Teatro del Absurdo

Movimientos literarios. Critica social. Sentimientos. Existencia de Dios

  • Enviado por: Janusz
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 4 páginas

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Dios ha muerto. Así hablaba Zaratustra de Nietzche fue publicado en 1883, pero desde entonces el número de personas para las que Dios ha muerto ha crecido enormemente. Cada día hay que abrirse de nuevo camino entre la falsedad y el vacío de algunos de los fáciles sustitutos que se han inventado para ocupar su lugar, para buscar la dignidad, luchar en un mundo desprovisto de lo que un día fue su centro y su propósito de vivir, un mundo falto de un principio integrador y que se ha desarticulado, se ha convertido en algo sin propósito, absurdo. . Porque Dios ha muerto, sobre todo, para las masas que, día tras día, van perdiendo todo contacto con los hechos básicos y misteriosos de la condición humana.

El Teatro del Absurdo forma parte del incesante esfuerzo de los verdaderos artistas de nuestro tiempo por derribar la pared de la complacencia y el automatismo y establecer un conocimiento de la situación humana enfrentada con la realidad fundamental de su condición, zarandearle de una existencia trivializada, mecánica, complaciente y falta de la dignidad. Como tal, el Teatro del Absurdo cumple un doble propósito y se presenta al público con una doble absurdidad.

Por un lado castiga satíricamente lo absurdo de las vidas vividas en la inconsciencia, en el sopor del soma. Este es el sentimiento de muerte y de insensibilidad mecánica de las vidas semiconscientes. En eso se basa el aspecto satírico y parodístico del Teatro del Absurdo, su crítica social, su deseo de poner en entredicho a una sociedad inauténtica y mezquina. Este es el mensaje más fácilmente accesible y por tanto más conocido del Teatro del Absurdo pero no es, por supuesto, su rasgo más esencial o significativo.

El Teatro del Absurdo se sitúa en un nivel aún más profundo de absurdidad, el absurdo de la misma condición humana en un mundo donde la crisis de todo tipo de creencias ha privado al hombre de certidumbres. El Teatro del Absurdo es una de las expresiones de esta búsqueda. Ya no es posible aceptar por más tiempo las formas artísticas, científicas o sociales, basadas en la continuidad de standards y conceptos sin validez; esto es, la posibilidad de conocer las leyes del hombre en el universo es simplemente algo absurdo.

El Teatro del Absurdo, vinculado como está a las realidades fundamentales de la condición humana, a los relativamente pocos verdaderos problemas del hombre, lo ha despojado de sus circunstancias accidentales de posición social o contexto histórico, y lo ha enfrentado exclusivamente con las elecciones fundamentales, con las situaciones básicas de la existencia: el hombre encarado con el tiempo, esperando entre el nacimiento y la muerte; el hombre tratando de obtener un modesto lugar en la oscuridad y trivialidad que le envuelven, tratando de asir una ley moral siempre más allá de su comprensión; el hombre solo, encarcelado en su subjetividad, incapaz de alcanzar a otros.

Aunque el tratamiento que le da parezca frívolo y grotesco, representa una vuelta al enfrentamiento del hombre con la esfera de lo mítico y lo religioso. Como la antigua tragedia griega, el Teatro del Absurdo es un intento por hacer consciente al espectador de la precaria y misteriosa situación del hombre en el universo.

La diferencia está simplemente en que en la tragedia antigua las realidades aludidas eran sistemas metafísicos conocidos y aceptados por todos, mientras que el Teatro del Absurdo expresa precisamente la falta de sistemas cósmicos de valores aceptados. El Teatro del Absurdo no pretende explicar al hombre los caminos de Dios. Simplemente presenta una intuición individual del ser humano de las realidades fundamentales tal y como él las experimenta. Este es el tema del Teatro del Absurdo, lo que condiciona su forma, que necesariamente ha de presentarse en una convención distinta a la del teatro realista de nuestro tiempo.

Mientras el teatro realista trata de ampliar los ámbitos del drama introduciendo elementos narrativos que expliquen las motivaciones del personaje, el Teatro del Absurdo tiende a la concentración y profundización sobre un esquema esencialmente lírico y poético. El Teatro del Absurdo, al abandonar la psicología, la sutileza de caracteres y el tema en un sentido convencional, da al elemento poético un énfasis incomparablemente mayor. Mientras que una obra con una trama lineal describe una evolución en el tiempo, la obra absurda muestra una imagen poética concretizada, la extensión de la obra en el tiempo es puramente incidental, ya que es físicamente imposible presentar una imagen poética compleja en un instante. Como es un teatro de situaciones en vez de un teatro de sucesos hilvanados, emplea un lenguaje basado en patrones de imágenes concretas, no un lenguaje discursivo y argumentador. Y como trata de investigar el sentido del ser, no puede ni resolver ni investigar problemas de conducta moral.

