Recepción Literaria frente los condicionamiento sociales

Filología Clásica. Teoría de la Literatura. Antigüedad. Crítica del juicio de Kant. Teoría de la recepción de Robert Jauss. Crítica al canon literario. Política nacional. Ideologías

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El efecto y la recepción literaria ante los condicionamientos sociales

La captación del mundo no es el

resultado de una adjudicación arbitraria

de sentido por parte de individuos aislados,

sino que comienza con que el individuo

“acepta” un mundo en el que ya viven otros.

Los estudios sobre los efectos del arte han suscitado preocupaciones desde la antigüedad, de aquí que la historia de la recepción literaria deba remontarse a los primeros tratados sobre la estética; entre los principales se postulan: el Arte poética de Aristóteles, que presenta la manera como se introduce el mundo en la literatura y, a la vez, una estética de la recepción al introducir términos como el de Catarsis refiriéndose a los efectos que produce en el público la experiencia estética y el desarrollo de las “buenas” obras, las que de acuerdo a su nivel de perfección podían generar miedo, compasión o lástima. Por otro lado se tiene la Crítica del juicio de Kant que, de forma similar, proporcionó un amplio conocimiento sobre el arte y los efectos que causaba.

Sin embargo, y a pesar de estos aportes preliminares, no se amplio el conocimiento sobre tales enseñanzas ni se suministró reconocimiento al lector, al contrario, algunas décadas después de Kant se originó el estructuralismo. Corriente que intentó aplicar a la literatura la teoría lingüística de Saussure, declarando que el significado de los textos nacía de la relación entre significado-significante y que este signo tenía que ser estudiado como objeto de valor en sí mismo y sin dependencias a una realidad externa.

Mijail Bajtín por su parte, aunque fue uno de los representantes del formalismo ruso (escuela que se centra en la noción de forma, tanto de las palabras como de las estructuras lingüísticas y literarias dejando de lado la función, la significación, la sincronía o la diacronía) fijó su atención en el signo en su aspecto socio-cultural, postulando que el lenguaje debía ser visto en su forma dialogada con el entorno social que lo modifica y transforma. Con estos planteamientos se da un primer paso -aunque pequeño- para que se piense la dimensión cultural partícipe en los textos como una de las características del estudio de la recepción literaria.

En 1967 Hans Robert Jauss en una conferencia dada en Constanza inaugura lo que se conoce como Teoría de la recepción y la desarrolla a partir de una tesis que propone: -concordando a veces con Bajtín- apartar el historicismo de la literatura; fundar una estética de la recepción y del efecto basada en la experiencia del lector y tener en cuenta el aspecto histórico, político, cultural en el que se desarrolla la obra. Con ello se busca comprender el sentido y la forma del texto en el desarrollo histórico de su concepción.

A parir de ese momento el interés por comprender la comunicación que se establece en el acto literario autor-texto-lector crece a pasos agigantados. En este tránsito la ciencia literaria instaura un cambio de la estética de la recepción a la estética del efecto, con la intención de mostrar los dos lados de la relación texto-lector: el “efecto como el aspecto de la concretización condicionado por el texto, y recepción como el aspecto de la concretización condicionado por los destinatarios”. Así mismo, los conceptos sufren transformaciones, en palabras de Naumann se va “de la propiedad de la obra de manipular la recepción, acuñándola bajo la noción de propuesta de recepción”; hasta el lector como “las formas sociales de recepción”.

Es aquí precisamente, en el descubrimiento del lector como un ser social que se construye a partir de las relaciones de alteridad, en que se encuentra la característica principal del análisis de la estética de la recepción: el lector posee un capital cultural y desde ahí mira la obra, la construye y le da significado partiendo de su experiencia personal y de los conocimientos previos a ella (algo similar a lo que Gilles Thérien definía como la escalera, haciendo referencia a esa bagaje cultural o enciclopedia mental con que cuenta cada sujeto y que le permite desarrollar reflexiones o comprender determinados hechos); la aceptación, el rechazo, los sentidos e incluso la valoración que le otorga están condicionados por el mundo vital en el que se encuentra.

