Seminario X La angustia; Jacques Lacan

Conceptos psicológicos. Real. Sigmund Freud. Pulsión. Repetición. Trauma. Inhibición. Héctor López

  • Enviado por: Pablo David Castro
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 6 páginas
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Introducción

En la presente monografía se intenta analizar la noción de lo real que se encuentra en el Seminario X: La angustia de Lacan. Al mismo tiempo se intentan articular nociones como angustia, pulsión, repetición, trauma presentes en la obra de Freud. Estos conceptos son tomados de obras de Freud como Más allá del principio del placer, Inhibición, síntoma y angustia y 32º conferencia: Angustia y vida pulsional.

Estas nociones se encuentran ampliamente interrelacionadas con el concepto de real. El concepto, introducido por Lacan, de lo real, es rastreado desde el texto freudiano Más allá del principio del placer, en especial el capítulo V de esta obra.

También se toma en cuenta el seminario XI: “Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis” de Lacan. Se utilizaron para una explicación más didáctica el material de la cátedra elaborada por Héctor López: Referencias al tema de “Lo Real” (I) y (II).

Monografía sobre: Seminario X “La angustia”

En el seminario X “La angustia” Lacan nos dice que la angustia no se presenta sin objeto. Solo la noción de real, como función opuesta a la del significante, permite decir que eso, ante lo cual la angustia opera como señal, es para el hombre algo “necesario”, es del orden de lo irreductible de ese real. De todas las señales, la angustia es la que no engaña.

En la 32º Conferencia: Angustia y vida pulsional (1926), Freud define a la angustia como un estado afectivo, algo que sentimos (lo que también dice Freud en Inhibición, síntoma y angustia; 1926), la reunión de sensaciones de la serie placer-displacer con las inervaciones de descarga y su percepción. Aquí el nacimiento es la huella afectiva de toda angustia.

Esta noción es tomada también en Inhibición, síntoma y angustia, donde se postula al nacimiento como arquetipo del trauma, y como primera condición de angustia. Si bien el nacimiento es, objetivamente, una separación (de la madre), el niño todavía es narcisista y no distingue a la madre como objeto, por lo que para él el peligro es la gran perturbación, el displacer, que producen en él las grandes magnitudes de excitación que irrumpen, frente a las cuales se encuentra desvalido, tanto psíquica como físicamente. Toda situación de desvalimiento vivenciada resulta ser traumática. La situación de peligro es la situación de desvalimiento discernida, recordada, esperada. Entonces la angustia es la reacción originaria frente al desvalimiento en el trauma, que más tarde es reproducida como señal de socorro en la situación de peligro. También dice Freud, en el citado texto, que es la angustia de castración la que resignifica todas las anteriores y posteriores condiciones de angustia frente al peligro de la pérdida, la separación. Entonces los síntomas son creados para evitar la situación de peligro que es señalada mediante el desarrollo de angustia.

Volviendo a la 32º Conferencia, se encuentra aquí que la diferencia entre angustia realista y angustia neurótica radica en que, la primera, es una reacción que nos parece lógica al peligro. Es un estado de atención sensorial incrementada y tensión motriz, apronte angustiado. A partir de aquí se desarrolla la reacción de angustia.

La angustia neurótica tiene tres clases de constelaciones. Primero, un estado de angustia libre, pronto a enlazarse de manera pasajera con cada nueva posibilidad que emerja (angustia expectante). Segundo, ligada a contenidos de representación en las fobias, hay un vínculo con un peligro externo, pero la angustia es desmedida. Tercero, la angustia en la histeria, acompaña a síntomas o emerge independientemente como ataque o como estado de prolongada permanencia, sin que se descubra fundamento en un peligro exterior.

Freud nos dice en esta conferencia, que la angustia es la reproducción de un evento peligroso, la angustia está al servicio de la autoconservación, se genera a partir de una libido que se volvió inaplicable, es también a raíz de la represión; la formación de síntoma la liga psíquicamente, se siente que falta algo que unifique los fragmentos. No es la represión la que crea la angustia, sino que la angustia está primero, la angustia crea la represión. La represión defiende al sujeto del ataque de la angustia. Volviendo al Seminario X de Lacan, el real y su lugar es aquel del que, con soporte del signo de la barra, puede inscribirse la operación de la división. En el proceso de subjetivación es en el lugar del Otro, bajo las especies primarias del significante, que el sujeto tiene que constituirse, en el lugar del Otro y sobre lo dado de ese tesoro del significante ya constituido en el Otro. Es con relación al tesoro del significante que es donde debe situarse, que desde ahora lo espera, que el sujeto, es en el nivel mítico que todavía no existe sino partiendo de significante (que le es anterior) que el sujeto hace una primera operación interrogativa: en A ¿cuántas veces S? A está marcada por esa interrogación, aparece como diferencia en A respuesta y A dado, algo que es el resto, lo irreductible del sujeto, el objeto “a”. El objeto “a” es lo que resta de irreductible en la operación del advenimiento del sujeto en el lugar del Otro y tomará su función.

