Primeros desarrollos del alfabetismo y la escolarización

Relaciones laborales. Educación y pedagogía. Orígenes. Reino Unido. Sistema moderno. Escuelas globales. Públicas. Sistemas escolares. Mundo industrial. Universidades. Deigualdad

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Primeros desarrollos del alfabetismo y la escolarización

El término «escuela» tiene sus orígenes en una palabra griega que significa ocio o recreación. En las sociedades preindustriales, la escolarización sólo era accesible a los pocos que disponían de tiempo y dinero para seguirla. Los líderes religiosos o sacerdotes a menudo eran los únicos grupos plenamente alfabetizados, y utilizaban su conocimiento para leer e interpretar los textos sagrados. Para la gran mayoría de las personas, el convertirse en adultos significaba aprender por el ejemplo los mis­mos hábitos sociales y técnicas de trabajo que sus mayores. Como hemos visto, los niños normalmente comenzaban a ayudar en los trabajos de la casa, el campo y el oficio a una edad muy temprana. La lectura no era necesaria, ni siquiera útil, en sus vidas cotidianas.

Otra razón por la que tan pocos podían leer era que todos los textos tenían que ser laboriosamente copiados a mano, y eran, por tanto, escasos y caros. La impren­ta, un invento que vino a Europa desde China, alteró su situación. La primera imprenta occidental fue inventada por Johann Gutenberg en 1454. La imprenta hizo ampliamente accesibles los textos y los documentos. Éstos incluían los libros y pan­fletos, pero también muchos tipos de materiales rutinarios esenciales para el funcio­namiento de una sociedad cada vez más compleja. Se escribieron v difundieron ampliamente los códigos de leyes, por ejemplo. Los registros. los informes v la recopilación de datos rutinarios fueron convirtiéndose cada vez más en parte del gobierno, de las empresas económicas y de las organizaciones en general. El uso cada vez mayor de materiales escritos en muchas esferas diferentes de la vida con­dujo a unos niveles de alfabetización (capacidad de leer y escribir en un nivel básico) superiores a los que jamás se hubieran dado anteriormente. La educación en su forma moderna, conformada por la instrucción de alumnos dentro de locales esco­lares especialmente construidos a ese efecto, comenzó a surgir de forma gradual. Sin embargo, hasta hace siglo y medio, e incluso después, los niños de las personas acaudaladas solían ser educados por tutores privados. La mayoría de la población siguió sin tener ningún tipo de escolarización hasta las primeras décadas del siglo xix, cuando en los países europeos y en Estados Unidos comenzaron a construirse sis­temas de escuelas primarias.

El proceso de industrialización y la expansión de las ciudades aumentaron las demandas-de escolarización especializada. Las personas trabajan ahora en ocupa­ciones muy diferentes, y sus técnicas de trabajo ya no pueden ser directamente transmitidas de padres a hijos. La adquisición de conocimiento se basa más cada vez en el aprendizaje abstracto (de materias tales como las matemáticas, la ciencia, la historia, la literatura, etc.) que en la transmisión práctica de técnicas específicas. En una sociedad moderna las personas tienen que disponer de técnicas básicas, tales como la lectura, la escritura y el cálculo, y de un conocimiento general de su entorno físico, social y económico; es también importante que sepan cómo aprender a ser capaces de dominar formas de información nuevas y en ocasiones muy técnicas.

El desarrollo de la escolarización en el Reino Unido

Orígenes del sistema moderno

En la mayor parte de las sociedades occidentales el sistema moderno de educa­ción empezó a conformarse en los inicios del siglo xix. Gran Bretaña se resistió mucho más que los demás países a establecer un sistema nacional integrado. La educación estaba atrasada en Inglaterra y en el País de Gales, y algo más desarro­llada en Escocia. Un selecto comité de educación declaró en 1818 que «Inglaterra está detrás de todos sus rivales continentales en educación». A mediados de siglo, Holanda, Suiza y los estados alemanes habían alcanzado, en mayor o menor medida, la escolarización general en las escuelas elementales, pero Inglaterra y Gales estaban muy lejos de este objetivo.

