Presocráticos y Positivismo jurídico

Filosofía del Derecho. Concepciones jurídicas presocráticas. Pluralistas. Pitagóricas

  • Enviado por: Rulfiano
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Los presocráticos y el Derecho

- su relación con el positivismo -

I.- Plan de trabajo.-

Conocidos normalmente como los filósofos de la naturaleza, pareciera en un primer momento que los presocráticos no tienen mucho que decirle al Derecho y a su ciencia. Tal vez hay algo de cierto. Este conjunto de personajes con los cuales comienza la Filosofía occidental propiamente dicha, no sobresale por sus reflexiones éticas o jurídicas. Sabemos que su principal aportación es la búsqueda del principio, del arkhé de la naturaleza, de la physis.

No obstante, esta forma de interpretar el mundo - racionalismo - irá repercutiendo en la actividad pensante del ser humano hasta nuestros días y, por lo tanto, influirá en el campo jurídico, ya sea apegándose a ella o rechazándola. Además, vagamente encontramos en las reflexiones presocráticas ideas éticas, morales y jurídicas.

Realizo este trabajo en cuatro partes:

Primera, abordo esquemáticamente los personajes que integran el balbuceo de la filosofía, identificándolos por escuelas y señalando algunos datos biográficos fundamentales.

Segunda, por medio de la literatura griega - principalmente Homero y Hesiodo - y de la vida política de los pueblos del mar Egeo abordo la concepción de la Justicia y del Derecho que se tenía antes de la aparición de la filosofía (recordemos que es en este mundo al que se enfrentan los presocráticos).

Tercera, expongo una por una la doctrina de los pensadores más importantes de este periodo, señalando, si el caso así lo permite, las reflexiones que esporádicamente hicieron en el campo del derecho o de la moral.

Cuarta, agrego unos pequeños comentarios sobre el empirismo y el positivismo, para encontrar cómo se relacionan con el pensamiento presocrático.

Quinta, ya para finalizar veo como la interpretación que los presocráticos dan al mundo ha influido de diversas maneras (confrontándose al empirismo) en la formación de la actual ciencia jurídica.

II. La justicia en la literatura y la vida política.

Por otros caminos que el de la reflexión filosófica, la vivencia de la justicia había estado fecundado la cosmovisión griega: por el camino de la literatura - especialmente en Homero y los trágicos) y por el de las realidades políticas. El que en los primeros tiempos la intuición de la justicia no se lleve en una terminología precisa no es para extrañarse; no era fácil precisar racionalmente una intuición tan rica que implicaba una fundamentación filosófica.

La intuición de la justicia se ha vertido en diversos tiempos, durante este periodo “prefilosófico”, en las palabras “themis”, “dike” y “dikaiosyne”.

Es evidente que el término “themis” estaba cargado de contenido religioso; por él la intuición de la justicia se expresa en cuento su convicción de que todo, y particularmente el orden de justicia, está bajo la dependencia de los dioses. De allí que “themis” signifique también “destino” o la ley de la necesidad. Tal es la cosmovisión en las obras homéricas. La intuición de la justicia se expresa en cuanto que el orden normal de las situaciones y de los acontecimientos es considerado como propio, como esperado, como justo. En contraposición con que todo lo justo depende de la voluntad de los dioses, “dike” tiene un contenido mucho más concreto: es justo para cada uno lo que se espera de él, de acuerdo con su situación social y el orden de circunstancias naturales en que se halla colocado. Tómese en cuenta que la moral homérica es una moral aristocrática, espera mucho más de los reyes que de los nobles y de éstos que de los plebeyos.

Hesíodo explicará en su Teogonía la relación entre estos dos conceptos por medio de un mito: Dike es hija de Themis, es decir, la justicia concreta deriva de la justicia divina. Escribe en Las obras y los días: “El Dios Cronos comunicó esta ley u orden (nomos) a los hombres: las bestias y los peces y las aves que extienden sus alas podrán devorarse unos a otros, pues a ellos falta el derecho (nomos); pero a los hombres les comunicó la intuición concreta de la justicia (dike), que es el más sublime de todos los bienes”. El sentido concreto de “dike” se confirma por sus acepciones secundarias: significa “derecho” en oposición a la fuerza (bía), proceso judicial, juicio o decisión judicial, penas o castigos. El término “dike” es el preferido para designar la justicia por Hesíodo, el cual se preocupa por los resultados prácticos.

En cambio los grandes trágicos tienen una preocupación más filosófica: encontrar una respuesta a la condición del hombre. Por eso, hablan a la vez de “themis” y de “dike”, ambas con contenido religioso, pero en tanto que la primera expresa directamente la justicia de los mandatos divinos y por lo tanto muchas veces es una diosa, la segunda sigue significando la justicia concreta ya de las costumbres o maneras establecidas ya de lo que ahora llamaríamos mandatos de la conciencia.

