Revolución Rusa

Historia Universal del siglo XX. Revolución de 1917. Soviets. Lenin. Trosky. Stalin

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Al mismo tiempo (Bujarin) añadió:

“Creo que se ha iniciado un período de revolución

que puede durar

y extenderse al mundo entero”.

Teoría y praxis de un sueño: La Revolución Rusa.

Es algo común afirmar que la revolución rusa fue el acontecimiento más importante del siglo XX, e incluso para algunos autores, uno de los grandes acontecimientos de la historia de la humanidad. Porque este hecho no sólo cambio el curso de las relaciones sociales del país más extenso del mundo, sino que resulta imprescindible para comprender la evolución del siglo pasado en el que estuvimos inmersos. La suerte de la República de los Soviets no puede ser separada de la suerte de la revolución mundial. Nadie puso a disposición del hombre siglos ni décadas para usar sin control.

Pero particularmente, la importancia de la revolución rusa no sólo se reduce a este hecho, sino también a qué inauguró una nueva época para la humanidad, la de las revoluciones socialistas, como fueron la revolución china de 1945-49, la revolución cubana, etc. Todos estos procesos revolucionarios, con mayor o menor grado de éxito, intentaron terminar con la llamada explotación del hombre por el hombre y superar la eterna división de la sociedad humana en clases sociales antagónicas, como preconizaba Marx.

La Revolución Rusa fue una revolución social al transformar las estructuras económicas y sociales, y por ende, las políticas e ideológicas. Pero, ¿qué es una revolución? El concepto moderno de revolución no se limita exclusivamente al acto en sí en que una clase social, dirigida por un partido disconforme con el régimen existente, o sea revolucionario, toma el poder político y desplaza a la clase dominante. Esta situación sólo constituyó una de las condiciones para la transformación social: la toma del poder político y la difícil tarea de organizarlo y ejecutarlo, para intentar cumplir con las expectativas creadas y con la cruda realidad que los rodeaba.

En el Prólogo de su Historia de la Revolución Rusa, Trotsky señala que una situación revolucionaria se reconoce por dos factores: la intervención de las masas en los acontecimientos históricos y la inusitada rapidez en que se desarrollan estos acontecimientos, conformando una situación de cambios violentos y repentinos. Pero se debe agregar otro factor: la polarización social, llevada al extremo. En una situación revolucionaria, esta polarización se materializa en un masivo apoyo social a las posiciones políticas más radicales, que representaron la vía más rápida de solución a sus demandas, pero que no tomaron en cuenta la realidad de los medios.

Furet, quiere hacernos creer que las posturas de Gorbachov o Yeltsin representarían algo así como una postrera autocrítica de los líderes revolucionarios, y para ello escribe: “El fin de la Revolución rusa, o la desaparición del Imperio soviético, deja al descubierto una tabla rasa sin relación con lo que habían dejado el fin de la Revolución francesa o la caída del imperio napoleónico (...) Lenin (...) no deja ninguna herencia. La revolución de Octubre cierra su trayectoria no con una derrota en el campo de batalla, sino liquidando por sí misma todo lo que se hizo en su nombre”

Personalmente el balance lo percibo en forma distinta, comenzando por ignorar los lugares comunes (tanto los de derecha como los de izquierda). Identificar el impulso emancipador que gestó el poder soviético, exige realizar un balance riguroso, con la convicción de que la revolución rusa no debe ser considerada sólo como un hecho ocurrido en tales o cuales circunstancias, sino más bien como un experimento planificado de la clase obrera y las organizaciones revolucionarias. Por otro lado, se considera necesario referirse al estalinismo y el llamado "socialismo real", porque también de los desastres cabe sacar conclusiones. La convicción socialista no se sustenta en la idea de ineluctabilidad, pues no se estimó que el camino hacia ese objetivo estaba predeterminado por alguna fuerza que no sea la misma acción de los hombres. Asumiendo pues que "la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos", para proyectar este combate hacia el siglo que viene resulta imprescindible sacar todas las lecciones de lo vivido en la centuria que ya acabó.

