Situación de las mujeres

Cuestiones de género. Mujer trabajadora. Mujer burguesa. Movimientos feministas. Emancipación

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Lectura 9. La situación de las mujeres

1. Cuestiones de género en la política del siglo XIX.

A. Liberalismo patriarcal y ámbito público: la exclusión de las mujeres.

La revolución francesa había impulsado la participación política de los varones de la burguesía. También supuso que los grupos considerados políticamente irrelevantes (mujeres, campesinos y clase trabajadora) irrumpieran en el escenario político, generando así una fe y un entusiasmo en la posibilidad del cambio político y social. Por su parte, los conservadores asociaron estas alternativas a la amenaza de la revolución.

Estas actitudes se relacionan con el desarrollo del ámbito de lo público, esto es, la aparición de un conjunto de actividades y asociaciones fuera del espacio oficial del gobierno, los tribunales o las instituciones estatales. El concepto de lo público se ligó íntimamente al desarrollo de la opinión pública, expresada a través de la prensa y otras publicaciones. En la Europa del siglo XIX fueron surgiendo organizaciones con actividad política al margen del gobierno, que permitieron que muchas personas ejercieran influencia política y social. Se trataba de grupos profesionales, organizaciones ciudadanas y municipales, logias masónicas, cámaras de comercio, clubes políticos, sociedades eruditas, etc. Aunque en apariencia no tenían carácter político, aportaron foros para el debate y a menudo para la presión política. Las nuevas asociaciones pusieron en contacto a los hombres que tenían posibilidad de ser elegidos para cargos públicos y les dio poder para influir en la opinión pública, expresar su oposición a determinados gobiernos o políticas, y cuestionar la autoridad monárquica.

El ámbito público permitía expresar opinión, ganar reconocimiento político y presionar para lograr una representación más directa. Pero el acceso a todo esto era muy difícil para las mujeres. La naturaleza pública de estas nuevas formas de participación política y social las convirtió en actividades exclusivamente masculinas. Mientras el término “hombre público” merecía respeto, el de “mujer pública” era sinónimo de prostituta. Su respetabilidad exigía a las mujeres no ser conocidas, incluso ni mencionadas en público. La autoridad del hombre en el ámbito público va unida a su independencia del patrocinio o de las ataduras feudales, y también a su propia responsabilidad hacia sus seres dependientes, es decir, la mujer y los hijos. Para el varón burgués que buscaba establecer una base de autoridad diferente a la de la nobleza, la autoridad moral se convirtió en una cuestión primordial, que se manifestaba en el poder ejercido por el varón sobre la familia y en su habilidad para regular la sexualidad de la mujer al confinarla dentro del ámbito doméstico. Se consideraba no sólo que la respetabilidad femenina y el ámbito público eran incompatibles, sino que la libertad de las mujeres y su acceso al espacio público minarían la autoridad de maridos y padres.

Los principios del liberalismo concedieron el derecho al poder político, económico y legal sólo a la burguesía propietaria, el grupo social que sin duda más se había beneficiado de los cambios que trajo la revolución francesa y más tarde Napoleón. A causa del valor otorgado a la propiedad como base para la participación política y la dignidad masculina, los liberales restringieron los derechos políticos a los varones sin propiedad, e impidieron que las mujeres pudieran tener un control sobre la propiedad, especialmente las mujeres casadas.

El Código napoleónico, que reforzó el poder patriarcal dentro de la familia, reafirmó la autoridad del marido sobre su mujer e introdujo dobles patrones sexuales en las leyes, estableció el marco legal para la mujer no sólo en Francia, sino también en los territorios europeos, que lo adoptaron a lo largo del siglo XIX. Resulta paradójico que su adopción se considerara un símbolo de progreso, si se tiene en cuenta que, al menos para las mujeres, supuso un claro retroceso al consagrar la total subordinación a sus maridos.

Los liberales consideraban la familia patriarcal como el microcosmos básico para el orden social, económico y político. En Inglaterra, de acuerdo con las ideas liberales, los varones debían poseer propiedades para llegar a ser hombres plenos. Por ello, la burguesía acaudalada imitaba a la aristocracia comprando tierras y construyendo grandes mansiones tan pronto como podía. Y la masculinidad de la burguesía requería respetabilidad en el ámbito doméstico. La crítica liberal a la monarquía absoluta y a la corrupción de la aristocracia, se tradujo en su preferencia por la separación de la vida doméstica y la pública basada en la diferencia de género. Los liberales sostenían que la razón era un atributo esencialmente masculino, que hacía a los varones merecedores de participar en el contrato social. En el siglo XIX, la posesión de propiedades y la virilidad se convirtieron en rasgos igual de importantes para el varón burgués con autonomía política y económicamente “hecho a sí mismo”.

B. Sexo, raza y naciones.

La influencia del diplomático francés Arthur de Gobineau y de su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855) dio a la raza un interés primordial durante el siglo XIX. Gobineau creía que el auge de las civilizaciones se basaba en sus características raciales y que su declinar se debía a la mezcla con otras razas. Según Gobineau había tres razas, siendo la superior la “blanca”, mientras que la “amarilla” estaba por encima de la “negra”. Dentro de estos amplios grupos raciales estableció otras divisiones: las naciones del norte de Europa eran fuertes, disciplinadas, enérgicas e innovadoras, y las del sur indolentes, sensuales y débiles. En su discusión sobre las naciones, como sobre las razas, Gobineau se alimentaba de los estereotipos de género propios de la época. La fuerza masculina de las naciones del norte de Europa, contrastaba con el carácter afeminado de las del sur, y la mezcla de sociedades masculinas con femeninas causaba el inevitable declinar de las civilizaciones.

Estas ideas influyeron en Charles Darwin y su obra El origen de las especies (1859). Para muchos lectores, este libro confirmaba científicamente que algunas razas eran superiores a otras y más capaces de triunfar en la lucha por la supervivencia. En la década de 1860 la teoría darwinista de la evolución se había hecho muy popular, y se aplicaba a los ámbitos social y de género. Sus partidarios sostenían que las sociedades evolucionaban desde formas simples a otras más complejas, igual que los organismos vivos. Sociólogos, como Herbert Spencer o Èmile Durkheim, consideraban que la división sexual del trabajo y la separación entre los ámbitos público y privado eran signos de una cultura evolucionada. El modelo más avanzado era el de las sociedades europeas, que dominaban a las de África, Asia y Australia, más primitivas. La teoría de la evolución también aportó una base «científica» al debate sobre la diferencia de género. Las mujeres, según darwinistas sociales como Spencer, estaban menos evolucionadas y eran más parecidas a los niños que los hombres. Clemence Royer, el primer traductor de Darwin al francés, utilizó la teoría de la evolución para oponerse a que se diera el voto a las mujeres a no ser que éstas evolucionaran, mediante la educación, hacia la fase en que pudieran ejercer responsablemente los derechos políticos.

Defensores de la emancipación de la mujer, como el liberal inglés John Stuart Mill o el socialista alemán August Bebel, tuvieron que luchar contra esta nueva teoría, ampliamente extendida, de que la mujer había evolucionado menos y tenía menos capacidad cerebral que el varón. En su Mujer y Socialismo (1879), quizás el texto feminista y socialista más leído en Europa, Bebel, sugería que los varones, dadas las diferencias fisiológicas del sistema vascular, las mandíbulas y el peso cerebral, podrían estar más próximos a los monos que las mujeres. Bebel, como Mill, rechazaba el argumento que hacía más inteligentes a los varones por tener cráneos mayores, e insistía en que el tamaño del cráneo no determinaba el del cerebro, sino que lo importante era el tamaño relativo en proporción al del cuerpo y al peso.

Las teorías de la evolución otorgaron un papel predominante a la nación, considerada la forma política de las sociedades más evolucionadas, llegando a verse la aparición del estado-nación como el logro de las leyes de la naturaleza y como una evidencia más de la superioridad de Europa sobre el resto del mundo. La unificación de Italia (1860) y Alemania (1871), el inicio de la Tercera Republica francesa (1871), la ampliación de la representación política en Inglaterra, se acompañaron de debates sobre la definición de nación, a quién pertenecía, o sobre quién debería tener representación política en la misma. Tales discusiones dejaban claro la creciente aceptación de la autoridad de la «ciencia», en lugar de la religión, como base de las naciones. La «inconmensurabilidad de los sexos» significaba que hombres y mujeres estaban constituidos de manera diferente como ciudadanos de una nación.

Las diferencias entre razas y naciones, como entre hombres y mujeres, se hicieron corresponder con las etapas del desarrollo biológico y psicológico. La consideración de la mujer como psicológicamente inferior e incapaz de controlar sus pasiones reforzó su diferencia y motivó que se definiera como femeninas a las razas marginadas, como la judía y la negra. Por ejemplo, en la teoría de Otto Weininger sobre «sexo y carácter», la falta de personalidad y complejidad psicológica de las mujeres las hacía asemejarse a los judíos.

Las nuevas naciones alemana e italiana se formaron con gentes de costumbres sociales, idiomas, experiencias políticas y expectativas de clase y de género muy diversas. Entre las primeras medidas adoptadas por los nuevos gobiernos estaban las que pretendían homogeneizar las instituciones, costumbres e idioma de las nuevas naciones. Sólo algunos varones fueron legal y políticamente re­conocidos como ciudadanos en estas nuevas naciones. Quedaron excluidas las mujeres y los varones que carecían de grandes propiedades o que pertenecían a minorías religiosas o raciales. El proceso de unificación incluso despojó de derechos le­gales y políticos a algunas mujeres que antes los habían tenido.

