Revolucion de 1943 en Argentina

Antecedentes Nacionales. Causas Internacionales. Causas Nacionales. Revolución. Perón. Nacionalismo Católico

  • Enviado por: Romi
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 31 páginas
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INTRODUCCIÓN:

Los golpes de Estado se producen en un tiempo irreversible, en condiciones sociales políticas, económicas, culturales distintas; son sucesos singulares e irrepetibles. Pero, a la vez, todos los golpes tienen elementos en común, analogías, constantes, invariantes, que permiten establecer una idea general, un modelo teórico y relaciones entre ellos mismos, generando combinaciones de universalidad y particularidad, continuidad y discontinuidad, estructura y coyuntura, necesidad y contingencia.

Por ejemplo, un rasgo común en todos los golpes de Estado fue el apoyo civil, no solamente de las clases dominantes, sino también de los amplios sectores de clase media y en muchos casos de clase obrera o, por lo menos, de sus dirigentes sindicales. Todas las dictaduras fueron legalizadas por el Poder Judicial, contaron con la bendición de la Iglesia, la ayuda económica de las agrupaciones empresarias y el elogio del periodismo. De pronto, la Plaza de Mayo llena se transformó en un símbolo de los gobiernos populares que fue compartida también por los dictadores mostrando el apoyo sostenido por las masas.

Cronológicamente, es acertado considerar al golpe de Estado de 1930 como la primera vez que las fuerzas armadas tomaban el poder político a su cargo. Sin embargo, la historia de los golpes de Estado en Argentina debería iniciarse con la Revolución del 43, pues éste fue el primero de carácter estrictamente militar, con escasa intervención civil -que llegaría después- y realizado por militares en actividad, conocida por tal motivo, también como “la Revolución de los Coroneles”. No obstante, debido a que la dictadura del 1943 fue un fracaso relativo en el sentido que terminó con el ascenso de uno de sus factótum, como ocurrió con la ascensión del peronismo. Por tal motivo, se enfatiza la importancia en el golpe de 1930, olvidando al de 1943; el cual, en realidad, fue aquel que se desencadenó en una etapa histórica caótica donde la Segunda Guerra Mundial, las consecuencias de la crisis económica provocada por la caída de la bolsa de Wall Street en 1929 junto con otras causas internas habituaron un ambiente hostil que tuvo que manejar Castillo y terminaron por destituirlo de su puesto dándole lugar al gobierno de facto que intentó arreglar esa compleja situación.

Para analizar el Golpe de Estado de 1943 es necesario comenzar a tratar desde años anteriores a la fecha, abriendo el tema con el asumo de la presidencia de Ortiz, hasta el intervencionismo militar. Luego del golpe, el tema se torna a la descripción de los orígenes del Peronismo.

ANTECEDENTES DEL GOLPE DE ESTADO DE 1943

Afirmando el régimen conservador durante la presidencia de Justo, éste buscó cuidadosamente como su sucesor a un integrante del elenco de la Concordancia. Finalmente, la elección recayó en Roberto Marcelino Ortiz (1886-1942). El elegido era un dirigente porteño, de 51 años, radical antiperonista, que había integrado el gabinete de Alvear y luego, durante la presidencia de Justo, se desempeñó como ministro de Hacienda, en reemplazo de Federico Pinedo. Además, estaba muy bien relacionado con importantes empresas extranjeras, a las que había brindado sus servicios de eficaz representante legal.

Desde un primer momento, Ortiz, recibido de abogado muy joven, integró las filas del grupo azul o galerita -los futuros antiperonistas- dentro del radicalismo.

La elección de Ortiz como candidato demostraba, una vez más, que el presidente Justo se hallaba más cómodo con los políticos provenientes del antipersonalismo antes que con los conservadores tradicionales. A estos últimos debió hacerles la concesión de ubicar al catamarqueño Ramón S. Castillo (1873-1944) en el segundo lugar de la fórmula presidencial.

Banquete polémico

Ortiz no tenía una relación cordial con el futuro vicepresidente; sumado a esto tuvo que sobrellevar, y desde la campaña, el problema de su delicada salud.

Para 1937, estaba decidida ya la fórmula oficialista de Roberto Marcelino Ortiz-Ramón Castillo. Pero no fue bien vista la forma en que se lanzó al ruedo, por primera vez, la candidatura de Ortiz. Esto se hizo durante el banquete anual de la Cámara de Comercio Británica.

Frente a la imbatible fórmula (por el fraude que se preveía), se ubicaba la candidatura radical, integrada por el binomio Marcelo Torcuato de Alvear- Enrique de las Mercedes Mosca.

En septiembre de 1937 se realizaron los comicios, especialmente violentos e irregulares en la provincia de Buenos Aires, donde la maquinaria del fraude estaba muy bien aceitada.

El triunfo de los candidatos oficialistas fue rotundo. Tanto como la indignación por el fraude cometido contra Alvear, un candidato muy moderado, que no podía asustar ni preocupar a los conservadores.

Roberto M. Ortiz, incómodo con la fuente y la naturaleza de su poder, se desempeño desde el primer momento de su presidencia (1938- 1942) en modificar ese pecado de origen. Esto se hizo evidente ya desde su asunción a la presidencia, el 20 de febrero de 1938.

Ortiz comenzó a dar, ya en el gobierno, pasos firmes hacia la restauración de la confianza política. Se aproximó y tanteó al conductor natural del radicalismo, Marcelo T. de Alvear, y a la vez presionó (en noviembre de 1939) a las autoridades de la provincia de Catamarca (provincia de la que era oriundo el vicepresidente), donde se habían producido serias irregularidades en los comicios.

Comicios escandalosos

La decisión de Ortiz de intervenir la provincia de Buenos Aires, donde en los comicios de febrero de 1940 se había impuesto Alberto Barceló como gobernador, lo llevaría a enfrentarse directamente por un congreso dominado por una mayoría perteneciente a los sectores conservadores de la Concordancia. El 8 de marzo de ese año, de todos modos, el presidente intervino la provincia de Buenos Aires impidiendo así el traspaso del mando de Fresco a Barceló.

En su proceso de restauración de las normas democráticas elementales, Ortiz se fue acercando al radicalismo, conducido en ese tiempo por Alvear. Pronto, la prensa partidaria empezó a comparar al presidente con Roque Sáenz Peña, quien también había llegado al poder con elecciones fraudulentas, para desmontar desde él, pieza por pieza, un sistema político corrupto.

Todas estas eran señales claras que la oposición entendió muy bien, acelerándose febrilmente la vida política en todos los distritos electorales.

La restauración democrática preanunciada, desgraciadamente, debió dejarse para otra oportunidad. La enfermedad del presidente Ortiz pasó a ocupar el centro de todas las especulaciones.

El mandatario padecía de diabetes e hipertensión, y su salud se deterioró rápidamente; un desprendimiento de retina disminuyó notablemente su visión.

Así, el presidente se vio obligado a recurrir al congreso (donde estaban los fuertes opositores políticos) para obtener sus retirados pedidos de licencia, lo que dio lugar a una serie de interminables intrigas y retacios ante lo solicitado por un mandatario que, a pesar de su deteriorada salud, no quería perder el timón del Estado.

Además, su relación con el vicepresidente Castillo no había mejorado y se profundizaba la desconfianza.

Así, en febrero de 1941, desde su domicilio, Ortiz hizo una firme declaración sobre la actualidad política, que en realidad, era una condena de la gestión del vicepresidente y de la vuelta del fraude. Así, respondió al irregular proceso de las elecciones santafesinas, realizadas en diciembre de 1940, a la que pronto que sumaron los comicios de Mendoza, igualmente fraudulentos.

El 3 de julio de 1940, Ortiz, gravemente enfermó y muy a pesar suyo, debió delegar el mando en su vicepresidente, Ramón S. Castillo.

Este jurista y docente catamarqueño era un férreo conservador. Por ello había sido impuesto como compañero de fórmula de Ortiz en los comicios de 1937, en lugar de un conservador más moderado como Miguel Angel Carcano.

