Praderas

Hábitat. Clima. Flora. Fauna. Especies vegetales y animales

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La pradera norteamericana, de forma más o menos triangular, abarca 3,5 millones de kilómetros cuadrados, casi el 15 por ciento del continente. La base del triángulo se extiende de norte a sur sobre más de 3.800 Kilómetros siguiendo el borde oriental de las montañas Rocosas, desde el Territorio Noroeste de Canadá hasta el actual estado de Texas. A partir de su base, los lados del triángulo se unen en el este, en Indiana, a más de 1.600 kilómetros de distancia.

La pradera de América del Norte no es la única en su clase. En todas las zonas templadas del mundo existen otras praderas que reciben la cantidad de precipitación adecuada de 250 a 1.000 milímetros anuales para sustentar hierba abundante, siempre que el terreno y otras variables sean favorables. Esas praderas, denominadas cada una en la lengua de sus habitantes dominantes, incluye los velds del sur de Africa, las pampas de América del sur y, las más extensas, las estepas de Europa y Asia, que se extienden sobre 6.000 kilómetros, Hungría a Mongolia. En muchos países se encuentran praderas menores de zona templada, como en Nueva Zelanda, Turquía, Irán y Alemania occidental. Casi todas esas áreas de pradera se han convertido en áreas cerealistas o en pastos, y actualmente producen casi el 70 por ciento de los alimentos del mundo.

No se sabe mucho de las praderas vírgenes de Asia, Europa y Oriente Medio.

La pradera norteamericana y todas las praderas de zona templada pueden dividirse en tres tipos principales según la altura de la hierba. Pueden ser praderas bajas con hierbas, de menos de 50 centímetros; medianas, de 50 a 120 centímetros; y altas, de 1,50 metros o más. Aunque en casi todas las áreas de la pradera aparecen hierbas de distintos tipos, una de ellas tiende a dominar en una región geográfica dada: las hierbas cortas en el oeste, las medianas en el centro y las altas en el este.

CLIMA, FLORA Y ADAPTACIONES

El escalonamiento geográfico que se produce refleja la existencia de humedad en la zona. Los vientos húmedos del Pacífico ascienden, se enfrían y descargan casi todas su humedad al llegar a las montañas Rocosas. La precipitación anual media es de tan sólo 250 milímetros y los fuertes vientos la evaporan rápidamente. Por tanto dominan aquí las hierbas cortas, como la Bouteloua gracilis, llamada grama azul, y la Buchloë daccctyloides, llamada hierba de los búfalos.

Más al este, los vientos aportan humedad, y las precipitaciones anuales sobrepasan los 500 milímetros. Aquí comienza la pradera mixta, zona de transición con hierbas de los tres tipos, aunque dominada por la mediana, sobre todo las especies conocidas como el Andropogon scoparius, o gama azul pequeña, y la Bouteloua curtipendula, o gama de avena.

Por último, a unos 600 kilómetros al este, empieza la región de hierbas altas, cuya reina es el Andropogon geardi o tallo azul alto, una especie majestuosa que puede alcanzar los 3,5 metros de altura cuando recibe unos 1.000 milímetros de precipitación anual.

La pradera de hierbas altas, que se beneficia de la lluvia más abundante, encierra la mayor diversidad de vegetación autóctona. Media hectárea de tierra no cultivada puede contener 300 especies distintas de plantas. El andropogon Geardi y unas cuantas hierbas asociadas constituyen la mayor parte de la cubierta vegetal. El resto son forbias, plantas herbáceas de hoja ancha, como la vara de oro y el áster. Sus flores, que se abren de abril a octubre, dan a las praderas altas un caleidoscopio de colores.

Las numerosas especies de gramíneas y otras plantas herbáceas pueden agruparse en un reducido espacio gracias al sistema de capas verticales. Cada especie ocupa su puesto por encima y por debajo del suelo. Una dicoledónea como el eringio de raíz de serpiente (de la familia de las umbelíferas) crece pegada a la tierra, pero sus partes florales asoman por encima de las hierbas más altas para asegurar la polinización y la dispenrsión de semillas. Otras maduran temprano, fructificando antes de que otras especies mayores les hagan sombra. De modo semejante, dicotiledóneas y gramíneas tienen a extender sus raíces a distintas profundidades, lo que permite a cada especie obtener humedad en su propio nivel. Esta capacidad de coexistir es resultado de la selección evolutiva de los caracteres genéticos en respuesta no sólo al clima y al tipo de suelo sino también a las características de las especies colindantes.