El otro camino en que se operó la intuición de la justicia fue la vida política. Desde la época primitiva descrita por Homero, se desconoce el absolutismo; el rey no es más que “el primero entre iguales”; y, si es verdad que esa igualdad al principio sólo se refiere a la clase aristocrática, pronto el proceso de democratización de algunas ciudades griegas, y en especial de Atenas, la extenderá a todos los hombre libres. La intuición de justicia, que no hubiera sido posible sin la conciencia de la dignidad humana, se actualiza ante dos situaciones que se valoran como injustas: los abusos nacidos de la concentración de la riqueza en pocas manos y el modo arbitrario de gobernar de determinadas minorías. La lucha de clases se hará en nombre de la justicia (dike) y tendrá por objetivo la eunomía, es decir, el equilibrio de las fuerzas sociales, y la fijación por escrito del Derecho. Por ejemplo, a “dike” opone Solón “hybris”, es decir, los excesos nacidos del orgullo, de la insolencia, de la ambición, en una palabra, de la desmedida afirmación de sí mismo que no considera los derechos de otros. La fuerza (bía) es necesaria para implantar la justicia y ya no se opone a ella. Solón dirá: “Con Bía y Dike he logrado reconducir a la Ciudad hacia la Eunomía”.

Para combatir el modo arbitrario de gobernar de minorías, se acuña una nueva palabra: “dikaiosyne”, evidentemente derivada de dike, que viene a sugerir lo que nosotros llamamos “legalidad” o “estado de Derecho” o “imperio de la ley”.

Tanto trascendió este concepto que, dos siglos más tardes, este será el mismo que usará Sócrates, para fundamentar su obediencia a su sentencia de muerte, y por Platón y Aristóteles, para elaborar ya en forma de discurso sus doctrinas sobre la justicia. El contenido de la dikaiosyne (traduciéndose por justicia, legalidad, estado de Derecho o imperio de la ley) será aceptado por el mundo romano y, a través de él, llegará a ser uno de los fundamentos de la cultura occidental.

III. LOS PRESOCRÁTICOS

¿Qué era la filosofía para los presocráticos?

Se puede decir que estos personajes concibieron la filosofía como reflexión acerca de las cosas naturales. La filosofía consistió, ante todo, en una reflexión sobre el mundo natural. Así pues, los filósofos eran hombres dedicados a preguntarse por la realidad del mundo que los rodeaba. Mientras la mayor parte de los hombres ocupaban su vida en las tareas más inmediatas y necesarias para la supervivencia, el filósofo se detenía a interrogarse por las cosas naturales. El filósofo era lago así como un teórico de la naturaleza. Los primeros filósofos griegos se hicieron la siguiente pregunta: ¿de qué están hechas las cosas? Es decir, ¿cuál es el componente último de la naturaleza? Se trataba de decir, de un modo más o menos racional, aunque todavía primitivo, qué es eso de la naturaleza. Para unos, la respuesta era que toda la naturaleza consta de agua en diversas formas y estados - sólido, líquido, etc. Para otros todo lo real está en el fondo hecho de fuego, o de aire, etc. Sin embargo, el gran valor de estas teorías no está tanto en las respuestas que dieron, sino en la pregunta: los filósofos naturalistas griegos fueron los primeros en preguntarse por lo componentes últimos del mundo: fueron pensadores que supieron ir más allá de las apariencias de las cosas para preguntarse por lo esencial de las mismas. Y en ello consistió su aportación a la filosofía.

Las preguntas capitales de los presocráticos.

El filósofo presocrático se enfrenta con la naturaleza preguntándose: ¿qué es todo esto? A esta pregunta no puede responder con mitos, sino con una filosofía que, como se dijo anteriormente, todavía con rasgos primitivos.

Nos podríamos preguntar qué es lo que hace a los griegos preguntarse por lo que son las cosas. En otras palabras: ¿qué es lo que extraña al heleno y le hace sentirse extraño a ese mundo donde se encuentra?

El griego se extraña o asombra del movimiento. Los griegos distinguen cuatro clases de movientos:

1º El movimiento local, o cambio de lugar.

2º El movimiento cuantitativo, o el aumento y la disminución.

3º El movimiento cualitativo, o la alteración.

4º El movimiento sustancial, o la generación y la corrupción.

Todos estos movimientos, y principalmente el último por ser el más profundo, hacen sentirse inseguro al griego. Se hunden en la incertidumbre. Si las cosas cambian, ¿cómo atenerse respecto a ellas? ¿qué son en verdad las cosas? La multiplicidad y la contradicción penetran en el ser mimos de las cosas, y el griego se pregunta entonces qué son las cosas de verdad, es decir, siempre, por detrás de las apariencias. Por lo anterior, lo verdaderamente interesante es la pregunta inicial de su filosofía: ¿Qué es de verdad todo esto, qué es la naturaleza o principio de donde emerge todo?

En otras palabras, los griegos buscarán lo uno en lo múltiple de las cosas (¿dónde reside el arkhé, el fundamento de la Physis, de la Naturaleza?), la esencia de la cosas que se esconde detrás de la apariencia, y la forma cómo pensar la unidad y el movimiento al mismo tiempo (“suponiendo que el movimiento es siempre el mismo, siempre uno, en definitiva, un movimiento sin cambio”).

Los presocráticos: lo principal de sus doctrinas.

La escuela jonia o milesia.

Tales de Mileto.

La principal fuente para conocer la filosofía de Tales es Aristóteles, quien se considera la autoridad máxima para las interpretaciones del periodo presocrático.

