Romanticismo musical

Música romántica. Periodificación. Tendencias románticas. Lied. Ópera. Verdi. Beethoven. Schubert

  • Enviado por: Cuerpazo
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 22 páginas
publicidad

Periodización y localización geográfica

Es difícil definir qué sea el romanticismo. Su carácter revolucionario es incuestionable. Supone una ruptura con una tradición, con un orden anterior y con una jerarquía de valores culturales y sociales, en nombre de una libertad auténtica. Se proyecta en todas las artes y constituye la esencia de la modernidad.

Aunque la unanimidad del movimiento romántico reside en una manera de sentir y de concebir al hombre, la naturaleza y la vida, cada país produce un movimiento romántico particular, distinto; incluso cada romanticismo nacional desarrolla distintas tendencias. En Francia o en España se suelen distinguir un romanticismo de apariencia católica y nacional de otro más liberal y materialista. En Alemania o Inglaterra se diferencia un primer romanticismo de un segundo movimiento, más maduro y menos teórico.

El término Romanticismo procede de "romance" que hacía referencia a un cuento o poema medieval que trataba de personajes o sucesos heroicos y que estaba escrito en alguna de las lenguas romances, es decir, alguna de las lenguas vernáculas descendientes del latín. Por consiguiente, cuando comenzó a utilizarse la palabra romántico hacia mediados del siglo XVII, llevaba la connotación de algo remoto, legendario, perteneciente a un mundo imaginario o ideal que debía contrastarse con el mundo real del presente. A principios del siglo XVIII, el espíritu romántico manifiesta un aprecio por los escenarios naturales, salvajes y pintorescos.

En un sentido muy general, podemos decir que todo el arte es romántico en tanto y en cuanto toma sus materiales del mundo cotidiano para elaborarlos y transformarlos en un mundo nuevo. Desde este punto de vista, el arte romántico difiere del clásico por el mayor énfasis que pone sobre los atributos de los remoto y de lo extraño. Por eso el Romanticismo no es un fenómeno de algún período en particular sino que se ha dado en diversos épocas y formas, pudiendo considerarse romántico al ars nova en comparación con el ars antiqua , o al Barroco en comparación con el Renacimiento, un poco de la misma manera que el siglo XIX es romántico en comparación con el clasicismo del siglo XVIII.

En música, el Romanticismo tendrá un importancia capital, resultando una de las artes que más se beneficiaron de él, puesto que al propugnar la expresión de sentimientos y de ideas soñadoras e inconcretas, la música resultó un vehículo muy apropiado. La introducción del sentimiento dramático resulta un rasgo importante para la música romántica, apareciendo también la libertad estilística en cuanto que el hecho de componer no supone la obligación de aplicar de la manera más correcta posible unas reglas preestablecidas, sino expresar un mundo de ideas y sentimientos propios que buscan una forma personal. Por ello, en la etapa romántica proliferarán las pequeñas formas de esquemas libres y se intentará en ella trascender los esquemas formales del XVIII. Aún quedaba, sin embargo, por llevar a su más alta cima la expresión sinfónica, y con ella las otras formas derivadas de la forma sonata(cuarteto, concierto).

Un hecho importante durante el período romántico será la extinción de la figura del compositor adscrito al servicio de una iglesia o de un príncipe, algo que se mantuvo inmutable hasta Haydn y que incluso el mismo Mozart no logró romper sin graves consecuencias. Desde Beethoven, el compositor será un artista libre que compone por propia decisión y que asume una responsabilidad como creador independiente ante su sociedad. Aceptará el mecenazgo pero no la servidumbre y, en general, a lo largo de todo el siglo intentará ganar su vida como una profesión liberal por los ingresos que sus obras puedan procurarle

Acontecimientos históricos más importantes

El gran acontecimiento que trastocará el orden dieciochesco y logrará una renovación profunda de la vida y de las ideas europeas en muy pocos años es la Revolución Francesa. Iniciada en 1789, desarrollará a lo largo de sus vicisitudes y conflictos un mundo de ideas que llevará a la liquidación de los privilegios aristocráticos, impondrá los ideales de libertad y triunfo del individualismo, cambiando paulatinamente el orden anteriormente establecido. La configuración de una nueva imagen del mundo en la que triunfará la burguesía dará paso a la expansión comercial e industrial, apareciendo la democracia parlamentaria y el liberalismo político. Por supuesto que todo esto no se realizará sin oposición y serán, más que nada, las monarquías absolutistas las que durante algunos lustros se encarguen de defender e, incluso, intentar restaurar los valores antiguos para, al final, acabar sucumbiendo al poder real de una potente burguesía económica y a la influencia omnipresente de las ideas y sentimientos revolucionarios.

La consecuencia artística y estética de estos cambios sociales y culturales será el Romanticismo, movimiento que se opone a la norma clásica y que concede una gran supremacía a los valores y sentimientos individuales. El Romanticismo es un movimiento individualista y, por lo tanto, resulta muy difícil establecer características globales que convengan a todos los que lo practicaron.

El romanticismo en las otras artes

La literatura romántica.-

El romanticismo literario.

El Romanticismo literario es el movimiento que dominó la literatura en Europa desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. Se caracteriza por su entrega a la imaginación y la subjetividad, su libertad de pensamiento y expresión y su idealización de la naturaleza .El romanticismo fue, pues, un estilo de vida cuyos rasgos más característicos son los siguientes: la imaginación y la sensibilidad serán bandera frente a la razón y la intelectualidad; el ansia de libertad se manifiesta en contra de todas las formas impuestas que coartan en el individuo la propia esencia de sí mismo; el instinto y la pasión conducen al ser humano a un entusiasmo exagerado o a un profundo pesimismo. En el caso de conducir al hombre al sentimiento pesimista, provoca en el romántico la huida que se puede plasmar en dos vías distintas: la de los viajes o la de los suicidios.

El término romántico se empleó por primera vez en Inglaterra en el siglo XVII con el significado original de `semejante al romance, con el fin de denigrar los elementos fantásticos de la novela de caballerías muy en boga en la época.

El espiritu romántico.

