Revolución Industrial y su repercusión mundial

Historia universal. Crecimiento demográfico. Agricultura. Población europea. Industria. Migraciones. Movimientos obreros. Liberalismo. Capitalismo. Corrientes socialistas. Marxismo. Anarquismo. Gran Bretaña. EEUU (Estados Unidos)

  • Enviado por: Jesus Martinez
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 53 páginas
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La revolución industrial.

La revolución demográfica del siglo XIX.

  • La población europea.

  • La demografía histórica.

  • A mediados del siglo XVIII la población del mundo era de unos 750 millones de habitantes; doscientos años después alcanzaba los 3.000 millones. En dos siglos su aumento había sido mucho más acusado que en los 10.000 años anteriores. ¿Qué interés ofrece para el historiador este aumento espectacular del número de hombres? ¿Hubiera podido crecer de esta forma el censo de la humanidad de no haberse producido simultáneamente un incremento en la producción de alimentos, y en el ritmo de fabricación de utensilios y de vestidos mediante el uso de máquinas? La expansión de la población se presenta unida a la revolución agrícola y a la revolución industrial. Por otra parte, una sociedad más numerosa es una sociedad más complicada. Estos hombres se desplazan; las migraciones contemporáneas son el resultado tanto de la revolución del transporte como del aumento de la población. Incluso en la política aparecerán fenómenos de masas en la base de ideologías como el fascismo. Revolución industrial, colonialismo y descolonización, sociedad de masas, revolución de los transportes, procesos todos cardinales en la historia contemporánea, aparecen ligados al incremento demográfico.

    Pero no interesa sólo el número de los hombres al historiador; el porcentaje de los que trabajan (población activa), el de los jóvenes y niños, la intensidad de las migraciones, los índices de natalidad, nupcialidad y mortalidad, las causas que alteran estos índices, son datos que retratan múltiples aspectos de una sociedad. Ha nacido una rama de estudios históricos, la demografía histórica.

    Aunque ya en Montesquieu aparece la preocupación por el número de los hombres, la figura más destacada del pensamiento demográfico, cuando el incremento de población comienza a llamar la atención de pensadores y escritores, es el inglés Malthus. La primera edición de su Ensayo sobre la población aparece en 1798; la edición de 1803, tras varios viajes por Europa, incorpora los datos del censo inglés de 1801. Malthus asegura que el ritmo de aumento de la población es superior al de los alimentos; la población crece en progresión geométrica y los alimentos en progresión aritmética; el horizonte de la humanidad es el hambre. Sus juicios sociales son extremadamente reaccionarios: “el pobre tiene derecho a ser alimentado como el derecho de vivir mil años”, “los obreros se casan con una ligereza inexcusable”. Prescindiendo de este aspecto de su obra, su planteamiento estadístico ejerció una notable influencia durante todo el siglo XIX. Muchos pensadores la siguieron fielmente, así Ricardo y Stuart Mill; otros, Proudhon, Marx, Engels, la mayor parte de los escritores nacionalistas, y el obispo católico Dupanloup le criticaron con aspereza. En los últimos años del siglo aparecen estudios históricos sobre las enfermedades; se empieza a prestar atención sobre las causas y los frenos del crecimiento demográfico.

    Algunos de los grandes historiadores del siglo XX, Simiand, Labrousse, Goubert, han estudiado la relación alimentación-población; en Francia e Inglaterra se editan revistas dedicadas exclusivamente al tema de la demografía histórica, a sus fuentes y a sus métodos (“Population”, “Population Studies”).

  • Crecimiento de la población europea.

  • El crecimiento de la población de Europa es uno de los hechos capitales de la historia de los dos últimos siglos; la emigración de los europeos a otros continentes hizo surgir “nuevas Europas”. Este aumento demográfico de Europa es claro: 187 millones en 1800, 401 millones en 1900, aumento conseguido a pesar de la intensidad de las migraciones. Crecen deprisa los continentes que reciben población europea -las dos Américas, Australia-, más despacio los otros. En Europa el aumento se señala de forma clara en cuatro naciones:

    • Rusia pasa de 40 a 100 millones

    • Las Islas Británicas, de 16 a 46.5 millones

    • Alemania, de 23 a 56.4 millones

    • Italia, de 18 a 32.5 millones.

    El caso inglés es notable, porque su incremento, superior a la media europea, se produce a pesar de la salida de 17 millones de emigrantes. Aumenta la producción de los países con cambio social (Rusia -emancipación de los siervos-), con revolución económica temprana (Inglaterra -revolución industrial-), con proceso político fundamental (Alemania e Italia -consiguen su unidad nacional). Por otra parte, detrás de estas cifras escuetas, se agazapan procesos sociopolíticos importantes. El incremento de población posibilita en Rusia su expansión territorial, que culmina en la colonización de Siberia; es la base de su paneslavismo, de sus reivindicaciones sobre el espacio balcánico; se convierte en un factor más de tensiones internas, mientras mantiene una estructura agrícola arcaica. En Inglaterra permite la formación de un imperio dilatado, que suaviza las posibles tensiones interiores que el aumento de población en un territorio limitado hubiera despertado. En Alemania provee de mano de obra abundante para una industrialización que se efectuó de modo rápido, y, ya en el siglo XX, es un argumento de expansión para los pangermanistas. En Italia, que llega tarde al reparto colonial del mundo, el argumento demográfico se esgrimirá por los nacionalistas para formular la necesidad de colonias. Muchos rasgos específicos de algunas naciones no pueden explicarse prescindiendo de los procesos demográficos, aunque debemos evitar la tentación simplificadora de otorgar al factor población una importancia exclusiva.

    A escala europea este crecimiento no es continuo a lo largo del siglo. Podemos distinguir cuatro fases:

    Hasta 1820. Es una fase de alza, a pesar de las guerras napoleónicas; se produce un impulso demográfico de compensación, y desde 1814 la población aumenta en casi todas las naciones.

    1820-1850. Tendencia a la parálisis e incluso a la contracción, por la crisis económica. Es época de precios bajos y de agudas crisis agrícolas. Ya en los últimos años comienza la expansión, quizás como uno de los efectos de la revolución industrial.

    1850-1880. Fase de prosperidad y de cambios sociales, como la liberación de los siervos rusos. El incremento de la población es notable.

    1880-1914. Hasta 1896, aproximadamente, algunas crisis agrícolas y la intensidad de la emigración, frenan el avance; luego continúa de forma lenta, por el descenso de la natalidad y el consiguiente envejecimiento de la población.

    3. Factores de la revolución demográfica.

    El factor clave del crecimiento de la población europea parece ser el descenso muy acusado de la mortalidad, descenso que se percibe ya en los primeros años del siglo. Los dos países de los que poseemos datos más fiables son Inglaterra, cuyo índice de mortalidad en 1800 y 1900 es respectivamente 26.9 %º y 18.2%º, y Francia, cuyos índices se reducen del 27.7 %º a 20.1 %º. Los progresos en la medicina y en la higiene son las causas fundamentales, aunque no únicas de este descenso.

    Los jalones claves en la medicina científica se señalan en la invención de la vacuna contra la viruela por el ingles Jenner (1796), que inicia la era de la medicina preventiva y la lucha final contra una enfermedad epidémica temible. El conocimiento de los agentes provocadores de las enfermedades, con el nacimiento de la microbiología (Pasteur, Koch), y la introducción en la cirugía de la anestesia parcial (1846) y la antisepsia (1867). La higiene experimenta una renovación no menor con el abastecimiento de agua potable a las ciudades, los servicios de limpieza en las calles y la generalización del aseo personal (ropa interior, jabón, etc.).

    Pero subsisten como frenos obstáculos ancestrales, sin los cuales el crecimiento numérico de los europeos hubiera sido mucho más rápido. ¿Cuáles son estos frenos?

    • La mortalidad infantil sigue siendo muy elevada, aunque comienza a descender en el último cuarto de siglo. Quizás contribuyó la falta de higiene alimentaria; el único medio que se conocía era prolongar la lactancia materna. En los hospicios la mortalidad de los hijos naturales fue mucho mayor; un autor francés ha asegurado que sólo el 10% alcanzaba los 20 años.

    • Últimas hambrunas. Fue terrible el hambre en Irlanda en 1846-1848 que provocó salidas en masa hacia Estados Unidos. La de la India en 1900-1901 hizo desaparecer 1/5 de la población. Un año de escasez de cereales, o de epidemia de la patata, podía provocar todavía un cataclismo.

    • Epidemias. Son menos temibles que en siglos anteriores, pero se ha afirmado equivocadamente su desaparición en la Edad contemporánea. El cólera llega a Europa y se convierte en el enemigo número 1. La revolución en el transporte contribuyó a hacer más rápida la difusión del vibrión colérico, que en cuatro ocasiones arrasó el continente europeo. En 1832, primera epidemia de cólera, murieron de su embate sólo en París 18.000 personas. Sus últimos coletazos, en Rusia en los últimos años del siglo, provocaron decenas de miles de víctimas.

    • Guerras. Al mismo tiempo que los progresos médicos permiten salvar un mayor número de heridos, los progresos bélicos provocan un mayor número de víctimas; es el caso de la mortífera de 1870 en Francia.

    Para los sectores obreros fue un factor adicional, que mantuvo alta la mortalidad, la mala calidad de vida, las condiciones difíciles de trabajo y la alimentación insuficiente. De ahí que se haya hablado de “desigualdad ante la muerte”; existe una mortalidad diferencial de cada clase social.

    Si todos estos obstáculos impiden que la mortalidad baje más acusadamente, el descenso de la natalidad es otro freno en la carrera demográfica. La tasa inglesa pasa de un 37.7 %º a un 29.9 %º. En Francia el descenso es más acusado, de un 32.9%º a un 22.4%º. Factores culturales y psicológicos inciden en este proceso. La reducción de la natalidad se hace más acusada en los últimos años del siglo y evita un aumento todavía más espectacular de la población mundial.

    4. Las migraciones. Del campo a la ciudad.

    El siglo XIX protagoniza intensos desplazamientos de la población, en relación con dos procesos: la revolución industrial, que provoca el trasvase del campo a las ciudades en primer lugar, y que permite, por la innovación de los transportes, los traslados intra e intercontinentales; y el colonialismo, que estimula la ocupación de nuevas tierras en otros continentes menos poblados y menos desarrollados.

    Nos encontramos en primer lugar con una disminución de la población rural. Refleja el paso de una economía predominantemente agrícola a una economía predominantemente industrial. La industria, concentrada en las ciudades, reclama una mano de obra abundante; el artesano rural no puede resistir la competencia de las fábricas; los artesanados se constituyen en los primeros emigrantes. Más tarde, la revolución agrícola permite, al introducir en el trabajo de la tierra las máquinas, reducir el número de los campesinos, cuyos excedentes pasan a engrosar las masas de obreros industriales urbanos. En el ritmo de abandono de los campos influyen factores geográficos, jurídicos, políticos. Las montañas, más pobres, se vacían antes que las llanuras; las regiones de pequeños propietarios retienen con más fuerza a los campesinos que las de grandes propietarios, en las que el campesino es simplemente un bracero que desea buscar nueva vida; en ocasiones, una decisión política retiene o incluso atrae a los campesinos, es el caso de colonización de las Landas francesas. El ritmo es irregular, una crisis agraria lo acelera, como ocurrió en el hambre irlandesa de los años 40.

    Los ferrocarriles ejercieron una fuerte influencia en estos desplazamientos. Por una parte facilitaban los retornos estacionales, por otra suscitaron un impacto psicológico, una fiebre de viajes, que debilitó las tradiciones de apego a la tierra. Y multiplicaron los puntos de destino. Sin ferrocarriles los campos hubieran podido retener más eficazmente a sus habitantes.

    5. Las migraciones intercontinentales.

    Entre 1800 y 1930 abandonan el continente europeo unos 40 millones de personas; es un proceso de expatriación sin precedentes en la historia. Inglaterra, con 17 millones de emigrantes, encabeza la tabla de países proveedores de hombres; Italia, con nueve, y Alemania, con seis millones, la siguen en importancia. De los países receptores ocupa el primer lugar, con amplia ventaja, Estados Unidos, a donde llegan, desde los primeros años del siglo XIX hasta el año 1922, 38 millones de inmigrantes, a los que hay que sumar los que pasan desde el Canadá. El colosal despliegue territorial y económico de los Estados Unidos se basa en esta constante aportación de europeos. Canadá, Australia, América del Sur, Siberia, son zonas a donde los inmigrantes acceden en número notable.

    La lengua señala en muchos casos las líneas de desplazamiento. Ingleses e irlandeses prefieren emigrar a América del Norte; portugueses y españoles lo hacen casi en su totalidad a América del Sur.

    Las causas son diversas. Se ha señalado como espoleta la noción de presión demográfica: emigran los habitantes de países superpoblados, como Inglaterra o Alemania, y concretamente los de regiones y zonas cuya densidad de población, en relación con el número de puestos de trabajo o de nivel de producción de alimentos, es excesiva. Pero parecen influir no sólo las circunstancias del país emisor sino también las del país receptor.

    Indudablemente las motivaciones económicas han jugado en todo momento un papel decisivo. Las masas rurales y artesanas, agobiadas en los momentos de crisis, han intentado buscar una nueva vida lejos de la patria. H. Jerôme ha demostrado la influencia de los ciclos económicos sobre la emigración a los Estados Unidos. En el flujo de europeos hacia otros continentes ha actuado unas veces una crisis agrícola europea, como la de 1847; otras veces una circunstancia excepcional, como los hallazgos de oro en California, en Australia o en África del Sur.

    La situación geográfica es otro factor clave. Los rusos emigran hacia Siberia; los latinos hacia América; los países marítimos del Oeste europeo, Portugal, España, Inglaterra, encuentran muchos estímulos para lanzarse a través del océano.

    Los factores políticos no deben ser olvidados. Algunos estados pusieron trabas a la emigración de sus hombres; otros, ansiosos de establecer un imperio colonial, lo estimularon. A finales del siglo salían 300.000 ingleses cada año, hacia las colonias. Los habitantes de Alsacia-Lorena que en 1871 optaron por la nacionalidad francesa, al ser ocupados estos territorios por Alemania se trasladaron en masa a Argelia. En cambio no han influido apenas los motivos religiosos, con la excepción de los judíos de Europa central, que, al ser perseguidos, pasaron a Inglaterra y después a los Estados Unidos, para constituir la poderosa comunidad judía norteamericana.

    Las consecuencias parecen haber sido en general positivas para los países de inmigrantes. Para los países europeos no han sido visibles más que en casos especiales. Irlanda tenía en 1835 ocho millones de habitantes; entre 1845-50 perdió casi dos millones, de los cuales más de la mitad emigraron a Norteamérica. Al ser los emigrantes jóvenes y varones, se produce un envejecimiento de la población y una superpoblación femenina, doble obstáculo en los años siguientes para la recuperación demográfica del país. Para Irlanda la emigración fue una sangría; en cambio para Inglaterra fue la base de su poder mundial.

    La intensidad de la emigración europea fue creciente a lo largo del siglo. Proceso poco acusado hasta 1845, comenzó a adquirir volumen a partir de las crisis económicas y políticas de los años 1846 a 1848, aumentó notablemente desde 1880, cuando se intensifica la emigración alemana y se reparte el continente africano, y adquiere un volumen espectacular en los primeros años del siglo XX, hasta 1914. La Primera Guerra Mundial pone un freno casi definitivo a esta difusión europea por todos los continentes.

    2. La revolución agrícola inglesa.

    En esencia, la estructura del campo inglés no se asemejaba a la de otros países europeos, ya que desde las revoluciones del siglo XVII los poseedores de tierras tuvieron la propiedad plena y libre de ellas. Asimismo, existía entonces en Inglaterra una cantidad considerable de pequeños propietarios libres.

    Algunos historiadores insisten en que ya en la primera mitad del siglo XVIII se habían introducido ciertas innovaciones técnicas que, aunque no parangonables con los avances holandeses, permitieron algunas mejoras agrícolas. En los primeros años del siglo XVIII, se empezó a sembrar en Hileras (método de Jethro Tull). Este cambio permitía la utilización de arados, algunos de ellos de considerable importancia para la transformación que acarreó en los métodos de cultivo. El arado de Rotherham removía la tierra con mayor facilidad por su forma triangular y podía ser arrastrado por sólo 2 animales.

    Se habían introducido algunos cultivos distintos a los cereales tradicionales, aunque no tuvieran la difusión necesaria hasta bien entrado el siglo XVIII. Esto mismo ocurrió con las otras innovaciones. Sólo alcanzaron un escaso desarrollo. Las transformaciones agrícolas fundamentales hay que situarlas a partir de la 2ª mitad del siglo XVIII, el antiguo sistema señorial, caracterizado por un predominio del latifundio y por una vinculación de los arrendatarios agrícolas (FAMERS) al dueño de la tierra, estaba fuertemente debilitado. No existían, por otra parte, derechos jurisdiccionales semejantes a los laudemios, corveas, etc..., tan frecuentes en la Europa Continental durante esta misma época. De todas formas, de los modos agrícolas tradicionales subsistían los “Open Field” cultivados de forma comunal por un sistema barbecho trienal, por el que la tierra cultivable de las Parroquias se dividía en 3 suertes:

    • En una de ellas se sembraba generalmente trigo o centeno.

    • En la 2ª avena.

    • En la tercera se dejaba sin sembrar, aunque se solía laborear para quitarle las malas hierbas.

    En cada una de las tres parcelas se integraban propiedades de distintos dueños. La iniciativa individual se supeditaba a la agricultura en común.

    Tampoco parece que las rentas devengadas por el uso de las tierras fueran en especie, cosa típica en le régimen señorial-feudal, sino que a veces se pagaban con dinero. Según datos publicados que toman como base los informes que un tratadista coetáneo (Gregory King) las propiedades agrarias se distribuían así:

  • La “GENTRY” (pequeña y baja nobleza) poseía alrededor de la mitad de las tierras. En este grupo incluimos otros propietarios de las mismas características, aunque no sean nobles: comerciantes enriquecidos y algunos jueces que poseían propiedades medias cultivadas por campesinos arrendatarios.

  • El resto de las tierras se repartían casi por partes iguales entre:

    • Grandes latifundistas(Alta Nobleza, no más de 200 familias).

    • Pequeños propietarios libres (YEOMEN), muy numerosos, que cultivaban directamente su tierra. En este grupo se integran propietarios desiguales: unos con terrenos de cierta extensión, otros dueños de exiguas pertenencias.

    Las grandes transformaciones Agrícolas, que fundamentalmente se produjeron a partir de la 2ª mitad del siglo XVIII, tuvieron como base 2 factores esenciales: Las Enclousures y los cambios en las técnicas y en los métodos de cultivo.

    Las Enclousures: Son los cercados de las propiedades agrarias. Se produjeron impulsadas fundamentalmente por los elevados precios agrícolas existentes en la 2ª mitad del siglo. Durante las guerras napoleónicas cobraron auge, estimuladas por la gran demanda de cereales que se produjo en este periodo bélico. Puede decirse que hacia 1830 la mayor parte de las propiedades inglesas estaban cercadas. Fueron decretadas por el Parlamento mediante innumerables leyes (Enclousure Acts) que se aplicaban en concreto a cada condado y parroquia. No es de extrañar que un parlamento dominado por grandes terratenientes las pusiera en vigor si tenemos en cuenta que los mayores propietarios no sólo cercaban sus propias posesiones sino que incluían dentro de los terrenos vallados antiguas tierras comunales. Existieron también Enclousures privadas realizadas por propietarios particularmente, aunque estas fueron menos numerosas. Las principales consecuencias de ellas fueron:

    • Aparición de empresas agrícolas explotadas individualmente de forma capitalista y por lo tanto desaparición del tradicional cultivo en común de los Open Fields.

    • Expulsión de muchos Farmers o arrendatarios, ya que desde entonces, explotaba sus propias tierras por medio de asalariados.

