Romeo y Julieta; William Shakespeare

Literatura inglesa barroca del siglo XVII. Teatro isabelino. Tragedia romántica. Estilo literario. Diálogos. Obra shakesperiana

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ACTO PRIMERO

ESCENA I

Verona; una plaza pública.

Entran Sansón y Gregorio, de la casa de Capuleto, armados con espadas y broqueles.

Sansón: ¡Por la vida, Gregorio, que no soporto más la carga, si nos enrabiamos, golpeamos y sacamos armas!

Gregorio: Sí, pero trata, mientras vivas, de no sacarla.

Sansón: ¡Yo pego pronto, como me provoquen!

Gregorio: Más vale que no hayas hablado por hablar, amigo Sansón. ¡Saca tu arma, que vienen dos de la casa de los Montescos!

Entran Abrahán y Baltasar

Sansón: Mantengamos la ley de nuestra parte.

Gregorio: ¡Hagamos que empiecen ellos!

Sansón: ¡Ojalá, que se atrevan! Voy a levantarles el dedo y será una ofensa, para ellos si lo aguantan.

Abrahán: ¿Levanta el dedo por nosotros, caballero?

Sansón: No, caballero; no es por usted; pero levanto el dedo, caballero.

Abrahán: ¿Busca pelea, caballero?

Sansón: Si la busca, estoy a sus órdenes. Mi amo es tan bueno como el suyo.

Abrahán: Pero no mejor.

Entra Benvolio

Sansón: ¡Ataquen si son hombres!

Pelean chocando las navajas y golpeándose

Benvolio: ¡Sepárense, imbéciles!… (Dando tiros al aire) ¡No saben lo que están haciendo!

Entra Tibaldo

Tibaldo: ¡Qué! ¿Amenazas con revólver a mis aliados?… ¡Ven, Benvolio, mira aquí tu muerte!

Benvolio: ¡Trato de mantener la paz!, ayúdame a separar a estos hombres.

Tibaldo: ¡Vienes a hablar de paz con el revólver en mano! ¡Yo odio esa palabra, como odio el infierno, a todos los Montescos y a ti! ¡Pelea, cobarde!

Luchan y salen todos menos Benvolio y Tibaldo

Ciudadanos: ¡Abajo los Capuletos! ¡Abajo los Montescos!

Entran Capuleto y Donna Capuleto

Capuleto: ¿Qué ruido es este? ¡A ver, mis armas! ¡Rápido!

Donna Capuleto: ¡Una muleta, una muleta es lo que necesitas!, ¿para que quieres tus armas?

Capuleto: ¡Denme mis armas digo! ¡El viejo Montesco llega también con las suyas!

Entran Montesco y Donna Montesco

Montesco: ¡Tú, villano Capuleto!… ¡No me detengas, déjame!

Donna Montesco: ¡No darás un paso para ir a meterte en otra pelea con ese viejo loco!

Entra el Príncipe

Príncipe: ¡Bajo pena de suplicio, arrojad vuestras armas destempladas, y oíd la sentencia de vuestro disgustado príncipe! Van ya tres batallas internas, nacidas por una vana palabra, por ti, viejo Capuleto, y por ti, Montesco. Tres veces han turbado la paz de nuestras calles; y los habitantes de Verona se han vistos obligados de sus prendas para manejar armas, con nobles manos que nacieron para la paz. La próxima vez que promováis desórdenes, lo pagaréis con vuestras vidas. Por esta vez retiraos todos. Tú, Capuleto, vendrás conmigo, y tú, Montesco, ve esta tarde, para saber nuestra resolución en este asunto. ¡Lo repito: bajo pena de muerte, retírese todo el mundo!

Salen todos, menos Montesco, Donna Montesco y Benvolio

Montesco: ¿Quién ha vuelto a despertar este antiguo conflicto? Habla sobrino, ¿Estabas presente cuando comenzó?

Benvolio: Estaban aquí peleando los criados de usted y los de su enemigo, antes de que yo llegara. Saque el revolver con intención de separarlos, cuando llegó Tibaldo daga en mano, y lanzándome provocaciones, me lanzaba tiros, haciéndome burlas. En tanto nos golpeamos, hasta que en eso el príncipe llegó.

Donna Montesco: ¿Y donde esta Romeo? ¿Le has visto hoy?, me alegra que no encontrara en este pleito.

Benvolio: Señora, una hora antes de que se asomara el sol, salí a pasear por las afueras. Al Poniente de la ciudad, vi de lejos a Romeo, paseando tan temprano. Me le acerque amigablemente; pero me esquivó.

Donna Montesco: ¡Hay Dios!, Ya le han visto tantas mañanas, aumentando con lagrimas el rocío de la aurora; pero en cuanto el sol, que a todo alegra y anima, comienza a empujar el alba, mi triste hijo vuelve al hogar y se encierra en su alcoba, cierra las ventanas, deja afuera la luz del día y se fabrica una noche artificial.

Montesco: Encuentro alarmante ese humor extraño, a menos que un buen consejo pueda remediar la causa.

Benvolio: ¿No sabe la causa, noble tío?

Montesco: No la sé, ni consigo lograr que la revele.

Benvolio: More, allí viene. Déjennos solos, y sabré la causa de su aflicción.

Montesco: ¡Ojalá puedas conseguir una confesión sincera! ¡Vamos, Señora!

Salen Montesco y Donna Montesco. Entra Romeo

Benvolio: ¡Feliz mañana, primo!

Romeo: ¿Es que todavía es temprano?

Benvolio: Acaban de dar las nueve

Romeo: ¡Que largas se hacen las horas tristes! ¿Era mi padre el que se alejaba de aquí tan apurado? La verdad es que no tenía ganas de conversar con él.

Benvolio: Él era. ¿Qué tristeza es la que alarga las horas de Romeo? ¿El amor?

Romeo: Privado de los favores de la mujer que amo. ¿Qué pelea hubo aquí? No me lo digas, lo se todo. Muchas cosas pasan por el odio, pero muchas más por el amor. ¿No te da risa?

Benvolio: No primo, me da pena.

Romeo: ¡Qué vamos a hacerle!, La pena me abruma el pecho, y tu pena me la hace peor. ¡Adiós primo!

Benvolio: ¡Espérame! Quiero acompañarte. Me ofendes si partes así no más.

Romeo: Estoy perdido, yo no estoy aquí. No soy Romeo, ¡Romeo está en otra parte!

Benvolio: Cuéntame en serio: ¿De quien estas enamorado?

Romeo: ¡Cómo! ¿Tendré que decírtelo llorando?

Benvolio: ¡Sollozando! ¿Por qué? No, solo quiero que me digas seriamente de quien estas enamorado. Bien cerca apuntaba cuando te supuse enamorado.

Romeo: ¡Certero y buen tirador! ¡Y que gentil es la que adoro! Esta armada de férrea castidad. No se deja conquistar con propuestas amorosas, ni cederá ante el oro, seductor de santos. Es rica en bellaza, pero es pobre, pues cuando muera, también morirá su tesoro.

Benvolio: ¿Ha hecho entonces, voto de perpetua castidad?

Romeo: ¡Sí!… y esa avaricia de su belleza es una perdida enorme. Es demasiado linda, demasiado discreta. Ha renunciado al amor y mientras este voto vive, muero yo.

Benvolio: Hazme caso; deja de pensar en ella.

Romeo: ¡Enséñame como puedo dejar de pensar en ella!

Benvolio: Dando libertad a tus ojos. Mira otras chicas lindas.

Romeo: Ella es la más linda. El que se queda ciego no puede olvidar el tesoro de su vista perdida. Preséntame a una linda dama. ¿De que me servirá?… ¡Sólo para recordar a la que es aun más bonita! ¡No sabes enseñarme a olvidar!

Benvolio: Yo te daré esta enseñanza, o de lo contrario, he de morir en el intento (Salen)

ESCENA II

Una calle. Entran Capuleto, Paris y un Criado

Capuleto: … En fin, Montesco queda sometido a igual penalidad que yo, y en hombres tan viejos como nosotros, no será difícil, conservar la paz.

Paris: Es lamentable que hayáis vivido tanto tiempo odiándose. Y ahora señor, ¿qué contestas a mi petición?

Capuleto: No haré más que repetir lo que he dicho. Mi niña es una extraña en el mundo, aún no tiene 14 años. Deja que otros dos veranos se extingan es su esplendor antes que digamos que está lista para el matrimonio.

Paris: Otra más jóvenes que ella son ya felices madres.

Capuleto: Pues, ¡También se marchitan demasiado pronto las que se casan tan jóvenes! La vida se llevó todas mis esperanzas, menos ella. Pero cortéjala, gentil París, interesa su corazón. Si ella te acoge bien, cuentas con mi apoyo. Esta noche doy una fiesta, ven tú también y serás bienvenido. (Entregándole un papel a un criado) Anda, recorre Verona, busca las personas de esta lista y diles que mi mansión espera ser honrada por su visita. (Salen Capuleto y Paris)

Criado: ¡Buscar a aquellos cuyos nombres están escritos aquí! A mi me envían a buscar aquellas personas cuyos nombres están aquí escritos, cuando resulta que soy analfabeto. Tendré que pedir ayuda a los entendidos.

Entra Benvolio y Romeo

Benvolio: Un fuego apaga otro fuego. Da vueltas hasta que te de vértigo y te calmarás girando en dirección contraria…

Romeo: Buenas tardes, buen hombre

Criado: Buenas, nos la dé Dios. Por favor señor, ¿por casualidad, usted sabe leer?

Romeo: Sí

Criado: ¿Sabe leer cualquier cosa que vea?

Romeo: Sí, con tal que conozca las letras y el lenguaje. (Lee) “El Señor Martino, su esposa he hijas; la señora viuda de Vitruvio; el señor Placencio y sus sobrinas; Mercuccio y Valentín; mi sobrina Rosalina; Livia; el señor Valencia y su primo Tibaldo; Lucio y Elena” ¡Brillante reunión ¿A dónde los invitan?

Criado: A cenar a nuestra casa.

Romeo: ¿A casa de quien?

Criado: Mi amo es Capuleto, si usted no es de la casa de los Montescos le ruego que venga y vacíe una copa de vino. ¡Gracias y que este usted bien! (Sale)

Benvolio: A esa fiesta de los Capuletos asistirá la linda Rosalina, a quien tanto amas. Vamos allá, y compara su rostro con algunos que te mostraré.

Romeo: Conforme, iré contigo; no para presenciar el espectáculo de tales hermosuras, sino para recrearme en esplendor de la mía. (Salen)

ESCENA III

Entran Donna Capuleto y a la Aya.

Donna Capuleto: Aya, ¿dónde está mi hija? Llámala, necesito que venga.

Aya: ¡Pimpollo!… ¿Dónde está esta muchacha? ¡Julieta!

Entra Julieta

Julieta: ¡Ya, ya! ¿Quién me llama?

Aya: Su madre

Julieta: Aquí estoy, señora; ¿qué desea?