Más notable aún es la evidencia de diferencias entre plantas de una misma especie. Una especie de grama, por ejemplo, vive en dos hábitats de pradera diametralmente opuestos: en el norte, donde la estación de crecimiento se limita a 100 días, y en los límites meridionales, donde la estación dura más de l triple. Existen sutiles diferencias genéticas entre estas dos plantas de la misma especie. Cuando se cultivan en laboratorio, la variedad septentrional madura mucho más deprisa que su pariente del sur. También responde mejor a los días largos de su hábitad.

De hecho, las diferencias genéticas se encuentran también entre individuos de una misma especie que crecen en las cercanías unos de otros. Estas variaciones de genes son vestigos de la herencia evolutiva de la planta individual, y reflejan los cambios que se han realizado en respuesta a diferentes orígenes o a microclimas ligeramente distintos.

Los agricultores descubrieron que el césped de la pradera era un buen sustituto de la madera en un tierra sin árboles. Cortaban el césped en tiras largas y estrechas con el arado, para luego hacer las paredes de sus casas.

Éste tipo de césped se llama andropogon geardi y Beckmannia syzigachne. Esta últimas es áspera gramínea de tallo fuerte, que puede alcanzar cerca de tres metros de altura, pero que es difícil de manejar porque sus hojas tienen unos bordes dentados y afilados (la llamaban “rip-gut”, destripadora). El andropogon gerardi es más manejable y también más abundante.

Las hierbas de la pradera necesitan de un sistema de raíces extensivo para anclarse, absorber agua y obtener nutrientes. Lo plantones de Andropogon scoparius cultivados en laboratorio concentran primero su energía en echar raíces. Alimentados en condiciones óptimas, sin competidores por los nutrientes y el agua, desarrollan una raíz primaria de más de cinco centímetros antes de que apareciera el primer brote en la superficie. Al cabo de sólo dos semanas, su sistema radical había alcanzado 15 centímetros de profundidad y unos siete de extensión. La plátula aérea, por el contrario, apenas alcanzaba los dos centímetros.

Las partes subterráneas de las plantas herbáceas siguen siendo mayores que las porciones aéreas. Se calcula que las raíces y demás partes subterráneas, constituyen más del 80 por ciento de la biomasa vegetativa de una pradera. De hecho, la materia viva contenida en los 10 centímetros superiores de terreno en una zona típica de hierbas altas pesa entre 2,5 y 4 toneladas. Las raíces de algunas plantas tienen tantas ramificaciones que si se pusieran en fila las raíces de un metro cuadrado de terreno y 10 centímetros de profundidad, medirían 35 kilómetros.

Las raíces de las hierbas altas, como el andropogon geardi, crecen a gran velocidad hasta 2,5 centímetros diarios y penetran hasta una profundidad de más de un metro y medio. Las raíces de una especie, el Panicum virgatum, a veces descienden a más de tres metros.

El crecimiento de la raíz está adaptado para alcanzar la profundidad máxima de penetración de la humedad. Las raíces de una especie, el Panicum virgatum, a veces descienden a más de tres metros.

El crecimiento de la raíz está adaptado para alcanzar la profundidad máxima de penetración de la humedad. Las hierbas altas, que crecen en la región de más precipitación de la pradera, tienen raíces más profundas que las hierbas cortas de los llanos semiáridos. Sin embargo, las raíces de algunas hierbas cortas como la Bouteloua gracilis o la Buchloë dactyloides, llegan a una profundidad relativa mayor respecto a la altura de la planta que las raíces de las hierbas altas. Estas planta, que rara vez alcanzan los 25 centímetros de altura, producen unos sistemas radicales muy desarrollados que les proporcionan reservas de humedad en épocas de sequía.

