Prehistoria del Norte de África y África Subsahariana

Historia. Arqueología. Prehistoria. Norte de África. África Subsahariana

  • Enviado por: Gigi
  • Idioma: castellano
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ARQUEOLOGÍA Y GÉNERO

Prehistoria del Norte de África y África Subsahariana

El presente artículo pretende ser una breve exposición de la postura de la arqueología de género en el pensamiento actual. La mayor parte de la información ha sido extraída del compendio de artículos “Arqueología y teoría feminista. Estudios sobre mujeres y cultura material en arqueología”, de L. Colomer, P. González Marcén, S. Montón y M. Picazo (Icario, 1999), pero está enfocado a las motivaciones engendradas en la asignatura Prehistoria del Norte de África y África Subsahariana por la situación de la África actual a partir de la influencia de Occidente, tanto directamente a nivel político, social, económico y cultural, como indirectamente a través de la construcción de una prehistoria y una historia desde un punto de vista completamente occidentalista y etnocéntrico; lo que ha causado estragos a todos los niveles y nos ha demostrado el horror increíble del pensamiento y la acción occidentales.

El análisis de los restos arqueológicos que nos dejaron los hombres y mujeres del pasado nos lleva a replantearnos ciertas cuestiones que se han dado por supuestas, pero que desvelamos como relativistas tan pronto como somos capaces de distanciarnos de la cultura y la historia en la que estamos inmersos. El conocimiento occidental se caracteriza por su tendencia a la ortodoxia, a rechazar todo dato que amenace la estabilidad del poder constituido. La arqueología es muy importante en la construcción de la identidad nacional y los intereses del Estado-Nación; la forma de presentar los restos arqueológicos puede, desde una perspectiva ideológica, permitir visualizar aspectos sobre las relaciones sociales. De aquí el interés del que hablamos por construir la historia sin introducir elementos amenazantes para el orden de las cosas establecido. Toda una serie de ideas preconcebidas sobre la existencia de hombres y mujeres, sus roles sociales, sus tareas, han penetrado en los estudios arqueológicos, sin que los mismos investigadores tuvieran la altura de verse dentro de un mundo en que las bases permanecían ocultas.

Se han descubierto prejuicios de género en la teoría y evidencias claras de la existencia de una variabilidad relacionada con el género en las bases de datos. Las presunciones sobre la historia evolutiva están cargadas de explicaciones que eliminan a las mujeres de un campo que les era propio de forma tradicional tan pronto como una innovación o invención entra en escena, que es directamente atribuida a la acción del hombre.

La oscuridad en nuestro pasado sobre el género se debe a que la metodología de una arqueología de género requiere que seamos capaces de identificar el género en el registro arqueológico, es decir, que podamos atribuir ciertas actividades o aspectos de la cultura material a hombres o mujeres. El punto de vista masculino se desvela, por ejemplo, en el estudio de la unidad doméstica, pues ahí se enfoca el estudio hacia lo que sucedía fuera de casa y se desenfoca voluntariamente el descubrimiento de los dones de las acciones sociales a pequeña escala junto a una devaluación de las mujeres y de sus “labores”. Dar género a la prehistoria nos permite ir mucho más allá en la comprensión de la variabilidad arquitectónica en términos de relaciones de dominio y de tensiones que se dan hoy día en nuestra visión del mundo. La arqueología a pequeña escala de las relaciones sociales de producción en la prehistoria es un requisito esencial para elaborar una prehistoria del género, y para cualquier tipo de arqueología social. Cuando se lleva a cabo desde una perspectiva feminista permite ocuparnos del estudio de una prehistoria con rostro. En el caso de la prehistoria del norte de África pudimos ver como las pinturas rupestres representaban diversas funciones de hombres y mujeres en la caza o en el vida cotidiana, pero de ahí no debemos deducir directamente que pueda ser claramente dilucidado a través de comprensiones actuales de la historia del hombre.

Conkey fue la primera arqueóloga en resaltar la importancia de la crítica feminista para las tradicionales interpretaciones de la investigación arqueológica. Afirma que la propia naturaleza de la arqueología, su tema y crucialidad para la política cultural contemporánea, resulta particularmente apropiada para una pedagogía feminista; la arqueología puede convertirse, de hecho, en una de las actividades más feministas: se trata de cuestionar la autoridad impuesta en el conocimiento, de la reflexión sobre nuevas interpretaciones, de llevar a la práctica la crítica feminista de la ciencia para analizar la historia, la autoridad, el lenguaje y el símbolo. Esto es lo que representa la crítica feminista en arqueología y la diferencia que implica analizar los temas de género en las sociedades humanas del pasado desde una perspectiva crítica, que incluya un cuestionamiento de la autoridad del propio investigador.