En la Italia unificada, hasta 1918, sólo los varones propietarios y no analfabetos (menos del 7% de la población) tenían derecho a voto. Antes de la unificación, las mujeres propietarias que vivían bajo la ley austriaca en Lombardía, Toscana y Venecia, habían gozado de representación política en el ámbito municipal, así que para ellas la creación de Italia fue un paso atrás. En el Piamonte, las mujeres no estaban excluidas del «libre ejercicio de los derechos civiles» otorgados a todos los varones, pero, al adaptarse la antigua Constitución piamon­tesa de 1848 para convertirse en la Constitución italiana, las muje­res fueron excluidas de esos derechos. El Código Civil de 1865 consideró a las mujeres casadas como menores y sujetas, como sus propiedades, a la custodia de sus maridos. La autoridad paterna pertenecía a ambos progenitores, pero el padre gozaba de preferencia. El divorcio no se contemplaba; se prohibían las demandas de paternidad, pero se aceptaban las de maternidad, que hacían cumplir la responsabilidad de la madre; el adulterio era un delito que sólo castigaba a la esposa. Sólo las mujeres viudas disfrutaban de cierta autonomía legal, económica o social. El gobierno italiano, además, estableció una ley según la cual las mujeres ganaban menos que los varones, y el gobierno debía supervisar los trabajos que las mujeres podían realizar.

A diferencia de Italia, en la nueva Alemania todos los ciudadanos varones (incluso los judíos) tenían derecho a voto. El parlamento alemán, sin embargo, no tenía un poder real, pues el emperador podía invalidar sus decisiones. Además, a pesar del sufragio universal masculino, las clases medias tenían un poder político menor que el de los terratenientes y la aristocracia. Las mujeres, a su vez, ocupaban un lugar peculiar. De 1871 a 1918, la nacionalidad alemana fue prerrogativa del padre de familia. A diferencia de Inglaterra y Francia, donde la ciudadanía se basaba en el lugar de nacimiento, en Alemania el hijo (legítimo) adquiría la nacionalidad del padre. También los Códigos alemanes relegaban a la mujer al ámbito de lo privado. La familia era el principio básico «natural» del estado-nación, aunque era el gobierno, y no la familia, quien codificaba las formas de comportamiento, incluso en las cuestiones más íntimas. Las mujeres se habían convertido en personas legales: ya no te­nían que obedecer a sus esposos, y ambos progenitores tenían autoridad sobre sus hijos. La esposa podía conservar las ganancias percibidas por su trabajo, y dejó de necesitar el consentimiento de su ma­rido para aceptarlo. Todo esto reflejaba una nueva realidad: Alemania necesitaba para su industrialización mujeres trabajadoras. A pesar de estos logros, su mayor independencia económica quedó restringida por las leyes de familia, que redefinieron los derechos de la mujer en la familia patriarcal. Los maridos conservaron todo el poder legal sobre las decisiones que afectaran a los hijos y al matrimonio, y lograron el control so­bre las propiedades de sus esposas. El nuevo Código Civil eliminaría incluso el derecho al divorcio de mutuo acuerdo que había existido en el antiguo Código prusiano.

La importancia de la domesticidad y de la conducta sexual femenina para el bienestar de la nación puede apreciarse en la regulación de la prostitución, rasgo típico en la construcción nacional del siglo XIX. Primero en la Francia de Napoleón y más tarde en Inglaterra, Italia, Prusia, Suiza y Alemania, la prostitución fue regulada en muchas ciudades. Esta regulación, aparente­mente en interés de la salud y la moralidad, consistía en el registro y exámenes médicos de las prostitutas, que podían llegar a ser encerradas en hospitales si padecían alguna enfermedad. Aunque la generaliza­ción de las enfermedades de transmisión sexual era una pre­ocupación sanitaria primordial, la ausencia de vigi­lancia sobre los clientes varones dejaba claro que estas actuaciones encerraban un doble patrón moral y sexual, pues las mujeres podían ir a la cárcel por actividades que los hombres realizaban impu­nemente. Hasta finales del siglo se consideró que quienes propagaban la enfermedad eran las mujeres y no los hombres. El control de la prostitución evidenciaba que la autoridad y la legitimidad de la nación se basaban en la respetabilidad burguesa y en el doble patrón moral. El estado-nación asumía el derecho a regular y controlar los cuerpos de las prostitutas.

C. Familia, mujer y nación

La familia patriarcal era un elemento clave en la idea decimonónica del estado liberal y la nación orgánica. En Inglaterra, Spencer la presentaba como el estado superior de la evolución social. En Alemania e Italia, la familia es­taba regulada por el Estado, y se la consideraba como el lugar para la reproducción tanto de ciudadanos como de valores nacionales. La importancia ­dada a la familia reforzaba la jerarquía sexual y el papel maternal de la mujer. Como la Iglesia católica, el Estado ita­liano insistía en que las mujeres eran madres, no trabajadoras, lo que reforzaba la posición privilegiada del varón.

Las alabanzas a la familia iban a menudo acompañadas por la creencia de que los problemas sociales, e incluso los políticos y militares, se debían a un modelo inadecuado de vida familiar. En Francia, los mé­dicos aducían que la indiferencia maternal de las mujeres fue la causa de la derrota a manos de los alemanes en 1870. La crisis resultante de tal derrota se concibió, por algunos intelectuales y científicos, como una derrota sexual, y la derrota militar se atribuía a falta de virilidad. Los judíos, los homosexuales y las mujeres fueron los chivos expiatorios de la supuesta disipación de la masculinidad nacional, y la responsabilidad maternal de la mujer centró los esfuerzos por restaurar la «fertilidad» nacional.

Para liberales y conservadores, la Comuna de París simbolizaba la amenaza a la que se enfrentaba una sociedad por no se­guir los modelos establecidos de moralidad ni mantener la solidaridad nacional. Los comuneros aceptaban las uniones sexuales libres entre hombres y mujeres, reconocían como legítimos a los hijos de mujeres solteras, nor­malmente de la clase obrera, y proponían una educación laica igual para niñas y niños. A los ojos de liberales y conservadores, el activismo de las mujeres de la Comuna estaba teñido de violencia y revolución. Los oficiales franceses empezaron a describirlas como marimachos, feas y malas madres. Los fundadores de la III República Francesa, que surgió tras la derrota de 1870, las consideraban como prostitutas, por sus provocaciones de desorden sexual y político.

Después de 1870, el mayor defensor de la familia en Francia, Frédéric Le Play, creó el concepto de «familismo». En su Organización de la familia (1871), exigía el reconocimiento legal de la importancia de la familia dentro del orden social. Eran las familias, más que el varón, las que, según él, debían disfrutar de los derechos de ciudadanía, y basaba su idea de familia en el modelo de familia numerosa del antiguo régimen, más que en la familia nuclear burguesa «moderna», pues creía que las características de esta última eran la causa del desorden social. Le Play también quería que a los padres se les diera un estatus especial como ciudadanos con una representación específica. La validación legal del poder de la autoridad paterna, aducía, haría volver a las mujeres a sus principales funciones reproductoras.

En Francia, Inglaterra, Italia y Alemania, la familia, como base de la comunidad nacional, recibió un claro apoyo por parte de católicos, grupos anticlericales, republicanos, liberales e incluso socialistas. En El origen de la familia (1884), Engels afirmaba que la propiedad y el deseo de los hombres de legarla a sus hijos varones era la base de la vida familiar y de la opresión de las mujeres. Aunque argüía que éstas necesitaban acceder a un empleo remunerado, tam­bién consideraba que el trabajo industrial asexuaba a las mujeres y perjudicaba a los hombres. Siguiendo a Engels, la mayoría de los socialistas pensaban que el Estado debía facilitar ayuda a esposas e hijos, a enfermos y desempleados, si bien de acuerdo con una imagen basada en ambos progenitores, no sólo en el padre.

Para los liberales, la familia protegía la propiedad privada, alentaba la ética burguesa de acumulación, y actuaba como barrera contra la usurpación por parte del Es­tado; la familia se convertía en el punto donde la crítica al orden establecido se detenía, y en el punto de partida para las peticiones de una mayor igualdad social. Para los católicos, la familia era clave en la defensa de la moral religiosa y el conservadurismo social. En 1880, León XIII publicó una encíclica reafir­mando la finalidad procreadora del matrimonio. En 1891, otra encí­clica (De Rerum Novarum) apoyaba un salario familiar para los obreros como forma de acabar con el descontento de clase, y de mantener a las mujeres fuera del trabajo.

A finales del siglo, los republicanos franceses consideraban a la familia como pieza clave para su «solidarismo» y hacían hincapié en el papel de la madre dentro de la familia, a la vez que apoyaban los privilegios políticos y legales del padre y el mantenimiento del poder patriarcal. Se­gún los solidaristas, el Estado representaba una única comunidad nacional cuyas diferencias de clase y género carecían de importancia en comparación con la salud y la armonía del organismo nacional. En 1905, la popular autora Miss Betham-Edwards resumía la visión de todos los partidos sobre la familia, en su alabanza al Código Civil francés, que «ciñe a la vida familiar en un compacto e indisoluble todo, vuelve inatacable, inexpugnable a esa arca sagrada, ese paladión de fuerza nacional, salud y vitalidad, el ancestral, patriarcal hogar».

Este idea de la primacía de la familia, y de su carácter patriarcal, dificultó la reforma de las leyes que limitaban los derechos de las mujeres y los hi­jos. En Italia, la defensa que hacían los diputados del Parlamento de los derechos civiles de las mujeres en general y de las casadas, en particular, a controlar sus propiedades, era siempre bloqueada por la declaración del Senado sobre el principio de unidad familiar como base para el orden público.

