Psicoanálisis

Psicología. Teorías psicológicas. Teoría de Freud. Ello. Yo. Super-yo. Principios. Escuela freudiana. Sueños. Personalidad. Fenómenos sociales

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PSICOANÁLISIS

Modelo de la mente según S. Freud

La teoría de Freud sobre la mente trataba de tres niveles de conciencia (consciente, preconsciente e inconsciente) y por tres instancias psíquicas conflictivas entre sí (ello, yo y super-yo).

  • El nivel consciente se rige por el “principio de realidad”. Está formado por recuerdos, experiencias, percepciones y pensamientos de los que somos conscientes en cualquier momento.

  • El nivel preconsciente está formado con iguales componentes que el nivel consciente pero con la diferencia de que hay una censura que no nos deja ser conscientes de esos recuerdos o pensamientos, pero que podemos acceder a ellos con facilidad.

  • El inconsciente se compone de vivencias desagradables y/o peligrosas que están reprimidas y rara vez llegan al nivel consciente debido a las dos censuras que les impiden recordar tales experiencias. Si acceden a la consciencia no suele recordarse con detalle, sino de forma encubierta o simbólica. Este nivel de conciencia se basa en el “principio de placer” y pueden permanecer sucesos ocurridos en distintas etapas de nuestra vida.

Las censuras que se encuentran entre el preconsciente y el inconsciente, reprimen deseos primitivos e impulsos agresivos y sexuales y sólo se “relaja” mientras soñamos y los deseos reprimidos o las experiencias insatisfechas y que deseábamos que fueran agradables se expresan de forma simbólica en el sueño. Por eso, se concede en el psicoanálisis gran importancia a la interpretación de los sueños.

Estructura de la personalidad

  • Ello: es la parte más primitiva de la mente humana y que trata de satisfacer los impulsos inconscientes de supervivencia, reproducción, agresión y sexual, que intenta obtener una satisfacción inmediata.

  • Yo: es una instancia racional y realista que surge a partir del ello y que es un elemento de balanza entre las presiones del ello y el super-yo. Está formado por algunos elementos conscientes, como la percepción; e inconscientes, como los mecanismos de defensa.

  • Super-yo: aparece a partir del yo para adaptarse las normas sociales y culturales. El miedo al castigo nos obliga a aceptar las normas sociales, en conflicto con nuestros íntimos deseos.

LAS PULSIONES

El psicoanálisis emplea el término de pulsión (impulso que tiene a la consecución de un fin) para el estudio del comportamiento humano. Antes de seguir adelante convendría aclarar las diferencias que existen entre la pulsión y el instinto. Los instintos tienden a una finalidad predominante biológica , mientras que la relación entre la pulsión y el objeto que la promueve es extremadamente variable.

La pulsión es un impulso que se inicia con una excitación corporal (estado de tensión), y cuya finalidad última es precisamente la supresión de dicha tensión. Son la parte más primitiva y profunda del “ello”. Al principio, Freud observó dos principales: las pulsiones sexuales y las pulsiones de autoconservación (o pulsiones del yo). La energía de las pulsiones sexuales se llama “libido”.

  • Las pulsiones sexuales se rigen por el “principio de placer” y, al principio, se encuentran concretamente en diversos órganos del cuerpo y se satisfacen con determinados objetos. Sólo al final se unifican con la primacía de la genitalidad.

  • Las pulsiones de autoconservación se rigen por el “principio de realidad”. Su prototipo es el hambre aunque también abarca más funciones orgánicas como la nutrición, defecación, actividad muscular, visión, etc. Realmente, las pulsiones propiamente dichas son las sexuales y Freud las llama simplemente “necesidades”. Estas necesidades sirven de apoyo a las pulsiones sexuales: la necesidad de alimento en el bebé sirve de “apoyo” a la pulsión sexual, que se encuentra en la boca y busca su satisfacción en el pecho de la madre.

Más tarde, Freud modifica su teoría de las pulsiones: las pulsiones de autoconservación y sexuales se integran en una única pulsión, el “Eros”, y se añade una pulsión nueva, llamada “Thanatos”.

  • El Eros significa amor, deseo, gana

  • El Thanatos o pulsión de muerte significa muerte, homicidio.

LOS PRINCIPIOS

  • Principio de placer. Tiene como finalidad u objetivo evitar el displacer y procurarse el placer. Se entiende por “placer” la disminución de la excitación, es decir, reducir las tensiones, conseguir una descarga de las pulsiones.

  • Principio de realidad. La búsqueda del placer no se hace por el camino más corto, sino mediante desplazamientos y rodeos, en función de las condiciones anteriores. Las satisfacciones pueden diferirse (por ejemplo, “no comer ahora” y lo que me gusta, sino “en su momento y lo que me conviene”). Surgen así las funciones de ajuste o adaptación a la realidad: atención, memoria, juicio, acción adaptada a la realidad, etc. Sin embargo, la imaginación se encuentra siempre subordinada al principio de placer (en los sueños se “realiza” lo que no nos permite el principio de realidad). Y las pulsiones (sobretodo las sexuales) se rebelan y escapan en gran medida. Freud insiste en que el principio de realidad es el fundamento del orden social, de la cultura, de la educación, la moral, el arte, etc. Por esto, Freud escribió una obra titulada El malestar en la cultura.

