Primera Guerra Mundial

Conflicto. Guerra total. Movilización masiva. Retirada de Rusia. Intervención de EEUU (Estados Unidos)

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Tema 6. La primera guerra mundial

Lectura 13. Una “gran” guerra “total”

1. Características y desarrollo del conflicto.

A. La Gran Guerra, una guerra “mundial”.

Para quienes se habían hecho adultos antes de 1914, el contraste era tan brutal que “paz” significaba “antes de 1914” y nada de lo que vino después merecía ese nombre. Esa actitud era comprensible, ya que desde hacía un siglo no se había registrado una guerra importante, es decir, en la que hubieran participado todas o la mayoría de las potencias. Los actores principales del escenario internacional eran en esa época las seis “potencias” europeas (Gran Bretaña, Francia, Rusia, Austria-Hungría, Prusia -Alemania desde 1871- y la Italia unificada) más EEUU y Japón.

Sólo en un conflicto participaron más de dos potencias: la guerra de Crimea (1854-56), que enfrentó a Rusia con Gran Bretaña y Francia. Además, la mayoría de las guerras en que participó alguna potencia fueron breves. El más largo no fue un conflicto internacional, sino la guerra civil de EEUU (1861-65), siendo lo normal que durasen sólo meses o incluso semanas, como en la guerra entre Prusia y Austria en 1866. Entre 1871 y 1914 no hubo ningún conflicto en Europa en el que el ejército de una potencia atravesara una frontera enemiga, si bien en el Extremo Oriente Japón venció a Rusia en la guerra de 1904-1905.

En el siglo XVIII Francia y Gran Bretaña se habían enfrentado varias veces en la India, Europa, Norteamérica y en los océanos. Pero entre 1815 y 1914 ninguna potencia se enfrentó a otra fuera de su región de influencia inmediata, aunque sí hubo frecuentes expediciones imperia-listas contra enemigos más débiles de ultramar. La mayoría fueron luchas desiguales, como las guerras de EEUU contra México (1846-48) o España (1898) o las campañas de ampliación de los imperios coloniales británico y francés, aunque en alguna ocasión no salieron bien librados (los italianos fueron vencidos en Etiopía, 1896). Esos conflictos coloniales servían de argumento para las novelas de aventuras o los reportajes de los corresponsales de guerra (profesión surgida a mediados del siglo XIX), pero apenas repercutían en la población de la metrópoli.

Pues bien, todo eso cambió en 1914, al desencadenarse una auténtica guerra mundial. La 1ª G.M. empezó como una guerra esencialmente europea entre la Triple Entente (Francia, Gran Bretaña y Rusia) y las "potencias centrales" (Alemania y Austria-Hungría). Serbia y Bélgica se incorporaron inmediatamente al conflicto a raíz del ataque austriaco contra la primera (que fue, de hecho, lo que desencadenó las hostilidades) y del ataque alemán contra la segunda (que era parte de la estrategia de guerra alemana). Turquía y Bulgaria se alinearon poco después junto a las potencias centrales, mientras que en el otro bando la Triple Entente se convirtió gradualmente en una gran coalición. Se compró la participación de Italia y también tomaron parte en el conflicto Grecia, Rumania y, en menor medida, Portugal. En Europa, sólo España, Suiza y los países escandinavos permanecieron neutrales.

Además, diversos países de ultramar enviaron tropas a combatir fuera de su región. Así, los canadienses lucharon en Francia, los australianos y neozelandeses en Gallípoli (Turquía) y EEUU, rompiendo su aislamiento, entró en guerra en 1917 y su intervención resultaría decisiva. Los indios lucharon en Europa y el Próximo Oriente, batallones de trabajo chinos viajaron a Occidente y hubo africanos que sirvieron al ejército francés. También la guerra naval adquirió una dimensión mundial: la primera batalla se dirimió en 1914 cerca de las islas Malvinas y las campañas decisivas, que enfrentaron a submarinos alemanes con convoyes aliados, se desarrollaron en el Atlántico septentrional y central. Japón intervino también para ocupar posiciones alemanas en el Extremo Oriente y el Pacífico occidental.

B. El estancamiento armado (1914-1916).

Al principio, se esperaba una guerra corta. El estado mayor alemán tenía planes para luchar en dos frentes, contra Francia y contra Rusia. La desventaja de luchar en dos frentes se compensaba con la posesión de buenas vías férreas, que permitían el rápido movimiento de tropas de un frente al otro. El plan alemán (el “Plan Schlieffen”) consistía en derrotar primero a Francia, mediante el rápido desplazamiento de un formidable ejército a través de la neutral Bélgica y luego dirigirse al este para eliminar a Rusia antes de que el imperio zarista pudiera organizar con eficacia todos sus ingentes efectivos militares (la gran extensión de Rusia y el menor desarrollo de sus ferrocarriles obligaban a un despliegue más lento).

El 3 de agosto de 1914, los alemanes iniciaron su marcha hacia el oeste, avanzando irresistiblemente. El Plan Schlieffen parecía funcionar a la perfección. No obstante, las tropas rusas, cumpliendo su alianza con Francia, marchaban contra Alemania, penetrando en Prusia Oriental, y Moltke tuvo que retirar fuerzas de Francia para usarlas en el este. Los alemanes avanzaban, pero sus líneas de comunicación eran muy extensas y sus golpes se debilitaban. Aun así, el ejército alemán sólo pudo ser detenido a unos kilómetros al este de París, en el río Marne, a principios de septiembre, gracias al contraataque de Joffre, que reagrupó las fuerzas francesas y contó con el apoyo de un contingente británico. Esta batalla cambió el curso de la guerra. Los alemanes tuvieron que retirarse. La esperanza de derrumbar a Francia rápidamente se desvaneció. Cada bando trataba ahora de flanquear al otro, hasta que las líneas del frente llegaron al mar. Los alemanes no lograron el control de los puertos del canal de la Mancha; las comunicaciones francesas e inglesas se mantenían intactas. Frente a estos reveses, las victorias alemanas en el este, aunque de enormes proporciones (batallas de Tannenberg y de los Lagos Masurianos, en las que 225.000 rusos cayeron prisioneros), no eran más que un pequeño consuelo.

En el oeste, a la guerra de movimientos sucedió una guerra de posiciones. Ambos bandos (los franceses apoyados por un ejército británico que adquirió grandes proporciones) improvisaron líneas paralelas de trincheras y fortificaciones defensivas desde la costa de Flandes hasta la frontera suiza, dejando en manos de los alemanes Bélgica y una amplia zona del nordeste francés. Las posiciones apenas se modificarían durante tres años y medio.

Mientras el frente occidental caía en una parálisis sangrienta, la actividad proseguía en el frente oriental. En 1915, las potencias centrales dedicaron su esfuerzo a intentar dejar fuera de combate a Rusia: expulsaron de Polonia a las tropas rusas y penetraron profundamente en su territorio. Las pérdidas rusas fueron enormes: 2 millones de muertos, heridos o prisioneros sólo en 1915. Pese a las ocasionales contraofensivas rusas, las potencias centrales dominaban la situación. Frente al avance alemán Rusia se limitaba a una acción defensiva en retaguardia.

La alianza con Austria-Hungría arrastró a Alemania a un tercer frente, el de los Balcanes, donde se hallaban también sus otros aliados (Turquía y Bulgaria). En esa zona, la situación la controlaban las potencias centrales, aunque el inestable imperio Habsburgo tuvo poco éxito. Serbia y Rumania fueron quienes sufrieron un mayor porcentaje de bajas militares. En 1915, británicos y franceses, esperando establecer contacto con Rusia, lanzaron un ataque naval contra Turquía. Desembarcaron a 450.000 hombres en la península de Gallípoli, de los que 145.000 resultaron muertos o heridos. Tras casi un año, la empresa fue abandonada como un fracaso y, aunque ocuparon Grecia, no consiguieron un avance significativo hasta el final de la guerra.

