Rayuela; Julio Cortázar

Literatura hispanoamericana contemporánea. Narrativa. Novela. Estructura collage. Argumento. Estilo literario. Desarrollo

  • Enviado por: Francisco Valenzuela
  • Idioma: castellano
  • País: Chile Chile
  • 13 páginas
publicidad

Introducción

El camino que se debe recorrer al resumir este libro presenta no sólo un reto temático , sino uno mucho mayor, de orden narrativo y esquemático. Contando la novela con una multiplicidad de narradores y dos “volúmenes” preponderantes (pues, según el mismo Cortázar, Rayuela es “a su modo muchos libros, pero por sobre todo dos libros”), su resumen cronológico no se torna en algo sencillo, y lleva muchas veces a una región literariamente imposible, pues, como ya es característico, el despliegue de la trama en el libro se ha realizado en forma deliberadamente irónica y desordenada, simulando un orden aleatorio, (con un efecto magnético rara vez conseguido por algún novelista o narrador), que se rebela siempre contra el orden y la narrativa predecible. El desarrollo dramático posee el peso concreto de los cuentos de un Borges, pero a diferencia de él, cuya obra es una “transposición intertextualizada” de esenciales literarios previos o obras de una profunda herencia legendaria, mitológica y dramática (en la fantasía o en la historia), muestra un compendio justamente grueso de episodios, convicciones y teorías, cuyas delimitaciones conforman una estructura ejemplarmente ingente dentro de la nueva novelística contemporánea.

El primer libro, presenta dos partes contrapuestas sugerentemente llamadas “Del lado de allá” y “Del lado de acá”, representando la simultaneidad de la existencia del protagonista. Se deja leer en la forma común y corriente y termina en el capítulo 56, culminando en un final definitivo (por consiguiente, nos dice el autor, el lector podrá prescindir sin remordimientos de lo que sigue). El segundo libro se deja leer empezando por el capítulo 73 y continua con un orden irregular, intercalando, según la pauta de lectura del mismo Cortázar, capítulos del primer libro (la novela prima), y del segundo, pasando éste a ser un complemento oculto y certero, como el lado anverso de una página, una pantalla o un espejo. La presencia enigmática de estos textos contiguos a la historia central logra que los capítulos giren en un mundo en donde pueden rescribirse a si mismos, como una lombriz que se muerde la cola. Por todo esto, no es posible hilar la historia de los personajes de una manera coherente y dramática, sino de manera muy somera e inconexa, fallando en encontrar las huellas dejadas por ellos en la historia misma (quizás solo haciéndolo en el contexto literal de la obra).

La tarea de resumir la novela entonces, lleva inevitablemente a tomar uno de los dos caminos (libros) en la encrucijada, por un respeto al sentido natural otorgado por el Argentino a la distribución del relato, y más que nada, por el seguimiento de las historias paralelas de Oliveira y La Maga, que de por si, presenta ya un desafío en la comprensión de un estilo. La idea vanguardista de la novela cortaziana se centra en la autonomía y la interrelación de cada uno de los capítulos y la presencia ineludible de todo un contenido subyacente, que emerge intermitente para otorgarnos ciertamente aquellas perspectivas que presumíamos, y que nos hace dudar y saber aún más. Esa forma en mosaico de novela, es lo que nos lleva replantearnos el contenido que debe presentar un resumen de la obra, sobre todo si se pretende una fidelidad y consistencia respecto a la fuente.

El interés de este resumen se ve entonces desviado naturalmente, hacia el seguimiento de una navegación literaria de la novela desde muchos puntos de vista, y en cuyas consideraciones literales y contextuales se mecen las claves para aunar el relato y los sucesos que en ella ocurren. Es mi intención mostrar a través del viaje descriptivo los apuntes y comentarios que localicen el escenario histórico y escenográfico de la historia, para entregar, entre los subterfugios necesarios, una lectura limpia de la trama, que permita participar de los matices que sazonan la historia y del relato mismo, además de observar el destino que precede y aguarda a sus personajes. Se trata de obedecer a una “literalidad estructural” , en que la trama se verá desglosada en un orden literariamente axiomático, a la cual se le entrecruzara el contexto que genera el propósito desordenador de sus capítulos, para conseguir, en resumidas cuentas, un comienzo y un final, por mas simétrico, refractario y laberíntico que sea el camino hacia él.

Las anotaciones (...) y (&) hacen referencia a cambio relevante en el tiempo narrativo (incoherente en este libro) y a cambio relevante de narrador (consecuencia de una multiplicidad {o complicidad} de narradores). Cada párrafo constituye una unidad substancial del relato y sus nexos entre ellos, se verán afectados por éstos problemas narrativos, por lo que planteo esta notación, de manera que proporcione una ilación temática íntegra, sin afectar, en el caso de algunos monólogos o textos complementarios (o “prescindibles”), el sentido original de su desarrollo y lectura. Añadí además, el capítulo 7 en su breve totalidad, ya que su carácter monológico es, a su vez, como expresión narrativa pura, parte imprescindible (y no resumible) de la novela.