  • Compulsión de repetición. Freud afirma que existe algo más radical que el principio de placer: la compulsión de repetición, que es la tendencia a repetir las vivencias y experiencias fuertes, sin importar cuales fueran sus efectos (agradables o desagradables). Esta “compulsión” permite la conservación de las pulsiones y es la base del Thanatos.

MALESTAR EN LA CULTURA (1930): EL SENTIMIENTO DE CULPA DE LA CULTURA Y LA CIVILIZACION OCCIDENTAL.

  • Religión y felicidad: las técnicas de evitación del dolor.

El sentido yoico del adulto es producto de una evolución. En ella el hombre aprende a discernir lo interior (perteneciente al yo) de lo exterior (originado en el mundo), "dando así el primer paso hacia la entronización del principio de realidad, principio que habrá de dominar toda la evolución ulterior".

Freud mantiene la "hipótesis de la conservación total de lo pretérito". El olvido no supone la aniquilación de lo formado en la mente, pues nada desaparece nunca de la mente, "todo se conserva de alguna manera y puede volver a surgir en circunstancias favorables". De esta manera, Freud está de acuerdo en aceptar que en muchos seres existe una religiosidad o un <<sentimiento oceánico>>, como se lo hace observar Romain Rolland, pero tal sentimiento proviene a su juicio, de una fase temprana de la evolución psíquica del individuo. Al ser un sentimiento, expresión de una necesidad imperiosa, las necesidades religiosas se derivan "del desamparo infantil y de la nostalgia por el padre que aquél suscita". Un sentimiento de la infancia que "es reanimado sin cesar por la angustia ante la omnipotencia del destino".

Para hace soportable la vida el hombre se ha procurado tres clases de lenitivos: las distracciones, las satisfacciones sustitutivas y los narcóticos. La religión pertenece sin duda a ésta última. El propósito del hombre en el mundo es la busqueda de la felicidad, que Freud define en terminos hedonistas: "por un lado, evitar el dolor y el displacer; por otro, experimentar intensas sensaciones placenteras". Y es en estos dos sentidos hacia donde se orienta la actividad humana.

"Quien fija el objetivo vital es simplemente el programa del principio del placer", para quien el mundo entero es hostil a la realización de sus deseos. "Lo que en el sentido más estricto se llama felicidad surge de la satisfacción, casi siempre instantánea, de necesidades acumuladas que han alcanzado elevada tensión, y de acuerdo con esta índole sólo puede darse como fenómeno episódico. Toda persistencia de una situación anhelada por el principio del placer sólo proporciona una sensación de tibio bienestar, pues nuestra disposición no nos permite gozar intensamente sino el contraste, pero sólo en muy escasa medida lo estable". Nuestra propia constitución humana limita nuestras posibilidades de felicidad.

El hombre adulto llega a rebajar considerablemente sus pretensiones de felicidad, del mismo modo que "el principio del placer se transforma, por influencia del mundo exterior, en el más modesto principio de la realidad". Si en el niño predomina el principio del placer, el crecimiento y la evolución psíquica hasta la madurez, le conduce, a la adecuación de este principio bajo el principio de realidad. Lo que significa un tránsito desde una conducta guiada por tendencias afectivas inconscientes hasta una conducta racional, guiada por la inteligencia, donde el yo consiga resolver las tensiones entre el ello, el super-yo y la realidad externa.

Para evitar el sufrimiento existen multiples técnicas, reducibles al independizarse del mundo exterior buscando las satisfacciones en los procesos internos. Pero Freud desestima procedimientos como el religioso, el empleo de estupefacientes, el ermitañismo, la rebeldía, el yoga, la fuga a la neurosis o la caida en "esa desesperada tentativa de rebelión que es la psicósis", y parece inclinarse por los tres siguientes: 1) la de perseguir "la moderación instintiva bajo el gobierno de las instancias psíquicas superiores, sometidas al principio de la realidad". 2) Recurrir a los "desplazamientos de la libido" y reorientar los fines instintivos de manera tal que eludan la frustración del mundo exterior. En este desplazamiento de la energía de la libido y reorientación de los fines consiste la "sublimación de los instintos". El artista y el investigador emplean ésta técnica sin excepción, aunque también puede descubrirse en todos aquellos que encuentran satisfacción en su trabajo. 3) Como uno más entre los métodos con los que el hombre se esfuerza por conquistar la felicidad y alejar el sufrimiento hallamos también el amor, que se origina en el amor sexual y ofrece al hombre intensas vivencias placenteras. Aunque es una técnica arriesgada ya que "jamás nos hallamos tan a merced del sufrimiento como cuando amamos". 4) En último termino tenemos el goce de la belleza, es decir, el placer de la contemplación estética, que "nos protege escasamente de los sufrimientos inminentes, pero puede indemnizarnos por muchos pesares sufridos".

