Reconquista

Historia de España. Edad Media. Núcleos de resistencia islámica. Fases. Reyes. Reductos islámicos

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LA RECONQUISTA EN EL SIGLO X

El dominio del valle del Duero y la creación de los estados leonés y castellano fue la doble tarea realizada por el más occidental de los núcleos de resistencia al islam. Grupos laicos y eclesiásticos de la nobleza visigoda, se mantuvieron independientes de las autoridades islámicas por hallarse situados en territorios donde los musulmanes no llegaron a establecer guarniciones militares permanentes. Pronto, en efecto, la rebeldía de los astures acaudillados por Pelayo y su victoria militar en Covadonga (722) hicieron posible que se constituyese un nuevo estado cristiano. Para ello fue necesario un doble proceso: dominación del territorio del nuevo reino y adoctrinamiento de sus habitantes. Este cometido fue llevado a cabo por los sucesores de Pelayo, correspondiendo a Alfonso I (739-757) la realización de su primera parte, mientras que Alfonso II (791-842) llevó a término la segunda.

El dominio del territorio donde había nacido el primer núcleo de resistencia al islam, lo llevó a cabo Alfonso II trasladando la población cristiana de la Meseta septentrional a los valles cantábricos. Tal trasvase de población, unido a la tradicional debilidad demográfica de la Meseta del Duero y a los años de sequía que, entre 750 y 755, la asolaron, explican que se convirtiera en un área casi despoblada. La desertización del valle del Duero, dio lugar a una amplia zona despoblada, que iba a facilitar la tarea de consolidación de su incipiente reino. El objetivo realmente perseguido por el monarca lo alcanzó con la instalación de los recién llegados en zonas estratégicas desde donde podían actuar, a través de la cristianización y la implantación de sus modos de vida, sobre las poblaciones indígenas.

La obra política de Alfonso II incluye el fortalecimiento interno del nuevo reino y el planteamiento de una política de permanente hostilidad al estado cordobés. La actividad bélica de este monarca, que debió rechazar en dos ocasiones ataques musulmanes a la propia capital Oviedo, consolidó el reino y garantizó la extensión del dominio real a las áreas gallega y alavesa; en ambas surgieron entonces sedes episcopales que actuarían como focos de colonización y evangelización de gallegos y vascos. Los mozárabes impulsados por este ambiente de recuperación militar y espiritual se iban incorporando paulatinamente al reino asturiano. Nació entonces un sentimiento neogocista que despertó la conciencia de una continuidad entre el estado hispanogodo y el reino astur, su legítimo restaurador. Alfonso II intentó restaurara en Oviedo las instituciones más características de la desaparecida monarquía toledana, como el Oficio palatino y la organización eclesiástica de la España visigoda. De esta forma, Alfonso II proporcionó la base ideológica que serviría de teórico hilo conductor a la empresa de recuperación del territorio peninsular de manos del islam para reconstruir la unidad perdida del “reino de los godos”.

Al suceder Ordoño I Ramiro I en el año 850, comenzó una nueva etapa en el reino astur. Esta tercera etapa que incluye los reinados de Ordoño y Alfonso III, entre los años 850 y 911, el reino astur dio un estirón territorial que le permitió traspasar la cordillera Cantábrica y llegar al Duero, sentando las bases de la repoblación de la cuenca de este río y acuñando los fundamentos de las dos entidades políticas que se distribuirían su territorio: León y Castilla. Este avance espectacular, acompañado de una intensa labor de colonización se explica por la conjunción de diversos factores.

En el amplio territorio de la monarquía asturiana se vislumbraban ya la existencia de tres regiones distintas: gallega, astur-leonesa, cántabro-castellana. Hacia el año 960, el condado de Castilla, con Fernán González al frente, se convirtió en una unidad política diferenciada de León. En los inicios del siglo XI aparecieron definitivamente dibujados los dos cuerpos políticos de León (que englobaba Asturias y la individualizada Galicia) y Castilla.

La integración del área vascona en un estado con la creación del reino de Pamplona y su expansión por la Rioja no concluiría hasta la mitad del siglo XI. Parece que los vascones independientes de Pamplona en la primera mitad del siglo IX se agruparon bajo el mando de un caudillo llamado Iñigo Arista. Hay que esperar hasta el año 905, para que se haga luz en la historia de este núcleo pirenaico; en esta fecha, como consecuencia de una crisis dinástica no bien aclarad, pero sin duda con la oposición de la rama directa de los Arista, se estableció con Sancho Garcés I la dinastía Jimena emparentada con aquélla. El nuevo grupo se impuso en el país, asentándose en la zona que va de Sanguesa a Estella, unificándolo y dando entrada a una estructura social y política totalmente extraña a las áreas montañesas del reino.