Del lado de allá

Primera Parte

La historia comienza con Horacio Oliveira apoyado en la baranda del Pont Des Arts, hablando con si mismo, pensando en la Maga, esa Maga que recorría incansable las rues de París. En su mente atraviesa una honda reflexión, entre mundana y metafísica; un cúmulo de vitrinas parisienses agolpándose en sus ojos. En la pasarela, recordaba a su cómplice y conviviente, preguntándose adonde estaría, adonde estaba la razón para el desencuentro deliberado y permanente. Así, entre balbuceos sobre tarjetas postales, hablaba a la Maga: "andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba, como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra” El argentino se dedicaba a sopesar el sentido real de su estadía en la ciudad francesa, más allá de su vocación de escéptico, o de buscador, de lo metafísico; su ubicación definitiva era algo inconcluso, sostenido demasiadas veces por la Maga. Dormía así en esos recuerdos de su amante; el brillo en los ojitos de su vástago montevideano Rocamadour, la superstición violenta en un restaurant, el viaje húmedo y tenso por sus pechos, sus mil manías felinas, los sueños, los detalles, el humo insaciable, el destino. Los rostros del Club de la Serpiente venían también a su rostro, recorriéndoselo en pensamientos. En el puente, sin la Maga, todo era metafísica, recuerdos, pensamientos, Maga.

La casa en que vivían era una alegoría extraña y lúcida, derivada de una existencia que convivía con el arte, la decadencia, la bohemia, el desorden del desgano y la vida nocturna. Oliveira habla de una Maga que había aparecido una tarde, trayendo siempre una flor, una tarjeta de Klee o Miró, y si no tenía dinero elegía una hoja de plátano del parque. Ambos fabricaban artefactos, móviles, instrumentos de juguete, que eran inefables, inventos de la imaginación volátil de Oliveira, descripciones fantásticas de su mundo interno. Relataba su relación con la Maga a base de reminiscencias del pasado, de la mundaneidad excéntrica de sus vidas. Contemplaba como la Maga era esa muchacha uruguaya llamada Lucía, que se desdoblaba para estudiar canto y llevarse a su hijo a París, pensaba en Rocamadour y en su vida propia, sentíase atrapado entre ese “mundo Maga” y su propio mundo, comenzaba a parecerle una ambigüedad, estar inserto en ese espacio, entre ella y Rocamadour. Empezaba a sentir que era un buscador en ese mundo, necesitado de buscarse a si mismo.

Oliveira estaba en medio del insomnio. Dedicaba las horas, con la Maga recostada junto a él, a pensar sobre política, mientras cebaba el poco mate que le quedaba y revisaba correo de su hermano rosarino , y los líos legales que ahora le acechaban desde Argentina. Su debate metafísico (siempre presente como un órgano más) se desviaba lentamente hacia la ética popular, hacia conceptos inventados en la noche como la “argentinidad” o el “glieco dico io!” (¡se lo digo yo!). Sentía, en el fondo de su mente y su corazón, que algo no andaba bien, y argumentaba incesantemente en pos de una defensa sin cultura, de una sobrevivencia sin esa soberbia frágil y aérea del pueblo vasto. Proponía una mayéutica ante tales eventualidades, una humildad general ante la vida y el sufrimiento. Susurraba todo aquél discurso a la Maga, en el medio de la noche, y en mitad de un cigarrillo, a lo que ella le respondía con un balbuceo iluminado, que dejaba a Oliveira en una divagación poética infantil: “Vos sos como un testigo, sos el que va al museo y mira los cuadros. Quiero decir que los cuadros están ahí y vos en el museo, cerca y lejos al mismo tiempo. Yo soy un cuadro, Rocamadour es un cuadro. Etienne es un cuadro, esta pieza es un cuadro. Vos creés que estas en la pieza, pero no estás. Vos estas mirando la pieza, no estás en esta pieza”.

(...)

Así habían comenzado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los signos de la noche, acatando itinerarios sacados de Clochards , atentos a los niños y los juegos. La Maga hablaba de un tal Montevideo, de Ledesma, y de su padre; Oliveira recordaba a su amigo Traveler, a la boba Gekrepten, y los cafés del centro. La Maga preguntaba por el snobismo, y hablaba de Rocamadour, cuyo nombre sencillo era Carlos Francisco. Y de ahí, nuevamente la reflexión. Oliveira pensaba en el destino extraño que había llevado a Lucía hasta esas circunstancias, en que él también se incluía. Se admiraba, a medida que relataba los recuerdos, de la espontaneidad de la muchacha, de sus manías y su ignorancia tan magnética, por alucinante que ello fuese. Hablaba del génesis del Club de la Serpiente, en que la Maga fue este intermediario, él centro de la batalla. Perico, Ronald, Babs luego Etienne y de ahí Gregorovius, tomando cuerpo en las noches del departamento en Saint- Germain des Prés. La Maga se las traía, eso podía concluir, con su ingenuidad y su belleza desastrada. Contaba de historias de vitrinas, y de cómo Oliveira le enseñaba el mundo de los intelectuales. En verdad, ella no entendía nada de nadie, los esfuerzos vanos de Gregorovius le hacían darse cuenta de su incapacidad, que a la vez era esa magia perspicaz indescriptible.

(...)