La revolución del siglo en "el siglo de las revoluciones".

La zaga de la revolución, el poder de los soviets, la industrialización de la URSS, la conformación del "campo socialista" y su vertiginosa caída suelen ser considerados como momentos diversos de un mismo impulso histórico. Así, Eric Hobsbawm escribe: “Cómo hay que explicar el siglo XX corto, es decir, los años transcurridos desde el estallido de la primera guerra mundial hasta el hundimiento de la URSS, que, como podemos apreciar retrospectivamente, constituyen un período histórico coherente que acaba de concluir?”.

También se habla de "la primera revolución socialista triunfante", dando por sentado que fijó el camino que habrían seguido -con más o menos desviaciones- las revoluciones que vinieron luego. A diferencia de ese punto de vista tan generalizado, se enfatizará lo que hizo de ella una experiencia única e inacabada y llamar la atención sobre una paradoja notable: la Revolución que marcó el siglo XX y contribuyó directa e indirectamente a hacer del mismo "un siglo de revoluciones", no tuvo en un sentido estricto continuidad.

Lo anterior se comprende mejor de otra manera. Hubo muchas y muy diversas revoluciones (sea cual fuere el alcance que asignemos al término) y algunas se proclamaron continuadoras de la gesta de Octubre. Pero en ninguna de ellas, como sí ocurriera en la Rusia del 17, la estrategia de los dirigentes y el protagonismo genuino de los obreros y campesinos convergieron para fusionar, en un mismo movimiento, al alzamiento revolucionario contra el desacreditado y odiado viejo orden, la tumultuosa autodeterminación de las masas y la voluntad de construir con los restantes pueblos de Europa y la Tierra, un mundo nuevo: la revolución socialista. Sin embargo la llamada revolución mundial, no logró propagarse por todo el mundo como era su objetivo primero y esencial; en cambio se quedó replegada a Europa Oriental y a determinados lugares que aún subsisten, como la China comunista y Cuba pero que tampoco fueron inmunes a cambios necesarios para poder lograr sus objetivos. No se debe olvidar que las condiciones mundiales no fueron las adecuadas en el momento que se produjo este proceso revolucionario, quizás porque precisamente no era el momento, ni la sociedad y el lugar idóneo.

Lo mismo se puede decir del internacionalismo teórico y práctico del nuevo poder, o de su apasionado debate alrededor de ideas, proyectos y acciones revolucionarias. Esa combinación levantó en millones de obreros y campesinos oprimidos de todo el globo reivindicaciones, esperanzas y confianza en las propias fuerzas, capacidades e iniciativas hasta niveles jamás vistos (ni antes, ni después). Así enfocada la cuestión, no sólo se podrá advertir lo excepcional de la Revolución Rusa, sino que la excepcionalidad tiene varias caras según el contexto y los lugares donde se produjeron.

Revolución en las calles... y la teoría

La Revolución Rusa fue "anormal" por imprevista y transgresora, a todos los niveles. Sorprendió a los gobiernos y estados mayores que, enfrascados como estaban en una guerra con exorbitantes pérdidas de vidas humanas sin precedentes, pasaron de buenas a primeras a vérselas con la amenaza de los indeseables "rojos". Indeseables porque con ellos las masas andrajosas habían conquistado el poder en Moscú y Petrogrado. Indeseables porque renegaban de la diplomacia secreta y los tratados internacionales. Indeseables porque llamaban a la confraternización revolucionaria con voces que calaban hondo en las masas europeas hartas de su eterna desigualdad económica, y porque tenían la esperanza de ser comprendidas por un reagrupamiento revolucionario internacionalista sobre nuevas bases sociales.

