Psicoanálisis y Existencialismo

Logoterapia. Psicoterapia. Frankl. Psicología individual. Conciencia. Freud. Antropología. Neurosis Noógena. Imago Hominus. Sentido de la Vida. Amor

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PSICOANÁLISIS Y EXISTENCIALISMO

De la Psicoterapia a la Logoterapia

Vicktor E. Frankl

l. De la Psicoterapia a la Logoterapia

Psicoanálisis y Psicología Individual

Sería imposible tratar problemas de psicoterapia sin tomar como punto de partida el Psicoanálisis de Freud y la Psicología Individual de Adler, y sus obras y doctrinas como base de las investigaciones.

Stekel expresa refiriéndose a Freud que, un enano encaramado sobre los hombros de un gigante puede dominar un campo visual mayor que el gigante mismo. Se trata de superar los principios del psicoanálisis o de la psicología individual. Pero la psicoterapia se halla circunscripta a los límites que se trata de superar.

El psicoanálisis va sustituyendo el ello por el yo, lo inconsciente por la consciencia, mediante la cancelación de las represiones. La obra del Psicoanálisis consiste en anular los actos de represión por cuya virtud se produce lo inconsciente, de aquí que el psicoanálisis vea en el síntoma neurótico una amenaza contra el yo y se esfuerce por rescatar de lo inconsciente los contenidos vivenciales reprimidos, para restituirlos a la conciencia, e incremente el poder del yo.

En la Psicología Individual desempeña un papel fundamental el concepto de “arregement” (simulación), con el cual trata el neurótico de exculparse; se intenta descargar de responsabilidad: el síntoma es quien tiene que cargar con la responsabilidad, descargando de ella al paciente. Aquí el síntoma es un intento de justificación del paciente ante la comunidad o ante sí mismo. La terapéutica de la Psicología Individual se propone hacer al hombre neurótico, responsable de su síntoma y ampliar la órbita del yo mediante un incremento de responsabilidad.

Ambas teorías incurren en una limitación concéntrica de su horizonte científico, en un caso se limita a la conciencia del hombre, en el otro a su responsabilidad. La conciencia y la responsabilidad constituyen los dos hechos fundamentales de la existencia humana, esto se traduce en una fórmula antropológica: Ser hombre equivale a ser consciente y responsable.

Ambas ven sólo uno de los lados del ser humano, cuando son los dos aspectos juntos y combinados los que ofrecen la imagen total y verdadera del hombre. En sus puntos de partida antropológicos se contraponen pero también se revelan como complementarios.

La responsabilidad y la conciencia forman una unidad armónica. Esta unidad, que integra la totalidad del ser humano, es algo que puede ser comprendido ontológicamente: todo ser es siempre substancialmente, un ser-otro, y sólo mediante la referencia de un ser a otro ser podemos constituir ambos, todo ser es un ser-en-relación.

La conciencia presupone una coexistencia de sujeto y objeto, en la dimensión espacial: responsabilidad, y en la dimensión temporal: la sucesión.

A Freud, le debemos la dimensión del ser psíquico, pero comprendió poco su descubrimiento, pues creyó que lo esencial eran los mecanismos de la represión y la transferencia, cuando en realidad se trataba de la mediación de una autocomprensión más profunda a través de un encuentro existencial.

En el marco del Psicoanálisis se trabaja contra la represión mediante la toma de conciencia y el hacer consciente de ella. Pero la transferencia es con toda propiedad un vehículo de encuentro existencial y la fórmula para comprender ambos principios es: “Donde está el Ello debe realizarse el Yo”, pero el Yo no se vuelve Yo sino en el Tú.

La sociedad industrial, al crear las masas, trae consigo una soledad que hace crecer la necesidad de expresarse. La mutación de la función de la psicoterapia ha encumbrado al Psicoanálisis en los EE.UU., el país de la muchedumbre solitaria, pero este país es también el de la tradición puritana y calvinista. Lo sexual ha sido reprimido en el plano colectivo, y le Psicoanálisis relajó la represión colectiva. El Psicoanálisis es Pandeterminista, nunca fue Pansexualista. Freud concibe el amor como un mero epifenómeno, cuando en realidad es un fenómeno primordial de la existencia humana, sea en el sentido de las tendencias inhibidas, sea en el sentido de una sublimación. Porque se puede demostrar que es el amor lo que precede a la sublimación como su condición de posibilidad. Sublimación es precondición de la sublimación y no podría ser ella misma el resultado de un proceso de sublimación. De una disposición original del hombre al amor, se vuelve compresible la sublimación, solamente un Yo que tiende a un Tú puede integrar el propio Ello.

La Psicología Individual perdía de vista algo así como una aspiración a hacerse valer “moralmente“, que no se contenta con los honores terrenales, sino que busca eternizarse.

Hasta ahora la Psicoterapia no nos ha dejado ver debidamente la realidad espiritual del hombre. El Psicoanálisis contempla la realidad anímica bajo la categoría de la casualidad, la Psicología Individual se halla dominada por la categoría de la finalidad y ofrece con respecto al Psicoanálisis un desarrollo superior de la Psicoterapia, un progreso en su historia. Habrá que añadir a la categoría del “tener que” (nacida de la causalidad) y a la del “querer” (finalidad anímica), una categoría nueva la del “deber”. Las palabras de Goethe podrían grabarse quizá al frente de toda Psicoterapia: “si tomamos a los hombres tal y como son, los haremos peores de lo que son. En cambio, si los tratamos como si fuesen lo que deberían ser, los llevaremos allí donde tienen que ser llevados.

La meta que el Psicoanálisis se traza consiste en lograr un compromiso, una transacción, entre las pretensiones de su inconsciente, de una parte, y las exigencias de la realidad, de otra. Se esfuerza por adaptar al individuo y sus instintos al mundo exterior, por reconciliarlos con la realidad, la cual reclama la renuncia a lo instintivo.

La meta que la Psicología Individual persigue, es más ambiciosa. persigue una ambiciosa conformación de la realidad, frente al que “tiene que ser” impuesto por el Ello, afirma y destaca el querer por parte del Yo.

A las categorías de “adaptación” y “conformación” se añade, si es que queremos obtener una imagen adecuada de la íntegra realidad humana, somática, psíquica y espiritual; única imagen que no permitiría hacia esa su realidad auténtica; la categoría de la “consumación”.

Entre la conformación de la vida exterior y la consumación interior de una persona media, hay una diferencia; la conformación de la vida es una magnitud vectorial: tiene dirección o sentido, se endereza a la posibilidad de valor reservada a cada individuo humano y en torno a cuya realización gira la vida.

Se trata de una Psicoterapia que arranca de lo espiritual, para dar un paso más allá de lo psicógeno y remontándose por encima de la dinámica efectiva de la neurosis, al hombre en sus angustias espirituales.

El Vacío Existencial y la Neurosis Noógena

La tarea del médico de ayudar al paciente a llegar a una visión de los valores y del mundo (que sea la propia del paciente), es más apremiante en la época actual, por cuanto que alrededor del 20% de las neurosis están condicionadas y causadas por un sentimiento de carencia de sentido, que denomina Vacío Existencial.

A diferencia del animal, el hombre no le dice un instinto lo que tiene que hacer, y hoy en día no hay tradición alguna, que le diga lo que debe hacer, pronto no sabrá que quiere y estará dispuesto a hacer lo que otros hacen (conformismo) o lo que otros quieren que haga (totalitarismo).

Hay pacientes que acuden al psiquiatra porque dudan del sentido de su vida, o porque desesperan de hallarlo, aquí la Logoterapia habla de Frustración Existencial. En sí y por sí misma no tiene nada de patológico. Freud dice: “en el momento en que uno se pregunta por el sentido y le valor de la vida, está enfermo ....”

Muchos se quejan de que les falta una tarea especial en la vida una actividad en la que pudieran hacer una contribución única e insustituible. Están buscando una vocación y valores personales que los sostengan. Se puede hablar de Neurosis Noógena y la Logoterapia se presenta como su tratamiento específico.

En la medida en que se pueda hablar de neurosis, nos enfrentamos a un tipo nuevo de neurosis, que denominamos en la Logoterapia, neurosis Noógena.

Si lo que hay es una neurosis Noógena, la Logoterapia se presenta como su tratamiento específico; pero si, a pesar de que uno u otro médico la indique, es rechazada, entonces cabe la sospecha de que el rechazo se debe a la angustia de enfrentarse al propio Vacío Existencial.

Hace siglos que la humanidad logró llegar a la fe en un sólo Dios, al monoteísmo; pero el conocimiento de que somos una sola humanidad = monantropismo es la unidad que va más allá de toda diversidad, sea el color de la piel, etc.

La Superación del Psicologismo

Lo que hace falta es saber hablar y responder a nuestros enfermos, que aprendamos a entrar en la discusión, a afrontar la lucha con los medios adecuados, es decir con armas espirituales. Puede ser aconsejable proporcionar una especie de primeros auxilios, cuando se trata de casos en que los pacientes no sólo dudan del sentido de sus vidas, sino que están desesperados en peligro de cometer suicidio. En cuanto, los pacientes captan que lo que los oprime, es decir, captan su problemática a la luz de la razón; el desamparo de su alma se vuelve transparente, y se distancian emocionalmente de ella.

La Psicoterapia como se presenta es insuficiente frente a lo espiritual, y además, incompetente. Una creación espiritual es irreductible a lo psicológico, porque lo espiritual y lo anímico son magnitudes inconmensurables.

No existe una Psicoterapia de la concepción del mundo, sino, una Psicoterapia o psicopatología de quien profesa esa concepción del mundo, es decir, del hombre concreto cuya cabeza produce la concepción del mundo de que se trata, dando por descartado emitir un juicio acerca de la exactitud o falsedad de una concepción del mundo. Las categorías sano o enfermo, propias de esta disciplina, son aplicables exclusivamente al hombre no a su obra.