Habían estado buscando un hotel, y de ahí su ubicación en la vida. “Durante días, durante semanas, durante algunos meses, cada cuarto de hotel y cada plaza, cada postura amorosa y cada amanecer en un café de los mercados: circo feroz, operación sutil y balance lúcido.” La Maga se expresaba, quería aprender, quería instruirse. Oliveira descubría que su unión tenía que mucho que ver con un deseo de consumirse mutuamente, de una muerte y de un sexo que hiciera al otro venir, para hacerle suyo, para aprenderle la vida incomprensible para su propia realidad.

La técnica consistía en citarse vagamente en un barrio a cierta hora. Les gustaba desafiar el peligro de no encontrarse, de pasar un día solos, enfurruñados en un café o en el banco de una plaza, leyendo-un-libro-más. Eso del libro más era la premisa pedagógica de Oliveira, que instaba a la Maga a reflexionar y a “pensar”, mas allá de su ignorancia (aunque no lo decía, si lo pensaba así), lo que encendía el obvio resentimiento de ella. Él recordaba esos encuentros - desencuentros, siempre con un cariño especial; “... le fascinaban los sinrazones de la Maga, su tranquilo desprecio por los cálculos más elementales... Lo que para él eran probabilidades, para ella se volvía simple fatalidad: `¿Y si no me hubieses encontrado?' - decía ella...” Oliveira a los libros, Maga al llano desconocimiento, así andaban, atrayéndose y rechazándose, para sostener un amor... pero, amor, esa palabra...

(&) (...)

Maga

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

    Me miras, de cerca me miras, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando es sus recintos donde un aire pesado va y viene con u perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.”

(&)

(¿Oliveira?)

“... era el tiempo delicuescente, algo como chocolate muy fino o pasta de naranja martiniquesa, en que nos emborrachábamos de metáforas y analogías, buscando siempre entrar ... Y ese pez era perfectamente Giotto, te acordás ... Descubríamos cómo la vida se instala en forma privadas de tercera dimensión, que desaparecen si se ponen de filo o apenas dejan una rayita rosada inmóvil en el agua. Un golpe de aleta y monstruosamente ahí está de nuevo con ojos bigotes aletas y del vientre saliéndole y flotando una transparencia cinta de excremento que no acaba de soltarse, un lastre que de golpe los pone entre nosotros, los arranca a su perfección de imágenes puras, los compromete, por decirlo con una de las grandes palabras que tanto empleábamos por ahí y en esos días”

(&)

Noche de discos

Lloviznaba, ya la Maga se colgaba aún más del impermeable de Oliveira, que olía a sopa fría. Etienne y Perico discutían. ¿Acaso tomarle la cintura fina y caliente a la Maga, sintiéndole los músculos como un lenguaje afectuoso, era hilar en lo metafísico de lo gramatical? Y el logos , seguía siempre presente, en la boca de Etienne y de Perico, la pintura, lo inefable. Preparaban la discada, la Maga se apretaba aún más. Oliveira se aburría, corregía. Llovía, y la llegada de Wong y Gregorovius emulaba una ducha oscura en la acera. “Ta gueule...”, “Salud va,” entraban al departamento, Ronald se apoyaba en la pared, Babs esperaba y Guy Monod había perdido a su chica más arriba en la escalera. Y no le importaba.

La noche tiraba un viento desganado a la ventana del departamento en el barrio latino. Sonaba adentro la música de la reunión de discos y Blues en ese taller, de una Babs ceramista y un Ronald músico. Vodka, velas, ropa mojada, y restos de guisado amenizaban la música borrosa del tocadiscos, proyectando a un Bix de lujo, y un Eddie Lang viajero, mientras ellos estaban en la oscuridad y el calor de la habitación, escuchando, que formidable, jazz me blues, y de pronto se acaba, como un disco que se termina a ojos cerrados. Gregorovius se dejó llenar el vaso de vodka. La Maga vino a sentarse en el suelo con un cigarrillo en la boca, con el brillo de las velas en los ojos, extasiándolo. Hablaban de Oliveira, hasta que Gregorovius le preguntó por Montevideo (Lester Young y Kansas City Six sonaban en el fondo), luego por Lautreamont. La Maga no se confundía con sus preguntas, pero Etienne pedía silencio. Gregorovius oía en un susurro el Montevideo vía Maga, y esperaba oír que se llamaba Lucía y mucho más de ella; sentado junto a su cuerpo, se acomodaba al leve espacio de su tibieza. Ronald y Wong cambiaban los discos, Oliveira y Babs apoyados en el suelo, Horacio oscilando el humo de un cigarrillo, ella perdida en el Vodka. Entre el humo Oliveira hablaba hacia adentro, hacia atrás, a otra cosa que retorcía imperceptiblemente a Gregorovius, no sabía por que, quizás porque esa ausencia de Horacio era una farsa, y moviendo los labios, hablándose con la Maga, alcanzaba a reírse de tanto Montevideo y Lautremont, entre el humo y el Jazz.

