educativo facilita el acceso a los mejores puestos de trabajo. Los jóvenes trabajadores más satisfechos con el empleo son los varones sobre las mujeres y, dentro de cada sexo, los que pertenecen a una posición acomodada. Esto contribuye a explicar que las mujeres prosigan estudiando más aun que los varones probablemente para asegurar el empleo fijo, que para ellas es difícil de conseguir.

La precariedad de los empleos no se aprecia tanto por la duración de la jornada. La mayoría de los jóvenes han accedido a empleos que les exigen 8 o 9 horas de trabajo, lo que supone una jornada laboral que alcanza fácilmente las 40 horas semanales. Aunque bien es verdad que aquí se aprecia una interesante diferencia según el nivel de estudios.

Los jóvenes que han superado el Bachillerato encuentran empleo a medio tiempo, bien porque así les conviene para seguir estudiando o bien porque no les queda otra alternativa.

La expresión común de que “es una suerte tener un buen trabajo” se aplica literalmente, ya que, cuando el empleo es fijo, está bien pagado o facilita el aprendizaje, sus titulares se consideran con buena suerte en una proporción significativamente más elevada que los que se encuentran con otras condiciones laborales más precarias. No funcionan aquí, tanto la dimensión de la felicidad. Solo a medida que sube la satisfacción con el sueldo, aumenta el grado de felicidad, lo que no deja de ser un rechazo de la tesis tradicional de que “el dinero no da la felicidad”, por lo menos, el sueldo sí parece que se la de a los jóvenes.

Hay que decir también que el hecho de complementar los estudios con otros conocimientos asegure unas mejores condiciones laborales.

Es fácil elegir que nuestros hábitos culturales dependen mucho del nivel de estudios. Por ejemplo, el de leer el periódico todos los días, no es una costumbre muy extendida entre los jóvenes trabajadores, sólo el 42% dicen leer el periódico todos los días. Naturalmente es un porcentaje que progresa conforme se avanza por la escala educativa, hasta llegar a un 57% entre los que han superado el Bachillerato. Las condiciones laborales ejercen también alguna influencia; más el hecho de que el empleo sea fijo y permita el aprendizaje y menos el que esté bien remunerado. Solo cuando se cuenta estrictamente con un nivel de Bachillerato, sucede que las mejores condiciones laborales precipitan ese hábito más frecuente de lectura del periódico. Ahora bien, la jornada laboral sí marca diferencias significativas respecto a éste hábito cultural.

A igualdad de nivel de estudios, los jóvenes trabajadores con una jornada laboral completa se ve que sacan más tiempo para leer el periódico. Puede que la variable “tiempo” sea muy elástica o puede que los que dispongan de un empleo a tiempo parcial es porque estén más ocupados con otras funciones como los de estudiar, el negocio familiar, las tareas domésticas, etc. El precipitado paradógico es ese, que cuantas más horas se dedican a trabajar, más tiempo hay para leer el periódico. En cambio no hay una relación muy clara entre la jornada laboral y el hábito de dedicar más o menos horas a la televisión. Esto último lo determina el nivel de estudios, ya que, cuanto menor sea el grado de estudios mayor es le número de horas dedicadas a la televisión.

También otro dato curioso es que los jóvenes con empleos precarios tienden a ser menos religiosos. Tanto para varones como para mujeres, los empleos más precarios y sobre todo los peor pagados, afectan a los jóvenes más alejados de la práctica religiosa.

La relación existente entre la jornada laboral y la radicalización política produce un efecto complicado según sea el nivel de estudios. Cuánto más elevado es el grado educativo, más alta es la probabilidad de que los jóvenes se sientan de izquierdas. Y dentro del grupo que ha pasado por la enseñanza postsecundaria, el tener un empleo a medio tiempo hace elevar considerablemente la filiación izquierdista. Lo paradógico de esto es que ese sentimiento venga determinado por el nivel de estudios de los jóvenes más que por las condiciones del empleo.

LA SATISFACCION EN EL TRABAJO:

Los estudios que se han realizado sobre la satisfacción de los sujetos respecto a una serie de estímulos tropiezan con una serie de escollos metálicos difíciles de evitar.

En primer lugar, el pesimismo congénito de los españoles, que los lleva a ocultar sus éxitos y satisfacciones. De ahí que predominen las contestaciones cautelosas, del tipo de “bastante” o “ni poco ni mucho”, que el analista no sabe muy bien cómo hay que interpretar. No se trata tanto de pesimismo congénito como de una actitud reservada ante los éxitos o aciertos de cada uno, que no deben exhibirse ante cualquiera, o bien los “trapos sucios”, que tampoco deben mostrarse.

Otro inconveniente es que esas apreciaciones subjetivas se comparan con las expectativas que cada uno tiene, con lo que hay a su alrededor y ese es un blanco móvil. Por ejemplo, hoy una persona joven diría que su matrimonio va muy bien si simplemente no se ha planteado el divorcio. La generación de sus padres habría sido mucho más exigente respecto a ese juicio. De ahí que las conclusiones respecto a la satisfacción general de la población española tenga que entenderse en ese contexto comparativo.

Lógicamente hay que aceptar un mínimo de satisfacción con el trabajo, la familia, los amigos y los demás aspectos agradables de la vida; los que parcialmente uno ha elegido. Sería irracional la aceptación que uno se ha equivocado respecto a todas esas decisiones. Por ejemplo, la gama de los coches es muy diferente, pero cada poseedor de un automóvil considera que su vehículo presenta algunas ventajas, que son las que él ha considerado a la hora de adquirirlo. Lo mismo ocurre con la vivienda y con otros aspectos inmateriales de la vida. Después de todo hay un cautelísimo mecanismo de selección social por el que los más descontentos con su destino se van suicidando o van reduciendo el número y calidad de relaciones sociales.

El trabajo que uno tiene es una mezcla de decisiones individuales, de elementos fortuitos y de apoyos del medio familiar o amical. Lo lógico es llegar a convencerse de que lo bueno de este trabajo se corresponde con el esfuerzo o el mérito personal, mientras que se olvidan los otros factores fortuitos o hereditarios. Hasta el “hijo del dueño” que continúa el negocio familiar acaba convenciéndose de que él es la persona más indicada para ese menester.

El trabajo, naturalmente provee de recursos legítimos, pero también da un sentido a la vida, a la necesidad de hacer algo útil. Por eso es tan fundamental el modo como los jóvenes se acercan al mercado de trabajo, porque es un rito necesario para que puedan desempeñar los otros papeles de adultos. Esa es también la razón por la que algunos viejos se les hace tan difícil la jubilación, porque significa renunciar a su papel esencial de adultos.

Los estudios que se han realizado sobre “los factores que se consideran importantes en un trabajo” concluyen que un buen sueldo es el elemento más destacado seguido de su carácter fijo. Por este lado, no podemos entusiasmarnos mucho con el supuesto “postmaterialismo” de la sociedad española. Es más, se aprecia un cambio sustancial en la consideración social del trabajo, en el sentido de que está dejando de ser el objetivo central de la vida que antes era. Se entiende que es un medio para sobrevivir, pero como expresa mejor lo que es fuera del empleo.

El hecho de que el trabajo no sea tan el centro de la vida como en tiempos pasados. No nos debe hacer olvidar su aspecto instrumental. Entre los sociólogos, domina la interpretación del postmaterialismo:” nos encontramos en un momento histórico y en un entorno geográfico en donde la estabilidad y el bienestar económicos gozan de unos índices aceptablemente altos” (Villabín 92:30). Esta conclusión choca con otros resultados de ese mismo estudio en los que el valor materialista resulta predominante.

Naturalmente no es lo mismo un puesto laboral que permite sobrevivir, que otro mejor remunerado y más cómodo que posibilita otras funciones más variables y útiles. A partir de un cierto umbral de subsistencia se exige que el trabajo no solo proporcione una retribución proporcional a la tarea desempeñada, sino que suponga un elemento de satisfacción personal.

Las organizaciones no se conforman con pagar bien a sus directivos, y a sus empleados más insustituibles; se preocupan de que estén contentos. Ya se conquistó el horario flexible, pero se flexibiliza incluso el periodo de vacaciones de muchos empleados cualificados, que pueden distribuirlo a lo largo del año, según sus conveniencias. Algunas actividades de los directivos, como convenciones o congresos, son una agradable mezcla de ocio y trabajo. Hasta los clubes de fútbol no solo confían en las virtudes de entrenadores y masajistas, sino que además añaden a la plantilla los psicólogos.

En otras encuestas se ha hecho una pregunta que resume muy bien dos ideas complementarias: la ética del trabajo y el rechazo de la violencia o de la acción directa para resolver los conflictos laborales. El dato sintético podría ser la proporción de personas que “nunca” estarían dispuestas a participar en huelgas ilegales. Para el conjunto de los países de la Comunidad Europea esa proporción en 1990 es del 75% del total con información. Para España el porcentaje es algo inferior, es del 65 %, y si a este porcentaje aislamos al País Vasco, este porcentaje se reduce al 57%.

Si compartimos las horas trabajadas teóricamente, éstas representan una fracción cada vez menor de los años que viven las personas. Cada vez se afilia uno más tarde a la suerte laboral y el retiro aparece más temprano. Además, se reduce la jornada laboral que se sitúa a 35 horas semanales. A su vez, de este conjunto teórico hay que descontar las vacaciones, viajes más o menos profesionales, enfermedades o accidentes, ausencias al trabajo más o menos justificadas, reuniones sindicales, asistencias a cursos, obligaciones familiares, fiestas, huelgas, etc. Ahora bien, más difícil sería medir una reducción ulterior. El tiempo que realmente dedica el trabajador a su tarea dentro de la jornada laboral normal. Este factor reductor debe de ser fortísimo en las labores directivas y burocráticas, que son las que demandan cada vez más trabajadores. El resultado final es que el trabajo representa una porción de energía y dedicación cada vez menor en la vida de las personas. Este hecho se ve manifestado en las actuales historias televisivas o películas en donde sus protagonistas hacen como que trabajan, pero su tiempo laboral lo dedica sobre todo a resolver problemas personales o simplemente a tener relaciones con los compañeros de tareas o los clientes. Se entiende claro está, que se realiza una exageración intencionada, pero como sucede en tantas ocasiones, la realidad acaba imitando a la figuración.

Una de las consecuencias de la reducción de las horas realmente trabajadas es que cada vez se distingue menos las posiciones de la persona ocupada y la desempleada. Más aún si el parado reciba un subsidio por su situación. En ese caso, además, tiende a desaparecer la sensación de culpa que puede tener el parado de otros tiempos anteriores.

Se ha estudiado el estado fatídico del lunes sobre la salud de los norteamericanos. Es el día en que se producen más fallecimientos por ataque de corazón. “La rutina semanal parece indicar que los americanos viven para los fines de semana y que simplemente sobreviven a los días de trabajo” (Lewis 81:102). No podemos decir hasta qué punto ha irrumpido esta civilización en la sociedad española. Solo tenemos el dato de que una tercera parte se siente “con ganas” de volver al trabajo el lunes. No son porcentajes que revelen a los españoles como entusiastas de su trabajo. Claro que lo interesante es la precisión de qué circunstancias hacen alterar esas proporciones medias.

La primera y la más elemental diferencia es la edad, ya que la satisfacción laboral es una cualidad que avanza con la edad. La edad madura, es decir, edades entre 39-49 años, no presenta grandes variaciones de fecha a fecha. En cambio la edad talluda, edades entre 40-64 años, si manifiesta el inicio de una tendencia a mayor satisfacción laboral.

Junto a la edad, aparece de forma muy nítida la influencia de la clase social. Estar satisfecho con el trabajo es una manifestación de la pertenencia a la clase alta, tanto para varones como para las mujeres. También es verdad que dentro de las clases medias y altas. Las personas de más edad aparecen más satisfechas con su actividad laboral.

Los sociólogos gustan de la expresión “ética protestante” para calificar la superior disposición a enaltecer el trabajo. La expresión procede del seminal estudio de Max Weber sobre la ética calvinista, propicia a destacar el valor de los primitivos hombres de negocios, volcados al trabajo, al ahorro y la emulación.

Un país católico como España no arrastraba esa tradición que destacaba el trabajo como un valor positivo, especialmente el trabajo normal o servirla. La realidad actual ha dado en este sentido un vuelco. Una reciente investigación señala que el 64% de los españoles conceden mucha importancia al trabajo.

La idea de que una vida mejor es consecuencia del trabajo tenaz, y no de la suerte, caracteriza otra vez a las personas más religiosas y a las que se consideran de derechos.

Los sociólogos han detectado una asociación muy positiva , entre la importancia que se da a la religión y la satisfacción con el trabajo. Está todavía más claro que, a medida que se hace más frecuente la práctica religiosa, aumenta el gusto por el trabajo y la disposición a volver animados al trabajo después del fin de semana. Conviene precisar que, aunque en general no hay grandes diferencias según el sexo, las católicos practicantes varones sí manifiestan más satisfacción laboral que las mujeres.

Como un último matiz hay que decir que la influencia del factor religioso se consigue verdaderamente cuando los sujetos al menos cuentan con el grado de Bachiller. Es ante esa condición cuando la mayor práctica religiosa hace que crezca la satisfacción laboral. En cuanto para los religiosos no cuentan el nivel de estudios, entre los que no han llegado al Bachillerato, la religiosidad no interviene para determinar su satisfacción laboral.

LOS INMIGRANTES EXTRANJEROS:

Este es un problema social nuevo. La colonia foránea es todavía reducida, pero ya han surgido los primeros sucesos desagradables. Todo el mundo entiende lo que significa el cultismo de xenofobia. No es simplemente el desprecio por el extranjero, sino la cautela del que convive cerca y representa un elemento de desorden, de amenaza, aunque sólo sea en la imaginación de quien rechaza al que llega de fuera.

Aunque la pregunta resulte inquietante hay que cuestionar si los españoles somos o no racistas. Si hemos de hacerla es que hay un racismo latente, cuanto manifiesto y hasta, podemos decir, violento. Se trata de un fenómeno social sagaz desgraciado, pero universal. No se puede encontrar fácilmente un pueblo que no sea racista, sobre todo si son dos o más etnias los que tienen que convivir, los cual es sólito el mundo.

La colonia de extranjeros residentes en España es muy reducida aunque creciente. Se trata de residentes legales y por lo tanto no se cuentan bien los ilegales, clandestinos y marginales. Después de la reciente campaña de regulación de los ilegales, es muy posible que haya aumentado la colonia de los trabajadores provenientes de Africa e Iberoamérica. Los extranjeros legales que recoge las estadísticas son sobre todo población inactiva. Predominan los jubilados de países ricos, que deciden retirarse con su pensión a alguna urbanización de la costa mediterránea o canaria.

Hay que sospechar que la mayoría de los inmigrantes ilegales o “sin papeles” se abstienen también de registrarse en el caso de la población. No tendría porqué tener esa cautela porque el censo no indaga la situación legal, pero el temor a los papeles oficiales es lógico que exista entre los inmigrantes.

Resulta un poco extraño que no se conozca mejor el censo de inmigrantes extranjeros cuando está sujeto a un control policial, que no existe para el resto de residentes. Se ha avanzado la explicación de que el fenómeno ha cogido por sorpresa a una Administración que estaba seguramente acostumbrada al flujo contrario de la emigración hacia otros países. La inercia burocrática ha hecho que haya subsistido hasta 1991 un Instituto Español de Emigración, cuando ya apenas quedaban solicitudes de emigrantes. Por otra parte, el hecho de que el paro sea el problema nacional más eminente obliga que las autoridades actúen con un prudente silencio a la hora de reconocer que hay “núcleos laborales” que no se cubren fácilmente por españoles.

