San Manuel Bueno, mártir; Miguel de Unamuno

Literatura española contemporánea. Generación del 98. Biografía. Vida y Obra. Estructura. Contexto histórico, social, filosófico, literario. Argumento. Personajes. Lenguaje. Estilo literario

  • Enviado por: Antonio Jesús Portillo
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 29 páginas
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Índice

Índice 2

Introducción 3

Biografía del autor 4

Localización de la obra en su contexto histórico-social 7

Localización de la obra en su contexto literario-filosófico 11

Argumento de la novela 13

Estructura externa dividida en secuencias 17

Elementos temáticos y personajes 26

Técnica y estilo 29

Bibliografía 33Introducción

Se trata esta obra de una novela de corta extensión, cortita de páginas, pero rebosante de contenidos. Aunque el argumento pueda parecer simple a primera vista, por detrás hay un trasfondo bastante interesante de analizar: las ideas y pensamientos más íntimos del autor, sus contradicciones y temores, se adivinan más que todo lo demás, cosa totalmente lógica, si tenemos en cuenta que fue escrita en los últimos años de su vida.

Por eso se puede decir que es a la misma vez sencilla y compleja, y es que se puede leer a dos niveles: la simple sucesión de acontecimientos; y, por otra parte, todo lo que el autor nos da a entender, siendo esto último la religión como un medio para hacer feliz a la gente, independientemente de que las cosas que predique sean ciertas o no. Se puede ver esto en la actitud resignada del protagonista, que está dispuesto a “desperdiciar” su vida por salvar las almas del pueblo, aunque él mismo duda de si lo salva del tedio de la vagancia, o si es él mismo el que se salva del mismo mal. Según él, la religión hace que la gente no se plantee por sí misma preguntas trascendentes como el sentido de la vida, nuestro origen o nuestro destino, dándoselo todo esto la religión ya respondido, y los pueblerinos, ocupados por sus tareas diarias, no tienen tiempo de preguntarse si estos dogmas sean verdaderos o falsos.

Unamuno se siente muy identificado con esta situación pues él mismo tuvo bastantes crisis de fe durante su época liberal, de las que siempre le quedaron resquicios. Él era el “quiero pero no puedo”, quería creer ciegamente como hacía Blasillo (un personaje de la novela), y así ser feliz, pero su razón, la que bien cultivó durante su periodo de escolar, se lo impedía. Por añadidura, la idea de Unamuno de un sacerdote que pierde la fe era vieja, pues él mismo había conocido tal caso tiempo atrás.

Biografía del autor

'San Manuel Bueno, mártir; Miguel de Unamuno'

Miguel de Unamuno y Jugo.

Nació en Bilbao en 1864 y murió en Salamanca en 1936. Escritor y filósofo español. Uno de los máximos representantes de la Generación del 98. Estudió filosofía y letras en Madrid; se licenció en 1883 y se doctoró al año siguiente con una tesis titulada Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca. En Bilbao fue nombrado profesor encargado de latín en el instituto de enseñanza media.

Después de viajar por Italia y Francia, en 1891 obtuvo la cátedra de lengua griega de la universidad de Salamanca. Durante estas oposiciones trabó amistad con Ángel Ganivet, lazos de los que dan fe las cartas públicas recogidas en El porvenir de España (1912). En esta época se sintió atraído por el socialismo y colaboró con el semanario La lucha de las clases.

En 1900 fue nombrado rector, y en 1902 consejero de Instrucción pública. En 1914 fue destituido como rector de la universidad de Salamanca y tres años más tarde viajó, con otros intelectuales españoles, al frente de guerra austroitaliano. A su regreso fue elegido concejal de Salamanca. En 1921 fue propuesto para vicerrector y decano de la facultad de letras, cargos que desempeñó hasta el cese del rector, Luis Maldonado, en 1923. Las acusaciones vertidas por Unamuno en El mercantil valenciano, culpando directamente a Alfonso XIII del desastre de Annual y su oposición a la dictadura de Primo de Rivera en escritos y discursos, incitaron al dictador a decretar su confinamiento en la isla de Fuerteventura (Canarias), de donde se evadió en julio de 1924 con la ayuda del director del periódico francés Le Quotidien.

Residió en París antes de fijar su residencia en Hendaya, donde permaneció hasta la caída de la dictadura. Tras instaurarse la república (1931) fue nombrado rector de la universidad de Salamanca, elegido diputado por Salamanca en las cortes constituyentes y designado presidente del consejo de Instrucción pública. Jubilado en 1934, se le nombró rector vitalicio de la universidad de Salamanca, creándose una cátedra con su nombre.

El gobierno republicano derogó su nombramiento como rector vitalicio, a lo que respondió la Junta de defensa nacional confirmándole en dicho cargo; aunque poco después también ella declaró su cese.

Su pensamiento filosófico, marcado por un acercamiento existencial a la realidad, se alimentó de sus lecturas de Pascal, el Kant de la Crítica de la razón práctica y Schopenhauer, así como de la obra de Ibsen, Carducci y Leopardi. En la primavera de 1897 se produjo en su pensamiento una radical inflexión ideológica y una crisis psicológica, reflejada en su Diario íntimo (1897-1902), publicado en 1970, que le condujo a adoptar una postura abiertamente opuesta al racionalismo y, sobre todo, a iniciar una vehemente reinserción en el cristianismo, manifestada como rechazo del nihilismo nietzscheano. Esta nueva y definitiva postura asoma en sus primeras obras importantes, En torno

al casticismo (1895) y Paz en la guerra (1897), y va enriqueciéndose en la novela Amor y pedagogía (1902) y en una serie de ensayos que culmina con Mi religión (1907) y con el esencial Del sentimiento trágico de la vida (1912). En esta obra incorpora, además de la influencia de los autores mencionados, la de san Agustín, los grandes místicos, Schleiermacher, William James y, sobre todo, la del preexistencialista Kierkegaard.