Donna Capuleto: El asunto es este… Déjanos solas un momento, Aya; tenemos que hablar en secreto… Pero no. ¡Vuelve acá, Aya: Lo he pensado mejor; debes oír nuestra conversación!

Aya: ¡Santa cuchara! ¿De que quiere conversar?

Donna Capuleto: De casamiento era de lo que iba a hablar. Dime, Julieta, hija mía: ¿Tienes ganas de casarte?

Julieta: Es un honor en el que nunca he soñado

Donna Capuleto: Bien; ya es tiempo de pensar en eso, otras más jóvenes que tu, damas de gran estimación, ya son madres. Así, pues, en breves palabras: el animoso Paris te solicita como esposa, ¿qué dices a eso?

Aya: ¡Qué hombre, señorita! Señora, es un hombre como el mundo entero.

Donna Capuleto: Todo el verano de Verona no tiene una flor semejante.

Aya: Ya lo creo que es una flor.

Donna Capuleto: ¿Podrás amar a ese hidalgo? Esta noche le verás en nuestra fiesta. Mira el rostro de Paris y descubre ahí el encanto escrito con pluma de la gentileza. Observa la armonía de su rostro. Dilo brevemente. ¿Verás con agrado el amor de Paris?

Julieta: Veré de amarle, si me mueve el amor.

Entra un criado

Criado: Señora, ya han llegado los invitados; la cena esta lista; a usted la llaman; preguntan por la señorita; en el oficio reniegan a la Aya, y anda todo revuelto. Tengo que irme a servir. Le suplico que me sigan.

Donna Capuleto: Te seguimos. (Sale el criado) Julieta, el conde espera.

Aya: ¡Anda muchacha, busca felices noches a los felices días! (Salen)

ESCENA IV

Entran Romeo, Mercuccio y Benvolio.

Romeo: ¡Denme una antorcha! Y ya que ando tenebroso, debo llevar la luz.

Mercuccio: ¡Cómo gentil Romeo! ¡Queremos que bailes!

Romeo: ¡No, créanme! Ustedes llevan zapatos de baile, con suelas ligeras. Yo tengo plomo en el alma, que me deja clavado en el piso sin poder moverme.

Mercuccio: ¡Eres un enamorado! El amor es tierno pero patético.

Romeo: ¿Tierno el amor? ¡Demasiado áspero, demasiado violento y demasiado rudo!

Mercuccio: ¡Si el amor, es malo contigo, se malo con él; se rudo con él, se violento con él!

Benvolio: ¡Vamos, llamen y entremos!

Romeo: ¡Una antorcha para mí! ¡Los livianos de corazón hagan cosquillas con sus talones al piso!

Mercuccio: ¡Bah! ¡Vamos, que estamos alumbrando la luz del día!

Romeo: No, no. No es así.

Mercuccio: Quiero decir que con esta indecisión consumimos en vano nuestras luces como lámparas en pleno día.

Romeo: Y nuestra intención de venir es excelente; pero también es una falta de juicio.

Mercuccio: ¿Por qué? ¿Quieres decirlo?

Romeo: Anoche tuve un sueño…

Mercuccio: Yo también…

Romeo: Bien, ¿Qué soñaste?

Mercuccio: Que los soñadores se engañan a si mismos

Romeo: Dormidos en su cama, algunos sueñan cosas verdaderas.

Mercuccio: Sueños, que son engendros de una mente ociosa, de la fantasía, tan insustancial como el aire y más mudable que el viento.

Benvolio: Ese viento de que hablas nos aleja de nosotros mismos.

Romeo: Mi corazón presiente que una fatalidad comenzará y pondrá fin a la despreciable vida que encierra mi pecho por golpe de muerte. ¡Adelante, alegres caballeros!

Benvolio: ¡Redoblad, tambores! (Salen)

ESCENA V

Salón en casa de Capuleto. Entran Criados con servilletas.

Criado 1: ¡Instalen las sillas plegadizas ¡Cuidado con la vajilla de plata!¡Hey, tú!

Criado 2: ¡Ya voy, muchacho! ¡No podemos estar en todos lados al mismo tiempo!

Criado 1: ¡Rápido, muchacho! ¡El ultimo carga con todo!

Salen. Entran Capuleto, Julieta y otras personas de su familia, con los invitados.

Capuleto: ¡Bienvenidos, caballeros! ¿Las damas ya tienen ganas de bailar? ¡Bienvenidos jóvenes y caballeros! ¡A ver esa orquesta!… ¡despejen la pista! (Suena la música y bailan)

Romeo: (A un criado) ¿Quién es la dama que está bailando allá?

Criado: No la conozco, señor.

Romeo: ¡De ella las antorchas aprenden a brillar! ¡Demasiada rica para gozarla, demasiado hermosa para el mundo! ¡Jamás supe hasta ahora lo que el amor puede ser! ¡Jamás hasta esta noche conocí la belleza verdadera!

Tibaldo: Conozco esa voz, es Romeo Montesco. ¿Cómo el miserable se atreve a venir aquí? Voy a matarlo.

Capuleto: ¿Qué pasa sobrino?

Tibaldo: ¡Tío, ese es un Montesco, que ha venido a intrusear en nuestra fiesta!

Capuleto: ¿Es el joven Romeo?

Tibaldo: ¡El mismo!

Capuleto: Tranquilízate; déjalo en paz, que se esta portando como un noble hidalgo.

Tibaldo: Pero tío; ¡¡¡eso es una vergüenza!!!

Capuleto: ¡Ándate al diantre! ¡Eres un majadero! ¿Con que una vergüenza? ¡Esas palabras te pueden costar caro; se lo que digo!

Tibaldo: ¡Puesto que me lo mandas, aunque temblando de rabia, me retiraré! (Sale)

Romeo: (A Julieta) Mi mano… déjala que tome la tuya como una reliquia.

Julieta: Eres injusto con tu mano…

Romeo: Entonces, deja que hagan los labios lo que las manos hacen. No te muevas, entonces, mientras cojo la respuesta a mi plegaria. ¡Así, por los labios tuyos, quedarían los míos libres de pecado!

Julieta: Así pasaría a mis labios el pecado de los labios tuyos.

Entra la Aya

Aya: Señorita, su madre desea decirle algunas palabras.

Romeo: ¿Quién es su madre?

Aya: ¡Pero joven, es la señora de la casa, Donna Capuleto! Yo he criado a su hija.

Romeo: ¿Es ella una Capuleto? Mi vida misma se la debo a mi adversario.

Benvolio: ¡Afuera todo el mundo! La fiesta ya dio todo lo suyo.

Capuleto: ¡He, jóvenes! ¿Tienen que irse? Pues, entonces, gracias a todos. ¡Buenas noches! (Salen todos, menos Julieta y Aya)

Julieta: Ven acá Aya. ¿Quién era ese caballero?

Aya: No lo conozco.

Julieta: Averigua su nombre.

Aya: Se llama Romeo y es un Montesco. Es el único hijo de tu mayor enemigo.

Julieta: ¡Mi único amor nacido de mi único odio! ¡Demasiado pronto le vi, sin conocerle y demasiado tarde lo conocí! ¡Prodigio del amor tener que amar al enemigo que debiese odiar!

Aya: ¿Qué es eso?

Julieta: Unos versos que acabo de aprender.

Aya: ¡Ven, salgamos! Todos los invitados se han ido ya.

(Salen)

ACTO SEGUNDO

ESCENA I

Una calle, junto a las tapias del jardín de Capuleto. Entra Romeo.

Romeo: ¿Puedo acaso ir más lejos, cuando mi corazón de queda aquí? (Se trepa a la tapia y salta al interior.)

Entran Mercuccio y Benvolio.

Mercuccio: Es un muchacho de talento, y te apuesto que se ha ido a su casa a dormir.

Benvolio: Yo más bien creo que saltó la tapia de este jardín. ¡Llámale, Mercuccio!

Mercuccio: ¡Ahoy! ¡Romeo!... ¡Locura!... ¡Pasión!... ¡Aparécete con la forma de un suspiro! Cupido disparó tan certero cuando el rey Cofetúa se enamoró de una vagabunda… ¡Está loco!... ¡Te conjuro por los ojos de Rosalina, por su rostro y sus labios de carmín, por sus esbeltas piernas, sus muslos trémulos, y esos tibios lugarcitos adyacentes, para que te nos aparezcas!

Benvolio: Se va a enojar si llega a oírte.

Mercuccio: ¡Su amor es tan ciego, no atinará en el blanco! ¡Ay, Romeo!, si ella fuese una ollita caliente y entreabierta y tú una perita jugosa, seguro que tendrías buen jugo para llenarle el vientre ¡Buenas noches, Romeo! ¡Me voy a mi camita! ¿Nos vamos?

Benvolio: Sí, vámonos, pues. Es inútil e indiscreto buscar a quien no quiere ser hallado. (Salen.)

ESCENA II

El jardín de Capuleto. Entra Romeo. Julieta aparece en un balcón

Romeo: Estoy temblando… ¡Es el amor!... ¡Si ella lo supiera!... Pero está hablando, aunque no llego a oírla. ¿Qué importa? ¡Hablan sus ojos!...

Julieta: ¡Ay de mí!

Romeo: ¡Habla, habla otra vez!... Esta noche apareces luminosa.

Julieta: ¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Por qué tenías que ser tú, Romeo? Niega a tu padre, renuncia a tu nombre; o siquiera júrame tú que me amas, y dejaré de ser una Capuleto.

Romeo: (Aparte) ¿Seguiré espiándola y oyéndola, o deberé hablarle ahora?

Julieta: ¡Solamente tu nombre es mi enemigo! ¡Porque tú eres tú mismo, seas Montesco o no! ¿Qué es Montesco?... ¿Qué hay en tu nombre? ¡Llámate con otro nombre! Eres como una flor que puede tener cualquier nombre sin cambiar su perfume delicioso. ¡Romeo, renuncia a tu nombre; y tómame entera!

Romeo: Llámame sólo “amor mío”, y seré nuevamente bautizado. ¡Y ahora mismo dejaré de ser Romeo!

Julieta: ¿Quién eres tú, que sorprendes mis secretos?

Romeo: ¡No sé cómo expresarte con un nombre quién soy yo! Mi nombre me es odioso, si es enemigo tuyo. Si la tuviese escrita, rasgaría esa palabra.

Julieta: ¿Eres Romeo el Montesco?

Romeo: Ni uno ni otro, si los dos te desagradan.

Julieta: ¿Cómo llegaste aquí? Mortal te sería este sitio, si alguien te descubriese.

Romeo: Ante ti, tus parientes no me importan.

Julieta: ¡Te asesinarán si te encuentran!

Romeo: ¡Más peligro hay para mí en tus ojos que en ellos! Mírame con agrado, y seré invulnerable a su enemistad.

Julieta: ¡Por cuánto vale el mundo, no quisiera que te hallasen aquí!

Romeo: Si no me quieres, déjalos que aquí me encuentren. ¡Es mejor que termine mi vida si no tengo tu amor!

Julieta: ¿Quién te guió para descubrir este sitio?

