Racionalismo y Empirismo

Filosofía moderna. Erasmo de Rotterdam. Tomás Moro. Maquiavelo. Bacon. Cpérnico. Kepler. Galileo. Descartes. Locke. Hume

  • Enviado por: Antonio Suarez
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 43 páginas
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racionalismo y empirismo

  • Renacimiento. Ciencia y humanismo en el origen de la modernidad.

  • Renacimiento.

    El término Renacimiento, alude a un período histórico, difícil de concretar temporalmente, si bien los siglos XV y XVI parecen abarcarlo. A la hora de definirlo, tenemos que comenzar por decir que a partir del siglo XV se emplea la palabra "renascentia" para significar la renovación cultural producida por la vuelta a los orígenes, a la cultura grecorromana. Pero no podemos reducir el Renacimiento a un mero intento de recuperar las formas de la cultura grecorromana, sino que tenemos que ir más allá y afirmar que supone la aparición de un nuevo estilo de vida más paganizante y libre, hay una fuerte rebeldía contra la autoridad establecida, a la vez, que hay una crisis de los valores y de la teología que exige una relectura de la Biblia que de alguna manera ha de enfrentarse a la fuerte inquietud científica y artística que hacen emerger a la ciencia como autoridad, autoridad que se fortalece por la tendencia a una mayor observación de la naturaleza.

    Los resultados de este período histórico, hay que verlos sobre todo en un avance importante de las ciencias técnicas, así como una reforma seria y profunda de la religión y de la sociedad. Con Gutemberg, la palabra se hace escrita y el libro pasa de la custodia de los monjes a ser patrimonio del pueblo.

    Dos elementos van a recoger nuestra atención de este período histórico: humanismo y ciencia.

    Humanismo.

    El término "humanita", fue el primero en aparecer, se aplicaba al que enseñaba humanidades. Posteriormente en el siglo XIX, se acuñó el término humanismo, para insistir en el valor educativo de la antigüedad, con ello se pretende englobar principalmente a los escritores del siglo XVI que basan sus estudios en los clásicos grecorromanos y que partiendo de la enseñanza de las humanidades, cultivando las facultades del hombre pretenden acercarle a un arquetipo que creían se había realizado en la antigüedad.

    Común denominador a todos los humanistas del Renacimiento es el enfrentamiento con las formas de poder establecidas, sobre todo el religioso. Hace falta un estudio filosófico de la Biblia, para establecer su verdadero texto y su correcta interpretación. Esta tarea, ha de ser previa a su traducción a las lenguas vernáculas. Este será un campo de trabajo para muchos humanistas.

    Es un intelectual comprometido en las luchas de la época, que denuncia situaciones socio - económico - políticas injustas. A la vez nos presentan modelos utópicos de convivencia o de organización social.

    El humanismo supone un salto desde la concepción medieval teocéntrica hasta una visión del mundo antropocéntrica, en la que el hombre es el autor de su propio destino por medio de su trabajo. Se exalta aquí la fortaleza de la voluntad humana, capaz de dominar el destino, capaz de darse a sí mismo un destino propio.

    A la hora de hablar de los humanistas, tenemos que detenernos en los siguientes nombres: Erasmo de Rotterdam, Tomas Moro, Giordano Bruno, Maquiavelo...

    Erasmo de Rotterdam

    Destaca por ser el propulsor de un instinto de reforma de la Iglesia, siempre a través de la vía del diálogo, y comenzando desde dentro, renovando y modificando la estructura eclesial. Exige una corrección en la interpretación de la Biblia, buscando un texto que sea más crítico, que vuelva a las fuentes originales, un retornar a los orígenes del cristianismo.

    Su obra cumbre es "El elogio de la locura", una obra de denuncia social, donde la locura, (estulticia) aparece como el elemento que atraviesa todas las edades del hombre, y que marca las incongruencias, los planteamientos ilógicos del comportamiento humano.

    Tomas Moro

    Autor de "Utopía", coincide en muchos aspectos con Erasmo sobre todo en la necesidad de una nueva visión de la Biblia, y de recuperar los logros de la antigüedad.

    En su obra, nos describe la vida en una isla en la que todos los ciudadanos tienen una casa propia con jardín, donde no existe la propiedad privada, y se practica una economía autóctona que desprecia el lujo, el oro y el dinero. Sus habitantes disfrutan de un epicureísmo moderado, trabajan unas 6 horas, y dedican 10 al ocio - realización del homo ludens - y a la formación cultural y un tímido comunismo, al ser comunes las granjas, los vestidos y la comida. La religión es plural, la sexualidad relativamente libre y se muestran partidarios de la eutanasia.

    "Utopía" es una república (parte de la utopía ejemplar de Platón, "La República") donde reina la justicia y el bienestar, pero como Moro nos confesará "hemos de conformarnos con soñar, porque es inútil toda esperanza".

    (Utopía popular. Tras los oscuros y duros años vividos en el medievo por las clases populares y unido a la incidencia del descubrimiento del nuevo mundo, aparecen grandes mitos, "El Dorado", lugares imaginarios de placer y ausencia de dolor, como "Jauja", "país de los gandules". El Bosco, nos dibujará "El jardín de las delicias". Tomas Campanella nos describirá "La Ciudad del Sol".

    Giordano Bruno

    Es probablemente el filósofo más importante del Renacimiento. Su importancia radica en que rompe definitivamente con la imagen aristotélica del mundo que había dominado en toda la E. E. M. M.

    Una de las influencias que podemos encontrar en Bruno, junto a los planteamientos platónicos y presocráticos, es la de Copérnico. La afirmación del sistema heliocéntrico que hace Copérnico, es rentabilizada por Bruno, que extrae las consecuencias filosóficas que dicha afirmación posee. En su obra "Del infinito universo y los mundos", afirma que el universo es infinito, y en él se encuentran infinitos mundos, también habitados como el nuestro. El infinito aparece ahora como el techo del hombre, ello supone un tremendo cambio de perspectivas. Los astros, no están en esferas fijas trasparentes, sino que fluyen libremente en el espacio, no se puede hablar ya de dos regiones celestes, sino que todos los astros se componen de los mismos elementos. Bruno supone el paso del universo cerrado al universo infinito y abierto. Sólo con Bruno, se comienza a afirmar la infinitud del universo físico.

    Maquiavelo

    La obra de Maquiavelo hay que introducirla dentro de la teoría política. Su obra, "El Príncipe" nos muestra una preocupación por la técnica política, es decir por conservar el poder y mantener el orden. En este sentido se suele considerar el maquiavelismo como un inmoralismo. Él nos habla de la necesidad de la autoridad de un príncipe fuerte, un príncipe que sólo considere el resultado, y si triunfa, todos los medios empleados, cualesquiera que fuesen, "serán juzgados honorables".

    La personalidad de este príncipe, ha de tener unas condiciones especiales como son: capacidad para manipular situaciones ayudándose de cuantos medios precise, lo que vale es el resultado. Ha de saber moverse según los vientos, sorteando la fuerza de los acontecimientos. Ha de ser diestro en el engaño. No debe tener virtudes, sino tan sólo aparentarlas. Ha de ser amoral indiferente al bien y al mal, ha de estar por encima de estas nimiedades.

    Ciencia Moderna.

    Interpretación de la naturaleza.

    Hemos dicho que aparece una nueva tarea para la filosofía y es la de explicar la naturaleza, pero se propone hacerlo desde una nueva perspectiva, como es partir de la propia naturaleza. Encuentran estos autores que la explicación actual de la naturaleza no satisface, que la concepción aristotélica esta superada, la distinción mundo sublunar y mundo supralunar queda abolida. El geocentrismo da paso al heliocentrismo. Hay una búsqueda experimental de las propiedades de la naturaleza, y lo harán intentando alcanzar sus leyes, partiendo de la aplicación de las matemáticas.

    Este espíritu, hace nacer lo que se conocerá como la ciencia moderna, que podemos ubicarla desde 1473, fecha en la que nace Copérnico y 1642, fecha en la que muere Galileo.

    Francis Bacon

    Es un filósofo de la ciencia, es también un reformador que cómo no, nos ofrece su utopía "La Nueva Atlántida". Pero su utopía, es una utopía científica, hay que reformar antes la ciencia en sus objetivos y en sus métodos.

    Establecer el dominio de la raza humana sobre el universo... lo cual depende por entero tanto de las artes como de las ciencias, porque no podemos dominar la naturaleza, sino obedeciéndola.

    De aquí se desprende que hay que utilizar la naturaleza para hacer feliz al hombre. A Bacon, se le ha llamado "el filósofo de la revolución industrial". Para conseguir este dominio técnico, es necesario un conocimiento previo de la naturaleza, esto lo proporciona la ciencia. Y para lograrlo necesita de un método científico de descubrimiento, este nos lo proporciona en su "Novum Organum", donde hace una crítica a la lógica aristotélica, y donde señala cuales son los prejuicios que dominan la mente humana a la hora de enfrentarse al conocimiento de la naturaleza. Detengámonos en ellos.

    A l referirse a los prejuicios, él los llama ídolos, que serían nociones o imágenes falsas que se apoderan de la mente en el momento de interpretar los hechos de la naturaleza. Son los siguientes:

    Ídolos de la tribu incluye aquí todas aquellas inclinaciones que son comunes a la humanidad y que nos empujan a interpretar erróneamente la naturaleza. Sería la tendencia a aceptar aquellas hipótesis o explicaciones que están más de acuerdo con nuestras inclinaciones y deseos. Sería por ejemplo la tendencia a interpretar antropomórficamente la naturaleza.

    Ídolos de la caverna es como una caverna en la que se quiebra la luz de la naturaleza. Proceden de las disposiciones individuales resultantes del propio carácter, de las convicciones hábitos y sobre todo de la educación recibida.

    Ídolos del foro proceden de la relación entre los hombres y radican en la fuerza de la palabra. Son aquellos errores que provienen del uso mismo del lenguaje. Las palabras trasmiten nociones fantásticas que perturban la mente. "Las definiciones mismas están hechas de palabras, y las palabras engendran palabras".

    Ídolos del teatro son aquellos prejuicios que provienen de la aceptación de las opiniones de los filósofos antiguos, cuyos planteamientos son acatados de un modo acrítico simplemente en función del prestigio que socialmente se le reconoce. Suponen "aceptar los principios y axiomas de las ciencias que siguen prevaleciendo gracias a la tradición, la credulidad y la negligencia".

    Bacon, propone para solventar este tipo de problemas a los que se enfrenta el conocimiento científico, la utilización de un nuevo método de investigación, el método inductivo.

    Copérnico

    Su nueva concepción del universo, del mundo, la expone en "De revolutionibus...". Su objetivo, no es sustituir el sistema aristotélico-ptolemaico, sino que sólo pretende perfeccionarlo e introduce una única novedad, como es la de colocar el sol en el centro y ubicar la tierra como si de un planeta más se tratara. Claramente se vio que sus planteamientos atentan contra las tesis aristotélicas y de igual modo contra las tesis bíblicas. Su nueva imagen del mundo, coloca al sol en el centro de unas órbitas circulares, epiciclos y deferentes. Las ventajas que ofrecía respecto a su antecesor era que salvaba mejor el principio de economía, puesto que con mayor simplicidad explicaba la misma realidad.

    La primera y más distante de todas es la esfera de las estrellas fijas, que todo lo contiene y que por tanto es inmóvil. A ella vienen referidos el movimiento y la posición de los demás astros. Le sigue el primero de los planetas, Saturno, que completa su órbita en 30 años, luego Júpiter,... Marte... el cuarto lugar lo ocupa la revolución anual del orbe terrestre, en el que está contenida la tierra junto a la luna. Luego Venus... Mercurio. (...) En medio de todos se asienta el sol.

    Kepler 1571, 1630.

    Procede de la universidad luterana de Tubinga y para construir su teoría se vale de los datos de su maestro y antecesor Tycho Brahe. Con una fuerte influencia neoplatónica y pitagórica pretende, según dice, alcanzar la armonía del universo, la música del universo.

    El sistema ideado por Kepler y que explica cómo es realmente el movimiento del universo, se expone en tres leyes:

    Los planetas se mueven en elipse, siendo el sol uno de sus focos.

    Cada planeta se mueve no uniformemente, sino que la línea que une su centro con el sol barre áreas iguales en tiempos iguales.

    Los cuadrados de los períodos de revolución, p1, p2, de dos planetas dados, son proporcionales al cubo de sus distancias medias respecto al sol: d1, d2.

    "Astronomía Nova" y "Harmonía Mundi"

    Hay en el planteamiento Kepleriano una prioridad hacia el conocimiento matemático, a las consideraciones cuantitativas sobre las categorías de cualidad y sustancia.

    Las dos primeras leyes destruyen los principios fundamentales del aristotelismo como es la circularidad y la uniformidad de los movimientos. Del mismo modo se eliminan epiciclos, ecuantes, deferentes y esferas. Todo era explicable a través de una simple ley de velocidades.

    La tercera ley era la más importante, puesto que ponía en relación los movimientos de todos los planetas respecto al sol, era en suma la que expresaba la buscada armonía del universo, era la que mostraba la música al universo, por decirlo en términos pitagóricos.

    Galileo.

    Con él culmina el proceso de construcción renacentista de la ciencia moderna. Las explicaciones son verdaderas en tanto en cuanto describen correctamente la realidad física y son susceptibles de demostración. Inaugura una nueva manera de interrogar a la naturaleza, basada en el presupuesto de que sólo el conocimiento matemático nos revela la esencia de los fenómenos.

    La filosofía está escrita en ese grandioso libro que tenemos abierto ante los ojos, quiero decir, el universo, pero no se puede aprender si antes no se aprende a entender la lengua, a conocer los caracteres en los que está escrito. Está escrito en lengua matemática y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es imposible entender ni una palabra; sin ellos es como girar vanamente en un oscuro laberinto.

    Método resolutio-compositio.

    El núcleo del método de Galileo consiste en la aplicación de las matemáticas a los datos obtenidos por medio de la observación.

    Comenzamos con la observación, quien nos proporciona una serie de datos que han de ser medidos de un modo sofisticado, completo y riguroso. Con estos datos cuantificados, matematizados, se obtienen las regularidades, que se dan en un determinado fenómeno. A continuación se establece una definición, una hipótesis, (de la obtención de datos correctos depende en gran medida el éxito de la hipótesis en su tarea de dar cuenta de la realidad) de la cual se pueden extraer consecuencias que han de ser contrastadas por medio de experimentos.

    De esta definición e hipótesis, se han de seguir deducciones teóricas que son nuevas hipótesis que se enuncian en forma de postulados, teoremas, corolarios... cuya validez siempre debe caer dentro del campo de lo demostrable. Esta sería la aportación fundamental, el momento experimental, el que realmente inaugura el método experimental y hace posible la ciencia posterior. Consiste en la realización de un experimento que ratifique o refute de alguna manera las esperanzas que hemos depositado en la hipótesis formulada. Es la puesta a prueba de los efectos deducidos.

    Los resultados que obtuvo Galileo de la aplicación del método científico al conocimiento del universo, no fueron del agrado de la Iglesia. Y es que se mostraba abiertamente partidario del heliocentrismo. Además, con su telescopio, descubrió que la luna tenía montañas, como la tierra, que el sol tenía manchas, es decir, que los astros, no estaban hechos de una sustancia perfecta como sostenía la Iglesia, que había instaurado la cosmología aristotélica (geocéntrica) como la explicación válida por su compatibilidad con los planteamientos bíblicos.

    Galileo, defendió la libertad de pensamiento científico, indicando que los teólogos, no tienen porqué inmiscuirse en lo que ignoran. Un año después, 1616 es condenado por el Santo Oficio a guardar silencio y a abjurar de sus afirmaciones científicas.

    Galileo fue condenado por:

    Sostener como verdadera la falsa doctrina que algunos enseñan de que el Sol es el centro del mundo y está inmóvil y la Tierra se mueve, y también con un movimiento diario..... Por publicar ciertas cartas tituladas "Sobre las manchas solares",... Y por oponerte a las objeciones de las santas escrituras, que de cuanto en cuanto hablan contra tal doctrina.....

    Te condenamos a la prisión formal de este Santo Oficio, durante el tiempo que nos parezca y por vía de saludable penitencia.

    Sin embargo, el muro de contención que suponía la Iglesia para el desarrollo libre de la ciencia y que duraba ya 15 siglos está desmoronándose. Estamos en un momento histórico en que el se está depositando gran confianza en las matemáticas, la razón va a imponer sus leyes a la experiencia. Estamos ante el inicio de la razón como factor de dominio del mundo. Se está preparando el siguiente paso, la "Modernidad".

    "La razón, -dice Galileo-, se desliga de toda autoridad, sea la de la tradición o la de los sentidos".

    Descartes

    Contexto Histórico filosófico.

    En el terreno sociopolítico, aparece la consolidación de los estados absolutistas, las monarquías nacionales. Las tradicionales ocupaciones de los pobladores de aldeas y castillos de la Edad Media, la caza, la agricultura y la guerra se van a tornar ahora en oficios, cuyos profesionales se agrupan en gremios. Es el momento en que harán su aparición las ciudades y la burguesía, cuya importancia radicará en el desarrollo del comercio sobre todo marítimo y colonial. Es el punto de partida de la aparición de un capitalismo de tipo comercial, surgen las bolsas y las grandes compañías comerciales, que se completará con la aparición de un capitalismo industrial en Inglaterra donde a lo largo del siglo XVII se produce la primera revolución industrial. La burguesía capitalista aumenta en número y en importancia hasta llegar a ser un serio adversario de la nobleza.

    El desarrollo científico se manifiesta en todos los campos: en astronomía, los descubrimientos de Kepler y Galileo. En medicina, Harvey descubrirá la circulación de la sangre y los movimientos del corazón. En este desarrollo científico la matemática adquiere una dimensión fundamental, para Galileo, son la clave a través de la cual podemos conocer la naturaleza. Las matemáticas, llaman la atención de los hombres, y adquieren un fuerte desarrollo, de la mano de Gassendi, Leibniz y el propio Descartes, por lo que no es extraño el intento cartesiano de construir el nuevo edificio del conocimiento partiendo de la certeza que estas proporcionan.

    La ciencia del siglo XVII hay que entenderla dentro del marco del mecanicismo que culminará en la formulación de Newton de la gravitación universal. El mecanicismo, trata de explicar las propiedades de los cuerpos partiendo de dos principios: el de la materia, describiendo el tamaño y la forma de sus partículas constituyentes y el movimiento de estas partículas.

    La Iglesia, se presenta contra los innovadores. Así en el año 1616, el Santo Oficio, afirma:

    La opinión de que el Sol está inmóvil en el centro del universo es loca, filosóficamente falsa y herética, como contraria a las sagradas escrituras. La opinión de que la Tierra no ocupa el centro del universo y experimenta una rotación diaria es filosóficamente falsa y al menos una creencia errónea.

    La Inquisición se convirtió en un arma contra el desarrollo del conocimiento, Galileo fue detenido y obligado a retractarse de sus afirmaciones. Apareció la autocensura, muchos autores, no se atrevieron a publicar sus ideas por miedo a las condenas.

    Sin embargo, la religión reclama nuestra atención en este momento histórico además, por ser causa de enfrentamientos y controversias a lo largo de toda Europa. Destaca sobre todo la Guerra de los Treinta Años, por razones políticas y religiosas y la Guerra de los Hugonotes culminación de la lucha entre protestantes y católicos.

    En el terreno filosófico, podría decirse que en 1637, año de la publicación de: "Discurso del Método", se inaugura la era de la Filosofía Moderna, con Descartes se produce una cristalización de ideas y creencias fraguadas anteriormente. Con él se consagra la razón como fuente principal de conocimiento y como un seguro criterio de verdad. Es necesario tener en cuenta que la filosofía de Descartes, tiene su principio y su fin en el propio método.

