Saverio el Cruel; Roberto Arlt

Literatura hispanoamericana del siglo XX. Literatura argentina. Teatro. Drama. Personajes. Argumento. Crítica e interpretación

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Saverio, el Cruel

Al igual que La Isla Desierta, Saverio es una “farsa dramática” o, mejor, una “farsa trágica”, porque mientras un drama puede o no desembocar en la catástrofe definitiva, la tragedia conduce inexorablemente a la catástrofe.

Las obras dramáticas de Arlt balancean en un constante desequilibrio entre realidad y fantasía, cotidianidad y ensoñación, deseo y frustración, mientras el desarrollo argumental opera siempre en el doble plano: el de la miserable realidad de los personajes y la realidad soñada que estos fabrican, conscientes que no es más que la mera prolongación de sus deseos y frustraciones. Estas frustraciones y angustias son reflejo de la vida del propio Arlt, teniendo origen en su niñez, pues durante su infancia, la frialdad, la severidad y la tristeza de quienes lo rodearon, lo privaron de esa primera posibilidad que tiene el ser humano de expresar su afectividad.

Los personajes que aparecen en las obras de Arlt luchan por romper con su vida anterior pero terminan por fracasar de nuevo colocándose finalmente en el centro del sistema de los personajes de humo que casi siempre ellos mismos han creado en su aislamiento. En la mayoría de las piezas de Arlt el personaje rompe con su grupo social. Surge a la escena a través de las tinieblas de la gran ciudad moderna, siendo alienado por ser incompatible con la sociedad. Además, estos personajes, entran en constante conflicto con sus papeles estereotipados, abriendo “brechas” en el desarrollo convencional de la intriga para discutir sobre el acto mismo de la representación. Así, por ejemplo, Susana, cuando se queja del pastor que se presenta en la escena sin los tradicionales cayado y flauta:

SUSANA (sarcástica).- ¿Trabaja al Servicio del Coronel? ¡eh!...

JUAN (fingiendo asombro).- ¿El Coronel? ¿Quién es el Coronel?

SUSANA (llevándose las manos al pecho).- Respiro. Su asombro revela la ignorancia de lo que temo. (sonriendo). Tonta de mí. Cómo no reparé en su guardamontes. ¿Así que usted es el pastor de estos contornos?

JUAN.- Sí, sí…soy el pastor…

SUSANA.- Sin embargo de acuerdo a los grabados clásicos, usted deja mucho que desear como pastor. ¿Por qué no lleva cayado y zampoña?

Siguiendo con las elecciones de Arlt para con su literatura, podemos percibir en Saverio, el Cruel, vestigios del proyecto de Artaud y su teatro de la crueldad.

Cuando el mantequero empieza a identificarse con su papel de dictador y revela una guillotina bien afilada, algo que convierte la farsa en una tragedia, mediante imágenes que traen reminiscencias en el inconsciente colectivo de máquinas sanguinarias de explícita asociación:

SAVERIO (cierra la puerta, luego se acerca al armatoste).- Señoritas, doctor, no podrán ustedes menos de felicitarme y reconocer que soy un hombre prudente. Vean. (Destapa el catafalco, y los espectadores que se acercan, retroceden al reconocer en el aparato pintado de negro una guillotina.)

(…)

SAVERIO.- ¡Y cómo quieren gobernar sin cortar cabezas!

ERNESTINA.-Vámonos, che…

PEDRO.- Pero no es necesario llegar a esos extremos.

Arlt eligió emplear la idea de crueldad como esencia de la farsa y también como fin de farsa. De ahí, por ejemplo, el reproche de Susana:

SAVERIO.- Usted se confunde. No ha soñado. Ha ridiculizado… Es algo muy distinto eso, creo.

SUSANA.- Saverio, no sea cruel.