Además de su papel nutriente, estos sistemas de raíces permiten sobrevivir a las plantas por su capa de tierra y césped, raíces y plantones permanecen inactivos en temperaturas de hasta 40º C al nivel del suelo.También los sistemas subterráneos pueden resistir el calor abrasador de un fuego. Durante un incendio de la pradera las temperatura a un metro del suelo puede alcanzar los 200 ª C, mientras a cuarto o cinco centímetros por debajo del suelo sólo sube uno o dos grados.

Se pueden clasificar las tierras ateniéndose en parte a sus colores característicos, que suelen ser reflejo de su contenido en materia orgánica. En la pradera norteamericana, esos colores suelen coincidir con la gradación de hierba corta, mediana y alta, al este de

las Rocosas. Los colores van del marrón al castaño y al casi negro, oscureciéndose y haciéndose más ricos según crece en altura la hierba dominante.

El suelo más oscuro y fértil corresponde a la región de hierbas altas, enriquecido por los depósitos de aluviones depositados por los grandes glaciares de la última glaciación. Los tipos más destacados son los chernoziom (“tierra negra”). Estos suelos, se identificaron por vez primera en las estepas, que incluyen hoy parte de las tierras cultivadas más fértiles de Europa. En América del Norte casi la mitad del maíz mundial y gran parte del trigo y soja se producen en tierras negras y en otros suelos ricos de la parte oriental de la región de hierbas altas.

Un ingrediente vital en todo terreno de pradera es el humus, materia orgánica parcialmente descompuesta. El humus representa el 10 por ciento del contenido del chernoziom y tierra de praderas y a él se debe el color oscuro (cuando se quita el humus del chernoziom por reacción química, la tierra queda de color gris claro). El humus cumple varias funciones. Al descomponerse, libera lentamente su contenido mineral en cantidades que las plantas utilizan con gran eficacia. Mantiene ligera y aireada la capa del césped; los suelos de pradera ricos en humus están formados en un 50 por ciento de aire, lo que evita el apelmazamiento con la lluvia y da elasticidad a la tierra pisada por el hombre o los grandes mamíferos. El humus también ayuda a conservar la humedad de la tierra, función de importancia vital durante una sequía.

Las sequías periódicas se dan normalmente en las praderas de zona templada, por lo que muchas especies de herbáceas han desarrollado un equipo físico para sobrevivir en ellas. El andropogon gerardi, pese a su gran necesidad de agua, resiste gracias a sus raíces profundas que obtienen humedad en el subsuelo. Las hierbas cortas, de raíces relativamente someras, como la Buchlöe dactyloides y la Bouteloua gracilis, evolucionaron en climas más secos y han desarrollados rasgos de resistencia: sus hojas se curvan para reducir la evaporación y absorban la humedad del terreno a través de una profusión de capilares que nacen de sus raíces.

El Agropyron smithii y otras especies medianas sobreviven adelantando su crecimiento a la sequía. La planta se adelanta al verano seco creciendo con rapidez a principios de la primavera, cuando normalmente dispone de humedad. A finales de la primavera, la planta madura produce rizomas largos y gran número de semillas, Luego queda semiactiva y así permanece durante los meses de calor.

El rápido crecimiento primaveral de estas hierbas medianas aumenta sus oportunidades de supervivencia por otro conducto: la especie absorbe la humedad de la tierra en detrimento de las especies de crecimiento tardío. Cuando las plantas vecinas, privadas de humedad, sucumben a la sequía, dejan más agua, más nutrientes y más espacio para proliferar.

Esta competencia es más evidente aún en la región intermedia de hierba mediana.

La invasión de las hierbas cortas terminó por invertirse. Fue precisa una década de precipitación normal para que las hierbas medianas y altas volvieran a recuperar el dominio en sus respectivas regiones.

FAUNA Y ADAPTACIONES

Con el desarrollo de las hierbas de pradera llegó la evolución de diversos herbívoros, desde el majestuoso bisonte hasta el saltamontes común. Los mamíferos poseen en general las mismas adaptaciones a las praderas. Herbívoros y rumiantes tienen dientes duraderos, de corona ancha y los rumiantes además un sistema digestivo especial para deshacer las fuertes paredes celulares de la hierba y obtener las proteínas y los hidratos de carbonos que encierran.