El gran motivo unamuniano del conflicto interior entre la razón negadora y la fe se combina con la aceptación religiosa de Cristo, Dios hecho hombre, no tanto para redimirnos del pecado, cuanto para asegurarnos una supervivencia personal, anímica y corpórea. Esta temática fundamental reaparece en los escritos posteriores, como La agonía del cristianismo(1924), en sus obras poéticas (Rosario de sonetos líricos, 1912; El Cristo de Velázquez, 1920; Rimas de dentro, 1923), así como, hábilmente engarzada con el otro gran tema unamuniano de la difícil convivencia y comunicación humanas, en sus dramas Soledad (1921) y El otro (1926), y en sus novelas (que él llamaba «nivolas») Niebla (1914), Abel Sánchez (1917), La tía Tula (1921) y San Manuel Bueno, mártir (1933). Buen conocedor de la lengua, acuñó en todos estos géneros un estilo personal inconfundible, que puso al servicio de su voluntad de «despertar» a los españoles de su «modorra espiritual». Se esforzó por rescatar el «fondo intrahistórico del pueblo español», la verdadera esencia de España, que vio encarnada en la figura de don Quijote, el caballero de la fe irracional (Vida de Don Quijote y Sancho, 1905).

En 1991 se publicó El resentimiento trágico de la vida, libro en el que aparecen las notas escritas por Unamuno sobre la revolución y la guerra civil española, que quedaron inconclusas al morir su autor en 1936.

Localización de la obra en su contexto histórico-social

CIRCUNSTANCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES. EL DESASTRE.

La vida política.

A finales del XIX y principios del XX, sigue presidida por el turno de conservadores y progresistas en el gobierno. Fuera de estos “partidos dinásticos”, hay otros grupos que van de los carlistas a los republicanos y, más a la izquierda, los socialistas y los anarquistas.

Los principales temas de debate y conflicto son el regionalismo, la reforma agraria, la industrialización, la “cuestión social”.

La sociedad.

La sociedad presenta, en su base, una gran masa rural (dominada por el caciquismo) y un proletariado industrial aún poco desarrollado en el norte; en estos sectores prenden doctrinas revolucionarias. Su pobreza contrasta con el poder y el lujo de la aristocracia y la alta burguesía de las ciudades, encasilladas en posturas conservadoras. Entremedias, hay una pequeña burguesía o clase media, a menudo descontenta y propicia al reformismo, aunque temerosa de revoluciones.

La tensión social y los problemas económicos, como el atraso y la crisis, son graves, pero muchos españoles viven inconscientes y optimistas. Unos trágicos acontecimientos vendrán a sacudir las conciencias más sensibles.

Desastres del 98.

En 1898, tras varios años de guerra, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, que eran nuestras últimas colonias de ultramar, va a conseguir su independencia n la ayuda decisiva de Estados Unidos: la escuadra española quedará destrozada en Santiago de cuba y en Cavite. Las pérdidas humanas y económicas son cuantiosísimas.

Tales son los hechos que constituyen un fuerte aldabonazo para muchos espíritus. La liquidación de lo que fue un gran Imperio hace que se cobre conciencia de la debilidad del país, se analicen sus causas y se busquen soluciones. Es lo que harán los “noventayochistas”, pero había antecedentes.

EL CONCEPTO DE “GENERACIÓN LITERARIA”

APLICADO AL 98

Para los historiadores, una generación es un conjunto de hombre próximos por su edad (no más de quince años de diferencia) que comparten problemas e inquietudes.

Nótese, sin embargo, que, por edad, Unamuno y Rubén Darío, por ejemplo, son de la misma generación (pues se llevan tres años). Es natural que entre coetáneos haya unas notables diferencias.

Por eso, el concepto de generación literaria es más restringido. No basta que unos escritores sean coetáneos: son necesarios ciertos requisitos más. Entre otros, se han señalado los siguientes:

  • Formación intelectual semejante.

  • Relaciones personales entre ellos.

  • Presencia de un guía o jefe.

  • Un acontecimiento generacional que aúne sus voluntades.

  • Rasgos comunes de estilo, por los que se oponen a la estética de la generación anterior.

¿A cuántos escritores de principios de siglo pueden aplicarse los requisitos enumerados? A no pocos afectó, según hemos dicho, el Desastre: ese sería, pues, el acontecimiento generacional, y de ahí el marchamo de generación del 98. Pero no resulta fácil encontrar muchos autores que compartan los demás requisitos en bloque. Por eso, algunos críticos rechazan tal marchamo. Otros lo aceptan pero restringiéndolo a un grupo más o menos reducido, en virtud de ciertos rasgos comunes.

Integran ese grupo, sin duda, Unamuno, Azorín, Baroja y Maeztu. Y habrá que discutir los casos de Antonio Machado y Valle-Inclán, aparte otros coetáneos.

De todas formas, no estamos ante un bloque monolítico: es preciso atender a su evolución.

La “Juventud del 98”

Un espíritu de protesta, de rebeldía, animaba a la juventud de 1898. Son palabras de Azorín. Y, en efecto, las ideas iniciales de los cuatro noventayochistas que acabamos de destacar no se encuadran en un reformismo regeneracionista, sino en movimientos revolucionarios.