SAVERIO.- Si hace quince días alguien me hubiera dicho que existía una mujer capaz de urdir semejante trama, me hubiera conceptuado feliz de conocerla. Hoy su capacidad de fingimiento se vuelve contra usted. ¿Quién puede sentirse confiadamente a su lado? Hay un fondo repugnante en usted.

Para Artaud, la crueldad suponía explorar hasta los últimos límites de la sensibilidad nerviosa, mientras que en Arlt, la técnica de la simulación y la metamorfosis constante de los personajes contribuyen a moderar hasta el desenlace final el efecto de la crueldad.

Hablando concretamente de la obra, podemos decir que un grupo de jóvenes, suponemos de clase media o alta, aburridos, deciden divertirse a costa de Saverio, que se gana la vida vendiendo manteca. Susana, la organizadora de farsa, fingirá haber enloquecido. Se hará pasar por una reina que se siente odiada por un coronel que, según ella, debe decapitarlo:

LUISA.- No, Saverio. No. Mi hermanita Susana…

SAVERIO.- ¿Le ocurre algo?

PEDRO.- Ha enloquecido.

SAVERIO (respirando).- ¡Ha enloquecido! Pero, no es posible. El otro día cuando vine a traerle un kilo de manteca parecía de lo más cuerda…

LUISA.- Pues ya ve cómo las desdichas caen sobre uno de un momento para otro…

(…)

SUSANA.- Me protegió esta estampita de la virgen. (La saca del pecho y la besa. Cambiando de tono.) ¿Te atreverías tú?

JUAN.- ¿A qué, majestad?

SUSANA- A cortarle la cabeza al Coronel.

JUAN (respingando).- ¿Cortarle la cabeza? Si el coronel no me ha hecho nada.

El inocente vendedor, que se asombra de verla en tal estado de locura, acepta. Es en ese momento cuando comienza a volar su imaginación. Se imagina siendo un gran dictador, implacable, cruel y sangriento. Tanto, que hasta se hace traer una auténtica guillotina pues, según él, no se puede gobernar sin cortar cabezas. Incluso se imagina siendo el causante de una guerra mundial:

SAVERIO.- Qué gentecilla miserable. Cómo han descubierto la enjundia pequeño-burguesa. No hay nada que hacer, les hace falta el sentido aristocrático de la carnicería. (Restregándose las manos, familiar, pero altisonante.) Pero no importa mis queridos señores. Organizaremos el terror. Vaya si lo organizaremos. (Se pasea en silencio, de pronto se detiene como si escuchara voces. Se lleva una mano a las orejas.)

Un dato curioso es que inicialmente la pieza transcurría en un sanatorio de locos, lo cual permitía al autor sortear la dicotomía entre realidad y farsa. La idea pareció de poco contenido social a quienes debían ponerla en escena y es por eso que Arlt fue modificándola y subrayando las consecuencias de la irresponsabilidad de los “niños bien”.

El primer acto es realista, en el segundo se inserta en la farsa, y es ahí donde el autor pone su decir sustancioso y desarrolla el lenguaje natural de su teatro; el tercer acto vuelve a la realidad, después de permitir la evasión y el soñar despierto y desmedido de Saverio.

En esta obra enfrentamos dos aspectos de la locura. En el primer lugar la de Susana, quien trata de enmascarar un mal real tras una simulación voluntaria. Es decir, Susana trata de provocar una situación que le permita dar rienda suelta a su locura, que la canalice, que la exprese de modo tal que ella pueda seguir conviviendo con los presuntamente cuerdo sin llegar al estallido. Su “polo a tierra” es, pues, el juego, un juego un tanto cruel, pero que actúa como mecanismo compensatorio de su imposibilidad de adaptación a la vida de los demás:

JUAN (gritando).- Susana, Susana, ya se fue… vení.

SUSANA (entrando triunfalmente).- ¿Qué tal estuve? ¿Aceptó?...

PEDRO.- ¡Genial! ¡Qué gran actriz resultás!

LUISA.- Yo me mordía para no aplaudirte…¡Qué talento tenés!