El fondo de estas cuestiones es el problema del psicologismo: método pseudocientífico consistente en deducir del origen psíquico de un acto la validez o falsedad de su contenido espiritual. Todo lo espiritual se rige por leyes propias. Las creaciones espirituales se hallan condicionadas de un modo o de otro, psicológica, biológica o sociológicamente , pero esto no quiere decir que se hallen “causadas”. Para Scheler, las diferencias caraterológicas y la individualidad íntegra de un hombre sólo se manifiestan en su imagen del universo en la medida en la que influyen sobre su opción, pero sin entrar a formar parte de su contenido. Esto nos permite comprender porque la persona tiene ésta manera de concebir el mundo, pero nunca “explicar” lo que de la plenitud del universo se nos ofrece.

La Psicoterapia no tiene competencia para entrar a discernir todos los problemas de concepción del mundo, puesto que la Psicopatología de lo “sano” y lo “enfermo” tiene que fracasar ante los problemas de contenido de verdad y a la validez o invalidez de una formación espiritual. Si la Psicoterapia se llevara por el afán de emitir juicios, caería en el error del Psicologismo. Esto debe ser superado dentro de la Psicoterapia mediante la Logoterapia, su misión es complementarla. La Logoterapia tiene legitimidad metodológica, sólo a condición de que renuncie a la deducción psicologista, con una crítica inadecuada, para permitir debates objetivos de la penuria espiritual de hombre que sufre psíquicamente. Ella no puede ni debe sustituir a la Psicoterapia , sino sólo complementarla. Se deben separar los componentes logoterapeúticos de los psicoterapeúticos, pero sin olvidar que ambos se combinan y forman una unidad de la acción médica. Lo anímico y espiritual del hombre sólo puede separarse en un sentido heurístico, ya que en la existencia humana como totalidad, se hallan inseparablemente entrelazados.

El error del psicologismo es que se desplaza constantemente entre lo anímico y lo espiritual.

El propósito y la incumbencia verdadera de la Logoterapia, consisten en evitar esto, dentro del campo de la acción psicoterapeútica, superando el psicologismo dentro de la Psicoterapia.

El Reduccionismo Genético y el Pandeterminismo Analítico

Hoy vivimos en una época de especialistas, y lo que nos ofrecen es perspectivas y aspectos particulares de la realidad y que son inconexos entre sí. Están los amplificadores que dicen todo en una línea, y los generalizadores que no se quedan en su propia línea sino que universalizan los resultados de sus investigaciones. El nihilismo se desenmascara cuando habla de la nada y se enmascara cuando usa la expresión “no es más que”.

Reduccionismo: procedimiento pseudocientífico por el que los fenómenos específicamente humanos quedan reducidos a fenómenos subhumanos; como un subhumanismo.

No habría nada que objetar contra un sano determinismo, a lo que debemos oponernos es el pandeterminismo: determinismo exagerado que acompaña un subjetivismo y relativismo no menos exagerado.

El hombre está determinado en condicionamientos biológicos, psicológicos, sociológicos, en realidad no es libre de algo, sino para algo; es libre para tomar una posición frente a todos sus condicionamientos, y es el pandeterminismo quien pasa por alto y olvida las posibilidades del hombre.

Imago Hominus

El hombre es unidad a pesar de la multiplicidad, porque hay una unidad antropológica a pesar de las diferencias ontológicas, a pesar de las diferencias entre las modalidades diferenciables del ser. La marca característica de la existencia humana es la coexistencia entre su unidad antropológica y sus diferencias ontológicas, entre la forma unitaria de ser que tiene el hombre y las modalidades diferenciables del ser. La existencia humana es una unitas multiplex (múltiple unidad).

La ontología dimensional tiene 2 leyes, de las cuales la 1º dice:

Si sacamos de su dimensión un objeto y lo proyectamos a diversas dimensiones que sean inferiores a su propia dimensión, toma figuras tales que se contradicen entre sí.

La 2º ley de la ontología dimensional dice:

Si sacamos de su dimensión (no uno sino) diversos objetos y los proyectamos en una sola dimensión, inferior a la dimensión original, se forman figuras que son ambiguas.

También el hombre, si lo reducimos sacándolo de su dimensión específicamente humana y lo proyectamos a los planos de la biología y la psicología, forma imágenes tales que se contradicen entre sí. La proyección sobre el plano biológico da fenómenos somáticos, mientras que la proyección sobre el plano psicológico da fenómenos psíquicos. A la luz de la ontología dimensional, esta contradicción no contradice la unidad del hombre.

Ser hombre significa estar orientado y dirigido a algo o a alguien, estar dedicado a un trabajo al que se enfrenta un hombre, a otro ser humano al que ama, o a Dios a quien sirve.

Toda patología requiere primero de una diagnosis, ser dia-gnos-ticada, mirada-a-través, referida al logos que se esconde tras el pathos, al sentido que tiene la enfermedad. Toda sintomatología tiene primero que ser diagnosticada, referida a una etiología, y en la medida en que la etiología es multidimensional, la sintomatología será también plurivalente.

II. Del Psicoanálisis al Análisis Existencial

A. Análisis Existencial General

1. El Sentido de la Vida

El Psicoanálisis tiende a tornar consciente lo psíquico. La Logoterapia torna consciente lo espiritual. Se la concibe como un análisis de la existencia, que se esfuerza por hacer que el hombre cobre conciencia de su responsabilidad. La cual significa siempre “responsabilidad ante un deber que puede se interpretado cuando partimos de un sentido concreto de la vida humana.

El Cuestionamiento del Sentido de la Vida

El problema del Sentido de la Vida, debe ser considerado como un problema verdaderamente humano; por lo tanto no debe interpretarse como un síntoma sino como algo que expresa lo más humano que tiene el hombre.

El problema del Sentido de la Vida, planteado de un modo radical, puede llegar a avasallar totalmente al individuo. Por lo general, suele darse en el período de la pubertad, o sea en el período en que el joven va madurando espiritualmente y lucha espiritualmente por ver claro el problema esencial de la existencia humana. El hombre es un ser histórico (por su historia de vida).

Strauss califica la existencia presentista como la deformación específica de la vida, que consiste en creer que se puede renunciar a toda orientación, a toda meta. A un comportamiento que no se basa en las enseñanzas del pasado , ni se orienta a las metas del futuro, sino que se contrae en el puro presente sin historia. El hombre se olvida de si mismo, de sus deberes, que el significado histórico-individual de su existencia le impone.

También puede plantearse el problema del Sentido de la Vida en ocasiones que el propio destino lo plantea. Se considera que la angustia espiritual tampoco representa algo patológico.

La Logoterapia guarda relación, por lo común con hombres que sufren espiritualmente, pero que no deben ser considerados como enfermos en el sentido clínico.

Se considera a la problemática espiritual como una aportación realizada ya sea por el paciente, o por una aportación que nosotros debemos ayudarle a hacer.

El Suprasentido

Debemos preguntarnos por el sentido de un acaecer parcial, nunca por el fin del acaecer universal. La categoría del “fin” es trascendente, puesto que se halla fuera de aquello que se tiene. Por lo que se considera al sentido total del universo bajo la forma de un concepto límite. Consideramos este sentido como “SUPRASENTIDO”, con lo que expresaríamos que el significado del todo no es captable, es más que captable.

Del mismo modo que un animal no puede, trascendiendo su medio, llegar a comprender nunca el mundo de los hombres que está por encima de él, el hombre no puede llegar nunca a comprender que es lo que está por encima de su mundo propio. Puede, a lo sumo, llegar a vislumbrarlo (por medio de la Fe).

¿Cómo podría el hombre llegar a saber cuál es el “fin último” de su vida, cuál es el sentido superior a que obedece el universo como un todo? Cuando Hartmann afirma que la libertad y la responsabilidad del hombre se hallan en contradicción con una finalidad oculta a sus ojos, pero superior a él, formula a nuestro entender una idea inexacta. El propio Hartmannn reconoce que la libertad del hombre es una “libertad a pesar de la dependencia”, en cuanta en que también la libertad espiritual se erige sobre las leyes de la naturaleza, en una “capa del ser” propia y superior, la cual, pese a la “dependencia” con respecto a éstas. Sería perfectamente concebible la existencia de una relación análoga entre el reino de la libertad humana y un reino sobrepuesto a él, de modo que el hombre pueda ser considerado como un ser libre en cuanto a su voluntad.

La fe en un sentido superior tiene importancia psicoterapeútica y psicohigiénica. La fe creadora hace al hombre más fuerte, como auténtica fe que es, nacida de una fortaleza interior. Para quien se hace fuerte en esta fe no existe nada carente de sentido. Por lo tanto, la historia interior de la vida del hombre nunca acaecerá en vano.

No se puede volver a traer el tiempo transcurrido, lo que ha ocurrido en el es intocable. Todo lo bueno y hermoso del pasado está guardado en él contra todo peligro. Toda culpa y todo mal es redimible mientras se está en vida. Por lo tanto, todo lo que le ocurra al hombre depende de su responsabilidad. La responsabilidad es aquello que nos hace responsables, aquello que rehuimos. Somos responsables de cada decisión para toda una eternidad; puesto que en todo momento estoy realizando una posibilidad o la estoy perdiendo.

El Principio del Placer y el Principio de la Nivelación

La vida no tiene mayor sentido que el placer, puesto que todas las acciones humanas obedecen al deseo de ser felices; de que todos los procesos anímicos se hallan gobernados por el Principio del Placer. El Principio de realidad no representa, en rigor, nada contrapuesto al Principio del Placer, sino que se limita a extender el campo de este mismo principio, a cuyo servicio está, en cuanto que constituye una mera “modificación” del Principio del Placer, que “ en el fondo quiere tomar también como fin el placer”.

