Sociedad de masas en el período de entreguerras

Consumo. Ocio. Mujeres. Derechos. Matrimonio. Hogar

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Tema 8. Sociedad de masas y crisis económica

Lectura 19. La sociedad de masas en el período de entreguerras

1. Hacia una sociedad de consumo y de ocio

A. Hacia la sociedad de consumo.

En la década de 1920 la sociedad de EEUU fue la primera sociedad de consumo de masas, adelantándose en cuarenta años a Europa. Aportó el modelo de sociedad de consumo con el american way of life. Ningún otro país, ni de lejos, alcanzó esa situación económica y los europeos miraban a EEUU con una mezcla de incredulidad, admiración y envidia.

Los extraordinarios progresos de la ciencia y de la técnica, la organización científica de la producción y, en particular, la cadena de montaje, posibilitaron la producción masiva de artículos de consumo a bajos precios que se pusieron al alcance de millones de personas. De este modo las masas accedieron a bienes antes privativos de las clases acomodadas. Ahora el concepto de consumidor abarcaba a enormes contingentes de población.

Símbolo de la época fue la popularización del modelo A de automóvil Ford, al alcance de las clases medias y de algunos obreros. La demanda de automóviles, a su vez, fomentó la de otros productos y servicios; no sólo de neumáticos, gasolineras o talleres de reparación, sino también de restaurantes y albergues de carretera e incluso de residencias secundarias. En 1928 cuatro de cada cinco vehículos de cuatro ruedas del mundo eran norteamericanos.

En unos años en que la luz eléctrica se extendía por el país y los trenes se electrificaban, las aplicaciones de la electricidad llegaron a la vida privada: fue la era de los electrodomésticos que transformaron millones de hogares al dotarles de cocinas eléctricas, neveras, ventiladores, planchas, estufas, tostadores, aspiradoras y, desde luego, la radio, lo más típico de esta época.

La publicidad adquiere en la sociedad de consumo una extraordinaria importancia. La prensa, las revistas ilustradas, los carteles (cuya presencia es masiva en las ciudades), la radio y el cine, incitan constantemente al consumo, bien mediante la publicidad directa bien ofreciendo modelos de comportamiento y de estilos de vida y, por tanto, creando en las masas aspiraciones a una vida más confortable en la que el ocio ocupaba un importante lugar.

Los fabricantes encargaban estudios de mercado con el fin de estimular la demanda. Los primeros trabajos de marketing o investigación científica del mercado son de los años treinta: realizados en cientos de universidades por miles de científicos sociales, influirán en las estrategias de marketing, en el mundo de los negocios y de la industria y, sobre todo, en relación con el consumo. La publicidad se alimentará de las conclusiones de esos trabajos.

Algo es evidente para la lógica del mercado: a la vez que se producen bienes de consumo es necesario fabricar consumidores, tarea de la que se ocupa la publicidad en todas sus formas mediante técnicas sofisticadas y planificación rigurosa. Pero la publicidad no se limita a estimular el deseo por un objeto u otro, sino por acceder a un nivel de vida superior. Al hacer hincapié en los placeres y las ventajas del consumo, la publicidad empezó a vender, no sólo objetos, sino todo un conjunto de creencias con respecto a la buena vida y no pocas ideas acerca de lo que constituían satisfacciones y recompensas a un trabajo bien cumplido.

El lenguaje publicitario tenía mucho de irracional: los publicistas (que, a diferencia de los magnates del cine, pertenecían a las minorías cultas) lo justificaban alegando que no era posible vender algo de forma racional. Por ello llegaban a defender la necesidad de manipular a los consumidores: “Si gracias a las exageraciones se cepillan los dientes cada mañana un millón de personas que (de otro modo) no lo harían, entonces el fin justifica los medios”.


Adoptando ideas de los reformadores sociales y grandes dosis de paternalismo, todo ello unido a la finalidad esencial de aumentar ventas y beneficios, los publicistas a menudo se presentaban pretendiendo mejorar la situación de las masas, su nivel cultural y su calidad de vida. En 1927 John Benson, Presidente de la Asociación Norteamericana de Agencias de Publicidad, opinaba que “a veces es necesario engañar a la gente por su propio bien. Los médicos, e incluso los predicadores lo saben y lo ponen en práctica. El nivel de inteligencia media es bastante bajo (...) se deja guiar más por sus impulsos e instintos subconscientes que por su razón”. Los publicitarios, sabiendo que la gente prefiere lo frívolo antes que lo serio, la huida en lugar de la realidad, lo divertido más que lo significativo, obraban en consecuencia.

Cada vez más, la publicidad se dirigía a sus lectores/oyentes, como si fuera un amigo, un consejero cercano y experimentado. Las empresas inventaban personajes de ficción para personalizar sus productos y recomendar su uso. A través de la radio se adoptaba un tono íntimo y confidencial que contradecía el carácter de comunicación masiva, creando la ilusión de una comunicación individualizada entre hablante y oyente. La publicidad por correo, dirigida de forma personalizada al consumidor, contribuyó a desarrollar un amplio mercado de objetos como cocinas, lavadoras, neveras, etc., llevando esas novedades al mundo rural.

La venta a plazos (“compre hoy, pague mañana”) es un factor clave del crecimiento económico de EEUU en los años veinte. Ese sistema favoreció que la gente desarrollara sus hábitos de consumo por encima de sus posibilidades, cambiando las actitudes hasta entonces centradas en el ahorro para dirigirlas al ­gasto. En 1925 los consumidores compraron a plazos más de 2/3 de los muebles de la casa y cocinas de gas y al menos el 75% de los coches, pianos, lavadoras, máquinas de coser, neveras, fonógrafos, aspiradoras y radios.