Romeo: Aunque te hallaras tan lejos como el más lejano mar, me aventuraría por ti y te encontraría.

Julieta: ¿Me amas? Sé que dirás: sí, y yo te creeré. Y podría ser falso… Si de veras me quieres, dilo con sinceridad; y si piensas que soy demasiado fácil, me fingiré esquiva, y pondrás más empeño en conquistarme, pero has de ser honesto, de otro modo… ni por todo el mundo. Es cierto, Montesco: soy demasiado apasionada.

Romeo: Dama mía, juro por la luna…

Julieta: ¡No! No jures por la luna, inconstante, que cambia cada vez su órbita. No sea que tu amor resulte tan variable.

Romeo: ¿Por qué jurar, entonces?

Julieta: ¡No jures, o jura por ti mismo, y así te creeré!

Romeo: Si el hondo amor de mi pecho…

Julieta: Mejor no jures. Este capullo de amor tal vez se haya convertido en flor cuando volvamos a vernos. ¡Buenas noches!

Romeo: ¿Vas a dejarme así, tan poco satisfecho?

Julieta: ¿Qué satisfacción puedes lograr esta noche?

Romeo: Que intercambies conmigo el fiel juramento del amor.

Julieta: Te lo entregué antes de que tú me lo pidieras y aun así quisiera dártelo de nuevo.

Romeo: ¿Me lo querrías quitar? ¿Con qué objeto?

Julieta: Sólo para dártelo otra vez. Cuanto más amor te entrego, tanto más me queda. ¡Oigo ruido adentro! ¡Adiós! (La Aya llama adentro). ¡Ya voy, Aya! ¡Montesco, séme fiel! ¡Espera un momento, sólo un momento! ¡Vuelvo otra vez! (Sale)

Romeo: ¡Tengo miedo de que todo esto no sea más que un sueño, demasiado encantador para que sea realidad!

Vuelve a entrar Julieta arriba

Julieta: ¡Sólo unas palabras más, Romeo, y buenas noches! Si me amas en verdad y tu fin es el matrimonio, comunícamelo mañana por medio de una que yo trataré de enviarte, señalándole dónde y a qué hora quieres que se realice la ceremonia.

Aya: (Dentro) ¡Julieta!

Julieta: Voy en seguida… Pero si son malas tus intenciones, te suplico…

Aya: (Dentro) ¡Julieta!

Julieta: ¡Ya voy!... Te suplico que me abandones a mi dolor. Mañana te mandaré el mensaje. ¡Buenas noches!

Romeo: ¡Buenas noches! (Sale)

Vuelve a entrar Julieta arriba

Julieta: (Susurrando) ¡Shht!... ¡Romeo!... ¡Shht!... No puedo hablar en voz alta. ¡Romeo!...

Romeo: ¡Julieta!

Julieta: ¿A qué hora te enviaré el recado mañana?

Romeo: A las nueve.

Julieta: ¡No fallaré!... No sé por qué te he llamado.

Romeo: Déjame estar aquí hasta que lo recuerdes.

Julieta: Lo olvidaría para tenerte siempre junto a mí.

Romeo: Y yo querré que sigas en tu olvido.

Julieta: Casi amanece ya. Es hora de que te vayas. ¡Buenas noches! (Sale)

Romeo: Iré ahora mismo a la celda de mi padre espiritual, para pedirle ayuda y contarlo lo que anhelo sacramentar. (Sale.)

ESCENA III

Celda de Fray Lorenzo; Entra Fray Lorenzo con una cesta

Fray Lorenzo: Inmensa es la virtud que reside en las plantas, pues no existe en la tierra nada tan vil que no rinda algún beneficio especial. La virtud misma, mal empleada, se convierte en vicio, y a veces el vicio domina nuestra conducta. Dentro de esta bella flor residen el veneno y el poder medicinal. En el hombre y en las plantas, siempre moran extremos enemigos: la bondad y la maldad; y cuando predomina la peor muy pronto la muerte devora a la planta o al hombre.

Romeo: ¡Feliz amanecer., padre Lorenzo!

Fray Lorenzo: ¿Qué voz mañanera me saluda tan dulcemente? Hijo mío, levantarse temprano indica un ánimo inquieto… Mmm… Sí… Tu madrugar denuncia que una inquietud te despertó… a no ser que nuestro Romeo no se haya acostado anoche…

Romeo: Eso último es verdad

Fray Lorenzo: ¡Perdone Dios el pecado! ¿Estuviste con Rosalina?

Romeo: ¿Con Rosalina, reverendo padre? No; ya olvidé ese nombre y su amargura.

Fray Lorenzo: Eso es ser un buen hijo. Pero, entonces, ¿dónde estuviste?

Romeo: Estuve en una fiesta con mi enemigo, donde me flechó una persona, a quien yo, a mi vez, fleché. El remedio de ambos depende de tu amparo y medicina.

Fray Lorenzo: Sé llano y claro, hijo mío, en lo que digas. Una confesión equívoca sólo encuentra una equívoca solución.

Romeo: El amor de mi corazón es la bella hija de Capuleto, y también ella me ama. Sólo falta que tú nos unas en santo matrimonio. Dónde, cuándo y cómo nos vimos, nos enamoramos, y cambiamos nuestros votos de amor, te lo diré por el camino. Te ruego que nos cases hoy mismo.

Fray Lorenzo: ¡Por San Francisco bendito! ¿Qué cambio es éste? ¿Ya olvidaste a Rosalina? Veo que el amor de los jóvenes no está en el corazón, sino en los ojos. ¡Jesús! ¡María! ¡Cómo llorabas por Rosalina!

Romeo: ¡No me reprendas, te lo suplico! La que ahora amo paga firmeza con firmeza, amor con amor. No se portaba así la otra.

Fray Lorenzo: Vamos, muchacho, ven conmigo. Te ayudaré por una razón: porque esta alianza puede ser provechosa, cambiando el rencor de vuestras familias en amor.

Romeo: ¡Vamos, sí! Debemos actuar rápidamente.

Fray Lorenzo: Despacio; mira que los que corren demasiado suelen tropezar y caer. (Salen)

ESCENA IV

Una calle. Entran Benvolio y Mercuccio

Mercuccio: ¿Dónde andará ese Romeo? ¿No fue anoche a su casa?

Benvolio: A la de su padre, no. Ya le pregunté a su criado.

Mercuccio: ¡Ay! Esa chiquilla pálida de corazón de piedra, esa tal Rosalina, le atormenta de un modo que acaba por volverlo loco.

Benvolio: Tibaldo, el Capuleto, le envió una carta a la casa de su padre.

Mercuccio: ¡Recuernos! ¡Debe ser una nota de desafío!

Benvolio: Romeo le contestará.

Mercuccio: ¡Ay, pobre Romeo! ¡Dale ya por muerto! Apuñalado por los ojos brillantes de una jovencita, herido su corazón por la flecha del arquerito ciego, ¿tan maltrecho por todo esto, será capaz de hacerle frente a Tibaldo?

Benvolio: ¡Bah! Pues ¿qué es Tibaldo?

Mercuccio: ¡El príncipe de los gatos, te lo aseguro! ¡Se bate como si danzara! Guarda tiempo, distancia y medida. Te da por descanso el silencio de una mínima: una, dos, y la tercera en el pecho. ¡Del un-dos-tres! ¡Del hai!

Benvolio: ¿Del qué?

Mercuccio: ¡De la idiotez! ¡La peste de tales estúpidos y fantásticos mequetrefes! ¡Fina la puta que lo…! ¿No es lamentable que hayan de molestarnos esos asquerosos moscardones?

Entra Romeo

Benvolio: ¡Aquí viene Romeo, aquí viene Romeo!

Mercuccio: ¡Pues déjalo que venga, que viene más roído que un arenque!

Romeo: ¡Buenos días, señores! ¿Usarás el calzado para darme la espalda, darte impulso y salir al escape?

Mercuccio: ¡Si hiciera tal estupidez con tus sentidos, es que tengo el sentido de un estúpido!

Romeo: ¡Siento que tengas tan poco sentido!

Mercuccio: ¡Te daré qué sentir, porque pico más alto!

Romeo: Cuando vas con el pico levantado.

Mercuccio: ¡Vaya que estás picante!

Romeo: ¡No te piques!

Mercuccio: ¡Bueno y bien dicho! ¿No vale más esto que lloriquear amores? Ahora eres sociable, ahora eres Romeo; ahora eres el que eres, por tu educación como por tus dones naturales.

Benvolio: ¡Para ya, para ya!

Entran la Aya de Julieta y su criado.

Mercuccio: ¡Una vela, una vela!

Aya: ¡Pedro!

Pedro: ¿Qué?

Aya: Mi abanico, Pedro.

Mercuccio: Dáselo, Pedro amigo, para que se tape el rostro, mira que ese abanico es menos feo que su cara.

Aya: Buenos días les dé Dios, caballeros.

Mercuccio: Buenas tardes te dé Dios, hermosa dama.

Aya: ¿Son ya buenas tardes?

Mercuccio: No sé si serán buenas, pero la libertina manecilla del reloj ya le está tocando el trasero a las doce.

Aya: ¡Fuera de mi presencia! ¡Vaya que hombre tan grosero!

Romeo: Señora mía, un hombre que Dios crió, para echarse a perder él solito.

Aya: ¡Bravo, muy bien dicho! “Para echarse él mismo a perder”…Caballero, ¿podría alguno de ustedes decirme dónde puedo hallar al joven Romeo?

Romeo: Yo puedo decírtelo: yo soy el más joven de ese nombre, a falta de otro peor.

Aya: Si tú eres él, señor, debo hacerte una confidencia. Tengo un mensaje privado que entregarte.

Mercuccio: Romeo, ¿irás a casa de tu padre? Allá comeremos.

Romeo: Luego los acompañaré.

Mercuccio: ¡Adiós vieja señora!... ¡Adiós! (Salen Mercuccio y Benvolio.)

Aya: Por favor, señor, ¿qué era ese fanfarrón?

Romeo: Un caballero que le gusta escucharse a sí mismo y que hablará en un minuto más de lo que escuchará en un mes entero.

Aya: Pues si llegase a hablar mal de mí, se las haré pagar… ¡Pícaro sinvergüenza!... Pero no es eso de lo que vengo a hablarle… Permita, señor, unas palabras. Mi señorita me ha encargado que lo buscara, y lo que me mandó decirle, me lo reservaré; debo antes advertirle que ella es demasiado niña, está virgen de veras y, si usted procede con doblez, sería cosa fea, que no debe hacerse a una doncellita auténtica.

Romeo: Aya, recomiéndame ante tu señora y dueña. Dile que invente algún pretexto para ir esta tarde a confesarse, y que allí, en la ermita de fray Lorenzo, él nos confesará y casará. (Entregándole unas monedas) Toma, por tus molestias.

Aya: ¡De ningún modo, señor! ¡Ni un peso!

Romeo: ¡Vamos, digo que lo tomes!

Aya: ¿Esta tarde, señor? Bien; allí estará.