Llegaba a la presidencia distanciado notoriamente del presidente Ortiz ya desde 1939.

El 27 de junio de 1942, Ortiz renunció. Pocos días después, murió el 15 de julio. Con su fallecimiento, una fugaz ilusión de la vuelta a las elecciones democráticas llegaba a su fin.

EL GOBIERNO DE CASTILLO

El gobierno del doctor Castillo duró tres años, desde 1941 hasta 1943. Uno de sus principales logros fue la creación de la marina mercante nacional, compuesta por dieciséis barcos italianos surtos en puertos argentinos y algunos daneses, alemanes y franceses, todos refugiados al estallar la Segunda Guerra Mundial, en 1939. También negoció la nacionalización del puerto de Rosario. El entonces ministro de Obras Públicas, doctor Salvador Oría, fue el autor de la recuperación de dicho puerto, desarrollando el concepto fundamental sobre la política de la recuperación.

Castillo aumentó el impuesto a los réditos y a las ganancias excesivas. En materia de política exterior, defendió la neutralidad argentina frente al conflicto mundial, principalmente en el III Congreso de Cancilleres Americanos, reunido en Río de Janeiro en el mes de enero de 1942. En él se afianzó el sistema de consulta entre los estados americanos y se recomendó la ruptura de las relaciones diplomáticas con Japón, Alemania e Italia; se determinó que, según la posición y situación especial de cada estado, no debía considerarse como beligerante a ningún estado americano que se encontrase en conflicto armado con otro no americano, y se estableció la creación del Comité de Defensa Continental. Estas resoluciones fueron aprobadas unánimemente por las delegaciones asistentes.

Durante el período presidencial, Ramón S. Castillo debió enfrentar una grave crisis económica, derivada del conflicto bélico en Europa, y una gran tensión política. En el país había dos fuertes tendencias, una a favor de los aliados, que quería que la Argentina participara en la guerra contra el Tercer Reich, y la otra, favorable a Alemania, que exigía la neutralidad del país.

RUMBO A la revolución

Causas internacionales:

La Segunda Guerra Mundial

El primer impacto se produjo sobre las relaciones comerciales con Gran Bretaña y Estados Unidos. El progresivo cierre de los mercados europeos redujo drásticamente las exportaciones agrícolas, pero en cambio aumentaron las ventas de carne a Gran Bretaña tanto enfriada como congelada. A la vez disminuyeron las exportaciones de origen británico, de manera que Argentina empezó a tener un importante saldo a favor respecto al Reino Unido. En 1939, un acuerdo entre el Banco Central y el Banco de Inglaterra estableció que las libras permanecerían bloqueadas en Londres durante la contienda, y que concluida esta, se aplicaría a saldar las deudas por compras de productos británicos o a repatriar títulos de la deuda. En otras palabras, el gobierno inglés no podía recaudar el capital suficiente para mantener las relaciones comerciales anteriores debido a que este era destinado a la producción de armas y suministros para la Gran Guerra. Al perder a una potencia exportadora e importadora, Argentina tuvo que cambiar su plan económico que consistía en una economía agroexportadora por una que comprendería un periodo que seria llamado “sustitución de exportaciones”.

En efecto, se abrió una nueva etapa para la economía Argentina, que consistió en reemplazar con producción nacional algunos bienes industriales. Este proceso fue acompañado de una creciente inversión de capitales, especialmente de origen norteamericano, que complementó los de origen británico.

Entre 1930 y afines de 1940, las industrias que mas crecieron fueron la textil, la alimenticia, las de bebidas y tabaco. También se destacaron las industrias mecánicas (productos metálicos y ensamblajes en la industria automotriz), y químicas (pinturas, barnices, perfumería), y la fabricación de cauchos para neumáticos, así como la de discos, radios, heladeras, alambres, baterías, cables y lámparas.

Debe aclararse que el causante del cambio de modelo económico argentino fue la gran crisis económica de 1930 que permitió a la Argentina a incrementar y desarrollar su producción industrial. Sin embargo, las maquinarias para la fabricación de manufacturas continuaron siendo importadas al igual que los insumos básicos y los combustibles. Por lo tanto, esta dependencia externa volvía vulnerable la producción industrial nacional porque cualquier conflicto internacional o cualquier cambio en las economías de los países centrales afectaban directamente su desenvolvimiento; situación que viviría el país austral durante la Segunda Guerra Mundial. Por otra parte, el estancamiento tecnológico y la infraestructura insuficiente constituía un obstáculo para el aumento de la productividad en el sector: muchos de los productos que se fabrican eran copias de diseños extranjeros ya perimidos.

Como anteriormente se ha dicho, la Segunda Guerra Mundial tuvo consecuencias significativas para la producción industrial argentina. Por ejemplo, se complicaron las importaciones de combustibles, lo que llevó a buscar otras formas de producción energética (leña, carbón de leña, quema de cereales). Esto coincidió con el agotamiento de los insumos disponibles para continuar con la producción industrial, por lo que se apeló, entre otros recursos, al reciclaje de materiales. La importación de maquinaria y equipos se volvió dificultosa, y se usaron herramientas obsoletas que no permitían aumentar la productividad.

Un factor que contribuyó con la expansión industrial fue el impulso dado a las industrias militares. Los conflictos bélicos internacionales alentaron a algunos militares, como el coronel Manuel Savio, a crear industrias básicas como la siderurgia y a fabricar materiales de guerra. Así, cobró importancia la idea de transformar a la Argentina en un país autosuficiente en materia de desarrollo industrial. Pero la neutralidad política adoptada por Argentina frente a los dos bandos que se disputaban el control mundial provocó el desamparo de Estados Unidos en la economía porteña. Al no tener protección alguna proveniente de una potencia extranjera, Argentina cayó en una nueva crisis económica que afectó la presidencia de Castillo, que a su vez postulaba a un candidato proaliado que ansiaba concentrarse en el apoyo activo a Gran Bretaña y Estados Unidos con la finalidad de participar en la confrontación bélica.

Sin embargo, las fuerzas militares estaban en desacuerdo con esta posición que incrementaría la crisis nacional. Para evitar, entonces la participación de nuestro país en la Guerra Mundial y mantener la neutralidad política se llevó acabo un golpe de Estado que es conocido como la Revolución del 43.

Según M. Rapoport, en los años inmediatos a 1943, el Estado fue desarrollando una progresiva tendencia a asumir la función de regularizador de las relaciones obrero- patronales. La negociación colectiva entre las partes, que se desarrollaban en el terreno privado, pasó a ser un ámbito de mediación y regulación a cargo del Estado. En correspondencia con el intervensionismo económico, hacia mediados de la década, comenzaron a desenvolverse formas de intervensionismo social. La complejidad que acompañó la industrialización sustitutiva determinó la necesidad de articular los diferentes intereses sociales, cuya conflictividad podía afectar la producción. El movimiento obrero fue seriamente afectado por el golpe de Estado de 1943. El nuevo gobierno combinó las medidas represivas con algunas disposiciones tendientes a mejorar la situación social de los trabajadores. (…) La oportunidad para el cambio se presentó con la primera crisis del gobierno militar, en 1943. Entonces fue designado al frente del Departamento Nacional de Trabajo el Coronel Perón. Con un proyecto distinto de sus camaradas de armas comenzó a implementar una política mucho más hábil y flexible en el terreno laboral.

