Prehistoria: Edad de los Metales

Arqueología. Bronce. Cobre. Estaño. Ajuares. Cerámica. Metalurgia. Sociedad. Ritos funerarios. Millares. Yacimiento de Argar. Cultura

  • Enviado por: Mónica Ríos
  • Idioma: castellano
  • País: Chile Chile
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Introducción

Las comunidades de hombres en el Paleolítico se caracterizaban por reconocer a la naturaleza como su medio de supervivencia, utilizándola, pero sin someterla a grandes transformaciones. En el Neolítico se produce un cambio en esta forma de vida. Junto con la domesticación de animales aparece la agricultura, la cual es la base para la vida sedentaria, ya que al sembrar, la comunidad tenía que esperar la cosecha. En esta espera se producen espacios de ocio, lo que condujo a la observación del mundo que los rodeaba y al descubrimiento y utilización de elementos que la naturaleza entregaba. Junto con esto, el hombre comienza a dominar y a transformar estos elementos y es éste, precisamente, el factor que marca la diferencia entre las dos épocas.

Estos hombres, de acuerdo a los deshielos se fueron estableciendo en diferentes lugares, lo que explica la diversidad de evoluciones a lo largo del globo.

Cerca del 2000 a.c los fenicios dominaban el mediterráneo, comercializando con oriente y con parte de la naciente Europa. El imperio hitita se ubicaba en la península de Anatolia. Nombramos a estos dos pueblos por la importancia que tuvieron al dar a Europa las herramientas necesarias para emprender una revolución cultural que marcaría su propia identidad. Estos pueblos hicieron posible que Europa conociera el uso del metal y con esto dar un gran paso.

La Edad de Bronce define un periodo prehistórico iniciado en el V milenio a.c. en Asia menor, desde dónde se extendió hasta el resto del continente, Europa y Egipto. La metalurgia del bronce coincide con el desarrollo de una sociedad cada vez más estratificada basada fundamentalmente en poblados agrícolas.

El bronce aparece alrededor del año 3500 en Mesopotamia como resultado de la aleación entre el cobre y el estaño. Con la aparición de esta nueva técnica aparece también un afán por la búsqueda de estaño, lo que origina la llegada de los pueblos mediterráneos alrededor del año 2000 al noroeste de la Península Ibérica.

Estas gentes debieron de llegar a la península en varias oleadas, trayendo consigo nuevas técnicas para el cultivo de los campos, nuevas ideas sobre la organización social y lo más importante, la metalurgia.

Las primeras oleadas llegaron en la denominada primera edad del cobre. Los pueblos pertenecientes a ella han dejado una importante cantidad de testimonios entre los cuales destacan sus grandes monumentos funerarios con una característica común: el rito del enterramiento colectivo. Utilizaban distintas clases de sepulcro: el dolmen (cámara circular o poligonal.), el sepulcro de galería (de planta longitudinal) y el sepulcro de corredor (una simbiosis de los anteriores con pasillo y cámara bien diferenciados).

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Dolmen de Soto (Trigueros, Huelva)

Una vez que llegaron a las costas mediterráneas se adentraron hacia el interior y llegaron hasta Málaga, Huelva e incluso Galicia, dónde aparecen unas cámaras rectangulares o circulares cerradas con techo que imita una cúpula falsa.

Los ajuares encontrados en los enterramientos de esta primera oleada son notablemente arcaicos. Se conservan escasos restos metalúrgicos debido a que el metal era aún poco abundante y reutilizado.

A partir del año 3000 llega, también en búsqueda de cobre y estaño una nueva oleada que establece su asentamiento en el sureste de la península. Construye poderosos recintos con doble y triple muralla, entre los cuales el de los Millares (Almería), datado gracias al empleo de Carbono 14 hacia el 2340. Este pueblo es el mejor conocido. Sus característicos poblados amurallados tienen una amplia difusión por el interior. De los Millares poseemos objetos de cobre, hachas planas, puñales de hoja corta y vasos campaniformes de alabastro.

Aún se puede distinguir un tercer grupo que viene a asentarse en los espacios no denominados por las otras dos culturas: el que se conoce por el nombre de una de sus manifestaciones más típicas, el vaso campaniforme. Poseía dos núcleos diferenciados: el campaniforme marítimo o internacional y el local o clásico, que surgió en Carmona, Sevilla y culmina en las piezas de Ciempozuelos, Madrid.

Las gentes del vaso campaniforme ocupaban principalmente las zonas montañosas como pastores, metalúrgicos o mercaderes trashumantes, por lo que no tenían poblados fijos. Sus enterramientos siempre son individuales (a lo sumo familiares) y aislados.

Parece probable que los primeros pobladores peninsulares fueran los pitecantropos, desarrollados en un clima cálido, interglaciar, entre gramíneas, bosques de pinos y robles.

Al paleolítico inferior pertenecen culturas de influencia africana. Los grupos humanos seguían el curso de los ríos, habiéndose encontrado yacimientos líticos junto al Tajo y al Manzanares. Del Musteriense son los restos del hombre de Neanderthal, hallados en Gibraltar y Bañolas.

Las culturas del Paleolítico Superior abarcan gran parte de la Península. El Homo Sapiens, habitante entonces, desarrolló una técnica más precisa en el trabajo de la piedra; con ella introdujo multitud de tallas; el uso de arpones, flechas y anzuelos aumentó su destreza cinegética. De este periodo es el arte rupestre: naturalista en la provincia cántabra y expresionista en la levantino-española.

Del Neolítico, las cerámicas, desconocidas en el Paleolítico, junto con útiles de piedra pulimentada, asta, madera y hueso, ayudan a reconstruir las culturas las culturas llegadas a la Península Ibérica de origen oriental y, por ello, localizables en costas mediterráneas, principalmente en Almería, centro difusor de la agricultura y la ganadería neolíticas, así como de la religión megalítica. Hay que destacar el poblado de los Millares como muestra del sedentarismo agrícola. Es posible que también del foco andaluz proceda el vaso campaniforme.

Entre el 1900 y el 1600 a.C. arraiga la metalurgia del bronce; su cultura principal es la del Argar (Almería). En Baleares, la cultura de los Talaiots, se manifestó con unos exclusivos monumentos megalíticos llamados taulas y navetas.

Sucede al Paleolítico un periodo difícil y de tanteos que conduce a uno de los giros decisivos de la historia de la humanidad: la aparición de la sociedad neolítica, que es muy importante por el hecho de que el hombre pasa de ser un depredador de la naturaleza a convertirse en su colaborador y, si se quiere, en denominador de ella. La necesidad de una intensa recolección permitió capar el proceso de reproducción de las plantas y hacerse cargo del que podría intervenir en sus ciclos y estimularlos. Era el nacimiento de la agricultura. Los grupos humanos se sedentarizarán y cohesionarán para atender a las nuevas ocupaciones de la agricultura y la ganadería, se establecen en las comunidades cada vez más numerosas y surgen poblados con los que comienzan los esquemas que llevarían a una sociedad urbana. Las asociaciones se complican, aparecen oficios diferenciados y se ponen las bases de la estructuración social en función de la capacidad y de la importancia del oficio que se ejerce. Surgen líderes capaces de regular y coordinar a los demás en el trabajo o en la defensa de los bienes acumulados, frente a peligros exteriores. Progresan rápidamente las técnicas y el utillaje para atender a las nuevas ocupaciones. Por otra parte el hombre dispondrá de ratos de ocio que le permitirán profundizar en sus ideas y desarrollar su espiritualidad.

SOCIEDAD

Evidentemente la Edad de Bronce fue un periodo de cambios muy decisivos, aparecen elemento nuevos, que se relacionan a menudo con migraciones o desplazamientos de pueblos. Estos se instalarían en puntos de pasos estratégicos, vados de ríos y afluentes. Estos territorios fueron colonizados, apropiándose de las tierras y cultivándolas. Entonces la civilización experimentó una total transformación.

Se realizó un avance decisivo en la técnica del bronce, conociéndose como verterlo en moldes de núcleo reservado, batirlo y endurecerlo, siendo posible obtener con él una chapa bastante delgada, que se empleaba en la confección de recipientes de formas complicadas. Incluso la cerámica que se inspira en estas formas destaca por la perfección de su técnica: sin necesidad de torno, el alfarero consigue obtener una finura en las superficies, un pulido y acabado extraordinario.

Estas transformaciones repercuten en el aumento de la densidad y en la formación de verdaderas aldeas. Con el aumento de la población surge la necesidad de encontrar nuevos lugares de asentamiento y nuevas tierras de cultivo, lo que presionó a los poblados ya existentes a fortificar sus aldeas para evitar posibles invasiones. La sociedad se va militarizando, en 1200 A.C. Existía un arsenal nuevo en toda Europa, como espadas y cuchillas de bronce, grebas, yelmos y armaduras; una clase guerrera ocupa el lugar de los jefes trivales del bronce inicial.