A Gregorovius siempre le habían gustado las reuniones del Club, porque en realidad no era en absoluto un Club. Le gustaba, por así decirlo, Horacio Oliveira, con el que tenía una especie de relación persecutoria, es decir, detestaba su presencia luego de haberlo buscado incesantemente; a Oliveira le hacía gracia su enamoramiento de la Maga, y que creyese que él no lo sabía. Jugaban a hacerse los intelectuales, coincidían en la Maga. Gregorovius le hablaba formalmente a la Maga, buscando saber de su niñez. Conversaron unos momentos, y a la caricia en la cabeza de ella, Oliveira encendió el pensamiento, notando el afán de Gregorovius por la muchacha, profesando una acción violenta de una intelectualidad pasiva, llena de egocentrismo. A su lado, Babs se perdía en el alcohol, y la pieza se hacía honda y líquida, húmeda de oscuridad. Después de los discos, le daban ganas de vomitar.

Envuelto en humo, Ronald cambiaba los discos y acurrucaba a Babs en su cuerpo, excitada ella con la voz de Satchmo. Oliveira se levantó y buscó a Wong. Hablaban del arte, de las pinturas chinas y de la concepción de la muerte como arte puro, las fotografías de Wong le atraían la vista. Oliveira no quería ser un indiferente. Le hablaba a Babs del cretinismo, de la estupidez sacra y sapiencial. ¿Qué necesidad había? Prefería irse, pero la comodidad incierta de la pieza le retenía, mientras miraba el interviú de la Maga con Gregorovius. A lo lejos, ellos hablaban de la infancia, del tormento íntimo de Montevideo. Una angustia profunda, incrustada en los ojos reflejantes de la Maga, que ella atribuía a la humedad, la misma que había en Buenos Aires. La cara de su padre fumando el mate, el trago de la canilla, la mano que la sujetó y el aliento a catinga del negro, que la sobaba y la violaba en ese conventillo, en el Uruguay. Gregorovius no quería escuchar más; Oliveira le pidió escuchar el resto.

Horacio bromeaba ante el espanto de Gregorovius. El se lo busco, ahora que no diga que no le gusta - decía la Maga. Wong preparó el café. Ossip averiguaba de Oliveira, que la Maga definía como agua en la tormenta. El café venía y Etienne discutía siempre de música. Alguien se aprestaba a contradecirlo cuando apareció el café, pero luego la atención se hizo difusa para todos, que volvieron a encerrarse en sus mundos intrincados.

Horacio cuestionaba sobre la esencia del Club, sobre el amor de la Maga, pero todo en un plano metafísico . La borrachera en Vodka de Oliveira le hacía acelerar en el discurrimiento de su monólogo, dando vueltas en la “pureza”, el “entender”, y otros así. Ya quedaba sólo desorden en el departamento. La Maga estaba llorando, Guy había desaparecido, Etienne se iba detrás de Perico y Gregorovius, Wong y Ronald miraban un disco que giraba lentamente.

(...)

Oliveira y La Maga conversaban de metafísica. Rocamadour estaba enfermo, y la habitación que había cedido Ronald no ocultaba el sabor de los medicamentos. Habían decidido vivir juntos, y era un ahogo constante. Sospechaba de Gregorovius como amante. La Maga intentaba con torpeza suprimir el padecimiento de su hijo, mientras Horacio la increpaba por la limpieza y por su nueva aventura de amor. Al ritmo de un mate, discutían por aquellos temas, la negación de Gregorovius, la enfermedad de Rocamadour, la separación que quería ella por el resentimiento de él. La arenga enardecía con juegos sarcásticos, pero estos lentamente se transformaron en risas, en cómplices carcajadas. Se despreciaban, se admiraban y se arrastraban sin decirlo; a pesar de la situación trágica de ambos y el pequeño, se sostenía un círculo de intriga viciosa, de recuerdos e ilusiones. Oliveira quería irse, sintiendo su infancia latente en ambos, la tragedia, el drama forzoso de la vida al límite y el drama manipulador de su relación. Salió a caminar, solo, dejando a la Maga tras de sí.

Afuera, el paseo de Oliveira era pura divagación estética, aunque sólo hasta cierto punto, en donde se hablaba a sí mismo, una vez más, en busca de confirmar lo que sentía secretamente. “Y me parece que no te da demasiado cuenta de que Rocamadour esta muy enfermo, terriblemente débil y enfermo, y que lo cuidarían mejor en el hospital. Pero ya no te puedo hablar de esas cosas, digamos que todo acabó y que yo ando por ahí, vagando , dando vueltas, buscando el norte, el sur, si es que lo busco. Oh mi amor, te extraño, me dolés en la piel, en la garganta, cada vez que respiro es como si el vacío me entrara en el pecho donde ya no estás.” Su vida con la Maga tenía explicación: “Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en prejuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo , condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juzga sin saberlo. Ah, déjame entrar, déjame ver algún día como ven tus ojos.”

