Poesía de Miguel Hernández

Poesía Hernandina. Lírica Española del Siglo XX. Generación del 36. Generación del 27

  • Enviado por: Nuria Hervent
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 3 páginas
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Temática en la poesía Hernandina


Los tres temas principales de los que Miguel Hernández tomó contenido para su poesía fueron la vida, el amor y la muerte.

No es de extrañar que así lo fueran teniendo en cuenta la dura vida que sufrió Hernández, desde su infancia, hasta el mismo día de su muerte. Dada la situación económica de su familia y la ausencia de apoyo moral que recibió, hubiera sido de esperar un fracaso y no un genio, de su persona.

Sufría malos tratos por parte de su padre si le encontraba leyendo, y la falta de cariño y comprensión le hacían sufrir tanto o casi como la violencia física. Con su sentido del humor intentaba quitarle importancia a estos trágicos sucesos.

Se veía obligado a leer en el campo, con su rebaño y rodeado de naturaleza. De ahí que la luz y el color de la huerta influyan en sus poemas, así como la luna, las estrellas, la lluvia, las propiedades de diversas hierbas, la fecundación de animales, etc... Todo ello lo describe de forma magistral, con cierto aire barroco al estilo gongoriano.

Tras haber ocupado varios puestos en el campo laboral, los horizontes en la vida de Miguel Hernández se ensanchan y sus andanzas por Madrid le dan pie a escribir su Auto Sacramental “Quien te ha visto y quien te ve, y sombra de lo que eras”.

Un tiempo más tarde Miguel Hernández sufre una crisis ideológica y sentimental por la que sufre mucho, y es lo que causa el alejamiento hacia su gran amor, Josefina Manresa, y hacia su gran amigo Ramón Sijé. La muerte de éste influyo más si cabe en ese malestar. En “el rayo que no cesa” Miguel plasma con gran autenticidad el gran sufrimiento por el que pasó dadas las anteriores desgracias. Sobre todo destaca en él lo referido a la muerte de Ramón Sijé, aunque recoje algunos poemas de amor.

Miguel se implica en la guerra civil movido por la lealtad y la generosidad, y además de estar en los peligrosos frentes de batalla arriesgando su vida, ofrece su mejor arma: la palabra. Deja su firma en todas las publicaciones de guerra. En su creación “Vientos del pueblo” describe acontecimientos bélicos. En “El labrador de más aire”, de contenido social, plasma con ilusión la realidad de esos tiempos en los que se encuentra.

“La cola”, “El refugiado” “El hombrecito” y “Los sentados” son cuatro breves piezas de teatro, también basados en la guerra.

Tas la muerte de su primer hijo, su propio encarcelamiento y la situación en la que su mujer ha de mantener a su segundo hijo, Miguel narra en algunos poemas, “Nanas de la cebolla”, entre ellos, la profundidad de los sentimientos que todo ello le causa.

En relación al amor, pueden definirse tres tendencias o tres etapas en las que Miguel Hernández se encontró: El amor a Dios, la atracción sexual, amor humano pero espiritual, púdico, y por último, pasión y dolor de desamor.


Un Dios del catolicismo al que Miguel daba mucha importancia. En esta primera etapa, Miguel se sentía impuro, pecador y alejado de Dios por no ser capaz de resistirse a la tentación de los cuerpos. Esta obsesión que le tortura se ve reflejada en un bello poema sombrío: “Primera lamentación de la carne”. “Mi sangre es un camino” exalta el instinto natural de la sangre a la unión sexual. Acaba desembocando en un odio hacia los hombres pecadores y un deseo de muerte propia por aspiración a la pureza absoluta.

No obstante, esta visión irá cambiando poco a poco, eliminándose por completo la obsesión y el sufrimiento. En esta etapa se sustituye el amor de Dios por el amor de la mujer. “El silbo vulnerado” es un conjunto de poemas en los que el autor da fe de la importancia que toma el sentimiento amoroso, sustituyendo al tema religioso. En “El rayo que no cesa”, también va desapareciendo Dios como fuente de amor. Como la fe cristiana no le ha dado respuestas válidas, éste reinventa una religión de amor.

En una tercera etapa, que en anteriores poemas era descrito sin reparos, toma una importancia más espiritual. El amor se diferencia del deseo brutal y sentimental. Cada vez, el poeta se siente menos impuro en su amor, y el tema del deseo como pecado se transforma en esplendor vital. En “Me llamo barro aunque Miguel me llame” se expresa en futuro inmediato ese triunfo. También transforma su necesidad de ser amado, por necesidad de amar. Asume su sexo viril como impureza rebelde, pero lo acepta.