En la realidad, el placer no constituye la meta de nuestras aspiraciones, sino que es la consecuencia de su realización. Existen ciertos estados o circunstancias en los que el placer puede constituir la meta de un acto de voluntad.

En general, el hombre no quiere el placer, sino que quiere “lo que quiere”, por lo tanto, si el placer fuese el real Sentido de la Vida, habría que llegar a la conclusión de que la vida carece de todo sentido. Por lo que el placer es sólo un estado; es un proceso que se desarrolla en la sustancia gris del cerebro.

La alegría puede dar sentido a la vida, si ella misma lo tiene. El sentido riguroso de la alegría se encuentra fuera de ella, apunta siempre hacia un objeto. La alegría es un sentimiento intencional, al contrario del simple placer. El hombre siente placer a causa “de algo”, mientras que la alegría se experimenta “por algo”. El concepto del modo de vida “presentista”, es el del hombre que se aferra precisamente al estado de placer, sin salir para nada al reino de los valores, que es lo único que puede acarrear verdadera “alegría” al hombre.

La fenomenología ha puesto de manifiesto que el carácter trascendente del objeto está dado, intrínsecamente, en cada acto intencional.

El valor trasciende el acto valorador que se dirige hacia él, de modo análogo al objeto de un acto cognoscitivo que también se halla fuera de ese acto. El carácter trascendente del objeto está dado (intrínsecamente) en cada acto intencional. En el conocimiento de un objeto como real va ya implícito el hecho de que reconozcamos su realidad con independencia de que lo conozcamos o no de hecho. Nuestra visión de los valores, al igual que nuestra visión del universo, no nos dejan ver más que un sector del mundo, un simple corte de él, lo que hace que nos encontremos, por tanto, vinculados a la perspectiva.

Todo deber le es dado al hombre de un modo concreto, en la concreción de lo que el hombre “debe hacer aquí y ahora”. Los valores absolutos y objetivos se convierten en deberes concretos.

Toda persona representa algo único, cada una de sus situaciones de vida algo singular, que se produce una sola vez. Estos dos caracteres, el de algo único y el de lo que se produce una sola vez, informan de un modo relativo, en cada caso, el deber concreto del hombre. Esto hace que cada hombre pueda tener un deber único en cada momento; pero esta unicidad es precisamente lo que presta a este deber su carácter absoluto. A cada punto de vista corresponde una sola perspectiva, que es precisamente la certera. Existe una justeza absoluta, no a pesar, sino precisamente a causa de la relatividad de la perspectiva.

Subjetivismo y Relativismo

El Sentido de la Vida es subjetivo, en cuanto no hay sentido para todos, sino que para cada uno hay un sentido diferente. Pero dicho sentido no puede ser mera expresión y mera reflexión de mi ser.

Y es relativo, es decir, está en relación con una persona y con una situación en que está metida y se encuentra una persona. Una persona tiene que captar y comprender el sentido de la situación, tiene que reconocerlo, sentirlo y comprobarlo, es decir, tiene que realizarlo.

El sentido de las cosas es también relativo a la situación, único e irrepetible, y esta unicidad de “lo uno que hace falta” constituye su transubjetividad: hace que el sentido nos sea dado aún cuando su percepción y su realización pueda depender de la subjetividad del conocimiento y de la conciencia del hombre. La fabilidad del conocimiento y de la conciencia del hombre no perjudica a la transubjetividad del ser entendido por el conocimiento del hombre ni a la del deber ser captado por el conocimiento humano.

La conciencia (capacidad intuitiva de percibir el sentido único e irrepetible que está escondido en cada situación) es uno de los fenómenos específicamente humanos. Es un órgano que percibe el sentido. Al estar, la conciencia, sometida a la condición humana, podemos decir que ésta puede hacer que se equivoque el hombre. Para cada pregunta que se haga el hombre hay solamente una respuesta; por lo que el hombre “debe encontrar el sentido” y no inventarlo.

Aunque el sentido está ligado a una situación única e irrepetible, hay además universales en el mundo de sentido y esas amplias posibilidades de sentido es lo que llamamos valores. El descargo de conciencia que experiemente el hombre al referirse a valores de validez más o menos universal, a principios morales y éticos que se han cristalizado a lo largo de la historia de la sociedad humana y a partir de ella, ese descargo lo tiene al precio de verse envuelto en conflictos. El carácter conflictivo es más bien intrínseco a los valores, que, en contraste en el carácter siempre único e irrepetible del sentido concreto de las situaciones, los valores son por definición, universales abstractos del reino de los sentidos.

Las Tres Categorías de Valores

No existen solamente los valores realizables por medio de los actos de creación, los “valores creadores”, también existen los valores que se alcanzan por medio de la vida misma, los “valores vivenciales”.

En la vida del hombre son los puntos culminantes los que deciden en cuanto a su sentido, y un instante por más fugaz que sea puede proyectar retrospectivamente un sentido sobre la vida entera.

También existen los valores de actitud, lo que importa es la actitud que el hombre adopte ante un destino irremisible. Lo importante es como el hombre lo soporta. Se trata de actitudes humanas como el valor ante el sufrimiento, o como la dignidad frente al fracaso.

La posibilidad de llegar a realizar esta clase de valores se da siempre que un hombre se enfrenta con un destino que no le deja otra opción que la de afrontarlo; lo que importa es como lo soporta, como carga con él como con una cruz. Se trata de actitudes humanas como el valor ante el sufrimiento, o como la dignidad frente a la ruina o el fracaso.

La vida del hombre no puede carecer nunca de sentido: la vida del hombre conserva su sentido hasta el aliento final.

Mientras el hombre es un ser-consciente, es también un ser-responsable. El ser-hombre equivale a ser-consciente y a ser-responsable. Mientras el hombre conserva la conciencia, sigue siendo responsable frente a los valores de la vida.

La Eutanasia

El morir de un hombre siempre forma parte substancial de su vivir y cierra su vida como una totalidad de sentido.

Se piensa (desde el punto de vista de la Logoterapia) que el médico no es el llamado a juzgar acerca del valor o carencia de valor de una vida humana. La misión del médico, o sea, su deber incondicional es salvar la vida del hombre.

El Suicidio

Se considera suicidio - balance: cuando el hombre toma la decisión de quitarse la vida en base a un balance al que somete su vida entera.

El suicidio no tiene nunca justificación moral, puesto que lo incapacita para reparar de una u otra manera el mal causado a otro. Con lo cual el suicidio perpetua lo pasado, en vez de borrar del mundo una desventura ocurrida. Lo que borra del mundo es el yo.

La vida como misión

Si queremos ayudar a un paciente a convertirse en un agente no debemos limitarnos a hacer que experimente su existir como un ser responsable frente a las posibilidades de realización de los valores; y hacerle ver que la misión de cuyo cumplimiento se le hace responsable es siempre una misión específica.

El carácter específico de la misión es doble: la misión no sólo cambia de unos individuos a otros, con arreglo al carácter peculiar - insustituible de cada persona, sino que cambia también de hora a hora a tenor del carácter singular - irrepetible de cada situación.

Además del carácter singular y peculiar posee un valor constitutivo en cuanto al sentido de la existencia humana.

Lo más importante es ayudarlo al paciente a encontrar el camino hacia el cumplimiento de su propia misión y avanzar resueltamente hacia el sentido de su vida, con lo que tiene de singular y peculiar.

La misión que el hombre tiene que cumplir en la vida existe siempre, necesariamente, susceptible de ser cumplida. Lo importante para el Análisis Existencial es que el hombre sienta y viva su responsabilidad en cuanto al cumplimiento de todas y cada una de sus misiones, tal como en cada caso se le planteen, cuanto mejor comprenda el carácter de misión que la vida tiene, tanto mayor sentido tendrá su vida para él.

El Principio homeostático y la dinámica existencial

En la práctica, la Logoterapia trata de llegar a una confrontación de la existencia con el logos. En la teoría, parte de una motivación de la existencia por el logos.

En la Neurología y Psiquiatría fue Kurt Goldstein quien logró demostrar que el principio de la “reducción de la tensión”, en el que se han apoyado las hipótesis psicoanalíticas y psicodinámicas constituye un principio patológico; el hombre debe más bien soportar las tensiones y orientarlas a los valores, y no deshacerse de ellos.

Nosotros opinamos que una de las características esenciales del ser humano es estar en el campo polarizado de tensiones entre el ser y el deber ser, estar en la presencia del sentido y de los valores, ser objeto de sus exigencias.

La dinámica que se establece se denomina en la Logoterapia: Noodinámica, para diferenciarla de toda psicodinámica. De esta se distingue el 1º lugar porque constituye una situación de libertad y al mismo tiempo que me impulsan los instintos, me atraen los valores, puedo decidir por una o por otra cosa.

Allport explica: “Siempre hay una brecha saludable entre el yo y el yo ideal, entre la existencia presente y la aspiración. En cambio, una satisfacción demasiado grande indica patología”. Por esta razón, los autores estadounidenses certifican que la orientación del hombre al sentido debe considerarse como medida de salud anímica.

Freud había presentado el aparato anímico como algo cuya “intención” consistía en “dominar” y finiquitar la multitud de estímulos y la fuerza de las imitaciones que se le presentan desde fuera y desde dentro, y los arquetipos de Jung están concebidos de manera homeostática y nos presenta al hombre como alguien cuyas tendencias van hacia la realización de posibilidades que están preformadas arquetípicamente, y a cuya tendencia sirve de base la intención de escapar del aguijón de arquetipos cuya fuerza todavía no se ha agotado y todavía y de evitar las tensiones provocadas por ellos.

Así como el Psicoanálisis destacó la voluntad de placer bajo la forma de Principio del Placer, la Psicología Individual pone en relieve la voluntad de poder bajo la forma la llamada tendencia a la propia valía.