Así, en su juventud, Unamuno militó en el Partido Socialista. Anhelos socialistas compartía también, por entonces, Ramiro de Maeztu. El joven Martínez Ruiz, antes de firmar Azorín, se declaraba anarquista. E igualmente vecino al anarquismo se halló Baroja.

Antes de 1900, pues, estos cuatro escritores, aunque procedentes de la pequeña burguesía, adoptan un izquierdismo radical.

Distinto es el caso de Valle y de Machado. El Valle-Inclán de 1900 es ideológicamente tradicionalista y estéticamente modernista. Machado no se dará a conocer hasta 1903, con Soledades, libro de poesía intimista; sus ideas liberales progresistas de entonces no pasan todavía a su obra. La evolución posterior de ambos será también muy distinta de la de los otros.

Localización de la obra en su contexto literario y filosófico

Es en el aspecto filosófico, sin duda, en el que esta obra es más rica: se exponen sin pudor las creencias del autor, a cuya filosofía se ajusta con total comodidad la del cura; tan solo se hacen algunos pequeños cambios, con fines dramáticos, por ejemplo, la actitud resignada y huidiza que el clérigo mantiene acerca de sus propios pensamientos. Esta actitud no la tenía Unamuno: él estaba constantemente en conflicto fe-razón, hasta tal extremo que aunque él era consciente que mucha gente conseguía la felicidad mediante una fe dogmática, y no pensando por ellos mismos, sin embargo, una labor de tal calado en pos de la felicidad y de vencer su obsesión por la muerte le era irrealizable; no podía dejar de hacerse preguntas y de pensar por sí mismo.

Se puede decir además que los tres personajes son el modo en que evolucionó su modo de pensar a lo largo de las edades de su vida:

  • Ángela representa el modo de pensar del autor en su niñez, en la que creía sin reparos y con fe (pues eso es lo que espera la sociedad española de un crío de corta edad) todo lo que se le ofrecía por parte de las instituciones, y de la sociedad en general. No hace falta hacer mención a cuán religiosa era la sociedad española por aquellos entonces.

  • Lázaro se ajusta a su modo de pensar en su período liberal-socialista, es decir un anticlericalismo bastante agudizado por dar crédito a la premisa de que la religión produce efectos nocivos sobre la sociedad. Esta posición se irá suavizando a medida que se da cuenta de que es precisamente la religión “de don Manuel” (porque, lo mismo la de otros clérigos sería tomada con más indiferencia y superficialidad por parte de los feligreses, no siendo así con “este cura”, que se comprometía y ayudaba en las labores sociales del pueblo, que al fin y al cabo, es lo menos desdeñable de la religión) lo que le da cohesión y vida a las gentes de su pueblo, hasta el punto de, incluso, aliarse con el sacerdote.

  • La posición de don Manuel es la que adopta el autor después de sufrir serios reveses en su vida personal, siendo éstos el nacimiento de un hijo aquejado de parálisis e hidrocefalia, y una grave neurosis cardiaca sufrida en su propia persona. Todo esto hace del catalizador que le privará rápidamente de su fe. Él piensa que no puede haber dios en el cielo que permita que se sucedan desgracias tamañas, y, por añadidura, en el mismo año. Su posición en el momento de escribir la obra es de ateísmo, casi, pero al mismo tiempo de añoranza de los tiempos en que no estaba tan desengañado de la vida, siendo esta una de las contradicciones que más caracterizan a ambos: autor y personaje. Se ve que ambos, personaje y novelista, se parecen tanto, se identifican tanto uno con otro, que casi se funden, y no se sabría decir cuál es cuál.

Argumento de la novela

Angelina, una local de Valverde de Lucerna, un pueblecito situado al pie de una montaña, y junto a un lago, escribe sus memorias, que se centran fundamentalmente en la persona del párroco del pueblo, al que ahora están promocionando como beato altos cargos del obispado local.

Al empezar la obra, lo hace narrando su época en un colegio de monjas de la capital. En este centro oye hablar mucho y bien del párroco de su pueblo, don Manuel, lo que despierta su curiosidad hacia tal personaje, al que hacía ya tiempo que no veía, y por tanto, sus recuerdos del personaje eran difusos.

Don Manuel quiere a todos por igual, pero si siente debilidad por alguien, es por los desfavorecidos, en especial por un tal Blasillo, que era “el tonto del pueblo” y que se esmeraba en emular al cura hasta en los más pequeños detalles. Don Manuel también ayudaba a los pueblerinos en sus quehaceres, llevando a cabo una notoria acción social. Incluso le procuraba ropas nuevas a todo el que las necesitara por sus días.

Sin embargo, en sus acciones, aunque los del pueblo no se percataran al lector bien entendido, y a quien llegara a conocer el final de la historia, empezaban a perfilarse sutiles detalles que bien podían caracterizar una crisis de fe. Por ejemplo: en el día de san Juan, en los actos clamaba un “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” bastante celebrado por los locales, y bien imitado por su fiel Blasillo. También omitía, luego se vería que con total fundamento, partes de la oración del credo.

Entre los muchos detalles de buena voluntad que aparecen en la obra, uno cobrará luego especial notoriedad; cuando se secó el tronco de un nogal a la sombra del cuál había jugado cuando pequeño, lo pidió, e hizo seis tablas que se guardó para él bajo la cama, y el resto lo regaló a los pobres para que se calentaran.

Él decía que su principal ocupación era que cada persona del pueblo estuviera contenta de vivir, y realmente así era. Sin embargo, decía que le temía a la soledad, por que decía que no debía vivir solo, que él vivía con y para su pueblo.

