San Pablo y el Santo Grial

Teología. Biografía. Apóstol. Doctrina. Epístolas. Leyenda. Cristianismo. Copa. Cristo. José de Arimatea. Cáliz. Orígenes y evolución. Fe. Símbolos

  • Enviado por: Hernando Castro
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 12 páginas
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SAN PABLO

(Tarso, Cilicia, entre 5 y 15 d. de C. Roma h. 67). Llamado el Apóstol de los gentiles (es decir, de los paganos), jugó un papel muy importante en la difusión del cristianismo en el mundo grecorromano.
Las fuentes esenciales de la vida de Pablo son los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas, a las cuales pueden añadirse algunos elementos tomados de los Padres de la Iglesia. La literatura apócrifa sobre él debe ser utilizada con infinitas precauciones.
El camino de Damasco: San Pablo nació en Tarso, ciudad de Cilicia muy helenizada, opulenta, comerciante y famosa por sus escuelas de retórica. Su familia, de rancio abolengo judío, pertenecía a la tribu de Benjamín y estaba adscrita al partido de los fariseos. La fecha de su nacimiento debe situarse a principios de nuestra era. Su nombre era Saulo, forma helenizada del hebreo Sha'ul, al que Pablo había añadido un cognomen latino, Paulus, porque era ciudadano romano de nacimiento.
Según un discurso que se le atribuye en los Hechos de los Apóstoles, Pablo habría sido educado en Jerusalén y formado en la estricta observancia de la Ley en la escuela de Gamaliel. Paralelamente a esta educación destinada a convertirle en rabino, aprendió, según una regla recogida por la Mišná, un oficio manual, la fabricación de tiendas de campaña. lo cual le permitió subsistir a lo largo de su vida apostólica.
Fariseo intransigente, empezó persiguiendo a los cristianos; aparece por primera vez en los Hechos de los .Apóstoles guardando las ropas de los judíos que apedreaban a Esteban. Poco después hubo una persecución, en la que Pablo participó "entrando por las casas, y, arrastrando hombres y mujeres, los metía en la cárcel".
Cuando iba a Damasco para perseguir allí la comunidad cristiana, Pablo tuvo una visión de Cristo que le convirtió a la religión de sus adversarios. Fue bautizado por un discípulo, Ananías, se retiró al desierto de Arabia v volvió a Damasco, donde se puso a predicar: los judíos querían matarle, por lo que debió huir escondido en una cesta con la que se hizo bajar por las murallas. En Jerusalén, Bernabé le introdujo en el círculo de Pedro y de Santiago. Para escapar de las maquinaciones de los judíos helenistas fue conducido a Cesarea por los "hermanos" y de allí partió hacia Tarso. No se conocen sus actividades durante esta estancia en Cilicia. Bernabé, encargado de organizar la Iglesia de Antioquía. sacó a Pablo de su retiro para tomarlo como ayudante: ambos predicaron durante un año en la gran capital Siria.
Los grandes viajeros misioneros: Después de una epidemia de hambre que podemos situar hacia el año 45 de nuestra era. Pablo y Bernabé llevaron a Jerusalén donativos enviados por los cristianos de Antioquía a sus hermanos de Judea. A su vuelta a Antioquía se decidió que los dos hombres irían a llevar el mensaje a tierras paganas. Iba a empezar así la primera misión de Pablo, situada entre 45 y 49. El apóstol se embarcó en Seleucia con Bernabé con dirección a la isla de Chipre. En Salamina de Chipre ambos comenzaron a predicar en las sinagogas; en Pafos, Pable combatió a un falso profeta judío y mago, Bar Jesus o Elimas, y convirtió al procónsul dc la isla, Sergio Paulo. De allí se trasladaron a Asia Menor, a Perga de Panfilia. a Antioquía de Pisidia y a Iconium. Mientras que, hasta Chipre, Bernabé es citado el primero y aparece como el jefe de la misión, Pablo ocupó desde entonces el primer lugar y fue él quien llevó la iniciativa de la predicación. Predicó en las sinagogas, pero tuvo
 más éxito entre los paganos, y en Listras, en Licaonia, después de haber. curado a un imposibilitado, los sacerdotes de Zeus quisieron ofrecerle sacrificios como a un dios. Pero no siempre iba todo bi
en y, en esta misma ciudad de Listras, los judíos apedrearon a Pablo y le dejaron por muerto. Sin desanimarse, éste partió hacia Derbe con Bernabé, atravesó Pisidia y Panfilia y fue a  Atalia con la intención de embarcarse hacia Antioquía. En esta ciudad se entabló entonces una querella con los judaizantes, que pretendían que se impusieran a los gentiles recién convertidos los ritos judíos, empezando por la circuncisión. Pablo se enfrentó a los judaizantes y reprochó a Pedro su pusilanimidad. Con el fin de resolver la cuestión se celebró una asamblea en Jerusalén; este "concilio de los apóstoles" tuvo lugar  hacia el año 50 y, después de la intervención de Pedro y Santiago, se decidió no imponer las leyes mosaicas a los convertidos procedentes de la gentilidad.
Poco después, Pablo partió para la segunda misión, acompañado no ya de Bernabé sino de un anciano de Jerusalén, Silas. Pasaron por Cilicia, Derbe y Listras, donde Pablo tomó como ayudante a Timoteo, hijo de un griego y de
una judía, joven de unos veinte años. Los tres hombres atravesaron Frigia, Galacia, Misia y llegaron a Tróade, donde se embarcaron con dirección a Samotracia y Filipos, en Macedonia. Parece que fue en Tróade donde Lucas se unió a los misioneros. En esta provincia recibieron bastante mal a Pablo: en Filipos, Silas y Pablo fueron azotados por los magistrados municipales; en Tesalónica, los judíos suscitaron una revuelta contra ellos. La acogida no fue tan violenta en Berea, desde donde Pablo se embarcó hacia Atenas. Allí predicó en el ágora, y los filósofos epicúreos y estoicos le condujeron al Areópago, lugar en el que pronunció un discurso que chocó a los oyentes cuando trató la cuestión de la resurrección de los muertos; no obstante, hizo algunas conversiones, entre ellas la de Dionisio el Areopagita.