El desamor fragua una última etapa. Se sentía rechazado y esto le provocaba sufrimiento, tanto que llego a la solución de la desesperación suicida.

Me voy amor, me voy pero me quedo,
pero me voy, desierto y sin arena.
Adiós amor, adiós hasta la muerte.”

No es que josefina le rechazara, sino que tenía una visión distinta menos liberal del sexo. A diferencia de él, que había cavilado y cambiado de pensares respecto a que el sexo fuera un pecado. Ese rechazo sexual de josefina lo tomaba como un rechazo de amor. “El rayo que no cesa” expresa en sus últimos sonetos ese hundimiento y ese horror de muerte que habita en el corazón del autor.

En los “Sonetos”, el tema es también la pena de amor. Tratan de la negación de amor y de la desgracia de amar.

Los poemas recogidos en “El rayo que no cesa” están inspirados en Josefina Manresa y en dos otros amores que fueron más efímeros.

“Me llamo barro” también desarrolla el tema del sufrimiento por la pena de amor, la pasividad de la amante y, oponiendo a su complicidad con la muerte el tema del triunfo físico del amor. En “me sobra el corazón” la tentación del suicidio es su tema clave, cuya causa es la incomunicación amorosa.

Los poemas “Vuelo” y “Sepultura de la imaginación” expresan la destrucción de la esperanza en el hombre. Vino dado tras la muerte de su primogénito y explica que con la muerte, el amor conyugal sobrevive a la desgracia a pesar de todo.

La muerte es, junto con la vida y el amor, otro de los grandes temas de la poesía de Miguel Hernández.

En lo relativo a la muerte, hay 2 clases de poetas: los que consideran que vida y muerte son cosas distintas, y aquellos que sienten la muerte como parte del propio vivir. A Miguel Hernández le encontramos en muchos poemas contagiado de la segunda actitud.

La idea de la muerte encontró diferentes formas expresivas en su poesía. Llamar al cementerio “Patio de vecindad” es una imagen que aparecerá en el poema “Vecino de muerte”. El ataúd, con tapa de cristal, llamado “diamante fino” se repite en el poemita a su hermana muerta. No puede extrañar que ése sea también sin drama ni angustia, porque a Miguel Hernández se le murieron las tres hermanas, pero siendo él aún niño. Cuando murió la última, tenía él 9 años: la impresión, al revivirla en los versos, no puede ser sino vaga y vacía.

Así, el poeta iba a sentir la muerte a lo largo de toda su vida. La muerte de gentes de su patria, amigos, su propio hijo… Son muertes injustas, en cuanto a que no son naturales, sino de unas circunstancias externas.

Con sólo 10 meses murió el primer hijo del poeta: Manuel Ramón. El poeta escribe las más conmovedoras y penetrantes elegías. En ellas no cuenta la belleza, no cuenta la retórica, sólo la más pura verdad poética y humana. “El Cancionero” como diario o autobiografía lírica queda organizado en torno a dos ejes de privación. La privación motivada por la muerte es la asociada al tema del hijo. El hijo muerto se siente vivo, hecho huella. Con ese mismo acto de ternura, su muerte se canta como un “no querer ser” de la criatura que, intuyendo un doloroso futuro, prefirió morir al empezar su vida. El poeta nos hace compartir sus aspectos más dolorosos. Una segunda privación se orienta hacia el tema del amor.

Ramón Sijé, su mejor amigo, muere el día de Navidad de 1935. La muerte se transforma entonces en un manotazo duro, en un golpe helado. Nada queda de su seducción. El poeta grita su dolor y rebeldía. Quiere devolver la vida a la carne. Quiere a su amigo vivo. Pero con su limitación poética sólo puede expresar la impotencia y el dolor sin límites.

La elegía a Ramón Sijé vibraba precisamente por la intención desesperada de creer en esa resurrección tan prometida, denota esa necesidad vital de creer en que aún queda alguna esperanza de que vuelva su amigo del alma. En esta elegía la muerte se ha convertido en una auténtica enemiga odiada y despreciada por lo injusto de su naturaleza. Sin embargo, para los amigos caídos en combate la muerte se presentaba desde un punto de vista distinto que impide las lágrimas.

El poeta tiene la necesidad interior de creer que los muertos sobreviven con una increíble mentira que sólo sirve como pura propaganda. Pero el heroísmo de rechazar la pena puede confundirse con la necesidad de negar la muerte para evitar el dolor de los combatientes a quienes se manda a morir, gracias a las mentiras de la propaganda.

Por eso, la poesía de propaganda anima al soldado a lucha y justifica la pérdida humana en bien del prójimo explotado y de la madre patria.