Psicología del Desarrollo

Adolescencia. Corrientes de pensamiento. Visión psicoanalítica. Teoría de Lewin. Antropología cultural. Individualismo. Desarrollo psicosocial. Erikson

  • Enviado por: Amelie
  • Idioma: castellano
  • País: Chile Chile
  • 11 páginas

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TEMA 1: ADOLESCENCIA

1.1.- Concepto

La adolescencia en el período de tiempo que transcurre entre la niñez y la edad adulta. Derivada de la palabra latina “adolesco' que significa crecer hasta la madurez, cubre, en lo que respecta a la sociedad occidental, la época que va desde los 12 ó 13 años hasta los 21 años. Su iniciación está precedida por la `pubescencia, una etapa de rápido desarrollo fisiológico durante la cual comienza la maduración de las funciones reproductoras y los órganos sexuales primarios y aparecen las características secundarias del sexo. La pubescencia dura unos 2 años y termina con la pubertad. El final de la adolescencia no es tan fácil de determinar; se compone de una combinación de factores físi­cos, intelectuales, sociológicos, legales y psicológicos.

Los factores físicos se suelen identificar con el pleno desarrollo sexual. La madurez cognitiva se alcanza cuando la persona es capaz de dominar el pensamiento abstracto o lo que Piaget denomino “operaciones formales”; desde el punto de vista sociológico se ha llegado a la edad adulta cuando una persona se ha casado y fundado una familia o es capaz de sostenerse a sí misma; la edad adulta legal se alcanza cuando se obtiene el derecho al voto, se puede contraer matrimonio sin la autorización de los padres o cuando se tiene la facultad de suscribir contratos legales.

No hay uniformidad en señalar la aparición de la adolescencia, su duración, ni la subdivisión de la misma. Esta disparidad existente entre los distintos autores aumenta cuando se trata de señalar un doble enfoque de la adoles­cencia: la evolución biológica (Pubertad) y la evolución psíquica (Adolescencia); para unos pubertad y adolescencia son simultáneos, para otros, la pubertad precede a la adolescencia, y para unos terceros sólo existe el término adolescencia o el término pubertad. Respecto a los estadios indicadores del proceso madurativo, los autores tampoco se muestran uniformes: la mayoría habla de prepubertad, puber­tad y adolescencia y bastantes autores añaden una segunda adolescencia que comúnmente recibe el nombre de juventud. De esta manera tendríamos como etapas claves del adolescente: la pubertad (connotación fisiobiológica), adolescencia (connotación principalmente psíquica) y juventud (connotación primordialmente social).

1.2.- Evolución histórica: algunas teorías explicativas

Las divisiones convencionales de la vida humana en las civilizaciones griega y romana no incluían un periodo específico para la adolescencia; esta situación se prolongó hasta, al menos, el siglo XVIII.

Probablemente fue Rousseau quien en su `Emile” se refirió por primera vez a la adolescencia como un periodo específico del desarrollo con una serie de características muy definidas. Rousseau consideraba la adolescencia como un segundo nacimiento por lo que significaba de conexión directa o antesala del estado adulto. Sin embargo, a pesar de esta contribución de Rousseau, tanto la noción de adolescencia como los mismos adolescentes no recibieron una atención sistemática por parte de los investigadores hasta casi dos siglos después, cuando Stanley Hall (1904) publicó la primera obra que se ha escrito sobre adolescencia. Aunque a partir del siglo XVIII se tomó conciencia de que el niño no es un adulto en miniatura, sino un ser con sus características y necesidades propias, que es cuantitativa y cualitativamente distinto al adulto, no se pensaba lo mismo respecto al adolescente dando argumentos tales como: ¿No tiene casi el mismo tamaño que el adulto, el mismo tono de voz, la misma fuerza física?.

Bakan sugirió que “la invención o descubrimiento de la adolescencia en América fue, en gran medida, una respuesta a los cambios sociales que se produjeron en la segunda mitad del siglo XIX y los comienzos del XX, y que el principal objetivo consistió en prolongar los años de la infancia. La adolescencia se añadió a la infancia como una segunda infancia con el fin de realizar los fines de la nueva sociedad urbana e industrial..