En este esfuerzo por comunicar un todo aún no desintegrado podemos encontrar la clave de la devaluación del lenguaje en el Teatro del Absurdo. La obra es la traducción de una intuición total del ser en un lenguaje conceptual lógico sometido a series temporales, lo que le priva de su primitiva complejidad y de su verdad poética, por lo tanto es comprensible que el artista trate de encontrar nuevos caminos para evitar esta influencia del lenguaje discursivo y lógico. Esta es la diferencia fundamental entre poesía y prosa: la poesía es ambigua y asociativa, esforzándose por emplear un lenguaje conceptual semejante al de la música. El Teatro del Absurdo, al llevar el mismo esfuerzo a las imágenes concretas del escenario, puede ir más allá de la poesía, haciendo caso omiso de la lógica, el pensamiento discursivo y el lenguaje.

El Teatro del Absurdo ha recobrado la libertad de emplear el lenguaje como un mero componente ­­-a veces dominante, a veces secundario­- de sus multi-dimensionales imágenes poéticas. Al poner el lenguaje de la escena en contraste con la acción, al reducirlo a una charla sin significado, o al abandonar la lógica discursiva por la lógica poética de la asociación o la asonancia, el Teatro del Absurdo ha abierto una nueva dimensión a la escena.

Por otro lado hay que tener en cuenta que el hombre común está expuesto incesantemente al ataque de los medios masivos de comunicación, de la prensa y la publicidad. Esto lo hace cada vez más escéptico hacia el lenguaje. Conoce perfectamente el doble sentido de lo que se le dice, sabe que está desprovisto de significación real. Se habitúa a leer entre líneas; esto es, a suponer lo que la realidad del lenguaje encubre, mejor que lo que revela. Está consciente de la gran brecha entre el lenguaje y la realidad.

Por esta razón la comunicación entre los seres humanos nos es presentada tan a menudo en el Teatro del Absurdo, como un completo fracaso. Se trata de una mera amplificación satírica del problema tal y como está en nuestros días. Busca reducirlo a su estricta función, la expresión del contenido auténtico, más que a encubrirlo. Esto sólo será posible si reemplazamos los clichés forzados que dominan el pensamiento por un lenguaje vivo que esté a su servicio. A su vez esto sólo es posible si se conocen y respetan las limitaciones de la lógica en el lenguaje discursivo, y se admite el empleo del lenguaje poético.

La manera en que los dramaturgos del absurdo expresan su crítica sobre nuestra sociedad en desintegración, es enfrentando bruscamente al público con un cuadro distorsionado y grotesco de un mundo que se ha vuelto loco. Llevan a la práctica la inhibición de la identificación del público con los personajes, propuesta por Brecht, y su sustitución por una actitud distanciada y crítica.

En el Teatro del Absurdo el público se ve enfrentado con personajes cuyos móviles y acciones son incomprensibles en su mayor parte. Con personajes tales no hay identificación posible. Los personajes con los que el público no puede identificarse son inevitablemente cómicos. Los motivos incomprensibles, la misteriosa y a menudo inexplicable naturaleza de los actos de los personajes del Teatro del Absurdo, nos previene contra la identificación, por lo que es un teatro cómico, a pesar de su tema sombrío, violento y amargo. Por esta causa el Teatro del Absurdo trasciende las categorías de lo cómico y lo trágico, y combina la risa y el horror.

¿Qué debe hacer el público ante este enfrentamiento aterrador con un mundo totalmente alienado que, habiendo perdido su principio racional, tiene trastocado el verdadero sentido de las palabras? El vacío entre lo que muestra la escena y el espectador se ha hecho tan intolerable que éste no tiene otra alternativa que o rechazarlo y marcharse o verse envuelto en el misterio de unas obras, en las que nada le recuerda sus propósitos internos y reacciones con el mundo exterior. La escena le suministra una serie de pistas indistintas que él debe encajar en un esquema que tenga sentido. De este modo, está obligado a hacer un esfuerzo creador, un esfuerzo de interpretación e integración.

El Teatro del Absurdo habla a un nivel más profundo de la mente del espectador. Activa fuerzas psicológicas, libera temores ocultos y represiones y, sobre todo, al enfrentar al público con un cuadro de desintegración, pone en movimiento un activo proceso integrador en la mente de cada espectador individual. El desafío de entender lo que parece una acción sin sentido, el reconocimiento de que el mundo ha perdido su principio unificador, es el origen de la cualidad estremecedora del Teatro del Absurdo, y más allá de un simple ejercicio intelectual tienen un efecto terapéutico. Despojado de sus ilusiones, y experimentando temores y ansiedades, afrontará su situación de modo más consciente que si la intuyera bajo la superficie del eufemismo y las ilusiones optimistas.

La tensión dramática producida por este tipo de obras difiere fundamentalmente del suspense creado en un teatro narrativo. El telón final hace que el auditorio se marche a casa con un mensaje o una filosofía en su mente. El Teatro del Absurdo no expone un problema intelectual ni da ninguna solución clara que sea reducible a una lección o a una norma ética. El suspense del espectador consiste en esperar la consumación gradual de este patrón que le hará posible ver la imagen como un todo.