La religión es quizá la técnica más extendida de evitación del dolor, un "caso en el que numerosos individuos emprenden juntos la tentativa de procurarse un seguro de felicidad y una protección contra el dolor por medio de una transformación delirante de la realidad". Es evidente que "las religiones de la humanidad deben ser consideradas como semejantes delirios colectivos". Aunque, "desde luego, ninguno de los que comparten el delirio puede reconocerlo jamás como tal".

"El designio de ser felices que nos impone el principio del placer es irrealizable; más no por ello se debe -ni se puede- abandonar los esfuerzos por acercarse de cualquier modo a su realización". Ante este magno proyecto de alcanzar la felicidad pueden emplearse múltiples técnicas, y "ninguna regla al respecto vale para todos; cada uno debe buscar por sí mismo la manera en que pueda ser feliz"; ya que "la felicidad, considerada en el sentido limitado, cuya realización parece posible, es meramente un problema de la economía libidinal de cada individuo". Aquí, además de las circunstancias exteriores desempeña un papel determinante la constitución psíquica del individuo, amén de que se ha de tener en cuenta que "la felicidad es algo profundamente subjetivo".

"La religión viene a perturbar este libre juego de elección y adaptación, al imponer a todos por igual su camino único para alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento. Su técnica consiste en reducir el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que tienen por condición previa la intimidación de la inteligencia. A este precio, imponiendo por la fuerza al hombre la fijación a un infantilismo psíquico y haciéndolo participar en un delirio colectivo, la religión logra evitar a muchos seres la caída en la neurósis individual".

  • La evolución de la cultura y la represión de los instintos.

El sufrimiento, que nos amenaza por tres frentes: desde el propio cuerpo (enfermedad, vejez y muerte), del mundo exterior (desastres de la Naturaleza), y de las relaciones con otros seres humanos (cultura, civilización); es una sensación, sólo existe en cuanto lo sentimos y únicamente lo sentimos en virtud de ciertas disposiciones de nuestro organismo. El modo como el estoicismo enfrenta el sufrimiento demuestra, hasta qué punto se puede combatir este, mediante una determinada estrategia psíquica.

Entre los desastres enumerados Freud considera inexorables los dos primeros pero no el tercero. Por eso el psicoanálisis pretende intervenir para paliar el sufrimiento que causan determinadas relaciones humanas, tanto a nivel individual como a nivel colectivo. Y a este segundo nivel corresponde su investigación de la cultura.

En primer lugar descubre Freud una extraña actitud de "hostilidad a la cultura", de los que cree reconocer uno de los principales motivos en el "triunfo del cristianismo sobre las religiones paganas" teniendo en cuenta "la depreciación de la vida terrenal implícita en la doctrina cristiana".

También del sufrimiento y de la frustración que impone la vida civilizada a todos sus miembros y que en algunos de ellos se transforman en neurosis surge una hostilidad a la cultura. "El ser humano cae en la neurosis porque no logra soportar el grado de frustración que le impone la sociedad en aras de sus ideales de cultura, deduciéndose de ello que sería posible reconquistar las perspectivas de ser feliz, eliminando o atenuando en grado sumo estas exigencias culturales".

Freud ahora aborda el propósito de desentrañar la esencia de la cultura, y repite que según su criterio "el término <<cultura>> designa la suma de las producciones e instituciones que distancian nuestra vida de la de nuestros antecesores animales y que sirven a dos fines: proteger al hombre contra la Naturaleza y regular las relaciones de los hombres entre sí".

Como rasgos característicos de una cultura Freud indica los de la utilidad de sus producciones, la belleza (lo inútil en la cultura), el orden, la higiene, el dominio de la Naturaleza, las producciones intelectuales (arte, ciencia, filosofía y religión), el afán de lograr el provecho y el placer: dos fines convergentes, la regulación de las relaciones humanas (sociedad, Estado), la sustitución del poderío individual por el de la comunidad.

La libertad individual es un bien anterior a la cultura, "aunque entonces carecía de valor porque el individuo apenas era capaz de defenderla" . El desarrollo cultural le impone restricciones a cambio de defenderla. Según Freud, cuando en una comunidad se agita el ímpetu libertario puede surgir de: 1) una rebelión contra alguna injusticia que puede favorecer así un nuevo progreso de la cultura o 2) "del resto de la personalidad primitiva que aún no ha sido dominado por la cultura".

Freud concibe el desarrollo cultural como un proceso particular comparable a la maduración normal del individuo. La evolución cultural es un proceso caracterizado por los cambios que impone a las disposiciones instintivas de los hombres, cuya satisfacción es "la finalidad económica de nuestra vida". Estos instintos se transforman dentro de la cultura en cierto carácter de sus individuos. Así del erotismo anal del niño transformado con el crecimiento en sentido del orden y la limpieza vemos a la vez uno de los preceptos esenciales de la cultura, mostrándosenos "la analogía entre el proceso de la cultura y la evolución libidinal del individuo".

"Otros instintos son obligados a desplazar las condiciones de su satisfacción, a perseguirlas por distintos caminos, proceso que en la mayoría de los casos coincide con el bien conocido mecanismo de la sublimación (de los fines instintivos)". La sublimación es fundamental para la cultura, ya que de este mecanismo dependen las actividades psíquicas superiores, científicas, artísticas o ideológicas.