En Corinto, a donde Pablo se dirigió inmediatamente después, se relacionó con un judío, Aquila, y su mujer Priscila, procedentes de Roma, pues un edicto de Claudio acababa de expulsar a los judíos: también eran fabricantes de tiendas de campaña y Pablo trabajó con ellos, predicando al mismo tiempo en la sinagoga. Los judíos le llevaron ante el procónsul de Acaya, Galión, hecho que permite situar la estancia de Pablo en Corinto entre la primavera del año 51 y la del año 52. Galión despidió a los litigantes. rehusando juzgar un problema de carácter religioso. Pablo se quedó unos dieciocho meses en Corinto antes de embarcarse hacia Éfeso; de ahí navegó hasta Cesarea de Palestina y desde allí "subió" a Jerusalén antes de volver a Antioquía.
Había dejado en Corinto a Silas y a Timoteo. Para su tercer viaje tomó como ayudante a Tito, un joven pagano convertido. Comenzó recorriendo los territorios de los gálatas y Frigia para consolidar las Iglesias ya fundadas y permaneció dos años en Éfeso. Hizo tantos prosélitos que los orfebres, que vivían de la venta a los peregrinos de objetos de piedad dedicados a Artemisa. suscitaron una revuelta contra ellos por temor a ver declinar su comercio. Tuvo que abandonar la ciudad y llegó a Macedonia, recorrió en barco las islas del Egeo, regresó a Cesarea y volvió a Jerusalén, donde los judíos sublevaron a la población en su contra; debió su salvación a la intervención del tribuno militar Lisias, el cual, habiéndose enterado de que Pablo era ciudadano romano, le envió a Cesarea, al procurador M. Antonio Félix, que le retuvo cautivo dos años. Los judíos no cesaban de reclamar la muerte de Pablo, y Festo, sucesor de Félix, aceptó enviar a Roma a su prisionero, que había recurrido al César
.
El viaje se hizo por mar, en compañía de Lucas, por Chipre y Creta. Una tempestad hizo naufragar la nave cerca de Malta, donde permanecieron tres meses antes de reanudar el viaje. En la primavera pasaron por Siracusa, estuvieron siete días en Pozzuoli, donde algunos cristianos fueron a visitarles, y llegaron por fin a Roma, donde Pablo, aunque cautivo, alquiló una vivienda que compartió con el soldado encargado de vigilarle, v continuó predicando a los judíos y a los gentiles durante dos años. sin que se le juzgara.
El cautiverio romano: Se ignora lo que hizo Pablo después, ya que ahí se acaba el relato de los Hechos. Parece ser que en 58-60 estuvo en Cesarea y qué la primavera de 61 llegó a Roma.
Algunos autores creen que fue martirizado en 64, durante la persecución de Nerón. explicada por Tácito. Otros autores sostienen que fue absuelto, pero de todos modos nos movemos en un terreno hipotético. Liberado, Pablo habría ido a España y después habría vuelto a Oriente, a Éfeso, a Macedonia y a Grecia: a lo largo de estas últimas peregrinaciones habría redactado su Primera Epístola a Timoteo y su Epístola a Tito. Después de la persecución de Nerón, habría sido detenido por pertenecer a una secta considerada como criminal. Llevado a Roma, en un duro cautiverio, habría tenido un largo proceso antes de ser decapitado camino de Ostia hacia el año 67. Durante este segundo cautiverio romano habría escrito su Segunda Epístola a Timoteo. Esta reconstrucción se ha establecido según las tres epístolas antes citadas, denominadas "pastorales", un párrafo de la historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea y san Jerónimo; muchos críticos se niegan a aceptar esta hipótesis, a pesar de sus seduct
ores aspectos.
Toda la doctrina de San Pablo al que podemos considerar como el primer teólogo basada por una parte en la fe y la caridad y por otra en Cristo, Dios vivo y redentor, se desarrolla en sus Epístolas.






 




EL COMIENZO DE UNA LEYENDA


El Símbolo del Graal ha ocupado un lugar en la imaginación humana desde que comenzó a difundirse por Europa en el medioevo, y continúa ejerciendo una fascinación sobre aquellos que entran en su esfera de influencia. Sin embargo, no existe una imagen concreta y definida del Graal, y ni siquiera está probada su existencia; se ha pronunciado toda clase de opiniones acerca del origen de los relatos que vienen circulando en forma escrita desde principios del siglo XII, habiéndose discutido acerca de su verdadera forma: una copa, un plato, una piedra o una joya. No obstante, todos se muestran de acuerdo en que se trata de algo profundo y misterioso, algo a cuya búsqueda quizá merezca la pena dedicar la vida entera, aun sabiendo que dicha búsqueda puede resultar infructuosa.
La búsqueda del Santo Graal constituye uno de los temas más obsesionantes en la historia de la cristiandad, elemento dominante de los relatos medievales, en donde el objetivo era siempre semejante: una meta espiritual que representaba la plenitud interior, la unión con lo divino, la autorrealización. Los relatos suelen estar ambientados en algún país lejano y paradisíaco, donde el Graal está custodiado en un templo situado en lo alto de una montaña, rodeado de agua y protegido por obstáculos que sólo los escogidos pueden superar. Su guardián es al mismo tiempo rey y sacerdote, está a la vez vivo y muerto; el héroe que triunfa en la empresa obtiene como recompensa fortuna, honores y (a veces) la mano de la hija del rey.