En la mayoría de convenciones dramáticas, el auditorio se está continuamente preguntando: “¿Qué es lo que va a ocurrir a continuación?”. En el Teatro del Absurdo la cuestión primordial no es tanto qué es lo que va a ocurrir luego, sino qué está sucediendo. “¿Qué representa la acción de la obra?”

Al tratar los aspectos extremos de la condición humana, no en términos de entendimiento intelectual sino en términos de comunicar una verdad metafísica a través de la experiencia viviente, el Teatro del Absurdo toca la esfera de lo religioso. Comunica la esencia de este cuerpo de doctrina en las imágenes poéticas vivientes y repetidas del ritual. La pérdida de esta última esfera, que responde a una necesidad interna profunda de todos los seres humanos, motivada por la decadencia de la religión ha creado una ausencia profundamente sentida en nuestra civilización. Poseemos como mínimo, la aproximación a una filosofía coherente en el método científico, pero nos faltan los medios de convertirla en una realidad viviente, en un foco de experiencia de las vidas de los hombres.

El Teatro del Absurdo, aunque a primera vista parezca paradójico, puede considerarse como un intento por comunicar la experiencia metafísica que subyacente en la actitud científica y, al mismo tiempo, completar la visión parcial del mundo que presenta, integrándolo en una visión más amplia del mundo y su misterio.

Si el Teatro del Absurdo presenta el universo desprovisto de sentido y falto de un principio unificador, lo hace en los términos de estas filosofías que parten de la idea de que el pensamiento humano puede reducir la totalidad del universo a un sistema completo, unificado y coherente. Opera desde la perspectiva de aquello que no pueden tolerar un mundo en el que es imposible saber por qué fue creado y qué parte le ha sido asignada al hombre en él y qué es lo que constituyen las buenas y malas acciones, para los cuales un cuadro del universo falto de estas definiciones claras, aparece desprovisto de sentido y cordura, y trágicamente absurdo. Desde aquí, cualquier adhesión a sistemas de pensamiento que proporcionen, o traten de proporcionar, explicaciones completas del mundo y del hombre en él situado, deben resultar infantiles e inmaduros, son una evasión de la realidad hacia la ilusión y el engaño.

El Teatro del Absurdo expresa la ansiedad y la desesperación que surgen del reconocimiento de que el hombre está rodeado de áreas de oscuridad impenetrables que nunca puede saber su verdadera naturaleza y fines, y nadie le proporcionará reglas establecidas de conducta.

La certidumbre de la existencia de Dios, que daría sentido a la vida tiene una atracción mucho mayor que el conocimiento de que sin él uno podría hacer el mal sin ser castigado. La elección entre estas alternativas no sería difícil. Pero no hay elección, y aquí es donde empieza la amargura.

El sentimiento de estar perdido por la desintegración de las soluciones fáciles y por la desesperación de las ilusiones más caras, retiene su estímulo sólo mientras la mente todavía se adhiera a las ilusiones en cuestión. Una vez superadas, debemos reajustarnos nosotros mismos a la nueva situación y hacer frente a la realidad. Y debido a que las ilusiones que sufríamos nos hacían más difícil tratar con la realidad, su pérdida será, en último término, estimulante.

Enfrentarse con los límites de la condición humana equivale a encararse a la base filosófica de la actitud científica, y supone también una profunda experiencia mística. Al encararse con la inhabilidad del hombre por comprender el significado del universo, al reconocer la total trascendencia de la Divinidad, su total diferencia de todo lo que podemos entender con nuestros sentidos, los grandes místicos experimentan un sentimiento de regocijo y liberación. Este regocijo nace igualmente del reconocimiento de que el lenguaje y la lógica del pensamiento cognoscitivo no puede hacer justicia a la naturaleza última y fundamental de la realidad.

Visto desde este ángulo, el destronamiento del lenguaje y las formas lógicas, parten de una actitud esencialmente “místicas” hacia la realidad por ser demasiado compleja y al mismo tiempo demasiado unificada, demasiado de una pieza, para ser expresada válidamente por los medios analíticos de la sintaxis ordinaria y del pensamiento conceptual.

La experiencia “mística” de la absoluta diferencia e inefabilidad de la realidad última es la contrapartida religiosa y poética al reconocimiento racional de la limitación de los sentidos y el intelecto humanos que obligan al hombre a explorar el mundo lentamente mediante el método de la prueba y el error.

Finalmente, un fenómeno como el Teatro del Absurdo, no refleja desesperación o significa una vuelta a las oscuras fuerzas irracionales, sino que expone el sueño del hombre moderno por coincidir con el mundo en que vive. Intenta hacerle encarar la condición humana tal como es realmente, a fin de liberarle de ilusiones que están condenadas a causarle constantes inconformismos y desengaños. Pues la dignidad del hombre consiste en su habilidad para encarar la realidad en todo su sinsentido, aceptarla libremente, sin miedo, sin ilusiones y reírse de ella.