Decidió resguardarse del frío en la entrada de un teatro. Allí, un concierto de Madame Berthe Trepat se llevaría a cabo. Entró, y cuando estaba sentado en su asiento fumando un cigarrillo la vio llegar. Era algo gorda, pero tenía una cualidad propia y especial. A medida que fue tocando las piezas de su obra, el público fue desertando de las butacas, quedándose Oliveira, finalmente casi sólo viéndola. Se sintió cada vez un poco más cómplice, llegando esto a una serie de acciones y conversaciones que terminaron en Trepat Y Oliveira caminando juntos a la casa de ella, en donde convivía con su amigo (¿homosexual?) llamado Valentin. Después de haberla llevado a su casa, y dejarla , luego de haberle insistido mucho sobre un hotel y su compañía, parte a las calles de nuevo, remecido por una experiencia surreal y muy humana, en un paseo solitario en su propia soledad de calles.

La Maga hablaba con Gregorovius sobre la partida de Horacio, mientras intentaba dar de comer a Rocamadour. Al parecer Rocamadour no estaba bien. Gregorovius lo presentía, una tragedia posible. La muchacha sentía la estupidez de él en su forma de galantear, pensando que quizás Horacio sería el mejor amor compartido con nadie. Gregorovius compartía con ella experiencias de sexo, hablando de peces, de la libertad restringida. Luego la convencía de que París era una metáfora hilada entre sus amigos del Club, que iban y venían constantemente. Su divagación envolvía siempre a Oliveira, buscando razones para su partida fugitiva. Intercambiaron con la Maga una discusión pues él no distinguía esencia especial (o falsa) de Horacio, distinguiéndole como un intelectual aficionado del “Matto Grosso”. La Maga estaba perturbada con su presencia, y él seguía mencionándole ese París como una metáfora, como dibujos chinos en alfombras.

Con nostalgia la Maga hablaba de Pola; de cuanto la conocía, de cuán presente estaba ella en el pelo y en la ropa de Oliveira, impregnándolo de esa inteligencia y conocimiento que la Maga jamás conocería. Continuaba hablando de ella sin parar, y empezó a hacerse monótono, sesgadamente, una y otra vez, mientras Ossip no entendía el origen de esa obsesión insegura. Pola era esa mujer lejana, parte de Horacio entero, y que se estaba muriendo de cáncer. La Maga no terminaba de hablar, de decirle a Gregorovius que una Pola nunca sentiría a una Maga en el pelo de Oliveira...

La Maga encendió el tocadiscos, cuando en el piso de arriba, se escuchaban golpes de molestia por el ruido de la música y sus conversaciones. El golpeteo fue terminado por la represalia de Gregorovius. Lentamente, el club de la serpiente fue congregándose en el departamento, preparando café, hablando de arte, de música, de mujeres, de metafísica. La Maga pedía que hablasen más bajo, cuando la discusión se enardecía entre un Etienne exaltado, un Oliveira indolente y Ronald siempre suspicaz. Comenzaban a darse cuenta que debían irse, pues Rocamadour no solo se había despertado con el ruido, sino que lucía muy mal (cosa que Ronald intuía muy bien), y necesitaba su medicina. Los ruidos regresaron, y lentamente se fue dibujando en la habitación un cuadro surrealista. La Maga se iba perturbando poco a poco, buscando ansiosamente la medicina para su hijo. Babs y el resto se daban cuenta, con una mirada enfriada, como su esfuerzo se hacía lentamente vano, al observar a un muñeco indiferente y ceniciento que temblaba y se sacudía sin convicción, inútilmente maltratado y acariciado. El grupo comenzaba a hablar retóricamente, Gregorovius partía a la comisaría, Babs consolaba a la Maga y Oliveira, como siempre, comentaba, como tras un vidrio, la exhibición estética del dolor íntimo.

Había pasado un tiempo. Olivieira hablaba con Gregorovius en el departamento, con la Maga desaparecida. Dijo algunas cosas de Montevideo, de partidas, de soledad, pero su existencia era un misterio ahora muchísimo mas insondable. Oliveira conversaba con Ossip y recorrían a esa Maga en fuga; ambos eran dueños del lugar, y hablaban sobre los hechos consumados del amor y la pugna. La Maga no estaba, y Horacio se enfrentaba a ese vacío.

(&) (...)

... Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprenda, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, y te escribo esta carta porque no sé, porque a lo mejor me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete...

(&) (...)

Oliveira leía una novela relista y lacrimógena, y al mismo tiempo pensaba en su Maga, en esa personalidad ambigua, capaz de conjugarse con él en el secreto de sus vidas imaginadas día a día.

(...)

Horacio buscaba su destino, o a la Maga, imprecisamente, en las afueras de París. Las divagaciones de Morelli y las conversaciones con Emmanuele, eran agravantes y alicientes al mismo tiempo. Sólo pensaba en su cielo, pues se reconocía esencialmente como un buscador. Pensaba en la Maga, en el cielo, en lo que el llamó su kibbutz del deseo, su paraíso, su calma interna, el paso al estado siguiente, a la estancia tan distinta de su ubicación en el mundo. Aunque allí estuviese la Maga, el Club, Babs borracha, la Maga, Rocamadour, la Maga, la Maga...

Agarraba el calidoscopio del lado contrario, y había que darlo vuelta con la ayuda de ellos, en París.