En cuanto Angelina acaba sus estudios y regresa a su localidad natal, Valverde de Lucerna, toda la curiosidad hacia el clérigo, se traduce en una digna de alabanza labor al servicio de la parroquia en general, pero de don Manuel en particular. Poco a poco, empieza a sentir verdadera admiración por el santo varón, como el resto del pueblo.

Angela, en confesión le espeta un par de preguntas a don Manuel, que se evade de éstas como puede, confirmando un temor que tenía Angela: don Manuel no creía en el demonio, un pequeño indicio de su incredulidad.

Pasa el tiempo, y cuando Angela tiene ya veinticuatro años, acontecerá algo que vendrá a perturbar la paz del pueblo: su hermano, Lázaro, vuelve de América. Éste vuelve y deja notar ciertos síntomas de ateísmo, pues derivadas acaso de su ideología marxista, incita a los de su familia a ir del pueblo a la ciudad, pero se encuentra con la rotunda negativa de la madre, que lo retendré en el pueblo.

Al poco tiempo, se da cuenta de la fuerza que el cura ejerce sobre el resto del pueblo, y los habitantes del mismo, empiezan a tener unas expectativas de una especie de duelo entre el párroco y el recien-llegado.

Cuando la madre de Angela y Lázaro está a las puertas del cielo, le encomienda a don Manuel la tarea de devolver la fe a Lázaro, e hizo a Lázaro prometer que rezaría.

Esto pone en contacto a ambos, que empiezan a dar paseos por la orilla del lago. Gradualmente, la concepción que Lázaro tenía de don Manuel cambia para mejor, y le confiesa a su hermana todo lo que entre ellos ocurre durante sus paseos. Don Manuel le dice al Lázaro que existe un rumor de que en el fondo del lago se haya una villa sumergida, y que la noche de san Juan, tañen las campanas de su iglesia. Angela le dice a Lázaro que ese es el cementerio de almas del pueblo, que ahí están las lamas, incluso, de sus abuelos.

Al tiempo una noticia recorre el pueblo: Lázaro dice que cumplirá, y que irá a comulgar y todo. Esto era un triunfo por parte de don Manuel a los ojos de pueblo. Don Manuel le da de comulgar a Lázaro, llorando, se le cae la forma al suelo, Lázaro la recoge y se la lleva a la boca. Entretanto, canta un gallo.

Luego Lázaro le dirá a su hermana que todo había sido que todo había sido un montaje para que la gente del pueblo no andase preocupada por su falta de fe. También le insinúa a su hermana que le ha sonsacado a don Manuel su secreto: él tampoco cree en lo que practica.

Entonces le explica que el cura es un santo, pues, aun sin creer, se sacrifica de vida entera para hacer feliz a un pueblo entero. Dice que la verdad es algo que las gentes del pueblo no podrían asumir, así, que se vale de lo que llama una mentira piadosa para conseguir sus fines.

En un encuentro delicado, don Manuel le dice a Angela que conserve su fe como si tuviera diez años, y le confirma lo que ya le había adelantado su hermano. Angela se preguntaría luego por qué no la engañó.

Lázaro se convierte en el más estrecho colaborador del párroco, y don Manuel le confiesa, que como su padre, a veces tenía la tentación de echarse al lago, pero que solo se resiste para que vivan los demás. Luego le hace notar a Lázaro que cuando la nieve cae en el lago muere, pero cuando lo hace en la montaña, se convierte en una toca pulcra y blanca.

Las fuerzas de don Manuel decaen a medida que avanza en edad. Lázaro le propone formar un sindicato, pero éste rechaza la idea, pues dice que la religión no está para resolver los problemas económicos del pueblo, sino espirituales.

Pasa el tiempo, y don Manuel al dar la comunión a Lázaro, le dice que no hay más vida que esta, a Angela le dice que rece por él, por Lázaro, y por Jesucristo también.

Le llegó la hora de morir a don Manuel, fue su más grande lección, no quiso morir solo. Dejó dicho que para su ataúd se usaran las tablas del nogal que tenía guardadas, de la época de cuando creía, como queriendo morir en lo poco de fe que le quedaba. Lo llevaron a la iglesia, al presbiterio, para morir acompañado de todo el pueblo. Les desea a todos que se vean en el pueblo que hay bajo el lago, cuando estuvieran muertos. Blasillo, que estaba cogido de su mano, murió a la misma vez que el párroco, que lo hizo cuando todo el pueblo estaba en oración.

Lázaro siente que no tiene sentido vivir ahora que no está san Manuel, ya que ambos le habían visto la cara a Dios, y en realidad también Angela se la había visto, solo que era reacia siquiera a pensar en ello. Una enfermedad que venía padeciendo, se le agudizó con la muerte de san Manuel, le dijo a Angela que no dejase que el pueblo supiera la verdad, y murió como el santo, rodeado del pueblo.

Angela sigue viviendo, pero se hace preguntas acerca de en qué clase de fe viven ella y los demás, mientras acaba sus memorias en su casa de siempre, pero ya con cincuenta años.

Tras lo que son las memorias en sí, hay un epílogo del autor como queriendo atribuir la autoría del escrito a su protagonista, siendo él sólo el redactor. Dice que al pueblo, aunque se le hubiera dicho la verdad, no la hubiera creído, porque un pueblo como ese, sólo cree las obras, una gran obra como la del santo que nos ocupa.