En Alemania la concepción del Estado como una gran familia se usó también para legitimar las medidas de bienestar social pedidas por los cada vez más fuertes movimientos socialistas, que sostenían que el Es­tado tenía una obligación con sus ciudadanos, igual que los padres hacia sus hijos. La importancia de la familia y de la división sexual del trabajo fue la base para introducir políticas de bienestar social a fina­les de la década de 1880, como seguros de enfermedad y de acci­dente para los obreros de las fábricas y pensiones para ancianos. En esa política había una clara tendencia familiar. Por ejemplo, en 1892, una ley concedió a la trabaja­dora casada un descanso de hora y media para comer, lo que le permitía volver a casa y preparar la comida para su familia. También se le ofreció reducir su horario de trabajo, para poder cumplir mejor sus obligaciones domésticas, como limpiar y lavar. La estrategia de hacer reformas para evitar conflictos sociales y apoyar las relaciones tradicionales entre los géneros, inspiró leyes similares en Francia, Italia e Inglaterra en la década anterior a la guerra.

Las primeras reformas sociales de la III República Francesa también se dirigían al creciente número de trabajadoras en la industria y en puestos secundarios de la administración pública. La existencia de trabajadoras casadas se asoció con la necesidad de amas de cría y con los altos índices de abandono y de mortalidad infantil. Observadores preocupados exigían el pago de un salario familiar a los varones para que las mujeres no tuvieran que trabajar y pudieran asumir sus responsabilidades domésticas. Contaban con el apoyo de los médi­cos, un grupo de presión cada vez más importante en las decisiones del Estado. La profesión médica, considerada ciencia objetiva y apolítica, confirmaba los temores de que el trabajo remunerado era destructivo para las mujeres y perjudi­cial para la vida familiar.

En la Italia de la década de 1890, Anna Kuliscioff y Filippo Turati, cofundadores del Partido Socialista Italiano, hicieron campaña por elaborar leyes que regularan el trabajo de mujeres y niños en las fábricas. Kuliscioff, que era médica, creía que el excesivo trabajo de las mujeres constituía una amenaza biológica para la especie humana. Esta visión coincidía con la de las católicas y con la de los gobiernos, que adoptaron las primeras medidas de reforma so­bre el trabajo femenino. Pero los sindicatos de mujeres, que pedían los mismos derechos laborales que los varones, rechazaron estas leyes paternalistas, por demasiado intervencionistas. Incluso la feminista liberal Anna Maria Mozzoni no quería una protección específica para las mujeres porque perpetuaría la desigualdad entre los sexos.

Las mujeres eran el eje de las nuevas políticas de bienestar so­cial, que las convertían en trabajadoras y ciudadanas diferentes a los hombres. A finales del siglo XIX, en muchos países de Europa se introdujeron leyes por las que el Estado regulaba el embarazo, nacimiento y cuidado infantil, o se protegía a mujeres y niños trabajadores. En 1878 Alemania adoptó el per­miso maternal no remunerado, pudiendo la mujer dejar su empleo temporalmente para tener hijos. Otros países seguirían esta tendencia más tarde. En 1913 Francia instituyó el permiso maternal remunerado, y fue ofreció asistencia social a madres casadas y solteras, quizás a causa de la extendida preocupación por la baja natalidad.

En Gran Bretaña, la importancia de la profesión médica, unida a las preocupaciones sobre la eficien­cia nacional o racial y sobre el descenso de la población y de la calidad de la raza, y la inicial derrota en la guerra de los boers (1899), originó que, a finales del siglo XIX, a las madres se las supervisara y diera formación sobre la mejor forma de tener hijos sanos y numerosos. La clase obrera se convirtió en el eje de las políticas de bie­nestar y de cuidados maternales e infantiles, y se reclutó a mujeres de clase me­día para formarlas en la crianza de niños sanos a través de numerosas asociaciones. La crianza se definió como un deber nacional y una forma de patriotismo femenino; a las mujeres se les denominó «madres de la raza», e incluso la ley de Seguridad Nacional de 1911 incluía ayudas para los gastos de nacimiento.

Igual que la liberación de la mujer del trabajo duro se equiparaba al progreso social, el interés por la maternidad subrayaba las diferencias entre mujeres de clase media europea y las de otras clases o razas. Se asumía que las europeas de clase media mostraban un alto grado de concienciación sobre sus verdaderos deberes, pues se dedicaban a cuidar a sus hijos. Pero las mujeres de la clase obrera, las de raza negra, o las «salvajes» de la India y África, carecían de esta cualidad. La separación de ámbitos y la existencia de maridos patriarcales y de mujeres dedicadas a la familia, se valoraron como la cima del desarrollo social, mientras que los grupos sociales o étnicos donde se esperaba aún que las mujeres trabajaran, eran considerados menos civilizados, pues las trataban como «bestias de carga», en vez de protegerlas como requería su «naturaleza». En Gran Bretaña y Francia, la importancia dada a la lactancia se complementaba con el ataque a la difundida práctica de las amas de cría, y de dejar a los hijos al cuidado de criadas, pues se corría el riesgo de exponer a los hi­jos a la falta de moral y a los peligros físicos que suponían las mujeres de un estatus social más bajo.

A finales del siglo XIX, el auge del nacionalismo y la identificación del estado-nación con la familia, hicieron de la natalidad un asunto de control político. Los Estados adoptaron políticas para proteger el cuerpo de la nación a través del cuerpo de las mujeres, supervisando las prácticas maternales y las condiciones del trabajo femenino, en cuanto afectaba a sus capacidades reproductoras y a sus responsabilidades familiares. Conservadores y liberales, republicanos y monárquicos, compartían, más allá de fronteras nacionales, la necesidad de mantener institucionalmente las diferencias de género y controlar la sexualidad.

2. Mujer trabajadora, mujer burguesa.

A. El impacto de la industrialización en la situación de las mujeres.

a. Trabajo y género.

En la Europa del siglo XIX la principal razón por la que se identificaba el ámbito doméstico con lo femenino era la concepción del mundo del trabajo como masculino. Los nuevos tipos de trabajo surgidos con la industrialización los desempeñaban principalmente hombres. En las fábricas, aunque había trabajadoras (en las textiles y en las de confección de ropa, sobre todo), la mayoría de los obreros eran varones. Las industrias metalúrgicas, mineras y químicas eran casi exclusivamente masculinas, y los hombres monopolizaban los puestos cualificados incluso en las fábricas textiles. La forma en que la propia masculinidad, se consideraba esencial en la noción de “destreza”, convertía a los varones en trabajadores superiores. Por otra parte, el trabajo de éstos era más visible en las ciudades. Aunque había vendedoras callejeras, la mayoría de las mujeres trabajaba en casa. Pero la construcción de casas y vías de ferrocarril, los trabajos portuarios y de construcción, eran masculinos.

La importancia dada al trabajo y a la separación del hogar y de la fábrica, hizo que el trabajo contribuyera a definir la identidad de un gran número de varones, pues el estar empleado como trabajador cualificado confería al varón un cierto estatus económico y social. Esto motivó un fuerte apoyo por parte de los varones a una legislación que excluyera a las mujeres de ciertos tipos de trabajo remunerado o que disminuyera drásticamente su horario laboral. En muchos casos, la hostilidad hacia el trabajo femenino reflejaba los temores de los varones a que los salarios que se les pagaban a las mujeres, aunque inferiores, redujeran los suyos. Pocos hombres radicales, socialistas o sindicalistas estaban dispuestos a escuchar las demandas de las mujeres. Por el contrario, insistían en que ellas permanecieran bajo la protección de los varones de su familia. Grupos políticos radicales, como los cartistas de las décadas de 1830 y 1840, compartían el sentir de que las mujeres no pertenecían al ámbito público, y hacían campaña por la masculinidad en vez de por el sufragio universal.

La estrecha identificación de trabajo con varón, junto con el ideal de un sueldo ganado por el hombre para su familia, convirtieron a “la mujer trabajadora” en una imagen turbadora, centro, desde 1820, de un notable debate entre los reformistas sociales y políticos. Las nuevas formas de trabajo industrial fuera del hogar plantearon serios problemas a las mujeres, que no podían compaginar el trabajo remunerado con el cuidado de los hijos. Por otra parte, la imagen de las fábricas, minas y talleres como espacios masculinos aumentó las preocupaciones morales sobre la idoneidad de estos lugares para las mujeres. A pesar de ello, las mujeres continuaron trabajando a lo largo del siglo XIX.

La industrialización separó el hogar del puesto de trabajo. Con ello excluyó en gran medida a la mujer de la economía “oficial” (que sólo consideraba trabajadores a quienes recibían un salario) y añadió a su tradicio­nal inferio­ridad ante el varón una nueva dependencia económica. Era absurdo, por ejemplo, considerar que en el trabajo agrícola los ingresos familia­res los conseguía un sexo y no ambos, aunque a uno se le considerara dominan­te. Pero en la nueva economía los ingresos familiares los obtenía, cada vez más, la persona que salía de casa para trabajar y regresaba cada semana con dinero, dinero que se distri­buía entre otros miembros de la familia que no lo ganaban directa­mente, aunque su contribución al hogar fuera fundamental en otros senti­dos. El que “ganaba el pan” era el varón, mientras que traer a casa dinero ganado fuera a quien le resultaba difícil era a la mujer casada.