Inspirados por el filósofo Jean-Jacques Rousseau y el escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe, se considera el manifiesto literario del romanticismo el prólogo de la segunda edición de las Báladas líricas (1800) escrito por los poetas ingleses William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge .En él se destaca la importancia del sentimiento y la imaginación en la creación poética y se rechazan las formas y los temas literarios convencionales. De este modo predomina la imaginación sobre la razón ,la emoción sobre la lógica y la intuición sobre la ciencia , lo que propicia el desarrollo de un vasto corpus literario de notable sensibilidad y pasión que antepone el contenido a la forma , estimula el desarrollo de tramas rápidas y complejas y se presta a la fusión de géneros y propicia la libertad de estilo.

Las convenciones clásicas cayeron en desuso aumentando el lirismo y la espontaneidad de la poesía popular y los romances medievales, lo que generó la adopción de la irregularidad métrica. Los héroes universales de la literatura del dieciocho, fueron sustituidos por héroes más complejos. La poesía, el teatro y la novela se entregan a la celebración del "hombre corriente " de Rousseau.

La difusión del romanticismo a otros países de Europa ,ciertos temas serán centro de las preocupaciones de los escritores del XIX : el anarquismo, la naturaleza, la pasión por lo exótico, lo sobrenatural.

El declive del Romanticismo.

Hacia mediados del siglo XIX, el romanticismo comenzó a dejar paso a nuevos movimientos literarios :los parnasianos y el simbolísmo en la poesía y el realismo y el naturalismo en la prosa, pero siguió cultivándose en Europa y América con gran éxito de lectores.

La pintura romántica.-

Los términos “clásico” y “romántico” son utilizados como términos críticos al arte de cada época. A mediados del siglo XVIII, aparece una división entre lo clásico y lo romántico a partir de la obras de Burke y Winckelmann.

Los clasicistas creían que el arte debía buscar la noble simplicidad y la sosegada grandeza. Los románticos, por el contrario, creían que el arte debe sustentar emociones.

El término romántico tiene diferentes interpretaciones: peyorativas o laudatorias. El término se acuñó a finales del siglo XVIII para definir una nueva actitud artística que quería poner de relieve lo local y lo individual frente al universalismo, y lo emotivo frente a lo racional. Se propugna la experiencia y romper con el arte mimético y las copias.

Aunque los historiadores suelen separar los estilos, lo cierto es que el Romanticismo y el Clasicismo se combinan. El fin podría fijarse con el comienzo del Realismo, aunque resurgían con el Simbolismo.

El Romanticismo es un movimiento artístico y literario que apareció al final del siglo XVIII y principios del XIX, que dio fuerza, emoción, libertad e imaginación a la clásica corrección de las formas del arte, fue una rebelión contra las convenciones sociales.

El siglo XIX es políticamente bastante comprometido se producen movimientos independentistas, se desarrolla el nacionalismo, la industrialización, el nacimiento de la burguesía. En el campo del arte se renueva la arquitectura con la aparición del hierro que ofrece nuevas posibilidades y surge la arquitectura utilitaria. También aparece la fotografía que pone de moda la realidad.

Lo característico es la variedad, aunque existen características generales sobre el tratamiento de los temas.

Surge el exotismo de la memoria de un misterioso y glorioso pasado que incluye desde la antigua Grecia hasta la edad Media, en especial la época gótica. El gótico es el estilo por excelencia. En la pintura se recogen arquitecturas góticas, leyendas, momentos históricos, etc.

El exotismo también en una amplitud geográfica que incluye el mundo desconocido del norte de Africa y la nueva América salvaje. Se descubre Oriente, que ofrece la luz y el color, así como nuevos temas. Por último la fantasía , y sobre todo el drama con un obsesivo sabor por la muerte, la noche y las ruinas, así como por los monstruos y las criaturas anormales.

Otro gran descubrimiento del Romanticismo es la Naturaleza y el cultivo del género del paisaje, que será exhaustivo. Se pintan paisajes fantásticos, imaginativos, de estudio, evocados, etc. El pintor se enfrenta a la realidad del paisaje, salen al exterior. Por ejemplo los paisajistas alemanes, con Friedrich a la cabeza, proponen el paisaje espiritual, que ayuda a la evocación religiosa por medio de su grandeza. Valoran los estados atmosféricos, como la niebla.

También reivindican la individualidad, el culto al individualismo. El artista prefiere su libertad a la de la colectividad. Por eso son pocos los artistas comprometidos. Por ejemplo Delacroix con la “Libertad guiando al pueblo” donde aparecen pintadas por primera vez las barricadas como testimonio de reivindicación política. Aunque, en general, las reivindicaciones son más exóticas, temas de bandoleros como héroes románticos, etc.

Dentro de la individualidad surge una nueva relación entre cliente y artista. Es un trato de igual a igual. Cambian un bien por un bien. El artista ya no es el artesano. Se crean grupos de artistas que trabajan en común sin romper la individualidad como el grupo Prerrafaelista inglés o los nazarenos alemanes.

Pintura romántica francesa:

Un seguidor de David que acabó por decantarse por el estilo romántico, fue su discípulo Antoine-Jean Gros, conocido por sus retratos de Napoleón con todos sus atributos y por sus lienzos de gran formato representando las campañas napoleónicas. El colega de Gros, Theodore Géricault, se distinguía por su interpretación dramática y monumental de hechos reales. En su obra más conocida, “Balsa de la Medusa” (1818-1819, Louvre), pone tintes heroicos en los padecimientos de los supervivientes de un naufragio. Este cuadro impresionó sobremanera a Eugéne Delacroix, que siguió con el tema del sufrimiento humano en obras tan enérgicas y de tan intenso dramatismo como “La matanza de Quios” (1822-1824) y “La Libertad guiando al pueblo” (1830), ambas en el Louvre. Delacroix, al igual que otros pintores románticos, buscó también inspiración para sus obras en la literatura y en los viajes a oriente medio. Más tarde, en el siglo XIX, Delacroix ejercería su influencia sobre los impresionistas con su técnica del color dividido (el color aplicado por medio de pequeñas pinceladas de pigmento puro).