Según Bakan, a medida que en Norteamérica se produjeron, por una parte, avances tecnológicos, y por otra la abolición de la esclavi­tud y la llegada masiva de inmigrantes, la mano de obra infantil y juvenil resultaba innecesaria. La aplicación de la educación obligatoria hasta los 16 años, aproximadamente, resultaba una necesidad, ya que era el único medio para una adecuada socialización de las nuevas generaciones que estaban sufriendo cambios sociales acelerados. Estas transformaciones supusieron la aparición de las primeras medidas destinadas a conceder un “trato especial” a los adolescentes que realizaban acciones consideradas como infractoras de las leyes. Surgían así las ideas que actualmente imperan del adolescente como individuo “en formación”, al que no pueden exigírsele las mismas responsabilidades que a un adulto.

Conforme aumenta el cuidado de la salud y la longevi­dad, nuestra sociedad dedica un tiempo considerablemente mayor a la búsqueda de la identidad del adolescente. A pesar de su mayor duración, el proceso de convertirse en adulto se ha hecho más complejo y genera una mayor ansiedad. Coleman destaca que las dificultades de los adoles­centes para asumir el papel de adultos se agravan por la falta de responsabilidades, la incapacidad de realizar un trabajo debido a la educación obligatoria y la dependencia económica de la familia durante un extenso período de tiempo.

En las sociedades primitivas el paso de la niñez a la adolescencia supone unos ritos de iniciación o ritos de pubertad. Su duración oscila de unas horas a varias semanas. El momento en que se producen viene determinado en las niñas por la “menarquía” o primera menstruación. Como en los chicos no se dan indicadores biológicos comparables, el criterio normal es el de la edad. Los ritos de pubertad para ambos sexos suelen ser dramáticos y, una vez superados, la incorporación a la sociedad adulta es completa.

Los rituales masculinos suelen ser pruebas de resisten­cia al dolor, al miedo y a la humillación. En muchos casos se dan elementos de mutilación corporal como la producción de cicatrices, perforación de las orejas y circuncisión ritual. Los hombre adultos de la tribu revelan a los jóvenes iniciados las costumbres de la tribu, las tácticas guerreras, rituales religiosos y otras prácticas secre­tas. Se les enseña los orígenes de la tribu, la genealogía de las familias más importantes y las hazañas de los antiguos jefes.

Los ritos de iniciación son muy importantes en estas sociedades porque representan el único modo de pasar de la niñez a la vida adulta. Los antropólogos piensan que estos rituales contribuyen también a clarificar y establecer los roles sexuales, especialmente para los chicos. Young y Rogers opinan que los ritos de pubertad ayudan a los chicos a establecer su identidad sexual, pero que no son cruciales para las chicas. La mayoría de los estudios antropológicos demuestran que los ritos masculinos son más elaborados y extensos que los femeninos. Las interpretaciones psicoanalíticas sugieren que los rituales masculinos ayudan a los jóvenes a superar los complejos edípicos generados en la infancia. Los ritos de iniciación son más severos en aquellas sociedades en las que se permite dormir a los niños junto a sus madres durante en periodo de tiempo más largo.

¿Contamos con rituales semejantes en nuestra sociedad? Aunque utilizamos indicadores del paso de la adolescencia a la madurez, no existen rituales de la importancia de los encontrados en las sociedades primitivas. Nuestros rituales tienen solo un valor simbólico, ya que no implican un cambio real en el estatus del adolescente. Para muchos adolescentes algunos sucesos muy importantes como utilizar por primera vez el coche familiar, beberse una copa, el primer beso, la primera relación sexual, no reciben ninguna atención de los adultos. Ninguno de estos hechos son por sí mismos interpreta­dos como ritos de paso, pero en conjunto brindan al adoles­cente la sensación de alcanzar el estatus adulto. En comparación con las sociedades primitivas, donde los ritos de pubertad establecen una clara discontinuidad entre niñez y estatus adulto, en nuestra sociedad la tran­sición es `gradual” mediante una serie de pequeños ritos.