    Hemos asistido a la caída de la Escolástica, un sistema de ideas y creencias atravesado por el pensamiento de Aristóteles interpretado por Sto. Tomas, donde se armonizan las ideas del pensamiento pagano, griego, las creencias de la tradición cristiana y los dogmas de la Iglesia. Este sistema explicativo es incapaz de responder de un modo satisfactorio hechos fundamentales de la naturaleza, de la vida social y espiritual del hombre. Esta es la razón de su caída.

    Pero es necesario un nuevo criterio de verdad que sustituya la autoridad escolástica, un nuevo método que sustituya el viejo "Organon" aristotélico, que ocupe el lugar del silogismo.

    Descartes y Francis Bacon serán los encargados de proporcionar, a principios del siglo XVII, los pilares al pensamiento moderno. Bacon propondrá la inducción como alternativa al silogismo deductivo, que parte de la observación de casos particulares, para ir remontándose a verdades de una generalidad cada vez mayor. Descartes, lógicamente, discrepará de que este sea el método idóneo para alcanzar la verdad.

    A lo largo del siglo XVII, en Europa, se habla de dos modos de hacer filosofía. Por un lado la filosofía continental, donde la razón y el sistema cartesiano han impuesto su dominio. Y por otro lado, la filosofía británica, donde la raíz última de los contenidos de la razón está en la experiencia, a cuyos límites el conocimiento humano no puede escapar. Tiene su origen último en la línea de pensamiento de los franciscanos de Oxford y avanza con ellos desde San Buenaventura, Roger Bacon o Roberto Grossetesta, Duns Scoto y el mismo Ockham, continuando con esta herencia empirista Sir Francis Bacon y Thomas Hobbes hasta llegar a John Locke, Berkeley y el mismo Hume.

    Con el empirismo se va a cuestionar la autoridad filosófica racional y se exalta el conocimiento sensible; se critica a la metafísica porque ésta niega el valor de la experiencia. Se empieza a prescindir de todo aquello que predominó durante siglos en el pensamiento occidental. Ya no tienen valor las verdades eternas e inmutables, ya no tienen nada que hacer los valores eternos, universales, esos que trascienden los casos particulares, ya no se puede sobrepasar el límite de la experiencia. Incluso quizá desde el empirismo se impongan ya los sentidos sobre la mente, lo útil por encima de lo ideal, la parte sobre el todo. Pero detengámonos en Descartes.

    René Descartes, principal representante del racionalismo, nació el 31 de marzo de 1596 en La Haya de Turena, Francia. Fue educado en los Jesuitas de Le Fléche, pero convencido de la vacuidad de la cultura escolástica de su tiempo, sometió a crítica sus estudios, de honda base escolástica, viendo la necesidad de viajar para "leer en el gran libro del mundo", por sí mismo, desde su propia razón.

    Participó en la Guerra de los Treinta años, pero dada a su condición de noble y dadas también las costumbres militares de su tiempo, pudo viajar a su gusto por Europa, dedicándose al estudio de la matemática, física y sobre todo a la búsqueda de un fundamento seguro de todo saber humano.

    Se estableció en Holanda, por aquel entonces, país de la libertad y de la tolerancia filosófica y religiosa, donde transcurriría gran parte de su vida y donde fue compuesta la mayor parte de su obra: desde las "Reglas para la dirección de la mente", "El Discurso del Método" (1637), "Las Meditaciones Metafísicas" y "Los Principios de la Filosofía".

    Cuando pensaba retirarse a Francia, recibió una invitación de la corte sueca para instruir en filosofía a la reina y murió el 11 de febrero de 1650 en Estocolmo. La reina Cristina de Suecia, disfrutaba conversando con Descartes hasta las tantas de la mañana. Uno de esos días al volver a casa, Descartes sería afectado por una pulmonía que acabaría con él.

    "Discurso del Método"

    La primera gran novedad que nos ofrece esta obra, es que no está escrita en lengua culta, el latín, sino que está escrito en francés. Es un primer signo de rechazo del pensamiento tradicional y de apertura a lo que será la modernidad. En un momento del discurso, podemos leer:

    Si escribo en francés que es la lengua de mi país en lugar de hacerlo en latín, que es el idioma empleado por mis preceptores, es porque espero que los que hagan uso de su pura razón natural, juzgarán mejor mis opiniones que los que sólo creen en los libros antiguos.

    El proyecto de la obra, es en general, examinar en qué consiste el conocimiento humano. Descartes, elimina primero todo aquello que ha aprendido, (parte I) y establece enseguida los nuevos principios, el método (parte II); para sin romper con las costumbres y creencias de su época, no se atrevió, (parte III) lanzarse a unificar y organizar el saber humano (partes IV, V, y VI).

    Segunda parte.

    Descartes, nos hace partícipes de las reflexiones que lo han llevado a elaborar su proyecto. Buscar la unidad de la ciencia a partir de un único método de inspiración matemática. Hay que renunciar a la diversidad de opiniones que nos han sido enseñadas, a menudo fuente de errores, y en su lugar hay que buscar opiniones legitimadas por la propia razón. Ante la inexistencia de un modelo fiable al que asirse, se ve obligado a crear su propio método, partiendo de lo único que le ofrece seguridad, la lógica matemática. Así surgen las cuatro reglas que han de observarse para construir con orden los pensamientos: evidencia, análisis, síntesis y enumeración.

    Cuarta parte.

    Aquí, se abordan los fundamentos de su metafísica. Para buscar la certeza, es necesario aplicar la duda a todo el ámbito del conocimiento, lo que lo llevan a descubrir el primer principio indubitable, el cogito, "yo pienso luego existo", primer principio evidente, del que se sigue que la claridad y distinción de las ideas será el criterio para la búsqueda de la verdad. A partir de aquí, se establece la existencia de Dios a través de tres argumentos: gnoseológico, causal y ontológico. La existencia de Dios, fuente de toda perfección y verdad, garantiza la existencia del mundo así como la evidencia de nuestras ideas claras y distintas.

    La razón, es la que nos lleva a descubrir la trama, la verdad, sobre ella descansa la posibilidad del conocimiento.

  • La razón y método: el criterio de verdad.

  • El criterio de verdad, la razón.

    Antes de adentrarnos en el pensamiento de Descartes hemos de acordar que un criterio de verdad es el patrón que utilizamos para determinar la verdad o falsedad de un juicio. Quizá uno de los criterios más conocidos aunque no por ello el más eficaz, es el criterio de la autoridad. Este es uno de los criterios más solicitados en la E. E. M. M.; la autoridad de Aristóteles, la Biblia o la Iglesia, eran incuestionables, convirtiendo a este criterio en la mayor fuente de verdad del momento.

    Otro criterio de verdad a tener en cuenta es el criterio empírico, dejar que sea la experiencia quien diga la última palabra. Este criterio, es sin duda superior al de la autoridad y satisfactorio cuando se trata sólo de medir o contar, pero hay que estar de acuerdo en que la experiencia sensible también tiene sus límites. El problema está en que en la mayoría de las cuestiones, los casos posibles son infinitamente superiores a los casos que podemos observar. A los casos observados, siempre podemos agregar uno nuevo que puede venir a desmentir la validez del principio enunciado. "La contingencia de las leyes naturales", la debilidad del criterio empírico y la imposibilidad de extraer de la experiencia leyes o principios que sean universales, fue descubierta ya por Descartes. De ahí que no buscase en el mundo de la experiencia los sólidos pilares sobre los que construir el derrumbado edificio del conocimiento humano.

    Descartes pondrá sus ojos en las verdades matemáticas y en las verdades de razón, para la búsqueda de un criterio de verdad. Aquí encontrará que hay verdades como: "Todos los triángulos tienen tres ángulos", que están a salvo de la experiencia. Esto lo lleva a pensar que si hay un reino donde puedan afirmarse algunas cosas con validez universal, este es el reino de la razón, sobre el que se sustentan las matemáticas.

    "Gustaba sobre todo de las matemáticas por la certeza y evidencia de sus razones; pero me extrañaba que siendo sus cimientos tan firmes y sólidos no se hubiese construido sobre ellos nada más elevado." Discurso del Método.

    Las matemáticas, sirvieron pues de paradigma para la búsqueda de las primeras verdades absolutamente ciertas. Fueron el apoyo necesario para la reconstrucción del edificio de la filosofía y la ciencia.

    El método cartesiano.

    Hemos señalado ya que el problema del método era una de las cuestiones fundamentales en los comienzos de la edad moderna. Los filósofos: Bacon, "Novum Organum" y Descartes, "Discurso del Método", insisten en la importancia que tiene el método para el descubrimiento de la verdad:

    La causa y raíz única de casi todos los males de la ciencia es esta: que mientras admiramos y ensalzamos sin razón las fuerzas de la mente humana, no le procuramos los auxilios apropiados. Novum Organum.

    No basta, ciertamente, tener buen entendimiento: lo principal es aplicarlo bien...; los que caminan lentamente pueden llegar mucho más lejos, si van siempre por el camino recto, que los que corren pero se apartan de él. Discurso del Método.

    Descartes se enfrenta al tema del método en dos obras: "Discurso del Método", 1637 y "Reglas para la Dirección de la Mente", escrita con anterioridad al "Discurso...", pero publicada después, 1701.

    En el "Discurso..", el autor nos ofrece una síntesis del método, en cuatro concisas reglas:

    1ª Evidencia. La evidencia como criterio de verdad. No debemos aceptar como verdadero cosa alguna, si no sabemos con evidencia que lo es. ¿Qué entenderemos como evidencia?. La define con dos caracteres esenciales: claridad y distinción. Claro es aquello presente y manifiesto a un espíritu atento. Distinto, aquello que es preciso y diferente a todo lo demás. Una idea es distinta cuando está separada y no se la confunde con las demás ideas, cuando sus partes están separadas entres sí, Y es clara cuando, tiene claridad interior, no es oscura y confusa.

    La evidencia es pues el criterio de verdad que caracteriza al conocimiento científico. El acto del entendimiento por el cual se alcanza un conocimiento es la intuición. Se opone a la probabilidad y a la verosimilitud. Y encuentra que hay que evitar dos vicios fundamentales en la búsqueda de la verdad: la precipitación, tomar como verdadero una idea que es confusa, no distinta; juzgar más allá de lo que se nos aparece como claro y distinto. La prevención, negarse a aceptar una idea a pesar de ser clara y distinta. Y la premeditación, no juzgar a base de ideas preconcebidas.

    2ª Análisis. "Dividir cada una de las dificultades (cuestiones) que examinare en tantas partes como fuere posible y en cuantas requiriere su mejor solución". Las dificultades o las cuestiones, serán todo aquello en lo que se encuentra la verdad o falsedad. El límite de esta división está en lo que él llama las naturalezas simples, que son los elementos indivisibles que constituyen en último término el conocimiento, son a la vez el último término del análisis y el primero de la síntesis. Son captadas por la intuición.

    Síntesis. Nos aconseja dirigir ordenadamente nuestros pensamientos, "comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, como por grados hasta el conocimiento de los más compuestos". Este ascenso deductivo, nos permitirá llevar a las dificultades complejas la misma seguridad que tenemos al captar por la intuición las naturalezas simples.

    4ª. Comprobaciones. La última regla del Discurso tiene como finalidad velar por la seguridad de todo el proceso y nos dice que "debemos hacer en todo enumeraciones tan complejas y revisiones tan generales que estemos seguros de no omitir nada. Otro propósito de esta regla, es resguardarse de los errores que puedan sobrevenir de la debilidad de la memoria.

    Nos deja Descartes un método que es inspirado en el trabajo de los geómetras, es preciso recordar que para este autor, tan sólo la matemática alcanza demostraciones ciertas y evidentes, luego es lógico tomar esta ciencia como modelo.

    Descartes, nos describe el saber como algo único, concepción unitaria del saber que tiene su raíz en la concepción unitaria de la razón: el saber es único, porque la razón es única. Sin embargo, hay que conocer la estructura de la razón y así poder aplicarla de forma correcta y alcanzar conocimientos verdaderos. Es necesario conocer los modos en que según Descartes procede el entendimiento: la intuición y la deducción.

    "Ningún camino está abierto a los hombres para el conocimiento cierto de la verdad fuera de la intuición evidente y la deducción necesaria".

    La intuición es una captación simple e inmediata del espíritu, tan fácil y distinta que no deja lugar a dudas. Por ella adquirimos conceptos claros y originados en la razón misma. No debe confundirse ni con la percepción sensible ni con el juicio. La intuición es más simple y más cierta que la deducción, nos da certeza absoluta.

    Entiendo por intuición, no el testimonio fluctuante de los sentidos o el juicio falaz de una imaginación que compone mal, sino la concepción de una mente pura y atenta, tan fácil y distinta que en absoluto quede duda alguna de aquello que entendemos; o lo que es lo mismo, la concepción no dudosa de una mente pura y atenta que nace de la sola luz de la razón y que por ser más simple es más cierta que la misma deducción.

    Una vez que tenemos las naturalezas simples por medio de la intuición, comienza a actuar la deducción, que es "la operación por la cual se infiere una cosa de otra". Por deducción obtenemos todos los enunciados que se producen a partir de unos principios ciertos. No necesita como la intuición una evidencia presente, sino que se la pide prestada a la memoria. La deducción ofrece gran seguridad, siempre que se parta de principios ciertos y se imprima al conocimiento un movimiento continuo y no interrumpido. De ese modo:

    "conocemos que el último eslabón de una cadena está en conexión con el primero aunque no podamos contemplar con un mismo golpe de vista todos los eslabones intermedios de los que depende aquella conexión, con tal de que los hayamos recorrido sucesivamente y nos acordemos de que desde el primero hasta el último cada uno está unido a su inmediato. "Reglas para la Dirección de la Mente".

    La duda metódica.

    Ya tenemos el método que nos va a mostrar el camino de la verdad, pero ahora, para emprender ese camino, es necesario no recurrir a ninguno de los conocimientos hasta ahora aceptados, ni a ninguno de los principios heredados de los filósofos anteriores. Por tanto, es necesario poner en duda todos nuestros conocimientos. Esto lo lleva al uso de la "duda metódica". Con ella pretende eliminar toda falsa verdad, y buscar entre los conocimientos de la filosofía del pasado algo que resista la "duda". El entendimiento ha de encontrar en sí mismo las verdades fundamentales a partir de las cuales sea posible deducir el edificio entero de nuestros conocimientos. Lo primero que debe hacer es encontrar un principio evidente del cual no se pueda dudar, la búsqueda de una verdad absolutamente cierta, (clara y distinta). Para ello hay que utilizar la duda metódica.

    Si hacemos un análisis filosófico a la duda metódica cartesiana, encontramos que posee las siguientes características filosóficas:

    Es universal. Hay que dudar de todo, hay que someter al criterio de la duda a todas las certezas que hemos tenido hasta ahora, a todos los principios hasta ahora aceptados.

    Es metódica. Es decir no es una duda escéptica en el sentido del pirronismo, donde se imposibilitaba alcanzar la verdad, no posee una finalidad demoledora sino que la duda parece ser una exigencia sobrevenida del mismo método con el que quiere construir su sistema de conocimiento. Es una duda que tiene como finalidad el hallazgo de la verdad, verdad firme sobre la cual no sea posible dudar. Afirmar que la duda es metódica, es redundar en que hay que verla como un instrumento para alcanzar la verdad, un método para edificar la sabiduría universal.

    Es teorética. No debe extenderse la duda al plano de las creencias o comportamientos morales sino sólo al plano de la teoría o la reflexión filosófica. No podemos permitirnos dudar de las creencias éticas, porque, aunque el hombre pueda dejar de conocer, dudando de todos sus conocimientos, no puede dejar de obrar, y en su obrar debe ser guiado por principios morales, que se aceptaran provisionalmente hasta que no alcancemos la ciencia universal.

    Comienza Descartes a dudar de todas las cosas y considerar como falso cuanto pueda ponerse en duda. Pretende eliminar así todas aquellas opiniones y falsas creencias que se habían apoderado de su espíritu y que suponían un obstáculo para alcanzar la verdad. Adopta una actitud tan rigurosa que no parece dejar nada en pie.

    De lo primero que duda es de los sentidos y de todo lo que hayamos recibido a través de ellos. Ha observado que muchas veces los sentidos lo han engañado y "es prudente no fiarse nunca por completo de quienes nos han engañado una vez".

    Duda de los propios razonamientos. Logra demostrar que hasta las verdades matemáticas, no son absolutamente fiables. Por un lado reconoce que muchos hombres se han engañado sobre cuestiones matemáticas y "Admitieron como certísimos y evidentes por sí unos principios que a nosotros nos parecen falsos". Por otra parte, Dios, en su omnipotencia (dios engañador) puede hacer con nosotros lo que le plazca; ignoramos si él quiere que nosotros permanezcamos en el error o en la certeza. Y si pensamos que Dios en su bondad suma y en su ser fuente suprema de la verdad no nos va a engañar, podemos suponer que un cierto genio maligno (malin genie); no menos astuto y burlador que el poderoso, sea quien nos engañe.

    En tercer lugar duda del mundo exterior. Puesto que a veces no es posible distinguir la vigilia del sueño, ¿cómo es posible que exista en realidad ese mundo exterior?.

    "No me ha sucedido -dice Descartes- acaso haber soñado de noche que estaba en este mismo sitio, vestido y haciendo lo que ahora me parece que hago, cuando en realidad estaba desnudo y metido en la cama". Bien podría ser, que ahora esté también soñando, pues "-no hay indicios ciertos para distinguir el sueño de la vigilia-".

    A estas alturas, ya no nos queda ni una sola opinión en la que podamos confiar, nos encontramos a la intemperie, convencidos de que no existe nada en el mundo, ni cielo ni tierra, ni siquiera nuestro cuerpo. “La finalidad de la duda es librarse de la inseguridad apartando la tierra movediza y la arena con el fin de encontrar la roca viva.”

    Finalmente duda de sí mismo.

    Pienso luego soy

    Cuando se ha dudado de todo, seguimos convencidos de que debemos seguir dudando hasta encontrar los principios evidentes desde donde podamos empezar a construir nuestro sistema de conocimientos. Y llegado a este punto, encuentra Descartes una primera certeza que resiste todos los ataques de la duda y de la que es imposible dudar.

    Mientras deseaba pensar de ese modo que todo era falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuera alguna cosa.

    No puedo dudar de mi pensamiento y mi pensamiento se da porque se da mi existencia. Mi pensamiento y mi existencia se dan simultáneamente; o sea para dudar es necesario pensar y para pensar necesito existir. Esto nos lleva a la primera verdad sobre la cual no es posible dudar: "pienso luego soy". La duda puede llegar al contenido del pensamiento, pero no al pensamiento mismo.

    Pero en el punto mismo, me di cuenta que mientras quería pensar de esta suerte que todo era falso, era preciso necesariamente que yo que lo pensaba fuese alguna cosa; y notando que esta verdad, pienso, luego existo, era tan firme y tan segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de quebrantarla, juzgaba que podía recibirla sin escrúpulos como el primer principio de la filosofía que buscaba.

    En definitiva, yo soy una cosa que piensa. Pueden ser falsas las cosas que pienso, pero yo, en tanto que ser pensante existo verdaderamente. Esto es una evidencia ante lo cual no cabe duda alguna. Yo soy una sustancia cuya naturaleza o esencia es pensar, sin necesidad de dependencia de nada material. Hay que recordar que entre las cosas que puso en duda está su propio cuerpo. Es una afirmación de sí mismo como ser pensante, no una afirmación de que existo como un ser físico, biológico. Sobre la existencia del cuerpo, aún subsiste la duda; se disipará más adelante.