Estructura externa dividida en secuencias

Constituye una novedad el hecho de haber separado la narración en secuencias separadas por espacio9s en blanco. Por aquellas fechas, la obra de Unamuno no estaba considerada como una novela en el sentido estricto de la palabra: no tiene mucha acción en sí misma, y no recurre al método clásico de separar la obra por capítulos, en los que haya una acción más o menos continuada.

De hecho, ni el mismo autor consideraba su obra como una novela normal: ante las críticas recibidas de que su obra no era, lo que se dice, una novela, Unamuno se toma el hecho con filosofía, y para evitar trivialidades, opta por dar a su obra el nombre de “nivola”, en lugar de novela.

En fin, que el hecho relevante en sí, es su innovadora estilística, y el hecho de haber separado su obra en secuencias, cuyo contenido a continuación se describe:

Secuencia 1

El obispo de la diócesis de Renada, en Valverde de Lucerna, se encarga del proceso para la beatificación de San Manuel Bueno, que fue párroco en Renada.

Ángela Carballino comenta que este San Manuel es su padre espiritual, y que sus recuerdos habían borrado los de su padre carnal.

Ángela describe a don Manuel, a quien todos querían, y cuenta también cómo entró en el colegio de religiosas.

Secuencia 2

La fama de don Manuel llegó hasta el colegio de monjas.

Ángela intima con una chica.

Secuencia 3

Ángela vuelve a Valverde de Lucerna a los quince años.

Don Manuel se metió en el seminario para ayudar a la gente y ayudó a la desgraciada hija de la tía Rabona, haciendo que su ex-novio se casara con ella y reconociera ser el padre de la criatura que ella trajo, sin serlo verdaderamente.

Secuencia 4

Don Manuel curó a mucha gente y sentía afecto por todos; a nadie dejaba de ayudar.

El párroco tenía una voz divina que parecía la de Nuestro Señor Jesucristo.

Blasillo el tonto imitaba por las calles a don Manuel, y, como nadie se atrevía a mentirle, todo el mundo se confesaba con él. Blasillo fue ayudado por el sacerdote para que n lo juzgaran.

Secuencia 5

Don Manuel reunía a todo el pueblo en misa y hacía que recitaran el Credo al unísono. En los sermones no declamaba contra nadie porque no creía en la mala intención. Estaba siempre ocupado pensando en lo que tenía que hacer.

Otra vez se habla de su buena voluntad y de su afán por ayudar.

Secuencia 6

Don Manuel Bueno acompañaba al médico en sus visitas; le conmovía profundamente la muerte de los niños. También ayudaba al maestro en la escuela y se divertía con el pueblo (incluso tocaba al tamboril en los bailes).

Secuencia 7

La mujer de un titiritero de los que divertían a le gente enfermó y se puso muy mal, pero don Manuel se la llevó para ayudarla mientras el marido seguía trabajando; por desgracia, la mujer murió.

Don Manuel le dijo al titiritero que iría también al cielo por ser tan bueno.

Secuencia 8

Don Manuel dice que aunque haya santos ermitaños que vivan solos y sólo para ellos, él quiere vivir en y con su pueblo, ayudarlo desde cerca y no vivir en soledad, porque sería incapaz.

Secuencia 9

A los dieciséis años de edad, Ángela vuelve del colegio de religiosas, mientras su hermano Lázaro estaba en América.

Ángela se confesó con don Manuel, y en una ocasión le expuso una duda que éste no supo resolver, porque decía que esas preguntas las dirigía el Demonio, en quien no creía.

Angelina y el cura discutieron acerca del cielo y el infierno.

Secuencia 10

Ángela define a don Manuel como un varón cotidiano, y le ayudaba en sus menesteres (hacía de diaconisa).

Ella sentía que le faltaba algo en la ciudad, y quería volver a su pueblo, para ver sus montañas y su lago, y su don Manuel.

Secuencia 11

Lázaro volvió de América cuando su hermana ya tenía veinticuatro años.

Lo primero que el chico hizo fue irritarse porque su madre y su hermana no querían irse a vivir a Madrid, y eso lo pagó odiando a don Manuel, del que ya sospechaba que no creía todo lo que decía.

Secuencia 12

La madre de Ángela murió con el deseo de que Lázaro fuese convertido por don Manuel, quien convenció al chico de rezar por su madre todos los días.

Secuencia 13

La muerte de su madre puso a Lázaro en relación con el sacerdote, con quien salía a pasear por las tardes.

Lázaro pensaba que, al igual que la leyenda de que en el fondo del lago había una ciudad, dentro de don Manuel había también una villa sumergida.

Secuencia 14

Lázaro acabó yendo a misa con regularidad, e incluso comulgaba con todo el pueblo, y esa vez, al ir a comulgar, a don Manuel se le cayó la sagrada hostia al suelo, pero Lázaro la recogió y se la llevó a la boca, haciendo llorar de alegría al cura.

Pero había algo más detrás de esa alegría, y Lázaro le contó a Ángela como don Manuel había venido trabajando, sobre todo en aquellos paseos a las ruinas de la vieja abadía cisterciense, para que no escandalizase, para que diese buen ejemplo, para que se incorporase a la vida religiosa del pueblo, para que fingiese creer si no creía, para que ocultase sus ideas como al respecto, mas sin intentar siquiera catequizarle, convertirle de otra manera.

Don Manuel cuenta que él no dice la verdad porque si la dijera, el pueblo se atormentaría, que con su verdad no vivirían, y que se la cuenta a Lázaro por no contarla en medio de la plaza.

Secuencia 15

Ángela fue a confesarse con don Manuel, se miraron y se pusieron a llorar.