Prehistoria: Edad de los Metales

Mientras que la economía de la Edad de Bronce medio fue -al parecer- predominantemente pastoril, siendo las ovejas, los cerdos y las cabras las especies domesticadas; la del Bronce final es sobre todo agrícola. Innovaciones como la hoz que aparece entonces y la de los vehículos de rueda influyeron en esta nueva actividad, un ejemplo de esto lo constituye el arado, que permitió un cultivo intensificado de la tierra, por lo tanto un excedente alimentario. Los principales productos agrícolas eran el trigo, la cebada y el lino.

Vestían ropas tejidas y las mujeres utilizaban en sus peinados adornos en espiral de plata, oro y bronce.

En toda Europa se vio un aumento en la jerarquerización social que se aprecia en los cambios de ritos funerarios, desde las necrópolis tumulares del Bronce inicial, hasta la cultura de los Campos de Urnas.

Las relaciones entre los pueblos de la actual España y las tierras del mediterráneo, fueron muy intensas en el periodo del bronce final, debido principalmente al comercio del metal, ya que la península Ibérica era uno de los centros mineros y metalúrgicos mas importantes del mundo. La vida sedentaria iniciada en el neolítico se consolida durante la edad de bronce, por lo que en la península Ibérica abundan restos de poblados.

RITOS FUNERARIOS

Las civilizaciones mediterráneas pertenecientes al período entre los años 4.000 - 2000 AC. Han dejado un gran legado de tumbas que reflejan, por la variedad de los objetos funerarios encontrados, el surgimiento de una sociedad jerarquizada. Las tumbas con cámaras en este período se dividen en dos categorías:

-Los megalitos de piedra de la zona mediterránea occidental, claro que son característicos del Neolítico, sólo que en esta época se volvieron a utilizar, a veces se presta a confusión pues se han hallado piezas de cerámica calciforme.

-Tumbas excavadas encontradas en el sur de Italia, Sicilia, Cerdeña y Portugal. Que fueron reemplazando al megalito por que a veces era el caso de una comarca con poca piedra de calidad.

Lo importante es que en ambos casos, tanto dólmenes como sepulcros en cuevas y en galerías cubiertas, son sepulturas colectivas en los que se reunía a los difuntos de una misma colectividad, en compañía de ajuares y de ofrendas funerarias.

Los objetos hallados con más frecuencia en los enterramientos indican, como se decía, el surgimiento de una élite rica, como por ejemplo el hallazgo de símbolos de condición social como las dagas de cobre.

Pero es a fines del segundo mileno cuando ocurrió la gran migración indoeuropea al mediterráneo que va a dar inicio al periodo de los campos de Urnas, en occidente, al sur de Alemania, Valle del Ródano, norte de Italia, etc., y se denomina así por que la inhumación en túmulos en (entierros sepulcros elevados) abre paso a la incineración.

Las sandalias de marfil y los colgantes de collar de cáscara de huevo de avestruz, encontradas en tumbas de la Península Ibérica, reflejan el auge del comercio con el Norte de África, mientras que en distintas zonas del mediterráneo se extendió la distribución de "sartenes" cicládicas, figurillas, placas de hueso con adornos que señala el aumento de la importancia de los rituales.

Aparecen, especialmente en Chipre decoraciones en relieve con nuevos estilos de figuras de animales y humanas de gran plasticidad. Aparecen a menudo cabezas de toros y serpientes que serían símbolos de la vida y de la muerte, respectivamente. Dos ideas bastante reverenciadas por los chipriotas y, como se ve en una representación de un santuario circular, en donde se celebra una ceremonia; los bailarines de ésta llevan serpientes n las manos y se cubren con máscaras de figuras de toros.

CULTURA DE LOS MILLARES

Por lo que podemos ver, el hombre neolítico no tiene grandes diferencias con el hombre de los Millares, tan sólo la práctica de la metalurgia, (Cobre) lo que impulsó y diferenció el desarrolló de esta cultura, por lo demás es todo lo mismo, el hombre de los Millares tenía como principal actividad económica la agricultura en torno a la cual giraba la vida del poblado. También la ganadería y la caza de ciervos, gamos y jabalíes desempeñan un papel importante. La mayoría de las viviendas se encontraban próximas a las de cuatro a siete metros de diámetro, con zócalos de piedra de mampostería y cubierta probablemente por vegetal. Huellas de hogares, cerámicas domésticas y molinos de mano son los restos más conocidos de esta vivienda.

Respecto a la religión, los hombres de los Millares tenían una serie de ídolos cuya forma simple de cruz de malta parece representar a unos personajes con las manos enlazadas, también tenían los llamados ídolos-cilindros que suponen una intención de obtener de algún modo el aspecto de corporeidad de la figura humana que se refleja, a la vez, en los ídolos formados por huesos. Abundan los ídolos de piedra, hueso, marfil, muchos de los cuales presentan la figura y caracteres femeninos. Otros ídolos tienen los llamados “ojos-soles” y motivos geométricos como los de la cerámica simbólica.

Como podemos ver el pueblo de Millares era grande en todos sus campos, incluso en los emplazamientos, puesto que permitía un refugio natural.

Por el norte del pueblo podemos distinguir un conjunto de alineaciones montañosas paralelas, y en el otro lado podemos observar el valle del río Andarax. Respecto a las sierras, distinguimos la sierra de Gérgal, desprendida de la de los Filabres, cuyas cuestas abruptas cortan el horizonte. A la izquierda de las sierras citadas se abre el paso la rambla de Gérgal, Que se une al río Andarax al oeste de Santa Fe. Hacia el este la sierra de Tabernas desciende suavemente y por una línea montañosa baja, va Sierra Alhamilla.

Este emplazamiento no está elegido al azar, sino por su valor estratégico. Es defendido naturalmente por dos de sus lados, a las orillas de un río, entonces navegable, cerca de minas de cobre de la sierra de Gádor y con un medio físico menos árido que el actual, con campos fértiles para el cultivo y abundante caza.

En cuanto a la necrópolis, estaba fuera del poblado y consta de más de cien tumbas colectivas en las que se enterraba a los miembros de un mismo clan con sus ajuares personales (armas, herramientas, adornos, cerámica simbólica, ídolos…). Hay diversas tumbas que quedaron englobadas en los poblados al construirse las diversas murallas. El resto de “tholos” consta de un atrio destinado a la celebración de rituales funerarios, un corredor con lajas de piedra perforadas y nichos laterales para los enterramientos infantiles y una cámara sepulcral colectiva en forma circular y cubierta con una falsa cúpula.

Se ha pensado siempre que a partir de la revolución neolítica, las innovaciones neolíticas se fueron extendiendo a los demás lugares, ya fuera por la migración humana o por la simple transmisión de ideas. Es la teoría difusionista, todavía aceptada pero no con rigidez. La antigüedad de ciertas culturas neolíticas de Europa, del Sahara, o de otros sitios hacen pensar cada vez más en una multiplicidad de focos de aparición de los nuevos modos económicos y sociales (ya sabemos que la cultura de los Millares tan sólo se diferenciaba del Neolítico en la aparición de la metalurgia).

Más concretamente, para nuestra zona, se admite que la neolización es un fenómeno importado, traído por gente que modelaban una característica cerámica impresa, llamada cardial, que se decoraba por la impresión en el barro tierno el borde o el fondo de una concha cardium. Procedían del mediterráneo oriental por un camino costero que enlaza Grecia, Italia y la costa Catalano-levantina, sin descartar otras posibles vías.

Varios factores han invitado a pensar en su posible origen autóctono por las condiciones tan idóneas para la agricultura. Claro que hay que tener en cuenta otros fenómenos como la continuidad de la región mediterránea o la posible presencia de un Neolítico cerámico. Hoy día se baraja la posibilidad de que el origen de los Millares fuera una mezcla entre lo autóctono y la llegada de otros pueblos.

Yacimiento arqueológico del Argar

De nuevo es en el sureste donde mejor se puede caracterizar la Edad del Bronce representada por la cultura de El Argar, que cubre aproximadamente la misma zona que la de Los Millares; ello es así porque se conocen los poblados y los enterramientos, lo que permite además tener un cuadro bastante completo de sus características en cuanto a cultura material. Esta cultura representa una ruptura con respecto a la anterior en lo que respecta a la distribución de los asentamientos, puesto que muchos poblados calcolíticos son abandonados, la ubicación de los nuevos difiere bastante de las condiciones anteriores, hay una mayor utilización de objetos de cobre y sobre todo cambian bastantes aspectos relacionados con los rituales funerarios y el simbolismo anterior: los enterramientos colectivos en construcciones destacadas se abandonan y son sustituidos por enterramientos individuales en el interior de los poblados al mismo tiempo que desaparecen las representaciones simbólicas en cerámicas e ídolos. Rasgos característicamente argáricos aparecen a partir de un momento avanzado en los territorios vecinos a dicha cultura, así como en el sur de Alicante -que se suele incluir dentro de su área cultural- y en La Mancha, cuya cultura de Las Motillas presenta unos ciertos paralelísmos.