Pero puesto que "la cultura reposa sobre la renuncia a las satisfacciones instintuales", su condición previa radica en la "insatisfacción" devenida por "represión" de los instintos poderosos, y de ello se deriva que la frustración cultural sea otro elemento fundamental derivado del desarrollo cultural, precisamente uno de los motivos de la hostilidad contra la cultura.

Eros y Ananké, la necesidad y el amor, son los padres de la cultura humana. La necesidad de dominar el mundo y la regulación de las relaciones sexuales están en el origen de la cultura. Hay un divorcio entre el amor y la cultura, ya que ésta última impone serias restricciones al primero. La tendencia cultural a ampliar el círculo de su acción y su relación con las restricciones sexuales, queda clara desde la primera fase de la cultura, la del totemismo, que trae consigo la prohibición de elegir un objeto incestuoso.

"Ya sabemos que la cultura obedece al imperio de la necesidad psíquica económica, pues se ve obligada a sustraer a la sexualidad gran parte de la energía psíquica que necesita para su propio consumo".

En la cultura europea occidental "la elección de objeto queda restringida en el individuo sexualmente maduro al sexo contrario, y la mayor parte de las satisfacciones extragenitales son prohibidas como perversiones. La imposición de una vida sexual idéntica para todos, implícita en éstas prohibiciones, pasa por alto las discrepancias que presenta la constitución sexual innata o adquirida de los hombres, privando a muchos de ellos de todo goce sexual y convirtiéndose así en fuente de una grave injusticia". "Pero aún el amor genital heterosexual, único que ha escapado a la proscripción, todavía es menoscabado por las restricciones de la legitimidad y de la monogamia". La cultura actual no admite la sexualidad "como fuente de placer en sí", aceptándola tan sólo como un medio de reproducción humana.

"No se puede dudar de que la vida sexual del hombre civilizado ha sufrido un grave perjuicio y en ocasiones llega a parecernos una función que se halla en pleno proceso involutivo, al igual que como ejemplos orgánicos, nuestra dentadura y nuestra cabellera".

Freud a constatado mediante el psicoanálisis que las personas neuróticas son las que menos soportan las frustraciones de la vida sexual. Se procuran satisfacciones sustitutivas que les deparan sufrimientos por sí mismas y por las dificultades que les ocasionan con el mundo exterior y con la sociedad. Existe una antítesis entre la cultura y la sexualidad. En el caso de dos amantes autosuficientes en su dualidad, sin necesidad de que intervengan terceros en la relación, (Freud se refiere sin citarlo al andrógino originario tal y como lo expone Aristófanes en el Banquete de Platón), la cultura no tendría necesidad de sustraer energía a la sexualidad, pero una cultura de individuos dobles o fundidos en uno sólo no ha existido jamás. Y esto porque la cultura busca su expansión colectiva mediante la expansión individual de lazos libidinales, utilizando "la máxima cantidad posible de líbido con fin inhibido, para reforzar los vínculos de comunidad mediante lazos amistosos".

  • El amor al prójimo y el instinto de agresión.

Dentro de las técnicas de procurarse felicidad, el amor y fundamentalmente el amor sexual, ocupa un puesto de gran importancia, aunque a riesgo de exponerse al sufrimiento que puede provocar el objeto amado. De ahí que determinados individuos que buscan la felicidad por vía del amor, sometan "la función erótica a vastas e imprescindibles modificaciones psíquicas" , independizandose del consentimiento del objeto. Protegidos así contra la pérdida del objeto dirigen su amor en igual medida a todos los seres. Evitan por tanto "el amor genital, desviándolo de su fin sexual, es decir, transformando el instinto en un impulso coartado en su fin.

San Francisco de Asís sería para Freud un caso de esa "pequeña minoría" de entre los pretendientes, que logran un estado "de ternura eterea e imperturbable" que "ya no conserva gran semejanza exterior con la agitada y tempestuosa vida amorosa genital de la cual se ha derivado".

Uno de los ideales postulados por la sociedad civilizada para ganar su cohesión y vincular afectivamente a sus miembros con lazos libidinales de fin inhibido es el precepto cristiano "<amarás al prójimo como a ti mismo>". Ante este dogma Freud indica en primer lugar que el amor es una energía muy valiosa y que no se debe derrochar insensatamente. En segundo lugar que resultaría muy difícil amar a aquello que fuera tan extraño que no despertase importancia para la vida afectiva y por este procedimiento se ganaría la hostilidad de los seres más queridos, que ven en el amor una demostración de preferencia. Y en tercer lugar que lo extraño, afectivamente, más bien atrae la hostilidad y el odio que el amor.

Ahora bien, Freud señala que "si este grandilocuente mandamiento rezara <Amarás al prójimo como el prójimo te ame a tí>, nada tendría yo que objetar". Pero un segundo precepto que viene a decir lo mismo que el primero, el de "<Amarás a tus enemigos>", al que no tiene reparos de calificar de absurdo.

Este precepto es del todo irreal y muy poco razonable. El cumplimiento de los supremos preceptos éticos significará un perjuicio para los fines de la cultura, mientras se califiquen éticamente las conductas de buenas o malas sin tener en cuenta sus condiciones de origen.