    Las características del cogito, podrían ser las siguientes:

    No es un silogismo. Sería un error tomar la proposición "cogito ergo sum" como la conclusión de un silogismo cuya premisa mayor fuera el juicio: "todas las cosas que piensan existen". No podría Descartes cometer un error tan elemental, y ante las críticas que en este sentido surgieron, aclaró que no se trataba de la conclusión de un silogismo, sino de una verdad inmediata, captada por una simple inspección del espíritu, sin ayuda alguna de la deducción.

    Es una idea clara y distinta. Idea que se impone con evidencia inmediata, sin necesidad de raciocinio alguno, de deducción. Es una experiencia directa que se manifiesta sin oscuridad, sin dificultad. Al mismo tiempo que pienso, me doy cuenta de que existo. El sujeto, el pensar, se percibe a sí mismo existiendo.

    Es una verdad inmutable. Es una verdad de la que no se puede dudar. En ella quiere asentar todo el edificio de la filosofía. Es el primer juicio existencial seguro y evidente.

    Será el primer principio de la filosofía del cual podamos deducir las demás verdades, deducir, todo el edificio del conocimiento. Es a la vez el comienzo de la filosofía idealista moderna.

  • La estructura de la realidad: la teoría de las tres sustancias.

  • Del cogito a las ideas.

    Tenemos ya una verdad absolutamente cierta. La existencia del yo como sujeto pensante. El yo es una idea clara y distinta, de ella se pueden deducir las demás verdades como sucede en la matemática. El cogito es una idea clara porque se manifiesta sin dificultad a la inteligencia que la intuye y es distinta porque está separada de cualquier otra idea. Es decir, no contiene en sí otras ideas, es una idea simple, elemental. "Las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas". Esta es una regla general que le guiará en los sucesivos pasos de la investigación de la verdad.

    Con lo que hasta ahora tenemos, la existencia indudable del yo pensante, no podemos implicar la existencia de ninguna otra realidad. "Yo pienso que el mundo existe, pero tal vez no exista", ¿cómo podemos demostrar la existencia de una realidad extramental, exterior al pensamiento? El problema es grave y a Descartes no le queda más remedio que deducir la existencia de la realidad a partir de la existencia del pensamiento. Así lo exige el ideal deductivo que ha tomado de las matemáticas. Puesto que la primera verdad es el yo pienso, del yo pienso, han de extraerse todos nuestros conocimientos, incluido claro está el conocimiento de que existen realidades extra-mentales como el mundo.

    Para llevarlo a cabo, comienza el siguiente argumento. El pensamiento piensa siempre ideas. Pero cómo podemos garantizar que a la idea de mundo, por ejemplo, corresponde una realidad. Descartes va a afirmar que el objeto del pensamiento son las ideas. Pero en las ideas debemos distinguir dos aspectos: las ideas, en cuanto que, son actos mentales y las ideas, en cuanto que, poseen un contenido objetivo.

    Como actos mentales todas las ideas tienen la misma realidad, en cuanto a su contenido, su realidad es diversa; o sea algunas de ellas representan sustancias y por eso poseen más realidad objetiva que aquellas que representan modos y atributos, es decir accidentes. Pero ¿Cómo podemos saber cuales son las ideas que representan sustancias?. Para ello, hay que partir de las ideas y someterlas a un análisis cuidadoso para tratar de descubrir si alguna de ellas nos sirve para romper el cerco del pensamiento y referirse a la realidad extramental. Para realizar este análisis distingue Descartes tres tipos de ideas:

    Ideas adventicias:

    Son las que parecen provenir de nuestra experiencia externa. Así tendríamos la idea de árbol, la idea de hombre, de rojo. Pero no nos consta que exista realidad externa alguna.

    Ideas facticias:

    Son las ideas que construye la mente a partir de otras ideas adventicias, como la idea de un caballo alado.

    La validez de ambos tipos de ideas es cuestionable, por tanto ninguna de estas dos clases de ideas nos puede servir para la demostración de una existencia fuera de la mente.

    Ideas innatas:

    Existen sin embargo unas ideas que no son ni adventicias ni facticias, que el entendimiento posee por sí mismo, por naturaleza. Son ejemplos de ideas innatas: las ideas de pensamiento y existencia, que están en la raíz misma del "pienso luego existo", en la evidencia primera.

    "De entre mis pensamientos, unos son como imágenes de cosas y a estos sólo conviene con propiedad el nombre de idea........ pues bien, de esas ideas unas me parecen nacidas conmigo, otras extrañas y venidas de fuera y otras hechas o inventadas por mí mismo". "Meditaciones Metafísicas".

    La existencia de Dios

    En la construcción del nuevo edificio del saber, es necesario disolver la amenaza del genio maligno que nos obligaba a dudar de la realidad y afirmar la existencia de Dios como garante de verdad. Por ello Descartes acomete la prueba de la existencia de Dios, para ello parte de la única verdad que posee: la certeza de la propia existencia como cosa pensante. Si colocamos aquí lo que ya hemos dicho de las ideas, no nos costará trabajo seguir el razonamiento cartesiano.

    Primera prueba de la existencia de Dios

    Se plantea Descartes: ¿Cómo puedo yo que soy un ser imperfecto haber producido la idea de perfección, si lo más no puede derivarse de lo menos? Y debe haber, al menos, tanta realidad en la causa como en el efecto. La causa de esa idea de “perfección”, por tanto, no pudo ser yo, sino que ha tenido que ser colocada en mí por alguien que posee la perfección. Y lo único que conozco que posea la perfección es Dios, por tanto, hay que concluir que Dios existe; solo la existencia de una sustancia verdaderamente perfecta, puede ser la causa de la idea de un ser perfecto que encuentro en mí. Dios queda demostrado por la sola existencia en mí de la idea de perfecto y de infinito. La simple presencia en mí de la idea de Dios, demuestra la existencia de Dios.

    Hemos dicho ya que las ideas que representan sustancias contienen más realidad objetiva que las que sólo representan modos o atributos. Del mismo modo las que representan una sustancia infinita han de tener más realidad objetiva que las que representan sustancias finitas. Entre las ideas que tengo está la idea de Dios:

    "Bajo el nombre de Dios entiendo una sustancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente y omnipotente."

    Segunda prueba de la existencia de Dios

    Puedo llegar a conocer la existencia de Dios a partir de la consideración de la finitud de mi yo. Yo soy finito e imperfecto, como lo demuestra el hecho de que dudo. Pero si fuese la causa de mí mismo me habría dado las perfecciones que concibo y que están precisamente contenidas en la idea de Dios. Es pues evidente que no me he creado a mí mismo, puesto que si me hubiese creado a mí mismo me habría dado todas las perfecciones posibles. Y es por tanto necesario que me haya creado un ser que tiene todas las perfecciones cuya simple idea yo poseo.

    Objeciones a estas pruebas de la existencia de Dios.

    La primera crítica que se hace a las demostraciones es que la idea de lo perfecto se forma por una elevación de grados y no se debe por lo tanto a ningún ser perfecto que lo haya puesto en nosotros.

    Agregan estos críticos además, que hay causas que no contienen tanta perfección como sus efectos, tal y como pretende Descartes. Así, la tierra y la lluvia producen platas y animales, con cualidades que aquellas no poseen. Por lo tanto, algo menos perfecto podría ser las causa de lo más perfecto, y el argumento cartesiano se derrumbaría.

    En tercer lugar se le objetó a Descartes que la idea de Dios, que él encuentra en su espíritu, no es una idea innata sino que la ha recibido de la tradición; por consiguiente, puede tener todos los defectos que tenían los prejuicios por él descartados mediante la duda metódica.

    Basa sus pruebas en el principio de causalidad, principio que dio por válido sin haberlo examinado como exigía su rigurosa actitud.

    Tercera prueba de la existencia de Dios.

    Esta prueba es el llamado argumento ontológico, que podemos enunciarlo como sigue: tengo la idea de un ser sumamente perfecto. Su existencia es inseparable en él de su esencia, del mismo modo que es inseparable de la esencia de un triángulo el que la magnitud de sus tres ángulos sea igual a dos rectos. Es imposible concebir a Dios sin su existencia, concebir a Dios, un ser sumamente perfecto sin una de sus perfecciones, es absurdo; por tanto Dios existe.

    La crítica que se hace a este argumento, podemos centrarla en la hecha por Gassendi, compatriota y contemporáneo, quien advirtió que la existencia no es una perfección, y que suponerla es dar por sentado justamente lo que se intenta probar. Lo que hace Descartes es suponer la existencia, pero no la demuestra en ningún momento, sino que una vez que la ha supuesto, la da por demostrada.

    Existencia de las cosas materiales.

    Descartes encerrado en su propia conciencia, tendrá que apoyarse en Dios, para probar la existencia del mundo exterior. Es la inversión total del orden tradicional, es como ya hemos dicho el principio del idealismo.

    Descartes, convierte a Dios en el garante de todas las verdades que podamos descubrir. Es un echar mano de la doctrina de la "veracidad divina" para tener la seguridad de que las cosas materiales existen.

    Encuentra Descartes que hay en él una facultad pasiva de recibir o sentir las ideas de las cosas sensibles. Esa facultad resultaría inútil, si no hubiera en mí o fuera de mí, la facultad activa de producir esas ideas. Esa facultad activa, no puede estar en mí, puesto que tales ideas se presentan sin que sea mi deseo, sin que yo contribuya a ello. Es necesario por tanto que tal facultad se halle en alguna sustancia fuera de mí. Tal sustancia, será un cuerpo o Dios mismo. Y como es el caso que Dios me ha dado una poderosa inclinación a creer que las ideas que tengo parten de las cosas corporales y Dios no es capaz de engañarme, es claro pues, que son las cosas materiales las que provocan tales ideas. Por tanto las cosas corporales, materiales existen.

    Este razonamiento, es el que baraja en "Meditaciones Trascendentales IV".

    La existencia de la sustancia.

    Después de haber dudado de todo, se encuentra Descartes, con algo de lo que no puede dudar, el pensamiento. En el "Discurso...", concluyó que el "yo" es una sustancia cuya naturaleza es pensar. Es decir, Descartes llega a considerar que el yo existe como una sustancia cuya esencia o naturaleza es pensar, habiendo partido de la evidencia del cogito.

    Recordemos que Aristóteles definía la sustancia como aquello que existe por sí, mientras que los accidentes necesitaban apoyarse en la sustancia. En Descartes, a pesar de creer que la historia de la filosofía era un cúmulo de errores y de haber pretendido liberarse de las falsas concepciones de la corriente filosófico aristotélico-escolástica, termina por convertir al sujeto del pensamiento en sustancia.

    ....cuando concebimos la sustancia concebimos únicamente una cosa que no tiene necesidad más que de sí misma para existir.

    ...y a partir da ahí acepta una ontología donde aparecen tres sustancias.

    Sustancia infinita.

    Corresponde a un ser único, perfecto, infinito, inmutable, el ser creador, y este es Dios.

    Sustancias finitas.

    Almas y cuerpos que no necesitan de nada más para existir, salvo de Dios.

    Res Pensante. Solo soy una cosa que piensa, una sustancia pensante, una cosa que no necesita de ninguna otra para existir. Mi pensar no necesita del cuerpo para existir.

    Res Extensa. El ser pensante, tiene cuerpo, y todo lo corpóreo tiene extensión.

    En "Principios de la Filosofía", publicada en 1644, tras definir Descartes la sustancia, se da cuenta de que definida de ese modo, -la sustancia es definida como lo que existe de tal forma que no tiene necesidad sino de sí mismo para existir, definición muy próxima a la aristotélica y que Descartes introduce sin ninguna justificación- parece que sólo existiría una sustancia autónoma, la sustancia infinita o Dios, pues la sustancia material o la pensante necesitan a Dios para existir. Y Efectivamente piensa Descartes en sentido propio, "Solo Dios es sustancia"; pero por analogía puede utilizarse también el concepto sustancia para referirnos a la sustancia pensante y a la sustancia extensa. De esta manera alma y cuerpo, pensamiento y extensión, son sustancias por analogía con Dios.

    De esta manera, el cuerpo y el alma también son sustancias, porque no necesitan de ninguna otra cosa creada para existir, y porque las dos suponen ideas claras y distintas, independientes la una de la otra.

    Atributos y modos.

    Pero la sustancia no puede ser percibida en sí misma ¿Qué es lo que de ella percibimos?

    A cada sustancia corresponde un atributo principal o esencial, es decir una propiedad que constituye la esencia de esa sustancia. A la res infinita el atributo de la perfección, a la res cogitans, corresponde el atributo del pensamiento, y a la res extensa el atributo de la extensión.

    Esos atributos que corresponden a cada sustancia son invariables y no modificables, porque constituyen su naturaleza o esencia. Junto a los atributos, nos encontramos a los modos, que son modificaciones de la sustancia. Así, el pensamiento es un atributo del alma, pero la imaginación y el sentimiento son dos modos, dos maneras de pensar. La extensión en sus tres dimensiones, son atributos, pero la figura y el movimiento son modos de él. Lo que percibimos de la sustancias son los atributos y los modos.

    Concepción antropológica cartesiana.

    Hasta ahora Descartes ha distinguido tres ámbitos de la realidad: Dios o la sustancia infinita, el yo o sustancia pensante y los cuerpos o sustancia extensa. Pero, ¿qué tipo de realidad es el hombre?.

    En el hombre, el alma y el cuerpo, el pensamiento y la extensión, constituyen dos sustancias distintas. Lo que Descartes pretende con esto es considerar que la sustancia pensante o alma es independiente del cuerpo y no lo necesita para existir. De este modo podemos defender la idea de que el hombre es libre, puesto que el hombre no está determinado por leyes físicas, o por las leyes de la naturaleza que afectan a los cuerpos extensos.

    Solo considerando al alma como una sustancia autónoma con respecto al mundo, puede el hombre escapar a la concepción mecanicista del universo y ser un sujeto de valores espirituales.

    Surge ante esta concepción una pregunta. ¿Cómo se comunican el cuerpo y el alma?. Es una unidad accidental, pero muy íntima, porque aunque son sustancias distintas, la misma realidad que piensa es la que siente. Están unidas por el "Yo", el mismo yo que piensa, que habla, que sufre, que muere.. .

    Esta intimidad de cuerpo y alma, se debe a que el alma está situada en un lugar del cerebro, llamado "glándula pineal", desde donde se comunica activamente con todas las partes del cuerpo.

    Descartes: Discurso del método

    Me encontraba entonces en Alemania, país al que había sido atraído por el deseo de conocer unas guerras que aún no habían finalizado. Cuando retomaba a la armada después de haber presenciado la coronación del emperador, el inicio del invierno me obligó a detenerme en un cuartel en el que, no encontrando conversación alguna que distrajera mi atención y, por otra parte, no teniendo afortunadamente preocupaciones o pasiones que me inquietasen, permanecía durante todo el día en una cálida habitación donde disfrutaba analizando mis reflexiones. Una de las primeras fue la que me hacía percatarme de que frecuentemente no existe tanta perfección en obras compuestas de muchos elementos y realizadas por diversos maestros como existe en aquellas que han sido ejecutadas por uno solo.

    Así, es fácil comprobar que los edificios emprendidos y construidos bajo la dirección de un mismo arquitecto son generalmente más bellos y están mejor dispuestos que aquellos otros que han sido reformados bajo la dirección de varios, sirviéndose para ello de viejos cimientos que habían sido levantados para otros fines. Así sucede con esas viejas ciudades que, no habiendo sido en sus inicios sino pequeños burgos, han llegado a ser con el tiempo grandes ciudades. Estas generalmente están muy mal trazadas si las comparamos con esas otras ciudades que un ingeniero ha diseñado según le dictó su fantasía sobre una llanura. Pues si bien considerando cada uno de los edificios aisladamente se encuentra tanta belleza artística o aún más que en las ciudades trazadas por un ingeniero, sin embargo, al comprobar cómo sus edificios están emplazados, uno pequeño junto a uno grande, y cómo sus calles son desiguales y curvas, podría afirmarse que ha sido la causalidad y no el deseo de unos hombres regidos por una razón la que ha dirigido el trazado de tales planos. Y si se considera que siempre han existido oficiales encargados del cuidado de los edificios particulares, con el fin de que contribuyan al ornato público, fácilmente se comprenderá cuán difícil es, trabajando sobre otras realizadas por otros hombres, analizar algo perfecto. De igual modo, me imaginaba que los pueblos que a partir de un estado semisalvaje han evolucionado paulatinamente hacia estados más civilizados, elaborando sus leyes en la medida en que se han visto obligados por los crímenes y disputas que entre ellos surgían, no están políticamente tan organizados como aquellos que desde el momento en que se han reunido han observado la constitución realizada por un prudente legislador. Es igualmente cierto que el gobierno de la verdadera religión, cuyas leyes han sido dadas únicamente por Dios, está incomparablemente mejor regulado que cualquier otro. Pero, hablando solamente de los asuntos humanos, pienso que si Esparta fue en otro tiempo muy floreciente no se debió a la bondad de cada una de sus leyes, pues muchas eran verdaderamente extrañas y hasta contrarias a las buenas costumbres, sino a que fueron elaboradas por un solo hombre, estando ordenadas a un mismo fin. De igual modo, juzgaba que las ciencias expuestas en los libros, al menos aquellas cuyas razones solamente son probables y que carecen de demostraciones, habiendo sido compuestas y progresivamente engrosadas con las opiniones de muchas y diversas personas, no están tan cerca de la verdad como los simples razonamientos que un hombre de buen sentido puede naturalmente realizar en relación con aquellas cosas que se presentan. Y también pensaba que es casi imposible que nuestros juicios puedan estar tan carentes de prejuicios o que puedan ser tan sólidos como lo hubieran sido si desde nuestro nacimiento hubiésemos estado en posesión del uso completo de nuestra razón y nos hubiéramos guiado exclusivamente por ella, pues como todos hemos sido niños antes de llegar a ser hombres, ha sido preciso que fuéramos gobernados durante años por nuestros apetitos y preceptores, cuando con frecuencia los unos eran contrarios a los otros y, probablemente, ni los unos ni los otros nos aconsejaban lo mejor.

    Verdad es que jamás vemos que se derriben todas las casas de una villa con el único propósito de reconstruirlas de modo distinto y de contribuir a un mayor embellecimiento de sus calles; pero si se conoce que muchas personas ordenan el derribo de sus casas para edificarlas de nuevo y también se sabe que en algunas ocasiones se ven obligadas a ello cuando sus viviendas amenazan ruina y cuando sus cimientos no son firmes. Por semejanza con esto me persuadía de que no sería razonable que alguien proyectase reformar un Estado, modificando todo desde sus cimientos, y abatiéndolo para reordenarlo; sucede lo mismo con el conjunto de las ciencias o con el orden establecido en las escuelas para enseñarlas. Pero en relación con todas aquellas opiniones que hasta entonces habían sido creídas por mí, juzgaba que no podía intentar algo mejor que emprender con sinceridad la supresión de las mismas, bien para pasar a creer otras mejores o bien las mismas, pero después de que hubiesen sido ajustadas mediante el nivel de la razón. Llegué a creer con firmeza que de esta forma acertaría a dirigir mi vida mucho mejor que si me limitase a edificar sobre antiguos cimientos y me apoyase solamente sobre aquellos principios de los que me había dejado persuadir durante mi juventud sin haber llegado a examinar si eran verdaderos. Aunque me percatase de la existencia de diversas dificultades relacionadas con este proyecto, pensaba, sin embargo, que no eran insolubles ni comparables con aquellas que surgen al intentar la reforma de pequeños asuntos públicos. Estos grandes cuerpos políticos muy difícilmente pueden ser erigidos de nuevo cuando ya han caído, muy difícilmente pueden ser contenidos cuando han llegado a agrietarse y sus caídas son necesariamente muy violentas. Además, en relación con sus imperfecciones, si las tienen, como la sola diversidad que entre ellos existe es suficiente para asegurar que bastantes la tienen, han sido sin duda alguna muy mitigadas por el uso; es más, por tal medio se han evitado o corregido de modo gradual muchas a las que no se atendería de forma tan adecuada mediante la prudencia humana. Finalmente, estas imperfecciones son casi siempre más soportables para un pueblo habituado a ellas de lo que sería su cambio; acontece con esto lo mismo: que con los caminos reales: serpean entre las montañas y poco a poco llegan a estar tan lisos y a ser tan cómodos a fuerza de ser utilizados que es mucho mejor transitar por ellos que intentar seguir el camino más recto escalando rocas y descendiendo hasta los precipicios.