Relación del objeto “a” con S. El objeto “a” es lo que representa a S de manera real e irreductible en la operación del advenimiento, a sobre S, cierra la operación de la división, porque A es algo que está fuera del común denominador entre el objeto a y S. $ es a sobre S.

Ese resto, que es el objeto a, es caída de la operación subjetiva. Aquí se reconoce el objeto perdido, el cual se encuentra por una parte en el deseo y por la otra en la angustia. Primero aparece en la angustia y luego en el deseo.

Aquí hay una X que solo podemos nombrar retroactivamente, esto es el acceso al Otro, el designio en el cual el sujeto tiene que plantearse. Este es el nivel de la angustia en la medida en que es constitutivo de la operación de la función “a”, en tercer término aparece $ como sujeto del deseo.

Angustia y objeto son llevados al primer plano, uno a expensas del otro término, pero también se designa, se denuncia el vínculo radical de la angustia con ese objeto en tanto este cae. Así alcanza su función decisiva de resto de sujeto, el sujeto como real.

En la angustia el sujeto está interesado en lo más íntimo de sí mismo. Es del lado de lo real que hay que buscar la angustia como lo que no engaña.

Cuadro de la división significante del sujeto:

A S X (tiempo del goce)

$ A Angustia

a Deseo

En este cuadro se nota la posición de eso a lo que apunta la angustia en lo real, y con relación a lo cual ella se presenta como señal. La X de un sujeto primitivo va hacia su adversario, su advenimiento como sujeto; esa relación A sobre S, A según la figura de una división, de un sujeto S con relación al A del Otro; es por vía del otro que el sujeto debe realizarse.

Este sujeto, en el nivel mítico (S), es el “sujeto del goce”. La angustia tiene una función media entre el goce y el deseo.

El goce solo conocerá al Otro, A, por medio del resto, objeto “a”; desde este momento es cuando no hay manera de operar con lo que resta, y lo que surge en el inferior es el advenimiento del $, en cuanto implicado en el fantasma, es uno de los términos que constituyen el soporte del deseo.

El objeto “a” tomaría una función de metáfora (metáfora es el surgimiento en una cadena significante de un significante llegado desde otra cadena que produce un efecto de sentido; es sustituir un elemento por otro) del sujeto del goce. Pero resulta que el objeto “a” se resiste a la asimilación a la función del significante. Este es el motivo por el cual el objeto “a” simboliza lo que, en la esfera del significante, siempre se presenta como perdido, como lo que se pierde para la significación. El objeto “a” (el desecho) constituye el fundamento como tal del sujeto deseante, no del sujeto del goce, sino del sujeto en tanto que por la vía de su búsqueda en tanto que goza, que no es búsqueda de su goce sino un querer entrar ese goce en el lugar del Otro como lugar del significante, por esa vía el sujeto se precipita, se anticipa como deseante.

Esta precipitación es en el sentido de que ella aborda, de este lado de su realización, la abertura del deseo al goce: aquí se sitúa la angustia.

La angustia, dice Freud, es una señal ante algo. Lacan se preguntará qué es este algo. Angustia es tiempo de vacilación, intervalo, ante lo cual todas las categorías y palabras, todos los ideales del sujeto, fallan. Este algo es el objeto de la angustia. Funciona como señal. Es del orden de lo real. El objeto “a” es ese algo. Es por el lado de la angustia que lo real se hace presente como un estado afectivo. La angustia busca la simbolización, cuando aparece deja paralizado al sujeto. La angustia deja pasivo al sujeto porque lo paraliza, pero también es activo en el sentido ejerce una presencia. La angustia está presente en el yo, nos deja frente al narcisismo.

Con respecto a la noción de trauma, Freud en Moisés y la religión monoteísta (1940) dice que los traumas son las impresiones recibidas en épocas tempranas y luego olvidadas. Los traumas pertenecen a la temprana infancia. Los traumas son, o fenómenos ocurridos en el propio cuerpo o percepciones sensoriales, acontecimientos o impresiones.

Las acciones de los traumas son de dos clases: positivas o negativas. Las positivas son los esfuerzos que el trauma vuelve a realizar para recordar el suceso olvidado; para volverlo a vivir. Esto se llama fijación sobre el trauma y coacción para la repetición. Pueden ser absorbidas por el Yo y transformadas en tendencias permanentes, pero su origen ha sido olvidado.

En cuanto a las reacciones negativas, estas tienen el fin de no recordar, no revivir el trauma olvidado. Son reacciones de defensa. Su expresión son los olvidos, que al exaltarse se transforman en inhibiciones o trabas y fobias. También intervienen para formar el carácter.

Por lo tanto el trauma infantil, si bien no recordado aparece en la vida adulta como acto, en esto consta la repetición. Freud dice que la repetición es repetición del trauma. Desde un punto lacaniano, se puede decir que ese trauma infantil está íntimamente vinculado con la noción de real, ya que para Lacan la repetición repite un encuentro fallido con lo real.