En la empresa común de fortalecer el reino y extenderlo más allá del Ebro, la nueva dinastía debió aglutinar los dos componentes tradicionales del área navarra: el de los vascones y el de los gascones. El fundador de la nueva dinastía aparece ya instalado en 922 a ambos lados del Ebro.

Antes del año 1000, el nacimiento del condado de Aragón, que adquirió carácter definitivo sólo a mediados del siglo XI, constituyó la consecuencia más importante del quehacer de los grupos de resistencia del Pirineo central. A partir del siglo VIII, dentro del Pirineo aragonés se distinguieron tres territorios, que siguieron una trayectoria histórica diferente: Aragón propiamente dicho, Sobrarbe y Ribagorza. Los dos últimos territorios acabaron incorporándose en el siglo XI cuando había nacido ya el reino de Aragón.

La creación y consolidación de la Cataluña Vieja fue la labor realizada por el más oriental de los núcleos de resistencia hispanocristiana al islam. La influencia franca dominó la trayectoria histórica de los dos primeros siglos de existencia de este nuevo núcleo cristiano. Las tierras catalanas formaron parte del reino franco hasta mediados del siglo XII. Los hispanos colonizaron a lo largo del siglo IX los condados de Barcelona, Gerona, Ampurias, Rosellón y Urgel-Cerdeña. El territorio catalán se consolidó en manos de la familia de Wifredo, una vez que entre éste y su hermano consiguieron reunir en 878 el conjunto de los condados. En el transcurso del siglo X se produjo un alejamiento creciente del poder franco respecto a los territorios catalanes.

LA RECONQUISTA DEL SIGLO XI Y PRINCIPIOS DEL XII

Desde el siglo XI, los núcleos de resistencia anteriormente nombrados acometieron la tarea de adquirir un espacio geográfico que les permitiera salir de sus reducidas áreas. Esta ampliación del territorio se realizó a costa de los musulmanes a partir de las crisis del califato, iniciada tras la muerte de `Abd alMalik en 1008. En adelante, lo que para los reinos de la España cristiana de la Alta Edad Media había sido una mera actitud defensiva se convirtió en una ocupación violenta de tierras habitadas por los musulmanes.

En esta ampliación del marco geográfico de la España cristiana se pueden señalar las siguientes etapas:

1.ª Entre el inicio de la crisis del califato de Córdoba en 1008 y la progresión de los avances cristianos a mediados del siglo XI se desarrolló la consolidación previa de la línea partida, alcanzada en virtud del anterior proceso repoblador. Tal consolidación, propiciada por el desmoronamiento del estado cordobés, hizo posible el establecimiento del régimen de parias, por el que los reinos de taifas compraban la paz o la alianza militar de determinados jefes cristianos contra terceros. Como consecuencia del establecimiento de este régimen de parias, importantes cantidades de oro pasaron de manos musulmanas a manos cristianas, que aprovecharon estas inyecciones monetarias, para llevar a cabo esta propia guerra contra el musulmán en forma de construcción de fortalezas en las fronteras, pago de sus guarniciones y reclutamiento de tropas mercenarias.

El esfuerzo militar de los estados cristianos en la primera mitad del siglo XI se encaminó primordialmente a fortalecer la línea alcanzada antes de la muerte de Almanzor; tal línea seguía en este momento el curso del Duero desde su desembocadura hasta el nacimiento para caer después sobre el valle del Ebro, cruzar el río, pocos kilómetros aguas arriba de Calahorra, y seguir por la parte norte de la rivera navarra a empalmar, a través del valle del Aragón, con las sierras de la Peña, Santo Domingo y Guara, desde donde, cruzando los valles del Cinca, Ésera e Isábena, se prolongaba hasta la sierra de Montsech, alcanzando desde aquí, a través de los macizos de Rubió y Puigfred, la costa de Garraf. Desde mediados del siglo XI, comenzaron ya los primeros avances de la reconquista cristiana: toma de Calahorra en 1045 y de Lamego y Viseu en el año 1055.

2.ª La ocupación de los valles del río Ebro marca, de hecho, el comienzo de los avances cristianos, ininterrumpidos durante cien años.