El principio de todas las cosas es el agua o el estado de humedad. Bastaría con observar que los animales y las plantas tienen el alimento y la semilla húmedos. La tierra flota sobre el agua. ¿Por qué llegó a estas conclusiones? La explicación más obvia parece estar en que el agua se presenta, naturalmente, a los sentidos, sin necesidad de ningún experimento que no pudiera realizarse entonces, en las tres formas de sólido, líquida y gaseosa.

Por otra parte, el mundo estaría lleno de espíritus o almas y de muchos demonios (“todo está lleno de dioses”). Se ha llamado a esto hilozoísmo, o sea, animación o vivifación de la materia.

Anaximandro.

Escribió una obra que se perdió, titulada “Sobre la naturaleza”. Se le atirbuyen diversos inventos matemáticos y astronómicos, y la realización de un mapa.

Consideraba este mundo como una concurrencia de cualidades opuestas que mantienen entre sí constante guerra. Cuatro de esas cualidades - caliente y frío, seco y húmedo - son primarias. El proceso del mundo es cíclico. El calor del sol seca el agua, y el agua apaga el fuego. Puesto que lo esencial en estas cualidades en su mutua oposición, se sigue de ahí que la sustancia primaria del universo no puede ser caracterizada por ninguna de ellas, no puede ser ninguna de ellas. Se niega en reconocer en el agua ni en ninguno de los elementos perceptibles por los sentidos, que se transforman sin cesar unos en otros, el origen de las cosas, que les sobrevive y las vuelve a originar de nuevo, para buscarlo detrás de esa capa aparente. Por eso Anaximando imaginaba el primer estado de la materia como una masa indiferenciada de enorme extensión, en la que los elementos contrarios o sus propiedades aún no estaban diferenciados, aunque los contenía en sí de un modo latente o potencial, en completa fusión. La llamaba ápeiron.

Ápeiron significa literalmente infinito, pero no es sentido matemático, sino ilimitación o indeterminación. Es la maravillosa totalidad del mundo, en que el hombre se encuentra con todas las cosas: unas llegan a ser, otras dejan de ser, partiendo de esa arkhé (fue el primero en usar este término), pero ella permanece independiente y superior a esos cambios individuales. Así llega a la conclusión de que no era suficiente una única materia para producir la constante alternancia de creación y destrucción de las cosas.

Es el primero en emplear en un sentido totalmente nuevo la palabra cosmos. Percibe todo el mundo visible en una única y gran interdependencia, en la que se patentiza el orden sistemático que impero sobre todo. Está regido el universo por una ley poderosa que da origen a todos los fenómenos orgánicos e inorgánicos, vivientes y no vivientes, etc. Una ley irresistible. Así configura un enorme organismo denominado cosmos, es decir, un mundo ordenado, sometido a una ley inexorable y justa.

Anaxímenes.

El principal interés de Anaxímenes fue descubrir el proceso natural por el que pudiera suponerse que sucedían los cambios de la sustancia primaria, mediante los cuales habría llegado a existir nuestro mundo múltiple y diverso.

Añade dos cosas importantes a la doctrina de Anaximandro. En primer lugar, una indicación concreta de cuál es el principio de la naturaleza: el aire, que pone en relación con la respiración o aliento. Del aire nacen todas las cosas, y a él vuelven cuando se corrompen.

Esto parece una vuelta al punto de Tales, pero en vez de agua toma el aire; pero Anaxímenes agrega que el modo concreto de formación de las cosas, partiendo del aire, es la condensación y rarefacción. Para ilustrar con ejemplos esta conexión, decía que si respiramos con los labios muy cerrados, el aliento sale frío, mientras que si abrimos la boca para darle más salida, sale más caliente.

Esto es sumamente importante; no solo ya la designación de una sustancia primordial, sino la explicación de cómo de ella se producen todas las diversas cosas. El aire enrarecido es fuego; más condensado, nubes, agua, tierra, rocas, según el grado de densidad. ¿Cómo resuelve la pregunta del movimiento? A la sustancia primera, soporte de la variedad cambiante de las cosas, se añade un principio del movimiento.

La escuela itálica o los pitagóricos.

Pitágoras.

Pitágoras es más que una persona. Es el fundador de esta escuela y, como consecuencia lógica de la época, es difícil distinguir sus ideas de las de sus discípulos. En otras palabras, es casi imposible conocer al Pitágoras histórico. Por lo tanto, se expondrán las principales doctrinas de los pitagóricos.

El alma, en casto de culpas anteriores, se encuentra presa en el cuerpo como en una tumba, y es necesario liberarla mediante ejercicios de purificación.

El alma humana tiene orígenes divinos y, por lo tanto, es inmortal, y después de la muerte se encarna en los cuerpos de otros animales. Admitían la metempsícosis o doctrina de la transmigración de las almas, y el retorno cíclico de todas las cosas.

De lo anterior se desprende una idea ética: puesto que el alma es algo divino debemos en todo momento respetarlos y, como nuestro fin último es el retorno a lo divino, no debemos afincarnos a lo terrenal. Por eso llevaban una vida ascética. Sólo reinará la armonía cuando las pasiones se sometan a la ley. El hombre está llamado al amor universal de sus semejantes, sin excluir a mujeres ni esclavos. Y, como pueden pasar las almas a los animales, hay que respetárseles y nunca comer carne.