Durante el periodo romántico, varios pintores franceses se centraron en vistas de paisajes pintorescos y en escenas sentimentales de la vida rural. Jean-François Millet fue uno de los artistas que se establecieron en el pueblo de Barbizon, cerca de París; con una visión reverente de la naturaleza transformó a los campesinos en símbolos cristianos. Camille Corot, pintor de bosques plateados y poéticos, plasmó los aspectos líricos de la naturaleza, que observó durante sus visitas a Barbizon y en el curso de sus largos viajes por Francia e Italia.

Pintura romántica inglesa:

El paisaje romántico floreció también en Inglaterra, a principios del siglo XIX, de la mano de John Constable y Joseph Mallord William Turner. Ambos artistas, aunque de estilos netamente diferentes, trataban de plasmar los efectos de la luz y de la atmósfera. Los lienzos de Constable son poéticos y expresan la cultivada suavidad de la campiña inglesa, a pesar de su enfoque objetivo y científico, pues el pintor gustaba de pintar al aire libre haciendo numerosos estudios de las formaciones de las nubes y tomando notas de las condiciones lumínicas y climatológicas. Por otra parte, Turner buscó lo sublime de la naturaleza, pintando catastróficas tormentas de nieve o plasmando los elementos —tierra, aire, fuego y agua— de una manera borrosa, casi abstracta. Su manera de disolver las formas en la luz y en veladuras de color tendría gran importancia en el desarrollo de la pintura impresionista francesa.

Pintura romántica alemana:

Caspar David Friedrich es la figura destacada de los artistas románticos alemanes. El paisaje era su medio de expresión preferido y sus hipnóticas obras están imbuidas de misticismo religioso; representaba las transformaciones que experimenta la tierra al amanecer y al atardecer, o bajo la niebla o la bruma, aludiendo quizá a la transitoriedad de la vida. Philipp Otto Runge dedicó también su breve carrera a pintar paisajes místicos y entre su obra destaca “La mañana” (1808-1809, Kunsthalle, Hamburgo), parte del inacabado ciclo de paisajes alegóricos “Las horas del día.”

Pintura romántica estadounidense:

El primer artista estadounidense realmente romántico fue Washington Allston, cuyas obras son misteriosas, melancólicas o evocadoras de ensoñaciones poéticas. Al igual que otros románticos, buscó la inspiración en la Biblia, en la poesía y en la literatura, como queda patente en muchas de sus obras.Varios artistas, que trabajaban entre 1820 y 1880, formaron un grupo homogéneo conocido como Escuela del Río Hudson cuyos enormes lienzos declaran su reverencia por la belleza del paisaje americano. El más notable del grupo es Thomas Cole, cuyas escenas están cargadas de implicaciones morales, como queda patente en su serie épica de cinco pinturas alegóricas,

En la pintura de paisaje de mediados del siglo XIX surgió una nueva tendencia, definida actualmente como luminismo, centrada en el interés por los efectos atmosféricos de la luz difusa. Entre los pintores luministas cabe destacar a John F. Kensett, Martin J. Heade y Fitz Hugh Lane. Se percibe en sus cuadros el mismo sentido de "Dios en la naturaleza" que aparecía en las primeras obras de la Hudson River School. En contraste con las obras luministas, más pequeñas e intimistas —como las escenas de Kensett en las orillas de Rhode Island -—, Frederick E. Church y Albert Bierstadt pintaron sobre enormes lienzos el espectacular panorama de las junglas suramericanas y del oeste de Estados Unidos.

La escultura romántica.-

Carácter teatral, volviendo así en parte a las premisas del Barroco, a diferencia de Canova y Thorwaldsen, que se oponían a estas. Así buscan la comunicación con el espectador a través de una actitud más expresiva.

Movimiento de cuerpo, teniendo un mayor dinamismo las figuras. En esta línea de enfatización del movimiento, la escultura francesa es la más importante, derivando en obras de Degas y Rodin.

Énfasis en la caracterización, siendo más realista que el Neoclasicismo, de un carácter mucho más idealista. Así, el retrato será el género más destacado. También se destaca de este modo el individualismo.

La importancia del retrato deriva en la creación de iconotecas, galerías de retratos de personajes ilustres de una nación. Las iconotecas no son nuevas, peor empiezan a formarse ahora para personajes civiles, pudiendo ser escultóricas o pictóricas. Un ejemplo es el Panteón de hombres ilustres de París, que continuara siendo apoyado por la III República Francesa.

Cambia la idea de monumento, el cual se extiende, dejando de abarcar sólo al gran héroe para incluir a los personajes destacados que la nación quiere ensalzar, como ministros y héroes clásicos. Se desarrollan también los monumentos a la patria, como La Marsellesa de Rude, monumento con un sentido fuertemente naturalista.

El carácter pictoricista de las obras, con el empleo de muchos planos en relieve, de un cuidadoso tratamiento del cabello y de las texturas...

Los principales temas románticos son la mitología, con desnudos de un sentido más hedonista, animales en lucha y retratos.

Características relevantes del romanticismo musical

El lied.-

Es una forma vocal monofónica (o sea, a una sola voz) con un acompañamiento instrumental (generalmente piano) y que se basa en un texto.

Tiene su origen en una forma musical llamada “kuntslied” que aparece hacía el siglo XVII, con influencias del aria italiana. Schubert y Schumann son grandes maestros del lied.

Aunque no se puede hablar de una estructura totalmente definida respecto a esta forma, se pueden generalizar algo si consideramos que el texto en el que se basa el lied suele ser un poema, lo que nos lleva a una estructura por estrofas, muchas veces con estribillo. Cada uno de ellos lleva su acompañamiento musical que se repite en cada una de las estrofas y estribillos siguientes. En otros casos, no se recurre al estribillo, e incluso puede darse el caso en que el acompañamiento musical va variando en las sucesivas estrofas y estribillos.