    • Disminución de la pequeña propiedad. Muchos Yeomen, al no poder cercar sus campos por los gastos que esto ocasionaba, o al no poder pagar los costes de legalización de sus pertenencias, tuvieron que desprenderse de ellas. (Campesinos sin tierras: Cottagers).

    • Muchos campesinos desposeídos vieron empeoradas sus formas de vida: desde entonces les estaba prohibido llevar a pastar sus animales domésticos a las ahora tierras privatizadas.

    • Ciertos historiadores hablan de desplazamiento de mano de obra hacia nuevas ciudades industriales. Sin embargo, actualmente se considera que este trasvase no se produjo inmediatamente. Parece lógico pensar que las tareas de vallado y las mejoras agrícolas producidas ocuparan a una cantidad considerable de brazos. Las estadísticas demográficas corroboran esta tesis, ya que el aumento de población se produjo igual en el campo que en la ciudad.

    La emigración hacia las ciudades se efectuó en forma masiva al final de las guerras napoleónicas, cuando una dura crisis agrícola se extendió por todo el campo inglés. A pesar de sus negativas consecuencias sociales, fueron el punto de partida de las importantes transformaciones técnicas.

    Los cambios en los métodos y en las técnicas de cultivo.

    Tanto las Enclousures como la mejora de las técnicas forman parte de un mismo fenómeno histórico que no puede separarse de las otras innovaciones coetáneas a las que globalmente denominamos Revolución Industrial. Los cambios en las otras estructuras históricas arrastran las mejoras agrícolas, pero a la vez estas mejoras propulsan el cambio general que se estaba operando.

    En este complejo entramado de interacciones no puede olvidarse la aportación individual de hombres que, bien sea por la búsqueda de beneficios ante la gran demanda de granos y productos alimenticios producida por el aumento demográfico, bien sea porque estaban movidos por otras causas, se sintieron impulsados a aplicar con sus empresas los logros científicos y positivistas, desempeñaron un papel fundamental en este proceso del cambio.

    Los principales Avances Técnicos aplicados a la producción agrícola pueden resumirse de la forma siguiente:

    • Ampliación de las superficies de cultivo. Antiguos pastizales, zonas pantanosas, tierras yermas de menor fertilidad fueron puestas en cultivo ante el crecimiento de la demanda de alimentos.

    • Los avances tecnológicos (bomba de extracción de agua de Newcomen) o de las técnicas de drenaje contribuyeron a la utilización agrícola de antiguas tierras encharcadas.

    Cambios significativos en los métodos de cultivo.

    Se suprimió el sistema de barbecho tradicional suplantado por la rotación de cultivos. Toda la tierra disponible se sembraba y en cada parcela un año se cultivaba cebada o avena; el siguiente trébol; después, un año más tarde trigo y finalmente nabos. Esta fue una de las rotaciones más generalizadas, llamada Sistema Norfolk de Lord Townshend. El nuevo método introducía nuevas plantas y evitaba el monocultivo cerealístico que agotaba las tierras. Se sabe que las leguminosas fijan el nitrógeno atmosférico y refertilizan el suelo. El nabo fue una planta forrajera que permitía sistemas agrícolas mixtos (agropecuarios). Muchas de las tierras cercadas se dedicaban a cultivos de pastos artificiales que permitían el mantenimiento de una cabaña ganadera estabulada. El uso de fertilizantes (estiércol animal) empezó a generalizarse y contribuyó a la mejora de muchos suelos o al mantenimiento de la fertilidad de otros. Las consecuencias derivadas de estas transformaciones fueron básicamente:

    1ª/ Aumentó considerablemente la producción de alimentos y carnes, necesarios para cubrir las necesidades del considerable aumento demográfico.

    2ª/ Incrementó los niveles de consumo en el interior del país ya que elevó la renta familiar de muchos propietarios agrícolas que aumentaron sus compras de productos industriales (textiles, ferreteros, mecánicos, etc.).

    3ª/ Permitió aminorar las importaciones del sector primario y por lo tanto reducir las divisas que por este concepto salían del país. Esto acrecentó la disponibilidad interior y una mayor capacidad de inversión en empresas del sector secundario.

    4ª/ Permitió articular los diversos sectores económicos nacionales; las zonas agrícolas perdieron su autosuficiencia y se integraron en los circuitos comerciales de toda la nación. Los medios de transporte permitieron esta articulación. Merced a ellos los productos agrícolas llegaron a todas las zonas de Gran Bretaña.

    Nuevos métodos agrícolas del siglo XIX.

    La búsqueda de nuevos métodos agrícolas comenzada en el siglo XVIII, prosiguió en el siglo XIX a ritmo más acelerado. Los objetivos de los investigadores eran mantener y aumentar la fertilidad del suelo, perfeccionar la maquinaria, mejorar la calidad de las semillas y del ganado, y poner en cultivo nuevas tierras.

    Los abonos y el aumento de la fertilidad de los suelos.

    Por lo que concierne al mejoramiento de la productividad del suelo, se realizaron enormes progresos como consecuencia de los conocimientos que se iban adquiriendo sobre la composición química de las plantas y, por lo tanto, sobre los ingredientes que el suelo necesitaba para su fertilización. En esta labor fue pionero el químico alemán Liebig, cuyo importante descubrimiento de que los vegetales están integrados principalmente por fósforo, potasio, nitrógeno y agua data del año 1840. Hasta entonces el uso de abonos había sido limitado y arbitrario, basado en la experiencia de cada campesino. A partir de Liebig, fue posible, con un previo análisis del suelo, determinar la clase de sustancias químicas que convenía añadirle para favorecer el crecimiento de las plantas.

    Además del estiércol cuyo uso se fue sistematizando, los progresos científicos condujeron directamente al empleo de diversos abonos en gran escala. Al principio, una de las principales fuentes de fosfatos y nitratos fue el guano del Perú. Más tarde se extrajeron nitratos de los yacimientos de Chile y la potasa comenzó a ser explotada en diversas minas, principalmente en Stassfurt (Alemania) y más tarde en Alsacia.

    La utilización y el perfeccionamiento de la maquinaria agrícola.

    En la esfera de la maquinaria agrícola se realizaron grandes progresos. Las segadoras inventadas por Mc Cormick y Hussey (1830), tiradas por caballos empezaron a sustituir los métodos antiguos, especialmente allí donde las operaciones se hacían a una escala bastante grande como para garantizar la inversión y donde la mano de obra era poco abundante.

    Estas máquinas, junto con la agavilladora(1878), hicieron posible el cultivo extensivo, es decir, la explotación de grandes superficies con poca mano de obra por unidad de tierra y de producto.

    La utilización de la segadora (que suprimió el duro trabajo de los obreros que laboraban con la guadaña y con la hoz) y de la trilladora va ampliándose a lo largo del siglo XIX y principios del XX.

    El uso de las semillas seleccionadas y la mejora de las razas de ganado.

    Junto a los espectaculares progresos de la maquinaria son también impresionantes los avances logrados en el uso de semillas seleccionadas y la mejora de las razas de animales. Se obtuvieron variedades de semillas capaces de mayor resistencia bajo condiciones climáticas extremas y se buscaron métodos para combatir las enfermedades de las plantas. Después de la carestía de patatas en Irlanda en 1845, por ejemplo, se realizó un esfuerzo para conseguir un tipo de tubérculo que fuese resistente al tizón. Igualmente se introdujeron nuevas variedades de hortalizas, no solo agradables al paladar, sino además ricas en vitaminas.

    En lo referente al ganado fueron conociéndose y mejorándose gran cantidad de razas. En Inglaterra donde la reproducción selectiva estaba altamente desarrollada se lograron las mejores razas tanto de ganado lanar como de bovino y caballar.

    El papel de la agricultura.

    Aunque no esté claro en que medida la revolución de la agricultura contribuyó a la industrialización quizás esta no se hubiera producido sin una modernización de aquélla. En esta línea deberíamos considerarla una precondición, al menos los datos demográficos así parecen demostrarlo. Entre 1751 y 1821 se duplicó la población de Inglaterra y Gales. Si la agricultura no hubiera respondido al desafío, con déficit de alimentos hubieran faltado recursos para la industrialización. Así se comprueba en los países actuales del Tercer Mundo, cuya incapacidad para aumentar la producción agrícola y alimentar una población creciente hace imposible el despegue industrial.

    En cuatro pueden resumirse las aportaciones de la agricultura: alimentos, mercado, capital y hombres. La denominada revolución agraria fue en gran medida un fenómeno de progreso técnico: irrigación, rotación de cultivos, abonos, maquinaria. El aumento de la producción, especialmente de los cereales con la extensión del maíz, permitió el abastecimiento de las grandes urbes; el crecimiento fantástico de Londres requería la potenciación de su hinterland agrícola. Sin excedente alimentario todas las energías se hubieran orientado hacia la subsistencia, como ocurre en la actualidad en los países subdesarrollados.

    En segundo lugar la elevación del precio de los cereales y el aumento de los ingresos de las familias campesinas generó una capacidad de compra en las regiones rurales, configurando un voraz mercado interior, en una época en la que el mercado exterior resultaba inseguro ante la serie de conflictos bélicos que se iniciaron con la independencia americana y continuaron con la revolución francesa y las guerras napoleónicas. Sin mercado no existe producción, y el mercado británico se amplió en primer lugar gracias a los beneficios de la revolución agrícola. Pero tampoco existe producción industrial sin capitales, y estos procedieron en gran medida del campo, de la acumulación generada por la coincidencia de las elevadas cosechas y de los precios altos. Por otra parte en esa fase la agricultura proporcionaba al Estado los impuestos, y la liviana presión fiscal sobre los centros fabriles constituyó otra aportación económica invisible para la industrialización británica. Finalmente la renovación de las técnicas de trabajo agrícola con la introducción de arados y trilladoras redujo la necesidad de brazos en el campo, con lo que se facilitó a los centros industriales la mano de obra imprescindible.

    ¿Qué es la revolución industrial?

    En la segunda mitad del siglo XVIII se inicia en Inglaterra, y se difunde después a otras naciones europeas, una transformación profunda -la más radical desde el período neolítico- de los sistemas de trabajo y de la estructura de la sociedad. Se pasa del viejo mundo rural al de las ciudades tentaculares, del trabajo manual a la máquina, del taller a la fábrica. Los campesinos abandonan los campos y se trasladan a trabajar a las ciudades, el artesanado desaparece casi por completo; surge una clase de profesionales, promotores, ingenieros; en las concentraciones industriales aparece el proletariado, masa de braceros que trabajan con máquinas que no son suyas. Todo se transforma: trabajo, mentalidades, grupos sociales. No es un proceso súbito, como el de una revolución política, sino un proceso duradero; tampoco es, simplemente, un proceso de industrialización, ya que se producen cambios duraderos en la agricultura y en la sociedad. Se trata de un conjunto complejo de fenómenos. Esta revolución es la base del mundo contemporáneo; cualquier acontecimiento importante ocurrido en el mundo desde mediados del siglo XVIII guarda relación, más o menos directa, con esta transformación.

    Algunos de los rasgos que se han considerado definitorios de la revolución industrial se encuentran también en periodos anteriores, así ocurre con el montaje de factorías o el uso de fuerza motriz en la fabricación. Desde la revolución industrial se produce un cambio cuantitativo: del taller con varios operarios se pasa a la gran fábrica con centenares de obreros, del villorrio de varias docenas de vecinos a la metrópoli de centenares de miles de habitantes. Pero los cambios definidores parecen ser cualitativos. La esencia de la sociedad industrial es que evoluciona de modo continuo; cada cambio suscita la necesidad de otro, es un proceso dinámico.

    Al reflexionar sobre el proceso de los pensadores sociales del siglo XIX, Engels en su “Situación de la clase trabajadora en Inglaterra” y Marx en gran parte de su obra, repararon especialmente en los efectos sociales, mientras los historiadores se ocupaban de los aspectos técnicos. No obstante en nuestro siglo, y a partir de la obra de Mantoux (1905), la atención a las repercusiones sociales empezó a ocupar capítulos en las monografías académicas, tendencia que culminó en los años sesenta en la obra de Landes, apertura que llevó a otro historiador clásico en el tema, el británico Ashton, a reclamar que se examinaran todas las vertientes: técnicas, sociales y financieras.

    La revolución industrial viene a ser un proceso de cambio constante y crecimiento continuo, en el que intervienen técnicas (máquinas), descubrimientos teóricos (ciencia), capitales y transformaciones sociales, acompañado por una renovación de la agricultura, que permite el desplazamiento de una parte de las masas campesinas a las ciudades.

    La industria del algodón.

    La lana constituyó durante muchos siglos la materia prima de los tejidos ingleses; con la revolución industrial queda desplazada por la importancia creciente del algodón. Aunque a la altura de 1776 Adam Smith no lo cita en su obra “La riqueza de las naciones”, en las primeras fases de la industrialización es el sector-palanca, el que provoca el crecimiento. ¿Por qué posee el algodón esta importancia básica?.

    En primer lugar por su abundancia; la producción americana y la de Egipto y la India llegó a ser enorme y, a lo largo del siglo XIX, algunas comarcas europeas iniciaron su cultivo. Es una materia prima barata y que puede satisfacer las exigencias de una demanda en auge. Además se trata de un sector tecnificado precozmente. La revolución industrial se basa en la mecanización del trabajo, y, precisamente, en la industria textil se aplicaron las primeras innovaciones técnicas. Era imprescindible, para atender una demanda alta, trabajarlo con rapidez. A mediados del siglo XVIII, un carpintero-tejedor, Hargreaves, inventó un torno movido a mano, que permitía la hilatura de ocho hilos a un tiempo. Arkwright sustituyó el torno por una máquina giratoria, movida por el agua, y constituida por dos rodillos. Pero el hilo se rompía con frecuencia y el proceso de fabricación se detenía. Se necesitaba un hilo más fuerte; fue la aportación de un tejedor llamado Crompton. Estas innovaciones no podían aplicarse a la lana, materia prima de fibra corta y que era necesario cardar, frente a los estambres de fibra larga de algodón y que se podían simplemente peinar. Por tanto se produjo una perfecta relación entre la máquina y la posibilidad de tratamiento de la materia prima:

    Por tratarse de una materia prima que había de importarse, en Gran Bretaña, se produjo una cierta concentración geográfica en la Baja Escocia y el Lancashire, para abaratar el transporte. Manchester, donde protestantes franceses y holandeses constituían una mano de obra experta, se convirtió pronto en la capital de la nueva industria. Durante el siglo XVIII Londres fue el puerto de exportación. Luego el primer lugar fue ocupado por Liverpool, donde se instalaron grandes compañías de comercio transoceánico. En el algodón se resumen todos los rasgos de la primera revolución industrial.

  • Materia prima abundante y barata.

  • b) Concentración de la producción en una región reducida.

    c) Renovación continua de las técnicas: el vapor como fuente de energía, y procedimientos standard de fabricación en cadena, desde 1830. El perfeccionamiento de la maquinaria requería el empleo de menor fuerza física, lo que derivó en la utilización del trabajo femenino. Fue en el textil donde se localizó este importante fenómeno social.

    d) Importancia del comercio y del mercado como estímulos para la industrialización. Inglaterra comienza a comprar trigo y a vender tejidos de algodón.

    e) Necesidad de capitales. Las compañías de Liverpool transportaban a América esclavos (en el siglo XVIII) y tejidos y volvían con algodón. Los beneficios permitieron invertir grandes sumas en aumentar el volumen de las industrias.

    f) El crecimiento continuo y progresivo, que hemos señalado como rasgo característico de la revolución industrial, es evidente en la industria algodonera. Uno de los grandes especialistas, Deane, calcula que el valor de las exportaciones en 1780 era de tres a cuatro veces el de 1760, y que en 1810 los índices de 1780 se habían multiplicado, otra vez, por diez. Alrededor del año 1800 la industria algodonera daba trabajo a 100.000 personas en las fábricas de hilados y a 250.000 en las de tejidos, y su valor alcanzaba el 40% del total de las exportaciones inglesas.

    A partir de 1830, cuando el ferrocarril señala una nueva fase en la revolución industrial, el crecimiento se mitiga, pero no se detiene; la industria algodonera británica, que estaba duplicando su volumen cada decenio, se multiplica por cuatro entre 1830 y 1870, es decir, su ritmo de aumento se reduce a la mitad.

    La industria siderúrgica.

    El segundo gran sector de crecimiento lo constituyen la hulla y el hierro. Desde los primeros años del siglo XVIII comienza a escasear la madera, hasta entonces el combustible casi exclusivo. Cuando Darby consigue producir acero utilizando carbón como combustible y Cort inventa un nuevo procedimiento de forja, batiendo el hierro fundido con varillas para eliminar las escorias, una nueva fuente de energía se convierte en otra palanca de la revolución industrial. El carbón se impone, es más barato, más abundante, posee una mayor potencia calorífica; los centros industriales empiezan a establecerse en las cercanías de las minas. Por otra parte, los aperos de labranza, las máquinas de todos los tipos, los raíles de las vías férreas, se construyen de hierro. Nace la industria siderúrgica. El hierro se convierte en un elemento imprescindible, en el “pan de la industria”, como se llego a llamar. La producción de las fundiciones inglesas, en un siglo (de 1750 a 1850), se multiplica por 100. La siderurgia releva al algodón como motor del crecimiento.

    Igual que en el algodonero se señalan en el sector siderúrgico constantes innovaciones técnicas. La aplicación del vapor significó un gran progreso. Desde el punto de vista de los costes la aplicación en los hornos de soplo caliente de Nielsen repercutió en el ahorro de combustible. En 1856 Bessemer fabricó un convertidor, aparato que insuflaba en el hierro fundido aire para obtener un acero más flexible.

    Los índices de producción de hierro fundido y acero señalan la jerarquía de las potencias industriales: la supremacía de Inglaterra, la industrialización de Alemania, el crecimiento rápido de los Estados Unidos y el más lento de Francia. Las naciones que retrasan el inicio de su industrialización, como Italia, Japón y Rusia, mantienen unos índices de producción de hierro y acero muy bajos, hasta que acometen su modernización. Un consumo de hierro pequeño equivale a una red de ferrocarriles pequeña y a un transporte y comercialización arcaicas. Los índices siderúrgicos constituyen por lo tanto un termómetro del nivel de industrialización de un país.

    La era del raíl.

    En la industrialización de Inglaterra nos hallamos con nuevas materias primas: algodón, hierro; también con nuevas fuentes de energía: la hulla, y, más importante, el vapor. Debemos a James Watt la construcción de las primeras máquinas de vapor, invento que transformará el trabajo y la vida de la humanidad. El vapor se aplicó primero a la industria textil. Sin embargo, sus innovaciones más trascendentes se consiguen en el transporte. En el mar los barcos de vapor terminarían desplazando a los veleros, pero su repercusión en otros sectores industriales fue menos intensa que la de los ferrocarriles, en cuya expansión podemos estudiar tres vertientes:

    a) Técnica. La construcción de la primera locomotora significa una gran conquista de la ingeniería. En 1813 Hedley efectúa algunos experimentos para transmitir la fuerza del vapor, mediante una maquina, al arrastre de mercancías por raíles, y consigue trasladar cargas a 8 km. de distancia. Stephenson dedicó 10 años a aumentar la potencia de este tipo de máquinas, ayudado, a partir de 1823, por su hijo Robert, quien hizo el diseño definitivo de las primeras locomotoras. En 1825 circuló entre Stockton y Darlington (13 km.) el primer tren minero, y en 1830 el primero de pasajeros entre Manchester y Liverpool. La Fusée, primera locomotora, significaba entonces un prodigio por la estructura de su caldera y sus procedimientos para avivar la combustión. Inglaterra se lanza ya desde los años 30 a la construcción de su red ferroviaria; Bélgica, Francia, Alemania, España, la inician en los años 40. En los años 50 los tramos cortos se convierten en líneas que atraviesan las naciones.

    b) Financiera. Los grandes beneficios obtenidos en la industria inglesa del algodón y en la agricultura corrían el riesgo de no poder ser invertidos totalmente. Hacia 1830 unos sesenta millones de libras esterlinas (cálculo de Jens), aproximadamente los beneficios de un año, presionaban en el mercado en busca de inversiones. Los experimentos de Stephenson canalizaron este dinero hacia la construcción de vías férreas. En veinte años los capitalistas ingleses consiguieron construir una red completa de comunicaciones y obtener beneficios e incrementar sus capitales. Además el ferrocarril permitió obtener mayores ganancias en la agricultura porque motivó la especialización de las regiones -una región podía dedicarse a un solo producto y consagrarse a su venta. Sin embargo, en otros países la construcción excesivamente rápida del ferrocarril resultó ruinosa, porque al no haberse alcanzado un nivel de industrialización suficiente la explotación de los ferrocarriles no fue rentable.

    c) Industrial. La industria siderúrgica encontró en este campo su posibilidad de expansión. Hacia 1830, al iniciarse la red inglesa, el consumo de hierro y acero aumentó. Hacia 1850 la siderurgia inglesa tenía una potencia que desbordaba la capacidad de consumo nacional. Una parte de su producción se destinó a los Estados Unidos, la India y algunos países europeos. Raíles, locomotoras, vagones, vigas para las estaciones, las necesidades eran casi inagotables. La expresión “era del raíl” no es exagerada.