La mayor significación sociológica está en el fenómeno más reciente de los inmigrantes ilegales, es decir, los que no tienen todos los papeles en regla para trabajar o residir en España de acuerdo con las leyes.

Por lo general, el inmigrante que se acoge a la regularización es una persona joven, de un país subdesarrollado como por ejemplo, Marruecos, y países de Iberoamérica. La mayor parte de los que trabajan se dedican a los servicios poco cualificados, como pueden ser a la agricultura o a la construcción.

Una reciente encuesta preguntaba la percepción del número de extranjeros que viven en España, si les parecían pocos o muchos. Un 12% contestaba que demasiados y un 34% que “muchos”. Es decir, casi la mitad de los españoles perciben el cuerpo de extranjeros residentes en España como voluminosos, cuando las cifras de extranjeros en España son todavía modestas en comparación con otros países como Francia o Alemania.

Sea cual sea el cálculo sobre el número de extranjeros que residen en España, es evidente el contraste entre lo minúscula que es esa fracción y la preocupación general que suscita su discriminación contra los inmigrantes, por lo general, los de color o los provenientes de países pobres. Suelen tener denominaciones despectivas como: moros, sudacas, chinarros, negrazos, indios, etc.

Cuando se habla de inmigrantes extranjeros en este contexto de la xenofobia, hay que excluir a las colonias pertenecientes a los países ricos. Sus miembros no suelen sentirse discriminados y, al contrario, llegan a gozar de gran estima popular, más que nada, porque, por lo general, mantienen un alto nivel de vida. Este es el caso eminente de algunos deportistas o artista de renombre, diplomáticos, empresarios, etc. Por eso hay que hablar de inmigrantes marginados cuando nos referimos a los grupos que pueden suscitar rechazo por parte de los nacionales. En realidad la actitud hostil se destaca precisamente por el carácter de marginalidad de los inmigrantes( situación laboral indefinida, falta de recursos, posibilidad de dedicarse a negocios ilegales, etc.)que les convierte en amenaza potencial.

El prejuicio xenófobo se asienta sobre la noción que los extranjeros son más violentos. De momento, son útiles para la clase empresarial, sobre todo, porque producen a bajo coste, pero a la larga pueden llegar a producir un desequilibrio social. Este es el razonamiento que se maneja, incluso por parte de sesudos trabajos sociológicos, y se puede ver en la siguiente muestra: “En las sociedades avanzadas la amenaza de tensiones racionales pone en entredicho la utilidad, a largo plazo, de la utilización de mano de obra menos costosa pero más conflictiva que la autóctona” (Sole 91.9). Habría que ver lo conflictivos que se volverían los españoles si se les insultara, se les vetara el acceso a ciertos viviendas o se les prohibiera la entrada en determinados bares o centros de diversión, sucesos comunes entre la población de inmigrantes marginados, residentes en Cataluña, según documenta el estudio citado( Solé 91:49).

La noción de inmigración representa una amenaza para el orden social, se expresa incluso en un documento tan oficial como una Comunicación que envía el Gobierno al Congreso de los Diputados en octubre de 1990 sobre la política de inmigración. El principio de esa política es éste: “No debemos acoger más que aquellos que podamos integrar”. Y concluye “ Aunque porcentualmente la presencia extranjera en España sea muy inferior a la existente en otros países europeos, la aceleración de los flujos y concentración de éstos en determinadas áreas urbanas podrían deteriorar rápida y gravemente el equilibrio social de dichas áreas.” (Economía y sociología del Trabajo, 11 de Marzo de 1991, p.272).

Los datos del estudio distado de CIRES confirman los de otras investigaciones, en el sentido de que las actitudes de discriminación contra los inmigrantes marginados no son muy llamativas, sobre todo si las ponemos en relación con el rechazo mucho mayor que suscitan otros grupos marginales, Concretamente éste es el orden que se obtiene en esa encuesta sobre los grupos que “les molestaría tener como vecinos”:

1. Drogadictos

2.Prostitutas

3.Homosexuales

4.Gitanos

5.Expresos

6.Personas con problemas psíquicos.

7.Marroquíes

8.Africanos,concretamente de raza negra

9.Personas con animales domésticos.

10 Sudamericanos.

De esta forma se prueba que el temor lo suscitan grupos cerrados, con los que se presume que puede haber delincuencia.

El estudio CIRES certifica que aparece igualmente en diversas pesquisas sociológicas: el prejuicio xenófobo se alza conforme se baja la posición social o educativa, según se para de izquierda a la derecha del abanico ideológico, a medida que se tienen más años, En definitiva, el prejuicio étnico sería una manifestación defensiva de los grupos sociales más débiles y más conservadores, lo que temen que van a perder con una sociedad más compleja.

Hay varias razones lógicas para que funcione la anterior relación. En primer lugar, las personas socialmente más desasistidas temen la competencia de los trabajadores extranjeros, que contribuyen a que no suban tanto los salarios modestos. En segundo término, las personas con ideas más simples, con menos relaciones sociales; ven más amenazada su tranquilidad cuando tienen que codearse con personas simplemente “distintas”. Hay un tercer motivo más sutil o cínico, según se mire, y que las personas con más educación o más recursos de toda índole saben lo que tienen que decir ante la situación de una entrevista, sea por un sociólogo o un periodista. Ante actitudes de dudosa legitimidad como ésta del rechazo de los extranjeros. Lo que impone la norma de la conveniencia social, es que disimulen todo lo posible.

En realidad, se pueden decir, que muchos españoles pueden seguir en el paro subvencionado porque los inmigrantes extranjeros marginados aceptan los puestos de trabajos inferiores que los españoles prefieren ignorar. Claro que también es cierto que los salarios se mantienen a la baja o por lo menos no suben debido a esa ocupación de los inmigrantes.

El caso más ilustrativo es el del servicio doméstico. Sería un buen documento la comprobación de que muchas personas con criadas extranjeras exhiban una actitud más condescendiente a liberal con el hecho de la inmigración.

Como resumen a todo lo dicho se puede decir que las encuestas no registran bien el fenómeno racista o xenófobo cuando se pregunta directamente si los entrevistados discriminarían a los extranjeros. Las personas de clase acomodada saben practicar esa virtud tan española como es el arte del disimulo. Por eso son mucho más válidas las preguntas que se refieren a la política inmigratoria. Pocas personas reconocen que rechazarían a los extranjeros, pero más de la mitad de los españoles están a favor de la política restrictiva que es la propuesta por el Gobierno.

MOVIMIENTOS SOCIALES:

Si la afiliación es reducida, la aceptación de los movimientos sociales es mucha.

En los años anteriores los hombres eran los que se asociaban en mayor número que las mujeres, sin embargo, en los últimos años esto está cambiando de signo, ya que, la sociedad femenina es la que aprueba mayoritariamente los movimientos sociales. Esta favorabilidad de las mujeres viene a compensar su menor activismo asociativo.

La edad separa a la población en dos segmentos; el de 18 años a los 44 años, algo más favorable a los movimientos, y otro segmento es el de los que pasan de los 45 años, algo menos favorable.

Lo más jóvenes, los de edades comprendidas entre 18 a 24 años, no son simple los más entusiastas de esos movimos, sólo superan al activo grupo de los 25 a 34 años en el movimiento ecologista y en el antinuclear.

De todas formas, las diferencias por edad son reducidas. Aunque quizá habría que tener en cuenta en que son distintos los contenidos de los movimientos que interesan a los jóvenes. En la encuesta de la juventud de 1989 recogimos la opinión de los jóvenes antimilitarista sobre tres movimientos próximos a ellos y de actualidad en 1991: el pacifista, y el ecologista.

En los tres casos se conceptúan estos movimientos mayoritariamente dentro del área de la política, dentro del sistema, tanto de los jóvenes como de adultos, sin que necesariamente deban considerarse como la izquierda radical (revolucionarios) o antipatriotas. Bien es cierto el que más se desvía de este perfil es el movimiento antimilitarista, en el que se observa mas combatividad: política, antisistema, de izquierda radical y antipatriota. Pero es interesante puntualizar que tanto por lo que se refiere al movimiento ecologista como el pacifista, no se perciben como fenómenos marginales a la sociedad, sino integrados en ella.

Así resulta que todos estos movimientos disfrutan de un fuerte apoyo social, se encuentran ampliamente extendidos entre la población, se están universalizando. Constituyen los “issues” y las formas de esa nueva concepción de la política a la que llevan los valores posmaterialistas. Esta universalidad del fenómeno es la que hace que las diferencias que promueven las distintas variables sociodemográficas sean relativamente por significativas.

Por eso ocurre, además, que las diferencias por clase o niveles sociales especifican muy poco, excepto un atisbo de que las clases altas y medias.altas se resisten más a aceptar ciertos movimientos sociales, como pueden ser el antinuclear y el feminista.

Desde el punto de vista ocupacional, los más entusiastas de los movimientos sociales son los desempleados, ocupado en gran parte por gente joven y sobre todo estudiantes.

La distinción entre hombres y mujeres se acentúan cuando consideramos los dos sexos entre la población trabajadora. Las mujeres que trabajan o han trabajado son más entusiastas de estos movimientos que los hombres que trabajan o ha trabajado, y lo son tanto las mujeres ocupadas en trabajos no normales como los que están en trabajo normales. Este progresismo femenino es uno de los datos más relevantes de la sociedad española de los noventa.

Aunque por supuesto, se mantiene una ligera tendencia a que la aprobación de esos movimientos se acentúe conforme se pasa a posiciones de izquierda ideológica, fenómeno más visible en la escala política que en la religiosa.

Pero la extensión del fenómeno de los movimientos sociales no impide que subsista un diferencial de aceptación entre materialistas y postmaterialistas, mayor que el que promueve la capacidad de movilización política.

El fenómeno, pues, atraviesa en buena media las diferencias sociodemográficas e incluso de movilización política, pero viene descriminado sustantivamente por los valores, materiales o postmateriales, que más se asocian con los nuevos movimientos sociales.

Una sociedad informada, asociada y participante es una sociedad más vertebrada, con mayores posibilidades de integración.

La participación en asociaciones se cuenta entre la serie de accesos y de medios de que disponen los individuos para ello.

Las instituciones por medio de los cuales funciona una sociedad constituyen, por otro lado, las mediaciones que contribuyen a entramar su tejido. De ahí que en la medida en que esta instituciones tengan fuerza, en la medida que susciten confianza y credibilidad en esa misma medida contribuyen a integrar a los individuos en la sociedad,

Como ya hemos dicho la desconfianza y la escasa afiliación a las instituciones se ve reflejada sobre todo en los años 60 hasta más o menos la década de los ochenta donde se empieza a incrementar el número de movimientos sociales y una cierta confianza en las instituciones. Pero es a partir de los noventa donde se acentúan los niveles de confianza y sobre todo en el sistema educativo, en la prensa, en las Grandes Empresas y en los sindicatos, pero ha bajado en la política, el sistema de leyes, en las fuerzas armadas y en los funcionarios. En conjunto podemos decir que no se ha producido un deterioro de las instituciones sino que unos suben y otros bajan. Lo que sucede es que las que han subido son mayoritariamente pertenecientes al ámbito privado o no estatal y los que han bajado son las de ámbito estatal o público.

En 1981 sólo 3 instituciones superaban la cota del 50% de confianza, a saber: la policía, las Fuerzas Armadas y la Iglesia. En 1991 son cinco las instituciones que superan esa cota. Se ha descabalgado a las Fuerzas Armadas que pierden bastantes puestos y se han incorporado la prensa, la Comunidad Europea y la Enseñanza.

No cabe duda de que quienes declaran sin confianza hay un fuerte componente psicológico de inclinación a estar de acuerdo con las cosas que hay, con lo establecido, que surge en toda clase de juicios y que es tanto más acusado cuanto mayor es la edad y cuanto más bajo es el nivel de estudios; que hoy por hoy, se da algo más en las mujeres que en los hombres, sobre todo en las que son amas de casa y en la clase baja.

EL VALOR SOCIAL DEL DINERO Y EL CONSUMO:

Ante todo hay que decir que el bienestar social, es el bienestar físico, es decir, la salud y la comodidad, pero es también una cuestión de valores, de los elementos de satisfacción que se aprecian.

El dinero posee una cualidad, entre otras muchas, que sirve muy bien a las apetencias de nuestro tiempo: es cuantitativo, lo es más que ningún otro bien. Lo que se aprecia hoy no es tanto la riqueza material, sino su traducción cuantitativa a través del dinero. La obsesión cuantitativa afecta no sólo a las personas privadas, sino a las públicas y a las instituciones. El éxito de un medio de comunicación lo determinan los medios de audiencia. Las empresas se miden por la cuenta de resultados; los deportistas por sus marcas, sus tiempos o por los goles, los artistas por el precio de sus obras, los profesionales por los contratos que consiguen.

Según señala el filósofo Marías que “lo bueno del dinero es no tener que ocuparse de él, y en las sociedades de nuestro tiempo, el sistema tributario nos obliga a ocuparnos de él por poco que tengamos... la declaración de la renta y sus aledaños produce extraordinario malestar”. Esa operación “destruye la holgura, de que antes gozaba el que tenía lo suficiente” (Marias 87.62).

Es más importante de lo que parece ese rito primaveral de la declaración de la renta, que es una especie de secularizada confesión por Pascua Florida. Obliga a que casi toda la población tenga que llevar un mínimo de contabilidad de sus partidas de ingresos, gastos e inversiones. Hace que los consumidores o los trabajadores que somos todos ejercitemos también, aunque sea de forma vicaria, el papel de empresarios. El resultado puede interpretarse como materialismo o monetización, pero lleva también a una integración social. Los impuestos indirectos, menos visibles, no logran ese mismo resultado de solidaridad. El dinero se aprecia más si, de cada unidad que se percibe, una parte revierte al común a través de los impuestos.

El aprecio por el dinero no es tanto codicia como seguridad y protección. Esto es lo que da cuenta en un banco, pero también un seguro, la afiliación a una empresa de asistencia en carretera o ayuda al turista, la tarjeta de crédito, el pago de la hipoteca. Todo esto implica un desembolso, pero se hace con gusto porque el secreto de toda transacción económica está en que las 2 partes creen que ganan, es decir, implícitamente se hacen la ilusión de que con la compra o con la vena han “engañado” a la otra. Aquí reside, por ejemplo, el éxito de las rebajas de los grandes almacenes y cada vez más de las pequeñas tiendas.

Para entender el significado del valor del dinero en la sociedad española, tendríamos que explorar la reciente evolución de la coyuntura económica. Pero ese menester corresponde más concretamente a un informe económico, el cual está fuera de los objetivos de este trabajo.

Más que las diferencias en el consumo, nos interesa la utilización que hacen los españoles de los instrumentos de lo que podríamos llamar como dinero invisible. La primera fase del desarrollo de las sociedades consiste en pasar del trueque a los intercambios de dinero. La segunda fase se refiere a la creación simbólica del dinero a través del uso regular de los instrumentos financieros o de crédito. Sólo la tarjeta de sacar dinero ha llegado a cerca de la mitad de la población activa.