Del lado de acá

Segunda Parte

Traveler (viajero) era una ambigüedad de nombre pues él nunca había salido de Argentina, ni a ninguna parte. Vivía sencillamente en el puerto, haciendo de todo un poco por el Circo. Talita (Atalía) era su mujer, y sus vidas transcurrían tranquilamente, hasta la llegada de Horacio, un día como cualquier otro. Al saber de su llegada, Traveler se mostró molesto, pero a fin de cuentas, la presencia del viejo amigo, era un tema radical e inconcluso, pero sobre todo, fascinante. La relación de Oliveira con ambos era extraña, y la compañía de Gekrepten, su esposa y su sencillez fabricada de incertidumbre, era leve, como si contrastase con el perfeccionismo de Horacio. Oliveira se asentaba en aquel lugar, estaba en su casa, aunque su mente “corazonada” insistiese en irse a París.

Un día, Horacio se dedicaba a enderezar clavos del suelo, en su habitación, en la pensión contigua a la casa de Traveler. Viéndose sin yerba mate, o clavos nuevos (para hacer de la tarea algo útil) mandó a buscar los elemento s a su amigo, el que obedeció a regañadientes, pero aún así, muy dedicadamente. Mientras ocurría eso, practicaban diálogos del diccionario, juegos absurdos de palabras, que parecía evocar esas vivencias de la infancia , que moldearon la personalidad actual y madurada de ambos. Luego de buscados los abarrotes, el problema de la entrega surgió de súbito. Previo análisis minucioso, se llegó a la conclusión que lo más factible era extender un tablón que comunicara las dos ventanas, y que sirviese como puente para que “alguien” pudiese traspasar el encargo. Ese alguien, termino siendo Talita, después de mucho discutirlo. Así, bajo la mirada acostumbrada de Gekrepten, Talita se suspendió por los aires y le lanzó los clavos y la yerba, no obstante, el plan lentamente se fue confundiendo con conversación, luego con discusión, y finalmente con olvido, con intimidad, con espacio sin tablón y Gekrepten poniendo la leche a entibiar, y Horacio, Manú y Talita, cada uno a su casa.

Traveler y Oliveira eran más amigos de lo que parecía, y la presencia de Horacio en aquél lugar de veras lo entusiasmaba, sin embargo, el influjo frustrante que inflingía sobre él, tampoco era de obviarse. Se despertaba de noche a veces, conversando (como en novela de García Márquez) con su esposa, en el calor húmedo de la madrugada. Talita percibía el sincretismo de Oliveira, en él que cabían él y Traveler al mismo tiempo, y así también para su esposo, cuyo carácter, tenía un vacío para ella perceptible, latente e inconcluso. Presumía a veces Oliveira con partir de Buenos Aires, y Traveler lo detenía, Traveler le hablaba de irse, Horacio le contestaba hablándole de Talita y el triángulo casi familiar que los tres integraban. Talita se sentía, habitada, transhabitada por Horacio, sentía estar en medio de esos territorios de los que él hablaba, y que eran Traveler y Horacio. En las tertulias en casa de don Crespo, mientras Traveler interpretaba Malevaje en su guitarra, discutían sobre la presencia de Oliveira, esa que calmaba cuando estaba, pero alteraba cuando se iba, y entre discusión y escoba de naipes, cuando Horacio y Manú hablaban de cómo hablarse, y que no hablar era el destino de su hermandad lejana, Oliveira miraba de reojo a Talita, y esta dejaba cubrir suavemente su animo con la sombra de su luz oscura.

Talita hablaba con si misma, jugando con un magnetófono, sobre el juego entre ella, su marido y su amigo. “Soy el, soy yo, pero primeramente soy yo, Atalía, soy yo, ego, diplomada, yo, argentina, farmacéutica, yoyo” decía, intentando infructuosamente definir como manejar esa sensación de Horacio, ese habitar en ese territorio de uno solo, que era Traveler y Oliveira al mismo tiempo, pero en lugares disímiles, uno anverso del otro, sin encontrarse, como hermanos geminísticos. Se preguntaba como era que Horacio se interesara o no lo hiciese, sentía mas presente esa sensación leve de su búsqueda centrada en ella, ese agazapamiento de ella, hasta que él se dignase a hablarle, a irse, a pegarse un tiro, a explicarse de alguna manera. Quería cubrir aquello con la vida, pero aquello tenía una razón, y esa razón sin razón, vivía en si misma, al frente de su casa, y junto a su cama durmiendo. Era ella, era él. Pero primeramente, ella.

A veces, Olivieira buscaba a la Maga en los faldeos de un cerro. Creía ver a la Maga en lugares, en rostros de mujeres que se hacían de pronto, Magas. Sentía miedo, a esa inconsecuencia ante la pérdida, y no quería echar mano a la marca de la experiencia, esa que dejaba todo atrás; él quería seguir buscando. Entendía que Talita sufría por culpa suya, y comprendía que dejaba su vida en manos de esos caminos, en que siempre podía estar “de ida”. Pero él seguía buscando, arriesgando, buscando.