    El modelo inglés.

    Inglaterra fue el adelantado de esta gran transformación y dio la pauta para otros países. En este carácter pionero se cimentaría su condición de primera potencia mundial hasta 1914. Podríamos resumir el modelo inglés en tres capítulos: recursos, sectores y técnicas.

    Entre los recursos nos hallamos, en primer lugar, con los humanos, un crecimiento acelerado de la población, que juega un papel crucial en el aumento del volumen de la demanda y en los flujos de mano de obra para la industria. En otros países se produjo un incremento de la población sin paralelo desarrollo industrial, casos de la India e Irlanda, pero en Inglaterra la correlación fue indudable. Por otra parte la isla tenía materias primas y energía: lana, hierro, hulla, proporcionaron ventajas con respecto a los países escasamente dotados. Finalmente disfrutó de una época de abundancia alimentaria, con frecuentes excedentes proporcionados por excelentes cosechas entre los años 1740 y 1780.

    La industrialización se centró en varios sectores: tejidos en primer lugar, siderurgia a continuación, ferrocarriles después. Tras la experiencia inglesa se convirtieron en los clásicos sectores de desarrollo nacional. El impulso definitivo fue proporcionado por la construcción del ferrocarril, destino de los grandes capitales y estímulo para la siderurgia, además de posibilitar la especialización agrícola de las diferentes comarcas con el consiguiente impulso al comercio interior.

    Las innovaciones técnicas fueron constantes y pueden seguirse por la interminable lista de patentes, impulsadas en una primera fase por las universidades escocesas de Glasgow y Edimburgo. La máquina de vapor de Watt se convirtió en uno de los inventos más trascendentales de la historia. Las innovaciones deben citarse también en los sistemas de uso del dinero. Porque en el terreno financiero pronto descubrieron los ingleses que la industrialización requería un aparato financiero. El crédito público se canalizó por el Banco de Inglaterra, fundado en 1694, pero más decisiva fue la financiación privada mediante créditos. Defoe estimó que los dos tercios del comercio interior se realizaban a crédito. Londres se convirtió en la capital financiera no só1o de la nación sino del mundo hasta la primera guerra mundial.

    La estructura industrial del país se modificó desde el punto de vista geográfico. A la primacía del sur, Londres, Bristol, Norwich, sustituyó la de tierras del norte y noroeste, al desplazarse los centros a las comarcas carboníferas de las Midlands occidentales, el Lancashire y Gales del Sur. Esta nación, que había creado ciudades nuevas, inventado la máquina de vapor, construido la primera red ferroviaria, era a mediados del siglo XIX la soberana del mundo. Su supremacía en ese momento resultaba indiscutible.

    Difusión de la revolución industrial.

    Otras naciones del continente europeo ensayaron la forma de civilización basada en máquinas, innovaciones tecnológicas y producción en gran escala; con excepción de Portugal, España, Italia, Dinamarca y el este de Europa, el modelo industrial se convirtió en meta inmediata.

    El proceso industrializador francés fue lento porque tuvo que vencer bastantes obstáculos. En primer lugar su debilidad demográfica, provocada por el descenso de la natalidad, de manera que su potencial poblacional se debilitó en relación a Gran Bretaña o Alemania. Más peculiar resultó el papel de la agricultura. Aportación decisiva en el caso inglés, como hemos visto, en Francia apenas se produjeron cambios en el campo antes de la revolución, perdurando una estructura feudal en la que los propietarios, aristócratas, só1o veían en la tierra una fuente de ingresos. La revolución cambió el estatuto jurídico, al acceder los campesinos a la propiedad, pero no propició la transformación técnica. Pero el diferencial decisivo estribó en la falta de carbón y en la imposibilidad de aprovechamiento del hierro fosforado de Lorena, hasta que en los últimos lustros del XIX se encontró el procedimiento. A pesar de ello hacia 1830 Francia disponía de una industria textil desarrollada. Una ley de 1842 estimuló la construcción de la red ferroviaria, y aunque en 1848 só1o disponía de 1800 km. la Banca encontró en esta empresa su gran oportunidad y en la década de los cincuenta se produjo el boom. Como vemos, con retrasos e inconvenientes, Francia repitió el modelo industrial británico.

    Más complejo resulta el caso alemán. La unificación política no se completó hasta 1871, de ahí que existan diferencias entre el Oeste y el Este y entre el Norte y el Sur. Por el contrario, a diferencia de Francia, los estados germánicos podían beneficiarse de su población en expansión y de la abundancia de hierro y carbón. El Ruhr siguió el modelo británico, con minas y siderurgia como sectores vertebrales, capitales franceses y belgas y técnicos ingleses. En las comarcas orientales se siguió el modelo prusiano, en el que la industria no devora a la agricultura. En una nación sin unidad política supuso un paso decisivo el Zollverein (1834), unión aduanera, y la construcción de la red ferroviaria, que en 1850 só1o en los Estados del Norte casi duplicaba la francesa. Los cuatro Estados del Sur (Baviera, Würtemberg, Baden y Hesse-Darmstadt), más alejados del influjo británico, retrasaron su industrialización hasta la segunda mitad del XIX, pero al aprovechar las experiencias ajenas, en un proceso similar al japonés, procedieron a una industrialización acelerada.

    Estados Unidos se encuentra, según Niveau, con tres obstáculos: dominio económico de la antigua metrópoli, escasez de mano de obra y ausencia de vías de comunicación. No carece de inventores con talento; en 1789 Slater fabrica la primera máquina de hilar algodón, Fulton los primeros barcos de vapor. El impulso decisivo procede de la inmigración, que posibilita la industrialización sin éxodo rural; es el único caso de revolución industrial con distribución equilibrada de mano de obra y escasas tensiones capital-trabajo. Por tratarse de un territorio inmenso la industrialización se inicia en el Este, pero es muy tardía en el Oeste. Los ferrocarriles juegan un papel decisivo.

    Cuando se cierra el período de la primera revolución industrial, hacia 1860, Gran Bretaña, Francia, Alemania y Estados Unidos han forjado su predominio en el mundo.

    La sociedad de clases.

    Con la industrialización aparecen nuevos grupos sociales; empresarios y banqueros como elementos innovadores, obreros industriales como mano de obra. Es una sociedad más compleja. Pero sobre todo es una sociedad de estructura nueva, más dinámica.

    La sociedad preindustrial está constituida por estamentos, grupos cerrados, determinados en gran medida por el nacimiento. Dos de estos grupos, la nobleza y el clero, poseen derechos superiores a los otros estamentos: exención de impuestos, monopolio de ciertas funciones —gobierno, administración de justicia—; disfrutan de su propio estatuto jurídico, no se les pueden aplicar las leyes generales. Se concibe a la sociedad como un organismo en el que cada miembro o cada estamento tiene una función reservada: gobernar o trabajar.

    La sociedad industrial es la denominada de clases. La forman grupos abiertos, determinados fundamentalmente por la fortuna. Ninguna función es monopolio de grupo; el hombre con capacidad puede acceder a cualquier cargo de responsabilidad. En la realidad la igualdad de los hombres se redujo al ámbito de los principios teóricos, a la igualdad ante la ley. De hecho subsistieron grandes diferencias de fortuna y cultura entre las clases altas y medias y las clases bajas, formadas por el campesinado, restos de un artesanado en retroceso, y proletariado o clase obrera.

    Algunos autores han considerado que era inevitable una fase de miseria de las masas en los primeros momentos de la industrialización. La construcción de fabricas y máquinas requiere acumulación de capital, y ésta no es posible sin una reducción drástica del consumo. En ese período la capacidad de ahorro no se orientaría hacia el consumo sino hacia la inversión. Otros investigadores niegan que la industrialización deba apoyarse inevitablemente en la pobreza popular, y citan el caso de los Estados Unidos, donde escaseaba la mano de obra y fue posible la industrialización con salarios altos.

    Con la industrialización se produjo una separación creciente entre capital y trabajo. El dueño disponía del dinero y era propietario de las máquinas, el proletario proporcionaba la fuerza de trabajo. En realidad a cambio del salario lo que hacía era vender su fuerza de trabajo. Y ante la competencia entre empresas y la necesidad de renovar continuamente la maquinaria, los propietarios reducían al mínimo el coste de la mano de obra, especulando con el paro que las máquinas habían engendrado. Eden, discípulo de Adam Smith, escribía a finales del siglo XVIII: “EI hombre que no puede ofrecer más que su trabajo... está condenado por la naturaleza a encontrarse casi completamente a merced del que lo emplea”.

    Los salarios además de ser bajos tenían el inconveniente de no ser fijos; podían reducirse por multas dictadas por la escasa calidad o cantidad del trabajo hecho, a juicio del patrono, o por circunstancias totalmente ajenas a la vida de la empresa, como ocurrió en Manchester en la década de 1820, donde al bajar los precios de los artículos artesanos los empresarios aprovecharon para reducir los ingresos de sus obreros, sobre el supuesto de que podían vivir con un salario inferior.

    Problema más agobiante que el de los salarios bajos fue el de los horarios excesivos. El manejo de una maquina resultaba menos extenuante que el de una herramienta preindustrial pero el alargamiento de la jornada anuló todas las ventajas.

    Aunque en las ciudades mejoró el material con el que se construían las viviendas, en general empeoró el hábitat social. Engels denunció las condiciones de suciedad y hacinamiento en que vivía el proletariado inglés.

    La búsqueda de mano de obra barata provocó el trabajo de mujeres y niños, que percibían salarios más bajos. En los hospicios y parroquias se alquilaba a los niños para poder atender gastos. La falta de horas de sueño, los trabajos inapropiados -niños y mujeres en las minas-, la falta de condiciones higiénicas de los pabellones fabriles hicieron estragos, y los gobiernos, ante la presión de las asociaciones obreras, hubieron de legislar para proteger a mujeres y niños y reducir los horarios.

    El desarrollo de los Estados Unidos.

    Expansión demográfica.

    Aunque el factor más influyente fue la alta natalidad de una población joven, el crecimiento vertiginoso de los Estados Unidos, desde las 13 colonias hasta el litoral del Pacífico, no hubiera sido posible sin la constante aportación de población europea. En 1790 no llegaba a los cuatro millones de habitantes, en 1830 a los trece millones, en 1870 alcanzaba los 40 millones y en 1900 los 75. Un aumento demográfico fantástico. Recordemos que Europa multiplica su población por 2,5 durante el siglo XIX, mientras los Estados Unidos la multiplican por más de 15.

    Inglaterra e Irlanda constituyeron para la joven nación las grandes reservas humanas, que constantemente le remitían oleadas de emigrantes. Alemania se acercó algunos años a las cotas de emigrantes ingleses, pero de forma irregular; los 118.000 inmigrantes alemanes de 1870 se reducen a 18.000 en 1900. Los aportes constantes proceden del norte de Europa, es población anglosajona. Reinhard y Armengaud afirman que se forma un mundo anglosajón y que por pobreza demográfica no había surgido anteriormente otro mundo latino. Es decir, para los Estados Unidos fue una suerte que coincidiera la constitución de su solar nacional con la revolución demográfica europea; en los siglos anteriores, de alta mortalidad, el viejo continente no se encontraba en condiciones de transferir masas humanas, como en la centuria decimonónica. Las revoluciones demográfica e industrial inglesas, y en menor medida europeas, posibilitaron este veloz despliegue por un continente semivacío.

    La primera oleada inmigratoria se inicia hacia 1840. En veinte años la población pasa de 17 millones de habitantes a 32. La mayoría de los inmigrantes eran británicos, presbiterianos del Ulster, católicos irlandeses y algunos alemanes. Se trataba de personas pobres, pero audaces, quienes después de instalarse en la costa Este se lanzaron a la conquista de las nuevas tierras, hacia el Oeste. La mayoría eran jóvenes y prolíficos, estaban habituados a vivir en el campo o en pequeños núcleos de población y se adaptaron con facilidad a la vida rural en las nuevas tierras. Algunos se quedaron en la costa de Nueva Inglaterra y otras comarcas del Este, donde las ciudades crecieron de forma sorprendente. Nueva York alcanzó los 700.000 habitantes, Boston y Filadelfia sobrepasaban los 100.000. Para los Estados Unidos constituyó una fortuna la sencilla asimilación de estos dos núcleos de nuevos habitantes: campesinos y duros pioneros, buscadores de nuevos horizontes, en el Oeste; comerciantes y hombres de negocios en el Este. Se forma en el Nuevo Mundo una sociedad original, sin aristócratas, exclusivamente de burgueses y campesinos.

    La Guerra de Secesión interrumpió durante varios años la inmigración, al tiempo que provocó, con sus pérdidas (500.000 muertos), en su mayoría jóvenes, una recesión demográfica. Pero a partir de 1865 se produce la segunda pulsación inmigratoria, con la cual en 1880 la población norteamericana alcanza el medio centenar de millones. El aumento ha desbordado el millón anual, en 15 años la población se acrecienta en 19 millones. El centro de gravedad demográfica deja ahora de ser el Este, al incrementarse las migraciones interiores hacia el Ohio, la región central y más tarde Texas y California. Las llegadas se producían al ritmo de la evolución económica, aumentaban en los períodos de prosperidad y se reducían en los de crisis; este ritmo se percibe también en las migraciones internas. La heterogeneidad étnica de las aportaciones se diluyó entre la población indígena, pero de todas formas se podían percibir preferencias geográficas de los diferentes pueblos, los irlandeses se quedaban en la costa, los alemanes se concentraban en las orillas del lago Michigan. Esta heterogeneidad de procedencia y el exceso de población masculina generaron rasgos originales del pueblo americano.

    Hacia 1880 la inmigración se intensifica, y aunque en 1890 los Estados Unidos son, “un mundo acabado”, se ha alcanzado el océano y no queda tierra libre disponible, no se interrumpe la afluencia de europeos, con lo que en los últimos veinte años del siglo los Estados Unidos aumentan en veinticinco millones la cota de su población.

    Notas peculiares de la génesis del pueblo americano fueron también la eliminación de la población india, relegada a reservas, tras una lucha dura y con frecuencia cruel, y el incremento constante de la población negra, que pasó de menos de un millón en 1800 a casi 9 millones en 1900, aunque en el total de la población el porcentaje negro no dejo de decrecer, por su inferior nivel de vida y más alta mortalidad.

    Expansión territorial.

    La extensión de la soberanía americana hacia el Oeste no obedeció a un plan preconcebido. La expansión territorial se efectuó por diversos procedimientos:

    a) La compra -como la Luisiana (1803)-, o la conquista disfrazada posteriormente con una compra obligada, sistema utilizado en la anexión de la Florida, ocupada en una campaña y disimulada esta ocupación con la entrega de cinco millones de dólares a España (1819). La adquisición de Alaska a los rusos por 7 millones fue el ultimo capítulo (1867).

    b) La guerra. El ejemplo más claro es el de Texas. Territorio ambicionado por los plantadores sudistas, a la búsqueda de nuevas tierras algodoneras, se produjo una lenta colonización por población anglosajona. Cuando en 1835 solicitó su incorporación a la Unión, el presidente Jackson no la admitió; el norte recelaba admitir un estado esclavista enorme. Diez años después, un presidente sudista, Polk, piensa no sólo en Texas sino también en California, para alcanzar el Pacífico. Esta proyección sobre los territorios del Sur provoca la guerra con México. Por el tratado de Guadalupe-Hidalgo, México se ve obligado a ceder Texas, la parte continental de California y Nuevo México.

    c) El poblamiento. Zonas semivacías, muchas de ellas ocupadas por población india, a la que se expulsa, se convierten con la llegada de los colonos en nuevos estados de la Unión. Así se integra Oregón (1859). El paradigma de este procedimiento es la colonización de Utah por los mormones.

    La marcha de colonos hacia el Oeste estuvo fomentada por descubrimientos de riquezas, sobre todo por el oro de California a mediados de siglo, que provocó verdaderas oleadas humanas y el nacimiento de poblados mineros en pocas horas. En otros casos una geografía grandiosa, de bosques, como ocurre en el Noroeste, fue atractivo suficiente. Pero la penetración no hubiera podido ser tan rápida sin ferrocarril, compañero habitual de los pioneros. Tres grandes líneas transcontinentales atravesaron el territorio de los Estados Unidos. Al Norte, la Northern Pacific unió Chicago con el puerto pacífico de Astoria; en el centro, la Kansas Pacific unió Chicago con Sacramento y San Francisco; en el sector meridional la Southern Pacific tenía un ramal a Los Ángeles. En el centro del continente Omaha y Kansas City se convirtieron en dos grandes enlaces de las líneas que partían de Chicago. La influencia del ferrocarril en la explotación del Oeste fue decisiva, como se deduce si tenemos en cuenta que el centro del continente permanecía, en extensas comarcas, vacío.

    Estos avances no contribuyen a formar un país homogéneo; las divergencias entre el Norte y el Sur no dejan de acusarse. En el Norte, Nueva Inglaterra se convierte en una poderosa región industrial; en el Sur, la economía se centra cada vez más en el cultivo y exportación de algodón, y Nueva Orleans en el puerto que da la réplica a Nueva York. Los estados del Sur, con esclavos, procuran mantener la mitad de los miembros en el Senado, para lo que se preocupan de que ingresen en la Unión tantos estados esclavistas como no esclavistas.

    La marcha hacia el Oeste es un acontecimiento básico en la génesis de la nacionalidad estadounidense. Un historiador, Turner, ha afirmado que es el rasgo clave. La existencia de tierra libre al Oeste explicaría, según Turner, el individualismo, ya que el hombre en las nuevas tierras habría de hacer frente en solitario a situaciones muy diversas; contribuiría al nacimiento de la democracia cuyas ideas provienen del Oeste; forjaría un carácter americano; seria una válvula de seguridad para el excedente de población, con lo que se evitaron tensiones similares a las de la industrialización europea. La tesis de Turner ha sido discutida y refutada en algunos de sus pilares. Pero es indudable que el ideal de frontera está presente en la historia americana. Cuando lleguen al Pacífico los americanos buscarán nuevas fronteras en el ejercicio de ideales imperialistas; en época reciente el presidente Kennedy lanzó su programa de la. “nueva frontera” para definir el papel de los Estados Unidos en el mundo.

    La industrialización.