Ángela dice que ella cree, y don Manuel le dice lo mismo, pero no quiere hablar del tema. Se preguntó Ángela por qué no la engañó a ella también.

El sacerdote le dijo que rezara por él, por s hermano, por ella misma y por todos, porque hay que vivir y dar vida.

Don Manuel, sin saber muy bien lo que decía, le propuso a Angelina casarse, y si era preciso, le buscaría un novio.

Dejando el tema, y cuando ella se marchaba, el cura le preguntó: “En nombre del pueblo, ¿me absuelves?”, y ella le respondió que sí.

Secuencia 16

Lázaro y don Manuel estaban anudados por el común secreto.

El hermano de Ángela acompañaba al sacerdote a ver a los enfermos, a las escuelas, e incluso ponía su dinero a disposición del santo varón.

Don Manuel le contó a Lázaro que su padre siempre quiso suicidarse, y que para no hacerlo extremaba los cuidados por conservar la vida, y hasta él mismo vive deseando suicidarse pero luchando para no hacerlo.

Secuencia 17

Don Manuel sostiene que “vale más que la gente lo crea todo, aun cosas contradictorias entre sí, a no que no crea nada”, y que “la protesta mata al contento”.

Al pasar junto al lago, el sacerdote añadió que el agua estaba rezando, pidiendo al cielo que ruegue por nosotros, mientras volvía a llorar.

Secuencia 18

Como don Manuel estaba cada vez más triste y decaído, para distraerle Lázaro le propuso fundar un Sindicato católico agrario. Don Manuel, expresando su disconformidad ante esa idea, le comenta que la religión no es para resolver los conflictos económicos o políticos de este mundo que Dios entregó a las disputas de los hombres, y que él pide resignación y caridad en todos y para todos, tanto en los pobres como en los ricos. Dice don Manuel que si a la gente le contenta, que jueguen al Sindicato.

Secuencia 19

En una Eucaristía presidida por don Manuel, éste, al dar de comulgar a Ángela, le dijo al oído que rezara por todos y por Jesucristo.

Al llegar a casa, Ángela cogió el crucifijo y se puso a rezar, pero al llegar al “ruega por nosotros pecadores…” se preguntó: “¿Pecadores? ¿Qué pecado hemos cometido?”, y sentía tal inquietud y acongojamiento, que fue a preguntarle al cura, el cual le respondió que el pecado del hombre es haber nacido, y que eso sólo puede curarse con la muerte.

Secuencia 20

Llegó la hora de la muerte de don Manuel, que falleció en el templo.

Unos días antes, se reunió con Ángela y Lázaro, y pidió a este último que se hiciera cargo del pueblo, que les ayudara a creer en lo que él no pudo creer.

La tarea que encomendó a Ángela fue que rezara por todos los pecadores, por todos los nacidos, y que a su muerte lo enterraran en un ataúd hecho con las seis tablas de nogal que guardaba desde pequeño, cuando aún creía.

Don Manuel cuenta la historia de cómo el Señor no dejó entrar en la tierra prometida ni a Moisés ni a Aarón, por no haberle creído, y de cómo escogió a Josué para ser su caudillo, lo mismo que él le pidió a Lázaro.

El sacerdote pidió que se le llevara a la iglesia para despedirse de su pueblo, y allí los mandó rezar.

Al término del Credo, se descubrió que tanto don Manuel como Blasillo el bobo habían muerto cogidos de la mano.

Todo el mundo fue a casa del santo a recoger reliquias.

Secuencia 21

Nadie en el pueblo quiso creer en la muerte de don Manuel; todos esperaban verle a diario, y hasta lo veían pasar sobre el lago teniendo de fondo la montaña.

Lázaro empezó a redactar lo que le había oído al santo, notas de que se ha servido Ángela para esta su memoria.

El hermano de Ángela dice que don Manuel le hizo un hombre nuevo, que le dio fe en el consuelo y en el contento de la vida, y que le curó de su progresismo. También dice que hay dos clases de hombres nocivos: los que convencidos de la vida de ultratumba atormentan a los demás para que se ganen la otra vida y los que no creyendo más que en este mundo esperan no sé qué sociedad futura y se esfuerzan en negarle al pueblo el consuelo de creen en otro, de modo que hay que hacer que vivan de la ilusión.

Secuencia 22

Llegó un nuevo cura a Valverde de Lucerna.

Lázaro no podía vivir sin su don Manuel, y mantenía que le contento de vivir es para otros pecadores, no para los que le han visto la cara a Dios.

Ángela prometió a su hermano no contar su secreto ni levantar sospechas, aunque el resto del pueblo no lo comprendería si se lo contasen.

Murió también Lázaro, llevándose consigo otro pedazo del alma de don Manuel.

Secuencia 23

Ángela quedó desolada por la muerte de sus allegados, sin saber si era porque pronto le llegaría la muerte. También piensa que su hermano y don Manuel se murieron creyendo no creer lo que más les interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en la desolación activa y resignada.

Secuencia 24

Ángela tiene ya más de cincuenta años, y se pone a reflexionar a la vez que nieva; ella no sabe lo que es verdad y lo que es mentira, ni lo que soñó y lo que sólo vio, ni lo que supo ni lo que creyó.

Angelina plasma su conciencia en todos esos papeles que escribe, desprendiéndose de ella.

Parece que el obispo, el que ha promovido el proceso de beatificación del santo de Valverde de Lucerna, se propone escribir su vida, una especie de manual de perfecto párroco.

El obispo se entrevistó varias veces con Ángela para recabar toda la información posible, pero ella nunca le contó el gran secreto de don Manuel.