En los relatos de los textos medievales, se encuentra el contenido de casi todo lo que sabemos de la historia del Graal. Según la leyenda, el Santo Graal es la copa usada por Cristo en la Ultima Cena, rescatada de Poncio Pilato por el tío de Cristo, José de Arimatea, y traída a Inglaterra como reliquia sagrada por la Iglesia Primitiva. Enterrada o perdida en algún cerca de Glastonbury, el primer  centro cristiano en Gran Bretaña, se convirtió en el objeto de una búsqueda que duró varios siglos. Los caballeros del Rey Arturo encontraron misteriosamente el Graal, en un tiempo en que sólo se le consideraba como una reliquia cristiana, sino como un recipiente mágico que contenía también indicios de una sabiduría anterior y secreta. De la misma forma misteriosa como fue descubierto, el Graal desapareció nuevamente y, desde entonces ha sido buscado por los eruditos .
En esta mezcla de leyenda religiosa y ocultista que separa Al Santo Graal de las otras reliquias cristianas y lo hace una parte esencial de una búsqueda más amplia de un conocimiento perdido. El primer interrogante es cuánta verdad hay en la realidad física del Graal de su supuesto viaje a Gran Bretaña. De manera inicial la evidencia circunstancial es bastante alentadora. Existe el hecho histórico innegable de que José y Nicodemo recibieron el cuerpo de Cristo y le dieron sepultura. La sugerencia de que José de Arimatea era tío de Cristo (no mencionada en la Biblia se hace algo plausible, en primer lugar, por el hecho de que Pilato estuvo dispuesto a concederle el cuerpo; si Cristo había sido condenado como un criminal, debería haber sido sepultado como tal en el lugar reservado para ese efecto, a menos que, bajo la ley romana o judía viniera a reclamar el cuerpo para disponer de él. Existe otra versión la cual es la más acogida y que se explicará más adelante; San Mateo nos dice que
 José de Arimatea es rico y no hay razón para dudarlo; el  podía permitirse en proporcionar una tumba a Cristo, debio haber sido muy rico. Por tradición ganaba dinero en el comercio del estaño y la rut
a legendaria que siguió con el Graal hacia Gran Bretaña, se ajusta notablemente bien con la ruta del comercio del estaño descrita por el escritor griego Diódoro Sículo, poco después del nacimiento de Cristo. El estaño, -escribió-, era transportado con la marea baja a la isla de Ictis (se piensa que se refería al monte St Michael en una bahía delante del sur de Cornualles). "Desde ahí, los mercaderes transportaban el estaño que compraban a los habitantes de la Galia y durante treinta días de viaje lo llevaban en sacos a lomo de caballo a través de la Galia hasta la desembocadura del río Ródano".
Tradiciones independientes en Francia, oeste de Irlanda, Gloucester, norte de Londres y la región de Cornualles productora de estaño, todas están acordes en mencionar a José de Arimatea como involucrado en ese comercio del estaño; las de Cornualles son específicas. Se dice que uno de los trabajadores del estaño en esa región afirmó a principios de este siglo : "Nosotros los trabajadores de los metales constituimos una hermandad muy antigua, y como otras artesanías tenemos nuestras tradiciones entre nosotros. Una de éstas, cuya memoria se preserva en esta invocación, es que José de Arimatea. . . hizo viajes a Cornualles en sus propios barcos y que en cierta ocasión trajo consigo al Niño Cristo y a su Madre, y los desembarcó en el monte San Miguel".
Una visita a Gran Bretaña por el joven Cristo con José es una posibilidad histórica y cierta cantidad de leyenda local la apoya. No se conoce nada de la vida de Cristo entre las edades de 12 a 30 (el comienzo de su ministerio), y muchos creen que viajó al extranjero. Existe un "Pozo de Cristo" en la desembocadura del río Camel en Cornualles, camino a Glastonbury. En el pueblito de Priddy, a doce kilómetros y medio al norte de Glastonbury, existe una leyenda sumamente arraigada (asociada de algún modo con la historia de una cierta energía extraña que emana de una cueva debajo de la iglesia) que Cristo estuvo ahí en una ocasión cuando era adolescente; un dicho común usado localmente aún hoy día dice: "Tan seguro como que Nuestro Señor estuvo en Priddy". En Galilea la tradición de que Cristo era carpintero se encuentra acompañada por la historia de que alguna vez visitó Gran Bretaña como constructor de barcos en un barco mercante desde Tiro, y que lo detuvieron las tormentas en el occid
ente de Gran Bretaña durante todo un invierno.
Así que existen indicios alentadores de una asociación entre la Tierra Santa y Gran Bretaña, apoyados por evidencia tanto histórica como arqueológica de que la religión cristiana se practicaba en Gran Bretaña casi inmediatamente después de la muerte de Cristo. El escritor Gildas, del siglo VI, afirma que empezó en el último año del reinado de Tiberio, lo cual ocurrió sólo cuatro años después de la crucifixión. Un recipiente metálico para beber del siglo I d. C., descubierto en el muro de Adriano, posee un símbolo que es innegablemente de principios del cristianismo. Glastonbury, bajo su antiguo nombre de Glastonia, se encuentra mencionada de manera específica en los textos religiosos como haber tenido una iglesia antes de que los misioneros de la Iglesia cristiana llegaran en el siglo VI d. C.
Finalmente está el hecho de que José de Arimatea mismo es un personaje curiosamente insignificante para convertirse en el centro de una leyenda tan importante, si no hubiera algo sustancioso para apoyarla. Como lo expresó el autor Geoffrey Ashe: "La presencia de San José de Arimatea sobre el suelo británico es demasiado extraña, bajo las circunstancias, para tener el aspecto de ser una mera invención".