La teoría feminista versa sobre la importancia para el análisis social de reconocer lo personal, las experiencias vitales de mujeres y hombres. La bibliografía sobre trabajos de género o feminismo en arqueología y el número de congresos específicos ha ido creciendo de forma exponencial hasta constituir lo que podemos considerar una subdisciplina, casi en su totalidad en manos de mujeres. La aparición del interés por el género femenino en la disciplina es uno de los procesos teóricos más grandes del momento, constituye una nueva visión de la cultura material y de la antropología.

Hay factores sociales y políticos que han desempeñado un papel importante en la aparición del interés del género que se da en los últimos años. El proceso se encuentra estrechamente ligado a las demandas por la igualdad a las que se enfrentan como miembros de las instituciones académicas, empresas de asesoría y agencias gubernamentales, y con los cambios resultantes en la representación de roles y estatus de las mujeres en estos grandes contextos institucionales. Estos cambios han suscitado algún tipo de conciencia de la política de género en contextos contemporáneos y también en algún tipo de creciente conciencia de que el género no es una característica inmutable natural. Si una perspectiva explícitamente femenina revela la parcialidad (la especificidad no reconocida del punto de partida) de nuestras mejores explicaciones del pasado y aporta una nueva visión o nuevas formas de entender el pasado, significa que otras perspectivas pueden hacer lo mismo (lo que pone en peligro la estabilidad de un conocimiento urdido durante siglos y de cuyo mantenimiento depende la continuidad de toda la cultura occidental), y que cada una puede ser reducida a una versión contextual de una perspectiva. La postura más radical a este respecto la representan los constructivistas sociales, que afirman que los hechos y las pretensiones teóricas que supuestamente los sostienen son el producto de intereses locales, irremediablemente sociales y políticos, que dan forma, en contextos particulares, a las acciones e interacciones de los científicos, es decir, que los científicos literalmente crean el mundo que pretenden conocer. Esto es lo que les ha sucedido a los arqueólogos, pues como escribe Odre, los datos arqueológicos como elemento de contrastación están mediados por un edificio de teorías auxiliares y de premisas que nunca han sido cuestionadas por los arqueólogos. No se puede escapar a la carga teórica, así que todo ha de ser considerado como constructo, lo que se considera relevante está determinado contextualmente por intereses específicos individuales o políticos. La arqueología es una empresa totalmente política inmersa en la creación de un pasado dictado por intereses actuales. Los prejuicios de género han persistido en la investigación, por eso las teorías feministas apuntan a la naturaleza construida y cargada de teoría e intereses del conocimiento científico.

La periodización implica una forma de interpretación, y los periodos tradicionales de la arqueología prehistórica e histórica constituyen un buen ejemplo de la imposición de criterios cronológicos, donde destacan los momentos más importantes del desarrollo social desde la perspectiva masculina y etnocéntrica. Las lecturas surgidas de la perspectiva feminista requieren ajustar los periodos.

Otro prejuicio es la implicación de “lo masculino y lo femenino”, pues se atribuyen cualidades físicas a hombres y mujeres como algo inherente a su naturaleza, y con ello se crean prejuicios sobre las relaciones de poder entre los géneros y las esferas sociales de hombres y mujeres. El género de un individuo es un factor determinante de cómo es aprehendido a ciertos niveles sociales.

La ideología de género configura un sistema más o menos armónico de creencias sobre cómo se constituyen o deberían constituirse, en diferentes noveles sociales, las relaciones culturales y sociales entre hombres y mujeres. La división sexual del trabajo implícito en las hipótesis tradicionales queda descartada por la diversidad funcional que se ha demostrado posteriormente con la perspectiva feminista.

Montellius enumeró como factores determinantes: la situación social de las mujeres, las leyes patriarcales que contrarrestan cualquier cambio, la ideología de género que justifica un punto de vista opresivo, y la opinión antropológica sobre la evolución de las sociedades primitivas hacia la civilización.

El mantenimiento de la fe en el cambio reside en el poder de la arqueología de actuar de forma diferente a como se esperaba: por muy cargados de teoría que estén los datos arqueológicos, la arqueología genera conflictos, plantea desafíos, fuerza revisiones y canaliza el pensamiento teórico de un modo que tiende a dar credibilidad a quien tiene pretensiones objetivistas. Así, aunque no podamos tratar la evidencia de los datos arqueológicos como inamovible, sí podemos tratarla como maleable. La inferencia arqueológica es la base de atribución de significados a la evidencia arqueológica, y funciona como una red de resistencias muy recalcitrante, y necesitamos una exposición de cómo los datos sirven, por su carga interpretativa, para estar a favor o en contra de un pensamiento.

En la práctica, la conexión propuesta entre los materiales observados y su significado funcional, social, ideológico u otro no es completamente arbitraria ni accidental: la pasividad vegetal atribuida clásicamente a las mujeres no viene sino impuesta por el hombre que se erige como activo dominador. La práctica feminista expresa que la ciencia políticamente comprometida es a menudo más rigurosa autocrítica, y responde a los hechos mejor que la ciencia supuestamente neutral.