En el sistema cerrado de un aparato anímico dominado por el Principio del Placer, no hay ningún lugar para lo que nosotros llamamos Voluntad de Sentido, que ordena y orienta al hombre hacia el mundo. El que hablemos de la Voluntad de Sentido y no de la “propensión al sentido” significa que no se debe perder de vista el hecho de la intención (primordialmente) directa, al sentido, es decir del hecho de que lo que le importa al hombre en 1º y último término es el sentido y solamente el sentido: porque si se tratara de una propensión o impulso, entonces el hombre realizaría el sentido exclusivamente para deshacerse del aguijón del impulso y recuperar su equilibrio. Pero ya no estaría actuando por el sentido, y nuestra teoría de la motivación vendría a reducirse de nuevo al Principio de la Homeostasis.

El psicólogo existencialista, Rollo May, afirma que el Psicoanálisis se hace cómplice de la tendencia del paciente a la pasividad y lo induce a que ya no se conciba a si mismo como el único responsable de sus dificultades; y el enfoque existencialista pone de nuevo la decisión y la voluntad en el centro del cuadro.

Hoy debe interpretarse la idea de una Voluntad de Sentido como una apelación a la voluntad, a la fe, al amor y la esperanza no se pueden manipular ni fabricar. Se sustraen incluso a la intervención de la propia voluntad. No puedo querer creer, no puedo querer amar, no puedo querer esperar y, ante todo, no puedo querer querer. Resulta ocioso exigirle a un hombre que “quiera el sentido”. Apelar a la Voluntad de Sentido significa hacer que resplandezca el sentido y dejarle a la voluntad quererlo o no.

Charlotte Böhler sostiene: “Al presente hay dos concepciones de las tendencias básicas de la vida, la 1º es la teoría psicoanalítica, según la cual la única tendencia fundamental de la vida es la doctrina de la autorrealización como fin último de la vida. Pero sólo en la medida en que el hombre cumpla el sentido se está realizando a sí mismo. La autorrealización se presenta después por si misma, como efecto de haber cumplido el sentido, y no como su fin. Solamente la existencia que se trasciende a sí misma puede autorrealizarse. Corresponde a la esencia del hombre el estar subordinado, ordenado o dirigido a algo o a alguien, a una idea o a una persona.

En mi opinión, el motivo oculto que está detrás de ambas teorías tiende a reducir todas las tendencias provocadas por la brecha entre lo que es un hombre y lo que quiere llegar a ser, entre la realidad y aquellos ideales que todavía faltan realizar; o la tensión entre la existencia y la esencia, entre el ser y el sentido.

Nosotros sabemos que esa tensión se basa en la esencia del hombre y es un parte constitutiva del ser hombre. Por ello, es también condición inalienable del estar sano del alma.

En un ser finito como el hombre la existencia y la esencia no pueden ni deben coincidir y ser congruentes; por el contrario, el sentido debe siempre preceder al ser, porque sólo así puede el sentido ser aquello que es su propio sentido ; marcapaso del ser. La existencia se desploma y se viene abajo cuando no se trasciende a sí misma, cuando no sale de sí misma para alcanzar algo que está más allá de ella.

Una vez captada esta dinámica existencial podemos distinguir entre dos clases de hombres: marcapasos y pacificadores, los marcapasos nos confrontan con los valores y el sentido, nos lo ofrecen a nuestra Voluntad de Sentido. Los pacificadores tratan de descargarnos del peso de cualquier confrontación con el sentido.

Lo que realmente necesita el hombre es una cierta, una saludable dosis de tensión: como sería esa tensión dosificada que es provocada por la exigencia y la apelación del hombre por el sentido.

Sólo que en una sociedad de bienestar y abundancia se presenta menos tensión que en las épocas de dificultad; y cuando se reduce la tensión del hombre, este crea tensión, sea dedicación al deporte, sea aventurándose en formas menos sanas, como los jóvenes que provocan a la policía, cometen toda suerte de imprudencias en automóviles o motocicletas, o se entregan a manías que los ponen en peligro.

La necesidad de sentido en el hombre puede localizarse hasta en los fundamentos biológicos de su existencia. Volviendo al espacio de los fenómenos específicamente humanos, el tema principal de la Logoterapia, que tiende un puente entre las significaciones del logos, espíritu y sentido, suena como una fuga musical: el espíritu necesita del sentido, el nous necesita del nous y la enfermedad noógena necesita un tratamiento logoterapeútico.

Pero al lado de las neurosis noógenas, no sólo están las psicógenas, sino también las pseudoneurosis somatógenas como: agorafobias, claustrofobias, síntomas de despersonalización o el síndrome psicodinámico. No se puede decir que la Logoterapia sea espiritualista en su teoría y moralista en su práctica, esto se podría decir de la medicina psicosomática.

De ninguna manera es el cuerpo del hombre el espejo fiel de su espíritu; eso se podía decir de un cuerpo “transfigurado”. Pero el cuerpo del hombre caído, si es un espejo, es un espejo roto, que desfigura. Es verdad que toda enfermedad tiene su sentido que está en el cómo de sufrirla, en la actitud que toma el enfermo frente a ella, en la posición con que dialoga con la enfermedad.

La Logoterapia no es moralista en su práctica, porque el sentido no se puede recetar. El médico no le puede dar a la vida del paciente un sentido, el sentido tiene que ser encontrado. La Logoterapia no juzga sobre el sentido o falta de sentido, sobre el valor o la ausencia de valor, porque no fue la Logoterapia sino la serpiente la que prometió al hombre que iba a hacer “como Dios, conocedor del bien y del mal”.

El sentido de la Muerte

En el intento de dar una respuesta a la cuestión de la vida, el hombre se ve remitido a sí mismo como aquel a quien la vida le pregunta y que tiene que responder y ser responsable ante ella. Se ve remitido al hecho primigenio de que la existencia es ser-consciente y ser-responsable. En el Análisis de la Existencia la responsabilidad es algo que brota del carácter concreto de la persona y la situación y surge con esta concreción misma. La responsabilidad crece con el carácter peculiar de la persona y con el hecho de que la situación es siempre singular e irrepetible.

En estos dos aspectos esenciales de su existencia se manifiesta el carácter finito del hombre, esta finitud tiene que representar algo que de una sentido a la existencia humana, en vez de quitárselo.

Viviendo con la presencia de la muerte como límite infranqueable de nuestro futuro y nuestras posibilidades, nos vemos obligados a aprovechar el tiempo de la vida de que disponemos, la finitud, la temporalidad es una característica esencial de la existencia humana, un factor constitutivo del Sentido de la Vida.

Al comienzo, la vida es sustancia, sustancia aún no consumida, a medida que discurre va perdiendo la sustancia, para convertirse poco a poco en función, hasta que sólo consiste en acciones, vivencias y los sufrimientos que su portados a ido acumulando. Otro tanto podemos decir de la vida, en cuanto que carácter material originario va viéndose relegado a un 2º plano y por último se trueca en forma pura. El hombre elabora la materia que el destino le brinda, para convertir su vida en valores de creación, vivencia o de actitud.

La vida no puede ser nunca un fin en sí misma, y la propagación de la vida no puede ser concebida, como el sentido propio de esta. Lejos de ello, recibe su sentido por obra de otros factores: espirituales, morales, estéticos, etc. Estos factores representan un momento trascendente. La vida no trasciende de sí misma “en longitud” sino en “profundidad”.

Sociedad y Masa

La peculiaridad de cada hombre es la coexistencia de los individuos. Así como la muerte no priva de sentido la vida, así la limitación interior del hombre, sirve para dar sentido a su vida. Si todos los hombres fueran perfectos, todos serían iguales entre sí, cada individuo podría reemplazarse por otro sustituto cualquiera. La imperfección es la que determina que cada individuo sea indispensable o insustituible.

No sólo la existencia Individual necesita de la comunidad para cobrar un sentido, sino que, la comunidad necesita también de la existencia Individual para significar algo.

La peculiaridad de la existencia humana descansa sobre un fundamento ontológico. No en vano la existencia personal representa una forma especial de ser. Ser persona quiere decir ser-otro absolutamente.

La verdadera comunidad es una comunidad de personas responsables, mientras que la simple masa no es sino la suma de entes despesonalizados.

Al perderse en la masa, el hombre pierde su cualidad más propia y peculiar: la responsabilidad. En cambio, mediante la entrega a la misión que la comunidad le impone, el hombre gana una suma de responsabilidad adicional.

El huir hacia la masa equivale, por parte de la persona, a huir de su responsabilidad individual que es el móvil del colectivismo. La verdadera comunidad es una comunidad de personas responsables, mientras que la simple masa no es más que la suma de los despersonalizados.

Libertad y Responsabilidad

La responsabilidad del hombre es encuadrada dentro del carácter peculiar y singular de la existencia, como algo único y que sólo se vive una vez, el existir humanamente consiste en ser-responsable a la vista de la finitud. Hemos dicho que el carácter singular la vida lo lleva consigo respecto a toda situación; la peculiaridad de la vida la lleva también consigo la peculiaridad de todo destino. Podemos decir que el destino también es parte constitutiva de la vida. El hombre no puede salirse nunca de nuevo: del marco general e irrepetible de su destino. Si maldice su destino es porque no llega a comprender el sentido de su destino. Dentro del marco de su destino cada hombre es insustituible. Es lo que hace que el hombre sea responsable de la conformación de su destino. Su destino no se repite. Nadie vendrá al mundo con sus mismas posibilidades que él, ni el mismo volverá a tenerlas.

La libertad sin destino es imposible; la libertad sólo puede ser libertad frente a su destino, un comportarse con el destino. El hombre es libre y se halla frente a una muchedumbre de vínculos. Pero estos vínculos son propiamente el punto de apoyo de su libertad. El hombre se define como un ser que va liberándose en cada caso de aquello que lo determina (como tipo biológico, psicológico y sociológico); es decir, como un ser que va trascendiendo todas estas determinaciones al superarlas o conformarlas, pero también a medida que va sometiéndose a ellas.