Lacan llega al concepto de real reastréandolo desde la obra de Freud, especialmente desde el capítulo V de Más allá del principio del placer (1920); a partir de este texto hay un más allá como dimensión real de sujeto, revulsiva e imposible de digerir para el pensamiento “adaptacionista” reinante en los tiempos que van desde Freud a Lacan.

Dice H. López que, en el capítulo V, Freud estudia la relación entre la repetición y las pulsiones parciales (excitaciones que deberían ser placenteras, sin embargo devienen como displacenteras). Esto último es debido a que son parciales y extraterritoriales, lo cual contradice la aspiración de totalidad y de unidad del aparato psíquico. La pulsión exige un goce que resulta inadmisible, queda entonces el sujeto dividido entre aquello de lo que goza pero no puede soportar, y un placer insatisfactorio.

Las pulsiones tienen una “existencia” con energía, solo buscan las descarga, su efecto es traumático y carente de representación. Esta dimensión es inconsciente en el sentido de lo “demoníaco” y, por tender al goce, se lo ubica como real.

La tarea de ligar la excitación no se opone al principio de placer pero es independiente de éste; porque la ligadura busca reducir el goce y favorecer el placer pero no lo tiene en cuenta porque la ligadura sigue sus propios caminos. El principio de placer es compatible con lo simbólico e imaginario, pero incompatible con lo real. El placer consiste en gozar lo menos posible.

Aquí cabe definir repetición. Para Freud repetición es repetición del trauma. Este trauma está más allá del principio del placer. La repetición es repetición del goce del trauma en el síntoma, porque, según Freud, el síntoma liga la energía libre del trauma.

La repetición es tratada por Freud como compulsión a la repetición. Esta compulsión se impone al principio de placer y de realidad, y queda ligada a la pulsión.

En Más allá del principio del placer, Freud define repetición como: “la tendencia propia de la pulsión a reconstruir un estado anterior, abandonado bajo el imperio de fuerzas exteriores”. Según Lacan, este estado anterior, es un momento mítico, referido a un estado primitivo de goce pulsional, que Freud identifica como “identidad de percepción”.

Lacan, en el seminario XI, toma a la repetición con relación a lo real y a la pérdida del goce. Es la repetición como encuentro fallido con lo real. Se trata del empuje irrefrenable a la repetición.

Lacan define, entonces, a la repetición como “encuentro fallido con lo real”, ese “real” está allí pero no se lo encuentra porque escapa. Eso es lo que la repetición busca repetir: lo que siempre escapa. La repetición, si bien opera al margen de la función del significante, está apuntalada por él; es decir que por más que se repita, jamás se alcanza la identidad de percepción entre el objeto y el que reaparece en la repetición. La repetición se produce en un reencuentro con lo real, este reencuentro resulta siempre fallido porque el significante apuntala una diferencia, una falta de identidad con lo real. Este es un significante aislado, absoluto, que evita la simbolización o imaginarización de lo real, dejando en una total ambigüedad el sentido del reencuentro.

Lacan dice que Freud deja un mensaje, el cual sería que el pensamiento siempre evita la misma cosa. Esto es lo real, lo que por no poder entrar a la cadena significante, siempre vuelve al mismo lugar donde no hay encuentro logrado entre el sujeto que piensa y él. Este desencuentro significa para Lacan que la repetición está afectada por una diferencia. No se repte lo idéntico, no se puede alcanzar la “identidad de percepción” porque la repetición no es sin diferencia.

La repetición traumática tiene la función económica de hacer surgir la angustia que faltó cuando debía haber funcionado como defensa contra lo real. Buscando la angustia no se busca el placer, sino que eso implica la división del sujeto.

La repetición de lo real se presenta como una resistencia a la rememoración, por lo tanto resistencia a la asociación libre y al método del psicoanálisis.

Se repite un goce que está fuera de la cadena de significantes. El goce se encuentra fuera de la cadena significante, es algo displacentero. Este es el motivo por el cual aparece la señal de angustia ante el goce. A partir de la señal de angustia se trata de restituir la tensión a un estado constante.

Lo real se refiere a aquello que la palabra no puede nombrar: la cosa, que no tiene representación imaginaria. Lo real permanece excluido, no del inconsciente sino de lo simbólico. Lo real no es lo que existía antes de lo simbólico, o lo que existiría si no existiese lo simbólico. El sujeto solo se mueve en el campo de la significación de lo real producida por la combinatoria significante. Lo real es el resto. El encuentro con lo real es siempre fallido, enigma. Lo real escapa a la significación.

Bibliografía

  • Freud, Sigmund

    • Manuscrito K

    • Recuerdo, repetición y elaboración

    • Más allá del principio de placer

    • Inhibición, síntoma y angustia

    • 32º conferencia: Angustia y vida pulsional

    • Moisés y la religión monoteísta

  • Lacan, Jaques

    • Seminario X La angustia

    • Seminario XI Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis

  • López, Héctor

    • Referencia al tema de “Lo Real” (I). Sobre “Más allá del principio de placer”

    • Referencia al tema de “Lo Real” (II). Sobre “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis