Salvador de Madariaga

Europeísmo. Solidaridad países europeos. Tensiones europeas. Carácter europeo

  • Enviado por: Esbali
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 13 páginas
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CARÁCTER Y DESTINO EN EUROPA

1.- INTRODUCCIÓN

El lector de De Madariaga teme por la vida de un señor que la deja en cada una de sus páginas. Ahora muerto, Don Salvador fue sin duda un vitalista, por narices optimista y europeista, que exponía su pensamiento diluido en anécdotas, vitales, más que en frías citas de grandes hombres concienzudos y teóricos, alejados de la praxis, es decir no vitales.

Viviendo en el país de los hijos más que en el de los padres, su ejemplo es siempre un paso hacia delante, superando trabas históricas, que han impreso carácter a los pueblos, pero nada más, y que nunca pueden ser consideradas una excusa para instalarse en desacuerdos.

Como buen vitalista, su vida no parece ser muy cómoda, siempre de aquí para allá, y truncada, como a los que le tocó en suerte vivir aquel año de 1.936 en España, por la Guerra Civil. Nace cincuenta años antes (1.886) en La Coruña, y muere cuarenta y dos después en Locarno, Suiza, en 1.978, con lo que el episodio bélico dio cierta simetría a su vida, o la partió en dos, quién sabe. Su obra se extiende algunos años después, y este libro que me ocupa, se publica en 1.980, póstumamente, lo que puede dar una idea del vitalismo de un autor cuya obra se prolonga por encima de algo tan irremisible como es su propia muerte física, como el que se subió a un caballo, yerto ya, para ganar una batalla, superando el terrible fastidio de haber abandonado la vida su cuerpo.

Las biografías, por simplificar, le definen como historiador y crítico, aunque estudia ingeniería, abandonándola después por la política, el periodismo, la enseñanza y

la literatura. Entre los cargos políticos que ejerce, podemos destacar el de delegado en la Sociedad de Naciones, embajador en Estados Unidos y Francia, y ministro de Instrucción Pública durante la república; y en lo que a nuestro trabajo concierne destacar su participación en el Congreso de La Haya del Movimiento Europeo, en 1.948.

También fue miembro de la Real Academia Española, con la particularidad de que, si bien ingresó en 1.936, su discurso de ingreso no lo pudo llevar a cabo sino cuarenta años después, en el 1.976. A parte de esta incomodidad, la guerra también le llevó al exilio, viviendo desde entonces en Francia e Inglaterra.

Dentro de su obra escrita cabe la poesía, la novela, el teatro, los ensayos y los estudios literarios, históricos y políticos. Su pensamiento político es claramente europeista, y nítidamente también, cosas que no siempre van unidas. Es un liberal extremo, luchador contra nuestra “leyenda negra” y negador de las raíces ortodoxas de nuestra cultura nacional, no comprendiendo el peso que el catolicismo sigue teniendo como fuente histórica de la España contemporánea. Para él España, y cito, son los españoles, es decir, prima el individualismo frente al orden social en nuestro país, o estado, o ambas cosas, o lo que seamos ahora.

2.- EPPUR EUROPA SI MUOVE

Pese a todos los antropólogos, historiadores, geógrafos, etc. que piensen lo contrario. Europa y su movimiento obedecen a una lógica más fuerte. Este es el calibre del pensamiento de De Madariaga y tal es la medida de su optimismo.

En cambio, este proceso, si bien natural, no ha de ser cómodo, es más al comienzo de El Bosquejo de Europa, el autor nos señala como Europa está en peligro mortal por dos causas:

  • Las propias suicidas, materializadas en innumerables guerras históricas.

  • “El Gengis Kan mecanizado de Moscú” como nombra él en soberbia prosa.

La única solución que le cabe a Europa para superar estas tendencias es la toma de conciencia propia, de si misma, es decir, “buscar conciencia de ser europeos”. Algo inexistente para el autor, dado que si bien Europa posee una solidaridad física estrecha, entretejida por las circunstancias materiales de hombres y naciones de Europa, está a falta de tener una solidaridad moral, una conciencia propia. O sea, Europa es cuerpo y alma pero no conciencia.

Para buscar esta conciencia, lo primero es rehacer la historia de los pueblos europeos, no para reescribirla engañosamente, sino para vencer las tradicionales diferencias. En un ejemplo delicioso del autor, nos comenta que sería como el título que Victor Hugo dio a una recopilación de poemas de su juventud: “Tonterías que hacía yo antes de nacer”. De esta forma, los países percibirán que sus diferencias no son fruto de su propia depravación. Mas todo esto, sin llegar a negar las diferencias que existen entre los países, cosa que para De Madariaga es un “tesoro de Europa”.

Es decir, la cuestión está en darse cuenta de la unidad que late en la diversidad de las dos docenas de países, no lo olvidemos nunca, que conforman Europa. Una vez que asumimos esto, “vemos un no sé qué que los hace hermanos”, por muy distintos que sean las características. Las causas de esta unidad-diversidad, las podemos cifrar en dos, de origen físico y humano:

  • La Geografía.- “Europa es un continente pequeño en cuerpo pero grande en historía”. Apenas un promontorio en comparación con Asía, pero un promontorio muy bien cuidado por la naturaleza.

  • Si seguimos al autor, vemos que Europa ha sido dotado por dos braseros que la calientan desde fuera, y una poderosa calefacción central. De esta forma, el primer brasero es el Sahara que hace ascender las temperaturas de la Europa Mediterránea, haciendo que sean sus climas más suaves que los de otros países en similares latitudes. Un ejemplo es el tacón de la bota de Italia y Filadelfía, mientras esta última durante el invierno ve su río helado, en la primera solo conocen el hielo en el vermú, nos recuerda simpáticamente Don Salvador.

    Otro brasero es la corriente del Golfo, que nace en el istmo de Panamá, en el Golfo de México, por contraste entre aguas calientes y frías. Pues bien, esta corriente llega a Europa calentando su costa más occidental, desde Portugal a Noruega, y hace que países, tan importantes como España, Francia y Gran Bretaña, no sean tan fríos y nevados, con las consecuencias históricas que esto hubiese traído.

    Por último, la calefacción central está constituida por la masa cristalina de la península escandinava, que protegen de vientos polares a Europa y las altiplanicies y cordilleras de dirección este-oeste que la defienden del frío norte. Esto por ejemplo, no ocurre en América, donde la orientación de sus cordilleras suele ser norte-sur, con lo que la desprotección frente a vientos polares es mucho menor, lo cual implica climas más extremos que los europeos, en similares latitudes.

    Este conjunto de circunstancias climáticas, inciden en una geografía de punto medio, que hace que los ríos y montañas sean medianas, no comparables con los Andes o Himalaya, así como los valles, llanuras y sus costas tan recortadas.

  • Los europeos.- son de tres tipos, básicamente: nórdicos, euroasiáticos y mediterráneos; y muy mezclados. Esto lejos de ser un impedimentos, es realmente una virtud, dado que no se puede hablar de la supremacía de una raza sobre otra, dado que ninguna predomina hasta ese punto.

  • Los rasgos del europeo son: la calidad, en cuanto a único y distinto del grupo; y la distinción, la cual no implica la exclusión de una clase, sino que tiene que ver más con el abolengo, es decir una distinción conseguida a puro de años, como, nos dirá el autor, el alfarero que con solo dar un toque en el barro consigue crear arte, porque, de alguna manera, es la sangre y los antepasados que circulan por ella y le enseñan su oficio, el que influye en ese toque artístico: abolengo. Por último, otro rasgo predominante en el europeo es el gusto, no necesariamente el buen gusto, sino esa capacidad de los europeos para estimar las cosas con arreglo al gusto.

    De forma didáctica, como siempre a lo largo de su libro, el autor nos intenta explicar esto con un ejemplo visual: un árbol. En este supuesto árbol de los caracteres del mundo, África se situaría en las raíces, por ser de ahí el pasado común y de donde provienen nuestros antepasados. El tronco, es decir la parte fuerte del árbol, sería Europa, por poseer una mente consciente y una voluntad, basadas en el individualismo, que proviene del cristianismo, y la acción mental, surgida a partir de la duda (¿se acuerda de Nietzsche cuando dice esto?), y lo que trae un esfuerzo por alcanzar la libertad de investigación y comunicación, constante a lo largo de su historia. Por último, Asia sería el follaje, es decir, la parte más sutil, aérea e intuitiva, lo que trae una continuo estado de revelación, por eso es Asía el continente de las religiones superiores, y por esa falta de intuición, Europa importa las religiones de este continente.