Esa separación entre el hogar y el lugar de trabajo era consecuencia del modelo de división económico-sexual propio de la sociedad patriarcal que adscribía a las mujeres al ámbito privado, convirtiéndose el hogar y el cuidado de los hijos en su función principal. El objetivo básico del sostén principal de la familia era conse­guir los ingresos suficientes para mantener a todos, sin necesi­dad de ninguna otra aportación. Los ingresos de los demás miembros se conside­raban suplemen­tarios, lo que reforzaba la convicción tradicional de que el trabajo de la mujer (y de los hijos) era inferior y mal pagado. A la mujer, después de todo, había que pagarle menos ya que no tenía que ganar el susten­to familiar. Dado que los hombres podían ver reducidos sus salarios por la competencia de las mujeres, peor pagadas, la estrategia lógica para ellos era excluir en lo posible esa competen­cia, empujando así a la mujer a la depen­dencia econó­mica o a ocupar sólo­ puestos de trabajo mal pagados.

Al mismo tiempo, la dependencia se convirtió en la estrategia más adecuada para la mujer. Su mejor oportunidad de conseguir buenos ingresos consistía, en efecto, en casarse con alguien capaz de ganarlos, dado que ella tenía pocas posibilidades. El matrimonio era, por tanto, su carrera más prometedora. Pero éste hacía aún más difícil que pudiera obtener ingresos fuera del hogar: el cuidado del hogar, los hijos y el marido le ataba a la casa, y, además, la convicción de que el buen marido era aquél que era capaz de ingresar un salario suficiente fortale­cía la resisten­cia convencional, tanto del hombre como de la mujer, a que la esposa trabaja­ra fuera del hogar. El hecho de que ésta no tuviera necesi­dad de traba­jar era la prueba evidente, ante la sociedad, de que la familia no estaba en una situación mísera. Todo contri­buía a mantener dependiente a la mujer casada. La mujer solía trabajar hasta que se casaba y si enviudaba o era abandonada por el marido (en la década de 1890 sólo el 13% de las alema­nas casadas tenían trabajo reconocido, y en el Reino Unido sólo el 10% en 1911).

b. El trabajo femenino en la industria “doméstica”.

Para la mayoría de las mujeres campesinas de las zonas no desarrolladas el impacto de la industrialización fue muy escas­o. Su vida reflejaba el carácte­r­ insepara­ble de sus funciones familiares y laborales, llevadas a cabo, como las de los varones, en un único espacio: ­­el hogar o el lugar de trabajo. Los campesinos necesitaban a sus mujeres para las faenas agrícolas, criar a los hijos y realizar las tareas de la casa; los artesanos y los pequeños tenderos también las requerían para atender sus negocios. La mayoría de las mujeres del mundo vivían así, obligadas a realizar un doble trabajo y en situación de inferioridad ante el varón.

Existía, sin embargo, un número importante y creciente de mujeres trabajado­ras cuyo sistema de vida se estaba transformado por los cambios económicos. El primer factor había sido el extraordinario auge de las industrias domésticas orientadas a la venta en mercados amplios. En la medida en que esa actividad siguió desarrollándose en el hogar, no modificó la posición de la mujer, si bien algunas manufacturas domésticas, como la fabricación de cordones o el trenzado de paja, eran específicamente femeninas y, por tanto, daban a la mujer rural la venta­ja, poco frecuente, de ganar algún dinero con indepen­dencia del hombre. No obstante, su mayor repercu­sión consistió en la trans­formación de la estructura y la estrate­gia familiares. Un hogar podía crearse en cuanto dos personas alcanza­ban la edad de trabajar; los hijos, un valioso añadido a la fuerza de trabajo familiar, podían engendra­rse sin pensar qué pasaría luego con la parcela de tierras de la que dependía su futuro como campesinos.

De todas formas, a finales del siglo XIX las protoindustrias estaban en retroceso frente a las industrias modernas. La “industria doméstica”, en la década de 1890, absorbía aún el 7% de la mano de obra industrial en Alemania, el 19% en Suiza y el 34% en Austria. Incluso, en algún caso, se expandió gracias a la pequeña mecanización (por ejemplo, la máquina de coser) y a una mano de obra muy mal pagada y explota­da. Ahora bien, fue perdiendo su carác­ter de “manufactura familiar” a medida que la mano de obra se feminizó cada vez más (la escolari­zación obligatoria eliminó la mano de obra infantil). La mayor parte de la industria domésti­ca se convirtió simple­mente en un trabajo mal pagado que la mujer podía realizar en su casa rural o en un desván urbano. Esto le permitió, al menos, combinar el trabajo pagado con la supervisión del hogar y de los hijos. Por esa razón, muchas mujeres casadas que necesitaban dinero, pero seguían encade­nadas a la cocina y a los niños, se dedica­ron a esos trabajos.

La necesidad de un trabajo remunerado se convirtió en un tema de interés fundamental para diversas organizaciones feministas y filantrópicas que empezaron a surgir a mediados del XIX. La periodista Harriet Martineau, por ejemplo, publicó en 1859 un artículo sobre el trabajo femenino en Gran Bretaña, en el que exigía el reconocimiento de todos los tipos de trabajo desempeñados por mujeres y del enorme número de mujeres de clase obrera que se veían obligadas a mantenerse a sí mismas. El artículo fue un estímulo para la organización de asociaciones que pretendían más trabajos remunerados a disposición de las mujeres.

c. El trabajo femenino asalariado.

Como muchos varones no podían aportar suficientes ingre­sos, el trabajo remunerado de la mujer y los hijos era, a menudo, fundamental para el presupuesto familiar. Además, dado que eran mano de obra barata y fácil de intimidar (la mayoría eran chicas jóvenes), la economía estimuló su contratación siempre que fue posible, o sea, cuando no lo impedía la resistencia de los varones, las disposicio­nes legales, las conven­ciones o la naturaleza de determi­nados trabajos físicamen­te exigentes. Había, pues, un gran número de mujeres trabajadoras,­ incluso conforme a los restringi­dos criterios de los censos, que subestimaban el número de mujeres casadas “ocupadas”, dado que gran parte del trabajo remunerado que hací­an no era considerado como tal o como diferente de las tareas domésti­cas (cuidado de huéspedes o inquilinos, trabajo a tiempo parcial como asistentas o lavanderas, etc.).

El trabajo de la mujer en la industria se centraba en algunos sectores típicamente “femeninos”, como el textil y el vestido, y cada vez más en la manufactura de alimen­tos. Las fábricas mostraron claramente la incompatibilidad entre la petición de un trabajo remunerado y las responsabilidades familiares de las mujeres. Las jornadas laborales eran muy largas, estrictamente reguladas por reloj, se multaba a quien llegara tarde, los descansos para comer eran muy cortos y no se podía abandonar la fábrica (a menudo, hombres y mujeres eran encerrados para evitar que salieran). De ahí que las mujeres que trabajaban en fábricas fueran jóvenes y solteras, y abandonaran ese trabajo al casarse. Los salarios eran muy bajos (más aún para las mujeres que para los hombres), las condiciones laborales eran duras, y las jóvenes estaban, además, expuestas a la explotación sexual por parte de los supervisores.

Irónicamente, aunque el ideal burgués sobre la familia hacía aberrante el trabajo femenino, eran los hogares de la clase media los que suministraban la mayor parte del trabajo remunerado a las mujeres. En efecto, las mujeres asalariadas eran, en su mayoría, criadas. El servicio doméstico aumentó espectacularmente en el siglo XIX, convirtiéndose en una labor cada vez más femenina. En Londres y en Berlín, en la década de 1860, casi una de cada tres mujeres entre 15 y 24 años eran empleadas de hogar. El número y porcentaje de criados variaba mucho­ según los países (en el Reino Unido, que pasó de 1,1 a 2 millo­nes entre 1851 y 1891, duplicaba a Francia o Alema­nia) y desde esa fecha empezó a descender notablemente.

A diferencia del trabajo en fábricas, el servicio doméstico no estaba mal visto por los pensadores preocupados por la moralidad y la vida familiar de las clases trabajadoras. Mientras que fábricas y minas eran indeseables, porque eran sucias y peligrosas, permitían que niñas o mujeres trabajaran junto a hombres sin supervisión y animaban la promiscuidad, el servicio doméstico era la forma deseable de educar a las niñas de las clases trabajadoras en las tareas del hogar y en las costumbres de la clase media. A pesar de estas alabanzas a los beneficios del servicio doméstico, la vida de las sirvientas era muy dura y a menudo poco fructífera para ellas. A menudo se empleaba a una sola mujer como “doncella para todo”. Nada regulaba sus condiciones de trabajo. A veces se les pagaba anualmente o al final de varios años. La mayoría vivía en la casa en que servía, si bien no se les daba un alojamiento adecuado: las más afortunadas lograban vivir en áticos sin calefacción, otras tenían que dormir en una especie de armario o en una esquina de la cocina. Estaban bajo un constante control, podían ser llamadas a cualquier hora, y estaban expuestas a los requerimientos sexuales de sus señores. Carecían del control que de su tiempo de ocio tenían otros trabajadores, y su posibilidad de tener vida social o sexual era mínima. En muchos casos, las jóvenes trabajaban como sirvientas sólo hasta que se casaban, pero un número elevado de criadas de mayor edad vivían solteras y dependientes de las familias que las empleaban.