La revolución apareció también como la anormalidad que desautorizaba las "verdades" del marxismo que la Segunda Internacional preconizaba, que fragmentaba la problemática de la revolución en la consideración de casos nacionales, y evaluaba las "condiciones objetivas" de la revolución socialista con criterios propios del evolucionismo positivista: el determinismo económico establecía que los países atrasados deberían pasar por una etapa de desarrollo capitalista antes de que pudiera vislumbrarse una alternativa socialista; la apreciación puramente sociológica de las fuerzas motrices de la revolución indicaba que donde la clase obrera era minoritaria debía jugar un rol secundario; y se consideraba que la educación política de los trabajadores requería del pasaje obligado por las "escuelas" del sindicalismo y el sistema parlamentario.

Contra semejante modelo los marxistas revolucionarios recuperaron y utilizaron el concepto de totalidad. Con matices diversos, ellos partían de una apreciación global: la dominación capitalista - imperialista del mundo - con las contradicciones explosivas que implicaba- y la conformación de una clase obrera mundial capaz de una acción directa sobre el Estado.

Ellos asumieron la coyuntura de la revolución proletaria y socialista, como posibilidad abierta. Comprendiendo a la vez que la lucha de las masas obreras, el desarrollo de su conciencia y la formulación del programa requería también de la carga afectiva de los revolucionarios en una labor organizada de las masas hacia la instauración del socialismo.

En las terribles condiciones producto de los años de la Primera Guerra Mundial, tras el primer embate con el que las masas de Rusia derriban al zarismo y forman los soviets (febrero de 1917) cuando los partidos reaccionarios y reformistas se empeñaron en mantener el cuestionado poder de un heterogéneo gobierno de carácter liberal. Lenin y Trotsky tradujeron la renovación teórica en política revolucionaria: denunciaron que para ellos el poder burgués significaba la continuación de la guerra, miseria y hambre en aumento y sangrientos golpes militares contrarrevolucionarios, y reivindicaban en cambio ªTodo el poder a los soviets!".

Lo anterior queda evidenciado en el llamamiento que hace Lenin al pueblo a combatir el sabotaje, arengándolos: "Camaradas, trabajadores!: Recordad que de aquí en adelante sois vosotros mismos los que administráis el Estado. Nadie os ayudará si no os unís por impulso propio y si no cogéis en vuestras manos todos los asuntos del Estado. Agrupaos en torno a vuestros soviets, dadles solidez. Poned manos a la obra desde abajo, sin esperar que os den señal alguna. Inaugurad el orden revolucionario más severo, reprimid implacablemente los excesos anárquicos de borrachos y gente de mal vivir... Estableced el más riguroso control de la producción y proceded al inventario de los productos. Detened y entregad al tribunal del pueblo revolucionario a cualquiera que se atreva a perjudicar a su causa..." Se invita a los campesinos a tomar ellos mismos, en el acto, la plenitud del poder.

Efectivamente, los dirigentes revolucionarios rusos alentaron sistemática y consecuentemente a que los campesinos tomaran las tierras, los obreros tomaran el control de las fábricas y que los soviets de obreros, soldados y campesinos tomaran todo el poder. Con esa orientación ganaron la conducción de las masas y aseguraron la victoria de la Insurrección, que fue también la mejor convocatoria para que otros pueblos de Europa se levantaran contra la guerra imperialista.

Así, contra lo previsto, la revolución socialista pudo comenzar en la atrasada Rusia, donde los obreros pusieron un sello soviético a las revoluciones campesinas y nacionales que se desarrollaron coherentemente. Pero la dialéctica recuperada también les hacía advertir a los marxistas revolucionarios que esa revolución sólo podía desarrollarse en el terreno internacional y culminar a escala mundial. Con teorías y formulaciones distintas, en esto coincidía también Rosa Luxemburgo. Fue ésta quien escribió: “Todo lo que podía ofrecer un partido, en un momento histórico dado, en coraje, visión y coherencia revolucionarios, Lenin, Trotsky y los demás camaradas lo proporcionaron en gran medida. Los bolcheviques representaron todo el honor y la capacidad revolucionaria de que carecía la socialdemocracia occidental. Su Insurrección de Octubre no sólo salvó realmente la Revolución Rusa; también salvó el honor del socialismo internacional”.