Pero su principal doctrina es la que responde al principio de las cosas, a la esencia de la realidad. Concedía tanta importancia a los números, que los concibió como el arkhé. Por lo tanto, el principio ya no lo concibe en la materia, sino en las relaciones numéricas. El mundo es un cosmos perfectamente ordenado, construido según una armonía perfecta (algunos autores aseguran que fue Pitágoras el primero en concebir el cosmos, el orden del universo). Las cosas son números, concibiéndolos como los modelos a toda realidad.

La realidad es numérica y armónica. La estructura es lo esencial, y esta estructura puede ser expresada numéricamente, en términos de cantidad. El límite y el orden son buenos, y el bienestar del mundo y de cada criatura en particular depende de la combinación correcta de los elementos de que se compone, es decir, de un estado de armonía (idea en la que se apoyó la medicina por muchos siglos).

A partir de la idea del cosmos y de los números como el principio de la naturaleza, desarrollaron una idea ética. Así como el universo es un cosmos, un todo ordenado, cada hombre es un cosmos en miniatura. Los hombres serían organismos que reproducen los principios estructurales del macrocosmos; y estudiando esos principios estructurales, desarrollamos y estimulamos en nosotros mismos los elementos de la forma y del orden.

La escuela pitagórica creó también una teoría matemática de la música. La relación entre las longitudes de las cuerdas y las notas correspondientes fue aprovechada para un estudio cuantitativo de lo musical; como las distancias de los planetas corresponden aproximadamente a los intervalos musicales, pensaron que cada astro da una nota, y todas juntas componen la llamada armonía de las esferas, que no oímos por ser constantes y sin variaciones.

También en la filosofía jurídica resalta la forma matemática de su pensamiento: enseñó que la justicia consiste en “la igualdad de lo igual o en el número cuadrado, porque ella recompensa igualmente a lo igual”. De ahí que los pitagóricos denominaran al número 4, que es el primer número cuadrado, o al 9, número opuesto a los cuadrado, a la justicia.

La idea de la justicia como recompensa no agota la doctrina pitagórica, porque además de la justicia conmutativa, que se propone la expiación del delincuente, conoce también relativamente una justicia distributiva.

Otros pitagóricos famosos.

Ecfanto llegó a afirmar la rotación de la Tierra.

Alcmeón de Crtoa hizo estudios biológicos y embriológicos profundos, y aplicó en la medicina la teoría pitagórica de los contrarios y la armonía: “la tarea del médico consiste en restablecer el equilibrio perturbado”.

Arquitas de Tarento y Filolao de Tebas fueron importantes figuras en las matemáticas.

En la escuela pitagórica tenemos el primer ejemplo claro de filosofía entendida como un modo de vida.

La escuela de Elea.

Jenófanes.

La obra de Jenófanes estaba escrita en verso, de carácter poético y moral, en las que se mezclan a veces indicios de doctrina cosmológica. Lo más importante de su pensamientos es, por una parte, la crítica que hizo de la religión popular griega, y por otra, un cierto “panteísmo” precursor de la doctrina de la unidad del ser de esta escuela.

Encontraba inmorales y absurdos a los dioses de Homero y Hesiodo, de los que solo se pueden aprender adulterios y engaños. Rechaza el antropomorfismo de los dioses. Frente a esto Jenófanes habla de un único dios.

Los fragmentos sobre un único dios tienen un sentido bastante claro. Hay unidad subrayada fuertemente. Y este dios uno es inmóvil y todo. Por esto dijo Aristóteles que Jenófanes fue el primero que “unizó”.

Parménides.

Se le considera el filósofo más importante de todos los presocráticos. Con él hace aparición la metafísica. La filosofía adquiere, entonces, su verdadera jerarquía y se constituye en forma rigurosa. Su reflexión consistirá en las cosas en cuanto son, es decir, como entes. El ente (el ser) es el gran descubrimiento de Parménides.

Parménides expuso literariamente su negación metafísica de los sentidos y del cambio en la forma de la revelación de una diosa. A este poema se le conoce con el tradicional nombre de Sobre la naturaleza.

Para Parménides hay una contraposición radical entre sentidos e inteligencia. Los primeros nos muestran un mundo múltiple y cambiante, en total desorden: es la imagen de la realidad que tiene la mayor parte de los hombres, y que él denomina “doctrina de la opinión”. Frente a ésta se alza la “doctrina de la verdad”, propia de los sabios que, desconfiando de los sentidos, siguen las orientaciones de su pensamiento. En esta doctrina de la verdad encontramos dos vías: la del que es y que es imposible que no sea (vía de la persuasión y la verdad) y la del que no es; esta última vía es impracable, porque lo que no es no se puede conocer, ni expresar, ni ser pensado.