Entre 1879 (cuando se estableció por vez primera la educación obligatoria en Gran Bretaña) y la Segunda Guerra Mundial, los sucesivos gobiernos aumentaron los gastos en educación. La edad de finalización de la escuela aumentó de diez a catorce años, y cada vez se construyeron más escuelas, pero la educación no se consideraba en realidad una de las áreas principales de la intervención del gobierno (Chapman, 1986). La mayoría de las escuelas eran regidas por autoridades privadas o eclesiásticas bajo la supervisión de comités gubernamentales locales. La Segunda Guerra Mundial cambió esta actitud. Los reclutas de las fuerzas armadas fueron sometidos a tests de conocimiento y capacidad; los resultados asombraron a las autoridades al mostrar un bajo nivel de conocimientos educativos. Preocupado por las perspectivas de la recuperación de postguerra, el gobierno comenzó a replan­tearse el sistema educativo existente.

Hasta 1944 la gran mayoría de los niños ingleses asistía a una sola escuela gra­tuita, la escuela elemental, hasta la edad de catorce años. Existían escuelas secundarias junto al sistema elemental, pero los padres tenían que pagar. Este sistema dividía claramente a los niños según su clase social: los niños de extracción más pobre quedaban casi todos limitados a la escolarización elemental. Menos de un 2 por 100 de la población asistía a la universidad. La Ley de Educación de 1944 inició diversos cambios fundamentales, incluyendo la gratuidad de la enseñanza secundaria para todos, aumentó la edad de finalización de la escolarización a quince años y se comprometió a ofrecer igualdad de oportunidades en la educación. La educación se convirtió en la principal responsabilidad del gobierno electo local.

Como consecuencia de la Ley, la mayoría de las autoridades educativas locales adoptaron la selección académica como el medio de ofrecer una educación secun­daria hecha a la medida de las necesidades de los niños. Se suponía que la selección académica a la edad de once años -en la que se pasa de la escuela primaria a la secundaria- escogería a los niños más capaces de entre los menos aptos, con inde­pendencia de su extracción social. Para la mayoría de los alumnos los resultados en el examen de «reválida» determinaban si continuaban en las grammar schools (para los niños más «académicos») o en las secondary modern schools (para aquellos a los que se consideraba más adecuados para un aprendizaje profesional). Una minoría de niños también fue a escuelas técnicas o especiales. La opción de permanecer en la escuela hasta la edad de diecisiete años estaba abierta para los que decidían proseguir su educación.

En los años sesenta -en parte a resultas de la investigación sociológica- se había puesto de manifiesto que los resultados del examen de «reválida» no se ade­cuaban a las expectativas. El Informe Crowther de 1959 mostró que sólo un 12 por 100 de los alumnos continuaban en la escuela hasta la edad de diecisiete años, y se evidenció que el abandono temprano estaba más estrechamente relacionado con la extracción social que con los méritos académicos. El gobierno laborista, que había retornado al poder en 1964, se había comprometido a establecer comprehensive schools (escuelas globales) aboliendo la división entre las grammar schools y las modern secondary schools, mezclando así niños de diversa extracción social. Sin embargo, existía confusión acerca de lo que debía ofrecer la escuela global: si «gram­mar schools para todos» o un tipo de educación totalmente nuevo. No se encontró ninguna solución al problema, y diferentes escuelas y regiones desarrollaron sus propios enfoques. Algunas autoridades locales se resistieron al cambio, y en unas pocas áreas todavía existen grammar schools.

Desde comienzos de los años sesenta la educación se ha visto muy afectada por la brusca transición desde una situación en la que había escasa oferta de mano de obra a una situación en la que había demasiada: una época en la que el desempleo era cada vez mayor y los ingresos gubernamentales cada vez menores. La expansión de la educación, que había caracterizado el período de postguerra en su totalidad, fue súbitamente sustituida por la reducción de la educación y por intentos de reducir los gastos públicos. A partir de mediados de los años setenta hasta comienzos de los noventa, el gasto estatal en la educación bajó del 6,3 por 100 del total del gasto público a una cifra sólo ligeramente superior al 5 por 100.

Un Acta de Educación aprobada en 1988 introdujo varias reformas significativas, algunas de las cuales encontraron gran oposición. En consecuencia con sus medidas en otras esferas, el gobierno conservador trató de introducir un elemento de competencia de mercado en la educación. Se otorgó a los directores de los colegios mayores responsabilidades financieras y se permitió a las escuelas salir del control de las autoridades locales de educación para convertirse en «escuelas estatales inde­pendientes». Se estableció un currículum nacional que especifica un marco general para la enseñanza en el sector público (Johnson, 1991).