La división cronológica de El Argar en dos etapas -A y B- la estableció Blance en 1960 a partir del estudio tipológico de los ajuares funerarios. El Argar A se caracterizaba por la presencia de los elementos acompañantes del vaso campaniforme, pero ya sin esta cerámica, que es el último marcador cronológico de los poblados millarienses: botones con perforación en V, brazales de ~arquero, puñales y punzones de cobre y, como novedad, alabardas de cobre, todo procedente de ajuares de enterramientos en cista. El Argar B suponía la etapa de apogeo, con los elementos más llamativos y por tanto más definidores de la cultura argárica: enterramientos en urna, espadas, forma cerámica de copa, di además de plata y cuentas de fayenza o pasta vítrea; estos tres últimos elementos se consideraron de procedencia oriental, documentándose también en otras culturas del bronce mediterráneo y europeo central y occidental aceptándose una cronología de 1500 a. C. que daba comienzo a las culturas europeas del bronce medio. Esta secuencia que ponía el inicio de El Argar en el 1700 a. C. fue completada por el estudio tipológico de las cerámicas sepulcrales realizado por Schubart. Lull criticó las bases sobre las que se había establecido esta secuencia que cada vez era más difícil de aplicar a los materiales de los poblados e incluso a los mismos enterramientos y en estos últimos años la disponibilidad de un mayor número de dataciones está permitiendo proponer un marco cronológico en el que ir encajando algunas de las novedades de cultura material, así como la ubicación de los diferentes poblados. La periodificación según Mederos, con la calibración de las dataciones radio carbónicas es la siguiente:

- Calcolítico final/Bronce inicial 1: 1975-1775 a. C. (2285-2050 cal. BC). En Fuente Alamo hay una fecha más antigua que podría implicar el inicio en algunos asentamientos en el 2474 cal. BC, planteándose una posible coexistencia entre los últimos poblados todavía calcolíticos y los nuevos que comienzan las transformaciones que caracterizarán la Edad del Bronce.

- Bronce inicial 2: 1775-1640 a. C. (2050-1925 cal. BC).

- Bronce medio 1: 1640-1580 a. C. (1925-1830 cal. BC).

- Bronce medio 2: 1580-1400 a. C. (1830-1625 cal. BC).

- Bronce medio 3/Bronce final 1A: 1400-1330 a. C. (1625-1525 cal. BC), fase que marcaría el inicío de la desintegración de la cultura argárica, y al final de la cual se aprecian cambios en el patrón de asentamientos, con el abandono de algunos, el inicio de otros nuevos o la continuidad de otros pero con diferencias en las estructuras domésticas y los estilos cerámicos, como es la presencia en algunos poblados de las características cerámicas decoradas con incisiones, boquique y excisiones tipo Cogotas I, de procedencia meseteña.

Castro, Lull y Marcén proponen cinco fases, desde el 2500 al 1575 cal. BC, que hasta cierto punto coinciden con las anteriores, dividiendo la primera en dos y con algunos decenios de diferencia para cada una de ellas.

En el resto de Andalucía y en Portugal el panorama es bastante más confuso, habiéndose llegado a proponer para el Bajo Guadalquivir una crisis demográfica o, en el mejor de los casos, una continuidad de grupos calcolíticos que repetían las mismas formas culturales, entre ellas la cerámica campaniforme. Salvo en los territorios que han sido objeto de prospección, como en el Alto Guadalquivir, la información arqueológica es bastante precaria y, la mayoría de las veces, se ha adjudicado un yacimiento a la Edad del Bronce cuando ha aparecido algún elemento argárico. Es cierto que tampoco para la etapa anterior, a excepción de las dos áreas bien caracterizadas culturalmente de Los Millares y Vilanova de San Pedro, se disponía de un registro arqueológico completo; pero así como en el sudeste hasta cierto punto se puede hablar de continuidad con importantes cambios, en la Extremadura portuguesa y sudoeste se conocen muy mal las etapas posteriores a ese Calcolítico tan bien representado por los poblados fortificados y las necrópolis colectivas.

Schubart, en su estudio del Bronce del SO, y a partir de los materiales y tipos de enterramientos de las necrópolis, distinguió tres etapas paralelizables a El Argar:

- El Horizonte de Ferradeira (1800-1500 a. C.), documentado por esta necrópolis y caracterizado por la presencia de los objetos metálicos relacionados con el campaniforme aunque sin la aparición de esta cerámica. Efectivamente, algunos enterramientos del Bajo Guadalquivir con ajuares similares también se consideran posteriores al floruit de estas cerámicas, utilizándose a veces el término de Horizonte de Montelavar que fue creado por Harrison aunque más referido a los territorios atlánticos. En realidad sería una transición entre Calcolítico y Bronce.

- Bronce del SO I u Horizonte de Atalaia ( 1500- 1100 a. C.), paralelizable al antiguo Argar B.

- Bronce del SO II u Horizonte de Santa Vitoria (1100-900/800 a. C.), paralelizable a una fase postargárica ya de Bronce Final y caracterizada por las estelas funerarias alemtejanas. A pesar de ser conscientes de los problemas que plantea esta periodización, el desconocimiento de buenas secuencias procedentes de asentamientos, así como la práctica ausencia de dataciones, impide sentar unas bases más satisfactorias para el bronce en esta zona.

Escasos son también los datos procedentes del Bajo Guadalquivir que, como se verá, suelen considerarse a la luz de la información del SE o del SO según los paralelismos culturales que puedan establecerse; no obstante, poblados como el Berrueco en Cádiz, o el de La Mesa de Setefilla y Lebrija en Sevilla, empiezan a llenar este hueco informativo, aunque con unas secuencias no exentas de discusión.

Los poblados

En el sureste, el poblamiento concentrado y la defensibilidad natural siguen siendo el objetivo de la mayoría de los poblados argáricos. Ahora se buscan lugares más elevados, cuya cima o acrópolis suele amurallarse sin que toda la población quede intramuros. La topografía del lugar obliga a un tipo de organización espacial del poblado en el que las casas se distribuyen por las laderas, previo acondicionamiento mediante un sistema de terrazas intercomunicadas por calles y peldaños. Las casas suelen ser de muros rectos y tienen plantas rectangulares o absidales, siendo normal que una unidad doméstica esté integrada por varias estancias, lo que se interpreta como consecuencia de una mejor organización del espacio doméstico según las diferentes funciones que se desarrollan en su interior: así se localizan los hogares, los lugares de almacenamiento y los restos de las actividades productivas como el tejido, la agricultura y la metalurgia, algunas en estancias separadas. Como novedad, y supone un cambio importante con respecto al Calcolítico, los enterramientos se realizan también en el interior de las casas, en el subsuelo, o bien en el interior del poblado y en estrecha relación con las mismas. También se conocen asentamientos en el llano y entonces suelen ser abiertos y con las casas más dispersas.

A pesar de que la mayoría de los poblados fueron excavados en la época de los hermanos Siret, nuevas excavaciones o la revisión de la información de las antiguas apuntan a la posibilidad de que en algunos poblados existieran diferencias entre las estructuras domésticas, más allá de la presencia o ausencia de determinadas actividades. En la acrópolis de Fuente Álamo (Almería) hay unas edificaciones grandes, cercanas a la cisterna y a estructuras del almacenamiento de alimentos, lo que podría interpretarse relacionadas con el control de esos bienes, aunque también se las considera como casas relevantes; diferencias de tamaño también se han documentado en la Bastida de Totana en Murcia. En otros casos, como en Peñalosa (Jaén), la diferencia de categoría se deduce de su posición en el espacio general del poblado pero también a partir de una mayor complejidad en algunos enterramientos y de la distribución diferenciada de restos óseos de buey y caballo, cuya mayor abundancia se interpreta en términos de riqueza o de rango.

En líneas generales parece que durante El Argar se produce un aumento del número de asentamientos y de su tamaño, aunque el número de habitantes calculable sigue siendo bajo: Chapman calcula una media de unos 300 habitantes para la mayoría, llegando algunos a los 500 y los mayores a unos 1.500. Quizá se podría aceptar un continuado crecimiento demográfico, pero no tanto por la simple consideración de que una mayor estabilidad económica posibilita el incremento de población como por el hecho de que la mayor inversión de trabajo por los sistemas agropecuarios iniciados en el Calcolítico y la explotación y transformación de materias primas se pueden asumir mejor con un mayor número de trabajadores. No obstante, este aumento de población no se constata de una manera homogénea: Chapman calcula que en la depresión de Vera se pasa de una densidad de 2,94 h/km2 durante el Calcolítico a 6,49 h/km2 durante el Bronce, mientras que en el sur de Almería hay un descenso de 2,02 h/km2 a 1,4 h/km2. Si estas diferencias son ciertas habría que buscar una explicación a estos reajustes poblacionales, teniendo en cuenta por otra parte que futuros trabajos sistemáticos de prospección podrían cambiar la situación actual. Así, por ejemplo, en la vega de Granada se documenta un poblamiento importante tanto en altura como en piedemonte, aunque no concretamente en el llano, controlando de este modo tanto las buenas condiciones agrícolas del llano, como de pastos y mineralógicas en altura.