Método

Objeto

Vía (o doctrina)

El pensamiento

el ente

de la verdad

impracticable

La sensación

las cosas

de la opinión

Lo propio del pensamiento es decirnos que todas las cosas son. Entre el pensar y el ser hay, por lo tanto, una enorme afinidad, mientras que lo que no es no puede ni siquiera ser pensado y debe quedar excluido de toda reflexión. La vía del pensamiento nos muestra entonces que, detrás de la diversidad de las apariencias sensibles, hay una gran unidad, pues todo coincide en Ser. Igualmente, detrás del aparente cambio y movimiento del mundo sensible, el Ser que nos descubre el pensamiento es siempre inmutable: lo que es sólo puede ser pensado como ser, nunca puede dejar de ser.

Los predicados del ente, del ser, según Parménides son:

1º El ente es presente: las cosas en cuanto son, están presentes en el pensamiento.

2º Las cosas todas son entes, es decir, son. Quedan envueltas por el ser.

3º El ente es inmóvil, entendiendo el movimiento como un modo de ser.

4º El ente es lleno, sin vacíos. Es continuo y todo. Si hubiera algo fuera del ente, no sería, y si algo fuese fuera del ente, sería, es decir, sería ente.

5º Es ingénito e imperecedero. Lo contrario supondría un no ser que es imposible.

¿Cómo interpreta Parménides el movimiento? Como una luz y unas tinieblas. Es decir, el llegar a ser no es más que un llegar a ser aparente. Las cosas que parece que llegan a ser, ya eran, pero en tinieblas. El movimiento es variación, no generación; por lo tanto, no existe desde el punto de vista del ser. Y todo esto es convención (nómos), nombres que los hombres ponen a las cosas.

En fin, con Parménides comienza ya la escisión de los dos mundos, el de la verdad y el de la apariencia (opinión o dóxa), que es falsedad cuando se toma como la realidad verdadera.

Zenón.

Es el discípulo más importante de Parménides. Su descubrimiento más importante es su método, la dialéctica.

Pretendió demostrar que le movimiento y la pluralidad no existen. La prueba que aporta es la de la división prolongada al infinito: si las cosas son divisibles, jamás se llegará a un término en el que pueda detenerse la división.

Demostró que el ser es inmóvil, porque el movimiento no se da más que en el mundo ilusorio de los sentidos. El movimiento es el tránsito de un lugar a otro. Y, como entre dos lugares del espacio, hay infinitos puntos, para que se diera el movimiento se necesitaría un tiempo infinito. De modo que no existe el movimiento. Para comprobar esta teoría se vale de sus famosos cuatro argumentos contra el movimiento: el de la dicotomía, el de la flecha, el del estadio y el de Aquiles. No correspondería a las intenciones y a la extensión de este trabajo abordarlos uno por uno.

Meliso.

Sigue con el pensamiento de Parménides pero con algunos matices. Niega la multiplicidad y la movilidad; niega que el conocimiento de las muchas cosas sea un conocimiento de la verdad. Dice, contradiciendo a Parménides, que el ente es infinito, porque no tiene ni principio ni fin, que serían distintos de él.

Los pluralistas.

Este grupo de filósofos reaccionan contra el ente de Parménides. En efecto, éste había atribuido al ente una serie de predicados que resultan contradictorios con el modo efectivo de comportase de las cosas; de aquí surgía dicha reacción.

La filosofía de este tiempo es la progresiva división del ente de Parménides, conservando sus predicados, para introducir así en él, sin alterar su esencia, la pluralidad, y hacer posible el movimiento y la solución de los demás problemas planteados.

Heráclito

Se mueve dentro de la dialéctica de Parménides del ser y el no ser, y, por tanto, se puede considera filosóficamente como sucesor de Parménides. Se le conocía como “el oscuro” y “el adivinador”. Además, despreciaba a la muchedumbre y condenaba los cultos y ritos de la religión popular.

No se limitó a preguntarse qué eran las cosas, sino que especuló sobre su devenir. Dice que todo corre, todo fluye. Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, porque si bien el río permanece, el agua ya no es la misma. La realidad es cambiante y mudable.

Para él la sustancia primordial es el fuego. No hay, ni nadie puede desearlo, un mundo estancado. Todo lo que vive, vive por la destrucción de otras cosas. “El fuego vive por la muerte del aire, y el aire por la del fuego; el agua vive por la muerte de la tierra, y la tierra por el agua”. La guerra es el padre de todas las cosas. Es decir, la discordia, la contrariedad, es el origen de todo en el mundo. No creía en una cosmogonía, como los jonios, sino en una evolución del mundo a partir de un estado único primitivo.

Su concepción del Logos es interesante. “No me escuches a mí, sino al logos”. El logos es verdad para siempre, todas las cosas pasan en conformidad con él, es común a todo, y “uno debe seguir lo que es común”. La unidad se asienta en lo contradictorio, porque es un movimiento con logos.

Por último, Heráclito introduce un nuevo concepto, del que afirma predicados tradicionales en la filosofía de Parménides. Este es el sophón.

De este sophón dice que es uno, y que es siempre. Que es separado de todas las cosas. Advierte que se debe seguir lo común, y esto es el pensamiento o entendimiento. Vemos aquí una nueva división en dos mundos: el que sigue el pensamiento, es el que llega al sophón, que es uno y siempre. En cambio, hay un mundo particular de cada uno, la opinión, donde todo es cambio y devenir.