En las leyendas medievales nos encontramos sobre terrenos menos firmes, porque la causa principal de incertidumbre es que San José de Arimatea no aparece en los cultos locales propagados con asiduidad por la Iglesia cristiana a través de Gran Bretaña. La biografía de San Dunstan, escrita alrededor del año 1000 y la de Antiquitate, más o menos en 1125 d. C., mencionan ambas las tradiciones concernientes a Glastonbury como un sitio cristiano primitivo, pero no mencionan a José, una omisión notable si había fundado la Iglesia ahí, como lo afirmaron las historias posteriores. De manera significativa, mucho tiempo después una edición del libro de Malmesbury, impreso después de que las leyendas del Graal arturiano se había convertido en algo muy popular en Francia, tiene una referencia a José añadida al texto, lo cual hace más probable todavía la posibilidad de que la conexión de José fue una invención reciente.
No fue hasta el siglo XV cuando la historia del Graal se arraigó en la tradición de Inglaterra, al publicarse la versión de Thomas Malory de las leyendas del Rey Arturo. El mismo trabajó a partir de fuentes francesas, poniendo por título a su versión de la búsqueda del Santo Graal «La historia del Sangrial: extraída brevemente del francés, lo cual es un relato narrado de uno de los más verdaderos y uno de los más santos que hay en el mundo».
La otra versión respecto a José de Arimatea es que éste fue un importante miembro del sanedrín de Jerusalén, luego mantenía un trato frecuente con Poncio Pilato. Por este motivo consiguió el permiso de encargarse del enterramiento de uno de los crucificados, lo que puede resultar un caso excepcional, debido a que lo acostumbrado era que el cadáver de un condenado fuese arrojado a una fosa común. Al parecer José depositó el cuerpo de Cristo sobre una especie de camilla, con la idea de lavarlo y, después cubrirlo de lienzos, preparándolo para la sepultura. Cuando estaba realizando la primera tarea, del costado herido por la lanza de Longino brotaron unas gotas de sangre, las cuales recoge en una copa o cáliz. Como llevaba varios recipientes de este tipo, algunos de ellos con ungüentos y aceites aromáticos y otros vacíos, pudo utilizar uno de estos últimos. Tras la desaparición del cuerpo de Cristo, se acusa a José de haberlo robado y se lo encierra en prisión sin alimento alguno. Allí
se le aparece Cristo, quien, bañado en una luz resplandeciente, le confía al que ya consideraba su apóstol el cáliz o Graal de la Ultima Cena con unas gotas de su sangre. Acto seguido,  lo instruye en
el misterio de la Misa, le habló de la encarnación y de otros misterios relacionados con su resurrección –y, según se dice, en otros secretos- y desaparece. Milagrosamente, José se mantiene con vida gracias a una paloma que entra a su celda cada día y deposita una hostia en la cáliz. Queda en libertad en el año 70 y marcha al exilio junto con un pequeño grupo de seguidores, entre los que figura su hermana y el marido de ésta, Bron. Construyen una mesa, llamada la Primera Mesa del Graal, que representa la Mesa de la Ultima Cena y a la que se sientan doce personas; el puesto de Cristo es ocupado por un pez. Un decimotercer asiento, que representa el puesto de Judas, permanece vacío a partir del momento en que un miembro de la orden procurase instalarse en él, habiendo sido “devorado” por el mismo; posteriormente, a este asiento se lo denominará Sitio Peligroso.
Según algunas versiones, José se embarca hacia Gran Bretaña, donde funda la primera iglesia cristiana en Glastonbury, dedicándosela a la madre del Salvador. El Graal queda en esta iglesia, donde es empleado como cáliz en la misa (en la que participa toda la comunidad) que luego se conocerá como Misa del Graal.
En otras versiones, José no llega más allá del continente europeo, y la custodia del cáliz pasa a Bron, quien acaba siendo conocido como el Rico Pescador (después de haber dado de comer a toda la orden con un solo pez, reiterando el milagro de Cristo). El grupo se establece en un lugar llamado Avaron (que podría ser el mismo Avalon, el Más Allá de los celtas, identificado asimismo con Glastonbury), en espera de la llegada del Tercer Custodio del Graal, Alain.
En Muntsalvach, el Monte de la Salvación, construyen un templo para albergar el cáliz y fundan la Orden de Caballeros del Graal, que se reúne alrededor de una Segunda Mesa, donde todos participan en un festín sagrado que surge del Graal; también celebran una especie de misa en la que oficia como sacerdote el Custodio del Graal, al que ahora se le llama Rey. Al poco tiempo, el Custodio recibe una misteriosa herida de lanza -en los muslos o en los genitales, según las versiones---, atribuida a diversas causas: la pérdida de la fe, el amor de una mujer (quebrantando el voto de castidad) o un golpe accidental propinado por un extraño en defensa propia. A partir de entonces, al custodio se lo denomina El Rey Herido o Mutilado, y la región que rodea el castillo del Graal queda yerma, conociéndosela a partir de aquí como la Tierra Desolada, en clara relación con la herida sufrida por el Rey. La lanza que le hiriera acaba siendo identificada con la lanza de Longino, el soldado romano que, se
gún la tradición, hirió el costado de Cristo en la cruz. Esta lanza, el Graal, una espada y una fuente o bandeja (que en las versiones más primitivas de la historia contenía una cabeza humana, y en las
 más tardías se confunde con el propio Graal) son los objetos sagrados que se custodian en el castillo del Graal.