    Por ello no aprobaría en forma alguna esos caracteres ligeros e inquietos que no cesan de idear constantemente alguna nueva reforma cuando no han sido llamados a la administración de los asuntos públicos ni por su nacimiento ni por su posición social. Y si llegara a pensar que hubo la menor razón en este escrito por la que se me pudo suponer partidario de esta locura, estaría muy enojado porque hubiese sido publicado. Mi deseo nunca ha ido más lejos del intento de reformar mis propias opiniones y de construir sobre un cimiento enteramente personal. Y si mi trabajo me ha llegado a complacer bastante, al ofrecer aquí el ejemplo del mismo, no pretendo aconsejar a nadie que lo imite. Aquellos a los que Dios ha distinguido con sus dones podrán tener proyectos más elevados, pero, me temo, no obstante, que éste resulte demasiado osado para muchos. La resolución de liberarse de todas las opiniones anteriormente integradas dentro de nuestra creencia, no es una labor que deba ser acometida por cada hombre. Por el contrario, el mundo parece estar compuesto principalmente de dos tipos de personas para las cuales tal propósito no es adecuado en modo alguno. Por una parte, aquellos que estimándose más capacitados de lo que en realidad son, no pueden impedir la precipitación en sus juicios ni logran concederse el tiempo necesario para conducir ordenadamente sus pensamientos. Como consecuencia de tal defecto, si en una ocasión se toman la libertad de dudar de los principios que han recibido, apartándose de la senda común, jamás llegarán a encontrar el sendero necesario para avanzar más recto, permaneciendo en el error durante toda su vida. Por otra parte están aquellos que, teniendo la suficiente razón o modestia para apreciar que son menos capaces para distinguir lo verdadero de lo falso que otros hombres por los que pueden ser instruidos, deben más bien contentarse con seguir las opiniones de éstos que intentar alcanzar por si mismos otras mejores.

    Sin duda alguna; habría sido uno de estos últimos si no hubiera conocido más que un solo maestro o no hubiera tenido noticia de las diferencias que siempre han existido entre las opiniones de los más doctos. Pero habiendo conocido desde el colegio que no podría imaginarse algo tan extraño y poco comprensible que no haya sido dicho por alguno de los filósofos; habiendo tenido noticia por mis viajes de que todos aquéllos cuyos sentimientos son muy contrarios a los nuestros, no por ello deben ser juzgados como bárbaros o salvajes, sino que muchos de entre ellos usan la razón tan adecuadamente o mejor que nosotros; habiendo reflexionado sobre cuán diferente llegaría a ser un hombre que con su mismo ingenio fuese criado desde su infancia entre franceses o alemanes en vez de haberlo sido entre chinos o caníbales, y sobre cómo hasta en las modas de nuestros trajes observamos que lo que nos ha gustado hace diez años y acaso vuelva a producirnos agrado dentro de otros diez, puede, sin embargo, parecernos ridículo y extravagante en el momento presente, de modo que más parece que son la costumbre y el ejemplo los que nos persuaden y no conocimiento alguno cierto; habiendo considerado finalmente que la pluralidad de votos no vale en absoluto para decidir sobre la verdad de cuestiones controvertibles, pues más verosímil es que sólo un hombre las descubra que todo un pueblo, no podía escoger persona alguna cuyas opiniones me pareciesen que debían ser preferidas a las de otra y me encontraba por todo ello obligado a emprender por mi mismo la tarea de conducirme.

    Pero al igual que un hombre que camina solo y en la oscuridad, tomé la resolución de avanzar tan lentamente y de usar tal circunspección en todas las cosas que aunque avanzase muy poco, al menos me cuidaría al máximo de caer. Por otra parte, no quise comenzar a rechazar por completo alguna de las opiniones que hubiesen podido deslizarse durante otra etapa de mi vida en mis creencias sin haber sido asimiladas en virtud de la razón, hasta que no hubiese empleado el tiempo suficiente para completar el proyecto emprendido e indagar el verdadero método con el fin de conseguir el conocimiento de todas las cosas de las que mi espíritu fuera capaz.

    Había estudiado un poco, siendo más joven, la lógica de entre las partes de la filosofía; de las matemáticas, el análisis de los geómetras y el álgebra. Tres artes o ciencias que debían contribuir en algo a mi propósito. Pero habiéndolas examinado, me percaté de que en relación con la lógica, sus silogismos y la mayor parte de sus reglas sirven más para explicar a otro cuestiones ya conocidas o, también, como sucede con el arte de Lulio, para hablar sin juicio de aquellas que se ignoran que para llegar a conocerlas. Y si bien la lógica contiene muchos preceptos verdaderos y muy adecuados, hay, sin embargo, mezclados con éstos otros muchos que o bien son perjudiciales o bien superfluos, de modo que es tan difícil separarlos como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de mármol aún no trabajado. Igualmente, en relación con el análisis de los antiguos o el álgebra de los modernos, además de que no se refieren sino a muy abstractas materias que parecen carecer de todo uso, el primero está tan circunscrito a la consideración de las figuras que no permite ejercer el entendimiento sin fatigar excesivamente la imaginación. La segunda está tan sometida a ciertas reglas y cifras que se ha convertido en un arte confuso y oscuro capaz de distorsionar el ingenio en vez de ser una ciencia que favorezca su desarrollo. Todo esto fue la causa por la que pensaba que era preciso indagar otro método que, asimilando las ventajas de estos tres, estuviera exento de sus defectos. Y como la multiplicidad de leyes frecuentemente sirve de excusa para los vicios de tal forma que un Estado está mejor regido cuando no existen más que unas pocas leyes que son minuciosamente observadas, de la misma forma en lugar del gran número de preceptos del cual está compuesta la lógica, estimé que tendría suficiente con los cuatro siguientes con tal de que tomase la firme y constante resolución de no incumplir ni una sola vez su observancia.

    El primero consistía en no admitir cosa alguna como verdadera si no se la había conocido evidentemente como tal. Es decir, con todo cuidado debía evitar la precipitación y la prevención, admitiendo exclusivamente en mis juicios aquello que se presentara tan clara y distintamente a mi espíritu que no tuviera motivo alguno para ponerlo en duda. Segundo exigía que dividiese cada una de las dificultades a examinar en tantas parcelas como fuera posible y necesario para resolverlas más fácilmente. El tercero requería conducir por orden mis reflexiones comenzando por los objetos más simples y más fácilmente cognoscibles, para ascender poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo inclusive un orden entre aquellos que no se preceden naturalmente los unos a los otros. Según el último de estos preceptos debería realizar recuentos tan completos y revisiones tan amplias que pudiese estar seguro de no omitir nada.

    Las largas cadenas de razones simples y fáciles, por medio de las cuales generalmente los geómetras llegan a alcanzar las demostraciones más difíciles, me habían proporcionado la ocasión de imaginar que todas las cosas que pueden ser objeto del conocimiento de los hombres se entrelazan de igual forma y que, absteniéndose de admitir como verdadera alguna que no lo sea y guardando siempre el orden necesario para deducir unas de otras, no puede haber algunas tan alejadas de nuestro conocimiento que no podamos, finalmente, conocer ni tan ocultas que no podamos llegar a descubrir. No supuso para mi una gran dificultad el decidir por cuáles era necesario iniciar el estudio: previamente sabía que debía ser por las más simples y las más fácilmente cognoscibles. Y considerando que entre todos aquellos que han intentado buscar la verdad en el campo de las ciencias, solamente los matemáticos han establecido algunas demostraciones, es decir, algunas razones ciertas y evidentes, no dudaba que debía comenzar por las mismas que ellos habían examinado. No esperaba alcanzar alguna utilidad si exceptuamos el que habituaría mi ingenio a considerar atentamente la verdad y a no contentarse con falsas razones. Pero, por ello, no llegué a tener el deseo de conocer todas las ciencias particulares que comúnmente se conocen como matemáticas, pues viendo que aunque sus objetos son diferentes, sin embargo, no dejan de tener en común el que no consideran otra cosa, sino las diversas relaciones y posibles proporciones que entre los mismos se dan, pensaba que poseía un mayor interés que examinase solamente las proporciones en general y en relación con aquellos sujetos que servirían para hacer más cómodo el conocimiento. Es más, sin vincularlas en forma alguna a ellos para poder aplicarlas tanto mejor a todos aquellos que conviniera. Posteriormente, habiendo advertido que para analizar tales proporciones tendría necesidad en alguna ocasión de considerar a cada una en particular y en otras ocasiones solamente debería retener o comprender varias conjuntamente en mi memoria, opinaba que para mejor analizarlas en particular, debía suponer que se daban entre líneas puesto que no encontraba nada más simple ni que pudiera representar con mayor distinción ante mi imaginación y sentidos; pero para retener o considerar varias conjuntamente, era preciso que las diera a conocer mediante algunas cifras, lo más breves que fuera posible. Por este medio recogería lo mejor que se da en el análisis geométrico y en el álgebra, corrigiendo, a la vez los defectos de una mediante los procedimientos de la otra.

    Y como, en efecto, la exacta observancia de estos escasos preceptos que había escogido me proporcionó tal facilidad para resolver todas las cuestiones tratadas por estas dos ciencias, que en dos o tres meses que empleé en su examen, habiendo comenzado por las más simples y más generales, siendo, a la vez, cada verdad que encontraba una regla útil con vistas a alcanzar otras verdades, no solamente llegué a concluir el análisis de cuestiones que en otra ocasión había juzgado de gran dificultad, sino que también me pareció, cuando concluía este trabajo, que podía determinar en tales cuestiones por qué medios y hasta dónde era posible alcanzar soluciones de lo que ignoraba. En lo cual no pareceré ser excesivamente vanidoso si se considera que no habiendo más que un conocimiento verdadero de cada cosa, aquel que lo posee conoce cuanto se puede saber. Así un niño instruido en aritmética, habiendo realizado una suma según las reglas pertinentes puede estar seguro de haber alcanzado todo aquello de que es capaz el ingenio humano en lo relacionado con la suma que él examina. Pues el método que nos enseña a seguir el verdadero orden y a enumerar exactamente todas las circunstancias de lo que se investiga, contiene todo lo que confiere certeza a las reglas de la Aritmética.

    Pero lo que me producía más agrado de este método era que, siguiéndolo estaba seguro de utilizar en todo mi razón, si no de un modo absolutamente perfecto, al menos de la mejor forma que me fue posible. Por otra parte, me daba cuenta de que la práctica del, mismo habituaba progresivamente mi ingenio a concebir de forma más clara y distinta sus objetos y puesto que no lo había limitado a materia alguna en particular me prometía aplicarlo con igual utilidad a dificultades propias de otras ciencias al igual que lo habla realizada con las del álgebra. Con esto no quiero decir que pretendiese examinar todas aquellas dificultades que se presentasen en un primer momento pues esto hubiera sido contrario al orden que el método prescribe. Pero habiéndome prevenido de que sus principios deberían estar tomados de la filosofía, en la cual no encontraba alguno cierto, pensaba que era necesario ante todo que tratase de establecerlos. Y puesto que era lo más importante en el mundo y se trataba de un tema en el que la precipitación y la prevención eran los defectos que más se debían temer, juzgué que no debía intentar tal tarea hasta que no tuviese una madurez superior a la que se posee a los veintitrés años, que era mi edad, y hasta que no hubiese empleado con anterioridad mucho tiempo en prepararme, tanto desarraigando de mi espíritu todas las malas opiniones y realizando un acopio de experiencia que deberían constituir la materia de mis razonamientos como ejercitándome siempre en el método que me había prescrito con el fin de afianzarme en su uso cada vez más.

    CUARTA PARTE

    No sé si debo entreteneros con las primeras meditaciones allí realizadas, pues son tan metafísicas y tan poco comunes que no serán del gusto de todos. Y sin embargo, con el fin de que se pueda opinar sobre la solidez de los fundamentos que he establecido, me encuentro en cierto modo obligado a referirme a ellas. Hacía tiempo que había advertido que, en relación con las costumbres, es necesario en algunas ocasiones seguir opiniones muy inciertas tal como si fuesen indudables, según he advertido anteriormente. Pero puesto que deseaba entregarme solamente a la búsqueda de la verdad, opinaba que era preciso que hiciese todo lo contrario y que rechazase como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de comprobar si, después de hacer esto, no quedara algo en mi creencia que fuese enteramente indudable. Así pues, considerando que nuestros sentidos en algunas ocasiones nos inducen a error, decidí suponer que no existía cosa alguna que fuese tal como nos la hacen imaginar. Y puesto que existen hombres que se equivocan al razonar en cuestiones relacionadas con las más sencillas materias de la geometría y que incurren en paralogismos, juzgando que yo, como cualquier otro estaba sujeto a error, rechazaba como falsas todas las razones que hasta entonces había admitido como demostraciones. Y finalmente, considerando que hasta los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos pueden asaltarnos cuando dormimos, sin que ninguno en tal estado sea verdadero, me resolví a fingir que todas las cosas que hasta entonces habían alcanzado mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños. Pero, inmediatamente después, advertí que, mientras deseaba pensar de este modo que todo era falso, era absolutamente necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y dándome cuenta de que esta verdad: pienso, luego soy, era tan firme y tan segura que todas las más extravagante suposiciones de los escépticos no eran capaces de hacerla tambalear, juzgué que podía admitirla sin escrúpulo como el primer principio de la filosofía que yo indagaba.

    Posteriormente, examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía fingir que carecía de cuerpo así como que no había mundo o lugar alguno en el que me encontrase, pero que, por ello, no podía fingir que yo no era, sino que por el contrario, solo a partir de que pensaba dudar acerca de la verdad de otras cosas, se seguía muy evidente y ciertamente que yo era, mientras que, con sólo que hubiese cesado de pensar, aunque el resto de lo que había imaginado hubiese sido verdadero, no tenía razón alguna para creer que yo hubiese sido, llegué a conocer a partir de todo ello que era una sustancia cuya esencia o naturaleza no reside sino en pensar y que tal sustancia, para existir, no tiene necesidad de lugar alguno ni depende de cosa alguna material. De suerte que este yo, es decir, el alma, en virtud de la cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo, más fácil de conocer que éste y, aunque el cuerpo no fuese, no dejaría de ser todo lo que es.

    Analizadas estas cuestiones, reflexionaba en general sobre todo lo que se requiere para afirmar que una proposición es verdadera y cierta, pues, dado que acababa de identificar una que cumplía tal condición, pensaba que también debía conocer en qué consiste esta certeza. Y habiéndome percatado que nada hay en pienso luego soy que me asegure que digo la verdad, a no ser que yo veo muy claramente que para pensar es necesario ser, juzgaba que podía admitir como regla general que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas; no obstante, hay solamente cierta dificultad en identificar correctamente cuáles son aquellas que concebimos distintamente.

    A continuación, reflexionando sobre que yo dudaba y que, en consecuencia, mi ser no era omniperfecto pues claramente comprendía que era una perfección mayor el conocer que el dudar, comencé a indagar: de dónde había aprendido a pensar en alguna cosa más perfecta de lo que yo era; conocí con evidencia que debía ser en virtud de alguna naturaleza que realmente fuese más perfecta. En relación con los pensamientos que poseía de seres que existen fuera de mi, tales como el cielo, la tierra, la luz, el calor y otros mil, no encontraba dificultad alguna en conocer de dónde provenían pues no constatando nada en tales pensamientos que me pareciera hacerlos superiores a mí, podía estimar que si eran verdaderos, fueran dependientes de mi naturaleza, en tanto que posee alguna perfección; si no lo eran, que procedían de la nada, es decir, que los tenía porque había defecto en mí. Pero no podía opinar lo mismo acerca de la idea de un ser más perfecto que el mío, pues que procediese de la nada era algo manifiestamente imposible y puesto que no hay una repugnancia menor en que lo más perfecto sea una consecuencia y esté en dependencia de lo menos perfecto, que la existente en que algo proceda de la nada, concluí que tal idea no podía provenir de mi mismo. De forma que únicamente restaba la alternativa de que hubiese sido inducida en mi por una naturaleza que realmente fuese más perfecta de lo que era la mía y, también, que tuviese en sí todas las perfecciones de las cuales yo podía tener alguna idea es decir, para explicarlo con una palabra que fuese Dios. A esto añadía que, puesto que conocía algunas perfecciones que en absoluto poseía, no era el único ser que existía (permitidme que use con libertad los términos de la escuela), sino que era necesariamente preciso que existiese otro ser más perfecto del cual dependiese y del que yo hubiese adquirido todo lo que tenía. Pues si hubiese existido solo y con independencia de todo otro ser, de suerte que hubiese tenido por mí mismo todo lo poco que participaba del ser perfecto, hubiese podido, por la misma razón, tener por mí mismo cuanto sabía que me faltaba y, de esta forma, ser infinito, eterno, inmutable, omnisciente, todopoderoso y, en fin, poseer todas las perfecciones que podía comprender que se daban en Dios. Pues siguiendo los razonamientos que acabo de realizar, para conocer la naturaleza de Dios en la medida en que es posible a la mía, solamente debía considerar todas aquellas cosas de las que encontraba en mí alguna idea y si poseerlas o no suponía perfección; estaba seguro de que ninguna de aquellas ideas que indican imperfección estaban en él, pero si todas las otras; de este modo me percataba de que la duda, la inconstancia, la tristeza y cosas semejantes no pueden estar en Dios, puesto que a mí mismo me hubiese complacido en alto grado el verme libre de ellas. Además de esto, tenía ideas de varias cosas sensibles y corporales, pues, aunque supusiese que soñaba y que todo lo que veía o imaginaba era falso, sin embargo, no podía negar que esas ideas estuvieran verdaderamente en mi pensamiento. Pero puesto que había conocido en mí muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal, considerando que toda composición indica dependencia y que ésta es manifiestamente un defecto, juzgaba por ello que no podía ser una perfección de Dios el estar compuesto de estas dos naturalezas y que, por consiguiente, no lo estaba; por el contrario, pensaba que si existían cuerpos en el mundo o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que no fueran totalmente perfectas, su ser debía depender de su poder de forma tal que tales naturalezas no podrían subsistir sin él ni un solo momento.

    Posteriormente quise indagar otras verdades y habiéndome propuesto el objeto de los geómetras, que concebía como un cuerpo continuo o un espacio indefinidamente extenso en longitud, anchura y altura o profundidad, divisible en diversas partes, que podían tener diversas figuras y magnitudes, así como ser movidas y trasladadas en todas las direcciones, pues los geómetras suponen esto en su objeto, repasé alguna de las demostraciones más simples. Y habiendo advertido que esta gran certeza que todo el mundo les atribuye, no está fundada sino sobre que se las concibe con evidencia, siguiendo la regla que anteriormente he expuesto, advertí que nada había en ellas que me asegurase de la existencia de su objeto. Así, por ejemplo, estimaba correcto que, suponiendo un triángulo, entonces era preciso que sus tres ángulos fuesen iguales a dos rectos pero tal razonamiento no me aseguraba que existiese triángulo alguno en el mundo. Por el contrario, examinando de nuevo la idea que tenía de un Ser Perfecto encontraba que la existencia estaba comprendida en la misma de igual forma que en la del triángulo está comprendida la de que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos o en la de una esfera que todas sus partes equidisten del centro e incluso con mayor evidencia. Y, en consecuencia, es por lo menos tan cierto que Dios, el Ser Perfecto, es o existe como lo pueda ser cualquier demostración de la geometría.