Los bajos salarios y el desempleo intermitente ocasionaran a menudo que las mujeres, en especial las jóvenes, no tuvieran otra forma de ganarse la vida que la prostitución. Aunque muchas la elegían libremente, pues les aportaba mejores salarios y condiciones, otras llegaban por las desigualdades sexistas a las que se enfrentaban en el trabajo. La urbanización que trajo consigo la industrialización, y el desarrollo de la industria del ocio, con la creación de zonas de tiendas y de paseo, salones de baile, teatros, hoteles y bares, aumentaron las oportunidades para la prostitución, y a mediados del siglo XIX ésta era muy común en todas las ciudades europeas. Cada ciudad inglesa tenían al menos una zona dedicada a la prostitución, y en Londres las prostitutas llegaron a ser al menos cien mil a mitad de siglo.

Las transformaciones estructurales y tecnológicas, el crecimiento urbano y, en general, el desarrollo del sector terciario de la economía, incremen­taron las posibi­lidades de empleo asalariado para las mujeres. El cambio más notable fue el aumento de puestos de trabajo en tiendas y ofici­nas, en la administración y la enseñanza. Mecanógrafas, empleadas de correos y telégrafos fueron ocupaciones fundamentalmente femeninas. En Alemania el número de dependien­tas de tiendas pasó de 32.000 en 1882 (menos del 20% del total) a 174.000 en 1907 (el 40%). En el Reino Unido, la administración pública empleaba a 7.000 mujeres en 1881 y a 76.000 en 1911, y el número de depen­dientes ­y oficinistas pasó de 6.000 a 146.000. La expansión de la ense­ñanza primaria amplió los puestos docentes, una profesión subalterna en la que predominó la mujer en países como EEUU y Reino Unido; incluso en Francia, en 1891 el número de mujeres superó al de hombres. En algunos casos esas nuevas posiciones beneficiaron a las hijas de los trabaja­dores o incluso de los campesinos, aunque más a menudo beneficiaban a las de las familias de clase media y media baja.

B. Tiempo de cambio para las burguesas.

La “emancipación de la mujer”, el más llamativo de los cambios de la condición femenina en 1875-1914, afectó­ casi exclusivamente a los pequeños grupos que lo habían iniciado: la clase media occidental (grupo ­reducido incluso en los países desarrollados) y­ las capas altas de la sociedad (más minorita­rias aún). Fue un fenómeno modesto, aunque hubo mujeres extraordina­rias que destacaron en campos hasta entonces reservados al varón, como Rosa Luxemburgo, Madame Curie o Beatrice Webb. El fenómeno originó la aparición de una “nueva mujer” (en el ámbito burgués) sobre la que discutieron los observa­do­res masculinos a partir de 1880 y que fue la protagonista de algunos escritores “progresistas”, como la Nora (Casa de muñecas) de Henrik Ibsen o las heroínas de Bernard Shaw. No obstante, la gran mayoría de las mujeres del mundo, las que vivían en Latinoamérica, África, Asia o el mundo rural del sur y este de Europa, no experimentó todavía ningún cambio en su condición.

Los cambios que conoció la burguesía a partir de 1870 ampliaron las posibilidades de sus mujeres, en especial de sus hijas, al aparecer una importante clase ociosa de mujeres con una posición econó­mica independiente y que demandaban, por tanto­, actividades no domésti­cas. Por otra parte, cierto grado de emanci­pación de la mujer era, quizá, necesa­rio para los padres de clase media, porque no todas las familias de clase media (y casi ninguna de clase media baja) tenían una posición económica lo suficientemente buena para mantener a sus hijas en una situación confortable si no contraían matrimonio y no trabaja­ban. También, sin duda, el desarrollo de los movimientos obreros y socialis­tas en defensa de la emancipa­ción de los desheredados impulsó a la mujer a buscar su propia libertad.

a. La expansión de la educación.

Sea cual sea la complejidad del proceso, no hay duda sobre el cambio impor­tante que experimentó la posición y aspiración de la mujer, al menos en la clase media, en las décadas previas a 1914. El síntoma más evidente fue la notable expansión de la educación secundaria entre las jóvenes. En Francia el número de institutos masculinos se estabilizó en torno a 330, mien­tras que los femeninos pasaron de cero en 1880 a 138 en 1913, con 33.000 alumnas (25% del total). En el Reino Unido, el número de institutos públicos mascu­linos pasó de 292 en 1904 a 397 en 1913 y el de femeninos de 99 a 349; en 1913 las chicas que iban a institu­tos públicos después de los 16 años eran más que los chi­cos. La educación de las chicas de clase media y media baja avanzó más lentamente en Suecia que en otros países escandina­vos, apenas lo hizo en los Países Bajos, muy poco en Bélgica y Suiza, y casi nada en Italia; pero en Alemania en 1910 unas 25.000 muchachas recibían enseñanza secundaria (muchas más que en Austria) y en Rusia, sorprendentemente, se había alcan­zado ya esa cifra en 1900.

En cuanto a la educación universitaria, las cifras son menos desiguales, excepto la notable expansión de la Rusia zarista (las universi­tarias pasaron de menos de 2.000 en 1905 a 9.300 en 1911) y, desde luego, la de EEUU, donde las cifras totales (56.000 en 1900, casi el doble que en 1890) no eran comparables a la de ningún otro país. En 1914 en Alemania, Francia e Italia había unas 5.000 universitarias, y en Austria 2.700. Hay que señalar que en Rusia, EEUU y Suiza la mujer fue admitida en la universidad a partir de la década de 1860, mientras que en Austria hubo que esperar hasta 1897 y en Alemania hasta 1900-1908. En la década de 1870 las mujeres comenzaron a estudiar en Oxford y Cambridge. En España habrá que esperar a las décadas de 1880 y 1890 para encontrar algunas mujeres en las aulas universitarias, para lo cual necesitaron permisos excepcionales y vencer innumerables obstáculos. Sólo a partir de 1910 las mujeres no necesitarán de permiso expreso para matricularse en la universidad, pero aun en esa fecha, a Emilia Pardo Bazán, primera catedrática de la universidad española, los estudiantes le hacen el vacío.

Aunque no todas estas muchachas recibían la misma educación o tan buena como la de los chicos, el simple hecho de que la enseñanza secun­daria de las mujeres de clase media llegara a ser, en algunos círculos, una actividad casi normal, no tenía precedentes.

b. Una mayor libertad de movimientos.

El segundo síntoma de un cambio significativo en la situación de las mujeres (jóvenes) fue su mayor libertad de movimientos, tanto individualmente como en su relación con los varones. La práctica de ir a bailar a lugares públicos (fuera de los bailes formales organizados en ocasiones especiales) refleja una relaja­ción de los convenciona­lismos. En 1914 los jóvenes liberados de ambos sexos de las grandes ciudades ya estaban familiarizados con los bailes, sexualmente provocativos, de origen exótico (el tango argentino, las danzas de los negros de EEUU), que se bailaban en los night clubs o incluso en hoteles a la hora del té o de la cena.

Esto supuso también una libertad de movimientos en sentido literal. Hasta después de la 10 G.M. la moda femenina no expresó claramente la emancipa­ción de la mujer, pero la desapa­ri­ción de las armaduras de tejido y ballenas que encerraban la figura femeni­na fue anticipada ya por los vestidos más sueltos que populariza­ron las modas del esteticismo intelectual en la década de 1880, el art nouveau y la alta costura en los años anteriores a 1914. Las mujeres de clase media empezaron a salir de los interiores poco iluminados y mostrarse al aire libre, lo que implicaba, al menos en ocasio­nes, escapar a la limitación de movi­mientos que imponían vestidos y corsés (sustituidos a partir de 1910 por el sostén, más flexible).

El deporte también contribuyó. Aunque en número reduci­do, la mujer se incorporó a los nuevos clubes turísti­cos y montañeros, y ese gran motor de liber­tad que fue la bicicleta emancipó proporcionalmente más a la mujer que al varón por cuanto tenía más necesidad de movimiento en liber­tad. ¿Hasta qué punto incre­mentó la libertad de las mujeres de clase media la práctica, cada vez más frecuen­te y no exenta de connotaciones sexuales, de tomar vacaciones en centros de veraneo (los deportes de invierno estaban aún poco desa­rrolla­dos, excepto el patinaje, practi­cado por ambos sexos), donde sólo ocasional­mente se les unían sus maridos, que habían quedado en la ciudad? Por otra parte, la costumbre de los baños mixtos llevaba inevita­blemente, y a pesar de todos los esfuerzos por evitar­lo, a mostrar una parte más amplia del cuerpo de lo que hubiera consi­derado tolera­ble la respetabili­dad victo­riana.

Es difícil saber hasta qué punto esa mayor libertad de movimientos supuso una mayor libertad sexual para las mujeres de clase media. Cierta­mente, las relaciones sexuales fuera del matrimonio eran aún patrimonio de una minoría de jóvenes emancipadas, que con toda seguridad buscaban también otras formas de liberación, política o de otro tipo. Ignoramos hasta qué punto eran amplios esos grupos de mujeres emancipa­das, aunque seguramente eran numerosos en Rusia, casi inexis­tentes en los países mediterráneos y quizá muy importantes en el noroeste de Europa (incluida Gran Bretaña) y en las ciudades del imperio Habsburgo­.

No sabemos si el adulterio se hizo más frecuente o no a raíz de la autoa­firmación de la mujer. En todo caso, había una gran diferencia entre el adulterio como sueño utópico de liberación de una vida constre­ñida (tipo madame Bovary) y la relativa libertad de las esposas y los maridos france­ses de clase media para tener amantes, siempre que se respetaran las convenciones. Resulta difícil, no obstante, cuantificar en el siglo XIX la práctica del adulterio, como la de cualquier otra actividad sexual. Sí se puede decir que esa práctica­­ era más común en los círculos aristocrá­ticos y de moda, así como en las grandes ciudades, donde era más fácil guardar las aparien­cias gracias a instituciones discretas e impersona­les como los hoteles.