En principio existen diferencias sustanciales según el sexo o la edad que expliquen el acceso a esas facilidades financieras. Únicamente destaca que las mujeres son un poco más aficionadas a las tarjetas de crédito y el grupo de menos edad, en torno a los 35 años, los que utilizan más las tarjetas y los préstamos bancarios. También hay que señalar que el hecho de residir en el estrato metropolitano influye mucho más a la hora de utilizar las tarjetas de crédito.

Las críticas más acerbas a la sociedad del consumo se centran en el supuesto de que los objetos materiales que nos rodean, los que se renuevan por la técnica, llegan a ser como una segunda naturaleza, se hacen imprescindibles. Por ejemplo, el bien más necesario es el automóvil, el cual un 69% de las personas activas lo señalan como imprescindible, Además hay otra serie de objetos que se están convirtiendo en objetos imprescindibles para las personas como son las tarjetas de crédito, el vídeo, los ordenadores, el horno microondas o el lavavajillas, éstos últimos se hacen más necesarios para los varones que para las mujeres.

Según un destacado politólogo, colaborador del Gobierno Socialista: “Son nuestros gobernantes actuales los responsables de que el lucro por el lucro, el culto al dinero ganado rápida y fácilmente, se haya convertido en uno de los valores supremos de nuestro sistema democrático” ( De Esteban 92:399; escrito originariamente en 1989).

El que fuera vicepresidente del Gobierno del la UCD, Enrique Fuentes Quintana, sostiene que “la cultura económica del enriquecimiento rápido ha conquistado definitivamente a nuestra juventud”, entrevista con Isabel San Sebastián del periódico ABC el 14 de Febrero de 1993).

Los resultados de un sondeo de Demoscopia (Octubre de 1988) muestra que nueve de cada diez personas suscriben la opinión de que “en España la gente de hoy solo piensa en vivir mejor y en ganar como sea el mayor dinero posible” y siete de cada diez considera que “nuestra sociedad actual valora más a quienes triunfan y logran ganar mucho dinero que a quienes se esfuerzan por vivir con valores y principios morales”, Ureta 92;104. Se trata del juicio sobre lo que hacen los otros, que a cada uno le parece mal. “La gente admite que hay fiebre del dinero, y le parece mal, pero nadie quiere reconocer que son ellos mismos quienes la padecen”.

SOCIEDAD DEL TRABAJO

DIFERENCIACION DEL INTERES Y UNION SINDICAL

El concepto de sindicato unitario, tal y como se utiliza en la bibliografía sindical y científico-social se refiere al carácter “superpartidista en lo político-ideológico o a la independencia frente a los partidos de la organización y a la política sindicales. El concepto de sindicato unitario reposa sobre la idea de que el movimiento obrero sindical puede alcanzar de la manera más efectiva sus objetivos en tanto en cuanto se encuentre organizado en su orientación político-ideológico.

Esta unión de organización y acción parte de la convicción de la unión red y de la comunidad de intereses de todos aquellos hombres que, privados de propiedad, se encuentran abocados a su fuerza de trabajo y dependen materialmente del salario que reciben a cambio de esa fuerza de trabajo. Frente a los intereses comunitarios que forzosamente se derivan de la situación socioeconómica, tal es la hipótesis fundamental del movimiento obrero, los intereses particulares que pueden derivarse de factores como el tipo de oficio, la rama de producción, el sexo, la nacionalidad o cualquiera otros en cada uno de los distintos trabajadores, juegan el papel subordinado.

Resulta cuestionable que esta hipótesis puede continuar en la actualidad como política sindical como consecuencia de factores culturales, económicos y político organizacionales.

El problema de política sindical lo constituye la cuestión de si en que forma la unión de intereses de todos los trabajadores que en la sociedad industrial capitalista avanzada ya no puede presuponerse sin más trabajo previamente dada, podría ser reconstituida por la organización sindical, o cuando evitar su disolución. La organización no se limita en su actuación política a la condición de trabajadores sino adicionalmente a las condiciones de vida asignados tradicionalmente a la política en total.

Crisis de orientación en la política obrera.

Los jóvenes constituyen el desafío político creciente no sólo para nuestros “partidos populares”. El problema específico de los sindicatos lo constituye el claro distanciamiento de los jóvenes frente a la organización sindical, no se muestra tanto en el desarrollo cualitativo del nivel organizacional de los trabajadores jóvenes cuanto cualitativamente en el descenso de actividad de los jóvenes en las fábricas y los sindicatos. Así como por el sentido de la significación burocrática de la acción juvenil de los sindicatos

Este escepticismo frente a la Organización Sindical puede interpretarse como signo de la crisis de orientación en la conciencia obrera especialmente notaria en los jóvenes, asimismo resulta poco alentadora tras la edad juvenil. Para muchos jóvenes trabajadores la lucha colectiva sindical guiada contra las malas condiciones laborales ha dejado de ser el toma que los movilice. En la medida en que partes relevantes de los jóvenes dejen de considerar el centro de trabajo, la profesión u oficio y el conflicto de intereses como el “punto central “ de su vida y en lugar de ello se retraigan de la vida laboral regular y traten de encontrar su futuro al margen o enteramente fuera del sistema de la economía productiva, los sindicatos y su política quedan en la situación sin perspectivas para los jóvenes.

Esta crisis de orientación en los jóvenes está condicionada por la posición en el modo de trabajar, críticamente empeorada. Para ellos los dos problemas capitales los constituyen, por la parte intensa reglamentación y “heterodeterminación” que experimenta en el puesto de trabajo y que por otra parte, el déficit creciente de puestos de trabajo.

Conocemos por estudios empíricos que los trabajadores plantean frecuentemente “nuevas” pretensiones al trabajo, por ejemplo , de más “autorrealizaciòn” en al trabajo y posibilidades considerablemente mayores de autodeterminaciòn y congestiòn. Ahora bien, a causa de las mayores intensificaciòn y reglamentación laborales así como los riesgos ocupacionales de los jóvenes, estas pretensiones no encuentran ninguna posibilidad de realización. Consecuencia de ello es que los jóvenes trabajadores huyan subjetivamente del mundo laboral, en forma de absentismo, aumento de las fluctuaciones o de “comportamientos desviados” como el consumo de drogas por la violencia. Entre los jóvenes ocupados en definir su papel en la sociedad parece imponerse actitudes que se aportan abiertamente del modelo tradicional de la actividad econòmico-profesional continuada como el criterio definidos “normal” (al menos para los varones) y también central de su destino final.

Estudios empíricos sobre las transformaciones producidas en la orientación laboral que se han llevado a cabo en la RFA nos informa que entre los jóvenes trabajadores ( menores de 35 años) por lo general han perdido significación valores “tradicionales” y orientaciones referidas al trabajo (seguro de la renta, el celo laboral, la subordinación, la disciplina, etc.) Su lugar lo han ocupado en parte valores “nuevos” tales como la utorrealización personal, la creatividad y la libertad de decisión. Parejo a este “cambio en los valores” marcha, con cierta forzosidad.

El cambio de las esferas vitales en lo que esos valores pueden y deben realizarse; desciende la significación subjetiva de la esfera del trabajo y crece la de la esfera del tiempo libre. También estos datos apuntan en el sentido de que aquí no se trata ni de el problema coyuntural ni de el problema característico meramente de determinadas fases de la vida, sino que tiene que ver con el cambio estructural, que no deja incólume a la comparación social y a la organización de la “sociedad laboral” industrialmente y, por ende, a los propios sindicatos.

En cualquier caso, resultaría ciertamente errado o, cuando menos considerablemente apresurado, si se quisiera diagnosticar o predecir un “cambio valorativo general que afecta a todos los estratus y grupos de edad de la clase trabajadora. No es posible esperar la uniformización sobre la base de nuevos valores culturales.

El problema consiste más bien en la acentuación de las líneas de escisión económicas y morales en el seno de la clase trabajadora producida en la situación económica de crisis y de tendencias de cambios culturales, esto es: de la diferencia creciente de la situación objetiva de los distintos grupo trabajadores así como de su percepción e interpretación subjetiva. Estas líneas de escisión hacen acto de aparición cada vez más claramente sobre todo a consecuencia del empeoramiento de la situación del mercado de trabajo.

Especialmente afectados por lo que se ha dado en llamar la persistente miseria de la política ocupacional lo son los grupos problemáticos del mercado de trabajo, esto es, los jóvenes, las mujeres, las personas de edad y los minusvalidos. Esta distribución desigual del desempleo se ha agudizado en los últimos años. Muchos de los afectados se ven relegados a “papeles alternativos”: los extranjeros fueron reenviados a sus países de procedencia, las personas de edad obtuvieran una jubilación anticipada, los jóvenes tratan de aplazar su ingreso en la vida laboral ampliando la estancia en los centros de enseñanza o en su condición de miembros cooperantes dentro de la familia y a las mujeres casi se les sugería su paro a tiempo completo a los papeles de ama de casa y madre.

De esta manera se consiguió atemperar políticamente y de modo parcial el problema del desempleo. Los costos de la crisis se endosaron en buena medida a los “grupos problemáticos” menos capacitados para ofrecer resistencia y ocultados en los distintos puestos de la “reserva tácita” del modo de trabajo. Conforme, a ello, las consecuencias psíquicas y sociales del continuado desempleo, en oposición a sus costos para la economía y la S.Social, quedaron fuera del punto de mira del la atención pública.

El riesgo de convertirse en parado lo experimenta la mayoría de los trabajadores como la amenaza e inseguridad individual a la que no se puede oponer ninguna perspectiva colectiva y solidaria. Esta actitud de impotencia y falta de perspectivas, que hace que el desempleo se presente más como el fracaso el riesgo individual que como el volúmen del fallo constructivo de nuestro sistema económico, guarda relación presumidamente también con el hecho de que los sindicatos y los partidos políticos han conseguido la interpretación colectiva que contempla a los trabajadores en su conjunto. Si apenas existe ya la cultura obrera que puede servir de soporte a la interpretación colectivo-solidaria de la situación como ésa igualmente dispares e incluso contradictorias lo son las reacciones subjetivas al desempleo y el riesgo ocupacional de los distintos grupos de trabajadores. En muchos crece la predisposición al compromiso sindical, mientras que en otros se expanden concepciones conservadoras y económicamente liberales que motivan acto seguido un comportamiento oportunista marcadamente individualista.

Los sindicatos han llegado a intentar una unificación de la interpretación de la crisis de la manera ciertamente insatisfactoria al poner las esperanzas durante mucho tiempo en la política económica y ocupacional del Estado. Como consecuencia empieza a apuntarse un “vacío de orientación” en parte responsabilidad de las organizaciones sindicales con concepciones contrapuestas acerca de las causas y consecuencias de la crisis, así como condiciones para ser superación. Por ello cada vez va a resultar posible en menor medida de la unificación y movilización de las organizaciones sindicales.

La esfera del trabajo ya no puede ser contemplada subjetivamente por todos los trabajadores asalariados como el hecho vital central, el dato dominante del que derivan intereses, conflictos y relaciones de comunicación sociales. La sociedad alimenta y provoca orientaciones subjetivas que no están en consonancia con este carácter. Eso tal vez guarda relación en última instancia con el extremo de que la familia, el Estado de bienestar tiempo de trabajo en el conflicto político. Social e industrial.

El año 1984 marca el punto final desde el punto de vista de la negociación colectiva de la “paz en el frente de la jornada de trabajo”, que se produjo tras el recuerdo de las confrontaciones en la negociación colectiva de la industria del metal, en la que los sindicatos habían exigido la semana de 35 joras, y la consiguiente fijación del status fue de los convenios colectivos y de cobertura de la mayoría de las ramas.

La derrota sindical en la batalla en pro de la semana de 35 horas del año 1979 cerró, al menos temporalmente, la posibilidad de contribuir mediante reducciones de la jornada de trabajo a la eliminación del elevado y creciente nivel de desempleo. Pese a la tregua obtenida en las negociaciones colectivas, el tema de la reducción del tiempo de trabajo y de otras formas de la política de tiempo de trabajo y de otras formas de la política de tiempo de trabajo cobra actualidad y atención desde múltiples perspectivas por la nueva razón de la permanencia de la crisis ocupacional. Una política de reducción y flexibilización de la jornada de trabajo es la única estrategia en algunos medios exitosa que todavía puede considerarse para la lucha contra el crecimiento de desempleo masivo la vez que los medios habituales de la política de coyuntura se han agotado en su efectividad económica y/o se ha patentizado como no imponibles por vías políticas. Esta tesis se fundamenta en lo siguiente:

El desarrollo del equilibrio en el modo de trabajo está determinado por tres magnitudes:

.- El desarrollo del potencial de personas que buscan en el trabajo el medio de ganarse el sustento.

.- La tasa de incremento de la productividad

.- La tasa de crecimiento de la población.

Estas tres magnitudes se desarrollan en la actualidad en el sentido que surge el desequilibrio del modelo de trabajo, esto es un “exceso de ofertas” de fuerza de trabajo y, por lo tanto, desempleo. Esto se produce esencialmente por el elevado número de nacimientos, por la relativa debilidad de los grupos de edad que abandonan la vida económica activa, la creciente orientación hacia la vida económica activa de las mujeres, la mayor duración de la vida activa, y a su vez la creciente resistencia a la postergación”. Por otra parte, a causa de las transformaciones experimentadas en el llamado retorno emigratorio.

Si bien la evolución de la productividad del trabajo ciertamente desde los años 50 ha experimentado el proceso de ralentización paralelo al aplazamiento del crecimiento de la producción, hay dudas fundadas acerca de si habrá de continuar en le futuro esa evolución paralela. No es solo que la agudización de la competencia en los mercados mundiales obligue a forzar las inversiones de racionalización, sobre todo la microelectrónica en conexión con la técnica de tratamiento de datos y la informática. En virtud de que la microelectrónica ahorra trabajo y capacidad. Es de esperar la rápida difusión de esta tecnología, especialmente en el sector servicios y comercio lo que provoca la reducción de la dispersión de las tasas sectoriales de crecimiento de la productividad.

Si se trata de reconstruir el pleno empleo las tasas de crecimiento han de situarse en torno a la cifra del 10% y al mismo tiempo para que las personas que entran por primera vez en el mercado de trabajo encuentren adicionalmente ocupación. Sin embargo tasas de ese orden a medio plazo resultan irreales, por los desplazamientos de la producción, atascos de inversión, situación de algunos bienes de uso y sobre carga del medio ambiente. El progreso de la productividad falle en gran medida por la serie de razones políticas y económicas. A consecuencia de todo ello, sólo queda las alternativas de:

1) Incrementar el crecimiento económico, y, por ende, la demanda de fuerza de trabajo.

2) Reducir el volumen de trabajo ofertado, lo que a su vez solo queda alcanzarse mediante la reducción del tiempo para el que buscan ese trabajo, siendo también posible formas intermedias entre ambas variantes de reducción del volumen de trabajo.

Otras medidas serían estimular la producción de tal manera que las tasas de crecimiento se produzcan en la medida necesaria. Crecen las resistencias políticas frente a esta medida por el crecimiento endeudamiento del Estado que lleva consigo. Pero también resulta el riesgo de que los empujones de la demanda inducidos desde el Estado conduzcan más bien a la inflación de los precios que a unos efectos positivos en lo que atañe a la inversión y el empleo. No menos cuestionable es, por otra parte, si la política de empleo orientada hacia la oferta, conduce a través de un fortalecimiento de la capacidad de inversión de las estadísticas y el crecimiento de empleo o también política de atocuración del mercado habría de chocar con crecientes recelos e incluso resistencias en amplias partes de la población.