El rey de los mamíferos de la pradera era el bisonte, o búfalo. El macho alcanza una altura media de 1,80 metros, pesa una tonelada o más y hace temblar el suelo cuando lucha contra otro macho.

La evolución dotó al bisonte, y a otras muchas especies de mamíferos de las praderas, con otro mecanismo de autodefensa: los hábitos greegarios. El bisonte se desplaza en manadas de 50 a 200 individuos y normalmente sólo los enfermos y viejos son presa de los lobos que los rondaean. Incluso se reunen varias manadas en una sola. Ante una alarma, inician una estampida en masas oscuras que llegan a cubrir extensiones de decenas de kilómetros cuadrados.

Las manadas sólo se desplazan ante la necesidad de pastos. El invierno no plantea graves problemas para los grandes animales; sus pieles espesas y lanudas les protegen del frío y se limitan a hozar en la nieve para encontrar algo de hierba que comer. Poco, más de una hectárea basta para mantener a un animal durante un año, pero en los llanos de hierba corta necesitan hasta 40 hectáreas por cabeza. Las manadas no apuran la hierba de una zona; siempre se retiran a tiempo para que la hierba pueda recuperarse.

Durante la época de celo a mediados de verano, los machos establecen una jerarquía variable de supremacía, luchando entre ellos con gran ferocidad. Emparejados en el combate, los dos machos se embestían en carreras breves y directas, o trataban de meter sus cuernos cortos y curvos, por la cabeza y hombros del rival. Con frecuencia, y sin motivo aparente, se desencadenaba una melé en la que se enzarzaban 50 o 60 machos, alterando el orden social.

El motor del comportamiento agresivo del búfalo se basa más en el deseo de dominar a los demás machos que la necesidad de aparearse. El macho llega incluso a abandonar a una hembra receptiva para iniciar un combate con otro macho. Estas relaciones preocupa tanto a los machos que incluso se olvidaban de comer. Así, un bisonte podía perder 100 kilos, la décima parte de su peso, entre junio y octubre.

Pocos combates resultan fatales, y muchos retos acaban en victoria o en derrota.

Tan elaborados preliminares daban al adversario oportunidad de rendirse, o bien retirándose o bien volviendo la cabeza hacia un lado, en una forma característica. Incluso después de iniciadas las embestidas, un macho podía rendirse volviendo grupas. En estos casos el vencedor no suele aprovechar la ventaja, y ambos animales viven para combatir en otra ocasión.

Antes de su casi total extinción a finales del siglo XIX, el bisonte compartía la pradera con otro rumiante, el berrendo.

Su nombre científico, Antilocapra Americana, indica que se trata de un animal que combina las características del antílope y la cabra. Tan numeroso como el bisonte, tiende a congregarse en las llanuras más secas, de hierva baja, al Oeste de la primitiva área de distribución del bisonte. Las dos especies convivían en la pradera mixta, pero no competían por los pastos.

El berrendo se alimenta de hierbas y matorrales que el bisonte desdeñaba. Incluso consume chumberas, fuente de bebida muy valiosa.

Sin la fuerza del bisonte, el berrendo dispone de otras defensas.

Su visión, equivalente a la del hombre con prismáticos de 8 aumentos, le permite vigilar a los enemigos.

La aparición de un depredador a dos o tres kilómetros de distancia pone en marcha el sistema de alarma del berrendo. Se contraen los músculos de las ancas, surgiendo una especie de borla blanca.

Esa señal resulta visible para todo el rebaño. Una vez alertado, el berrendo muestra sus demás dotes: la velocidad y la resistencia del mamífero más rápido de América del norte.

Desarrolla una velocidad de 70 Km/hora, con puntas de hasta 100 en caso de necesidad.

Contrariamente a otros mamíferos, corre en línea recta. Esa costumbre le permite distanciarse de lobos y coyotes, que suelen turnarse para perseguir a su presa.

Unos extraordinarios atributos anatómicos permiten al berrendo mantener su velocidad y resistencia.

Tiene las patas largas, el corazón de tamaño doble que el de otros animales de 50 Kg. y una tráquea muy ancha.

Para aprovechar al máximo su aparato respiratorio, corre con la boca abierta y la lengua colgando, absorbiendo todo el aire que puede.