Esta paradoja define el carácter dialéctico del hombre, uno de cuyos rasgos esenciales es el permanecer perennemente abierto y problemático para sí mismo: su realidad es siempre una posibilidad y su ser un poder. El hombre no se agota nunca en su facticidad. Ser hombre no consiste en los hechos sino en las posibilidades.

La existencia humana es ser responsable, porque es ser libre. Es un ser que decide cada vez lo que es: un “ser-que-decide”. Es Existencia (Dasein, da-sein; “ser ahí”, ser concretamente “aquí y ahora”), y no está siendo simplemente, como una cosa. Lo que caracteriza su Existencia como tal es la multiplicidad de posibilidades distintas, de las que su ser sólo realiza una en cada caso. El hombre que es Existencia tiene en cada caso la posibilidad de destruirse así mismo, de extinguirse por su propia voluntad.

Si todo ser es un ser-otro, deberemos emplear ahora esta fórmula: el ser-hombre no significa solamente ser-otro, sino también poder ser-otro.

A la libertad se contrapone el destino. Llamamos destino a lo que se sustrae esencialmente a la libertad del hombre, lo que no se halla en su padecer ni es de ello responsable. Sin que olvidemos que toda libertad humana implica siempre un destino, en cuanto que sólo puede desplegarse en él, contando con él.

Del destino forma parte todo lo pasado, pues es algo incambiable. El factum (lo hecho, devenido, pasado), es no sólo factum, sino fatum, el hado o fatalidad. A pesar de lo cual podemos afirmar que, el hombre es todavía libre frente a su pasado, su destino. El pasado hace compresible al presente, pero no hay derecho a que el futuro se determine exclusivamente partiendo de él. El hombre es libre de situarse ante el pasado en una actitud fatalista o aprender de él.

La inmutabilidad del pasado, convertido en destino, provoca a la libertad: el destino tiene que ser siempre un acicate para la acción responsable del hombre, ya que se enfrenta siempre a la vida como un ser que escoge en cada momento posibilidades, desplazándola siempre mediante su realización al reino de lo pasado poniéndola a buen recaudo. Lo pasado queda en el mundo del pasado y queda no a pesar de ser pasado, sino precisamente porque lo es. El pasado le salva de ser pasajero, lo pasajero son las posibilidades: lo que se halla a salvo de ser-pasajero es lo ya asumpto en el pasado, la realidad salvada por ser-pasado. El instante se trueca en eternidad cuando se logra trocar las posibilidades que el presente alberga en aquellas realidades albergadas en el pasado para toda una eternidad.

La capacidad de oposición del espíritu

El destino se presenta al hombre en tres formas: 1) como sus disposiciones, lo que Tandler llama “fatalidad somática del hombre”; 2) como su “situación”, como la totalidad de las circunstancias suyas de cada momento. Las disposiciones y la situación integran “la posición” de un hombre. Y esta actitud es libre. Prueba de ello es que existe la posibilidad de dar un viraje en la vida, cambiando de posición en ella o ante ella. Del cambio de posición forma parte, por ej.: todo lo que llamamos educación, posteducación y autoeducación, también la psicoterapia y fenómenos como el de la conversión.

Las disposiciones representan el destino biológico del hombre mientras que la situación representa su destino sociológico. Hay que añadir su destino psicológico, entendiendo por tal la actitud psíquica del hombre, en cuanto no es libre ni entraña una libre actitud espiritual. Examinaremos como estos interfieren con la libertad humana:

  • El destino biológico

Fijémonos en aquellas circunstancias en las que el hombre se enfrenta con el destino biológico y nos veremos frente al problema del radio de acción de la libertad humana frente al acaecer orgánico, del poder de penetración de su libre albedrío en el campo de lo fisiológico.

Lo que caracteriza la vida del hombre es la eterna lucha entre su libertad espiritual y su destino interior y exterior.

El destino biológico constituye el material que la libertad espiritual tiene que encargarse de plasmar y conformar en cada caso. Tal es, visto desde el hombre, su sentido último. Continuamente nos encontramos con personas que han logrado de manera ejemplar superar los entorpecimientos y limitaciones originarios a su libertad desde el lado biológico, vencer las dificultades con que en un principio tropezaba el desarrollo de su espíritu.

  • El destino psicológico

Entendiendo por tal el conjunto de aquellos factores anímicos que se interponen ante la acción de la libertad espiritual.

Mientras una persona comete el error de empeñarse en creer, antes de intentar algo, que el intento está condenado necesariamente al fracaso y se aferre a tal creencia, es evidente que fracasará en lo que se proponga; porque nadie gusta de quitarse la razón, no siquiera ante sí mismo.

El fatalismo neurótico invoca también lo que ha “hecho” de él, en su infancia, las influencias de la educación y el medio, hasta el punto de convertirse para él en un destino, etc. Se trata, simplemente, de tentativas para excusar la debilidad de carácter.

Los defectos de la educación no deberán invocarse como una disculpa, sino corregirse mediante la autoeducación de quien los padece.

El fatalismo neurótico constituye un huir de la responsabilidad para refugiarse en lo típico, en la naturaleza aparentemente fatal del hecho de pertenecer a un tipo humano.

En muchos casos de enfermedades mentales, como mejor se logra la posible libre actitud espiritual ante ellas es en la forma de una reconciliación con el destino que la enfermedad presenta. Quien sabe aceptar pacientemente los estados patológicos a que se ve inevitablemente sujeto puede ignorarlos con mayor facilidad y está en mejores condiciones para sobreponerse a ellos.

  • El destino sociológico

El individuo aparece siempre ante nosotros dentro de una trama social. Se halla sujeto, desde dos puntos de vista, a la acción de la comunidad; de una parte, su vida está condicionada por el organismo social en su conjunto, de otra, se le educa simultáneamente con vistas a este organismo social. Podemos hablar de la causalidad social que actúa sobre el individuo y de su finalidad social. La causalidad, no determina nunca totalmente al individuo y, no lo despojan de su libertad. Lejos de ello, tienen que pasar por una zona de libertad individual, antes de poder manifestarse en el individuo mismo y en su conducta. Por donde el hombre conserva frente a su destino social un margen libre de posibilidad de decisión.

Pasando ahora a lo que llamamos finalidad social, debemos referirnos al error en que la Psicología Individual incurre en el campo de la Psicoterapia: a la equivocada concepción según la cual toda conducta valiosa del hombre no es sino una conducta socialmente correcta. Esto sólo puede conducir a un empobrecimiento de los valores de la existencia humana. No resulta difícil demostrar que existen en el mundo de los valores reservas individuales, en el sentido de valores cuya realización puede incluso y puede llevarse a cabo más allá de toda comunidad humana e independientemente de ella.

La plenitud de valores que brindan al individuo es independiente del hecho de que la comunidad puede beneficiarse de ella.

Debemos dirigir la mirada hacia lo social, como verdadero destino, es decir, como algo más o menos inmutable o ininfluenciable, como algo que escapa a la voluntad humana y la reta a combate.

Psicología del campo de concentración

En los campos de concentración se deformaba la existencia del hombre, y quien la observaba desde adentro como un recluido más tenía afeitado su juicio desde el punto de vista psicológico y moral, mientras que el observador de afuera conservaba la distancia necesaria, pero apenas podía sentir lo que los de adentro sentían.

Una serie de especialistas, psicopatólogos y psicoterapeutas suministraron material de sus observaciones, vivencias y experiencias en los campos, concordando en lo esencial, el resultado de las mismas.

Tres fases se distinguen en las reacciones observadas en los individuos recluidos en los campos:

La fase de su entrada en el campo, que se caracteriza por el llamado “choque de entrada”; esta forma de reacción es un medio no habitual, anormal, no presenta psicológicamente nada de nuevo o de extraordinario. El recluso recién ingresado que es despojado de todas sus cosas, echa una raya entre su ida anterior y la que ahora comienza. Sus impresiones lo conmueven o sublevan hasta el máximo, algunos se suicidan contra las alambradas de alta tensión, etc.

Va cediendo la etapa anterior y comienza una etapa: la de su verdadera vida en el campo, que da paso a una profunda apatía, ella es un mecanismo con que se rodea el alma y se protege a sí misma, es un fenómeno anímico de adaptación al medio en que vive y lo que ocurre dentro de él, sólo llega a su conciencia de un modo apagado, así la vida afectiva va descendiendo hasta un bajísimo nivel; algunos observadores psicoanalíticos lo consideran como una regresión al primitivismo. Sus intereses se concentran en las necesidades más elementales, sus aspiraciones se condensan en sobrevivir un día más y todo lo que trascienda a la conservación vital es un lujo, los únicos intereses que sobreviven son los políticos y religiosos. El primitivismo de su vida interior se expresa en sus sueños: sueñan con pan, cigarrillos, baños calientes, etc. Ansían pasar esa denigrante situación que los hace pensar en comer.

La vida en el campo conduce al primitivismo, a la subalimentación; que hace que los deseo y pensamientos giren en torno al instinto de nutrición y que provoque desinterés por todos los temas sexuales de conversación (en los campos de concentración escasean las obscenidades). E. Utitz interpreta los cambios típicos de carácter en los reclusos, pues cree observar un desplazamiento del tipo de carácter ciclotímico al esquizotímico. Advirtió que además de la apatía había irritabilidad; y que estos dos estados afectivos combinados, corresponden al temperamento esquizotímico estudiado por Kretschmer; esto se debe a que la alimentación que recibían, las hacía apáticos, y la falta crónica de sueño, irritables. A ello se le sumo la imposibilidad de recurrir a los dos alcaloides de la civilización normal, que tienden a mitigar en algunos casos la apatía o la irritabilidad: la cafeína y la nicotina; pues se prohibió en los campos el café y el tabaco.