Los avances hacia el dominio de los valles del Ebro y Tajo se llevaron a cabo entre los años 1045 y 1090. En el área del occidente peninsular, la frontera cristiana se trasladó del Duero al Sistema Central: conquistas de Viseu y Lamego y llegada al río Mondego en Coimbra (1064), ocupación de Coria (1079) y consolidación de la zona de Somosierra con la concesión de fueros a Sepúlveda (1076). En la zona del Ebro, los navarros conquistaron Calahorra (1045), y los esfuerzos de los aragoneses se orientaron hacia los núcleos musulmanes del valle del Ebro: Tudela, Lérida, Huesca y Zaragoza. Los primeros logros efectivos los consiguieron al establecerse en la plaza avanzada de Arguedas (1084) para amenazar Tudela, en la de Montearagón frente a Huesca y en la de Monzón cortando el acceso por el valle del Cinca y aislando Babastro de Fraga y Lérida, ambas en 1089, y, finalmente, en la de El Castellar ante Zaragoza, interrumpiendo la relación de esta plaza y Tudela, en el año 1091.

Los intentos de reconquista peninsular de Alfonso VI de Castilla y su fracaso parcial constituyeron, entre 1080 y 1110, otro momento significativo de la empresa de recuperación territorial. Los esfuerzos de este monarca se orientaron hacia las distintas áreas peninsulares: en la zona occidental, a su anterior dominio de Coria unió el de la franja litoral portuguesa comprendida entre el Mondego y el Tajo, con la inclusión de Lisboa; en la zona central, la obtención de la extensa taifa de Toledo en 1085 le permitió controlar los pasos del Sistema Central y romper el eje fundamental de comunicaciones de Al-Ándalus entre los valles del Guadalquivir y del Ebro a través de los del Jarama y de del Jalón; en la zona este peninsular, Alfonso VI logró ocupar la rica tierra riojana tras el reparto que hizo con el monarca aragonés Sancho Ramírez del antiguo reino de Pamplona. Su interés consistía en ocupar el valle del Ebro; de ahí su política de parias con respecto al reino de Zaragoza, su oposición sistemática a la ocupación de Huesca por las tropas aragonesas (la tomaron en 1906), sus intentos d dominar la desembocadura del Ebro, que fracasaron al igual que su asedio a Tortosa, y también sus simultáneas tentativas, igualmente inútiles, sobre Valencia.

Salvo la definitiva e importante conservación de Toledo, los restantes logros de Alfonso VI fracasaron con la llegada de los almorávides a la península. La capacidad guerrera de los beréberes les convertía en terribles adversarios, como pudo comprobar Alfonso VI en Zalaca en 1086 y sus tropas en Uclés en 1108.

El control del curso medio del Ebro gracias al empuje aragonés, dirigido por Alfonso I el Batallador, se obtuvo entre 1110 y 1134, como resultado de una serie de campañas que este monarca orientó a la realización de dos objetivos inmediatos: la ocupación de Lérida y Zaragoza, y, como más remotos, la conquista de Tortosa y Valencia. El obstáculo para conseguir sus fines venía dado por la creación del imperio almorávide en la península, que recuperó extensas áreas de la misma. Frente a él, la crisis política que vivió el reino castellano en el primer tercio del siglo XII impidiendo prolongar los esfuerzos realizados por Alfonso VI; el protagonismo de la actividad reconquistadora se desplazó así al valle del Ebro. Aquí, los almorávides se habían establecido en Zaragoza y Lérida.

LA RECONQUISTA A MEDIADOS DEL SIGLO XII Y XIII

2.ª (final de esta etapa) La ocupación de Zaragoza en 1118 supuso la caída inmediata en poder aragonés de un amplio territorio que englobaba desde Tudela a Madrid por el lado oeste y de Sariñena a Morella por el este; su derrota en Fraga en 1134 frente a los almorávides ocasionó un importante retroceso del frente aragonés, agravado por las dificultades políticas en que se debatían los vasallos de Alfonso I por la imposibilidad de cumplir el extraño testamento de su monarca que cedía el reino a las órdenes militares. La crisis facilitó el intervencionismo castellano, cuyo ejército se presentó en Zaragoza, donde fue recibido como libertador y campeón de la defensa del Ebro contra los almorávides, asegurando así parcialmente las conquistas realizadas por Alfonso el Batallador.

El dominio definitivo de los ríos Ebro y Tajo fue la empresa que realizaron catalanes, portugueses y castellanos entre 1135 y 1150, aprovechando la crisis del imperio almorávide y el surgimiento en la península de los segundos reinos de taifa. Sus resultados más efectivos fueron: la conquista de Lisboa en 1147, la recuperación del tramo castellano leonés del Tajo y el dominio del bajo Ebro hasta su desembocadura con la toma de Tortosa en 1148 y las de Lérida y Fraga al año siguiente. Acciones, estas últimas, dirigidas por Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y príncipe de Aragón.