A partir del estudio de la distribución de los asentamientos se puede afirmar que hay una organización del territorio más estructurada según funciones económicas, políticas y estratégicas y parece más patente la interdependencia entre ellos configurando diferentes unidades políticas. La mayoría de los poblados tienen una orientación claramente agropecuaria o bien primando una de las dos actividades; algunos, por su ubicación junto a mineralizaciones, tienen como objetivo la explotación minera, aunque en este caso no se conoce ningún poblado exclusivamente minero sino que dispone también de posibilidades agrícolas o ganaderas; en otros casos la elección parece estar en función del control de zonas de paso o de puntos estratégicos, mientras que los grandes centros, generalmente en conexión con tierras de labor, podrían desempeñar un papel central de control de todo el territorio. Eiroa, a partir de las agrupaciones de poblados en tomo a los ríos y de las diferencias de tamaño y función que se pueden establecer en cada una de ellas, propone que sean consideradas como grupos políticos.

Fuera del sureste y a excepción de la campiña de Jaén, el conocimiento de los asentamientos es muy precario e insuficiente para hacer un planteamiento de la organización del territorio. Entre las poblaciones megalíticas de la Andalucía central, la impresión es la de continuidad, y sólo el estudio de las necrópolis y de algún poblado, como el Cerro de Los Castellones de Laborcillas, permite documentar una incorporación de rasgos culturales argáricos como cerámicas y bronces en las tumbas megalíticas o, a partir de aproximadamente mediados del segundo milenio a. C., el abandono de los megalitos en favor de los enterramientos individuales en el interior de los poblados.

Como ya se ha indicado, esta situación propició la aceptación de una perduración del horizonte final calcolítico con presencia o no de cerámicas campaniformes incisas; por ejemplo, siempre se ha admitido la ausencia de dichas cerámicas en el sur de Portugal donde este momento estaría representado sólo por los elementos acompañantes, aunque algunos y todavía escasos hallazgos quizá obligue a replantearlo. No obstante, la distribución de los enterramientos, bien es verdad que no muy numerosos, las excavaciones de algunos poblados y las prospecciones arqueológicas dejan entrever un poblamiento que dista bastante de la antigua asunción de un vacío poblacional en el valle del Guadalquivir y que, a su vez, daba pie a considerar el auge poblacional que allí se detecta a partir del siglo IX/VIII a. C. Como resultado de una colonización exógena. Es excepcional la continuidad de los asentamientos del Calcolítico, pero a partir de algunos poblados se puede hablar de un bronce cuya fecha inicial ya se acepta en tomo al 1700 a. C. si no antes. Son de destacar la Colina de Los Quemados y el Llanete de Los Moros en Córdoba, La Mesa de Setefilla y Lebrija en Sevilla y Cerro Berrueco en Cádiz que junto con otros poblados peor excavados parecen reflejar una explotación de las posibilidades agrícolas y ganaderas del valle del Guadalquivir que, sin solución de continuidad a veces, como en el caso de Setefilla, será la que caracterizará a estos territorios durante la protohistoria. Caro Bellido relaciona los cambios climáticos a pequeña escala que se han detectado a través de variaciones del nivel del mar y que afectaron a la habitabilidad de algunas zonas concretas como las marismas y el borde costero, con cambios en la distribución del poblamiento a lo largo de la Edad del Bronce.

La idea de crisis se corrobora en la franja atlántica del centro y sur de Portugal con el abandono de los poblados fortificados calcolíticos y el práctico desconocimiento de los asentamientos de la Edad del Bronce, proceso que ya se inicia según Santos con algunos asentamientos todavía con cerámica campaniforme distribuidos en zonas menos idóneas; este autor explica la invisibilidad de los poblados como resultado de una fragmentación de los grupos calcolíticos en función de unas estrategias económicas y sociales diferentes.

Las actividades de producción

Sólo del territorio argárico disponemos de datos suficientes para conocer las actividades económicas. En las actividades agropecuarias no se aprecian cambios importantes en cuanto a las especies vegetales y animales pero sí comportamientos muy diferentes entre los poblados que probablemente no hay que explicar sólo por una adaptación o aclimatación a las condiciones del entorno, sino como resultado de actuaciones premeditadas en función de una actividad dirigida al autoabastecimiento pero también a la producción de excedentes para su intercambio o para atender a las necesidades de complementariedad. Más que a partir de las muestras faunísticas o vegetales, esta actuación se deduce del estudio de las posibilidades del territorio y del tamaño de la población calculado para los asentamientos, así como de la presencia o ausencia de determinados utensilios. En Fuente Álamo, por ejemplo, el territorio circundante no es apto para las actividades agrícolas, y sin embargo la presencia de útiles relacionados con el procesado del grano, así como de estructuras de almacenamiento, indica la importancia de la alimentación vegetal para la población. En Peñalosa, la presencia de instrumental agrícola demuestra el cultivo de los campos a pesar de que el principal objetivo debió de ser la explotación de los minerales de cobre cercanos; no obstante, según sus excavadores, el potencial agrícola del territorio circundante no podía proporcionar una producción agrícola suficiente, por lo que debían depender de la importación de alimentos.

En líneas generales, en cuanto a la alimentación vegetal se documentan los mismos cereales y una mayor presencia, en comparación con el Calcolítico, de leguminosas -habas, lentejas, guisantes- y linos. Una mayor proporción de cebada podría interpretarse como evidencia de las condiciones de aridez, mientras que el lino implicaría unas posibilidades de irrigación. Sigue siendo un interrogante Si la escasa representación de vid y olivo implica un poli cultivo como algunos defienden.

En cuanto a las especies animales, también se documentan las mismas pero con una incidencia diferente. Ovicápridos y cerdo siguen siendo importantes, pero aumenta la presencia de bóvidos y caballo cuyo sacrificio en edad adulta demuestra su uso como fuerza de trabajo y para el transporte. Un caso excepcional es el poblado del Cerro de la Encina (Monachil, Granada) donde a lo largo de su ocupación la incidencia de caballo llega hasta un 50 % de los restos óseos; Molina considera que esta cantidad sobrepasa las necesidades de la población y que su cría podía responder a una producción en parte para la «venta» pero también como símbolo de riqueza; una interpretación en estos últimos términos se propone también en Peñalosa, donde la asociación de restos de bóvido y caballo destaca la ya de por sí rica tumba nº 7 sobre el resto de los enterramientos del poblado.

En el campo de las producciones artesanales hay que destacar la cerámica y la metalurgia. La cerámica argárica se caracteriza por la ausencia de decoración y por un tratamiento bruñido de las superficies que le dan un aspecto metálico. Las tipologías cerámicas están suficientemente establecidas en varios trabajos como los de Schubart y Lull y algunas formas son muy representativas como las copas o los vasos de carena baja «en tulipa» por su presencia, junto con otros tipos, en ajuares funerarios. Pero llama la atención la homogeneidad de formas y tamaños, así como su calidad, de manera que es posible que, independientemente de las producciones domésticas, algunas constituyeran una actividad especializada. Incluso se puede hablar de producciones específicamente dirigidas al ámbito funerario; en los enterramientos de La Cuesta del Negro de Purullena (Granada) se ha podido detectar que las cerámicas de los ajuares más ricos no corresponden a la misma tecnología que las domésticas, sino que han sido cocidas a fuego lento, lo que imposibilita su uso diario.

Pero en comparación con la etapa anterior, destaca la producción metalúrgica cuyo papel, determinante o no en la organización económica y social argárica, se ha convertido en un tema de debate. Hay que destacar un aumento considerable del número de objetos metálicos recuperados tanto en las necrópolis como en los poblados, así como una mayor diversidad tipológica que abarca utensilios -punzones, cinceles, anzuelos, sierras, clavos, cuchillos, hachas-, armas -puñales, puntas de flecha, alabardas y espadas- y objetos de adorno y de uso personal --cuentas . de collar, brazaletes, anillos, diademas, pendientes, botones-, independientemente del valor simbólico que puedan tener en su uso en vida y en los ajuares funerarios. El mayor número de utensilios fabricados en metal tiene como contrapartida una reducción tipológica de los instrumentos líticos que consisten sobre todo en hojas de hoz y hachas pulimentadas. Otra novedad es el uso de objetos de oro, muy escasos, y de plata, más numerosos pero siempre excepcionales; de plata son las diademas, así como algunos anillos, brazaletes, pendientes e incluso los remaches de algunas espadas y puñales. La plata es muy abundante en la zona minera de Herrerías en cuya cercanía se sitúan poblados como Fuente Álamo, El Oficio y Villaricos.

La mayoría de los objetos recuperados procede de los ajuares funerarios, con una distribución desigual cuantitativa y cualitativa; ello ha dado pie para considerar que la metalurgia estaba dirigida sobre todo a la producción de objetos de prestigio. Es cierto que la presencia más o menos abundante de elementos metálicos diferencia la riqueza de los ajuares, pero algunos objetos concretos parecen tener un significado especial como símbolo de estatus social; tal es el caso de la espada, el puñal, la alabarda y el hacha que también aparecen en tumbas ricas de muchas áreas culturales europeas y que son objeto de representación en muchos grabados rupestres y estelas, quizá asociando estos símbolos de poder a principios religiosos masculinos, entre otros objetivos. Montero destaca como novedad el hecho de que algunos tipos sólo aparezcan en ámbitos domésticos -cinceles, sierras, puntas de flecha- y no se usen como elemento de ajuar funerario, lo que puede ser indicio de que, entre una mayor variedad tipológica, sólo algunos tuvieran un verdadero significado social. A pesar de la poca presencia de objetos metálicos en los poblados hay que presuponer una mayor incidencia de los mismos como instrumentos de trabajo -aunque no en el campo de la agricultura- y de defensa o caza y probablemente se puede explicar esta escasa presencia por las ventajas de la refundición de las piezas amortizadas en cuanto a ahorro de materia prima y por las circunstancias de abandono de estos poblados.