Hay que tener en cuenta, no obstante, que el boom de los años veinte no afectó por igual a toda la población ni a todas las regiones. La miseria persistió entre los negros, sobre todo en el Sur, y en ciertos sectores de población blanca, por ejemplo en los Apalaches del Sur. En los años veinte y treinta, cuando lujosas revistas ilustradas y Hollywood mostraban a las amas de casa "liberadas" gracias a los electrodomésticos, las trabajadoras negras del tabaco de Durham (Carolina del Norte) lavaban la ropa de su familia en barreños en el patio con excusados compartidos en el exterior. Y no hay que olvidar la grave crisis que padecían los agricultores en esos años. En general los barrios bajos de cualquier ciudad contrastaban fuertemente con los nuevos suburbios que imitaban las elegantes casas inglesas. En estos años los ricos tardaban menos en enriquecerse que los pobres en salir de la pobreza.

B. Comunicación y espectáculo.

Un rasgo de estos años es la gran explosión de los medios de comunicación de masas. Se asiste a la difusión del cine, un medio revolucionario que incorpora el sonido desde finales de los años veinte. Además están el cartel, con una presencia abrumadora, y la prensa, que hace un enorme esfuerzo para adaptarse a los nuevos tiempos, transformando en gran medida los periódicos y las revistas ilustradas y dando un impulso poderoso a los cómics.

a. La revolución de la radio.

La radio, utilizada ya con fines militares en la 1ª GM, se convierte, en los años veinte y treinta, en un elemento fundamental de la comunicación de masas. Por primera vez, un hecho ocurrido en cualquier parte del mundo podía ser inmediatamente conocido por millones de personas. Pero además de proporcionar información y entretenimiento, por su capacidad para entrar en todas partes, era un instrumento de incalculables posibilidades para influir sobre las masas en las ideas, las costumbres y el gusto. Aunque fue en los regímenes autoritarios donde se utilizó de modo sistemático con fines de propaganda, también en las sociedades democráticas jugaría un papel político importante (como también lo haría el cine) por su enorme poder de persuasión y su capacidad para transmitir los valores dominantes.


Hoy día, cuando lo que la radio inició forma parte de nuestra vida cotidiana (el boletín informativo, el programa deportivo, las entrevistas, etc.), no es fácil hacerse una idea del cambio que supuso su desarrollo en los años veinte y treinta. La cultura radiofónica de masas que se creó entonces logró estructurar la vida conforme a un horario riguroso, que no sólo regulará la esfera del trabajo, sino también la del ocio de millones de personas. Aunque centrada sobre todo en el individuo y la familia, la radio creó su propia esfera pública. Por primera vez en la historia, gentes que no se conocían de nada sabían, sí se encontraban, lo que el otro había oído la noche anterior: el concurso, el show humorístico, el discurso del primer ministro, el boletín de noticias, etc.

El inicio de la radio como comunicación de masas se produce en Gran Bretaña en 1920, con la emisión de un recital de la soprano Nenie Melba, patrocinado por el Daily Mail y captado por oyentes de toda Europa. Ya en 1919 había empezado a emitir desde La Haya la que quizá fue la primera emisora regular. En 1920 iniciaba sus emisiones regulares la KADA de Pittsburgh, Pennsylvania, reivindicada por los norteamericanos como la primera emisora de la historia. En 1921 se inauguraba la primera emisora francesa (en la Torre Eiffel) y en 1923 la BBC emitía, por primera vez en Gran Bretaña, una obra de teatro, sugiriendo a los oyentes que apagaran las luces para que pudieran imaginar mejor las escenas. En ese mismo año aparecía en España Radio Ibérica, especializada en la retransmisión de conciertos desde el Teatro de la Ópera de Madrid.

El mundo acogió alborozado el maravilloso invento. En sus comienzos, facilitado por la escasa complejidad técnica y el precio asequible de las primeras instalaciones, proliferaron las emisoras particulares fundadas por estudiantes, sindicatos, grupos religiosos o políticos, etc. Es una época caótica y creadora que durará unos pocos años antes de que los gobiernos empiecen a legislar disposiciones más o menos restrictivas sobre el uso del nuevo medio.

Los inicios de la radio estuvieron sembrados de conflictos entre las primeras empresas radiofónicas, los periódicos, las agencias de noticias, los Estados, las sociedades de autores, etc. Todo el mundo quería tomar posiciones, todos querían estar presentes en un sector que se preveía como definitivo en el mundo de la comunicación de masas. De tales tensiones saldrán dos diferentes modelos de radiodifusión: uno norteamericano y otro europeo. Mientras en EEUU la radio queda en manos privadas, en Europa la radio terminará siendo paraestatal (como la BBC) o estatal, concebida en todo caso como un servicio público. Poco a poco las pequeñas emisoras independientes de los comienzos irán desapareciendo, pasando la radio a estar controlada, bien por los Estados, bien por grandes intereses económicos.

En España, la primera normativa sobre la radio es de 1923, en la dictadura de Primo de Rivera. Se definía la radio como “un servicio público, monopolio del Estado, que podrá ser explotado directamente por la Administración pública o por concesionarios particulares”. En EEUU, el Congreso no intervendrá hasta 1927, con la Radio Act, menos restrictiva que otras leyes europeas. No obstante, las emisoras acabarán siendo controladas por los intereses de las grandes empresas eléctricas, como Westinghouse. En 1927 la transmisión estaba dominada por tres cadenas que proporcionaban paquetes de programas para las estaciones locales.