El carácter polisémico de la literatura se lo brinda el sujeto-lector. El texto se legitima por disposiciones histórico-sociales, es entonces cuando los condicionamientos sociales entran a tomar partido en la recepción de los textos.

Estos condicionamientos los he dividido (siguiendo un marco fijado por Gunter Grimm) en 4 asuntos fundamentales: las traducciones, la crítica literaria y el canon, la constelación política de cada país y finalmente, las ideologías dominantes. Todos ellos abarcados con la intención de demostrar algunos de los problemas que limitan la recepción literaria y que han servido de base para edificar los marcos de su teoría.

Las traducciones

El papel del traductor consiste en trasladar un objeto espiritual de una esfera cerrada a otra, en operar una transferencia entre dos mundos sutilmente incomunicables. El lector está sometido tanto a las implicaciones que conlleva el hecho de pertenecer a otra cultura, como a las manipulaciones que se hacen en el momento de la traducción del texto:

Pues una obra literaria es una pieza que está integrada desde la raíz del idioma, dentro de un

sistema cultural al que está unida en tan tupido juego de implicaciones que el mero intento

de aislarla, segregarla y extraerla del ámbito a que pertenece, para injertarla en otro distinto,

comporta -cualquiera que sea la delicadeza y habilidad de la mano

que se arriesgue a ello- una desnaturalización que falsea su sentido.

Al ser lectores de una obra que ha sido traducida, tenemos que estar dispuestos a encontrar: cambios de palabras, eliminación de oraciones o la posición incorrecta de las palabras que alteran el significado. A este respecto, y a manera de burla, dice el escritor argentino Julio Cortazar:

“Una vez escribí un cuento y lo tradujeron al ingles, del ingles lo tradujeron al alemán, del alemán lo tradujeron al francés y cuando yo lo leí me gustó tanto que lo traduje al español”.

Otro ejemplo que se puede traer a colación es la traducción de Las mil y una noches a cargo de Antoine Galland, la primera versión europea (y la primera edición impresa), fue una traducción al francés de quien se dice agregó relatos que no incluía el texto original.

La recepción de los textos traducidos implica una limitación para la apropiación libre del texto, tanto por las variaciones del significante como por los significados inmanentes a su cultura.

La recepción ante la crítica y el canon literario

El crítico debe esmerarse en establecer el sentido del texto que estudia, su método consiste en informarse lo suficiente, manejar correctamente la información e interpretarla de manera plausible. Él es quien debe evitar los juicios morales o inclinados por ideologías y poner toda su erudición ante la obra y al servicio de los lectores.

Empero, se debe admitir que la crítica es “siempre incompleta”, ya que la obra como toda realidad empírica, no se deja aprehender desde ningún punto de vista y por tanto, el papel del crítico consiste en establecer un equilibrio entre “la sensibilidad a las obras y la capacidad de pensarlas” .

En el campo de la recepción es, por lo general, el crítico quien permite o no la entrada de las obras al acervo cultural. Los individuos siempre estamos sujetos a las opiniones ajenas, es importante para nosotros tener a alguien que decida o argumente por que determinado objeto debe ganarse nuestro elogio, y en la literatura siempre se espera la revisión de los críticos para decidir introducirnos en el texto. Pero el problema consiste en que ellos no disponen de todo el material que se publica, lo que excluye ampliamente gran parte de la literatura y por tanto la recepción es deficiente; por otro lado, los críticos forman un canon hermético, que no permite que otras obras sean introducidas o si lo logran, tengan que ser vistas a través de una jerarquización. Este es el caso Latinoamericano con el fenómeno del “Boom”: para la crítica el “boom” denominó lo máximo de la literatura hispana, Vargas Llosa, Borges, Carlos Fuentes, Bioy Casares entre otros, “dijeron todo lo que había que decir” y desde esa perspectiva el resto de la literatura que se publicaba o “no alcanzaba los logros” de estos autores o eran etiquetados como la literatura pos-boom, toda antología pretendía erigirse como paradigma frente al modelo existente. El canon en la literatura Colombiana también presenta un claro ejemplo: Cien años de soledad de Gabriel García Márquez ha sido nuestra obra cumbre, en detrimento de otros textos que por la falta de visión crítica no se han tomado en cuenta, entonces pasamos a hablar de lo pre y pos-Garciamarquiano o de “matar al padre” cuando la demás literatura que se ha publicado abre paso a un nuevo fenómeno, autónomo e independiente de ello.