Romeo: Y tú, querida Aya, quédate tras las murallas. Mi criado se encontrará contigo y te traerá una escala de cuerdas, que me conducirá a la alta cumbre de mi felicidad durante la noche deliciosa…

Aya: ¿Es silencioso vuestro criado?

Romeo: Yo te garantizo que mi criado es fiel como el acero.

Aya: Entonces bien, señor… Aunque hay aquí un noble caballero, un tal Paris, que de buena gana quisiera entrar al abordaje; pero ella preferiría a un sapo antes que a él. Algunas veces la hago rabiar, diciéndole que Paris es el hombre adecuado, pero ahora veo que no…

Romeo: ¡Encomiéndame a tu señora!

Aya: Sí, mil veces. (Sale Romeo) ¡Pedro!

Pedro: ¡Al tiro!

Aya: Pedro, toma mi abanico y camina adelante y a prisa. (Sale.)

ESCENA V

Jardín de Capuleto. Entra Julieta

Julieta: Eran recién las nueve cuando mandé a la Aya, y me prometió estar de vuelta en no más de media hora. Quizá no ha podido hablar con él; pero no es eso. ¡Ay! ¿Es que es coja? Los mensajeros del amor deberían ser pensamientos…

Entra la Aya con Pedro

Julieta: ¡Oh Dios, ya viene! ¡Ay Aya! ¿Qué noticias me traes? ¡Despacha a tu criado!

Aya: Pedro, espérame junto a la puerta. (Sale Pedro.)

Julieta: Vamos, dulce Aya… ¡Ay Dios! ¿Por qué ese aire apesadumbrado? Aunque sean tristes las noticias, dilas con alegría; pero si son felices, estás afeando la música de las gratas nuevas.

Aya: Estoy rendida. Déjame respirar un momento. ¡Ay, qué dolor de huesos!

Julieta: ¡Ay, Aya tan quejumbrosa! ¡Ojalá tú tuvieras mis huesos y yo tus noticias! ¡Vaya, vamos, habla, te lo ruego! ¡Querida, querida Aya, habla!

Aya: ¡Santo Dios, cuánto apuro! ¿No puedes aguantar un poco? ¡Es que estoy sin aliento!

Julieta: ¿Cómo estás sin aliento, si tienes aliento para decirme que estás sin aliento? Vamos, ¿me traes noticias buenas o malas?

Aya: ¡Romeo! No es la flor de la cortesía; pero creo que es tierno como un cordero. ¡Anda, chiquilla, sirve a Dios! ¿Han comido ya en casa?

Julieta: ¡Todo eso ya lo sabía! ¿Qué dice de nuestro casamiento? ¿Qué dice?

Aya: ¡Señor!... ¡Ay, mi espalda, mi espalda!

Julieta: Lamento que no te halles bien. Queridita, queridita Aya, ¿qué dice mi amor?

Aya: Tu amor dice, como honrado caballero… ¿Dónde está tu madre?

Julieta: ¿Qué dónde está mi madre? ¡Pues estará ahí dentro! ¿Dónde habría de estar? ¡Qué extraño modo de responder! “Tu amor dice, como honrado caballero, ¿dónde está tu madre?”

Aya: ¡Por la Virgen Santísima! ¿Tan caliente estás? ¡Desde ahora lleva los recados tú misma!...

Julieta: ¡Vaya un lío!... ¡Vamos! ¿Qué dice Romeo?

Aya: ¿Tienes ya permiso para confesarte hoy?

Julieta: Sí.

Aya: Entonces, corre de inmediato a la ermita de fray Lorenzo. Allí te aguarda un marido para hacerte su esposa. ¡Corre a la iglesia! Yo debo ir en busca de una escala de cuerdas, trepando por la cual, esta noche, en cuanto oscurezca, tu amante ha de meter su pájaro en el nidito.

Julieta: ¡Corramos a la suprema felicidad! ¡Honrada Aya, adiós! (Salen.)

ESCENA VI

Celda de Fray Lorenzo. Entran Fray Lorenzo y Romeo

Fray Lorenzo: Quieran los cielos sonreir a esta sagrada ceremonia, para que los tiempos futuros no nos la reprochen con amargura.

Romeo: ¡Amén! ¡Junta nuestras manos con santas palabras, y que luego la muerte, haga lo que quiera! ¡Me basta con poder llamarla mía!

Fray Lorenzo: Hmm… Esos transportes violentos suelen tener un fin igualmente violento y morir en pleno triunfo. La miel más dulce hostiga por su mismo dulzor excesivo. Ama, pues, con mesura, porque así se lleva el amor.

Entra Julieta

Fray Lorenzo: ¡Aquí llega la dama!

Julieta: ¡Buenas tardes, mi buen y reverendo confesor!

Fray Lorenzo: Romeo te dará las gracias por él y por mí, hija mía.

Romeo: ¡Julieta! ¡Si tu felicidad es tan grande como la mía, deja que tu voz cante esta alegría que los dos sentimos al reunirnos ahora aquí!

Julieta: El sentimiento, más rico en contenido que las palabras, no necesita adornos.

Fray Lorenzo: Vengan, vengan conmigo, y hagamos lo que tenemos que hacer; porque, con el consentimiento de ustedes, no les permitiré estar solos hasta que la Santa Iglesia los haya unido a los dos en uno. (Salen.)

ACTO TERCERO

ESCENA I

Una plaza pública. Entran Mercuccio, Benvolio, un Paje y criados.

Benvolio: ¡Por favor, mi buen Mercuccio! El día está muy caluroso, los Capuletos andan de un lado a otro, y si nos encontramos con ellos, no podremos evitar una pelea, porque ahora, en estos días de calor hierve la sangre.

Mercuccio: ¡Anda, no te hagas el inocente! Tú eres el tipo más peleador de toda Italia…

Benvolio: ¿Y qué más?

Mercuccio: Que… que si hubiese dos como tú, enseguida nos quedaríamos sin ninguno, pues se matarían ambos. ¡Tú buscas pelea a un tipo porque tiene un pelo más o menos en su barba! ¡Y tú quieres enseñarme a mí a evitar las peleas!

Benvolio: ¡Mira lo que te decía, aquí vienen los Capuletos!

Mercuccio: ¡Por mis talones, que me tienen sin cuidado!

Entran Tibaldo y otros

Tibaldo: Síganme, pues voy a hablarles. ¡Buenas tardes, caballeros! ¿Me permiten una palabrita…?

Mercuccio: ¿Sólo una palabrita y nada más? ¡Júntala con algo, para que sean una palabrita y un golpe!

Tibaldo: Me encontrarás muy bien dispuesto si me das algún motivo.

Mercuccio: ¿Y no sabrías tomarlo sin que te lo dieran?

Tibaldo: ¡Mercuccio, tú estás de concierto con Romeo!...

Mercuccio: ¡De concierto!... ¡Qué!... ¿Nos has tomado por músicos? ¡Aquí está mi arco de violín! ¡Aquí está lo que te hará danzar! ¡Y te juro que te daré todo un concierto!

Benvolio: Estamos en un sitio de mucha concurrencia. Busquemos un lugar más retirado, Aquí todos los ojos nos miran.

Mercuccio: ¡Para mirar se hicieron los ojos! ¡Qué nos miren! ¡Y no me moveré para dar gusto a nadie!

Entra Romeo

Tibaldo: Bien; quedamos tú y yo en paz. ¡Aquí llega mi mozo!

Mercuccio: ¡Pues que me ahorquen si es tu mozo! Sal al campo, que él te seguirá.

Tibaldo: ¡Romeo, no mereces más que te diga esto: eres un villano!

Romeo: Tibaldo, las razones que tengo para apreciarte excusan en mucho el odio de tu saludo. ¡Yo no soy un villano! ¡Por tanto, adiós! ¡Veo que no me conoces!

Tibaldo: ¡Mozuelo, no te excuso la injuria que me hiciste! ¡Vuélvete y pelea!

Romeo: Yo te aprecio más de lo que te imaginas, y ya sabrás la causa de mi afecto. Capuleto, que tu nombre estimo tanto como el mío, ¡date por satisfecho!

Mercuccio: Hay que terminar con esto. (Saca el arma) ¡Tibaldo, cazarratas! ¿Quieres bailar?

Tibaldo: ¿Qué deseas de mí?

Mercuccio: Buen rey de los gatos, sólo quiero una de tus nueve vidas, de la que haré lo que me plazca, y luego sacudirte las ocho restantes. ¡Qué esperas! ¿Vas a sacar tu arma por el trasero?

Tibaldo: ¡A tus órdenes! (Saca el arma.)

Romeo: ¡Gentil Mercuccio, guarda tu arma!

Mercuccio: ¡Veamos, señor, quién es el cobarde!

Romeo: ¡Ayúdame Benvolio; bajemos sus espadas! ¡Tibaldo! ¡Mercuccio! ¡El príncipe ha prohibido armar conflicto en Verona! ¡Deténganse! (Romeo sujeta a Mercuccio y Tibaldo aprovecha de herirlo por debajo del brazo de Romeo, y huye con sus acompañantes.)

Mercuccio: ¡Me atravesó! ¡Mala peste a vuestras familias!... Y el otro, ¿ha huido sin recibir una puntada?

Benvolio: ¡Cómo! ¿Estás herido?

Mercuccio: Sí, sí…sólo un rasguño, un rasguño no más… Pero bastante hondo para costarme la vida.

Romeo: ¡Valor, muchacho! La herida no será de importancia.

Mercuccio: No… no es tan honda como un pozo ni tan ancha como un portal, pero es suficiente; ya producirá su efecto… ¡Mañana me encontrarán tieso! ¡Mala peste!... ¡Maldición!... ¡Benvolio, ayúdame a entrar en alguna casa, para no morirme en la calle!... ¡Mala peste a vuestras familias!... ¡Me han dejado listo para los gusanos! (Salen Mercuccio y Benvolio)

Romeo: ¡Mi mejor amigo, está muriendo por defenderme! ¡Mi honra está sucia por el ultraje de Tibaldo! ¡Por ese, que desde hace una hora es mi primo!...

Vuelve a entrar Benvolio

Benvolio: ¡Romeo!... ¡Ha muerto el bravo Mercuccio!

Romeo: ¡Qué día! ¡Este sólo da principio a la desgracia! ¡Otros han de darle fin!

Vuelve a entrar Tibaldo, con su pandilla

Benvolio: ¡Aquí está otra vez el furioso Tibaldo!

Romeo: ¡Vivo y triunfante! ¡Y Mercuccio muerto! El alma de Mercuccio está muy próxima sobre nuestras cabezas, esperando que la tuya vaya a hacerle compañía.

Tibaldo: ¡Tú, que aquí le acompañabas, irás con él!

Romeo: ¡Esto lo decidirá! (Luchan, Tibaldo cae muerto)

Benvolio: ¡Romeo, vete, huye! Los ciudadanos se dirigen aquí y Tibaldo está muerto. ¡El príncipe te condenará a muerte si te atrapan! ¡Huye! ¡Vamos! ¿Qué haces ahí parado? (Sale Romeo)

Entran ciudadanos, parientes Montescos y Capuletos, etc.