La venta de receptores (normalmente fabricados por los mismos propietarios de las emisoras) subió sin parar. En 1924 se habían vendido en EEUU 2 millones de aparatos y en 1930 más del 40 % de los hogares tenían radio: 13 millones de receptores que, en 1939, eran ya 27 millones. La radio había pasado a ser un artículo de primera necesidad y un poderoso instrumento de la cultura del consumidor. Sin embargo, el boom de la radio afectó sobre todo a los países más prósperos. En Italia, por ejemplo, el número de aparatos no logró superar al de automóviles hasta 1931. En vísperas de la 2ª G.M. la mayor densidad de aparatos de radio se hallaba en EEUU, Gran Bretaña, países escandinavos y Nueva Zelanda. En estos países avanzó a un ritmo tan espectacular que incluso los pobres pudieron permitirse su compra.


La radio transformó la vida de las gentes modestas, en especial, la de las amas de casa pobres, como nada antes lo había hecho. Logró que el mundo penetrara en su hogar, ya que todo lo que se podía hablar, cantar o expresar mediante sonidos podía llegar a través de la radio. La producción de receptores baratos hizo posible que, a principios de los años treinta, la mayoría de la población escuchase habitualmente programas de radio ya que aun los que no tenían un aparato propio, la escuchaban, en la calle, en cafés y tabernas o incluso en el trabajo. La radio se convirtió en el más poderoso instrumento de persuasión de masas.

b. El cine de Hollywood.

El cine sufre una gran transformación al incorporar el sonido (El cantante de jazz, 1927). A partir de 1929 se produce el tránsito definitivo del cine mudo al cine sonoro. La industria cinematográfica de EEUU, que tanta influencia habría de ejercer en el mundo, se instala en Los Ángeles, cuyo clima templado y seco facilita el rodaje en exteriores. A principios de los años veinte, el barrio de Hollywood, donde radican los estudios cinematográficos más importantes, simbolizará el mundo del cine y de las grandes estrellas mundialmente conocidas, como Greta Garbo, Marlene Dietrich, Gary Cooper, Clark Gable, etc. Las películas, que ahora tienen una duración homogénea y se exhiben en teatros y salas específicas que se multiplican en ciudades y pueblos, llegan a los últimos rincones del país y cruzan las fronteras hacia Europa y gran parte del mundo, difundiendo unos valores que tenderán a universalizarse.

El cine norteamericano, respaldado por una poderosa industria, se convertirá en una gran fábrica de sueños para los ciudadanos y confirmará su dominación comercial sobre los mercados mundiales, gracias fundamentalmente a espectaculares películas musicales y a las comedias románticas, que ofrecían una imagen sonrosado y optimista de la realidad. En los tiempos de la Gran Depresión los géneros “escapistas” gozarán de enorme éxito.

Junto a los musicales estaban las comedias de Frank Capra que ilustraban las virtudes del sistema norteamericano (Sucedió una noche, 1934; Vive como quieras, 1938). Dentro de una corriente que podemos calificar de optimismo crítico, las películas de Capra quieren demostrar la inquebrantable salud del sistema democrático de EEUU, en el que cualquier ciudadano puede convertirse en multimillonario o en presidente del país. Así, sólo es infeliz el que quiere, porque la sociedad está abierta a todos y la corrupción y la injusticia se destruyen haciéndoles frente.

Aunque no faltaron películas de contenido social y crítico, fueron excepciones; la mayoría de la producción de Hollywood estuvo dominada, como ya hemos dicho, por el cine musical, importado de los escenarios de Broadway y por la comedia sentimental; pero también por las películas cómicas, las de aventuras, las de gángsteres (género nuevo inspirado por la crónica negra de la prohibición del alcohol) y las de terror, género que se consolida con títulos como Frankenstein (1931), Drácula (1931), La parada de los monstruos (1932), etc. Escapismo, amable evasión, son objetivos prioritarios de unas estrategias industriales basadas en géneros rígidamente estandarizados y de amplia aceptación comercial.

Muchas películas parecían desafiar la moral tradicional presentando, por ejemplo, el modelo de la joven inquieta y desenfadada que huye de un hogar restrictivo para dirigirse a la ciudad, donde las faldas cortas y los flirteos inocentes se presentan como la encarnación de la independencia y la libertad, frente a la meta convencional de encontrar un marido adecuado sin perder la virtud. Pero aunque estas películas sugerían comportamientos diferentes, en ningún momento ponían en cuestión la moral tradicional. Por el contrario, mostraban que el hedonismo urbano era compatible con el orden social establecido. Ni las desigualdades sociales, ni el trabajo rutinario y alienante, ni el mantenimiento de los roles sexuales se ponían en entredicho.


Las grandes compañías (Paramount, Metro-­Goldwyn-Mayer, Fox, Warner Bros y RKO) y otras menores (Universal, Columbia, United Artists), vinculadas financieramente a Morgan y Rockefeller, recibían feroces ataques de las ligas puritanas, horrorizadas ante las piernas desnudas de Marlene Dietrich o las canciones de Mae West. En 1934 la industria aceptó el Código Hays de autocensura, que afectaba no sólo a lo sexual, sino también a lo social y político. Por ejemplo, uno de sus preceptos (vigente hasta 1956) prohibía mostrar relaciones amorosas entre blancos y negros. El objetivo del Código era que las películas presentasen una sociedad justa, ponderada, estable, próspera, aséptica y tranquilizadora, donde la lacra y el error fueran sólo accidentales, excepcionales y pasajeros; una sociedad que insuflase a los norteamericanos el orgullo de ser tales y a los extranjeros la envidia y la admiración por su modelo de vida y la calidad de sus productos. Esto lo diría con un lenguaje más directo un político al declarar: «Allí donde penetre una película americana, allí se venderán más gorras, más automóviles y más productos de nuestro país».

El cine, como los deportes de masas, simbolizaba la sociedad democrática. Penetró por todas partes; no había pueblo por modesto que fuera que no contara con una sala de cine. En las ciudades había enormes y lujosas salas que pasaron a ser las catedrales de la nueva sociedad. Las salas de cine de los centros comerciales de las grandes ciudades exhibían impresionantes fachadas, decoradas con motivos exóticos, semejantes a inmensas vallas publicitarias que por la noche se iluminaban con llamativos efectos eléctricos. Solían tener un vestíbulo grande y fastuoso donde los asistentes podían ver su propia imagen entre candelabros reflejada en los espejos.