Constelación política nacional

Las costumbres, la tradición, la moral o el régimen político de cada país determinan tanto la acogida de los textos como la traducción que debe hacerse. Las obras del Marqués de Sade estuvieron prohibidas hasta bien entrado el siglo XX pues eran tachadas de perversas, y con un fuerte contenido erótico que atentaba contra la moral y las costumbres de los ciudadanos “de bien”.

Las mil y una noches también es clave en este aspecto, pues sus traducciones eran guiadas según la ideología de cada nación. La traducción hecha por Galland fue expurgada de los contenidos eróticos y cambiados por escenas más tranquilas, ya que en algunas partes de Europa se tenía la costumbre de leer los libros en familia y estos relatos no podían llegar a los oídos de la juventud. En cambio Richard Francis Burton realizó una traducción de 16 volúmenes que contenía todos los matices eróticos del material original.

Los condicionamientos políticos dominan en gran medida los asuntos aparentemente culturales -y por tanto libres- brindando desde su dimensión la recepción que habrá de llegar a los ciudadanos.

Las ideologías dominantes

Carlos Fuentes dice que el arte es siempre el resultado de una experiencia y no de una ideología previa a los hechos. La ideología exige coincidencia entre sus postulados y los hechos: clama y llama a traición cuando tal coincidencia no existe. Pero como la coincidencia no existe nunca y como la ideología no puede denunciar a la vida, mejor denuncia a la obra literaria y artística que traiciona la identidad ideológica. La obra artística siempre se sustrajo, en su efecto no violento, no dominable y por ello “subversivo”, a todos los dominios ideológicos y al dominio de instancias sociales.

El problema consiste no en los dominios predominantes en el texto sino en el lector como participante de una sociedad; es bien sabido que las ideologías o instancias culturales presentes en un contexto social determinan las acciones de los individuos y las interpretaciones simbólicas de las variantes culturales. El público receptor reflexiona sobre el texto en función de estas dimensiones. El condicionamiento social en la recepción existe cuando estos espacios incurren en la interpretación de los textos y en la praxis estética.

Me referiré exclusivamente a la ideología planteada por los medios de comunicación masiva y por la moral, no por que sean los más importantes sino por que son los que de forma decisiva afectan la recepción literaria. En primera medida es indispensable entablar una relación de la situación de las artes bajo la manipulación de las industrias culturales y la actividad moralizante. Jauss revela que

La prohibición de imágenes, por ejemplo, que revivió periódicamente bajo el

dominio de la iglesia, no amenazó menos a la praxis estética que la inundación de

imágenes por nuestros medios masivos de comunicación .

Las industrias culturales proporcionan a las artes una repercusión más extensa que la lograda por las campañas de divulgación, ellas alcanzan un público mínimo comparado con el que logran los discos, los casetes y la televisión. Los fascículos culturales y las revistas de moda vendidas en pequeños puestos llevan las innovaciones artísticas a quienes nunca visitan los museos o las librerías; entonces la recepción en una cultura industrializada presenta la misma esencia que en la edad media tenía el modelo escolástico de la lectura: se intenta abarcar la mayor cantidad de información por medio de compendios reducidos que no capturan la profundidad del texto. Además, la experiencia estética se vuelca a un materialismo, su interés son las ganancias monetarias, se deja a un lado la “alta” cultura que exige, en cierta medida, un nivel de rigurosidad y conocimiento, para introducir objetos más fáciles de comprender o que deriven de la moda de la época. Para citar un ejemplo tenemos el caso del escritor brasileño Paulo Coelho quien ha tenido una repercusión amplia en la literatura, lograda por la función propagandista de los medios de comunicación, pero el dilema consiste en saber cual es el tipo de literatura que escribe, o si en verdad es considerada literatura. De aquí que la recepción de las obras se incline bajo otras perspectivas que poco tienen que ver con el arte y, que las verdaderas creaciones sean marginadas y no lleguen al público para quien fueron hechas.