En 1916, ambos bandos se centraron de nuevo en el oeste, intentando romper el punto muerto. Los aliados planearon una gran ofensiva en el río Somme, mientras los alemanes prepara-ban la suya cerca de Verdún. Los alemanes atacaron Verdún en febrero. Joffre designó al general Pétain para defenderla, pero sin comprometer sus principales reservas, que quería guardar para la inminente ofensiva en el Somme. La batalla de Verdún duró seis meses, atrajo la aterrada admira-ción del mundo y adquirió un carácter legendario de decidida resistencia ("no pasarán"), hasta que los alemanes abandonaron el ataque porque tenían casi tantas bajas como los franceses (más de 330.000). La batalla había enfrentado a dos millones de soldados y causado un millón de bajas.

Mientras la terrible lucha continuaba aún en Verdún, los aliados lanzaron en julio su ofensiva en el Somme. Emplearon cantidades nunca vistas de artillería. La idea consistía en romper el frente alemán, sencillamente mediante una presión muy intensa. A pesar de una semana de bombardeo, los británicos perdieron 60.000 hombres en el primer día del ataque. La batalla del Somme, que duró hasta noviembre, costó a los alemanes 500.000 bajas, a los británicos 420.000 y a los franceses 200.000. No se ganó nada que tuviese un cierto valor.

No sorprende que para británicos y franceses, que durante la mayor parte de la guerra lucharon en el frente occidental, aquélla fuera la "gran guerra". Este frente se convirtió en la máquina más letal conocida hasta entonces. La caballería (que se enorgullecía de combatir noblemente) desapareció del campo de batalla. Como la aviación estaba sólo empezando y el transporte motorizado era todavía nuevo (los ejércitos tenían carros, pero no cañones autopropulsados), el soldado básico era la infantería. Entre las armas nuevas, la más mortífera era la ametralladora. Millones de hombres se enfrentaban desde los parapetos de las trincheras formadas por sacos de arena, bajo los que vivían como ratas y piojos (y con ellos). De vez en cuando, sus generales intentaban poner fin a esa parálisis. Durante días o semanas, la artillería bombardeaba sin cesar para "ablandar" al enemigo y obligarle a refugiarse bajo tierra hasta que en un momento dado oleadas de soldados saltaban por encima del parapeto, protegido por alambre de espino, hacia la "tierra de nadie", un caos de cráteres encharcados producidos por los obuses, troncos de árboles caídos, barro y cadáveres abandonados, para lanzarse hacia las ametralladoras que, como ya sabían, iban a segar sus vidas.

C. Bloqueo, guerra submarina y maniobras diplomáticas.

Ambos bandos confiaban en la tecnología. Los alemanes, que siempre habían destacado en la química, utilizaron gas tóxico en el campo de batalla, donde demostró ser monstruoso e ineficaz (después de la guerra, en la Convención de Ginebra de 1925, el mundo se comprometió a no utilizar la guerra química). Los británicos fueron pioneros en el uso de vehículos articulados blindados, conocidos por su nombre en clave de tanques, pero sus poco brillantes generales no habían descubierto aún como aprovecharlos. Ambos bandos usaron los nuevos y frágiles aeroplanos y Alemania los curiosos zepelines para experimentar el bombardeo aéreo, aunque afortunadamente sin mucho éxito. La única arma tecnológica importante en el desarrollo de la lª G.M. fue el submarino, pues ambos bandos, al no poder derrotar al ejército contrario, intentaron provocar el hambre entre la población enemiga.

Las leyes internacionales dividían en dos clases los artículos dirigidos a un país en guerra. Una, el “contrabando”, incluía municiones y ciertas materias primas especificadas, utilizables para fabricar material militar. La otra, que incluía víveres y algodón, se definía como "no contrabando", pudiendo importarse estos artículos incluso en tiempo de guerra. Esas normas se habían aprobado en 1909 en una conferencia internacional celebrada en Londres. Su propósito era impedir que una potencia marítima (es decir, Gran Bretaña) pudiera matar de hambre al enemigo o estorbar siquiera la producción civil normal. Si se respetaba esa ley, el bloqueo a Alemania resultaría totalmente ineficaz, y los aliados no la respetaron. Los aliados promulgaron una nueva ley en la que se abolía prácticamente la distinción entre contrabando y no contrabando. La marina de guerra británica (ayudada por la francesa) procedió a interceptar los artículos de todo tipo destinados a Alemania o a sus aliados. A los neutrales, entre quienes los más perjudicados eran EEUU, Países Bajos y Escandinavia, no se les permitía, en absoluto, dirigirse a puertos alemanes.

EEUU protestó enérgicamente contra esos métodos. Defendía el derecho de los neutrales, insistía en la diferencia ente contrabando y no contrabando, reivindicaba el derecho a comerciar con otros neutrales, y defendía la "libertad de los mares". Aquello dio origen a muchas malas actitudes recíprocas entre los gobiernos norteamericano e británico, en 1915 y 1916. Pero, cuando EEUU entró en la guerra, adoptó la posición aliada, y su flota pasó a imponer exactamente los mismos métodos. Se incumplió, realmente, la ley internacional.

Los alemanes replicaron intentando bloquear a Inglaterra. Unos pocos acorazados fueron capaces, durante algún tiempo, de destruir barcos británicos en todos los océanos. Pero los alemanes confiaban sobre todo en los submarinos. El submarino era una arma tosca: su comandante no siempre podía saber qué tipo de barco estaba atacando, ni trasladar a los pasajeros, ni confiscar la carga, ni escoltar el barco, ni hacer muchas cosas, excepto hundirlo. Citando como justificación los abusos británicos, Alemania declaró, en febrero de 1915, que las aguas en torno a las islas británicas eran zona de guerra donde los barcos aliados serían torpedeados y los neutrales correrían grave peligro. En mayo, el barco de línea Lusitania fue hundido cerca de Irlanda. Murieron 1.200 personas, de las que 118 eran norteamericanos El Lusitania era británico, llevaba material de guerra fabricado en EEUU para los aliados, y los alemanes habían advertido en la prensa de Nueva York que los norteamericanos no subiesen a él. Wilson afirmó que otro acto así lo consideraría “deliberadamente inamistoso”. Los alemanes, para evitar conflictos, redujeron durante dos años el uso de sus submarinos.

El acceso aliado al mar se vio reforzado por la única gran batalla naval de la guerra, la de Jutlandia (mayo de 1916). Los alemanes cayeron en una trampa en la que la flota británica les cogió por sorpresa. Tras horas de duro combate, los alemanes lograron retirarse entre aguas minadas. Habían perdido menos tonelaje y menos hombres que los británicos; demostrando su habilidad en el combate naval, pero no habían logrado destruir el predominio británico.

Sin solución militar a la vista, ambas partes buscaban nuevos aliados y sólo quedaba Italia, miembro de la Triple Alianza, pero de la que se había apartado hacía tiempo. La población estaba dividi­da. Socialistas y católicos querían segui­r neutrales, pero los nacionalistas radicales veían la oportunidad de conseguir las tierras irredentas, es decir, las regiones en las que vivían italianos y que no se habían incorporado cuando se unificó Italia. Al final, el gobierno ligó su suerte a los aliados en el tratado secreto de Londres de 1915. Si ganaban la guerra, Italia recibiría de Austria el Trentino, el Tirol meridional, Istria y la ciudad de Trieste, y algunas islas Dálmatas, y del imperio turco pequeñas zonas del Asia Menor. De las colonias africanas de Alemania, Italia recibiría mejoras en Libia y Somalia. Pero el plan, diseñado por Italia, de abrir un nuevo frente contra Austria-Hungría en los Alpes fracasó, principalmente porque muchos soldados italianos no veían razón para luchar por el gobierno de un Estado que no consideraban como suyo y cuya lengua pocos sabían hablar. Después de la importante derrota militar de Caporetto en 1917, los italianos tuvieron incluso que recibir contingentes de refuerzo de otros ejércitos aliados.

Cada bando se dirigió también a las minorías descontentas que vivían en el territorio del otro. Los alemanes prometían una Polonia independiente para entorpecer a Rusia. Excitaban el nacionalismo en Ucrania. Suscitaban un movimiento flamenco progermano en Bélgica. Persuadían, sin éxito, al sultán otomano de que declarase una guerra santa en África del Norte, con la esperanza de que los musulmanes expulsaran a los británicos de Egipto y a los franceses de Argelia. Apoyaban el nacionalismo irlandés, y contribuyeron a precipitar la “rebelión de Pascua” de 1916, que fue sofocada por los británicos.