A pesar de su magnificencia, las salas de cine, con el estilo arquitectónico y el lujo de las mansiones y los hoteles caros, se preciaban de ser un lugar al que todos tenían acceso por igual. Según Fox, “el cine respira el espíritu con el cual se construyó la nación: libertad e igualdad. En las salas de proyección no hay separación de clases (...) el rico y el pobre se rozan los codos y así es como debe ser. El cine es una institución americana típica”. Como el fútbol en Gran Bretaña, el cine era uno de los pocos ámbitos en que se mezclaban las clases.

c. La nueva prensa, el cómic y el cartel.

En estos años, en que la prensa se siente amenazada por la competencia de la radio, tuvo lugar una verdadera guerra entre los periódicos por la conquista de lectores. La prensa diaria no lo tenía fácil después de la guerra. Mantener el ritmo expansivo de las décadas anteriores era casi imposible, no sólo por la competencia de los nuevos medios, sino porque, como resultado de la propaganda abusiva que se desarrolló durante la contienda, en que se manipularon sentimientos y odios, la gente había perdido su fe en los periódicos. Los diarios de masas, conscientes de esa dificultad, llevaron a cabo una auténtica guerra por el lector.

En primer lugar los periódicos adoptan la forma de “tabloide”, esto es, un tamaño equivalente a la mitad del formato de antes de 1914, con lo que resultan más compactos y manejables. Al mismo tiempo, se acude a toda clase de medios para ganar lectores. Desde 1920 el Mail y el Expres introdujeron nuevas formas de propaganda, gastándose por ejemplo (en 1928) grandes cantidades en pólizas de seguros como regalo a sus lectores.

Pero lo que rompió las barreras en esta guerra fueron las prácticas introducidas en 1929 por el Herald,, que llegó a ser el diario de mayor tirada de Londres. Para conseguirlo no reparó en medios: organizó un amplio equipo de agentes que, puerta a puerta y a comisión, convencían a la gente de que se suscribieran al periódico. La oferta se acompañaba de regalos y de concursos con premios, en dinero o en seguros. Bastaba suscribirse por diez semanas para obtener un regalo. Otros, como el Express, pusieron de moda las quinielas de fútbol y más tarde las de carreras de caballos, ofreciendo premios a quien acertase el orden de llegada de los primeros. Más tarde el Herald ofrecerá libros populares a precio reducido, acompañando las suscripciones. La oferta de mayor éxito fueron las obras completas de Dickens en 16 volúmenes encuadernados en imitación a piel. Los demás periódicos hicieron lo mismo y se vendieron más de 11 millones de ejemplares de las obras completas de Dickens, seguidas de otras muchas colecciones de obras clásicas.

Esta exuberante actividad de ventas iba unida a constantes adaptaciones de los diarios a lo que sus editores consideraban el gusto de los lectores. En realidad, no importaba perder dinero con las suscripciones si el aumento del número de lectores atraía a la publicidad. Así, en los años treinta, muchos diarios adoptaron las formas de hacer y las técnicas de llamar la atención propias de los tabloides americanos, ante el desprecio de la prensa de calidad.


Los tabloides eran herederos de una prensa popular más antigua, la prensa amarilla. Aparte del formato, se caracterizaban por el sensacionalismo, tanto en la presentación como en los contenidos. Su éxito se basaba en provocar intensas reacciones emocionales (desde el odio a la ternura) en el lector. Las dosis de crímenes, escándalos, sexo, deportes, cuestiones de salud y enfermedades de alcance masivo, eran cuidadosamente reguladas, como revela una frase de Hearst referida al Daily Mirror, según la cual los diarios deben dedicarse “en un 90% al entretenimiento, en un 10% a la información, siempre que no sea aburrida”.

Los tabloides generalizaron el uso de la fotografía. El fotoperiodismo era una novedad importante. La fotografía ya no se limitaba a ilustrar el texto, sino que actuaba como un lenguaje con valor expresivo propio, a veces sostenida por un somero texto a pie de foto que cumple la función de orientar la lectura del conjunto de fotografías. Al contrario de lo que ocurría tradicionalmente, el texto llega a ponerse al servicio de las imágenes.

Otro capítulo dentro de la prensa, lo constituyen los cómics, que amplían en esos años el mercado de las viejas novelas populares y crean un mercado nuevo para lectores infantiles.

En la sociedad de consumo, la gente no sólo consume productos manufacturados, sino también, y en grandes cantidades, películas, revistas ilustradas, programas de radio, etc., así como espectáculos deportivos de masas. Todos son vías de escape de la realidad cotidiana. Al provocar emociones más o menos fuertes, logran alejar al consumidor de sus problemas cotidianos, sustituidos por problemas y ansiedades ajenas. En el caso de la prensa, el Evening Graphic lo decía con claridad en 1924: “Intentamos entusiasmarles colectivamente, intentamos dramatizar y sensacionalizar la noticia y algunas historias que no son noticias (...) Queremos un periódico que sea humano en primer lugar y en todos los demás lugares”.

Aventuras de héroes como Lindbergh, romances o escándalos de las estrellas de cine o de la elite, se ofrecen para consumo de las masas y antídoto contra la rutina y las frustraciones diarias. Mediante esas historias el público puede vivir momentos excitantes sin romper con la moral aprendida. Así, identificándolas constantemente con lo humano, la prensa, la radio, el cine... legitiman las emociones y el placer y poco a poco su acción amplía imperceptiblemente los márgenes morales del comportamiento privado. Esto explica, por ejemplo, las presiones, ya referidas, que sufrió Hollywood de sectores puritanos y ultraconservadores.