Las concepciones que asumamos del desarrollo humano determinarán nuestra visión en relación con la adolescencia. Existen teorías predeterministas que consideran los rasgos innatos determinantes del desarrollo y otras que sostienen la idea de la tabula rasa, es decir, que los factores ambientales son lo único importante. Por lo general, las teorías contemporáneas hacen hincapié en la interacción entre ambas influencias. Veamos brevemente algunas de las teorías explicativas de la adolescencia.

1.2.1.- Visión psicoanalítica de la adolescencia

Según las teorías piscoanalíticas, la adolescencia no constituye un nacimiento, sino una reactivación de ciertos procesos que se habían desarrollado durante la infancia produciéndose una nueva organización de la personalidad. Al final del periodo de latencia, existe una personalidad relativamente bien organizada, enriquecida por numerosas adquisiciones nuevas y orientada hacia la realidad. Este equilibrio de fuerzas se modifica bruscamente por el aumento de la actividad pulsional que hace irrupción con la pubertad. Todos los psicoanalistas están de acuerdo en atribuir la desorganización a procesos de origen pulsional. La adoles­cencia sería entonces la adaptación psicológica, la reacción del individuo ante esta ruptura de equilibrio. Muchos psicólogos han observado en el curso de la adolescencia un periodo de inquietud, de nostalgia, acompa­ñado de un cierto distanciamiento de los padres, después un interés mayor hacia el propio yo, y la adquisición de nuevas relaciones amorosas, sociales, etc.

Anna Freud ve una semejanza entre los análisis de adolescentes y los análisis de personas que han sufrido un desengaño amoroso o están de duelo. Los psicoanalistas piensan que se trata sobre todo de la pérdida de cierta imagen de los padres debida al cambio mismo de las personas en cuestión. El joven tiene una imagen diferente de sus padres debido a la evolución de las relaciones mutuas. El rechazo de los padres, la violencia con que se reviste frecuentemente la conquista de la autonomía, tienen un carácter netamente defensivo: de lo que se huye es del peligro de un padre y de una madre edípicos y también de las propias pulsiones frente a ellos.

Siguiendo con Anna Freud, durante la adolescencia los mecanis­mos de defensa no van sólo dirigidos contra las pulsiones, sino también contra los objetos de amor edípicos. Estas defensas que son utilizadas unas veces simultáneamente y otras de forma sucesiva para separarse de los antiguos objetos de amor, pueden ser de varios tipos: 1-Defensa por inversión de los afectos. El adoles­cente puede defenderse transformando los afectos dirigidos a los padres en su contrario, es decir, que su amor se transforma en odio, el respeto y la admiración que sentía por ellos en desprecio y burla. Se imagina, en cierta medida, que es libre e independiente, aunque en realidad permanezca vinculado a sus padres y dependiendo de ellos. 2- Defensa por desplazamiento de la líbido hacia nuevos objetos.El adolescente puede evitar la angustia debida a estos afectos apartando bruscamente de ellos la libido. Esto le lleva a efectos de nostalgia, a la sensación de estar desamparado, de no tener ningún fin y de buscar desespera­damente algo, sin saber el qué. Esta búsqueda le conduce a tratar de encontrar nuevos objetos en los cuales podrá investir su libido. La libido podrá aplicarla a sustitutivos de los pa­dres: profesores, amigos de los padres... Frecuentemente estos “padres sustitutivos” son totalmente opuestos a los originales en cuanto a su carácter y sus actitudes. 3- Defensa por investimiento libidinal del yo.Cuando la libido se retira de las imágenes parentales y no encuentra objetos exteriores (a causa de inhibiciones), de alguna manera puede quedar como acumulada en la misma persona. En este momento, se elige al yo como objeto de amor, y asistimos al narcisismo del adolescente, que le lleva a conceder una importancia desmesurada al propio yo y a sus actividades.