Otra alternativa a tener en cuenta es la reducción de la oferta de trabajo (personal). El mango del mercado de trabajo se presenta en los años 70 como relativamente exitoso, entre otras razones por que la vía de la “exclusión” o “prescripción” resultaba posible reconducir parte del potencial de fuerza de trabajo hacia la llamada reserva tácita. Las posibilidades de “dejar” en papeles alternativos fuese del modo de trabajo en las partes “excedentes” del volumen laboral ofrecido y, de esta manera, eliminar el exceso de oferta en términos relativamente pacíficos y desapercibidos, parecen entre tanto haberse agotado en amplia media. Los trabajadores extranjeros a todas luces se encuentran cada vez en menor medida dispuestos a servir de masa de maniobra de la política interior del mercado de trabajo y a retornar a sus países de orígenes, si así lo exigiesen las circunstancias internas.

El alargamiento del periodo de escolaridad obligatoria o el “alojamiento” de jóvenes en cursos de preparación profesional organizados en moldes escolares chocan con barreras y resistencias motivacionales entre los afectados que cada vez en mayor medida perciben y rechazan el nuevo “aparcamiento” que se produce en el sistema educativo; la exclusión de trabajadores de edad y afectados por minusválidos mediante la rebaja del límite flexible de edad o diversas medidas especiales encuentra sus límites en la capacidad financiera de resistencia de los asegurados sociales o en su caso en la disposición relativamente reducida de los afectados a soportar recortes en sus pensiones. La mujer también experimenta incremento en su participación en la vida activa.

Ahora bien, componer el equilibrio en el mercado de trabajo no se puede proceder sólo de manera tal que se excluye a determinados categorías de personas de la oferta, sino que también es necesario que se reduzca el volumen de trabajo ofertado en términos de trabajo. Aun resta, pues, la estrategia de acercar a el compromiso y a otra de las partes. El potencial papel político ocupacional de la política de tiempos de trabajo que se hace cada vez más significativo.

Las razones por las que los trabajadores y en parte sus organizaciones reducciones y flexibilizaciones del tiempo de trabajo, así como las razones de los empresarios para acceder a tales exigencias de oponerse a ellos y también los motivos de la política estatal de jornada de trabajo constituyen el entramado de valores de intereses diversos de los cuales los más impuestos se pueden sistematizar de la siguiente manera:

- El interés de los trabajadores por la reparación y regeneración de sus fuerza de trabajo mediante el aumento de tiempo libre; en su caso mediante concesiones en pausa reguladas dentro de la jornada de trabajo.

- El interés de los trabajadores y de sus organizaciones por el escaseamiento de la oferta de trabajo y la distribución más igualitaria.

- El interés de grupos específicos de trabajadores que pueden definirse con más o menos claridad (según edad, situación familiar, sexo, orientaciones valorativas, culturales, etc.) por un incremento de su “soberanía de tiempo”.

- El interés de los empresarios, sobre todo en sector servicio, por poder, utilizar la fuerza de trabajo ajustándose a la generación discontinua de tareas laborales.

- El interés de los empresarios en el aumento de la productividad horaria, que se puede obtener por la vía del trabajo a tiempo parcial y la jubilación anticipada.

Intereses político-sociales y político.económicos del estado para impedir el desgaste de los presupuestos de SS e incrementar el consumo de bienes y servicios.

Otras razones se derivan de objetivos de político-educacional o por el incremento del gasto del tiempo en actitud de autoservicio.

En la realidad de la negociación colectiva y política social no comparecen tan claramente diferenciadas.

La política de los sindicatos ante la transformación del cuadro general.

En líneas generales los sindicatos cuentan con tres distintos planos de acción para imposición de sus exigencias a los que se asigna la significación que varía intensamente según sea el respectivo cuadro de condiciones políticas y económicas del momento. Estos tres planos de acción son:

a)El plano de los convenios colectivos,

b)El plano de la política y acuerdos con los centros de trabajo

c)El plano de la influencia política ejercida sobre los factores de la política estatal.

Actualmente predomina la primera.

Las normativas contenidas en los convenios colectivos han de imponerse y traducirse en el pleno de los centros de trabajo antes de que lleguen a constituirse en elementos integrantes de la nota laboral. Sin embargo este procedimiento de transformación escapa al control inmediato y formas de los sindicatos en amplia medida por la dualidad de intereses del consejo de empresa y sindicato. A pesar de todo, por la vía de los acuerdos de centros de trabajo se consigue siempre mejorar de política social para grupos aislados de trabajadores que se convirtieron en el ejemplo a seguir en las regulaciones territoriales contenidas en convenios colectivos y/o leyes.

Sin embargo, a la vista de la evolución económica esperable para los años 80 así como de las previsibles y considerables transformaciones técnico-organizacionales (ej.: la microelectrónica), las plantillas de las empresas van a caer en la presión creciente no sólo con respecto a la seguridad en el empleo, sino también en lo que concierne a la calidad de trabajo (cualificación, condiciones de trabajo).

En la situación como ésta existe el peligro de que las representaciones de intereses de los centros de trabajo se vean forzados a imponer preferentemente regulaciones específicas a los centros de trabajo que tratan de preservar la posición relativamente privilegiada de los núcleos originarios de las plantillas.

Aunque existe toda la serie de intentos logrados y estrategias prometedoras de vincular la política de centros de trabajo (p.e. a través de enlaces sindicales) a la política sindical y así producir en alguna medida una unificación por encima del nivel de los centros de trabajo, en sentido inverso se presentan ya hoy tendencias que apuntan a la autonomización de la representación de intereses en los distintos centros de trabajo frente a la política sindical.

En todo caso, el problema de la unificación de las situaciones de interés parece haberles complicado aún más a los sindicatos a causa del mayor valor que ha adquirido el plano de los centros de trabajo y el pero creciente en consonancia, de las exigencias de carácter “egoísta” de los centros de trabajo.

El consejo de empresa debe conducir a tendencias centrífugas de la política sindical, lo que quiere decir: al agravamiento del problema de la unificación.

Desde el punto de vista la política organizacional, los consejos de Empresa han adquirido influencia dentro de los sindicatos en los últimos años.

Igualmente, también han aumentado los conflictos de centro de trabajo en relación con los conflictos del plano de la negociación colectiva. Algunos autores interpretan a esas luchas de trabajo como un agravamiento general de los conflictos de clase.

No resulta posible excluir formas cooperativas de colaboración en el plano “político”. Existen suficientes motivos para una regulación cooperativa de los conflictos y de las crisis. Esa cooperación se paga con el precio de la difuminación adicional de la capacidad de integración o unificación interna. Además de la estrategia cooperativa no se aprovechan en igual medida los trabajadores. Los sindicatos en la medida en que se vinculan en la responsabilidad en pro del cumplimiento de funciones y condiciones de estabilidad de carácter económico-global, caen en la precaria situación de tener que retirar del tráfico ampliamente sus ideologías, símbolos y perspectivas movilizadoras al objeto de poder cumplir con éxito su papel de interlocutores “fiables”, “responsables” y “capaces de mantener los compromisos” de la política estatal.

De esta manera renuncian al repertorio de los recursos intraorganizaciones de la comunicación y unificación, sólo con cuya ayuda se podrían superar las tendencias centrífugas y de fragmentación que hoy en día se caracterizan en términos generales la situación y la conciencia de los trabajadores y el mercado de bienes y servicios ofrecen la gran cantidad de refugios en los que, aunque sean con considerables privaciones materiales, resulta posible subsistir al menos temporalmente sin necesidad de entregar al mercado de trabajadores la propia fuerza de trabajo.

De este hecho surgen problemas para la organización y la política de los sindicatos, en su objetivo de “liberación del trabajo”, que se vuelve equívoco y contradictoria.

FACTORES ECONOMICOS: CRISIS OCUPACIONAL Y ESCISION DEL MERCADO DE TRABAJO

En la actualidad existen numerosos apoyos en proporción de la idea de que la tendencia de polarización y escisión del mercado de trabajo conduce a la contradiscoriedad relativa de las situaciones de interés de los distintos grupos de trabajadores y de que estas contradicciones penetran en la propia organización sindical. En distinta medida, la crisis y la escisión del mercado de trabajo llevan a los sindicatos de modo creciente a la situación altamente problemática de que los intereses de los grupos “bien organizados” y que “marcan la pauta” solo pueden defenderse exitosamente por sus miembros si al mismo tiempo se asume el cierto perjuicio de los intereses de otros grupos y segmentos. En los años venideros incluso se agudizará esta problemática.

Según los pronósticos acerca del desarrollo del mercado de trabajo en la RF el desempleo habrá de crecer intensamente a causa del crecimiento del potencial de personal.

Incluso al nivel actual de desempleo solo podría estabilizarse si el Prod. social creciera anualmente. Esta situación se ve agravada por la razón de que la tasa de productividad no experimentará retrocesos esenciales porque en los próximos años se harán notar las repercusiones masivas del cambio técnico, que se sitúa dominantemente en la línea de desarrollo de la microelectrónica y que tiene como consecuencia un ahorro de trabajo.

Como quiera que la política de demanda global la eynesiana se manifestó en los últimos años como de eficacia limitada en lo que a la ocupación se refiere y su continuación choca con unas crecientes resistencias, entre otras cosas a causa del endeudamiento del Estado, cobra la significación redoblada la política sindical orientada a la reacción de empleo, completada en la reducción de la jornada de trabajo y en la flexibilización del mercado laboral, que se designa como “la contribución de los sindicatos a la reducción del problema ocupacional”.

El crecimiento global del desempleo, afectará, sin embargo, de manera extremada distinta a las distintas ramas de la economía y a las distintas regiones. También aquí la política sindical se encuentra consiguiente expuesta a agravados problemas de unificación.

Aparte de la racionalización, los sindicatos se verán en la necesidad de ocuparse preferentemente, aparte de con cuestiones salariales y de jornada de trabajo de signo “cuantitativo”, también con cuestiones cuditativas, que se refieren a grupos de trabajadores claramente debilitados.

La introducción de nuevas tecnologías, por lo demás, ofrece a las empresas márgenes considerablemente ampliados de control y vigilancia de los ocupados mediante sistemas de información personal categorizando a los ocupados con datos y confrontarlos entre sí, en todo lo cual resultan nuevos desafíos para la política sindical y estatutaria.

Todos estos puntos de vista y todas esas previsibles líneas de evolución apuntan a que los conflictos de intereses y las relaciones competitivas entre distintos trabajadores y grupos de trabajadores habrán de intensificarse en diversos sentidos, entre los trabajadores cualificados navenciales y de sexo masculino de edad media, por una parte, por la otra los grupos menos cualificados y más expuestos a los riesgos del mercado de trabajo (mujeres, extranjeros, jóvenes, trabajadores de edad, minusválidos).

Como ha quedado demostrado por ejemplo en circunstancia de paro intenso y altamente estructurado, regulaciones de convenios colectivos, jubilaciones anticipadas, despidos o planes sociales con lo que queda perjudicada la cohesión de las posiciones sindicales como poder de oposición.

Por ello la capacidad de acción de los sindicatos y las organizaciones en ella integradas vendrán definidas en el futuro considerablemente por la respuesta a la pregunta de en que medida se consigue volver a integrar a los grupos ocupaciones marginalizados, o cuando menos evitar que continúe produciéndose el distanciamiento objetivo y subjetivo frente a la situación de los “grupos nucleares” de los trabajadores.

Aquí se apuntan unos problemas de unificación “del sindicato unitario que, por lo que respecta a la magnitud y a los riesgos que comporta, hasta la fecha no parece haberse comprendido suficientemente.

Los factores e intereses de los objetivos de la política de tiempo de trabajo por mezclar complejas de interés y condiciones de distintos actores y sus organizaciones. Por lo que resulta de especial interés constatar si se ha producido la actitud modificada en relación con el trabajador, mas corto y/o más flexible.

Esta cuestión se dirige a la evolución de la estructura social y el sistema de valores de las organizaciones capitalistas avanzadas que contribuyen a la transferencia del papel y de la valoración de la Actividad Económica Profesional, con el incremento de la “soberanía del tiempo” y de la emancipación personal frente al “régimen del tiempo”.

Una tipología de las regulaciones en materia de política de tiempo de trabajo debe diferenciar 3 dimensiones:

  • La localización institucional o el plano de la regulación: ¿Cómo se regula?. Si se prescinde del plano de control de trabajo se distinguen 3 planos:

  • Plano del centro de trabajo.

  • El sistema del negocio colectivo.

  • El plano establecido en el reglamento.

  • El objeto de la regulación. ¿Qué es lo que se regula del tiempo de trabajo?, regulaciones cronométricas, de sistema de trabajo cronológicas.

  • Los destinatarios de la regulación ¿Quién es el objeto de la regulación?

    • En el mercado de la oferta (trabajadores).

    • En el mercado de la demanda (empresarios).

    De la combinación de los 3 planos regulativos con los 2 objetos de regulación del tiempo de trabajo, así como con los 2 destinatarios es posible clasificar y distinguir todas las medidas a seguir.

    Los 3 procedimientos regulativos considerados (negociaciones en el plano de los centros de trabajo, convenios colectivos, leyes/reglamentos) no solo presenta límites específicos de su eficacia que resultan decisivos en tomar a sí en que medida los intereses de política ocupacional, empresariales e individuales se hacen valer de hecho.

    Además, resulta también determinante en esta materia cuales son los objetos de regulación que se eligen (cronométricas o cronológicas. En una primera aproximación los sindicatos de todos los países han exigido y propagado casi exclusivamente regulaciones cronométricas, mientras la parte empresarial, mas bien, regulaciones cronológicas.

    Las reducciones de los tiempos de trabajo exigidos en los convenios colectivos por los sindicatos como contribución a la solución del problema ocupacional se vieron impedidos parte de los empresarios y sus asociaciones hasta la fecha con éxito mediante la estrategia defensiva fundada sobre todo en los siguientes argumentos:

  • Los recortes de los tiempos de trabajo solamente de la manera reducida pueden contribuir a la eliminación del desempleo, pues la estructura de los trabajadores en paro no guarda relación con la cualificación ni, por lo que hace a la distribución regional, con las necesidades.

  • Las reducciones de tiempo de trabajo son irreversibles y empeoran por ello a largo plazo el problema de la escasez de fuerza de trabajo.

  • La reducción de los tiempos de trabajo conduce a la fuerte sobrecarga de los costes de las empresas.

  • La reducción del tiempo de trabajo significa la racionalización de las posibilidades de empleo, esto es: la asignación de más tiempo libre y la retirada de ingresos.

  • Como quiera que, por razones institucionales, las transformaciones son rígidas a la baja, los empresarios se preocupan tanto más de mantener variable a la baja la intensidad de trabajo en supuestos de presión de oferta.

    Y como las resoluciones del tiempo de trabajo se desplazan a la inversa, los sindicatos son escépticos frente a la flexibilización del tiempo de trabajo.

    Se rechaza sobre todo aquellas regulaciones que fundamentan las relaciones laborales por debajo del tiempo de trabajo normal, con los argumentos siguientes:

    Las situaciones de tiempo de trabajo parcial existentes se mueven en que mayoría en el nivel bajo de cualificaciones, por lo que apenas ofrecen oportunidades de ascenso y de adquisición de cualificaciones adicionales, produciendo la inestabilidad coyuntural.