3.ª El dominio de los cursos altos y medios de los ríos Turia, Júcar y Guadiana frente a las fuerzas de los segundos reinos de taifas y el imperio almohade fue la empresa llevada a cabo entre 1150 y 1212 por los ejércitos cristianos. Durante esta tercera etapa los dos grandes poderes peninsulares (las coronas de León-Castilla y Aragón-Cataluña) se repartieron previamente los territorios musulmanes con arreglo a la elaboración de un plan de reconquista (tratados de Tudellén en 1151 y Cazarla en 1179). Así mismo, desde mediados del siglo XII la segunda novedad de esta etapa se refiere a los nuevos ejércitos cristianos: las milicias concejiles y las órdenes militares.

Momentos significativos de esta etapa fueron: un progreso cristiano que incorporó de 1158 a 1190 los territorios situados al norte de Sierra Morena y al este de Gúdar, Javalambre y Aledua. A estos años corresponden las conquistas reales de Teruel y Cuenca; un segundo momento de violenta reacción musulmana, desarrollada gracias al empuje del imperio almohade, que volvió a unificar Al-Ándalus bajo su autoridad, llegó a amenazar las posiciones cristianas del valle del Tajo y frenó las acciones ofensivas castellanas de forma contundente en la batalla de Alarcos en 1195; finalmente, entre 1199 y 1212, un tercer momento de recuperación cristiana, orientada a la reocupación del tramo portugués del valle del Tajo y de las posiciones anteriormente adquiridas frente a los pasos de Sierra Morena, acciones a las que, ahora, se añadía la toma de nuevas posiciones en los macizos que limitan por el oeste el reino de Valencia. La victoria cristiana sobre los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa de 1212 sirvió, finalmente, para cristalizar las conquistas realizadas y emprender otras, que serían las últimas, por las dos zonas hacia las que amenazaban los ejércitos cristianos desde sus consolidadas posiciones: la fachada levantina y el valle del Guadalquivir.

4.ª La conclusión de la Reconquista: el dominio de las Baleares, Levante y valle del Guadalquivir frente al debilitado imperio almohade y las correspondientes taifas que lo sustituyeron se llevó a cabo entre 1220 y 1264. Aragón y Castilla llevaron en esta etapa, al igual que en la anterior, el peso de la labor reconquistadora, aunque a la hora de realizar las conquistas efectivas hubo de concretar las áreas a incorporar a cada una de las dos coronas. Ese fue el sentido del nuevo tratado de Almizra de 1244, con el que el futuro rey Sabio y Jaime I de Aragón solventaron las cuestiones suscitadas por la ocupación del reino de Murcia.

El progreso reconquistador del siglo XIII fue consecuencia, fundamentalmente, del debilitamiento del imperio almohade. La aparición de nuevas taifas en la península facilitó de nuevo el avance de los reinos cristianos.

El avance más rápido correspondió a catalanes y aragoneses que, en 1230, establecieron el dominio sobre la isla de Palma de Mallorca. En 1232 se inició la conquista del reino de Valencia, que se realizó en tres etapas, correspondientes a las distintas áreas geográficas: el norte se ocupó en la primera; el centro, con la capital, Valencia, en la segunda, que terminó en 1238; y el sur en la tercera que concluyó en 1245, año que puso fin a la reconquista correspondiente a la Corona de Aragón.

Por lo que se refiere a las zonas occidentales, los portugueses fueron los primeros que iniciaron la ocupación de los territorios musulmanes ganando, entre 1230 y 1239, el bajo vale del Guadiana. Simultáneamente, castellanos y leoneses, regidos por Fernando III, recuperaron las plazas de la actual Extremadura, desde donde avanzaron sobre el valle del Guadalquivir; aquí, bien por conquista bien por capitulación, fueron cayendo en sus manos nuevas plazas: las primeras en 1233; en 1236, Córdoba; en 1246, Jaén; Sevilla y el tramo de la desembocadura del Guadalquivir en 1248. La región murciana se incorporó a la corona castellana entre 1243 y 1244 por obra de un pacto sumisión que el rey de Murcia había suscrito con el príncipe Alfonso. Cuando veinte años más tarde se sublevó la población musulmana de este reino, Alfonso X, con la ayuda de su suegro Jaime I el Conquistador, volvió a reconquistar este territorio, empresa que concluyó en 1266.

En adelante, la línea fronteriza entre musulmanes y cristianos, que entonces adquirió todo su significado de frontera militar, se mantuvo intacta hasta 1484. De esta forma, salvo el reino nazari de Granada, el resto de la península y Baleares había quedado bajo dominio cristiano. El reino de Granada se incorporó a la corona castellana en 1492 durante el reinado de los Reyes Católicos, incorporación que constituye el último episodio de la Reconquista.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Nueva Larousse

  • Espasa

  • Libro de 3º de B.U.P. de Historia

MARÍA TORRES ADÁN Nº14 3ºC