Desde el punto de vista cualitativo cabe destacar el creciente recono­cimiento de la sensualidad femenina en las estri­dentes afirmaciones masculi­nas de la época sobre las mujeres. Muchas son intentos de reafirmar, en clave litera­ria y científi­ca, la superio­ridad intelectual del varón y la función pasiva y comple­mentaria de la mujer en la relación entre los sexos. Sin embargo, había una insistencia nueva en el hecho de que la mujer como tal tenía poderosos intereses eróticos. La Viena de 1900, ese notable laboratorio de psicología moderna, aporta el reconoci­miento más sofisticado e ilimitado de la sexuali­dad femenina. Los retratos de mujeres pintados por Klimt, por ejemplo, son imágenes de personas con podero­sos intereses eróticos propios más que simples imágenes de los sueños sexua­les de los varones.

c. Una mayor atención pública a las mujeres.

El tercer síntoma de cambio fue que se prestara más atención pública a las mujeres como grupo con intereses y aspiracio­nes propias. El creciente papel económico de la mujer como respon­sable de la cesta de la compra contribuyó a ello. La industria de la publici­dad, que vivía su primera época dorada, lo recono­ció con su implacable realis­mo habitual: en una economía que descubría el consumo de masas había que centrarse en la mujer, ya que ella decidía la mayoría de las compras del hogar. La mujer debía ser tratada con más respeto, al menos, por esa razón. La transformación del sistema de distribución (las cadenas y los grandes almacenes se imponían a las tiendas y mercados de barrio, y las ventas por correo a los vende­dores ambulantes) institucio­nalizó ese respeto, a través de la deferen­cia, la adulación y la publici­dad. El olfato de los hombres de negocios fue el primero en captar un mercado específico femenino (las páginas dedica­das a la mujer de clase media baja en los nuevos periódicos de masas y las revistas para jóvenes o mujeres mayores).

Incluso el mercado apre­ció el valor publicitario de tratar a la mujer también como persona de éxito. La gran Exposi­ción Interna­cional Anglofrancesa de 1908 captó el espíritu de la época, uniendo el afán vendedor no sólo con celebracio­nes imperia­les y con el primer estadio olímpico, sino con un céntrico Palacio del Trabajo de las Mujeres, que incluía una muestra histórica sobre mujeres distin­guidas “de origen real, aristocrá­tico y sencillo” fallecidas antes de 1900 (bocetos de la reina Victoria, el manuscrito de Jane Eyre, el carruaje que usó Florence Nightin­gale en la guerra de Crimea, etc) y trabajos de artesanía, borda­dos, ilustraciones de libros, foto­grafías, etc. (no obstan­te, las artis­tas prefirieron mostrar sus obras en el Palacio de Bellas Artes y el Women Industrial Council se quejó de las condi­ciones intolera­bles en que trabaja­ban el millar de mujeres empleadas en la Exposi­ción).

Tampoco hay que olvidar la aparición de mujeres como triunfa­do­ras indi­vi­duales en el deporte. En la década de 1880 la organización de campeonatos femeninos de tenis, poco después de los masculinos, en Wimbledon, Francia y EEUU, fue una novedad revoluciona­ria: veinte años antes hubiera sido inconcebi­ble que unas mujeres respeta­bles, casadas incluso­, pudieran desempe­ñar ese tipo de papel público desvin­culadas de sus familias y del varón.

3. Los movimientos feministas y la emancipación de las mujeres.

El feminismo es un movimiento social de las mujeres para conseguir sus derechos. En el siglo XIX hizo de la lucha por el voto la clave de su movilización, pero también luchó contra la discriminación de la mujer y por el logro de nuevos horizontes políticos, sociales, culturales, laborales e, incluso, personales. Como otros movimientos sociales, ha sido política y socialmente complejo, configurándose a partir de corrientes diversas, con reivindicaciones y formas de lucha también diversas. El feminismo político, cuyo objetivo era la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, fue la corriente mayoritaria y más conocida desde la revolución francesa, aunque no fue un movimiento social de envergadura hasta la segunda mitad del siglo XIX. Otros feminismos más radicales, que contemplaban la libertad sexual de las mujeres, el reparto de la carga de las tareas domésticas, etc., fueron aún más minoritarios.

En plena revolución Olimpia de Gouges publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791) que reclamaba la ciudadanía para las mujeres y reflejaba la insuficiencia de la Declaración de los Derechos del Hombre. La Declaración de Olimpia anticipaba muchos programas de reivindicación de los derechos de las mujeres: a la libertad, a la propiedad, al sufragio, a los cargos públicos, el reconocimiento, en suma, de un contrato social entre hombres y mujeres que rechazara la desigualdad, la doble moral sexual y las diferencias entre hijos legítimos e ilegítimos. El punto de partida del feminismo inglés se sitúa en Mary Wollstonecraft y su Vindicación de los Derechos de la mujer (1792), que establece un paralelismo entre la tiranía absoluta y la ejercida por los maridos sobre las mujeres, y culpa al ambiente político y social de la subordinación femenina, negando que se base en diferencias biológicas y que las mujeres sean inferiores a los hombres. Atribuye la ignorancia de las mujeres a una estrategia desarrollada por los hombres para mantener su hegemonía: el acceso a la educación situaría a las mujeres en un plano de igualdad respecto a los hombres.

A. El feminismo liberal de clase media y la influencia de las religiones.

Los movimientos específicamente feministas (no ligados a otras reivindicaciones de transformación social, como el socialismo) fueron reducidos: unos cientos de mujeres, a lo sumo algunos miles. Sólo en Gran Bretaña y EEUU fueron un movimiento amplio, con un papel importante. Procedían casi por completo de la clase media y su identificación con la burguesía constituía, al mismo tiempo, su fuerza y su limitación. Era difícil que en las capas situadas por debajo de la próspera y educada burguesía, temas como el voto de la mujer, el acceso a la educación universitaria o a las profesiones liberales y la lucha por lograr el status y los derechos del hombre (incluido el de propiedad) suscitaran entusiasmo. Si las mujeres de clase media tuvieron una relativa libertad para dedicarse a la militancia feminista fue porque su status les permitía liberarse de las tareas domésticas, que recaían sobre sus criadas.

Las campañas promovidas en el siglo XIX para eliminar la discriminación política de las mujeres contaron con aportaciones del liberalismo burgués. La sujeción de la Mujer (1869), famoso ensayo de Harriet Taylor Mill y John Stuart Mill, es una aplicación del liberalismo al tema de la mujer; traducido a varios idiomas, tuvo gran impacto e influyó decisivamente en el feminismo decimonónico, sobre todo el inglés. Imbuidos de optimismo en el avance de la sociedad humana, defendían la plena igualdad de las mujeres como condición indispensable para el progreso: la eliminación de la legislación discriminatoria llevaría a las mujeres a su emancipación. Ahora bien, sólo contemplaban la igualdad ante la ley y no el conjunto de desigualdades sociales. Condiciona­dos por su origen burgués y sus ideas liberales, defendían el respeto a la propiedad y el sufragio censitario (que para ellos suponía el gobierno de los más aptos) tanto para el hombre como para la mujer.

Las ideas de los Mill influirán en el sufragismo liberal de Gran Bretaña y EEUU. Junto a él habrá un sufragismo de base más democrática que tendrá poca fuerza en el siglo XIX y se desarrollará en el XX. Ese feminismo está presente en Francia en las revoluciones de 1848 y de 1871 en que las mujeres se movilizaron de nuevo para conseguir sus derechos. En febrero de 1848 se formaron grupos armados de mujeres, las Vesubianas, para reclamar sus derechos políticos, acceso a la educación, mejores condiciones laborales y legalización del divorcio. La Comuna de París (1871) estimuló el activismo de las mujeres que, como Louisa Michel, dieron sentido revolucionario a las reivindicacio­nes de las mujeres francesas.

El sufragismo, y en general el feminismo, se nutrió de mujeres de las clases medias. Las de la clase obrera no veían necesario luchar por el voto cuando tenían otras necesidades, relacionadas con la subsistencia, mucho más urgentes. Pero en las clases medias ascendentes se produjo una diferencia muy grande entre la situación de los hombres y de las mujeres. Fueron las mujeres de clase media quienes sintieron de manera más acusada la privación de los derechos que los hombres habían conseguido: políticos, educativos, económicos...

Las hijas de clase media, cuyo número aumenta notablemente, necesitaban una mejor educación para poder sobrevivir si tenían que ganarse la vida, lo que cada vez era más frecuente si no se casaban o quedaban viudas. Si no tenían dinero ni propiedades, dependían de la caridad de los varones de sus familias. La educación era, pues, esencial para ellas. No es de extrañar que el más importante movimiento por los derechos de la mujer surgiera en Gran Bretaña, primer país en donde las clases medias alcanzaron poder numérico y político.

Fueron las británicas de clase media las primeras en exigir el voto en 1831 y hasta finales de siglo desplegaron una gran actividad. Lucharon por la abolición de la esclavitud (sobre todo en EEUU), en defensa de las prostitutas y contra la prostitución, crearon múltiples asociaciones, hicieron convenciones y congresos, fundaron periódicos y revistas, organizaron mítines, fundaron sociedades para promover el empleo femenino, abrieron Institutos de Damas, presionaron al parlamento para modificar las leyes (consiguieron en 1878 que las casadas controlasen su propio dinero), fundaron Colegios Universitarios para mujeres, etc.

Donde floreció el liberalismo y la democracia fue más fácil para las mujeres hacerse feministas y organizar movimientos reivindicativos.