El principio de realidad oculto al dogma cristiano es que el hombre no es una criatura todo amor, sino al contrario, "un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad". De manera que el prójimo no representa tan sólo un posible colaborador sexual, sino también una posibilidad en la que satisfacer la agresividad, explotándolo, violándolo, humillándolo o matándolo. Homo homini lupus, Freud suscribe el refrán latino tan citado por Hobbes en detrimento de la ilusión rousseauniana. La agresividad "en condiciones que le sean favorables, cuando desaparecen las fuerzas psíquicas antagónicas que por lo general la inhiben, también puede manifestarse espontáneamente desenmascarando al hombre como una bestia salvaje que no conoce el menor respeto de su propia especie". La Historia de la Humanidad está llena de ejemplos de este tipo.

La cultura lucha para refrenar la agresividad humana. "Las pasiones instintivas son más poderosas que los intereses racionales. La cultura se ve obligada a realizar múltiples esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas del hombre, para dominar sus manifestaciones mediante formaciones reactivas psíquicas. De ahí, pues, ese despliegue de métodos destinados a que los hombres se identifiquen y entablen vínculos amorosos coartados en su fin; de ahí las restricciones de la vida sexual, y de ahí también el precepto ideal de amar al prójimo como a sí mismo, precepto que efectivamente se justifica, porque ningún otro es, como él, tan contrario y antagónico a la primitiva naturaleza humana".

  • Agresividad humana y psicología de los pueblos.

Freud corrige a Marx al decir que es cierto que si se elimina la institución de la propiedad privada se sustrae a la agresividad uno de sus instrumentos, pero aún quedaría otra fuente poderosisima de agresividad que posiblemente se acrecentaría, la de los privilegios derivados de las relaciones sexuales. Suponiendo que también se decretara la completa libertad sexual Freud no se siente capacitado a predecir que rumbo adoptaría la cultura, pero piensa que las tendencias instintivas de la naturaleza humana no tardarían en seguirla.

El prójimo en la civilización occidental se ha convertido en el conciudadano. Pues "siempre se podrá vincular amorosamente entre sí a mayor número de hombres, con la condición de que sobren otros en quienes descargar los golpes". Actualmente las relaciones entre los países industrializados y los países pobres nos dan un ejemplo de ésta tesis freudiana, la explotación económica junto al alivio psíquico proveniente de las limosnas de las ONGs.

Los pueblos buscan su cohesión y la satisfacción de sus tendencias agresivas frente al otro, al extraño, al diferente. El pueblo judío es un ejemplo de ambas tendencias, victima y agresor, y vemos que la religión obedece al mismo operativo de exclusión: "Una vez que el apóstol Pablo hubo hecho del amor universal por la humanidad el fundamento de la comunidad cristiana, surgió como consecuencia ineludible la más extrema intolerancia del cristianismo frente a los gentiles; en cambio, los romanos, cuya organización estatal no se basaba en el amor, desconocía la intolerancia religiosa". Freud se refiere aquí al cambio de perseguidos a perseguidores que el Cristianismo adoptaría tras convertirse en religión oficial del Imperio (s.IV), bajo la doctrina paulina, anulando la pluralidad de confesiones del politeísmo reinante hasta entonces. Su persecución anterior no se debió a la intolerancia religiosa, puesto que Roma estaba llena de cultos diversos, sino a motivaciones políticas.

De ésta forma se le torna explicable también el fenómeno nazi y el hecho de que "el sueño de la supremacía mundial germana recurriera como complemento a la incitación al antisemitismo".

"Si la cultura impone tan pesados sacrificios, no sólo a la sexualidad, sino también a las tendencias agresivas, comprendemos mejor por qué al hombre le resulta tan difícil alcanzar en ella su felicidad". El hombre primitivo era más feliz en cuanto que conocía menos restricciones a sus instintos, pero carecía de seguridad para disfrutar de su despliegue, que representaba una contínua amenaza de unos hacia otros. El hombre civilizado ha hipotecado una parte de posible felicidad a cambio de una mayor seguridad. A Freud le parece éste un proceso necesario de la cultura, pero en el cual es posible avanzar y progresar, motivo por el que critica los modelos vigentes de represión cultural, con la esperanza de que "poco a poco lograremos imponer a nuestra cultura modificaciones que satisfagan mejor nuestras necesidades" y que hagan obsoleta la actual crítica.

Freud se resigna a la necesidad esencial de la cultura de reprimir los instintos sexuales y agresivos, y a este respecto, aboga porque la imposición cultural se modifique, orientándose hacia la consecución de la mayor cantidad de satisfacción instintual que le sea posible permitir, y la menor cantidad de restricciones que le sea posible adoptar, sin destruirse. Pero no se resigna a la perpetuidad de otro fenómeno, éste ya no esencial a la cultura, sino hostil a la misma aunque le deba su surgimiento: "Además de la necesaria limitación instintual que ya estamos dispuestos a aceptar, nos amenaza el peligro de un estado que podríamos denominar <<miseria psicológica de las masas>>". Muestra con ésto Freud sus dotes predictivas al leerlo en la actualidad. Aunque si nos atenemos a nuestra situación actual, ante el peligro que para la inteligencia y la cultura deviene de la ignorancia en la que se hunde la colectividad, tendremos que añadir, junto a la religión, el football y la televisión, como los tres factores por excelencia en el progresivo embrutecimiento del mundo occidental. No se quedan aquí las dotes predictivas de Freud. Estas alcanzan un tono profético al afirmar que "la presente situación cultural de los Estados Unidos ofrecería una buena oportunidad para estudiar este temible peligro que amenaza a la cultura".