Ópera.-

Drama que se representa con el texto cantado (libreto), con un acompañamiento orquestal y los elementos escénicos habituales del teatro (escenografía, vestuario, iluminación). Con frecuencia está precedido por una introducción instrumental (obertura o preludio y en un sentido primitivo, sinfonía). Su nombre proviene de la expresión italiana «opera in música» (obra musicada). Cuando es de contenido cómico o burlesco, se denomina ópera bufa, y cuando alterna pasajes hablados y cantados, se llama ópera cómica. La diferencia entre la ópera y sus antecedentes medievales y renacentistas consiste en su carácter profano y en el papel esencial que tienen en ella la música y el canto, el cual, convencionalmente, es el medio de expresión de los personajes en lugar del habla. El nacimiento de la ópera se halla en la Camerata Fiorentina, círculo de poetas y músicos que crearon las primeras óperas: Dafne, con música de J. Peri, dada a conocer en 1597 y hoy perdida; Eurídice de este mismo compositor (1600), y la ópera de igual título (1602) de G. Caccini y, sobre todo, el Orfeo (1607) de C. Monteverdi. El nuevo género se extendió con rapidez: en Roma, durante los años 1620-1623 (con las creaciones de S. Landi, L. Rossi, D. Mazzocchi y el libretista G. Rospigliosi, el futuro papa Clemente IX), y en Venecia, donde en 1637 se abrió el primer teatro público de ópera, el Teatro de San Cassiano, que popularizó un espectáculo hasta entonces únicamente aristocrático. Allí estrenaron nuevas creacionesMonteverdi, P.F. Cavalli y G. Legrenzi, mientras que M.A. Cesti consolidaba el género en Viena y Giovanni Battista Lulli monopolizaba la vida escénica francesa (donde se conoció como Jean

Baptiste Lully) durante más de treinta años (1652-1687) con la creación de óperas de signo y argumento clásicos. La ópera también echó raíces en la vida musical napolitana gracias a A. Stradella, F. Provenzale y, particularmente, a A. Scarlatti, quien adoptó el aria da capo como elemento principal del género. La escuela napolitana fue la primera en crear, ya en el siglo XVIII, la ópera bufa (o cómica), de carácter más popular y ajena a la temática mitológica o histórica clásica de la opera seria. La ópera bufa experimentó su propia evolución a partir del intermezzo; el mejor ejemplo de este género es La serva padrona, de G.B. Pergolesi, que gozó de gran éxito incluso en Francia, el único país que con J.P. Rameau había mantenido un estilo propio de ópera en la que el ballet desempeñaba un papel considerable, y que, por otra parte, tenía una tradición de ópera cómica propia (tragédie lyrique). En los restantes países europeos se impuso la ópera italiana, a pesar de los intentos de H. Purcell en Inglaterra y de algunas tentativas en España. Como consecuencia, los compositores no italianos se vieron obligados a adoptar el estilo italiano, como sucedió con el alemán G.F. Händel en Inglaterra, J.A. Hasse y K.H. Graun en Alemania, y J.J. Fux en Austria. El género operístico había sufrido un proceso radical de alejamiento de los ideales estéticos de la Camerata Fiorentina, adoptando innumerables convencionalismos y excesos, como la importancia concedida a las voces agudas (de ahí la fama de que gozaban los castrados) y las concesiones al virtuosismo de los cantantes, en detrimento de la música y de la verdad dramática. El alemán Ch.W. von Gluck, respaldado por el libretista R. de Calzabigi, inició una reforma depuradora del género en la que puede hallarse el germen de la ópera neoclásica, con Orfeo y Eurídice y Alceste, representadas en Viena, y con una serie de óperas estrenadas posteriormente en París (que incluían versiones de los dos títulos citados). La reforma gluckiana tuvo un éxito relativo, mientras que la ópera seria sufría una importante pérdida en el favor del público ante la fuerza de la escuela napolitana de ópera bufa (y también semiseria) integrada por compositores como N. Jommelli, T. Traetta, N. Piccini (rival de Gluck en París) y, sobre todo, G. Paisiello y D. Cimarosa, cuya fama llegó hasta Rusia y América. A pesar de este predominio de la ópera bufa, hacia el último tercio del siglo XVIII aparecieron compositores que cultivaron formas nacionales de ópera de carácter popular, como W. Shield en Inglaterra, los Benda en Bohemia y varios compositores de Singspiel en Austria y Alemania. Fue el austríaco W.A. Mozart quien supo llevar a cabo una síntesis genial de la ópera bufa (y seria) italiana con los elementos germánicos del singspiel y de la reforma gluckiana, que en distinta medida pueden detectarse en sus mejores óperas, desde Idomeneo re di Creta (1780) hasta La flauta mágica (1791), pasando por su extraordinario Don Giovanni (1787), calificado de dramma giocoso. Mientras tanto, en otros géneros F.-J. Haydn se limitaba a seguir los moldes italianos en sus óperas para el teatro del noble Esterházy. En Italia, la ópera bufa fue preservada del estancamiento merced a la aparición de G. Rossini; sus obras fueron aclamadas en toda Europa e incidieron en aquellos compositores franceses que no se hallaban en la órbita gluckiana (en la que sí se movían en cambio, los italianos L. Cherubini y G. Spontini). El romanticismo encontró en Italia su más genuina vía de expresión musical en el bel canto, que tuvo como principales representantes al prolífico G. Donizetti y a V. Bellini, siendo compositores menores de dicha corriente G. Saverio Mercadante y G. Pacini. La ópera ochocentista italiana llegó a su grado de madurez con G. Verdi, quien recurrió a las fórmulas y convenciones de

la tradición operística italiana. En el amplio espacio que media entre su primera ópera, Oberto, Conte di San Bonifacio (1839) y la última, Falstaff (1893), hay un notable desarrollo escénico y de caracterización de personajes. En Francia coexistieron el esplendor de la «opéra-comique», inspirada en Rossini, con la «grand opéra»,personificada por el berlinés Jacob Meyerbeer, compositor dotado de una gran capacidad dramática. Mientras tanto, Ch. Gounod y A. Thomas, aun cuando no fueron ajenos a la influencia de Meyerbeer, oscilaban entre el italianismo verdiano y la ópera germana. H. Berilos representa un caso aislado por su condición de fundador de la orquesta moderna, que le inducía a pensar en términos orquestales a pesar de su voluntaria adscripción a los ideales reformadores de Gluck

En Alemania, L. Van Beethoven y C.M. von Weber habían fomentado la ópera alemana delineada por Mozart. R. Wagner recuperó esta herencia y la transformó con nuevas relaciones entre música y drama,abandonando paulatinamente la división entre partes cantadas o arias y los recitativos (tal como Gluck había llevado a la práctica). Además dotó al tejido orquestal de sus óperas de una trama temática que evoca un personaje o una determinada situación anímica (el leitmotiv o motivo conductor).