Secuencia 25 - Epílogo

El autor hace como si se lavara las manos diciendo que este es un escrito que llegó a él, no quiere decir cómo, y que no tiene importancia que lo que en él se dice esté muy de acuerdo con su ideología.

Elementos temáticos

En esta obra, cargada de simbología encuentran lugar muchas de las obsesiones de autor. Una de las más importantes es la muerte.

La muerte se ve reflejada en esta obra en muchas situaciones, y por medio de los más diversos elementos. Uno de estos elementos es el lago. El cura siente deseos de arrojarse a él, tal y como le ocurría a su padre, y descansar. Esto puede tener un doble significado:

  • El más obvio: que si se tira al agua, perderá inefablemente la vida.

  • Como en esta obra nada es lo que se dice que es, este deseo por parte del clérigo, puede representar sus ganas de dejar de mantener esa lucha interna que lo consume, y revelar su verdad a los del pueblo.

Además habría que reseñar que Unamuno altera lo que comúnmente se entendería que es signo de vida, tal como se entiende el agua, y lo transforma en muerte. ¿Por qué hace esto? Pues puede que lo haga para resaltar el carácter universal y metafísico de la obra, y que las ideas, sus ideas, prevalecerán de cualquier modo. También se podría pensar que en la época en que lo escribe, ya él casi no distingue entrambas cosas.

También hay una especie de simbología bastante clara, que se vale de la nieve. Pues bien: partiendo de la premisa de que la montaña representa la fe y la vida, y el lago representa la razón de la que se vale don Manuel, y también la muerte, las personas del pueblo pasan a ser el otro elemento: la nieve. San Manuel se admira de que la nieve que cae en el lago desaparece y muere, pasa a formar parte del lago, y si, por el contrario, cae en la montaña, perdura, y se transforma en una toca blanca.

Con esto nos quiere dar el autor a entender, que las personas que se acogen a la fe tienen una existencia más agradable que las personas que insisten en razonar, y tienen una existencia más humana, porque no se ocupan de encontrar explicaciones, pues ya tienen todas las respuestas, conseguidas de forma sencilla. Pero hay algo aún más intrincado. La razón es la perfección, la perfección es la quietud (la quietud es la muerte, la ausencia de energía), y hete aquí que el lago se caracteriza precisamente por su quietud. La montaña es la alternativa: es el camino fácil para llegar al mismo lugar, aunque de menos calidad, el no tener que pensar, y dedicarte a vivir. Desde luego que lo que el sacerdote predicaba no era una visión humanista de la vida, pero sí no tener que pasarla entre lamentaciones que a veces nos impone la religión, más frecuentes en otras épocas.

Lázaro puede estar representado por un copo de nieve que, de alguna manera, cae al lago, y consigue pasarse al lado de la montaña, pero ya casi consumido, como san Manuel. Él mismo se relaciona explícitamente con el “resucitado” del Evangelio.

En orden a otras cosas, se trata bastante a fondo el tema de la “mentira piadosa”, y la verdad dura de afrontar. De hecho, el argumento gira casi exclusivamente en torno a esto. Don Manuel cree descubrir que la religión en sí es un fraude: es vendarse los ojos ante lo que la cultura y la razón han demostrado ya que es falso. Sin embargo, cae en el hecho de que las gentes de su pueblo no tienen cultura, y quitarles la religión sería quitarles su base para soportar la vida. Se entiende también que la religión es de mucho más fácil acceso que la cultura, y que es el camino más rápido a seguir. No se puede vivir sin religión o cultura, una de las dos nos tiene que sustentar.

Para san Manuel, la religión debe liberar a la gente, y no angustiarla aún más que los problemas que de por sí nos acarrea la vida, como se solía hacer en épocas pretéritas. Sin embargo, en este razonamiento hay un fallo: la religión alivia a todos, menos a él mismo, y a todo el que esté en su posición, como Lázaro. Pera él la vida es “un suicidio continuo”, pues tenía cargo de conciencia, aún estando convencido de que lo que hacía era lo mejor, “¿para quién?” se hubiera preguntado. Para él, desde luego, no.

En el título de la novela, tres palabras que parecen distintas, vienen a ser muy parecidas, ahora se exponen en el orden más conveniente para una aclaración:

- Bueno: es bueno por naturaleza; antepone a los demás por encima de sus propias necesidades.

- Mártir: se sacrifica él mismo para salvar a los demás. Procura bienestar a los demás a costa de su propio malestar, es una actitud típica de los mártires, que además, solían hacerlo por su propia voluntad, como en este caso que nos ocupa.

- Santo: es consecuencia de las otras dos. Un apersona de esas características no desmerece tal título.

- Manuel: indica cierta paridad con Jesucristo. Su nombre coincide con uno de los nombres de Cristo: Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. Unamuno nos insinúa que acaso nuestro salvador se encontrara en la misma situación.

Por último, explicaré brevemente el nombre de Ángela, que significa “mensajera”, y tiene relación con la palabra “evangelista”, que es más o menos la función que desempeña en esta obra.

Y no nos olvidemos de Blasillo, que aunque sea bobo, también tiene su lugar en la obra, y cuyo nombre designa al pueblo ignorante y ciego ante diversas situaciones.

Técnica y estilo

Aparentemente, San Manuel Bueno, mártir no presenta las llamativas novedades de alguna de las “nivolas” anteriores; pero, tras esta primera impresión, se oculta cierta complejidad.

Desdoblamiento entre autor y narrador(a).