En cuanto a EEUU, un curioso hecho similar fue el “telegrama Zimmermann”. En 1916, tropas de EEUU habían cruzado la frontera de México persiguiendo a unos bandidos, lo que provocó la protesta del gobierno mexicano. En enero de 1917, el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Arthur Zimmermann, envió un telegrama a su embajador en México pidiéndole que comunicase al Presidente mexicano que, si EEUU entraba en guerra contra Alemania, ésta se aliaría con México, lo que le permitiría recuperar sus "territo­rios perdidos", es decir, la zona conquistada por EEUU a México en 1848 (Texas, Nuevo México y Arizona; California no fue mencionada por Zimmermann, el cual no tenía una idea muy precisa de la historia de aquellas tierras). El telegrama fue interceptado y descifrado por los británicos, que lo pasaron a Washington. Publicado en la prensa, sacudió a la opinión pública de EEUU.

Los aliados tuvieron más éxito en sus llamadas al descontento nacionalista, dado que las minorías nacionales más activas estaban en el territorio de sus enemigos. Prome­tieron la independencia a los polacos (aunque con cierta dificultad mientras se mantuvo la monarquía zarista). Les resultó más fácil apoyar la independencia de los checos, los eslovacos y los yugoslavos, porque una victoria aliada disolvería la monarquía austro-húngara.

Los aliados planeaban también un reparto del imperio turco, que abarcaba desde Constan-tinopla hasta Oriente Medio, Arabia e Irak. Gran Bretaña y Francia cedieron en su vieja oposición al control ruso de los Estrechos: en un tratado secreto de 1915, acordaron que Rusia podría anexionarse Constantinopla y los Dardanelos. Los británicos despertaron también en los árabes la esperanza de la independencia. El coronel Lawrence impulsó una insurrección en el Hejaz contra los turcos; y en 1916 el emir Hussein, con apoyo británico, se proclamó rey de los árabes, desde el mar Rojo hasta el golfo Pérsico. Los sionistas veían en el hundimiento turco la oportunidad de realizar su sueño de crear un Estado propio en Palestina. Como Palestina era un país árabe (y lo había sido durante más de mil años), este sueño chocaba con los planes británicos de proteger el nacionalismo árabe. De todos modos, en la nota Balfour de 1917, el gobierno británico prometía apoyar una “patria (home) judía” en Palestina. En cuanto al resto del imperio turco, otro acuerdo de 1916, adoptado en el mismo momento en que Hussein se convertía en rey de Arabia, lo dividía en esferas de influencia: Mesopotamia corresponde­ría a Inglaterra, Siria y el sudeste del Asia Menor a Francia, Armenia y Kurdistán a Rusia, y se reservaban pequeñas zonas para Italia.

Mientras tanto, británicos y franceses se hacían fácilmente con las colonias alemanas en África. Y en China la guerra alimentaba las viejas ansias imperialistas japonesas. Japón declaró la guerra a Alemania, invadió sus concesiones en China y las islas alemanas en el Pacífico, las Marshall y las Carolinas. En enero de 1915, Japón presentó sus 21 Demandas sobre China, un ultimátum secreto que los chinos se veían obligados a aceptar casi en su totalidad. Japón convertía así a Manchuria y China septentrional en un protectorado.

D. La retirada de Rusia y la intervención de EEUU (1917-1918).

El primer gobierno víctima de la guerra fue el del zar. Así como la guerra ruso-japonesa había llevado a la revolución de 1905, la Gran Guerra, más desastrosa, llevo a la revolución de 1917, mucho más importante. La guerra fue una prueba que el gobierno zarista no pudo superar. Corrupto e incapaz de suministrar el material bélico necesario, arrojando millones de campesinos al frente, a veces incluso sin rifles, perdiendo cientos de miles de hombres, y sin presentar meta alguna que justificase el sacrificio, el régimen zarista perdió la lealtad del pueblo. En marzo de 1917, las tropas de San Petersburgo se amotinaron, mientras huelgas y disturbios dominaban la ciudad. La Duma, o parlamento ruso, aprovechó la ocasión para exigir reformas. El 15 de marzo el zar abdicó y tomó el poder un gobierno provisional, formado por nobles y burgueses liberales, con algún socialista. Estaban decididos a continuar la guerra, fieles al compromiso contraído con los aliados. Pasados los momentos de entusiasmo, ni los campesinos ni los obreros sentían lealtad a un gobierno formado por políticos que no daban respuesta a sus necesidades más perentorias.

La situación del gobierno provisional se hizo cada vez más insostenible, sin apoyos ni en la derecha ni en la izquierda. En noviembre de 1917, Lenin y los bolcheviques se hicieron con el poder y en diciembre iniciaron conversaciones de paz con los alemanes. Mientras tanto, los pueblos occidentales de la vieja Rusia (polacos, ucranianos, estonios, letones, lituanos, finlandeses) proclamaron, con apoyo alemán, su independencia. Los bolcheviques, como no querían o no podían luchar, se vieron obligados a firmar en marzo de 1918 el tratado de Brest-Litovsk, por el que reconocían la pérdida de Polonia, Ucrania, Finlandia y las provincias bálticas.

Para los alemanes, Brest-Litovsk representaba su máximo éxito durante la 1ª G.M. No sólo habían neutralizado a Rusia, sino que además dominaban Europa oriental mediante los sumisos jefes de los nuevos Estados independientes. Atenuaron los efectos del bloqueo naval, cogiendo grandes cantidades de alimentos de Ucrania, aunque menos de lo que esperaban. En el este quedaron algunas tropas alemanas, pero ya no había guerra en dos frentes. Grandes contingentes militares fueron trasladados del este al oeste. El alto mando, bajo Hindenburg y Ludendorff desde agosto de 1916, se disponía a asestar un último golpe contra Francia.

La retirada de Rusia fue un duro golpe para los aliados. 1918 se convirtió en una carrera por ver si la ayuda de EEUU podía llegar a tiempo y en cantidad suficiente para compensar la ventaja obtenida por Alemania. En marzo los alemanes, con ataques de gas y un bombardeo masivo, iniciaron una gran ofensiva ante la que los franceses y los británicos retrocedieron. En mayo los alemanes estaban de nuevo en el Marne, a 60 km de París.

El presidente Wilson se había inclinado insistentemente por la neutralidad, mientras que la población estaba dividida. Muchos habían nacido en Europa o eran hijos de europeos. Los de origen irlandés eran antibritánicos; los de origen alemán solían ser proalemanes. La venta de material de guerra a los aliados y la compra de bonos de los gobiernos aliados habían dado a ciertos círculos influyentes un interés material por la victoria aliada. Casi todos, excepto los aislacionistas, consideraban que una victoria aliada beneficiaría la causa de la democracia, la libertad y el progreso, mucho más que si vencía el imperio alemán. Por otra parte, Gran Bretaña y Francia eran sospechosas de tener motivos algo dudosos, y estaban aliadas con la autocracia zarista reaccionaria y brutal. La caída del zarismo inclinó la balanza a favor de Rusia, que parecía avanzar en la misma dirección emprendida por Inglaterra, Francia y EEUU en el siglo XIX.

Estrangulados cada vez más por el bloqueo, e incapaces de alcanzar un triunfo decisivo en tierra, el gobierno y el alto mando alemanes se mostraron dispuestos a escuchar a los expertos en guerra submarina, que aseguraban poder obligar a Gran Bretaña a rendirse en seis meses. Los ministros civiles se opusieron temiendo las consecuencias de una guerra con EEUU, pero no se atendieron sus razones. Así, la guerra submarina ilimitada se reanudó el 1 de febrero de 1917. Aunque se preveía que EEUU respondería declarando la guerra, el alto mando creía que esto no supondría, de momento, ninguna diferencia. Calculaba, correctamente, que, desde que EEUU entrase en guerra hasta que pudiera participar con su propio ejército, transcurriría casi un año, y que, mientras tanto, en unos seis meses, ellos podían obligar a Gran Bretaña a aceptar la derrota.