    Niveau ha señalado tres frenos principales a la industrialización de los Estados Unidos inmediatamente después de la independencia: el dominio económico de la antigua metrópoli, la escasez de mano de obra y la ausencia de vías de comunicación. Inglaterra, antes de la independencia, se había esforzado por limitar el desarrollo industrial de sus colonias de Nueva Inglaterra, su política tendía a hacer de estos territorios una fuente de aprovisionamiento de materias primas. Con la independencia desapareció este freno, pero durante varias décadas la joven nación no estuvo en condiciones de competir con los artículos de su antigua metrópoli. Los obstáculos se fueron venciendo; el incremento de la población fue muy rápido, con lo que la mano de obra, si no sobreabundó como en Europa, por lo que la revolución industrial se efectuó con menores problemas sociales, sí fue suficiente para permitir el crecimiento. Las vías de comunicación se construyeron con cierta rapidez.

    Lo mismo que otros países los Estados Unidos se beneficiaron de las técnicas inglesas. Un inmigrante, Samuel Slater, fabricó en 1789, a partir del modelo de Arkwright, la primera máquina de hilar algodón; Oliver Evans inventó una máquina de vapor de alta presión; Fulton contribuyó a la construcción de los primeros barcos de vapor. Pero en el crecimiento industrial más que los inventos aislados, muchos de ellos inspirados en técnicas europeas, influyó la aplicación temprana de la división del trabajo, iniciada ya por Oliver Evans en 1782. En 1800, en Connecticut, se construyeron armas con piezas estandar, intercambiables. Las reparaciones resultaban así muy sencillas, pero también la producción, porque cada sector fabricaba únicamente una pieza y la ultima sección procedía al montaje. El proceso de producción en cadena permitió una extraordinaria expansión de la industria americana. Esta técnica de especialización del trabajo se aplicó primero en industrias de armamento, sobre las que actuaba una constante demanda del gobierno; luego se extendió el sistema a otros sectores.

    Hasta 1830 no se percibe un incremento continuo de la producción; en la década de 1850 el de las industrias textil, metalúrgica y de la construcción es espectacular. El papel motor, lo mismo que en Europa, corresponde a la industria textil. Un invento de amplia repercusión fue el de la máquina de coser, por Elias Howe, en 1846. La industria siderúrgica se convirtió en el segundo motor de la industrialización, con las necesidades de material provocadas por los ferrocarriles. La primera línea se puso en servicio en 1830, muy pocos meses después de la primera línea inglesa. La financiación se afrontó inicialmente con inversiones extranjeras, luego fue aumentando la participación del ahorro privado norteamericano. Entre 1850-1860 la línea se triplica, hasta alcanzar los 50.000 km. En esta etapa la construcción ferroviaria absorbe parte importante de la producción de hierro.

    La guerra de secesión provocó una recesión en los años 60. Pero la reconstrucción tras la paz supuso otro campo de inversión. A finales de siglo los Estados Unidos alcanzan a Inglaterra, y en 1914 son la primera potencia industrial del mundo y poseen, por su riqueza en carbón y petróleo, bases para aumentar sus dimensiones colosales.

    La guerra de secesión (1861-1865).

    Momento decisivo en la consolidación de la nación norteamericana es la guerra de secesión, en la que se dirimen las posiciones de los estados del Norte y del Sur ante el problema negro.

    Comencemos el estudio de la guerra civil con el análisis de las raíces de este problema. Para el Sur la mano de obra negra es imprescindible para el trabajo en las plantaciones de algodón, cuya producción se duplica cada diez años, ante la demanda creciente de la industria textil europea; los 160 millones de libras de la cosecha de 1820 llegan a ser 2.300 millones en 1860, cota con la que el algodón significa los 2/3 de las exportaciones de los Estados Unidos. Para atender una producción expansiva no deja de crecer el número de esclavos negros que trabajan en ella, 3 millones en 1850, ni deja de aumentar el valor de los esclavos en el mercado, por los que se llega a pagar, en el caso de los mejores trabajadores, 2.000 dólares. Éste es el punto de vista del Sur: la esclavitud representa una necesidad y un capital considerable. Se arguye además que el cultivo del algodón por las circunstancias climáticas en que se desarrolla, sólo puede ser practicado por los negros. Por añadidura, la Constitución de 1787 establecía que cada estado decidiría las cuestiones concernientes a la esclavitud.

    En los estados del Norte estaban en vigor leyes discriminatorias para los negros, entre otras la privación de derechos políticos, pero la inexistencia de plantaciones algodoneras y de esclavos, y el humanitarismo que inspiraban los textos programáticos de la nación, terminaron suscitando un movimiento de simpatía por los esclavos del Sur. Según la Constitución, el propietario podía recuperar a sus esclavos huidos, lo que planteó problemas morales a los hombres del Norte; los esclavos sólo estaban seguros cuando podían pasar a Canadá. La propaganda de los abolicionistas es cada vez más intensa y culmina con la publicación en 1852 de la novela La cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher-Stowe, escritora que conocía deficientemente el problema y que elabora un planteamiento sentimental, pero que contribuye de forma poderosa a despertar una actitud de rechazo en el Norte por el drama humano de la esclavitud y a provocar un estado de irritación por la persecución de los esclavos fugitivos.

    Tensión creciente entre el Norte y el Sur.

    A las vertientes económicas y éticas del problema terminó añadiéndose una implicación política. En 1820 se había firmado un compromiso, por el que la línea Mason-Nixon delimitaba los estados en los que la esclavitud estaba abolida, al Norte, de los que la mantenían, al Sur. Mas, ¿qué ocurriría con los nuevos estados incorporados a la Unión por la marcha hacia el Oeste? Una verdadera carrera de esclavistas y abolicionistas se produjo en algunos estados, para intentar incrementar el bando propio. La esclavitud se convertía en el motivo fundamental de disensión en la formación territorial de los Estados Unidos. Cuando en 1854, a propósito de la introducción de la esclavitud en Kansas se decidió en el Congreso que estas cuestiones las decidiesen los habitantes de los nuevos estados, colonos del Norte y del Sur se precipitaron sobre Kansas con el propósito unos de establecer la esclavitud, otros de abolirla, e incluso se llegó a una guerra civil localizada.

    En las elecciones presidenciales de 1860, entre otros candidatos se presentan el demócrata Breckinridge, como defensor de los intereses esclavistas, y el republicano Abraham Lincoln, encarnación de los pioneros y ardiente apóstol de la abolición. Un mes después de la elección de Lincoln Carolina del Sur proclama que la Unión ha sido disuelta; en dos meses más la siguen Georgia, Florida, Alabama, Mississippi, Louisiana, Texas, Carolina del Norte, Tennesse, Arkansas y la zona oriental de Virginia. Estos estados, considerando amenazadas las bases de su sociedad, deciden organizar sus instituciones de acuerdo con sus intereses y forman la Confederación. Desde el punto de vista jurídico la cuestión era complicada, ¿constituían los Estados Unidos un solo estado de forma federal o una simple unión de estados soberanos?. Aunque hubo sectores de la política y la prensa norteña partidarios de dejar a los sureños partir en paz, Lincoln proclamó como su primer deber de presidente el mantenimiento de la Unión.

    La guerra civil: los contendientes.

    La guerra civil ofrece bastantes novedades militares. Se utiliza el fusil de ánima rayada que se carga por la culata, lo que suponía entonces un progreso notable; juegan un papel clave los ferrocarriles, para el transporte de tropas, lo que se convierte en una ventaja para el Norte, con una red más densa; y se recurre a la guerra total, de destrucción del adversario, como la campaña de Sherman a través del Sur, mas dura y cruda que la tradicional guerra de movimientos, y que supone, además, la movilización de millones de ciudadanos. Los 19 estados del Norte, sin esclavos, tenían una población de unos 19 millones de habitantes, frente a los 11 estados secesionistas, con 5,5 millones de blancos y 3,5 millones de negros. Cuatro estados esclavistas -Missouri, Kentucky, Delaware y Maryland-, con 2,5 millones de blancos, permanecieron fieles a la Unión, lo que significo importantes ventajas estratégicas para el Norte, pero muchos de sus habitantes acudieron a combatir como voluntarios al lado de los esclavistas.

    Si la superior potencia demográfica del Norte era evidente, más aplastante resultaba su superioridad industrial, con variedad de recursos y una de las grandes zonas marítimas del mundo, la costa de Nueva Inglaterra, por lo que se explica su supremacía naval. Parecía fácil, con el control del mar, cortar el comercio del Sur y asfixiarlo. Sin embargo la guerra dura cuatro años; ninguno de los contendientes estaba preparado para el conflicto y el Sur tuvo tiempo para improvisar cultivos alimentarios e industrias esenciales. Además los negros permanecían ajenos a la guerra, no se produjo un levantamiento que quizás hubiera hundido al Sur. Así se explica la duración del conflicto y la consiguiente amplitud de las destrucciones y las secuelas de resentimiento y odio.

    Las primeras campañas.

    Se pueden distinguir dos teatros de operaciones. Al Este, entre los Apalaches y el mar, la zona de contacto Norte-Sur es una banda estrecha de valles y bosques; cercanas están las dos capitales, Washington, la de la Unión, y Richmond, la de la Confederación. La posición de Washington es particularmente expuesta, con líneas de ferrocarril que pueden ser cortadas. En esa zona centran sus esfuerzos los confederados. Al oeste de los Apalaches la frontera esta en parte determinada por el río Ohio; sus grandes afluentes, el Tennessee y el Cumberland constituyen vías de penetración hacia el Sur. En esta zona abierta las ventajas son grandes para los ejércitos de la Unión.

    Los esfuerzos iniciales por decidir de manera rápida la guerra se convierten en un fracaso. El general nordista Mac Clellan era hombre lento, que no pudo rematar el asedio de Richmond. El general sudista Robert Lee poseía una mayor visión estratégica y soñaba con desbordar Washington por el norte. Confiaba en conseguir el apoyo del estado esclavista de Maryland, precariamente leal a la Unión, pero la precipitación de la operación se saldó con un fracaso y la deserción de numerosos soldados fatigados.

    En el Oeste, donde la guerra hubiera podido ser conducida con mayor capacidad de penetración por los unionistas, no se realizaron empresas decisivas, lo que refleja la desorientación de sus estrategas en cuanto a la importancia de los ferrocarriles y a las posibilidades de penetración por los valles de los ríos, para lo que disponían de una importante flotilla fluvial. En el mar los barcos de la Unión intentan establecer un bloqueo del Sur, pero nunca lo consiguieron del todo, porque un viejo barco sudista, el Merrimac, reforzado con planchas de hierro, se convirtió en un arma de guerra casi invencible.

    Con la sustitución de Mac Clellan por nuevos generales, Grant, Sherman y Sheridan, los unionistas efectúan planteamientos estratégicos de mayor inteligencia; fundamentalmente se busca el control de varios puntos vulnerables, nudos de comunicación del valle del Mississippi. Una flotilla, remontando el brazo principal del río, toma Nueva Orleans, el gran puerto de exportación del algodón, lo que perturbo gravemente el comercio exterior de los confederados.

    La fase decisiva de la guerra.

    En el verano de 1863 el Norte se encuentra en una situación de prosperidad económica; exporta granos a Europa y sus fabricas, en todo momento bien provistas de hierro, producen al máximo. El año anterior se ha cumplido una promesa electoral de los republicanos a los pioneros del Noroeste, la Homestead Law, que concede gratuitamente tierras federales, con la que se impulsa la colonización interior con 15.000 explotaciones nuevas. Por el contrario, el Sur padece todos los sufrimientos de la guerra. Su economía era casi de monocultivo, centrada en varios productos básicos, el más importante el algodón -además tabaco, azúcar-, y su industria estaba poco desarrollada. Ahora no vende ni recoge algodón, carece de alimentos básicos y experimenta una peligrosa escasez de hierro. En los transportes ferroviarios su situación llega a ser dramática, al no poder reparar las vías ni reemplazar el material deteriorado, con lo que no puede avituallar a las ciudades, superpobladas por los refugiados, ni a los ejércitos del frente. Todavía hace un esfuerzo decisivo, la expedición de Lee a Pensilvania, que sólo sirve para comprobar la tenacidad del Norte. Para no aumentar la resistencia Lee procura evitar todo pillaje, pero esta preocupación limita la velocidad de sus movimientos. En Gettysburg es derrotado y a duras penas puede salvar su ejército. Gettysburg es la batalla más mortífera de la guerra; el ejercito nordista, de 93.000 hombres, pierde 23.000; los confederados, 28.000 de los 70.000 que constituían la totalidad de sus efectivos. Pocos días después, en el mismo mes de julio de 1863, Grant y Sherman toman Vicksburg, la gran fortaleza del Mississippi, lo que supone una pérdida decisiva para los sudistas en el Oeste.

    El armisticio.

    Desde el invierno de 1864 el Sur vive una auténtica agonía. Lee llega a armar a negros, a los que promete la libertad, con lo que los confederados adoptan la decisión contradictoria de luchar por evitar aquello que precisamente conceden. Las marchas de Sherman, desde la costa hacia el interior de los estados confederados, provocan destrucciones y pérdidas decisivas. En Marzo de 1865 se produce el asalto a Richmond. El gobierno confederado, presidido por Jefferson Davis, huye. En la aldea de Appomattox, los dos generalísimos, Grant por el Norte, Lee por el Sur, firman el armisticio, con el que los estados confederados vuelven a la obediencia de Washington y aceptan la abolición. Cinco días después el presidente Lincoln, campeón de la libertad de los negros, muere asesinado. Es la ultima víctima de una guerra que ha provocado medio millón de muertos y centenares de miles de heridos y mutilados.

    La reconstrucción.

    Los problemas de la posguerra son graves. Los estrictamente económicos se reducen al Sur, que ha quedado destrozado por las operaciones bélicas. Muchos plantadores, arruinados por la supresión de la esclavitud sin indemnización y por los impuestos, han de vender o reducir sus propiedades. Más delicados son los problemas morales, la división de las conciencias, el odio que el Sur siente por los yanquis norteños, el sentimiento de humillación. Más complejos, los problemas políticos: ¿Qué derechos políticos van a tener los negros? A estos problemas ha de enfrentarse Andrew Johnson, vicepresidente con Lincoln y sucesor suyo en la presidencia.

    Abolida la esclavitud, la situación de los negros no deja de ser precaria. La Oficina de Liberados, creada por Lincoln, actúo durante 17 años para integrar a los ex-esclavos en la vida civil. Johnson permitió que los estados del Sur promulgasen “códigos negros”, que no otorgaban derechos políticos a los antiguos esclavos. El Congreso anuló sus decisiones y al producirse un enfrentamiento inevitable se intentó la destitución del presidente. Una cuestión de gran importancia se plantea. Según la Constitución de 1787 los Estados del Sur estaban representados en el Congreso en proporción a su población blanca, más de 3/5 de lo que le correspondería por el número de sus esclavos. Abolida la esclavitud, la representación de los 11 estados ex confederados debía de pasar de 61 a 70, resultado paradójico e inadmisible para el Norte, pero si se excluía a los negros la representación del Sur pasaría de 61 a 45. El Congreso decidió que el Sur sólo podría calcular su representación contabilizando a los negros en el caso de que éstos tuviesen efectivamente derecho al voto.

    La enmienda 14.ª de la Constitución introducía un principio nuevo: “Ningún Estado” podrá promulgar o aplicar una ley que limite los privilegios o inmunidades de los ciudadanos de los Estados Unidos: ningún Estado podrá privar a una persona de su vida, de su libertad o de su derecho a la propiedad fuera de las garantías legales suficientes, ni negar la igualdad de la protección por parte de las leyes a cualquier persona sometida a su autoridad”. Con esta enmienda la garantía de privilegios, inmunidades y derechos pasaba al gobierno federal, mientras que la constitución de 1787 la adscribía a los Estados. En 1869 el sector radical llevó a la presidencia al general Grant. La enmienda 15 prohibió restringir los derechos políticos de los negros. Un ejército de ocupación permaneció en el Sur y muchos potentados del norte efectuaron grandes negocios con la compra a bajo precio de las plantaciones que se vendían.

    Con la crisis internacional de 1873, en la que se hunden los precios agrícolas, el descontento del sur aumenta. Se produce entonces un cambio de política; se evacúa el ejército de vigilancia y se permite a los estados sureños seguir su propia política con respecto al problema negro; las enmiendas de la Constitución se interpretaban casuísticamente. Medidas de segregación, de separación de negros y blancos, se adoptan por algunos Estados al tiempo que surgen sociedades secretas, como el Ku-Klux-Klan que, con su racismo desaforado, cometen crímenes e intentan aterrar a los negros con su violencia extrema. En el Norte los negros pueden ejercer su voto, pero en el Sur se establece el requisito de saber leer y escribir y en algunos Estados el de exigir que tuvieran ese derecho dos generaciones anteriores de la familia. Con estas cláusulas las enmiendas 14 y 15 de la Constitución quedan reducidas a una vaga declaración de principios.

    El partido republicano, heredero de Lincoln, inclinado a reforzar el poder del gobierno federal, cuenta con los votos del Oeste y de los negros; gobierna durante 40 años (excepto los dos periodos presidenciales de Cleveland), entre 1865-1913. El partido demócrata agrupa a los descontentos pero sus bases sociales son heterogéneas; al mismo tiempo se apoya en los inmigrantes recientes y obreros del Nordeste y en terratenientes del Sur. Su clientela del Norte desea reformas, sus apoyos del Sur son ferozmente conservadores; esta dualidad se ha mantenido hasta la actualidad. En muchas fases tiene la mayoría en las cámaras y modifica o impide los programas legislativos de los presidentes republicanos.

    El despegue de los Estados Unidos.

    En los últimos veinte años del siglo XIX, los Estados Unidos, superadas las secuelas de la guerra civil, se convierten en el primer productor agrícola del mundo y en una gran potencia industrial, que se aproxima a Inglaterra, a la que rebasa en los primeros años del siglo XX. Es la era de los gigantes de la industria, de los Rockefeller, Morgan, Carnegie, Ford, Vanderbilt. Las grandes empresas acentúan la prepotencia del Nordeste. A este protagonismo se oponen los estados agrícolas del Middle-West, que han visto entregar las mejores tierras a las compañías de ferrocarriles y se quejan del alto costo de los productos industriales, mientras desciende el precio de los agrícolas, y solicitan una atenuación del proteccionismo, arguyendo que la concurrencia de las industrias europeas permitirá una baja. Las crisis cíclicas, características del capitalismo industrial, con sus repercusiones de paro y carestía sobre las masas obreras, provocan la aparición de fuertes sindicatos. En 1886 nace la Federación Americana del Trabajo (A.F.L.), que en 1914 cuenta con dos millones de asociados.

    La expansión se señala por un extraordinario crecimiento de la ganadería, en ranchos inmensos, sobre la que se monta una industria de la carne, con sus centros en Chicago y Kansas City.

    La agricultura experimenta grandes transformaciones:

  • Se mecaniza intensamente, en parte por la escasez de brazos.

  • Se desplaza hacia el Oeste.

  • Se especializa, en regiones dedicadas al trigo, al maíz o al algodón.

  • Aumenta su producción hasta recoger la mitad del algodón mundial, los dos tercios del maíz, los tres quintos del trigo.

  • La expansión industrial se apoya en los enormes yacimientos de carbón, especialmente los de Pennsylvania, y de petróleo (Apalaches, California, Texas), que la convierten en una potencia mundial energética, cuando los europeos, con excepción de Rusia, carecen de esta fuente motriz de la segunda revolución industrial. Sus recursos mineros, hierro del lago Superior, cobre de Michigan y Montana, plata de Nevada y Colorado, compensan el descenso del oro de California, hasta que el descubrimiento de los yacimientos auríferos de Alaska (1893) provoca una nueva “fiebre del oro”. La concentración industrial es a un tiempo geográfica (en el Nordeste), técnica (fabricas cada vez mayores) y financiera (trusts).

    La segunda Revolución Industrial.

    Teóricos del liberalismo económico.