Hemos llegado ya a los tiempos de Arturo, y todo está dispuesto para iniciar la búsqueda. Merlín el mago ha fundado la Mesa Redonda o Tercera Mesa (en la que, sin embargo, falta el Graal), en torno a la cual se reúne una cofradía de caballeros encabezada por Arturo y regida por las reglas de la caballería. El día de Pentecostés se les aparece el Graal, flotando en un rayo de luz y cubierto por un velo, y los caballeros se comprometen a partir en su busca. Aquí comienzan las aventuras de iniciación en las que participan casi todos los caballeros, y en especial Lanzarote, Gawain y Bors, aunque el mayor protagonismo recae en otros dos: Perceval (Percival o Parsifal), apodado el Tonto Perfecto a causa de su inocencia; y Galahad, hijo de Lanzarote, quien se distingue de los demás desde un principio por sentarse en el Sitio Peligroso sin sufrir daño alguno.
De los muchos que parten de la corte de Camelot, sólo unos pocos llegan a vislumbrar el evasivo cáliz. Cada caballero tiene que enfrentarse a una serie de pruebas, explicadas por una serie de ermitaños que siempre aparecen en lo más espeso de los bosques a los que los caballeros suelen ir a parar. Lanzarote está a punto de llegar hasta el vaso sagrado, pero es rechazado y cegado temporalmente a causa de su amor adúltero por la esposa de Arturo. Gawain llega hasta el castillo del Graal, pero fracasa por estar demasiado apegado al mundo y carecer de la sencillez y las cualidades espirituales que se exigen al verdadero buscador.
Sólo tres consiguen encontrar el Graal y participar, en diversas medidas, en sus misterios: Galahad, el caballero virgen e impecable; Perceval, el tonto santo, y Bors, el hombre humilde y «corriente», que es el único de los tres que regresa a Camelot con noticias de la búsqueda. Perceval, después de sufrir un primer fracaso y vagar solitario durante cinco años, encuentra de nuevo el camino al castillo del Rey Herido (que en algunas versiones es su tío, además de Rey Pescador y guardián de la ruta a la Tierra Desolada) y consigue curarlo al plantearle una pregunta ritual -por lo general, «¿A quién sirve el Cáliz?-. ( La respuesta, que nunca se revela explícitamente, es «al Rey mismo», quien permanece vivo más allá del alcance de su vida normal, aunque atormentado por la herida.) Una vez curado, se le permite al Rey morir, y las aguas vuelven a fluir por la Tierra Desolada, haciéndola florecer. Galahad, Perceval y Bors continúan su viaje y llegan a Sarras (quizás una corrupción de Munt
salvach), la Ciudad Celestial de Oriente, donde se celebran los misterios del Graal y donde los tres caballeros participan en una misa en la que una vez más el Graal sirve de cáliz. Cristo se manifiest
a, primero como celebrante, luego como un niño resplandeciente y, por último, en la Hostia, como un crucificado. A continuación, Galahad muere en olor de santidad y el Graal asciende a los cielos; Perceval vuelve al castillo del Rey Pescador para ocupar su puesto, y Bors regresa solo a Camelot.
Dada la duración del período de gestación de este relato -unos 150 años-, resulta asombroso que se haya desarrollado un conjunto tan consistente de mitos alrededor del símbolo.
Su origen, historia, evolución y desaparición final están descritos con todo detalle, y aunque existen contradicciones en cuanto a la forma del vaso, no las hay en la historia de su permanencia en este mundo. Esto constituye una importante pista de la naturaleza del Graal como símbolo, así como del modo en que lo entendían quienes hablaron de su existencia. No obstante, la Iglesia oficial no hizo jamás referencia alguna a un objeto tan importante y conocido, ni para confirmar ni para negar su existencia. En una época tan aficionada a la búsqueda de reliquias, esto no deja de resultar sorprendente.
¿Por qué guardaron silencio los padres de la Iglesia? Quizá porque algunos asociaban el Graal con ciertas herejías, e incluso es posible que se dieran intentos de fundar una segunda Iglesia, con el Graal como símbolo central. O quizá reconocieran los elementos tomados de fuentes no cristianas. Por la razón que fuere, mantuvieron silencio. Tal vez esto contribuyera a difundir la idea de un culto secreto al Graal, pero al no denunciarlo evitaron que se convirtiera en motivo de especulaciones. Quizá creyeran que, con la eliminación de la herejía cátara del sur de Francia (que, guardaba mucha relación con el Graal), la cuestión se extinguiría por sí sola. No sucedió así, como lo demuestra la continuidad de la tradición. Sin embargo, el origen de ésta no resulta claro, y las numerosas interpretaciones del símbolo acentúan la confusión. A principios del siglo XII casi nadie había oído hablar del Graal; a finales del XIII era difícil encontrar a alguien que no lo conociera. No obstante, la
literatura acerca del vaso surgió tan repentinamente que resulta inevitable suponer que se basaba en un conjunto bien definido de mitos orales. Las razones no resultan evidentes hasta que se contempla
el símbolo en una perspectiva más amplia, considerando la historia del vaso sagrado como un símbolo, del que el Graal no era sino la última manifestación.
A pesar de lo mucho que hizo el mito del Graal por consolidar el cristianismo en Gran Bretaña, la Iglesia romana pareció ignorarlo. En 1898, E. Wescheler escribió: «A pesar de su carácter decididamente religioso, la leyenda del Graal no fue reconocida por la Iglesia ni por el clero. Ningún escritor religioso nos habla del Graal, con excepción del Cronista Elinando. Sin embargo, sus autores no pudieron ignorar el maravilloso relato del símbolo del fe. Ellos deben haber urdido más bien en torno a la leyenda una conjura de silencio».
Lo mismo opinó J. Marx: «Nunca la Iglesia hizo suya la leyenda del Graal. Parece como si en ella hubiera notado algo de lo anterior, de lo originario y de lo misterioso».