1.2.1.- Teoría de Lewin

Para Lewin, la marginación se refiere a los individuos que no tienen un sentido real de pertenencia, que no se identifican con un grupo de referen­cia. Lewin considera la adolescencia como una etapa de cambio en los grupos de referencia. Este cambio del grupo infantil al adulto, deja transitoriamente al adolescente sin sentido de pertenencia a ningún grupo. Esta existencia marginal se caracteriza por la “búsqueda de la identidad”, de una autoconcepción física y de un sistema coherente de valores. Este desarraigo se traduce en sentimientos de incer­tidumbre y ambigüedad.

Los resultados de esta existencia transitoriamente mar­ginal se pueden prever. La marginación produce inestabili­dad emocional, conflictos personales, incertidumbre y descon­tento. El concepto de marginación nos ayuda a entender el intento de búsqueda de nuevos significados a la vida, su adhesión a grupos religiosos, su redefinición del papel que ocupan en su familia o en la sociedad en general.

1.2.3.- Visión de la Antropología Cultural

Los puntos de vista de la antropología cultural sobre la adolescencia suponen una reacción frente a la importancia concedida a los factores biológicos por las interpretaciones psicoanalíticas. Tanto la importancia de los factores biológi­cos como la concepción de que la adolescencia es un periodo “tormentoso”, han sido pues0tas en entredicho por la antropolo­gía cultural.

Los trabajos de Margaret Mead con adolescentes de Samoa y Nueva Guinea y de Ruth Benedict establecieron la importancia de los factores culturales en la adolescencia. Para Mead y Benedict la conducta adolescente depende en mayor medida del aprendizaje cultural que de factores biológicos.

1.2.4.- Teoría del aprendizaje social.

Bandura piensa que un adolescente “tormentoso” con frecuencia es una profecía autorrealizada. Así, afirma: “Si una sociedad les pone un rótulo a los adolescentes y espera que sean rebeldes, impredictibles en sus actos, descuidados en su apa­riencia y de comportamiento salvaje, y si esta imagen se difunde en forma consistente a través de los medios de comunicación, esto mismo que la cultura espera de ellos puede llevar a los adolescentes a actuar como rebeldes. Así, el esperar algo errado puede servir como instiga­ción que mantenga ciertos comportamientos y, a la vez, sirva para reforzar el concepto inicial errado”

Walters y Bandura critican la idea de que “tormenta y tensión” tengan que ser sinónimos de la adolescencia occidental. En esta línea, podemos citar los resultados obtenidos en estudios que se han concentrado en jóvenes “norma­les”, tales como el de Adelson que afirma: “Tomados en conjunto, los adolescentes no muestran confusión, no están profundamente per­turbados, no están a merced de sus impulsos, no se resisten a los valores de los padres, no son políticamente activos, no son rebeldes” .

Coleman mantiene, bajo el nombre de teoría “focal” que, probablemente, la adolescencia es una edad de crisis, pero sin que ésta llegue a ser lo que los autores clásicos pensaban, ya que los diferentes problemas o conflictos que debe resolver el adolescente no se presentarían todos al mismo tiempo sino secuencialmente. Es decir, primero podrían surgir, por ejemplo, los problemas con la imagen corporal, un poco más tarde la búsqueda de la identidad y posterior­mente el conflicto generacional. Naturalmente esta secuencia podría variar de un grupo social a otro e incluso de un sujeto a otro.

La posición de Coleman tiene la ventaja no sólo de explicar cómo es posible que la mayoría de los adolescentes logren resolver tantos conflictos, sino también el hecho de que los educadores y otros profesores consideran la adolescen­cia como una etapa turbulenta. En realidad, lo que estarían haciendo es formar un estereotipo con todos los problemas que observan en adolescentes de distintas edades, pero que no se presentan al mismo tiempo.

1.2.5.- El individualismo de C. Rogers

Los adolescentes se muestran, en general, dispuestos a experimentar nuevas ideas y distintas concepciones de vida, lo cual los distinguen de los niños, más inclinados a delegar en los demás (por ejemplo, en los padres) la guía de su conducta, sus elecciones y la interpretación de sus experien­cias. La adolescencia supone, así, la adquisición de un sistema de valores individual que permite interpretar las continuas experiencias vitales. No todos los adolescentes llegan a desarrollar estos valores personales, la mayoría se limita a imitar los valores, actitudes y creencias de sus padres. Cuando los adolescentes no desarrollan su propio sistema de valores se vuelven típicamente defensivos, se autoprotegen “aislándose” de las nuevas experiencias.