La última gran escuela de la ópera italiana fue el movimiento verista, que impulsó el realismo escénico y pobló los escenarios de dramas sórdidos y personajes sufrientes enfrentados a una realidad y a un destino crueles. Sus orígenes estaban ya en ciertos temas y personajes del propio Verdi y en compositores como A. Boito (libretista del anterior) y A. Ponchielli, siendo sus más conspicuos representantes G. Puccini, U. Giordano, R. Leoncavallo, P. Mascagni y F. Cilea. Esta escuela tuvo varios epígonos como R. Zandonai o I. Montemezzi, más permeables, empero, a las influencias wagnerianas.

El nacionalismo musical del siglo XIX propició la aparición de operistas en la mayoría de los países europeos y en algunos americanos, que se esforzaron en la composición de óperas de carácter nacional, a pesar de que la influencia italiana se note con frecuencia. Es preciso recordar aquí a S. Moniuszko en Polonia, F. Erkel en Hungría, A.C. Gomes en Brasil, M.W. Balfe en Irlanda y, muy en particular, en B. Smetana y A. Dvorák (y más adelante L. Janácek) en Bohemia y Moravia, y M. Glinka, P.I. Chaikovski y los compositores del Grupo de los Cinco en Rusia. En el último tercio del s. XIX Francia destacó con personalidades como G. Bizet (quien con su ópera Carmen convulsionó las convenciones de la ópera-comique), C. Saint-Saëns y J. Massenet; ya con el impresionismo musical, C. Debussy y M. Ravel realizaron una contribución episódica pero esencial, particularmente el primero de ellos.

En Alemania, el autor más destacado a principios del s. XX fue R. Strauss, que compartió sus mejores aportaciones operísticas con el distinguido literato y libretista H. von Hofmannsthal; tras la convulsiva ópera Elektra (1909), donde abundan los detalles expresionistas, su obra se convirtió en una síntesis temperada, con momentos extraordinarios, del romanticismo y de un ideal clásico impregnado de barroquismo. En el marco de la escuela de Viena destacaron A. Schönberg y A. Berg; el primero de ellos utilizó un tipo de declamación en una voz («Sprechgesang») a medio camino entre el habla y el recitativo musical. En las últimas generaciones sobresalen H.W. Henze y K. Stockhausen. En Italia han destacado, con propuestas de distinto signo, L. Dallapiccolla, L. Nono, N. Rota y R. Rossellini; en Estados Unidos, el italiano G.-C. Menotti, S. Barber y A. Copland; en Rusia, I. Stravinski, S. Prokófiev y D. Shostakóvich; en Inglaterra, B. Britten ha sido el primer gran operista desde la época de Purcell; y en España, tras la gran personalidad de M. de Falla, es necesario recordar a X. Montsalvatge, L. de Pablo, X. Benguerel, L. Balada y J. Soler.

Compositores más importantes

 Giuseppe Verdi.-

Nació el mismo año que Wagner (1813) y murió en (1901). Fue el otro gran músico del romanticismo, esta vez, del melodrama operístico, al que llevó a límites insuperables por un proceso de transmutación, fundamentalmente en sus dos últimas obras, ambas con libreto de Arrigo Boito y basadas sobre obras de Schakespeare: una tragedia, Otello (1887) y una comedia, Falstaff (1893), que constituyen la consagración y culminación de su arte lírico. Otello ha sido considerada como mejor tragedia de la ópera, por su fuerza musical y dramática y Falstaff juega como una de las más hermosas comedias líricas, una obra de conjunto en la que alternan concertantes, coros y un desfile festivo de personajes, que muestran las debilidades humanas pero que no dejan de tener su sabiduría. Posteriormente compuso algunas obras religiosas de una reducida extensión , donde se nota su gran dominio de la polifonía coral.

A diferencia de Wagner, Verdi no fue un músico revolucionario, en cambio, desarrolló a la perfección al melodrama romántico. Sus obras juveniles se estrenaban en los teatros italianos en medio de tumultos políticos que propiciaban la independencia de Italia, que todavía no había logrado la unidad nacional, de la dominación austríaca. Este compromiso con el Risorgimento se tradujo ya en Nabucco (1842) que incluye el canto del coro " Va, pensiero" en el que los israelitas se lamentan por tener que vivir bajo el imperio de Babilonia, lo que escapaba a la censura y era tomado por su auditorio como muestra de la infeliz situación de Italia. El grito de "Viva Verdi", durante y al final de las representaciones, adquiría pues el significado de una clave política, en teatros donde convivían los oficiales austríacos con el pueblo italiano. Su mismo nombre Verdi representaba a Vittorio Emmanuele, Re d´ Italia.

Nada más ajeno al pangermanismo wagneriano, aunque justo es decirlo, Wagner escribió en Arte y revolución lo siguiente: "mientras la obra artística griega expresaba el espíritu de una nación espléndida, la obra de arte del futuro intenta expresar el espíritu del pueblo libre, que no se cuida de fronteras nacionales. El elemento nacional, en ellas, debe ser sólo un ornamento, un atractivo individual y agregado, y no un límite que la confine". Como se ve, el pensamiento político de Wagner es complejo y tiene más matices de lo que pareciera en primera instancia.(incluyendo su participación en 1849 en la revolución de Dresde y su vinculación con el anarquista Bakunin).

Pero es absolutamente claro que las obras de Verdi defienden la libertad, los sentimientos entre padre e hijo, protestan contra la injusticia y la opresión, las torturas y las formas de dominación y despotismo y el poder de la inquisición como se advierte, por ejemplo, en Don Carlos (1867) sobre la obra de Schiller y en la situación imposible del amor frustrado en Aída (1871) desde una posición que podría llamarse quizás humanista.

