Santa Teresa de Jesús

Teología. Vida y obras. Literatura mística. Pensamientos. Camino a la perfección. Concepos de amor y dios. Libros

  • Enviado por: Maria Jesus Fernandez Gonzalez
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 7 páginas
publicidad

Santa teresa de Jesús

“Era esta santa de mediana estatura, antes grande que pequeña. Tuvo en su mocedad fama de muy hermosa y hasta su última edad mostraba serlo... era su cuerpo fornido, todo el muy blanco y limpio, suave y cristalino, que en alguna manera parecía transparente. El rostro nada común, ni redondo ni aguileño, con las cejas de color rubio oscuro, anchas y algo arqueadas. Tenía el cabello negro, reluciente y blandamente crespo... los ojos negros vivos y redondos... los dientes iguales y muy blancos... daba gran contento mirarla y oírla, sus palabras y acciones... la vestidura que llevaba aunque fuera un harapo viejo y remendado, todo le quedaba bien”.

Así describían, quienes pudieron conocerla a la que Gregorio Marañón, consideró “la más grande mujer de su tiempo”. Teresa fue sin duda, una mujer excepcional, en una época no menos excepcional. Humilde y sencilla, supo compaginar a lo largo de su vida la más perfecta humanidad con su hondo espiritualismo, lo que le permitió estar a la vez próxima a la gente y cerca de Dios. Porque la gran mística que fue no se conformaba con la oración pasiva, sino que creía firmamento en la acción y en el ejercicio constante de la fe. “Obras quiere el Señor”. Era la máxima que repetía con frecuencia y ponía en práctica sin descanso. Veamos cuales fueron sus espléndidas obras, con mayor profundidad a través de ella.

Una muchacha impetuosa.

El 28 de Marzo de 1515 nació Teresa en Ávila, fruto del matrimonio de Don Alonso Sánchez de Cepeda y Doña Beatriz de Ahumada. Su abuelo había sido un judío converso condenado en 1485 por la inquisición a desfilar siete viernes por las iglesias de Toledo tocando un Sambenito acusado de hereje al haber incurrido en ritos de su anterior religión. Tras la condena, decidió trasladar a Ávila su negocio de paños, donde prosperó y educó a sus hijos cristianamente, casando a todos ellos con familias muy hidalgas.

Entre ellos estaba Alonso, padre de Teresa, que tras la muerte de su primera esposa contrajo en 1509 segundas nupcias con Beatriz, a la sazón una joven de 15 años. Teresa sería la primera de diez hermanos, que, sumados, a los dos del matrimonio anterior, hicieron un total de 12 vástagos en la casa. Ella fue, entre todos, la más querida por su padre y la que más duramente trabajó para sacar la prole adelante.

Con siete años, era una niña eufórica, extrovertida, tierna y bastante seria, buena conservadora y capaz de adaptarse a cualquier persona o circunstancia. Sabía ya escribir con desenvoltura y destacaba por su habilidad y presteza ala hora de desempeñar labores caseras. Pero por encima de todo era intrépida y fogosa, como demostró cuando, su hermano Rodrigo, decidió ir a “tierra de Moros” para que le decapitasen por Cristo. Afortunadamente la aventura fue frustrada por su tío que pudo alcanzar a la pareja cuando cruzaban el puente de Adaja rumbo al martirio. Con idéntico entusiasmo, se entregaba con otros niños a juegos tan devotos como rezar sin pausa, hacer limosnas o, lo que prefería por encima de todo, simular que eran ermitaños y se imponían imaginarias penitencias.

Tras cumplir los 12 años, sin embargo su piedad empezó a enfriarse y poco a poco trocó los juegos de santidad por los libros de caballería que devoraba afanosamente. Teresa comenzó también a cultivar su encanto femenino y a pensar en casarse con alguno de sus primos, y en más de una ocasión burló la vigilancia a la que su padre la había sometido propiciando encuentros furtivos y prodigando promesas de amor al amparo de olmos rumorosos. Don Alonso, que buscaba un pretexto para apartarla de aquellos devaneos, lo hallo tras morir su esposa y casarse la mayor de sus hijas, y confió a Teresa a las monjas agustinas de Santa María de Gracia para que, a sus 16 años no quedara sola en casa como única hija.