    Pero lo que motiva que existan muchas personas persuadidas de que hay una gran dificultad en conocerle y, también, en conocer la naturaleza de su alma, es el que jamás elevan su pensamiento sobre las cosas sensibles y que están hasta tal punto habituados a no considerar cuestión alguna que no sean capaces de imaginar (modo de pensar propiamente relacionado con las cosas materiales), que todo aquello que no es imaginable, les parece ininteligible. Lo cual es bastante manifiesto en la máxima que los mismos filósofos defienden como verdadera en las escuelas, según la cual nada hay en el entendimiento que previamente no haya impresionado los sentidos. En efecto, las ideas de Dios y el alma nunca han impresionado los sentidos y me parece que los que desean emplear su imaginación para comprenderlas, hacen lo mismo que si quisieran servirse de sus ojos para oír los sonidos o sentir los olores. Existe aún otra diferencia: que el sentido de la vista no nos asegura menos de la verdad de sus objetos que lo hacen los del olfato u oído, mientras que ni nuestra imaginación ni nuestros sentidos podrían asegurarnos cosa alguna si nuestro entendimiento no interviniese.

    En fin, si aún hay hombres que no están suficientemente persuadidos de la existencia de Dios y de su alma en virtud de las razones aducidas por mí, deseo que sepan que todas las otras cosas, sobre las cuales piensan estar seguros, como de tener un cuerpo, de la existencia de astros, de una tierra y cosas semejantes son menos ciertas. Pues aunque se tenga una seguridad moral de la existencia de tales cosas, que es tal que, a no ser que se peque de extravagancia, no se puede dudar de las mismas, sin embargo, a no ser que se peque de falta de razón, cuando se trata de una certeza metafísica, no se puede negar que sea razón suficiente para no estar enteramente seguros el haber constatado que es posible imaginarse de igual forma, estando dormido, que se tiene otro cuerpo, que se ven otros astros y otra tierra, sin que exista ninguno de tales seres. Pues ¿cómo podemos saber que los pensamientos tenidos en el sueño son más falsos que los otros, dado que frecuentemente no tienen vivacidad y claridad menor? Y aunque los ingenios más capaces estudien esta cuestión cuanto les plazca, no creo puedan dar razón alguna que sea suficiente para disipar esta duda, si no presuponen la existencia de Dios. Pues, en primer lugar, incluso lo que anteriormente he considerado como una regla (a saber: que lo concebido clara y distintamente es verdadero) no es válido más que si Dios existe, es un ser perfecto y todo lo que hay en nosotros procede de él. De donde se sigue que nuestras ideas o nociones, siendo seres reales, que provienen de Dios, en todo aquello en lo que son claras y distintas, no pueden ser sino verdaderas. De modo que, si bien frecuentemente poseemos algunas que encierran falsedad, esto no puede provenir sino de aquéllas en las que algo es confuso y oscuro, pues en esto participan de la nada, es decir, que no se dan en nosotros sino porque no somos totalmente perfectos. Es evidente que no existe una repugnancia menor en defender que la falsedad o la imperfección, en tanto que tal, procedan de Dios, que existe en defender que la verdad o perfección proceda de la nada. Pero si no conocemos que todo lo que existe en nosotros de real y verdadero procede de un ser perfecto e infinito, por claras y distintas que fuesen nuestras ideas, no tendríamos razón alguna que nos asegurara que tales ideas tuviesen la perfección de ser verdaderas.

    Por tanto, después de que el conocimiento de Dios y el alma nos han convencido de la certeza de esta regla, es fácil conocer que los sueños que imaginamos cuando dormimos, no deben en forma alguna hacernos dudar de la verdad de los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos. Pues, si sucediese, inclusive durmiendo, que se tuviese alguna idea muy distinta como, por ejemplo, que algún geómetra lograse alguna nueva demostración, su sueño no impediría que fuese verdad. Y en relación con el error más común de nuestros sueños, consistente en representarnos diversos objetos de la misma forma que la obtenida por los sentidos exteriores, carece de importancia el que nos dé ocasión para, desconfiar de la verdad de tales ideas, pues pueden inducirnos a error frecuentemente sin que durmamos, como sucede a aquellos que padecen de ictericia que todo lo ven de color amarillo o cuando los astros u otros cuerpos demasiado alejados nos parecen de tamaño mucho menor del que en realidad poseen. Pues, bien estemos en estado de vigilia o bien durmamos, jamás debemos dejarnos persuadir sino por la evidencia de nuestra razón. Y es preciso señalar, que yo afirmo, de nuestra razón y no de nuestra imaginación o de nuestros sentidos, pues aunque veamos el sol muy claramente no debemos juzgar por ello que no posea sino él tamaño con que lo vemos y fácilmente podemos imaginar con perfecta claridad una cabeza de león unida al cuerpo de una cabra sin que sea preciso concluir que exista en el mundo una quimera, pues la razón no nos dicta que lo que vemos o imaginamos de este modo, sea verdadero. Por el contrario nos dicta que todas nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de verdad, pues no seria posible que Dios, qué es sumamente perfecto y veraz; las haya colocado en nosotros careciendo del mismo. Y puesto que nuestros razonamientos no son jamás tan evidentes ni completos durante el sueño como durante la vigilia, aunque algunas veces nuestras imágenes sean tanto o más vivas y claras, la razón nos dicta igualmente que no pudiendo nuestros pensamientos ser todos verdaderos, ya que nosotros no somos omniperfectos, lo que existe de verdad debe encontrarse infaliblemente en aquellos que tenemos estando despiertos más bien que en los que tenemos mientras soñamos.

    (Traducción de G. Quintás, Madrid Ed. Alfaguara

    Locke y Hume.

    Introducción.

    Para poder acercarnos al empirismo, hemos de retroceder históricamente al siglo XIII y XIV que fue el momento en que comienzan a manifestarse dentro de la era moderna los primeros síntomas de esta forma de acercamiento a la realidad. Podemos recuperar la línea de pensamiento de los franciscanos de Oxford y avanzar con ellos desde San Buenaventura, Roger Bacon o Roberto Grossetesta, Duns Scoto y el mismo Ockham, continuando con esta herencia empirista Sir Francis Bacon y Thomas Hobbes hasta llegar a John Locke, Berkeley y el mismo Hume.

    Es necesario señalar la importancia de Newton (1642,1727) en el pensamiento tanto filosófico como científico. Fue la sensación de que al fin se había llegado al conocimiento definitivo y verdadero de todos los principios que regían el mundo natural. Y todo ello desde un mínimo de supuestos iniciales.

    De acuerdo con sus "Principia Mathematica", el mundo parecía una verdadera máquina, un perfecto mecanismo en el que todo se explicaba a partir de tres o cuatro leyes generales. Un mundo así hacía necesaria, no ya la intervención de una causa primera, sino la acción de una gran inteligencia, el gran arquitecto, planificador, cuya existencia era necesaria para el mantenimiento de aquel proyecto tan perfecto. A lo que estamos asistiendo aquí, es al momento en que por fin se había encontrado a Dios por la vía de la experiencia, por la vía racional de la mecánica. Cuando afirma "yo no invento hipótesis" está renunciando a principios metafísicos especulativos, propios de la tradición cartesiana.

    Problemática del empirismo.

    El empirismo supone una pérdida de confianza en la razón, cuestionando ¿Cuál es la capacidad del entendimiento humano? Los empiristas se empeñan en conocer los límites del conocimiento humano y saber hasta dónde se puede llegar.

    Con el empirismo se cuestiona la autoridad filosófica, racional y se exalta el conocimiento sensible; se critica a la metafísica porque ésta niega el valor de la experiencia. Se empieza a prescindir de todo aquello que predominó durante siglos en el pensamiento occidental. Ya no tienen valor las verdades eternas e inmutables, ya no tienen nada que hacer los valores eternos, universales, esos que trascienden los casos particulares, ya no se puede sobrepasar el límite de la experiencia. Incluso quizá desde el empirismo se impongan ya los sentidos sobre la mente, lo útil por encima de lo ideal, la parte sobre el todo.

    A lo largo del siglo XVII, en Europa, se habla de dos modos de hacer filosofía. Por un lado la filosofía continental, donde la razón y el sistema cartesiano han impuesto su dominio. Y por otro lado, la filosofía británica, donde la raíz última de los contenidos de la razón está en la experiencia, a cuyos límites el conocimiento humano no puede escapar.

  • Crítica al innatismo y al concepto de causa

  • John Locke. 1632, 1704.

    En la exposición del proyecto de trabajo que desea llevar a cabo en su "Ensayo" nos encontramos con la siguiente declaración de fines:

    "Siendo pues este mi propósito de investigar los orígenes, la certidumbre y el alcance del entendimiento humano junto con los fundamentos y grados de las creencias, opiniones y sentimientos, no me meteré aquí en las consideraciones físicas de la mente,

    Que podemos completar con el siguiente planteamiento:

    "No aceptes ciegamente los convencionalismos ni la autoridad. Estudia los hechos y piensa por ti mismo". -"Ensayo sobre el entendimiento humano"-. J. Locke. F. C. E.. México.

    A través de la crítica del conocimiento podemos ver su crítica empirista a los conceptos de la metafísica que eran mantenidos por los racionalistas en cuanto al valor y al alcance del conocimiento del hombre.

    Comienza Locke afirmando lo que distingue al hombre y le coloca por encima de cualquier otra realidad: su conocimiento intelectual. Mediante el conocimiento el hombre coloca al mundo frente a sí a modo de objeto y lo analiza objetivamente. Lo que Locke pretende es que el conocer mismo sea objeto de conocimiento, que el conocimiento sea el objeto del conocimiento. Para ello, se va a basar en la observación directa.

    Las ideas innatas no existen

    Pero para analizar el conocimiento, es necesario partir de un análisis de sus contenidos, por lo que la pregunta por el origen de nuestro conocimiento, se convierte en la pregunta por el origen de nuestras ideas. Es necesario conocer su naturaleza, su valor, el fundamento del conocimiento que en ellas se inicia. Habrá que reconstruir, para ello, el proceso de su producción. Lo que le lleva a preguntarse por las ideas innatas. Su respuesta es contundente: no existen ideas innatas en nuestra mente. A la demostración de esta tesis consagra el primer libro de su "Ensayo sobre el Entendimiento Humano". Donde encontramos los siguientes argumentos:

    • La forma en que adquirimos el conocimiento es suficiente para probar que éste no es innato.

    ....me figuro que se reconocerá fácilmente que sería impertinente suponer que son innatas las ideas de color, tratándose de una criatura a la que Dios dotó de la vista y del poder de recibir sensaciones, por medio de los ojos, a partir de los objetos externos. Y no menos absurdo sería atribuir algunas verdades a ciertas impresiones de la naturaleza y a ciertos caracteres innatos, cuando podemos observar en nosotros mismos algunas facultades adecuadas para alcanzar tan fácil y seguramente un conocimiento de aquellas verdades.

    Si tenemos ideas innatas, ¿para qué necesitamos la posibilidad de recibir sensaciones y de conocer por otras vías esa misma idea?

    • El consenso universal no prueba nada como innato. Se propone comúnmente, que hay una serie de principios, tanto especulativos como prácticos, (especialmente éticos, en los que cuando podemos encontrar acuerdo entre los hombres, puede explicarse porque se han impuesto las opiniones de algunos) aceptados de manera universal por la humanidad. De aquí se infiere que debe haber unas percepciones permanentes que reciben las almas de los hombres en su primer ser y que las traen al mundo con ellas.

    Aunque fuera cierto que de hecho hubiese unas verdades asentidas por toda la humanidad, eso no probaría que eran innatas, mientras haya otro modo de averiguar la forma en que los hombres pudieron llegar a ese universal acuerdo sobre esas cosas que todos aceptan; lo que me parece que puede mostrarse.

    • No podemos considerar que una idea sea innata, si podemos demostrar que posemos algún otro medio de conocimiento para adquirir tal idea.

    «Lo que es, es», y «es imposible que la misma cosa sea y no sea». Estos dos principios, me parece que, entre todos, tendrían el mayor derecho al título de innatos. Disfrutan de una fama tan sólida de ser principio de universal aceptación que me parecería extraño, sin lugar a dudas, que alguien los pusiera en entredicho. Sin embargo, me tomo la libertad de afirmar que esas proposiciones andan tan lejos de tener asentimiento universal, que gran parte de la humanidad ni siquiera tiene noción de ellas.

    Si hubiese ideas innatas, si los principios de identidad y de no contradicción fuesen ideas innatas, las tendrían también los niños y no las tienen, sino que hay que sugerírselas por primera vez.

    Esos principios no están impresos en el alma naturalmente, porque los desconocen los niños, los idiotas. Es evidente que todos los niños no tienen la más mínima aprehensión o pensamiento de aquellas proposiciones, y tal carencia basta para destruir aquel consenso universal Si, por supuesto, los niños y los idiotas tienen alma, quiere decir que tienen mentes con dichas impresiones, y será inevitable que las perciban y que necesariamente conozcan y asientan aquellas verdades; pero como eso no sucede, es evidente que no existen tales impresiones.

    La idea de Dios no es innata. Ni siquiera el concepto de Dios lo hallamos universalmente poseído, pues pueblos hay que ni siquiera tienen idea de Dios.

    Si pudiera suponerse innata alguna idea, seria, entre todas y por muchas razones, la idea de Dios la que debiera aceptarse como tal, pues es difícil concebir cómo pueda haber principios morales innatos sin la idea innata de una divinidad. Es imposible tener la noción de una ley y de la obligación de guardarla sin la noción de un legislador. Aparte de los ateos, mencionados por los antiguos y que se encuentran condenados en los anales de la historia, ¿no ha descubierto, acaso, la navegación naciones enteras, en tiempos más tardíos, en la bahía de Soldania, en el Brasil, en Boronday y en las islas de los Caribes, etc., entre los cuales no se encontró noción alguna ni de un Dios ni de una religión? "Encontré que esta gente no tiene ningún nombre que signifique Dios y el alma del hombre; que no tienen ningún culto ni ningún ídolo" reza el texto de Nicolás de Techo, enviado en estas fechas desde las islas Caribes.

    • Para convertirse en idea es necesario que el objeto esté en el entendimiento, estar en el entendimiento es tener conciencia de tal objeto. De lo que no tiene conciencia el entendimiento no hay existencia. Para que existan ideas innatas es necesario que en todo momento el hombre tenga conciencia de ellas. Y no sólo eso, sino que todos los hombres, tengan conciencia de ellas. Si las ideas innatas existiesen, nadie las podría ignorar, y tal cosa no sucede. Por tanto es falsa la creencia en la existencia de ideas innatas.

    La mente como una tabla rasa

    A esta crítica, añade el siguiente planteamiento: "la mente es una - tabla rasa -", sostiene Locke. Esta tesis proviene de la siguiente cuestión: si la mente es una tabla rasa, es como un papel en blanco, limpio de todo signo, sin idea alguna ¿De donde llega a tener las ideas el entendimiento? La respuesta es rotunda, de la experiencia. La experiencia es el fundamento de todo saber y de él provienen todas las ideas que tenemos. Esta experiencia que identificó con la percepción es concebida en dos frentes: la sensación, vinculada a los sentidos, y la reflexión, vinculada al sentido interno, por ejemplo, la percepción del acto de ver, del sentimiento, de la pasión. La reflexión, presupone la sensación, con lo que se refuerza aún más el principio general de que cuanto hay en la mente, proviene de la sensación, de la experiencia.

    Hume, (1711,1766) en su "Tratado sobre la Naturaleza Humana", se pregunta igual que Locke, por el origen de las ideas. Y lo primero que afirma es que no hay ideas innatas, ni principios innatos, sino que todos los contenidos de la razón emanan de la experiencia sensible. Así podemos leer en su "Compendio de un Tratado de la Naturaleza Humana":

    La primera proposición que anticipa es que todas nuestras ideas o percepciones débiles son derivadas de nuestras impresiones o percepciones fuertes, y que nunca podemos pensar en cosa alguna que no hayamos visto fuera de nosotros, o sentido en nuestras propias mentes.

    El problema de la causalidad, Hume.

    La crítica a la noción de causa, constituye el rasgo más notable de toda su filosofía y ha sido considerada por la generalidad de los filósofos posteriores como definitiva. Comienza Hume por detenerse en los usos que se le han dado al concepto de causa, y nos dice que tanto la física como la metafísica han operado con este concepto. Así, la encontramos en pruebas sobre la existencia de Dios. Basándose en la causa, encontramos principios del tipo: "la causa contiene en sí la perfección del efecto", "la causa es siempre más noble y tiene más ser que el efecto". Hume se coloca ante la concepción clásica, según la cual hay en la causa eficiente un crear, un conferir el ser desde la causa al efecto, a lo causado. En este concepto, ve Hume supuestos oscuros no demostrados, por lo que se decide a clarificarlos.

    En Hume, el principio metafísico de causalidad, es reducido al principio empírico de causalidad fenoménica.

    A través del devenir nos llega la idea del efecto que a su vez, nos remite a la idea de causa. Entre ambas, lo que se establece es una relación de dependencia y de influencia.

    En su "Tratado..." sostiene Hume que cuando decimos que A es causa de B, en la relación entre A y B se pueden ver tres tipos de vinculación:

    Prioridad, porque si A decimos que es causa de B, tendremos que admitir que A es anterior en el tiempo a B.

    Contigüidad, porque A tiene que estar en contacto con B.

    Conexión necesaria, Las personas creen que existe una conexión necesaria entre causa y efecto, es decir creemos que "A hace que ocurra B".

    A continuación, Hume, analiza esta noción de necesidad. ¿Qué quiere decir que cuando colocamos un trozo de carbón en el fuego este "debe" arder? Este "deber", no puede ser un deber lógico. No existe la necesidad lógica de que este carbón deba arder, podemos afirmar sin caer en una contradicción lógica que el carbón no arderá. Si no existe esta necesidad lógica, ¿de donde viene? Nos dirá, que de la observación no, puesto que no observamos nada que se corresponda con la idea de necesidad. Lo único que observamos es una regularidad de los acontecimientos.

    La idea de necesidad causal, lejos de corresponder a algo que ocurra efectivamente en el mundo, sólo es algo que surge en la mente como consecuencia de las habituales expectativas creadas por la reiteración de las observaciones en el pasado.

    No hay conexión necesaria en la realidad, sólo hay simples repeticiones de acontecimientos que provocan en la mente la aparición de ciertas expectativas habituales. No percibimos la conexión necesaria por ningún lado, lo que observamos es una sucesión constante entre dos fenómenos en la que los acontecimientos parecen estar enteramente sueltos y separados.

    ....todos los razonamientos relativos a la causa y el efecto están fundados en la experiencia, y que todos los razonamientos que parten de la experiencia están fundados en la suposición de que el curso de la naturaleza continuará siendo uniformemente el mismo.

    Otro punto de crítica que aparece en Hume en torno al principio de causalidad esta en el hecho de que damos por supuesto que el futuro ha de ser como ha sido en el pasado. Quizá lo hagamos por acumulación de experiencias uniformes, pero ello no es suficiente. Para Hume es claro que esta aplicación que hacemos al futuro de lo que experimentamos en el presente o hemos experimentado en el pasado, posee el supuesto de que, entre lo que hace de causa y lo que hace de efecto, hay una conexión necesaria, que ya hemos mostrado, es simplemente un hábito, una costumbre, y que no se puede recoger de la experiencia.

    ...estamos enteramente determinados por la costumbre cuando concebimos que un efecto se sigue de su causa usual. Mas también creemos que se sigue un efecto, del mismo modo que lo concebimos. Esta creencia no añade ninguna idea nueva a la concepción. Solamente varía la manera de concebir, imponiendo una diferencia al sentimiento. La creencia, por lo tanto, surge en todas las cuestiones de hecho sólo de la costumbre, y es una idea concebida de una manera peculiar.