Talita y Traveler dejaban el circo para tomar concesión de la clínica siquiátrica, y aquello los dejaba muy entusiasmados. Oliveira, cuyo lugar también se trasladaba con su trabajo (el que le dio Traveler), no enfrentaba demasiado el cambio, dedicándose más bien a jugar con el gato calculista del circo. Cuca y Ferraguto colaboraban con la tratativa, y al final de todo, como un último olvido contractual, hubo que solicitar los okeys de todos los internos ante el cambio de dueño. Así, fueron desfilando en el escritorio, todos los pacientes firmando el libro, bajo la mirada del doctor Ovejero y el enfermero Remorino, que se hizo amigo rápidamente de Oliveira. En todo aquél ajetreo, Traveler llevó a Oliveira al patio, a conversar, a pesar del dilema del habla entre ellos, una situación fluida pero contradictoria. Traveler mencionaba de a poco el cambio, la carencia, de esa sensación invisible de Horacio y Talita. De vuelta, Traveler jugó un poco con la rayuela, y se fue. Horacio todavía sabía cosas para sí mismo. Entendía que en realidad, él no le podía contar nada a Traveler, que sería como soltar y soltar lana sin dejar jamás el ovillo. Su estado se hacía cada vez más voluble a esa búsqueda interna, que ahora se expresaba en sus acciones, que se acumulaba en la rayuela que se vislumbraba desde su habitación de segundo piso.

A Olivieira le gustaba contemplar su fosforescencia de noche. Mientras estaba de guardia, por la ventana, vio pasar a Talita, que atravesaba el patio, y se demoraba jugando a la rayuela. Y observaba, como ella era la Maga, como esa transformación de la imaginación, dibujaba a la Maga en Talita, y su nombre mismo cambiaba al de ella. Después de reflexionar un momento, y subir la escalera saltando en un pie, Horacio se encontró con ella en el rellano de la escalera, cuando subía a entregarle limonada. Él la convenció de que bajaran a la Morgue, a frío refrigerio, para apaciguar el calor sofocante. La historia de un interno y su paloma y las palabras intercambiadas en el montacargas le hicieron seguirle. Abajo compartieron una cerveza, pero ella se sentía incómoda. Horacio sentía fuerte la lástima que por él sentía Talita, a causa de su estado frenético, de su locura leve, de su intranquilidad por la búsqueda. Talita a su vez, veía en él ese rasgo, y en aquél rostro atravesado por el pasado y por la imagen de otra encarnada en ella, existía una atractivo invisible, que era ella, o Traveler, o Horacio, o todos, o algo innombrable, que le conmovía, que le hacía compadecerlo, que la seducía de alguna manera única. Oliveira le hablaba en francés, y ella, que sabía que él no la miraba a ella sino a otra, no pudo más que acariciarlo en el pecho. Horacio le hablaba de amor, mirándola con unos ojos de otro lugar, y ella quería irse. Talita le dio la espalda y fue hacia la puerta. Cuando se detuvo a esperarlo, desconcertada y al mismo tiempo necesitando esperarlo porque alejarse de él en ese instante era como dejarlo caer en el pozo, vio que sonreía y que esa sonrisa tampoco era para ella. Nunca lo había visto sonreír así, desventuradamente y a la vez con toda la cara abierta y de frente, sin la ironía habitual, aceptando alguna cosa que debía llegarle desde el centro de la vida, desde ese otro pozo, acercándose a ella en el acto de aceptar esa cosa innominable que lo hacía sonreír. Y tampoco su beso era para ella, no ocurría allí grotescamente al lado de una heladera llena de muertos, a tan poca distancia de Manú durmiendo. Se estaban como alcanzando desde otra parte, con otra parte de sí mismos, y no era de ellos que se trataba, como si estuvieran pagando o cobrando algo por otros (...) De alguna manera habían ingresado en otra cosa, en ese algo donde se podía estar de gris y ser de rosa, donde se podía haber muerto ahogada en un río (como la Maga, supuestamente) y asomar en una noche de Buenos Aires para repetir en la rayuela la imagen misma de lo que acababan de alcanzar, la ultima casilla (...) el camino a una extensión sin límites, al mundo debajo de los párpados que los ojos vueltos hacia adentro reconocían y acataban. El beso.

(ver cita)

Horacio se preparaba para la llegada de Traveler a su habitación, pendiente, en una mezcla de juego, convicción, destino, clarividencia, miedo, (y otras emociones propias de una desviación de la locura ligera de la búsqueda), de su intención de matarlo. Con la ayuda de un interno de la habitación 18, recolectó palanganas que llenó de agua y dispuso como primera línea de defensa, frente al picaporte. Luego, con unos hilos de colores, unos rulemanes y piolines, armo un sector de asedio frente a la puerta, que le daría, supuestamente más tiempo ante el asalto de Traveler desde el marco de la entrada. Listos todos los preparativos, luego de mucha preparación, se dedicó a esperar, apoyado en la ventana, arrojando colillas de cigarrillos precisamente en los casilleros de la rayuela, bajo la ventana. Así como estaba, sentía desaparecer su miedo con tristeza; todo se tornaba ,en un momento, pacífico, y su intención se veía interrumpida. Se oyeron arañazos en la puerta, y Oliveira instó a entrar a Manú, que obviamente se escuchaba muy molesto por la serie de obstáculos de agua y los piolines que le enredaron cuando puso pie en la habitación. Horacio se balanceaba precariamente en el borde de la ventana, mientras Talita le gritaba que no se asomase, y a ella se le unían el doctor, y Remorino y la Cuca y otros. Traveler le pidió una explicación, y luego le tildó de loco, por pensar en su intención de matarle. Horacio le hablaba de que eran el mismo, que hablarse era una necesidad cruzada, que él había llegado de todas maneras a la pieza. Traveler le contestaba apuntando a su oportunismo, a su idea de no pagar el precio de la vida, de estar siempre buscando, de su negación a pagar el coste del suicidio, de querer a la Maga, de querer a Talita, de besar a Talita. Afuera, esa Maga en Talita y el resto de la gente esperaba que Traveler saliera a decir que estaba todo bien, y que un chaleco de fuerza enmendaría la situación. Pero ambos eran cómplices, el mismo en algún sentido. La comprensión de ese cuadro era válida sólo en ese lado de la ventana.