Muy pronto se renovó el entusiasmo religioso de la muchacha en tan santa compañía, de modo que inmediatamente quiso tomar los hábitos en el convento carmelita de La Encarnación, donde se encontraba su amiga Juana Suárez. Pero su padre no accedió. Como en tantas otras ocasiones, Teresa acabaría imponiendo su voluntad de una manera no poco arriesgada: en la madrugada del 2 de Noviembre de 1535 huyó de su casa, se refugió en el convento y desde allí escribió una conmovedora masiva a Don Alonso, quien no tuvo más remedio de otorgar su licencia. Como a una hidalga, se le asignó una espléndida dote y una celda propia. Al año siguiente tomo el hábito de carmelita.

El nacimiento de una nueva mujer.

Teresa, siendo de natural apasionado y testarudo, se entregó a los ideales del Carmelo con tan extrema vehemencia que no tardó en caer gravemente enferma. Su mal, que posiblemente procedía de la angustia interior de un alma hambrienta de Dios pero incapaz de hallar la paz en medio de tanto fuego, sería tratada por una curandera mediante terribles purgas que crispaban sus músculos y parecían desgarrar la entrañas, sumiéndola en un estado de postración absoluta. Luego aparecieron otros síntomas alarmantes, en especial una suerte de violentos ataques nerviosos que hicieron suponer a quienes la atendían que era la rabia, nombre tras que el que sin duda se ocultaba lo que en la actualidad se conoce como epilepsia.

La noche del día15 de julio de 1539, a los 24 años, cayó en coma profundo y la dieron por muerta. El espejo aplicado a sus labios no se empañaba. Le echaron cera sobre los párpados, la amortajaron y se preparó el luto. Pero durante 4 días su padre se opuso a que la enterraran, aduciendo que no estaba muerta, sino experimentando una transformación. Su instinto fue certero. Cuando la paciente despertó delirando, todos se maravillaron. Inmóvil, encogida y con la mirada extraviada en el infinito, Teresa inició una lenta recuperación que duraría 3 largos años.

De esta tremenda crisis, no menos emocional que física, surgió una mujer completamente nueva. Desde su curación hasta que cumpliera los 40 años, Teresa de Jesús iba a emprender una durísima travesía del desierto espiritual en la que se alternaron visiones ascéticas y nuevas crisis, afrontadas con su proverbial ímpetu pero con entereza y una resistencia que desconocía en sí misma. Sentía tan vivamente la presencia de Dios que era capaz de verlo ante sí, mas no con los ojos del cuerpo sino con los del alma, la imaginación y la inteligencia. Y cuando los clérigos afirmaban que tales arrobos eran cosa del demonio y que debía “hacer higas” a las apariciones, ella era capaz de vencer el desaliento refugiándose en la oración. Una voz le decía: <<yo no quiero que tengas conversaciones con hombres, sino con ángeles>>; entre los dictados opuestos de Dios y los hombres, Teresa supo elegir el camino verdadero.

Por sus obras los conoceréis.

Fue en 1560, tras tener una visión espantosa del infierno, cuando Teresa se propuso reformar la orden del Carmelo según la regla primitiva. Su amiga Doña Guiomar de Ulloa se comprometió entusiasmada con la idea, pero el provincial, los letrados, y los consejeros carmelitas se opusieron, temerosas de toda novedad. Incluso su confesor se negó a absolverla <<mientras no dejase el escándalo>>. Teresa no se achicó ante las dificultades, sino que convencida de que se trataba de un mandato del Señor, puso todo su empeño en materializar la reforma recabando la opinión favorable de hombres como fray Pedro de Alcántara, el famoso franciscano, y futuro santo, o el padre Francisco de Borja, también canonizado mas tarde, quienes la animaron a seguir adelante con el proyecto. Por fin tras vencer todas las resistencias, obtuvo la licencia al obispo y el 24 de agosto de 1562, al amanecer, la pequeña campana del nuevo convento de San José anunciaba a la ciudad de Ávila que se había iniciado una gran aventura. A partir de ese momento, la madre Teresa y sus hijas, soportando las incomodidades y sufriendo la incomprensión, cuando no la persecución, de la propia Iglesia, sembraron media España de Comunidades Carmelitas, de <<palomarcitos de Dios>>, como Teresa llamaba a sus conventos empleando uno de sus cariñosos diminutivos. Aquella simiente daría muy pronto cosecha, pues los centros de carmelitas descalzos, de hombres y mujeres, llegarían a extenderse por todo el mundo, conservando hasta hoy, el testimonio vivo de su fundadora.