En 1992 se estableció una nueva agencia de gestión de fondos que gradualmente se encargaría de asumir la provisión de plazas en las escuelas que optaran por no tomar parte. En el libro blanco en que se detallan las tareas de la agencia, el gobierno afirma que «espera que pasado un tiempo todas las escuelas lleguen a autofinanciarse», en otras palabras, que opten por salir. A finales de 1992, sin em­bargo, sólo 300 escuelas lo habían hecho sobre un conjunto total de 23.000 escuelas estatales.

Las «Escuelas Públicas»

Las Public Schools de Gran Bretaña constituyen una rareza en más de un sen­tido. No son públicas en absoluto, sino, por el contrario, instituciones privadas de pagó. El grado de independencia que tienen respecto al resto del sistema educativo y el papel clave que desempeñan en la sociedad (véase la sección sobre elites del capítulo 10: «Políticos, Gobierno y Estado, pp. 369-373) las distinguen de los siste­mas de otros países. Están nominalmente sujetas a la supervisión del Estado, pero, de hecho, pocas partes importantes de la legislación educativa se les han aplicado. El Acta de 1944 no les afectó; como tampoco el establecimiento de las comprehen­sive schools; y la mayor parte han seguido siendo escuelas sólo masculinas o sólo femeninas, hasta hace poco.

Existen escuelas privadas, a menudo unidas a órdenes religiosas, en todas las sociedades occidentales, pero en ninguna otra sociedad las escuelas privadas son tan exclusivas e importantes como en el Reino Unido. Están exentas del currículum nacional. Se ha observado que, durante más de un siglo, la educación estatal ha sido llevada por personas con poco interés en ella y a las que no se les pasaría por la cabeza enviar a sus hijos a estas escuelas.

Comparaciones entre los sistemas escolares en el mundo industrial

En todos los estados del mundo actual, incluidos los países del Tercer Mundo, la educación se ha convertido en una de las principales áreas de inversión (Ramírez y Boli, 1987). Existen amplias diferencias, sin embargo, en los diversos modos de organizar las instituciones educativas y en la proporción de población que accede a tipos y niveles de educación diferentes.

Algunos tipos de sistemas educativos están muy centralizados. En Francia, por ejemplo, todos los estudiantes siguen planes de estudio fijados a escala nacional, y se someten a exámenes nacionales uniformes. El sistema americano es mucho más descentralizado que el de la mayoría de los demás países industrializados. Los es­tados aportan una cantidad sustancial de los ingresos de las escuelas, contribuyendo aproximadamente con un 40 por 100 del dinero necesario, y el gobierno federal sólo es responsable del 10 por 100, más o menos. El resto proviene de los ingresos fiscales de los distritos escolares locales. Las escuelas están administradas por con­sejos locales, elegidos por los votos de la comunidad; estos consejos tienen unos poderes muy amplios, entre los que se incluyen la contratación de profesores y otros funcionarios escolares, así como el control de los planes de estudio.

Las consecuencias del control de la escolaridad por parte de la comunidad son ambivalentes. Es claramente beneficioso en el sentido de que las escuelas responden a las necesidades e intereses de las personas a las que sirven. Por otra parte, el sistema también produce diferencias muy amplias en la dotación de las escuelas, que dependen de la riqueza o pobreza de una comunidad determinada. El tamaño de las clases, las instalaciones disponibles, y la capacidad de atraer a profesores muy cualificados varían enormemente de distrito a distrito.

En la mayoría de los países industrializados, las escuelas y facultades privadas coexisten con los sistemas financiados por el Estado. Las instituciones públicas lo­cales o centrales proporcionan a veces subsidios a escuelas controladas por con­fesiones religiosas. En Irlanda, por ejemplo, todas las escuelas son de la Iglesia, aunque reciben del Estado fondos muy importantes. Las escuelas regidas por corporaciones religiosas en Gran Bretaña, por otro lado, reciben escasos ingresos públicos y en gran medida funcionan con independencia del sistema público. En muchos países los gobiernos lucharon en el pasado para arrancar el control de la educación a las autoridades religiosas. Incluso en sociedades en las que la mayoría de las instituciones educativas están hoy organizadas y financiadas públicamente, las organizaciones religiosas con frecuencia luchan por mantener al menos algunos de sus derechos tradicionales sobre la educación.