  • Las regulaciones flexibles de tiempo de trabajo constituyen la estrategia empresarial de racionalización con la que se trata de alcanzar la intensificación del trabajo. A un mismo tiempo se suspenden distintos derechos protectores y pretensiones.

  • Regulaciones del tiempo de trabajo que se aportan de la jornada laboral normal sólo se toman en consideración con respecto a trabajadores cuya familia no depende en exclusiva de la renta obtenida en las correspondientes Relaciones Laborales.

  • Mediante las regulaciones individuales de los tiempos de trabajo soslaya la regulación convencional, en especial la estrategia de solidaridad tendente a la imposición de la semana de 35 horas.

  • De todo ello para los sindicatos deriva lo siguiente: La flexibilización movilidad del tiempo de trabajo no es el medio aportado contra el desempleo ni válido para la creación de “soberanía de tiempo”.

    Mas bien al contrario, de la introducción de regulaciones de esta clase de que se ha de temer son efectos negativos para el conjunto de trabajadores.

    Las reflexiones precedentes han puesto de manifiesto que la reforma de las estructuras de los tiempos de trabajo implica la reforma de los procedimientos de negociación y decisión cuya realizabilidad política actualmente no puede considerarse, por lo demás como muy propicia.

    Aun en el supuesto de que se conocieran las regulaciones de política de tiempos de trabajo de los que se puede esperar claramente la solución de los problemas de empleo y humanización y una consideración más intensa de las preferencias de los trabajadores en materia de tiempo de trabajo, faltarían las estructuras decisorias que de hecho pusieran a disposición esos instrumentos. Aquí nos enfrentamos al mismo tiempo con el problema decisorio (esto es, con la cuestión de la elección correcta y efectiva de reglamentaciones) y con el “problema constitucional” (esto es, con la cuestión de la “conector” composición, competencia, forma procedimental, etc.; de los agentes decisorios).

    Adicionalmente se plantea la cuestión de la fuerza y la distribución de los motivos que enfocan en el sentido de la nueva política de tiempo de trabajo.

    A pesar de los múltiples indicios acerca del retroceso en que se encuentra asumido, especialmente entre los trabajadores más jóvenes, la orientación de acuerdo con las normas vigentes para el mundo del trabajo, no se puede dar por sentado que de este “cambio de valores” derive del cuestionamiento político masivo de las estructuras del tiempo de trabajo que hoy todavía predominan. Por las reflexiones formalizadas en la temporada científico-social de la acción colectiva (ya que no de la experiencia cotidiana) sabemos que, incluso la comprensión comúnmente compartida de la deseabilidad de la función de la determinada política no resulta suficiente para formar e imponer políticamente los motivos que conducen a la elección justamente de esa política.

    Se presenta para los sindicatos, la cuestión de si los motivos para las reducciones de los tiempos de trabajo reclamados por ellos desde distintos puntos de vista político ocupacionales también serán considerados evidentes por la masa de los trabajadores dentro y fuera del propio ámbito organizacional y cobrarán de esta manera una fuerza política de imposición.

    Si se responde negativamente a esta pregunta, se plantea la cuestión adicional: ¿de que concepciones materiales y formas institucionales se dispone para asumir el creciente volumen de tiempo de trabajo en al mercado de trabajo regular ya no absorbe? ¿Qué formas de actividad con sentido y satisfactorias resultan posibles (cuando menos) procuren posición social, identidad, contratos sociales y actividades solamente reconocidas como lo hace el trabajo profesional asalariado?.

    ¿Qué presupuestos políticos y económicos han de darse para la experimentación con tales formas de actividad externa al mercado de trabajo no venga acompañada con el riesgo de que las personas afectadas no sean declarados indeseables “alfiles” en el tablero de la sociedad el trabajo y/o caigan a través de los agujeros (justamente previstos en este punto) de la red de la seguridad social?.

    Las respuestas a estas cuestiones deberían obtenerse tanto mirando atrás, al sistema corporativo en el seno del movimiento obrero y a sus formas de trabajo culturales y organizativas que afectan al “ámbito de tiempo libre”, como llevando la mirada hacia delante, hacia la sociedad de servicios “post-industrial”, que, fijada en el mercado de trabajo puesto desorganización de la asignación de personas o actividades, no ha resuelto por ahora ni organizacional ni económicamente el problema de sus crecientes necesidades estructurales de servicios.

    Ampliamente indiscutible debería ser el dato de que el sistema de instituciones políticas de la democracia en la actualidad, tanto en lo que hace a la participación política de los ciudadanos como a la ejecución de la administración prestacional estatal, discurre en el “vacío” en gran medida y por razones que de modo inmediato tienen que ver con los limitados márgenes de disposición temporales de los ciudadanos.

    Presupuesto de la superación de la por doquier lamentada incompetencia participativa política de los ciudadanos lo constituye sin duda alguna la mayor “disponibilidad” temporal a los fines de la propia información y participación en el trabajo de las organizaciones políticas.

    Y la con igual frecuencia lamentada inefectividad de la administración prestadora del Estado de bienestar, gobernada a través de medios, dinero y derecho, sólo podía corregirse en la medida en que los organismos estatales fueran completados y, en parte, sustituidos por el trabajo de grupos de autoayuda autónomos y otras iniciativas similares para cuya actividad una vez mas es premisa necesaria a la mayor disponibilidad de tiempo. A la vista de esta situación problemática, ¿Qué mas natural que el intento de crear posibilidades institucionales con la ayuda de las cuales pudiera transferirse al puesto de tiempo del “ciudadano político” los contingentes de tiempo del “ciudadano económico” que el mercado de trabajo no ha asumido?.

    Esta panorámica concluyente en torno a las cuestiones adicionales que presenta la política de tiempo de trabajo no puede prestar ningún servicio a su respuesta, pero en todo caso deberá haber dejado claro que la política de tiempo de trabajo sólo tiene perspectivas de éxito en proporción del pleno empleo cuando paradójicamente está dispuesta a abandonar la idea directriz de la absorción de la totalidad del volumen social del trabajo por parte del mercado laboral, y por decirlo así, como medidas colaterales, formas de actividad útil y satisfactorias que no puedan asignarse a través del mercado de trabajo.

    FLEXIBILIDAD DEL TIEMPO DE TRABAJO

    En el seno de casi todas las instituciones implicadas en el mercado de trabajo se ha impuesto la concepción de que las modificaciones del tiempo de trabajo resultan aptas y necesarias para la solución del problema del paro. Ahora bien, los que está en discusión es de que clase han de ser esas modificaciones.

    Mientras que los sindicatos tratan de conseguir esos cambios mediante reducciones del tiempo de trabajo plasmadas en los convenios, el gobierno federal, los empresarios y la organización patronal, así como algunos científicos y periodistas ven en la flexibilización del tiempo de trabajo individual la oportunidad para procurar a más personas acceso al trabajo remunerado

    Los portavoces de la posición última referida remiten por regla general a la gran potencial de personas ocupadas a tiempo completo y están dispuestas a la minoración de su tiempo de trabajo, aceptando la consiguiente pérdida de venta, y considerar que esta circunstancia es el progreso social si se pretende que el mundo del trabajo se aparte del esquema de las “columnas militares” (Nortert Brom) que las regulaciones colectivas representan.

    Los tiempos de trabajo reducidos colectivamente y los flexibles en términos individuales son de una naturaleza distinta que difícilmente se puede presuponer unanimidad acerca de los criterios adecuados de comparación.

    • Aspectos de la Demanda y de Oferta de trabajo flexible en el mercado de trabajo.

    El indiscutiblemente amplio apoyo que encuentran los tiempos flexibles conduce engañosamente a la sobrestimación del volumen de trabajo a título de demanda compensatoria de mano de obra, puede esperarse una vez que se realizaran por las empresas los deseos de modificación del tiempo de trabajo.

    Cómo y por qué los efectos ocupacionales, que apresuradamente se creyó que se producirían, se van desvaneciendo en la medida que la reflexión toma los derroteros más realistas, es algo que se puede ilustrar mediante (sencillo modelo de embudo. Estos desencadenantes contextos se imputan en parte, allí donde se aprecian al déficit regulativo institucional, al que se acusa de oponerse a la estrategia efectiva de flexibilización.

    EL DEFICIT REGULATIVO

    Quienes apoyan la flexibilidad del tiempo de trabajo critican la actividad de los sindicatos y los acusan a veces de que incumpliendo su pretensión de “defensores de la clase trabajadora”, ignoran en la negociación colectiva a aquellos trabajadores que desean voluntariamente “tiempos de trabajos flexibles, no estandarizados. De esta manera, las consecuencias no atractivas y disminudorias del trabajo a tiempo parcial (limitación en buena medida a trabajadores del sexo femenino y en puestos profesionalmente inferiores, insuficiente de la colectiva de los riesgos sociales, etc.).

    Se presentan a priori como evitables solo con tal de que los sindicatos hubieran atendido a tiempo crecido la diferenciación de las condiciones y las preferencias en materia de tiempo de trabajo.

    Son esas características negativas las que aducen los sindicatos como razón de su rechazo de las regularizaciones individuales y flexibles del tiempo de trabajo.

    A ello subyace la idea de que los esfuerzos en pro de la regularización convencional de las condiciones especificas de estas formas de tiempo de trabajo significan en última instancia también su “reconocimiento” por los sindicatos y, por lo tanto, hubieran fomentado su difusión.

    Una sujeción oportuna de las condiciones de flexibilidad en los tiempos de trabajo a los convencionales colectivos habría resultado adecuada cuanto menos para evitar las consecuencias más granosas y acoplar mas intensamente la configuración de esas formas de trabajo a la observancia de los intereses de los trabajadores pero, esto no se produjo debido a condicionantes organizativo-estructurales de la política sindical de la negociación colectiva.

    Otro dato, es que la regulación restrictiva que no se llevó a cabo a tiempo no es sin más recuperable. Toda nueva regulación de las condiciones de ocupación de trabajadores/as a tiempo parcial ha de conjurar enormes conflictos con los patronos.

    El déficit regulativo en materia de trabajo a tiempo parcial no se puede achacar exclusivamente a la falta de sensibilidad organizacional y a la estancia de haber dejado pasar el momento “oportuno”, sino a dificultades de la política sindical. Así, los tiempos de trabajador flexibles, por mas que desde la perspectiva de los trabajadores a tiempo parcial afectados sea positivo, tienen siempre consecuencias negativas para las condiciones generales de la representación sindical de intereses, y habrían de resultar perjudiciales, aunque sólo fuera de modo indirecto para los trabajadores.

    Se acrecentarían las desigualdades en las condiciones de trabajo de las clases trabajadoras, oponiéndose a la unificación de objetivos y reivindicaciones y la acción solidaria.

    Perderían vigencia los convenios colectivos y en definitiva el de la “fuerza negociadora” de los sindicatos, a favor de los acuerdos individuales. La mejora de situación de los trabajadores choca con dificultades acrecentadas por la parte a la negociación colectiva de los tiempos de trabajos colectivos en detrimento de los individuales.

    Por otra parte, también sería de temer que con la intensivación de la productividad, no sólo posible, sino también perseguida desde las empresas, por obra del trabajo a tiempo parcial, también crecieran las exigencias de productividad frente a los empleados a tiempo completo.

    Además, la predisposición para soportar condiciones retributivas y laborales menor favorables así como la menor cobertura social podría tener represiones en la capacidad de contradicción y defensa de todos los trabajadores frente a las pretensiones de sus empresarios.

    En la política sindical, del “déficit regulativo” en lo ateniente a tiempos de trabajos reducidos y flexibles, subyace no solo el influjo de la “calidad” de los puestos de trabajo a tiempo parcial, sino el impedimento de su difusión, más estrictamente: La prohibición incluso del trabajo a tiempo parcial, sin importar de qué clase pudiera ser éste. Por lo demás a falta de la regulación “oportuna” de las condiciones enmarcantes, en el pasado no tuvo ninguna posibilidad de éxito una “estrategia de prohibición”. Como quiere que en el trabajo a tiempo parcial originariamente constituía el complemento deseado de las relaciones laborales normales en materia de tiempo de trabajo en el sistema de pleno empleo y sólo con el avance de la crisis ocupacional mudó su carácter socioeconómico, difícilmente pudo haber un momento en el que hubiera alguna perspectiva de éxito la iniciativa de prohibición.

    Para el futuro previsible, la política de negociación colectiva de los sindicatos en relación con la cuestión de flexibilización del tiempo de trabajo y del trabajo a tiempo parcial habrá de quedar atrapada, empero, en el siguiente dilema: por la parte, no puede ignorar completamente los intereses de sus aficiones en la garantía de su situación y en la mejora de las condiciones de trabajo a tiempo parcial, sobre todo cuando el número creciente de trabajadores se ven en la necesidad de soportar tiempos de trabajo infranormales como si del “mal menor” se tratara.

    Por otra parte, empero, en ese frente de la negociación colectiva no sólo es apenas si pueda conseguirse algo en la actualidad, sino que, aunque las cosas fueran de otro modo, con ello se arrastrarían también intereses de organizaciones centrales e instituciones de poder de los sindicatos. El sacrificio en el seno de la negociación colectiva de la “jornada de trabajo normal” como el caso típico producida cuando la inversión del largo desarrollo económico en el de los componentes individuales del contrato de trabajo fueran sustituidos progresivamente por las disposiciones de los convenios colectivos.

    LA RESPUESTA INSTITUCIONAL: EL DISCURSO DE LA FLEXIBILIDAD LABORAL

    La respuesta institucional se articula en torno a los requerimientos que implica el impulso a la nueva oleada de cambio técnico que permite recomponer el proceso de acumulación de capital truncado en la crisis de los setenta.

    Ello supone la definición paulatina del nuevo modelo de crecimiento económico que, en la práctica de estas 2 últimas décadas, se está definiendo con tomo a varios ejes.

  • La necesidad de promover el desarrollo tecnológico y su difusión lleva consigo el marco de mayor flexibilidad en la asignación de los factores de producción. Se busca, por tanto la mayor movilidad de los mismos al objeto de facilitar los ajustes a las situaciones cambiantes tanto en las condiciones productivas como de la demanda. Esto constituye la esencia del modelo de “especialización flexible”, uno de cuyos prolegómenos es el modo de organización de las actividades sumergidas, que surge como respuesta la alternativa a la eclosión del modelo forolista.

  • La búsqueda de economías de escala se articula ahora sobre un modo diferente de organizar las relaciones de producción definiendo el orden jerárquico distinto en las cadenas productivas.

  • El soporte teórico/ideológico para tener necesidades lo aporta la redefinición del paradigma clásico-margindista, en sus versiones neoclásica y monetarista, enfatizando la virtualidad el mercado sin interferencias externas como instrumento ideal para lograr un mayor nivel de eficiencia económica, concepto que es de carácter autológico.

  • Ambas cuestiones expuestas en los puntos anteriores abren camino al proceso enfatizando de desregulación y/o liberación del funcionamiento de los mercados, particularmente el laboral.

  • Como consecuencia de lo anterior, la mayor o menor capacidad de asimilación del cambio técnico y la mayor o menor intensidad en el proceso de desregulación contribuyen a impulsar cambios significativos en la estructura sectorial de los sistemas económicos nacionales. Las posibilidades de impulsar crecimientos acumulativos de productividad se hace sobre la base del desarrollo y la asimilación de la innovación tecnológica y la “desinternacionalización” de los costes de regulación, particularmente los laborales. Unos sectores ganan en posición competitiva respecto a otro en el escenario nacional y en el externo a partir del proceso mas acelerado de cambio técnico y de desregulación. Sin duda el desarrollo económico-institucional bajo ambas premisas penetrará efectos de redistribución sectorial de los recursos productivos.