Donna Montesco: ¿Por dónde ha huido el matador de Mercuccio? Tibaldo, ese asesino, ¿Por dónde escapó?

Benvolio: ¡Allí está ese Tibaldo!

Donna Montesco: ¡Vamos, señor, síganme! ¡En nombre del príncipe le mando que obedezca!

Entran el Príncipe, con su acompañamiento: Montesco, Capuleto, Donna Capuleto y otros.

Príncipe: ¿Dónde están los viles iniciadores de este enlace?

Benvolio: Príncipe, yo puedo informaros acerca de toda esta pelea mortal. Ahí yace, muerto por el joven Romeo, el que mató a su pariente el bravo Mercuccio.

Donna Capuleto: ¡Tibaldo, mi sobrino! ¡Se ha vertido la sangre de mi querido pariente! ¡Príncipe, pues eres justo, manda que por la sangre nuestra se derrame ahora la sangre de Montesco!

Príncipe: Benvolio, ¿quién empezó esta sangrienta reyerta?

Benvolio: Tibaldo, a quien mató Romeo. Éste, trataba de herir a Romeo, y atacó a Mercuccio por tratar de defenderlo. “¡Conténganse, amigos; sepárense!”, gritó Romeo, y se interpuso entre los dos. Por debajo de su brazo, Tibaldo dio una traidora estocada que le quitó la vida a Mercuccio, y luego huyó; pero en seguida volvió hacia Romeo, quien recién empezaba a sentir el ansia de venganza; y se arrojaron uno contra el otro. Tibaldo cayó, y Romeo emprendió la fuga. Esta es toda la verdad. ¡Y que me caiga muerto si hubiese mentido!

Donna Capuleto: ¡Benvolio es pariente de Montesco! ¡El cariño le hace mentir! ¡Demando justicia, y que tú, príncipe, me la otorgues! ¡Romeo mató a Tibaldo! ¡Romeo debe morir!

Príncipe: Romeo le mató; pero él mató a Mercuccio. ¿Quién ha de pagar el precio de su estimada sangre?

Montesco: No será Romeo, Príncipe, porque él era amigo de Mercuccio. Su delito no ha hecho sino anticiparse a lo que la ley debía ejecutar.

Príncipe: Pues por esa ofensa, inmediatamente le desterraremos de aquí. ¡Vuestros odios me interesan a mí también! ¡Mi sangre está corriendo a causa de vuestros feroces conflictos! Salga de aquí Romeo a toda prisa, pues, de lo contrario, cuando se le encuentre, esa será su última hora. ¡Llevaos de aquí ese cuerpo, y cuidad de cumplir mi voluntad! (Sale.)

ESCENA II

Jardín de Capuleto. Entra Julieta

Julieta: ¡Quisiera traer ya la tenebrosa noche! ¡Ven, noche! ¡Ven, Romeo! ¡Ven, noche gentil… noche morena! ¡Entrégame a mi Romeo! Tan largo es el día como la víspera de una fiesta para el niño que tiene traje nuevo y no lo puede estrenar. ¡Aquí llega la Aya, que me trae nuevas!

Entra la Aya con la escala de cuerdas

Julieta: Hola, Aya, ¿qué noticias hay? ¿Qué traes ahí? ¿Son las cuerdas que te mandó Romeo que buscaras?

Aya: ¡Sí, sí, las cuerdas! (Tirándolas al suelo.)

Julieta: ¡Ay de mí! ¿Qué pasa?

Aya: ¡Día maldito! ¡Ha muerto, ha muerto! ¡Estamos perdidas, señora! ¡No existe, le han matado!

Julieta: ¿Tan crueles pueden ser los cielos?

Aya: Romeo, sí, no los cielos. ¡Romeo! ¿Quién lo hubiera imaginado?

Julieta: ¿Quién demonios eres tú, vieja que me atormentas así? ¿Se ha dado muerte Romeo? ¡Si está muerte di sí, y si no, no; esos breves sonidos harán mi dicha o mi dolor!

Aya: ¡He visto la herida! ¡Aquí, en su pecho varonil! ¡Un cadáver cubierto de sangre, pálido como la ceniza! ¡Me desmayé al verlo!

Julieta: ¡Rómpete corazón! ¡A ti y a Romeo les guarde un mismo ataúd!

Aya: ¡Ay! ¡Tibaldo!... ¡Tibaldo!... ¡Ay, galante Tibaldo, tan buenmozo! ¡Qué haya vivido yo para verlo muerto!

Julieta: ¿Romeo fue asesinado y también Tibaldo muerto? ¿Mi amado primo y mi esposo aun más amado?

Aya: ¡Tibaldo ha muerto! ¡Romeo le mató y está desterrado!

Julieta: ¡Oh, Dios!... ¿La mano de Romeo vertió la sangre de Tibaldo?

Aya: ¡Así es! ¡No hay fe, no hay honradez en los hombres! ¡Son falsos, hipócritas! ¡Caiga la vergüenza sobre Romeo!

Julieta: ¡Que se te cubra la lengua de llagas por decir semejante deseo! ¡Romeo no ha nacido para la vergüenza! ¡Que cruel he sido en reprocharle!

Aya: ¿Y defiendes a quien mató a tu primo?

Julieta: ¿Y acaso he de hablar mal de mi esposo? Pero ¿por qué diste muerte a mi primo? Tibaldo seguramente hubiera matado a mi esposo. ¡Atrás, lágrimas necias! Romeo vive, y Tibaldo pretendía matarlo. Cierta palabra oí, peor que la muerte de Tibaldo, que me asesinó: “Tibaldo ha muerto, y Romeo está… desterrado”. La muerte de mi primo era suficiente desgracia; anunciar, tras la muerte de Tibaldo, “Romeo está desterrado”, es lo mismo que decir: “¡Mi padre, mi madre, Tibaldo, Julieta, todos asesinados, todos muertos!... ¿Dónde están mis padres?

Aya: Llorando junto al cuerpo de Tibaldo. ¿Quieres ir? Te acompañaré hasta allí.

Julieta: Laven ambos con lágrimas las heridas de él; que el destierro de Romeo hará verter las mías… ¡Recoge esas cuerdas!... ¿De qué sirven ahora? Romeo está desterrado.

Aya: Corre a tu habitación. Yo buscaré a Romeo. ¡Sé dónde está! ¡Escucha! ¡Él vendrá esta noche! ¡Voy a verlo! Se halla oculto en la ermita de fray Lorenzo.

Julieta: ¡Encuéntrale! Entrega esta sortija a mi fiel caballero y ruégale que venga a darme su último adiós. (Salen.)

ESCENA III

Ermita de Fray Lorenzo. Romeo. Entra Fray Lorenzo

Fray Lorenzo: Romeo, la desgracia de ti se ha enamorado.

Romeo: ¿Qué noticias hay, padre? ¿Qué ha resuelto el príncipe?

Fray Lorenzo: ¡Te traigo las noticias del fallo del príncipe!

Romeo: ¿Qué menos puede ser que sentencia de muerte?

Fray Lorenzo: De su boca salió un fallo más benigno; no la muerte, sino el destierro.

Romeo: ¡El destierro! ¡Di que me ha condenado a muerte, porque en realidad, el destierro mucho más aterrador que la muerte!

Fray Lorenzo: Estás desterrado de Verona. Mas ten paciencia, el mundo es más espacioso.

Romeo: Fuera de los muros de Verona el mundo no existe, ¡Estar desterrado de aquí es estar desterrado del mundo, y el destierro del mundo es la muerte!

Fray Lorenzo: ¡Pecado mortal, negra ingratitud! Según nuestras leyes, deberías morir; pero el buen príncipe, interesándose por ti y torciendo la ley, cambia en destierro la muerte, y tú no agradeces el inmenso favor.

Romeo: ¡No es favor, es suplicio! Mi vida está aquí, junto a Julieta; y cualquier cosa que vive aquí la puede mirar; ¡pero Romeo no! ¿Y dices que el destierro no es la muerte? ¿No tenías un veneno, un medio rápido de muerte, sino matarme con “desterrado”?

Fray Lorenzo: ¡Eres un loco! Siquiera escucha una palabra…

Romeo: Vas a hablarme otra vez del destierro…

Fray Lorenzo: Voy a darte el antídoto de esa palabra: la filosofía. Ella te consolará, aunque te halles proscrito.

Romeo: A no ser que la filosofía sea capaz de crear una Julieta, transportar de sitio una ciudad o revocar la sentencia de un príncipe, para nada sirve.

Fray Lorenzo: ¡Ya veo que los locos no tienen oídos!

Romeo: ¿Cómo han de tenerlos, cuando los cuerdos carecen de ojos?

Fray Lorenzo: Déjame aconsejarte sobre tu estado.

Romeo: ¡Tú no puedes hablar de lo que no sientes! Si fueras joven, como yo, y el objeto de tu amor fuese Julieta; si desde hace una hora estuvieses casado y hubieras dado muerte a Tibaldo; y si, como yo, te vieras desterrado, ¡entonces podrías hablar, tomando ya la medida de mi tumba! (Llaman dentro)

Fray Lorenzo: ¡Levántate! ¡Llaman! ¡Escóndete, Romeo!... ¿Quién es? ¡Esperen un momento!... ¡Levántate del suelo! (llaman) ¡Corre a mi estudio! ¡En seguida!... ¿Quién llama tan fuerte? ¿Qué desea?

Aya: (Dentro) Permítame que pase y sabrá mi recado. Vengo de parte de la señora Julieta.

Fray Lorenzo: ¡Bienvenida, pues!

Entra la Aya

Aya: ¿Dónde está el esposo de mi ama? ¿Dónde está Romeo?

Fray Lorenzo: Allí, en el suelo, embriagado con sus propias lágrimas.

Aya: ¡Igual que mi señorita!

Fray Lorenzo: ¡Dolorosa semejanza!

Aya: (A Romeo) ¡Levántese, si es hombre! ¡Por amor de Julieta, levántese y póngase en pie!

Romeo: ¡Aya!...

Aya: ¡Ay, señor! ¿Qué hemos de hacerle? La muerte es el fin de todo.

Romeo: ¿Cómo está? ¿No cree que soy un asesino? ¿Qué dice mi esposa?

Aya: No dice nada, no hace más que llorar. Se arroja al lecho, luego se levanta y nombra a Tibaldo, después a Romeo, y al fin vuelve a caer.