Por último, los medios de comunicación también cumplen la función de organizar el entusiasmo colectivo, no sólo en los regímenes autoritarios, donde serán el soporte básico del poder, sino también (aunque de forma menos evidente) en las sociedades democráticas. Un ejemplo fueron, en la Gran Depresión, las charlas radiofónicas del presidente Roosevelt, que tanto contribuyeron a restablecer la confianza de los norteamericanos en el sistema.

En cuanto a los carteles, aunque éstos, como la prensa, no son una novedad, en esta época sufren una gran expansión y su presencia será abrumadora ejerciendo, junto con los demás medios, una influencia notable en el desarrollo de la cultura de masas. Los carteles, sobre todo en los años treinta, llenan ciudades y pueblos de imágenes de elevada calidad estética y gran capacidad persuasiva, tanto si son carteles publicitarios como políticos. La producción de carteles de propaganda política será enorme no sólo en los regímenes autoritarios, sino también en los democráticos. Junto a los carteles de propaganda soviéticos y los de la Alemania nazi (a menudo de tamaño gigante y asociados al culto a la personalidad) se producen en EEUU, durante la Gran Depresión, los de la propaganda del New Deal de Roosevelt, y en España los editados por la Segunda República, durante la Guerra Civil.

Los carteles se aprovechan de las nuevas técnicas de reproducción fotomecánica de imágenes en color y utilizan sistemáticamente la fotografía para obtener un mayor realismo. El cartel deja de ser obra de pintores ocasionalmente cartelistas (recuérdese por ejemplo, a Toulouse Lautrec) para convertirse en una creación especializada de los diseñadores gráficos, nueva profesión que tiene un enorme campo de desarrollo en la nueva sociedad de masas.


2. La nueva situación de las mujeres.

A. Derechos civiles y trabajo.

Las mujeres obtienen tras la guerra el derecho al voto en casi toda Europa. En Gran Bretaña se les concede a las mayores de 30 años en 1918 (hasta 1928 la edad no se iguala a la de los hombres), lo que pone fin al movimiento sufragista. La Constitución alemana de Weimar establece el principio de igualdad entre los sexos y las mujeres estrenan su derecho a votar acudiendo masivamente a las urnas en 919 (casi el 90 %). Además 37 diputadas forman parte de la Asamblea Constituyente de Weimar. En contraste, sólo una de las 15 candidatas inglesas a la Cámara de los Comunes resulta elegida en 1918. Ya durante la guerra habían accedido al voto las danesas (1915), islandesas (1915), holandesas (1917) y rusas (1917). Entre 1919 y 1923 se les dará el voto en Suecia, EEUU, Irlanda, Austria y Checoslovaquia.

En Francia, sin embargo, las mujeres tendrán que esperar a 1944 para obtener el derecho al voto. Aunque la Cámara de Diputados lo aprobó en 1919, el Senado lo rechazó. El temor a que el voto femenino permitiera a la Iglesia una influencia política oculta a través de las feligresas, el conservadurismo profundo de los senadores y quizá su misoginia latente, bloquearon la situación durante muchos años, ya que nuevos proyectos presentados en 1925, 1932 y 1935 fueron sucesivamente rechazados. A pesar de la excepción francesa, el derecho al voto es sin duda la recompensa que las mujeres obtienen por haber posibilitado que la economía de sus respectivos países siguiese funcionando durante los años de contienda.

En el período de entreguerras la condición civil de la mujer experimenta notables cambios. En Francia ya antes de 1914 se habían hecho tímidas modificaciones del Código Civil (desde 1907, por ejemplo, la mujer podía disponer libremente de su salario, medida adoptada en Inglaterra en 1870). Nuevos cambios en los años veinte y treinta permitirán a las francesas afiliarse a un sindicato sin permiso del marido (1920), conservar su nacionalidad si se casa con un extranjero (1927), etc. Y sobre todo, en 1938, desaparece la incapacidad civil de la mujer casada, permitiéndole promover acción ante la justicia, firmar contratos, abrir cuentas, estudiar y examinarse, y pedir un pasaporte sin implicar a su marido.

En Gran Bretaña donde las casadas podían ya desde 1882 disponer de sus bienes y salario, hay también avances. Se permite el acceso de la mujer a nuevas profesiones reservadas al hombre (como las jurídicas), se restablece la igualdad de la esposa en caso de adulterio y divorcio, se confía a la mujer la custodia de los hijos en caso de separación y se elimina la ficción jurídica según la cual, si la mujer comete un delito en presencia del marido, debía suponerse que actuaba obligada por él. No obstante, en algún caso se introducen nuevas desigualdades. Así, a partir de 1935, a las casadas se les exigen unos requisitos excesivos para poder percibir una asignación por paro, con lo que podían quedarse sin ella a pesar de haber cotizado regularmente a las cajas de desempleo. La única diferencia jurídica notable entre inglesas y francesas era el derecho al voto.

En estos años las mujeres tienen escasa presencia en la vida pública, siendo muy pocas las afiliadas a partidos y sindicatos. Incluso en los partidos de izquierdas el número de mujeres es muy reducido y éstas no encuentran ni oídos ni apoyo.

Terminada la guerra, se pidió a las mujeres que regresaran a sus casas y a sus tradicionales oficios femeninos. Se apeló a los derechos prioritarios de los excombatientes, a la necesidad de la reconstrucción nacional e incluso a la defensa de la raza. Con o sin resistencia por parte de las mujeres, se produjo en todas partes la desmovilización femenina de modo rápido y brutal, siendo las obreras de guerra las primeras en ser despedidas.