Educación superior

Comparaciones internacionales

Existen también grandes diferencias entre sociedades en la organización de la educación superior (educación después de la escuela. generalmente en universidades o facultades). En algunos países todas las universidades son instituciones públicas, y reciben sus fondos directamente de fuentes gubernamentales. La educación supe­rior en Francia, por ejemplo, está organizada a escala nacional, con un control centralizado casi tan acusado como el de la educación secundaria y primaria. Todos los programas han de estar validados por un cuerpo regulativo nacional responsable ante el ministro de Educación Superior. Pueden obtenerse dos tipos de títulos, uno concedido por la universidad particular y otro por el Estado. Los títulos nacionales suelen considerarse más prestigiosos y valiosos que los de las universidades especí­ficas, pues se supone que se adecúan a estándares uniformes garantizados. Ciertos niveles de actividades en la función pública sólo están abiertos a quienes poseen títulos nacionales, que también se ven favorecidos por la mayoría de los empresarios industriales. Prácticamente la totalidad de los profesores de las escuelas y universidades en Francia se consideran funcionarios públicos. Los salarios de la enseñanza en general se fijan de forma central.

Estados Unidos se diferencia de los países desarrollados en la elevada proporción de facultades y universidades del sector privado. Las organizaciones privadas cons­tituyen el 54 por 100 de las organizaciones de educación superior en Estados Unidos. Entre éstas se incluyen algunas de las más prestigiosas universidades, como Harvard, Princeton y Yale. La distinción entre público y privado en la educación superior americana, sin embargo, no es tan nítida como la que existe en otros países. Los estudiantes de las universidades privadas pueden optar a préstamos y becas públicas, y estas universidades reciben fondos públicos para la investigación. Las universida­des públicas a menudo reciben donaciones sustanciales, y pueden recibir donativos de firmas privadas. También obtienen fondos para la investigación de la industria privada.

El sistema británico

El sistema británico de educación superior está considerablemente más descen­tralizado que el de Francia, pero es más unitario que el de Estados Unidos. Las universidades y facultades están financiadas públicamente, y los salarios de los pro­fesores en todos los niveles del sistema educativo están determinados de acuerdo con escalas nacionales. Sin embargo, existe una considerable diversidad en la orga­nización de las instituciones y planes de estudio.

En el período inmediatamente anterior a la guerra, en Gran Bretaña existían 21 universidades. La mayoría de las universidades de esta época eran pequeñas, medi­das por los estándares actuales. En 1937 el número total de subgraduados en las universidades británicas sólo era ligeramente superior al número de personal acadé­mico universitario de dedicación plena en 1981 (Carswell, 1985). Había muy pocos graduados que continuaban sus estudios, incluso en Cambridge o en Oxford, las universidades más antiguas. En 1937, el 75 por 100 de todos los estudiantes gradua­dos del país estaban registrados en la Universidad de Londres.

Entre 1945 y 1970, el sistema de educación superior británico multiplicó su vo­lumen por cuatro. Las universidades más antiguas fueron ampliadas, y se constru­yeron nuevas universidades «de ladrillo rojo» o de hormigón (como las de Sussex. Kent, Stirling y York). Se estableció un sistema binario con la creación de politéc­nicas. Este segundo estrato de la educación superior es relativamente grande: inclu­ye cerca de 400 facultades que ofrecen una amplia gama de cursos. Las politécnicas se concentran más que las universidades en cursos profesionales. Se creó el Council for National Academic Awards como cuerpo de validación de títulos para garantizar que los títulos que concedían siguieran una normativa uniforme.

En la actualidad, las instituciones de educación superior hritánicas siguen lo que a veces se denomina una «acuñación estándar». Esto significa que un título de Lei­cester o Leeds, al menos en teoría, sigue el mismo estándar que uno de Cambridge. Oxford o Londres. Sin embargo, Oxford y Cambridge se distinguen por un sistema de admisión de alumnos sumamente selectivo, de los cuales cerca de la mitad pro­vienen de escuelas de pago. Un título de Oxford o de Cambridge proporciona mayores oportunidades de obtener una posición económica elevada que una titulación obtenida en la mayoría de las demás universidades.

