Revolución Abbasí

Historia Medieval Antigua. Dinastías musulmanas. Mutazilismo. Al-Mansur. Marwan II. Califas

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LA REVOLUCIÓN ABBASÍ

LA REVOLUCIÓN ABBASÍ

El texto ante el que nos encontramos pertenece a la obra “Libro de los Profetas y de los Reyes” del historiador musulmán Al-Tabari y se refiere a la revolución llevada acabo por los abbasies para llegar al poder e intentar proclamar su venganza ante el anterior gobierno de los Omeyas. El texto habla acerca de la revuelta abbasí, un levantamiento de carácter revolucionario que reunió a los descontentos del califato omeya.

En el texto se describe como en la ciudad de Kufa, varios miembros de la familia de Alí proclamaron la llegada de un nuevo califa perteneciente a la familia de Hasim para así vengar las atrocidades cometidas por la dinastía en el poder, que solo había traído una gran opresión. Estos abbasíes, ataviados con colores negros como símbolo de luto y venganza, reunieron al pueblo en la gran mezquita, desde donde nombraron a Abdallah, hijo de Muhammad, ante la alegría de la muchedumbre, como nuevo jefe del califato.

Esta revuelta fue llevada a cabo tras la desintegración del califato omeya. Todo comenzó tras la muerte de Hisam. Desde entonces el califato omeya se vio sumergido en una situación caótica que desembocó en su extinción. Las razones son muy variadas. Hubo una presión externa motivada por el movimiento abbasí, que pudo desbancar a los omeyas debido a la descomposición interna del gobierno en años anteriores.

La sucesión de Hisam fue también un problema importante. Su sobrino al-Walid II fue proclamado califa en contra de las aspiraciones del difunto. Desde entonces la oposición al califa aumentó y se fraguó en círculos Kalbíes a quienes se unieron además todos aquellos que detestaban las costumbres del califa. Con una gran facilidad, los rebeldes se apoderaron de Siria y ejecutaron al desafortunado califa. En su lugar fue proclamado un miembro de la familia omeya, Yazid III, cuyo califato solo duro seis meses.

A partir de entonces, la persona del califa había pasado a convertirse en objetivo de los contendientes y esto suponía el final de la política de equilibrio del gobierno.

El último califa de la dinastía fue Marwan II. Su carrera se inició durante el califato de Hisam cuando éste le nombró como gobernador de las provincias de Azerbayán y de la zona del Cáucaso donde había tenido que hacer frente a las amenazas

de los Jázaros. En este puesto, Marwan se formó un ejército de origen qaysí totalmente afecto a su persona. Al mando de estas tropas se apoderó de Siria, haciéndose proclamar califa. Por desgracia, otros personajes podían recurrir también a ejércitos propios para disputarle el poder. Así fue el caso de Sulayman B. Hisam, hijo del califa Hisam que protagonizó diversas rebeliones contra su pariente.

El caos político en el centro del imperio favoreció la aparición de otras revueltas. Jariyíes partidarios de la familia de Alí y facciones rivales convirtieron a Iraq en una provincia casi independiente.

Por esas mismas fechas, se inició en Jurasán una rebelión que había conseguido apoderarse de algunas de las principales ciudades de la zona. Los inspiradores de este movimiento eran los miembros de una antigua familia qurasí, los Abbasíes. Durante los años 748 y 749 los rebeldes se apoderaron de Kufa. Marwan II no tuvo entonces mas remedio que enfrentarse a la nueva amenaza. En la batalla de Zab sus fuerzas fueron derrotadas y tuvo que emprender la huida. Mas tarde fue ajusticiado en una aldea de Egipto donde se encontraba refugiado.

Mientras se proclamaba un nuevo califa perteneciente a los Abbas, se consumó el aniquilamiento de la dinastía Omeya. Las tumbas fueron profanadas y los principales miembros exterminados. Solo uno logró escapar, un nieto de Hisam llamado Abd al-Rahman b Muawiya, que consiguió llegar a al-Andalus y dominarlos en el año 755 instaurando en este territorio una dinastía que gobernará durante tres siglos.

En el texto se puede observar como el nuevo califato intenta vengarse del anterior mando e imponer su nuevo ideario al pueblo. De esta forma, podemos contraponer la legitimidad de los omeyas y los derechos que tenían los abbasíes para su Califa.

Bajo la dinastía abbasí se consolidó la obra llevada a cabo por los omeyas, y las instituciones no sufrieron grandes cambios.