En Alemania y Gran Bretaña la desmovilización intentó restablecer lo antes posible la familia tradicional y un mercado de trabajo sexualmente diferenciado. En 1919 el gobierno alemán permitió devolver al hogar a las mujeres que ejercían una actividad profesional y excluyó del seguro de paro a aquellas cuya ocupación vino condicionada por la guerra. También en Gran Bretaña se suprimió el subsidio a las paradas que rehusaran aceptar los puestos en el trabajo doméstico y en los otros oficios femeninos. Incluso el trabajo de oficinista, poco estimado por los varones, debía reservarse a los mutilados de guerra. Una campaña de prensa acusaba a las mujeres que reclamaban un subsidio tras perder su trabajo, de querer vivir a costa del Estado. En Francia, aunque también había un gran consenso sobre las mujeres en el hogar, alguna voz defendió el reconocimiento del carácter irreversible del trabajo femenino, incluso en las industrias.

En esas décadas tuvo lugar una gran expansión de los empleos del sector terciario, que se convertirá en el sector privilegiado del trabajo femenino. Cada vez se empleaban más mujeres en el comercio, la banca y, sobre todo, en las oficinas tanto públicas como privadas. El sueño de las jóvenes berlinesas de clase media y baja era hacerse mecanógrafa, a pesar de que su salario (con 8/10 horas diarias de trabajo) se situaba en la parte baja de la escala. En Alemania, entre 1919 y 1932, los salarios femeninos eran entre un 30 y un 40% inferiores a los masculinos y las mujeres en paro sólo recibían 2/3 del subsidio de un hombre en idéntica situación. Las profesiones liberales también se abren a las mujeres gracias a que antes y durante la guerra han tenido un acceso más igualitario a la enseñanza secundaria y superior. La feminización del sector terciario, sobre todo en oficinas, unida al temor a la soltería y a los reveses de fortuna en las clases medias, permite a las jóvenes hijas de la burguesía el ejercicio de una profesión y, por tanto, la obtención de un relativo derecho al trabajo. En este aspecto son las verdaderas vencedoras de la guerra, muy conscientes de las diferencias que las separan de sus madres.

B. Condición femenina, natalidad y sexualidad.

Respecto al modo en que la guerra afectó a la condición femenina, no es posible sacar conclusiones generales. La guerra parece haber bloqueado en ciertos casos y acelerado en otros, los cambios esbozados en los años precedentes, o bien haber abierto brechas en la distribución de papeles y el equilibrio de poderes. Esas brechas pueden ser más o menos grandes según los países, los grupos de edad y las clases sociales, pero son detestables.

La conquista más visible y general realizada por las mujeres fue sin duda la libertad de movimiento y de actitud, al liberarse de las trabas de los vestidos largos y ajustados, los corsés, los sombreros molestos e, incluso, los complicados moños, sustituidos en los años veinte por el pelo “a lo garçon”. Estos cambios permiten a las mujeres una nueva relación con sus cuerpos, que ahora pueden moverse libremente. Las mujeres practican deportes, bailan nuevos ritmos, salen solas e incluso exploran la sexualidad y deciden su propia vida.

Las jóvenes de clase media son las principales beneficiarias de estos cambios que, poco a poco van imponiendo el carácter mixto del ocio mucho antes que el de la escuela. Igual que los hombres, las mujeres saben que la felicidad es efímera y rechazan la vieja moral de la abstinencia para vivir plenamente el presente. La mecanógrafa, la vendedora, la secretaria, encarnan en el Berlín de los años veinte el tipo de "nueva mujer" que se ha cortado las trenzas, se depila las piernas y hasta tiene la audacia de sentarse sola en un café y fumar en público. El frenesí de la danza está en su apogeo en todas las clases sociales. La publicidad ofrece todo tipo de bálsamos para aliviar los pies doloridos. Honradas amas de casa pierden la cabeza y alzan muy arriba las piernas al ritmo loco del charlestón o el fox-trot.

A menudo se ha querido ver en esta nueva imagen femenina (vendida incansablemente por la publicidad) el símbolo de la mujer liberada. Sin embargo, detrás de las apariencias, las normas tradicionales se mantienen vivas. Más allá de los signos puramente externos de la emancipación femenina, lo cierto es que la vida cotidiana de la mayoría de las mujeres evoluciona poco y el ideal de la mujer en el hogar (así como la distribución de los roles que conlleva) es menos discutido que nunca. En los años de entreguerras triunfa el discurso sobre la mujer madre, esposa y sin profesión. Ese modelo de mujer se halla ciertamente en las antípodas de la mujer liberada que fue un símbolo tópico de los años veinte y que, en los años treinta, queda olvidada.


El nuevo discurso médico sobre la crianza de los hijos refuerza la presión a favor de la mujer en el hogar. En nombre de la lucha contra la mortalidad infantil, se culpabiliza a las madres que no se dedican plenamente a sus hijos, al tiempo que se pretende educarlas y convertirlas en auxiliares del médico. Se considera responsabilidad materna implantar una rigurosa higiene antimicrobiana, sobre todo para los lactantes. En Francia, la caída precoz de la natalidad y el miedo a la despoblación se suman a la cruzada higienista, sanitaria y natalista. También en Gran Bretaña se imponen la puericultura y el control médico de la infancia. La nueva responsabilidad exige a la mujer una disponibilidad permanente que hace muy difícil su trabajo fuera de casa. La defensa del hijo desemboca en la prohibición del trabajo femenino. Se considera madre desnaturalizada a la que deja a su hijo en manos ajenas y, en lugar de amamantarlo, lo “abandona” al biberón.

La propaganda a favor de la mujer en el hogar es general y la interiorizan muchos maridos y mujeres. En Inglaterra se presenta como indiscutible, pero en Francia, aunque en 1920 se establece el Día de la Madre y la medalla de la familia numerosa, provoca quejas e interrogantes, ya que son muchas las mujeres casadas que trabajan y entre el discurso dominante y la realidad hay una gran distancia (la mitad de las asalariadas están casadas). Entre 1906 y 1946 las francesas constituyen entre el 37 y el 38% de la población activa contra sólo en 28% en Gran Bretaña, donde el trabajo es raro entre las mujeres casadas.