Romeo: ¡Ese nombre la ha matado a ella, como mi mano maldita mató a su primo! ¡La desdicha de haber nacido Montesco! Dime, ¿En qué vil parte de este cuerpo mi nombre se encuentra? (Sacando el arma)

Fray Lorenzo: ¡Para esa mano! ¿Eres hombre? Tu figura dice que lo eres, pero tus lágrimas muestran la furia irreflexiva de una fiera. Después de matar a Tibaldo, ¿quieres ahora matarte a ti mismo y a tu esposa? ¡Anímate hombre! Tu Julieta vive. Tibaldo quería matarte, pero tú le mataste. La ley que te amenazaba de muerte, se te hace amiga, dándote la pena de destierro, y no la muerte… ¡El suicidio es una muerte miserable!... Anda, ve a casa de tu amada, según estaba convenido; sube al aposento y consuélala; pero debes partir antes del amanecer, pues de lo contrario no podrás irte. Permanecerás fuera hasta que hallemos ocasión de hacer público vuestro matrimonio, reconciliar vuestras familias, obtener el perdón del príncipe y restituirte aquí en Verona.

Aya: He aquí señor, una sortija que Julieta me entregó para ti. No pierdas tiempo, date prisa, que es tarde. (Sale.)

Romeo: ¡Cómo consuela mi espíritu todo esto!

Fray Lorenzo: ¡Ándate ya! De esto depende toda tu vida; o te pones en camino antes que se monte la guardia, o sales disfrazado al despuntar el día. Reside en Mantua. Hallaré a tu criado, para que te lleve noticias de todo lo que ocurra aquí. ¡Adiós, Romeo! ¡Buenas noches!

Romeo: ¡Adiós, padre! (Salen.)

ESCENA IV

Una sala en casa de Capuleto. Entran Capuleto, Donna Capuleto y Paris

Capuleto: Cosas tan trágicas han ocurrido, señor, que no hemos tenido oportunidad de hablar a nuestra hija. Ella tenía gran afecto a su primo Tibaldo, y yo lo mismo. En fin; hemos nacido para morir. Ella no bajará ya esta noche.

Paris: Estos instantes de dolor no dan lugar a galanteos. Buenas noches, señor. Encomiéndeme a su hija.

Donna Capuleto: Lo haré mañana. Esta noche está entregada a su dolor.

Capuleto: Conde Paris, me atrevo a asegurarte el amor de mi hija y responder por él. Esposa, pasa a verla antes de retirarte. Dale cuenta del amor de Paris, y hazle saber que el próximo miércoles… Pero, ¿qué día es hoy?

Paris: Lunes, señor.

Capuleto: ¡Lunes! El miércoles es demasiado pronto; mejor que sea el jueves. Dile que el jueves se casará con este noble conde. (A Paris) Compréndelo, estando tan reciente la muerte de Tibaldo, pudieran pensar que le honrábamos poco, siendo nuestro pariente. ¿Qué te parece el jueves?

Paris: ¡Señor, quisiera que mañana fuera jueves!

Capuleto: Bueno, ahora ya puedes irte. Sea entonces el jueves. Ve a ver a Julieta, mujer, y prepárala para el casamiento. ¡Adiós, señor! (Salen.)

ESCENA V

Jardín de Capuleto. Entra Romeo, y Julieta arriba, en la ventana

Julieta: ¿Quieres marcharte ya?... aún no apunta el día…

Romeo: ¡Hay que elegir! ¡Es preciso que yo parta y viva, o me quede y muera!

Julieta: ¡Quédate, por tanto, todavía!... No tienes necesidad de marcharte aún.

Romeo: ¡Que me prendan! ¡Que me hagan morir!... ¡Si lo quieres, lo quiero! ¡Mi deseo de quedarme vence a mi voluntad de partir!... ¡Ven, muerte! Julieta lo quiere. ¡Aún no es de día!

Julieta: ¡Sí, si es; huye de aquí, escapa! ¡Parte ahora mismo! ¡Cada vez está mas claro!

Romeo: ¡Y cada vez están más negros nuestros infortunios!

Aya: ¡Señora! Tu madre viene acá. Ya está amaneciendo. ¡Cuidado! (Sale)

Romeo: ¡Adiós! Un beso, y voy a descender… (Desciende)

Julieta: ¡Necesito saber de ti todos los días, cada hora!... ¡Porque en un minuto hay muchos días! ¡Según esta cuenta, habré envejecido antes que vuelva a ver a mi Romeo!

Romeo: ¡Adiós!... ¡No perderé ocasión de enviarte mis recuerdos!

Julieta: ¿Volveremos a vernos algún día?

Romeo: ¡Sí! Y estas penas de ahora serán tema de dulces conversaciones en los días futuros… ¡Adiós, Julieta! ¡Adiós!... (Sale.)

Donna Capuleto: (Dentro) ¡Hola, hija mía! ¿Estás ya en pie?

Julieta: ¿Quién me llama? ¡Es mi señora madre! ¡Está de vela tan tarde, o es que madruga tan temprano! ¿Qué causa la trae aquí?

Entra Donna Capuleto

Donna Capuleto: ¡Cómo! ¿Qué es esto, Julieta?

Julieta: No me hallo bien, señora.

Donna Capuleto: ¿Sigues llorando la muerte de tu primo? ¿Quieres acaso sacarlo de la tumba con tus lágrimas? Aunque pudieras, no podrías devolverle la vida. Deja ya de llorar.

Julieta: Permítame siquiera que llore tan sensible pérdida.

Donna Capuleto: De ese modo sentirás la pérdida, pero no al amigo por quien lloras.

Julieta: Sintiendo así su pérdida, no puedo menos de llorar siempre al amigo.

Donna Capuleto: Ya comprendo, hija mía; lloras no sólo por su muerte, sino porque vive todavía el infame que lo asesinó.

Julieta: ¿Qué infame, Señora?

Donna Capuleto: Ese infame de Romeo.

Julieta: ¡Romeo está todavía muy lejos de ser un infame!... ¡Dios le perdona, como yo le perdoné! ¡Y eso que ningún hombre me aflige tanto como él!

Donna Capuleto: Eso es porque vive el traidor asesino.

Julieta: Sí, señora. ¡Porque vive lejos del alcance de estas manos mías! ¡Quisiera que no vengara nadie sino yo la muerte de mi primo!

Donna Capuleto: ¡Tomaremos venganza de ella! ¡No temas! ¡Deja ya de llorar! Voy a enviar una persona a Mantua, le dará una extraña bebida, y pronto hará compañía a Tibaldo. Entonces quedarás contenta.

Julieta: Nunca quedaré satisfecha de Romeo hasta que no lo vea… ¡Muerto!... Si usted no encuentra un hombre para llevar el veneno, yo misma lo prepararé.

Donna Capuleto: Consigue tú el veneno, y yo buscaré al hombre que lo lleve. Pero ahora vengo a comunicarte noticias alegres, hijita mía.

Julieta: ¿De qué se trata? Dígalo, se lo ruego.

Donna Capuleto: Vaya, vaya, tienes un padre que te quiere mucho, hija, y que por sacarte de tu desolación ha ideado una felicidad que ni tú aguardabas ni yo me prometía.

Julieta: Me alegro mucho. ¿De qué se trata?

Donna Capuleto: Pues, hija mía, que el próximo jueves, de madrugada, el galante y joven Paris te convertirá en su feliz esposa en la iglesia de San Pedro.

Julieta: ¡Pues por la iglesia de San Pedro, y aun por San Pedro, el conde Paris no hará de mí una feliz esposa! Señora, le suplico que diga a mi padre que no quiero casarme todavía. Le juro que será con Romeo, a quien supondrán que odio, antes que con Paris… ¡Y eran esas las noticias!...

Donna Capuleto: ¡Aquí está tu padre! ¡Díselo tú misma, y verás cómo va a tomarlo!

Entran Capuleto y la Aya

Capuleto: ¿Qué es eso? ¿Un desagüe, chiquilla? Qué, ¿siempre llorando a torrentes? Qué, esposa, ¿le has comunicado nuestra determinación?

Donna Capuleto: Sí, pero no quiere; te da las gracias. ¡Ojalá se casara con la tumba esa necia!

Capuleto: ¿Cómo? A ver, a ver, esposa. ¡Qué es lo que me cuentas! ¿No quiere? ¿No lo agradece? ¿No se siente orgullosa?

Julieta: Orgullosa, no; al contrario, estoy muy agradecida. Nunca podría estar orgullosa de lo que aborrezco; pero sí agradecida, hasta de lo que odio, cuando se hace con buena intención.

Capuleto: ¡Cómo, cómo! ¿Qué significa eso de “Estoy orgullosa y se lo agradezco”, y sin embargo, “no estoy orgullosa”? Lo que vas a hacer, suelta, es acompañar a Paris el próximo jueves a la iglesia de San Pedro, o te llevaré allí a la rastra.

Donna Capuleto: ¡Calla, calla! Qué, ¿te has vuelto loco?

Julieta: ¡Buen padre, se lo pido de rodillas! Escúcheme una palabra nada más.

Capuleto: ¡Ahórcate, joven libertina! Oye lo que te digo: ¡o vas a la iglesia el jueves, o jamás vuelvas a mirarme a la cara! ¡No hables! ¡No repliques!... ¡No me contestes, que me tiembla la mano!... ¡Apártate de mi vista, gran puta!

Aya: ¡Dios la bendiga en el cielo! La riñe demasiado severamente, señor.

Capuleto: Y ¿por qué, señora entrometida? ¡Silencio!

Aya: No decía nada malo.

Capuleto: ¡Ándate al cuerno, vieja!

Aya: ¡Ni hablar puede una en esta casa!

Capuleto: ¡Silencio, estúpida gruñona!

Donna Capuleto: ¡Te enojas demasiado!

Capuleto: ¡Si es para volverse loco!... Siempre mi sueño fue verla casada, y ahora que le hemos conseguido un novio de familia de príncipes, decir como única respuesta: “No quiero casarme, no puedo amar, soy muy joven; le ruego que me perdone.” ¿Sí? ¡Pues no te cases! ¡Ándate a vivir donde te plazca, que en mi casa no pondrás más los pies! ¡Tenlo por seguro! ¡Medítalo bien, yo no quebrantaré mi palabra! (Sale.)

Donna Capuleto: Nada digas. Obra como quieras, pues todo ha terminado entre las dos. (Sale.)

Julieta: ¡Aya! ¿Cómo se remediaría esto? ¿Qué dices tú? ¡Dame algún consuelo, Aya!

Aya: Romeo está desterrado. En tanto, pues, las cosas como están, creo que lo más conveniente es que te cases con el conde. ¡Es un guapo caballero! Padezca mi propio corazón, si no eres feliz con este segundo matrimonio, puesto que aventaja al primero; y aunque no lo fuera, de todos modos, tu primer marido ha muerto, si no puedes recurrir a él.

Julieta: ¿Y eso lo dices de corazón?

Aya: ¡Y con toda mi alma! ¡Malditos, si no, el uno y la otra!

Julieta: ¡Amén!

Aya: ¿Qué?

Julieta: Nada, nada… ¡Me has consolado admirablemente! Anda y dile a mi madre que voy a la ermita de fray Lorenzo a confesarme y recibir su absolución.

Aya: ¡Eso es ponerse razonable! (Sale.)

Julieta: ¡Inmunda vieja!... iré a ver al monje, a saber qué remedio me da. ¡Si todos fracasan, yo misma tengo el valor para morir! (Sale.)