En noviembre de 1940 Pinedo, designado Ministro de Hacienda por Castillo, formuló una evaluación lúcida del nuevo escenario económico-político y una propuesta audaz y desprejuiciada. Su Plan de Reactivación Económica proponía, como salida a las dificultades generadas por la guerra, insistir en la compra de las cosechas por parte del Estado, para sostener su precio y a la vez estimular la construcción, pública y privada, capaz de movilizar muchas otras actividades; sobre todo, recalcaba la importancia de estimular la industria. De esta manera, Pinedo advertía el problema de una economía excesivamente cerrada en si misma y proponía estimular las industrias que elaboraran materias primas locales y pudieran exportar a los países vecinos y a Estados Unidos. Por esa vía, a largo plazo, la Argentina habría de solucionar un déficit comercial con el país del Norte, que sin duda se haría mas gravoso a medida que fuera creciendo el sector industrial y aumentará la demanda de maquinas, repuestos o combustibles. Se trataba de una operación compleja, que modificaba los términos de la relación triangular, proponiendo una vinculación estrecha con EEUU, e incluso apuntaba a una inserción sustancialmente distinta de la Argentina en la economía mundial. Requería de una firme orientación por parte del Estado y de un desarrollo mayor de sus instrumentos de intervención. El Estado debía movilizar el crédito privado orientándolo hacia inversiones de largo plazo, entre ellas las industriales. Las exportaciones de productos manufacturados se beneficiarían con sistemas de reintegros, leyes contra el dumping y una intensa promoción del intercambio. El proyecto fue aprobado por el Senado, con mayoría oficialista, pero la Cámara de Diputados no lo trató, como señaló J.J. Llach, y fue fracaso fue político antes que económico. Los radicales, que eran la mayoría y no tenían objeciones de fondo a la propuesta -incluso retomaron luego partes de ésta-, habían decidido bloquear cualquier proyecto oficial con una forma de repudio a la nueva orientación fraudulenta del gobierno de Castillo. Pinedo intentó solucionar el problema entrevistándose con Alvear, pero no logró convencer al jefe radical e incluso debió renunciar. El “bloque democrático”, que reclamaba un compromiso diplomático mas estrecho con EEUU, no advirtió las ventajas de este plan, que suponían la clausura del férreo bilatelarismo con Gran Bretaña. Tal situación revela lo confusos que por entonces eran los alineamientos.

Los argentinos y la guerra

La vida cotidiana de los argentinos se vio afectada por el conflicto bélico desde un comienzo. Los especuladores y agiotistas lucraban con la carestía y escasez de muchos bienes. El precio de productos básicos, como el azúcar, trepó en forma vertiginosa.

El gobierno de Ortiz debió recurrir al expediente de los precios máximos y al allanamiento de los locales comerciales que no los respetaban. A los comerciantes se les obligó a eximir en sus negocios los precios en un lugar bien visible.

Se redujeron las importaciones y los embarques de petróleo llegaron a la mitad. Como no había carbón para mover los trenes, se debió quemar quebracho y hasta maíz. A pesar de que YPF logró duplicar la producción de Comodoro Rivadavia, en petróleo faltante fue reemplazado por linaza.

Escaseaban neumáticos y repuestos de automóviles. El ingenio criollo buscó soluciones desesperadas, y se armaron piezas de la nada. Los colectivos llegaron a circular con ruedas de hierro sobre los rieles de los tranvías. Se establecieron horarios de emergencia para los trenes y se limitó hasta las 22:00 el encendido de los carteles luminosos del centro.

Aspecto político: Eligiendo un bando

La otra dimensión del triángulo -la diplomática- marchaba por carriles diferentes. Desde 1932, con Roosevelt EEUU había modificado sustancialmente su política exterior, al menos en sus formas: la clásica del “garrote” fue reemplazada por la de la “buena vecindad”: EEUU aspiraba a estrechar las relaciones bilaterales, y en el marco del panamericanismo a alinear detrás de si al “hemisferio”. Esto era particularmente difícil con Argentina: el comercio bilateral -vieja aspiración de los productores rurales argentinos- estaba obstaculizado por la oposición del llamado “farm block”, es decir, los intereses agrarios competidores de la Argentina. La subordinación era igualmente difícil de aceptar para un país que todavía aspiraba a una posición dependiente y hasta hegemónica en el cono sur, y que tradicionalmente se había opuesto a la dirección norteamericana, contraponiendo a la fórmula “América para los americanos”, del presidente Monroe, la de “América para la humanidad” es decir, estrechamente vinculada con Europa.

Los gobernantes de la década del treinta persistieron en el segundo tradicional, y las sucesivas conferencias panamericanas hicieron todo lo posible para poner obstáculos al alineamiento.

La guerra mundial que se desencadenó en septiembre de 1939 cambió gradualmente el panorama político, reacomodó los distintos grupos internos sobre todo acercando a los radicales conservadores de manera que planteó nuevas opciones. En los años iniciales de la guerra los alineamientos fueron confusos y contradictorios que mas tarde provocaría una separación ideológica en argentina separando a los pro-aliados de los pro-fascistas.

La neutralidad en caso de guerra europea también era una tradición Argentina. Su adicción en 1941 -una medida lógica, pues permitía seguir comerciando con los tradicionales clientes - no fue objetada por Estados Unidos que propuso precisamente esa política común en la reunión de cancilleres en Panamá de 1939. Por entonces, el gobierno de Ortiz procuraba acercarse a Estados Unidos en el contesto de su política democratizadora, y lo mismo hizo el canciller de Castillo, Julio A. Roca, que acompañó la gestión de Pinedo. Pero progresivamente la guerra se impuso en las discusiones internas y empezó a revivir los agrupamientos de la opinión que asociaban el apoyo a los aliados con la reivindicación de la democracia y al ataque al gobierno. En junio de 1940 se constituyó la Acción Argentina, dedicada a denunciar las actividades de los nazis en el país y la injerencia de la embajada alemana. En ella participaron radicales, socialistas, muchos intelectuales independientes y muchos conspicuos miembros de la oligarquía conservadora. Acción Argentina se diferenciaba del antiguo Frente Popular por la presencia de estos recientes conversos a los valores de la democracia, lo que reflejaba las perplejidades y divisiones de quienes hasta entonces habían apoyado al gobierno de la Concordancia. También, por dos ausencias conspicuas: el partido Comunista, que a consecuencia del pacto Hitler-Stalin había optado por denunciar por igual ambos imperialismos, y el grupo de radicales opositores a la conducción de Alvear, entre quienes descollaban los militares de Forja, muy activos en denunciar, al igual que los comunistas, el carácter interimperialista de la guerra.

El panorama cambio sustancialmente de la segunda mitad de 1941. En junio Hitler invadió la Unión Soviética y en diciembre, los japoneses atacaron a los norteamericanos; Estados Unidos entró en la guerra y procuró forzar a los países americanos a acompañarlo. En enero de 1942 se reunió en Río de Janeiro la Conferencia Consultiva de Cancilleres, y nuevamente la oposición argentina frustró los planes norteamericanos: la decisión de que todos los países del hemisferio entraran en guerra fue cambiada por una simple “recomendación” debido a la férrea oposición del canciller argentino Enrique Ruiz Guiñazu, que había reemplazado a Roca. Para Estados Unidos estaban en juego intereses específicos, pero sobre todo una cuestión de prestigio, y respondió con fuertes represalias: la Argentina fue excluida del programa de rearme de sus aliados en la guerra -mientras Brasil era particularmente beneficiado- y los grupos demográficos, opositores al gobierno, empezaron a recibir fuerte apoyo de la embajada.

El frente que se agrupaba en torno a las consignas democráticas empezó crecer, engrosado ahora por los comunistas -nuevamente partidarios de combatir al nazifascismo- y por conspicuos conservadores, como Pinedo y el general Justo, a quienes la opción entre el fascismo y la democracia los llevaba a alinearse con sus antiguos adversarios. La Comisión de Investigación de Actividades Antiargentinas, creada por la Cámara de Diputados, se dedicó a denunciar la infiltración nazi, y en una serie de actos públicos se proclamó simultáneamente la solidaridad con Estados Unidos y la oposición al fraude. En esa caracterización de amigos y enemigos, ciertamente simplificadora, predominaban las necesidades retóricas y políticas. El gobierno de Castillo no necesitaba simpatizar con los nazis -un adjetivo aplicado con amplitud- para aferrarse a la neutralidad. Bastaba con mantener la continuidad de una tradición política del Estado-otrora sostenida por Yrigoyen- y sumarle alguna lealtad a los tradicionales socios británicos, que veían con alarma como, con motivo de la guerra, Estados Unidos avanzaba sobre sus últimos baluartes. Pero había, además, una razón política clara: los rupturistas, que asumían la bandera democrática, condenaban simultáneamente al gobierno fraudulento; quienes se mantenían fieles a él -y resistían la transacción que proponían otros, como Pinedo o Justo -encontraban en el neutralismo una buena bandera para cerrar filas y enfrentar a sus enemigos. Estos eran cada vez más entre los políticos, por lo que Castillo optó por buscar apoyo entre los militares.