El hecho es que las mujeres tenían menos hijos: la natalidad, en descenso a lo largo del siglo XIX, cayó espectacularmente. Ya antes de la guerra se aceptó la idea del control, aunque se discutía sobre los métodos anticonceptivos. En los años veinte, Margaret Sanger promovió en EEUU el uso del diafragma, un notable progreso. Pero las clínicas de control de la natalidad de Sanger actuaban dentro de estrechos márgenes legales y sólo llegaron a unas pocas mujeres. Las usuarias del diafragma eran, sobre todo, cultas y acomodadas. Los métodos anticonceptivos caían dentro de la ley federal contra la obscenidad hasta 1936 y hasta 1937 la Asociación Médica Norteamericana no autorizó a los médicos a prescribirlos. No obstante, el deseo de las mujeres de disponer de ellos excedía con mucho el grupo de mujeres acomodadas y cultas: tan sólo en 1920-25 Sanger recibió cientos de miles de cartas de mujeres que solicitaban métodos de control.

Durante la república de Weimar se abrieron en Alemania 400 oficinas de planificación familiar, 40 de ellas en Berlín, principalmente en barrios obreros. Algunas estaban bajo la responsabilidad de mujeres médicas relacionadas con movimientos feministas. Los abortos clandestinos eran, según estimaciones del Colegio de médicos, 900.000 al año. Los partidos nacionalistas esgrimían el espectro de la decadencia nacional y de la degeneración del pueblo alemán, lo que impulsaba a los jueces a pronunciar duras penas contra las abortistas. Cientos de médicas berlinesas solicitaron a la Comisión de Derecho Penal del Reichstag modificar la ley y organizar cursos de educación sexual, mientras muchas mujeres se manifestaban por las calles, pero sus peticiones no fueron atendidas. Tampoco prosperarán los proyectos de ley presentados por partidos de izquierda para autorizar la interrupción del embarazo durante los tres primeros meses del mismo. Cuando en 1933 los nazis lleguen al poder las oficinas de planificación familiar serán asaltadas y los responsables, hombres y mujeres, detenidos.

A la vez que descendía la natalidad, adquirió nuevo valor la relación sexual conyugal al margen de la reproducción. El nuevo modelo de esposa-amante, al introducir el erotismo en el hogar, echaba por tierra la doble moral del adulterio masculino, pero exigía a la mujer una seducción permanente. Intelectuales y científicos sociales, así como novelas populares, fueron alimentando cada vez más una corriente de reproche a la moral sexual victoriana, acusada de represora e hipócrita. Contribuyeron a crear un clima propicio el cine, las revistas sensacionalistas y la publicidad que hacían del sexo un tema recurrente, de forma abierta o indirecta. El hecho es que para las jóvenes de los años veinte la sexualidad era importante y cada vez eran más las que creían que el deseo sexual femenino existía para ser satisfecho.


c. Matrimonio, hogar y “feminidad”.

Sin embargo, la expresión sexual femenina quedó domesticada en el ámbito de un nuevo modelo de matrimonio, sobre todo en EEUU, donde ese ideal era propuesto por algunos científicos sociales. Según el mismo, los jóvenes debían ser amigos e incluso amantes antes de embarcarse en un asunto tan serio como el matrimonio. Se rechazaba el matrimonio tradicional por estar fundado en la dominación del hombre y la sumisión de la mujer. En su lugar los consejeros familiares profesionales trataban de introducir un ideal de íntimo compañerismo sexual en un matrimonio auténticamente simétrico.

Es curioso ver cómo, cuando el trabajo remunerado permitió a las mujeres escapar de la necesidad económica de casarse, el énfasis en el matrimonio fue mayor que nunca. El nuevo modelo de matrimonio dejaba a las mujeres sin justificación para rechazarlo al eliminar la objeción de las feministas de generaciones anteriores, de que era un sistema de dominación. De hecho, en esos años el matrimonio fue más popular que nunca. En EEUU bajó la edad media del matrimonio. En el siglo XIX las mujeres que iban a la universidad habían quedado solteras más a menudo que en este período, en el que la presencia femenina en la universidad alcanza casi el 50%. La previsión alarmista que creía que el hecho de que las mujeres percibieran ingresos por su trabajo arruinaría sus perspectivas de matrimonio, no se cumplió, sino que, por el contrario, la mayor capacidad de ahorro de la pareja les permitió comprar más fácilmente una vivienda.

En EEUU, el problema (esencial para las mujeres que ejercían una profesión) de hacer compatible la vida familiar y la laboral fue objeto de estudio por los científicos sociales. Varias disciplinas, en especial la Psicología, se convirtieron en fuente de autoridad, por encima de la sabiduría popular. En las universidades se hicieron muchas investigaciones en el convencimiento de que esas disciplinas podían explicar los problemas de la mujer moderna y aportar soluciones. Pero, a pesar de su pretendido empirismo, las ciencias sociales seguían teñidas de prejuicios sobre “lo masculino” y “lo femenino” e hicieron suya, con un ropaje nuevo, la vieja idea de que las mujeres debían servir a las necesidades de los hombres.