La degeneración de la Revolución Rusa.

Las revoluciones y la guerra siguen cursos sinuosos, imprevisibles, dictados por el choque de las fuerzas sociales y políticas enfrentadas. El ejemplo práctico y las ideas del marxismo revolucionario tuvieron impacto universal, convocaron a millones de enfervorizados adherentes, y la revolución sacudió el equilibrio del mundo. Pero ello no fue suficiente. La reacción de los países llamados “occidentales”, con la colaboración de los grandes partidos socialdemócratas y laboristas que conservaban un relativo control sobre masas desorientadas aun por los costos de la Primera Guerra, evitó temporalmente sucesivos alzamientos proletarios, fundamentalmente en Alemania.

La revolución debió marcar el paso en las fronteras del flamante Estado soviético (que variaban según el curso de la guerra contra los ejércitos Blancos y las tropas de los ejércitos de las potencias), y el nuevo poder se desarrollo bajo el método de ensayo y error, entre las exigencias de la supervivencia política y económica y las obligaciones de mantener el rumbo socialista. No sólo se debió confrontar un atraso en todo ámbito, agravado por el saqueo de los contrarrevolucionarios y el derrumbe de la producción, sino también el agotamiento de los trabajadores y masas soviéticas tras los años de guerra y el desastre económico. Esto fue advertido por Rosa Luxemburgo cuando planteó: “Nos vemos enfrentados al primer experimento de dictadura proletaria de la historia mundial (que además tiene lugar bajo las condiciones más difíciles que se pueda concebir, en medio de la conflagración mundial y la masacre imperialista, atrapado en las redes del poder militar más reaccionario de Europa, acompañado por la más completa deserción de la clase obrera internacional). Sería una loca idea pensar que todo lo que se hizo o dejó de hacer en un experimento de dictadura del proletariado llevado a cabo en condiciones tan anormales representa el pináculo mismo de la perfección. Por el contrario, los conceptos más elementales de la política socialista y la comprensión de los requisitos históricos necesarios que obligan a entender que, bajo estas condiciones fatales, ni el idealismo más gigantesco ni el partido revolucionario más probado pueden realizar la democracia y el socialismo, sino solamente distorsionados intentos de una y otro”.

De hecho, Lenin y sus compañeros fueron obligados por las exigencias de la supervivencia, a improvisar sobre la marcha medidas a veces contradictorias, ineficaces otras y en algunos casos con efectos imprevistos y nocivos. A pesar de ello, todo el esfuerzo no fue en vano, pues la guerra civil se ganó, la URSS sobrevivió y durante ese período tumultuoso la Internacional Comunista se fundó y realizó cuatro congresos (entre 1919 y 1922) que consolidaron y desarrollaron el patrimonio teórico-político marxista. Pero los costo y las contradicciones acumuladas (en términos no sólo económicos, sino también humanos y políticos) fueron inmensas.

Esta combinación de circunstancias internas e internacionales, provocó arduos debates teóricos y duras confrontaciones políticas, en una Rusia donde los obreros no lograban ejercer realmente su poder, los soviets se habían vaciado, el Estado crecía incontroladamente y se imponía la prepotencia de una ascendente burocracia. Todo esto hay que decirlo, porque ignorar las contradicciones, los vaivenes e incluso los errores del poder soviético implica también menospreciar las causas materiales y sociales, históricamente condicionadas. Situación que ya fue criticada por Lenin, al referirse sobre la concreción un Estado obrero en la Unión Soviética: "...puesto que este es un Estado obrero donde no hay burguesía, ¿contra quién hay que defender a la clase obrera y para qué? Se trata de que no es un Estado completamente obrero. Lo que en realidad tenemos ante nosotros es un Estado obrero con esta particularidad: primero, lo que predomina en el país no es una población obrera sino campesina, y segundo, que es un Estado obrero con deformaciones burocráticas".