Castillo seguía aquí la tradición de sus antecesores. Justo cultivó a los militares, aumentó los efectivos bajo bandera, construyó notables edificios, como el Ministerio de Guerra, que eclipsaba a la mismísima Casa Rosada, pero a la vez se propuso despolitizar la institución, acallar la discusión interna y mantener el equilibrio entre las distintas facciones. Sobre todo, logró mantener el control de los mandos superiores, lo que obligó a sus sucesores a apoyarse en los hombres de Justo. Ortiz encontró un ministro fiel en el general Márquez, quien fue derribado por un escándalo -sobre la compra de tierras en el Palomar- que tenía como destinatario final a su presidente. Castillo a su vez debió designar ministro de Guerra a otro de justicia, el general Tonázzi, pero se dedicó a cultivar a los jefes y a colocar progresivamente en los mandos enemigos del ex presidente. Bajo su gobierno se crearon la Dirección General de Fabricaciones Militares -cuyo primer director fue el coronel Savio - y el Instituto Geográfico Militar, impulsando así el avance de las Fuerzas Armadas sobre terrenos más amplios que los específicos. Durante su gobierno, la presencia de los militares fue cada vez más visible, así como la sensibilidad del presidente a las opiniones y presiones de los jefes militares. Rápidamente, las Fuerzas Armadas se constituyeron en un actor político.

Un elemento central del nuevo perfil militar fue el desarrollo de una conciencia nacionalista. El terreno había sido preparado por el nacionalismo uriburista, difundido por un grupo minoritario pero activo, de dentro y fuera de la institución. Era este un nacionalismo tradicional, antiliberal, xenófobo y jerárquico. La guerra cambió las preocupaciones. Predominaba en el Ejército, tradicionalmente influido por el germanismo, un neutralismo visceral. Pero además veían que el equilibrio regional tradicional se alteraba por el apoyo de Estados Unidos a Brasil y la exclusión de la Argentina de los programas de rearme. La solución debió buscarse en el propio país, y así la guerra estimuló preocupaciones de tipo económico, pues la defensa requería de equipamiento industrial, y este de insumos básicos. Desde mediados de la década el Ejército había ido montando distintas fábricas de armamentos. Desde 1941, y a través de la Dirección de Fabricaciones Militares, se dedicó a promover industrias, como la del acero, que juzgaban tan “natural” como la alimentaría, e indispensable para garantizar la autarquía.

Los militares fueron encadenando las preocupaciones estratégicas con las instituciones y políticas. La guerra demandaba movilización industrial y ésta, a su vez, un Estado activo y eficiente, capaz e unificar la voluntad nacional. Los ejemplos de Italia y Alemania lo demostraban fehacientemente, y así lo repetían los periódicos apoyados por la embajada alemana, como el Pampero o Crisol. También era importante el papel del Estado en una sociedad que seguramente seria acosada en la posguerra por agudos conflictos: la preconstitución del Frente popular, las banderas rojas en los mítines obreros y la presencia en las calles del Partido Comunista parecían signos ominosos de ese futuro, y para enfrentarlo se requería orden y paz social. Ese ideal de Estado legitimo y Fuerte, capaz de capear las tormentas de la guerra y la posguerra, poco se parecía al gobierno tambaleante y radicalmente ilegitimo del doctor Castillo. Ya desde 1941 hubo militares que empezaron a conspirar, mientras otros empujaban a Castillo por la senda del autoritarismo. Desde diciembre de 1942, cuando renuncio el ministro Tonázzi, la deliberación se extendió en el Ejército.

Esa difusa pero pujante sensibilidad nacional no se limitaba al Ejército. Más que de una idea definida y precisa, se trataba de un conjunto de sentimientos, actitudes e ideas esbozados, presentes en vastos sectores de la sociedad. Si de ellos no podía deducirse una ideología en sentido estricto -pues cabían posiciones divergentes y hasta antagónicas-, revelaron una gran capacidad, atribuible en parte al empeño de los militantes de algunas de sus tendencias parciales más definidas, para disolver antiguas polarizaciones y crear otras. Así, cuando todo parecía conducir al triunfo del Frente Popular, un “frente nacional” se comenzó a dibujar como alternativa.

Las raíces de ese sentimiento nacional eran antiguas, pero en tiempos mas recientes las habían abonado las corrientes europeas antiliberantes, de Maurras a Mussollini, y con ellas había empalmado una iglesia católica fortalecida en el integrismo. Sobre esta base había operado el nuevo nacionalismo antibritánico. Al libro inicial de los Irazusta siguieron el de Scalabrini Ortiz sobre los ferrocarriles, en general toda la predica del grupo Forja. En esta nueva inflexión, los enemigos de la nacionalidad no eran ni los inmigrantes, ni la “chusma democrática”, ni los “rojos” si no Gran Bretaña y la oligarquía “entreguista”. Este antiimperialismo resultó un arma retórica y política formidable, capaz de convocar apoyos a derecha e izquierda, como lo demostró en 1935 Lisandro de la Torre: la consigna antiimperialista empezó a ser frecuente en los discursos de políticos radicales o socialistas, como Alfredo Palacios, de dirigentes sindicales y de intelectuales, que empezaron a encarar desde esa perspectiva el análisis de los problemas nacionales y muy particularmente los económicos.

La preocupación por lo nacional se manifestó, finalmente, en intelectuales y escritores. Tres notables ensayos expresaron expresiones profundas sobre el “ser nacional” y dieron el marco a una amplia reflexión colectiva.

La fuerza de esta corriente nacional, que en caso de la guerra se inclinaba por el neutralismo tardo en manifestarse. De momento, el grupo de los partidarios de la ruptura con el Eje iba ganando nuevos adeptos, especialmente entre los grupos conservadores. Sin embargo, en pocos meses los principales dirigentes del bloque democrático murieron: en marzo de 1942, Alvear; en los meses siguientes, el ex -presidente Ortiz y el ex vicepresidente Roca, y en enero de 1943, Agustín P. Justo, quien se perfilaba como el más firme candidato a encabezar una fórmula de acuerdo con los radicales. Encontrar candidatos no era fácil, y a la vez la posible victoria electoral parecía más que dudosa, a medida que el gobierno retornaba sin empacho a las practicas fraudulentas: a fines de 1941 el conservador Rodolfo Moreno gano en la provincia de Buenos Aires y al año siguiente la Concordancia triunfo en las elecciones legislativas. Poco antes, Castillo había clausurado el Consejo Deliberante y establecido el estado de sitio, e ignoraba obstenciblemente a la Cámara de Diputados. No obstante, la Concordancia enfrentaba el grave problema de la elección de su candidato. Castillo se inclinó finalmente por el senador Robustiano Patrón Costas, poderoso empresario azucarero salteño y figura destacada del Partido Demócrata Nacional, en una opción de sentido discutido, que muchos interpretaron como un seguro cambio de rumbo en la futura política exterior y que dividió aun más a sus partidarios.