A estos factores fisiológicos, sobre los que descansaban los cambios de carácter, se le suma un factor de orden psíquico: la mayoría padecían de ciertos complejos como los de inferioridad; ya que todos ellos habían sido “alguien”, y en el campo de concentración eran tratados peor que un “don nadie”, había una minoría de arribistas, que eran los capos, que tenían un “delirio de cesarismo en miniatura”, y cuya caracteriología negativa provocaba choques con la gentes desclasadas, provocándoles un estado de irritabilidad.

Todo esto indica que al hambre debe considerársele, espiritualmente, como responsable de lo que, desde un punto de vista psíquico, le acaece, en este caso, de lo que hace de él un campo de concentración. Pues incluso dentro de un campo tan estrecho y confinado como ese, pese a todas las restricciones sociales impuestas a su libertad personal; el hombre sigue siendo dueño de su libertad para estructurar su existencia de un modo o de otro, dentro de las condiciones en que vive. Así, el hombre, en situaciones tan tremendas, puede afirmar su personalidad. Se demostró que en todos los casos en que los reclusos sucumbían ante el miedo, plasmador del carácter, es porque de antemano sucumbieron en su actitud espiritual. No se perdió la libertad de adoptar una actitud, sino que se renunció a luchar: nadie podría despojarle, hasta exhalar el último aliento, de la libertad de comportarse de tal o cual modo ante su destino. También en todos los campos de concentración había gente que sabía dominar su apatía e irritabilidad, eran hombres admirables que con abnegación y sacrificio de sí mismos, recorrían los campos pronunciando una palabra de consuelo, aquí; o para entregar su último bocado a un camarada, allá.

Por esto, los síntomas neuróticos son, en cada caso, no sólo una consecuencia de algo somático y expresión de algo psíquico; sino también un modo de la Existencia (aspecto decisivo de esta): los cambios de estado fisiológico, y la expresión de hechos psicológicos son algo más: una actitud espiritual. Su libertad siempre estuvo a su alcance, a pesar de que rara vez hiciera uso de ella. Se entregaban y dejaban arrastrar por las influencias somato-psíquicas del medio, porque y cuando perdían su punto de ayuda espiritual.

Para Utitz, la Existencia de los recluidos es “previsional”, pero ella va más allá, es una Existencia provisional sin plazo, es una incertidumbre en cuanto al fin; ninguno de los reclusos sabía, ni podía saber cuanto tiempo pasaría allí, esto suscita en los reclusos, un sentimiento de reclusión ilimitada, por no ser delimitables, y además experimentaban que sus vidas carecían de futuro, de mañana; la vivían como un pasado, como una vida concluida, como la de un muerto. La vida de aquellos “cadáveres vivientes” se tornaba retrospectiva, con los detalles de su existencia pretérita.

El hombre no puede llevar una existencia sin un punto fijo, en el horizonte del porvenir, pues es el que le da forma a su presente, ya que sino, la vida se convierte en un vegetar y se llena con un sentimiento de vacío y de falta de sentido.

La palabra latina finis tiene dos acepciones: la del término y la de la meta. Cuando al hombre no le es posible preveer, no puede trazar ninguna meta, ni misión; la vida pierde significación; pero cuando la mirada se dirige a un fin o meta, el hombre puede fortalecerse en ese punto de apoyo espiritual, esto es lo que necesitaron los recluidos en los campos; pues es el único medio capaz de librar al hombre de capitular ante los poderes del medio social, que imprimen el tipo caracterológico y lo llevan a sucumbir.

El hundimiento psíquico, por falta de un punto espiritual de apoyo, el entregarse a una apatía total, era un fenómeno conocido y temido en los campos, pues constituía un proceso tan rápido, que en pocos días podía conducir y conducía a la catástrofe; nada los sacaba de su apatía, ni los más terrible castigos, eran seres embotados e indiferentes a todo, se jugaban la vida.

El estado de inmunidad del organismo depende de la situación afectiva del individuo y de cosas como el deseo de vivir o el cansancio de la vida, como consecuencia de un desengaño cualquiera; y si se ha sufrido un desengaño, ello puede determinar el derrumbamiento de las fuerzas defensivas de su organismo.

El recluso liberado del campo, requiere también ciertos cuidados psíquicos, la liberación, la súbita salida que descarga al hombre de la presión psíquica, representa, desde lo psicológico, un peligro. Esta contrapartida psíquica de la enfermedad, se conoce como “enfermedad de Caisson”. Es esta la tercera fase: que es la que sigue a su licenciamiento o liberación: al principio todo le parece un hermoso sueño, no se atreve a creer en lo que ve, recuerda las desilusiones amargas, el recluso libre, no cree en la libertad de lo que lo rodea, se siente aún dominado por un sentimiento de despersonalización. No acierta a gozar, no vivir, no disfrutar; necesita hacer de nuevo, el aprendizaje de la vida.

2. El Sentido del Dolor

El problema del Sentido de la Vida, distingue tres posibles categorías de valores: de creación, vivenciales y de actitud. La primera categoría se realiza a través de los actos, la segunda mediante la acogida pasiva del universo por el yo. La tercera se realiza cuando se admite tal algo irremisible, fatal como el destino. Con arreglo al modo con que cada uno lo acepta, se abre una muchedumbre de posibilidades de valor, lo que significa que la vida del hombre, no se colma solamente creando y gozando, sino también sufriendo.

Las cosas conservan su sentido, más allá del éxito o del fracaso, independientemente de todo lo que sea resultado. No es el sacrificio de la propia vida lo que da a esta un sentido, sino que la vida puede llegar a su colmo, en su propio fracaso.

La falta de éxito no significa falta de sentido. La plenitud de dolor no significa el vacío de la vida, pues el hombre madura en el dolor y crece en él y da más de lo que pueden dar los éxitos.

El hombre realiza en el sufrimiento los valores de actitud ante la vida. El debatirse del hombre con lo que el destino pone ante él, es la misión más allá y verdadera finalidad del sufrimiento. Mientras se sufre un estado de cosas que no debieran ser, surge tensión entre lo que de hecho es y lo que se cree que debe ser. El sufrimiento crea en el hombre una tensión fecunda y revolucionaria haciéndole sentir como tal lo que no debe ser. A medida que se identifica, con la realidad, elimina la distancia que le separa de ella, y con la distancia, la fecunda tensión entre el ser y el deber ser.

En la historia interior del hombre, las emociones del duelo y el arrepentimiento, que son inútiles, tienen su sentido. Cuando se llora por un ser amado que se ha perdido es como si ese ser siguiese viviendo en quien lo llora; y el arrepentimiento del culpable hace que este resucite liberado del peso de su culpa. Esta posibilidad de convertir lo ya acaecido en algo fecundo para la historia interior del hombre, no se haya en contradicción con su responsabilidad, sino, que forma una unidad dialéctica. El sentirse culpable presupone responsabilidad, y esta también se manifiesta ante el hecho de no poder revocar ninguno de los pasos que da en la vida; todas las decisiones una vez tomadas, ya sean pequeñas o grandes, son irrevocables y definitivas. El hombre tiene la posibilidad de desviarse interiormente, de un hecho ya consumado, mediante el arrepentimiento, cancelando en cierto modo el externo con ese acto interior, en el plano moral puramente espiritual.

Schopenhauer sostiene que la vida del hombre oscila entre la miseria y el hastío, siendo la ociosidad quien conduce a este. La actividad no tiene por fin librarlo del hastío, sino que este existe para que se salga de la pasividad y se sepa comprender el Sentido de la Vida. La lucha por la vida lo mantiene en tensión, ya que su sentido se halla unido a la necesidad de cumplir las tareas.

El sentido de la miseria reside en una especie de memento. En el plano biológico el dolor cumple las funciones de un aviso y una advertencia llena de sentido, son análogas las funciones en el campo anímico y espiritual. El sufrimiento salvaguarda al hombre de caer en la apatía, en la rigidez moral del alma, pues le hace madurar, la hace más rico y poderoso, le templa.

Es el Análisis Existencial el que descubre el sentido del sufrimiento, quien revela que el dolor y la pena forman parte de la vida, del mismo modo que la indigencia, el destino y la muerte. El querer amputarle a la vida esto sería quitarle su forma propia y específica.

El destino tiene como sentido, en 1º lugar, el de conformarse; y ,en 2º lugar, el de ser soportado. Sólo cuando se cierre ante el destino la última posibilidad de realizar algún valor de creación, sólo entonces puede plantearse la tarea de cumplir los simples valores de actitud y recién tiene algún sentido echarse sobre los hombros la cruz que el destino impone. La característica de un valor de actitud reside en el modo como el hombre se somete a lo irremediable, y su realización consiste en afrontar lo inexorable.

Ante la muerte lo único importante es la lucha, no se admiten posiciones perdidas de antemano; también, la enfermedad y la cercanía de la muerte llevan a hacerse fuertes en sus supremas energías a hombres que hasta entonces venían consumiendo su vida en una especie de “frivolidad metafísica”.

3. El Sentido del Trabajo

El Análisis Existencial despierta la conciencia de ser responsable y esta se acrecienta a base de una tarea concreta y personal: misión. El hombre que comprende el sentido peculiar de su propia existencia singular, se sentirá paralizado en las situaciones difíciles de la vida.

Los valores creadores o su realización ocupan el 1º plano en la misión de la vida del hombre, el campo de su realización concreta coincide, con el del trabajo profesional. El trabajo puede representar el espacio en el que la peculiaridad del individuo se enlaza con la comunidad, cambiando con ello su sentido y su valor; estos corresponden en cada caso a la obra y no a la profesión concreta. Lo importante no es la profesión que se ejerce sino como se ejerce, que es del hombre mismo y no de la profesión, se hará valer en el trabajo ése algo personal y específico que da un carácter único e insustituible a la existencia y un sentido a la vida.