Entonces, ¿cómo explicar esta dualidad de lo que es uno y siempre y el movimiento? Heráclito concluyó que la naturaleza gusta de ocultarse. El mundo oculta el sophón, que es lo que verdaderamente es, separado de todo. Es necesario descubrirlo, y eso es la verdad.

La filosofía de Heráclito es un intento de interpretar el movimiento, radicalizándolo, convirtiéndolo todo en mutación continua, pero teniendo cuidado de distinguirlo del sophón, que está separado de las cosas.

En Heráclito ya se encuentra una cierta tensión entre el derecho positivo, derivado de la experiencia de la vida política y por ello mismo siempre cambiante, y la realidad más profunda, si bien oculta, de la Ley divina, cuyas puestas son abiertas por el Logos. Esta tensión no se traduce todavía en una oposición entre derecho positivo y derecho natural, pues el derecho positivo, en su devenir en lucha, no conduce una vida propia, sino que encuentra su tope y su medida en el derecho natural que el Logos nos hace patente.

Empédocles de Agrigento.

Tiene descubrimientos en cosmología como la afirmación de dos soles (uno auténtico y otro reflejado), conocer el verdadero sentido de los eclipses, entre otros. En biología, afirma que los seres son mortales, pero sus principios son eternos; tuvo una vaga sospecha de que las plantas son sexuadas; y realiza una teoría de la percepción.

Lo principal de Empédocles es el intento de articular el ser inmóvil con la cambiante multiplicidad de las cosas. Lo hace por medio de cuatro elementos: aire, fuego, agua, y tierra. Aquí es donde aparecen los cuatro elementos de la tradición helénica. Estos elementos son opuestos: hay en ellos la contrariedad de lo seco y lo húmedo, de lo frío y lo caliente.

Estos elementos (raíces) son eternos. Su idea es muy parecida a la de Parménides: para este el ente era una esfera homogénea que no podía cambiar; para Empédocles es también una esfera, pero es una mezcla. Todos los cuerpos se componen de la agregación de sustancias elementales.

Después de Parménides, no parecía sostenible la ingenua concepción jonia de una sustancia material que se movía pro sí misma, como un ser vivo, y se hizo necesario proponer una causa motriz independiente. Propuso dos: amor y odio (o lucha, según otras traducciones). El odio, por cuyo influjo cada elemento tiende a disociarse de los otros, es al mismo tiempo una tendencia de los semejantes a lo semejante, por la cual cada partícula busca la unión con otras del mismo elemento. El amor es la fuerza que mezcla un elemento con otro, para producir criaturas compuestas. Ya una, ya otra de ambas fuerzas, logra el predominio sucesivamente, y la evolución de los mundos es un proceso circular. Cuando domina el amor, los elementos se funden en una masa. Cuando se sobrepone la lucha, existen en capas concéntricas separadas, con la tierra en el centro y el fuego en la periferia.

Además, habla de un ciclo donde los cuatro elementos se mantienen invariables y eternos. Estos elementos se van combinando por el amor y el odio, formando cosas de muy distinta manera (leones con cabeza de asno, elefantes con cuernos de cordero, etc.); sólo sobreviven los que tienen lógos, razón, una estructura que les permita seguir siendo. De ahí logra, más por interés intrínseco y lógico que por experimentación científica, a una Teoría de la Evolución cercana a la de Darwin.

Aunque hablaba de esas fuerzas como físicas, Empédocles indudablemente las consideraba dotadas también del carácter psicológico y moral asociado a sus nombres. Aquí entra en acción lo religioso. El amor es lo que hace que los sexos se unan, que los hombres sean buenos. Del otro lado, la lucha trae al mundo el daño y el mal.

Anaxágoras.

No hay cuatro elementos, sino infinitos. Hay de todo en todo. Llama homeomerías a las partes iguales, partículas muy pequeñas de que están echas las cosas. Habla de la panspermía, que significa que en la parte más pequeña de cada cosa hay partes más pequeñas de todas las demás.

Entonces, ¿cómo se forman las diversas cosas? Por la unión y la separación de las homeomerías. Entonces las propiedades del ente se conservan, y el movimiento se explica por unión y separación. Es un paso más de la división del ente de Parménides.

¿Por qué son diferentes las cosas, por qué hay multiplicidad? Las cosas son diferentes porque las homeomerías se agrupan de distintas formas, según la posición que ocupan. Esto es el eídos, la importancia de la forma de la disposición de las cosas (esta idea repercute en la plástica y en el teatro del siglo V ateniense).

¿Cómo se explica Empédocles el movimiento? La causa del movimiento es el noûs, el pensamiento o entendimiento, como ya habíamos dicho. Para Anaxágoras, el noûs es una materia más sutil que las demás, pero no espiritual (aún es lejana para esa época la noción de espíritu). Es una inteligencia impersonal, en el límite de la materia, y ordenadora de los movimientos cósmicos. “Todas las cosas han sido ordenadas por la inteligencia (noûs).

Por último, cabe aclarar que para Anaxágoras el conocimiento tiene cierta limitación porque las homeomerías no son accesibles a los sentidos. Y nuevamente descubrimos la desconfianza o el límite impuesto al conocimiento a través de los sentidos.