Las dos alianzas políticas, que se sentían débiles, empezaron a cultivar a los jefes militares, esperando que las Fuerzas Armadas ayudaran a desequilibrar una situación trabada y a fortalecer un régimen institucional cada vez más débil. Cultivando a los militares, Castillo contribuyó a debilitarlo. Los radicales, por su parte, se sumaron al nuevo juego y especularon con la candidatura del nuevo ministro de Guerra, el General Pedro Pablo Ramírez. Por su parte, los jefes militares discutieron casi abiertamente todas las opciones, y aparecieron grupos golpistas de diversa índole y tendencias, entre los cuales se destacó una logia, el Grupo de Oficiales Unidos, que reunía algunos coroneles y otros oficiales de menor graduación. Muchos apostaban a la ruptura del orden institucional, sin que se perfilara el sujeto de la acción. Esta finalmente se desencadenó cuando Castillo pidió la renuncia al ministro Ramírez. El 4 de junio de 1943 el Ejército depuso al presidente e interrumpió el orden constitucional, antes aun de haber definido el programa del golpe, y ni siquiera la figura misma que la encabezaría.

Causas nacionales

Corrupción en el Consejo (*)

En 1941, Castillo disolvió el Consejo Deliberante porteño por denuncias de corrupción contra los concejales. En ese mismo año declaró el Estado de Sitio. Mientras tanto la neutralidad argentina en la guerra se mantuvo aunque crecieron las denuncias de connivencia con el Eje.

Se hizo evidente, por aquel tiempo, que las actividades de los nazis en el país, hábilmente impulsadas por el embajador alemán von Termann, no se limitaban a la infiltración política y cultural, sino que incluían, también, actividades de espionaje y penetración financiera en distintas áreas de la economía argentina. La diversas denuncias realizadas por legisladores y periodistas parecían confirmar las que llegaban desde los Estados Unidos y Gran Bretaña acerca de la impunidad con que los agentes alemanes se movían en la Argentina.

El FBI, incluso, llegó a considerar por esa época que Buenos Aires y Río de Janeiro eran las ciudades más peligrosas para el trabajo de sus agentes.

La negativa argentina a apartarse de la neutralidad generó ciertas reacciones en los círculos oficiales estadounidenses y británicos. El país debería, tarde o temprano, pagar un precio por su actitud.

Mientras, Castillo tomó decisiones importantes para el futuro del país como la organización de la flota mercante nacional. Esta se formó con barcos mercantes que se encontraban en el puerto de Buenos Aires, a donde habían buscado refugio para no caer en poder de la escuadra británica.

La medida respondía a la falta de transporte marítimo y de bodegas para la exportación de nuestra producción agropecuaria, tal como había ocurrido en la contienda anterior.

También tuvo consecuencias muy importantes la creación de la Dirección General de Fabricaciones Militares, cuyo primer director fue el coronel Manuel Savio. Fabricaciones militares, con el tiempo, se convertiría en un polo de desarrollo tecnológico e industrial para el país.

A esto se sumaba la organización del Instituto Geográfico Militar, otro organismo destinado a tener una fructuosa trayectoria.

El fallecimiento, en esos años, de las dos principales figuras políticas (Alvear en 1942, Agustín P. Justo al año siguiente) pareció dejarle a Castillo cierta libertad de maniobra. Una libertad que lo llevaría, sin embargo, a cometer un grueso error de cálculo político.

Conspiraciones paralelas

La diversidad ideológica que caracterizaba al grupo revolucionario de oficiales era producto, en primer lugar, de la existencia previa de varias conspiraciones paralelas. Por su parte, actuaba el GOU, el Grupo de Oficiales Unidos, neutralistras a ultranza y admiradores de las experiencias derechistas europeas; por otra también complotaba un conjunto de jefes de Campo de Mayo, incluido el de la guarnición, el proaliado coronel Elbio Anaya; el general Alturo Rawson Urdia un tercer complot de generales y admirantes al parecer dispuestos a que la Argentina rompiese relaciones con el Eje.

La improvisación que caracterizó el desenlace del golpe respondió a la misma causa. Algunos miembros del GOU venían desplegando, efectivamente, intensos contactos con dirigentes políticos opositores al gobierno y, en el caso del teniente coronel Enrique González uno de los miembros mas activos, con un grupo de radicales de la provincia de Buenos Aires. De estos últimos, partió la idea de promover, en oposición a la oficial, la candidatura presidencial del ministro de Guerra, general Pedro Pablo Ramírez. Este no aceptó el ofrecimiento, pero tampoco lo rechazo.

Cuando Castillo al tanto de la situación, se dispuso a revelar a Ramírez los acontecimientos se precipitaron. El cuerpo de oficiales creyó que este era el momento decisivo.

Ramírez sugerir a González buscar un general de prestigio para encabezar el movimiento. Allí entro nuevamente en escena Rawson, que, en apariencia ocultó sus propias actividades sediciosas y creyó entender, además, que se le ofrecía la presidencia del gobierno militar.

El papel del GOU

Pero era imprescindible contar con el apoyo de unidades de combate de las que hasta el momento se carecían. El GOU estaba particularmente desguarnecido en este aspecto, pues sólo el coronel Emilio Ramírez tenía mando de tropas. La solución fue acudir a la guarnición de Campo de Mayo efectivamente se conspiraba desde hace tiempo.

El golpe del 4 de junio no fue, pues el resultado de la acción exclusiva de un sector del ejército, como tampoco de la logia militar secreta -el GOU- que más tarde se atribuyó su paternidad, sino del acuerdo de circunstancias establecido de apuro por las diferentes líneas en un contexto de generalizar una oposición al gobierno.

Constituido en marzo de 1943, fue inicialmente un grupo de enlace informal entre jóvenes oficiales superiores que aspiraban a recuperar al país de un proceso de corrupción cuyo desenlace era -en su visión apocalíptica- el triunfo del comunismo. Los oficiales de GOU cuestionaban la estructura de los partidos políticos y las bases liberales de la sociedad argentina. Opuestos a la participación de la Argentina en la guerra y en principio a cualquier tipo de gobierno popular, los oficiales de la logia concebían la nueva Argentina solo a partir de la instauración de un régimen militar fuerte.

Tomados de sorpresa por los acontecimientos que se han relatado en plena tarea de organización y de reclutación, ajenos en buena parte a las decisiones de último momento que llevaron al golpe (sólo dos oficiales pertenecientes al GOU participaron de la reunión del 3 de junio en Campo de Mayo), los confabulados se dispusieron, sin embargo, a recuperar rápidamente el terreno perdido, a copar el movimiento revolucionario y a darle una nueva imagen y un nuevo contenido.

Perón -afirma Alain Rouquié- fue uno de los que exageró por todos los medios la participación de la logia en la asonada cuya autoridad reivindicaron como exclusivas.

Revolución del 43

El GOU y la revolución del 4 de junio de 1943

La atmósfera de la crisis de la segunda guerra mundial había generado también en Argentina, el desequilibrio estratégico en América del Sur provocado por la ayuda que los Estados Unidos prestaba al Brasil, el avance de los sectores nacionalistas en las filas castrenses, el desprestigio que sufrían tanto el gobierno conservador como el sistema de partidos en general, las incitaciones a la acción que, desde el oficialismo o desde la oposición, buscaban en las Fuerzas Armadas un instrumento para mantenerse en el poder o para recuperarlo, todo parecía confluir para que el ejercito retomara en 1943 el papel protagónico que había inaugurado en 1930.

Cuando el 4 de junio las tropas de la guarnición de Campo de Mayo derrocaron al presidente Ramón S. Castillo. La sociedad argentina ignoraba cuales eran los planes y las ideas de los oficiales revolucionarios.

Entre estos podían distinguirse, en pero, dos tendencias que habían luchado por el control ideológico y operativo el Ejército desde 1930 y que ahora coincidía en un objetivo común:

  • Acabar por la fuerza con el gobierno y eliminar la candidatura del dirigente conservador Robustiano Patrón Costas, impuesta por Castillo con el estilo autoritario que lo caracterizaba tras la muerte del General Justo.