La contrapartida del berrendo en las estepas eurasiáticas es otro animal rápido, parecido al antílope, la saiga.

Quizá debido a que sólo levanta 75cm, la saiga salta de cuando en cuando para otear el horizonte en busca de depredadores.

En caso de alarma, puede alcanzar una velocidad de 80 km/hora. Pero normalmente camina, con un paso curioso, arrastrando las pezuñas y con la cabeza inclinada hacia el suelo.

Este extraño paso y la configuración de su cabeza, han intrigado siempre a los biólogos.

Lo cierto es que ambas características están relacionadas.

La cabeza termina en un hocico bulboso. Dentro de cada fosa nasal se encuentra una gran bolsa tapizada por una membrana mucosa.

Según algunos biólogos, este rasgo anatómico único sirve para filtrar el polvo que inhala la saiga, sus hábitos nómadas, le permiten asegurarse alimento y agua.

Cuando las estipas y otras gramíneas de la estepa pierden su humedad en agosto, la saiga migra hacia ríos y lagos en enormes manadas de hasta 100.000 animales. Luego en invierno van hacia el sur en busca de pastos, llegando a recorrer hasta 250 kilómetros en una semana.

Aún así, las manadas de saigas pueden verse envueltas en tormentas de nieve que con frecuencia azotan la estepa.

Hasta 150.000 saigas han perecido cuando el hielo y la nieve cubren hierba, cortándoles el suministro de pastos.

Estas calamidades, junto a la presión cinegética han reducido la población de saigas, que antes se contaba por millones y que hace unos años era de unos cientos.

Pero la extraordinaria capacidad reproductora del animal le ha salvado de la extinción.

La hembra puede aparearse a los siete meses y el 65 por ciento de las veces pare gemelos, hecho excepcional entre los ungulados. Esta capacidad, unida a los esfuerzos de protección de las autoridades, ha hecho renacer las manadas. En la década de 1970 había en las estepas de Eurasia alrededor de un millón de saigas.

Pese a su número y tamaño, los grandes mamíferos no han sido los principales consumidores de hierba en las praderas.

En muchas áreas, los pequeños roedores, como las ardillas de tierra y las tuzas, superan en número al bisonte y al berrendo, consumiendo en pequeños bocados una cantidad de pasto mucho mayor. Se ha calculado que una parcela de 10 km cuadrados de la cual estepa eurasiática mantiene a unos 325.000 roedores y quizá sólo a cuatro saigas.

Las saigas consumen unos 20 kilos diarios de hierba y los roedores más de dos toneladas de hierba, bulbos y demás vegetación.

Los roedores sobreviven en las praderas abiertas gracias a unas estrategias evolutivas que difieren de las de los grandes mamíferos.

Las criaturas pequeñas carecen de fuerza y velocidad punta de 65 km/hora, puede compararse con la saiga o el berrendo. Así pues, los roedores han desarrollado un poderoso instinto de defensa escondiéndose bajo tierra.

La tuza o geomis norteamericano puede excavar un túnel de 90m en una noche. A esa velocidad puede construir un sistema de galerías de unos 800m y vivir en él a salvo de ventiscas y coyotes.

Entre los roedores de las praderas de los tres continentes, las excavaciones suelen ir a la par que el sentido gregario. En la pampa suramericana, las vizcachas, parecidas al castor, se reúnen en colonias subterráneas de unos 24 individuos. Las vizcachas trabajan juntas para excavar galerías subterráneas cilíndricas tan grandes y elaboradas que solo la entrada puede

tener dos metros de profundidad y casi otro tanto de anchura. Amontonan la tierra formando

montañitas de más de un metro, a las que se suben para otear el horizonte y divisar a los posibles enemigos.

Las vizcachas aumentan su campo de visión aclarando de hierbas altas la zona con los próxima. Pese a estas precauciones, temen tanto a los zorros y a las aves rapaces que suelen permanecer bajo tierra durante el día, y salen al anochecer para alimentarse de hierbas diversas.

El equivalente de la vizcacha en las estepas de Eurasia es una pequeña ardilla de tierra llamada suslik, que pasa aún más tiempo bajo tierra.

La mayoría de las especies de suslik hibernan medio año, evitando los peores extremos climáticos de la estepa, como los abrasadores vientos de verano y las ventiscas llamadas buranes, que azotan con fuerza huracanada.