ACTO CUARTO

ESCENA I

Ermita de Fray Lorenzo. Entra Fray Lorenzo y Paris

Fray Lorenzo: ¿El jueves? Me parece muy luego

Paris: Es la voluntad del Señor Capuleto.

Fray Lorenzo: Pero admite que aún ignora los sentimientos de su prometida.

Paris: Julieta llora sin parar desde la muerte de Tibaldo. Su padre juzga peligroso tanto dolor, y ha creído que tal vez el pesar se aparte de ella mediante compañía.

Fray Lorenzo: (Aparte) Como si no supiera porque hay que retrazar eso, aquí viene la dama hacia mi ermita.

Entra Julieta

Paris: Feliz encuentro, esposa mía.

Julieta: Eso podrá ser, cuando sea yo su esposa.

Paris: Ese “podrá ser” ha de ser, amor, el jueves.

Julieta: Lo que ha de ser, será.

Fray Lorenzo: Verdad indiscutible.

Paris: Le confesaras que me amas; estoy seguro.

Julieta: Si eso hiciera, mi confesión valdría más en tu ausencia que en tu cara.

Paris: ¡Pobrecilla! ¡Tu cara es victima de tus lágrimas!

Julieta: Mezquina victoria han logrado, pues se hallaba harto marchita antes de sentir sus huellas.

Paris: Más injurias le haces con tus palabras que con tu llanto.

Julieta: Lo que es verdad no es calumnia. Y lo que digo, se lo digo a mi cara.

Paris: Mía es tu cara, y la has calumniado.

Julieta: Podría ser, pues no me pertenece… ¿Tiene que hacer algo ahora, buen padre?

Fray Lorenzo: Tengo tiempo disponible, hija mía. Le rogamos, caballero, que nos deje solo unos instantes.

Paris: ¡Julieta, el jueves, iré a despertarte! ¡Adiós hasta entonces! (Sale)

Julieta: ¡Cierra la puerta y llora conmigo! ¡No hay esperanza ni socorro para mí!

Fray Lorenzo: Comprendo tu dolor. He sabido que el próximo jueves, debes casarte con el conde.

Julieta: ¡No me lo digas, padre, si no me dices como puedo evitarlo! ¡Si ni hallas un remedio en tu sabiduría, con esta daga acabaré con mi alma! Dios unió mi corazón al de Romeo. Antes que mi corazón sea desleal, este acero dará fin a ambos.

Fray Lorenzo: Cálmate hija; veo cierta esperanza; pero su solución es tan desesperada como el mal que intentamos evitar. Si tienes el coraje suficiente para quitarte la vida antes de casarte con Paris, quizás te arriesgarás a un simulacro de muerte para evitar la deshonra. Si te atreves, te daré el remedio.

Julieta: Antes de casarme con Paris, lo haré sin temor alguno, a cambio de vivir sin mancha como esposa de mi dulce amor.

Fray Lorenzo: Vete a casa ahora; muéstrate alegre en casarte con Paris. Mañana, te quedarás sola en tu cuarto. Toma esta redomita y bebe hasta la última gota. Inmediatamente correrá por tus venas un humor frío y letárgico, que amortiguara tus signos vitales. Cesará de latir tu pulso y quedaras sin fuerzas y calor. Tu vida, parecerá acabada. Se cerraran tus ojos, como si hubieses muerto. Así permanecerás dos días completos, y despertaras después como de un placido sueño. El día señálalo para tu boda, te hallaran muerta en tu lecho. Romeo, sabrá por cartas mías de nuestro plan y vendrá a tu lado. Él y yo velaremos tu despertar, y aquella misma noche Romeo te llevará a Mantua.

Julieta: ¡Dámelo!

Fray Lorenzo: ¡Toma, márchate, y se dichosa en tu resolución! Yo enviare enseguida un mensajero a Mantua con cartas para tu señor.

Julieta: ¡Adiós padre! (Sale)

ESCENA II

Casa de Capuleto. Entran Capuleto, Donna Capuleto, La Aya y dos criados

Capuleto: Invitad a todos los aquí inscritos (Sale el criado 1), ve tú a reunirme 25 cocineros expertos (Sale el criado 2), esta vez nos va a pillar la fiesta muy desprevenidos. ¿Qué, mi hija fue a ver a Fray Lorenzo?

Aya: Si, señor.

Capuleto: Bueno, quizás él la haga entrar en razón.

Aya: Mírela ahí, que llega de confesarse y trae cara de risueña.

Entra Julieta

Capuleto: Porfiadita mía, ¿A dónde fuiste a corretear?

Julieta: A donde me enseñaron a arrepentirme del pecado de desobediente a sus mandatos, papá. De aquí en adelante me dejare guiar por usted.

Capuleto: ¡Muy bien, me satisface! ¡La cosa va en toda regla!

Julieta: Aya, ¿quieres acompañarme a mi habitación para ayudarme a elegir el traje para vestir mañana?

Donna Capuleto: No, no es hasta el jueves; hay tiempo bastante.

Capuleto: Anda, Aya; anda con ella; mañana iremos a la Iglesia.

Salen Julieta y la Aya

Donna Capuleto: Nos vamos a ver apurados para acabar los preparativos. Ya está anocheciendo.

Capuleto: Trabajare sin descanso y todo marchará muy bien. Anda al aposento de Julieta; ayúdala a arreglarse. Esta noche no voy a acostarme. Por esta vez haré de amo de casa. (Salen)

ESCENA III

Aposento de Julieta. Entran Julieta y la Aya.

Julieta: Sí, estas galas son las mejores; ahora, te suplico me dejes sola. Necesito rezar para que los cielos me ayuden.

Entra Donna Capuleto

Donna Capuleto: ¿Estas muy ocupada? ¿Quieres que te ayude?

Julieta: No, mamá. Tenemos ya dispuesto todo cuanto se necesita para la ceremonia de mañana. Que la Aya pase con ustedes la noche, pues tengo la seguridad de que usted la necesitará, tan ocupada como esta.

Donna Capuleto: Entonces buenas noches; acuéstate y descansa, que bien lo necesitas (Sale Donna Capuleto y la Aya)

Julieta: ¡Adiós! ¡Cuando nos volveremos a ver, solo Dios lo sabe! ¡Ven frasco! ¡He aquí el licor! ¡Romeo, lo bebo a tu salud!… (Cae sobre su lecho, tras las cortinas)

ESCENA IV

Salón en casa de Capuleto. Entran la Aya y Capuleto.

Capuleto: ¡Vamos, apresúrense! ¡Aya, cuida de que los pasteles queden buenos, y no te fijes en gastos!

Aya: ¡Váyase, señor! ¡Si pasa la noche en vela, de seguro que mañana va a andar sintiéndose mal!

Capuleto: ¡No! Otras veces, sin causa alguna, he pasado en vela toda la noche, y nunca me sentí enfermo.

Aya: Esta bien señor, me retiro (Sale)

Capuleto: ¿Qué traes ahí muchacho?

Entran dos criados

Criado 1: ¡Cosas para la cocina, Señor, pero no se que cosas son! (Sale criado 1)

Capuleto: Pues deprisa; no te detengas… ¡A ver, tú, anda a buscar troncos más secos!

Criado 2: ¡Esta bien, señor! (Sale criado 2)

Capuleto: ¡Al cuerno, que está bien dicho! ¡Un hijo de puta gracioso! ¡Diantre, que apunta ya el alba y no tardará en llegar el conde! (Música dentro) ¡Oigo que se acerca! ¡Aya! ¡Esposa! ¿No oyen? ¡Aya, que te estoy llamando!

Vuelve a entrar la Aya

Capuleto: ¡Ve a despertar a Julieta! ¡Anda y que se vea preciosa! Yo, iré a charlar con Paris. ¡Anda, date prisa, que ya está aquí el novio! ¡Date prisa, digo!

ESCENA IV

Alcoba de Julieta - Julieta en su lecho. Entra la Aya.

Aya: ¡Arriba señorita! ¡Señora!… ¡Vamos, señora novia! ¿Ni por esas?… ¡Pero que sueño más pesado!… No me queda más que zamarrearla yo. ¡Señorita! (descorriendo las cortinas) ¡Como! ¡Con el vestido puesto! ¡Vaya, vaya, te despertaré! (Sacudiendo a Julieta y después tomándola en sus brazos) ¡Señorita!… ¡Señorita!… ¡Socorro!… ¡Socorro! ¡La señorita está muerta! ¡Funesto día!… ¡Que haya nacido yo para ver esto! ¡Señor! ¡Señora!

Entra Donna Capuleto

Donna Capuleto: ¿Qué ruido es ése?

Aya: ¡Día lamentable!

Donna Capuleto: Pero, ¿Qué pasa?

Aya: ¡Mire, mire! ¡Día nefasto!

Donna Capuleto: ¡Ay, de mí! ¡Ay de mí! ¡Mi única vida! ¡Revive, abre los ojos, o moriré contigo! ¡Socorro! ¡Pide auxilio!

Entra Capuleto

Capuleto: ¡Que vergüenza! ¡Que salga Julieta! ¡Ya ha llegado el novio!

Donna Capuleto: ¡Ay, que día! ¡Ha muerto! ¡Ha muerto, mi hija!

Capuleto: ¡Déjame verla! ¡Está fría! ¡No circula su sangre! ¡La muerte ha caído sobre ella!

Entran Fray Lorenzo y Paris

Fray Lorenzo: Vamos, ¿está ya dispuesta la novia para ir a la iglesia?

Capuleto: ¡Sí, para ir, para no volver jamás! ¡En su víspera de la boda, el espectro de la muerte se la llevó!

Paris: Tanto tiempo esperé ver este día, para semejante espectáculo…

Donna Capuleto: ¡Día maldito! ¡Es la hora más traidora que viera el tiempo de su peregrinación!

Capuleto: ¡Hija mía! ¡Está muerta!… ¡Mi hija ha muerto y toda mi alegría ha fallecido!

Fray Lorenzo: Retírese todos. Dispónganse a acompañar a su sepulcro.

Salen todos, luego de echar romero sobre Julieta y cerrar las corinas.

ACTO QUINTO

ESCENA I

Mantua. Una calle.

Entra Romeo

Romeo: Si he de creer lo que el sueño anuncia, presagian noticias próximas y alegres. Mi corazón esta tranquilo. Soñé que había muerto y que venía mi esposa y con sus besos dejaba una vida tan potente y deliciosa, que yo resucitaba.

Entra Baltasar

(Sigue Romeo): ¡He aquí llegan noticias de Verona! ¿Me traes cartas de Fray Lorenzo, Baltasar? ¿Esta bien mi Julieta? ¿Sigue bien mi padre?

Baltasar: ¡Su cuerpo descansa en paz y su parte inmortal está ahora con los ángeles! Perdóneme si le traigo noticias tan dolorosas…

Romeo: ¿Es cierto lo que dices? ¡Consígueme papel y tinta! ¡Parto esta misma noche a donde Julieta!

Baltasar: ¡Por Dios, calmase!