El reiterado silencio en punto a política exterior atribuido a Patrón Costas daba pie a sus opositores, que los tenía tanto en el oficialismo como fuera de él, para endilgarle posiciones, simpatías o tendencias a veces opuestas entre sí, que iban desde una supuesta proclividad hacia Alemania hasta una reiterada dependencia de Gran Bretaña, pasando por su total adhesión a los Estados Unidos. En verdad todo se le atribuía. También se lo objetaba al denunciar violaciones a las normas laborales que debían regir en su ingenio azucarero, omitiéndose al respecto el testimonio claro dado por el senador Alfredo Palacios. Y, por supuesto, se lo descalificaba ante los bandos militares renovados desde la muerte de Justo por su proclividad al fraude electoral puesta en práctica desde 1931 por la Concordancia.

La noche del 3 de junio, un heterogéneo grupo de 14 oficiales fijó para el día siguiente el estallido de la revolución. Recuerda Perón:

“Antes del 4 de junio y cuando el golpe de Estado era inminente, se buscaba salvar las instituciones con un paliativo o por convenios políticos, a los que comúnmente llamamos acomodos. En nuestro caso, ello pudo evitarse porque, en previsión de ese peligro, habíamos constituido un organismo serio, injustamente difamado: el famoso GOU. El GOU era necesario para que la revolución no se desviara, como la del 6 de septiembre. […] Conviene recordar que las revoluciones las inician los idealistas con entusiasmo, con abnegación, desprendimiento y heroísmo, y las aprovechan los egoístas y los nadadores en río revuelto”.

Los integrantes del GOU, que no ocultaban su simpatía por los regímenes de Alemania e Italia y se declaraban partidarios de la neutralidad, anticomunistas y contrarios al fraude electoral, comenzaron a preparar el asalto al gobierno y tomaron contacto formalmente con dirigentes partidarios socialistas, conservadores y radicales que coincidían en rechazar la candidatura de Patrón Costas.

El 7 de junio de 1943 fue la fecha elegida por Castillo para lanzar la candidatura de Patrón Costas. El candidato había preparado su discurso de lanzamiento en el que, contra todos los pronósticos, evitaba definirse sobre la neutralidad:

“Desde la edad de 23 años, en que fui llamado a ocupar el Ministerio de Hacienda de mi provincia natal, he militado siempre en las filas de los partidos de derecha; lo proclamo bien alto y con orgullo en esta alta hora en que el izquierdismo está en boga. En el término  conservador, como yo lo entiendo, caben todas las reformas que exija nuestra evolución progresiva, para perfeccionar, depurar y hacer eficiente nuestra democracia, para asegurar la libertad dentro del orden y para llegar a la paz social, no por la lucha de clases, sino por la conciliación de sus intereses. […] Ser conservador es querer una organización social y política con jerarquías, pero entiéndase bien, con la jerarquía que da la conducta ejemplar, la inteligencia, la ciencia, el arte, el trabajo, los servicios prestados al país; el nacimiento, cuando se sabe honrar la estirpe; la fortuna cuando se es digno  de ella. […] Seguimos el conflicto sin olvidar nuestros antecedentes de Nación democrática, amante de la libertad, celosa de su independencia, solidaria siempre con los grandes principios cuya subsistencia interesa a toda la humanidad para mantener un mundo de libertad, de paz y de justicia”.

Pero Patrón Costas nunca pudo pronunciar este discurso ni lanzar su candidatura a presidente. En la madrugada del 4 de junio, un nuevo golpe de Estado dirigido por el GOU derrocaba al presidente. Lo que sigue es el relato de Perón sobre los hechos:

“La revolución comenzó en el preciso instante en que los cuadros medios del Ejército, entre quienes me identificaba, tomaron conciencia de la situación y resolvieron que las cartas estaban echadas. El día 3 por la tarde estuve encerrado en mi departamento planificando el día siguiente. Paralelamente, el doctor Castillo recorrió las guarniciones de Palermo y terminó instalándose en la Rosada junto a todo el gabinete a la espera de la tormenta inminente. Sabía que el golpe estaba en marcha. Para rematar la velada, llamé por teléfono al general Ramírez que estaba en Campo de Mayo y le pedí que fuese hasta Casa de Gobierno para saber cómo venía la mano. Le transmití: `decile que no se puede joder más y que se las tiene que tomar'. Todo había pasado tan rápido que la mayoría de la población no se había enterado del cambio de gobierno, fue entonces que le pedí a Mercante que hiciera salir a la calle a un grupo de efectivos para que incendiaran algunos vehículos. Un poco de acción psicológica no viene nada mal para despabilar a los curiosos”.

El diario La Vanguardia trazaba este balance de la gestión de Castillo, que de alguna manera también era un análisis de aquella Década Infame:

“El gobierno del doctor Castillo fue el gobierno de la burla y el sarcasmo. Su gestión administrativa se desenvolvió en el fango de la arbitrariedad, el privilegio, la coima y el peculado. Toleró ministros y funcionarios ladrones, y firmó, displicentemente, medidas que importaban negociados. Nada ni nadie le contenía en su insana política de rapacidad y de oligarquía. Eligió su sucesor a pesar del clamor de la opinión pública y de la repugnancia de algunos miembros del partido oficial. La fórmula de los grandes deudores de los bancos oficiales contaba con la impunidad oficial”.

En la Rosada, aquel 4 de junio, se produjo la primera reunión de las nuevas autoridades, según el testimonio de Perón:

“Una vez tomado el poder nos sentamos alrededor de una mesa a discutir quién sería el encargado de ocupar la primera magistratura.

Debía ser un general y de esto no había duda. Fue elegido por su buena voluntad y sus buenas intenciones el general Pedro Pablo Ramírez. La sorpresa más significativa nos la dio Rawson, que se sentó en el sillón presidencial y armó un gabinete a piacere, sin consultar a nadie. Claro, pasó que se consideró el jefe supremo de la revolución, y flojo de entendederas así como era, negoció con la oligarquía el nuevo elenco gubernamental. El resultado fue que volvían al gobierno los que acabábamos de echar a patadas. Recuerdo que fuimos hasta la Casa de Gobierno y entramos intempestivamente al despacho principal. Él estaba allí, sentado muy ridículo detrás del escritorio en el sillón de Rivadavia. Me acerqué y extendiéndole su renuncia le dije: `puede ir saliendo, terminó su mandato'. Rawson, levantó la vista y me dijo: `¡Cómo, tan pronto!' Tomó sus cosas y se retiró”.

Castillo, tras dejar la Casa Rosada, se refugió en un barreminas de la Armada a la espera de unas hipotéticas fuerzas leales que sólo existían en sus deseos. El 5 de junio por la mañana desembarcó en el puerto de La Plata y, al igual que Yrigoyen hacía casi 13 años, presentó su renuncia a la presidencia en la capital bonaerense. Terminaba, de la misma manera en que había comenzado, una Década Infame que dejaba profundas huellas en nuestro pueblo. Se iniciaba una nueva etapa que iba a cambiar por muchos años el panorama político y social de la Argentina.

Las FFAA al rescate

Esta revolución lleva el titulo de “la emergencia” en el libro “Breve historia contemporánea de la Argentina” de Luís Alberto Romero, pudiéndose analizar el hecho que este golpe de Estado actuó como una especie de “salvavidas” que intentaba acabar con la Década Infame del Fraude electoral. Este apartado será resumido para explicar la intervención de las fuerzas militares en el gobierno y su rendición ante uno de sus miembros que se convertiría en uno de los líderes más grandes de nuestra historia: Juan Domingo Perón.

Los militares en el gobierno coincidían en la necesidad de acallar la agitación política y la protesta social: proscribieron a los comunistas, persiguieron a los sindicatos e intervinieron la CGT -por entonces dividida-, disolvieron Acción Argentina, que nucleaba a los partidarios de romper relaciones con el Eje, y mas tarde hicieron lo mismo con los partidos políticos, intervinieron las universidades dejando cesante a un basto numero de profesores de militancia opositora, y finalmente establecieron la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas publicas. Contaron con la colaboración de un elenco de nacionalistas y católicos integristas.