Es posible que esto se debiera a que en el Graal se ofrecían demasiados símbolos esotéricos. A pesar de que muchos autores pretendieron ver este cáliz unas cualidades propias de la Eucaristía, la idea fue rechazada por los especialistas. Se prefirió creer que se hallaban ante un mito de carácter iniciativo. Por este motivo Robert de Boron dejó escrito lo siguiente: «Esta historia es muy valiosa y no se puede contar a gente que sea incapaz de entenderla, ya que toda cosa en buena contada a hombres malvados jamás será aprendida por ellos. No están preparados para entenderla, y cualquier esfuerzo para conseguirlo es como echar flores a los cerdos».





 




LOS ORÍGENES Y LA EVOLUCIÓN DE UNA LEYENDA


El símbolo del vaso sagrado es tanto que fuente de poder y causa de los milagros es, por lo menos, tan antiguo como la historia; puede decirse que se encuentra profundamente arraigado a la psique humana, es decir unido a las culturas más primitivas; sus primeras manifestaciones aparecieron en las pinturas rupestres. No puede ser un recipiente cualquiera, en el que se deposita el vino que terminará emborrachando, con lo que la realidad adquirirá una dimensión incontrolada. A su contenido, lo mismo que al objeto por sus formas y material empleado en su elaboración, se le atribuía la facultad de hacer milagros y, al mismo tiempo, de brindar el poder a la persona que lo poseyera.
El ser humano primitivo lo ignoraba todo y era consciente de que se hallaba en un ambiente hostil, donde podía ser víctima de las fieras, las enfermedades y de la Naturaleza, cuando no de los miembros de otras tribus. Ya estaba empezando a reconocer las plantas venenosas y practicaba la caza. Sus sacerdotes mantenían vivo el fuego y comenzaban a llenar las cuevas de objetos sagrados y fetiches. Tras esto subyace el concepto del círculo, capaz de abarcar todo lo existente: la vida misma, en su recorrido circular del nacimiento a la muerte.
Es posible que este concepto constituya también la base del símbolo de «el vaso y el anillo», grabado en monolitos y enterramientos de todo el mundo antiguo, tallado por las mimas personas que construían sus tumbas con las formas de una mujer reclinada, a través de cuyo vientre se penetra en la muerte (como en las viviendas prehistóricas de Malta), y sus templos en forma de círculo. Desde los tiempos más antiguos, los humanos han visto el cielo como un cuenco invertido, con el cual los dioses habían querido cubrir la Tierra, y han creído que el Sol y la Luna estaban colmados de licores divinos. En ocasiones, los héroes cataban estas bebidas de los dioses, servidas en lujosos recipientes, que les proporcionaban fuerza sobrehumana y vida inacabable (inmortalidad); por lo general, esto sucedía después de una serie de aventuras sobrenaturales y enfrentamientos con los dioses y diosas en cuyos dominios se encuentra dichos objetos. Otras veces, los mismo dioses realizaban milagros con esto
s objetos, como los que se llevaron a cabo mucho después en nombre del Graal. Un buen ejemplo es la historia del dios védico Indra, que robó el fuego del Sol y la bebida divina de la Luna (el soma), co
n lo que pudo transformar su lanza en un elemento de fertilidad: con el simple hecho de clavarla en cualquier suelo estéril, lo dejaba en condiciones de proporcionar dos o tres cosechas al año. En los relatos del Graal, la lanza posee un significado especial, y la hazaña de Indra, la «liberación de las aguas», es equivalente a la de Sir Perceval, que al curar al Rey Herido hace que fluyan nuevamente ríos y arroyos. Por otra parte, se creía que cuando los pueblos védicos habitaban en una zona muy fría del mundo, el dios Indra había provocado el deshielo, dando inicio a la primavera; quizás esto ayude a explicar que una versión  se diga que la herida del Rey del Graal resultaba aún más dolorosa a causa del hielo que cubría la tierra, hasta que quedó curado por el toque de la lanza.
En la filosofía griega, el concepto de vaso adoptaba la forma de cratera o copa, que representaba la matriz de la creación, el recipiente divino en el que vertieron y mezclaron los componentes básicos de existencia o la de vida, y que ofrecía a las almas recién creadas para que adquieran inteligencia y sabiduría. Platón mencionaba sobre una cratera de Vulcano, en la que los dioses mezclaron la luz del Sol, y en su «Psicogonía» cita otras dos vasijas, en una de las cuales se elaboró «el Alma de la Naturaleza Universal», mientras en la otra «se cocinaban las mentes de los hombres». En otro lugar Platón afirma que, al beber de la cratera, «el alma se ve arrastrada hacia un nuevo cuerpo, embriagada y deseando saborear un trago de materia, con lo cual adquiere peso y regresa a la Tierra»
G. R. S. Mead, en su estudio de los misterios órficos, relaciona estos recipientes con el vaso de Dionisos, del que surge la inspiración, y afirma que Orfeo «ha colocado otros muchos vasos similares en tormo a la Mesa Solar», que según la cosmología órfica era el centro y principio del universo. Para Mead, esto significaba que «cada una de las diversas esferas era a su vez un vaso que contenía la esencia (de la creación)». Aquí se tiene, pues, un vaso concebido como recipiente cósmico y una mesa que prefigura la Mesa Redonda, en la que tiempo después aparecería el Graal.