    Una vez que hemos analizado las características que unen a los europeos, vamos a analizar un proceso de avance, el ritmo triuno, que se revela en Europa como una lucha entre tres conceptos: individuo, sociedad y democracia liberal; que también es una forma de actuación analizable y común en los países europeos.

    De los tres conceptos, el individuo representa el ataque, la sociedad, representa la reflexión, y por úlimo, la democracia liberal, la integración (no hay que olvidar que Salvador De Madariaga fue un liberal convencido como decíamos al principio.

    El proceso, el ritmo triuno, es muy similar al del trabajo intelectual, análisis-hipótesis-sintesis. De esta forma, el individuo lleva a la anarquía, lo que implica la aparición de una necesidad de amoldarse a unas consideraciones sociales, integrando estos dos elementos antagónicos, libertad individual y disciplina social, a través de la democracia liberal, identificada con sus instituciones más bien. Este proceso, demuestra para el autor los antieuropeo del anarquismo, que solo hace énfasis en el primer elemento, y el comunismo, que solo hace énfasis en el segundo.

    Esta forma de actuar, igualmente, la podemos apreciar en la conquista de América, donde individuos, como Hernán Cortés, abren paso, para posteriormente, recrear e intentar reproducir la figura del Estado y su orden social, así como las instituciones metropolitanas.

    3.- EL OLIMPO EUROPEO

    En este punto, analizamos el particular olimpo europeo del que nos habla el autor. Este Olimpo estaría integrado por cuatro personajes ficticios, y no por ello menos reales, de la Literatura Europea: Hamlet, Don Quijote, Fausto y Don Juan.

    En este caso, hay mayoría de personajes españoles, lo que no es de extrañar dado que para Don Salvador España es una “Europa en miniatura”, como “una unidad fuerte de variedades fuertes”, otro personaje es un británico disfrazado de danés y el último alemán, en el sentido más puro del carácter alemán.

    Podría parecer extraño que no apareciesen entre la selección algún personaje francés o italiano, siendo dos países tan importantes dentro de Europa. No importa. A estos dos países se le reserva la escena, el fondo y las reglas, que no es poco, aunque no aporten nada en ese dibujo del carácter europeo.

    A estos cuatro personajes les unen dos características: el mal ánimo, que repercute en una incoherencia en su conducta; y un vigor en su acción. Estas dos características traen una enorme fuerza vital, muy identificable en los cuatro. Asimimso, el autor establece dentro de los cuatro personajes dos paralelismos, o uniones entre ellos.

    • De un lado estarían Hamlet y Don Quijote.- El primero es el inglés por excelencia y el segundo, el español por excelencia. Son dos arboles enraizados que ilustran el equilibrio entre el individualismo, Don Quijote o España, y la sociedad, Hamlet o Inglaterra (que no Gran Bretaña). De esta forma, el inglés es un hombre de acción, estrechado por una sociedad, celosa de sus reglas, tradicciones y fantasmas pasados con gran autoridad y presencia en el presente. El tormento de Hamlet nace de esta sociedad que le constriñe e impone unos deberes para los que no tiene claro estar preparado.

    El español, a través de Don Quijote, es el hombre de pasión, en un ambiente de poca densidad social, rebelde a cualquier tradición, regla o institución. Su tormento y pesares nacen de la ociosidad en una sociedad desarticulada donde nunca ocurre nada, lo que le lleva a armarse como Caballero Andante, errático para De Madariaga, en cuanto a que es una misión sin fin, el vagar por vagar en busca de aventuras.

    • Por otro lado estarían Fausto o el seso y Don Juan o el sexo, en términos del autor. Es decir el conflicto entre la razón y la pasión.

    Entre una y otra hay una enorme diferencia, la razón, Fausto, busca la pasión y pacta con Mefistófeles si es necesario para ello (siempre nos referimos al Fausto de Goethe, el alemán). En cambió, la pasión no busca a la razón, porque no la necesita (“la pasión es y nada más”), y la pasión no piensa (“si Don Juan pensará, adiós Don Juan”). Don Juan es el espíritu de la expansión, el mismo que llevó a España al descubrimiento y conquista de América. En cambio, Fausto es la razón, representa el intelecto, el espíritu de investigación y el racionalismo. Fausto es la preocupación de Europa por el conocimiento.

    ¿Qué es lo que une a la razón y a la pasión? Pues que ambos quieren crecer y superar a un ambiente social, manteniendo lo que separa al hombre del montón: el destino propio.