El 31 de enero de 1917, los alemanes notificaban la reanudación de la guerra submarina ilimitada contra todo barco mercante en torno a las islas británicas o en el Mediterráneo. Wilson rompió relaciones diplomáticas y ordenó armar los buques de carga. Al mismo tiempo, el tele-grama Zimmermann convenció a muchos de la agresividad alemana. Agentes alemanes habían actuado en EEUU, fomentando huelgas y saboteando fábricas dedicadas a abastecer de material a los aliados. En febrero y marzo fueron hundidos varios barcos norteamericanos. Wilson llegó a la conclusión de que Alemania era una amenaza y obtuvo una entusiasta declaración de guerra del Congreso, el 6 de abril de 1917, “con el fin de salvar al mundo para la democracia”.

Al principio, la campaña alemana superó incluso las predicciones de sus impulsores. En febrero los alemanes hundieron 540.000 Tm de barcos, en marzo 578.000 y en abril 874.000. El gobierno de Londres empezó a ser presa del pánico; la reserva de alimentos se redujo a sólo seis semanas. Poco a poco, fueron poniéndose en práctica contramedidas: barreras de minas, hidrófonos, cargas de profundidad, reconocimiento aéreo, y, sobre todo, convoyes. Varias decenas de buques juntos, aunque tuvieran que navegar a la velocidad del más lento, podrían ser protegidos por una concentración de barcos de guerra suficiente para mantener alejados a los submarinos. La marina de guerra de EEUU aportó a los aliados una fuerza adicional suficiente para conseguir que los convoyes y otras medidas antisubmarinas resultasen muy efectivas. A finales de 1917, el submarino ya no era más que una molestia.

En el frente occidental, mientras EEUU se preparaba denodadamente para la guerra, franceses y británicos seguían manteniendo sus líneas en 1917. Los franceses, al mando del general Nivelle, lanzaron en el Chemin des Dames una ofensiva tan sangrienta y desafortunada que la rebelión se extendió por todo el ejército francés. Pétain sustituyó a Nivelle y restableció la disciplina entre los exhaustos y desilusionados soldados, pero no pensó en nuevos ataques. Los británicos asumieron entonces el peso principal. Entre septiembre y noviembre libraron la terrible batalla de Passchendaele (Yprès), perdiendo 400.000 hombres. Y en diciembre sorprendieron a los alemanes penetrando profundamente con 380 tanques en las líneas alemanas, pero se vieron forzados a retirarse, al no disponer de ninguna reserva de infantería fresca para explotar su éxito.

El efecto claro de las campañas de 1917, y del rechazo del submarino al mismo tiempo, fue el de subrayar nuevamente el estancamiento de Europa, inclinar a los cansados aliados a esperar a los norteamericanos, y darles a éstos lo que más necesitaban, tiempo. Y EEUU lo empleó bien. El ejército, cuyos profesionales en 1916 eran sólo 130.000, realizó la gigantesca hazaña de convertir en soldados a 3,5 millones de civiles, más medio millón en la marina. A los préstamos privados concedidos antes, se sumaban ahora unos 10.000 millones $ prestados por el gobierno. Con ese dinero los aliados compraban alimentos y pertrechos en EEUU. Las granjas y las fábricas, que ya habían prosperado en los años de neutralidad, superaban ahora todos los récords de producción. La industria civil se transformó: las fábricas de pianos producían alas de avión y las de radiadores, cañones. Se incrementó al máximo la construcción de barcos trasatlánticos para transportar los abastecimientos y las tropas. La capacidad de carga disponible pasó de 1 a 10 millones de Tm. El consumo civil se redujo drásticamente. Se ahorraron 8.000 Tm de acero en la fa­bricación de corsés y 75.000 Tm de estaño en la de vagones de juguete. Todas las semanas, la gente observaba el “martes sin carne” y se racionó el azúcar. Para ahorrar carbón, se introdujo el horario de verano, ideado en Europa durante la guerra. EEUU formó así enormes stocks, aunque para algunos productos, en especial aviones y munición de artillería, el ejército de EEUU, cuando llegó a Francia, dependió en gran medida de la fabricación inglesa y francesa.

E. El hundimiento de las potencias centrales (1918).

La superioridad alemana pudo ser decisiva de no contar los aliados con los recursos de EEUU. Victoriosos en el este, los alemanes lanzaron una gran ofensiva en el oeste, en marzo de 1918, esperando forzar el final antes de que EEUU inclinase la balanza. Para hacer frente a esa ofensiva, se unificó, por primera vez, el mando de todas las fuerzas aliadas, incluidas las de EEUU (general Pershing), bajo el general francés Foch. En junio, los alemanes lograron romper el frente y avanzar sobre París. Con esa posición favorable, el gobierno vio oportuno hacer un último esfuerzo en pro de un compromiso de paz. Pero los militares (Hindenburg y Ludendorff) lograron bloquearlo. Las tropas alemanas alcanzaron su máximo avance el 15 de julio en el Marne: fue el último envite de una Alemania exhausta que se sabía al borde de la derrota. Cuando empezó el contraataque aliado el 18 de julio, el fin de la guerra era cuestión de semanas.

La ofensiva final, iniciada en septiembre, fue superior a lo que los alemanes podían resistir. El alto mando alemán notificó al gobierno que no podía ganar la guerra. El ministerio de AA.EE. hizo propuestas de paz a Wilson. Se acordó un armisticio y el 11 de noviembre de 1918 cesaron las hostilidades en el frente occidental. Por entonces había 2 millones de soldados de EEUU en Europa, y otro millón estaba en camino: de hecho, sólo habían luchado cuatro meses. En 1918, de cada cien disparos de la artillería aliada, Francia hizo 5l, Gran Bretaña 43 y EEUU 6.

La guerra fue funesta para el imperio Habsburgo. Varias nacionalidades eran reconocidas por los aliados y en octubre declaraban su independencia. El último emperador, Carlos I, abdicó el 12 de noviembre, y, poco después, Austria y Hungría se proclamaban repúblicas. Antes de reunirse ninguna conferencia de paz, habían surgido, por iniciativa propia, los nuevos Estados de Checoslovaquia, Yugoslavia, una Rumania ampliada y unas minúsculas Hungría y Austria.

El imperio alemán se mantuvo firme hasta las últimas semanas. Liberales, demócratas y socialistas habían empezado a presionar en favor de la democratización y de la paz. Pero fue el alto mando el que precipitó el desastre. En septiembre de 1918, sólo Ludendorff (que había concentrado desde 1916 máximos poderes) y sus cercanos colaboradores sabían que la causa alemana estaba perdida. El día 29, informaba al Káiser que se debía pedir la paz y consideraba urgente formar un gobierno que reflejase la mayoría del Reichstag conforme a principios parlamentarios democráticos. Al pedir inmediatas negociaciones de paz, lo hacía con dos propósitos. Por un lado, ganar tiempo para reagrupar sus ejércitos y preparar una nueva ofensiva. Y, por otro, si el hundimiento se hacía inevitable, serían los elementos civiles o democráticos los que pedirían la paz, quedando el prestigio del ejército a salvo.

Se formó un gobierno presidido por el príncipe liberal Max y con participación socialista, que llevó a cabo algunas reformas democráticas, convirtiéndose Alemania en una monarquía constitucional. Para Ludendorff, los cambios no eran suficientemente rápidos. El ejército nunca debería admitir la rendición; eso era un asunto para hombres de negocios. El emperador, el alto mando, los oficiales y los aristócratas lo dejaban a cargo de los civiles.

Wilson se prestó inconscientemente a su juego. Insistía en que el gobierno alemán debía ser más democrático. Quería que fuese la Alemania real la que aceptase las condiciones aliadas. En Alemania, conforme se hacía evidente el desastre militar, muchos empezaban a considerar al Káiser un obstáculo para la paz. Incluso los oficiales comenzaban a hablar de abdicación. El 3 de noviembre los marineros se amotina­ron en Kiel y en diversas ciudades se formaron consejos de obreros y de soldados. Los socialistas amenazaron con retirarse del gobierno, si Guillermo II no abdicaba. El 9 de noviembre se inició una huelga general, liderada por algunos socialistas y sindicalistas. Guillermo II abdicó ese mismo día y huyó a Holanda (a pesar de la insistente petición de que se le tratase como a un “criminal de guerra”, vivió allí tranquilamente hasta su muerte en 1941). Ese mismo día, se proclamó la república. Dos días después, la guerra terminaba.