A partir de la cuantificación del número de objetos recuperados y su peso, Montero constata efectivamente un aumento significativo en comparación al Calcolítico, pero sigue considerando un volumen escaso de producción sobre todo en comparación con el recuperado en otras áreas europeas. Y tampoco desde el punto de vista tecnológico supone un desarrollo destacado, puesto que mientras ya en la mayor parte de Europa se constata un verdadero bronce, de cobre y estaño, salvo muy raras excepciones la metalurgia argárica sigue basándose en los cobres o en todo caso en una mayor utilización de cobres arsenicados. Esto le sirve a este autor para ratificar el aislamiento tanto tecnológico como tipológico de la metalurgia argárica con respecto al resto de Europa.

De todas formas, que la metalurgia desempeñó un papel más importante que en la etapa anterior queda demostrado por un mayor número de asentamientos localizados en las cercanías de mineralizaciones y porque en un momento avanzado aparecen una serie de poblados en las estribaciones de Sierra Morena, como Peñalosa entre otros, claramente orientados a la explotación metalúrgica aunque, como ya se ha dicho, no exclusivamente dedicados a ella. Por otra parte, son numerosos los poblados donde hay pruebas de actividades metalúrgicas sin estar cerca de las explotaciones mineras, de lo que se deduce una circulación de la materia prima.

Fuera del territorio argárico sorprende la, por ahora, escasa documentación de actividades metalúrgicas y de objetos metálicos en el resto de Andalucía, en el sudoeste y en Portugal, dadas las posibilidades mineras de Sierra Morena y sobre todo las de Huelva y del sur de Portugal. Efectivamente el volumen de objetos metálicos disminuye y, sólo excepcionalmente, se constatan las actividades metalúrgicas. Sin duda, ello es debido en buena parte al deficitario conocimiento arqueológico de estas zonas, que queda subsanado cuando hay algún tipo de intervención, como la excavación de La Mesa de Setefilla (Sevilla) que proporcionó un doble o triple enterramiento con ajuar integrado por espada, alabarda y puñal, o la más reciente del enterramiento doble en cista de Morenito 1 (Ardales, Málaga) con un punzón y un puñal; en este último caso los análisis metalográficos, según Durán, han proporcionado una diferente composición para ambos objetos, el punzón es una aleación de cobre y arsénico, mientras que el puñal tiene una composición de cobre, plata y oro en menor cantidad junto con otros elementos traza lo que le lleva a proponer una posible procedencia onubense. No obstante, hay que tener presente que sí se conocen enterramientos en los que el ajuar brilla casí por su ausencia, como es el caso de algunas necrópolis de cistas de Huelva. Mientras que esta escasez de hallazgos afecta también a la Extremadura portuguesa, la presencia de objetos metálicos es algo más abundante en los ajuares funerarios del sudoeste y también figuran en las estelas alemtejanas, consideradas por Schubart como del Horizonte de Atalaia, es decir del Bronce Final, pero cuyas representaciones de espadas y alabardas parecen más bien del Bronce Pleno. En cuanto a las tipologías, hay algunas formas similares a las argáricas, como los puñales de remaches que sustituyen a los anteriores de lengüeta; sin embargo otros son propios, como por ejemplo algunas hachas planas con rebordes, la espada de Setefilla, de hoja puntiaguda, o las alabardas tipo Carrapatas y Montejícar diferentes de las argáricas.

En estos territorios occidentales, la información disponible para explicar las prácticas económicas es casi nula. Pero muchos investigadores insisten en una incidencia cada vez mayor de la ganadería, lo que permitiría explicar la fragmentación del poblamiento y la invisibilidad de sus asentamientos, lo que no implica un abandono de la agricultura. Así lo confirman los resultados de las recientes excavaciones en Agroal, en el interior de Portugal al norte del Tajo, donde los niveles de ocupación del Bronce han sido datados entre 2000-1000 cal. BC; aquí los análisis realizados sólo han permitido recuperar restos óseos entre los que predominan con un 55 % los bóvidos, seguidos de ovicápridos y cerdos, mientras que la agricultura sólo se documenta en los instrumentos de sílex relacionados con ella. La presencia de algunas piedras duras como la anfibolita y de crisoles indicativos de una actividad metalúrgica son evidencia de la inclusión de la comunidad en las rutas de intercambio por las que circulan estas materias.

Los comportamientos funerarios

Una de las novedades de la Edad del Bronce es la progresiva generalización de los enterramientos individuales, lo que no excluye la reutilización de algunos sepulcros megalíticos. Este abandono del ritual colectivo por el individual se generaliza en toda Europa occidental desde finales del Calcolítico y se interpreta como consecuencia de cambios ideológicos y sociales en los que se prima la individualización de la persona y la familia nuclear como unidad social básica, frente al reconocimiento de lo colectivo y de los lazos de parentesco más amplios de las etapas anteriores; además la asociación de ajuares a un individuo concreto, parece que se utiliza no sólo para expresar las características y funciones según edad y sexo sino también el estatus social dentro del grupo, bien adquirido en vida o bien adscrito por nacimiento.

En la cultura de El Argar, los enterramientos individuales son la fórmula exclusiva y se realizan en el interior del poblado, generalmente en el subsuelo de las casas, renunciando por lo tanto a cualquier intención de monumentalidad y visibilidad después del entierro. No obstante, la reciente excavación de Peñalosa (Jaén) ha proporcionado una diversidad de lugares de enterramiento, pues además de los practicados en el subsuelo, algunos se cubrieron por una especie de banqueta que se utilizaba como vasar, otros se realizaron en espacios de la casa que quedaban inutilizados, mientras que en un caso, el enterramiento más rico se practicó en una estructura de mampostería relativamente grande en una estancia específica.

La inhumación, en posición encogida, se realizaba en fosa, cista, covacha o urna -pithos-, habiéndose considerado durante un tiempo este último tipo de origen egeo. Estas diferencias se utilizaron por Blance con criterio cronológico, considerando las cistas más antiguas y las urnas más recientes; según el estudio de Lull y Estévez, el uso preferente de cualquiera de las modalidades se explica más por las tradiciones o preferencias locales en cada área, aunque en algunos casos se pueden documentar varias modalidades en un mismo poblado y la elección de una u otra puede relacionarse con cuestiones sociales, de riqueza o de edad; así, las urnas suelen utilizarse más a menudo para enterramientos infantiles como se documenta en Gatas o Cuesta del Negro entre otros.

Ya desde las excavaciones de los hermanos Siret, y a través de su completa documentación, era evidente la diferencia de riqueza entre los ajuares, así como la relación de algunos objetos concretos con ajuares masculinos o femeninos; así, la espada y la alabarda aparecen en los masculinos, el punzón en los femeninos, mientras que el puñal y determinados objetos de adorno pueden aparecer en ambos. La presencia de ajuares ricos también asociados a enterramientos infantiles se interpreta como expresión de un estatus adscrito. Las diferencias no sólo se aprecian intrapoblacionalmente sino también entre los diferentes poblados, destacando con mucho la necrópolis de El Argar, lo que podría interpretarse en función de lajerarquización según funciones económicas y políticas de los asentamientos.

Lull y Estévez proponen, a partir del estudio de los ajuares y aun teniendo en cuenta los problemas que comporta el uso de una documentación antigua en la que no se recogieron todos los datos que ahora interesan, una clasificación en cinco categorías que corresponderían a cuatro clases sociales: la clase dominante (los ajuares más ricos, casi todos masculinos, presentan alabarda, espada, diadema, algo de oro y vaso bicónico, mientras que otros ajuares ricos, muchos de ellos femeninos y alguno infantil, tienen plata, pendientes, anillo, brazaletes y el tipo cerámico de copa, y puede aparecer el puñal y el punzón), miembros de pleno derecho (puñal y punzón para las mujeres y puñal y hacha para los hombres, pudiendo aparecer cerámica y algún otro objeto), servidores (algún objeto metálico y alguna cerámica) y esclavos (sin ajuar). Por otra parte, también en esta fase del Bronce el cálculo del número de habitantes por poblado y el número de enterramientos recuperado permite sospechar que no todos tuvieron acceso a este tipo de enterramiento. En Peñalosa se ha podido documentar a partir de los análisis óseos diferencias nutricionales entre los individuos y también que las diferencias de ajuares se documentan entre los enterramientos de una misma casa, lo que indicaría la asociación en el mismo espacio doméstico de los amos y los criados; sus excavadores proponen una clasificación social en nobles, guerreros/campesinos y siervos, estos últimos en el sentido de no propietarios y por lo tanto dependientes de un señor en cuya casa puede enterrárseles.