Sus obras más populares del período medio fueron: Rigoletto (1851), Il trovatore (1853) y La traviata (1853), (las fechas son las de sus estrenos). En La traviata, sobre la obra de Dumas, por primera vez su protagonista es una mujer extraviada en sus amores, una cortesana de la misma época de Verdi, que no obstante es defendida por el músico con un carácter casi elegíaco en su doloroso final. En Rigoletto, sobre una obra de Victor Hugo, en una corte de renacimiento, el bufón ama a su hija a la que conserva ajena a los males de la corte, pero ambos son víctimas de un destino cruel. Il trovatore tiene una magnífica aria "Di quella pira", en donde el trovador se revela a favor de la libertad y contra la opresión de la que es víctima una gitana, que él cree su madre y concluye con una arenga "a las armas". Este pasaje fue elegido por el gran director Luchino Visconti, muy influido por Verdi, para el comienzo de su película Senso. "Verdi y el melodrama han sido mi primer amor y no me arrepiento de ello, por más que me lo reprochen", ha manifestado Visconti.

En 1883, cuando murió Wagner, Verdi se pronunció expresamente y dijo que había muerto un gran hombre y que además era una desgracia para el arte, que le producía mucha tristeza, pero sin embargo permaneció siempre fiel a sí mismo ("ni rastros de Wagner") hasta alcanzar la plenitud en su ancianidad, con una lucidez y un rigor notables al presentar la versión operística del moro de Venecia traicionado por el intrigante Yago y finalmente, como una fiesta suprema, una alegre comedia de enredos, obra maestra de la música universal y un canto al amor juvenil, que culmina con una famosa fuga, que anuncia sabia y dignamente que todos en el mundo somos burlados en (Otello y Falstaff).

Ese fue el producto de una trayectoria artística y personal que conoció fracasos artísticos, muerte de esposa e hijos y que lo llevó a exclamar ante el poco éxito de Macbeth (1847) que era una cosa triste el asunto del teatro, con algún parentesco con Noche de circo de Ingmar Bergman.

También aquí se nota, como en Wagner, ante tantas discrepancias, una insólita fuerza de convicción que triunfa ante todos los males y desventuras. Y, en conclusión posiblemente sea sólo en eso y en la grandeza musical de sus obras tan diferentes en lo que coincidan Verdi y Wagner, perseverantes cultores de estéticas e ideologías distintas.

       

Beethoven.-

Se dice que la noche del 16 de diciembre de 1770 una tremenda tempestad se desencadenaba de las Siete Montañas y descargaba su furia sobre la ciudad de Bonn, (Alemania), a las orillas del Rhin; el viento helado azotaba las puertas y ventanas de las casas, en tanto que la lluvia caía pertinaz y torrencialmente.

En una pequeña buhardilla nacía un niño al que su padre, llamado Johann Beethoven, llevaría a bautizar al día siguiente a la iglesia de San Remigio, imponiéndole el nombre de Ludwig, mismo que tenía su abuelo.

Su madre era Magdalena Keverich. Este niño desde pequeño mostró notables disposiciones para la música, por lo cual su padre, tenor de la corte y muy dado a la bebida, obsesionado por el ejemplo de Mozart, quiso hacer de él un prodigio, obligándolo a estudiar desconsideradamente, encerrándolo durante muchas horas y maltratándolo severamente cuando no cumplía con las tareas agobiadoras que le señalaba.

En 1778 lo presentó en Colonia en un concierto de piano, y en 1781 lo llevó a una gira a Holanda, que fue un fracaso. Beethoven recibió lecciones, además de su padre, de Pfeiffer, van der Eeden, Rovantino, los PP. Koch y Zeese; Neefe le hizo estudiar el “Clavecín bien temperado” de J. S. Bach,, que en esa época (1781) sólo existía en copias manuscritas, las sonatas de Carlos Felipe Emmanuel Bach, y las de Muzio Clementi.

En el invierno de 1786 visitó Viena, conoció a Wolfgang Amadeus Mozart de quien recibió algunas lecciones, y el cual dijo así a alguno de sus amigos: “Escuchen a este joven; no lo pierdan de vista que alguna vez hará ruido en el mundo”. La enfermedad de su madre lo obligó a volver a Bonn, donde ella murió en 1787.

Así escribía al Dr. Schade el 15 de septiembre de ese año: “Era tan buena conmigo, tan digna de ser amada, mi mejor amiga”. Obligado a hacerse cargo de sus hermanos se vio en la necesidad de pedir el retiro de su padre y a que se le entregara la pensión correspondiente para que no fuese disipada. Las penas y sufrimientos que pasó fueron considerables, sin embargo, encontró un generoso consuelo en la familia Breuning, sintiendo un afecto especial por “Lorchen”, (la gentil Eleonora, a quien dio clases de música, recibiendo en cambio conocimientos de literatura), que se casaría más tarde con el Dr. Wegeler, y con los cuales mantuvo durante toda su vida una estrecha amistad. Asimismo halló un decidido protector en el conde Waldstein, hombre de gran cultura y pianista distinguido, que había ido a residir a Bonn por razones políticas; este personaje después de haber oído a Beethoven, lo proclamó como el heredero legítimo de Mozart y Haydn, y lo ayudó eficazmente para que pudiera radicarse en Viena, recomendándolo ampliamente para que pudiese abrirse camino.

En 1792 dejó Bonn, ciudad que nunca olvidaría, el lugar de “nuestro padre el Rhin; mi patria, la hermosa región en donde yo vi la luz primera, siempre tan bella, tan clara delante de mis ojos, como cuando yo la dejé”; (Carta a Wegeler, 29 de junio de 1801), “con sus chopos envueltos por la bruma, su maleza, sus sauces, sus árboles frutales”... y sus “Siete Montañas azuladas que dibujan sobre el cielo sus perfiles atormentados, coronados por las esbeltas y bizarras siluetas de los viejos castillos en ruinas”. (Romain, Rolland, Beethoven).

Llegó a Viena en el mes de noviembre, con gran número de obras, (la primera escrita a los diez años), que publicó más tarde, después de haberlas revisado, o que refundió en otras que compuso en esa ciudad. Las recomendaciones que traía le abrieron los salones aristocráticos. Recibió clases de Haydn, Schenck, Salieri (composición vocal), Schuppanzigh (violín), Alberchtsberger y Aloys Föster (escritura de cuartetos y quintetos). Su primer concierto como pianista lo dio el 30 de marzo de 1795; pero no fue sino hasta el 2 de abril de 1800, cuando se presentó ante el gran público presentando su Gran Concierto para pianoforte, su Septuor y su Primera Sinfonía.