    Fausto, por su parte, representa el carácter alemán. En este punto, Salvador De Madariaga nos deja algunas perlas: es “hombre hábil con los materiales muertos pero no con los vivos”, es decir representa la técnica, de forma fría y poco humana; además dice de él que está “dispuesto a seguir al diablo si le promete el objeto del deseo” (¿Hitler? por citar alguno). Añade que es “dado a preferir la astucia nórdica a la lucha abierta con el adversario, pero aficionado a los ideales”. Ahí es nada.

    4.- LAS TENSIONES EUROPEAS

    Una de las partes de “Carácter y destino en Europa”, dentro del capítulo “El Bosquejo de Europa”, dedica una parte del mismo a analizar los conflictos históricos que han asolado a las distintas naciones que conforman el continente. Nosotros, dado el objeto del trabajo que nos ocupa, nos dedicaremos a repasar las que el autor dedica a nuestro país en relación directa con otros países. De esta forma, veremos las tres hermanas latinas, o Francia, Italia y España; la relación entre España y Francia; la de Italia y España; España e Inglaterra y la de nuestro país con Alemania.

    “Tres eran tres, las hijas de Elena.

    Tres eran tres, y ninguna era buena.”

    Así se refiere el autor a Francia, Italia y España; sin preocuparle en exceso el calificativo de malas, o no-buenas, dado que en su opinión “nadie que es, es bueno”.

    Pese a sus diferencias, provienen de una descendencia común que les da unas características a compartir:

    • Un sentido de Estado, como autoridad desde arriba.- que les viene de Roma, en contraposición con Gran Bretaña, donde el Estado se inserta en el pueblo en una clara tradición democrática.

    • Un parecido político-sociológico, proveniente también de Roma, y que se puede contemplar, igualmente en la idéntica composición y papel de la familia.

    • Sus diferencias.- las cuales comparten, de alguna forma, y constituyen la verdadera sal y pimienta del guisado europeo.

    En cuanto a las relaciones de nuestro país con el resto, cabe destacar la relación con Francia. En este sentido, el autor nos dice que España es el genio (que “fecunda más que crea”) y el genio es orgullo; mientras Francia es el talento, y el talento es vanidoso. Francia desprestigia a España porque la vanidad brilla siempre más que el orgullo.

    La relación de estos dos países es de amor-odio, ya que Francia, que es femenina, desea lo viril de España, sobre todo su impulso. Esta influencia se puede ver en la pintura, donde Goya marca la pintura francesa del siglo XIX, así como, Picasso lo hace durante nuestro siglo XX. Por otra parte, España, masculina, desea la forma y el orden frances, habiendo innumerables ejemplos de esto en el ordenamiento institucional y legal de nuestro país.

    Ahora bien, esta relación o, más bien, conflicto de contraposiciones, es claramente desigual para España, dado que esta es ante todo los españoles, mientras que los franceses son ante todo Francia (primacia del orden social francés sobre el individualismo español). Y es este individualismo español, el que ha hecho que “la hambrienta España nunca haya devorado a Francia”.

    Francia ridiculiza a España, por ejemplo en el triunfo de America Latina sobre Hispanoamérica o Iberoamérica, al menos. Nuestro país lo asume y se afrancesa en el siglo XIX, pese al episodio unánime antifrancés durante la guerra de Independencia, en la que la caza del francés remeda a la caza del moro durante la reconquista. Esto trae que los tradicionalistas españoles se vuelvan germanófilos, en un movimiento incoherente para el autor.

    Y mientras Francia ridiculiza a España, no ocurre lo mismo al contrario, dada la indiferencia que conlleva el individualismo español, y su, ya citada, inconsistencia social histórica.

    En cuanto a las relaciones entre España e Italia, hay que decir que sus relaciones son íntimas desde antiguo, aunque durante la etapa moderna se enfrían considerablemente.

    La tensión histórica de ambos pueblos, tiene su raíz en que, para Italia, España representa el poder político que mantuvo nuestro país en aquellas tierras. Más tarde, se cambian las tornas, aunque Italia siempre recela, como se puede comprobar en la negativa italiana a que España fuese vocal permanente en la Sociedad General de Naciones, en Ginebra. A la recíproca, Italia representa, para nosotros, el talento artístico anhelado y perseguido (recordemos que para Don Salvador, España es genio más que talento).