  • El proceso de mundialización está contribuyendo también a intensificar la desregulación en el ámbito político-ideológico referenciado como el mecanismo de ganancia competitiva, particularmente en los sectores productivos de demanda débil o media con sus respectivos ciclos tecnológicos ya maduros, e incluso en fase de agotamiento. De forma simultánea los diferenciales en cuanto a intensidad reguladora de diferentes marcos nacionales está justificando el fenómeno de la “deslocalización productiva” entre áreas geográficas diversas. Frente a las situaciones de dumping social o ecológico, la respuesta de los países centrales se oriente hacia la deslocalización y no hacia la redefinición del marco regulador de alcance supranacional que atienda a las referidas diferencias nacionales en la intensidad reguladora.

  • En el ámbito específico del trabajo, el concepto sobre el que se inventan las reformas ha sido esencialmente el de la flexibilidad laboral, que adquirió particular relevancia a partir de la crisis de los 70 y ha polarizado el debate de la economía del trabajo desde entonces, aunque ya con anterioridad se puede encontrar el término inserto en determinados discuross liberales.

    Sin embargo, el propio significado del término ha estado siempre sujeto a interpretaciones diversas, en su mayoría coincidentes con el discurso de determinados agentes sociales y que trataban de introducir reformas en la legislación laboral.

    Tradicionalmente el vocablo ha sido aplicado a la capacidad del sistema de trabajo, y específicamente el de los salarios nominales, para adaptarse a las cambiantes circunstancias económicas, sociales y tecnológicas. Dentro de la definición tan amplia es posible introducir todo tipo de matices, y así se puede apreciar que el propio contexto viene a marcar el significado específico del término.

    Así, por ejemplo, mientras en los E.E. U.U. flexiblemente se entiende como la libertad para distribuir la mano de obra dentro de la empresa, en Europa Occidental, se relaciona, sobre todo, con la libertad de los empleadores para despedir trabajadores según marquen las condiciones económicas.

    Todo el debate nace, como se ha señalado tras la crisis del petróleo, en la que comienza a percibirse que el funcionamiento de los mercados estaba siendo deficiente, cuyo indicador más expresivo eran las crecientes tasas de desempleo y que constituía el obstáculo fundamental para el crecimiento económico. Específicamente se señalaron algunos puntos que se configuraban como las causantes de esta inadecuación productiva: La rapidez del precio de la mano de obra, las condiciones del empleo y la cantidad y calidad de los recursos humanos.

    Todos estos factores estaban contribuyendo a la separación efectiva entre las nuevas circunstancias económicas y lo que se suponía la respuesta adecuada desde el mercado de trabajo a las mismas. Por lo tanto, era necesario revisar los postulados que hacían posible esas ripideces combinadas en los mercados de trabajo y que se definían en torno a las restricciones institucionales, las políticas sociales, la legislación y los acuerdos colectivos, las negociaciones centralizadas, la intervención sindical y las directrices gubernamentales.

    Se puso en entredicho casi la generalidad del aparato legislativo dispuesto para regular los mercados de trabajo, cuya reforma pasó a formar parte de la agenda política de muchos partidos de Europa occidental, en un ataque sin precedentes a lo que había constituido el cascarón económico del Estado del Bienestar.

    Según los reformistas, si se desechan mejoras significativas de las condiciones económicas del país en el entorno de mayor mundialización era necesario redefinir el marco de relaciones laborales para hacerlo más flexible.

    Debían romperse las rigideces que impedían recuperar el crecimiento mediante reformas que permitiesen acercar el mercado de trabajo al tipo “libre” ideal. Con ello conseguirían reducirse las altas tasas de desempleo y mejorar el funcionamiento del sistema productivo en general.

    En otras palabras, se trataba de eliminar gran parte de la prerrogativas que habían adquirido los trabajadores durante las décadas anteriores y que, paradójicamente, estaban jugando en contra de su futuro bienestar.

    La comparación, en este sentido, del funcionamiento de los mercados de trabajo en Europa Occidental y los E.E. U.U. se valoró como alentadora para sus postulados. Mientras que la recuperación económica produjo, en este último una creación significativa de nuevos empleos, en Europa las tasas de desempleo se mostraron reacias a reaccionar positivamente.

    FLEXIBILIDAD VERSUS EMPLEO

    Algunas características expuestas en diversos estudios vienen a demostrar que la relación entre ambas variables es más endeble de lo que se cree.

    Los argumentos sobre la flexibilidad se hacen sobre la asunción de lo que es bueno para la empresa a nivel nacional, e incluso mundial.

    INTEGRACION DE LOS MINUSVALIDOS EN LA SOCIEDAD TRABAJADORA:

    Los cambios en la forma de entender las minusvalías desde las administraciones públicas, y por tanto, en su clasificación y cuantificación, muestran el camino que ha seguido un concepto controvertido desde una consideración de hecho aislado, casi individualizado, hasta convertirse en un fenómeno social.

    La Construcción social de la marginación que hacía el INE en 1.974 era ambigua y confusa. Se consideraba marginada aquella población “privada de una participación plena en la sociedad debido bien a causas de origen netamente social como a una serie de factores individuales y sociales que se conjugan en una medida desconocida, como ocurre en los casos de suicidio, subnormalidad, etc.”.

    Dejando al margen que en esas fechas la participación “plena” en la sociedad quedaba limitada a una parte muy reducida de los españoles, al hacer hincapié en el origen la perspectiva no permite deslindar claramente que es lo social y que es lo individual.

    Veinte años después, en 1.994, el enfoque del INE había cambiado, ya que ahora se parte de la distribución desigual de las oportunidades de bienestar. La desigualdad de los grupos se organiza verticalmente en estratos ocupacionales y sociales, siendo más vulnerables a la desigualdad social y a sus efectos los estratos más bajos. El reparto social de las oportunidades de bienestar se articula en torno a un núcleo central, compuesto por los que producen y consumen.

    No obstante, en este núcleo pueden darse situaciones de pobreza, especialmente en la base de la pirámide ocupacional, distinguiendo esta pobreza de la que se identifica con la marginación y la exclusión socialmente aislados. Alrededor de este núcleo central hay una zona de inestabilidad ocupada por una masa fluctuante caracterizada por el empleo precario, el paro juvenil y el femenino y las jubilaciones anticipadas.

    Finalmente se encuentra la zona de exclusión de grupos desfavorecidos al margen de la estructura ocupacional, entre los que se incluyen, a las minusválidos, los enfermos mentales o a los ancianos pobres, discapaces o aislados.

    Hasta 1.975 no tenemos una idea de la dimensión del fenómeno que se conocía por entonces como minusvalía. Se definía ésta por entonces como marginados a los que no podían participar plenamente en la sociedad, puntualizando que eran una minoría de la población.

    Veinte años después la ambigüedad que rodea al concepto de minusvalía como sinónimo de subnormal, deficiente, anormal, disminuido, tarado, etc., corresponde a una construcción social todavía confusa. Un tercio de la población tiende a identificar minusvalía con defecto físico.

    La OMS define las consecuencias de la enfermedad en tres niveles:

  • Deficiencia: Se refiere a las manifestaciones de una enfermedad, en el órgano o en su función, sin importar cual sea su causa

  • La Discapacidad: se refiere a las consecuencias personales de la enfermedad. “Se entiende por discapacidad toda limitación grave que afecte de forma permanente a la actividad del que la padece y tenga su origen en una deficiencia”.

  • La minusvalía: se refiere a las repercusiones sociales que tiene la enfermedad. Esto es, la situación de desventaja que dejan las consecuencias de la enfermedad en el individuo para relacionarse con las personas de su entorno.

  • La situación de marginación se articula sobre la dependencia de los otros, percibiéndose como un coste. Mientras se ha mantenido la estructura familiar con división del trabajo y de papeles, encargándose la mayor de las labores domésticas y del cuidado de los enfermos, minusválidos, siendo así un problema privado.

    Pero con la incorporación de la mujer en el trabajo extradoméstico, el cuidado de los minusválidos se convierte en un problema social. Los minusválidos resultan caros, ya que hay que cuidarlos y mantenerlos.

    La eliminación de las barreras físicas es el paradigma del coste de la integración social de los minusválidos. Las ciudades y las casas no están preparadas y su adaptación suelen tener un coste elevado.

    El minusválido no está presente en lo cotidiano por la dificultad que presenta en lo cotidiano por la dificultad que presentan para adaptarse a un paisaje físico que le es hostil.

    Suele decirse que el tener un empleo implica integración social, pues el trabajo satisface una serie de necesidades relacionadas con la independencias, el sentirse útil, etc. El minusválido se asocia a adjetivos como latoso, pesado o molesto.

    Aunque se reconoce que apenas a empezado la andadura de la integración se confía en que el proceso mejorará en el futuro.

    La motivación de las Administraciones Públicas ha sido de gran eficacia para el proceso de integración. La evolución del proceso de integración de los minusválidos, que pasa indefectiblemente por la inserción laboral, se percibe con optimismo.

    La independencia económica del minusválido resuelve dos problemas: no cuesta y no molesta. En definitiva será autónomo, independiente podrá vivir sin depender de los demás.

    La integración de los minusválidos pasa por la formación y la inserción laboral, pero también porque hay que cambiar la forma de mirarles; hay que acostumbrarse a verles, convertir en normal, lo que todavía es extraordinario. La integración de los minusválidos pasa porque los normales aprenden a convivir con ellos, a tratarles como iguales.

    Como conclusión de este apartado se pueden extraer una doble conjetura sobre la doble tendencia que se apunta sobre la situación social de los minusválidos.

    En el marco de la sociedad la tendencia es de la exclusión a la integración, como consecuencia de la intervención de las Administraciones Públicas y de las Asociaciones y Fundaciones, que tienden a materializarse en una carta de derechos, en la formación e inserción laboral.

    Sin embargo en el marco familiar la tendencia se invierte pasando de la integración a la exclusión, como consecuencia de factores como la incorporación laboral de la mujer, cambios en la función familiar, ruptura de los lazos tradicionales y cambio de valores prolongación de la tendencia específica hacia la expansión del sector servicios, permanece sumida casi por completo en definiciones negativas: el sector de servicios viene definido por lo que no son.

    Así comúnmente por servicios se entiende la totalidad de aquellas actividades que no se pueden asignar ni al sector Primario, ni al secundario.

    Estas definiciones residuales adolecen de que con la etiqueta de “Servicios” no se designa propiamente ningún ámbito funcional de la sociedad autónomo y clasificado conceptualmente, sino que sólo se patentiza un problema taxonómico socio-estadístico.

    En la búsqueda de una definición conceptual del sector de servicios que no sea sólo “residual” se topa con la pregunta de cuales son propiamente las unidades de investigación a los que hay que asignar el predicado de pertenecer al sector de servicios.

    Una característica definitoria negativa frecuentemente utilizada con respecto a los servicios es la no materialidad del servicio: Como quiera que éste no se materializa en un producto físico, el resultado del servicio no puede desplazarse en el tiempo y el espacio, es decir, no se puede transportar ni almacenar.

    Frente a estas dificultades que caracterizan a una satisfactoria conceptualización teórica, gran parte de la bibliografía, en especial la política-económica, reacciona con definiciones meramente enumerativas: por actividades profesionales u organizaciones de servicios se entienden los bancos, el comercio, los seguros, la educación, la justicia, etc.

    De esta forma desaparecen todos los criterios con fundamentación teórica relativos a la inclusión de un sector, como por ejemplo al de los bancos, o la no inclusión de otro sector, como por ejemplo el transporte de mercancías.

    La cuestión global de la “dinámica evolutiva del sector servicios” en las sociedades industriales capitalistas se puede escindir en dos preguntas parciales sobre la base de las distinciones expuestas:

    • ¿Qué magnitudes significantes determinan la extensión del conjunto de las “actitudes de vigilancia” y sus transformaciones marginales?.

    • ¿Qué magnitudes determinan la distribución de las distintas actividades de servicios en las tres formas organizacionales del trabajo de prestación de servicios que hemos descrito y las modificaciones marginales de sus proporciones?.

    Si el trabajo de prestación de servicios se define como trabajo de “vigilancia” o “supervisión”, cualquier explicación de los cambios operados en su volumen ha de comenzar con la indagación de la naturaleza y la extensión de los riesgos y amenazas para cuyo control se instauran los servicios.

    La evolución del sector de servicios de la sociedad industrial capitalista en la suma de las reacciones estratégicas a los riesgos estructurales de una sociedad que, por una parte, presenta un elevado grado de diferenciación, pero por otra, resulta incapaz de coordinar espontáneamente los elementos diferenciados.

    Para dar una respuesta aproximada a los interrogantes anteriores podemos decir lo siguiente:

    El riesgo existencial que resulta para las unidades compresorales individuales a partir de su recíproca relación de competencia; el desarrollo de los servicios se encuentra en parte situado en la perspectiva estratégica de las unidades económicas de absorber y hacer controlables los riesgos de la lucha competitiva.

    El riesgo existencial que resulta de los costes y exigencias de reproducción de los trabajadores dependientes y de los conflictos de clase, que conllevarían el quedar por debajo de los costes de reproducción de una negativa de los correspondientes exigencias; el desarrollo de los servicios se puede entender en parte como reacción estratégica frente a este tipo de riesgos estructurales, esto es, como estrategia de “socialización” de la reproducción de la fuerza de trabajo a través de la que, por la vía de racionalización, semanalmente se contiene el crecimiento de los costes reproductivos que en otro caso se presentarían como exigencias salariales.

    El riesgo existencial que resulta de los costes y exigencias de reproducción de los trabajadores dependientes y de los conflictos de clase, que conllevarían el quedar por debajo de los costes de reproducción do una negativa de las correspondientes exigencias, el desarrollo de los servicios se puede entender en parte como reacción estratégica frente a este tipo de riesgos estructurales, esto es, como estrategia de “socialización” de la reproducción de la fuerza de trabajo a través de la que, por la vía de la racionalización, simultáneamente se contiene el crecimiento de los costes reproductivos que en otro caso se presentarían como exigencias salariales.

    El riesgo existencial que surge de las tendencias al estancamiento económico de sector industrial; el desarrollo de las actividades de servicios se encuentra en parte bajo la perspectiva estratégica político-estructural de compensar los cuellos de botella ocupacionales resultantes de esas tendencias de excesiva industrialización y por la vía de la política de empleo “alojar” en las nuevas actividades de servicios la fuerza de trabajo que de forma continuada va liberando el sector industrial; en parte esto ocurre incluso con la esperanza de que el desarrollo de los servicios no sólo compensen desde el punto de vista de esa política ocupacional las tendencias al estancamiento, sino que incluso los eliminen asegurando la competitividad del capital nacional.

    • Consideraciones Sociológicas:

    La línea de “cuellos” que separa a los trabajadores de los empleados corresponde a la que separa dos clases de trabajo de servicios (los conceptos “empleados” y “trabajo de servicios” se diferencian en que están situados en distintos planos conceptuales, así como en que ambos conceptos manifiestan una amplitud distinta, los “empleados” son siempre trabajadores por cuenta ajena, mientras que los “servicios” pueden ser llevados a cabo, además de por trabajadores de esa clase, también por funcionarios públicos y por trabajadores autónomos). En principio esta tesis no se refiere a las características pertenecientes a la sociología del mercado como, por ejemplo, la conformación de los puestos de trabajo y las condiciones de trabajadores o de los empleados, sino que se refiere a las razones y a las finalidades estratégicas a partir de los que el trabajo de una u otra clase en visto en definitiva como necesario por parte de los directores y de hecho es utilizado.