La caída del imperio alemán y la instauración de la república, no surgió de un descontento general o una profunda acción revolucionaria. Fue un episodio de la guerra. La llamada república de Weimar nació porque el enemigo victorioso lo exigía, el pueblo alemán anhelaba la paz, querían evitar una revolución violenta, y la vieja clase militar, para salvar su prestigio y su fuerza con vistas al futuro, quería verse marginada, al menos temporalmen­te. Cuando terminó la guerra, el ejército alemán aún estaba en Francia y su disciplina y organización se mantenían bastante intactas. Ni un solo tiro se había hecho en suelo alemán. Después, algunos dijeron que el ejército no había sido derrotado, sino “apuñalado por la espalda”. Esto no era verdad; fue Ludendorff, presa del pánico, el primero que clamó por la “democracia”. Pero las circunstancias en que se originó la república alemana enturbiaron profundamente su historia posterior y la de Europa.

2 Una guerra “total”.

Se da por sentado que la guerra moderna involucra a todos los ciudadanos (y moviliza, además, a la mayoría de ellos), utiliza en cantidades ingentes un armamento que exige una transformación del conjunto de la economía para producirlo, causa un altísimo nivel de destrucción, y domina y modifica por completo la vida de los países participantes. Ahora bien, todo eso se da sólo en las guerras del siglo XX. Antes había habido guerras muy destructivas e incluso conflictos civiles como la revolución francesa, que anticiparon lo que luego sería la guerra total, pero hasta el siglo XX las guerras en las que participaba toda la sociedad eran excepcionales. A partir de 1914 todos los conflictos fueron guerras masivas.

A. Una movilización masiva de la población.

En la lª G.M. Gran Bretaña movilizó al 12,5% de la población masculina, Alemania el 15,4 y Francia casi el 17%. Una movilización tan masiva durante varios años sólo se puede mantener con una economía industrializada moderna de elevada productividad o con una economía sustentada por la población no beligerante. Las economías agrarias tradicionales no pueden movilizar un porcentaje tan elevado de mano de obra excepto estacionalmente. Pero incluso en las sociedades industriales, tal movilización conlleva unas enormes necesidades de mano de obra, razón por la cual las guerras modernas masivas reforzaron el poder de las organizaciones obreras y produjeron una revolución (si bien sólo temporal en el caso de la lª G.M.) en cuanto a la incorporación de la mujer al trabajo fuera del hogar,

El reclutamiento militar fue el primer paso para la asignación de la mano de obra. Las juntas de reclutamiento mandaban a unos al ejército, y eximían a otros para trabajar en las industrias de guerra. Dado el elevado número de bajas en el frente, eso significaba que el Estado tenía un gran poder de decisión sobre la vida individual. Con la insaciable necesidad de tropas, que obligaba al reclutamiento de hombres inicial­mente exentos o rechazados como inútiles, en fábricas y en oficinas se colocaron muchas mujeres y, en Inglaterra, también en los cuerpos femeninos, recientemente organizados, de las fuerzas armadas. Las mujeres se encargaron de muchos trabajos, de los que se pensaba que solo podían hacer los hombres. Durante la guerra, los gobier­nos no obligaban directamente a los hombres o a las mujeres a dejar un trabajo y a tomar otro. No hubo un reclutamiento forzoso de fuerza de trabajo, excepto en Alemania. Pero, al influir en las escalas salariales, al conceder exenciones de reclutamiento, al obligar a unas industrias a ampliarse y a otras a contraerse o a permanecer iguales, y al propagar la idea de que el trabajo en una fábrica de armas era patriótico, el Estado desplazaba a grandes contingentes de obreros hacia la producción de guerra. El trabajo forzado o “esclavo” no se utilizó en la 1ª G.M. ni se obligó a los prisioneros de guerra a prestar servicio de trabajo, aunque hubo algunos abusos de estas normas del derecho internacional por parte de los alemanes, que posiblemente fueron los menos escrupulosos, y, desde luego, los más apremiados por la necesidad.

La 1ª G.M. provocó una cierta revolución en el papel de la mujer en la sociedad. Las mujeres, normalmente “invisibles” en la historia política y económica de Europa en tiempo de paz, progresaron en el terreno político, económico y social durante la guerra y, sobre todo, a su término, aunque cabe objetar que buena parte de ese progreso fue más aparente que real. Para algunas mujeres de clase media y alta la guerra representó una excelente oportunidad para escapar de la vaciedad asfixiante de tener que dedicarse a hacer punto, a la caridad o a mantener una conversación educada en la que habían estado encalladas durante gran parte del siglo XIX.


El cuidado de los heridos fue la aportación más inmediata que hicieron las mujeres en la guerra. En Gran Bretaña, el Servicio Imperial de Enfermeras de la reina Alejandra, por ejemplo, pasó de 163 enfermeras en 1914 a 7.710 enfermeras tituladas y 5.407 voluntarias con nula o poca formación al final de la guerra. En la brutalidad de los campos de batalla, era una profesión que exigía un valor considerable. Antes de que se inventaran las pomadas antisépticas, había que cambiar varias veces al día los vendajes de las heridas graves en la cabeza, por ejemplo, pero ni siquiera las carnicerías a toda velocidad de los quirófanos bastaban para eliminar la compasión y las atenciones de estas enfermeras, de formación a menudo deficiente, hacia sus pacientes.

La guerra elevó el nivel de vida y de salud de las mujeres trabajadoras, que vieron que podían obtener empleos estables y salarios nunca antes soñados. Las mujeres trabajaban en las fábricas de municiones (las munitionettes inglesas); en Francia representaban el 25% del personal de las fábricas de material de guerra. En Alemania, la proporción era aún mayor: las fábricas de armamento Krupp, que empleaban a unas 2.500 mujeres antes de la guerra, contaban con 28.000 en 1918. Otras se hicieron revisoras de autobús o accedieron a oficios a los que hasta entonces no habían tenido opción. Pero muy pocas ocupaciones resultaron feminizadas. Durante la guerra y sobre todo a su término, las mujeres siguieron trabajando sobre todo de enfermeras, secretarias y maestras. En 1921 sólo había 17 abogadas, 49 arquitectas y 41 ingenieras civiles en Inglaterra y Gales. En la Alemania de la posguerra, muchas de las mujeres trabajadoras se concentraban en trabajos no especializados industriales, agrícolas y domésticos, que exigían un gran esfuerzo, eran peor vistos y recibían peores sueldos que nunca. Durante 30 años estas características del empleo femenino se mantuvieron sin cambios. Los salarios de las mujeres siguieron siendo inferiores a los de los hombres por el mismo trabajo. No se promovía su formación laboral, y cuando los hombres regresaban de la guerra se suponía que las mujeres volvían a ponerse tras los fogones.

La propaganda representaba a las mujeres animando a sus maridos/novios a ingresar en el ejército, despidiéndose de ellos y pariendo los hijos de los héroes muertos. También surgió la “preocupación” pública por el hecho de que las mujeres con salario alterasen la autoridad tradicional dentro de la familia en la que el padre era quien ganaba el dinero y la madre reforzaba la autoridad paterna. Las hijas también se hicieron ahora más importantes: debían hacer largas colas para conseguir patatas, margarina y carne de caballo. Pero muchas mujeres no esperaban que los hombres reconociesen su aportación al esfuerzo de guerra.

Quizá lo más visible que consiguieron las mujeres después de la guerra fue el voto, pera incluso aquí resulta difícil determinar hasta qué punto contribuyó a ello la aportación femenina al esfuerzo de guerra. En Inglaterra y en Alemania las mujeres consiguieron el voto en 1918, logro que en algunos países como Dinamarca y Holanda se obtuvo durante la propia guerra. En la mayoría de los países democráticos europeos se generaliza antes de 1923. Sin embargo, en Francia las mujeres tendrán que esperar hasta 1944 para poder votar.

Las mujeres obtienen, pues, el voto en la mayor parte de Europa, pero, a cambio, al final de la guerra se les pide que regresen a sus casas y a sus tradicionales oficios femeninos. Con o sin resistencia por parte de las mujeres, se produce en todas partes la desmovilización rápida y brutal, siendo las obreras de guerra las primeras en ser despedidas. Se pretende con ello restablecer la familia tradicional y un mercado de trabajo sexualmente diferenciado.