En 1943 la guerra estaba evolucionando de un modo tal de un alineamiento con el Eje era impensable. De hecho, del acuerdo comercial con Gran Bretaña mantuvo Estados Unidos, en cambio atacó con fuerza creciente a uno de los dos únicos gobiernos americanos renuentes a acompañarlos en la guerra con el Eje, y además sospechoso de apañar a los nazis.

Al principio de 1944, luego de que Ramírez definiera romper relaciones con el Eje, fue desplazado por los oficiales más decididamente antinorteamericanos. Aislado en lo interno y también externamente el gobierno se encontró metido en un callejón sin salida. Esta fue realmente proporcionada por uno de los oficiales que por entonces había ascendido de una forma notable dentro del gobierno: el coronel Juan Domingo Perón, uno de los miembros mas influyentes del GOU, secretario de ministro de Guerra Farell y luego ministro, cuando Farell reemplazó a Ramírez en la presidencia en febrero de 1944. Poco después, en julio, y luego de desplazar a varios posibles competidores, Perón llegó a ser vicepresidente y el alma verdadera del gobierno.

Cambios sociales

A cargo de la Dirección Nacional de Trabajo -poco después se convirtió en secretaría- Perón se dedicó a vincularse con los dirigentes sindicales dándole importancia al movimiento obrero que había sido ignorado por varios años. Todos fueron convocados, con excepción de los dirigentes comunistas que, luego de un frustrado acercamiento inicial, resultaron sistemáticamente perseguidos y erradicados. Al resto se los impulsó a organizarse y a presentar sus demandas, que empezaron a ser satisfechas: se extendió el régimen de jubilaciones, de vacaciones pagas, de accidentes pagas, de accidentes de trabajo, se ajustaron las categorías ocupacionales y en general, se equilibraron las relaciones entre obreros y patrones, incluso en la actividad misma de la plantas. La Sanción del Estatuto del Peón innovó sustancialmente, pues extendió estos criterios al mundo rural, introduciendo un elemento público en relaciones manejadas hasta entonces en forma paternal y privada.

Desde la Secretaría de Trabajo, Perón expandía los mecanismos del Estado arbitro, esbozados durante el gobierno de Irigoyen y apenas utilizados durante la década del treinta, con la excepción de Fresco en la provincia de Buenos Aires, y a la vez estimulada la organización de los trabajadores, incentivaba sus reclamos, y presionaba para que éstos fueras satisfechos. La reacción de los dirigentes sindicales fue inicialmente de duda y desconcierto.

De tal manera, Perón se convirtió en el mediador entre el gobierno y los sindicalistas. A sus colegas militares les señalaba los peligros que entrañaba la posguerra, la amenaza de los desordenes sociales y la necesidad de un Estado fuerte que interviniera en la sociedad y en la economía, y que a la vez asegurara la autarquía económica. A los empresarios les señaló la amenaza que entrañaban las masas obreras desorganizadas y el peligro del comunismo. Pero éstos reaccionaron cada vez más distantes de la política de la secretaría pues desconfiaban de Perón a medida que éste acentuaba su identificaron con los obreros, subrayaba su predica anticapitalista y desarrollaba ampliamente en su discurso los motivos de la justicia social.

Perón asumiendo el poder

La liberación de París, en agosto de 1944, dio pie a una notable manifestación claramente antigubernamental y desde entonces un vigoroso movimiento social ganó la calle y revitalizó los partidos políticos. El gobierno mismo estaba en retirada: en marzo de 1945, y ante la inminencia del fin del conflicto, aceptó el reclamo de EEUU y declaró la guerra al Eje, condición para ser admitidos en las Naciones Unidas, que empezaban a constituirse. Al mismo tiempo, y por iguales razones, liberalizó su política interna. Los partidos opositores reclamaron la retirada lisa y llana de los gobernantes y la entrega del poder a la Corte Suprema, último vestigio de la legalidad republicana, y sellaron su acuerdo para las elecciones que veían próximas: la Unión Democrática expresaría el repudio de la civilidad a los militares y la total adhesión a los principios de los vendedores en la guerra. El frente político, que incluía a comunistas, socialistas y demoprogresistas, y contaba con el apoyo implícito de los grupos conservadores, estaba animado por los radicales, aunque un importante sector del partido, encabezado por el cordobés Amadeo Sabattini, rechazó la estrategia “unionista” y reclamó una postura intransigente y “nacional”, que apostaba a algunos interlocutores en el Ejercito, adversos a Perón. Esa posición no prosperó, y la Unión Democrática fue definiendo su frente y sus alianzas: en junio de 1945 un Manifiesto de la Industria y el Comercio repudiaba la legislación del gobierno. En septiembre del mismo año, una multitudinaria Marcha de la Constitución y de la Libertad terminó de sellar la alianza política, pero también social, que excluía a la mayoría de los sectores obreros, otrora animadores del Frente Popular.

El 8 de octubre el coronel se ve obligado a renunciar a su cargo. Mas tarde el 17 de octubre del 1945 en la Plaza de Mayo una multitud se concentró reclamando la libertad de Perón y su restitución a los cargos que tenia. Los partidarios de Perón en el Ejercito volvieron a imponerse, el coronel habló a la multitud en la plaza y volvió al centro del poder, ahora como candidato oficial a al presidencia.

Lo decisivo de la jornada de octubre no residió tanto en el número de los congregados -quizás inferior al de la Marcha de la Constitución y de la Libertad de septiembre- cuanto por su composición, definidamente obrera. Su emergencia coronaba un proceso hasta entonces callado de crecimiento, organización y politización de la clase obrera. La industrialización había avanzado durante la guerra, tanto para exportar a los países vecinos cuanto para sustituir las importaciones, escasas por las dificultades del comercio y también por el boicot norteamericano. Lo cierto es que la ocupación industrial había crecido, y que la masa de trabajadores industriales había empezado a engrosar con inmigrantes rurales, expulsados por la crisis agrícola. No fue un crecimiento visible, pues a menudo se desarrolló en la periferia de las grandes ciudades, como Rosario, La Plata o Buenos Aires, pero sobre todo porque no se trataba de un actor social cuya presencia fuera esperada, ni siquiera para un observador tan sagaz como Ezequiel Martínez Estada, que lo ignoró en s versión de 1940 de La cabeza de Goliat. Pero allí estaban, cada vez mas compactos en torno de unos sindicatos de fuera acrecida, cada vez mas entusiasmados con la política de Perón, y finalmente cada vez más inquietos por su renuncia. En el marco de sus organizaciones, y encabezados por sus dirigentes, quienes todavía no habían despejado todas sus dudas respecto del coronel, marcharon el 17 d a la Playa de Mayo, el centro simbólico del poder, materializando un reclamo que en primer lugar era político pero que tenía profundas consecuencias sociales. Decidieron la crisis a favor de Perón, inauguraron una nueva forma de participación, a través de la movilización, definieron una identidad y ganaron su ciudadanía política, sellando al mismo tiempo con Perón un acuerdo que ya no se rompería. Probablemente algunos de esos significados no fueron evidentes desde un principio pero paulatinamente se fueron revelando, al mismo tiempo que una imagen mítica y fundacional iba recubriendo y ocultando la jornada de octubre real.

Con las elecciones a la vista, Perón y quienes lo apoyaban se dedicaron a organizar su fuerza electoral. Los dirigentes sindicales, fortalecidos por la movilización de octubre, decidieron crear un partido político propio, el Laborista, inspirado en el que acababa de triunfal en Inglaterra. Su organización aseguraba el predomino de los dirigentes sindicales, y su programa recogía diversos motivos, desde los más estrictamente socialistas hasta los vinculados con el dirigismo económico y el Estado de bienestar. En el nuevo partido, Perón era, nada más o nada menos, el primer afiliado y el candidato presidencial, una posición todavía distante de la jefatura plena que asumiría luego. Quizá para buscar bases de sustentación alternativas, o para recoger apoyos más amplios fuera del mundo del trabajo, Perón promovió una escisión en el radicalismo, la UCR-Junta Renovadora, a la que se integraron unos pocos dirigentes de prestigio, de entre quienes eligió a Jazmín Hortensio Quijano.