Alcanzó un éxito considerable. Sin embargo, ya Beethoven había experimentado los síntomas de su penosa enfermedad, la sordera, desde 1796. A todos los sufrimientos que había sentido, añadía la tortura física y psicológica de ir perdiendo el sentido más necesario para su profesión

El mismo año escribió en su Diario Intimo: “¡Valor! A pesar de todas las flaquezas del cuerpo, mi genio triunfará... ¡Veinticinco años! Los tengo ya, y es necesario que en este año el hombre se revele todo entero”.

Ya en esta época los rasgos de su carácter están bien definidos: existe en su alma una bondad sin límites; amor a la verdad y a la humanidad; conciencia de su valor; una tenacidad de férrea que no desmaya ante ningún obstáculo. Por otra parte su sensibilidad se manifiesta en exaltados impulsos de fuerza, de alegría, de tristeza y de profunda melancolía, que arrancan del corazón y que hacen vibrar, con la potencia de su sinceridad, las cuerdas de sus semejantes.

“Beethoven”, ha escrito Aldoux Huxley, “enseñó a la música a palpitar con su pasión intelectual y espiritual”. Y pudiera afirmarse que ya las obras escritas en aquellos días contienen el germen de la nueva aurora de la música: aparece el romanticismo más puro, y no el que “ha seguido palpitando desde entonces con la pasión de los hombres inferiores”.

Entre 1796 y 1800 compone mas de 90 obras, entre las que están la sinfonía (además de la llamada “cero”, “Jena” de dudosa autenticidad), 3 conciertos para piano, seis cuartetos, el Septuor, variaciones, Sonatas (incluyendo la Pathetique), etc. Beethoven decía: “Vivo en medio de la música; en cuanto termino algo, comienzo otra cosa. En la forma que ahora escribo, hago o menudo tres o cuatro cosas a la vez”, El genio afloraba con fuerza, aunque “ya el dolor había llegado a su puerta; se había apoderado de el para nunca más dejarlo”.

Se señala el año de 1801, como el de la iniciación de lo que se ha llamado el segundo periodo de la obra de Beethoven. Etapa de su vida en que alternaba días felices, con los sufrimientos mas despiadados; las esperanzas mas sonrientes con los desengaños mas desalentadores; el optimismo y el pesimismo, todo ello dentro de la taladrante realidad de una sordera progresiva e incurable. De 1801 data su pasión por Giulietta Guicciardi, a quien inmortalizo con la dedicatoria de su Sonata “Quasi una fantasia”, que será más tarde sobrellamada “Claro de Luna”. Pero de este ultimo año, (6 de octubre) fue su “Testamento de Heiligenstadt” en el que declara: “La experiencia de estas cosas me puso pronto al borde de la desesperación y poco falto para que yo mismo hubiese puesto fin a mi vida. Solo el arte me ha detenido. ¡Ah! Me parecía imposible abandonar este mundo antes de haber realizado todo lo que me siento obligado a realizar. ¡Oh Dios, tu miras desde lo alto en el fondo de mi corazón, y lo conoces, sabes que en él moran el amor a los demás y el deseo de hacerles el bien! Vosotros, hombres, si leéis un día esto, pensad que habéis sido injustos conmigo... hizo cuanto estaba a su alcance para ser admitido en el rango de los artistas y de los hombres de elección”. “Al día siguiente de la violenta crisis de Heiligenstadt, escribe Edouard Herriot, la 2a Sinfonía, ejecutada por primera vez el 5 de abril de 1803, no traduce ninguna debilidad... las proporciones mismas de la obra, atestiguan el vigor de ese genio indomable que rehúsa sacrificar a las exigencias de la moda la abundancia y la originalidad de sus ideas”.

Este llamado segundo periodo, al que se le señala como límite el año de 1814, comprende la producción de cerca de 150 obras: incluye hasta la octava Sinfonía; en las sonatas para piano hasta la opus. 90; en los cuartetos hasta el XI opus 95; el concierto para violín, el 5º concierto para piano, la ópera “Fidelio”, lieder, romanzas, tríos, etc.

La 3ª sinfonía estaba dedicada a Napoleón Bonaparte. Una anécdota, relatada por Fernando Ries, discípulo de Beethoven, dice así: “La sinfonía estaba sobre la mesa. La primera página contenía dos nombres: arriba, “Bonaparte”; debajo, “Beethoven”. Ni una palabra más. Ignoro si la laguna debía llenarse. Fui el primero que anunció al maestro la nueva de que Bonaparte se había proclamado emperador (18 de mayo de 1804). Enfurecido Beethoven, exclamó: “¡No es más que un hombre vulgar! ¡Sólo satisfará su ambición y como tantos otros hollará los derechos del hombre para ser un tirano!”. Se dirigió hacia la mesa, arrancó la primera página del manuscrito y la arrojó al suelo. Después escribió un nuevo título: Sinfonía Eroica”. En 1821, cuando murió Napoleón, Beethoven dijo: “Hace diecisiete años que compuse su oración fúnebre”. Esta 3ª sinfonía fue tocada por primera vez el 7 de abril de 1805. En ese mismo año estrenó su ópera Fidelio.

En 1806 compuso la 4ª sinfonía, que algunos críticos han creído que fue inspirada en el amor de Teresa de Bruswick, aun cuando otros musicógrafos han investigado minuciosamente el supuesto amor de Beethoven, y lo han rechazado categóricamente calificándolo como un infundio, basado en un relato de dudosa autenticidad publicado en 1890 y narrado por Mariam Tengert, que se decía confidente de Teresa. De 1806 son los tres Cuartetos opus 59, el Concierto para Violín y la sonata “Appasionata

En 1807 compone la 5ª Sinfonía, cuya primera ejecución tuvo lugar el 22 de diciembre de 1808, y que es, seguramente la más tocada en la actualidad. Aunque no es absolutamente seguro, dícese que Beethoven expresó del primer tema de esta obra: “Así llama el destino a nuestra puerta”;. Berlioz escribió de ella: “es la primera en la cual Beethoven ha dado libre curso a su vasta imaginación... es su pensamiento íntimo lo que va a desarrollar, sus dolores secretos, cóleras reconcentradas, melancólicos ensueños, nocturnas visiones, ímpetus de entusiasmo...”. En la misma fecha que la quinta, fue estrenada la sexta, llamada “Pastoral”. Beethoven se encargó de poner los siguientes subtítulos a cada tiempo

      -         Despertar de apacibles sentimientos al llegar al campo.
-         Escena junto al arroyo
-         Alegre reunión de campesinos
-         Tempestad
-         Canto de pastores. Alegres y agradecidos sentimientos después de la tempestad (Aunque él mismo aclara: “Expresión de sentimientos, mejor que pintura”.