A pesar de la expansión de postguerra, la proporción de la población británica en las universidades, y en la educación superior en general, aún queda muy por debajo de la de otros países occidentales. En 1990 sólo un 7 por 100 de los jóvenes de dieciocho años ingresaron en la universidad, si bien el porcentaje de estudiantes en la enseñanza superior con dedicación plena creció entre los años 1980 y 1990. Conforme a la mayoría de las mediciones, Gran Bretaña es uno de los últimos de la clasificación, en relación con otros países.

En la década de los ochenta el gobierno conservador exigió un sistema de edu­cación superior más reducido, barato y unitario: esto suponía invertir una concep­ción ampliamente extendida antes, según la cual las universidades son lugares en los que se exploran libremente las ideas y en los que la excelencia académica se perse­guía por sí misma. Entre 1981 y 1985 desaparecieron cerca de 5.600 puestos acadé­micos en las universidades, y se perdieron cerca de 18.000 plazas de subgraduados (Kogan y Kogan, 1988). A pesar del objetivo gubernamental de reducir el despil­farro y la «deriva de las universidades» desde las cualificaciones vocacionales a las académicas existe una creciente oposición a un conjunto de políticas que parecen poner en peligro la contribución característica de las universidades a la vida nacio­nal: el compromiso por hallar soluciones racionales y desinteresadas a todo tipo de problemas.

Tales críticas fueron finalmente atendidas. En 1991 se suprimió el sistema binario y las politécnicas se han convertido en universidades. Está en marcha un relanza­miento de la educación superior, si bien su amplitud es todavía demasiado modesta en comparación con desarrollos similares de otros países europeos.

Educación y desigualdad

El desarrollo de la educación siempre ha estado estrechamente vinculada a los ideales de la democracia de masas. Los reformadores valoran la educación, natural­mente, por sí misma, por la oportunidad que proporciona a los individuos para desarrollar sus capacidades y aptitudes. Sin embargo, la educación también se ha considerado muchas veces como un medio de conseguir la igualdad. La educación universal, se sostiene, contribuiría a reducir las disparidades de riqueza y poder proporcionando a jóvenes capaces conocimientos que les permitirán encontrar un sitio adecuado en la sociedad. ¿Hasta qué punto ha sido esto cierto? Se han dedi­cado numerosos esfuerzos de investigación sociológica a responder esta cuestión. Sus resultados han sido claros: la educación tiende a expresar y reafirmar desigualdades ya existentes en mucha mayor medida de lo que contribuye a cambiarlas.

El estudio de Coleman sobre las desigualdades en EE. CU.

Estudios llevados a cabo en diversos países demuestran que la extracción social y familiar son las influencias principales sobre el rendimiento escolar, con lo que vuelven a reflejarse en los niveles de ingresos posteriores. Una de las investigaciones clásicas se emprendió en Estados Unidos en la década de 1960. La Civil Rights Act de 1964 exigía al Comisionado de Educación de Estados Unidos que informara sobre las desigualdades educativas resultantes de las diferencias en la extracción social, la religión o el origen nacional. James Coleman, un sociólogo, fue nombrado director del programa de investigación. Los resultados se publicaron en 1966, después de que se llevara a cabo una de las investigaciones sociológicas más amplias de todos los tiempos.

Se recopiló información sobre más de medio millón de alumnos, quienes además hicieron una serie de pruebas para evaluar sus capacidades verbales y no verbales, niveles de lectura y conocimientos matemáticos. 60.(X)0 profesores completaron tam­bién impresos que suministraban datos sobre 4.0(X) escuelas. El resultado fue una encuesta general sobre la escolaridad en el país, encuesta que arrojó algunos resul­tados sorprendentes que han tenido una importancia práctica considerable en la elaboración de las políticas educativas.

El informe descubrió que la gran mayoría de los niños se encontraban de hecho segregados en escuelas para negros y blancos. Casi el 80 por 100 de las escuelas a las que asistían estudiantes blancos contenían un 10 por 100 o menos de estudiantes negros. Los blancos y americanos asiáticos tenían en las pruebas una puntuación superior a la de los negros u otras minorías étnicas. Coleman había supuesto que el estudio mostraría que las escuelas predominantemente negras tendrían peores ins­talaciones, clases más grandes y peores edificios que las predominantemente blancas, pero los resultados mostraron muchas menos diferencias de este tipo de lo que se había esperado.