Los países protestantes, por otra parte, fueron más propicios que los católicos a la aparición de preocupaciones y movimientos feministas. En una época de profundos cambios, la Iglesia católica seguía defendiendo los papeles tradicionales de la mujer como esposa y madre de familia o bien como monja. Los sucesivos papas de la época ensalzaron esos papeles y las virtudes de la subordinación y la sumisión. No es casual que los santos más populares de estos años fueran mujeres (Bernadet­te de Lourdes y Teresa de Lisieux, canoni­za­das a principios del siglo XX) y que la Iglesia impulsa­ra ­el culto a la Virgen María. En los países católicos, cuando la religiosidad masculina declinaba, la mayoría de las mujeres siguieron siendo creyentes. Reclamar igualdad de derechos suponía para las mujeres, prácticamente, romper con la Iglesia. Esto explica que los movimientos por los derechos de las mujeres fueran muy pequeños, salvo si iban ligados a otras causas, como por ejemplo, en el caso de Irlanda, a la lucha por la independencia.

El protestantismo creó una atmósfera algo más propicia al feminismo aunque, como religión, ni su ideología ni sus instituciones eran más favorables a las mujeres. Pero, al contrario que la religión católica, el protestantismo enseñaba a leer la Biblia tanto a chicos como a chicas, insistía en la responsabilidad espiritual individual y en que hombres y mujeres tenían que esforzarse en lograr su salvación. Había una contradicción demasiado evidente entre la igualdad espiritual y la realidad de la subordinación femenina, lo que facilitó que muchas mujeres cuestionaran su papel tradicional. Ese clima más propicio puede explicar que en esos países las europeas ganaran el voto una generación antes que las de países católicos.

B. El feminismo de las mujeres socialistas.

Un sector importante del movimiento feminista lo formaban mujeres del movimiento obrero y socialista, que planteaban la emancipación de las mujeres como parte de un proceso de liberación general de la clase trabajadora. Sólo estos movimientos tuvieron un apoyo considerable de las mujeres. Ofrecían el medio más favorable para que las mujeres de clase obrera desarrollaran su talento y personalidad. Para ellos, la transformación global de la sociedad era imprescindible para cambiar el viejo modelo de relación entre los sexos, que subordinaba la mujer al hombre. Como contrapartida había el peligro de subordinar la lucha por la igualdad al logro de objetivos más generales que concernían a hombres y mujeres.

A partir de la década de 1880, nuevos y grandes sindicatos reclutaron activamente a mujeres que también actuaron en los partidos socialistas europeos. En Berlín, Viena, Zurich, San Petersburgo o Varsovia, las mujeres se unieron a las filas de los exiliados revolucionarios. Estas mujeres socialistas crearon una tradición de participación femenina dentro de los grupos revolucionarios conspiradores. No pocas mujeres se hicieron socialistas feministas al darse cuenta de que los intereses de las mujeres debían ser también defendidos dentro de los partidos socialistas, en los que los hombres rara vez veían a las mujeres como iguales.

Así que las mujeres socialistas lucharon en dos frentes: contra los gobiernos que querían aplastar su movimiento y contra los socialistas varones que no querían a las mujeres en puestos de responsabilidad dentro del partido. Entre 1875 y 1925 las mujeres socialistas ganarían en gran medida estas batallas, aunque algunos partidos, como el francés, siguieron oponiéndose a su participación. Las mujeres feministas de los partidos socialistas tuvieron, en todas partes, una gran dificultad para tratar sus problemas como mujeres sin ser acusadas de abandonar sus ideas socialistas en favor de los movimientos burgueses de la igualdad de derechos. En este campo su éxito fue limitado, quedando sus demandas sin respuesta.

En Alemania, donde las mujeres estuvieron excluidas de la actividad política hasta 1908, las socialistas feministas crearon el mayor movimiento obrero de mujeres de Europa. Lograron desarrollar una estrategia que resultó ser la más adecuada para conseguir derechos para las mujeres dentro de un partido que, pese a ser radical, se oponía aún en gran medida a su independencia y liberación. Para poder reclutar a las trabajadoras vieron necesario crear instituciones que hicieran el movimiento más atractivo: un departamento de mujeres, sindicatos de mujeres, un periódico femenino... Estas instituciones se convirtieron en bases de poder dentro del Partido socialdemócrata, utilizadas por las feministas para plantear nuevas reivindicaciones y seguir avanzando. Oscilando entre la lucha por las mujeres y el respeto a la unidad de la lucha socialista, las mujeres socialistas alemanas consiguieron establecer una posición a la vez impecablemente marxista y decididamente feminista.

Clara Zetkin (1857-1933) defendía la unión entre socialismo y feminismo y afirmaba que el Partido Socialdemócrata no podría triunfar sin el apoyo de las trabajadoras. Ella y otras socialistas no querían esperar a la revolución para exigir los derechos de las mujeres. En la década de 1890 fundaron una oficina y un periódico para la mujer y reclutaron a miles de mujeres para el partido y los sindicatos. Zetkin rechazó la acusación de que el feminismo era un asunto burgués, de interés sólo para las propietarias. Escribió y habló con vehemencia contra las burguesas y sus movimientos por la igualdad de derechos. Según ella, una alianza feminista interclasista era imposible y el feminismo sólo triunfaría a través del socialismo.

Defender el feminismo parecía una estrategia eficaz para los partidos socialistas, ya que cientos de miles de mujeres europeas pertenecían a ese movimiento porque afirmaba que la igualdad laboral y social llegaría con el triunfo del socialismo. Sin embargo, la misma estrategia que permitió crecer al socialismo feminista limitó sus logros, ya que, cuando entraban en conflicto, las cuestiones feministas se subordinaban al socialismo.

C. La radicalización del sufragismo: el caso británico.

A finales del siglo XIX, el sufragismo seguía teniendo una presencia importante en el feminismo inglés. Las sufragistas consideraban inadmisible la discriminación legal que equiparaba a las mujeres con los sectores marginados formados por delincuentes y dementes.

El sufragismo británico se dividió en un ala moderada y otra radical, de acción directa. Millicent Fawcett fue la máxima dirigente de las moderadas, organizadas en la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino. En 1914, esta asociación tenía más de 100.000 afiliadas y se dedicaba a la propaganda política convocando mítines y campañas de persuasión que, dentro de una estrategia de orden y legalidad, trataban de convencer a la sociedad inglesa. En más de cuarenta años de lucha, no pudieron, sin embargo, romper la resistencia antisufragista. Su fracaso provocó a principios del siglo XX la adopción de tácticas violentas por parte de unos grupos de mujeres que fueron conocidas como sufragettes.

En 1903, su líder, Emmeline Pankhurst, creó la radical Unión Social y Política de las Mujeres. La Unión pretendía lograr el voto mediante tácticas violentas, como sabotajes, incendio de buzones de correos, ruptura de escaparates y lunas de establecimientos públicos, corte de cables telegráficos, etc. También escribían frases a favor del voto en campos de golf, interrumpían a los ministros en los actos públicos y llegaron a la agresión a los domicilios privados de algunos políticos. Junto a la acción directa, las sufragettes siguieron desarrollando las habituales campañas de propaganda en mítines y manifestaciones públicas.

La radicalización produjo frecuentes encarcelamientos de activistas, que no eran consideradas presas políticas sino delincuentes comunes. Esto llevó a huelgas de hambre a las que el gobierno respondió con la alimentación forzosa, lo que requería atar a las presas. Ese trato brutal despertó tal rechazo en la opinión pública que el gobierno tuvo que introducir la llamada ley del “gato y el ratón”: las mujeres serían liberadas cuando su estado fuera grave pero, una vez recuperadas, volverían a ser encarceladas. Así, la conflictividad sufragista se había convertido a principios del siglo XX en una cuestión política y social de primer orden.

En 1913 la militancia sufragista y la represión gubernamental alcanzaron su clímax: más de mil sufragistas fueron a la cárcel (Emmeline Pankhurst fue encarcelada trece veces). La 10 G.M. marcó una tregua en la lucha. El rey amnistió a las encarceladas y las sufragistas se entregaron al trabajo patriótico. Tras la guerra se estableció el voto para la mujer, aunque con restricciones (sólo podían votar las mayores de 30 años; hasta 1928 la edad no se igualó a la de los hombres). El voto fue el reconocimiento a su contribución al esfuerzo de guerra ya que habían sustituido eficazmente a los hombres en prácticamente todos los ámbitos sociales.

¿Cómo explicar la oposición sistemática al voto femenino, una reivindicación que partía de argumentos igualitarios esgrimidos por la Ilustración? Sin duda, el orden establecido la consideró subversiva. En primer lugar porque la concesión del voto implicaba la presencia femenina en la esfera pública y cuestionaba el monopolio masculino de este espacio. Para muchos hombres (y muchas mujeres) esto era incompatible con el discurso dominante y el orden patriarcal. En segundo lugar, la sociedad liberal se acomodaba a su propia incoherencia teórica, que le aseguraba el control social sobre las mujeres y en especial sobre las feministas.

Aunque era difícil predecir su sentido, el voto femenino se consideraba una amenaza política. Romper la barrera entre lo público y lo privado, autorizando el acceso de las mujeres al espacio público, se veía como un peligro para el orden social y para sus fundamentos de género. Quizás muchos hombres temían perder sus privilegios en la esfera pública. Por otra parte estaban convencidos de que cuestionar abiertamente el prototipo femenino de ángel y reina del hogar, abriría incertidumbre respecto al futuro de la institución familiar y de su capacidad como reproductora del sistema. De hecho, fue la percepción del sufragismo como una amenaza a la familia lo que impidió su aceptación social.