Los atomistas

Son los últimos presocráticos. Aunque son contemporáneos de Sócrates, siguen preocupándose por la naturaleza, la multiplicidad y el movimiento. Y harán la última división del ente de Parménides.

Leucipo de Mileto.

Continua el intento de conciliar la doctrina del ser de Parménides con la doctrina de Heráclito. El mundo material está integrado por partículas infinitamente pequeñas e indivisibles, los átomos, que son eternos e inmutables. Según su número y naturaleza así como su disposición determinan las diferentes propiedades de las cosas.

Estos cuerpos elementales no tienen ningún no ser. Son indivisibles. Todos de igual naturaleza, no difieren entre sí sino por su forma y su tamaño y también por el orden en que están dispuestos.

¿Cómo se forman las cosas a partir de los átomos? Agitándose eternamente engendran, con sus combinaciones, las cosas.

Leucipo es el padre del atomismo, sin embargo, como se conoce poco de él, se ha relegado a segundo término, después de su sucesor Demócrito.

Demócrito.

Los últimos elementos que constituyen todas las cosas son los átomos (atomoi). Estos eran los elementos o únicas realidades verdaderas, eran diminutos cuerpos sólidos, demasiado pequeños para ser percibidos por los sentidos, que chocan entre sí y se rechazan en un movimiento incesante a través del espacio ilimitado. Eran las partículas más pequeñas de la materia, sólidas, duras e indestructibles.

Sustancialmente eran iguales, y sólo diferían en tamaño y forma. Estas propiedades por sí solas, junto con las diferencias de sus posiciones relativas, con sus movimientos y con las distancias que entre sí guardan, bastaban para explicar todas las diferencias que nuestros sentidos nos revelan en los objetos perceptibles. Las cosas duraderas lo son porque sus átomos están apretadamente agrupados. Las blandas están formadas de átomos más separados entre sí, contienen más espacio vacío, son capaces de compresión y, por lo tanto, ofrecen menos resistencia al tacto.

Las impresiones de los demás sentidos se explican de una manera análoga. En cuanto al gusto, las cosas dulces están formadas de átomos lisos, mientras que los sabores agrio y amargo son producidos por átomos ganchudos que penetran en el cuerpo causando pequeñas heridas en la lengua.

Los colores se explicaban por las diversas posiciones de los átomos que forman la superficie de los objetos, posiciones que son causa de que devuelvan o reflejen de distintas maneras la luz que cae sobre ellos, la cual, a su vez, es algo corporal formado por átomos particularmente finos y sutiles que se mueven rápidamente a causa de su pequeñísimo tamaño y de su redondez. Los átomos más sutiles y más perfectamente esféricos y, por consiguiente más movibles y volátiles, forman las almas de los animales y de los hombres. Tan completo y total era el materialismo de Demócrito.

De esta manera, toda sustancia se reduce a sustancia material, y toda sensación a la del tacto.

Es el primer intento de hacer un materialismo. Como vimos, todo está compuesto de átomos. Aparece la interpretación totalmente material del ente. Dirán que los átomos están en el vacío. Esto es de gran importancia. El vacío era, tradicionalmente, el no ser. Pero este no ser es necesario para el movimiento de los átomos (movimiento local, principalmente, y de lugar). Demócrito le da cierto ser al vacío, y este se convierte en espacio. No es el absoluto no ser, sino un no ser relativo, por comparación con lo lleno, con los átomos, y es el ser espacial.

La ética de Demócrito sitúa en primer plano la idea del placer. El bien es el placer, el mal es el dolor. Pero es necesario que el placer, para constituir el bien, sea un goce duradero y permanente. Por eso no hay que rastrear el placer en cosas perecederas. La virtud por excelencia es la sabiduría, que permite discernir los verdaderos bienes y que es, a la vez, el principio del pensamiento justo y de la acción buena.

Los hombres vivían al principio solitarios. De ahí que se juntaron los humanos y fundaran aldeas y ciudades. La civilización nació de una necesidad egoísta. El Estado es un compuesto de seres individuales que, conscientes de su debilidad y por razones de conveniencia, se unen para proteger la colectividad por medio del derecho y de las leyes.

IV. Dos corrientes sobre el conocimiento: empirismo y positivismo.

El Empirismo.

Frente a los racionalistas, el emprismo va a defender que la verdadera fuente del conocimiento humano no está en la razón, sino en los sentidos. Es la experiencia sensible la que explica la posibilidad del conocimiento. La razón no tiene, para los empiristas, la capacidad de conocer últimamente el mundo real: el hombre viene usando su racionalidad desde tiempos remotos para indagas las estructuras últimas del mundo, sin que jamás haya logrado un acuerdo sólido entre los distintos pensadores. Reconoce el valor de la razón en lo que se refiere a las construcciones lógicas o matemáticas puras; el problema está en que no nos proporcionan un conocimiento del mundo real. Un auténtico conocimiento que quiera evitar las especulaciones vacías ha de fundarse en la experiencia sensible. Solamente podemos afirmar la verdad de aquellas tesis que puedan ser comprobadas por los sentidos. La fuente del conocimiento verdadero no es la razón, sino los sentidos: solamente éstos nos libran de las grandes especulaciones vacías sobre el mundo y nos pueden servir para fundamentar un conocimiento cierto y seguro.