    Durante la primera fase de la revolución industrial el liberalismo político define un modelo de estado; una teoría similar trata de definir un modelo de economía. Se considera a Adam Smith con su obra “La riqueza de las naciones” (1776), como el fundador del liberalismo económico y el iniciador del período los llamados economistas clásicos. El propósito de Smith, como el de los fisiócratas y los mercantilistas, era descubrir el procedimiento de enriquecer al Estado, como demuestra su título, pero llega al convencimiento de que es condición previa el enriquecimiento de los individuos, y éste es el meollo de su obra: “Cuando uno trabaja para sí mismo sirve a la sociedad con más eficacia que si trabaja para el interés social”, es su axioma de la armonía entre el interés particular y el general.

    Adam Smith es el gran panegirista de la libertad económica; para él es inútil la intervención del Estado, que habían predicado los mercantilistas; el orden se establece por sí mismo, por el juego de la oferta y la demanda. Si un producto es solicitado sube de precio y se favorece su elaboración, con lo que todo vendedor es retribuido según la importancia de los servicios que presta; la actividad concurrente garantiza el orden, la justicia y el progreso de la sociedad.

    El gran problema de los economistas de esa época era aclarar la teoría del valor; ¿procede el valor del trabajo? Adam Smith, como los autores de su tiempo, distingue “valor de uso” y “valor de cambio”:

    “Las cosas que tienen valor de uso tienen, a menudo, muy poco o ningún valor de cambio; por el contrario, las cosas que tienen mayor valor de cambio tienen con frecuencia poco valor de uso. Nada es más útil que el agua; pero no se puede comprar casi nada con ella. Por el contrario, un diamante casi no tiene valor de uso, pero sirve para cambiarlo por una gran cantidad de bienes”.

    A partir de “La riqueza de las naciones” se habla del progreso económico, que su autor centra en la acumulación de fondos o riquezas. El ahorro se convierte en la base del crecimiento; lo que se ahorra, o, lo que es lo mismo, no se consume, se invierte, es decir, deja de utilizarse en uso improductivo para emplearse en un trabajo productivo.

    Los economistas del siglo XX han criticado este pensamiento del escritor escocés, pero su influjo fue constante.

    En la escuela inglesa destaca la figura de David Ricardo, con su obra “Principios de la economía política” (1817), que se separa en bastantes puntos de la de Adam Smith. Influencia grande en otros pensadores, incluso en Marx, tuvo su doctrina del salario, que "en opinión de Ricardo" se mantendría siempre con un mínimo de subsistencia, y, de subir el salario nominal, no lo haría el real, por la elevación del precio de los artículos. Por el contrario pronostica con el tiempo una tendencia descendente, debido al aumento del número de obreros y a la competencia entre ellos. Describe, así, en términos de estructura económica, la situación trágica del obrerismo en su época.

    En la escuela clásica francesa destaca Jean-Baptiste Say, que publica en 1803 su “Tratado de economía política”. La reacción contra la escuela clásica se inicia en Sismondi, con “Nuevos principios de economía política” (1819), obra que critica las doctrinas de Ricardo. Puede ocurrir, dice Sismondi, que no coincidan la riqueza individual y la colectiva, que la riqueza esté mal distribuida; sobre el régimen de libertad postulado por Smith replica que la libertad de derecho no implica la libertad de hecho, puesto que al concertarse un trabajo las dos partes no están en la misma situación.

    Postulados económicos del liberalismo.

    La llamada doctrina del laissez-faire llena una etapa del pensamiento y de la actividad económica. En su base se esconde una glorificación de la libertad: el mercado se regula por libre concurrencia, el trabajador elige libremente su trabajo, la mano de obra se desplaza libremente, el contrato de trabajo es un acuerdo libre entre patronos y obreros. El papel del Estado se reduce a defender la libertad de una actividad económica autónoma de cualquier regulación política. Los críticos de la escuela clásica distinguieron, como Sismondi, entre la libertad teórica y la real, que suponía igualdad.

    Las leyes del mercado, basadas en el juego de la oferta y la demanda, son la mano invisible que rige el mundo económico y a la larga equilibran la producción y el consumo de los diversos artículos. Toda barrera artificial, incluso entre las naciones, que dificulte las leyes del mercado, debe ser abolida; se postula el incremento del comercio internacional, principio que casa perfectamente con las necesidades de las potencias industriales.

    Se considera factor imprescindible del desarrollo la acumulación de capital, al que se exalta como rector y benefactor de la sociedad. Adam Smith escribe: “La industriosidad de la sociedad sólo puede aumentar en proporción al aumento de su capital”. De esta forma la doctrina del beneficio ilimitado queda canonizada. El pensamiento liberal centra su preocupación en la trilogía ganancia, ahorro, capital. El interés individual y el social coinciden siempre, asegura Adam Smith; más lejos llega Malthus cuando condena la asistencia a los desvalidos por ser perjudicial para la sociedad; la felicidad general no sería posible “si el principio motor de la conducta fuera la benevolencia”.

    La ideología del liberalismo económico favoreció el proceso de industrialización, la creación de mercados mundiales, la acumulación de capitales, el surgimiento de empresas gigantescas, dimensiones todas que se reflejan en la segunda fase de la revolución industrial; pero separó la ética de la economía y se despreocupó de los problemas sociales de la industrialización.

    La era del gran capitalismo.

    En el último tercio del siglo XIX la industria mecanizada europea se ha convertido en una fuerza capaz de conquistar el mundo. Los productos de las grandes potencias industriales llegan a todas partes, apoyados en la revolución de los transportes y elaborados en un proceso en el que se integran grandes empresas, nuevos procedimientos de fabricación y revolucionarias innovaciones tecnológicas. Es la era del mercado mundial.

    Incremento de la producción industrial.

    El aumento de la producción de la industria mundial entre 1870 y 1900 se señala en todas las ramas. La producción de hierro se triplica, pasa de los 12 millones de Tm a 37; la de carbón se multiplica por tres veces y media, de 220 a cerca de los 800 millones de Tm; el número de husos de algodón se duplica en el conjunto europeo y excede este índice en Estados Unidos, Alemania, Italia y Rusia. Al mismo tiempo aumentan las inversiones de capitales fuera de los países en los que se ha acumulado; el caso inglés es el más perceptible. Inglaterra había invertido en el exterior, en 1855, unos 200 millones de libras; en 1875 esta cifra se había elevado a 1.050 millones, en 1885 a más de 1.500 y en 1900 a 2.400 millones.

    Se forma un mercado mundial, en el que ciertas potencias suministran productos industriales y otros países, como Australia y Argentina, colocan sus productos agrícolas. De esta manera se llega a una situación de precios mundiales; un país no puede calcular con medidas nacionales los precios de coste porque podría no encontrar mercado fuera e incluso dentro de sus fronteras, por lo cual las naciones que no se encuentran a la cabeza en el desarrollo de sus industrias han de volver al proteccionismo y abandonar el librecambismo, filosofía económica de la primera revolución industrial.

    La fiebre del oro.

    Esta fase de crecimiento se apoya en la abundancia de metales preciosos; Schnerb afirma que si el siglo XIX es el del carbón y el hierro, con no menor motivo puede ser llamado el siglo el oro y de la plata. El comercio mundial necesita instrumentos de cambio y las monedas se apoyan fundamentalmente en el oro; el aumento de sus reservas permitió la fluidez del intercambio internacional. Entre 1800 y 1860 el stock de oro se multiplica por 22 y en 1914 por 63, con respecto a principios del siglo XIX. El aumento de la plata es similar. En 1848 se descubre oro en California. Miles de hombres llegan en avalancha al nuevo Eldorado; surge una sociedad de buscadores que vive en pueblos de madera, se estimula la construcción de barcos, se hace urgente la construcción del ferrocarril. Luego es Australia, continente casi vacío, donde en Nueva Gales del Sur, en Bathurst, en 1849, un pastor descubre el preciado metal. Más tarde, Alaska y África de Sur aportan una nueva riada amarilla.

    Aparición de grandes sociedades mercantiles.

    No sólo aumenta la circulación de moneda sino también la de los nuevos instrumentos financieros de la revolución industrial; créditos bancarios, acciones de sociedades anónimas, seguros. En la Bolsa de París se negocian valores en 1830 por un monto de 4.850 millones de francos, en 1900 se alcanzan los 87.000 millones.

    En esta nueva era económica ya no pilotan la economía las empresas de dimensión local o nacional; la empresa capitalista experimenta un crecimiento gigantesco. La expansión fabril y comercial de etapas anteriores había sido impulsada por pequeñas sociedades. Desde 1840 se había demostrado la necesidad de las sociedades por acciones en el impulso de servicios públicos, como ferrocarriles, puertos, suministros de agua y gas; los socios de estas empresas tenían una responsabilidad limitada, es decir, no habrían de cubrir con su riqueza personal una eventual ruina, simplemente perdían todo valor sus acciones. Las empresas tienen cada vez mayor número de accionistas y necesitan disponer de un capital más elevado.

    En los últimos años del siglo surgen asociaciones de empresas, en cuyo seno se toman acuerdos sobre precios y producción, con lo que se camina en algunos sectores hacia un sistema de monopolio, bien diferente de la libre concurrencia que había postulado el liberalismo. En 1882 Rockefeller funda la Stanford Oil, que monopoliza el petróleo; al año siguiente las compañías de acero de Inglaterra, Alemania y Bélgica llegan a un convenio sobre el lanzamiento de acciones al mercado; los fabricantes de armamento, los Armstrong, Krupp, etc., acuerdan repartirse el mercado internacional: en 1886 Nobel establece el primer trust internacional, el Dynamite Trust Ltd.

    Estas asociaciones de empresas son de dos tipos: los Kartell suponen un acuerdo sobre los precios entre las fábricas de un mismo producto; los Konzern significan una integración mayor, una fusión de varias sociedades por acciones con la finalidad de desembocar en el monopolio de un sector. En una primera fase se produce la denominada integración horizontal, acuerdo o fusión de empresas del mismo sector económico; luego aparecen ejemplos de integración vertical, en la que una misma empresa crea sus filiales para controlar todas las fases de una actividad; por ejemplo, Rockefeller no se limita a monopolizar el petróleo sino que funda empresas de autobuses, de transportes, circuitos de venta. La potencia de estos trusts llegó a ser mayor que la de algunos gobiernos y la legislación de las potencias industriales, especialmente la de Estados Unidos, se orientó hacia su prohibición.

    Los monopolios: el nuevo poder.

    Esta sociedad tiene un arquetipo, el hombre de empresa, a veces un advenedizo de la fortuna, que, desde una posición humilde, con la audacia y la intuición como armas, se convierte en el fundador y motor de los monopolios. Rockefeller es el gigante del petróleo, Carnegie del acero, Morgan de la banca, tres hombres y tres sectores básicos de la industrialización norteamericana. Otros hombres se han convertido en clásicos de las diversas actividades económicas: Ritz en la hostelería, Hearst en el periodismo, Poulenc en los productos farmacéuticos, Astor en las inversiones inmobiliarias, Cointreau y Pernod en los licores. Las dimensiones universales que adquiere la producción industrial provocan que a las antiguas ferias como lugares de intercambio sustituyan las exposiciones internacionales y la actividad en las ciudades que gobiernan mundialmente un producto: los precios y producción del algodón se regulan en Liverpool, la seda en Milán, los cereales en Amberes y Chicago; Londres y Nueva York son centros neurálgicos de toda clase de inversiones. Un gran trust que tuviese casa matriz en Londres, Nueva York, París o Berlín estaba en condiciones de decidir acontecimientos en otros continentes y burlar la legislación de los países afectados. Había nacido una nueva forma de poder, casi desconocida para el hombre de la calle, preocupante para políticos y juristas.

    El progreso de las comunicaciones.

    Las redes ferroviarias.

    Los principales complejos ferroviarios europeos quedaron terminados hacia 1870; los ferrocarriles constituyen un agente de transformación mucho más poderoso que las máquinas textiles. Son en primer lugar un campo de inversiones. Inglaterra suministró vías, material rodante, diseños de trazados, capital para la construcción de la red de muchos países; la quinta parte de sus inversiones en el extranjero correspondía a las efectuadas en los ferrocarriles de América del Norte; también eran cuantiosas sus inversiones en los de la India, América del Sur y Oriente Próximo. En la red del viejo continente, túneles, como el de San Gotardo y el Simplón, y largos recorridos, hasta Salónica, Constantinopla, Vladivostok, proporcionaron posibilidades y dimensiones nuevas al comercio internacional; el estímulo para el intercambio fue decisivo.

    En cuanto al consumo de hierro y acero suscitado por la construcción de las líneas puede leerse en los índices de las grandes potencias, proveedoras no sólo de sus propias necesidades sino también del material que se precisaba en los países menos industrializados. El ferrocarril fue la palanca de la supremacía económica de algunas naciones. Con la derrota de 1870 Francia hubo de contribuir a la expansión formidable de Alemania en los diez años siguientes. Un economista alemán escribía: “Puede decirse que con las indemnizaciones de guerra, Francia nos ha construido las principales redes ferroviarias”.

    El transporte marítimo: el barco

    En esta fase, el barco de vapor desplaza definitivamente al de vela. Hasta 1870 resultaba demasiado caro el buque de hierro; Inglaterra disponía de un tonelaje de veleros en proporción de 4,5 a 1 con respecto al de vapores. En la década del 70 las innovaciones en los motores de vapor vencen a la vela en la marina mercante; el motor de triple expansión se utilizó en el Aberdeen en 1881, la eficiencia de la maquinaria permitía aumentar la carga y la velocidad.

    No influyen menos los canales en innovar los transportes fluviales y oceánicos: el Ship canal de Manchester, el canal nuevo de Rotterdam, el canal de Kiel, y especialmente las travesías ístmicas de Suez y Panamá, que potenciaron el Mediterráneo y el Caribe como centros neurálgicos de las comunicaciones marítimas. Para los transportes de Europa a Asia se utilizaba la vía del Cabo o una combinación de navegación y carretera por Alejandría-EI Nilo-Suez-Bombay, lo que suponía un total de 80 horas para la travesía egipcia, más un mes la mediterránea e índica, duración mucho más breve que la de tres meses que suponía el viaje de Londres a Bombay por el Cabo. Lesseps, antiguo cónsul en Alejandría, realiza el proyecto de canal ístmico, afrontando constantes problemas financieros que obligaron al lanzamiento de sucesivas emisiones de acciones y empréstitos.

    La creación de una red mundial de transportes continentales y oceánicos provoca dos efectos claros: el hundimiento de los precios y la división internacional del trabajo, basada en un bloque de naciones industriales europeas y un distante anillo de productores de materias primas. Inglaterra, Francia, Alemania proveen de productos siderúrgicos, maquinaria, capitales, mientras las praderas norteamericanas y canadienses, la India, China, Australia, aportan alimentos o materiales en bruto; ésta es la situación hacia 1880.

    El automóvil.

    En la máquina de vapor había hallado el siglo XIX el instrumento de su revolución del transporte, pero sus posibilidades de perfeccionamiento técnico parecían agotadas, sus rendimientos, limitados. Se hacía necesario encontrar un motor que funcionase con un combustible líquido, o con una mezcla de aire y gas. El primer diseño de un motor de explosión se atribuye a Huyghens, quien había descubierto que la expansión de gases provocada por la combustión de pó1vora dentro de un cilindro producía energía mecánica. En los años 80 se investiga en un motor que impulse el movimiento de un vehículo por carretera; en 1883 el conde Dion y el mecánico Bouton utilizaron un motor a vapor, pero en 1885 se utilizan en estos vehículos los primeros motores movidos por derivados del petró1eo, la nueva fuente de energía que lentamente, junto con la electricidad, desplaza al carbón y al vapor.

    El primer automóvil lo construye en Mannheim Carl Benz, con un motor de gas en el que se inyectaba vapor de gasolina. En los años 90, Forest crea el motor de cuatro cilindros, dota de inyector al carburador y de bujía al encendido; Michelín fabrica los primeros neumáticos para el nuevo vehículo; Renault la marcha directa. Al comenzar el siglo XX ya hay algunas fábricas de automóviles. En la segunda revolución industrial su papel es similar al del ferrocarril en la primera, aunque se impone de manera más lenta, por tratarse de un sistema de transporte individual que exige capacidad económica en el comprador. El automóvil supone un nuevo estímulo para la industria siderúrgica, reclama una nueva red de comunicaciones, intensifica los transportes terrestres, se convierte en campo de inversión para los capitales de principios de siglo. Los grandes del automóvil, los Ford, Chrysler, Benz, Citroën, se convierten en los ídolos de Norteamérica y Europa.

    El avión

    Otro vehículo revoluciona el transporte. Desde finales del siglo XVIII los hombres pueden elevarse en globos de aire caliente o gas, pero su propulsión, por medios mecánicos, impedía que se considerara un sistema de transporte útil para viajes y comercio. La aplicación de motores y la conversión de globos en dirigibles la acomete el conde Zeppelin en 1896, en talleres que aplican tres motores a inflables gigantescos, que se utilizan militarmente, con resultados negativos, en la primera contienda mundial, y en el transporte, hasta que una serie de catástrofes aconsejan su abandono. El futuro es de otro aparato. Los hermanos Orville y Wilbur Wright, mecánicos de bicicletas, diseñaron un sistema de alerones para la flexión independiente de las alas de los aviones, el motor y la hélice, y consiguieron efectuar en diciembre de 1903 un vuelo controlado, de doce segundos; en 1908 ya pudieron recorrer 112 millas en tres horas. La aviación abre horizontes nuevos a los hombres.

    Otros instrumentos de comunicación.

    El progreso de las comunicaciones no se limita al invento de nuevos aparatos de transporte de cargas o de hombres sino también a la creación de procedimientos de transmisión de noticias; el telégrafo, el teléfono y la radio significan un impulso tan fuerte para la creación del mercado mundial, que caracteriza el gran capitalismo, como otros instrumentos artificiales, la Unión Postal, el sistema métrico, que dieron unas bases unitarias para las transacciones internacionales. Morse, el escocés Bell, Hertz y Marconi, con sus innovaciones técnicas permitieron regular precios, intercambios y venlas a escala mundial en el campo de la economía y revolucionaron los sistemas de información de la prensa y los gobiernos.

    Innovaciones tecnológicas.

    La cadena de inventos de la segunda fase de la industrialización se apoya en avances y descubrimientos científicos. Sobre la naturaleza del calor y la conversión de una forma de energía en otra la termodinámica efectúa investigaciones y formula leyes, que posibilitan la fabricación de las nuevas máquinas. Los estudios sobre la electricidad, palanca fundamental de la segunda revolución industrial, son constantes. Faraday había investigado sobre las relaciones entre electricidad y magnetismo y puso las bases para todos los sistemas de producción y distribución de corrientes eléctricas, así como de la electroquímica; Maxwell expreso las ideas de Faraday en términos matemáticos y dedujo la velocidad de las ondas electromagnéticas. Hertz, preocupado por hallar un sistema de telégrafos sin hilos que permitiera comunicar las dos orillas del Atlántico, descubrió en la atmósfera las ondas que transmiten el sonido, ondas cuya existencia había deducido Maxwell.

    Al mismo tiempo que las investigaciones sobre la electricidad y sus propiedades los físicos dedicaron creciente atención a la naturaleza de la luz. El experimento Michelson, llevado a cabo en 1887, permitió comprobar que la velocidad de la luz era independiente del movimiento del foco, sorprendente observación que desembocaría en la teoría de la relatividad de Einstein, uno de cuyos postulados es la consideración de la velocidad de la luz como una constante del universo. El descubrimiento, en 1895, por Roentgen de los rayos X supuso un paso importante no sólo para la medicina sino también para el análisis de la estructura atómica de los cristales. Los progresos de la química constituyen otro fundamento de las innovaciones de la segunda revolución industrial. En la química orgánica se estudia una amplia gama de sustancias y se sintetizan otras.

    Desarrollo de ciertos sectores industriales.