    Contemplados los casos desde este prisma, el punto de referencia estratégico y la racionalidad específica del trabajo de producción lo constituye la apropiación y la transformación de la naturaleza exterior a los fines de la creación de riqueza social.

    La definición estratégica de los fines del trabajo de producción empleado se cumple marginalmente mejor cuanto más eficientemente es su organización, es decir, cuanto más regular, estandarizada, calculable y controlable se ejecuta. Frente a ello, en el caso del trabajo de servicios implica la referencia teológica de la garantía, a saber: la orientación estratégica por los rasgos, perturbaciones, irregularidades inseguridades, e imparderabilidades del ambiente natural técnico y político que han de ser absorbidos, implica el predominio de criterios de efectividad.

    A partir de la función garantizadora definitoria del trabajo de servicios resultan problemas decisorios específicos para las organizaciones que utilizan trabajadores de servicios.

    Aquí predomina un punto de referencia estratégico de carácter defensivo-negativo. Se trata de rechazo de las alteraciones e irregularidades a los que se ven confrontadas las empresas tanto en su entorno exterior como en su ambiente interno.

    Como quiera que esas irregularidades nunca pueden ser conocidas de antemano por lo que respecta a su naturaleza y amplitud y al lugar y momento de su aparición, en interés de su dominio efectivo se debe prevenir unos ciertos márgenes de disposición y capacidades de reserva. Incluso los contextos de problemas para cuyo dominio se recurre al trabajo de los empleados son inciertos en una doble dimensión: distinguimos así una incertidumbre de inputs y de outputs.

    Por la sociología de las profesiones conocemos el problema permanente, característico de ese grupo profesional, pero que en modo alguno se limita a él, de que nunca se puede establecer, en el sentido de unas reglas técnicas claras y de probada validez, qué tipo y qué cantidad de acciones instrumentales se requieren y bastan para provocar un resultado deseado. Toda acción de trabajo puede descomponerse en una secuencia de medios, objetivos y funciones.

    Este argumento debería dejar en claro que en el ámbito del trabajo de servicio tanto la relación entre medios y objetivos de la acción de trabajo como la existente entre objetivos y funciones, por regla general en nuevos directa y evidente que en la esfera de la producción.

    Por todo lo expuesto podría esperarse que las entrecruzadas estrategias racionalizadoras a las que se ve expuesta la situación laboral de los empleados condujera a una “situación mixta” característica para todos los empleados.

    De hecho, varios intentos sociológicos de definición de los empleados siguen a ese modelo teórico de un “tanto-como” o “por una parte-por otra” postulado para todos los empleados: su “posición intermedia” consistiría en que reciben tanto como importen instrucciones, ocupan una situación subordinada, pero con derecho a promocionarse.

    La defensa de comerciales de la Sociología laboral como esos, caracterizados por una vocación de absoluta generalización, en la actualidad no resulta empíricamente sostenible ni necesaria siquiera para el apoyo de nuestra tesis de que los empleados se encuentran en la encrucijada de una serie de estrategias contradictorias.

    La diferencia que se hace sentir tanto dentro del ámbito de los trabajos de servicios como entre éstos y el trabajo productivo consistente, no en la diferenciación empírica entre todo puesto de trabajo de empleado y todo puesto de trabajo de obrero, sino más bien en la eventualidad, a considerar en el cálculo estratégico, de que en ámbito de los empleados cada incremento de eficiencia en un punto haya de ser compensada en otro punto mediante la concesión de condiciones de trabajo menos controladas y menos estandarizadas.

    • Crecimiento del Trabajo:

    Una hipótesis de carácter evolutivo continuamente expuesta desde los años treinta acerca de la transformación estructural socio-económica de las sociedades industriales dice que el porcentaje de trabajo de servicios en el conjunto de trabajo social se encuentra comprometido en un proceso de crecimiento continuo y que este crecimiento es de significación decisiva para las condiciones y relaciones de trabajo, el consumo y el bienestar, la distribución del poder social y las estructuras políticas de dominación.

    En la historia de la sociología es posible rastrear raíces de esta hipótesis evolutiva global incluso en fechas anteriores al período de entreguerras como por ejemplo, en los estudios de Ladever (1.912) acerca del incremento y la significación social de los empleados, en el concepto de Karl Renner de la “clase de servicios” o incluso en las famosas especulaciones de Carl Marx sobre el advenimiento de una “sociedad autonacional” contenidos en los “Fundamentos” (1.953, p.p. 592 y s.s.) donde habla de que la fuerza de trabajo humana va a ir saliendo cada vez más del ámbito de la producción material para adoptar el carácter de un “vigilante y regulador” de la producción.

    No el pronóstico del desarrollo del trabajo en el sector de servicios y sus consecuencias globales ni el inventario o pronóstico de los criterios político-sociales y culturales constituyen el objeto de las siguientes reflexiones, que se limitan más bien a la pregunta por las hipótesis y los enfoques teóricos de que se dispone para una explicación del crecimiento del trabajo terciario o del propio sector servicios. Tampoco la pregunta que lógicamente y de modo manifiesto es previa acerca de si es posible constatar un crecimiento cuantitativo del trabajo terciario y en su caso, afirmativo, según que procedimientos de medición, en qué países y para qué lapso de tiempo.

    A todo ello, se ha de recordar, que ese porcentaje de trabajo en el sector servicios de cuyo crecimiento se trata debería ser problematizado en alta medida en relación a cada uno de sus tres determinantes matemáticos (numerador, denominador, unidad de medida); esto es cierto en primer término por lo que hace al denominador: ¿Cuál es el inverso del trabajo social a partir del cual puede determinarse el subconjunto del trabajo de servicios? .

    Normalmente se hace jugar aquí al trabajo contractual productivo que tiene lugar en las economías públicas nacionales, con lo que uno se expone a la objeción de que un crecimiento del porcentaje del trabajo de servicios así medido puede estar en dependencia muy fácilmente de la internacionalización indudablemente constatable de la producción material, es decir, el desplazamiento de la producción de los no servicios al extranjero.

    Esta circunstancia, daría pie a la conclusión de que en el denominador del cociente se han de tener en cuenta especies económica supranacionales.

    Por lo que respecta al numerador ¿Se ha de reflejar en él solamente los servicios prestados en forma de trabajo económicamente productivo o también el que revista la forma de trabajo doméstico o trabajo para uno mismo?. En éste caso el propio concepto de trabajo se encontraría sujeto a debate.

    Llama la atención el dato de que en las sociedades modernas la función sintetizadora de los servicios se cumple en forma de trabajo, es decir, no por la vía de denominación personal o de tradiciones culturales. En la medida en que en el concepto de trabajo se considera también una esquematización de las acciones de acuerdo con medios y fines, se está produciendo una disonancia en el seno del concepto de trabajo de servicios: mientras que el trabajo lucrativo contractual se encuentra tanto más racionalmente organizado cuanto más inequívocamente están fijadas sus resultados, cuanto menores son los márgenes de variación que se producen en la utilización de los medios empresariales de carácter material y del tiempo de trabajo, cuanto mayores son por tanto la controlabilidad de la actuación laboral y menores los márgenes de disposición dentro de los cuales pueden hacerse valer motivos contradictorios de quienes llevan a cabo la actividad laboral, y cuanto más estandarizado y uniforme es el ambiente del proceso laboral a la luz de la racionalidad inminente de los servicios, tal y como acabamos de exponerla, las cosas se presentan de una manera enteramente distinta; aquí el resultado esperado del proceso de actuación se alcanza tanto mejor cuanto menos esquemáticamente se encuentran adscritos los fines y los medios, cuanto mayores márgenes de exposición y de interpretación se dejan abiertos, cuanto menos se encuentra sujeta la motivación de las personas que prestan al trabajo de servicios a controles exteriores y cuanto mayor sea por tanto la posibilidad de referirse a las especialidades estandarizase.

    El trabajo de servicios se encuentra pues, en el punto de intersección de dos racionalidades:

    • La racionalidad económico-industrial de alta especificación de fases y medios, de controles verticales directos del comportamiento laboral, de reducidos márgenes de disposición y elevada esquematización.

    • La racionalidad típica de la prestación de servicios que no es otra sino la de la mediación, que presupone márgenes de actuación interpretables en términos situacionales.

    La representación esquemática de los enfoques explicativos más importantes del desarrollo del sector servicios:

    “Integración sistemática”

    (Condiciones de equilibrio)

    Necesidades de gobierno ante el crecimiento de la complejidad.

    Absorción de excesos de ofertas de mercado de trabajo estructuralmente crecientes.

    “Integración Social”

    (orientaciones de la acción)

    Cambios en la demanda de las economías domésticas con aumento de los niveles de renta.

    Transformación de las preferencias y del poder autónomo de definición de los ofertantes de servicios.

    La expansión de los trabajos de servicios representa un contramovimiento de signo compensador que rellena el déficit regulativo surgido a través de la privatización o de la neutralización normativa de la actividad económica o que satisface las exigencias de funciones de mediación de todo tipo que no cesan de surgir, como por ejemplo los medios de comunicación, bancos, seguros, etc. Característico de una argumentación como esta de la complejidad, orientada hacia las necesidades, resulta que el crecimiento de las funciones terciarias, a diferencia de lo que resulta usual en las teorías de la sociedad “postindustiral”, no se sitúa en una “tercera” y en todo caso “tardía” fase de la evolución social, sino como un proceso que discurre simultáneamente al despliegue del modo de producción industrial-capitalista, del que en parte también se presenta como presupuesto.

    La relación de competencia sí como el permanente riesgo de supervivencia de las economías a la creación de cuadros de servicios que persiguen la finalidad estratégica de la percepción, la absorción y la prevención de los riesgos generados por la competencia.

    El conflicto entre el trabajo asalariado y el capital exige permanentes esfuerzos de regulación de los conflictos y de control tanto en el plano organizacional como en el plano estatal, y el marco de las estructuras sociales capitalistas, el cumplimiento de estas funciones sólo resulta inimaginable en la forma “específica” de los monopolios competenciales.

    Una de las razones de la poderosa fuerza de atracción que ejercen las actividades de servicios consiste precisamente en que el valor de uso de la actividad en sí misma así como también sus composiciones materiales se encuentran mejor protegidos frente a controles exteriores y se pueden defender y ampliar incomparablemente mucho más fácilmente que lo que sucede en el sector secundario.

    Ese poder estructural de la oferta del sector de servicios que pueda considerarse como clave de la explicación de su crecimiento, se ve por lo demás asegurada materialmente por la razón de que los costes del personal correspondientes, o bien pueden ser obtenidas someramente por la vía de los presupuestos públicos o aparecen en cuanto “costes comunes”, a todo lo cual en ambos casos se soslaya la virtualidad de cualquier control de eficiencia.

    Ese poder estructural resulta reforzado por el hecho de que los ofertantes pueden acogerse justificativamente a la negociación colectiva de los sindicatos del servicio público.

    • La “Calidad Total” como Ideología de la Sociedad de Servicios: (pag 465)

    Se siguen fabricando objetos, y más que nunca, pero la muestra no es ya una sociedad fabril, sino de servicios. Es el equivalente de la sociedad de consumo, pero vista desde el lado de las empresas. Fabricar es fácil: lo difícil es diseñar, vender, tener contacto al personal y satisfecha a la clientela.

    Hay muchas expresiones que sintetizan esa manera de entender la actividad empresarial, desde las “relaciones humanas” a la “calidad total”. Esta última está hoy en auge.

    La expresión “calidad total” resulta pretenciosa, arrogante y un tanto bárbara. En francés o en inglés la calificación de “total” es simplemente un superlativo, que en castellano se forma mejor con un sufijo o con el “muy” por delante.

    Por ejemplo, la expresión “totalmente de acuerdo” resulta exagerada en el austero castellano; basta con estar “muy de acuerdo”. Pero, en fin, la importación se impone y ya estamos todos hablando de “calidad total”, aunque con ello no consigamos la máxima calidad de nuestro lenguaje.

    El asunto de fondo no puede ser más simple. Se trata de la recuperación de un viejo principio ético: el hacer las cosas como Dios manda.

    El catecismo de la Iglesia Católica específica que los “trabajos mal hechos” constituyen una conducta contraria a la moral del séptimo mandamiento. Lo que añade la escuela de la calidad total, aplicada a los negocios, es que la realización de ese principio ahorra dinero y produce beneficios. Con la particularidad de que en este caso no se trate de un juego de “suma cero” o competición; la prueba es que la empresa gana y el cliente queda satisfecho.

    No es casualidad que, aunque el movimiento de la calidad total surgiera en los E.E.U.U., su difusión se logra a través de su decidida aplicación por empresas japonesas.

    Estamos ante la ética del sumario, del culto a la excelencia, la emulación, la superación.

    La opción de calidad total no trata de corregir las piezas defectuosas, sino de lograr un refuerzo positivo y preventivo de la conducta del trabajador, simplemente para recuperar el gusto artesanal por la obra bien hecha.

    Aunque hablamos del componente ético que tiene el movimiento de calidad total, la verdad es que resulta impracticable si no se traduce a pesetas. Sólo si el productor y el consumidor ganan algo, se acepta la innovación perfeccionista.

    Para la cultura comercial española los clientes y usuarios son todavía poco exigentes. Pocas personas han manejado el famoso libro de reclamaciones, del que se duda incluso su existencia.

    En realidad son hojas de reclamaciones los que ahora se tramitan, con mayor respaldo legal, pero el escepticismo del que las rellena sigue siendo el mismo.

    La divisa tradicional de las transacciones ha sido, desde los romanos, cáreat emptor, es decir, que vaya con cuidado el que compra.

    Poco a poco nos vamos deslizando hacia el otro polo, lo que podríamos llamar cáreat vender, esto es, que sea el vendedor el que extreme los carteles. La venta con espírita de calidad no concluye hasta que el cliente se encuentra satisfecho. Una ilustración modélica es la política típica de El Corte Inglés, seguido después por otras empresas, de aceptar la devolución de lo comprado si el cliente no queda satisfecho con la mercancía. Este recurso provoca un segunda visita del cliente, quien se suele llevar un objeto alternativo y aun alguno más.

    Las exigencias de la clientela no deben ser vistas por los vendedores, los empleados o los directivos como molestias, sino como estímulos para poder establecer mejoras de la calidad del servicio.

    Al final todo se reduce a algo tan elemental como que la gente esté contenta. Esta satisfacción se buscaba tradicionalmente a través del ocio más que en el negocio. Esta nueva sensibilidad, busca directamente que las organizaciones proporcionen a sus directivos, empleados y clientes un máximo posible de satisfacción personal de creación, de participación, de reconocimiento.

    Estos nuevos valores hacen que muchos trabajadores actúen, dentro de las empresas, con una mentalidad de verdaderos profesionales y hasta de artistas, para desesperación de los directivos con poca imaginación. No todos los empleados querrían ser jefes, pero todos desean que se cuente con ellos.

    f) Concienciación de las Empresas por el Medio Ambiente:

    Como nos recuerda Philippe Drieux, fue el gran biólogo Erast Haeckel (1834-1919) quien primero utilizó, en 1868, la voz Ecología, para con ese término referirse al estudio del hábitat.