Según Rogers, los adolescentes pueden verse ya a sí mismos como “procesos” más que como seres estáticos. Pueden examinar su conducta desde perspectivas pasadas y futuras. Los adolescentes perciben que su conducta puede adaptarse a la situación inmediata o postergarse durante algún tiempo. También se desarrolla una aceptación madura de la responsabilidad en los éxitos y en los fracasos, así como la confianza en sus capacidades se desarrolla con la experiencia.

1.2.6.- Teoría el desarrollo psicosocial de Erikson

Erik Erikson abordó el problema de la adolescencia desde la perspectiva de una teoría general del desarrollo humano. De un total de ocho etapas, la etapa quinta, correspondiente a la adolescencia, es descrita como una fase de “identidad versus dispersión de roles”.

Erikson considera la adolescencia como un momento crucial en la formación de la identidad del yo. El problema de la adolescencia es desarrollar un sentido de identidad personal en un momento en el que están ocurriendo rápidos cambios en la apariencia personal, en las perspectivas emocionales y psicológicas y en las apreciaciones sociales.

La resolución de la crisis de identidad de la adoles­cencia depende del éxito obtenido en la resolución de las cuatro primeras etapas del desarrollo. La sociedad reconoce la unicidad de este periodo y le concede al adolescente una `moratoria” psicosocial; se trata de un periodo de dilación durante el cual el individuo que aun no está listo para contraer obligaciones, dispone de tiempo para sí mismo,

Erikson establece que la moratoria psicosocial permite al adolescente entrar en contacto con los siguientes hechos:

1.- Perspectiva temporal. Los adolescentes empiezan a ver su entroncamiento en el pasado y su proyección hacia el futuro. Ambas perspectivas, pasada y futura, pueden ser integradas.

2.- Certeza de sí mismo, Los adolescentes descubren que sus acciones son enjuiciadas por los demás. Las dudas sobre nuestras capacidades no se resuelven evitando actuar. Nuestras propias acciones y los juicios de los demás nos proporcionan un sentido de certeza y confianza y contri­buyen a hacernos sentir nosotros mismos.

3.- Experimentación del rol. Los adolescentes no se asustan al experimentar nuevos roles; en la adolescencia pueden intentarse roles adultos.

4.- Anticipación de realizaciones. Los adolescentes comienzan a aplicar su sentido de laboriosidad a tareas relaciona­das con el trabajo. Aparecen los esfuerzos necesarios para la selección de aquellos roles de trabajo acordes con nuestras capacidades personales.

5.- Identidad sexual. En la adolescencia pueden resolverse los conflictos de identidad sexual. Las tentativas adoles­centes proporcionan un sustrato de experiencia en las relaciones heterosexuales.

6.- Polarización de dirección. Los adolescentes aceptan la responsabilidad de asumir el papel de líder cuando es necesario. Del mismo modo, pueden reconocer que la autoridad de los demás es necesaria en las interacciones sociales.

7.- Polarización ideológica. Los adolescentes pueden desarro­llar un personal sistema de valores que les permita tomar decisiones para el resto de su vida.

Desarrollar estas habilidades lleva tiempo y la morato­ria psicosocial es el tiempo que la sociedad dedica a esta tarea de reflexión. Sin embargo, no siempre la moratoria es aprovechada con éxito por los adolescentes. La moratoria falla cuando los individuos, prematura­mente definidos, son obligados a incorporarse a la sociedad adulta sin estar preparados o considerándose poco seguros de su desarrollo. Se encontrarán con la duda de quiénes son, quiénes quieren ser y qué son para los demás .