En el resto del área tratada, aunque se documenta la utilización de los enterramientos megalíticos, de una manera clara entre las numerosas poblaciones megalíticas de Granada, o de cuevas artificiales como las de la necrópolis de Alcalde en Málaga o las de Los Algarbes en Tarifa, lo habitual son los enterramientos individuales, a veces incluso en el interior del poblado, a la manera argárica, como en Setefilla o en el Cerro Berrueco, aunque la modalidad de enterramiento más generalizada es la cista y formando necrópolis fuera del poblado; éstas se conocen en Sevilla -Chichina- y Huelva -El Becerrero, El Castañuelo entre otras-, además del sur de Portugal, pero no faltan en otros lugares andaluces como por ejemplo las localizadas recientemente en Málaga como la anteriormente citada de Morenito I. Las primeras cistas portuguesas, del horizonte de Ferradeira, son de planta alargada para inhumación extendida, mientras que las posteriores son de menor tamaño y a veces pueden aparecer varias cubiertas con un túmulo. Sólo el hallazgo de puñal, alabarda, espada y las representaciones de las estelas alemtejanas, interpretadas tradicionalmente como símbolo de jefes guerreros, permiten hablar de presencia o representación de elementos de prestigio, pero que no se pueden estudiar en un contexto más amplio que permita de verdad definir el grado de diferenciación entre individuos.

Las interpretaciones

A partir de la jerarquización de asentamientos y de los ajuares, investigadores como Lull para la sociedad argárica y Nocete para el cobre/bronce de la Campiña defienden la caracterización de los grupos argáricos como sociedades estatales, paraestatales o de transición al estado, aceptando la presencia de no productores y productores y por lo tanto la existencia de unas relaciones de explotación. Lull, para explicar la creciente diferenciación a lo largo de la cultura de El Argar, pone énfasis en el mayor peso de la metalurgia en las actividades económicas para atender a la demanda de las elites y también comerciales, lo que implicaría una desviación de la mano de obra campesina para estas actividades; la importancia de la metalurgia explicaría la aparición de poblados en las zonas mineras de Sierra Morena de características plenamente argáricas; esta creciente dedicación, junto con otros factores como la degradación de lmedio como consecuencia de la deforestación para atender a los trabajos minero-metalúrgicos, el agotamiento de los filones superficiales y la ausencia de nuevas estrategias para intensificar la producción agrícola, provocaría la aparición de conflictos y tensiones que harían fracasar la estructura política argárica visible arqueológicamente en el abandono de los poblados o en la continuidad de ocupación pero bajo unos nuevos criterios económicos, con tipos diferentes de casas y con una cultura material diferente, iniciándose una etapa, la del Bronce Final todavía mal caracterizada en el sureste.

Otros autores, como Chapman y Gilman, prefieren utilizar el calificativo de jefaturas, como una fase intermedia previa al estado, a pesar de que sobre todo Gilman admite una explotación de clase. En buena medida la no aceptación del concepto de estado viene mediatizada por el concepto tradicional que de estado se heredó de Gordon Childe, según el cual, además de las circunstancias socioeconómicas, preveía la escritura y la arquitectura monumental como expresiones de las necesidades de la administración centralizada, y de un poder civil y religioso.

A falta de un conocimiento más suficiente del registro arqueológico, se propone que la sociedad del suroeste y territorios portugueses no desarrolló el grado de complejidad de la argárica, lo que no significa la inexistencia de desigualdades que, por las razones que sean, no suelen quedar tan explicitadas; pero algunos ajuares y sobre todo la interpretación simbólica de algunos temas del arte megalítico y de los grabados rupestres sugieren una diferente constatación de los atributos de poder. Por otra parte, la identificación de circulación de materias primas y manufacturas, así como la progresiva incorporación a las corrientes metalúrgicas atlánticas, también se explican como expresiones del control de estas actividades por parte de unos pocos como medio para reafirmar las desigualdades.

 

Conclusión

En los tiempos que se expusieron anteriormente podríamos resumir a grandes rasgos las características de los poblados de Europa y sus conformaciones como pequeños estados en los cuales los aspectos económicos formaron parte primordial en los procesos evolutivos de cada grupo social.

Ya en la edad de bronce se distinguen en Europa los tres gropos étnicos de los que se conformarían gran parte de la actualidad: los nórdicos, los mediterráneos y los alpinos.

En torno a la conclusión respecto del arte, podríamos inferir, que en Europa se da un estilo de acuerdo a la funcionalidad, o sea todo lo que se conoce de esa época esta relacionado con el fin ultimo de las cosa y desde este punto, adornarlo con fines principalmente de creencias o de diferenciación social.

Un objeto de la edad de los metales tenia la característica de ser muy estilizado y sus adornos en formas geométricas; este es el punto mas importante respecto al arte de este tiempo: surge el arte europeo geométrico, con lo cual se distancia de los otros artes existente en esa época.El otro punto importante es que surge el símbolo de la esvástica, por los adornos de las líneas zigzagueantes principalmente en los cascos y armas.

En conclusión el arte europeo de la edad de los metales surgió como una nueva manera de expresión, mas funcional, para resaltar el objeto que se adornaba no con el fin de sobresalir (hubo que esperar hasta los griegos para que surgiera el arte por el arte) sino con el fin de que los objetos tuvieran una manera de identificación que resaltara sus cualidades. Algo muy parecido al concepto de belleza que se maneja actualmente donde lo bello tiene relación con lo funcional. sea así o no, la edad de los metales con todos los problemas que debieron enfrentar estos hombres se las ingeniaron para sobresalir en lo sencillo , no por esto siendo los objetos menos bellos.

Bibliografía

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  • Historia del arte occidental, Alpamor. M; Colección general.

  • Conceptos fundamentales de la historia del arte. Wólfflia, Heinrich

  • Compendio de historia del arte. Héctor Aravena.

  • Historias de las religiones.

CERDEÑA

En esta isla los primeros indicios de vida humana datan del Neolítico antiguo. A partir del Eneolítico o Mesolítico, se vio sometida a muchas influencias externas.

La cultura del vaso Campaniforme procedente de Cataluña, se establece en el instaurando la tradición Dolménica. El mundo Egeo también deja huellas en la isla. El resultado fue la cultura Sarda, de la cual se conoce más que nada el periodo de mayor esplendor:"La cultura de las Nuragas o Nuraghi, nacida hacia la mitad del segundo milenio y cuya evolución dura más de 1000 años. Estas mismas construcciones circulares de losa están en las islas Baleares con el nombre de Talayots. ( Ambos territorios constituyen transición entre Italia y la Península Pirenaica)

De Cerdeña y su torre-fortaleza se sabe que los primera construcciones se remontan en parte hasta el Eneolítico (quizá Neolítico), y que fueron habitaciones fortificadas de los jefes de la tribus o de aldeas.

De la última Edad de piedra y la primitiva Época de Metal proceden también muchas de las Grutas artificiales de Cerdeña. En éstas se halla todavía el Vaso Campaniforme al lado de cerámicas peculiares de Eneolítico español, del occidente y centro de Europa. Esta forma es propias de Neolítico occidental. NAVARRA Y PAMPLONA HASTA EL 905

LA CULTURA DE HALLSTATT.

La cultura de Hallstatt recibe este nombre por el poblado así llamado, en Austria, característico de la época. Las novedades aportadas por esta civilización son el uso intensivo del hiero, conocido en Europa desde el final de la Edad del Bronce, pero no usado más que raramente.

Los emigrantes europeos (de lengua indoeuropea) representantes de la cultura de Hallstatt aportaron un tipo peculiar de bocado de caballo que después se extendió aun más (se han efectuado hallazgos en Bélgica). Sus influencias culturales se concretaron en la introducción de métodos de doma y monta de caballo, la difusión de la espada de hierro y una nueva técnica de combate a caballo; y sobre todo existía en los pueblos tracio-cimerios una casta aristocrático-feudal de caballeros (se localizan tumbas de gran riqueza con armas, joyas, monturas y todo de alto valor artístico) que cada vez se hará más poderosa (en las tumbas de una época alrededor del 600 a.C. se localizan también lujosos carros de cuatro ruedas y carros de combate de dos ruedas).

Las regiones afectadas por las penetraciones indoeuropeas presentan un mosaico de culturas regionales muy dispares, pero algunas de ellas presentan relaciones o parentescos imposibles de explicar por la simple vecindad geográfica. Se ha sugerido (es una mera hipótesis) que las grandes familias aristocráticas fundaron dinastías y crearon Estados o Reinos cuya autoridad se extendía a otros territorios vasallos o concedidos en una especie de feudo, a menudo alejados unos de los otros, a semejanza de la época medieval. Los vasallos sometidos a la misma dinastía podían ser del Norte de Francia o del Norte de Italia, pero al estar nucleados por un mismo clan dirigente adoptaban unas características similares sin perjuicio de las variaciones locales.