El suslik pasa gran parte del resto del año preparándose para hibernar. Aísla su madriguera con hierba seca y almacena allí semillas, transportándolas en los abazones. En algunas regiones, el suslik se mete bajo tierra ya en junio, cuando empiezan a agotarse las hierbas. El animal cierra herméticamente la entrada de la madriguera y se retira a alimentarse de semillas y luego se aletarga, viviendo de las reservas de grasa de su cuerpo hasta la primavera siguiente.

Aunque la vizcacha y el suslik viven en grupos, ninguno de ellos tiene un sentido gregario tan marcado como el típico roedor excavador de las praderas norteamericanas, el perrillo de las praderas.

Este animal, de la familia de las ardillas, y que nada tiene que ver con los cánidos, debe probablemente su nombre a su repertorio de al menos 10 clases de ladridos que sirven a distintos propósitos sociales, sobre todo a alertar a la comunidad ante la presencia de una serpiente de cascabel, un halcón, un hurón de pies negros o un coyote.

El perrillo de las praderas es un auténtico ciudadano. Antes de que quedaran diezmados por los venenos colocados por agricultores y rancheros, miles de comunidades subterráneas poblaban la mitad oeste de las praderas norteamericanas.

En 1900, se habló de una auténtica magalópolis en Texas: una ciudad ocupaba 64.000 kilómetros cuadrados y albergaba a unos 400 millones de perrillos.

La unidad social básica del perrillo de las praderas es el clan o camarilla.

Una camarilla consiste en unos cuantos, acaso más de una docena de perrillos, normalmente un macho, varias hembras y sus crías. La camarilla vive y juega junta, expresando su afecto, acicalándose unos a otros, incluso besándose.

El territorio de un clan ocupa aproximadamente un quinceavo de hectárea. Su red de túneles incluye cámaras especiales para usar como evacuatorios, y salidas de emergencia para escapar cuando un hurón o un tejón se mete en la madriguera.

Los miembros de un clan guardan celosamente su territorio, incluso ante la intrusión de otros perrillos, y las madrigueras pasan de una generación a otra.

La naturaleza de la organización social del perrillo de las praderas los beneficia de varias formas.

El clan proporciona un entorno amistoso que favorece el apareamiento y la cría de los

pequeños. Sus firmes límites territoriales distribuyen uniformemente la ciudadanía, reduciendo a mínimo las posibilidades de superpoblación.

Al mismo tiempo, la agrupación de clanes en una comunidad mayor sirve para protegerlos a todos.

Además de los mamíferos de grandes o pequeños, las aves demuestran adaptaciones especiales a las condiciones de las praderas de zona templada.

Muchas especies tienen un comportamiento distinto al de sus congéneres de los bosques.

Por ejemplo, beben menos, su dieta se basa más en granos y vuelan en bandadas con mayor frecuencia.

Mas de la mitad de las aves de praderas construyen sus nidos en le suelo pasan mucho tiempo en pie, habiendo desarrollado más fuerza como andadores que como voladores.

Las alondras, al no tener árboles a los que encaramarse a cantar, suelen hacerlo en vuelo, como el bobolinc, el arrocero americanos y varias especies de escribanos. Dos especies de estorninos de las praderas, de la familia de los ictéridos, se encuentran en las praderas altas.

La sturnella magna es propia de las praderas del este y la sturnellan neglecta, de las praderas del oeste.

Entre las aves de las praderas de zona templada, algunas de las más extraordinarias adaptaciones se dan en el ñandú, el avestruz de la pampa suramericana.

Este ave de tierra, de una altura de metro y medio y con un peso de hasta 25 kilos, convive en el entorno biológico de los ungulados, que no evolucionaron en la pampa. El ñandú compensa su incapacidad para el vuelo con una carrera veloz. Levanta un ala como una vela y corre por los llanos a 60 kilómetros hora. Estas grandes aves, antes muy numerosas en la pampa argentina, fueron desapareciendo gradualmente, ante la presencia de rebaños de ganado que se multiplicaron rápidamente.