    El conocimiento de los hechos queda reducido a las impresiones actuales. No podemos tener conocimiento de hechos futuros puesto que no podemos tener impresiones de un hecho que aún no ha sucedido. No podemos asegurar que suceda siempre un mismo hecho unido al nexo causal. Ej. He visto que después de poner el agua al fuego, ésta hierve, pero, ¿sucederá siempre así? ¿Tenemos derecho a afirmar la causalidad necesaria?

    Del futuro solo podemos afirmar una creencia, sólo podemos hacer un pronóstico, no una afirmación. Creemos que el agua me mojará o que el calor me quemará, pero no hay un conocimiento, lo que hay es un hábito, la costumbre que tenemos de ver un fenómeno asociado a otro.

    Es evidente que Adán con toda su ciencia, nunca hubiera sido capaz de demostrar que el curso de la naturaleza ha de continuar siendo uniformemente el mismo, y que el futuro ha de ser conformable al pasado. De lo que es posible nunca puede demostrarse que sea falso; y es posible que el curso de la naturaleza pueda cambiar, puesto que podemos concebir un tal cambio. Más aún, iré más lejos y afirmaré que Adán tampoco podría probar mediante argumento probable alguno, que el futuro haya de ser conformable al pasado. Todos los argumentos probables están montados sobre la suposición de que existe esta conformidad entre el futuro y el pasado, y, por lo tanto, nunca lo pueden probar

    Además, no se puede afirmar que el efecto, pueda ser deducido de la causa, pues nadie es capaz de decir a partir de la naturaleza de una cosa, qué será capaz de producir, qué efectos producirá.

    La idea de causa no es más que el resultado de un simple mecanismo asociativo entre ideas, la reiteración de casos en los que una impresión ha seguido a otra lleva a que un objeto suscite en nuestra mente la representación de su acompañante habitual. Es un caso de costumbre, de hábito. "La costumbre es pues la gran guía de la vida humana, no la razón".

  • Origen y constitución de la experiencia

  • Locke. "Ensayo sobre el entendimiento humano"

    "Supongamos, pues, que la mente sea, como se dice, un papel en blanco, limpio de toda instrucción, sin ninguna idea ¿Cómo llega entonces a tenerla? ¿De dónde se hace la mente con esa prodigiosa cantidad que la imaginación limitada y activa del hombre ha grabado en ello, con una variedad casi infinita? ¿De dónde extrae todo ese material de la razón y del conocimiento? A estas preguntas contesto con una sola palabra: de la experiencia. He aquí el fundamento de todo nuestro saber, y de donde en última instancia se deriva: «las observaciones que hacemos sobre los objetos sensibles externos, o sobre las operaciones internas de nuestra mente, las cuales percibimos, y sobre las que reflexionamos nosotros mismos, son lo que proveen a nuestro entendimiento de todos los materiales del pensar». Estas son las dos fuentes de conocimiento de donde parten todas las ideas que tenemos o que podamos tener de manera natural.

    La respuesta a la procedencia de nuestras ideas, una vez ha negado la existencia de ideas innatas, es rotunda: de la experiencia. La experiencia es el fundamento de todo saber y de él provienen todas las ideas que tenemos. Esta experiencia puede ser conocida, únicamente a través de la percepción de objetos sensibles externos: la sensación, vinculada a los sentidos. Y a través de operaciones internas de nuestra mente, la reflexión, vinculada al sentido interno.

    La sensación nos pone en contacto con una cualidad de un objeto externo, mientras la reflexión conecta con el mismo acto de la experiencia interna. Con la sensación percibo una experiencia determinada, con la reflexión percibo el propio percibir. Este es el fundamento de las ideas.

    No toda experiencia es válida, Locke limitó el alcance científico de la experiencia. No se trataba de un conocimiento de las cosas naturales, sino sólo de las cosas perceptibles o sensibles. Si Bacon había declarado imposible la ciencia de lo sobrenatural, Locke iba aún más lejos, y declaraba imposible la ciencia de lo suprasensible. Puede haber mucho en lo natural que sea suprasensible, porque no sea percibido por nuestros sentidos, en consecuencia nunca podrá ser experimentado ni conocido.

    Lo suprasensible es la esencia de las cosas, no sólo del espíritu, sino también de los cuerpos. No hay conocimiento de la esencia de las cosas ya que tampoco admite un conocimiento metafísico de los cuerpos.

    ¿Que entiende por ideas?

    Todo conocimiento es por ideas y de ideas. Las ideas se constituyen en los intermediarios entre los objetos y nuestra mente, son los objetos inmediatos de nuestro conocimiento, el objeto del entendimiento cuando el hombre piensa.

    "Todo lo que el espíritu percibe en sí mismo o es el objeto inmediato de la percepción, del pensamiento, del entendimiento, se llama idea".

    Las ideas son de dos tipos: simples y complejas. La experiencia, captada únicamente por la sensación y la reflexión, nos proporciona solamente ideas simples.

    Las ideas simples pueden originarse: o bien, sólo en los sentidos, distinguiendo las que proceden de un solo sentido, tales como color, olor, el sonido...; o de varios sentidos como las ideas de figura, movimiento, extensión.... . O bien, sólo en la reflexión que tienen por objeto los estados subjetivos de la conciencia: pensamiento, en el sentido de percepción y voluntad. O bien en los sentidos y la reflexión conjuntamente, es el caso del placer, el dolor, la existencia, la unidad...

    Dentro de las ideas simples de los sentidos hay que distinguir las cualidades del objeto, que son las modificaciones de la materia en los cuerpos, y que son las que causan en nosotros las percepciones. "La fuerza que produce en nosotros la idea se llama cualidad del objeto". En este punto, Locke distingue entre cualidades primarias, que son objetivas, al ser originarias de los cuerpos, e inseparables de ellos, producen en nosotros las ideas simples de sólido, extensión, figura, movimiento.

    Las cualidades en los cuerpos son, en primer lugar, aquellas que son totalmente inseparables de un cuerpo, sea cual fuere el estado en que se encuentre, y de tal naturaleza que las conserva de manera constante en todas las alteraciones y cambios que dicho cuerpo pueda experimentar por razón de una fuerza mayor ejercida sobre él. Estas cualidades son de tal naturaleza que las encuentran los sentidos de manera constante en toda partícula de materia que tenga la suficiente consistencia para ser percibida, y tales que la mente las tiene por inseparables de cada partícula de materia, incluso aunque sean demasiado pequeñas para que nuestros sentidos las perciban de forma individual.

    Y cualidades secundarias que no existen en los objetos sino que son producidas en nosotros por diversas combinaciones de cualidades primarias. Son los colores, olores, sonidos. Estas no se parecen en nada a los cuerpos, mientras que las primarias son imágenes de los cuerpos mismos.

    Pero, en segundo lugar, existen unas cualidades que realmente no son nada en los objetivos mismos, sino potencias para producir en nosotros diversas sensaciones por medio de sus cualidades primarias, es decir, por la extensión, la forma, la rotura y el movimiento de sus partes insensibles. A estas cualidades, como son los colores, sonidos, gustos, etc., las llamo cualidades secundarias..

    Ahora bien, las ideas simples no lo son todo. El hombre tiene además ideas complejas que se originan mediante la combinación, la asociación de ideas simples. Una vez que el entendimiento ha adquirido por sensación o reflexión ideas simples; estas son manipuladas por el entendimiento que es capaz de: distinguir, comparar, relacionar y abstraer ideas. Todo ello a través de la acción de la memoria y de la imaginación, dando lugar así a ideas complejas.

    Los actos de la mente por los que ejerce su poder sobre sus ideas simples son principalmente estos tres: 1) Combinando algunas ideas simples en una idea compuesta; de esta manera es como se forman todas las ideas complejas. 2) El segundo consiste en traer dos ideas, sean simples o complejas, juntarlas y ponerlas una cerca de la otra, de manera que pueda tenerlas a la vista en seguida sin unirlas entre sí en una sola; por este medio la mente consigue todas sus ideas de relaciones. 3) El tercero consiste en separarlas de todas las otras ideas que las acompañan en su existencia real: ésta es la llamada abstracción, y de esta manera se forman todas las ideas generales.

    Esto significa que las ideas complejas tienen en sí un elemento subjetivo del que carecían las simples. Pero el límite del entendimiento está en que éste no puede inventar o construir una idea simple nueva, ni destruir una idea simple adquirida. Este es el límite insuperable del conocimiento humano. No respetarlo es "abandonarse en sueños quiméricos".

    Estas ideas complejas son además abstractas y universales. Son abstractas no porque expresen una realidad más allá de sus accidentes, sino que son abstractas y universales porque se han deshecho de las simples que nos sirvieron de punto de partida.

    Las ideas complejas se pueden reducir a tres clases: idea compleja de modo, idea compleja de relación e idea compleja de sustancia. Esta última es la más relevante a la hora construir la experiencia. Nos dice que hay combinaciones de ideas simples que se presentan siempre unidas y que se toman como si representaran algo que subsiste por sí mismo. Colecciones de ideas simples con la suposición de algo al que pertenecen y en el cual subsisten, aunque de ese algo no tenemos absolutamente ninguna idea clara (árbol, hombre, oveja). Las ideas de sustancias se forman cuando la mente:

    .....advierte que un cierto número de esas ideas simples van constantemente unidas... como se presupone que pertenecen a una sola cosa, se designan con un solo nombre... Después, por inadvertencia estamos propensos a tratar y a considerar como una idea simple lo que en realidad es un conjunto de muchas ideas, porque no pudiendo imaginar cómo esas ideas simples subsisten por sí mismas, nos acostumbramos a suponer cierto sustrato en el cual ellas subsisten, y del cual resultan, y al que por eso, le llamamos sustancia.

    De las ideas al conocimiento.

    La experiencia nos proporciona el material del conocimiento, pero no es el conocimiento mismo. El conocimiento siempre ha de referirse a ideas, puesto que este es el material del entendimiento y podemos definirlo como la operación de captar relaciones de acuerdo o desacuerdo, compatibilidad dependencia entre las ideas.

    Como tal, el conocimiento puede ser de dos clases: intuitivo, cuando el acuerdo o desacuerdo se ve inmediatamente, y en virtud de las mismas ideas. Es el más claro y cierto que el hombre puede alcanzar. Demostrativo, cuando el acuerdo o desacuerdo entre ideas, no se percibe inmediatamente, y se hace necesaria la aportación de ideas intermedias, pruebas. La certeza de la demostración se funda en la intuición, pero es menos seguro que el conocimiento intuitivo.

    "Puesto que el conocimiento consiste en la percepción del acuerdo o desacuerdo de nuestras ideas, se sigue que primero, no podemos tener conocimiento más allá de nuestras ideas,...... segundo que no podemos tener ningún conocimiento más allá de la percepción de ese acuerdo o desacuerdo".

    Hasta aquí, tenemos la definición del conocimiento, pero surge inmediatamente una pregunta: ¿si el conocimiento consiste en la percepción del acuerdo o desacuerdo entre ideas, cómo podemos saber si hay conformidad entre las ideas y la realidad de las cosas?, ¿cómo podemos conocer si el objeto coincide con la idea?

    Locke es tremendamente realista y tiene una confianza dogmática en el valor real del conocimiento. En cuanto a las ideas simples, el entendimiento, no tiene ninguna posibilidad de producirlas por sí, por tanto hay que admitir que son producto de las cosas que actúan sobre el entendimiento de modo natural. Locke cree en la conformidad de la idea con su objeto. Esto es así para las ideas simples, sin embargo no sabe si las ideas complejas corresponden o no a la realidad. Entiende Locke, que hay un mayor valor en las ideas simples, que en las complejas ya que éstas suprimen caracteres concretos de las simples y suponen un empobrecimiento en el conocimiento. Las ideas complejas son construcciones del entendimiento por tanto, no valen totalmente como imágenes de las cosas.

    Además de esto, para terminar de garantizar la identidad entre la idea y su objeto, analiza este problema en tres aspectos de la realidad:

    Tenemos el conocimiento de nuestra propia existencia por medio de nuestra intuición, de la existencia de Dios por medio de la demostración y de las demás cosas por medio de la sensación."

    En cuanto a la existencia del yo. Yo pienso, razono, dudo, y con ello percibo la propia existencia que la misma duda me confirma.

    En cuanto a la existencia de Dios, Locke, nos hace una demostración basada en la causalidad. La nada no puede producir nada, si existe algo, ha tenido que ser causado por otra cosa y no pudiéndose avanzar así hasta el infinito, hemos de admitir que un ser eterno lo ha producido todo. Este ser eterno, potentísimo, inteligentísimo, es Dios.

    En cuanto a la realidad del mundo, de las cosas, el hombre no tiene otro medio para conocerla que la sensación. Y la prueba de la existencia de la cosa real es precisamente la actualidad de la sensación. Sólo el hecho de que recibamos actualmente la idea del exterior, nos hace conocer que algo existe en este momento fuera de nosotros y produce la idea en nosotros. Además, añade los siguientes argumentos: Las ideas nos faltan cuando nos falta el órgano adecuado para recibirlas, luego son producidas por causas externas. Son producidas sin que nosotros las podamos evitar. Los sentidos se dan mutuo testimonio de las cosas externas, de tal modo que se confirman el uno al otro., por tanto las cosas existen y son tal y como las recogemos en las ideas.

    Por último, Locke nos dice que el conocimiento humano, no es perfecto ni está libre de dudas, pero es suficiente para los fines de la vida, para orientarnos hacia la felicidad y frente a la miseria.

    Hume "Tratado de la naturaleza humana"

    Impresiones e ideas,

    En su introducción al "Tratado de la Naturaleza Humana", Hume señala la naturaleza humana es el centro capital de las ciencias y es necesario que desarrollemos una ciencia del hombre. Esto ha de hacerse aplicando el método experimental, método que se fundamenta en la experiencia y la observación.

    Plantea Hume la necesidad de aplicar el método experimental que con tanto éxito se ha usado en las ciencias naturales al estudio del hombre. Debemos empezar por una rigurosa investigación de los procesos psicológicos humanos y de su comportamiento moral e intentar a continuación averiguar sus principios y causas.

    Igual que Locke, Hume se dispone a analizar la procedencia de los contenidos de la mente. Su terminología, sin embargo, es distinta; emplea el concepto percepciones para designar los contenidos de la mente en general y divide las percepciones en impresiones e ideas. Las impresiones son datos inmediatos de la experiencia y las ideas son copias o imágenes atenuadas de las impresiones en el pensamiento y en la razón.

    En su "Tratado de la Naturaleza Humana." la primera parte de su libro I, la dedica a: "De las ideas, su origen, composición, conexión, abstracción, etc..". Allí podemos leer:

    Todas las percepciones de la mente humana, se reducen a dos clases distintas, que denominaré impresiones e ideas. La diferencia entre ambas, consiste en los grados de fuerza y vivacidad con que inciden sobre la mente y se abren camino en nuestro pensamiento o conciencia. A las percepciones que entran con mayor fuerza y violencia, las podemos denominar impresiones; incluye bajo este nombre todas nuestras sensaciones, pasiones y emociones, tal y como hacen su primera aparición en el alma. Por ideas entiendo las imágenes débiles de las impresiones cuando pensamos y razonamos....... Cada uno percibirá enseguida por sí mismo la diferencia que hay entre sentir y pensar.

    Las impresiones pueden dividirse en impresiones de sensación, si proceden de la experiencia externa e impresiones de reflexión, si proceden de la experiencia interna, es decir, de la observación de nuestro propio dinamismo, sentimientos, deseos, pasiones...

    Las impresiones pueden ser de dos clases: la de sensación y de reflexión. La primera clase de impresiones surge originariamente en el alma de causas desconocidas". La segunda se deriva en gran medida de nuestras ideas.

    A continuación, pasa a ocuparse de la relación que existe entre las impresiones y las ideas, para afirmar que si examinamos el orden en que aparecen, veremos que las impresiones preceden a las ideas:

    La primera circunstancia que salta a mi vista, es la gran semejanza entre nuestras impresiones e ideas en todo respecto, con excepción de su grado de fuerza y vivacidad. Las unas parecen ser de algún modo reflejo de las otras, de modo que toda percepción de la mente es doble, y aparece a la vez como impresión e idea. Cuando cierro los ojos y pienso en mi habitación, las ideas que formo son representaciones exactas de las impresiones que he sentido........ ideas e impresiones aparecen siempre correspondiéndose las unas con las otras. (.....)...las impresiones simples, preceden siempre a las correspondientes ideas; sin embargo, nunca aparecen en orden inverso..... nuestras impresiones, son causas de nuestras ideas."

    Hume establece otra distinción entre percepciones simples y complejas, distinción que aplica a ambas, es decir a impresiones e ideas.

    Hay otra división de nuestras percepciones que será conveniente tener en cuenta y que se extiende tanto a nuestras impresiones como a nuestras ideas. Se trata de la división en simples y complejas. Las percepciones simples, son tales que no admiten distinción ni separación. Las complejas, son lo contrario de estas y pueden dividirse en partes.

    Las ideas simples, son aquellas que no admiten distinción ni separación, y detrás de una idea simples, hay siempre su impresión correspondiente, por lo que no plantea ningún problema en cuanto a la certeza del conocimiento. El siguiente paso que da Hume, es matizar el concepto de ideas complejas. No podemos decir en rigor que a cada idea compleja corresponda una impresión. Por tanto, en las ideas complejas, puede haber problemas de validez, por ello, es necesario establecer un criterio de certeza para ellas.

    Todas las ideas, especialmente las abstractas, son naturalmente débiles y oscuras. La mente, no tiene sino un dominio escaso sobre ellas; tiende dócilmente a confundirse con otras ideas semejantes; y cuando hemos empleado muchas veces un término cualquiera, aunque sin darle un significado preciso, tendemos a imaginar que tiene una idea determinada anexa. En cambio, todas las impresiones, es decir, toda sensación, -bien externa, bien interna- es fuerte y vivaz: los límites entre ellas se determinan con mayor precisión, y tampoco es fácil caer en error o equivocación con respecto a ellas. Por tanto, si albergamos la sospecha de que un término filosófico se emplea sin significado o idea alguna (como ocurre con demasiada frecuencia), no tenemos más que preguntarnos, ¿de qué impresión se deriva la supuesta idea?, y si es imposible asignarle una, esto servirá para confirmar nuestra sospecha. Al traer nuestras ideas a una luz tan clara, podemos esperar fundadamente alejar toda discusión que pueda surgir acerca de su naturaleza y realidad.

    Una idea compleja puede descomponerse en ideas simples, y podemos entonces preguntarnos si a cada idea simple corresponde una impresión simple. Cuando no encontremos esa impresión correspondiente, es que estamos ante una falacia.

    Asociaciones de ideas.

    Por otra parte es evidentemente posible formar ideas de ideas puesto que razonamos y hablamos acerca de ideas que son todas ellas ideas de impresiones. Por consiguiente construimos ideas secundarias que se derivan de ideas previas más bien que de impresiones de modo inmediato.

    Cuando la mente ha recibido impresiones, estas pueden reaparecer de dos modos:

    A través de la memoria, que conserva no sólo las ideas simples, sino su orden y posición. Y por medio de la imaginación, que no opera de este modo, puesto que, puede combinar ideas aleatoriamente, descomponer ideas complejas en simples y reagruparlas de otro modo. Mientras en la memoria hay una unión inseparable entre las ideas, en la imaginación falta esta unión inseparable.

    Pero hay no obstante un principio unitario de las ideas, alguna cualidad asociativa en virtud de la cual una idea introduce a otra de modo natural. Reconoce Hume en el hombre una fuerza que lo mueve, aunque no de un modo necesario, a combinar determinados tipos de ideas.