  • Eros y Tanatos: el dualismo de la realidad o principio vital freudiano.

Al tratar en El Malestar en la Cultura de la agresividad, Freud, pone las bases para "una modificación de la teoría psicoanalítica de los instintos", al postular claramente la existencia de un instinto agresivo, particular e independiente, además del instinto sexual y sus variantes.

Existe una lucha entre "los instintos del yo" tendentes a la autoconservación y "los instintos objetales" cuya energía es la libido y que están dirigidos a objetos o pulsiones amorosas. Pero el "narcisimo" constituye una demostración de que "también el yo está impregnado de libido". En Más allá del principio del placer, Freud dedujo que "además del instinto que tiende a conservar la sustancia viva y a condensarla en unidades cada vez mayores, debía existir otro, antagónico de aquél, que tendiese a disolver dichas unidades... De modo que "además del Eros habría un instinto de muerte" o de autodestrucción, que orientado hacia el mundo exterior, se manifestaría como un impulso de agresión y destrucción. Así el instinto de muerte se pondría al servicio del Eros "pues el ser vivo destruiría algo exterior, animado o inanimado, en lugar de destruirse a sí mismo", y al cesar esta agresión aumentaría la fuerza de autodestrucción, "proceso que de todos modos actúa constantemente". Pero Freud insiste, no obstante, en que ambos instintos no aparecen aislados, sino amalgamados entre sí, y como casos claros alude al sadismo y al masoquismo, donde amor y muerte están estrechamente entrelazados, y al "placer narcisista" que experimenta el yo ante el despliegue de su furia destructiva, ante el cumplimiento de sus "más arcaicos deseos de omnipotencia".

Hay que aceptar, por tanto, que "la tendencia agresiva es una disposición instintiva, innata y autónoma del ser humano" y que "constituye el mayor obstáculo con el que tropieza la cultura".

La cultura es entonces un proceso puesto al servicio del Eros, que busca su expansión en unidades cada vez mayores, libidinalmente vinculadas (familias, tribus, pueblos, naciones), con la constante oposición del instinto de muerte. "Ahora, creo, el sentido de la evolución cultural ya no nos resultará impenetrable; por fuerza debe presentarnos la lucha entre Eros y muerte, instinto de vida e instinto de destrucción, tal como se lleva a cabo en la especie humana". Y esta lucha de Titanes es el que "nuestras nodrizas pretenden aplacar con su <<arroró del Cielo>>".

  • La conciencia moral o el super-yo: el masoquismo del individuo como mecanismo de defensa de la cultura y el sentimiento de culpabilidad.

De acuerdo con estas ideas de Freud, el cristianismo, con su precepto de amar al prójimo, y la conciencia moral en general, serían casos en los que el instinto de muerte, al no ser orientado hacia el exterior, aumentaría la fuerza de autodestrucción; representando así un automasoquismo en el que la agresión y la crueldad se ejercerían sobre uno mismo en lugar de sobre algo exterior.

Estamos ante un mecanismo de defensa de la cultura frente a la agresión. La introyección, mediante la cual la agresión es devuelta al propio yo en calidad de super-yo, asumiendo la función de conciencia moral, que "despliega frente al yo la misma dura agresividad que el yo, de buen grado, habría satisfecho en individuos extraños". El sentimiento de culpabilidad es el resultado de la agresión del super-yo sobre el yo, y se manifiesta bajo la forma de necesidad de castigo.

En este punto Freud rechaza la existencia de una facultad especial de discernir el bien y el mal. El hombre se siente culpable por hacer algo <<malo>>, pero ésto significa que ha hecho algo convencionalmente considerado malo por la comunidad que le rodea e internalizado en su interior. La presión exterior le lleva al sentimiento de culpabilidad y al anhelo de castigo expiatorio, debido al "<<miedo a la pérdida del amor>>" o miedo al desamparo, rechazo y castigo de su comunidad. Así, pues, "lo malo, es, originalmente, aquello por lo cual uno es amenazado con la pérdida del amor; se debe evitar cometerlo por temor a esta pérdida". La angustia de ser descubierto en algo malo es el único sentimiento culpable del niño, pero una vez internalizados los valores morales de su cultura y surgido el super-yo, no basta para no sentir culpabilidad con no ser descubierto por los semejantes, "pues nada puede ocultarse ante el super-yo, ni siquiera los pensamientos", y desaparece la diferencia entre hacer y querer mal.

Cuando los santos se acusan de pecadores no van desencaminados pues las tentaciones deben de ser cada vez más fuertes ya que "la tentación no hace sino aumentar de intensidad bajo las constantes privaciones, mientras que al concedérsele satisfacciones ocasionales, se atenúa por lo menos transitoriamente".