Los abbasíes pertenecían a la familia del Profeta, por lo que se les da un cierto carácter sagrado. El Califa es, por ello, imán, jefe de la comunidad religiosa e incluso representante de Allah en la Tierra, por lo que su poder era absoluto y no había ninguna fuerza que pudiera discutírselo. Esta concepción fue distinta para los omeyas. Los abbasíes dejaron constancia de que ellos eran seres excepcionales y distintos a sus súbditos, con los que no mantenían una relación directa, por lo que se rodeaban de un gran lujo. El contacto humano que los omeyas habían mantenido desapareció y los abbasíes perdieron el carácter popular que habían tenido sus antecesores. El sistema de sucesión en el califato no estaba bien delimitado, debía transmitirse de padres a hijos.

El Califa era, además, la máxima autoridad en el plano político. No obstante, los abbasíes nunca mostraron gran interés en intervenir en el gobierno y por el contrario, hicieron cesión de sus derechos en manos de un nuevo funcionario: el visir.

La elevación del Califa a personaje sagrado hizo que se desentendiera de los asuntos materiales, y para ocuparse de ellos tuvo que crearse el visirato. El visir era quien gobernaba y bajo cuya autoridad estaban todos los mecanismos del poder. Residía en palacio y dominaba toda la administración.

La administración, por su parte, continuó como en la época omeya. Las únicas modificaciones fueron la tendencia de imponer una fuerte centralización y el cambio de la capital de Damásco a Bagdad. Todo el imperio estaba gobernado desde unas oficinas centrales situadas en Bagdad, por lo que en algunas provincias comenzó a manifestarse una reacción nacionalista.

El poder judicial fue cobrando cada vez mayor importancia. Los qadíes eran personas de un gran prestigio moral, ya que el derecho tenía algo de sagrado, y estaban encargados a ejercer la justicia. Cada qadí abarcaba una misma jurisdicción y no se podía apelar a ellos ya que todos eran iguales. Una sentencia sólo podía ser apelada ante el Califa o el gobernador de la provincia. Por su parte, el qadí solo tenía la misión de ejercer justicia cuando así se le reclamaba, pero no entraba en su trabajo el procurar el bien y evitar el mal. Esto era misión de la surta, una especie de policía que perseguía a quien quebrantara la ley. La surta velaba por el cumplimiento de los principios establecidos por el Islam, y a quien los violaba debía llevarlos ante un qadí.

Otra obligación de la surta era la de mantener un orden en los mercados o zocos. El funcionario encargado de vigilar el mercado era el almotacén.

Por último, el ejército dejó de ser un ejército ofensivo y conquistador y pasó a ser una instrumento en manos del Califa para consolidar su poder.

En cuanto a la base militar del poder de los abbasíes, éste radicaba en el ejército del Jurasán. Este ejército estaba formado por árabes y mawali, y su organización no se basaba en ficticias afiliaciones tribales, como en el caso del antiguo ejército omeya, sino en criterios de procedencia geográfica de la tropa. Durante la primera época abbasí, los soldados de este ejército recibían estipendios por parte de la aristocracia militar que tenían relaciones con el poder central.

El papel de este ejército de Jurasán se pone de manifiesto en las disposiciones tomadas por los primeros califas abbasíes para asegurar su asentamiento en la nueva capital, Bagdad. La fundación de esta nueva metrópoli supuso un cambio del centro de gravedad del imperio que abandonó Siria para trasladarse a Iraq.

La nueva capital fue fundada de nueva planta por el califa al-Mansur, Comprendía tres sectores: al norte, el barrio donde los soldados recibieron alojamientos, y al sur los distritos en los que pronto se desarrollaron los famosos mercados de la ciudad. Entre ambas partes se encontraba la llamada “Ciudad Redonda”, fundada en el año 762, en la que al-Mansur situó los edificios de la administración y una mezquita detrás de impresiones de murallas. En un principio el palacio del califa se ubicaba en este recinto.

La “Ciudad Redonda” presentaba un plan radioconcéntrico. Es de forma redonda perfecta y en ella se definen aspectos tanto defensivos como simbólicos. Hoy en día no queda nada de este antiguo esplendor de Bagdad.

Desde su nueva capital, los abbasíes gobernaron sobre un inmenso imperio, despachando regularmente los nombramientos de gobernadores para las provincias. Las tropas de Jurasán eran el ejército imperial, pero su utilización sólo se circunscribía a Bagdad y a aquellas regiones en las que hubiera prendido rebeliones verdaderamente serias.