SUSANA.- ¿Así que aceptó?

(…)

LUISA (alegremente pensativa).- Susana…, sos una grana actriz. Por momentos le ponés frío en el corazón a uno.

PEDRO.- Esta vez sí que nos vamos a divertir.

Saverio, en cambio, experimenta la locura de la doble personalidad en el soñar despierto. Su imaginación mutilada por la vida rutinaria también comienza a motorizarse en el sentido del juego, pero de un juego que le provoca entusiasmo, que lo posee, que lo absorbe por completo y que le compensa la vida gris de corredor de manteca. Saverio se evade de la realidad, de la sensatez, y, a pesar de los diferentes “mensajeros” que intentan volverlo a su verdad cotidiana, cae en el “exceso”, a causa fundamental, entre los griegos, de la pendiente hacia el desenlace trágico.

SAVERIO (subiendo al trono por la cama, extiende el índice perentoriamente después de empuñar la espada).- ¡Fuera, perros, quitaos de mi vista! (Mirando al costado.) General, que fusilen a esos atrevidos. (Sonríe amablemente.) Señor Ministro, creo conveniente trasladar esta divergencia a la Liga de las Naciones. (Galante, poniéndose de pie.) Marquesa, los favores que usted solicita son servicios por los que le quedo obligado. (Con voz natural, sentándose.) ¡Diablos, esta frase ha salido redonda!

Susana evidencia su locura cuando el juego se trunca porque Saverio, enterado de la verdad, la increpa:

SAVERIO (secamente).- ¿Por qué se obstina en proseguir con la farsa?

SUSANA (sincera).- Me agrada tenerlo tanto aquí solo, conmigo. (Riéndose.) ¿Así que usted se hizo fabricar una guillotina? Eso sí que está bueno. Usted es tan loco como yo. (SAVERIO se deshace de su mano, se sienta pensativo en el trono. SUSANA se queda de pie.)

Los “niños bien” representan el grado de locura menor que consiste en la capacidad de entrar a girar en la órbita de un desorbitado simplemente por falta de motivaciones reales para vivir, por aburrimiento, que es el pecado de la falta de imaginación, y por un exceso de superficialidad que los vuelve disponibles para la aventura porque es distinta y divertida, por oposición a la vida diaria, que es igual y aburrida.

JULIA.- ¿Te parece razonable la farsa que estos locos han tramado?

LUISA.- ¡Qué fatalidad! Ya apareció la que toma la vida en serio. Pero hija, si de lo que se trata es de divertirnos buenamente.

JULIA.- ¡Vaya con la bondad de ustedes!

LUISA.- ¿No te parece, Juan?

JUAN.- Es lo que digo.

JULIA.- Lo que ustedes se merecen es que el mantequero les dé un disgusto.

Digamos finalmente que quizá si Susana hubiera conseguido que Saverio saltara la valla de la sensatez, ella hubiera podido enmarcar su locura en la realidad de un mundo paralelo constituido por ella y Saverio, creando una realidad imaginaria apropiada para subsistir con sus características de seres vulnerados en un mundo real que hubiera pasado a ser para ellos irreal e imaginario. Saverio, por su capacidad para fabular y por su propensión reprimida a escapar de la realidad, podría haber constituido un buen acompañante para la locura real de Susana.

En referencia a lo social podemos decir que las clases sociales cumplen una función importante en esta obra ya que observamos dos clases bien diferenciadas: la de los “creadores” de la farsa que pertenecen a una clase media o alta que, como ya dijimos anteriormente, llevan una vida aburrida y sin motivaciones la cual los lleva a organizar una burla que tiene como protagonista/víctima a un vendedor de manteca, rutinario y de clase baja.

Todo apuntaba a que la farsa iba a funcionar y que Saverio iba a resultar derrotado, burlado, humillado; pero Saverio es el que descubre la farsa y termina con el “juego” para luego desencadenarse un trágico final.