Romeo: ¡Cállate y haz lo que te digo! ¡Ve y alquila caballos, que en seguida te sigo! (Sale Baltasar) ¡Bien, Julieta, esta noche descansaré contigo!

ESCENA II

Entra Boticario

Boticario: ¿Quién llama tan fuerte?

Romeo: ¡Ven acá, hombre! Veo que eres pobre ¡toma: dame una dosis de veneno, tan fuerte, que la persona que lo tome caiga muerto inmediatamente!

Boticario: Tengo esos fatales venenos, pero las leyes de Verona castigan a quien los venda.

Romeo: Lleno de harapos y de miseria ¿todavía temes morir?

Boticario: Bebe esto hasta la última gota, aunque tengas la fuerza de veinte hombres, caerás muerto al instante.

Romeo: ¡He aquí tu recompensa! (Sale boticario) ¡Ven licor, de consuelo, tú me llevaras junto a mi Julieta!

ESCENA III

Un cementerio, en el mausoleo de los Capuletos. Entran Paris y un paje.

Paris: ¡Retírate y espérame lejos! Si alguien se acerca avísame con un silbido…

Paje: (Aparte) Harto miedo que me causa quedarme solo aquí. Sin embargo, me aventuraré. (Se retira)

Paris: ¡Bella Julieta, que vives con los ángeles, acepta el último homenaje de quien supo honrarte y, muerta, viene a serenar tu tumba! (El paje silva) ¡El paje avisa! ¿Quién es el maldito que vaga en la noche por este sitio? ¡Que! ¡Con una antorcha! Noche, cúbreme con tu velo (Sale)

Entran Romeo y Baltasar

Romeo: Toma; mañana temprano entregarás esta carta a mi padre. ¡Te advierto, por tu vida! ¡Lo que veas u oigas, no me interrumpas! Te juro que te aprecio más que a mi mismo ¡Andate! ¡Vive, y di luego que la clemencia de un loco te obligó a que salieras de aquí!

Baltasar: Ya me voy, señor.

Romeo: Con eso me demuestra tu afecto. Toma esto. ¡Vive feliz! ¡Y adiós buen compañero!

Baltasar. (Aparte) ¡Voy a ocultarme, por eso mismo, cerca de aquí! (Se retira)

Paris: (Aparte) Es el infame Montesco que asesinó al primo de mi amada (Adelantándose) ¡Montesco! ¡Suspende tus viles actos! ¡Debes morir!

Romeo: ¡Debo morir y a morir he venido!… apreciable y gentil hombre no tientes a un hombre desesperado ¡Huye de aquí y déjame!

Paris: Desprecio tus conjuros y te apreso aquí, por criminal

Romeo: ¿Pretendes provocarme? ¡Defiéndete entonces! (Pelean)

Paje: ¡Oh, dios! ¡Pelean!

Paris: (Cae) ¡Si tienes piedad, ponme junto a Julieta! (Muere y el paje lo saca)

Romeo: ¡Esposa mía! La muerte, que ha cortado tu aliento, ningún poder ha tenido sobre tu belleza. Tus hermosos labios y hermosas mejillas aún lucen su color carmín y la palidez e la muerte no les ha tocado ¿Por qué aún eres tan bella? ¿Habré de creer que el fantasma de la muerte se enamoró de ti y que ese aborrecido monstruo descarnado te guarda en esas tinieblas, reservándote para amante suya? Así lo temo, por ello permaneceré siempre a tu lado! ¡Aquí quiero quedarme, junto a ti! (Cogiendo el veneno) ¡Brindo por mi amada! (Bebiendo) ¡boticario honesto! ¡Tus drogas son activas! (muere)

Entra por el otro extremo del cementerio Fray Lorenzo.

Fray Lorenzo: ¡San Francisco me valga! ¿Quien va ahí?

Baltasar: Aquí un amigo que lo conoce bien

Fray Lorenzo: ¡Dios te bendiga! ¿Aquella antorcha que ilumina arde en el panteón de los Capuletos?

Baltasar: Así es, y allí está mi amo

Fray Lorenzo: ¿Quién?

Baltasar: Romeo, y esta como hace una media hora

Fray Lorenzo: Ven conmigo a la cripta

Baltasar: No me atrevo, señor. Mi amo no sabe que estoy aquí, y me ha amenazado de muerte si me quedaba.

Fray Lorenzo: Iré solo. El miedo se apodera de mí. ¡Romeo! (Avanzando y Julieta despierta)

Julieta: Fraile consolador ¿Dónde esta mi esposo? ¿Dónde esta mi Romeo?

Fray Lorenzo: Alguien se acerca ¡Señora, abandonemos este lugar! ¡un poder superior a nuestras fuerzas ha frustrado nuestro planes! Tu esposo yace muerto. ¡Vamos, ven buena Julieta!

Julieta: ¡Vete, márchate de aquí, pues yo no me moveré! (Sale Fray Lorenzo) El veneno por lo visto ha sido la causa de su prematuro fin ¿Ingrato, te lo tomaste todo sin dejarme una gota que me ayude a seguirte? Quizás es tus labios quede algo (besándolo) Tus labios aún son calidos.

Guardia: (Dentro) ¿de donde viene esa voz?

Julieta: Alguien viene ¡Seamos breves entonces! (Cogiendo el revolver de Romeo) ¡Arma bienhechora! ¡Esta es tu vaina! ¡Dame la muerte! (Pone el revolver en la sien y se dispara, cae muerta sobre el cuerpo de Romeo)

Entra un guardia

Guardia: El suelo esta ensangrentado, que desolador. ¡Aquí yace muerto Romeo y Julieta sangrando y recién fallecida, tras haber pasado tres días sepultada!

Entra Baltasar y Fray Lorenzo

Guardia: ¿Qué hacen ustedes aquí?

Entra el príncipe

Príncipe: ¿Qué temprana desgracia viene a robarnos el sueño matinal?

Entran Capuleto y Donna Capuleto

Capuleto: ¿Qué es eso que grita la gente en todas partes?

Donna Capuleto: El pueblo exclama por las calles, unos “Romeo”, otros “Julieta”.

Príncipe: ¿Qué terror es ese que sobresalta nuestros oídos?

Guardia: Soberano, aquí yace muerto Romeo, y Julieta muerta también, recién matada y aquí hay un fraile y el criado del difunto Romeo.

Capuleto: ¡Ay, esposa! ¡Mira como sangra nuestra hija! ¡Tiene un disparo en la sien!

Donna Capuleto: ¡Ay de mí! ¡Este es un espectáculo que me llama al sepulcro!

Entra Montesco

Príncipe: ¡Acércate Montesco!

Montesco: ¡Ay monseñor! ¡mi esposa ha expirado esta noche! La pena por el destierro de mi hijo cortó su aliento. ¿Qué dolores expiran contra mi ancianidad?

Príncipe: Mira y verás

Montesco: ¡Romeo! ¿Cómo te lanzaste a la tumba antes que tu padre?

Príncipe: En tanto aclaremos este enigma, y sepamos su causa, su verdadera sucesión, y entonces yo seré guía de vuestros dolores y os guiaré hasta la muerte. Que aparezcan ante mí las personas sospechosas.

Fray Lorenzo: Soy culpable en gran manera. Y heme aquí, dispuesto a acusarme y defenderme, siendo yo mismo quien se disculpa condena.

Príncipe: Entones di lo que sepas sobre el asunto.

Fray Lorenzo: Seré breve, pues el corto plazo que me queda de vida no es tan largo como el cruel relato de los hechos. Romeo, aquí muerto era esposo de Julieta y ella, ahí difunta, era la fiel esposa de Romeo. Yo los casé. Y usted (A Capuleto), con objeto de alejar de ella el dolor por el destierro de Romeo, la prometió al conde Paris, empeñándose a casarla con él, contra su voluntad. Entonces vino ella a mí y me rogó que encontrara algún remedio para liberarla de este segundo matrimonio, o de lo contrario, allí mismo, en mi celda se suicidaría. Aleccionado entonces por mi experiencia, le di un brebaje letárgico, que obró como yo esperaba, porque produjo en ella la apariencia de la muerte. Mientras tanto, yo escribí a Romeo para que viniera aquí esta misma desgraciada noche, con intención de que me ayudara a sacar a Julieta de su falsa tumba. Mas el portador de mi carta, se vio detenido por imprevisto accidente, y ayer en la noche me devolvió la carta. Entonces, yo solo he acudido a sacarla de la cripta de sus antepasados, con ánimo de guardarla secretamente en mi ermita hasta que hallara yo ocasión de mandar aviso a Romeo. Pero cuando llegue, minutos antes de que Julieta despertara, encontré el cadáver de Romeo y cuando despertó comencé a rogarla para que saliera de aquí y soportase con paciencia este golpe de los cielos, pero una voz me hizo huir del mausoleo. Ella, desesperada se negó a seguirme, según todas las apariencias, ha atentado contra su propia vida. Eso es lo que se; y en lo que respecta al casamiento, la aya esta al corriente de todo. De modo que, si en este suceso ha salido algo mal por culpa mía, sacrificad mi vida.

Príncipe: Siempre te tuvimos por santo varón. ¿Dónde esta el criado de Romeo?

Baltasar: Llevé a mi amo la noticia de la muerte de Julieta y de inmediato vino de Mantua a este mismo sitio. Me encargó que hoy entregase esta carta a su padre, y me ordeno que me fuera de aquí o sino me mataría.

Príncipe: Dame la carta; quiero verla ¿Dónde esta el paje del conde? Muchacho di: ¿Qué hacia tu amo en este lugar?

Paje: Vino trayendo flores a su dama. Me dijo que esperara lejos de aquí. En eso apareció un hombre con una luz. Y un momento después el hombre mató a mi amo y yo saque el cuerpo de este lugar.

Príncipe: Esta carta prueba todo lo que ha dicho el fraile. Romeo vino a este lugar a descansar eternamente junto a su Julieta. ¿Dónde están esos torpes rivales? ¡Capuleto! ¡Montesco! ¡Mirad que castigo a caído sobre ustedes! ¡Los cielos han hallado modo de destruir vuestra alearía utilizando el amor para ello! ¡Y yo, por haber tolerado vuestras discordias, perdí también a dos de mis parientes!

Capuleto: ¡Montesco! Dame tu mano, esta es la viudez de mi hija, pues nada más puedo pedir.

Montesco: Pero yo puedo ofrecerte más. Porque constituiré una estatua de oro puro, para que ninguna efigie sea tenida en tal alto precio como la fiel y constante Julieta.

Capuleto: Tan rica como la suya, Romeo tendrá otra, junto a su esposa ¡Pobres víctimas e nuestra rivalidad! (Se abrazan)

Príncipe: Lúgubre paz nos trae esta mañana. El sol no mostrará su rostro, como si también estuviese de duelo. Salgamos de aquí para que sigamos hablando sobre estos hechos tan penosos. Unos obtendrán perdón y otros recibirán castigos, “pues jamás hubo historia más triste que esta de Julieta y su Romeo” (Salen)

FIN