Esta sinfonía da testimonio del amor que sentía hacia la naturaleza; escribió en uno de sus cuadernos íntimos en 1815: “Dios Todopoderoso, soy feliz en la selva donde cada árbol habla por ti”.

La 7ª Sinfonía fue iniciada hacia fines de 1811 o principios de 1812: cuatro años que la separan de la 6ª, pero en este intermedio compone obras tan importantes como el 5º concierto para piano “El Emperador”, los cuartetos X y XI, la obertura “Egmont”, las sonatas op. 78 y 81, etc. Esta 7ª sinfonía fue calificada “como un milagro del genio”, y Wagner la llamo “la apoteosis de la danza”.

La 8ª sinfonía es una de las obras más juguetonas y alegres de Beethoven, pero revela una técnica magistral: desde el primero hasta el último compás corre por esta obra una gracia flexible, gallarda y ondulante que cobra agilidad en el último tiempo; mientras que en el “Allegretto scherzando”; recuerda la invención del metrónomo, debida a Mälzel.

En el lapso que hemos comentado la fama de Beethoven creció hasta su máximo. Cuando se efectuó el Congreso de Viena era el hombre más popular. Escribía a su amigo Amenda: “En tus cartas no necesitas poner más dirección que mi nombre” (Esto sin contar con que se cambiaba constantemente de casa). Era asistente habitual a los paseos del “Prater” y sus caminatas por lo que actualmente se llama “Sendero Beethoven” eran conocidas por todos. En 1815 fue honrado por Viena con la “ciudadanía honoraria”.

Schubert.-

Nacido en Viena el 31 de enero de 1797, era hijo del maestro de coro Franz Theodro Florian y de Maria Elisabet Katherina Vietz, los cuales tuvieron otros cuatro hijos vivos tras la infancia: Ignaz, Ferdinand, Karl y Maria Theresa. La familia vivía en el nº 54 de la Nussdorferstrasse, hoy Museo Schubert . En ese ambiente familiar el joven Franz aprende a tocar el violín y el piano, hasta que en 1807 comienza a estudiar con Michael Holzer, organista en Liechtental.

Un año después será becario en la Capilla de la Corte, siendo alumno de composición de Salieri en 1813. En este mismo año ingresa en la Academia de Profesores de enseñanza básica de Annagasse, para satisfacer el deseo de sus padres, convirtiéndose en 1814 en profesor de escuela.

Con todo, hacia 1816 ya ha compuesto más de 200 lieders, y precisamente en 1816 verá la luz su Misa en Do mayor (D. 452).

En 1818 acepta un puesto de profesor de música en el palacio del Conde Esterhazy en Hungría . Allí compone el Deutches Requiem (D. 621), regresando al año siguiente a Viena. Durante este período Schubert pasará por dificultades políticas y económicas debido a la Restauración, pero una vez pasados estos momentos amargos, hacia 1821, su música vocal se extiende con éxito por todo el continente europeo. En estos años compone su célebre Sinfonía Inacabada (D. 759) y entabla amistad con Carl Maria von Weber (1822), pero junto a estos momentos agradables aparece la causa que finalmente le traería la muerte. Durante 1822 Schubert contrae la sífilis.

La segunda mitad de la década de los veinte sería la del reconocimiento internacional del compositor. Durante 1825 compone la Sonata en Do mayor (D.840), una de las obras obras más importantes de este año, en 1826 se produce una gran avalancha de publicaciones de sus obras, al año siguiente, visita a Beethoven en el lecho de muerte -Schubert fue uno de los que portó el féretro del maestro de Bonn-, y en 1828 alcanza el reconocimiento del público vienés gracias a una serie de conciertos en la capital austriaca.

Sin embargo, la gran producción musical que Schubert realiza durante esta etapa le supondrá, como contrapartida, un deterioro rápido de su salud debido al cansancio. Precisamente por ello no pudo disfrutar del éxito, pues falleció el 19 de noviembre de 1828 víctima de unas fiebres tifoideas. Su cuerpo descansa en el Zentralfriedhof de Viena, frente a la tumba de Ludwig van Beethoven. En su funeral se interpretó su Pax Vobiscum (D. 551).

Amigos del compositor Robert Schumann - que decía que Schubert es el más poético de los compositores -, relatan que éste pasó toda una noche llorando al conocer la noticia del fallecimiento de Franz Schubert.

Franz Schubert encuentra mejor acomodo entre los compositores clásicos que entre los románticos, pues a pesar de que cronológicamente se encuentra más cercano al romanticismo su música contiene los rasgos definidores del clasicismo.

El éxito de los lieders o canciones de Schubert se basa en el gran talento melódico que poseía el compositor, talento al que unía un gran conocimiento de las técnicas operísticas, las cuales usaba en sus melodías para resaltar el lirismo de los temas. Unas veces estróficas, otras del tipo escénicas, compuso más de 600 pequeñas piezas cantadas, aunque nunca olvidó la música instrumental y orquestal.

Su armonía destaca por el tránsito entre los modos mayores y menores, haciendo de las modulaciones su principal recurso expresivo, entre sus obras compuestas en las formas mayores destacan la mencionada Sinfonía Inacabada (D.759) y la Gran Sinfonía en Do Mayor.

En la música de cámara también hizo Schubert sus incursiones, abordando el género de los cuartetos con gran talento y brillantez. En este sentido sobresale su famosísimo Cuarteto La Trucha (D.667).

Bibliografía

  • Casares Rodicio Emilio 2000 Música 3º ESO Everest

  • www. msn.es

  • www.google.es

  • Enciclopedia Larousse 2000

1