    En otras palabras, la ecología es la ciencia moderna que se ocupa de las complejas relaciones de los organismos vivos con su medio.

    Cualquier especie animal o vegetal se ve influida por el medio y antes que nada por los factores abiotices como son los de índole climática, los edíficos (características del suelo) y los hidrográficos.

    Está igualmente claro que ningún individuo de una especie concreta puede considerarse de forma aislada, sino formando parte de una colectividad, de una población constituida por todos los de su misma progenie.

    La ecología adquirió carta de naturaleza como ciencia ya muy entrando el siglo XIX, y en su concepción situando al homo sapiens como protagonista se desarrolló en su rama de ecología humana, que analiza la relación entre la humanidad y la biosfera, considerando esta última como todo lo que sobre el planeta en susceptible de dar soporte a los seres vivos.

    La ecología estudia, pues, las consecuencias de que el hombre vaya ocupando progresivamente el medio en el que vive. Ocupación que cambia más y más la faz de la Tierra y que va transformando la composición de la biosfera por los desechos que genera la propia civilización humana y que pueden clasificarse en:

    • Desechos industriales que contaminan las aguas de las vías.

    • Detergentes y basuras de origen doméstico que por su composición química no puedan ser biodegradados por las bacterias.

    • Insecticidas, origen a su vez de una toxicidad creciente que repercute en la alimentación humana y que acaban por no tener efecto sobre determinados insectos que llegan a hacerse resistentes.

    • Subproductos de la industria nuclear y lluvia radiactivos que cabe considerar como especialmente nocivos no sólo por su gravedad inmediata, sino también por la muy lugar derivación de sus efectos.

    Mucha gente no había oído hablar de preocupación por el medio ambiente hasta la Conferencia de Estocolmo. Y son muchos todavía los que no podrían diferenciar con claridad ecológica la geología o de patología. Pero en todo caso de reunión de 1972 en la Capital sueca, más que el punto de arranque fue casi un punto de llegada; o si se prefiere, el aumento de una nueva etapa de universalización de las preocupaciones medioambientales.

    En definitiva el hecho de que la universalización de la ecología política no se iniciase simbólicamente sino en 1972, no significa que no hubiera habido planteamientos muy anteriores sobre la necesaria preservación del entorno. En cierto modo, puede afirmarse que formalmente se iniciaron en el siglo XVIII, en Inglaterra, a lo cual no fue apena la fundación de la Sociedad Linneana.

    Después en el primer tercio del siglo XIX, el conservacionismo se reforzó con la Sociedad Zoológica de Londres (1830), así como otras entidades de estudio de la vida animal, vegetal y mineral.

    Pasada la “noche oscura” de la Gran Depresión (1929-1939) y de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), en la Segunda postguerra los diversos movimientos ecológicos se hicieron ya muy importantes en la Gran Bretaña, acelerándose con ello todo el proceso a favor del conservacionismo, lo que imputa a dos razones.

  • Porque la reconstrucción de los daños que habían causado los bombardeos, permitió introducir de forma progresiva toda una serie de ideas sobre “town and country planning”1.

  • El hecho de que con el final de la guerra, la gradual y definitiva pérdida del más amplio imperio de la Historia, vino a significar una progresiva revalorización del territorio de las Islas Británicas.

  • 1 Lord Beveridge, el padre de la Seguridad Social, autor del plan (1943) con base al cual se introdujo oficialmente, hablaba del “town and country planning” como método para luchar contra uno de los cinco males que afectan a la sociedad.

    La historia norteamericana del conservacionista, es aún más rica e incluso más antigua que la Británica, pues tiene su primer antecedente en los comentarios de William Pern sobre la necesidad de que en el proceso de roturación se conservación al menos 1/6 de los bosques autóctonos. El reconocimiento del problema a escala federal aún se demoró por largo tiempo.

    Podría decirse que no se inició oficialmente hasta 1872, con la proclamación, por primera vez, del “día del árbol”. Actualmente esta fiesta se ha difundido a casi todos los países y al ganar en extensión ha venido trivializándose su significado.

    También en 1872 se oficializó la idea de los parque nacionales, con la creación del primero de ellos, el de Yellowstone. De esta forma arrancó todo lo que sería un vasto movimiento para la protección conjunta de los espacios naturales.

    En cuanto al plano internacional, puede afirmarse que el primer proyecto serio de cooperación con fines conservacionistas se debe al Dr. Paul Sarasin, ciudadano suizo de Basilea, quien en el Octavo Congreso Internacional de Zoología consiguió que se aceptara su propuesta de formar “un comité con el fin de esbozar lo que podría ser una Comisión Internacional o Mundial para la protección de la naturaleza”.

    El cometido de tal entidad, habría de consistir en extender su protección “desde el polo norte al polo Sur, cubriendo tanto los continentes como los mares”. El proyecto fue acogido con interés, aunque por el momento resultó inviable debido a la tensión internacional que en 1914 se tradujo en el estallido de lo que había de ser la “Gran Guerra”.

    Terminada la contienda, a pesar de un conferencia internacional conservacionista que se celebró en París en 1923, y no obstante los esfuerzos del gobierno suizo para resucitar la idea de la Comisión Internacional, la Cooperación ecológica a nivel mundial no prosperó de inmediato. Sólo con grandes dificultades, se logró, en Julio de 1928, un acuerdo de los países europeos en virtud del cual se creó la “Oficina Internacional para la protección de la Naturaleza”.

    Su sede se estableció formalmente en Bruselas en 1934, pero antes de que la nueva institución tomara fuerza, la Segunda Guerra Mundial acabó con el proyecto.

    Después de la guerra, los británicos empezaban a preocuparse por entonces de la política medio ambiental, enviaron una misión a visitar el Parque Nacional Suizo. Esto permitió el restablecimiento de la relación entre los dos países europeos pioneros del conservacionismo, contactos que en Julio de 1947 fructificaron en la promoción de la llamada “Unión Internacional provisional para la protección de la Naturaleza”. Esta nueva entidad fue decididamente apoyada por Julián Huxley, quien en la reunión que la UNESCO celebró en Fontaineblean en 1948 logró que la Unión quedara definitivamente formalizada como “Interrational Unión for the Conservvation of the Nature” (IUCN).

    Desde 1968, la IUCN ha venido realizando un trabajo modesto, pero que ha contribuido de forma muy positiva a la necesaria mentalización de los medios oficiales en los mas diversos países.

    Por otro lado la UNESCO, en su difusión de las preocupaciones ecológicas, auspició un programa de amplios estudios sobre el medio humano que se tradujo en la “Conferencia Internacional de la Biosfera” celebrada en París en 1968. Y fue precisamente en esta Conferencia donde se apoyó la idea de que la ONU promoviera un encuentro mundial sobre problemas medioambientales.

    Este fue el origen de la Conferencia que cuatro años después se celebraría en Estocolmo y en la cual se decidió la creación del “Programa de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente” (PNUMA). El PNUMA abarca una vasta área de cuestiones:

    Asentamientos humanos, salud y bienestar, desertización, economía y tecnología del medio Ambiente, océanos, conservación de la naturaleza y recursos genéticos. Se rige por un Consejo de Administración compuesto por 58 miembros, de los cuales 16 son de países africanos, 13 de Asia, 6 de Europa Oriental, 10 de América Latina, 13 de Europa Occidental y 13 de otras naciones, entre ellas E.E.U.U., Canadá y Japón.

    Hay que destacar también la “Estrategia Mundial para la Conservación” (EMC), elaborada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y de los Recursos Naturales (UICN), con la asesoría, cooperación y apoyo financiero del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y del World Wildlife Fund (WWF), y en colaboración con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

    Las aspiración de la Estrategia Mundial consiste en promover un enfoque integrado de la gestión de las recursos vivos, proporcionando las orientaciones para su desarrollo.

    Los puntos básicos de la EMC son los siguientes:

  • Su finalidad consiste en alcanzar varios objetivos:

  • Mantener los procesos ecológicos esenciales.

  • Preservar la diversidad genética.

  • Asegurar el aprovechamiento indefinido de las especies y de los ecosistemas, especialmente, la pesca, la fauna silvestre, los bosques y pastos.

  • Estos objetivos han de cubrirse con gran rapidez, pues:

  • La capacidad del planeta para sustentar a los seres humanos está disminuyendo irreversiblemente.

  • En los países menos desarrollados, miles de millones de toneladas de suelo se pierden cada año debido a la deforestación y al cultivo inadecuado. .

  • Centenares de millones de habitantes rurales en los países menos desarrollados en la práctica se ven obligados a la destrucción de recursos para liberarse en el día a día de la inanición y la miseria.

  • La energía, los costes financieros y otros costes de suministros de bienes y de servicios aumentan en todo el mundo.

  • La misma base de recursos de las grandes industrias, disminuye. Los bosques tropicales están desapareciendo con tanta rapidez que para principios del siglo XX quedará menos de la mitad de la superficie que había en 1980.

  • CONCLUSION

    Una vez desarrollado el trabajo y con las ideas mas claras respecto a los puntos tratados, podemos llegar a una serie de conclusiones y punto de vista a modo personal del futuro que nos espera.

    Desde siempre la sociedad ha tenido en mente y la certeza de que el futuro no se puede determinar. Sin embargo, si se ha podido hasta hora predeterminar o hacer una serie de hipótesis acerca del futuro mas inmediato, tras una serie de movimientos o avances producidos por el hombre o por la naturaleza.

    En la actualidad a punto de entrar en el siglo XXI, no podemos hacer ni siquiera una predeterminación del futuro ya que están sucediendo una serie de avances tecnológicos que a su vez están produciendo una serie de avances abismales en nuestra sociedad que hasta ahora no se había producido en la historia y en u periodo de tiempo tan corto.

    Estos avances tecnológicos están influyendo sobre todo en el sector industrial y en el sector agrícola, ya que con ayuda de las invenciones de nuevas máquinas las empresas consiguen igual o una mayor producción y con una mano de obras mas reducida, de ahí que el mayor problema al que la sociedad se enfrenta es el del empleo. De ahí que el sector servicio ha servido en los últimos años como una forma de escape de aquellas personas que a pesar de tener un trabajo no tienen una visión clara de su futuro en la empresa.

    Ahora bien mientras que la sociedad española mira hacia el futuro con cierto pesimismo, el gobierno español intenta dar una imagen contraria, esto es optimista con una serie de eventos centrados principalmente en la Unión Europea, la moneda única que se conoce con el nombre de Euro, las sucesivas subvenciones o ayudas que recibirá y que ya ha empezado a recibir España debido a esa unión, a la libertad comercial entre los diferentes paises, e.t.c. En definitiva nos intentan dar un futuro inmediato mas beneficioso para todos donde no existe fronteras, en donde se desarrollan tanto las relaciones sociales como económicas y políticas entre los diferentes paises europeos con el fin de crear una Europa mas unida. Pero las realidad es que se está provocando una Europa mas competitiva y la mas perjudicada es la sociedad española debido a que otros paises europeos están mas avanzados que nosotros y cada vez son mas los productos importados por España.

    Entre los ciudadanos españoles quienes tienen una imagen mas pesimista sobre su futuro son los jóvenes. Por eso los jóvenes en los últimos años tardan mas en independizarse y cada vez se “encierran”, en el mundo de la educación pero sin tener un objetivo claro para su futuro. Un ejemplo de esto son las encuestas realizadas a los jóvenes sobre lo que tienen pensado realizar después de terminar sus estudios, la respuesta general es la de buscar empleo, cualquiera que sea, sin tener que ser paro lo que se ha estado preparando durante los años universitarios, por eso es fácil ver a abogados, licenciados en economía o con cualquier otro título trabajando como camareros, barrenderos, secretarios o simplemente están en el paro y viviendo con sus padres. También ocurre el caso de aquellos jóvenes que ha logrado encontrar un empleo para el cual se habían preparado en la universidad y cuando comienzan a trabajar se dan cuenta que gran parte de las cosas que tuvo que memorizar y estudiar no le sirven ahora para nada en el mundo laboral y real. Esto hace que muchos jóvenes con edades comprendidas entre los 15 y los 20 años no valoren la vida y vivan de forma irresponsable, que padezcan depresiones e intentos de suicidios o bien se adentren en el camino de las drogas, como si fuera esta una escusa para olvidar sus problemas.

    Cambiando de tema y como último enfoque de la conclusión hay que hablar de la concienciación de la conservación del medio ambiente en el cual se están produciendo grandes progresos en la vida social, ya que cada vez son mas los productos reciclables, cada vez se hace mas por proteger a especies que están en peligro de extinción o se esta intentado frenar la deforestación de los bosques. Aunque hay que señalar que son todavía muchas las industrias que no están adoptando las medidas pertinentes para frenar la contaminación, y una de las causas principales por las que no se adoptan estas medidas es la del elevado valor que le supone su instalación. Sobre este tema pienso que el gobierno debería ayudar a estas empresas mediante subvenciones o bien intentar reducir los precios de estas instalaciones con las medidas que ellos vieran mas adecuadas.

    Por otra parte aunque los científicos están intentado buscar nuevas fuentes de energía que sean menos contaminantes yo creo que no están esforzándose lo suficiente, y los culpables de esa falta de estudios científicos la tiene nuevamente el gobierno porque quizás por ahora no les interesa económicamente encontrar una nueva fuente de energía menos contaminante porque puede ser que ésta sea mas cara de conseguir o bien sea una energía muy fácil de obtener y su precio de venta sea mas barato que el petróleo, y por ello no les den mas facilidades a los científicos para realizar sus estudios o crear prototipos. Un buen ejemplo es el del automóvil que se mueve gracias a la energía solar y que aunque se ha demostrado científicamente mediante prototipos que funcionan sin ningún problema, no se han puesto todavía en el mercado porque conllevaría grandes pérdidas económicas para las empresas, y los países que viven principalmente de los beneficios obtenidos por el petróleo.

    También otro peligro evidente es el de los controles nucleares que aunque los riesgos de que haya fuga o explosión que cause grandes daños ambientales sean mínimos, no deja de estar presente esta posibilidad. De ahí que cada vez sean mas los grandes molinos que se están instalando para adquirir energía a través del movimiento generado por el aire, aunque la energía adquirida no es suficiente como para sustituir las centrales nucleares que son las que mayor cantidad de energía proporciona en la actualidad.

    INDICE

    1.- INTRODUCCION

    2.- DESARROLLO DEL TEMA:

  • Enfoque sobre los desequilibrios existentes del Poder primario y secundario.

  • Desigualdades económicas.

  • Análisis de las tendencias en los valores de la sociedad española:

    • La Dimensión Educativa.

    • La estructura de la actividad laboral.

    • La satisfacción de los jóvenes.

    • Los inmigrantes extranjeros.

  • Regulación-desregulación de los mercados laborales y rasgos e implicaciones políticas en el mercado:

    • Diferenciación de intereses y unidad sindical.

    • Flexibilización sindical tiempo de trabajo en el conflicto político-social industrial. Problemas de regulación y rasgos de los tiempos de trabajo individuales.

    • Integración de los minusválidos en la sociedad trabajadora.

  • Análisis de las tendencias en los valores de la Sociedad española:

    • El Sector Servicios:

    • Dinámica evolutiva.

    • Consideraciones sociológicas.

    • Crecimiento del trabajo.

    • Calidad total, ideología de la Sociedad de Servicios.

  • Concienciación de las empresas por el medio ambiente.

  • 3.- CONCLUSION