Otro factor de asimilación de las diversas culturas indoeuropeas es el comercio mediterráneo acreditado por hallazgos diversos, colaborando especialmente con los etruscos y sobre todo con los griegos que establecieron itinerarios comerciales existiendo grandes mercados, la jurisdicción de los cuales daba al príncipe celta a quien correspondía, una extraordinaria riqueza.

La difusión de la Cultura se desarrolla por el desplazamiento de población durante un periodo muy largo de años (750 a 450 a.C. al menos). La llegada de los pueblos practicantes de esta cultura es progresivo. Cada llegada se reduce a unos cientos de individuos con un caudillo y una organización propia; hablan una lengua indoeuropea, pero que es distinta en cada grupo, tanto llegado con anterioridad como con posterioridad a aquel de que se trate.

Cada grupo de emigrantes establece un poblado o un grupo de poblados. Eventualmente con la absorción de las poblaciones locales se forman tribus con un cierto poder comarcal. La cultura del grupo dominante en la región se impone a otros grupos menores también integrados por indoeuropeos, probablemente a causa de la mayor penetración en la población local anterior a su llegada.

Aunque sus establecimientos son permanentes parece ser que después de una o dos generaciones en un mismo asentamiento se trasladaban a otro lugar, quizás por el aumento de la población, o por causas comerciales, creándose grupos culturales similares.

Los hallazgos permiten a menudo distinguir diferencias de matices que podrían indicar un origen "nacional" o "tribal" diverso, cuando no son de orden cronológico.

La cultura de Hallstatt en Navarra.

Este periodo se desarrolla aproximadamente entre el año 700 y el 500 a.C.

A partir del 800 a.C. aproximadamente, empiezan a penetrar en la Península Ibérica grupos indoeuropeos, comúnmente llamados Celtas, procedentes del centro de Europa.

Los celtas formaban en realidad solo un componente de las diversas naciones de lengua indoeuropea que se desplazaban. Los grupos de recién llegados eran muy distintos entre si, pero tenían prácticas comunes. Sin duda el pueblo celta, era solo uno de los diversos pueblos que alcanzaron la Península, y no solo no era el único, quizás ni siquiera era el mas importante. A su vez cada pueblo indoeuropeo, como el celta, por ejemplo, se subdividía en múltiples ramas y tribus.

Estas prácticas comunes, agrupadas en la llamada Cultura de Hallstatt, se caracterizaban por el sistema de incineración de los cadáveres, que eran conservados en urnas.

Sabemos que en esta época los grupos indoeuropeos (llamados ahora Celtas o de la Cultura de Hallstatt, mientras anteriormente se les englobaba en la denominación de Protoceltas o de la Cultura de los Campos de Urnas) se desplazaron hacia el Valle del Ebro, quizás cruzando los pasos pirenaicos orientales, en nuevas oleadas.

El poblado de Cabezo de la Cruz, en Cortes, es indicativo de este movimiento; de la misma época son las ruinas del Cerro de Castejón en Arguedas, a casi tres kilómetros al Sudeste de dicha villa. La penetración de los celtas en la zona parece remontar a una fecha alrededor del 700 a.C.

Los celtas (los indoeuropeos) cultivaban la tierra y dominaban la fundición del bronce y del hierro, cuya posesión les daba cierta superioridad sobre los pueblos cuyas tierras ocupaban.

La práctica de la incineración (generalizada después del 600 a.C.) ha impedido realizar estudios antropológicos para determinar la incidencia étnica de estos pueblos indoeuropeos en los pueblos Pirenaicos. Con todo, la amplitud de los hallazgos (cerca de cuarenta yacimientos en Navarra) permite asegurar una incidencia étnica no despreciable. No obstante, como no se sabe la cantidad de los indoeuropeos establecidos en Navarra (pues de los llegados en varias remesas hay que descontar los que marcharon más tarde) ni la población local (probablemente en torno a las tres o cuatro mil personas) ni las relaciones entre ambas comunidades, la incidencia no puede establecerse, existiendo opiniones sobre la total celtización de la mayor parte de Navarra, mientras otras la niegan absolutamente, arguyendo que los hallazgos celtas de Navarra son simplemente establecimientos locales cuya población habría adoptado la religión de los pueblos incineradores y diversos aspectos culturales, o que habrían acogido a alguna banda o grupo de indoeuropeos, pero que raramente se habrían mezclado.

Efectivamente se aprecia que la cultura de la incineración penetra con cierta rapidez en los pueblos del Oeste, Centro y Norte de la Península, pueblos de cultura neolítica tardía, donde apenas ha penetrado el bronce y los metales para el uso general, mientras no penetra en la zona costera mediterránea donde el uso de metales esta extendido (los hallazgos de carácter indoeuropeo se detienen allí donde empiezan los emparentados con la cultura metalúrgica de El Argar), ni en el Sur, donde se desarrolla la cultura Tartesia.

Los poblados de los Celtas o indoeuropeos de la Cultura de Hallstatt se componían, como los precedentes, de cabañas de madera de forma circular con una sola cámara y una única puerta de acceso. El techo esta hecho con ramaje y paja y adopta forma cupular. Pero estas construcciones fueron pronto sustituidas por cabañas de piedra, de planta rectangular, con un sola puerta y con techo de ramaje plano, a imitación de las existentes en la Península.

Como sus poblados se situaban en lugares llanos o en alturas reducidas cercanos a los ríos, o bien en alturas abiertas y accesibles (estos últimos eran asentamientos donde la base económica es la ganadería, estando generalmente en zonas montañosas), se deduce la inexistencia de necesidades defensivas. Su predominio militar les hacia superiores a los pueblos locales. Además estos adoptaron sus mismas costumbres y su religión, de forma que si en el periodo de los protoceltas aun puede

Reconstrucción de una vivienda

intuirse alguna precaución defensiva en el periodo de Hallstatt los indoeuropeos ya no temen ningún ataque local. Curiosamente tampoco se atacan entre si, lo que podría indicar la existencia de principados territoriales con un área de influencia muy definida.

Los hallazgos permiten sospechar una vida de cierta pobreza, lo que unido a la falta de yacimientos de minerales en toda la zona al Norte del Ebro, quizás hacia poco apetecible el engrandecimiento a costa de batallas. No parece que ninguno de los poblados indoeuropeos dispusiera de murallas. De algunos solo se conserva el silo donde se almacenaba el grano.

Simultáneamente la población autóctona conserva sus hábitats en cuevas, relacionándose cada vez mas con los pobladores celtas .

Es muy probable que la penetración indoeuropea estuviera relacionada con un extenso movimiento comercial relacionado con la posesión de la técnica del hierro, y que los establecimientos celtas fueran básicamente comerciales.

Se han estudiado detenidamente las necrópolis del periodo de Hallstatt, no solo en Navarra, casi todas las cuales han sido localizadas casualmente (ya que ninguna indicación permite fijar su localización). Las tumbas son poco espectaculares. El difunto era quemado y sus cenizas y los huesos conservados después de la incineración se introducían en una urna de barro, semejante a una olla, a veces junto a objetos personales. Una tapa cerraba la urna y esta se enterraba con ofrendas a su alrededor colocadas en urnas más pequeñas que contenían comida, agua y objetos de los cuales solo se han conservado los de metal. El enterramiento se hacia en un hoyo no muy profundo (menos de un metro) donde se colocaban las urnas, y el hoyo era cubierto por una piedra de forma aplanada, sobre la cual se echaba tierra hasta cubrirla. Las tumbas se localizan cercanas la una a la otra y el conjunto forma una necrópolis conocida por Campos de Urnas (primitivamente fue llamada por los prehistoriadores alemanes Urnenfeldern). Cuando se producía la muerte de dos o mas familiares juntos eran enterrados en el mismo hoyo, en urnas separadas, si bien también es posible que las tumbas en los que se observan estos dobles o múltiples enterramientos tuvieran un carácter familiar donde una familia iba enterrando a sus muertos durante un cierto tiempo.

Cerca de las necrópolis se situaba el Ustrinium, un espacio plano de piedra donde se quemaban los cadáveres.

Estando asociadas las prácticas funerarias a las creencias religiosas, no hay que dudar que la nueva religión, desconocida para nosotros, se impuso progresivamente a las poblaciones locales que, después del 600 a.C., ya se habían celtizado en el aspecto religioso, y practicaban también la incineración, sin que se conozcan otros elementos de las prácticas religiosas adoptadas, ni que aspectos de la antigua religión pudieron sobrevivir en épocas posteriores.

Como ya hemos dicho los indoeuropeos conocían la técnica de la fundición del hierro, que habían descubierto los hititas hacia el 2.500 a.C., y que se difundió por Europa Oriental hacia el 2.000 a.C. y después por Europa Central. No obstante su uso era muy limitado. Tampoco con los celtas de la cultura de Hallstatt puede hablarse de una difusión generalizada de los objetos de hierro en la península Ibérica, y las armas y utensilios que estos usaban eran mayoritariamente de bronce.

Se conocen diversas espadas de la época de Hallstatt, época en la que tienen la característica de ser alargadas como las anteriores (del periodo protocelta) pero más anchas y con pomo en forma de seta insertado en la lengüeta. Las hachas de hierro son trapezoidales.