Como observa Erika Engelstand, la segunda oleada del feminismo puso al descubierto el enorme alcance el prejuicio androcéntrico en las humanidades y en las ciencias, incluso en las ciencias puras como la física o las matemáticas. No se puede hacer ciencia que muestre un sesgo masculinista, que esté cargada de valores en su metodología, en su interpretación de resultados analíticos, en la teoría y en los problemas que son planteados y propuestos como significativos. Esta autora afirma que puede hacerse una ciencia mejor y más objetiva desde la crítica feminista, y a la vez adherirse a la defensa del método científico que supuestamente elimina los sesgos.

La perspectiva feminista, por ser un punto de vista femenino, no es completamente objetivo, así que aparecen dos soluciones epistemológicas: el empirismo feminista y la perspectiva feminista; ambas conducen a las filosofías postmodernas o postestructuralistas. Ambas asumen el objeto de investigación como una faceta de lo que ha resultado ser lo más problemático de nuestra situación: cómo entender y reconstruir el Yo, el género, el conocimiento, las relaciones sociales y la cultura sin usar formas de pensar y de vivir lineales, teleológicas, jerárquicas, holísticas o binarias.

El postmodernismo feminista está representado filosóficamente por autores como Lacan, Derrida, Barthes, Foucault, Ricoueur o Bordieu, y reconoce que el conocimiento es históricamente contingente, que no hay una única verdad última. La práctica de la objetividad debe privilegiar la contestación, la reconstrucción, la construcción apasionada, las conexiones entrelazadas, y debe mantener la esperanza en la transformación de los sistemas de conocimiento y de las maneras de ver. Mantiene el relativismo extremo, considerando toda postura como racionalidad posicionada, dentro de una historia en que la mayoría de los discursos son masculinos. Se rechaza asimismo el poder supremo del hombre de construir la realidad a voluntad.

La teoría arqueológica postprocesual se basa en considerar la arqueología y la prehistoria como texto en el que el individuo, la cultura y la sociedad se han construido histórica, social y simbólicamente, y en la preocupación por un concepto amplio de poder como factor de importancia decisiva en las relaciones sociales.

La cultura material es un marco y un medio de comunicación que comprende prácticas sociales, y puede usarse para transformar, acumular o preservar información social. Constituye además un medio simbólico de práctica social y actúa dialécticamente en relación a esa práctica. Puede verse como un canal de expresión cosificada y objetivada. El sentido (indecible) del pasado tiene que insertarse en el presente a través de la función mediadora del texto: la arqueología se convierte en una forma de crítica literaria donde la crítica y el criterio definen la importancia del texto. Los textos arqueológicos presentan un problema de crítica y traducción textuales entre dos culturas diferentes y entre el pasado y el presente. El problema de interpretación es que se ha duplicado la ambigüedad y la ambivalencia, pero así la hermenéutica múltiple de la arqueología expresa la comprensión antropológica y social en la relación del pasado con el presente.

La importancia de la crítica feminista contra la interpretación única masculina y su autoría únicamente masculina se basa en que todas las realidades son posibles, en que las interpretaciones de la cultura material del pasado son de acción política, y en que el poder es de dominación de un género sobre el otro. La arqueología políticamente consciente parece incluir sólo de forma marginal una arqueología del género como parte del prejuicio masculino universal.

En conclusión, hemos visto como el estudio arqueológico está irremediablemente condicionado y dirigido por el poder reinante, que determina la conciencia y el mismo conocimiento. Como escribía George Orwell en su novela 1984, “quien controla el presente, controla el pasado”. Hemos visto también que el feminismo, por ser una mera crítica al poder masculino, puede verse limitado en sus fundamentos, pero que existen pensamientos: el postmodernismo y postestructuralismo, que se alzan más allá de las mismas estructuras del pensamiento para convertirse en teorías que defienden la objetividad a ultranza, y la deconstrucción de la pirámide del saber etnocéntrico occidental. Es en este sentido en el que el postmodernismo feminista tiene un gran valor tanto para la reconstrucción de la historia de la humanidad, como para el cambio del poder dominante en uno que vea al ser humano tal cual ha sido a lo largo de su historia, con lo que lograríamos más de lo que cabe imaginar desde la perspectiva occidental: la liberación de las cadenas que atan al ser humano a su historia construida y a su cultura dominadora.

Puede el peso de la historia ser aplastante, puede ser un vestiglo aterrador de gentes, como Goliat, o como Leviatán, o como la religión

asomando su cabeza horrenda desde las nubes en los versos de Lucrecio.

Pero eso no le da para nada a la historia entera ni necesidad ni autoridad para proclamarse única.

Ni tenía por qué haber sido así, sino de infinidad de otras maneras,

Ni tiene, por tanto, por qué ser así tampoco, sino tirar por otro sinfín de invenciones y posibilidades, de las que no se saben, hasta que han dejado de ser posibilidades para hacerse realidad;

Y ni aún así.

Agustín García Calvo (Contra la Pareja)