B. Una movilización masiva de recursos: la intervención del Estado.


Las guerras del siglo XX han sido masivas también en el sentido de que han utilizado y destruido cantidades hasta entonces inconcebibles de productos. De ahí el término alemán de "guerra de materiales" para describir las batallas del frente occidental en 1914-18. Antes de la 1914 Francia había planificado una producción de 10.000 proyectiles diarios, pero al final su industria tuvo que producir 200.000. Incluso la Rusia zarista producía 150.000 proyectiles diarios. No es extraño, por tanto, que se revolucionaran los procesos de ingeniería mecánica de las fábricas. Y no sólo en la producción de armas y municiones, sino también en la de pertrechos como la ropa militar. La guerra masiva exigía una producción masiva.

La guerra total era la empresa de mayor amplitud conocida hasta entonces y debía organizarse y gestionarse con todo cuidado. Ello planteaba también problemas nuevos. En el siglo XIX los ejércitos y la guerra no tardaron en convertirse en "industrias" o complejos de actividad militar mucho más grandes que las empresas privadas. Además, en casi todos los países el Estado participaba en las empresas de armamento y material de guerra, estableciéndose a finales del siglo una simbiosis entre gobierno y empresas privadas, sobre todo en sectores de alta tecnología como la artillería y la marina. Sin embargo, el principio básico vigente era que en tiempo de guerra la economía tenía que seguir funcionando, en la medida de lo posible, como en tiempos de paz ("business as usual"), aunque algunas industrias como, por ejemplo, la de prendas de vestir, que debía producir prendas militares a una escala inconcebible en tiempos de paz.

Para el viejo capitalismo (liberalismo económico y libre empresa privada), era esencial la idea de que el Estado debía dejar libertad a las empresas o, como mucho, regular ciertas condicio-nes generales de la actuación de los empresarios. Antes ya de 1914 los gobiernos intervenían cada vez más en la economía: fijando tarifas aduaneras, protegiendo industrias, buscando mercados o materias primas mediante la expansión imperialista, o aprobando leyes sociales en beneficio de los obreros. Pero durante la guerra, los gobiernos controlaron el sistema económico mucho más a fondo. En realidad, la idea de “economía planifica­da”, como un intento estatal de dirigir todos los recursos y las mentes de la sociedad hacia un solo fin, se aplicó por primera vez en la 1ª G.M.

Como no se esperaba una guerra larga, nadie había previsto una movilización de la industria. Todo tuvo que improvisarse. En 1916 los gobiernos habían creado ya un sistema de juntas, oficinas y comisiones para coordinar su esfuerzo de guerra. El objetivo era comprobar que la mano de obra se utilizaba eficazmente y que se obtenía el máximo rendimiento de los recursos del país y de los que pudieran importarse. En la tensión bélica, la libre competencia parecía ruinosa, y la empresa privada de libre dirección, demasiado insegura y lenta. La búsqueda de la ganancia cayó en cierto descrédito. Los que se aprovechaban de la escasez para enriquecerse eran mal vistos como “acaparadores”. La producción para uso civil, o para lujo, se redujo al mínimo. No se permitía a los empresarios abrir o cerrar fábricas a voluntad. Todo nuevo negocio requería autorización gubernamental; la emisión de acciones y bonos estaba controlada, y las materias primas se suministraban según normas del gobierno. Si una empresa de producción de guerra era poco eficiente o no generaba beneficios, el gobierno podía mantenerla abierta y hacerse cargo de las pérdidas. La nueva meta era la coordinación o “racionali­zación” de la producción al servicio del país en conjunto. Se disuadió a los trabajadores de protestar por horarios o salarios, y los grandes sindicatos aceptaron, por lo general, no convocar huelgas. En cuanto a las clases alta y media, les resultaba embarazoso mostrar demasiado públicamente su riqueza. Era patrióti­co comer poco y llevar trajes viejos. La guerra dio un nuevo impulso a la idea de la igualdad económica, aunque sólo fuese porque reunía a ricos y pobres al servicio de una causa común.

Los gobiernos controlaban también el comercio exterior. No se podía tolerar que los particulares sacasen libremente los recursos del país ni que utilizaran el cambio exterior para importar artículos innecesarios o elevar el precio de los artículos de primera necesidad. El comercio exterior se convirtió en un monopolio estatal, en el que las empresas privadas actuaban según licencias y cuotas rigurosas. El mayor exportador fue EEUU, cuyas exportaciones anuales se elevaron de 2.000 millones $ a 6.000 entre 1914 y 1918.


En cuanto a los aliados europeos, que antes de 1914 importaban más que exportaban, y que ahora exportaban lo menos posible, sólo podían comprar en EEUU, gracias a los préstamos del gobierno norteamericano y a los dólares obtenidos por las ventas masivas de acciones y bonos norteamericanos que poseían los británicos y los franceses, y que éstos, presionados por sus respectivos gobiernos, vendieron a los propios norteamericanos. De este modo, EEUU dejó de ser un país deudor (que debía unos 4.000 millones $ a los europeos en 1914), y se convirtió en el país acreedor más importante del mundo al que los europeos debían, en 1919, unos 10.000 millones $.

Los aliados controlaban el mar, pero no tenían barcos suficientes para la creciente demanda, sobre todo con los submarinos alemanes cobrando un duro peaje, aunque fluctuante. Los gobiernos crearon Juntas de Marina, para impulsar la construcción naval y asignar el espacio de embarque disponible a los objetivos más urgentes: movimiento de tropas, importación de caucho, artículos alimenticios, etc. Este control acabó siendo internacional bajo el Interallied Shipping Council, del que EEUU fue miembro, una vez que entró en la guerra. En Gran Bretaña y Francia, donde las manufacturas dependían de la importación, el control estatal de la marina, y, por tanto, de las importaciones, bastaba para proporcionar el control de toda la economía.

Alemania, al negársele el acceso al mar (como Rusia y otros países europeos), se vio obligada a adoptar medidas autárquicas sin precedentes. El petróleo de Rumania y el trigo de Ucrania, de los que pudo disponer al final de la guerra, eran pobres sustitutos del comercio mundial del que Alemania había dependido anteriormente. Los alemanes contaban con menos alimentos que sus adversarios. Sus controles estatales eran bastante completos. Lo llamaron “socialismo de guerra”, del que fue responsable Walter Rathenau, un industrial judío, hijo del dueño del trust eléctrico alemán. Pronto previó que la guerra iba a ser larga, así que lanzó un programa para disponer de materias primas. Ante la falta de nitrógeno para explosivos, requisó todos los recursos naturales concebibles, incluso el estiércol animal, hasta que los químicos lograron extraer nitrógeno del aire. La industria alemana desarrolló otros productos sustitutivos, como el caucho sintético. La producción se organizó en “compañías de guerra”, una para cada rama industrial, con empresas privadas que trabajaban bajo la estrecha supervisión del gobierno.

Los otros gobiernos beligerantes también sustituyeron la competencia entre las distintas empresas con la coordinación. Los “consorcios” industriales en Francia asignaban las materias primas y los pedidos del gobierno a cada industria. La Junta de Industrias de Guerra hizo lo mismo en EEUU. En Inglaterra, métodos similares llegaron a ser tan eficaces, que en 1918, por ejemplo, el país producía, cada dos semanas, tantas bombas como en todo el primer año de la guerra, y una cantidad seten­ta veces mayor de artillería pesada.

En la práctica las economías de guerra planificadas de las democracias occidentales fueron muy superiores a la de Alemania, pese a su tradición y sus teorías relativas a la administración burocrática racional. La economía de guerra alemana fue menos sistemática y eficaz a la hora de movilizar recursos y no se ocupó con tanta atención de la población civil. Los británicos y los franceses que lograron salir ilesos de la lª G.M. gozaban probablemente de mejor salud que antes de la guerra, incluso aun siendo más pobres, y los ingresos reales de los trabajadores habían subido. Por su parte, los alemanes se alimentaban peor y sus salarios reales habían bajado.