Santa Teresa, escritora.

El legado de Teresa de Jesús no se detiene aquí, pues también como escritora alcanzó la excelencia. Publicadas por fray Luis de León en 1588, sus obras se erigieron pronto en obligada referencia de la literatura mística de todos los tiempos. Teresa gustaba de mostrarse como una monja sencilla e iletrada, lo que explicaba en sus libros la constante presencia de elementos autobiográficos, intercalados con modestia, que hace su lectura ala vez amena y aleccionadora. Toda la vitalidad y la gracia con que fueron escritos se han conservado íntegramente en textos tan señeros como el Libro de la Vida, relato de su biografía y de su apasionante experiencia mística, el Libro de las fundaciones, en el que se da cuenta de su inmensa labor reformadora, el opúsculo Camino de perfección, con valiosos consejos para sus seguidoras, o las Moradas del Castillo Interior, donde concibe alegóricamente el alma como un castillo compuesto por siete cámaras, correspondientes a 7 grados de oración, en el centro de las cuales espera pacientemente el Creador. Como poetisa, dejó deliciosos villancicos populares y versos de cristalino e intenso lirismo:

<<Vivo sin vivir en mi

y tan alta vida espero

que muero porque no muero>>

Sus escritos hacen gala de un estilo llano y natural ajeno a todo artificio, que nos conmueve por su espontaneidad y su acierto a la hora de describir en tan precisas como brillantes imágenes tanto los afanes cotidianos como los mas graves esfuerzos de su peripecia interior.

Una vida tan plenamente vivida, tan activa y al mismo tiempo tan profundamente recogida, estaba llamada a tener un final pacífico. La muerte la sorprendió en Alba de Tormes, atareada como siempre. A las 9 de la noche del día 4 de Octubre de 1582 reclinada la cabeza en los brazos de una de sus discípulas, espiró con una sonrisa en los labios. El cadáver despedía un olor celestial. En 1583 fue desenterrada íntegra y perfumada, encontrándose en su cuerpo una sangre tan fresca como si acabara de morir. En 1614 fue proclamada beata. En 1622, fue canonizada y en 1970 el Papa Pablo VI la declararía solemnemente Doctora de la Iglesia Católica, título otorgado por primera vez en la historia a una mujer.

Resumen

1515 28 de Marzo, miércoles de Pasión: nace Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, TERESA DE JESÚS, en Ávila.

1522 Huye con su hermano Rodrigo a “Tierra de Moros”.

1535 Deja su casa e ingresa en el convento de la Encarnación, de la Orden del Carmelo.

1539 Entra en coma y se la da por muerta.

1558 Su confesor asegura que sus visiones son obras demoníacas.

1562 24 de agosto: inaugura el nuevo convento de San José. Concluye el “Libro de la Vida”.

1567 El general carmelita le autoriza a fundar nuevos conventos reformados y a ampliar la reforma a la rama masculina.

1568 Funda en Duruelo el primer convento masculino con tan sólo dos frailes, uno de ellos el joven Juan de la Cruz.

1573 Firma y aprueba una copia de “Camino de Perfección”.

1577 Termina el “Libro de las fundaciones”. Escribe las “Moradas del castillo interior”.

1582 4 de octubre: muere en Alba de Tormes, Salamanca.

Santa Teresa de Jesús