Como se mencionó anteriormente, el Graal se puede localizar en las mitologías paganas mucho antes que el cristianismo lo hiciera suyo. Para las razas celtas, el recipiente era el Caldero -del Renacimiento, de la Inspiración, de la Abundancia-, que constituía un concepto familiar. En su infierno (el Annwn) existía uno de estos recipientes, en el que se sumergía de cabeza a los difuntos, que recuperaban la vida aun cuando privados de la facultad de hablar. El propio Arturo, que aparece con una caracterización más heroica en una de las primeras versiones de la historia del Graal, penetró en la «Fortaleza de la Puerta Giratoria» en busca de este caldero, al igual que Nasciens, Rey del Grial que también aparece en los relatos más antiguos, se ve transportado por manos invisibles hasta una «isla giratoria» donde se le aparece el Graal. Y al igual que sus caballeros en las versiones posteriores, Arturo y sus hombres regresan con las manos vacías y su número menguado: «Tan sólo siete regresa
ron de Caer Siddi», dice el poema Preiddeu Annwn (El saqueo de Annwn), que relata la historia.
En la mitología celta aparecen otros propietarios de recipientes mágicos o maravillosos. Uno de ellos es Dagda, padre de los dioses irlandeses, que posee un caldero en el que sólo puede cocinarse la comida de un héroe (o jamás entrará en él la comida de un cobarde») y que, como el Grial, es capaz de alimentar a todo un grupo de guerreros. En Gales, los dioses Brán el Bendito y Matholwych poseen objetos similares; otro personaje, Gwyddno Garahnir, posee un cesto que, si se lo colma de comida para una persona, proporcionará alimento para cien al abrírselo. Uno de estos tres personajes, Brán, es una figura precursora del Rey Mutilado, herido de un lanzazo que nunca se cura; además, su nombre es reminiscente de Bron, el Rico Pescador. Otro caldero, aún más célebre, es el perteneciente a la diosa galesa Ceridwen, quien preparó en él una pócima para su hijo, el deforme Avagddu, con el fin de infundirle sabiduría. Por un capricho del destino, es su sirviente Gwion Bach, quien, mientras remu
eve la mezcla, prueba tres gotas que le caen en la mano. Tras una serie de metamorfosis en formas animales, renace como Taliesin (o El ceño radiante») y se convierte en «el Primer Bardo de la Isla de G
ran Bretaña», dotado de todo conocimiento gracias a la virtud del caldero.
Tras la historia de Taliesin se vislumbran indicios de una religión misteriosa en la que un recipiente sagrado desempeñaba una función importante; quizá se tratase de algo semejante al ritual descrito en los muros de la Villa de los Misterios de Pompeya (siglo Il dC), donde al iniciado se le ofrecía una copa antes de sometérselo a una serie de pruebas que, una vez realizadas con éxito, le enseñarían los principios de la vida interior. Tal vez a Taliesin le ofrecieron una bebida similar, y lo que viene después es una descripción simbólica del trayecto iniciativo.
Volvemos a encontrar este proceso de iniciación en los misterios de Eleusis. Además de un festín místico, que recuerda el que celebraban los caballeros del Graal, existía allí un recipiente sagrado, el Kernos, que contenía una bebida iniciativa y que tenía la forma de un gran cuenco central, con varias tazas pequeñas adosadas. Al parecer, estas tazas contenían los ingredientes esenciales de la bebida, sagrada, en un concepto muy similar al de la cratera griega. (Ver Wasson.)
En Eleusis, como en muchas otras religiones esotéricas, la idea fundamental era la del paso, en trance, desde este mundo a otro, una esfera paradisíaca donde el alma, hasta entonces dividida por su permanencia en el mundo físico, encuentra la plenitud y la felicidad.
Posiblemente aquí se manifiesta la segunda tendencia importante en la historia del Graal, pues tras los relatos medievales no sólo se reconocen los antiguos mitos acerca de la violación del recipiente del sol -como en la historia de Indra-, o de la creación del cosmos en la cratera de los dioses, no sólo la búsqueda del conocimiento y la verdad, sino también la eterna búsqueda del Paraíso, donde todos los secretos serán revelados y se pondrá fin a las penas y los dolores de la vida. El Graal, el caldero de Ceridwen, la cratera, el cuenco y las tazas de los misterios órficos y de Eleusis, no son sino puertas al Paraíso, ya sea cristiano o pagano; y es en el Paraíso donde deben ser procurados.
El símbolo del Graal surgió de la amalgama de muchos elementos. En su imagen definitiva se encuentran vestigios de la tradición alquímica y la mitología clásica, de la poesía árabe y la doctrina sufi, de la mitología celta y la iconografía cristiana. No existe una vía única de transmisión. La explicación más satisfactoria de su origen sería una refundición del antiguo símbolo del recipiente -con los mitos y las leyendas que lo rodean- alrededor de la imagen cristiana del cáliz, hasta identificarlo con el cáliz de la Ultima Cena.
Esto se confirma en el más antiguo de los textos referentes al Graal que han llegado hasta nosotros, el Conte del Graal, de Chrétien de Troyes, redactado a finales del siglo XV. En él encontramos el tema de la búsqueda, una aventura que acaba llevando al castillo del Rey Herido, donde una procesión de jóvenes de ambos sexos transportan un objeto al que se llama graal (literalmente, plato). No se nos explica nada más. Desde luego, no se trata de una reliquia sagrada, y tampoco menciona la sangre de Cristo ni la misa. Pero la muerte de Chrétien dejó la historia inacabada, y la resolución del misterio quedó a cargo de una serie de sucesores que escribieron «continuaciones» del Conte, añadiendo y ampliando hasta que los diversos finales llegaron a ser varias veces más largos que el relato original.