Al mismo tiempo, estas prácticas originan una división del público, como ya lo decía Marx “la producción no sólo engendra un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto”. Surge la separación de las artes (arte culto-arte popular) y se acuñan conceptos como los de “alta literatura” o “cine independiente” en contraposición a lo comercial.

La ideología moral se dirige casi por el mismo sendero, como había dicho anteriormente al hablar de la constelación política, aquí la recepción parte de las costumbres, de la división entre lo bueno y lo malo. Ello conduce a visiones moralistas de las obras, se le conceden a los textos interpretaciones por fuera de los límites o se niega su esencia artística por que no cumplen con las convenciones sociales. Un buen ejemplo se presenta con el libro El evangelio según Jesucristo de José Saramago, que fue repudiado en Portugal por sus opiniones respecto a la iglesia dejando a un lado el aspecto estético que contenía; o Los versos satánicos de Salman Rushdie, que de igual manera fue criticado por el ayatolá del Islam y fue prohibido por que atentaba contra la fe musulmán. Los alcances de esta ideología llegaron incluso a realizar un atentado contra el editor del libro.

Es así como las ideologías condicionan la recepción de los textos, a la vez que se encargan de formar un público “fácil”, desinteresado por los sublimes logros poéticos del arte o interesado por aquellos que no contienen más que el reflejo de los gustos actuales.

El análisis de los condicionamientos sociales en el marco de una estética de la recepción conduce finalmente a un planteamiento sobre la experiencia estética que de acuerdo con Kant “se caracteriza en su parte receptiva, como una “recepción en libertad”. En la medida en que el juicio estético pueda dar tanto el modelo de un juicio desinteresado, no forzado por ninguna necesidad, así como también el modelo de un consenso abierto, no determinado de antemano por conceptos y reglas”.

BIBLIOGRAFÍA

Ayala, Francisco. Problemas de la traducción. Madrid: Taurus, 1965.

Canclini, Néstor García. Culturas Hibridas. México: Grijalbo, 1990.

Dietrich, Rall. En busca del texto: teoría de la recepción literaria. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1993.

Fuentes, Carlos. Valiente mundo nuevo. Narrativa Mondadori, 1995.

Iser, Wolfgang. El acto de leer: teoría del efecto estético. Madrid: Taurus, 1987.

Todorov, Tztevan. Crítica de la crítica. Barcelona: Paidós, 1991.

El propósito de dejar atrás el historicismo no significa que una nueva teoría de la literatura se instaure en la superación de la historia, sino en el conocimiento de aquella historicidad que le es propia al arte y la distingue. Rall Dietrich, En busca del texto: teoría de la recepción literaria. Hans Robert Jauss, Experiencia estética y hermenéutica literaria. México : Universidad Nacional Autónoma de México, 1993. Pág. 76

Es de anotar que la teoría de la recepción literaria venía siendo estudiada (aunque con algunas diferencias) desde algunos años atrás principalmente por la ciencia literaria de Alemania occidental: en 1956 Christa Wolf expresó “el efecto de la obra como uno de los criterios de la estética marxista” y Georg Lukács en 1963 había hablado sobre la catarsis y sobre lo posterior a la vivencia receptiva.

Ver nota 1. Pág. 78

Ayala, Francisco, Problemas de la traducción, Madrid: Taurus, 1965, p. 15.

L´ Ecrivain et ses travaux, Corti, 1967.

Jauss, Hans Robert, Poética y hermenéutica, (ed. por H. Weinrich, en Fink, Manchen, 1975)

Para no caer en la contradicción es necesario aclarar que el artista no es concebido como un sujeto al margen de las determinaciones sociales, él también se construye partiendo de concepciones del mundo en el que habita, la diferencia consiste en que él puede pensar determinadas cosas o actuar de cierta manera sin incluirlas en su obra, es decir, el mundo que se construye en el texto no tiene que coincidir con el mundo del autor o con sus ideologías en caso de que las tenga.

Literatura no en cuanto a los rasgos de la literariedad que si posee, sino en cuanto al uso del lenguaje, al desarrollo de los acontecimientos y el carácter estético del material.