La experiencia del destino es determinante para la conciencia moral, porque se identifica al destino con una autoridad y con una voluntad divina. Si el destino es adverso se intensifica el poderío del super-yo mientras que cuando la fortuna sonríe al hombre su conciencia moral es indulgente y concede grandes libertades al yo. "El pueblo de Israel se consideraba hijo predilecto del Señor, y cuando este gran Padre le hizo sufrir desgracia tras desgracia, de ningún modo llegó a dudar de esa relación privilegiada con Dios ni de su poderío y justicia, sino que creó los Profetas, que debían reprocharle su pecaminosidad, e hizo surgir de su sentimiento de culpabilidad los severísimos preceptos de la religión sacerdotal". Los pueblos primitivos, como expuso Freud con anterioridad, se conducen de modo muy distinto, dado su incipiente desarrollo psíquico. Pues cuando les sucede alguna desgracia no se culpan a sí mismos, sino al fetiche e incluso al jefe, que evidentemente no ha cumplido su cometido, y lo muelen a golpes en lugar de castigarse a sí mismos.

"Por consiguiente, conocemos dos orígenes del sentimiento de culpabilidad: uno es el miedo a la autoridad; el segundo, más reciente, es el temor al super-yo".

El primero impulsa a la renuncia a la satisfacción de los instintos, el segundo, además, al castigo, porque el deseo persiste y no puede ser ocultado a la conciencia moral. Esta desventaja implica el surgimiento de la moral, ya no basta con la renuncia a los instintos para no sufrir el sentimiento de culpabilidad, sino que el hecho de tener deseos instintivos es injustamente castigado. Puesto que la moral procede del exterior y es internalizada en el proceso educativo, siendo el temor a la autoridad externa (padre) el primer motivo de renuncia a los instintos, y la autoridad internalizada (super-yo) el segundo, vemos que "la agresión por la conciencia moral perpetúa la agresión por la autoridad".

Si bien al principio, la conciencia moral (o la angustia convertida después en conciencia) es la causa de la renuncia a los instintos, con posterioridad la situación llega a invertirse, y "toda renuncia instintiva se convierte en una fuente dinámica de la conciencia moral". Cada nueva renuncia a la satisfacción instintiva aumenta la severidad y la intolerancia del super-yo, en un proceso de -feedback- que le lleva a incrementar progresivamente la represión a la que se ve sometido el yo.

  • El complejo de Edipo, el asesinato del Protopadre y el super-yo colectivo.

"Si esto es exacto, realmente se puede afirmar que la conciencia se habría formado primitivamente por la supresión de una agresión, y que en su desarrollo se fortalecería por nuevas supresiones semejantes". El rigor de la educación ejerce también una influencia sobre la génesis del super-yo infantil. Pues en tal génesis concurren factores constitucionales innatos e influencias del medio, "condición etiológica general de todos estos procesos".

Al pasar de la génesis de la conciencia moral individual a la génesis de la conciencia moral colectiva Freud sostendrá que "el sentimiento de culpabilidad de la especie humana procede del complejo de Edipo y fue adquirido al ser asesinado el padre por la coalición de los hermanos". Agresión primitiva prehistórica que no sería suprimida, como la del niño, en el que su mero deseo origina el sentimiento de culpabilidad, sino ejecutada en un tiempo anterior al totemismo.

-"El humano sentimiento de culpabilidad se remonta al asesinato del padre", que satisface el odio hacia el mismo que sienten los hermanos. Y el remordimiento resultante fue una consecuencia de la primitivisima ambivalencia afectiva frente al padre. Del amor por el padre asesinado surge el remordimiento y su entronización divina, pero como la tendencia agresiva contra el padre vuelve a agitarse en cada generación, también se mantuvo el sentimiento de culpabilidad, fortaleciéndose progresivamente. Vemos así que el amor participa en la génesis de la conciencia moral y del carácter inevitable del sentimiento de culpabilidad.

"Efectivamente, no es decisivo si hemos matado al padre o si nos abstuvimos del hecho: en ambos casos nos sentiremos por fuerza culpables, dado que este sentimiento de culpabilidad es la expresión del conflicto de ambivalencia, de la eterna lucha entre el Eros y el instinto de destrucción o de muerte". Este conflicto aumenta cuando el hombre se propone la tarea de vivir en comunidad y se manifiesta, en la organización familiar, bajo la forma del complejo de Edipo.

La tendencia de la cultura y del Eros a ampliarse en unidades mayores, que lleva de la familia a la humanidad, significa una constante acentuación del sentimiento de culpabilidad, a causa del innato conflicto de ambivalencia. "La cultura está ligada indisolublemente con una exaltación del sentimiento de culpabilidad, que quizá llegue a alcanzar un grado difícilmente soportable para el individuo".

Freud nos recuerda finalmente que su propósito es "destacar el sentimiento de culpabilidad como problema más importante de la evolución cultural, señalando que el precio pagado por el progreso de la cultura reside en la perdida de felicidad por aumento del sentimiento de culpabilidad". Tal sentimiento es una variante de la angustia que coincide con el miedo al super-yo. Así como en los individuos el sentimiento de culpabilidad puede permanecer inconsciente, sin que el sujeto se aperciba de él en absoluto, "también se concibe fácilmente que el sentimiento de culpabilidad engendrado por la cultura no se perciba como tal, sino que permanezca inconsciente en gran parte o se exprese como un malestar, un descontento que se trata de atribuir a otras motivaciones".