Robert de Borron fue el siguiente autor que añadió una contribución significativa; hacia 1190, cuando apareció su José de Arimatea (primera parte de un proyecto de trilogía), el Graal estaba ya definitivamente identificado como cáliz de la Ultima Cena y recipiente en el que se recogió la sangre de Cristo. De Borron (que, a pesar de su apellido, era inglés) parece haber tomado gran parte de su material del evangelio apócrifo de Nicodemo y de los Hechos de Pilato, en especial lo referido al encarcelamiento de José, su milagrosa supervivencia y su marcha al extranjero para difundir la doctrina de Cristo. Según parece, existía ya una tradición que atribuía a José la posesión de ciertos conocimientos a los que no habían tenido acceso ni siquiera los apóstoles; y se sospechaba que había sido expulsado del Imperio romano cristianizado de Vespasiano por haber intentado divulgar estos misterios. Quizás esta fue la razón del silencio posterior de la Iglesia respecto al Grial. Aunque a Pedro se
 le confió el poder temporal de la Iglesia, la naturaleza espiritual de las enseñanzas de Cristo quedó materializada en la copa que le fue entregada a José. Se suponía que éste había llegado hasta Gran
 Bretaña y fundado una iglesia en Glastonbury, dedicada a la Virgen María; pero para cuando se escribieron los romances del Graal, la propia María se había infiltrado en la historia, y eran muchos los que deseaban creer en una «Iglesia Secreta del Graal» fundada por José y que siguió prosperando paralelamente a la Iglesia establecida.
Con De Borron cambió el tema de la historia; el objetivo de la búsqueda ya no era devolver la salud al Rey Herido y recuperan la Tierra Desolada; la fascinación por la sangre recogida en la copa desvió la atención apartándola del Rey Pescador, a quien ahora se identificaba como un símbolo de Cristo, centrándosela en el cáliz de la Pasión.
Para la mentalidad medieval, la sangre de Cristo contenía el «alma» y quizás, incluso, la divinidad del Salvador. Poseía ilimitados poderes curativos y podía servir como instrumento para la comprensión directa de Dios. Una esencia espiritual que no tenía precio. Se conservan ilustraciones en las que se ve el corazón de Cristo, con los estigmas de las cinco heridas de las que mana sangre y agua; la sangre, derramada simbólicamente «por toda la humanidad», se consideraba también como fuente de energía vital individual. En otras imágenes se ve a Cristo en el lagar, rememorando sus palabras «Yo soy la vid» y mostrando la sangre que brota para alimentar a la multitud de creyentes cristianos. Si se tiene en cuenta que la palabra «Sangreal» -utilizada en los romances- puede significar tanto «Saint Gréal» (Santo Grial) como «Sáng Real» (Sangre Real), se comprende con facilidad que las propiedades vitalizadoras de la sangre se extendieran al recipiente en el que se recogió.
Esto podría explicar la asociación del Graal con el cáliz de la misa; no deja de resultar significativo que durante el período en el que el Graal influyó en mayor grado en la imaginación popular se iniciara la costumbre de elevar la hostia, que hasta entonces se mantenía oculta durante la celebración de la Eucaristía. Fue casi como si un misterio sustituyera a otro: cuando el secreto de la misa se hizo accesible a todos, el Graal ocupó su puesto en una celebración más profunda. No debemos olvidar tampoco la costumbre de la época de reservar la hostia -previamente consagrada y guardada en un recipiente especial- para distribuirla en castillos y casas privadas donde no había sacerdote residente. El elemento maravilloso representado por la caja cerrada, construida en metales preciosos y guardada en un castillo solitario, pudo inspirar los relatos del Graal.
Robert de Borron aseguraba que su texto le había sido entregado por un ángel, o incluso por el mismo Cristo, en forma de libro que luego desapareció; con este recurso a la inspiración divina logró dotar a su obra de una aureola de autenticidad, reforzando sus lazos con el dogma cristiano. Pero fueron los autores de la gran recopilación conocida como Queste deI Saint Graal («el ciclo de la Vulgata»), terminada en 1210, quienes completaron la transformación del misterioso objeto presentado por Chrétien en un símbolo plenamente cristiano.
En su reconstrucción de la historia del Graal, desde José de Arimatea hasta la partida hacia Sarras y los sucesos posteriores, los recopiladores de la Queste -probablemente monjes cistercienses de algún importante monasterio francés- interpretaron pacientemente el simbolismo del Graal en el lenguaje y la terminología de la Iglesia y, además, introdujeron un nuevo personaje.
Quizás uno de los hitos más importantes en la historia literaria del Graal fuera la creación de Galahad, el caballero impecable destinado desde su nacimiento a encontrar el cáliz. Con anterioridad, era Perceval quien representaba al hombre corriente en busca del misterio supremo; pero Galahad dista mucho de ser un hombre corriente; de hecho, apenas parece humano, al ser tan absoluta su espiritualidad. Vive en la frontera entre lo terrenal y lo divino, y en cierto sentido actúa como puente entre este mundo y el otro. Su padre, Lanzarote, es el mejor caballero del mundo, la perfecta representación del ideal caballeresco; tiene sin embargo una mancha, al estar enamorado de la esposa de su rey. Son las consecuencias del amour fourtois o amor cortés.
El amor cortés tiene importancia en la historia del Grial por diversas razones. Fue una fuerza civilizadora que encontraba inspiración en la mujer, hasta entonces prácticamente ignorada en la cultura medieval. Tomando elementos de los poemas y las canciones árabes, y de las enseñanzas de los místicos sufis, que consideraban el amor terrenal idealizado como un medio de alcanzar la perfección espiritual, el amor cortés puso a la mujer en un pedestal, por primera vez en siglos; la adoró como a una diosa, la veneró como a un objeto de culto, y con ello logró que estallara una chispa en la conciencia poética de la época, que desencadenó una oleada de lirismo. Los trovadores, juglares y poetas que celebraban el arte del amor cortés en todos sus aspectos se convirtieron en una fuerza dominante dentro de la cultura occidental. El amor se convirtió en una fe por la que se regía la vida.