Coleman concluyó que los recursos materiales que suministraban las escuelas tenían escasa relevancia con respecto al rendimiento escolar; la influencia decisiva era la extracción de los niños. En palabras de Coleman: «Las desigualdades impues­tas a los niños por su hogar, vecindario y compañeros se prolongaban hasta conver­tirse en las desigualdades con las que se enfrentan a la vida adulta al finalizar la escuela» (Coleman et al., 1966, p. 325). Existían, sin embargo, ciertos indicios según los cuales los estudiantes de baja extracción económica que tenían estrecha amistad con otros mejor situados tenían más probabilidades de obtener éxito en la escuela.

El informe Coleman influyó en los debates públicos sobre la integración escolar en Gran Bretaña y en EE. UU., pues sugería que los niños de los grupos minori­tarios obtendrían mejores resultados en la escuela si se mezclaban con estudiantes de superior nivel económico.

Investigación posterior

Si bien investigaciones posteriores han confirmado algunos de los hallazgos de Coleman, ciertos aspectos de su obra se han puesto en tela de juicio. Como su estudio estaba limitado a un solo punto en el tiempo, no podía analizar los cambios. Un estudio de Michael Rutter, llevado a cabo en Londres, contempló el desarrollo educativo de grupos de niños a lo largo de varios años. Se entró en contacto por vez primera con los niños estudiados en 1970, cuando estaban a punto de finalizar su escolarización primaria, y se recogió información sobre su extracción social y rendimiento académico. La encuesta se repitió en 1974, cuando los niños habían permanecido en la escuela secundaria durante tres años. Dentro del grupo, unas cuantas escuelas se seleccionaron para un estudio intensivo: los alumnos y los pro­fesores fueron entrevistados y se observaron las actividades en las aulas.

Los resultados indicaron que las escuelas sí tienen de hecho influencia sobre el desarrollo académico de los niños. Los factores que Rutter encontró importantes en gran parte habían quedado sin analizar en la investigación de Coleman: entre ellos se incluían, por ejemplo, la calidad de la interacción entre alumno y profesor, la atmósfera de cooperación y atención entre alumnos y estudiantes y una preparación del curso bien organizada. Las escuelas que proporcionan ambientes de aprendizaje superiores no son siempre las mejor equipadas desde el punto de vista de los recur­sos materiales o edificios.

Los resultados de Rutter desmintieron el descubrimiento de que influencias an­teriores y externas a la escuela son las más decisivas en la perpetuación de las desigualdades sociales. Como los factores que Rutter señalaba con frecuencia se maximizan en escuelas que se ocupan de estudiantes muy motivados, y que propor­cionan un buen apoyo a sus profesores, sus resultados nos ayudan a entender por qué la escolarización tiende a mantener las desigualdades. Existe un círculo cerrado en el que los estudiantes de hogares relativamente privilegiados asisten a una escuela determinada y perpetúan sus cualidades; los buenos profesores se sienten atraídos por ellas y se mantiene la motivación. Una escuela a la que asisten sobre todo niños de familias con pocos medios tendrá que trabajar mucho más para conseguir un resultado similar. Sin embargo, las conclusiones de Rutter sí sugieren que las dife­rencias en la organización y en la atmósfera escolar pueden contrarrestar las influencias externas sobre los resultados académicos. Las mejoras en la calidad de la enseñanza, el clima social de la escuela y las pautas del trabajo escolar pueden ayudar a los niños menos favorecidos a mejorar su rendimiento académico. En una investigación poste­rior, Coleman alcanzó conclusiones similares (Coleman. Hoffer y Kilgore, 1981).

El estudio Inequality de Christopher Jencks, publicado en 1972, revisaba algunos de los datos empíricos que se habían acumulado hasta la fecha sobre la educación y la desigualdad, concentrándose principalmente sobre la investigación de Estados Unidos (Jencks et al., 1972). Jencks confirmaba los descubrimientos de que el éxito educativo y profesional estaba gobernado sobre todo por la extracción familiar y factores extraescolares, y que las reformas educativas por sí solas sólo pueden tener efectos secundarios sobre las desigualdades existentes. El trabajo de Jencks ha sitio criticado por razones metodológicas, pero sus conclusiones globales siguen siendo convincentes (Oakes, 1985).