Las relaciones entre laboristas y radicales renovadores fueron malas: aquellos pretendían que el coronel Domingo Mercante, que habia secundado a Perón en la Secretaría de Trabajo, lo acompañara en la formula, pero debieron conformarse con su candidatura como gobernador de Buenos Aires.

Apoyaron también a Perón muchos dirigentes conservadores de segunda línea, y sobre todo lo respaldaron el Ejército y la Iglesia.

La Union Democrática incluyó a los partidos de izquierda pero excluyó a los conservadores, que debieron resignarse a apoyarla dede fuera o pasarse calladamente al bando de Peón, como hicieron muchos, movidos por la vieja rivalidad con el radicalismo. Sus candidatos -José P. Tamborín y Enrique Mosca- provenían del radicalismo alvearista. Su programa era socialmente progresista, pero su impacto quedó diluido por el entusiasta apoyo de las organizaciones patronales. Sin embargo, para sus dirigentes y para las masas que esta coalición movilizaba, lo esencial pasaba por la defensa de la democracia y la derrota del totalitarismo, que había sucedido y en cierto modo prolongado al gobierno fraudulento.

Pero el país había cambiado, en forma lenta y gradual. Perón asumido plenamente el discurso de la justicia social, de la reforma justa y posible, a la que solo se oponía el egoísmo de unos pocos privilegiados. Estas actitudes sociales, arraigadas en prácticas igualmente consistentes, se veían elaborando en los diez y veinte años anteriores, lo que explica el eco suscitado por las palabras de Perón, que contrapuso la democracia formal de sus adversarios a la democracia real de la justicia social, y dividió la sociedad entre el “pueblo” y la oligarquía”. Un segundo componente de estos cambios, las actitudes nacionalistas, emergió bruscamente como respuesta a la intempestiva intervención en la elección del embajador norteamericano Spruille Braden, quien reanudándole virulento ataque del Departamento de Estado contra Perón, acusado de ser un agente del nazismo, respaldó públicamente a la Unión Democrática. La respuesta fue contundente: “Braden o Perón” agregó una segunda y decisiva antinomia y terminó de confirmar el bloque del nacionalismo popular, capaz de enfrentar a lo que quedaba del Frente Popular.

El 24 de febrero triunfó Perón `por alrededor de 300 mil votos de ventaja, equivalentes al menos al 10% del electorado. Fue un triunfo claro pero no abrumador. Si bien Perón había ganado el peronismo aun no se encontraba construido.

Recibimiento del Golpe de Estado de 1943

El golpe de Estado no dio participación a los civiles, no obstante, la dictadura surgida del mismo concitó, al principio, tanto entusiasmo civil como el de 1930, sobre todo entre los nacionalistas que renovaban sus expectativas de una sociedad corporativa.

Más inesperado resultó el sostén que, en los primeros días, le brindaron los radicales. Dos militares de ese partido, los hermanos Montes, formaban parte del GOU y eran amigos de Perón. Durante los años crucial de 1943 a 1945, Sabattini afirmó en reiteradas oportunidades, con un lenguaje típicamente peronista, que el gran error del radicalismo había sido dejarse separar del Ejército por la oligarquía. A esta maniobra de la oligarquía. A esta maniobra de la oligarquía se agregaba otra, según Sabattini, la ruptura entre pueblo y Ejército. Todavía a fines de 1945 decía:

“Yo he tratado con algunos hombres del Ejercito. Hasta hoy la oligarquía aprovechó mañosamente las desinteligencias creadas entre el Ejercito y el pueblo para aprovechar del primero y apoyarse en él fin de mantener la hegemonía”

La alianza entre Ejército y pueblo se basaba, en la presunción sabattinista, de la existencia de un ala radical en las Fuerzas Armadas que lograrían desplazar al sector conservador. Poco antes del golpe de 1943, Sabattini había proclamado: “..si las armas llegaran con el imperio de la fuerza para regenerar la republica. `Bien!”.

El padre de la criatura

El GOU no fue el padre de la criatura pero lo pareció a los ojos de cientos de oficiales que recibieron esa versión, sobre todo porque sus integrantes no tardaron en ocupar los puestos claves del flamante régimen militar. La influencia que el teniente coronel González ejerció, desde un principio, sobre el desbordado general Ramírez resultó, al parecer, decisiva en este aspecto.

González definió no sólo la composición de la mayor parte del gabinete, sino que a través del ministro de Guerra, general Edelmiro Julián Farrell, y del secretario de Trabajo y Previsión, coronel Perón, tan miembro del GOU como él, pudo controlar las designaciones en el Ejército. El propio Gonzáles quedó a cargo de la Secretaria de la Presidencia, mientras los coroneles Emilio Ramírez y Eduardo Avalos fueron designados jefes de la policía de la capital Federal y de Campo de Mayo, respectivamente. Entre estos cuatro hombres fuertes de la logia se dirimió la lucha por el poder en el ejército -y por lo tanto en el país- en el curso de los dos años siguientes.

Cuando aquella se definió, en octubre de 1945, el GOU hacía tiempo que había dejado de existir. Su presencia constituía un obstáculo, más que un instrumento, en la estrategia política de Perón que no contemplaba, por cierto, mantener antiguas fidelidades.

Ideología: Nacionalismo católico

El nacionalismo, desde finales de la decada del veinte hasta los cuarenta, tuvo su núcleo principal en la Iglesia. Se benefició con el hecho de que, a partir del Congreso Eucarístico, el catolicismo se había puesto en boga, desplazando a la anterior moda intelectual del positivismo. No se trataba de grupos nacionalistas enquistados de la Iglesia, sino de la ideología hegemónica de sus sectores intelectuales y la alta jerarquía.

Los Cursos de Cultura Católica realizados entre los años 1928 y 1930, una suerte de universidad confesional, fueron uno de los medios principales de difusión del nacionalismo. Desde sus cátedras se hicieron conocer sacerdotes que serían maestros del pensamiento nacionalista como Julio Menvielle, Gustavo Franceschi, entre otros.

De los Cursos saldría buena parte de los funcionarios que se desempeñarían en el rubro educación durante la dictadura de 1943- 1945, manteniéndose en pie hasta el próximo gobierno de facto.

Si los Cursos y Criterio fueron los medios con que el nacionalismo católico conquistaba adeptos entre los intelectuales, los universitarios

Persona de plena confianza de otra y que, en nombre de esta, atiende sus asuntos y negocios.

Venta de un activo por debajo de los precios de mercado. En prácticas de comercio se le llama dumping al fenómeno por el cual un país productor de un objeto comerciable introduce ese producto en el mercado de otro país a un precio inferior a su valor normal, o sea cuando su precio de exportación al exportarse de un país a otro es menor que el precio de un producto similar destinado al consumo en el país exportador. El dumping es considerado un comportamiento anticompetitivo y una práctica desleal del comercio internacional.

Tema tratado más adelante. (*)

Campo de Mayo es una enorme área militar de 8000 ha, a 30 km del centro de la Ciudad de Buenos Aires. Ubicado cerca de las ciudades de San MiguelLos PolvorinesVilla de Mayo,Bella VistaMuñizDon TorcuatoHurlingham y San Martín en la zona donde se cruzan la Ruta Provincial 8 y la Ruta Provincial 23, que la bordean.

Perón, Juan Domingo, Tres revoluciones, Buenos Aires, Síntesis, 1994.

Araoz, Ernesto. Vida y obra del doctor Patrón Costas, Buenos Aires, Imprenta Mercatali, 1966.

Perón, Juan Domingo, Tres revoluciones, op. cit.

La Vanguardia, 5 de junio de 1943. Obtenido de http://www.elhistoriador.com.ar/articulos/ascenso_y_ auge_del_peronismo/4_de_junio_de_1943_la_revolucion_de_los_coroneles.php

Enrique Pavón Pereyra, Yo, Perón, Buenos Aires, Milsa, 1993.

Revista nacionalista católica fundada en 1928.

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