En los años veinte, el hogar llegó a tener en EEUU tanto interés para las ciencias sociales como las relaciones sexuales y matrimoniales. Los profesionales de la economía doméstica hicieron suya la tarea de mejorar el estatus y las condiciones de trabajo en el hogar. Influidos por las ideas de gestión científica, realizaron estudios comparativos del tiempo invertido en las tareas del hogar y mostraron que tanto en el campo como en la ciudad ese trabajo ocupaba a las mujeres todo el tiempo. Muchos especialistas coincidían en que la aplicación del progreso técnico al hogar permitía una mejor atención doméstica. Pero los electrodomésticos que ahorran tiempo sirvieron más para aumentar en las amas de casa las exigencias de limpieza y orden que para restarles horas de trabajo doméstico. Sin duda, la cocina de gas, la iluminación y las planchas eléctricas (de uso más frecuente en los años veinte) aumentaron la comodidad y la eficacia del trabajo de las mujeres, pero éste siguió siendo un trabajo de jornada completa. El tiempo que las amas de casa ahorraban gracias a los electrodomésticos y a los alimentos envasados, lo invertían en el cuidado de los niños, la compra o la gestión doméstica. Era evidente que las expectativas en lo tocante a la salud y el bienestar familiar habían aumentado respecto a las de generaciones anteriores y las amas de casa se tomaron en serio la mejora de la salud y la seguridad de la familia.


El nuevo interés por la economía doméstica lo promovían los publicitarios y el agresivo marketing de los fabricantes de electrodomésticos. Las mujeres eran ya un sector importante de consumo. No es casual que los especialistas en publicidad y marketing se refirieran al consumidor con el pronombre ella (she). El tema de la compra se presentaba por los anunciantes como el terreno privilegiado de control donde las mujeres podían ejercer la racionalidad y expresar valores. Según las estadísticas de los años veinte, las mujeres hacían el 80 % de las compras al por menor. Ello explica que la mayoría de los anuncios se dirigiesen a ellas. Así, a través de la publicidad, los fabricantes de productos para el hogar y los hijos, de moda y cosméticos, dieron a conocer el concepto moderno de feminidad.

La individualidad y la modernidad de la mujer se convirtió en una mercancía más. Tras las imágenes publicitarias de la mujer moderna había un tinglado económico superior al existente detrás de cualquier otro producto. Las nuevas técnicas fotográficas y gráficas hicieron de la publicidad un medio visual con una influencia subliminal desconocida hasta entonces, de forma que no sólo vendía a las mujeres productos concretos, sino también imágenes de sí mismas. Así, los anunciantes lograron imponer los símbolos modernos de la mujer sobre sus prioridades tradicionales. La mujer ideal ya no era tímida, delicada o sumisa, sino vigorosa y sociable. En cierto modo, se puede decir que fueron los publicitarios los que crearon el concepto moderno de “feminidad”. Esa nueva mujer, responsable del bienestar de la familia, eficaz en su hogar, era además alegre y atractiva para los hombres. Naturalmente el atractivo femenino era un gran negocio. Hacia 1929, la industria de cosméticos gastaba en publicidad casi tanto como la industria de la alimentación, a pesar de que esta última tenía un volumen diecisiete veces superior.

No deja de resultar paradójico que, a través de la publicidad y de ese modelo de mujer moderna por ella propuesto, se estuviese defendiendo en realidad el papel tradicional de la mujer en términos de opción personal, libertad y racionalidad. La mercantilización moderna adoptó en apariencia la propuesta feminista de que las mujeres asumieran el control de sus vidas traduciéndola a la opción consumista de elección. La General Electric llegó a unir en su publicidad “sufragio y conmutador (eléctrico)” y un anuncio de productos domésticos de 1930 proclamaba: “Hoy la mujer tiene lo que quiere. El voto. Finas envolturas de seda en lugar de las voluminosas enaguas de otrora. Cristalería azul zafiro o brillante ámbar. Derecho a seguir una carrera profesional. Jabón que haga juego con el color de su cuarto de baño”.

A pesar de las protestas de unas pocas voces que sostenían que sólo se estaba vendiendo a las mujeres una imagen modernizada y encantadoramente maquillada de su papel tradicional, los medios de difusión más populares lograron imponer sus modelos de realización femenina. Haciendo suya parte de la retórica feminista, trasladaron la reivindicación del derecho de elección de las mujeres al mero terreno del consumismo individual y los derechos en el terreno sexual al ámbito del matrimonio. La radical contestación feminista a la división de papeles según el sexo, quedó arrinconada por el mensaje de las películas de Hollywood según el cual la felicidad en el ámbito privado equivalía a la libertad y el tapizado de un coche de lujo coronaba la búsqueda de una vida buena. Así el feminismo quedó desarmado bajo la apariencia de su realización.

Las fuerzas del marketing y de los medios de comunicación no tenían fronteras y el modelo de mujer emancipada se difundió en el extranjero, sobre todo a través de la industria cinematográfica de EEUU que en la década de 1920 inundó con sus productos las salas de cine de Europa. Los europeos recibieron la imagen idealizada de la mujer norteamericana moderna con mayor ingenuidad que las propias norteamericanas, pues carecían del conocimiento de la realidad capaz de empañar la imagen dorada presentada por las pantallas.

La crisis económica que se inicia al final de los años veinte puso en evidencia hasta qué punto los llamados patrones sociales modernos hundían sus raíces en viejas relaciones de subordinación y sumisión de las mujeres. Durante la Gran Depresión, los llamamientos reaccionarios para que las mujeres retornaran al hogar (sobre todo para que las casadas abandonaran sus puestos de trabajo) mostraron cuán tenue era el aura de libertad y cuán delgada la capa de individualidad del papel que se adscribía a la mujer moderna.


El período de entreguerras se nos presenta, en lo que concierne a las mujeres, como una etapa marcada por movimientos contradictorios, en la que sin duda las mujeres conquistan derechos y, a la vez, se mantuvieron los roles sexuales tradicionales. Se trata de una realidad compleja, contradictoria y a menudo no bien analizada por los contemporáneos.

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Hª Contemporánea Universal (hasta 1945) - Lectura 19

Hª Contemporánea Universal - Curso 2003-04 - Lectura 19

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