Los ñandúes no sólo se han visto superados en número sino que son cazados por los gauchos a caballo,

Hacia 1980, sólo quedaban unos miles de ñandúes en la pampa.

De todas las criaturas que viven en la pradera, la estepa y la pampa, los mayores consumidores de hierba son las hordas de insectos e invertebrados que viven sobre y bajo tierra sobre todo los nematodos, aunque los que más se ven son los omnívoros. Éstos viven en todas las praderas y son comunes en América de Norte.

Cada estado de la pradera cuenta con al menos un centenar de especies, y tan sólo en Kansas hay unas 300 especies. Pero sólo unas cuantas, notablemente las migratorias como la langosta, abundan tanto como para merecer su mala reputación.

Incluso entre las langostas, una combinación de limitaciones impide un calamitoso crecimiento de la población.

Las aves y otros animales se alimentan de esas criaturas y de sus huevos; las enfermedades y los parásitos las atacan, sobre todo en condiciones humanas. Las pérdidas suelen ser tan elevadas que, aunque la hembra pone varios cientos de huevos, sólo alcanzan la edad adulta una pareja.

La langosta migratoria es un insecto herbívoro, que destruye alguna hoja, pero sin dañar apenas la pradera.

Sin embargo, las condiciones ambientales conspiran para que la población de langosta crezca incontroladamente.

El prolongado calor otoñal puede alargar la temporada de puesta, y una primavera fresca puede retrasar la eclosión hasta que la hierba haya crecido lo suficiente para alimentar las ninfas. Mientras, los controles normales dejan de actuar, años de sequía sucesivos frenan las enfermedades que atacan a la langosta.

Aves y demás depredadores emigran a otras zonas con la sequía, dejando de consumir su ración de insectos. La población de langosta crece geométricamente.

Estas criaturas, con una densidad cercana a los 1.000 insectos por metro cuadrado, se convierten en una fuerza peligrosa. Se elevan en nubes densas como las plagas bíblicas.

Así ocurrió en los 1870.

La especie melanoplus spretus, comúnmente llamada langosta de las montañas Rocosas, salió en masa de su hábitat en las llanuras secas de hierba corta al pie de los montes y se dirigió hacia el este, empujada por los vientos.

El novelista O.E. Rölvaag asistió horrorizado ala invasión de langostas en Dakota del sur. Escribió que las hordas de insectos descendían <a velocidad espantosa abatiéndose aquí y allá como una ola gigantesca, y con el rugido bajo y monótono de la resaca al penetrar en las cavernas de un acantilado. Parecía como si la mano de un gigante estuviera sacudiendo un inmenso mantel de colores irisados>.

En Nebraska, otros observadores evaluaron las dimensiones de la invasión. La nube de langostas, que se desplazaba hacia el este a una velocidad de ocho kilómetros hora, tardó seis horas en rebasar un punto de observación, lo que significaba que medía unos 50 km.

Avanzaba sobre un frente de al menos 160 kilómetros de longitud, con una profundidad de kilómetro y medio. Según estos cálculos la invasión consistía en 124.000 millones de langostas que devoraron cuanto de verde hallaron a su paso.

Arrasaron campos y pastos y pastos con la voracidad de un incendio.

Cuando las hordas destructoras llegaron a una zona más húmeda, la amenaza empezó a remitir. Menos de un año después de las mayores penetraciones hacia el este, las hierbas, que habían conservado intacto el sistema de raíces, se fueron recuperando. Pero no la langosta de las Rocosas que inexplicablemente, desapareció durante medio siglo.

La capacidad de la pradera para resistir el ataque de las langostas, y del fuego de la sequía, demostraba el equilibrio dinámico de todas las praderas en su estado natural. Pero la resistencia de la pradera virgen se ha reducido hace mucho debido ala agricultura intensiva y a pastoreo que arranca las hierbas y deja la tierra expuesta a la erosión.

Hace más de tres décadas, el écologo John Weaver se dio cuenta de que ya se habían causado daños irreversibles y escribió una elegía por sus amadas praderas.

<La pradera es mucho más que una tierra cubierta de hierba. Se trata de una entidad orgánica muy completa, de evolución lenta, con varios siglos de antigüedad. Roza lo eterno. Una vez destruida, el hombre nunca podrá sustituirla. >