La Neurosis de Desocupación

Se comprende la importancia existencial de la profesión, cuando se pierde el trabajo profesional. Las observaciones psicológicas hechas en los desempleados han conducido al concepto de la Neurosis de Desocupación. Su 1º síntoma es un estado de apatía. Experimenta la vaciedad de su tiempo como vacío de su conciencia, como vacío interno, se siente inútil y considera que su vida carece de sentido. La desocupación se convierte en terreno abonado para los procesos neuróticos: la vacancia del espíritu lleva al hombre a una especie de Neurosis Dominical permanente. La apatía como síntoma de la desocupación, además de ser una frustración psíquica, es corolario de un estado físico, de un estado de subalimentación, que en la mayoría de los casos acompaña el paro forzoso y, es en ciertos casos, un medio para un fin; el paro se incorpora a la neurosis como elemento material y como contenido de ella es elaborado neuróticamente.

La desocupación para el neurótico constituye un medio grato, que le permite disculparse ante sí mismo de todos sus fracasos ante la vida, es un chivo expiatorio al que se le cargan todas las culpas de una vida frustrada.

La Neurosis de Desocupación es consecuencia, expresión y medio, es un modo de la Existencia, una actitud espiritual, una decisión existencial; pero no constituye un destino incondicional, porque el hombre puede obrar de otro modo, puede entregarse a las fuerzas del destino social, o luchar contra ellas.

Lo que hace al desempleado neurótico un apático, es la falsa concepción de que lo único que da sentido a la vida es el trabajo profesional.

La Neurosis Dominical

El vacío y la pobreza de sentido se revelan al terminar el ajetreo profesional y llegar el domingo. El hombre no sabe darle a su vida una meta, y por ello corre y se afana con velocidad para no caer en la cuenta de que no marcha a ningún sitio, como si intentase huir de sí mismo y al detenerse el ajetreo de su existencia, ve ante sí la vacuidad de contenido y de meta de su vida. Huyendo de sí, se refugia en los bailes, donde no se puede hablar ni pensar, o se pierde en la muchedumbre del deporte.

La vida con sus preguntas incesantes no dejan al hombre en paz, sólo si se aturde con la moda, las revistas, las novelas; se tornará insensible a aquel eterno aguijón que se clava en la conciencia con sus exigencias interminables.

4. El Sentido del Amor

El sentido de la existencia humana tiene su fundamento en el carácter único de la persona y en el hecho de que su vida se viva solamente una vez.

El carácter único de la propia persona y el carácter de su vida como lo que sólo se vive una vez puede hacerse valer por medio de la realización de los valores creadores. También existe otro camino, que es el del amor o el camino del ser amado. La persona consigue la realización de lo que va implícito en su persona y en su vida, por el carácter peculiar de una y otra. En el amor, el ser amado es concebido como un ser peculiar y singular en su ser-así-y-no-de-otro-modo, es concebido como un Tú y acogido como tal por otro Yo. Como figura humana es insustituible e irremplazable para quien le ama. El que es amado, no puede impedir que al ser amado, realice lo que su persona tiene de peculiar y singular, el valor de su personalidad.

Para el amante el amor hechiza el mundo, lo transfigura, lo dota de un valor adicional. El amor no hace al hombre ciego sino que le abre los ojos y le agudiza la mirada para percibir las valores.

Y como tercer factor, aparte de la gracia del ser amado y del encanto del amor mismo, hay que destacar lo que podemos llamar el portento del amor. Por medio de él, se logra algo que es inconcebible: dar vida a un nuevo ser, el hijo, lleno a su vez del misterio del carácter peculiar y singular de su existencia.

Sexualidad, erotismo y amor

La actitud más primitiva es la que se refiere a la capa externa: la actitud sexual. De la estampa física de una persona emana el encanto sexual que hace nacer el mismo impulso en la otra persona sexual, predispuesta, afectando por tanto a esta persona en su corporeidad.

La forma inmediatamente superior de posible actitud ante la otra parte es la erótica. El hombre orientado eróticamente es más que una persona que siente excitado su apetito sexual. El ser orientado eróticamente penetra más profundo que el que mantiene una actitud meramente sexual; cala hasta la textura anímica del otro ser. A esta forma de actitud solemos llamarla “enamoramiento”. El enamorado no se siente ya excitado por su propia corporalidad, sino conmovido en su emotividad psíquica, conmovido por la psique original de la otra parte, por determinados rasgos de carácter que se manifiestan en ella.

La actitud puramente sexual tiene como meta la corporalidad de la otra parte. La actitud erótica, la actitud de enamoramiento, se orienta hacia lo psíquico, pero no penetra hasta el verdadero meollo de la persona. Esto lo hace la tercera posible actitud: la del verdadero y auténtico amor.

El amor es la más alta forma posible de lo erótico, la vinculación con algo espiritual. La relación directa con lo espiritual en la otra parte constituye la más alta forma de emparejamiento. Quien ama en este sentido se ve afectado en lo más hondo de su espíritu por el portador espiritual de lo que en el ser amado hay de corpóreo y de emocional, por su meollo personal.

El amor es la orientación directa hacia la persona espiritual del ser amado, en cuanto algo único e irrepetible.

Lo peculiar e irrepetible

El amor es un acto que caracteriza como humana a la existencia del hombre, es un acto existencial. Es el acto coexistencial por excelencia; porque el amor es aquella relación persona a persona que nos hace capaces de descubrir toda la peculiaridad e irrepetibilidad de la persona amada. El amor se caracteriza por su carácter de encuentro y el encuentro significa siempre que se trata de una relación persona a persona.

El amor no es sólo un fenómeno propio del hombre, sino que es además un fenómeno originalmente humano.

El desarrollo y la maduración de la sexualidad parten de un mero impulso sexual que no conoce ni la meta ni el objeto al que tiende. Posteriormente se firma el instinto sexual, que ya tiene una meta: la relación sexual. Pero todavía la falta y carece de objeto al que tender, en el sentido de un auténtico compañero sobre el cual está concentrado: esta dirección y ordenación a una persona determinada, a la persona amada caracteriza la 3º fase y el 3º estadio del desarrollo y maduración sexual, la tendencia sexual. De aquí sigue que la capacidad de amar es condición y presupuesto para la integración de la sexualidad. O que solamente el yo que tiende a un tú puede integrar el propio ello.

El hombre cuando ama verdaderamente y en el grado en que lo haga, busca siempre en el amor lo que en la persona espiritual de su compañero hay de único e irrepetible.

La persona espiritual, como objeto del verdadero y auténtico amor, es insustituible e irremplazable para el ser que verdaderamente ama, por ser un ser único y que se da solamente una vez . El auténtico amor garantiza ya por sí mismo su duración en el tiempo, su perpetuidad . El acto espiritual, se sobreviene en cierto modo a sí mismo: cuando su contenido tiene verdadera validez, la conserva de una vez para siempre.

Por donde el auténtico amor se mantiene como el hecho de percatarse de la existencia de un tú en su ser-asi-y-no-de-otro-modo, a salvo de aquella temporalidad que pesa sobre los simples estados de sexualidad corporal o de erotismo anímico.

La muerte puede anular la existencia del ser amado, pero no borra del mundo su ser así. Su esencia única es lago sustraído al tiempo y, en este sentido imperecedero.

Y es que el amor entraña esencialmente el ser-así de una persona, hasta el punto de que su existencia apenas si tiene importancia. El ser que siente verdadero amor se halla tan poseído por la esencia del ser amado, que su realidad pasa a segundo plano. El amor no tiene nada que ver con la corporalidad del ser amado, hasta el punto de que puede sobrevivir a su muerte y mantenerse vivo. Para quien verdaderamente ama no es nunca realmente concebible la muerte del ser amado.

Hasta en el amor entre los sexos no es lo corporal, lo sexual, un factor primario, un fin en sí, sino simplemente un medio de expresión. El amor puede existir, substancialmente, aún sin necesidad de eso.

La persona espiritual cobra forma allí donde conforma sus modos de manifestación psíquica y corporal. En la totalidad centrada en torno a un núcleo personal, las capas exteriores cobran, así un valor de expresión en cuanto a las interiores. Lo espiritual se expresa en lo corporal y en lo anímico. La presencia corporal del ser amado se convierte para el amante en un símbolo, en el signo de algo que hay detrás y que se manifiesta en lo externo, pero no se agota en ello.

El amor auténtico no necesita, en sí de lo corporal ni para despertar ni para realizarse, pero se sirve de ello para ambas cosas.

El Horizonte de la Posesión

Lo que se llama el “flirteo” y las relaciones eróticas superficiales pasan de largo por delante de la personalidad espiritual de la persona de que se trata. Estas relaciones eróticas huyen de todo lo que tiene de vínculo absorbente el auténtico amor, del sentimiento de verdadera compenetración con la otra parte y de la responsabilidad que los lazos imponen siempre a quien los contrae.

El flirteo viene a ser como una variante mezquina del amor. La existencia de expresiones como “esa mujer ha sido mía” descubren hasta el fondo de esta forma erótica inferior. Esta relación erótica “superficial”, en el más pleno sentido de la palabra, se halla también por parte de la mujer bajo el horizonte de la “posesión”. No importa lo que la persona “es”, sino el que tenga o no sex appeal. La mujer corriente vive entregada a los cuidados entorno de su figura, a su apariencia, se preocupa de “encontrar” alguien que se fije en ella, aunque no la tome en serio, aunque no la quiera tal y como es, como un ser único e insustituible. Sumisa a los deseos del hombre le da lo que él necesita de ella, lo que quiere “poseer”. En vez de buscarse uno al otro, se repelen; pues para poder encontrarse es necesario que cada cual busque en el otro lo que tiene de único, lo que sólo se da una vez en la vida, lo que verdaderamente puede hacer de él un ser digno de ser amado, lo que hace digna de ser amada la vida propia.