    Estos descubrimientos repercuten inmediatamente en el desarrollo de tres sectores industriales: la industria eléctrica, la química y la del metal.

    a) En la industria eléctrica supone el primer paso la fabricación de generadores, con imanes en el inicio de los experimentos, luego con baterías que proporcionaban una corriente continua. En la exposición de París de 1881 se exhiben generadores de corriente alterna. A la producción en gran escala se llega en los años 80, cuando Edison culmina sus experimentos. Para el sector del alumbrado el encendido de la primera bombilla eléctrica por Edison en 1879 fue el inicio de un sector que competiría y vencería, no sin grandes resistencias, al alumbrado de gas. Al año siguiente Edison fabricaba cinco mil bombillas por mes.

    El motor eléctrico se aplica a la tracción por estos mismos años. El primer ferrocarril eléctrico fue probado en Berlín en 1879 y el primer metro londinense se construye entre 1887-1890; a continuación se electrifica en Estados Unidos la línea de Baltimore a Ohio. A finales de siglo circula por las calles de Londres una flota de taxímetros con motores eléctricos, pero en este campo del transporte individual la electricidad no pudo vencer al petró1eo; sí, en cambio, se impuso en el transporte colectivo; en los años 90 1os tranvías de las grandes ciudades se electrifican, con lo que desaparecen los tranvías de mulas. El telégrafo, el teléfono y la radio se ofrecen como campos prometedores para la industria de la electricidad.

    b) En la industria química las aplicaciones de los efectos químicos de la electricidad permitieron la fabricación de sosa, aprovechada en las técnicas de blanqueado; en las empresas tintoreras las necesidades de ácido sulfúrico provocaron la instalación de plantas industriales en muchos lugares del mundo; la producción de fosfatos, nitratos y carbonatos modificó las posibilidades de la agricultura. La industria de los colorantes, que hasta mediados de siglo utilizaba exclusivamente tintes de origen natural, comienza a disponer de productos artificiales, desde que en 1856 William Perkin descubre la malveína, primer tinte de anilina. En pocos años se dispuso de una amplia gama de productos sintéticos; en 1897 se coloco en el mercado añil sintético, que arruinó de manera inmediata las plantaciones de índigo de la India.

    Otro sector fundamental lo constituyen los explosivos. En la década de 1860 Nobel inventa la dinamita, mediante una mezcla de nitroglicerina y una sustancia mineral denominada Kieselguhr. Su introducción en el campo de la minería adquirió gran volumen, pero menor que la revolución que supuso para las técnicas militares, lo que proporcionó recursos financieros casi ilimitados.

    c) En la industria del metal supone una gran novedad la utilización del aluminio, conocido ya, pero cuyas propiedades no podían ser eficazmente utilizadas anteriormente. Algo similar ocurrió con el cobre, en el que consiguieron obtenerse formas más puras mediante procedimientos electrolíticos, lo que permitió el progreso de múltiples aparatos de la industria eléctrica. La demanda de níquel se incrementa con un nuevo proceso de trabajo denominado Orford. La capacidad del zinc para impedir la oxidación del hierro le convierte en otro metal solicitado.

    Ninguno de estos metales consiguió desplazar al hierro, que continúa siendo el “pan de la industria”, gracias a constantes innovaciones como la conversión del hierro en acero iniciado por Bessemer, o el procedimiento Siemens-Martin, ideado con la misma finalidad, o el invento de Thomas de revestir el convertidor con una sustancia básica, que permitió aprovechar los yacimientos que tenían mucho fósforo, como los de Lorena; gracias a este nuevo procedimiento los alemanes dispusieron, desde 1871, de unos yacimientos que les proporcionaban hierro y abonos fosfatados.

    Las aplicaciones del hierro, que en la primera revolución industrial se circunscriben al campo de los ferrocarriles, encuentran ahora otros dos ámbitos, la construcción y el armamento. La posibilidad de doblar y ensamblar vigas de hierro revolucionó técnicamente la arquitectura y la ingeniería; Eiffel, con la construcción de la torre parisina (1889) y la del puente de Oporto, culminó unas técnicas que se habían iniciado en las cubiertas de las estaciones ferroviarias. El acero aumenta la potencia de las armas; la artillería y los navíos acorazados, el fusil y los cascos, las granadas, todo exige hierro; la siderurgia se expansiona no ya por inversiones en ferrocarriles sino por la aparición de grandes empresas de armamentos. El submarino, cuyos primeros experimentos se deben a los españoles Monturiol e Isaac Peral, exige un blindaje perfecto de acero y aparatos de alta precisión, desde el periscopio y el torpedo a instrumentos de medida exactos.

    Si el rasgo esencial de la revolución industrial es la creación de instrumentos, como se la definió en una ocasión, en el último tercio del siglo XIX, al lado de un capitalismo mundial, que adopta formas financieras, de trust y explotación de capitales, se produce, con el cambio y crecimiento continuos con que hemos caracterizado a la primera, una segunda revolución industrial, en la que la electricidad, el motor de explosión, el petró1eo y las industrias químicas constituyen algunas de las palancas fundamentales.

    Las crisis del capitalismo.

    Las innovaciones constantes no suponen un camino de progreso sin escollos sino que el desarrollo del capitalismo industrial está acompañado por una gran inestabilidad; a períodos de prosperidad suceden otros de depresión y paro. Los economistas se han esforzado por medir estas oscilaciones y por encontrarles alguna explicación. El francés Juglar midió periodos de unos 8 años, denominados “ciclos mayores”; a una fase de expansión sucede otra de liquidación de los fenómenos que la habían provocado; el norteamericano Kitchin estableció oscilaciones de 3,5 años, denominadas “ciclos menores”; el ruso Kondratieff ha señalado oleadas de unos 50 años que comprenden una fase de alza y otra de baja, denominadas en conjunto “ciclo largo”. Las causas de estas oscilaciones han sido discutidas repetidas veces. El economista norteamericano Schumpeter, apoyándose en los ciclos Kondratieff, ha señalado una fase económica que correspondería a la primera revolución industrial y al vapor (1789-1848), una segunda apoyada en el ferrocarril y el acero (1848-1896) y una tercera en el automóvil, la electricidad y las industrias químicas (a partir de 1896).

    En medio de las oscilaciones que ha estudiado Juglar se señalan unas crestas; la noción de crisis económica estaría definida por el punto superior de inversión que señala el paso de la expansión hacia la depresión. La integración internacional, con la industrialización, el patrón oro, etc., tiende a provocar la coincidencia de las crisis en todos los países industriales a un tiempo; son crisis mundiales. En el siglo XIX se han señalado en los años 1825,1836. 1847, 1857, 1866, 1873, 1882 y 1890.

    La crisis de 1873 coincide cronológicamente con los fenómenos que distinguen la segunda revolución industrial. Las causas han podido ser diversas: disminución de la producción de oro, baja de precios, superproducción y paro, invasión de los productos agrícolas de los países nuevos. Paradójicamente esta crisis afecta más a los países más desarrollados y menos a los que se encuentran en una coyuntura ya problemática; en este sentido resulta aleccionador comparar las repercusiones de 1873 en Francia y Alemania.

    La crisis se inicia en Viena por la escasa rentabilidad de los ferrocarriles y de las inversiones inmobiliarias; al aumentar los costes algunas empresas se arruinan; el mismo proceso se repite inmediatamente en Alemania, donde numerosos bancos quiebran como consecuencia de inversiones imprudentes. La crisis dura hasta 1879; las dificultades de los ferrocarriles repercuten en las industrias del hierro, la producción de fundición desciende en dos años en un 27%; se extiende después al sector textil, bajan los salarios, el paro aumenta. Por el contrario, Francia, que vive agobiada por las indemnizaciones de guerra que ha de pagar a Alemania, es poco sensible a la contracción de la coyuntura internacional; de aquí que Maurice Flamant y Jeanne Singer-Kerel hablen de “la crisis de 1873 o el reverso de una victoria”

    .

    Estas sacudidas, verdaderos cataclismos económico-sociales, se repiten a lo largo de los siglos XIX y XX. ¿Son inherentes al sistema económico del capitalismo? Lo indiscutible es su realidad periódica, su carácter de compañeras de la industrialización.

    Los movimientos obreros.

    Las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera.

    La Revolución Industrial y la introducción del maquinismo provocaron una profunda transformación de la estructura productiva y de las condiciones de trabajo. El obrero asalariado fue desplazando, poco a poco, a los artesanos y trabajadores a domicilio, mientras que el maquinismo hizo aumentar enormemente la división del trabajo. El obrero ya solo participaba en una pequeña fase del proceso productivo y no necesitaba ni una fuerza física singular ni una gran especialización. Se convirtió en la fuerza de trabajo necesaria para mover máquinas o para manipular productos y se compraba en el mercado a bajo precio. Así, durante casi todo el siglo XIX el aumento del coste de la vida fue superior al aumento de los salarios, hecho que condujo al empobrecimiento de la clase obrera.

    La necesidad de conseguir una gran acumulación de capital por parte de los empresarios tuvo como consecuencia el mantenimiento de unos salarios muy bajos y de unas pésimas condiciones de trabajo. Las jornadas laborales eran largas y agotadoras y, en muchos casos, superaban las quince horas diarias. Además, el trabajo se hacía en lugares insalubres, ya que muchas fábricas eran oscuras y malsanas y, en el caso de la industria textil, muy húmedas. En cuanto a los salarios, estos eran tan bajos que sólo permitían la estricta subsistencia. En el año 1825 un médico francés describió esta situación diciendo: “para los obreros vivir es no morir”.

    Era un hecho corriente que niños y mujeres trabajasen, tanto en las fábricas como en las minas. Sus sueldos eran necesarios para completar la economía familiar, pero eran inferiores a los de los hombres. En Inglaterra, el sueldo de los niños equivalía a un 10% del masculino, y el de las mujeres entre un 30 y un 40%. También era normal cobrar por jornada trabajada o por trabajo a destajo. Finalmente, la disciplina laboral era muy rígida, los obreros podían ser despedidos en el momento en que el empresario lo quisiera, y los castigos y penalizaciones eran también frecuentes.

    No existía ningún tipo de legislación laboral que regulase el trabajo o que garantizase alguna protección en caso de enfermedad o accidente. El Estado no daba ninguna cobertura a los obreros y tan sólo intervenía cuando el orden público se hallaba amenazado, es decir, en caso de huelgas o conflictos. Las primeras leyes reguladoras del trabajo se hicieron en Gran Bretaña en 1833, año en que se promulgó la Factory Bill, que regulaba la inspección de las condiciones de trabajo en la industria textil. Por su parte, Prusia estableció las primeras leyes laborales en 1839; Francia lo hizo en 1841 y EE UU en 1848-1850.

    Las primeras formas de organización obrera.

    El ludismo.

    En los primeros tiempos de la industrialización, las leyes antiasociativas de fines del siglo XVIII y principios del XIX (las Combination Acts inglesas o la ley Le Chapelier francesa) llevaron a los trabajadores a un tipo de revuelta espontánea y desorganizada. Su acción se dirigía con frecuencia contra los instrumentos de producción, a los que consideraban responsables del paro y de los bajos salarios, o contra los empresarios y el Estado que los protegía. Estas primeras formas de resistencia obrera reciben el nombre de ludismo y su principal manifestación consistió en la destrucción o incendio de máquinas y establecimientos fabriles.

    El maquinismo supuso muy pronto el deterioro de las condiciones de trabajo de los obreros y, al principio, dejó a muchos sin trabajo. De las 800.000 personas que en el año 1800 trabajaban en los telares manuales de Inglaterra, en 1834 sólo quedaban 200.000. Por ello, en las primeras décadas del siglo se produjeron muchos levantamientos de obreros y campesinos que protestaban contra la introducción de las máquinas y la generalización del sistema fabril.

    La lucha contra la máquina llegó a ser una manera de defender el puesto de trabajo y también de intimidar a los empresarios en un momento de conflicto laboral. Gran Bretaña conoció cuatro grandes oleadas ludistas entre 1811 y 1816 y posteriormente el movimiento se extendió por toda Europa (en España son conocidos los hechos de Alcoy, en 1820, y el incendio de la fábrica Bonaplata de Barcelona, en 1835). El movimiento ludista tuvo, sin embargo, una vida relativamente corta. Pronto los dirigentes obreros comprendieron que no eran las máquinas sino los empresarios sus enemigos.

    De la asociación al sindicato

    Poco a poco, sin embargo, los obreros se dieron cuenta de la necesidad de crear una organización propia, formada exclusivamente por trabajadores. Por primera vez se iniciaron agrupaciones estables de trabajadores, no movilizaciones esporádicas más o menos masivas o violentas, sino organizaciones que se dotaron de medios para una lucha permanente en defensa de sus derechos.

    Ya no era una lucha del pobre contra el rico, sino el enfrentamiento de dos concepciones económico-sociales, la de los trabajadores contra los propietarios. El primer tipo de organización obrera fue la asociación o Sociedad de Socorros Mutuos, a menudo clandestina. Actuaban como sociedades de resistencia y, a veces, provenían de antiguas formas de protección de los artesanos por oficios. Ayudaban al trabajador en caso de enfermedad o de paro y organizaron las primeras huelgas gracias al cobro de cuotas, que permitían crear cajas de resistencia.

    Fue en Inglaterra, a partir de la derogación de las leyes antiasociativas (1825), cuando el sindicalismo dio un gran paso adelante. Los obreros se agruparon en organizaciones por oficios, que se fueron transformando en Trade Unions (uniones de oficios). La más importante de estas uniones fue el Gran Sindicato General de Hiladores (1829), dirigido por John Doherty que abrió el camino a la proliferación de numerosos sindicatos. Para adherirse era necesario pagar una cotización elevada, lo cual reducía el acceso a una minoría de trabajadores altamente cualificados. En 1834, bajo la dirección de R. Owen, se produjo la unión de los diversos sindicatos de oficios, que formaron la Great Trade Union, que rápidamente llegó a tener más de medio millón de trabajadores afiliados.

    En Francia, la expansión del sindicalismo se inició en la década de 1830, sobre todo a raíz de las grandes huelgas de París y Lyon, que culminaron en 1843 con la fundación de la Unión Obrera. En España, el primer sindicato nació el año l840 y fue la Asociación de Tejedores de Barcelona, que llegó a tener 4.000 afiliados de un censo laboral de 16.540.

    EI cartismo británico.

    Muy pronto la clase obrera se dio cuenta de 1a necesidad de defender sus intereses mediante un proyecto político propio. Fue también en Gran Bretaña donde, por primera vez, el movimiento obrero tomó la iniciativa de organizarse alrededor de un proyecto político el cartismo. En su configuración tuvo un papel importante la experiencia de los obreros de la Great Trade Union. La patronal británica despedía y perseguía a sus dirigentes y el sindicato tuvo que pasar a ser casi clandestino. En pocos meses la Great Trade Union se hundió y sólo los obreros cualificados, sin problemas para encontrar trabajo, se mantuvieron en torno al sindicato. Los obreros llegaron a la

    Primeras corrientes socialistas.

    La Revolución Industrial significó un amplio progreso de la economía europea porque permitió el desarrollo del maquinismo, de la producción manufacturera y del número de bienes puestos a disposición de la población. Pero también trajo consigo graves problemas sociales porque agudizó las diferencias de riqueza entre las clases sociales, puso de relieve las malas condiciones de vida y de trabajo del proletariado y provocó encendidos enjuiciamientos de todo el sistema capitalista que engendraba estos males.

    Su consecuencia social más importante fue que generó una nueva clase social: el proletariado. Hombres que habían quedado sin trabajo en los campos debido a la revolución agrícola, invadieron las ciudades proporcionando a los industriales mano de obra barata y abundante. Su único bien era su fuerza de trabajo que vendían por un salario; como éste era muy bajo, apenas si podían alimentarse y alimentar a su familia, malviviendo en pequeñas habitaciones sin luz ni aire; como las jornadas de trabajo eran muy largas, no les quedaba tiempo para instruirse y así tomar conciencia de su deplorable situación. Además, y sobre todo en los primeros tiempos, la industria era muy primitiva, y las condiciones de trabajo insalubres, agotadoras y peligrosas para su integridad física.

    Todos estos males que padecían incitaron la compasión de algunos sectores de las clases altas, que, por ser instruidos y cultos tomaron pronta conciencia del problema y elevaron sus voces reclamando soluciones. De la burguesía, y aun de la nobleza, surgieron los primeros teóricos sociales y reformadores que criticaron ásperamente el sistema económico vigente y propusieron nuevas formas de organización de la sociedad y de la economía.

    Se les designó con el nombre genérico de socialistas. El término “socialismo” apareció por primera vez en el periódico francés “Le Globe” en 1832, y fue usado para señalar a los grupos que aspiraban a un orden social nuevo basado en una concepción económica y social de los derechos humanos.

    Estas primeras tendencias socialistas fueron denominadas “utópicas” por el economista francés Jérôme Blanqui en 1839, calificativo que les fue ratificado por Marx y Engels, creadores a su vez de una corriente socialista, en la segunda mitad del siglo XIX, que ellos mismos llamaron, por oposición, “científica”.

    Las ideas generales de estas primeras corrientes socialistas, o socialismos “utópicos”, son expuestas de la siguiente manera por el historiador G. D. H. Cole:

    “Así pues, socialismo, tal como la palabra se empleó primero, significaba ordenación colectiva de los asuntos humanos sobre una base de cooperación, con la felicidad y el bienestar de todos como fin, y haciendo resaltar no la “política”, sino la producción y la distribución de la riqueza y la intensificación de los influjos “socializantes” en la educación de los ciudadanos a lo largo de toda su vida mediante formas cooperativas de conducta, en contra de las de competencia, y mediante actitudes y creencias sociales”. Los primeros socialistas, pues, se oponían al individualismo exacerbado del sistema capitalista, a la lucha de los hombres mediante la competencia, a la primacía de lo político, y proclamaban la necesidad de un nuevo orden social basado en la cooperación y ayuda mutua donde la justicia en la producción y en la distribución de los bienes traería no só1o la felicidad individual sino también la colectiva.

    Criticaron con acidez el mundo en que vivían y sus injusticias, aunque discreparon acerca de cómo sería el mundo a que aspiraban y sobre los medios de llegar a él. Como muchas veces no propusieron caminos para pasar de la sociedad en que vivían a la que aspiraban, o propusieron métodos ingenuos de cambio, se generalizó el calificativo de “utópicos” con que se los denominaba, en el sentido de que sus teorías eran un sueño, una quimera, una irrealidad.

    Vamos a citar las ideas de algunos de los numerosos pensadores que integraron estas primeras corrientes socialistas.

    Saint-Simon.

    El conde de Saint-Simon (1760-1825) era miembro de la antigua nobleza francesa. Publicó muchos libros relacionados con la industria y la organización de una nueva sociedad. Devoto del progreso que el maquinismo introdujo, creía que en la sociedad no debían darse los extremos de riqueza ni de pobreza. Fue el autor de la famosa frase de que los miembros de la sociedad debían producir “de acuerdo con sus capacidades y ser remunerados conforme a sus aptitudes”, exaltando la fraternidad humana como incentivo de la actividad económica y como reemplazante del afán de lucro.

    Rechazaba “la explotación del hombre por el hombre” aunque no concebía un antagonismo frontal entre patrones y obreros, porque a ambos los veía como los protagonistas de la máxima realización de su tiempo: la industria.

    Hacía una distinción entre los trabajadores (industriales, obreros, artistas, técnicos, sabios) y los ociosos (nobleza, militares), y sostenía que los primeros debían gobernar la sociedad, planificando la economía en beneficio del interés general.

    “Fue el primero en ver claramente la importancia dominante de la organización económica en los problemas de la sociedad moderna y en afirmar la posición capital de la evolución económica como factor de las relaciones sociales. Su contribución a la teoría socialista consistió en afirmar que la sociedad, a través del estado, transformado y controlado por los productores, debía planificar y organizar el uso de los medios de producción a fin de marchar a la par con los descubrimientos científicos.”