Ahora existe mucha información sobre las pautas de desigualdad en la educación del Reino Unido. Investigaciones publicadas por A. H. Halsey y sus colegas en 195(1 desarrollaron diversas comparaciones entre oportunidades educativas abiertas a chi­cos de la clase trabajadora y las accesibles a los procedentes de familias de profe­sionales. Durante el período de postguerra, un muchacho perteneciente a esta última clase tenía diez veces más posibilidades de estar en la escuela a la edad de dieciocho años que otro procedente de la clase obrera, y once veces más posibilidades de ir a la universidad.

Illich: el currículum oculto

Uno de los escritores sobre teoría educativa más polémicos es Iván U ich. Es conocido por sus críticas del desarrollo económico moderno, que describe como un proceso por el que las personas anteriormente autosuficientes han sido desposeídas de sus capacidades tradicionales y se les obliga a depender de los doctores para su salud, de profesores para su escolarización, de la televisión para su diversión y de los patronos para su subsistencia. Illich sostiene que la misma noción de escolariza­ción obligatoria -ahora aceptada en todo el mundo- debería ponerse en cuestión (Illich, 1973). Como Bowles y Gintis, Illich enfatiza la conexión entre el desarrollo de la educación y los requisitos económicos de disciplina y jerarquía. Este autor sostiene que las escuelas se han desarrollado para hacerse cargo de cuatro tareas básicas: como lugares de custodia, para distribuir a las personas entre funciones ocupacionales, para aprender los valores dominantes y para adquirir capacidades y conocimientos socialmente aprobados. La escuela se ha convertido en una organización de custodia porque asistir a ella es obligatorio y se mantiene a los niños «fuera de la calle» entre la temprana infancia y su incorporación al trabajo.

En la escuela se aprenden muchas cosas que no tienen nada que ver con el contenido formal de las lecciones. Las escuelas tienden a inculcar lo que Illich de­nominó consumo pasivo -una aceptación acrítica del orden social existente- por la naturaleza de la disciplina y el régimen que implican. Estas lecciones no se ense­ñan de forma consciente; están implícitas en los procedimientos y en la organización escolar. El currículum oculto les enseña a los niños que su papel en la vida es «saber cuál es su sitio y mantenerse quietos en él» (ibíd.).

Illich defiende la desescolarización de la sociedad. La escolarización obligatoria es un invento relativamente reciente, señala; no existe ninguna razón por la que deba aceptarse como algo inevitable. Como las escuelas no favorecen la igualdad o el desarrollo de las capacidades creativas individuales, ¿por qué no acabar con ellas tal como existen ahora? Illich no quiere decir con esto que deban abolirse todas las formas de organización educativa. La educación, sostiene, debería proporcionarle a cualquiera que desee aprender el acceso a los recursos disponibles, pero en cualquier momento de sus vidas, no sólo en su infancia o en los años de adolescencia. Tal sistema haría posible que el conocimiento se difundiera y compartiera ampliamente, sin que quedara confinado a los especialistas. Quienes aprendieran no tendrían que someterse a un programa de estudios estándar, y habrían de elegir personalmente sus estudios.

No está totalmente claro qué es lo que esto significaría desde el punto de vista práctico. En lugar de escuelas, sin embargo, Illich sugiere diversos tipos de marco educativo. Los recursos materiales para el aprendizaje formal deberían almacenarse en bibliotecas, instituciones de préstamo, laboratorios y bancos de almacenamiento de la información, accesibles a cualquier estudiante. Deberían establecerse «redes de comunicación» que suministraran datos sobre los conocimientos que poseyeran diversos individuos y sobre si estaban dispuestos a enseñar a otros o a tomar parte en actividades de aprendizaje mutuo. Los estudiantes recibirían vales que les per­mitieran utilizar los servicios educativos como y cuando quisieran.

¿Son estas propuestas enteramente utópicas`? Muchos dirán que sí. Sin embargo, si, como parece posible, el trabajo remunerado se reduce o reestructura de forma sustancial en el futuro, entonces parecerán más realistas (véase el capítulo 15: «Tra­bajo y vida económica»). Si el empleo remunerado se hace menos importante en la vida social, las personas podrían participar en cambio en una variedad de intereses más amplia. Consideradas en este contexto, algunas de las ideas de Illich tienen mucho sentido. La educación no sería simplemente una forma de enseñanza tem­prana, limitada a instituciones especiales, sino que estaría al alcance de cualquiera que deseara beneficiarse de ella.