En texto se hace referencia a las vestimentas negras de los familiares de Alí, los abbasíes: “Abu Salama, el visir de la familia de Mahoma, tambien vestido de negro, subió a la tribuna...” Estas vestimentas negras eran símbolo de luto utilizadas tras las permanentes guerras acontecidas. Los abbasíes utilizaban el negro como color de bandera, de vestimenta oficial de la corte y del ejército, entre otros. También se le atribuía al color negro la venganza, que en este caso sería hacia el anterior gobierno omeya.

Estos símbolos entran dentro de un pensamiento religioso que en un principio tuvo dificultades a la hora de mantener la ortodoxia frente a otras religiones profesadas por numerosos no musulmanes que vivían bajo el Islam.

El carácter sagrado que tenía el califato motivaba que la sucesión en el mismo preservaba un carácter religioso. Por este motivo, los conflictos por los cambios dinásticos se consideraban como un problema religioso. Los abbasíes pretendieron solventarlo intentando un acercamiento a los shiítas. La fitna, originada por ellos, no puede ser de la palabra divina. Esta afirmación planteaba el dilema teológico de que el Corán juzgada por los hombres, sino, únicamente, por Dios.

Otro problema teológico que se planteó fue la preocupación por la disyuntiva entre la creación o eternidad podría haber sido creado o, por el contrario, es eterno. También preocupaba la libertad del hombre para actuar.

Por su parte, el Califa podía interpretar el Corán, tanto para la elaboración religiosa como la jurídica atendiendo a su carácter de imán.

El mutazilismo fue un movimiento religioso que representaba el intento de crear una doctrina oficial, elaborada a partir de la creación de un pensamiento teológico basado en la razón. Los principios sustentados por este movimiento religioso declaraban el monoteísmo como incuestionable y se rechazaba el antropomorfismo. La afirmación de que el Corán no es eterno es una de los puntos más importantes del mutazilismo. Este movimiento fue doctrina oficial durante el mandato de algunos califas abbasíes. Los hanbalies se opusieron a esta doctrina y defendían el literalismo en la interpretación del Corán. Pero los matazilíes tenían una gran influencia y dieron lugar a un gran desarrollo científico y literario gracias al fomento que hacían de la utilización de la razón.

En conclusión, podemos decir que el texto trata acerca del movimiento abbasí, que comenzó oscuramente en Kufa y el Jurasán, apoyado por numerosos mawali y en relación con los si´ies, aunque sin confundirse con ellos, en torno a descendientes de al-'Abbas que se consideraban con derecho al califato, llegado el momento. El gran organizador fue un liberto mawla de Kufa, Abu Muslim, que comenzó la revuelta en el Jurasán, el año 746, entró en Kufa con sus seguidores tres años después y alzó como califa a Abu-l-`Abbas.

Marwan II y los restantes miembros de la familia omeya, fueron exterminados con el 750. Los abbasíes se consideraron a sí mismos la dinastía bendita, en contraste con la impía ilegitimidad que atribuían a los omeyas. Fueron guías de la comunidad en la oración y en la aplicación de la ley, al tiempo que lugartenientes del profeta y jefes de los creyentes (amir al-mu'minin), utilizaron los signos de poder más relacionados con su carácter religioso (el sello, la túnica y la lanza del profeta, el color negro en sus estandartes), y promovieron la reflexión y ordenación teológica y jurídica en torno a la fe islámica.

Durante trescientos años, la dinastía abbasí presidió la madurez y apogeo de la primera civilización islámica en todos sus aspectos: "su mayor logro -escribe D. Sourdel- fue la plena definición cultural del mundo islámico al integrar armoniosamente elementos árabes, iranios y greco-sirios: fe islámica, valores sociales árabes, ética irania, lógica y ciencia helenísticas, todo ello expresado en árabe como lengua común y dentro de una concepción universal del Islam basada en la idea de la igualdad de los creyentes".

BIBLIOGRAFÍA

E. MANZANO MORENO: Historia de las sociedades musulmanes en la Edad Media. ed. Síntesis, Madrid, 1992

E. CABRERA y C. SEGURA: Historia de la Edad Media. Bizancio. El Islam. ed. Alhambra universidad, Madrid, 1987

FOSSIER. R.: La Edad Media. Barcelona, 1988

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