La limitación de un feminismo que luchaba sólo por la igualdad de derechos se puso de manifiesto cuando, por fin, se consiguió el voto. Las sufragistas creían ingenuamente que el voto permitiría la igualdad entre hombres y mujeres. Cuando el voto mostró que era por sí sólo ineficaz para liberar a las mujeres, que seguían económica y culturalmente subordinadas, el feminismo perdió fuerza. La adquisición de la igualdad política (voto, derecho a cargos públicos, a pertenecer a un jurado, etc) significó poco para la mayoría de las mujeres. Muchas feministas se sintieron desilusionadas al ver que la participación electoral no lograba cambiar la situación subordinada de las mujeres. Tal vez eso explique que, una vez alcanzada la igualdad de derechos, se haya olvidado fácilmente lo mucho que costó conseguirla.

D. Otros aspectos de la emancipación de la mujer.

Había otra vertiente del feminismo que se abría paso con dificultad a través de los debates políticos y no políticos sobre la mujer: la liberación sexual. El reconocimiento de la sexualidad como objeto de estudio científico es una característica notable del desarrollo de las ciencias sociales a principios del siglo XX. Son conocidas las aportaciones de Sigmund Freud en este campo pero es menos sabido que las precedieron unos movimientos neomaltusia­nos impulsados por reformadores sociales, médicos, sexólogos, políticos liberales, etc.

Los movimientos neomaltusianos (con amplia resonancia en Francia, Gran Bretaña, Alemania y Escandinavia) sostenían la necesidad de limitar la natalidad a través del control de los embarazos, la educación sexual, la difusión de técnicas anticonceptivas que permitiesen separar sexualidad de procreación, etc. El control no sólo era moralmente correcto, sino una necesidad social absoluta. Esta posición entró en conflicto con los valores tradicionales y la moral religiosa. Al defender una nueva ética que reivindicaba el potencial sexual humano sin limitarlo a la procreación, el discurso neomaltusiano se situaba al margen de la moral cristiana que siempre había equiparado el goce sexual al pecado. Su propuesta contemplaba, además, la liberación sexual y el control de la natalidad como garantía del bienestar humano.

En Gran Bretaña, feministas como Annie Bessant, Margaret Sanger o Marie Stopes, impulsaron también estos movimientos, junto a reformadores sociales, médicos, anarquistas, etc. El neomaltusianismo se desarrolló lentamente antes de 1877, año en que el juicio contra Annie Besant (a la que se le quitarían los hijos por defender el control de natalidad) agudizó la polémica e impulsó su expansión. Ese mismo año se creó la Liga Maltusiana que defendía los derechos sexuales de las mujeres y la autogestión de las técnicas anticonceptivas, aunque también tenía rasgos conservadores, al oponerse a cualquier posición socialista.

En Francia, el movimiento arraigó a finales del siglo XIX, en la órbita de la izquierda. Bajo la iniciativa del pedagogo Paul Robin se creó la Liga de la Regeneración Humana, en 1896, y, en un ambiente de escándalo público creado por algunos folletos suyos, hizo avances entre una pequeña élite de librepensadores, masones, anarquistas, sindicalistas y activistas feministas. La legislación francesa dificultó la discusión y propaganda neomaltusiana, con una persecución constante de sus líderes entre los que había feministas y grupos obreros.

Destacó la actividad de pioneras como Madeleine Pelletier (1874-1939) o Nelly Roussel (1878-1922) quien desarrolló una intensa campaña de movilización nomaltusiana desde la Liga de la Regeneración Humana. Roussel defendió que la limitación voluntaria de la natalidad permitiría a las mujeres “emanciparse de la terrible fatalidad de ser madres contra su voluntad”. La revista Femme Affranchie aglutinó un feminismo revolucionario y antimilitarista, exigiendo que la conducta neomaltusiana se normalizara para evitar el peso de constantes embarazos. Esa revista alcanzó gran resonancia entre mujeres deseosas de información anticonceptiva y, ante la avalancha de demandas de información, la revista confesó en 1905 que estaba desbordada. Jeanne Dubois defendió el neomaltusianismo no sólo como remedio ante la opresión de las mujeres, sino también como solución a los problemas de la humanidad, al considerar que la sobrepoblación humana era causa también de la miseria y de la guerra. Por ello, una minoría de feministas promovió la “huelga de vientres” como medio para asegurar la emancipación de las mujeres.

El tema de la libertad sexual era una cuestión considerada vidriosa que no encajaba en ningún movimiento, aunque el anarquismo, lo habían planteado y asumido abiertamente. Las clases altas (tan bien descritas en la gran novela de Proust) aceptaban la libertad sexual, ortodoxa o heterodoxa, con naturalidad, siempre que se guardasen las apariencias, pero no asociaba la libertad sexual con ninguna clase de transformación social, que rechazaba. Sólo determinados medios bohemios de artistas y escritores, procedentes de la burguesía, que se sentían atraídos por el anarquismo, junto con revolucionarios sociales, defendían la libertad de elección sexual para la mujer. Su fuerza era escasa fuera de los círculos vanguardistas.

E. Problemas e incertidumbres en la liberación de las mujeres.

Un problema importante que suscitaba la liberación de la mujer era cómo conciliar el trabajo fuera del hogar con su papel de madre. Si la mujer lograba sus derechos ¿no estaría en peligro el futuro de la familia que dependía de la mujer como madre?

Era fácil pensar en la emancipación de la mujer de las cargas del hogar, que la clase media y alta, sobre todo en Gran Bretaña, había solucionado mediante el servicio doméstico y enviando a los hijos varones a internados desde muy pequeños. Las mujeres de EEUU, con poco servicio doméstico, defendían la transformación tecnológica del hogar: en la década de 1880 aparecieron las primeras cocinas de gas y en la década previa a 1914 las cocinas eléctricas, la aspiradora (1903) y la plancha eléctri­ca (1909), si bien su uso no se generalizaría hasta después de la guerra; el lavado de la ropa se mecanizó, aunque aún no en el hogar. Los socialistas y anarquistas apoyaban soluciones de carácter más colectivo y ponían el acento en las escuelas, las guarderías y la distribución pública de alimentos cocinados (de la que es ejemplo temprano la comida en la escuela). Pero eso no solucionaba totalmente el problema.

¿No implicaría la emancipación de la mujer la sustitución de la familia nuclear por otro tipo de agrupación? La etnografía, que conoció entonces un gran auge, demostraba que había habido otros tipos en la historia. Aunque la izquierda utópico-revolucio­naria experimen-tó nuevas formas (la más duradera será el kibbutz de los colonos judíos en Palestina), la mayoría de los socialistas concebían el futuro con una familia nu­clear, aunque transformada. Los teóricos de izquierda (si bien los moderados, como los revisionistas alemanes, defen­dían el hogar) creían que la emanci­pación de la mujer se produciría cuando ésta saliera del hogar para trabajar, cosa que trataban de estimular por todos los medios. Pero el problema de conjugar la emancipación y la condición de madre no se resolvió­ fácil­men­te.

La mayoría de las mujeres emancipadas de clase media que se decidían a hacer carrera en un mundo dominado por varones solucionaban el problema renun­ciando al matrimonio y a los hijos­, lo que reflejaba la dificultad real de conju­gar dos ocupaciones muy exigentes. Sólo las mujeres que contaban con recursos excepcionales podían hacerlo. Para la mayoría de l­as mujeres que optaban por una carrera, como Rosa Luxembur­go, el precio que tenían que pagar era muy alto y eran perfectamente conscien­tes de estar pagán­dolo.

¿Hasta qué punto se modificó la condición de las mujeres en los años previos a 1914? Los cambios fueron importantes para la mayoría de las mujeres en el occidente urbano e industrial y transcendentales para una minoría de mujeres de clase media. Pero éstas sólo eran una pequeña parte de la mitad de la humanidad. Un cambio esencial fue el acceso de la mujer a puestos y profesiones monopolizados hasta entonces por el varón, apelando firmemente al sentido común o a convencionalismos burgue­ses (los ginecólogos, por ejemplo, afirmaban la incapa­cidad de la mujer para ese trabajo). En 1914 el camino estaba abierto en principio, si bien eran pocas las mujeres que lo habían recorrido.

También, aunque no lo parecía, la mujer estaba a punto de lograr una gran victoria en la larga lucha por la igualdad de derechos como ciudadana. Antes de 1924 las mujeres pudieron votar por primera vez en EEUU, Alemania, Reino Unido, Austria, Rusia, Noruega, Checoslovaquia, Dinamarca, Holanda, Irlanda, Polonia y Suecia; este cambio notable fue la culminación de las luchas ante­riores a 1914. En cuanto a derechos civiles el balance era menos positivo, a pesar de desaparecer algunas de las desigualdades más claras. El progreso frente a la desi­gualdad salarial era también poco signifi­ca­tivo. A la inmensa mayoría de las mujeres la pobreza y el matrimonio las mantenían en situación de dependencia.

Incluso entre las mujeres para las que el progreso era indudable (clases medias acomo-dadas o jóvenes antes de casarse) ese progre­so planteaba un gran proble­ma: ¿cómo podría la mujer competir en tanto que mujer en un ámbito formado por varones en unos términos favorables a ellos? Quizás no hay respuesta definitiva a esa cuestión, que afronta de forma distinta cada generación que se plantea seriamente el lugar de la mujer en la sociedad.

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Hª Contemporánea Universal (hasta 1945) - Lectura 9

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