Llegados a este momento, parece oportuno hacer un breve resumen de lo expuesto:

Los cambios biológicos relacionados con la pubertad son potencialmente significativos; no obstante, la naturaleza específica de su influencia está determinada menos por los cambios bioquímicos en el seno del adoles­cente que por el entorno sociocultural en el que éste vive. En concreto, el ritmo de los cambios relativos a los compañeros del adolescente y el sig­nificado atribuido a dichos cambios son especialmente importantes.

El desarrollo cognitivo ejerce importantes efectos en el desarrollo adoles­cente. En general, la acción de pensar se vuelve más eficaz, se tienen presentes más dimensiones al mismo tiempo, y se pueden organizar y reorganizar las ideas en modelos conceptuales amplios. Esta perspectiva sobre el desarrollo adolescente subraya la creciente capacidad de los adolescentes de pensar sobre sí mismos y su situación concreta en el contexto ambiental en que viven.

El contexto sociocultural del adolescente refleja una red de dimensiones recíprocamente interactuantes de su espacio vital que se desplazan en el tiempo. La sensibilidad a la diversidad y al contexto de las vidas de los adolescentes es importante para comprender la interacción entre éstos y su escenario ambiental particular.

La teoría psicoanalítica clásica rastreó el desarrollo de la personalidad hasta la aparición en la vida temprana de impulsos innatos que llegaron a concentrarse en diferentes zonas del cuerpo para producir estadios psicosexuales. Se considera que la adolescencia es sobre todo un período de adaptación al aumento de impulsos sexuales durante la pubertad, y que en este período la regresión a formas infantiles de conducta es algo ha­bitual.

Sigmund Freud subrayó la importancia de las atracciones infantiles edípicas hacia el progenitor del otro género. Estas atracciones renacen en la adolescencia, y los conflictos que causan influyen en una secuencia de relaciones cambiantes con los padres y los compañeros de ambos géneros.

Anna Freud describió el modo en que los adolescentes se defienden a menudo a sí mismos, mediante mecanismos de ascetismo y racionaliza­ción, contra la ansiedad provocada por el aumento de sus impulsos se­xuales.

Peter Blos subdividió la adolescencia en varios estadios en los que los jóvenes se adaptan de formas distintas y progresivamente más maduras a las tensiones psicológicas de esta edad. Más allá del centro de interés tradicional psicoanalítico en los impulsos sexuales, describió un impor­tante concepto de separación-individuación en las relaciones adolescen­tes-padres.

Harry Stack Sullivan señaló la importancia de ciertos acontecimientos interpersonales durante tres estadios del desarrollo adolescente: la forma­ción de una relación muy estrecha con un colega durante la preadolescen­cia; la aparición y la canalización de sentimientos sexuales —descritos como dinamismo libidinoso— durante la adolescencia temprana; y el es­tablecimiento de una gama completa de relaciones interpersonales —que integraran las necesidades de seguridad, intimidad y deseo vehemente— durante la adolescencia tardía.

Erik Erikson contempló el desarrollo humano como una sucesión de ocho estadios, de modo que cada uno de ellos implicaba un forcejeo dialéctico entre dos tendencias opuestas. Los logros de los dos estadios más perti­nentes en la adolescencia son un sentido de identidad, opuesto a la confusión de rol de identidad, y un sentido de intimidad, opuesto al aislamiento.

Carol Gilligan y otros que estudiaron al desarrollo da las mujeres señalaron que la mayoría de las teorías tienen una orientación masculina y pasan por alto la importancia de las relaciones con los demás, sobre todo en lo que respecta a las mujeres. La perspectiva relacional centra su aten­ción en el desarrollo de relaciones interpersonales, la empatía, el proceso de diferenciación de relaciones y una motivación para el cuidado de los demás. Las teorías del aprendizaje social sobre el desarrollo reflejan el énfasis conductual en el papel de la experiencia en el modelado de las caracterís­ticas individuales, las destrezas y el conocimiento. Personas de todas las edades aprenden las conductas que manifiestan mediante los procesos de aprendizaje del condicionamiento y la observación. Albert Bandura ha hecho aportaciones especialmente importantes al aplicar los principios del aprendizaje observacional para comprender la conducta adolescente.