En general las armas de hierro daban a sus poseedores una indudable superioridad militar pero en los poblados celtas apenas se han encontrado armas. Probablemente se trataría de poblados pacíficos de comerciantes, que cambiaban de emplazamiento cuando los productos que ofrecían, antes novedosos, habían saturado el escaso mercado (no olvidemos la longevidad de los objetos de hierro y la escasez de la población de la época) o bien cuando los clientes potenciales habían aprendido las técnicas para fabricarlos ellos mismos.

El alimento básico de los indoeuropeos en esta época era el trigo, y también las bellotas.

En toda la zona de Navarra abundaba el roble y la encina, mientras que el pino estaba muy poco difundido.

Por diversos hallazgos se sabe que los indoeuropeos se afeitaban la cara con unas navajas de doble filo. Unían sus vestidos con fíbulas (imperdibles arcaicos) y muy ocasionalmente con botones de bronce, si bien las fíbulas encontradas en la Península Ibérica corresponden todas al periodo de La Tène en que su uso debió generalizarse. Las mujeres usaban agujas largas con cabeza redonda, probablemente para el pelo, y pendientes de piezas circulares; conocían las pinzas y los hombres usaban cinturón, pues se han localizado hebillas; la abundancia de hallazgos de navajas de afeitar permite suponer que esta era la practica general, mientras que hasta entonces los hombres usaban barba (casi con toda seguridad el afeitado era desconocido en Navarra).

Los celtas eran monógamos, buenos jinetes y aficionados a la caza. Practicaban bailes frecuentes. La agricultura asumía a veces un carácter de practica colectiva. Aparte de la agricultura practicaban también la ganadería, y quizás había también grupos guerreros.

Los celtas eran parcialmente dolicocefálicos, pero poco acusadamente, mientras otra parte eran braquicefálicos de gran capacidad craneal. Eran altos, esbeltos, de caballos rubios, castaños o rojizos, (aunque con porcentajes apreciables de morenos), ojos grises, verdes o de tonos claros y de facciones más bien agudas. El celta clásico corresponde a un hombre de buena estatura, cabello castaño o rubio, ojos verdosos, gran capacidad craneal, braquicefalia, frente ancha y llena y el cráneo anterior poco desarrollado. El occipucio se acerca a la vertical y las eminencias superciliares están muy desarrolladas. El ángulo parietal es a menudo negativo. La cara es ensanchada en relación al cráneo. Sus pómulos son marcados y apartados, y su mandíbula inferior cuadrada. La cara es rectangular y aplastada. Su nariz es poco saliente y la fosa nasal del cráneo tiene el dorso ligeramente cóncavo y el extremo levantado. La cabeza en conjunto es grande mientras el cuello es estrecho.

Como tribus celtas establecidas en la Península, conocemos a los Berones y Pelendones (establecidos hacia el 700 a.C.), los Sefes, Lugones y Vetones (llegados hacia el 600 a.C.), y los belgas o Galos (llegados hacia el 500 a.C.).

La presencia en Navarra de los celtas esta acreditada por varios poblados y necrópolis. En cambio no esta establecido con seguridad si se trataba de asentamientos puramente celtas (indoeuropeos) o se trataba de poblados autóctonos que habían adoptado la cultura celta y hasta quizás su lengua. La costumbre de los celtas de incinerar a los muertos no permite la realización de estudios antropológicos que hubieran dado respuesta a la cuestión. Sin embargo es licito suponer que la aportación étnica de los indoeuropeos fue débil y que aunque crearan algunas poblaciones mayoritariamente "celtas" , la mayoría hubo de estar formada por poblaciones autóctonas con una aportación minoritaria indoeuropea, primero como clase dominante, y con el tiempo, y habiendo impuesto su cultura y su lengua, fundida con la población para dar origen a un nuevo pueblo de etnia autóctona pero de lengua y cultura indoeuropeas.

Incluso los autóctonos que no fueron sometidos a los celtas sufrieron su influencia, y su cultura desapareció.

Tampoco es posible asegurar si los indígenas aceptaron voluntariamente la cultura de los indoeuropeos o les fue impuesta, pero la superioridad militar de estos y la ancestral hostilidad a lo externo hacen mas plausible la idea de una imposición por la fuerza.

Es predominante en toda la zona del Valle del Ebro la cerámica excisa ( de ex, fuera, y cisión, cortar), mientras más al Este predominan las vasijas bicónicas de cuello cilíndrico con decoración acanalada. La cerámica del periodo Hallstattico es más rica que en el periodo precedente.

Además de ser diestros jinetes, y practicar a menudo la monta como diversión, los celtas bailaban frecuentemente , y se dedicaban a la caza y otras ocupaciones propias de la época.

La última oleada de los pueblos celtas de la cultura de Hallstatt se traslado hacia el Centro de la Península, Galicia, León y Asturias, y se caracterizo por la aparición de antenas en los pomos de las espadas, las espadas cortas y los puñales de herradura.

Hallazgos en Navarra.

En Navarra se han localizado treinta y siete yacimiento célticos, entre ellos uno muy importante en Cortes que confirma que se dedicaban a la agricultura y a la ganadería.

Las estaciones de túmulos con incinerados (arrespil o baratz, equivalentes a los cromlechs) se encuentran entre Ariège y el Mar, y al Sur desde el Oeste de Vizcaya hasta Cataluña.

Todos los emplazamientos se sitúan en la Navarra Media y Meridional, quedando libre de ellos el Norte y Noroeste donde se conservo mas tiempo la cultura neolítica, y que sigue viviendo en plena edad del Bronce.

Los arrespil o baratz.

Los baratz o arrespil característicos del periodo celta en la zona Pirenaica, son cromlechs que tienen en el centro una especie de urna de piedra con cenizas. Las construcciones tipo cromlech están formadas por piedras hincadas en el suelo en forma de circulo.

La vida en Navarra al final del periodo céltico Hallstattico.

La poblaciones de cultura neolítica tardía habían sido parcialmente absorbidas por los celtas, pero una parte de la población, alrededor de unas dos mil personas quedo en las zonas del Norte y Noroeste de Navarra, libres del dominio celta, aunque no se sabe hasta que punto estaban libres de su influencia.

La mayor parte de la población, quizás unas tres mil personas, fue absorbida por los celtas, o bien se asimilo a ellos culturalmente (no siempre lingüísticamente) y se produjo la fusión de ambos elementos.

La cultura neolítica tardía se extendía desde Asturias a Aragón, si bien en Asturias los celtas acabaron predominando, reduciendo la zona de pervivencia de una cultura más propia de la edad del Bronce, a las poblaciones de Cantabria, Euskadi, Norte de Navarra, Norte de Aragón, y algunas zonas del Pirineo occidental catalán.

En el Sur de Navarra, con extensión hacia Álava, se vive a base de la agricultura y la ganadería. Se incineraban los cadáveres de los adultos, pero se seguía con la practica de inhumación de los cadáveres de los niños.

La celtización de los pueblos neolíticos de la Baja y Media Navarra debió ser muy importante, así como en todo el Valle del Ebro Oriental. En cambio penetro mucho menos en las poblaciones del Norte, que por sus vivencias comunes, su cooperación de los últimos siglos y sus intereses coincidentes estaban llegando a un sentimiento de unidad, iniciado ya desde el cambio climático (que obligo a modificar las zonas de poblamiento) y el inicio de las emigraciones indoeuropeas, contra las que estos pueblos hicieron causa común, en la mayor parte de las veces con escaso éxito.

Estos pueblos no tenían un nombre común para todos ellos (se cree que cada tribu llevaba su propio nombre), pero acabaron adoptando el nombre de Barscunes.

Antonio Tovar cree que fueron sus vecinos los celtas o los habitantes celtizados del Sur, los que les dieron este nombre. La palabra barscunes contiene la raíz "bhars", netamente indoeuropea, que significa "alto", y la palabra Barscunes (que aparece en unas monedas cuya ceca no ha podido localizarse) significaría "Los Altivos" (Tovar traduce por "los de las cimas" o "los de las alturas" o "los orgullosos"). Les darían este nombre porque permanecían altivos y orgullos en sus montañas sin aceptar la hegemonía celta. Mas tarde estos pueblos, en periodo de unificación, pudieron adoptar este nombre como propio, o llamarse a si mismos éuscaras, palabra que quería decir también "los de arriba" o "los de las montañas".

Se formaron dos grupos claramente diferenciados: los barscunes (con subgrupos regionales) que poblaban desde Cantabria a Urgell, en los cuales la mezcla étnica con los celtas es insignificante o nula (aunque no los es la aportación cultural de la que no pudieron librarse totalmente), y que conservaron su lengua derivada de la que se hablaba 20.000 años antes; y los pueblos Pirenaicos, al Sur de las montañas, algunos de ellos completamente celtizados lingüística y culturalmente, y los mas asimilados culturalmente pero conservando la lengua propia (muy parecida a la de los barscunes aunque con mucha mayor influencia celta), donde la aportación étnica de los celtas es mucho mayor, y en algunos casos mayoritaria.