C. Repercusiones económicas.


Para el Estado el principal problema era el cómo financiar la guerra: ¿con créditos o con impuestos directos? y ¿en qué condiciones? Al ministro de Hacienda le correspondía, pues, dirigir la economía de guerra. Pero durante la lª G.M., que se prolongó más tiempo del previsto por los gobiernos y en la que se utilizaron muchos más efectivos y armamento del imaginado, la economía siguió funcionando como en tiempos de paz, lo que imposibilitó el control por parte de los ministerios de Hacienda, aunque sus funcionarios (como el joven Keynes en Gran Bretaña) no veían con buenos ojos la tendencia de los políticos a preocuparse de conseguir el triunfo sin tener en cuenta los costos financieros. Estaban en lo cierto. Gran Bretaña utilizó muchos más recursos de los que disponía, lo que tuvo consecuencias negativas duraderas para su economía.

Los gobiernos no podían, ni con impuestos elevados, recaudar todo el dinero necesario, por lo que recurrieron a imprimir papel moneda, lanzar grandes emisiones de bonos, o forzar a los bancos a concederles créditos. El resultado fue una fuerte inflación. Los precios (como los sala-rios) se regularon, pero nunca volvieron a un nivel tan bajo como antes de 1914. Ello perjudicó, sobre todo, a quienes vivían de rentas fijas o percibían sueldos anuales, así como a los profesio-nales y los funciona­rios, grupos que antes de la guerra habían ejercido en Europa una influencia estabilizadora. La guerra amenazó su situación, su prestigio y su nivel de vida. Una deuda nacional elevada significaba mayores impuestos para los próximos años. Durante la guerra, Francia e Italia pidieron prestado a Gran Bretaña, y todos ellos a EEUU. Para pagar la deuda, se verían obligados durante años a exportar más de lo que importaban, esto es, a producir más de lo que consumían. Antes de 1914, el nivel de vida de los países europeos dependía sobre todo de que solían importar más de lo que exportaban, pero la guerra amenazaba cambiar esta tendencia.

Sin duda, la guerra total revolucionó el sistema de gestión. También hizo que progresara el desarrollo tecnológico, pues el conflicto no enfrentaba sólo a los ejércitos, sino también a las tecnologías para conseguir las armas más eficaces y otros servicios esenciales. De hecho, la guerra ha sido un factor fundamental para acelerar el progreso técnico, al soportar el costo del desarrollo de innovaciones tecnológicas que probablemente nadie habría intentado en tiempos de paz o que en todo caso se habrían conseguido con mucha mayor lentitud y dificultad. No obstante, la economía industrial moderna se sustentaba en una innovación tecnológica constante, que sin duda se habría producido, incluso a un ritmo acelerado, aunque no hubiera habido guerras. La lª G.M. (y más aún la 2ª) contribuyó a difundir los conocimientos técnicos y tuvo notables repercusiones en la organización industrial y en los métodos de producción en masa, pero sirvió más para acelerar el cambio que para lograr una verdadera transformación.

¿Impulsó la guerra el crecimiento económico? En un aspecto, al menos, hay que contestar que no: la pérdida de recursos productivos fue enorme, así como la disminución de la población activa. En cambio, la guerra repercutió favorablemente en la economía de EEUU, que alcanzó un alto índice de crecimiento. Ese país se benefició de su lejanía del escenario de la lucha, de su condición de principal arsenal de los aliados y de su capacidad para organizar más eficazmente que nadie la expansión de la producción. Quizá el efecto económico más duradero de la lª G.M. (y de la 2ª) fue que dio a la economía de EEUU una situación de predominio mundial. En 1914 era ya la principal economía industrial, pero no era aún la economía dominante. Las guerras mundiales alteraron esa situación al fortalecer su economía y debilitar la de sus competidores.


Además, con una Europa desgarrada por la guerra, el resto del mundo aceleró su industrialización. Los japoneses empezaron a vender en China, India y Sudamérica los tejidos de algodón y otros artículos que esos países no podían obtener entonces de Europa. Argentina y Brasil, al no poder conseguir locomotoras o maquinaria minera en Inglaterra, empezaron a fabricarlas ellos mismos. En la India, los Tata, una rica familia que controlaba un gran capital nativo, crearon numerosas empresas, una de las cuales llegó a ser la mayor fábrica siderúrgica del imperio británico. Con Alemania fuera del mercado mundial, Gran Bretaña y Francia produciendo para sí mismas, y la marina mercante dedicada a usos bélicos, la posición de Europa como taller del mundo estaba siendo minada. Después de la guerra, los pilares económicos del siglo XIX se habían desplazado. La supremacía europea tocaba a su fin.

D. La movilización de los espíritus: la propaganda.

Para vencer al enemigo, los gobiernos, además de apelar a la fuerza militar y económica, procedieron también a la movilización de los espíritus. Intentaron controlar las ideas, como controlaron la producción económica. La libertad de pensamiento, respetada en toda Europa durante medio siglo, fue desechada. La propaganda y la censura fueron mucho más activas de lo que ningún gobierno, por despótico que fuese, habría nunca imaginado. Nadie podía mostrar ni una duda. Las técnicas de propaganda se pusieron al servicio de tres ideas principales: la causa defendida era justa, la derrota traería el triunfo del Mal y la victoria era indudable (este punto también se utilizaba para desalentar al enemigo).

Cada bando acusaba al otro de haber iniciado la guerra por mala voluntad. En Alemania, el peligro de invasión rusa era razón suficiente para continuar la lucha, lo mismo que para los franceses la necesidad de liberar su territorio nacional. La prensa británica señalaba que la ocupa-ción de Bélgica era una amenaza para el porvenir de Gran Bretaña. La “unión sagrada” agrupó a casi todos los partidos políticos. La exuberancia, el misticismo y el frenesí patriótico iban acompañados de una apelación al juicio de la Historia y de Dios: “Dios está con nosotros”, se decía en todos los idiomas. El contagio alcanzó a los espíritus más elevados. El filósofo Bergson escribía en 1914: “El conflicto actual nos muestra dos fuerzas enfrentadas. La que se desgasta [la alemana] porque no se apoya sobre un ideal superior y la que no se desgasta [la francesa] porque se apoya en un ideal de justicia y libertad”. En Alemania los intelectuales juzgaban que su país luchaba para defender la Kultur contra unos pueblos tan frívolos como los franceses y tan estériles como los británicos. El economista Sombart escribía: “El mundo se reparte en dos campos: el de los mercaderes (los ingleses) y el de los héroes (los alemanes). Los alemanes tienen que ver necesariamente el triunfo de su causa, porque es el triunfo de la civilización”.

La victoria del enemigo sólo podía ser el triunfo del Mal. En los países aliados, el Káiser era retratado como un demonio, con ojos brillantes y tiesos mostachos, entregado al infame pro-yecto de conquistar el mundo. En Alemania, se enseñaba a la gente a temer el día en que cosacos o senegaleses raptasen a las mujeres, y a odiar a Gran Bretaña como al enemigo que mataba de hambre a los niños con su inhumano bloqueo. El prolongado desgaste, la lucha estéril, las líneas inalterables de los frentes, las aterradoras bajas eran una prueba muy dura para la moral. Los civiles, privados de sus habituales libertades, trabajando penosamente, comien­do alimentos pobres y sin vislumbrar la victoria, tenían que mantener una moral elevada. Para excitar el ardor combativo de la nación era necesario suscitar su indignación y persuadir a los combatientes de que luchaban por el derecho y la justicia. Los servicios oficiales denunciaban los crímenes del enemigo. Su detalle atestiguaba la barbarie de un enemigo implacable, y algunos relatos, como la ejecución por los alemanes de la enfermera Edith Lavell, alcanzaron una gran popularidad.


El último eje de la propaganda consistía en crear la ilusión de la victoria y ensalzar la superioridad de los jefes, de sus armas y de su fuerza. La serena calma del tío Joffre, la fuerza tranquilizadora de Hindenburg, el “salvador de la patria”, la infalibilidad de Kitchener, el “organizador de la victoria”, fueron imágenes y mitos que la propaganda inventó y difundió gracias a unos medios de acción desconocidos en las guerras anteriores: una prensa de masas poderosa, las actualidades cinematográficas, los discos. Al mismo tiempo, los bulos y las falsas noticias circulaban por cada país, manteniendo un clima de optimismo obligatorio. Gracias al control establecido sobre las agencias de noticias, los servicios de censura no comunicaban a la prensa las “malas noticias”. La verdad oficial tenía por objeto “dar ánimos a la retaguardia y al soldado”. Al impedir publicar cualquier información que pudiese hacer dudar de la legitimidad de la causa defendida, de la competencia y buena fe de los dirigentes, la censura no tuvo límites en su arbitrariedad y, en nombre del patriotismo, cayó sobre los enemigos tradicionales del poder, en especial, anarquistas y librepensadores.

