Realismo

Arte. Historia. Pinturores realistas. Antecedentes

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El Realismo

Pensar y trabajar en dos dimensiones es algo natural en el hom­bre. La superficie plana, de dimensiones variables (desde el fresco hasta el sello de correos), rompe objetivamente con la noción de volumen y nos introduce en un mundo autónomo, que tiene su organización propia, con grados variables de aproximación a lo real.

A los signos se les exige simplicidad, universalidad y eficacia. Deben ser despojados de cualquier detalle innecesario para expresar su idea base. De esta forma, será el plano el que acoja a los signos de manera más eficiente, por encima de cualquier otro sistema de representación. Es frecuente decir: “sigamos un plan de acción”, “para situar las cosas en su justo plano”, “en un primer plano”, “segundo plano”, “en el plano lógico”, “en el plano moral”, “en el plano sentimen­tal”, “en el plano espiritual”... El hombre sitúa el mundo de las ideas sobre el plano. Por el contrario, nunca sitúa las cosas carentes de ideales, molestas o desagradables, en ese lugar.

El principal procedimiento empleado por los artistas plásticos para crear, a lo largo de la historia, ha sido el de suprimir el valor individual, que por sí mismos portan todos los objetos como representación particular de la realidad, e integrarlos, como formas planas, sobre un soporte plano. Los griegos establecían diferencias entre pintores que dependían por completo de sus impresiones sensoriales y pintores que no estaban totalmente sumergidos en el mundo de los objetos físicos y las apariencias ópticas. Según Platón, estos últimos conservan una cierta independencia y construyen modelos por medio de figuras ejemplares, parecidas a los modelos ideales que sirvieron para crear el mundo. Platón considera la realidad como mera imitación de las ideas y sobre la imagen pictórica dice: “La imagen pictórica no es más que una aproximación del objeto material al que imita; nunca es una verdadera copia de él. Pues en las réplicas terrenales, tanto de la justicia como de la templanza y de cuantas otras cosas son apreciadas por las almas, no hay ningún resplandor” [1]. Para Aristóteles, sin embargo, la primera causa de placer estético es la imitación. La imitación supone, tanto en su fase de realización como en su fase de observación, un conocimiento previo del objeto. Aristóteles hace notar que lo que causa placer en la imitación no es el objeto imitado ni su perfección o belleza, sino la belleza y la perfección de la misma acción imitativa, de su ejecución.

A lo largo de la historia el concepto de realismo ha variado sensiblemente. Unos artistas han sido alabados como realistas en unas épocas para ser considerados como primitivos en otras. En el Decamerón (1353) llega a decir Boccaccio: "Giotto, pintor famoso, no era menos feo que Rabatta. Este pintor tenía viveza de imaginación para trasladar al lienzo todas sus impresiones y los más mínimos detalles, sus obras ilusionaban de tal suerte al espectador, que tomaba por la naturaleza misma lo que sólo era una imitación, a tanto llegaba la energía y verdad de su pincel. Él fue quien sacó a la pintura del estado de languidez y de barbarie a que la habían conducido pintores sin gusto y sin talento..." Doscientos años más tarde Jorge Vasari en Le vite dei piu eccellenti Pittori, Scultori e Architecti (vida de Giotto) dice: "Cimabue primero, y después su discípulo Giotto, cambiaron el rumbo de la pintura dirigiéndola por el camino verdadero. Al Giotto le corresponde, en razón de su genio, este avance enorme que solamente puede medirse considerando lo que era el arte de la pintura antes de él y lo que fue después”. Las palabras de Vasari nos insinúan que la pintura de Giotto ya no ilusionaba en el Renacimiento de la misma manera que ilusionó a sus contemporáneos y que, quizá, era considerado como un primitivo en el pleno Renacimiento. Por otra parte, las palabras de Inocencio X, cuando contempla el retrato que le había hecho Velázquez: “¡Demasiado real!”, nos hacen sospechar que suplantar la realidad no era, precisamente, un obje­tivo primordial.

Pretender alcanzar altas cotas de realismo parece que ha sido una meta perseguida a lo largo de la histo­ria por numerosos ar­tistas. El término “realismo” se ha aplicado en muchas épocas[3]; sin embargo, en una primera comparación de las obras de distintas épocas, se pueden observar múltiples diferencias en sus resultados, admisibles, sólo, si pensamos que lo que entendemos como realismo participa también de un pro­ceso de elaboración puramente intelectual.

La producción artística ha dependido de las circunstancias históricas. Ha ido evolucionando con el tiempo porque el pensamiento humano que procesa la realidad cambia continuamente. “Así, el arte no se refiere a las cosas que existen necesariamente o que se producen necesariamente, ni tampoco a las cosas que la naturaleza rige por sí sola; porque todas las cosas de este orden tienen en sí mismas el principio de su existencia” [4].

No existe ni puede existir un modelo de realidad que pueda servir como referente permanente y, además, en los últimos siglos, técnicas externas a la mirada humana, como la fotografía y el cine, han intervenido en el proceso cambiante de la percepción de la realidad, distanciándola y mediatizándola hasta un punto tal, que cuando se trata de elogiar una obra figurativa, caracterizada por sus detalles y virtuosismo, lo corriente es utilizar la expresión ”parece una fotografía”, en lugar de decir que “parece real”. Sin embargo, hay que entender la realidad “como lo que asimos desde dentro, aquello que se crea en cada experiencia e intuición individual del mundo, más que la pretendida objetividad externa o el simple análisis”[5]. Cada persona crea su concepto de realidad a partir de los recuerdos y de las experiencias del pasado.

La tecnología digital puede originar una nueva forma de entender la realidad mucho más espectacular, mucho más detallada y efectista que cualquiera de las realidades conocidas hasta la fecha. El desarrollo en la actualidad de la tecnología digital y su aplicación al campo de la imagen es muy posible que aporte, a medio plazo, una nueva manera de interpretar la realidad, y es posible que desplace las actuales referencias: la fotografía y el cine.

Cuando lo representado se considera como estructura y no se copia el objeto, sino que se establece una relación de equivalencia entre la obra y los objetos, se produce lo que Fernad Léger llama “nuevo realismo”. La obra de arte equivalente alcanza su categoría como tal, no como una consecuencia de su correspondencia de semejanza con el mundo objetual, sino más bien a través de la coherencia de su propia organización interna, cuya justificación debe ser formal. Un realismo que insiste más en la realidad de la cultura que en la realidad de la naturaleza. Pero no debe enten­derse esta imitación como un intento de aproximarse servilmente a la realidad[6], como si de una suplantación se tra­tara, pues, si ese hubiera sido el propósito del arte, la escultura hubiera cum­plido ese papel mucho mejor que la pintura.

La pintura no tiene por qué competir con estas imágenes. La pintura tiene una materialidad, un discurso exclusivo que la convierte en algo singular. La pintura es un mundo autónomo con una intención y una organización propia, que vincula a todos los elementos de la obra entre sí y los relaciona con el cuadrilátero que los encierra hasta un punto tal, que formas, soporte y cuadrilátero se muestran como un conjunto integrado. La superficie del cuadro es un lugar en donde se da una realidad emocional que se rebela contra toda recreación simple de la realidad.

Los verdaderos artistas no deben tener interés en imitar simplemente la realidad. La práctica imitativa de la realidad, extendida a todo lo visible y sin establecer barreras selectivas es muy aburrida; en todo caso, el interés se centraría en dar expresión objetiva a los sentimientos que suscita en ellos la realidad.