Mediante el conocido recurso del “manuscrito encontrado” (de estirpe cervantina), Unamuno interpone una narradora entre él y el lector. Quiere esto decir que todo nos llega desde el punto de vista de Ángela; de ahí que una serie de cosas queden a la discusión o la reflexión de los lectores.

La narradora es también testigo de los hechos que se narran en la obra.

El tiempo

Una cuestión particular dentro de la estructura interna es el tiempo. Al hilo de la lectura, se irá observando todas aquellas anotaciones con las que se nos da la idea del paso de los años (en particular, las que se refieren a la edad de Ángela). Por lo demás, y entre otras cosas, es curioso señalar la existencia de algunas elipsis narrativas o “saltos en el tiempo”, habiendo dos claros ejemplos en las secuencias 10 y 18.

La secuencia 10 comienza con la frase “Aquellos años pasaron como un sueño…” Ya con esto nos damos cuenta del gran salto que hay desde que Ángela tenía 16 años hasta que ya era la diaconisa de don Manuel.

Otro ejemplo similar es el de la secuencia 18, que empieza de la siguiente manera: “E iba corriendo el tiempo…” Dicho así parece que apenas han pasado unos meses, cuando en realidad han sido años.

Pero todavía queda un salto de tiempo aún mayor, que comprende desde la muerte de Lázaro hasta que Ángela tiene cincuenta años.

Hablando de la retrospección temporal (un tema parecido a la elipsis temporal), que es cuando se vuelve del presente al pasado para contar algún hecho, tenemos varios ejemplos:

Uno se da en la secuencia 20, porque al principio pone que don Manuel murió, y poco después se cuenta la historia de dos o tres días antes entre Ángela, Lázaro y don Manuel.

El otro ejemplo se encuentra en la secuencia 1 y en la secuencia 24, porque en las dos ocasiones se citan los preparativos que está haciendo el obispo para beatificar a don Manuel.

Citas bíblicas

Son numerosas en esta obra, siempre las pone el autor en boca del protagonista, san Manuel, de las cuales algunos ejemplos son:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

“No juzguéis para no ser juzgados”

“Y yo os digo...”

“En verdad, en verdad os digo...”

Todas ellas las saca el autor directamente de lo que los evangelistas le atribuyen a Jesús de Nazaret, nunca de ningún otro personaje bíblico. Esto parecen síntomas difícilmente equívocos de querer identificar al personaje principal con Jesús, como si fuera el mismo Jesús, pero con otro nombre (realmente, es el mismo nombre, pues su significado, que significa “Jesús con nosotros”) y en otro entorno, éste, si cabe, con aún menos interferencias para lo metafísico que el que encontramos en las sagradas escrituras.

Así, encontramos cómo el escritor quiere implicar al mismo fundador de la religión del pueblo en cuestión en este asunto de tanta monta como es este, que es deliberar sobre qué hay de verdad y de mentira en la religión, y cuál es su función social. Sin embargo, se trata con mayor amplitud y profundidad, la cuestión social, pues Unamuno casi da por hacho que casi todo lo que es predicado por al religión, si es impuesto como dogma, es falso.

Así, se puede concluir que esta obra es una conversación entre los distintos conceptos y personajes que toman parte en la religión, y en la sociedad (Lázaro sería la incredulidad y el ateísmo, al principio, siendo luego la conversión al modo más puro de religión, el monte es la fe, el lago es la razón, el pueblo sumergido son los instintos de las personas, la nieve son las personas, Angela representa a los practicantes, Blasillo es la credulidad infantil...)

Recursos estilísticos

Unamuno se vale de un sencillo y eficaz modo de escribir, que le permite expresar ideas bastante complejas con sólo un par de frases. Es un estilo directo que llega al lector, está acorde también con el entorno rural en que se desarrolla la obra. Lo contrario sería todo un despropósito, pues poner en pluma de Angela, una mujer con una cultura media, lo más que se puede esperar de alguien que deja el colegio en su adolescencia, no estaría acorde con los hechos. También, el hecho de haber designado a Angela como narradora, es una baza en su favor, pues un lenguaje tan poco elaborado, al menos en sus formas, que no en su contenido semántico hubiera provocado suspicacias entre los detractores de Unamuno, que no eran pocos.

Unamuno, gran representante del ensayismo de principios de siglo, tiene que valerse de una novela para decir lo que no puede decir abiertamente en una obra ensayística, pues estás son de una índole más directa: ha de disfrazar su discurso.

Para llamar la atención al lector hace uso de la paradoja que supone que el único antagonista de la obra se una al protagonista, tanto, que llega, incluso, a resultar imprescindible par la consecución del objetivo que san Manuel se propone. Esto le da a obra el suficiente dramatismo como para ponernos en la duda de si se trata en verdad o no de una novela (yo, por mi parte, le concedo el beneficio de la duda). Es el argumento externo.

En lo que respecta a las metáforas, la obra está repleta de ellas, con constantes alusiones al lago, a la montaña, al pueblo sumergido... cuando en realidad lo que quería decir era fe, razón, inconsciente... Como se explica anteriormente, estos son elementos mediante los que elude el tratamiento directo de lo que es el tema central de la obra. Son, como también se dice anteriormente, motivos para llamar a esta obra novela, y no ensayo.

La comparación de don Manuel con Jesús, aparte de, como todos estos recursos estilísticos, darle dramatismo a la obra, nos da pistas sobre por donde quiere el autor que se interprete el argumento más profundo, u que se desarrolla paralelamente, consiguiendo una absorción total en la lectura a todo aquel que entienda de qué trata de verdad.

Bibliografía

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Historia de la Literatura 6º Curso

Efrén Quintanilla Sainz

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