Se agolparon tras la puerta y golpearon, Remorino y otros enfermeros dispuestos a llevarse a Horacio, a lo que Traveler los expulsó. Siguieron discutiendo, y llegaron a la conclusión tácita del sesgo lento de Oliveira, en que todo era un espectáculo imaginativo, una idea preconcebida y extremada. La situación que vivían les hacía esperar el fin de la realidad en la clínica, el término de esa temporada, que envolvía de alguna forma esencial a Oliveira. Traveler se fue, conmovido por la verdad que experimentaba en ese diálogo incoherente y metafísico con su hermano, sintiendo la honestidad de una realidad mostrada a través de la locura. Ya abajo, él, Talita, y el resto invitaban café y gritaban a Horacio, para que descendiera. Y Horacio, arriba, pensaba como sería. Pues, era así, la armonía duraba increíblemente, no había palabras para contestar la bondad de esos dos de ahí abajo, mirándolo y hablándolo desde la rayuela, porque Talita estaba parada sin darse cuenta en la casilla tres, y Traveler tenía metido un pie en la seis, de manera que lo único que él podía hacer, era mover un poco la mano derecha en un saludo tímido y quedarse mirando a la Maga, a Manú, diciéndose que al fin y al cabo algún encuentro había, aunque no pudiera durar más que ese instante terriblemente dulce en el que lo mejor sin lugar a dudas hubiera sido inclinarse hacia fuera y dejarse ir, paf se acabó.

(...)

“Pero Traveler no dormía, tenía pesadillas. Talita volvió a la cama, muy inquieta, y se apretaba junto a Traveler. “Horacio vio a la Maga esta noche... La Maga era yo” le decía Talita. Traveler se daba cuenta, y se sorprendía un poco de la tardía sorpresa de Horacio ante su propia confusión. Ella lo creía haber sentido desde el momento en que lo vio en el puerto a su llegada. “Me confundió con la Maga”, insistía afiebrada Talita. Le contó que habían bajado a la Morgue, luego de la conversación. Que sentía que Horacio la miraba con unos ojos importados de otro lugar, hablándole a una mujer ahogada por ejemplo, cosa que Traveler negó de inmediato, diciéndole que él sabía, sin saberlo, que la Maga no se había ahogado. Talita hablaba de que Oliveira creía que la Maga estaba muerta, y que esa noche había sido ella. Que ella no era el muñeco de nadie. Le dijo que Horacio la había besado y como no encontraba palabras, le iba tocando a tientas el rostro a Traveler, que no entendía, sino más bien sentía un contagio imposible de rechazar, en que acogía a Talita, que ante ese anuncio en sus gestos, era un ofrecimiento de amor en sus brazos. Se daba cuenta de que Horacio tenía miedo de que él lo matara. Talita decía que el miedo era su forma de aferrarse por última vez antes de tirarse. Que estaba contento de tener miedo. Ella se acurrucó en los brazos de Traveler, sintiendo que no se ahogaba, que él la sostenía a flor de agua, recogiéndola. Los dos lo sintieron en el mismo instante y resbalaron el uno hacia el otro como para caer en ellos mismos, en la tierra común donde las palabras y las caricias y las bocas los envolvían como la circunferencia al círculo, esas metáforas tranquilizadoras, esa vieja tristeza de ser el de siempre, de continuar, de mantenerse a flote contra viento y marea, contra el llamado y la caída.

* * *

Concepto narrativo obtenido del mismo Cortázar, en el que se alude herencia literaria ineludible, presente en toda la obra de Borges.

El siguiente capítulo, corresponde al número 55, ubicado entre el 54 y el 56, se lee normalmente en el seguimiento natural de la novela, tal como debiese ser, según el mismo Cortázar, la lectura del “primer volumen” (ver introducción), no obstante, se ha omitido en el orden propuesto por el autor, en la composición del “segundo volumen” , que incluye los capítulos prescindibles (tercera parte). El contenido de él es determinante para el suspenso y la tensión narrativa del relato, por lo que he decidido denotar su ubicación (mediante la línea) y desarrollarlo al final (tras la segunda línea), para hacer latente la diferenciación entre una lectura y otra, que es la esencia de la novela , y a fin de cuentas, es el reflejo más fiel posible de la intención narrativa del autor. El resumen, respetando la cronología cierta del relato, sigue su curso normal aparte de esta excepción.