No se sostiene pues la creencia de una posible continuidad entre Lenin y Stalin. Por el contrario, la desaparición física del primero coincide con una brutal ruptura política. El estalinismo fue expresión y agente de un proceso contrarrevolucionario, una reacción lenta, rastrera, envolvente" que culminó con el Terror de los años '30. La burocracia se erigió como única capa social privilegiada y dominante, en la sociedad soviética, modificando las tradiciones de la revolución para montar el régimen coronado por Stalin, afirmó sangrientamente su poder totalitario, eliminando hasta los vestigios de dominación proletaria tanto en el terreno político -institucional como en el económico - social.

La nueva casta gobernante formuló un "programa" a su medida: en lugar de la revolución socialista mundial, ideó la construcción del socialismo en un sólo país; en lugar de socialización y transformación permanente de las relaciones sociales, prefirió la industrialización y crecimiento de la producción basada en la super - explotación y el terror, y en lugar de la progresiva desaparición del Estado, desarrolló su hipertrofia e idealización.

La expresión del poder de los soviets, pasó a ser la denominación de un mastodóntico Estado burocrático, que lejos de expresar o conservar una dominación social del proletariado, actuó hacia dentro de sus fronteras en defensa de los intereses de la burocracia y las formas de explotación que se aplicaron. En tanto que a escala mundial se integraba (no sin conflictos) en el sistema mundial de estados y dentro de la economía - mundo, aportando para ello la colaboración (directa o indirectamente) de partidos comunistas convertidos en instrumentos de transmisión de las políticas desde Moscú.

Sin embargo después de la Segunda Guerra Mundial sólo en Europa Oriental se concretizan las ideas revolucionarias en las llamadas Democracias Populares, en condiciones sorprendentes: pese a la receptividad de las masas populares y de los antiguos grupos agitadores, las revoluciones se harán desde arriba, mediante el Partido y bajo el control del Ejército Rojo.

Ya nadie duda que en gran parte de Europa y una fracción del mundo en vías de occidentalizarse, se produjeron revoluciones y transformaciones democráticas, agrarias, nacionales y anticapitalistas. En muchos casos, directa o indirectamente, las masas alcanzaron importantes logros en sus condiciones de vida. El ocaso del latifundismo y del peso de las relaciones paternalistas y la disminución de la injerencia de la iglesia en gran parte de Europa oriental, el desarrollo industrial en las repúblicas más rezagadas, el progreso significativo en materia de salud, educación y, en forma más general, la mejoría ya señalada, en las condiciones de vida, eliminando o disminuyendo la miseria absoluta han sido y serán hechos innegables, independientemente de que el inventario de costos y contradicciones que acompañaron este "progreso" todavía se está realizando.

El énfasis está puesto en destacar que de cualquier manera, en esos países no se logró el ansiado desarrollo del poder obrero, ni un genuino impulso que fructificara en transformaciones socialistas. En realidad, con ritmos y por vías diversas, cada uno de estos triunfos o progresos parciales se transformaron en lo contrario: contradicciones, insatisfacciones que degeneraron en desastres sociales. Esta dialéctica de triunfos transformados en insatisfacciones y derrotas sociales al descomponerse la revolución, estancándose así su desarrollo en sentido socialista, ha sido una característica de la posguerra que se ha prolongado hasta nuestros días.

Es así como el producto general de estas revoluciones sin socialismo amerita una evaluación más bien negativa: el sistema capitalista prolongó su hegemonía(y agonía) por un nuevo período, en tanto que el movimiento obrero y la movilización campesina en pos de implementar el socialismo, fueron frenados por los aparatos burocráticos y por las diversas interpretaciones y usos que se hizo del mal llamado "campo socialista”. Así pues, la Revolución Rusa continuó siendo una completa anormalidad, al ser demasiado profundo el choque entre la teoría que preconizaba y las situaciones reales que acontecieron.

Hora de sacar las lecciones.