    "Las cualidades de las que surge esta asociación y por las que la mente va de este modo de una idea a otra son tres: semejanza, contigüidad en el espacio o en el tiempo, y causa y efecto (....) Es claro que en el curso de nuestro pensamiento y en la sucesión continua de nuestras ideas pasa nuestra imaginación fácilmente de una idea a otra semejante. Y que esta cualidad es por sí sola un vínculo suficiente de asociación para nuestra fantasía. Es igualmente evidente que como los sentidos, al cambiar de objeto, están obligados a hacerlo de un modo regular, tomando a los objetos tal como se hallan contiguos unos con otros, la imaginación debe adquirir, gracias a una larga costumbre, el mismo método del pensamiento, recorriendo las distintas partes del espacio y del tiempo al concebir sus objetos. En cuanto a la conexión realizada mediante la relación de causa efecto. Baste por el momento señalar, que no hay relación que produzca una relación más fuerte en la fantasía y que haga que una idea recuerde más rápidamente a otra, que la relación de casa y efecto.

    la idea de Sustancia.

    El criterio de verdad de las ideas, ya ha quedado establecido: "una idea es verdadera si se corresponde con una impresión".

    Y Hume se pregunta en el "T. N. H.", ¿de qué impresión o impresiones se deriva la idea de sustancia?. No puede derivarse de las impresiones de la sensación. Por tanto si hay una idea de sustancia ha de derivarse de las impresiones de la reflexión. Pero estas se reducen a nuestras pasiones y emociones, que nada tienen que ver con la sustancia. Por ende la idea de sustancia no se deriva ni de las unas ni de las otras, se deduce que no hay una idea de sustancia, sino que la palabra sustancia connota una colección de ideas simples que son unidas por la imaginación y tienen un nombre particular asignado.

    Criterio de verdad.

    Todo nuestro conocimiento se reduce a impresiones e ideas, nuestro entendimiento está completamente limitado por las impresiones y Hume no hace ninguna concesión como hacía Locke, la sustancia es un concepto que no corresponde a ninguna impresión, a conceptos como yo, mundo o Dios no corresponde ninguna impresión. La palabra sustancia sólo designa un conjunto de percepciones particulares que hemos acostumbrado a encontrar juntas. De esta manera destruye el concepto clave de la metafísica.

    Mundo. analiza aquí esa tendencia inevitable en el hombre a pensar que existe un mundo exterior y afirma, que no puede haber un conocimiento de nada externo. Dice Hume:

    La mente nunca tiene nada presente, sino las percepciones, y no puede alcanzar experiencia alguna de su conexión con sus objetos. La suposición de semejante conexión, carece de fundamento en el razonamiento.

    Mientras Locke justificaba la realidad del mundo distinta de la mente diciendo que la realidad extramental es la causa de nuestras impresiones, Hume no acepta esta afirmación, dado que no tenemos impresiones de la relación causa-efecto. Lo único que el hombre puede afirmar es que "tengo una impresión", pero no puedo afirmar que mi impresión corresponda a una realidad exterior. Por tanto no podemos afirmar la existencia de una realidad corpórea diferente de nuestras impresiones.

    Dios. Todas las pruebas de la existencia de Dios han estado basadas en el principio de causalidad, salvo de la del argumento ontológico, que estaba basada en la propia idea de dios (perfección-existencia). Hume muestra la problemática del principio de causalidad, y además, la imposibilidad de alcanzar la idea de Dios, puesto que de ella no hay impresión. De Dios no tenemos ninguna impresión, y no hay nexo causal entre las impresiones y Dios.

    Yo. Desde Descartes se había afirmado la realidad del yo como sustancia existente distinta de nuestros pensamientos, por intuición, mediante el "yo pienso cartesiano". Hume vuelve a negar el "yo", y se reitera en que sólo tenemos intuición de nuestras impresiones, y que la persona es aquello que se supone como sujeto al que se refieren las impresiones.

    No tenemos idea alguna del yo.... ¿De qué impresión podría derivar esta idea? Es imposible contestar a esto sin llegar a una contradicción y a un absurdo manifiesto..... Tiene que haber una impresión que de origen a cada idea real. pero el yo o persona, no es ninguna impresión, sino aquello a que se supone que nuestras distintas impresiones e ideas tienen referencia. Si hay alguna impresión que origine la idea del yo, esa impresión deberá seguir siendo invariablemente idéntica durante toda nuestra vida, pues se supone que el yo existe de este modo. Pero no existe ninguna impresión que sea constante e invariable. Dolor y placer, tristeza y alegría, pasiones y sensaciones se suceden unas tras otras, y nunca existen todas al mismo tiempo. Luego la idea del yo no puede derivarse de ninguna de estas impresiones, ni tampoco de ninguna otra. Y en consecuencia, no existe tal idea.

    Además añade que no existe una impresión constante del "yo", sino que se suceden, siento dolor, después tristeza, después alegría, pero no tengo una impresión constante y permanente. En consecuencia no existe el "yo" como sustancia independiente de las impresiones.

    La conclusión del empirismo, es que no hay base para la constitución de la metafísica, que debe desaparecer.

    Si procediéramos a revisar las bibliotecas convencidos de estos principios, ¡qué estragos no haríamos! Si cogemos cualquier volumen de Teología o metafísica escolástica, por ejemplo, preguntemos: ¿Contiene algún razonamiento sobre la cantidad y el número? No. ¿Contiene algún razonamiento experimental acerca de cuestiones de hecho o existencia? No. Tírese entonces a las llamas, pues no puede contener más que sofistería e ilusión.

  • El emotivismo moral en Hume

  • La teoría moral, emotivismo.

    "La moral es un asunto que nos interesa por encima de todos los demás". El libro III del "T. N. H." está totalmente dedicado al problema moral. Este libro, fue refundido posteriormente, y dio lugar a la obra: "Investigación Sobre los Principios de la Moral".

    Lo que la ética de Hume pretende es encontrar el fundamento de la moralidad y establecer la forma en que el hombre puede orientarse hacia el bien y la felicidad. Hume no puede basar su moral ni en Dios, ni en la razón. De Dios no podemos afirmar su existencia; de la razón, no podemos decir que ha de ser ella quien prescriba a la voluntad lo que ha de hacer. Por tanto, no puede ser la razón quien establezca la bondad o maldad de nuestras acciones.

    La razón sólo se ocupa de relaciones entre ideas, y de cuestiones de hecho, con respecto a las cuales debe decidir su verdad o falsedad, pero las cuestiones morales no son ni verdades de hecho, ni relaciones entre ideas. "Las acciones pueden ser laudables o censurables, pero no razonables o irrazonables".

    El fundamento de la moralidad queda colocado para el empirismo en la observación comparativa. Trata así Hume de poner en claro cuales son las notas que convienen por una parte a las cuestiones valiosas y por otra a las cuestiones reprobables. Esto le permite elaborar su teoría de los valores. En ella Hume distingue cuatro clases de cualidades valiosas:

    Cualidades que son útiles para la comunidad: benevolencia y justicia.

    Cualidades útiles para el individuo: fuerza de voluntad, diligencia, frugalidad, vigor corporal, inteligencia y otros dones del espíritu.

    Cualidades inmediatamente agradables a nosotros mismos: alegría, grandeza de alma, valor, sosiego, bondad.

    Cualidades inmediatamente agradables a otros: modestia, cortesía.

    Una vez establecidas estas cualidades, intenta alcanzar qué es lo común a todas ellas. Alcanza así el principio moral que lo localiza en la utilidad y el agrado. Este es el fundamento de lo loable y lo no loable. Esto nos muestra, que estamos ante una ética eudemonista, en el sentido hedonista (de goce y disfrute) y utilitaria.

    Hemos hablado antes de la razón; Hume nos dice que a pesar de que los antiguos afirmaron que la virtud era la conformidad con la razón, en general, hay que considerar que la moral deriva su existencia de la inclinación y el sentimiento. Y nos dice que sobre la verdad es posible la discusión, pero, sobre la inclinación natural no, además añade que lo que cada cual encuentra en su propia interioridad es la medida del sentimiento.

    Aunque admite que quizá tenga cabida en todas las resoluciones morales una síntesis entre la razón y el sentimiento, en el plano práctico carga el acento sobre la inclinación:

    Lo que es honorable, lo que es bueno, lo que es decoroso, lo que es noble, lo que es generoso, toma posesión del corazón. (....)Mirad en vuestro propio pecho y encontrareis allí el sentimiento de desaprobación que en vosotros se levante contra esa acción.... está en vosotros mismos, no en el objeto,... cuando reputáis una acción o un carácter como vicioso, no queréis decir otra cosa sino que dada la constitución de vuestra propia naturaleza experimentáis una sensación o sentimiento de censura al contemplarlo".

    Por consiguiente la distinción entre la virtud y el vicio, encuentra su raíz en el sentimiento de aprobación o de censura, de agrado o desagrado, de placer o de dolor que despiertan en nosotros determinadas acciones.

    Podemos interpretar este planteamiento como un a aproximación hasta el subjetivismo, pero no es esa la idea de Hume, quien mantiene que hay un sentimiento natural que nos hace distinguir lo agradable de lo desagradable, hay en la naturaleza humana una especie de sentido moral que nos hace apreciar lo que es bueno y lo que es malo. En el trasfondo está la naturaleza humana que tiende a hacernos coincidir en el tipo de sentimiento moral que las acciones suscitan en nosotros. El juicio moral exige pues abandonar el propio punto de vista particular y situarse en el plano más amplio de toda la humanidad.

    Al acceder el pueblo a la lectura personal de La Biblia, se posibilita la interpretación personal, íntima y espiritual de los textos.

    Las materias que impartían estos humanistas, eran las lenguas clásicas, así como su literatura, y pretendían así acercar al hombre a su verdadera humanidad, aproximarlo al arquetipo del hombre clásico.

    Campanella, 27 años de cárcel; Galileo, obligado a retractarse, sufrió el destierro; Luis Vives, sufrió el destierro; Tomás Moro, decapitado, por no reconocer a Enrique VIII como cabeza suprema de la Iglesia; G. Bruno, quemado en la hoguera.

    Creador de la palabra "utopía", lugar no existente, sin localización topográfica.

    Tomas Campanella, autor de "La Ciudad del Sol", propuso lo que podemos llamar el comunismo total. Su obra, dividida en dos partes es la descripción de una ciudad y de su organización. Taprobana es la ciudad, en la que "son comunes las casas, los lechos, y todas las demás cosas necesarias". Los cargos y servicios, son obligaciones rotatorias y comunes. Se da especial importancia a la formación cultural de los ciudadanos.

    Si bien está dedicada a Lorenzo de Médicis, en ella quiere presentar el arquetipo de cualquier político.

    A pesar de esta afirmación, e "El Discorsi", nos dice: "la libertad está mejor en manos del pueblo, que en la de los grandes".

    Hay que tener en cuenta que el objetivo de la obra de Maquiavelo es establecer la eficacia de un gobernante, por eso a de pretender no alejarse del bien, pero ha de saber entrar en el mal si se ve obligado.

    El método inductivo propuesto por Bacon, no será utilizado por los científicos, que se orientarán hacia el método hipotético deductivo. Bacon habla de la forma (en un sentido distinto del aristotélico), como cualidades que poseen los cuerpos y que interesa conocer al científico, así, son formas el calor, la densidad.. . Para reconocerlas, establece la realización de tres tablas, marcando en una la presencia, en otra la ausencia, y en otra el grado que cada una de esas formas posee en cada cuerpo. La lógica de la inducción, comienza con la formulación de hipótesis explicativas que satisfagan la realidad de los hechos.

    Cada planeta describe una trayectoria circular, cuyo centro se desplaza sobre otro círculo llamado deferente cuyo centro es el centro del sol en este caso

    Un planteamiento que ayudará a Ockham a combatir errores en las consideraciones anteriores a él del mundo físico es el principio de economía o navaja de Ockham: "era superfluo trabajar con más entidades cuando era posible trabajar con menos", "no se debe afirmar una pluralidad sin necesidad".

    Belarmino, hace la siguiente medición: “En cierta ocasión, tenía curiosidad por saber en cuanto tiempo el Sol se pone en el mar; y al comenzar la puesta de Sol empecé a recitar el salmo Miserere; no había tenido tiempo de leerlo dos veces y el Sol había desaparecido por completo. Por consiguiente el Sol recorre en el corto tiempo que se necesita para leer dos veces el Miserere mucho más de 7.000 millas. ¿Quien creería una cosa así, si no fuese porque la razón lo demuestra?.”

    Creador del cálculo integral, hecho que comparte con Newton.

    La Guerra de los Treinta Años, (1618 1648) tuvo su raíz en los enfrentamientos entre protestantes y cristianos, si bien a lo largo de los 30 años de guerra, se mezclaron intereses políticos y religiosos. Los países implicados directamente fueron Alemania, Dinamarca, Suecia y Francia, con la participación indirecta de España apoyando a los austrias y sus intereses en Alemania. La guerra, concluyó con la firma de la paz de Westafalia en la que Europa quedó dividida en dos en cuestiones religiosas: una protestante y otra católica, conservan los príncipes el derecho de imponer su religión a sus súbditos, a la vez que queda clara la superioridad de Francia sobre Alemania.

    Hay que recordar que el "Novum Organum" de Bacon, no fue aceptado por el pensamiento de la época.

    El silogismo hay que verlo como un razonamiento deductivo, en el que se parte de una verdad general. Se compone de una premisa mayor, que es el principio general, una premisa menor que es un caso particular que se incluye bajo la acción del principio general y por último una conclusión que es una nueva verdad. Este método de conocimiento, el silogismo, platea el problema de que nunca una nueva verdad podría rebelarse contra un principio general, puesto que toda nueva verdad no era sino la asunción de un nuevo caso particular. Esto alcanza gravedad, cuando caemos en la cuenta de que los principio generales que alcanzaba la Escolástica, lo hacía a través de la fe, la verdad revelada, o fundados en la autoridad de Aristóteles y la Iglesia.

    Que valor tiene el silogismo cuando la duda alcanza a la premisa mayor. Al caer la validez de los principios generales, cae con ellos el silogismo, que se convierte en blanco de los ataques de los forjadores del pensamiento moderno, Descartes y Francis Bacon. Racionalismo y precursor del empirismo, se ponen de acuerdo en una misma causa, derribar el sistema establecido, destruir la Escolástica, y su método de conocimiento.

    En matemática, aplicó el álgebra a la geometría, y su mayor aportación fue el uso de las coordenadas cartesianas, que nos permiten determinar la posición de un punto en el plano a partir de un eje de líneas.

    Utilizar el pavo de B. Russell.

    Facultad de inferir un juicio desconocido a partir de otros conocidos. Raciocinar es usar el entendimiento y la razón para conocer y juzgar.

    Parecen provenir, no quiere decir que provengan necesariamente.

    "En realidad nunca he escrito o pensado que la mente precise de ideas innatas, que fuesen algo diverso de su propia facultad de pensar. Más bien, advirtiendo la existencia en mí de algunos pensamientos que no precedían de los objetos externos ni de la determinación de la voluntad sino de la facultad de pensar que poseo, con el fin de distinguir las ideas o nociones que son las formas de estos actos de pensar de aquellas otras que son adventicias o construidas, he decidido llamar a las primeras innatas. .... Quien sostiene que todas aquellas nociones comunes, inscritas en la mente, tiene su origen en la observación de las cosas o en la tradición, es decir a través de los sentidos. Esto es totalmente falso. Los sentidos no nos exhiben las ideas de cosa alguna tal y como las formamos en el pensamiento. De tal forma esto es así que nada hay en nuestras ideas mente o facultad de pensar si exceptuamos las circunstancias propias de la experiencia.

    En Meditaciones Metafísicas, nos presenta la idea de Dios como una de las ideas innatas: "Sólo me queda por examinar de qué modo he adquirido esa idea. Pues no la he recibido de los sentidos , y nunca se me ha presentado inesperadamente, como las ideas de las cosas sensibles, cuando tales cosas se presentan, o parecen hacerlo, a los órganos de mis sentidos. Tampoco es puro efecto o ficción de mi espíritu, pues no está en mi poder aumentarla o disminuirla en cosa alguna. Y, por consiguiente, no queda sino decir que, al igual que la idea de mí mismo, ha nacido conmigo, a partir del momento mismo en que yo he sido creado".

    Omnisciencia, conocimiento de todas las cosas reales y posibles, cualidad atribuida a Dios.

    La sustancia es definida como lo que existe de tal forma que no tiene necesidad sino de sí mismo para existir. Definición muy próxima a la aristotélica y que Descartes introduce sin ninguna justificación.

    Por tanto, podemos afirmar que Descartes toma de la tradición escolástica la definición de sustancia y la concepción de analogía. La diferencia está en que mientras la escolástica consideraba que la sustancia solo se podía decir en sentido propio de las cosas y analógicamente de Dios; Descartes la aplica en sentido propio a Dios y analógicamente a las cosas creadas.

    1. Explica el significado de los términos “espíritu” y “duda”. 2. ¿Qué importancia tiene para Descartes evitar cuidadosamente “la precipitación y la prevención”. 3. Exponga el contexto histórico - filosófico. 4. Razón y método: el criterio de verdad en Descartes. 5. El raciovitalismo en Ortega y Gasset.

    • Comentario de texto: 1 Define "utilizar en todo la razón". 2 Descartes se confiesa seguro del buen uso de la razón dentro de lo posible ¿De donde procede esa seguridad y qué situación originaria ha tenido que vencer Descartes antes de llegar a ella? 1 Define: "Concebir de forma más clara y distinta sus objetos". 2 Descartes se declara dispuesto a aplicar su método a todos los principios de las ciencias ¿Que pretende con ello?, ¿ qué función asigna a la filosofía respecto a las demás ciencias?

    • Comentario de texto: 1 Define: " me resolví a fingir" y "firme y segura". 2 ¿Por qué busca Descartes el "primer principio de la filosofía"?, y ¿cómo lo encuentra? 1 Define "ilusiones de mis sueños" y "escépticos". 2 ¿Es escéptica la duda cartesiana?

    • Comentario de texto: 1 Define: "la idea que tenía de un ser perfecto" y "demostración de la geometría". 2 ¿Por qué según Descartes la existencia está comprendida en la idea de perfección?

    Esta idea de Dios inteligencia o arquitecto, supone toda una subversión del pensamiento religioso. Locke dará el primer paso al demostrar el carácter racional del cristianismo, con ello reducirá el cristianismo a los límites de la interpretación racional de la Biblia. Berkeley será consciente de este peligro, el Dios mecánico, arquitecto, no es el Dios amor cristiano.

    " Es como comer bellotas después de haber descubierto el trigo." Le dice Locke.

    El médico John Locke, amigo y admirador de Boyle y de otro médico Thomas Sindenham de quien asumirá su método de diagnóstico aplicándolo a las ideas en lugar de a los síntomas de una enfermedad. Tras dejar a una lado su dedicación a la medicina y preocupado profundamente por las cuestiones morales y políticas, pretende someter a estas a un tratamiento científico acorde con el método experimental de la ciencia de su tiempo, pero para ello ve necesaria una discusión previa, como es la de los límites del entendimiento humano. Y sobre esta base Locke planeó su obra más conocida, "Ensayo sobre el entendimiento humano". Las preguntas que aquí se pretenden contestar son: ¿qué puede hacer el hombre con su razón ante tales problemas? o ¿Está el hombre capacitado para discutir estas cuestiones? Llegando a planteamientos tan rotundos como el de que el hombre no está preparado para discutir sobre tales temas (Dios).

    Para contestar a estas preguntas es preciso saber hasta donde llega el entendimiento humano. El problema radica en conocer las limitaciones del pensamiento, ver si es limitado el entendimiento y si lo es conocer hasta donde llega su limitación. Ese es el único fin de su tratado, no las condiciones físicas del hombre, ni las cuestiones sobre la esencia o sustancia. Hay también un sentido crítico contra Descartes a la vez que encontramos en él uno de los planteamientos críticos más perfectos anteriores a Kant.