Pero el arma se volvió pronto contra sí misma, pues la multiplicación de “espacios en blanco” en los periódicos testimoniaban que Francia no era ya “el país de la libertad”. Los excesos de la autocensura hicieron que el público empezase a dudar de la información oficial y de la información en general, que ya había llegado a hacerse sospechosa. La prensa faltó desde entonces a su misión esencial, la de informar y criticar.

La opinión pública, así drogada por los periódicos, los carteles, los libros, el cine y las canciones patrióticas, perdió día a día su facultad de ejercer un papel cívico. Las ceremonias oficiales, la conmemoración de las victorias, el culto de los muertos, la batahola de las trompetas y los tambores, y el tintineo de las medallas hicieron del ciudadano del siglo XX un soldado nacional, persuadido de que toda crítica era indisciplina o traición, pues el servicio del país exigía la fe en los dirigentes y en la certeza de la victoria. “Te seguiremos con el corazón lleno de fe”, recitaría bien pronto la masa hitleriana. La renovación mística encarnada por esas masas había nacido quince años antes por toda Europa.

E. Costos humanos y sociales.

Queda por evaluar el impacto de la guerra en costos humanos. Los franceses perdieron casi el 20% de sus hombres en edad militar y, si se incluye a prisioneros de guerra, heridos e inválidos permanentes y desfigurados, sólo algo más de un tercio de los soldados franceses salieron indemnes del conflicto. Esa misma proporción puede aplicarse a los cinco millones de soldados británicos. Gran Bretaña perdió una generación entera: medio millón de hombres que no habían cumplido los 30 años, incluídas las clases altas, cuyos jóvenes, obligados a dar ejemplo como oficiales, avanzaban al frente de sus soldados y eran los primeros en caer. En las filas alemanas el número de muertos fue mayor aún que en el ejército francés, aunque fue inferior la proporción de bajas (13%) entre la población en edad militar, mucho más numerosa. Incluso las pérdidas aparentemente modestas de EEUU (116.000 frente a 1.600.000 franceses, casi 800.000 británicos y 1.800.000 alemanes) ponen de relieve el carácter sanguinario del frente occidental, el único en que luchó (y sólo durante año y medio).

Este enorme número de bajas constituye sólo una parte de esos costos. Es posible, quizá, que los 10 millones de muertos de la lª G.M. impresionaran mucho más brutalmente a quienes nunca habían pensado en soportar ese sacrificio que los 54 millones de muertos de la 2ª G.M. a quienes ya habían experimentado en una ocasión la masacre de la guerra.


Sin duda, tanto el carácter total de la guerra como la determinación de ambos bandos de seguir la lucha hasta el final sin importar el precio dejaron su impronta. El aumento de la brutalidad no se debió sólo a la liberación del potencial de crueldad y violencia latente en el ser humano que la guerra legitima. Otra razón fue la extraña “democratización” de la guerra. Ésta se convirtió en “guerra del pueblo”, tanto porque la población y la vida civil pasaron a ser el blanco lógico y, a veces, principal, de la estrategia como porque en las guerras, como en la política, democráticas, se demoniza al adversario para hacer de él un ser odioso o despreciable. Las guerras conducidas por profesionales o especialistas, sobre todo si ocupan una posición social similar, no excluyen el respeto mutuo y la aceptación de normas o incluso el comportamiento caballeresco. La violencia tiene sus reglas. Esto era evidente todavía entre los pilotos aéreos (ver la película de Jean Renoir sobre la lª G.M., La gran ilusión). Los políticos y los diplomáticos profesionales, si no les apremian ni los votos ni la prensa, pueden declarar la guerra o negociar la paz sin experimentar sentimientos de odio hacia el enemigo. Pero las guerras totales de nuestro siglo no se atienen en absoluto a ese modelo. Una guerra en la que se movilizan los sentimientos nacionales de las masas no puede ser limitada.

Otra razón era la nueva “impersonalidad” de la guerra, que hacía de la mutilación y la muerte la consecuencia remota de disparar un arma. La tecnología hacía invisibles a sus víctimas, algo imposible cuando las bayonetas reventaban las vísceras de los soldados o éstos debían ser encarados en el punto de mira de los fusiles. Frente a las ametralladoras no había hombres, sino estadísticas. Las mayores crueldades de nuestro siglo (los bombardeos de Londres o Dresde, las bombas atómicas sobre Japón, el holocausto judío) han sido crueldades impersona-les fruto de decisiones remotas, el sistema y la rutina, justificadas como deplorables necesidades operativas.

El mundo se acostumbró al destierro obligatorio y a las matanzas a escala astronómica, fenómenos tan frecuentes que fue necesario inventar nuevas palabras para designarlos: “apátrida” y “genocidio”. Durante la lª G.M. Turquía mató a un número de armenios que puede rondar el millón y medio, en una operación que puede considerarse como el primer intento moderno de eliminar a todo un pueblo. La lª G.M. y la revolución rusa supusieron el desplazamiento de millones de personas como refugiados o mediante el sistema de “intercambios” forzosos de poblaciones entre Estados. Un total de 1.300.000 griegos fueron repatriados a Grecia (sobre todo desde Turquía); 400.000 turcos fueron conducidos a Turquía, estado que los reclamaba; unos 200.000 búlgaros se dirigieron hacia el mermado territorio en que se había convertido Bulgaria; 320.000 armenios huyeron del genocidio y 1,5 ó 2 millones de rusos, que escapaban de la revolución o que habían luchado en el bando perdedor durante la guerra civil, quedaron sin hogar. Aproximadamente el período 1914-1922 generó un número de refugiados que oscila entre 4 y 5 millones. Esa primera oleada de desterrados no fue nada, sin embargo, en comparación con la que se produciría en la 2ª G.M. y en los años posteriores a raíz de nuevas guerras y revoluciones.

La experiencia contribuyó a brutalizar la política, pues si en la guerra no importaban la pérdida de vidas humanas, ¿por qué debían importar en la política?. Al terminar la lª G.M. la mayoría de los participantes odiaban sinceramente la guerra. Los europeos ya no confiaban en la idea de “progreso” que había dominado el siglo XIX. Para quienes volvían del frente, el proceso de readaptación a la paz y a la vida familiar hacía aún más patentes los sutiles cambios sociales que se habían producido en su ausencia. Cuando la guerra acabó, los inválidos tuvieron que sobrevivir con unas escasas pensiones de invalidez, y algunos de los matrimonios hechos a toda prisa en el fragor de la guerra se rompieron. Padres que veían que su autoridad familiar había disminuido en su ausencia luchaban, a veces de forma brutal, por reafirmarla sobre sus hijos y mujeres. Un número sin precedentes de veteranos, muchos mutilados, volvió a casa dejando pueblos y ciudades de toda Europa marcados por la huella tremenda de la guerra.

Sin embargo, algunos excombatientes que habían vivido la experiencia de la muerte y el valor sin rebelarse contra la guerra desarrollaron un sentimiento de superioridad, en especial respecto a las mujeres y a los que no habían luchado, que definiría la actitud de los grupos de extrema derecha de la posguerra. Adolf Hitler fue uno de esos hombres para los que la experiencia de haber sido un “soldado del frente” fue decisiva. La reacción opuesta, el pacifismo, también tuvo consecuencias negativas. Al terminar la guerra, los políticos, al menos en los países democráticos, vieron claramente que los votantes no tolerarían un baño de sangre como el de 1914-18. Esto determinaría la estrategia de Gran Bretaña y Francia después de 1918. A corto plazo, contribuyó a que en 1940 los alemanes triunfaran en la 2ª G.M. en el frente occidental, ante una Francia encogida tras sus vulnerables fortificaciones e incapaz de luchar una vez que fueron derribadas, y ante una Gran Bretaña deseosa de evitar una guerra terrestre masiva como la que había diezmado su población en 1914-18.

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Hª Contemporánea Universal (hasta 1945) - Lectura 13