Las religiones siempre han reconocido la importancia del sentimiento de culpabilidad para la cultura, llamándolo <pecado> y pretendiendo librar de él a la humanidad. Freud ya trató en Totem y tabú de "la forma en que el cristianismo obtiene esta redención -por la muerte sacrificial de un individuo, que asume así la culpa de todos-", para descubrir en ella un residuo de la protoculpa original ante el asesinato del padre y del origen de la cultura.

El sentimiento de culpabilidad es anterior a la conciencia moral, pues primero surge de la autoridad exterior (niño y pueblos primitivos) y más tarde del super-yo (adulto y pueblos civilizados) al interiorizarse.

Como hemos ya visto "Eros e instinto de muerte" es el dualismo que Freud aplica "para caracterizar el proceso cultural que transcurre en la humanidad" y también "la evolución del individuo", aunque lo llega a concebir como la esencia "de la vida orgánica en general". La relación entre estos tres procesos es clara, pues para Freud tanto el individuo como la colectividad no son sino "mecanismos vitales", y por tanto, subgrupos dentro del amplio grupo de la vida orgánica. Si bien la cultura es "aquella modificación del proceso vital que surge bajo la influencia de una tarea planteada por el Eros y urgida por Ananké, por la necesidad exterior real".

La diferencia fundamental entre la evolución individual y la colectiva, como hemos visto tan semejantes, estriba en que el individuo busca su felicidad particular regido por el principio del placer, es egoísta, y para él vivir en comunidad es una desagradable necesidad; mientras que para la cultura el objetivo de establecer unidades cada vez más amplias de individuos humanos es lo más importante, y la felicidad individual es desplazada a un segundo plano. "Tal como fatalmente deben combatirse en cada individuo las dos tendencias antagónicas -la de la felicidad individual y la de la unión humana-, así también han de enfrentarse por fuerza, disputándose el terreno, ambos procesos evolutivos: el del individuo y el de la cultura".

Se establece una lucha entre individuo y sociedad pero no responde ya a los protoinstintos Eros y Muerte, sino que "responde a un conflicto en la propia economía de la libido, conflicto comparable a la disputa por el reparto de la libido entre el yo y los objetos", que aunque actualmente se decanta del lado de la cultura, podrá llegar a equilibrarse en el futuro, piensa Freud.

El super-yo colectivo tiene la función de eliminar el mayor obstaculo con que tropieza la cultura, que es la tendencia constitucional de los hombres a agredirse mutuamente. La investigación y el tratamiento de las neurósis llevan a Freud a manifestar dos acusaciones contra el super-yo individual que le son aplicables al colectivo: 1) con la severidad de sus preceptos que llegan a ser irrealizables se despreocupa de la felicidad del yo, que en ningún caso puede realizar cuanto psicológicamente se le encomiende, como cree erróneamente el super-yo, porque sólo cuenta con un limitado dominio del ello; y 2) fuerza al yo a realizar el esfuerzo de atenuar las pretensiones del super-yo, pues si rebasan cierto límite existe el peligro de caer en la neurósis.

"El mandamiento <<amarás al prójimo como a tí mismo>> es el rechazo más intenso de la agresividad humana y constituye un excelente ejemplo de la actitud antipsicológica que adopta el super-yo cultural". Un precepto irrealizable que constituye una muestra del poderoso obstáculo que representa la agresividad para la cultura. Tan poderoso "que su rechazo puede hacernos tan infelices como su realización". El amor al prójimo puede resultar tan nocivo para el individuo como su contrario, la agresión mútua. De este modo la cultura logra su objetivo, pero a consta de la felicidad del individuo, que desaparece ante la excesiva presión del super-yo.

Finalmente Freud apunta hacia la posibilidad, ya que la evolución de la cultura es tan semejante a la del individuo, de que se den situaciones patológicas culturales análogas a las que conocemos en los individuos, esto es, de que muchas culturas -o épocas culturales, y quizá aún la humanidad entera- se hubiesen tornado <<neuróticas>> bajo la presión de las ambiciones culturales, y esten necesitadas de un tratamiento médico. Freud apunta aquí hacia su labor de terapeuta de la cultura. Las investigaciones psicoanalíticas de Freud, al haberse extendido por la cultura contemporánea, constituyen ya un psicoanálisis del ser colectivo del que forman parte.

El destino de la especie humana, según Freud, depende de si, y en qué manera, el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva surgidas del instinto de muerte. En la lucha entre el Eros y el instinto de muerte, Freud ya contempla la posibilidad del triunfo de la muerte y el exterminio en conflicto atómico de la raza humana, posibilidad de la que proviene, a su juicio, una buena parte del malestar del hombre contemporáneo; aunque no deja de poner sus esfuerzos y esperanzas en favor de la otra inmortal potencia, el Eros, que es el que "mantiene la cohesión de todo lo existente".