    En cuanto a las similitudes, el autor destaca el clima, benigno en líneas generales, para ambos países, lo que conlleva un idéntico disfrute de los placeres que éste trae.

    Muy jugosas nos parece el capítulo dedicado a las relaciones de España e Inglaterra, una de las tensiones más fuertes que existen en Europa, y como todas las grandes tensiones basada en dos elementos antagónicos de atracción y repulsión.

    La atracción reside en las características complementarias, no contrarias, que comparten los caracteres de los dos países: Inglaterra es un carácter ético-social y España es un carácter estético-personal; y es precisamente de este contraste, de donde surgen las simpatías.

    Estas simpatías, se refuerzan por circunstancias políticas y geográficas, con es el hecho de que ambas quedan separadas por Francia, lo cual también refuerza el acercamiento contra el enemigo (la misma inercia que acerca a Francia hacia Escocia). Ahora bien, estas afinidades quedan echadas por tierra con el descubrimiento de América, y, en palabras del autor, “el anhelo y las envidias en Inglaterra por El Dorado español”. Esto genera que Inglaterra realice una dura oposición contra España y un apoyo a cualquier gobierno que agrediese a nuestro país. Además, el descubrimiento de América lleva a Inglaterra, de una u otra manera, a jugar el papel de piratas, durante siglos, justificando su actuación por el hecho de que a su vez los españoles “pirateaban” y esquilmaban las riquezas de Hispanoamérica.

    Las relaciones de España con Inglaterra, quedan divididas dentro de la población. Así, entre la gente cultivada, distinguimos a las derechas, anglófobas al dar un mayor papel a la historia, y a las izquierdas, anglófilas por la tradición demócrata del país sajón. Por otro lado, y entre la gente del pueblo, los ingleses siempre han despertado simpatía a la par que conmiseración, dado que han venido siendo considerados como unos “bichos raros”.

    Para terminar, destacamos la relación de nuestro país con Alemania. En este sentido, hay que decir que el autor considera a ambos países como antagónicos (Alemania es agua y España es fuego), sus autores, Goethe y Shiller, cita, lloran y en España no se llora. La justificación de tal antagonismo queda palpable hasta en el idioma, un recurso de análisis que utiliza mucho el autor, dado que el alemán es rico en consonantes y el castellano lo es en vocales (hasta la vocal más frecuente en el alemán, la u, es la menos utilizada en el castellano).

    No obstante, hay ciertas afinidades en España respecto a los alemanes, como en el norte del país, dadas sus antiguas conquistas germánicas, y entre clérigos y militares, como oposición a los francófilos librepensadores, y, en general, admiradores que son de su sentido de obediencia y su técnica, tan ausente en nuestro país (precisamente en dos instituciones tan jerárquicas y técnicas como los son el clero y ejército).

    5.- CONCLUSIÓN

    A modo de conclusión, breve, me gustaría resaltar lo visceral y radical del texto, y, mucho me creo, del autor analizado. De tal forma, que pese a mantener tesis que no comparto (como la idea de un carácter nacional, más o menos homogéneo, y, lo que puede ser más dudoso, la utilización de la idea como punto de análisis de las inercias y tensiones históricas entre los pueblos) se hace agradable y apasionante en extremo, por un descenso continuo al ejemplo y a un tomar partido de manera constante, con una clarividencia y facilidad expositora (pedagógica) que hacen de su lectura y estudio algo sencillamente ameno.

    Don Salvador, como Don Quijote, me parece pasional, individualista, vitalista y de indudable optimismo. No sabe explicar sin descender a la anécdota, casi siempre graciosisima, y posee una capacidad de abstracción, análisis y sintexis, sencillamente apabullante. Lo único que extraño, es encontrar en una persona tan liberal e individualista, esta creencia en la idea de la existencia de un carácter nacional (no digamos supranacional) lo que no deja de parecerme una contradicción. Aunque en este punto, e inteligentemente, el autor se encarga de recordarnos en alguna ocasión la idea de simplificación de la propuesta, pero aún así no creo que se sostenga el principio de análisis.

    Con todo, el análisis histórico y el posicionamiento de los distintos países dentro del continente, son sencillamente magistrales, y constituye una verdadera invitación a profundizar en su obra.

    PENSAMIENTO EUROPEISTA EN SALVADOR DE MADARIAGA

    (Análisis de la obra del autor: Carácter y destino en Europa)