    Saint-Simon esperó que los personajes más influyentes de su tiempo adoptarían sus ideas y harían nacer una nueva sociedad, confiando en que sus sentimientos solidarios con el resto de sus conciudadanos sería más fuerte que su egoísmo personal y el afán de poseer riquezas.

    Fourier.

    François Fourier (1772-1837) fue un modesto empleado de comercio que enunció ambiciosos planes de reforma social.

    Partió de la idea de que los hombres tenían tendencias, deseos e inclinaciones naturales que debían ser contemplados y respetados por una organización social adecuada a ellos. El problema consistía entonces en hallar una forma social acorde con la naturaleza humana y no opuesta a ella o que quisiera forzarla.

    Tenía que satisfacer esos deseos humanos de forma que condujera a la armonía y no a la discordia entre los hombres.

    En la sociedad capitalista, la mayoría de los seres humanos tenía trabajos que provocaban disgusto, la producción no era óptima y cada hombre se sentía desdichado. En comunidades más pequeñas donde se pudiera entablar una relación más humana, pensaba, y donde cada uno abordara el trabajo que más le gustara, aumentaría la producción y, liberados de sus necesidades y guiados por sus inclinaciones, los hombres se sentirían felices.

    Esas comunidades, o asociaciones voluntarias, eran los “falansterios”. Debían integrarse con 1600 personas que tendrían a su cargo el cultivo de 400 hectáreas. Ese número de individuos permitiría una distribución normal de gustos y temperamentos, y aseguraría que el principio de libre elección no produjera una distribución desproporcionada de trabajadores entre las diferentes clases de trabajos. Todos vivirían en un gran edificio con servicios colectivos y ocupándose de lo que les gustara, el trabajo sería productivo. Se mantendría la propiedad individual y los beneficios se distribuirían de acuerdo a la siguiente proporción: 5/12 al trabajo ordinario, 4/12 como interés al capital invertido, 3/12 al talento (o sea la dirección y administración).

    Los falansterios se establecerían y financiarían, no por el Estado, sino por acción voluntaria. Fourier reclamó constantemente a los capitalistas que ofreciesen el dinero necesario para establecer esas comunidades. Pero durante su vida nadie lo escuchó. Algunas experiencias se realizaron después de su muerte en Francia, Estados Unidos y Brasil, pero todas fracasaron.

    La parte más só1ida de la doctrina de Fourier es el intento de mostrar la necesidad de adaptar las instituciones sociales a los deseos humanos; es decir, que los hombres podrían vivir mas fácilmente si se les permitiera satisfacer sus deseos naturales y no se les forzara a vivir con arreglo a una forma artificial de conducta.

    Owen.

    El industrial inglés Roberto Owen (1771-1858) es considerado como el padre del cooperativismo. Puso en práctica alguna de sus ideas, como la organización de su fábrica en New Lanark, donde mejoró notablemente la situación de los obreros: redujo a 10 horas la jornada de trabajo, impidió el trabajo infantil, creó escuelas para los hijos de los obreros, mejoró las condiciones de trabajo, creó seguros de enfermedad y de desocupación, instaló almacenes cooperativos, etc. Citó ante sus colegas industriales el ejemplo de su fábrica, donde, a pesar de esas medidas, la producción había aumentado, esperando que lo siguieran en su esfuerzo reformista. No lo consiguió.

    Más tarde, actuó como dirigente del movimiento obrero de las Trade Unions (primeros sindicatos), y propició la creación de cooperativas de producción y de consumo, impulsando a los obreros a asociarse para poseer y administrar por su cuenta los instrumentos de producción. El empeño que puso en fundar cooperativas y el impulso que le dio a las Trade Unions, hace que se le considere como un fundador del cooperativismo y del sindicalismo en Inglaterra.

    Como hemos visto, muchos de los proyectos de estos primeros socialistas fracasaron o no alcanzaron realización práctica. Sin embargo, sus ideas no se perdieron; sirvieron para nutrir a otras corrientes posteriores. Fueron los precursores en la crítica a una organización social injusta y los que generalizaron el sentimiento de que era necesario eliminar las miserias más evidentes que padecían las clases populares. En este sentido, su obra fue valiosa y perdurable.

    Marxismo.

    De las diferentes doctrinas socialistas surgidas en el siglo XIX, el marxismo es una de las más importantes por la incidencia que tuvo en su tiempo y por su influencia en las transformaciones revolucionarias del siglo XX.

    Sus creadores fueron Carlos Marx y Federico Engels.

    CARLOS MARX (1818-1883), de nacionalidad alemana y perteneciente a una familia burguesa judía convertida al protestantismo, hizo estudios de derecho, historia y filosofía en las universidades de Bonn y Berlín, graduándose en filosofía en la universidad de Jena. Deseaba dedicarse a la docencia, pero las circunstancias lo orientaron hacia el periodismo.

    Corno periodista actúo en Alemania hasta que, clausurado en 1843 el periódico que dirigía, se trasladó a París, continuando allí sus actividades y haciendo sus primeros contactos con los socialistas franceses, cuyas teorías estudió. También en ese año contrae matrimonio con Jenny von Westphalen e inicia su amistad con Engels.

    Sus primeras preocupaciones fueron filosóficas, y se refleja en sus obras la influencia de las corrientes modernas de la filosofía alemana, especialmente la de Hegel. Después, sus publicaciones reflejarán una orientación más definida hacia los estudios económicos y sociales, que se manifiestan también en la práctica con intensos trabajos en la organización del movimiento obrero. Sus actividades políticas lo obligaron a marchar de un país a otro, ya que fue objeto de sucesivas expulsiones por parte de diversos gobiernos europeos. De Francia fue a Bélgica, de allí a Alemania, después nuevamente a Francia y por último se radicó definitivamente en Inglaterra, viviendo con su familia muy modestamente con los recursos que le proporcionaban sus artículos al periódico norteamericano “New York Tribune” y con la ayuda permanente de Engels. En Inglaterra hizo intensos estudios en el Museo Británico, publicó su obra más importante, “El Capital”, y participó en la organización y dirección de la Primera Internacional.

    FEDERICO ENGELS (1820-1895), también de nacionalidad alemana, vivió desde 1842 en Inglaterra, teniendo a su cargo una fábrica de tejidos. Vinculado con los grupos socialistas alemanes e ingleses, desarrolló una intensa labor periodística y de organización del movimiento obrero. Desde 1843, mantuvo una íntima amistad con Marx, a quién ayudó económicamente y con quien colaboró en forma permanente reconociéndolo como su maestro. Algunas de las obras principales fueron escritas en forma conjunta; después de la muerte de Marx, Engels trabajó con los materiales inéditos de éste, ordenándolos y publicándolos.

    Anarquismo.

    El anarquismo es una corriente filosófica que, aunque de orígenes antiguos, floreció en el siglo XIX y se manifestó también como una doctrina político-social.

    Su nombre proviene de dos palabras griegas: “a”, que significa “no”, “sin”, es una negación; y “arquía” que significa poder, autoridad. Así que “anarquía” quiere decir “sin poder”, “sin autoridad” y, por extensión, sin Estado. E1 anarquismo "como concepción filosófica y como doctrina política" queda así definido desde su etimología: es un movimiento que se opone completamente a toda forma de autoridad coactiva, y reivindica, por el contrario, la máxima Libertad posible para el hombre. Por esto es que también se les da a los anarquistas el nombre de libertarios.

    En la época moderna, las raíces del anarquismo se encuentran en la Revolución Francesa. Esta había levantado la bandera de 1a libertad y de los derechos naturales del hombre. Pero, piensan los anarquistas que, al mantener y defender la propiedad privada, los burgueses liberales que la protagonizaron estaban cimentando la desigualdad social, y con ella, falseando una pretendida libertad política. Llevando a los extremos los ideales proclamados por aquella Revolución, exigen que los principios reconocidos y aplicados en el dominio político se extiendan también a la Sociedad, o sea, que la libertad política se traduzca en igualdad social. Sólo de esta manera "a través de la igualdad social" podría existir la libertad para todos y cada uno de los integrantes de 1a colectividad. Como esto no ha ocurrido, y como el siglo XIX es fecundo en injusticias sociales flagrantes, los anarquistas rechazan la Sociedad y el Estado de su tiempo, y con ellos, toda forma de autoridad que limite la libertad del hombre.

    Resulta interesante ir descubriendo cómo se van conformando las ideas que integran el anarquismo del siglo XIX; para ello es útil esbozar el pensamiento de algunos de sus principales exponentes.

    Pierre Joseph Proudhon (1809-1864). Su idea relevante es la de la Justicia, pero una justicia inmanente, inherente a1 hombre, que no necesita para sostenerse de ninguna autoridad superior, sea política o religiosa. Con ello rechaza al Estado y a la religión. También se opone a la propiedad privada. Es famosa su frase: “La propiedad es un robo”; la creía una institución bárbara porque los primeros ocupantes desposeían para siempre a los que llegaban después, y en consecuencia los subordinaban. Admitía en cambio la “posesión” de un bien, que era una especie de propiedad relativa, estimuladora del trabajo humano, pero carente de abusos por el control que la Sociedad ejercería sobre ella.

    Deseaba asegurar a cada hombre la posesión privada de la propiedad que necesitase para la producción, y durante todo el tiempo que él y sus herederos la utilizasen, porque entendía que 1a base de la sociedad era el libre intercambio entre individuos productores de valores creados por el trabajo. Se obtendría esa libertad de intercambio mediante el “crédito gratuito”, capital proporcionado a todos los hombres para que produjeran bienes y servicios intercambiables en el mercado, por un banco nacional de administración común. Llamó “mutualismo” a este sistema. Asegurando así a cada hombre las condiciones materiales de su existencia, toda forma de gobierno sería superflua, además de nociva porque todas implicaban la negación de la libertad humana.

    Por eso Proudhon se oponía tanto a la democracia representativa como al marxismo y a su postulado de la dictadura del proletariado, y es considerado como el “padre” del anarquismo moderno porque influyó poderosamente en la concreción ideológica de esta doctrina.

    Miguel Bakunin (1814"1876). Pertenecía a la nobleza rusa, aunque vivió mucho tiempo exiliado en diversas ciudades de Europa occidental, sobre todo en París, donde confluían los pensadores revolucionarios de todo el continente. Conoció a Proudhon y a Marx y fue muy influido por la filosofía hegeliana.

    Fue un revolucionario práctico, además de un teórico, y su nombre se vincula a la corriente terrorista rusa llamada “nihilismo”. Tomando la tríada dialéctica hegeliana como base, afirma que en la primera etapa, la tesis, predomina la “animalidad del hombre”, esto es, el hombre sometido a sus instintos. La antítesis sería la lucha de la razón humana por destruir esos símbolos de 1a esclavitud; y la síntesis sería la libertad humana: la desaparición de todos los lazos que esclavizan al hombre.

    Bakunin acentuó siempre el segundo término de esa tríada, la lucha contra los malos instintos, los prejuicios las instituciones que someten al hombre: el Estado, la religión, la propiedad privada.

    Rechazaba la religi6n porque sometía espiritualmente al hombre. Rechazaba al Estado porque por un lado, envilecía a los gobernados y por otro, corrompía a los gobernantes. En tanto existiera esa institución que limitaba al hombre, la libertad de éste sería imposible de obtener. Pero no se trata de la libertad de un solo hombre, sino de la libertad de toda 1a Sociedad: la libertad de uno es función de la libertad de todos: "Yo no soy humano y libre, sino en tanto que reconozco la libertad y la humanidad de todos los hombres que me rodean”.

    Al repudiar al Estado, repudiaba su base, que era la propiedad privada. Admitiendo que la producción era un fenómeno colectivo y no individual, propugnaba por que los medios de producción se convirtieran en propiedad colectiva de la Sociedad. Pero esta Sociedad era el resultado del ingreso libremente consentido de cada hombre: no hay obligación de entrar en ella, ni, una vez en ella, se está sometido a nadie. Decía: “Yo quiero la organización de la Sociedad y de la propiedad colectiva o social, de abajo arriba, por la vía de la libre asociación, y no de arriba abajo por medio de una autoridad, cualquiera que sea”.

    Como se ve, el papel de Bakunin fue fundamentalmente el de un negador de todas las instituciones de su tiempo: creía que una vez descargado el hombre de todas esas ataduras, asumiría su libertad creando un mundo nuevo y justo.

    Pedro Kropotkin (1842-1921). Fue un príncipe ruso que también vivió muchos años, exiliado, fuera de su país. Estudió matemáticas, geología y geografía, y su afición por las ciencias influyó mucho en su pensamiento político.

    Creía que los hombres vivían más felices en grupos pequeños, donde podían desarrollar mejor su inclinación innata a la ayuda mutua y a las formas democráticas. Estas pequeñas comunidades, con propiedad común y dirección común de los medios de producción, no necesitaban de ninguna autoridad coactiva, y menos aún del Estado. Se mantendrían unidas por el lazo de su esfuerzo cooperativo para proporcionarse a sí mismas los medios de una vida buena, y el espíritu de cooperación, establecido de este modo en las unidades sociales básicas, se extendería fácilmente al manejo de los asuntos comunes que necesitasen ser organizados en territorios más extensos. Como todos los anarquistas, para lograr esto pensaba que era necesaria una buena educación de los hombres. Educación que debía reforzar una cualidad humana que consideraba natural del hombre, “inherente” a é1, la “ayuda mutua”, que era mucho más fuerte que el egoísmo o la voluntad de poder. Esta era la idea básica de Kropotkin y sobre ella insistió mucho: en forma “natural” los hombres tienden a cooperar entre sí, y si hasta ahora no lo han hecho es por las trabas impuestas por una autoridad coactiva (todas las instituciones sociales). La función del reformador social debe ser por tanto, destructiva: cuando hayan desaparecido esas trabas, los hombres pueden ser abandonados sin peligro a 1a tarea de construir la nueva sociedad de acuerdo con sus impulsos cooperativos naturales. Crear, es función del pueblo mismo cuando se 1e deja en libertad.

    Estas ideas lo aproximaban al pensamiento de Bakunin, y es que ambos son los principales exponentes de lo que se llamó, dentro del anarquismo, la corriente anarco-comunista o comunismo libertario.

    Efectivamente, se puede señalar la existencia de dos corrientes en el pensamiento anarquista. Una, minoritaria, representada por el pensador alemán Max Stirner, entre otros, era fundamentalmente una posición filosófica antes que política. Consistía en la negación total, no só1o de todas las instituciones políticas, sino también de la sociedad. La única realidad es el hombre, y el hombre debe ser absolutamente libre, sin que nada -ni los demás hombres- puedan limitar esa libertad. Rechazaba, por lo tanto, incluso una mínima organización social. Se le conoce con el nombre de anarquismo individualista.

    La otra corriente, que es con mucho 1a mayoritaria y más representativa del anarquismo, es la del anarquismo comunista o comunismo libertario. Considera que la sociedad es natural al hombre, que la producción sólo puede ser social, y que, aun preservando para el individuo la máxima libertad posible, es necesario crear una mínima organización social que le asegure la existencia material. Rechazando al Estado y a todas las demás instituciones coactivas, cree firmemente en las virtudes de la asociación libre y de la cooperación no coactiva. Esta aspiración se concretaría en una sociedad libre, integrada por pequeñas comunidades a las que e1 hombre ingresaría por propio consentimiento, y donde la propiedad y dirección común de los medios de producción le aseguraría a todos el sustento material y la máxima libertad espiritual. Por ser partidarios de estas pequeñas comunidades de producción y de consumo es que se les llamó comunistas; como se recuerda, ésta era también la idea que los marxistas se hacían de la última etapa de la evolución social.

    A modo de resumen, podemos concretar el pensamiento anarquista del siglo XIX en los siguientes puntos.

    Están en contra de:

    El Estado. Los anarquistas entienden que el poder corrompe. Cualquiera que sea el individuo o la clase social que asuma el poder y lo ejerza, se corromperá porque la autoridad supone la supremacía de unos hombres sobre otros. Como ese poder le posibilita imponer su voluntad, de hecho siempre hará uso de la prepotencia y de1 abuso. A su vez, el gobernado siempre se valdrá del engaño, del fraude, para limitar o evadirse de ese poder, lo que lo degradará moralmente. Por lo tanto, piensan que es imprescindible destruir el poder (y toda autoridad coactiva) para recuperar la salud moral de los hombres y librarlos de las deformaciones que acarrea a sus espíritus. Se oponían al Estado liberal, pero también a la dictadura del proletariado propuesta por el marxismo; de allí los enfrentamientos que se registraron entre ambas ideologías.

    La propiedad privada. Están en contra de la propiedad privada de los medios de producción. Son partidarios de la socialización de esos medios, aunque hay algunas excepciones porque, como ya vimos, Proudhon era partidario de la “posesión” privada. Pero en general, creen que la socialización de la propiedad traerá la prosperidad de la colectividad y por ende, la de todos sus miembros.

    Votos irrevocables. Partidarios de la libertad individual, son contrarios a los votos irrevocables como (en la época) el matrimonio y los lazos sacerdotales. Todo compromiso que atara al hombre de por vida, impidiéndole manifestar libremente su voluntad, era rechazado como contrario a la naturaleza humana.

    Están a favor de:

    Libertad humana. Es su principal postulado. El hombre no es tal si no es libre. En la plena libertad es como puede realizarse el hombre plenamente; la libertad es la condición de su humanidad. Pero no sólo la libertad individual, personal, sino también la colectiva, la de todos los hombres. Porque nadie será libre si su prójimo no lo es también. Pero, admitiendo que el hombre es un ser social y que la producción se realiza colectivamente, la mayoría de los anarquistas aceptaba que esa libertad estuviera limitada por una mínima organización social.

    La revolución social. Son partidarios de la revolución social, que habría de realizarse en forma espontánea, naciendo naturalmente de 1as masas de la población, para destruir al Estado y la propiedad privada en forma inmediata. Es decir, se destruiría la sociedad capitalista para sustituirla inmediatamente por la sociedad anarquista. En este punto también difieren del marxismo, al rechazar la idea de éste de la necesidad de un partido que conduzca a las masas.

    La sociedad anarquista. Producida la revolución social y destruido el Estado, la sociedad se organizaría en torno a comunas. Serían comunidades de producción y de consumo que abastecerían las necesidades de sus integrantes. El ingreso a ellas sería totalmente voluntario, y cualquier persona podría abandonarlas según su voluntad Se ponía mucho énfasis en este aspecto porque la voluntad del hombre era la manifestación de su libertad. Por lo tanto la comuna sería una asociación voluntaria, libre, sin coacciones, donde no existiría gobierno sino administración común de los bienes comunes. Las comunas entrarían en contacto entre sí dentro de una región (han desaparecido las fronteras nacionales junto con los Estados), luego a nivel continental y finalmente a nivel mundial, a través de sucesivas federaciones. Optaron por esta fórmula política de la federación porque es la única que las colocaría a todas en un pie de igualdad; no supone un gobierno, sino un vínculo entre iguales.

    La primera internacional.

    Origen y objetivos de la Primera Internacional.

    La experiencia acumulada durante la primera mitad del siglo XIX hizo crecer entre las organizaciones obreras de diferentes países la evidencia de que sus objetivos eran comunes y puso de manifiesto la necesidad de fortalecer la solidaridad obrera creando organizaciones de carácter internacional. La celebración en Londres de una Exposición Universal (1864) sirvió a Marx para establecer contactos con los dirigentes obreros del continente. En un mitin celebrado aquel año en Londres se acordó crear una Asociación Internacional de Trabajadores.

    Se encargo a un Consejo General, encabezado por Marx, la misión de poner en marcha la nueva organización. La AIT estaba integrada por elementos de diversas tendencias (socialistas, anarquistas y sindicalistas) y se organizaba en federaciones por países miembros.