En la entrega recíproca del amor, en este mutuo dar y tomar, se impone simultáneamente la personalidad propia de cada uno de los dos amantes, la auténtica intentio amorosa penetra hasta aquella zona profunda del ser en la que el ser humano no representa ya un “tipo”, sino un individuo único, el único ejemplar incomparable e insustituible, dotado con toda la dignidad de lo que es único en el mundo.

Cuando la auténtica amorosa representa la orientación de una personalidad espiritual hacia otra, esa actitud es la única garantía de la fidelidad en el amor. El amor en cuanto tal garantiza su duración en el tiempo empírico. Traducido en tiempo de vivencia, su resultado es más alto, la vivencia de la “eternidad” del amor. El verdadero amante en el momento de su amor, en la entrega a este momento y al objeto de su amor, no puede imaginarse que su sentimiento llegue a cambiar algún día.

Cuando en verdad hemos llegado a captar la esencia de otro ser, contemplándolo en el amor, tampoco hay quien mueva esta verdad y nada podrá apartarnos ya de este amor, ni apartar a este amor de nosotros.

El amor es siempre un sentimiento de íntima compenetración, la unión monogámica bajo la forma del matrimonio representa el vínculo externo. Mantenerlo en pie de un modo definitivo es lo que llamamos fidelidad conyugal. El carácter exclusivo de la unión requiere de quien entre en ella contraiga la unión “adecuada”; que, además de vincularse el sepa a quien se vincula. Presupone en quien se casa, la capacidad necesaria para optar por una determinada persona y el de la capacidad de guardarle (definitivamente) fidelidad.

Valor y Placer

Scheler define el amor como un movimiento espiritual que busca el más alto valor de la persona amada, como un acto espiritual en que se capta este valor, el más alto de todos, que Scheler llama la “salvación” de una persona. Algo parecido sostiene también Spranger, cuando afirma que el amor conoce las posibilidades de valor de la persona amada. Hattingberg dice que el amor ve al hombre tal y como Dios “lo ha pensado”.

Nosotros diríamos que el amor nos permite contemplar la imagen del valor de una persona. En el acto espiritual del amor no sólo captamos lo que la persona “es” en su peculiaridad y singularidad, lo que podríamos llamar la haecceitas de la terminología escolástica, sino también lo que puede llegar a ser, en esa su peculiaridad y singularidad única, es decir, la “entelequia”.

Uno de los misterios metafísicos del acto espiritual que llamamos amor es precisamente que, en él, podemos descifrar la imagen del valor del ser amado, partiendo de los rasgos de su imagen esencial.

El “verdadero” hombre, el hombre de carne y hueso es incalculable: la existencia no puede reducirse a la facticidad ni derivarse de ella.

El simple enamoramiento ciega en cierto modo, al enamorado; el verdadero amor, en cambio, agudiza la mirada.

El amor nos hace vivir al ser amado como a un mundo para sí, dilatando con ello los confines del propio universo. A la par que nos enriquece y que nos hace dichosos, estimula también al ser amado a convertir en realidad lo que el amante se adelanta a ver, a intuir.

La mera satisfacción del impulso sexual produce placer; las relaciones eróticas del enamoramiento causan alegría; el verdadero amor depara al hombre dicha. El placer es un estado afectivo; la alegría implica ya algo intencional, se dirige hacia algo. La dicha se endereza en una dirección determinada: la propia realización.

Perturbaciones Sexuales de Origen Neurótico

El neurótico sexual no piensa para nada en la otra persona que compartirá con él el goce; está, simplemente obsesionado con el acto sexual en sí , lo que frustra el acto. Estas personas se sienten inseguras de su sexualidad, esta seguridad intensifica la autoobservación y su angustiosa expectación acarrea la frustración del acto sexual.

La misión esencial que a la Psicoterapia se le plantea, consiste en romper el fatal círculo vicioso de la expectación angustiosa, eliminando toda intentio del acto mismo, del acto en cuanto tal.

La Maduración Psicosexual

En el período de madurez, lo sexual se revela de un modo tan súbito a la consciencia del hombre que podríamos hablar de una irrupción de lo orgánico en lo psíquico.

Esta sexualidad determinada desde el campo de lo fisiológico es amorfa, no se halla plasmada por la personalidad. Es en el transcurso del proceso de maduración psicosexual, a medida que este crece, cuando lo sexual va viéndose organizado y asimilado gradualmente por lo personal.

  • El impulso sexual se proyecta hacia una meta: la descarga del estado de tensión, mediante la “contrectación” con un individuo del sexo contrario. Con ello, el impulso sexual carente de meta se convierte en un verdadero instinto sexual, proyectado ya sobre un blanco definido.

  • Más tarde, se añade a este factor otro: el instinto sexual se orienta hacia una persona determinada y concreta, hacia un representante concreto del otro sexo, hacia una determinada persona, con lo que el objeto cobra ya un objeto específico.

  • Después de convertirse de impulso sin meta en un instinto dirigido sobre un blanco, dando un paso más se convierte en una verdadera tendencia sexual orientada hacia una persona. A la meta no específica se suma ahora el objeto específico sobre el que el instinto se proyecta: la persona del sexo contrario.

  • Impulso sexual, instinto sexual y tendencia sexual representan otras tantas fases en el proceso de maduración psicosexual, que caracterizan aquella línea ascendente de intencionalidad, gracias a la cual la sexualidad va adquiriendo, en el proceso de maduración del individuo, un carácter cada vez mayor de la personalidad.

    En el curso normal o ideal de la maduración psicosexual nos encontramos con una creciente convergencia de las tendencias sexuales y las eróticas, hasta que lo sexual se funde y confunde con lo erótico, dándose una congruencia perfecta de contenido entre ambas corrientes. Se llega, por este camino, a una venturosa síntesis entre lo erótico y lo sexual. El instinto, que recibe de la tendencia erótica su meta, su orientación hacia una persona determinada, se encuentra luego vinculado a esta persona, a quien “se siente unido” el individuo que la ama.

    Es así como este proceso de maduración conduce automáticamente a las uniones monogámicas. La tendencia sexual se orienta exclusivamente hacia aquella persona única que la tendencia erótica le dicta. El individuo verdaderamente maduro sólo podrá apetecer sexualmente, a la persona a quien ame; sólo aspirará a aquella unión sexual en que la sexualidad sea expresión de una relación amorosa. En este sentido, debemos considerar la capacidad interior del hombre para contraer una relación monogámica como el verdadero criterio de la maduración erótico-sexual de un individuo. La actitud monogámica es la etapa última del desarrollo sexual y el ideal de la ética sexual.

    El proceso normal de maduración psicosexual puede experimentar diversas perturbaciones. cabe distinguir tres típicas:

  • El 1º tipo aparece representado por el individuo joven que marchaba ya por el mejor de los caminos para llegar desde el impulso sexual aún no diferenciado, pasando por el instinto sexual proyectando hacia una meta, hasta la tendencia erótica dirigida hacia una persona y de alcanzar así, a través de formas eróticas cada vez más altas, una orientación cada vez más profunda hacia la otra parte, hasta que por último su instinto sexual encontrase su meta inalienable y su aspiración erótica su objeto insustituible: la persona amada. Pero al llegar a esta última fase del proceso sobrevino un retroceso, un salto atrás, provocado tal vez por una decepción. Una experiencia amorosa traducida en un desengaño puede desanimar a un joven hasta el punto de interrumpir su desarrollo normal hacia una vida amorosa ideal, haciéndole retroceder en el camino ya recorrido. En estas condiciones, no acierto a creer que pueda existir la persona a quien llegue a respetar espiritualmente y, al mismo tiempo, apetecer sexualmente. Empujado por esta decepción amorosa se entrega al goce puramente sexual, tratando de olvidar en ella su decepción erótica. La sexualidad se convierte en “medio de gozar”, en un simple medio para obtener placer. El acento se desplaza de lo erótico a lo sexual. En estas condiciones, el instinto sexual, que hasta entonces, con frecuencia, no ha sido satisfecho, ni reclamaba tampoco incondicionalmente serlo, exige súbitamente su presa y acucia a este tipo de individuos a que le den la mayor satisfacción posible, saliéndose de su cauce, por así decirlo. La decepción amororsa sufrida los empuja de nuevo al plano inferior de la simple sexualidad, los hace retroceder a una fase anterior del proceso. Llamamos a este tipo, el “tipo resentido”.

  • El 2º tipo representativo de esta alteración del proceso de maduración psicosexual se caracteriza por el hecho de que los individuos se quedan de antemano a mitad de camino, sin llegar a la actitud o la relación verdaderamente erótica. Este tipo de hombres se repliega desde el primer momento en lo puramente sexual. Renuncia a la tarea de lograr una síntesis de lo amoroso y lo sexual. Por oposición al tipo resentido, llamaremos a este tipo, el “tipo renunciador”. Como no cree en la posibilidad del amor para su propia persona, niega la posibilidad del amor en general y duda de su realidad. Considera el amor, como una ilusión. En la realidad de la vida todo es, según él, sexualidad.

  • El 3º y último tipo es el que llamaremos el “tipo inactivo”. El resentido y el renunciador coinciden en que se detienen en lo sexual. El inactivo no llega siquiera a esta fase, en el sentido del contacto sexual con la otra parte. El inactivo no llega a contraer relación alguna, las rehuye a todas. La sexualidad es vivida aquí como un puro “estado”, el acto onanista es la negación de toda intencionalidad, de toda dirección que trascienda a otra persona.

  • Psicoanálisis y Existencialismo

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