    Hay que señalar aquí, que están comenzando a llegar a Europa noticias de nuevas civilizaciones, en los nuevos territorios recién descubiertos, y las nuevas zonas recién exploradas, donde aparecen principios éticos que en nuestra cultura no serían aceptados, con lo que el ideal del universal ético, comienza a entrar en crisis.

    Entre las ideas simples de reflexión, Locke considera fundamental la percepción, que es el pensamiento mismo, a la vez que examina las que se refieren a otras operaciones del entendimiento, tales como: la memoria, la capacidad de distinguir, de comparar, de componer, de abstraer.

    Hume es un filósofo de la Ilustración. (1711- 1776) Es un autor profundamente ilustrado en el sentido de un claro compromiso con los imperativos de la cultura y de la sociedad de su tiempo.

    Es habitual - y relativamente justificado - considerar la Ilustración como la etapa cultural, sociológica y política que se desarrolla entre dos revoluciones. Se abre con la revolución inglesa del 1688-1689 y se cierra con la revolución francesa de 1789. Dos hechos políticos, pero dos hechos políticos cargados de significación cultural: el primero viene a coincidir con la proclamación de una ideología liberal, concretada en la "Epístola de tolerancia" de Locke, y el segundo es la consecución social y política de un siglo de fermentación de las ideas surgidas al calor del primero. Desde una perspectiva filosófica se suele hablar de las "tres generaciones" de ilustrados: la primera, en conexión inmediata con Locke está constituida por figuras como Montesquieu y Voltaire, la segundas que constituye el núcleo central, está integrada por una larga lista en la que cabe destacar a Diderot, Rousseau, Candillac, Helvetius o Hume; la tercera, consecuencia y en buena medida cierre de las anteriores, cuenta con autores como Kant.

    En Hume se hallan unidos el moralista y el epistemólogo, de ahí su filosofía de un estilo de filosofar que va más allá de la simple edificación moral, pero también aclara que está asumiendo el proyecto original de Locke, determinar el alcance del conocimiento humano. Muestra sin duda que abriga un propósito conectado con la moralidad, a saber, descubrir los principio y fuerzas que gobiernan nuestros juicios morales. Pero también está interesado en descubrir los principios y fuerzas que gobiernan nuestros juicios morales. Así como los principios que regulan nuestro entendimiento. Es legítimo subrayar el papel de Hume como filósofo moral, pero sin detrimento de su papel como epistemologista.

    Hume acepta que la experiencia pueda descomponerse en elementos atómicos constituyentes, a saber impresiones o datos sensoriales. Pero aunque esto pueda ser posible desde el punto de vista de un análisis puramente abstracto, es dudoso que la experiencia pueda describirse con alguna utilidad desde el punto de vista de esos componentes atómicos.

    Ya hemos visto que se basa en el hábito, de la costumbre, y que no existe la necesidad causal, como impresión.

    Es conveniente recordar aquí, que para Descartes, existían tres sustancias: una sustancia infinita, identificada con Dios, y dos sustancias finitas, la sustancia extensa, lo corpóreo, identificable con el mundo y la sustancia pensante, identificada con el yo pensante.

    En el siglo XVII, con los viajes que hace la humanidad, llegan noticias de otros pueblos, tales como el chino, que aún careciendo de religión revelada, tienen una moral sólida. Todos estos condicionantes llevan a cuestionar la validez universal de la religión cristiana y de su moral.

    Compara estos juicios: "El calor dilata los cuerpos". Podemos en él establecer su verdad o falsedad; sin embargo, en el juicio: "No hagas a los demás lo que no desees que te hagan a ti", no podemos establecer si es verdadero o falso, tan sólo podemos afirmar si es laudable o censurable; y esto, según Hume, no es tarea de la razón, sino de la observación comparada.

    Templanza en los apetitos.

    1

    41

    10

    Res Infinita Perfección

    Imaginación

    Res pensante Pensamiento

    Sentimiento

    Res finita

    Figura

    Res extensa Extensión

    Movimiento

    SUSTANCIAS ATRIBUTOS MODOS

    Descartes, dijimos que fue militar durante un tiempo, esto le permitió viajar por toda Europa y dedicarse a la investigación matemática y de la naturaleza.

    Comienza reflexionando en torno a la perfección que poseen las obras que son fruto de un solo hombre sobre aquellas en cuya ejecución han participado varios hombres. Esto sucede con edificios diseñados y construidos con un solo arquitecto, con ciudades diseñadas por una sólo hombre y con legislaciones elaboradas por un solo legislador, entre otros ejemplos.

    Hecho el razonamiento, lo aplica a su proceso educativo, y pone de manifiesto, lo inadecuado de su educación recibida, la escolástica, fruto de la suma de la obra de varios hombres. Frente a ella, él plantea la bondad de los razonamientos que un hombre de buen sentido puede realizar. Estamos viendo una representación del objetivo que se propone Descartes, como es “leer el gran libro del mundo por sí mismo”.

    Haciendo una comparación arquitectónica; del mismo modo que hay casas que amenazan ruina porque no tienen unos cimientos firmes y es necesario derribarlas, sucede con el edificio del conocimiento, es necesario eliminar las creencias y opiniones que además de estar construidos por la suma de la obra de varios hombres, no están edificados sobre cimientos fuertes.

    No vale la pena seguir construyendo el edificio del conocimiento sobre unos cimientos que ya han cedido; por lo que se lanza a la confección de un método que le permita reformar sus propias opiniones, sin más pretensión.

    Descartes s propone la liberación de las opiniones que constituyen sus creencias. Pero aconseja que esto, no lo hagan todos los hombres, puesto que pueden incurrir en dos defectos:

    Precipitación y/o prevención.

    Descartes se felicita por conocer que las opiniones de los grandes sabios del pasado, no son coincidentes, así como por el conocimiento de que en otras civilizaciones, las opiniones, son diferentes a las europeas, y no por ello, hacen un uso erróneo de la razón. Es consciente, de que a la hora de buscar el conocimiento, el hombre se deja guiar más por el ejemplo y la costumbre que por la razón.

    Además, encuentra que en la tarea de descubrir la verdad una sola razón es muy conveniente, puesto que la verdad no se puede alcanzar por una mayoría de votos, sino por un uso adecuado de la razón.

    Descartes analiza las matemáticas, y descubre en ellas la raíz de su método. Considera que nos se les ha sacado todo el partido que ellos ofrecen a la tarea del conocimiento. La lógica, la geometría y el álgebra van a ser el punto de partida del método cartesiano que comprende cuatro reglas:

    1: Evidencia.

    2: Análisis.

    3: Síntesis.

    4: Enumeración.

    Lulio es un filosofillo mallorquín que había desarrollado, en el siglo XIV, una variante de la lógica: “Ars Combinatoria”.

    EVIDENCIA: La define con dos caracteres esenciales: claridad y distinción. Claro es aquello presente y manifiesto a un espíritu atento. Distinto, aquello que es preciso y diferente a todo lo demás. Una idea es clara cuando está separada y no se la confunde con las demás ideas y es distinta cuando sus partes están separadas entres sí, o sea, tiene claridad interior. No es oscura y confusa.

    La evidencia es pues el criterio de verdad que caracteriza al conocimiento científico. El acto del entendimiento por el cual se alcanza un conocimiento es la intuición. Se opone a la probabilidad y a la verosimilitud. Y encuentra que hay que evitar dos vicios fundamentales en la búsqueda de la verdad: la precipitación, tomar como verdadero una idea que es confusa, no distinta; juzgar más allá de lo que se nos aparece como claro y distinto. La prevención, negarse a aceptar una idea a pesar de ser clara y distinta. Y la premeditación, no juzgar a base de ideas preconcebidas.

    YO / ESPÍRITU: En filosofía "yo" o "el yo" designa una realidad o una forma de realidad equivalente a la persona, a la conciencia o a la identidad personal. Puede usarse en tres sentidos: el psicológico (aquello que subyace a los actos mentales ), el epistemológico (la sustancia que conoce) y el metafísico (realidad fundamental del "alma"). Descartes incorpora todos esos sentidos y coloca al yo como sujeto de la duda, del pensamiento y como el único lugar desde el que se puede recomponer el edificio del conocimiento, derruido por la duda.

    El yo, sería la unión de alma y cuerpo (sustancias, en sentido analógico, que no necesitan de nada más para existir, salvo de Dios). Sería una combinación, una mezcla, una unión estrecha, íntima entre: res pensante, sustancia pensante, alma cuyo atributo es el pensamiento y del cual nos son perceptibles, la imaginación y el sentimiento, sus modos, dos maneras de pensar; y res extensa, el ser pensante, tiene cuerpo y todo lo corpóreo tiene extensión. La figura y el movimiento son sus modos

    El cuerpo y el alma también son porque no necesitan de ninguna otra cosa creada para existir, y porque las dos suponen ideas claras y distintas, independientes la una de la otra.

    Solo considerando al alma como una sustancia autónoma con respecto al mundo, puede el hombre escapar a la concepción mecanicista del universo y ser un sujeto de valores espirituales. Lo que Descartes pretende con esto es considerar que la sustancia pensante o alma es independiente del cuerpo y no lo necesita para existir. De este modo podemos defender la idea de que el hombre es libre, puesto que el hombre no está determinado por leyes físicas, o por las leyes de la naturaleza que afectan a los cuerpos extensos.

    Surge ante esta concepción una pregunta. ¿Cómo se comunican el cuerpo y el alma?. Es una unidad accidental, pero muy íntima, porque aunque son sustancias distintas, la misma realidad que piensa es la que siente. Están unidas por el "Yo", el mismo yo que piensa, que habla, que sufre, que muere.... .

    Esta intimidad de cuerpo y alma, se debe a que el alma está situada en un lugar del cerebro, llamado "glándula pineal", desde donde se comunica activamente con todas las partes del cuerpo.

    Una vez alcanzado el método, cuanto más lo utilizaba, más seguro estaba de alcanzar a través de él la verdad y menos trabajo le costaba ver las cosas clara y distintamente.

    RAZÓN: Es la dimensión fundamental del hombre para Descartes. Facultad innata que permite al ser humano establecer juicios correctos y distinguir la verdad del error. El conocimiento y el comportamiento propiamente humanos tienen su origen y fundamento en la racionalidad humana. La razón es unitaria para todos los hombres ello permite adquirir una ciencia universal y única. La importancia dada a la razón dará nombre a esta posición filosófica: "racionalismo". Todo el pensamiento de Descartes consistirá en la búsqueda v aplicación de un método capaz de conducir la razón a su objetivo: la verdad teórica-práctica.

    El saber es único, porque la razón es única. Sin embargo, hay que conocer la estructura de la razón y así poder aplicarla de forma correcta y alcanzar conocimientos verdaderos. Es necesario conocer los modos en que según Descartes procede el entendimiento: la intuición y la deducción.

    La intuición es una captación simple e inmediata del espíritu, tan fácil y distinta que no deja lugar a dudas. Por ella adquirimos conceptos claros y originados en la razón misma. No debe confundirse ni con la percepción sensible ni con el juicio. La intuición es más simple y más cierta que la deducción, nos da certeza absoluta.

    Una vez que tenemos las naturalezas simples por medio de la intuición, comienza a actuar la deducción, que es "la operación por la cual se infiere una cosa de otra". Por deducción obtenemos todos los enunciados que se producen a partir de unos principios ciertos. No necesita como la intuición una evidencia presente, sino que se la pide prestada a la memoria. La deducción ofrece gran seguridad, siempre que se parta de principios ciertos y se imprima al conocimiento un movimiento continuo y no interrumpido.

    ESCEPTICISMO: Doctrina filosófica que niega la capacidad del conocimiento para alcanzar la verdad. Únicamente la duda es una posición adecuada. En un momento del "Discurso...", nuestro autor advierte que no pretende imitar "a los escépticos que sólo dudan por dudar y pretenden estar siempre irresolutos». La duda metódica de Descartes que él introduce como un esfuerzo voluntario es todo lo contrario de la duda escéptica, ya que se trata de encontrar una verdad tan firme y segura que resista las suposiciones de los escépticos. La duda escéptica es de origen griego, fue Pirrón quien planteó una negación sistemática de toda posibilidad de conocer rectamente y de afirmar. Podemos considerarlo como una actitud de inseguridad intelectual. La duda escéptica, no tiene como fin el logro de la verdad, sino el reconocimiento de la imposibilidad de alcanzarla, más bien una renuncia a alcanzar dicha verdad.

    CLARIDAD: Una de las notas características del criterio de certeza es la presencia o manifestación de un conocimiento a una mente atenta, de tal modo, tan nítidamente, que a la mente no le queda más remedio que asentir, que admitir como cierto tal conocimiento, ya que se conocen todos los elementos que lo integran.

    DISTINCIÓN: La otra condición necesaria de la evidencia. Una idea es distinta cuando no puede ser confundida con otra porque aparece separada y diferente de las demás, cuando sus partes están claramente separadas entre sí, es decir, cuando posee claridad interior.

    Descartes se lanza a la aventura de la duda. Ya dispone de un método que le permite descubrir la verdad, ahora la tarea es dudar de todo aquello que no resista el criterio de la evidencia. Vamos a ir viendo tanto las características de la duda: universal, teórico y metódica, no escéptica; como los procedimientos: sentidos, razonamientos (dios / genio maligno) y mundo exterior (vigilia / sueño). Hasta que encuentra el “pienso luego soy”, primer principio que resiste la fuerza erosiva de la duda.

    Descubre “yo pienso luego soy”. Esto me sirve para afirmarme a mí, como sustancia pensante, puesto que aún albergo dudas sobre la existencia de mi cuerpo.

    Sustancia: Noción clave en Aristóteles y en la escolástica. En Descartes y Leibniz hay resonancias de dicha concepción. Podemos afirmar que Descartes toma de la tradición escolástica la definición de sustancia y la concepción de analogía. La diferencia está en que mientras la escolástica consideraba que la sustancia sólo se podía decir en sentido propio de las cosas y analógicamente de Dios; Descartes la aplica en sentido propio a Dios y analógicamente a las cosas creadas. Descartes define la sustancia insistiendo en su carácter de independencia: es aquello que existe de tal modo que no necesita de ninguna otra cosa para existir. ("Cuando concebimos la sustancia concebimos únicamente una cosa que no tiene necesidad más que de sí misma para existir".)

    Sólo Dios es verdaderamente sustancia: pero también con existencia recibida de Dios son sustancias la extensa (cuerpo) y la pensante (alma).

    Descartes la define como "una cosa que existe de tal modo que no necesita de ninguna otra cosa para existir". También como el "sujeto inmediato de todo atributo del cual tenemos una idea real". Cada sustancia se determina por un atributo que expresa su esencia o naturaleza: así, el pensamiento es el atributo del alma (sustancia pensante), la extensión lo es del cuerpo (sustancia extensa) la infinitud lo es de Dios (sustancia infinita). De este modo se configura la doctrina cartesiana de las tres sustancias.

    A partir de la noción cartesiana de sustancia. Spinoza llegó a afirmar la existencia de una única sustancia infinita (Dios o la Naturaleza) dotada de infinitos atributos. Leibniz afirmó, la existencia de infinitas sustancias o mónadas.

    Ya estamos seguros de nuestra existencia como ser pensante, pero aún conservamos dudas sobre el mundo exterior, es necesario garantizar que lo que percibimos por los sentidos exista también. Para ello, nos ofrece una prueba de la existencia de Dios, que va a aparecer en la filosofía cartesiana como garante de verdad.

    Estamos ante la primera prueba de la existencia de Dios, el argumento gnoseológico la idea de perfección no puede ser alcanzada por mí, un ser imperfecto, sino que ha de ser imbuida en mí por un ser que posee tal atributo, es decir, por un ser que es perfecto. El único que conozco con estos rasgos es Dios, Luego Dios existe.

    Para conocer la naturaleza de Dios, basta con suponerle dotado de todo aquello que yo poseía y suponía perfección, aquello, estaría en grado de perfección en Dios, y por supuesto, todo aquello que yo tenía y no me gustaría tenerlo, no era poseído por Dios, puesto que en el no cabe imperfección.

    También razona sobre la necesidad de que Dios no sea compuesto, como el caso del hombre, puesto que tal composición indica dependencia y en el caso de Dios, lo que sucede es que todos los cuerpos, todas las sustancias dependen de él.

    La segunda prueba de la existencia de Dios, nos viene a decir que Dios existe, y mi existencia depende de Él, porque si mi existencia dependiera de mí, me habría dotado de todas las perfecciones de las que tengo conocimiento. Puesto que no las poseo, y tengo idea de ellas, es que un ser que si las posee es la causa de mi existencia y del cual dependo.

    Por último encontramos el tercer argumento de la existencia de Dios, el Ontológico. Del mismo modo que es connatural al triángulo el tener tres lados, es connatural a Dios la existencia. Un triángulo sin tres ángulos no sería triángulo, Dios, sin la perfección, no sería Dios, y del mismo modo la perfección sin la existencia, no existiría, Dios es perfecto, luego Dios existe. Una herencia del argumento Ontológico de San Anselmo.

    SER PERFECTO: Es el atributo fundamental de la sustancia infinita. Dios. Ej. ser del hombre es imperfecto. La presencia en el yo pensante de la idea de «ser perfecto", que no ha podido proceder de ninguna realidad imperfecta es la prueba de la existencia de dicho Ser. La perfección de Dios excluye la hipótesis de que sea engañador. Es veraz, y garantía de la veracidad de mis facultades cognoscitivas.

    DIOS: Es la Sustancia infinita, el Ser perfecto, cuya existencia se hace evidente a mi espíritu y es garantía de la veracidad de mi razón cuando sigue el camino o método adecuado. Los atributos de infinitud, eternidad, inmutabilidad, omnisciencia, omnipotencia, subsistencia en sí mismo y omniperfección constituyen la naturaleza de Dios.

    Sustancia infinita (véase: sustancia). Descartes lo define como aquella sustancia que entendemos que es sumamente perfecta en la cual no concebimos absolutamente nada que contenga algún defecto o limitación de perfección.

    Descartes sostuvo que la existencia de Dios puede ser demostrada a partir de la idea de "lo sumamente perfecto" mediante los argumentos: gnoseológico, causal y ontológico.

    Descartes da un paso más en su búsqueda de la verdad. Primero, creó el método, a continuación puso en práctica la duda, descubrió el primer principio, demostró la existencia de Dios, y ahora, nos coloca a Dios como garante de verdad: lo que percibimos de un modo evidente, solamente es válido si se produce la condición de que Dios existe, es perfecto y todo lo que hay en nosotros procede de Él.

    La facultad pasiva de recibir ideas resultaría inútil, si no hubiera en mí o fuera de mí, la facultad activa de producir esas ideas. Esa facultad activa, no puede estar en mí, puesto que tales ideas se presentan sin que sea mi deseo, sin que yo contribuya a ello. Es necesario por tanto que tal facultad se halle en alguna sustancia fuera de mí. Tal sustancia, será un cuerpo o Dios mismo. Y como es el caso que Dios me ha dado una poderosa inclinación a creer que las ideas que tengo parten de las cosas corporales y Dios no es capaz de engañarme, es claro pues, que son las cosas materiales las que provocan tales ideas. Dios disipa todos los argumentos que me hacían dudar de la existencia de la realidad.

    JUICIO: es el acto mental que afirma algo sobre algo. La lógica aristotélica dedicó una parte importante a su estudio, clasificación, etc. Descartes en el texto lo usa en plural para referirse a los que toman una posición ante algo precipitándose en sus apreciaciones y confiando exageradamente en su capacidad de acertar en ellas. Otros, más modestos, desconfían de su propia capacidad y se limitan a seguirlas "opiniones", de los más instruidos.