En condiciones terribles de aislamiento y persecución, hubo minorías que resistieron y lucharon por mantener las ideas y la energía del marxismo revolucionario y rescatar las lecciones de Octubre. En este terreno se destacó la labor de Trotsky y un grupo pequeño de internacionalistas reagrupados por el fundador de la Cuarta Internacional. Teniendo en cuenta las consecuencias que la degeneración burocrática del socialismo creó, es destacable el valor de esa lucha por el patrimonio marxista y las tradiciones de combate y organización revolucionaria.

Pero no se debe caer en la creencia de percibir y representar a la Revolución Rusa como un modelo acabado, sin fisuras ni errores significativos. Eso sería una apreciación histórica equivocada, que cuando sucedió tuvo consecuencias metodológicas y políticas perjudiciales.

En relación a esto, en una carta a Trotsky hacía un severo balance: “Nosotros teníamos la esperanza de que la dirección del Partido crearía un nuevo aparato realmente obrero y campesino, nuevos sindicatos realmente proletarios y nuevas costumbres en la vida cotidiana. Es preciso decirlo francamente, claramente, abiertamente: el aparato del partido no cumplió esa tarea; en el doble rol de preservación y educación dio pruebas de una total incapacidad. Entró en bancarrota. Quebró”.

Al citar la reflexión de un protagonista para insistir en que la reivindicación de los principios teóricos - prácticos que inspiraron los primeros años del poder ejercido por los bolcheviques, no justifica desconocer que se cometieron errores, más graves y perniciosos cuando se los cubrió con justificaciones teóricas que pesaron negativamente en las ideas y la acción de los revolucionarios. Sin pretender un análisis exhaustivo del asunto, cabe señalar algunos efectos claramente significativos.

El hecho de que por una suma de circunstancias el poder efectivo y el aparato del Estado quedara en manos de los bolcheviques, dio lugar a la creencia y la praxis de que la dictadura del proletariado sólo podía ser ejercida a través del Partido, con lo que se distorsionó la idea de la dictadura, del estado y del partido mismo. El aparato estatal se alejó de la participación directa y la supervisión de las masas, y se fusionó con los órganos dirigentes del partido, al tiempo que la democracia interna de éste se restringía. Se llegó a percibir que la sola idea de conformar otro partido llevaba el germen de la guerra civil.

En otro terreno, la imperiosa necesidad de impulsar la producción condujo al principio de dirección única en la fábrica y a reforzar la idea equivocada que la gestión y organización del trabajo era una cuestión "técnica", o sea se relegó la batalla por la transformación de las relaciones de producción y el conjunto de las relaciones sociales. La contrarrevolución estalinista utilizó esta distorsión para afirmar su propia política que llevó a los extremos de la colectivización forzada, la industrialización acelerada, y la exaltación de los índices de crecimiento a costa de la explotación de las masas.

Pero también hay que decir que gran parte de la izquierda mundial creyó en las bondades de que "el Estado obrero" tratara de competir con el capitalismo produciendo las mismas cosas y de la misma manera, lo que es una distorsión de las bases de la revolución total que implicaba el socialismo.

Por lo tanto reivindicar y asimilar las enseñanzas de la Revolución también implica reconocer limitaciones y errores. Al no hacerlo así, y presentando a la Revolución Rusa como "el modelo” de lucha por el socialismo, se contribuye a desvirtuar lo más trascendente de ella de, que fue su voluntad y relativa capacidad de proyectarse como parte de un movimiento más amplio y rico que contribuyó a iniciar el proceso de la revolución socialista europea e internacional, la autonomía y la conciencia de las masas trabajadoras, el desarrollo de la teoría y las organizaciones marxistas revolucionarias a través de experiencias con diversos resultados.

Es innegable señalar que "el poder de los obreros armados" no podrá prescindir de un cierto tipo de Estado para reorganizar la producción y transformar las relaciones económicas y sociales, pero debe impedirse su deformación erigida sobre la sociedad como un poder separado y autónomo. La norma no sólo debe ser la sustitución del Antiguo Régimen, sino reducir al mínimo imprescindible la cantidad y las facultades de las instituciones y funcionarios del nuevo poder.