El emprismo es característico de las corrientes anglosajonas, y tiene sus primeros representantes en John Locke y David Hume, ambos británicos. Para las teorías de corte empirista, una vez que han señalado a los sentidos como verdadera fuente de todo conocimiento, es muy difícil aceptar cualquier tipo de teoría que vaya más allá de los datos de los sentidos. Para el empirismo, cualquier tesis teórica que quiera ser aceptada no puede ser más que una combinación, una asociación, de los datos que ya tenemos en los sentidos. Los conceptos humanos no serían más que un resumen, un residuo de los datos sensibles: el concepto de “hombre” no sería más que una vaga idea que permanece en nuestra mente después de haber visto muchos hombres particulares. Pero estas ideas son algo mucho menos cierto que aquellas experiencias sensibles particulares que hemos tenido anteriormente, dotadas de verdadera nitidez y viveza. Todo lo que se aleja de la experiencia sensible inmediata es algo dudoso, en lo que no se puede poner mucha confianza.

Hume sostiene que los empiristas consecuentes nunca alcanzan el mundo exterior, sino que lo único que tenemos son nuestras sensaciones de él. Estas sensaciones, por supuesto, nos hacen creer en que realmente existe ese mundo exterior a nosotros; pero en el fondo se trata solamente de eso, una creencia más o menos sensata. El único conocimiento posible es el conocimiento inmediatamente de la sensibilidad del sujeto.

El Positivismo

A mediados del siglo XIX se produce un fuerte movimiento contrario a las tendencias metafísicas de los siglos precedentes. Puede llamarse a este movimiento “positivismo”. El positivismo, como actitud científica, rechaza las especulaciones apriorísticas y metafísicas y se confina en los datos de la experiencia. Se aleja de las alturas más elevadas del espíritu y trata de analizar los hechos inmediatos de la realidad. Se niega a ir más allá de los fenómenos, de la apariencia de las cosas. La base de tal concepción la había preparado el éxito inmenso logrado en el dominio de las ciencias naturales durante la primera mitad del siglo XIX. Este éxito produjo una fuerte tentación de aplicar al campo de las ciencias sociales los métodos empleados en las ciencias naturales. Uno de los principales métodos empleados en las ciencias naturales era una observación cuidadosa de los hechos empíricos y los datos perceptibles por los sentidos. Se esperaba que este método, empleado en las ciencias sociales, produjera resultados análogos, siendo igualmente fructífero y valioso.

Pero por otro lado la ciencia natural no se detienen en la reunión y observación de los hechos; se ocupa también de la conexión e interrelación de los hechos, infiriendo de los fenómenos ciertas leyes causales que ligan un fenómeno o grupo de hechos con otro fenómeno o grupo de hechos. También adoptaron los positivistas este método y lo aplicaron a la esfera de las ciencias sociales. Al hacerlo así, daban por sentada la absoluta supremacía de la ley de causalidad en el dominio de la conducta social humana. Trataron de aplicar esta ley a la cadena de acontecimientos históricos y de sentar en forma descriptiva ciertas leyes y principios generales - derivados de la observación estrictamente empírica - que se creían operantes en el dominio de la acción humana.

El positivismo invadió todas las ramas de la ciencia social, incluyendo la nuestra, la jurídica. En el campo de la teoría jurídica asumió varias formas que pueden ser clasificadas, en general, en dos grupos: positivismo analítico y positivismo sociológico. Común a ambas formas de positivismo es la tendencia a eliminar de la teoría del Derecho la especulación metafísica y filosófica y a limitar el campo de la investigación científica al mundo empírico. La jurisprudencia analítica se ocupa del análisis e interpretación de las reglas jurídicas efectivas, establecidas por los órganos del Estado. Concibe el Derecho como un imperativo del poder gubernamental, como un mandato del soberano. Su objetivo principal es clasificar las reglas jurídicas positivas, mostrar su conexión e interdependencia dentro del marco total del sistema jurídico y definir los concepto generales de la Ciencia del Derecho. El positivismo sociológico, de otro lado, emprende la tarea de investigar y describir las varias fuerzas sociales que ejercen una influencia en el desarrollo del Derecho. Analiza no las reglas jurídicas en cuanto tales, sino los factores que las producen. Comparte con el positivismo analítico una actitud puramente empírica respecto al Derecho. Considera únicamente las reglas positivas que han producido los poderes que en la sociedad crean el Derecho, investigando su origen sociológico.

Diría el húngaro Julius Moór: “El positivismo jurídico es una concepción con arreglo a la cual el Derecho es producido, en un proceso histórico, por el poder gobernante en la sociedad. En esta concepción es Derecho sólo aquello que ha mandado el poder gobernante y todo lo que éste mande es Derecho por virtud del hecho mismo que lo manda”.

El hecho de que el positivismo sociológico no se ocupe de los mandatos del gobernante en cuanto tales, sino de las influencias que determinan el contenido de los mimos, no le priva de su carácter positivista.