    Fue también Marx quien redactó los estatutos y el manifiesto inaugural, en el que dejo claros los dos principios básicos de la nueva organización:

    a) La emancipación de la clase obrera tenía que ser obra de los mismos trabajadores.

    b) La conquista del poder político era el primer objetivo de la clase obrera para poderse liberar de su opresión económica.

    Se han dado cifras muy diversas sobre cuál fue el número de afiliados que llegó a tener la Internacional. En realidad, la mayoría de autores coinciden en señalar que su fuerza fue más moral que real y que el número de miembros fue reducido. De todas maneras, es cierto que la organización intervino en la movilización obrera y en la preparación de huelgas y manifestaciones en muchos puntos del continente.

    El primer congreso de la AIT se celebró en Ginebra el año 1866 y se tomaron unos cuantos acuerdos que tuvieron una enorme influencia en la formación del programa de las clases obreras. Los más importantes fueron: la jornada de 8 horas, la supresión del trabajo infantil, la mejora de las condiciones de trabajo de las mujeres, la lucha contra los ejércitos permanentes y la oposición a los impuestos indirectos que perjudicaban a la clase obrera.

    El enfrentamiento Marx-Bakunin.

    Pronto se puso de manifiesto que la Internacional estaba muy lejos de ser homogénea ideológicamente. Las delegaciones de los países más industrializados, como Gran Bretaña o Alemania, apoyaban las ideas de Marx, mientras que las de los países más agrícolas (Francia, Italia, España) estaban bajo la influencia anarquista. El enfrentamiento entre Marx y Bakunin fue el debate más fuerte y; el de mayor trascendencia política.

    Bakunin condenaba la participación en las elecciones y en las luchas políticas para conseguir reformas sociales. Propugnaba la abolición del Estado y no su conquista y se mostraba hostil a cualquier tipo de autoridad, combatiendo en consecuencia la autoridad del Consejo General de la AIT, al que acusaba de dictatorial. Defendía el poder directo de las secciones nacionales y negaba la necesidad de un comité permanente.

    El estallido, en 1870, de la guerra franco-prusiana hizo entrar en crisis a la Primera Internacional. En primer lugar, fracasó la propuesta internacionalista que propugnaba que los obreros de los dos bandos no debían combatir entre ellos, ya que era una guerra entre burgueses, pero la mayoría de obreros se alinearon al lado de sus gobiernos. En segundo lugar, el fracaso del levantamiento obrero de la Comuna de París fue un golpe muy duro para la Internacional. La AIT fue declarada fuera de la ley, acusada de ser la instigadora de la Comuna y sus miembros fueron duramente perseguidos.

    La escisión del Internacionalismo.

    Pero fue el agravamiento de las diferencias internas lo que dio el golpe definitivo a la AIT. En el Congreso de La Haya (1872), fueron expulsados los bakuninistas de muchas secciones (belga, española, suiza, italiana), que formaron una nueva organización, la denominada Internacional Antiautoritaria. Esta tuvo una vida muy efímera, ya que celebro su ultimo congreso en el ano 1881.

    Por otro lado, Marx, ante la persecución que sufrían en Europa la Internacional y sus miembros por parte de las autoridades, había decidido trasladar el Consejo General de la AIT a Nueva York, hecho que provocó su lenta extinción. Además, estaba convencido de que la lucha revolucionaria del proletariado debía fundamentarse sobre un nuevo tipo de organización: los partidos obreros. Con la ruptura de la Internacional se había consolidado la primera gran escisión del movimiento obrero entre anarquistas y marxistas.

    La expansión del movimiento obrero (1871-1914).

    El avance de la industrialización y el notable crecimiento económico en el último tercio del siglo XIX, significaron un aumento del número de asalariados, su concentración en grandes empresas y un cambio paulatino de sus condiciones de vida y de trabajo, transformándose sus formas organizativas y sus métodos de lucha.

    La consolidación del sindicalismo: conquistas laborales.

    Hasta mediados de siglo los sindicatos estaban en manos de obreros cualificados que pagaban altas cuotas sindicales y se mostraban preocupados fundamentalmente por las reivindicaciones de tipo laboral y salarial. La difusión del socialismo en las últimas décadas del siglo favoreció la constitución de un nuevo tipo de sindicalismo mucho más masivo, que agrupaba a obreros no cualificados, se contentaba con cotizaciones más modestas y daba a su acción un carácter más radical y politizado. Además, se evidenciaron las desventajas del fraccionamiento sindical existente hasta entonces, por lo cual se impulsó la unificación de las entidades sindicales locales en grandes sindicatos centralizados y organizados según los sectores profesionales.

    El número de trabajadores integrados en los sindicatos aumentó considerablemente. La militancia sindical creció de tal forma que en 1914 había en Gran Bretaña más de 4 millones de trabajadores adheridos a los sindicatos. Con el aumento de los afiliados, los sindicatos elevaron su capacidad de presión, ya que las huelgas movilizaban a un alto número de obreros. Así, se fue extendiendo la práctica de la negociación colectiva entre sindicatos y patronos con el fin de establecer los salarios y de fijar los horarios y las condiciones laborales. Muchos sindicatos exigieron también al Estado que interviniera para arbitrar los conflictos, frenar los abusos patronales y garantizar una legislación laboral.

    Como consecuencia de la presión sindical, los Estados empezaron a intervenir en la cuestión obrera promulgando una legislación laboral que, poco a poco, fue garantizando algunos de los derechos de los trabajadores.

    La legislación social se inició, en primer lugar, en aquellos aspectos en los que la explotación obrera era más evidente: el trabajo de los niños y de las mujeres. En 1819 el Estado británico exigía ya una edad mínima de 9 años para trabajar, y en Francia, en 1841, se fijó en 8 años la edad mínima. Leyes posteriores reforzaron esta tendencia: en el año 1874 el mínimo se fijó en 10 años, y en 1892, en 12. Las condiciones del trabajo femenino fueron también reglamentadas, aunque no fue hasta la última década del siglo XIX cuando se prohibió el trabajo nocturno, se instauró la obligación del descanso dominical y se fijo un tiempo de reposo obligatorio después del parto.

    Alemania fue el Estado pionero en establecer una serie de seguros obligatorios para los trabajadores, que incluían enfermedad, accidente, invalidez y vejez. A principios del siglo XX, Gran Bretaña y Francia adoptaron también un seguro por baja laboral que era pagado por las cotizaciones mixtas de patronos y obreros y que garantizaba la asistencia médica y el cobro del salario en caso de enfermedad o accidentes. En 1908 una ley británica protegía el derecho al trabajo y aseguraba una indemnización a los parados, y en 1909 se protegía por primera vez a los trabajadores a domicilio.

    La reducción de la jornada laboral a 10 horas en los talleres y a 8 en las minas, el descanso obligatorio los domingos, las mejoras salariales y de las condiciones laborales, etc., fueron conquistas de la clase obrera en este período. Las ocho horas de trabajo, que fue la gran reivindicación sindical en el cambio de siglo, no fueron conseguidas hasta después de la Primera Guerra Mundial.

    Los nuevos caminos del anarquismo.

    En las ultimas décadas del siglo XIX, una vez fracasada la experiencia de la Internacional Antiautoritaria, el movimiento anarquista se mostró poco unánime en cuanto a las tácticas a utilizar para alcanzar la revolución social. Se pueden constatar dos grandes corrientes ideológicas dentro del movimiento anarquista:

    a)El anarco-comunismo, la “propaganda por el hecho”. Influido por Kropotkin y Malatesta, promovía la formación de pequeños grupos de acción destinados a combatir, mediante la acción violenta, a la sociedad burguesa. Las primeras directrices de la táctica de la acción violenta, llevada a cabo individualmente o en pequeños grupos, surgieron en el seno de la Internacional Antiautoritaria, cuando en 1881 un grupo de anarquistas comenzó a teorizar que la violencia de un grupo reducido de individuos era un medio válido para llevar a las masas hacia la revolución. Así, se llegaron a formular los principios de la llamada “propaganda por el hecho”, que propugnaba la realización de atentados dirigidos directamente contra el Estado, la Iglesia y los grandes capitalistas.

    Como resultado, la violencia anarquista se extendió y una oleada de atentados barrió Europa, básicamente Francia, Italia y España, sin olvidar el caso de Rusia. Los magnicidios cometidos por anarquistas se sucedieron: en 1894 fue asesinado el presidente de la República Francesa; en 1897, el presidente del Consejo de Ministros español, Antonio Cánovas del Castillo; en 1898, la emperatriz de Austria; en 1900, el rey de Italia; y en 1901, el presidente de EE UU.

    b) El anarco-sindicalismo. La tradición de celebrar congresos anarquistas consiguió reanudarse en 1907 con la reunión de un congreso en Amsterdam. En este congreso se manifestó el enfrentamiento entre los llamados anarquistas “puros” y la tendencia sindicalista. Estos últimos rechazaban las acciones individuales violentas y creían que, mediante los sindicatos, los trabajadores podrían acabar con el sistema capitalista. Después, los sindicatos se convertirían en la estructura básica de la nueva sociedad, en la que la solidaridad de los trabajadores reorganizaría colectivamente la sociedad industrial.

    De esta forma quedaron establecidos los rasgos esenciales del sindicalismo revolucionario: apoliticismo, defensa de la acción directa de los trabajadores (negociaciones entre obreros y patronos sin aceptar ninguna mediación) y la huelga general revolucionaria como medio para conseguir una sociedad sin clases.

    Siguiendo estas directrices surgió el movimiento anarco-sindicalista, que alcanzó una especial importancia en el movimiento obrero español. En el año 1910 se fundó la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que fue la organización anarquista más importante, ya que en su mejor momento (1936) llego a tener mas de un millón y medio de afiliados.

    La creación de partidos y sindicatos socialistas.

    El fracaso de la Primera Internacional había hecho ver a Marx la necesidad de renovar las formas de organización del proletariado. Para ello, animó a todos sus seguidores a crear partidos obreros nacionales que canalizasen las actividades políticas de la clase trabajadora.

    Los partidos socialistas.

    La socialdemocracia alemana fue la primera en constituirse (1876) y fue el Partido Socialdemócrata Alemán (PSDA) el que durante mucho tiempo gozó del prestigio necesario para convertirse en guía del movimiento socialista. Su programa mantenía como objetivo la realización de la revolución proletaria, pero daba una gran importancia a la lucha electoral e introducía un cierto número de reformas prácticas por las que el partido debía luchar en el terreno parlamentario: sufragio universal que incluía a las mujeres, impuesto progresivo sobre la renta, enseñanza laica, mejoras salariales, jornada laboral de ocho horas, semana inglesa, prohibición de trabajar a los niños menores de 14 años, etc. Siguiendo el modelo alemán, la década de los años ochenta conoció una gran proliferación de partidos socialistas (Bélgica, Austria, Rusia, Francia). En España, se fundó en I879 el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). La presencia socialista fue más fuerte en Madrid y entre los obreros asturianos y vascos, mientras que en Cataluña y Andalucía el anarco-sindicalismo continuaba manteniendo la hegemonía.

    El sindicalismo socialista.

    Los partidos socialistas estimularon también la creación de poderosos sindicatos obreros, que consolidaron la práctica de las negociaciones colectivas entre patronos y obreros. Recurrían poco a la huelga, pero cuando lo hacían su fuerza y capacidad de resistencia eran impresionantes. El tipo de dirigente sindical fue cambiando, y así los sindicatos liberaron a sus principales delegados y empezaron a remunerarlos.

    Los primeros sindicatos alemanes son posteriores a la creación de los partidos socialistas, ya que la Union General de los Sindicatos Alemanes fue creada en 1892. El reparto de funciones era claro: las cuestiones políticas quedaban en manos del partido y los temas laborales en las del sindicato. Muchos partidos socialistas europeos fundaron sindicatos cercanos a sus ideas políticas. Así surgió la CGL (Confederazione Generale del Lavoro) italiana, y en España se constituyó en 1888 la UGT (Union General de Trabajadores). Las peores condiciones materiales y laborales en que se hallaba la clase obrera española hicieron de la UGT un sindicato mas radicalizado que sus homólogos europeos.

    Las diferentes tendencias.

    Hacia 1890 estalló en el seno del socialismo una gran polémica en torno al carácter revolucionario o reformista de los partidos socialistas. El centro del debate fue el Partido Socialdemócrata Alemán, una fracción importante del cual, después de hacer una crítica de las doctrinas de Marx, renegó de su carácter revolucionario y defendió un programa de tipo claramente reformista.

    Diversos factores favorecieron esta polémica alrededor del reformismo. Por un lado, la misma composición interna del partido, que crecía, no sólo entre los obreros, sino también entre las clases medias, mientras iba perdiendo una buena parte del obrerismo inicial. Los dirigentes del partido se orientaban más hacia la consolidación y el refuerzo de éste que por una praxis revolucionaria que podía asustar a un sector de sus militantes y electores. Por otro, la práctica parlamentaria los había conducido a un acercamiento a los partidos burgueses, con los que habían firmado acuerdos y coaliciones y se habían ido integrando cada vez más en el sistema liberal-parlamentario. El control por parte de los socialistas de un sector importante de la administración municipal y local los llevó a una experiencia de gestión política directa que contribuyó a acentuar su pragmatismo político.

    Fue el alemán Bernstein quien estableció las bases de la postura revisionista. Basaba sus críticas en el desarrollo sin precedentes que el capitalismo había tenido a partir de 1895, hecho que desmentía algunas de las tesis de Marx sobre la creciente pauperización de la clase obrera. Consideraba que el nivel de vida del proletariado estaba mejorando y que la participación obrera en las instituciones políticas había democratizado el sistema permitiendo la consecución de reformas sociales por la vía parlamentaria. Sus teorías no fueron bien recibidas en el partido y el revisionismo fue condenado por reformista.

    El debate en torno al revisionismo hizo surgir una gran diversidad de tendencias en el socialismo marxista que a la larga conducirían a una fuerte crisis y a la división dentro del partido. La corriente más derechista, de carácter minoritario, se alineó en torno a las tesis revisionistas de Bernstein. El rechazo formal del revisionismo consolidó un sector centrista, que era el mayoritario y que estaba representado por las posiciones de Kautsky, con las que se alinearon buena parte de los socialistas europeos. Esta tendencia proponía unos objetivos generales de tipo revolucionario, pero daba preferencia a objetivos fundamentalmente reformistas. No renunciaba a la revolución, pero ésta se veía cada vez más lejana.

    A la izquierda, había también un sector minoritario, el ala revolucionaria, que criticaba los objetivos reformistas de la mayoría de los socialistas y creía en la revolución proletaria como la única vía para alcanzar el socialismo. Sus principales dirigentes fueron Rosa Luxemburgo en Alemania y Lenin en Rusia, aunque las posiciones de ambos no coincidían totalmente. La primera escisión de esta ala izquierda de los partidos socialistas se produjo en Rusia, cuando en el ano 1912 se separaron los mencheviques (socialdemócratas) v los bolcheviques (revolucionarios).

    La Segunda Internacional.

    La Segunda Internacional se fundó en París en 1889 con ocasión de los actos conmemorativos del primer centenario de la toma de la Bastilla. Se configuró como una organización que incluía exclusivamente a partidos obreros socialistas y no a diferentes tipos de organizaciones obreras, como ocurrió en la primera AIT. Además, se presentaba más homogénea ideológicamente, ya que pronto quedó establecido su carácter socialista de inspiración marxista. También a diferencia de la primera, no tuvo una tendencia tan centralizada, no había ningún Comité Central, y cada organización mantenía su autonomía; no se actuaba por órdenes, sino por consejos, que tan sólo obligaban moralmente. Lo que se pretendía era la coordinación del movimiento socialista internacional tanto a nivel teórico como pragmático.

    La incidencia de la Segunda Internacional fue también muy superior a la de la primera, ya que agrupaba a millones de trabajadores y sus debates tenían una amplia resonancia en la política y en la opinión pública. En su foro se discutían los grandes problemas de la política internacional y se daban las directrices a seguir por el socialismo mundial. Fue la Segunda Internacional la que instauró algunos de los grandes símbolos del movimiento obrero, como el himno de “La Internacional” o la fiesta reivindicativa del Primero de Mayo.

    Los grandes debates.

    Tres fueron los grandes debates que ocuparon las sesiones de la Segunda Internacional:

    a) La colaboración con los partidos burgueses y la crisis revisionista. Esta surgió a raíz de la participación de algunos socialistas en gobiernos formados mayoritariamente por partidos burgueses y también a partir de la formulación de las tesis revisionistas de Bernstein. El resultado fue la condena explícita del revisionismo y de la participación en gobiernos burgueses, aunque se admitía la entrada de un socialista en un gabinete burgués como un hecho aislado resultante de una necesidad extrema.

    b) La cuestión colonial y el imperialismo. El movimiento socialista se había manifestado desde el principio a favor de la igualdad de razas y en contra de la esclavitud. Fue en el Congreso de Stuttgart (1907) donde tuvieron lugar los debates más apasionados. En él se enfrentaron los que saludaban la idea colonizadora como elemento integrante de la meta civilizadora a la que aspiraba el socialismo (E. David), los que defendían el sistema colonial, pero criticaban la barbarie de los colonizadores (H. van Kol) y, finalmente, los que condenaban el colonialismo como una forma degradada de capitalismo (K. Kautsky). El Congreso se adhirió a la propuesta de Kautsky, que imponía a todos los partidos socialistas el deber de combatir, en todas sus formas, la explotación colonial. .

    c) El impacto de la Primera Guerra Mundial. El problema de la guerra fue el que más afectó a la Internacional, hasta el punto de que puso en duda su propia existencia. En principio, la Internacional se había mostrado pacifista y condenaba las guerras entre potencias capitalistas, considerando como un deber del proletariado el luchar para evitarlas. Ahora bien, cuando estalló la guerra mundial, la mayoría de los partidos socialistas quedaron también embargados por la ola nacionalista que recorrió Europa y la ilusión colectiva de la victoria les llevó a votar a favor de los créditos de guerra y a apoyar a los gobiernos nacionales. Los esfuerzos para impedir la guerra habían fracasado y con ellos la Internacional entraba en un impasse del que le costaría mucho salir.

    Socialistas y comunistas.

    Pero el hecho que provocó la crisis definitiva dentro del movimiento socialista fue el estallido de la Revolución Rusa en octubre de 1917. El Partido Bolchevique había podido hacer realidad las tesis revolucionarias de Lenin y conseguir el poder. Muchos partidos socialistas miraron con hostilidad a la nueva Rusia soviética, mientras que las minorías revolucionarias que había en su seno se veían reflejadas en la realidad revolucionaria.

    La escisión entre el movimiento comunista encabezado por Lenin y el movimiento socialdemócrata comenzó a hacerse realidad cuando en 1919, y por iniciativa del Partido Comunista Ruso (nuevo nombre del Partido Bolchevique), se creó una Tercera Internacional o Internacional Comunista. Esta Internacional desautorizaba a la segunda y pretendía agrupar a todos los que estuvieran de acuerdo con la dictadura bolchevique. El llamamiento internacionalista de Lenin tuvo como respuesta la escisión de muchos partidos socialistas, de los que saldrían los sectores revolucionarios para crear partidos comunistas. Es el caso, entre otros, del Partido Comunista de España, que surgió en el año 1921 como una escisión del PSOE.

    La vieja Internacional socialista tardó en reaccionar, ya que, una vez acabada la guerra, los conflictos y las divisiones en su seno persistieron. Después de tentativas diversas y dispares, los diferentes movimientos socialistas consiguieron unir sus esfuerzos y en 1923 se creó la Internacional Socialista, heredera de la Segunda Internacional, cuya existencia se prolonga hasta nuestros días. La Internacional reconstruida tuvo un carácter mucho más homogéneo, ya que su composición se limitaba a los partidos socialistas, y mantuvo su carácter reformista centrando sus esfuerzos en la coordinación de unos partidos socialistas cada vez más comprometidos con el trabajo parlamentario y la gestión de gobierno en los Estados respectivos.

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