El Estado obrero, de transición al socialismo, debió estar subordinado a los soviets, Consejos y al desarrollo de formas de poder directo de los trabajadores y el pueblo. La transición no implica un continuo crecimiento del Estado (ni siquiera del Estado "obrero"), sino la cuidadosa utilización de sus recursos para ayudar a una creciente socialización en las esferas económicas, sociales y políticas, que vaya abriendo paso a la apropiación directa del producto social por los trabajadores, todo ello en correlación con el desarrollo del internacionalismo y la lucha por la derrota del sistema capitalista a escala mundial.

La dictadura del proletariado no es un conjunto de reglas autoritarias, sino el proceso de efectiva constitución del proletariado en clase dominante. En concomitancia con lo anterior Lenin planteaba que una dictadura de nuevo tipo, por ser la imposición de la inmensa mayoría sobre la minoría, y también democracia de nuevo tipo, más extendida y profunda porque va más allá de las formas y la esfera política. Pero es preciso agregar sin ambigüedad que la democracia de nuevo tipo excluye la idea del Partido como único depositario del poder efectivo, y exige el libre choque de ideas y diversas organizaciones políticas, puesto que sin efectiva democracia obrera los órganos de poder de las masas se convierten en plantas decorativas.

Si la ampliación y profundización de la democracia se realiza desde abajo y en forma directa, el predominio de lo social sobre lo político y la progresiva desaparición del Estado, son dimensiones inseparables del socialismo, entonces la planificación no puede asumir un carácter dominante regido por la lógica de la maximización económica, sino que debió asumir directrices democráticas y flexibles que tengan como primer objetivo el progreso social y cultural de las masas y la reducción cualitativa de la jornada laboral.

Como conclusión la Revolución Rusa y a sus variadas repercusiones hizo suyo el imperecedero galardón histórico de haber encabezado al proletariado internacional en la conquista del poder político y la ubicación práctica del problema de la implementación del socialismo, pues propició un gran impulso en la pugna mundial entre el capital y el trabajo. Entonces en Rusia solamente podía plantearse el problema. No podía resolverse por que el contexto y las condiciones sociales, económicas, políticas y culturales impidieron que se cumplieran todas las ideas preconizadas en esta revolución. No se debe olvidar que la gran masa popular nunca estuvo preparada para asumir esta labor. Y así las buenas intenciones fueron sumidas en la cruda realidad.

Bibliografía.

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  • Hobsbawm Eric, “Historia Del Siglo XX. 1914-1991”, Editorial Grijalbo - Mondadori, Crítica, Barcelona, 1995.

  • Lenin Vladimir Ilitich, “Obras completas”, tomo 42, Editorial Progreso, Moscú 1986.

  • Luxemburgo Rosa, “La Revolución Rusa”, Obras escogidas, tomo 2, Editorial Anagrana, Barcelona 1975.

  • Trotsky León, “La Revolución Traicionada”, Editorial El Yunque, Buenos Aires, 1973.

  • Furet Francois, “El pasado de una ilusión”, Editorial Fondo de Cultura Económica, México 1995, pag 9-10.

    Hobsbawm Eric, “Historia Del Siglo XX. 1914-1991”, Editorial Grijalbo - Mondadori, Crítica, Barcelona, 1995, pág. 15

    Lenin Vladimir Ilitich, “Obras completas”, tomo 42, Editorial Progreso, Moscú 1986, pág. 213.

    Luxemburgo Rosa, “La Revolución Rusa”, Obras escogidas, tomo 2, Editorial. Anagrana, Barcelona 1975, pág. 171 y 178.

    Ibid pag 172-174

    Lenin Vladimir Ilitich, “Obras completas”, tomo 42, Editorial Progreso, Moscú 1986, pág. 250.

    Trotsky León, “La Revolución Traicionada”, Editorial El Yunke, Buenos Aires 1973, pág. 219

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